EL Rincón de Yanka: DECÁLOGOS

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lunes, 6 de julio de 2026

LIBROS "12 REGLAS PARA VIVIR" y "MÁS ALLÁ DEL ORDEN" por JORDAN B. PETERSON

 
12 REGLAS PARA VIVIR
UN ANTÍDOTO AL CAOS


¿Cuáles son las reglas esenciales para vivir que todos deberíamos conocer? 
  1. Plántate derecho y con tus hombros hacia atrás.
  2. Trátate a ti mismo como alguien de quien eres responsable de ayudar.
  3. Hazte amigo de gente que quiera lo mejor para ti.
  4. Compárate con quien eras ayer, no con quien otra persona es hoy.
  5. No permitas que tus hijos hagan cosas por las que dejen de gustarte.
  6. Pon tu casa en perfecto orden antes de criticar el mundo.
  7. Persigue lo que es significativo (no lo que es conveniente).
  8. Di la verdad, o por lo menos no mientas.
  9. Asume que la persona a la que estás escuchando puede saber algo que tú ignoras.
  10. Exprésate con precisión a la hora de hablar.
  11. Deja en paz a los niños que montan en monopatín.
  12. Acaricia un gato cuando lo encuentres en la calle.
Jordan Peterson, «el pensador más polémico e influyente de nuestro tiempo», según el Spectator, nos propone un apasionante viaje por la historia de las ideas y de la ciencia —desde las tradiciones antiguas a los últimos descubrimientos científicos— para tratar de responder a una pregunta esencial: qué información básica necesitamos para vivir en plenitud.
Con humor, amenidad y espíritu divulgativo, Peterson recorre países, tiempos y culturas al mismo tiempo que reflexiona sobre conceptos como la aventura, la disciplina y la responsabilidad.
Todo con el fin de desgranar el saber humano en doce hondas y prácticas reglas para la vida que rompen radicalmente con los lugares comunes de la corrección política.

NOTA PRELIMINAR

Este libro tiene una historia corta y otra larga. Empezaremos con la corta. En 2012 empecé a participar en un sitio web llamado Quora. En Quora cualquiera puede hacer una pregunta, del tipo que sea, y cualquiera puede responder. Los lectores, con sus votos, hacen que suban las respuestas que más gustan y que bajen las que no. De esta forma, las respuestas más útiles aparecen en la parte superior de la página mientras que las demás caen en el olvido. El sitio me suscitó curiosidad. Me gustaba su carácter abierto e indiscriminado. A menudo los debates resultaban apasionantes y era interesante ver el amplio abanico de opiniones que una misma pregunta suscitaba. 

Cuando me tomaba un descanso (o escapaba de mi trabajo), a menudo abría la página de Quora, buscando preguntas en las que pudiera contribuir. Así, sopesé y finalmente contesté a algunas como «¿Cuál es la diferencia entre estar feliz y estar satisfecho?», «¿Qué cosas mejoran cuando te haces mayor?» y «¿Qué da más sentido a la vida?». 

Quora te señala cuántas personas han visto tu respuesta y cuántos votos positivos has recibido. Así, puedes hacerte una idea de hasta dónde llegas y de lo que la gente piensa de tus ideas. Solo una pequeña parte de los que ven una respuesta dan su voto positivo. Y hasta hoy, julio de 2017, cuando escribo estas líneas —cinco años después de haber contribuido a «¿Qué da más sentido a la vida?»—, mi respuesta a esa pregunta ha conseguido una audiencia relativamente pequeña (vista 14.000 veces y con 133 votos positivos), mientras que la que di a la cuestión de hacerse mayor la han visto 7.200 personas y ha conseguido 36 votos positivos. No es que sean precisamente victorias por goleada. De todas formas, es algo que cabe esperar. En webs de este tipo, la mayor parte de las respuestas reciben poca atención y solo una pequeña minoría resulta desproporcionadamente popular. 

Poco después respondí a otra pregunta: «¿Cuáles son las cosas más valiosas que todo el mundo debería conocer?». Escribí una lista de reglas o máximas, algunas de ellas completamente en serio, otras en plan de broma: «Da las gracias aunque sufras», «No hagas cosas que detestas», «No escondas cosas en la niebla», etcétera. A los usuarios de Quora les gustó la lista. Escribieron comentarios y la compartieron. Dijeron cosas como «Voy a imprimir esta lista ya mismo y utilizarla como referencia. Simplemente fenomenal» o «Eres el ganador de Quora, ya podemos cerrar la web». En la Universidad de Toronto, donde enseño, hubo estudiantes que me vinieron a ver para decirme hasta qué punto les había gustado. Hasta ahora mi respuesta a esa pregunta ha sido vista por 120.000 personas y ha recibido 2.300 votos positivos. Tan solo un centenar de las 600.000 preguntas formuladas en Quora ha superado la barrera de los 2.000 votos. Así pues, las reflexiones a las que me entregaba cuando no quería trabajar habían dejado una huella. Había escrito una respuesta que entraba en el percentil 99,9. 

Cuando escribí la lista de reglas para vivir, no era consciente de que tendría tanto éxito. Había dedicado cierta atención a cada una de las sesenta y pico respuestas que había mandado en los meses anteriores y posteriores a esa publicación. No obstante, Quora es un ejemplo insuperable de estudio de mercado. Quienes responden lo hacen de forma anónima. Son totalmente desinteresados, en el mejor sentido, y sus opiniones, espontáneas e imparciales. Así pues, presté atención a los resultados y pensé en las razones que justificaban el desmesurado éxito de esa pregunta. Quizá había conseguido el exacto equilibrio entre lo común y lo extraño al formular las reglas. Quizá la gente se sentía atraída por la estructura que las reglas apuntaban. Quizá es simplemente que a la gente le gustan las listas. 

Unos meses antes, en marzo de 2012, había recibido un correo electrónico de una agente literaria. Me había escuchado hablar en la emisora canadiense CBC durante un programa llamado Simplemente di no a la felicidad , donde había criticado la idea de que la felicidad es el verdadero objetivo de la vida. Durante las últimas décadas había leído una buena cantidad de libros sórdidos sobre el siglo XX, sobre todo acerca de la Alemania nazi y de la Unión Soviética. Alexandr Solzhenitsyn, que documentó con todo detalle los horrores de los campos de trabajo forzado de esta última, escribió en una ocasión que la «lamentable ideología» que sostiene que «los seres humanos son creados para ser felices […] se derrumba con el primer golpe de garrote del capataz [1]». Durante una crisis, el sufrimiento inevitable que supone el hecho de vivir puede pulverizar en cuestión de segundos la idea de que la felicidad es el objetivo natural del individuo. En la emisión de radio sugerí, por el contrario, que hacía falta algún tipo de significado más profundo. Señalé que el carácter de tal significado aparecía constantemente representado en las grandes historias del pasado y que tenía más que ver con el desarrollo personal ante el sufrimiento que con la felicidad. Eso es parte de la historia larga de este libro. 

Entre 1985 y 1999 trabajé unas tres horas al día en el único libro que hasta ahora había publicado, Maps of Meaning: The Architecture of Belief («Mapas de significado: la arquitectura de la creencia»). En esa época y durante los siguientes años, también impartía un curso sobre el contenido de ese libro, primero en Harvard y ahora en la Universidad de Toronto. En 2013, ante el auge de YouTube y a causa de la popularidad de algunas colaboraciones mías en la cadena de televisión pública canadiense TVO, decidí grabar mis clases universitarias y mis conferencias y subirlas a la red. Atrajeron a una audiencia cada vez mayor, más de un millón de visitas en abril de 2016. Esta cifra se ha incrementado de forma exponencial desde entonces (hasta 18 millones cuando escribo estas líneas), aunque en parte se debe a que me vi envuelto en una controversia política que suscitó una atención desmesurada. 

Esa es otra historia. Puede que incluso otro libro. 

En Maps of Meaning sugería que los grandes mitos e historias religiosas del pasado, en particular los que se basan en una tradición oral anterior, poseían una intención moral más que descriptiva. Así pues, no trataban de lo que era el mundo, como podría haberse escrito desde la ciencia, sino de cómo debería actuar el ser humano. Planteé, así, que nuestros antepasados representaban el mundo como un escenario —una obra de teatro— y no como un lugar con objetos. Describí cómo había llegado a la conclusión de que los elementos que constituían el mundo como una obra de teatro eran el orden y el caos, y no elementos materiales. 

El Orden es allí donde las personas de tu alrededor actúan, de acuerdo con unas normas sociales asumidas, de tal forma que todo resulta predecible y cooperativo. Es el mundo de la estructura social, el territorio explorado y la familiaridad. El estado de Orden se suele representar de forma simbólica, y creativa, como algo masculino. Es el rey sabio y el tirano, en perpetua unión, ya que la sociedad es simultáneamente estructura y opresión. 

El Caos, por el contrario, es allí donde —o cuando— ocurre algo inesperado. El Caos se manifiesta de forma banal cuando cuentas un chiste en una fiesta con gente que crees conocer y se produce el más embarazoso silencio. A un nivel más catastrófico, el Caos aparece cuando de repente te encuentras sin trabajo o cuando sufres un desengaño amoroso. Como la antítesis del Orden simbólicamente masculino, suele representarse de forma creativa como algo femenino. Es todo aquello que resulta nuevo e impredecible y que irrumpe en la familiaridad de los lugares comunes. Es la Creación y la Destrucción, el origen de lo nuevo y el destino de lo que muere (ya que la naturaleza, por contraposición a la cultura, es al mismo tiempo nacimiento y muerte). 

