LOS ENGRANAJES
DE OCCIDENTE
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DE CÓMO LA SOCIEDAD OCCIDENTAL
HA DECIDIDIO QUE ES EL MOMENTO PERFECTO
PARA IMPLOSIONAR EN UNA GRAN NUBE DE M*ERDA
Un análisis provocador, lúcido y brutalmente honesto sobre el colapso de Occidente.
Hubo un tiempo en que los hombres cruzaban océanos en barcos de vapor, creían en Dios, en el Estado y en la ducha fría. No porque fueran espartanos, sino porque no tenían más remedio. Hoy, en cambio, somos incapaces de sobrevivir sin un té verde matcha con leche de soja, sepultamos nuestras arrugas bajo toneladas de filtros digitales y debatimos sobre la opresión estructural desde un iPhone de 1.200 euros. Algo se ha ido al carajo en muy poco tiempo.
En los dos tomos que componen Los engranajes de Occidente, Fabián C. Barrio analiza desde una perspectiva psicosociológica el declive de una civilización que ha pasado de alzar catedrales a cancelar panaderos. Del humanismo al algoritmo. Del sacrificio a la sobreexposición emocional. Hoy asistimos al auge de la cultura woke y su perpetua batalla con la realidad tangible, a la resurrección kitsch de las ultraderechas con su dorado tupé, a los nacionalismos que brotan donde ya no queda ni nación ni sentido de pertenencia, a la manipulación política descarada y constante, y a las redes sociales como nuevo teatro de sombras, donde todos actuamos pero nadie vive de verdad.
Este libro nos descubre que detrás de todo fenómeno macro hay motivos dolorosamente humanos. Que el ocaso no es sólo geopolítico, sino espiritual. Y que tal vez Occidente no se esté muriendo, sino reinventando... aunque lo haga como todo lo que amamos hoy: con ansiedad, regulaciones obsesivas, autoflagelo, impuestos hasta por respirar y una playlist estúpida sonando de fondo hasta que se agote la batería.
El decálogo
del librepensador moderno
- Entender la posición del contrario no significa que estés de acuerdo con él. Pero debes esforzarte por entenderlo, y sólo entonces decidir si está loco o tiene razón. Esto me lo enseñó mi padre.
- Por muy idiota que te parezca el contrario, seguro que hay algunos puntos en los que podéis coincidir. No te sientas culpable, no hay nada de malo en ello.
- Una verdad incómoda vale más que mil mentiras reconfortantes. A esto hay que añadir que es muy probable que la verdad no exista y, de existir, no puedas llegar a conocerla nunca. Vamos avanzando poquito a poco. Esto me lo enseñó Pirrón.
- El pensamiento crítico no consiste en atacar ciegamente al otro, sino en evaluar honestamente tus propias creencias.
- Tus creencias deben adaptarse a los hechos, no al revés. La duda constante es la única garantía contra el fanatismo. Esto me lo enseñaron los progres, pero no tenían ni idea de que me lo estaban enseñando.
- No hay nada de malo en cambiar de opinión. Si nunca cambias de opinión, es que no estás aprendiendo nada.
- No te preocupes por tener ideas contradictorias. Eso significa que estás pensando.
- Que muchos estén de acuerdo en algo no lo convierte en verdad; que pocos lo crean tampoco lo hace falso.
- Tú no eres tus ideas. Puedes -y debes-abandonarlas cuando dejan de servirte o encuentras otras más jugosas.
- La única rebelión posible es la personal.
Frontispicio, o manifiesto antisistema,
oda a la anomía
"En tiempos de engaño universal,
decir la verdad es un acto revolucionario".
GEORGE ORWELL
Vale. Echa un vistazo a esa gasa pálida, ese desgarrón blanco en la piel oscura del cielo. Pareciera que alguien, con la torpeza de un demiurgo atontado, hubiera derramado un vaso de leche sobre la mesa de mármol negro del universo y luego no hubiera terminado de limpiar bien el estropicio, ocupado como estaba con otras cosas más importantes. Así, sin más, nació la Vía Láctea.
