EL Rincón de Yanka: EL DECÁLOGO DE LA PROPAGANDA DE GUERRA: "NOSOTROS NO QUEREMOS LA GUERRA" por ARTHUR PONSONBY 👥💣💥💀

inicio





El SER CRISTIAN@ se trasmite por contagio.



CALENDARIO CUARESMAL 2025

CALENDARIO CUARESMAL 2025





lunes, 31 de marzo de 2025

EL DECÁLOGO DE LA PROPAGANDA DE GUERRA: "NOSOTROS NO QUEREMOS LA GUERRA" por ARTHUR PONSONBY 👥💣💥💀

 Decálogo 

“Nosotros no queremos la guerra”.

“El enemigo es el único responsable de la guerra”.
“El enemigo es un ser execrable”.
“Pretendemos nobles fines”.
“El enemigo comete atrocidades voluntariamente. Lo nuestro son errores involuntarios”.
“El enemigo utiliza armas no autorizadas”.
“Nosotros sufrimos pocas pérdidas. Las del enemigo son enormes”.
“Los artistas e intelectuales apoyan nuestra causa”.
“Nuestra causa tiene un carácter sagrado, divino, o sublime”.
“Los que ponen en duda la propaganda de guerra son unos traidores”.


El decálogo de la propaganda de guerra corresponde a diez principios (o mandamientos) descubiertos por el político pacifista inglés Arthur Ponsonby en su obra "La falsedad en tiempo de guerra *
Las mentiras de la propaganda de la Primera Guerra Mundial" de 1928 (Falsehood in Wartime: Propaganda Lies of the First World War (1928)) en la cual expone cómo las naciones beligerantes aprendieron a mentir no sólo al enemigo sino a sus propias poblaciones para hacer de la guerra una causa justificada. Durante las siguientes guerras del siglo XX y XXI se ha visto la vigencia de dicha obra.

* En este libro conciso y revelador, Arthur Ponsonby, miembro del Parlamento británico durante las primeras décadas del siglo XX, desacredita las mentiras propagandísticas más difamatorias de la Primera Guerra Mundial. Recurriendo a un hábil trabajo de investigación, analiza cómo funciona la creación de la propaganda en tiempos de guerra y cómo afecta a la población que la recibe, asume, recrea y es, asimismo, proveedora de nuevos bulos, animada por los gobiernos. El libro, un verdadero clásico en el mundo anglosajón, contiene episodios memorables por su inquina e imaginación contra el enemigo alemán, y rompe hábilmente las acusaciones más notorias lanzadas contra los «hunos» para «hacer que el mundo sea seguro para la democracia» y «acabar con la guerra». Ponsonby se apoya en un buen número de casos concretos, entre ellos la «fábrica de cadáveres» donde se extraían aceites a partir de los cuerpos de los soldados muertos, la niña belga cuyas manos fueron cortadas por las «bestias» alemanas, el soldado canadiense cruci,cado, el cobarde hundimiento del crucero de pasajeros Lusitania y hasta una treintena de episodios de propaganda fraudulenta, junto a las mentiras de los gobiernos y parlamentos europeos, informes manipulados, tratado...

PRÓLOGO

MENTIRAS PARA TODOS LOS PÚBLICOS

Una de las actividades humanas más antiguas es la guerra. Y una de las más antiguas y frecuentes es la mentira, «la primera de todas las fuerzas que gobiernan el mundo», según el memorable arranque de El conocimiento inútil de Jean-François Revel. De la relación entre ambas trata este libro apasionante de Arthur Ponsonby, un estudio sobre las falsedades empleadas para justificar la Primera Guerra Mundial y movilizar a la población en favor de la causa. El libro, publicado en 1928, presta una atención particular a los aliados y sobre todo a Gran Bretaña: era la desinformación que el autor conocía mejor, la que le resultaba más accesible y cercana, y por tanto más indignante. «Nos preocupan más los métodos de nuestro propio gobierno y nuestro propio honor nacional que la duplicidad de otros gobiernos», escribe. 