El orden y el caos son el yang y el yin del famoso símbolo taoísta, dos serpientes, de la cabeza a la cola [2]. El Orden es una serpiente blanca, masculina; el Caos es su equivalente negra y femenina. El punto negro en la parte blanca y el blanco en la parte negra indican la posibilidad de transformación: solo cuando todo parece seguro puede irrumpir lo desconocido de forma brutal e inesperada. Del mismo modo, es precisamente cuando todo parece perdido que un nuevo orden puede surgir de la catástrofe y el caos.
En el taoísmo, se encuentra sentido en la línea que separa estos eternos opuestos. Recorrerla es mantenerse en la senda de la vida, el Camino divino. 

Y eso es mucho mejor que la felicidad. 

La agente literaria a la que antes me he referido había escuchado la emisión de radio en la que hablaba de estos temas. Quedó sumida en profundas reflexiones y me escribió para preguntarme si había sopesado la posibilidad de escribir un libro dirigido al gran público. Ya había intentado crear una versión más accesible de Maps of Meaning , que es un libro muy denso, pero ni mi disposición mientras lo hacía ni el resultado final me resultaron convincentes. Creo que esto se debía a que me estaba imitando, a mí y a mi anterior libro, en vez de lanzarme al espacio entre el orden y el caos para crear algo nuevo. Le propuse que viera en mi canal de YouTube cuatro de las conferencias que había realizado para un programa de televisión llamado Big Ideas . Pensé que, si lo hacía, estaríamos en condiciones de mantener una conversación más concienzuda sobre la clase de temas que podría abordar en un libro de carácter más divulgativo. 

Volvió a escribirme unas semanas más tarde, después de haber visto las cuatro conferencias y haberlas analizado con otra persona. Ahora su interés era mayor, así como su compromiso con el proyecto, lo que me resultó prometedor e inesperado. Siempre me sorprende que la gente responda de forma positiva a lo que digo, teniendo en cuenta su carácter serio y singular. Me maravilla que se me haya permitido (que se me haya incluso animado a ello) enseñar lo que enseñé primero en Boston y ahora en Toronto. Siempre he pensado que, si la gente se diera cuenta de lo que estoy enseñando, se armaría una buena. Y una vez que hayas terminado este libro, podrás decidir hasta qué punto ese temor está fundado. :) 

La agente me propuso que escribiera un repertorio de lo que una persona necesita «para vivir bien», fuera eso lo que fuese. Inmediatamente pensé en la lista que había elaborado para Quora. Ya había desarrollado algunas ideas sobre dicha lista y, de nuevo, la gente había respondido favorablemente a esas nuevas ideas. Así pues, me parecía que podía cuajar bien con las ideas de mi nueva agente, de modo que se la envié y le gustó. 

Más o menos por aquella época, un amigo y antiguo alumno, el novelista y guionista Gregg Hurwitz, estaba dándole vueltas a un nuevo libro, que acabaría convirtiéndose en el thriller y éxito de ventas Huérfano X . A él también le gustaron las reglas e hizo que Mia, el principal personaje femenino del libro, fuera anotando una selección de ellas en su frigorífico en determinados momentos de la historia en los que venían a cuento. Otra prueba que confirmaba mis intuiciones acerca del interés que podían generar. Así, le propuse a mi agente escribir un breve capítulo sobre cada una de las reglas. Le pareció bien, con lo que redacté la correspondiente propuesta. Sin embargo, cuando empecé a escribir los capítulos, no me salieron precisamente breves. Tenía mucho más que decir sobre cada una de las reglas de lo que me había parecido en un principio. 

Esto se debía, en parte, a que había estado investigando mucho tiempo para mi primer libro: había estudiado historia, mitología, neurociencia, psicoanálisis, poesía y amplios pasajes de la Biblia. Leí, y creo que incluso llegué a entender, una gran parte de El paraíso perdido de Milton, Fausto de Goethe y El infierno de Dante. Mal que bien lo integré todo en mi intento por abordar una cuestión compleja: la razón o las razones del pulso nuclear durante la Guerra Fría. No podía comprender cómo los sistemas de creencias podían ser tan importantes para la gente, hasta el punto de estar dispuesta a exponerse a la destrucción del mundo con tal de protegerlos. Me di cuenta de que los sistemas de creencias compartidas sirven para que las personas se entiendan mutuamente y también de que esos sistemas no solo se componen de creencias. 

Las personas que viven bajo el mismo código se predicen mutuamente. Actúan de tal forma que reproducen los deseos y expectativas de los demás. Pueden cooperar. Pueden incluso competir de forma pacífica, porque todos saben a qué atenerse. Un sistema de creencias compartidas, en parte psicológico y en parte representado, lo simplifica todo, a los ojos de esas mismas personas y de las demás. Asimismo, las creencias compartidas simplifican el mundo porque las personas que saben qué esperar de las demás pueden cooperar para domesticarlo. Tal vez no haya nada más importante que el mantenimiento de esta organización, de esta simplificación. Cuando se ve amenazada, el gran navío del Estado zozobra. 

No es exactamente que la gente vaya a luchar por lo que cree. En realidad luchan para mantener el punto de coincidencia entre lo que creen, lo que esperan y lo que desean. Lucharán para mantener el punto de coincidencia entre lo que esperan y cómo actúa todo el mundo. Y es precisamente la conservación de este punto lo que permite que todas las personas vivan juntas de forma pacífica, predecible y productiva, ya que reduce la incertidumbre y la caótica mezcla de emociones intolerables que esta conlleva. 

Imaginemos a alguien que descubre una traición sentimental. Se ha transgredido el sagrado contrato social que unía a ambas personas. Las acciones pesan más que las palabras, de forma que una traición perturba la frágil y delicadamente establecida paz de una relación íntima. Tras una infidelidad, la gente se ve asediada por emociones terribles: asco, desprecio (hacia sí mismo y hacia la otra persona), culpa, ansiedad, rabia y temor. El conflicto resulta inevitable, en ocasiones con resultados fatales. Los sistemas de creencias compartidas, sistemas que comparten conductas aprobadas y expectativas, regulan y controlan todas esas fuerzas poderosas. No es de extrañar, pues, que la gente luche para proteger algo que le evita verse poseída por emociones de caos y terror (y acto seguido, arrastrada al conflicto y al combate). 

Pero hay algo más. Un sistema cultural compartido estabiliza la interacción humana, pero también es un sistema de valores, una jerarquía de valores, en la que se otorga prioridad e importancia a unas cosas y a otras no. A falta de un sistema de valores de este tipo, la gente simplemente no puede actuar. De hecho, ni siquiera puede percibir, porque tanto la acción como la percepción requieren un objetivo, y un objetivo válido es por definición algo a lo que se le otorga valor. Una gran parte de las emociones positivas que sentimos está relacionada con objetivos. Técnicamente hablando, no somos felices si no nos vemos progresar, y la mera idea de progreso implica un valor. Todavía peor es el hecho de que el significado de la vida sin un valor positivo no es simplemente neutral. Puesto que somos vulnerables y mortales, el dolor y la ansiedad forman parte integral de la existencia humana. 

Así, tenemos que poder contraponer algo al sufrimiento intrínseco al Ser [3]. El sentido tiene que ser inherente a un profundo sistema de valores o, de lo contrario, el horror de la existencia se vuelve rápidamente incontrolable. Y acto seguido entra en escena el nihilismo con su angustia y desesperanza. Así que, si no hay valores, no hay significado. No obstante, entre los sistemas de valores existe la posibilidad del conflicto. Estamos, por tanto, eternamente atrapados entre la espada y la pared: la desaparición de las creencias colectivas de un grupo hace que la vida sea caótica, miserable e intolerable, pero su existencia lleva de forma inexorable al conflicto con otros grupos. En Occidente nos hemos ido alejando de las culturas centradas en nuestra tradición, nuestra religión e incluso nuestra nación, en parte para reducir el peligro de confrontación colectiva. Pero, cada vez más, somos víctimas de la desesperación que supone la falta de significado, lo cual no es precisamente un progreso. 

Mientras escribía Maps of Meaning, partía (también) del principio de que ya no podemos permitirnos más conflictos; desde luego, no de la misma escala que las conflagraciones mundiales del siglo XX. Nuestras tecnologías de destrucción se han vuelto demasiado poderosas. Las consecuencias potenciales de una guerra son literalmente apocalípticas. Pero tampoco podemos abandonar sin más nuestros sistemas de valores, nuestras creencias, nuestras culturas. Este problema en apariencia inextricable me atormentó durante meses. 
¿Acaso existía una tercera posibilidad que se me escapaba? Entonces una noche soñé que estaba suspendido en el aire, colgado de una lámpara de araña a muchos pisos del suelo, justo debajo de la cúpula de una inmensa catedral. A lo lejos, al nivel del suelo, se veía diminuta a la gente. Cualquier pared quedaba muy lejos, e incluso la propia cúpula. 