Ahora acércate más. Asistirás a una migración de luciérnagas de muchos colores, atascadas para toda la eternidad en el tráfico galáctico. Son más de cien mil millones de soles, cada uno hinchado de orgullo nuclear, girando como peonzas tontas pero bien coreografiadas, en una lenta danza que lleva ensayándose miles de millones de años antes de que llegaras tú. El epicentro de este baile cósmico es un agujero negro: un monstruo hambriento con modales de señorona glotona, que engulle luz y traga soles, planetas y pedacitos de roca ardiente con la sutil elegancia de un cerdito hozando en el barro.
La galaxia es una espiral artrítica, una bailarina vieja y coja con tutú de polvo de estrellas deshilachadas que aún osa girar sobre su eje torcido. Cada brazo de su espiral se curva con enorme pereza, como si intentara rascarse la espalda sin tener muy claro el punto exacto donde le pica. Y todo flota desde la noche de los tiempos en un mar opaco de materia oscura, una sustancia pegajosa que tal vez ni siquiera exista, qué sé yo de estas cosas.
Venga, acércate un poquitito más. Entre tantos soles, estrellas, nebulosas, planetas y cometas, hay una región adormecida, un suburbio galáctico de segunda fila llamado el Brazo de Orión. Tal vez no tenga el glamur pomposo de otros rincones perdidos del cosmos, pero disfruta de un buen clima estelar y de un alquiler gravitatorio decente. Ahí, con cierta dejadez, gira con discreción un planeta azul. En el lugar exacto para recibir la energía de su sol sin convertirse en una barbacoa humeante. Un puntito ridículo, humilde, pero bullicioso. El único que, hasta donde sabemos, ha inventado el reguetón, Tinder, el impuesto de sucesiones y las montañas rusas.
Ese puntito absurdo es la Tierra. Suspendida como una motita intrascendente de la ubre de una galaxia que no tiene ni zorra idea de que existimos. Y si lo supiera, seguramente le daría igual. La luz que recibe de su pequeño sol tarda ocho largos minutos en llegar a nosotros. Y desde aquí, cuando mi ramos hacia arriba en una noche sin luces de neón y vemos esa cicatriz fosforescente surcando el cielo, sentimos que pertenecemos a algo inmenso.
Pero qué va, es pura ilusión.
Este planeta azul ha sido fragmentado con más o menos éxito por sus habitantes a lo largo de muchas generaciones. Los que tenían la piel blanca se enfadaron con los que tenían la piel amarilla y pelearon por hacerse con una montaña o una estepa pelada. Los de la piel marrón tomaron su porción del pastel y la defendieron con uñas y dientes mientras inventaban el cero. Vistos desde arriba, parecen un puñado de hormigueros laboriosos y encabronados. Con el tiempo, esas hormigas idearon estrategias de división más sutiles, basadas en las ideas. Un cacho del planeta por un momento pareció encontrarse a gusto consigo mismo. Sus habitantes se dedicaron durante siglos a expandir su supremacía a capa y espada, erigieron edificios deslumbrantes, domesticaron madera y metal para hacerles llorar las más exquisitas melodías, eligieron un dios, escribieron obras prodigiosas, dieron vida al mármol, levantaron fábricas pestilentes, escribieron normas, pelea ron por sus derechos y, un buen día, sin avisar, se cansaron y se sentaron a contemplar cómo se desmoronaba su obra.
Pues bien. Ahí se encuentra usted. Acojonado y pagando impuestos. Usted se encuentra aquí. En una sociedad hinchada de contradicciones, una bestia que devora sus propias entrañas mientras sonríe en modo selfi atiborrado de filtros digitales, atrapado en un espejismo bien maquillado.
Hemos adoptado a ciegas la curiosa idea de que, con suficiente esfuerzo, cualquiera puede llegar a levantar su propio imperio. Pero luego llegan los impuestos, las licencias, los trámites eternos, las normas absurdas que parecen diseñadas por Kafka para quebrar tu voluntad antes de que puedas ver tu primer maravedí. Y mientras te ahogas sepultado por los formularios, el gran capital sonríe ufano, relamiéndose desde su trono, protegido por leyes que sólo se atreven a castigar a los más débiles.
