EL Rincón de Yanka: LA CRISIS ESPIRITUAL (ESPIRITUALISTA) DE LA DEMOCRACIA: POLARIZACIÓN, TOTALITARISMO Y RELATIVISMO por JOSEPH WEILER

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martes, 3 de febrero de 2026

LA CRISIS ESPIRITUAL (ESPIRITUALISTA) DE LA DEMOCRACIA: POLARIZACIÓN, TOTALITARISMO Y RELATIVISMO por JOSEPH WEILER



LA CRISIS ESPIRITUAL 
(ESPIRITUALISTA) 
DE LA DEMOCRACIA

POLARIZACIÓN, TOTALITARISMO 
Y RELATIVISMO

JOSEPH WEILER

Cuando la democracia olvida al ser humano, deja de tener sentido. Este libro propone el camino para restaurar la dignidad y el bien común.
La democracia no atraviesa solo una crisis política o institucional: su herida es espiritual. Así lo sostienen Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, quienes coordinan esta obra coral en la que más de treinta autores de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos se dan cita para reflexionar sobre el destino de nuestras sociedades.
La palabra “crisis” proviene del griego krisis, juicio y desde este libro se propone un juicio sereno y lúcido sobre el alma de las democracias contemporáneas: sus fracturas, sus derivas totalitarias, su polarización y el relativismo que erosiona la verdad y la justicia. No se trata de condenar, sino de discernir y proponer caminos de renovación.

Los autores reunidos aquí sostienen que la democracia auténtica no se reduce al voto ni a la aritmética de mayorías y minorías. Su fundamento está en la dignidad de la persona, en valores innegociables como la libertad, la justicia y el bien común. Solo recuperando esta raíz podremos superar la herida que corroe nuestras instituciones y recuperar la confianza en la política como un acto de servicio.
Lejos de clausurar debates, este libro los abre. Interpela de manera especial a los jóvenes y a quienes aún creen que el pensamiento puede transformar la realidad. Porque todos somos responsables: no existe una división entre políticos y no políticos, sino entre gobernantes y gobernados. Todos formamos parte de la comunidad que busca justicia.
La crisis espiritual de la democracia: polarización, totalitarismo, relativismo es, por tanto, una invitación urgente a pensar, discernir y comprometerse con la reconstrucción de una vida común basada en la verdad y la dignidad humanas.

«Soy demócrata porque creo en la caída del hombre. Creo que la mayoría de la gente es demócrata por la razón contraria. Gran parte del entusiasmo democrático proviene de las ideas de personas como Rousseau, que creían en la democracia porque pensaban que la humanidad era tan sabia y buena que todos merecían participar en el gobierno. El peligro de defender la democracia basándose en esos argumentos es que no son ciertos. Y cada vez que se pone de manifiesto su debilidad, quienes prefieren la tiranía sacan provecho de ello. No hace falta mirar más allá de mí mismo para comprobar que no son ciertas. Yo no merezco participar en el gobierno de un gallinero, y mucho menos de una nación. Tampoco lo merece la mayoría de la gente, toda aquella que cree en la publicidad, piensa en eslóganes y difunde rumores. La verdadera razón de la democracia es justo la contraria. La humanidad está tan degenerada que no se puede confiar a ningún hombre un poder ilimitado sobre sus semejantes. Aristóteles dijo que algunas personas solo eran aptas para ser esclavas. No lo contradigo. Pero rechazo la esclavitud porque no veo a ningún hombre apto para ser amo». C. S. Lewis, Present Concerns. Journalistic Essays

PRESENTACIÓN


Este libro nace de una inquietud profunda y de una certeza compartida: la democracia, tal como la hemos conocido y defendido, atraviesa una crisis que va mucho más allá de lo político o institucional. Se trata de una crisis espiritual. Una crisis que afecta no solo a nuestras formas de gobernarnos, sino también —y sobre todo— a nuestra manera de comprender al ser humano, la libertad, la justicia y el sentido mismo de la vida en común. La palabra crisis, en su raíz griega (krisis), significa juicio. Este libro es, en ese sentido, un juicio sereno pero firme, una reflexión coral y exigente sobre el estado del alma de nuestras democracias. Pero no es un juicio para condenar, sino para discernir, sanar y transformar. Porque creemos que la democracia no se agota en el acto de votar ni en el juego de mayorías y minorías. No es simplemente un procedimiento, ni una suma de libertades individuales desconectadas de toda responsabilidad moral o verdad compartida. La democracia verdadera nace y se sostiene sobre una visión clara del ser humano, sobre una idea de justicia que trasciende al Estado y sobre valores prepolíticos que no pueden ser negociados: la dignidad, la verdad, el bien común. 