He aprendido a prestar atención a los sueños, no solo por mi formación como psicólogo clínico. Los sueños consiguen iluminar las zonas oscuras donde la razón todavía tiene que llegar. También he estudiado bastante el cristianismo (más que otras tradiciones religiosas, pero me esfuerzo por hacer lo posible para compensar este desequilibrio). Como los demás, pues, me tengo que apoyar, y de hecho me apoyo más en lo que sé que en lo que no sé. Sabía que las catedrales se construían con la forma de una cruz y que el punto bajo la cúpula marcaba el centro de la cruz. Sabía que la cruz era al mismo tiempo el punto de mayor sufrimiento, el de la muerte y la transformación, y el centro simbólico del mundo. No era un lugar en el que quisiera estar. Conseguí bajarme de las alturas —fuera del cielo simbólico— y regresar al nivel del suelo seguro, familiar y anónimo. No sé cómo lo hice. Y entonces, todavía soñando, regresé a mi dormitorio y a mi cama e intenté volver a dormirme en la calma del inconsciente. Sin embargo, mientras me relajaba, podía sentir que mi cuerpo se transportaba. Un vendaval me estaba disolviendo, preparándose para proyectarme de vuelta hacia la catedral y colocarme de nuevo en ese punto central. No había escapatoria, era una auténtica pesadilla. Intenté despertarme. Las cortinas detrás de mí se agitaban por encima de mi almohada. Medio dormido, miré al pie de la cama y vi las grandes puertas de la catedral. Conseguí despertarme del todo y entonces desaparecieron. 

Mi sueño me llevó al mismo centro del Ser y no había escapatoria. Me costó meses entender lo que significaba. En ese periodo alcancé una comprensión más completa y personal de aquello en lo que insisten continuamente las grandes historias del pasado: el centro lo ocupa el individuo. El centro lo marca la cruz, de la misma forma que una «X» marca un punto determinado. La existencia en esa cruz es sufrimiento y transformación, y esto es algo que, por encima de todo, se tiene que aceptar voluntariamente. Es posible trascender la adhesión ciega al grupo y sus doctrinas y, al mismo tiempo, evitar los escollos de su extremo opuesto, el nihilismo. Es posible, sin embargo, hallar suficiente significado en la consciencia individual y la experiencia. 

¿Cómo podría liberarse el mundo del terrible dilema del conflicto, por un lado, y la disolución psicológica y social, por otro? Esta fue la respuesta: mediante la elevación y el desarrollo del individuo, así como por la voluntad generalizada de asumir la carga que es el Ser y elegir el camino heroico. Todos tenemos que asumir la máxima responsabilidad posible a nivel individual, de la sociedad y del mundo. Todos tenemos que decir la verdad, arreglar lo que está deteriorado y destruir y recrear lo que se ha quedado desfasado. Es así como podemos y debemos reducir el sufrimiento que envenena el mundo. Eso es pedir mucho. Es pedirlo todo. Pero la alternativa —el horror de la creencia autoritaria, el caos del Estado en ruinas, la trágica catástrofe de un mundo natural desenfrenado, la angustia existencial y la debilidad del individuo desorientado— es claramente peor. 

Durante décadas he estado pensando y enseñando acerca de estas ideas. He acumulado un buen repertorio de historias y conceptos relacionados. Sin embargo, no sugiero ni por asomo que lo que planteo sea totalmente cierto o definitivo. El Ser es mucho más complicado de lo que nadie puede saber y no conozco toda la historia. Tan solo propongo lo mejor de lo que soy capaz. 

Sea como sea, la consecuencia de todo ese trabajo previo de investigación y reflexión fueron nuevos ensayos que acabaron transformándose en este libro. Mi idea inicial era escribir un pequeño texto para cada una de las cuarenta respuestas que había publicado en Quora. Esa propuesta fue aceptada por Penguin Random House Canadá. Sin embargo, mientras escribía, reduje el número de textos a veinticinco, luego a dieciséis y finalmente a los doce definitivos. Durante los últimos tres años he estado editando lo que quedó con la atenta ayuda de mi editora oficial (y con las despiadadas y profundamente certeras críticas de Hurwitz, al que ya he mencionado). 

Me costó mucho tiempo decidir el título, 12 reglas para vivir: un antídoto al caos. ¿Por qué se acabó imponiendo este? Sobre todo por su simplicidad. Indica claramente que la gente necesita principios rectores y que, de lo contrario, el caos se impone. Necesitamos reglas, patrones y valores, tanto en soledad como en compañía. Somos animales de carga y tenemos que aguantar lo que nos ponen encima para justificar nuestra miserable existencia.

Necesitamos rutina y tradición. Eso es orden. El orden puede acabar resultando excesivo, y eso no es bueno, pero el caos puede anegarlo todo y ahogarnos, lo que tampoco es bueno. Tenemos que mantenernos en el buen camino. Así pues, cada una de las doce reglas de este libro con sus correspondientes comentarios proporciona una guía para estar ahí. «Ahí» es la línea divisoria entre el orden y el caos. Ese es el lugar en el que se da el equilibrio exacto entre estabilidad, exploración, transformación, reparación y cooperación. Es donde encontramos el significado que justifica la vida y su inevitable sufrimiento. Quizá, si viviéramos como habría que vivir, podríamos tolerar el peso que supone ser conscientes de nuestra propia existencia. Quizá, si viviéramos como habría que vivir, no tendríamos problemas en reconocer nuestro carácter frágil y mortal, sin caer en el victimismo ofuscado que genera primero resentimiento, luego envidia y, finalmente, deseo de venganza y destrucción. Quizá, si viviéramos como habría que vivir, no tendríamos que buscar refugio en la certidumbre totalitaria para protegernos de la consciencia de nuestra propia mediocridad e ignorancia. Quizá podríamos evitar todos esos caminos que dirigen al infierno (y en el terrible siglo XX ya hemos podido comprobar lo real que puede ser el infierno). 

Espero que estas reglas y las explicaciones que las acompañan ayuden a la gente a entender lo que ya sabe: que el alma de cualquier individuo ansía de forma eterna el heroísmo del auténtico Ser y que la voluntad de asumir esa responsabilidad equivale a la decisión de vivir una vida llena de significado. Si cada uno vive como habría que vivir, prosperaremos colectivamente. Te deseo lo mejor ahora que te vas a adentrar en estas páginas.

Psicólogo clínico y profesor de Psicología
_______________________________

[1] Solzhenitsyn, Alexandr, Archipiélago Gulag I , Barcelona, Tusquets, 2015. 
[2] El símbolo del yin y el yang es la segunda parte de un diagrama más complejo de cinco partes, el tajitu , que representa tanto la unidad absoluta original como su división en la multiplicidad del mundo observado. Se hablará con más detalle de esto en la Regla 2, así como en otros puntos del libro. 
[3] Uso el término «Ser» (con «S» mayúscula) en parte por mi propia exposición a las ideas del filósofo alemán del siglo XX Martin Heidegger. Heidegger intentó diferenciar entre la realidad, tal y como la concebimos objetivamente, y la totalidad de la experiencia humana, que corresponde con su «Ser». «Ser» (con «S» mayúscula) es lo que cada uno experimenta, subjetiva, personal e individualmente, así como lo que cada quien experimenta junto a los demás. Así pues, incluye las emociones, los impulsos, los sueños, las visiones y las revelaciones, así como nuestros pensamientos íntimos y nuestras percepciones. El Ser es también, por último, algo que se crea como resultado de la acción, con lo que su naturaleza es hasta cierto punto indeterminado una consecuencia de nuestras decisiones y elecciones, algo a lo que damos forma con nuestro hipotético libre albedrío. Construido de esta forma, el Ser es 1) algo que no se puede reducir fácil y simplemente a lo material y lo objetivo, y 2) algo que con toda certeza requiere otro término, como Heidegger se esforzó por demostrar durante décadas. 


MÁS ALLÁ DEL ORDEN
12 NUEVAS REGLAS PARA VIVIR


Tras 12 reglas para vivir, llega su esperada continuación, la obra que nos da el perfecto equilibrio entre orden y caos.

En 12 reglas para vivir, obra de la que se han vendido más de cinco millones de ejemplares y que ha influido como ninguna otra en el ámbito intelectual y político del último lustro, Jordan Peterson ofrecía verdades eternas aplicadas a las ansiedades contemporáneas. Su mensaje provocador sobre el valor de la responsabilidad individual y el significado de nuestras acciones ha resonado con enorme fuerza arrastrando a miles de lectores a las librerías.

A diferencia del anterior, centrado en las consecuencias del caos, Más allá del orden alerta sobre los peligros de un exceso de seguridad y control en nuestra vida y pone en valor conceptos como la creatividad, la curiosidad o la vitalidad. El objetivo es mantener el perfecto equilibrio entre los dos principios fundamentales de la realidad: el orden y el caos, y evitar que ninguno de los dos gobierne nuestro destino. Entremezclando mitos, historia clásica y ejemplos personales de su propia vida y práctica clínica, Peterson presenta doce nuevos principios para lograr una vida con más sentido.

Entremezclando mitología, historia clásica y casos de su consulta, este libro ofrece 12 nuevos principios para una vida con sentido.

REGLA 1. No denigres a la ligera ni las instituciones sociales ni el logro creativo 
REGLA 2. Imagina quién podrías ser y pon todo tu empeño en serlo 
REGLA 3. No escondas en la niebla las cosas que no desees 
REGLA 4. Piensa que la oportunidad reluce allí donde se ha renunciado a la responsabilidad 
REGLA 5. No hagas lo que aborreces 
REGLA 6. Abandona la ideología 
REGLA 7. Al menos esfuérzate al máximo en una cosa y espera a ver qué pasa 
REGLA 8. Intenta tener una habitación de tu casa lo más bonita posible 
REGLA 9. Si aún te corroen viejos recuerdos, escribe sobre ellos fielmente y con todo lujo de detalles 
REGLA 10. Planifica y esfuérzate por mantener viva la llama de tu relación 
REGLA 11. No te vuelvas rencoroso, mentiroso o arrogante 
REGLA 12. Muestra gratitud a pesar de tu sufrimiento

El autor más influyente y polémico del momento. Su libro más esperado.