Arthur Ponsonby (1871-1946) fue político, escritor y activista. Primer barón de Ponsonby of Shulbrede, su padre descendía de una familia angloirlandesa, y fue secretario privado de la reina Victoria y responsable de finanzas de la Casa Real. Pero sobre todo era soldado: había combatido en Crimea y alcanzó el rango de major-general. Su madre era hija de John Crocker Bulteel, que fue representante whig en el Parlamento por la circunscripción de South Devonshire. Arthur Ponsonby estudió en Eton y en Balliol, estuvo en el servicio diplomático en Constantinopla y Copenhague, y fue miembro del Parlamento (con el Partido Liberal, más tarde como independiente y de forma más duradera, a partir de 1918, con los laboristas). Formó parte de la Union of Democratic Control, un grupo de presión que se oponía a la influencia del ejército en la política y que criticaba lo que ahora llamaríamos falta de transparencia en la implicación del Reino Unido en la Gran Guerra. Entre sus miembros estaban el liberal Charles Trevelyan, el secretario general del Partido Laborista Ramsay McDonald (que dimitió por el apoyo de su organización a los presupuestos para la guerra), y dos futuros Premios Nobel de Literatura: Bertrand Russell y Norman Angell, autor de The Great Illusion, cuyo título tomó Jean Renoir para su película antibélica La Grande Illusion. Se trataba, escribió el historiador A. J. P. Taylor, «de la organización radical más formidable que haya influido nunca en la política británica». Ponsonby fue subsecretario de Asuntos Exteriores y de Dominion Affairs. Escribió una biografía de su progenitor a partir de sus cartas; que el padre fuera soldado y su hijo fuese un activista contra la guerra sugiere que también los pacifistas tienen que matar al padre. 

Falsedad en tiempos de guerra es aleccionador y a menudo demoledor. Describe cómo opera la propaganda: cada país «la emplea con bastante deliberación para engañar a su propio pueblo, atraer a los neutrales y confundir al enemigo». Su función es anular el pensamiento. En la guerra, las opiniones tibias, las dudas, la petición de rigor periodístico o una leve sospecha de la información oficial se convierten en una forma de traición. Es un momento de sufrimiento, muerte y sacrificio, y también de maniqueísmo, un estado de emergencia moral que exige cierto aletargamiento cognitivo. Quien dude de lo absoluto puede ser señalado como traidor. Para Ponsonby la característica más llamativa no es la abundancia de la mentira, sino nuestra propensión a creer: no el engaño, sino su aceptación casi entusiasta. No se trata solo de que las masas sean manipulables: quienes salen de las universidades son tan vulnerables a la intoxicación como quienes vienen de las barriadas.

La guerra es un hábitat idóneo para que florezca la mentira. La Gran Guerra habría sido, escribe Ponsonby, el momento de mayor emisión de falsedades, que además resultan particularmente necesarias en los países donde no hay un reclutamiento obligatorio, donde hay que manipular la opinión para que apoye el esfuerzo bélico. El autor establece una especie de taxonomía, de «máscaras» de la falsedad: la mentira deliberada de las fuentes oficiales, la mentira deliberada que produce alguien ingenioso y escapa a su círculo inicial, la mentira que dejamos pasar, la traducción defectuosa (a veces accidental, a veces intencionada), la obsesión general (que propicia ese rumor que se repite hasta considerarse verdad), la falsificación, la omisión de elementos cruciales (una forma de descontextualización), la exageración deliberada, el ocultamiento de los hechos. Los motivos del enemigo son claros, tienen que ver con su carácter (maldad, ansia de poder); y los nuestros también lo son, tienen que ver con la lealtad, compromisos adquiridos, y desde luego la lucha nunca es nuestra opción predilecta. 