Esta obra reúne a 15 autores de primera línea del pensamiento filosófico contemporáneo, de países de Europa, de Hispanoamérica y los Estados Unidos. Sus voces, diversas pero unidas en una preocupación común, se entrelazan aquí para abrir una conversación profunda y urgente sobre el destino de nuestras sociedades democráticas. Es un intento por devolver el debate político a sus raíces más humanas, éticas y trascendentes. Porque solo yendo al fondo de los problemas podremos encontrar respuestas verdaderas. Este libro no es un cierre, sino una apertura. Un punto de partida. 

Queremos que sus páginas sirvan de inspiración y desafío, especialmente para los jóvenes universitarios, los buscadores de sentido, los que aún creen que el pensamiento puede cambiar el mundo y que la política, lejos de ser una lucha por el poder, puede volver a ser una forma de amor al prójimo. Desde esta visión, rechazamos una de las grandes mentiras modernas: la idea de que el mundo se divide entre políticos y no políticos. Esa separación es una perversión que ha empobrecido la democracia y ha debilitado la responsabilidad ciudadana. 

Nosotros afirmamos que todos somos políticos, en tanto que todos formamos parte de una comunidad viva que se organiza, que busca el bien común, que exige justicia. La única distinción válida es entre gobernantes y gobernados. Y esta distinción convoca a todos —sin excepción— a pensar, actuar y decir algo sobre la salud de la democracia en sus países. No desde la indiferencia ni desde el cinismo, sino desde el compromiso con lo que somos y con lo que podemos llegar a ser. Hoy, más que nunca, resuenan con fuerza las palabras del Papa León XIV: 

«El mal no prevalecerá». No prevalecerá mientras haya seres humanos dispuestos a luchar por la justicia, por la verdad, por la dignidad de cada vida. Ese es el espíritu que anima estas páginas. Y esa es la invitación que hacemos al lector: pensar, discernir, comprometerse. Porque la crisis espiritual de la democracia no es solo un diagnóstico: es también una oportunidad para renacer.

PRÓLOGO

No solo de pan vive el hombre (Dt 8, 3; Mt 4, 4): 
¡No es la economía, estúpido; es el espíritu humano!

I

Al recibir el Premio Carlomagno en mayo de 2016, el papa Francisco preguntó de forma conmovedora: «Europa, ¿qué te ha sucedido?». La pregunta es aún más pertinente hoy ante la creciente ola del llamado populismo, que ya no puede descartarse como un fenómeno periférico o limitado a un par de países con una corta tradición democrática. Se manifiesta tanto en un extendido euroescepticismo como en un desafío a los valores fundamentales de la democracia liberal. 

Aunque este prólogo tendrá un enfoque en la historia europea, sabemos que este fenómeno se ha vuelto universal: no es necesario enumerar la cantidad de países afectados por el llamado «populismo». Con los ajustes necesarios a las especificidades culturales y políticas de cada contexto, la lección europea resultaría relevante en cualquier otra parte del mundo. 

Los crecientes desafíos en la actualidad sobre la democracia son, de manera algo paradójica, más amenazantes que sus iteraciones anteriores. Me refiero a la época pasada de golpes de Estado militares que derrocaban regímenes democráticos y los reemplazaban con gobiernos de coroneles. Grecia, Argentina, Chile… la lista sigue. Hoy, la democracia es subvertida por la propia democracia. Orban, por dar solo un ejemplo, fue elegido dos veces (¡!) mediante un proceso electoral perfectamente libre. Con su defensa de una «democracia iliberal» (un oxímoron), fue la elección democrática libre del pueblo húngaro. 

Entonces, ¿cómo explicar el ascenso de —y la fascinación popular de grandes segmentos de la sociedad hacia— líderes no democráticos que dan la espalda a lo que parecían ser los valores fundamentales de la democracia liberal? 