Así fue como JORDAN PETERSON dejó sin palabras a una PERIODISTA PROGRE

miércoles, 11 de febrero de 2026

LIBRO "LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE": ⚙⚙⚙ UN ANÁLISIS PROVOCADOR, LÚCIDO Y BRUTALMENTE HONESTO SOBRE EL COLAPSO DE OCCIDENTE por FABIÁN C. BARRIO


LOS  ENGRANAJES  
DE  OCCIDENTE
⚙⚙⚙
DE CÓMO LA SOCIEDAD OCCIDENTAL 
HA DECIDIDIO QUE ES EL MOMENTO PERFECTO 
PARA IMPLOSIONAR EN UNA GRAN NUBE DE M*ERDA


Un análisis provocador, lúcido y brutalmente honesto sobre el colapso de Occidente.
Hubo un tiempo en que los hombres cruzaban océanos en barcos de vapor, creían en Dios, en el Estado y en la ducha fría. No porque fueran espartanos, sino porque no tenían más remedio. Hoy, en cambio, somos incapaces de sobrevivir sin un té verde matcha con leche de soja, sepultamos nuestras arrugas bajo toneladas de filtros digitales y debatimos sobre la opresión estructural desde un iPhone de 1.200 euros. Algo se ha ido al carajo en muy poco tiempo.

En los dos tomos que componen Los engranajes de Occidente, Fabián C. Barrio analiza desde una perspectiva psicosociológica el declive de una civilización que ha pasado de alzar catedrales a cancelar panaderos. Del humanismo al algoritmo. Del sacrificio a la sobreexposición emocional. Hoy asistimos al auge de la cultura woke y su perpetua batalla con la realidad tangible, a la resurrección kitsch de las ultraderechas con su dorado tupé, a los nacionalismos que brotan donde ya no queda ni nación ni sentido de pertenencia, a la manipulación política descarada y constante, y a las redes sociales como nuevo teatro de sombras, donde todos actuamos pero nadie vive de verdad.
Este libro nos descubre que detrás de todo fenómeno macro hay motivos dolorosamente humanos. Que el ocaso no es sólo geopolítico, sino espiritual. Y que tal vez Occidente no se esté muriendo, sino reinventando... aunque lo haga como todo lo que amamos hoy: con ansiedad, regulaciones obsesivas, autoflagelo, impuestos hasta por respirar y una playlist estúpida sonando de fondo hasta que se agote la batería.

El decálogo 
del librepensador moderno
  1. Entender la posición del contrario no significa que estés de acuerdo con él. Pero debes esforzarte por entenderlo, y sólo entonces decidir si está loco o tiene razón. Esto me lo enseñó mi padre.
  2. Por muy idiota que te parezca el contrario, seguro que hay algunos puntos en los que podéis coincidir. No te sientas culpable, no hay nada de malo en ello.
  3. Una verdad incómoda vale más que mil mentiras reconfortantes. A esto hay que añadir que es muy probable que la verdad no exista y, de existir, no puedas llegar a conocerla nunca. Vamos avanzando poquito a poco. Esto me lo enseñó Pirrón.
  4. El pensamiento crítico no consiste en atacar ciegamente al otro, sino en evaluar honestamente tus propias creencias.
  5. Tus creencias deben adaptarse a los hechos, no al revés. La duda cons­tante es la única garantía contra el fanatismo. Esto me lo enseñaron los progres, pero no tenían ni idea de que me lo estaban enseñando.
  6. No hay nada de malo en cambiar de opinión. Si nunca cambias de opi­nión, es que no estás aprendiendo nada.
  7. No te preocupes por tener ideas contradictorias. Eso significa que estás pensando.
  8. Que muchos estén de acuerdo en algo no lo convierte en verdad; que pocos lo crean tampoco lo hace falso.
  9. Tú no eres tus ideas. Puedes -y debes-abandonarlas cuando dejan de servirte o encuentras otras más jugosas.
  10. La única rebelión posible es la personal.
Frontispicio, o manifiesto antisistema, 
oda a la anomía

"En tiempos de engaño universal, 
decir la verdad es un acto revolucionario".
GEORGE ORWELL

Vale. Echa un vistazo a esa gasa pálida, ese desgarrón blanco en la piel oscura del cielo. Pareciera que alguien, con la torpeza de un demiurgo atontado, hubiera derramado un vaso de leche sobre la mesa de mármol negro del uni­verso y luego no hubiera terminado de limpiar bien el estropicio, ocupado como estaba con otras cosas más importantes. Así, sin más, nació la Vía Láctea.

Ahora acércate más. Asistirás a una migración de luciérnagas de muchos colores, atascadas para toda la eternidad en el tráfico galáctico. Son más de cien mil millones de soles, cada uno hinchado de orgullo nuclear, girando como peonzas tontas pero bien coreografiadas, en una lenta danza que lleva ensayándose miles de millones de años antes de que llegaras tú. El epicentro de este baile cósmico es un agujero negro: un monstruo hambriento con mo­dales de señorona glotona, que engulle luz y traga soles, planetas y pedacitos de roca ardiente con la sutil elegancia de un cerdito hozando en el barro.

La galaxia es una espiral artrítica, una bailarina vieja y coja con tutú de polvo de estrellas deshilachadas que aún osa girar sobre su eje torcido. Cada brazo de su espiral se curva con enorme pereza, como si intentara rascarse la espalda sin tener muy claro el punto exacto donde le pica. Y todo flota desde la noche de los tiempos en un mar opaco de materia oscura, una sustancia pegajosa que tal vez ni siquiera exista, qué sé yo de estas cosas.

Venga, acércate un poquitito más. Entre tantos soles, estrellas, nebulosas, planetas y cometas, hay una región adormecida, un suburbio galáctico de segunda fila llamado el Brazo de Orión. Tal vez no tenga el glamur pomposo de otros rincones perdidos del cosmos, pero disfruta de un buen clima estelar y de un alquiler gravitatorio decente. Ahí, con cierta dejadez, gira con discre­ción un planeta azul. En el lugar exacto para recibir la energía de su sol sin convertirse en una barbacoa humeante. Un puntito ridículo, humilde, pero bullicioso. El único que, hasta donde sabemos, ha inventado el reguetón, Tin­der, el impuesto de sucesiones y las montañas rusas.

Ese puntito absurdo es la Tierra. Suspendida como una motita intrascen­dente de la ubre de una galaxia que no tiene ni zorra idea de que existimos. Y si lo supiera, seguramente le daría igual. La luz que recibe de su pequeño sol tarda ocho largos minutos en llegar a nosotros. Y desde aquí, cuando mi­ ramos hacia arriba en una noche sin luces de neón y vemos esa cicatriz fosfo­rescente surcando el cielo, sentimos que pertenecemos a algo inmenso.

Pero qué va, es pura ilusión.

Este planeta azul ha sido fragmentado con más o menos éxito por sus habitantes a lo largo de muchas generaciones. Los que tenían la piel blanca se enfadaron con los que tenían la piel amarilla y pelearon por hacerse con una montaña o una estepa pelada. Los de la piel marrón tomaron su por­ción del pastel y la defendieron con uñas y dientes mientras inventaban el cero. Vistos desde arriba, parecen un puñado de hormigueros laboriosos y encabronados. Con el tiempo, esas hormigas idearon estrategias de división más sutiles, basadas en las ideas. Un cacho del planeta por un momento pareció encontrarse a gusto consigo mismo. Sus habitantes se dedicaron du­rante siglos a expandir su supremacía a capa y espada, erigieron edificios deslumbrantes, domesticaron madera y metal para hacerles llorar las más exquisitas melodías, eligieron un dios, escribieron obras prodigiosas, dieron vida al mármol, levantaron fábricas pestilentes, escribieron normas, pelea­ ron por sus derechos y, un buen día, sin avisar, se cansaron y se sentaron a contemplar cómo se desmoronaba su obra.

Pues bien. Ahí se encuentra usted. Acojonado y pagando impuestos. Usted se encuentra aquí. En una sociedad hinchada de contradicciones, una bestia que devora sus propias entrañas mientras sonríe en modo selfi atiborrado de filtros digitales, atrapado en un espejismo bien maquillado.
Hemos adoptado a ciegas la curiosa idea de que, con suficiente esfuerzo, cualquiera puede llegar a levantar su propio imperio. Pero luego llegan los impuestos, las licencias, los trámites eternos, las normas absurdas que pare­cen diseñadas por Kafka para quebrar tu voluntad antes de que puedas ver tu primer maravedí. Y mientras te ahogas sepultado por los formularios, el gran capital sonríe ufano, relamiéndose desde su trono, protegido por leyes que sólo se atreven a castigar a los más débiles.

La meritocracia es otro cuento de niños a la altura del coco y los Reyes Magos. Te has convencido de que, si trabajas duro, llegarás lejos, pero el ta­blero está inclinado desde el principio y trepar por él es una gesta casi impo­sible. Siempre habrá alguien con un apellido más pomposo y con una red de contactos que, a pesar de distar mucho de tu talento y esfuerzo, te supere mil veces en privilegio.
Te quieren fresco como una manzana, motivado y siempre disponible. Apagas el ordenador, pero los correos siguen llegando, las reuniones se acu­mulan, los mensajes fuera de horario son una exigencia disfrazada de compromiso. De los jóvenes se espera experiencia, pero nadie les da esa primera oportunidad. Una paradoja cruel que se resuelve con becas miserables, horas de trabajo que nadie paga y promesas de prosperidad que nunca se materiali­zan en nada.