El grueso del libro son casos: estudios de tergiversaciones concretas. Por ejemplo, un elemento fundamental de los relatos de la guerra son las atrocidades. Y uno de los ejercicios más interesantes del libro es la reconstrucción y desmontaje de algunas de las historias, a menudo muy truculentas, que publicaban los periódicos pero que tenían algo o mucho de leyendas y como tales se iban modificando: bebés a los que les amputaban las manos, enfermeras a las que mutilaban los pechos, soldados crucificados. Ponsonby muestra cómo se inventa la noticia, a veces por prisa, a veces por un malentendido (es frecuente una mala traducción, accidental o intencionada, como ya hemos dicho). Se cambia el significado de un hecho o de una imagen. En alguna ocasión se le ha reprochado a Ponsonby que, ansioso por desenmascarar las trampas de los suyos, cayera en alguna trampa del adversario y reprodujera sus versiones: el precio del escepticismo hacia unas fuentes puede ser la credulidad hacia otras. Pero mucho más a menudo es convincente y útil y describe fenómenos de distorsión o histeria que hacen pensar en los que conocemos en nuestras sociedades más o menos pacíficas: por ejemplo, pánicos periodísticos como los pinchazos inexistentes de las discotecas en el verano de 2022, las historias que describía Daniel Schneidermann en Le cauchemar médiatique, o casos como el que estudiaba Arcadi Espada en Raval. 

También son interesantes las fuentes: Gran Bretaña participó y emitió propaganda, pero por otra parte creó mecanismos para examinar sus propias mentiras. Había una voluntad de investigar, de rendir cuentas: algo parecido a la vergüenza. (La era de la posverdad podría verse, entre otras cosas, como una pérdida de esa vergüenza). 

Otro elemento del libro que destaca por su perspicacia y a la vez nos resulta cercano es la fotografía. Este medio, dice Ponsonby, miente más de lo que podríamos suponer, y los maestros en su uso fraudulento son los franceses. Este debate sobre una tecnología relativamente reciente, con una impresión de autenticidad pero que precisamente por eso es capaz de generar falsificaciones peligrosas, resuena en los lectores contemporáneos. 

El léxico de nuestra época también podría presentar este libro como una denuncia de la construcción del relato. La posición propia, la de tu país, se presenta como irreprochable, mientras que al enemigo se le retrata como alguien inequívocamente depredador. Ponsonby establece dudas sobre las razones explícitas de la intervención: ¿fue una sorpresa o no el desencadenante?, ¿se podría haber evitado?, ¿dijo eso exactamente un líder enemigo? El libro es ameno y sobrio, a veces resulta casi mecánico, pero no carece de humor al reflejar paradojas, hipocresías o contradicciones. La promesa de defender a las pequeñas naciones con toda la fuerza del Imperio Británico parece sacada del episodio de Blackadder donde George (Hugh Laurie) decía que la guerra había sido generada por «el vil huno y su vil ansia de construcción imperial», y Edmund (Rowan Atkinson) respondía: «George, en este momento el imperio británico comprende un cuarto del globo, mientras que el imperio alemán comprende una pequeña fábrica de salchichas en Tanganica». 

La poesía británica que habla de la Gran Guerra también está asociada con la denuncia de la mentira. Wilfred Owen termina así su poema «Dulce et decorum est»: «si pudieras oír la sangre / que sube por pulmones corrompidos por la espuma, / obscena como el cáncer, amarga como la rumia, / de llagas asquerosas e incurables en lenguas inocentes, / amigo mío, no les contarías con tanto entusiasmo / a niños que arden por una gloria desesperada / esa vieja mentira: Es dulce y decoroso / morir por la patria». «Si preguntan por qué morimos / Diles que porque nuestros padres mintieron», escribió Rudyard Kipling, que perdió a su hijo en la contienda. 