Aquellos que creen que la respuesta se puede encontrar completamente en el ámbito material —el desempleo y la distribución desigual de los desiertos del globalismo— están equivocados. Si bien estos factores económicos son relevantes, no bastan para explicar el atractivo de los llamados populistas en sociedades y sectores que no encajan en un descontento que proviene únicamente de la insatisfacción económica. Además, esta interpretación reduce de manera irrisoria a la persona humana, limitándola únicamente a sus necesidades materiales. 

(De paso, debo decir que considero que la denominación de «populistas» es inútil. ¿Si me gustan, son populares? ¿Si no, son populistas?). 

Los problemas sobre los valores y el bienestar espiritual de la persona no son menos importantes a la hora de responder a la pregunta de Francisco y de explicar el ascenso de estos regímenes. No creo ni por un minuto que, por ejemplo, un tercio de la sociedad francesa se haya vuelto fascista de repente, y esto también es cierto en los Países Bajos, en Italia, en Polonia, y así sucesivamente. La respuesta debe buscarse más allá de las condiciones materiales, por importantes que estas sean. 

Quiero comenzar con un postulado —que, por su naturaleza, no puede ser realmente probado, aunque creo que está más allá de toda duda—: la condición humana es tal, que cada uno de nosotros, consciente o subconscientemente, busca satisfacer no solo las necesidades materiales egoístas, sino también las metafísicas y, entre ellas, primero y ante todo, el deseo, la necesidad, de dar significado y sentido a nuestras breves vidas, un significado y un sentido que va más allá de lo que sirve a los propios intereses. 

Los valores juegan un papel en la satisfacción de ese impulso primordial. Y es aquí donde encontramos un gran déficit en la manera en que hemos articulado y llegado a comprender los «valores» de la democracia liberal. 

¿Cuáles son esos valores liberales? Una y otra vez nos enfrentamos a la nueva Santísima Trinidad: Democracia, Derechos Humanos, Estado de derecho. Sí, Europa (y otras democracias liberales) defiende estos valores. Y efectivamente, nunca deberíamos aceptar vivir en una sociedad que no respete y honre estos principios. La metáfora de la Santísima Trinidad es más que una ironía: al igual que la verdadera Santísima Trinidad, estos son tres que son uno: indivisibles. No se puede tener democracia sin derechos fundamentales; eso sería simplemente un regreso a la tiranía de la mayoría. Hitler (y Mussolini) fueron enormemente populares en su época y llegaron al poder «democráticamente». Del mismo modo, no se pueden tener derechos humanos sin el Estado de derecho. Es por esta razón que la idea de una «democracia iliberal» es ontológicamente una imposibilidad, un oxímoron. Puede ser la voluntad del pueblo, pero eso no la convierte en democracia. Hay más en el concepto de democracia que el simple paradigma: la democracia es lo que el pueblo quiere democráticamente. «Democráticamente», se podría decidir matar, digamos, a todos los budistas. ¿Llamaríamos a tal régimen democracia? 

Sea como sea, hay un aspecto de los valores de esta Santísima Trinidad que rara vez se discute. Los derechos fundamentales garantizan nuestras libertades, pero no nos dan orientación sobre cómo ejercer esas libertades. Se puede usar la libertad de expresión, por ejemplo, para ser vil. Se puede ser mezquino, egoísta, insensible y carecer de caridad y misericordia, y aun así, no violar los derechos humanos de nadie. 

La democracia es una tecnología de gobernanza, indispensable. Pero no nos dice cómo ejercer el poder de gobernanza otorgado democráticamente. Una democracia de personas malvadas será malvada, incluso si es democrática. Y si esto es cierto para las libertades, obviamente también lo es para el Estado de derecho: siempre que nuestras leyes no transgredan los derechos humanos fundamentales, pueden ser indiferentes, socialmente injustas e incluso draconianas, y aun así, el Estado de derecho seguiría considerándose intacto. 

Permítanme, por tanto, no andarme con rodeos: la Santísima Trinidad del liberalismo —los valores de la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho— por importantes que sean, son en cierto sentido vacíos. Proveen las condiciones para una acción legítima, individual y colectiva, pero no su contenido. Son una condición necesaria, pero no suficiente, para satisfacer la búsqueda primordial de las vidas humanas de significado y trascendencia. 