Mientras nos llenamos la boca con la privacidad, estamos forzados a acep­tar las cookies para leer cualquier página web, y entregamos nuestra alma con un clic. Cada aplicación nos pide permiso para escarbar en nuestra vida, y nosotros, como corderitos digitales, lo aceptamos sin rechistar. No tenemos tiempo, no queremos molestias. Al final, qué coño importa, ¿no? Nuestras fotos, nuestros mensajes más íntimos, los primeros pasos de nuestros hijos, nuestras compras, nuestros movimientos bancarios, qué planta se nos ha muerto porque olvidamos regarla, qué yogur facilita nuestro tránsito intesti­nal, los lugares donde hemos estado, con quién hemos follado, a quién hemos amado, quién nos ha rechazado o quién nos ha contagiado ladillas, nuestros contactos, nuestras filias y fobias, nuestros temores e inseguridades, nues­tras roedoras dudas, todo queda archivado para la eternidad en servidores que no duermen jamás y que cada día parecen entendernos mejor. Protesta­mos cuando las redes nos manipulan, sabemos que son telarañas trenzadas para consumir nuestra atención, y aun así, seguimos ahí, deslizando nuestra vida sin descanso, enganchados al chute infinito de dopamina. Un algoritmo nos conoce mejor que nosotros mismos, nos da lo que queremos antes de que lo pidamos. Nos controla sin que nos demos cuenta, y lo peor es que ni si­ quiera nos importa ya.

Odiamos la mentira, pero no dudamos lo más mínimo en compartirla. Un titular escandaloso, una imagen dudosa, y en un segundo ya está en nuestros perfiles, sin contrastar, sin leer más allá de las primeras líneas. La verdad es aburrida, la farsa entretiene. Y así, absortos en este círculo de hipocresía, se­guimos dando de comer a la máquina que nos aturde día tras día.

La libertad de expresión es el gran eslogan de nuestra época, pero su contrato es una maraña indescifrable de letras minúsculas. Se defiende con uñas y dientes, siempre que las palabras no ofendan a alguien y encajen con primor en la narrativa correcta. Hablar con libertad es un derecho hasta que un tipo cualquiera se siente ofendido. Entonces llegan en tromba las hordas, las antorchas, las cancelaciones, la turba enardecida, los jueces sin toga y los juicios sin abogado defensor. La tolerancia es selectiva, el disenso se paga muy caro. Se puede decir lo que quieras, por supuesto, pero más vale que sea lo que la gente quiere oír.

La corrupción nos indigna, nos hace aullar como licántropos a la luna de las redes sociales. Y cuando por fin llega la hora de votar, regresan de nuevo al cuadrilátero los mismos nombres, las mismas caras macilentas, las mis­ mas arengas adormiladas, las mismas promesas recicladas una y mil veces. Nos engañan, nos roban, nos toman por idiotas..., pero cada cuatro años les damos una nueva oportunidad para hacerlo una vez más. Al fin y al cabo, el otro es peor, siempre habrá una excusa, no hay alternativa, la memoria es frágil y la resignación es un rinconcito mullido en el que cobijarse cual oso cansado que ve llegar el invierno.
El ecologismo se ha convertido en otro eslogan publicitario más que se acuña con entusiasmo en cada botella de plástico reciclado y en cada envase biodegradable que terminará sepultado en el mismo vertedero de siempre. Hemos asumido con naturalidad no exenta de culpa que todavía es posible salvar el mundo comprando más cosas, porque la solución jamás pasará por comprar menos, sino por cambiar de producto y pagar más impuestos. Un coche eléctrico, una banana ecológica, una camiseta de algodón orgánico, un embalaje de papel ecosostenible y paritario, un café recolectado en ex­clusiva por mujeres negras amputadas, un paquete de pajitas de bambú que llega a las estanterías envuelto en cinco capas de plástico. La hipocresía se disfraza de responsabilidad ambiental y, de ese modo, nos permite conciliar mejor el sueño por las noches. Mientras tanto, las ciudades de medio mundo viven bajo un colosal hongo sulfúreo y los verdaderos responsables siguen actuando con total impunidad. 

Las mayores nubes tóxicas no las regurgita tu coche viejo ni provienen de la bolsa de plástico que compraste a regaña­ dientes por quince céntimos en el supermercado porque olvidaste tu saco de esparto, sino de fábricas pestilentes de algún oscuro y remoto rincón del mundo de nombre impronunciable, que producen sin cesar todo lo que compras sin regulación, ni descanso, ni propósito de enmienda. En lugar de afrontar la verdad, asumimos que somos nosotros los culpables, porque la culpa es un negocio enormemente rentable. Te coaccionan para que apagues la luz, para que recicles las botellas de Fanta, para que convivas con la basura cinco días apestando en la terraza, para que cierres el grifo al lavarte los dien­tes; te invitan a comer hamburguesas de grillo licuado, a beber en botellas que no se pueden ni abrir, a usar la bicicleta, a no tirar dela cadena al mear, a que regules tu termostato en el punto justo de la incomodidad, mientras ellos siguen volando sin rubor en aviones privados a cumbres climáticas donde fuman oscuros acuerdos que no tienen intención alguna de cumplir, porque no existe causa noble sin su correspondiente impuesto. Te hacen pagar por tu presunta huella de carbono, te atormentan con tasas ecológicas, pintan rayas de colores en el suelo por donde no puedes circular, te suben los precios con la excusa de un apocalipsis que no llega nunca. No importa el fin último de ese dinero, lo importante es que pagues.

Nos bombardean con campañas contra la obesidad mientras los anaqueles de los supermercados están abarrotados de veneno barato disfrazado de co­mida. Un paquete de galletas cuesta menos que una pera cosechada por un robot y un menú de comida basura es más barato que el muslo de un triste pollo al que han dado permiso para ver el cielo azul. Nos recuerdan que de lo que se come se cría, pero los precios de los alimentos frescos repuntan a diario mientras los ultraprocesados abarrotan las estanterías a precio de derribo. Comer sano es un lujo, alimentarse con basura es la norma. Luego nos explican que todo es cuestión de voluntad, nos amonestan con su dedito acusador para que hagamos mejores elecciones, como si pobreza o falta de tiempo fueran simples excusas de inconsciente pecador. A veces te hacen un descuento para que compres pescado, aunque ese bono ya lo hayas pagado previamente sin rechistar. E incluso das las gracias por tan generosa dádiva.

La salud mental no es más que otro colosal engaño. La teoría asegura desde su púlpito que debemos hablar con sinceridad, cuidarnos, mirarnos a los ojos con ternura, dialogar y ser compasivos, aparcar el móvil y desconectar, pero el mundo gira y gira sin parar al ritmo frenético y desesperado del agota­ miento. La productividad se ha convertido en un demiurgo moderno: traba­jas hasta quemarte como un palo reseco, duermes poco, comes mal, y cuando empiezas a desmoronarte, te recetan mindfulness y apps para gestionar el estrés que te recuerdan con una campanita que te detengas a respirar o te alertan con una leve vibración en tu muñeca de que tu corazón está a punto de colapsar. Si protestas, eres débil; si te detienes, eres reemplazado. Por mucho que nos recomienden hacer footing o ir de acá para allá en bicicleta, las ciudades están diseñadas para los coches, las aceras menguan poquito a mortal. Intentar moverse de forma saludable en un entorno cruel resulta casi subversivo. Todo está diseñado para que fracases y luego te eches la culpa. Porque, al final, siempre es culpa tuya. Y la culpa es rentable.

Hemos aceptado sin rechistar que la educación es el gran motor del pro­greso, pero sólo tenemos acceso a un protocolo apolillado y diseñado para troquelar engranajes dóciles, no ciudadanos críticos. Dicen que quieren que pensemos por nosotros mismos, pero lo que realmente esperan es que re­ pitamos como loros. Memoriza fechas, fórmulas, nombres, siglos, párrafos, listados, definiciones. No cuestiones, no te salgas del guion, ni se te ocurra siquiera buscar más allá de lo que entra en el examen. Pretender ser creativo es un problema, la duda es un obstáculo, y el pensamiento crítico se reduce a marcar la respuesta acertada en un test de opciones múltiples que se corrige con una plantilla. Y allá a lo lejos, al final del tobogán, los resultados académi­cos no dependerán nunca del talento ni de la disciplina, sino de tu código pos­tal. Colegios con tablets para unos, edificios con goteras y manuales viejunos y rancios para otros. Si tienes dinero, acabarás estudiando idiomas, tendrás acceso a la última tecnología, te prepararás para triunfar en el mundo real. Si no, tendrás que conformarte con sobrevivir y te quedará la duda de si no llegaste más lejos porque no te esforzaste lo suficiente. 

Cuando alguien cues­tiona, la reacción es el desprecio. La ignorancia es cómoda, es simpática, es graciosa, es la norma. El que lee demasiado es un bicho raro, el que pretende hablar con propiedad es un pedante, el más informado es un sabelotodo al que pondrá en su sitio a base de zascas un tipo con un avatar de un gato en­furruñado. Nos llenamos la boca despreciando la incultura, pero en el fondo, la inteligencia molesta. Pensar es incómodo. Preguntar es peligroso. Mejor se­guir plácidamente el rebaño e intentar no hacer demasiado ruido.