Falsedad en tiempos de guerra hace pensar a veces en Kraus, en Klemperer, pero tiene algo particularmente orwelliano: a Orwell nos recuerdan, por ejemplo, la enumeración, el acopio de información y falsedades, el análisis del lenguaje y de sus eufemismos y tergiversaciones, la crítica del sensacionalismo periodístico, la preocupación por la mentira y por el nacionalismo (que el autor asimilaba al sectarismo, a una ceguera voluntaria que lleva a condenar al adversario y a justificar o no reconocer los errores propios). Pero existe una diferencia que corresponde al contexto histórico y generacional y a la idea del compromiso político: a cómo vemos la guerra y la naturaleza de la amenaza. Orwell fue a España para detener al fascismo (literalmente), estuvo a punto de morir por un bala franquista y de ser asesinado por el Partido Comunista. En cambio, la Primera Guerra Mundial es, como ha escrito el historiador Christopher Clark, la catástrofe original del siglo XX, y a la vez algo que, como han explicado historiadores y como nos han contado algunos de quienes participaron en ella, se podía haber evitado. 

La Segunda Guerra Mundial no se puede presentar de la misma manera: no fue una guerra elegida. Las denuncias de los mecanismos de la mentira para justificar una guerra que era fácil atribuir a las ansias imperialistas y la estupidez de los dirigentes no funcionan del mismo modo cuando te enfrentas a una forma de mal absoluto (la Alemania nazi) o, más tarde, a una siniestra amenaza global (el imperio soviético). En esos momentos, como ocurre ahora con los «pacifistas» que repiten el argumentario del Kremlin con respecto a Ucrania, el término pacifista podía significar otra cosa: el admirador de regímenes totalitarios, el que sentía más odio hacia las democracias occidentales que amor por la paz, el que empleaba dos varas de medir. Pero también hemos visto cómo la información que presentan las democracias para justificar intervenciones bélicas puede ser falsa: para mi generación, el ejemplo más claro son las armas de destrucción masiva en Irak. 

Falsedad en tiempos de guerra es una lectura fascinante que nos ayuda a entender la propaganda, la Primera Guerra Mundial y el funcionamiento de los medios. Parte de su interés reside en una rara combinación de ingenuidad e inteligencia que sirve para iluminar su tiempo y el nuestro.

INTRODUCCIÓN

El objeto de este libro no es buscar nuevos culpables entre las autoridades y los individuos, como tampoco lo es que una nación quede más expuesta que otra a acusaciones de engaño. La falsedad es un arma reconocida y extremadamente útil en la guerra, y cada país la emplea con bastante deliberación para engañar a su propio pueblo, atraer a los neutrales y confundir al enemigo. En cada uno de estos países, sus masas ignorantes e inocentes no tienen conciencia de que, en ese mismo momento, se las está induciendo a error y, cuando todo termina, se descubren falsedades y se exponen únicamente aquí y allá. Como ya todo es cosa del pasado y ciertos relatos y declaraciones han producido el efecto deseado, a nadie le preocupa investigar los hechos e instaurar la verdad. 

La mentira, como todos sabemos, no ocurre únicamente en tiempos de guerra. Se ha dicho que el hombre no es un «animal verídico», pero su costumbre de mentir no es, ni de lejos, tan extraordinaria como su increíble predisposición a creerse las cosas. De hecho, las mentiras florecen gracias a la credulidad humana. En tiempos de guerra, sin embargo, la acreditada institución de la mentira no recibe el suficiente reconocimiento. El engaño de pueblos enteros no es un asunto que deba considerarse a la ligera. 

Por tanto, en el intervalo de esta llamada paz puede resultar útil lanzar una advertencia para que la gente pueda examinar con calma imperturbable que las autoridades de cada país recurren, y de hecho deben hacerlo, a esta práctica con el fin de, en primer lugar, justificarse a sí mismas empleando la representación del enemigo como un auténtico delincuente; y, en segundo lugar, con el objetivo de inflamar la pasión popular lo suficiente como para contar con reclutas que aseguren la continuidad de la lucha. No pueden permitirse el lujo de decir la verdad. En algunos casos, hay que admitir que desconocen cuál es la verdad en ese momento. 