La meritocracia es otro cuento de niños a la altura del coco y los Reyes Magos. Te has convencido de que, si trabajas duro, llegarás lejos, pero el tablero está inclinado desde el principio y trepar por él es una gesta casi imposible. Siempre habrá alguien con un apellido más pomposo y con una red de contactos que, a pesar de distar mucho de tu talento y esfuerzo, te supere mil veces en privilegio.
Te quieren fresco como una manzana, motivado y siempre disponible. Apagas el ordenador, pero los correos siguen llegando, las reuniones se acumulan, los mensajes fuera de horario son una exigencia disfrazada de compromiso. De los jóvenes se espera experiencia, pero nadie les da esa primera oportunidad. Una paradoja cruel que se resuelve con becas miserables, horas de trabajo que nadie paga y promesas de prosperidad que nunca se materializan en nada.
Mientras nos llenamos la boca con la privacidad, estamos forzados a aceptar las cookies para leer cualquier página web, y entregamos nuestra alma con un clic. Cada aplicación nos pide permiso para escarbar en nuestra vida, y nosotros, como corderitos digitales, lo aceptamos sin rechistar. No tenemos tiempo, no queremos molestias. Al final, qué coño importa, ¿no? Nuestras fotos, nuestros mensajes más íntimos, los primeros pasos de nuestros hijos, nuestras compras, nuestros movimientos bancarios, qué planta se nos ha muerto porque olvidamos regarla, qué yogur facilita nuestro tránsito intestinal, los lugares donde hemos estado, con quién hemos follado, a quién hemos amado, quién nos ha rechazado o quién nos ha contagiado ladillas, nuestros contactos, nuestras filias y fobias, nuestros temores e inseguridades, nuestras roedoras dudas, todo queda archivado para la eternidad en servidores que no duermen jamás y que cada día parecen entendernos mejor. Protestamos cuando las redes nos manipulan, sabemos que son telarañas trenzadas para consumir nuestra atención, y aun así, seguimos ahí, deslizando nuestra vida sin descanso, enganchados al chute infinito de dopamina. Un algoritmo nos conoce mejor que nosotros mismos, nos da lo que queremos antes de que lo pidamos. Nos controla sin que nos demos cuenta, y lo peor es que ni si quiera nos importa ya.
Odiamos la mentira, pero no dudamos lo más mínimo en compartirla. Un titular escandaloso, una imagen dudosa, y en un segundo ya está en nuestros perfiles, sin contrastar, sin leer más allá de las primeras líneas. La verdad es aburrida, la farsa entretiene. Y así, absortos en este círculo de hipocresía, seguimos dando de comer a la máquina que nos aturde día tras día.
La libertad de expresión es el gran eslogan de nuestra época, pero su contrato es una maraña indescifrable de letras minúsculas. Se defiende con uñas y dientes, siempre que las palabras no ofendan a alguien y encajen con primor en la narrativa correcta. Hablar con libertad es un derecho hasta que un tipo cualquiera se siente ofendido. Entonces llegan en tromba las hordas, las antorchas, las cancelaciones, la turba enardecida, los jueces sin toga y los juicios sin abogado defensor. La tolerancia es selectiva, el disenso se paga muy caro. Se puede decir lo que quieras, por supuesto, pero más vale que sea lo que la gente quiere oír.
La corrupción nos indigna, nos hace aullar como licántropos a la luna de las redes sociales. Y cuando por fin llega la hora de votar, regresan de nuevo al cuadrilátero los mismos nombres, las mismas caras macilentas, las mis mas arengas adormiladas, las mismas promesas recicladas una y mil veces. Nos engañan, nos roban, nos toman por idiotas..., pero cada cuatro años les damos una nueva oportunidad para hacerlo una vez más. Al fin y al cabo, el otro es peor, siempre habrá una excusa, no hay alternativa, la memoria es frágil y la resignación es un rinconcito mullido en el que cobijarse cual oso cansado que ve llegar el invierno.