Luchamos por ser auténticos, por expresarnos tal y como somos, pero el mundo sintético en el que nos zambullimos todos los días es una vitrina fulgurante de vidas editadas al milímetro. Sonríe, retoca, enmarca, usa el filtro adecuado que alinee tus dientes con inteligencia artificial y oculte tus granos bajo una pastosa capa de píxeles. Pretender ser auténtico termina consistiendo en producir una versión curada y aprobada de lo que deseas que los demás crean de ti. Y mientras tanto, la inseguridad se hincha a la sombra de cuerpos irreales, de sonrisas como teclas de piano, de pieles tersas, de ab­dominales protuberantes, de vidas perfectas que no existen más allá de los lindes de la pantalla. Aprendemos a compararnos con espectros digitales y nos preguntamos por qué nos sentimos tan vacíos.

El siguiente de nuestra lista es el amor, el viejo mito que seguimos com­prando en cómodos plazos, aunque hace tiempo ya que hemos dejado de tener fe en él. Compramos historias almibaradas, compramos conexiones profundas, compramos almas gemelas. En la práctica, las relaciones son cada día más frágiles, más fugaces, más transaccionales y más neumáticas. Cada día se parecen más a una compra fortuita en Amazon. Todo es efímero, todo es reemplazable, todo es finito, todo es frágil como el cristal de la pantalla del móvil. Botón izquierdo, aceptar amistad; botón derecho, bloquear contacto. El compromiso asusta, el esfuerzo fatiga, la paciencia se desinfla. Queremos amar, pero sin complicaciones. Queremos sentir, pero sin riesgo. Queremos conexiones, pero seguimos más solos que nunca.

La justicia es otro ideal muy hermoso en el papel, pero que en la práctica se cristaliza en un laberinto burocrático kafkiano en el que la verdad y la razón importan bastante menos que la paciencia y los recursos. Exigimos castigos rápidos, sentencias ejemplares, multas estratosféricas, pero la realidad no es más que un desfile inacabable de expedientes que acumulan mierda de rata y procesos que se alargan hasta que la gente olvida por qué empezó todo o prescriben por la habilidad del prestidigitador que el más rico pueda pagarse. La justicia no es ciega, es lenta, torpe y siempre tiene un precio.

Esta sensación de vacuidad tiene nombre propio: la anomía. Émile Durk­ heim estudió este fenómeno a finales del siglo XIX, al encontrar correlación entre las rampantes cifras de suicidio y los veloces cambios económicos que se sucedieron durante la Revolución Industrial. Durkheim describió la anomía como esa especie de vacío existencial que sufrimos cuando las nor­mas que nos precedieron y nos trajeron estabilidad y propósito se deshila­ chan. Es el caos disfrazado de libertad, el desorden que brota de reglas que ya no significan nada o simplemente no existen. Durkheim trató el tema en su obra "El suicidio" (1897), en la que analizó sociedades que dejaban de establecer límites claros o expectativas coherentes, lo que acababa por precipitar a sus engranajes al vacío. En Occidente, ese concepto sigue estando brutalmente vigente. Nuestras normas son cada vez más difusas y el consumismo y la in­mediatez han reemplazado nuestro sentido de propósito. ¿Cómo no íbamos a sentirnos anómicos? La anomía de Durkheim es la enfermedad del siglo XXI: ansiedad, abismo interior y una desconexión brutal entre lo que queremos y lo que realmente podemos alcanzar.

Y, aun así, el individuo resiste.

Resiste, porque en nuestro interior vive un héroe, ignorante de su propia condición. Atrapado en una maquinaria que lo exprime, lo engaña y lo culpa de su propio desgaste, el héroe sigue en pie. Es un engranaje gastado que sigue girando a pesar de todo. Se levanta cada día en la certeza de que el juego está amañado, de que la baraja se repartió antes de que él se uniera a la timba. Pero no se rinde. Sigue pensando en un mundo que le exige obediencia, sigue cuestionando cuando le piden que se calle la puta boca. Es capaz de hallar la belleza en la ruina, amor en el desencanto, sentido en la lucha absurda de seguir siendo. No busca redención en grandes discursos ni en promesas vacías; su nobleza no necesita ser proclamada, porque existe en cada frag­mento de dignidad cotidiana, en cada rebelión de uno solo. Ya pesar de que la maquinaria exige un engranaje sumiso, a pesar de que la realidad lo empuje al cinismo o la desidia, todavía guarda un fuego cobijado en su interior, un tí­ mido rescoldo de algo que ni el mundo más gris podrá apagar del todo.

Y eso significa que, tal vez, sólo tal vez, aún no está todo perdido.

🔴 LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE - Presentación oficial
 
 
Los engranajes de Occidente, con Fabián C.Barrio. ViOne


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LOS ENGRANAJES DE OCCIDENTE: 
LA CRISIS DE LOS VALORES TRADICIONALES 
por FABIÁN C. BARRIO 💥 
y LIBRO "EL ENGRANAJE Y LA REBELIÓN" 
por LUCIANO SANGUINETTI

LIBRO "LA CRISIS DE OCCIDENTE":
EN UN MOMENTO DE CONFUSIÓN
Y PÉRDIDA DE IDENTIDAD EUROPEA,
DEBEMOS VOLVER A NUESTROS FUNDAMENTOS

EL DERRUMBE DE OCCIDENTE:
ADOCTRINAMIENTO ESCOLAR,
CENSURA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN,
IMPOSICIÓN DE LAS IDEOLOGÍAS
NAZIFEMINISTAS DE GÉNERO 💥

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE,
LA AUTODESTRUCCIÓN DE SU CIVILIZACIÓN 💣💥💀
CATÓLICOS E IDENTITARIOS por JULIEN LANGELLA

"LAS RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA:
UN PASADO VIVO PARA UN FUTURO DE VIDA"
por VICENTE NIÑO ORTI 🌍

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LIBRO "LA TRAICIÓN DE LOS EUROPEOS":
TODO LO QUE CONSIDERAMOS HUMANO
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ADIÓS AL MUNDO DE AYER

LIBRO "LA SOCIEDAD DESVINCULADA":
FUNDAMENTOS DE LA CRISIS
Y NECESIDAD DE UN NUEVO COMIENZO
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LIBRO "VINDICACIÓN":
FRENTE AL AUGE DE UN PROGRESISMO GLOBAL
QUE REDUCE A LAS PERSONAS A LA NADA
por JAVIER BENEGAS

NUESTRA CIVILIZACIÓN SE FUE A LA MIERDA...
POR JAVIER BENEGAS 💥


lunes, 31 de marzo de 2025

EL DECÁLOGO DE LA PROPAGANDA DE GUERRA: "NOSOTROS NO QUEREMOS LA GUERRA" por ARTHUR PONSONBY 👥💣💥💀

 Decálogo 

“Nosotros no queremos la guerra”.

“El enemigo es el único responsable de la guerra”.
“El enemigo es un ser execrable”.
“Pretendemos nobles fines”.
“El enemigo comete atrocidades voluntariamente. Lo nuestro son errores involuntarios”.
“El enemigo utiliza armas no autorizadas”.
“Nosotros sufrimos pocas pérdidas. Las del enemigo son enormes”.
“Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa”.
“Nuestra causa tiene un carácter sagrado, divino, o sublime”.
“Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores”.


El decálogo de la propaganda de guerra corresponde a diez principios (o mandamientos) descubiertos por el político pacifista inglés Arthur Ponsonby en su obra "La falsedad en tiempo de guerra *: 
Las mentiras de la propaganda de la Primera Guerra Mundial" de 1928 (Falsehood in Wartime: Propaganda Lies of the First World War (1928)) en la cual expone cómo las naciones beligerantes aprendieron a mentir no sólo al enemigo sino a sus propias poblaciones para hacer de la guerra una causa justificada. Durante las siguientes guerras del siglo XX y XXI se ha visto la vigencia de dicha obra.

* En este libro conciso y revelador, Arthur Ponsonby, miembro del Parlamento británico durante las primeras décadas del siglo XX, desacredita las mentiras propagandísticas más difamatorias de la Primera Guerra Mundial. Recurriendo a un hábil trabajo de investigación, analiza cómo funciona la creación de la propaganda en tiempos de guerra y cómo afecta a la población que la recibe, asume, recrea y es, asimismo, proveedora de nuevos bulos, animada por los gobiernos. El libro, un verdadero clásico en el mundo anglosajón, contiene episodios memorables por su inquina e imaginación contra el enemigo alemán, y rompe hábilmente las acusaciones más notorias lanzadas contra los «hunos» para «hacer que el mundo sea seguro para la democracia» y «acabar con la guerra». Ponsonby se apoya en un buen número de casos concretos, entre ellos la «fábrica de cadáveres» donde se extraían aceites a partir de los cuerpos de los soldados muertos, la niña belga cuyas manos fueron cortadas por las «bestias» alemanas, el soldado canadiense cruci,cado, el cobarde hundimiento del crucero de pasajeros Lusitania y hasta una treintena de episodios de propaganda fraudulenta, junto a las mentiras de los gobiernos y parlamentos europeos, informes manipulados, tratado...

PRÓLOGO

MENTIRAS PARA TODOS LOS PÚBLICOS

Una de las actividades humanas más antiguas es la guerra. Y una de las más antiguas y frecuentes es la mentira, «la primera de todas las fuerzas que gobiernan el mundo», según el memorable arranque de El conocimiento inútil de Jean-François Revel. De la relación entre ambas trata este libro apasionante de Arthur Ponsonby, un estudio sobre las falsedades empleadas para justificar la Primera Guerra Mundial y movilizar a la población en favor de la causa. El libro, publicado en 1928, presta una atención particular a los aliados y sobre todo a Gran Bretaña: era la desinformación que el autor conocía mejor, la que le resultaba más accesible y cercana, y por tanto más indignante. «Nos preocupan más los métodos de nuestro propio gobierno y nuestro propio honor nacional que la duplicidad de otros gobiernos», escribe. 