El factor psicológico en la guerra es tan importante como el factor militar. La moral de la población civil, así como la de los soldados, debe mantenerse en el terreno de lo razonable. Las Oficinas de Guerra, el Almirantazgo y los Ministerios del Aire velan por la parte militar. Deben crearse departamentos que se ocupen del aspecto psicológico. No debe permitirse nunca que la gente caiga en el desaliento; y por eso, las victorias deben exagerarse y las derrotas deben quedar, si no ocultas, al menos reducidas al mínimo. En las mentes del público debe bombearse de manera continua y constante el estímulo de la indignación, el horror y el odio mediante el uso de la «propaganda». Como dijo Bonar Law en una entrevista a la United Press of America en referencia al patriotismo: «es bueno agitarlo debidamente empleando el horror alemán»; y una especie de confirmación general de estas atrocidades se ofrece mediante frases vagas que evitan asumir la responsabilidad de cuanto haya de verídico en cualquier historia particular, como cuando Asquith (en la Cámara de los Comunes, el 27 de abril de 1915) afirmó: «No olvidaremos este horrible testimonio de una crueldad y un crimen calculados». 

El uso del arma de la falsedad es más necesario en los países en los que el servicio militar no es obligatorio por ley estatal que en los que se llama a filas de forma automática a los hombres mayores de edad de toda la nación para que se incorporen al Ejército, la Armada o las Fuerzas Aéreas. Las emociones del público se pueden concitar con ideales falseados. Se extenderá entonces una especie de histeria colectiva que conseguirá elevarse hasta que, finalmente, saque lo mejor de la gente sobria y de los periódicos de renombre. 

Si tiene ante sí alguna advertencia, el pueblo llano puede permanecer más en guardia cuando la nube de la guerra vuelva a aparecer en el horizonte y ser así menos proclive a aceptar como verdades aquellos rumores, explicaciones y pronunciamientos que se generan para que se los traguen. Estas personas se darían cuenta de que un gobierno que ha decidido embarcarse en la peligrosa y terrible empresa de la guerra debe, en primer lugar, presentar un caso unilateral como justificación de su acción, y no puede permitirse el lujo de admitir, bajo ningún concepto, la más mínima posibilidad de que el pueblo contra el que ha decidido luchar esté en lo correcto o tenga razón. Los hechos tienen que distorsionarse, las circunstancias relevantes han de permanecer ocultas y se debe presentar una imagen que, con su crudo colorido, persuada a la gente ignorante de que su Gobierno está libre de culpa, de que su causa es justa y de que ha quedado demostrado que la irrefutable maldad del enemigo resulta incuestionable. Un solo momento de reflexión le indicaría a cualquier persona razonable que un sesgo tan evidente no puede representar la verdad en modo alguno. Pero no se permite ese momento de reflexión; las mentiras se difunden con gran rapidez. La masa irreflexiva las acepta y con su entusiasmo influye en los demás. La cantidad de sandeces y patrañas que circulan bajo el nombre de patriotismo en tiempos de guerra en todos los países es razón suficiente para provocar que la gente decente se sonroje cuando, posteriormente, experimentan una decepción. 

En un principio, las solemnes aseveraciones de los monarcas y estadistas destacados de cada nación, que no querían una guerra, deben colocarse junto a las declaraciones de esos hombres que vierten parafina sobre una casa a sabiendas de que no paran de encender cerillas y, con todo, afirman que no quieren una conflagración. Esta forma de autoengaño, que incluye el engaño de los demás, es fundamentalmente deshonesta. 