En este sentido, entonces, la nueva «Santísima Trinidad» no es más que un marco que debe ser llenado. Son como el oxígeno de la vida física. Necesitas oxígeno para vivir, pero el oxígeno no determina cómo será vivida tu vida. Permítanme entonces mencionar tres de los valores clásicos que han desaparecido de nuestra vida pública europea y que en el pasado se encargaban precisamente de eso. Podríamos desear llamarlos la Falsísima Trinidad de los Valores.

II

Se encuentran en tres procesos que comenzaron como reacciones a la Segunda Guerra Mundial y han evolucionado a lo largo de las últimas ocho décadas. 

La caída del patriotismo como disciplina del amor 

El Primer Proceso. Por razones completamente comprensibles, la propia palabra «patriotismo» se volvió «impublicable» después de la guerra, especialmente en Europa occidental. Los regímenes fascistas (entre otros), al abusar de la palabra y del concepto, la habían «borrado» de nuestra conciencia colectiva. Y, en muchos aspectos, esto ha sido algo positivo. Pero también pagamos un alto precio por haber desterrado esta palabra —y el sentimiento que expresa— de nuestro vocabulario psico-político. 

Porque el patriotismo también tiene un lado noble: la disciplina del amor, el deber de cuidar de la patria y de su gente, de nuestros conciudadanos; de aceptar nuestra responsabilidad cívica hacia la comunidad en la que vivimos. En realidad, el verdadero patriotismo es lo opuesto al fascismo: el patriotismo fascista postula que el ciudadano pertenece al Estado, que Deutschland ist über alles. En cambio, en el patriotismo democrático no pertenecemos al Estado, sino que el Estado nos pertenece a nosotros, y somos responsables de él y de lo que en él sucede. 

Este tipo de patriotismo es una parte integral e indispensable de la forma republicana de la democracia. Hoy en día, podemos llamarnos «Repúblicas» de Italia, o de Francia o Bundesrepublik, pero nuestras democracias ya no son verdaderamente republicanas. Existe «el Estado», existe «el gobierno» y luego estamos «nosotros». Es ellos y nosotros. Somos como accionistas de una empresa. Si la dirección de la empresa llamada «la República» no produce dividendos políticos y materiales, cambiamos de gerentes con un voto en una reunión de accionistas llamada «elecciones». Si algo no funciona en nuestra sociedad, acudimos a los «directores», tal como hacemos, por ejemplo, cuando nuestra conexión a internet no funciona: 
«Pagamos (nuestros impuestos) y mira el pésimo servicio que nos están dando…». El Estado es siempre el responsable. Nunca nosotros. Es una democracia clientelista que no solo nos quita la responsabilidad que tenemos hacia la sociedad y nuestro país, sino que también nos exime de la responsabilidad inherente a nuestra propia condición humana. 

Nota bene: No les apuntemos ni culpemos a «ellos». Nosotros, los ciudadanos, somos los principales responsables de esta situación. 

La cultura de los derechos y sus descontentos: la norma y el papel de la ley 

El segundo proceso que ayuda a explicar lo que ha sucedido en Europa, y en otros lugares, surge, una vez más, como una reacción a la guerra, y es paradójico. Hemos aceptado, tanto a nivel nacional como internacional, una obligación seria e irreversible arraigada en nuestras Constituciones: la de proteger los derechos fundamentales de los individuos, incluso contra la tiranía política de la mayoría. 

A un nivel más general, nuestro vocabulario político-jurídico se ha convertido en un discurso sobre derechos legales. Los derechos de un ciudadano alemán, italiano o español están protegidos por nuestros tribunales y, sobre todo, por los Tribunales Constitucionales. Pero también por el Tribunal de Justicia de la UE en Luxemburgo y, nuevamente, por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Es suficiente para hacer que a uno le dé vueltas la cabeza. Y esto es cierto para los demás Estados miembros y para otros lugares de lo que antes se llamaba el Mundo Libre.

Solo pensemos en lo común que se ha vuelto, en el discurso político actual, hablar cada vez más de «derechos». Hoy en día, se intenta convertir cualquier acción política en una acción legal sobre los derechos, y se usan los tribunales, una y otra vez, para alcanzar nuestros objetivos políticos. Es enormemente importante. Nunca querría vivir en un país en el que los derechos fundamentales no se defi endan de manera efectiva. Pero aquí también —al igual que con el destierro del patriotismo— pagamos un alto precio. De hecho, pagamos dos precios. 