Arthur Ponsonby (1871-1946) fue político, escritor y activista. Primer barón de Ponsonby of Shulbrede, su padre descendía de una familia angloirlandesa, y fue secretario privado de la reina Victoria y responsable de finanzas de la Casa Real. Pero sobre todo era soldado: había combatido en Crimea y alcanzó el rango de major-general. Su madre era hija de John Crocker Bulteel, que fue representante whig en el Parlamento por la circunscripción de South Devonshire. Arthur Ponsonby estudió en Eton y en Balliol, estuvo en el servicio diplomático en Constantinopla y Copenhague, y fue miembro del Parlamento (con el Partido Liberal, más tarde como independiente y de forma más duradera, a partir de 1918, con los laboristas). Formó parte de la Union of Democratic Control, un grupo de presión que se oponía a la influencia del ejército en la política y que criticaba lo que ahora llamaríamos falta de transparencia en la implicación del Reino Unido en la Gran Guerra. Entre sus miembros estaban el liberal Charles Trevelyan, el secretario general del Partido Laborista Ramsay McDonald (que dimitió por el apoyo de su organización a los presupuestos para la guerra), y dos futuros Premios Nobel de Literatura: Bertrand Russell y Norman Angell, autor de The Great Illusion, cuyo título tomó Jean Renoir para su película antibélica La Grande Illusion. Se trataba, escribió el historiador A. J. P. Taylor, «de la organización radical más formidable que haya influido nunca en la política británica». Ponsonby fue subsecretario de Asuntos Exteriores y de Dominion Affairs. Escribió una biografía de su progenitor a partir de sus cartas; que el padre fuera soldado y su hijo fuese un activista contra la guerra sugiere que también los pacifistas tienen que matar al padre. 

Falsedad en tiempos de guerra es aleccionador y a menudo demoledor. Describe cómo opera la propaganda: cada país «la emplea con bastante deliberación para engañar a su propio pueblo, atraer a los neutrales y confundir al enemigo». Su función es anular el pensamiento. En la guerra, las opiniones tibias, las dudas, la petición de rigor periodístico o una leve sospecha de la información oficial se convierten en una forma de traición. Es un momento de sufrimiento, muerte y sacrificio, y también de maniqueísmo, un estado de emergencia moral que exige cierto aletargamiento cognitivo. Quien dude de lo absoluto puede ser señalado como traidor. Para Ponsonby la característica más llamativa no es la abundancia de la mentira, sino nuestra propensión a creer: no el engaño, sino su aceptación casi entusiasta. No se trata solo de que las masas sean manipulables: quienes salen de las universidades son tan vulnerables a la intoxicación como quienes vienen de las barriadas.

La guerra es un hábitat idóneo para que florezca la mentira. La Gran Guerra habría sido, escribe Ponsonby, el momento de mayor emisión de falsedades, que además resultan particularmente necesarias en los países donde no hay un reclutamiento obligatorio, donde hay que manipular la opinión para que apoye el esfuerzo bélico. El autor establece una especie de taxonomía, de «máscaras» de la falsedad: la mentira deliberada de las fuentes oficiales, la mentira deliberada que produce alguien ingenioso y escapa a su círculo inicial, la mentira que dejamos pasar, la traducción defectuosa (a veces accidental, a veces intencionada), la obsesión general (que propicia ese rumor que se repite hasta considerarse verdad), la falsificación, la omisión de elementos cruciales (una forma de descontextualización), la exageración deliberada, el ocultamiento de los hechos. Los motivos del enemigo son claros, tienen que ver con su carácter (maldad, ansia de poder); y los nuestros también lo son, tienen que ver con la lealtad, compromisos adquiridos, y desde luego la lucha nunca es nuestra opción predilecta. 

El grueso del libro son casos: estudios de tergiversaciones concretas. Por ejemplo, un elemento fundamental de los relatos de la guerra son las atrocidades. Y uno de los ejercicios más interesantes del libro es la reconstrucción y desmontaje de algunas de las historias, a menudo muy truculentas, que publicaban los periódicos pero que tenían algo o mucho de leyendas y como tales se iban modificando: bebés a los que les amputaban las manos, enfermeras a las que mutilaban los pechos, soldados crucificados. Ponsonby muestra cómo se inventa la noticia, a veces por prisa, a veces por un malentendido (es frecuente una mala traducción, accidental o intencionada, como ya hemos dicho). Se cambia el significado de un hecho o de una imagen. En alguna ocasión se le ha reprochado a Ponsonby que, ansioso por desenmascarar las trampas de los suyos, cayera en alguna trampa del adversario y reprodujera sus versiones: el precio del escepticismo hacia unas fuentes puede ser la credulidad hacia otras. Pero mucho más a menudo es convincente y útil y describe fenómenos de distorsión o histeria que hacen pensar en los que conocemos en nuestras sociedades más o menos pacíficas: por ejemplo, pánicos periodísticos como los pinchazos inexistentes de las discotecas en el verano de 2022, las historias que describía Daniel Schneidermann en Le cauchemar médiatique, o casos como el que estudiaba Arcadi Espada en Raval. 

También son interesantes las fuentes: Gran Bretaña participó y emitió propaganda, pero por otra parte creó mecanismos para examinar sus propias mentiras. Había una voluntad de investigar, de rendir cuentas: algo parecido a la vergüenza. (La era de la posverdad podría verse, entre otras cosas, como una pérdida de esa vergüenza). 

Otro elemento del libro que destaca por su perspicacia y a la vez nos resulta cercano es la fotografía. Este medio, dice Ponsonby, miente más de lo que podríamos suponer, y los maestros en su uso fraudulento son los franceses. Este debate sobre una tecnología relativamente reciente, con una impresión de autenticidad pero que precisamente por eso es capaz de generar falsificaciones peligrosas, resuena en los lectores contemporáneos. 

El léxico de nuestra época también podría presentar este libro como una denuncia de la construcción del relato. La posición propia, la de tu país, se presenta como irreprochable, mientras que al enemigo se le retrata como alguien inequívocamente depredador. Ponsonby establece dudas sobre las razones explícitas de la intervención: ¿fue una sorpresa o no el desencadenante?, ¿se podría haber evitado?, ¿dijo eso exactamente un líder enemigo? El libro es ameno y sobrio, a veces resulta casi mecánico, pero no carece de humor al reflejar paradojas, hipocresías o contradicciones. La promesa de defender a las pequeñas naciones con toda la fuerza del Imperio Británico parece sacada del episodio de Blackadder donde George (Hugh Laurie) decía que la guerra había sido generada por «el vil huno y su vil ansia de construcción imperial», y Edmund (Rowan Atkinson) respondía: «George, en este momento el imperio británico comprende un cuarto del globo, mientras que el imperio alemán comprende una pequeña fábrica de salchichas en Tanganica». 

La poesía británica que habla de la Gran Guerra también está asociada con la denuncia de la mentira. Wilfred Owen termina así su poema «Dulce et decorum est»: «si pudieras oír la sangre / que sube por pulmones corrompidos por la espuma, / obscena como el cáncer, amarga como la rumia, / de llagas asquerosas e incurables en lenguas inocentes, / amigo mío, no les contarías con tanto entusiasmo / a niños que arden por una gloria desesperada / esa vieja mentira: Es dulce y decoroso / morir por la patria». «Si preguntan por qué morimos / Diles que porque nuestros padres mintieron», escribió Rudyard Kipling, que perdió a su hijo en la contienda. 

Falsedad en tiempos de guerra hace pensar a veces en Kraus, en Klemperer, pero tiene algo particularmente orwelliano: a Orwell nos recuerdan, por ejemplo, la enumeración, el acopio de información y falsedades, el análisis del lenguaje y de sus eufemismos y tergiversaciones, la crítica del sensacionalismo periodístico, la preocupación por la mentira y por el nacionalismo (que el autor asimilaba al sectarismo, a una ceguera voluntaria que lleva a condenar al adversario y a justificar o no reconocer los errores propios). Pero existe una diferencia que corresponde al contexto histórico y generacional y a la idea del compromiso político: a cómo vemos la guerra y la naturaleza de la amenaza. Orwell fue a España para detener al fascismo (literalmente), estuvo a punto de morir por un bala franquista y de ser asesinado por el Partido Comunista. En cambio, la Primera Guerra Mundial es, como ha escrito el historiador Christopher Clark, la catástrofe original del siglo XX, y a la vez algo que, como han explicado historiadores y como nos han contado algunos de quienes participaron en ella, se podía haber evitado. 

La Segunda Guerra Mundial no se puede presentar de la misma manera: no fue una guerra elegida. Las denuncias de los mecanismos de la mentira para justificar una guerra que era fácil atribuir a las ansias imperialistas y la estupidez de los dirigentes no funcionan del mismo modo cuando te enfrentas a una forma de mal absoluto (la Alemania nazi) o, más tarde, a una siniestra amenaza global (el imperio soviético). En esos momentos, como ocurre ahora con los «pacifistas» que repiten el argumentario del Kremlin con respecto a Ucrania, el término pacifista podía significar otra cosa: el admirador de regímenes totalitarios, el que sentía más odio hacia las democracias occidentales que amor por la paz, el que empleaba dos varas de medir. Pero también hemos visto cómo la información que presentan las democracias para justificar intervenciones bélicas puede ser falsa: para mi generación, el ejemplo más claro son las armas de destrucción masiva en Irak. 