El ecologismo se ha convertido en otro eslogan publicitario más que se acuña con entusiasmo en cada botella de plástico reciclado y en cada envase biodegradable que terminará sepultado en el mismo vertedero de siempre. Hemos asumido con naturalidad no exenta de culpa que todavía es posible salvar el mundo comprando más cosas, porque la solución jamás pasará por comprar menos, sino por cambiar de producto y pagar más impuestos. Un coche eléctrico, una banana ecológica, una camiseta de algodón orgánico, un embalaje de papel ecosostenible y paritario, un café recolectado en exclusiva por mujeres negras amputadas, un paquete de pajitas de bambú que llega a las estanterías envuelto en cinco capas de plástico. La hipocresía se disfraza de responsabilidad ambiental y, de ese modo, nos permite conciliar mejor el sueño por las noches. Mientras tanto, las ciudades de medio mundo viven bajo un colosal hongo sulfúreo y los verdaderos responsables siguen actuando con total impunidad.
Las mayores nubes tóxicas no las regurgita tu coche viejo ni provienen de la bolsa de plástico que compraste a regaña dientes por quince céntimos en el supermercado porque olvidaste tu saco de esparto, sino de fábricas pestilentes de algún oscuro y remoto rincón del mundo de nombre impronunciable, que producen sin cesar todo lo que compras sin regulación, ni descanso, ni propósito de enmienda. En lugar de afrontar la verdad, asumimos que somos nosotros los culpables, porque la culpa es un negocio enormemente rentable. Te coaccionan para que apagues la luz, para que recicles las botellas de Fanta, para que convivas con la basura cinco días apestando en la terraza, para que cierres el grifo al lavarte los dientes; te invitan a comer hamburguesas de grillo licuado, a beber en botellas que no se pueden ni abrir, a usar la bicicleta, a no tirar dela cadena al mear, a que regules tu termostato en el punto justo de la incomodidad, mientras ellos siguen volando sin rubor en aviones privados a cumbres climáticas donde fuman oscuros acuerdos que no tienen intención alguna de cumplir, porque no existe causa noble sin su correspondiente impuesto. Te hacen pagar por tu presunta huella de carbono, te atormentan con tasas ecológicas, pintan rayas de colores en el suelo por donde no puedes circular, te suben los precios con la excusa de un apocalipsis que no llega nunca. No importa el fin último de ese dinero, lo importante es que pagues.
Nos bombardean con campañas contra la obesidad mientras los anaqueles de los supermercados están abarrotados de veneno barato disfrazado de comida. Un paquete de galletas cuesta menos que una pera cosechada por un robot y un menú de comida basura es más barato que el muslo de un triste pollo al que han dado permiso para ver el cielo azul. Nos recuerdan que de lo que se come se cría, pero los precios de los alimentos frescos repuntan a diario mientras los ultraprocesados abarrotan las estanterías a precio de derribo. Comer sano es un lujo, alimentarse con basura es la norma. Luego nos explican que todo es cuestión de voluntad, nos amonestan con su dedito acusador para que hagamos mejores elecciones, como si pobreza o falta de tiempo fueran simples excusas de inconsciente pecador. A veces te hacen un descuento para que compres pescado, aunque ese bono ya lo hayas pagado previamente sin rechistar. E incluso das las gracias por tan generosa dádiva.
La salud mental no es más que otro colosal engaño. La teoría asegura desde su púlpito que debemos hablar con sinceridad, cuidarnos, mirarnos a los ojos con ternura, dialogar y ser compasivos, aparcar el móvil y desconectar, pero el mundo gira y gira sin parar al ritmo frenético y desesperado del agota miento. La productividad se ha convertido en un demiurgo moderno: trabajas hasta quemarte como un palo reseco, duermes poco, comes mal, y cuando empiezas a desmoronarte, te recetan mindfulness y apps para gestionar el estrés que te recuerdan con una campanita que te detengas a respirar o te alertan con una leve vibración en tu muñeca de que tu corazón está a punto de colapsar. Si protestas, eres débil; si te detienes, eres reemplazado. Por mucho que nos recomienden hacer footing o ir de acá para allá en bicicleta, las ciudades están diseñadas para los coches, las aceras menguan poquito a mortal. Intentar moverse de forma saludable en un entorno cruel resulta casi subversivo. Todo está diseñado para que fracases y luego te eches la culpa. Porque, al final, siempre es culpa tuya. Y la culpa es rentable.