En primer lugar, la noble cultura de los derechos pone al individuo en el centro, pero poco a poco, casi sin darnos cuenta, lo convierte en un individuo egocéntrico. Atomiza al individuo, puesto que la mayoría de las batallas por los derechos fundamentales enfrentan al individuo y sus libertades contra el bien colectivo. 

Y el segundo efecto de esta «cultura de los derechos» —que es un marco común a todos los europeos, y también es cierto en otros lugares—, es una especie de debilitamiento de la especificidad política y cultural de la propia identidad nacional única. 

La noción de dignidad humana —el hecho de que hemos sido creados a imagen de Dios— contiene, al mismo tiempo, dos facetas. Por un lado, significa que todos somos iguales en nuestra dignidad humana fundamental: ricos y pobres, italianos y alemanes, hombres y mujeres, gentiles y judíos. Por otro lado, reconocer la dignidad humana implica aceptar que cada uno de nosotros es un universo entero, distinto y diferente de cualquier otra persona. 

Y lo mismo ocurre con cada una de nuestras sociedades. Desarraigar la especificidad cultural de cada una de nuestras naciones y sociedades significa comprometer un elemento esencial de nuestra dignidad. Cuando este elemento de diversidad se ve disminuido o ridiculizado, nos rebelamos. 

Y dado que, con solo pequeñas diferencias de matiz, nuestro valor supremo como europeos (y esto también es cierto en otras democracias liberales) es nuestra creencia en la Santísima Trinidad de los Derechos, la Democracia y el Estado de Derecho (y, afortunadamente, así es), las especificidades de nuestras identidades tienden a ser devaluadas. 

Secularismo 

El tercer proceso que explica lo que ha sucedido en Europa es la secularización. Permítanme ser claro: esta observación no es una reprimenda evangélica. No juzgo a una persona por su fe o su falta de ella. Y aunque, para mí, es imposible imaginar el mundo sin el Señor —bendito sea—, también conozco a muchas personas religiosas que son detestables (pensemos en los sacerdotes pedófilos) y a muchos ateos con un carácter moral intachable. 

Entonces, ¿por qué menciono la secularización? El proceso de secularización también comenzó con la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién de nosotros, después de haber visto las montañas de zapatos de millones de niños asesinados en Auschwitz, no se hizo la pregunta: Dios, ¿dónde estabas? 

La importancia de la secularización radica en el hecho de que una voz que en su momento fue universal y omnipresente, una voz que enfatizaba el deber y la responsabilidad y no solo los derechos, la responsabilidad personal ante lo que nos sucede a nosotros, a nuestros vecinos, a nuestra sociedad, y no el recurso instintivo a las instituciones públicas, prácticamente ha desaparecido de la praxis social. 

En la Iglesia no se habla de los derechos que uno tiene frente al Estado y los demás, sino de los deberes hacia la sociedad y hacia los demás. Hoy en día, ningún político en Europa ni en ningún otro lugar podría, o querría, repetir el famoso discurso de investidura de Kennedy en 1960: «No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país…». Cualquier cosa que salga mal en nuestra sociedad siempre es responsabilidad de otros, nunca nuestra.

III

Es totalmente comprensible que hayamos llegado a desconfiar del patriotismo y de la política de identidad al ver la forma abusiva en que fueron instrumentalizados en el pasado de Europa. Pero también hemos sido incapaces de separar el trigo de la paja, y es así como han llegado los nuevos populistas, a menudo con las formas viejas y abusivas. 

Es fácil entender el atractivo del nacionalismo, por ejemplo: como miembro de una comunidad nacional, tengo un pasado y un futuro que van más allá de mi interés individual. Las cualidades nacionales resaltan aquello que es especial y único, y así se convierten en parte del acervo identitario del individuo. Además, apelar al deber y la responsabilidad de las personas las empodera y otorga a sus acciones un significado que trasciende su propio interés. Sobre todo, infunde respeto y autoestima. 