Falsedad en tiempos de guerra es una lectura fascinante que nos ayuda a entender la propaganda, la Primera Guerra Mundial y el funcionamiento de los medios. Parte de su interés reside en una rara combinación de ingenuidad e inteligencia que sirve para iluminar su tiempo y el nuestro.

INTRODUCCIÓN

El objeto de este libro no es buscar nuevos culpables entre las autoridades y los individuos, como tampoco lo es que una nación quede más expuesta que otra a acusaciones de engaño. La falsedad es un arma reconocida y extremadamente útil en la guerra, y cada país la emplea con bastante deliberación para engañar a su propio pueblo, atraer a los neutrales y confundir al enemigo. En cada uno de estos países, sus masas ignorantes e inocentes no tienen conciencia de que, en ese mismo momento, se las está induciendo a error y, cuando todo termina, se descubren falsedades y se exponen únicamente aquí y allá. Como ya todo es cosa del pasado y ciertos relatos y declaraciones han producido el efecto deseado, a nadie le preocupa investigar los hechos e instaurar la verdad. 

La mentira, como todos sabemos, no ocurre únicamente en tiempos de guerra. Se ha dicho que el hombre no es un «animal verídico», pero su costumbre de mentir no es, ni de lejos, tan extraordinaria como su increíble predisposición a creerse las cosas. De hecho, las mentiras florecen gracias a la credulidad humana. En tiempos de guerra, sin embargo, la acreditada institución de la mentira no recibe el suficiente reconocimiento. El engaño de pueblos enteros no es un asunto que deba considerarse a la ligera. 

Por tanto, en el intervalo de esta llamada paz puede resultar útil lanzar una advertencia para que la gente pueda examinar con calma imperturbable que las autoridades de cada país recurren, y de hecho deben hacerlo, a esta práctica con el fin de, en primer lugar, justificarse a sí mismas empleando la representación del enemigo como un auténtico delincuente; y, en segundo lugar, con el objetivo de inflamar la pasión popular lo suficiente como para contar con reclutas que aseguren la continuidad de la lucha. No pueden permitirse el lujo de decir la verdad. En algunos casos, hay que admitir que desconocen cuál es la verdad en ese momento. 

El factor psicológico en la guerra es tan importante como el factor militar. La moral de la población civil, así como la de los soldados, debe mantenerse en el terreno de lo razonable. Las Oficinas de Guerra, el Almirantazgo y los Ministerios del Aire velan por la parte militar. Deben crearse departamentos que se ocupen del aspecto psicológico. No debe permitirse nunca que la gente caiga en el desaliento; y por eso, las victorias deben exagerarse y las derrotas deben quedar, si no ocultas, al menos reducidas al mínimo. En las mentes del público debe bombearse de manera continua y constante el estímulo de la indignación, el horror y el odio mediante el uso de la «propaganda». Como dijo Bonar Law en una entrevista a la United Press of America en referencia al patriotismo: «es bueno agitarlo debidamente empleando el horror alemán»; y una especie de confirmación general de estas atrocidades se ofrece mediante frases vagas que evitan asumir la responsabilidad de cuanto haya de verídico en cualquier historia particular, como cuando Asquith (en la Cámara de los Comunes, el 27 de abril de 1915) afirmó: «No olvidaremos este horrible testimonio de una crueldad y un crimen calculados». 

El uso del arma de la falsedad es más necesario en los países en los que el servicio militar no es obligatorio por ley estatal que en los que se llama a filas de forma automática a los hombres mayores de edad de toda la nación para que se incorporen al Ejército, la Armada o las Fuerzas Aéreas. Las emociones del público se pueden concitar con ideales falseados. Se extenderá entonces una especie de histeria colectiva que conseguirá elevarse hasta que, finalmente, saque lo mejor de la gente sobria y de los periódicos de renombre. 

Si tiene ante sí alguna advertencia, el pueblo llano puede permanecer más en guardia cuando la nube de la guerra vuelva a aparecer en el horizonte y ser así menos proclive a aceptar como verdades aquellos rumores, explicaciones y pronunciamientos que se generan para que se los traguen. Estas personas se darían cuenta de que un gobierno que ha decidido embarcarse en la peligrosa y terrible empresa de la guerra debe, en primer lugar, presentar un caso unilateral como justificación de su acción, y no puede permitirse el lujo de admitir, bajo ningún concepto, la más mínima posibilidad de que el pueblo contra el que ha decidido luchar esté en lo correcto o tenga razón. Los hechos tienen que distorsionarse, las circunstancias relevantes han de permanecer ocultas y se debe presentar una imagen que, con su crudo colorido, persuada a la gente ignorante de que su Gobierno está libre de culpa, de que su causa es justa y de que ha quedado demostrado que la irrefutable maldad del enemigo resulta incuestionable. Un solo momento de reflexión le indicaría a cualquier persona razonable que un sesgo tan evidente no puede representar la verdad en modo alguno. Pero no se permite ese momento de reflexión; las mentiras se difunden con gran rapidez. La masa irreflexiva las acepta y con su entusiasmo influye en los demás. La cantidad de sandeces y patrañas que circulan bajo el nombre de patriotismo en tiempos de guerra en todos los países es razón suficiente para provocar que la gente decente se sonroje cuando, posteriormente, experimentan una decepción. 

En un principio, las solemnes aseveraciones de los monarcas y estadistas destacados de cada nación, que no querían una guerra, deben colocarse junto a las declaraciones de esos hombres que vierten parafina sobre una casa a sabiendas de que no paran de encender cerillas y, con todo, afirman que no quieren una conflagración. Esta forma de autoengaño, que incluye el engaño de los demás, es fundamentalmente deshonesta. 

Dado que la guerra se ha establecido como una institución reconocida a la que recurrir cuando los gobiernos están en desacuerdo, los pueblos están más o menos preparados. Se engañan a sí mismos de bastante buena gana con el fin de justificar sus propias acciones. Están ansiosos por encontrar una excusa con la que demostrar su patriotismo; mejor dicho, están dispuestos a aprovechar la oportunidad ante la emoción y la nueva vida de aventura que les brinda la guerra. Así que hay una especie de guiño nacional, todo el mundo avanza, y el individuo, por su parte, asume la mentira como un deber patriótico. En el bajo nivel de moralidad que prevalece en tiempos de guerra, semejante práctica resulta casi inocente. Sus esfuerzos son, en ocasiones, algo toscos, pero hace lo que puede por seguir el ejemplo marcado. La autoridad emplea a agentes y los alienta a que realicen el llamado trabajo de propaganda. El tipo que ocupó un lugar prominente al frente de la retransmisión de la falsedad en las reuniones de reclutamiento es hoy bien conocido. El destino que le sobrevino al menos a uno de los más populares de este país ejemplifica la profundidad de la degradación en la que se hunde la opinión pública en una atmósfera de guerra. 

Los distintos gobiernos estaban bien equipados para «instruir» a sus pueblos: contaban con quienes oían conversaciones, abrían las cartas, descifraban mensajes, pinchaban teléfonos, espiaban; con un departamento de intercepción, un departamento de falsificación, un departamento de investigación criminal, un departamento de propaganda, un departamento de inteligencia, un departamento de censura, un ministerio de la información, una oficina de prensa, etc. 

El departamento de propaganda oficial británico, situado en Crewe House bajo el mando de Lord Northcliffe, tuvo un gran éxito. Sus métodos, muy especialmente la lluvia de millones de folletos sobre las tropas alemanas, superaron con creces cualquier acción que el enemigo hubiera llevado a cabo. En Los secretos de la Casa Crewe, de Sir Stuart Campbell, Caballero comendador (K.B.E.), se describen, para nuestra satisfacción y aprobación, dichos métodos. Se repite con demasiada frecuencia la declaración de que solo se utilizaron «afirmaciones veraces», pero es algo que no acaba de coincidir con la descripción de las cartas inventadas y los falsos títulos y cubiertas de libros, de los cuales se hizo uso. Aunque, por supuesto, sabemos que estos inteligentes propagandistas son tan hábiles en el trato que nos brindan tras los acontecimientos como en el que le dan al enemigo en el momento en que actúan. En la descripción aparentemente sincera que hacen de sus actividades sabemos que solo estamos escuchando una parte de la historia. Quienes distribuyen el metal común saben cuál es la cantidad correcta de aleación que debe emplearse, tanto con nosotros como con el enemigo. 

Entre los muchos tributos al éxito de nuestra propaganda por parte de los generales alemanes y la prensa alemana, no hay prueba de que nuestras afirmaciones fueran siempre estrictamente veraces. Por citar una: el general Von Hutier, del 6º Ejército alemán, envió un mensaje en el que se reproduce el siguiente pasaje: 
El método de Northcliffe en el Frente es que sus aviadores distribuyan un número cada vez mayor de folletos y panfletos; las cartas de los prisioneros alemanes se falsean de la manera más escandalosa; se inventan tratados y panfletos en los que se falsifican los nombres de poetas, escritores y estadistas alemanes o bien hacen que parezca que se han imprimido en Alemania; llevan, por ejemplo, el título de la serie Reclam, cuando en realidad proceden de la imprenta de Northcliffe, que trabaja día y noche con este mismo objetivo. Su idea y su designio es que estas falsificaciones, por muy obvias que puedan parecerle a cualquier hombre que piense dos veces, puedan generar la duda, aunque sea por un instante, en la mente de aquellos que no piensan por sí mismos, y provocar que la confianza en sus líderes, en sus propias fuerzas y en los inagotables recursos de Alemania quede hecha añicos.