Dado que la guerra se ha establecido como una institución reconocida a la que recurrir cuando los gobiernos están en desacuerdo, los pueblos están más o menos preparados. Se engañan a sí mismos de bastante buena gana con el fin de justificar sus propias acciones. Están ansiosos por encontrar una excusa con la que demostrar su patriotismo; mejor dicho, están dispuestos a aprovechar la oportunidad ante la emoción y la nueva vida de aventura que les brinda la guerra. Así que hay una especie de guiño nacional, todo el mundo avanza, y el individuo, por su parte, asume la mentira como un deber patriótico. En el bajo nivel de moralidad que prevalece en tiempos de guerra, semejante práctica resulta casi inocente. Sus esfuerzos son, en ocasiones, algo toscos, pero hace lo que puede por seguir el ejemplo marcado. La autoridad emplea a agentes y los alienta a que realicen el llamado trabajo de propaganda. El tipo que ocupó un lugar prominente al frente de la retransmisión de la falsedad en las reuniones de reclutamiento es hoy bien conocido. El destino que le sobrevino al menos a uno de los más populares de este país ejemplifica la profundidad de la degradación en la que se hunde la opinión pública en una atmósfera de guerra. 

Los distintos gobiernos estaban bien equipados para «instruir» a sus pueblos: contaban con quienes oían conversaciones, abrían las cartas, descifraban mensajes, pinchaban teléfonos, espiaban; con un departamento de intercepción, un departamento de falsificación, un departamento de investigación criminal, un departamento de propaganda, un departamento de inteligencia, un departamento de censura, un ministerio de la información, una oficina de prensa, etc. 

El departamento de propaganda oficial británico, situado en Crewe House bajo el mando de Lord Northcliffe, tuvo un gran éxito. Sus métodos, muy especialmente la lluvia de millones de folletos sobre las tropas alemanas, superaron con creces cualquier acción que el enemigo hubiera llevado a cabo. En Los secretos de la Casa Crewe, de Sir Stuart Campbell, Caballero comendador (K.B.E.), se describen, para nuestra satisfacción y aprobación, dichos métodos. Se repite con demasiada frecuencia la declaración de que solo se utilizaron «afirmaciones veraces», pero es algo que no acaba de coincidir con la descripción de las cartas inventadas y los falsos títulos y cubiertas de libros, de los cuales se hizo uso. Aunque, por supuesto, sabemos que estos inteligentes propagandistas son tan hábiles en el trato que nos brindan tras los acontecimientos como en el que le dan al enemigo en el momento en que actúan. En la descripción aparentemente sincera que hacen de sus actividades sabemos que solo estamos escuchando una parte de la historia. Quienes distribuyen el metal común saben cuál es la cantidad correcta de aleación que debe emplearse, tanto con nosotros como con el enemigo. 

Entre los muchos tributos al éxito de nuestra propaganda por parte de los generales alemanes y la prensa alemana, no hay prueba de que nuestras afirmaciones fueran siempre estrictamente veraces. Por citar una: el general Von Hutier, del 6º Ejército alemán, envió un mensaje en el que se reproduce el siguiente pasaje: 
El método de Northcliffe en el Frente es que sus aviadores distribuyan un número cada vez mayor de folletos y panfletos; las cartas de los prisioneros alemanes se falsean de la manera más escandalosa; se inventan tratados y panfletos en los que se falsifican los nombres de poetas, escritores y estadistas alemanes o bien hacen que parezca que se han imprimido en Alemania; llevan, por ejemplo, el título de la serie Reclam, cuando en realidad proceden de la imprenta de Northcliffe, que trabaja día y noche con este mismo objetivo. Su idea y su designio es que estas falsificaciones, por muy obvias que puedan parecerle a cualquier hombre que piense dos veces, puedan generar la duda, aunque sea por un instante, en la mente de aquellos que no piensan por sí mismos, y provocar que la confianza en sus líderes, en sus propias fuerzas y en los inagotables recursos de Alemania quede hecha añicos.