Nuestro error histórico fue no comprender la enorme importancia de los valores espirituales y adaptarlos a una narrativa progresista moderna que combinara las llamadas Santísima y Falsísima Trinidades de valores. En la mayoría de las sociedades rechazamos el comunismo como una forma legítima de gobierno, pero seguimos aferrados a su visión del ser humano como Homo Economicus. Existe una manera de celebrar y respetar el amor por la sociedad y el país, la cualidad del patriotismo liberal, de vincular derechos con deberes, de cultivar un sano respeto por la identidad y cultura colectivas sin caer en el atavismo ni en el chovinismo, de ejercitar lo mejor de la herencia judeocristiana, incluso si se ha perdido la fe religiosa. 

Cuando concebimos la condición humana bajo la lente del Homo Economicus, la prosperidad material se convierte también en la medida del valor humano. Antes, cualquier trabajo era considerado honorable y digno de respeto. En el marco de valores actual, solo el trabajo que enriquece goza de tal respeto. Y dado que la educación es la clave para acceder a ese tipo de trabajo, las inevitables y evitables desigualdades en educación conducen a una desigualdad en la dignidad. 

En este contexto, no se puede exagerar la centralidad del respeto (y la falta de él) para el bienestar humano. Si consideramos cómo en nuestras diversas constituciones y cartas de derechos hemos puesto la inviolabilidad de la dignidad como nuestro derecho humano primordial, podemos comprender cuán poderoso será el impacto de esta falta de respeto, tanto real como percibida, en la arena política. La sensación de desigualdad material parece poco en comparación con la sensación de desigualdad y privación en términos de dignidad. No basta con afirmar que, a nivel personal, uno no desprecia a las personas por su condición económica, si el sistema en su conjunto privilegia de manera tan desmesurada el bienestar material y la prosperidad. 

Pero estas consideraciones no forman parte del programa de la política dominante ni del discurso democrático. Todo lo que escuchamos es una narrativa sobre el empleo, el crecimiento y una distribución más equitativa de los beneficios económicos; sobre cómo gestionar mejor nuestros mercados y nuestra prosperidad. Todo ello es increíblemente valioso, pero falla en entender que no solo de pan vive el hombre. Por otro lado, vemos un retorno a la trinidad mussoliniana de Patria (chovinista y atávica), Chiesa (jerárquica) y Familia (patriarcal). Ambas opciones son estériles y dejan un vacío en el centro. 

Quizá sea momento de que nosotros, los bien-pensants de la sociedad, hagamos un ejercicio de introspección. Hasta que llenemos este vacío, el terreno quedará libre para personajes como Orbán y sus aliados.


Cuando la democracia olvida al ser humano, deja de tener sentido. 
Este libro propone el camino para restaurar la dignidad y el bien común.
La democracia no atraviesa solo una crisis política o institucional: su herida es espiritual. Así lo sostienen Julio Borges Junyent, Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, quienes coordinan esta obra coral en la que más de treinta autores de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos se dan cita para reflexionar sobre el destino de nuestras sociedades.
La palabra “crisis” proviene del griego krisis, juicio y desde este libro se propone un juicio sereno y lúcido sobre el alma de las democracias contemporáneas: sus fracturas, sus derivas totalitarias, su polarización y el relativismo que erosiona la verdad y la justicia. No se trata de condenar, sino de discernir y proponer caminos de renovación.

Los autores reunidos aquí sostienen que la democracia auténtica no se reduce al voto ni a la aritmética de mayorías y minorías. Su fundamento está en la dignidad de la persona, en valores innegociables como la libertad, la justicia y el bien común. Solo recuperando esta raíz podremos superar la herida que corroe nuestras instituciones y recuperar la confianza en la política como un acto de servicio.
Lejos de clausurar debates, este libro los abre. Interpela de manera especial a los jóvenes y a quienes aún creen que el pensamiento puede transformar la realidad. Porque todos somos responsables: no existe una división entre políticos y no políticos, sino entre gobernantes y gobernados. Todos formamos parte de la comunidad que busca justicia.
La crisis espiritual de la democracia: polarización, totalitarismo, relativismo es, por tanto, una invitación urgente a pensar, discernir y comprometerse con la reconstrucción de una vida común basada en la verdad y la dignidad humanas.

LA "DEMOCRACIA" ES PARA EL COMUNISMO 
SÓLO UNA PUERTA PARA PODER ENTRAR. 
F.F.

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