Hemos aceptado sin rechistar que la educación es el gran motor del progreso, pero sólo tenemos acceso a un protocolo apolillado y diseñado para troquelar engranajes dóciles, no ciudadanos críticos. Dicen que quieren que pensemos por nosotros mismos, pero lo que realmente esperan es que re pitamos como loros. Memoriza fechas, fórmulas, nombres, siglos, párrafos, listados, definiciones. No cuestiones, no te salgas del guion, ni se te ocurra siquiera buscar más allá de lo que entra en el examen. Pretender ser creativo es un problema, la duda es un obstáculo, y el pensamiento crítico se reduce a marcar la respuesta acertada en un test de opciones múltiples que se corrige con una plantilla. Y allá a lo lejos, al final del tobogán, los resultados académicos no dependerán nunca del talento ni de la disciplina, sino de tu código postal. Colegios con tablets para unos, edificios con goteras y manuales viejunos y rancios para otros. Si tienes dinero, acabarás estudiando idiomas, tendrás acceso a la última tecnología, te prepararás para triunfar en el mundo real. Si no, tendrás que conformarte con sobrevivir y te quedará la duda de si no llegaste más lejos porque no te esforzaste lo suficiente.
Cuando alguien cuestiona, la reacción es el desprecio. La ignorancia es cómoda, es simpática, es graciosa, es la norma. El que lee demasiado es un bicho raro, el que pretende hablar con propiedad es un pedante, el más informado es un sabelotodo al que pondrá en su sitio a base de zascas un tipo con un avatar de un gato enfurruñado. Nos llenamos la boca despreciando la incultura, pero en el fondo, la inteligencia molesta. Pensar es incómodo. Preguntar es peligroso. Mejor seguir plácidamente el rebaño e intentar no hacer demasiado ruido.
Luchamos por ser auténticos, por expresarnos tal y como somos, pero el mundo sintético en el que nos zambullimos todos los días es una vitrina fulgurante de vidas editadas al milímetro. Sonríe, retoca, enmarca, usa el filtro adecuado que alinee tus dientes con inteligencia artificial y oculte tus granos bajo una pastosa capa de píxeles. Pretender ser auténtico termina consistiendo en producir una versión curada y aprobada de lo que deseas que los demás crean de ti. Y mientras tanto, la inseguridad se hincha a la sombra de cuerpos irreales, de sonrisas como teclas de piano, de pieles tersas, de abdominales protuberantes, de vidas perfectas que no existen más allá de los lindes de la pantalla. Aprendemos a compararnos con espectros digitales y nos preguntamos por qué nos sentimos tan vacíos.
El siguiente de nuestra lista es el amor, el viejo mito que seguimos comprando en cómodos plazos, aunque hace tiempo ya que hemos dejado de tener fe en él. Compramos historias almibaradas, compramos conexiones profundas, compramos almas gemelas. En la práctica, las relaciones son cada día más frágiles, más fugaces, más transaccionales y más neumáticas. Cada día se parecen más a una compra fortuita en Amazon. Todo es efímero, todo es reemplazable, todo es finito, todo es frágil como el cristal de la pantalla del móvil. Botón izquierdo, aceptar amistad; botón derecho, bloquear contacto. El compromiso asusta, el esfuerzo fatiga, la paciencia se desinfla. Queremos amar, pero sin complicaciones. Queremos sentir, pero sin riesgo. Queremos conexiones, pero seguimos más solos que nunca.
La justicia es otro ideal muy hermoso en el papel, pero que en la práctica se cristaliza en un laberinto burocrático kafkiano en el que la verdad y la razón importan bastante menos que la paciencia y los recursos. Exigimos castigos rápidos, sentencias ejemplares, multas estratosféricas, pero la realidad no es más que un desfile inacabable de expedientes que acumulan mierda de rata y procesos que se alargan hasta que la gente olvida por qué empezó todo o prescriben por la habilidad del prestidigitador que el más rico pueda pagarse. La justicia no es ciega, es lenta, torpe y siempre tiene un precio.
Esta sensación de vacuidad tiene nombre propio: la anomía. Émile Durk heim estudió este fenómeno a finales del siglo XIX, al encontrar correlación entre las rampantes cifras de suicidio y los veloces cambios económicos que se sucedieron durante la Revolución Industrial. Durkheim describió la anomía como esa especie de vacío existencial que sufrimos cuando las normas que nos precedieron y nos trajeron estabilidad y propósito se deshila chan. Es el caos disfrazado de libertad, el desorden que brota de reglas que ya no significan nada o simplemente no existen. Durkheim trató el tema en su obra "El suicidio" (1897), en la que analizó sociedades que dejaban de establecer límites claros o expectativas coherentes, lo que acababa por precipitar a sus engranajes al vacío. En Occidente, ese concepto sigue estando brutalmente vigente. Nuestras normas son cada vez más difusas y el consumismo y la inmediatez han reemplazado nuestro sentido de propósito. ¿Cómo no íbamos a sentirnos anómicos? La anomía de Durkheim es la enfermedad del siglo XXI: ansiedad, abismo interior y una desconexión brutal entre lo que queremos y lo que realmente podemos alcanzar.
Y, aun así, el individuo resiste.
Resiste, porque en nuestro interior vive un héroe, ignorante de su propia condición. Atrapado en una maquinaria que lo exprime, lo engaña y lo culpa de su propio desgaste, el héroe sigue en pie. Es un engranaje gastado que sigue girando a pesar de todo. Se levanta cada día en la certeza de que el juego está amañado, de que la baraja se repartió antes de que él se uniera a la timba. Pero no se rinde. Sigue pensando en un mundo que le exige obediencia, sigue cuestionando cuando le piden que se calle la puta boca. Es capaz de hallar la belleza en la ruina, amor en el desencanto, sentido en la lucha absurda de seguir siendo. No busca redención en grandes discursos ni en promesas vacías; su nobleza no necesita ser proclamada, porque existe en cada fragmento de dignidad cotidiana, en cada rebelión de uno solo. Ya pesar de que la maquinaria exige un engranaje sumiso, a pesar de que la realidad lo empuje al cinismo o la desidia, todavía guarda un fuego cobijado en su interior, un tí mido rescoldo de algo que ni el mundo más gris podrá apagar del todo.
Y eso significa que, tal vez, sólo tal vez, aún no está todo perdido.
EN UN MOMENTO DE CONFUSIÓN
Y PÉRDIDA DE IDENTIDAD EUROPEA,
DEBEMOS VOLVER A NUESTROS FUNDAMENTOS
EL DERRUMBE DE OCCIDENTE:
ADOCTRINAMIENTO ESCOLAR,
CENSURA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN,
IMPOSICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS
NAZIFEMINISTAS DE GÉNERO 💥
LA DECADENCIA DE OCCIDENTE,
LA AUTODESTRUCCIÓN DE SU CIVILIZACIÓN 💣💥💀
CATÓLICOS E IDENTITARIOS por JULIEN LANGELLA
"LAS RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA:
UN PASADO VIVO PARA UN FUTURO DE VIDA"
por VICENTE NIÑO ORTI 🌍
LIBRO "¡DIOS SALVE LA RAZÓN!" 💬
por BENEDICTO XVI, GUSTAVO BUENO y VARIOS AUTORES
LIBRO "LA TRAICIÓN DE LOS EUROPEOS":
TODO LO QUE CONSIDERAMOS HUMANO
ESTÁ DESAPARECIENDO 👿💥💀💩
ADIÓS AL MUNDO DE AYER
LIBRO "LA SOCIEDAD DESVINCULADA":
FUNDAMENTOS DE LA CRISIS
Y NECESIDAD DE UN NUEVO COMIENZO
por JOSEP MIRÓ
LIBRO "VINDICACIÓN":
FRENTE AL AUGE DE UN PROGRESISMO GLOBAL
QUE REDUCE A LAS PERSONAS A LA NADA
por JAVIER BENEGAS
NUESTRA CIVILIZACIÓN SE FUE A LA MIERDA...
POR JAVIER BENEGAS 💥


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