EL Rincón de Yanka: LIBRO "EL LOBBY GAY SOCIALISTA": HABITUALES EN LAS SAUNAS (PROSTÍBULOS) DE SABINIANO, SUEGRO DE PEDRO SÁNCHEZ por JOAQUÍN ABAD

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viernes, 23 de enero de 2026

LIBRO "EL LOBBY GAY SOCIALISTA": HABITUALES EN LAS SAUNAS (PROSTÍBULOS) DE SABINIANO, SUEGRO DE PEDRO SÁNCHEZ por JOAQUÍN ABAD

EL LOBBY GAY
SOCIALISTA

HABITUALES EN LAS SAUNAS (PROSTÍBULOS) 
DE SABINIANO, SUEGRO DE PEDRO SÁNCHEZ


Este libro revela una historia nunca contada con profundidad: la influencia silenciosa, persistente y decisiva de las redes gays dentro del socialismo español. Desde los tiempos de la clandestinidad sexual hasta la aprobación del matrimonio igualitario, desde las camarillas discretas de Ferraz hasta el ascenso inesperado de nuevos liderazgos, el PSOE ha convivido con un tejido interno tan invisible como poderoso.
A través de una mirada crítica y documentada, esta obra describe cómo la vulnerabilidad compartida dio lugar a una red de apoyo mutuo que, con el tiempo, se convirtió en un actor clave de la política española. Un lobby nacido del miedo que terminó siendo símbolo de modernidad. Un grupo que pasó de la sombra al centro mismo de las decisiones estratégicas del partido.
El lector descubrirá cómo las antiguas redes de afinidad gay se consolidaron durante el zapaterismo, cómo chocaron con la vieja guardia socialista y cómo el sanchismo transformó esa tensión en una nueva arquitectura del poder interno. 
Un recorrido por los pasillos, silencios, alianzas y batallas que explican la evolución del socialismo en el siglo XXI.
Una obra imprescindible para comprender lo que nunca se dice en público, pero define la política por dentro.

«Como recuerdan Campillo et al. (2025), desde comienzos de siglo los cam­bios en las políticas de género y los derechos LGTBI en España transforma­ron el panorama político, abriendo paso a nuevas redes de poder basadas en identidad y apoyo mutuo. Los lobbies en el mundo gay se hicieron fuertes y excluyentes».


Prólogo

Los hilos invisibles del poder

Los lobbies han existido siempre. Antes de que la palabra se pusiera de moda, ya operaban en los pasillos del poder, en los cafés donde se cerraban pactos, en los cenáculos intelectuales y en cualquier lugar donde un grupo de perso­nas que compartían intereses, ideas o vulnerabilidades se unía para influir en el rumbo político. Un lobby no es necesariamente una conspiración ni un poder oculto, sino una forma natural de organización humana: quienes se saben parecidos tienden a protegerse, quienes comparten una causa se coordinan, quienes se reconocen en la misma fragilidad construyen una red invisible que les ofrece amparo. La historia política es, en buena medida, la historia de estas redes.

El poder de un lobby no reside en su tamaño, sino en su cohesión. Los grandes partidos políticos, en todas partes del mundo, han tenido grupos in­ternos que operan de manera discreta: familias ideológicas, camarillas terri­toriales, círculos intelectuales o corrientes que no necesitan estatutos para existir. El socialismo español no ha sido una excepción. Desde la Transición, el PSOE ha albergado redes internas que no funcionaban por decreto, sino por afinidades personales, por lealtades construidas en años de militancia o por la necesidad emocional de encontrar un lugar seguro dentro de una orga­nización vasta y compleja.

Entre esos grupos destacó, con el paso del tiempo, uno que tenía un rasgo singular: el formado por dirigentes y militantes gays. Un colectivo que, mucho antes de aparecer en los periódicos, ya existía en los pasillos del partido como un espacio de camaradería, apoyo mutuo y discreción compartida. No se tra­taba de una corriente política ni de un grupo formal, sino de una red humana nacida de una realidad social muy concreta: durante décadas, ser gay no solo estaba mal visto, sino que implicaba riesgo personal, social y profesional.

En ese contexto, los hombres y mujeres homosexuales buscaron refugio en compañeros que compartían su misma vulnerabilidad. Se reconocían en la experiencia común del silencio, en la necesidad de confianza absoluta y en la certeza de que, si no se protegían entre ellos, nadie lo haría. Esa lógica, más íntima que política, dio lugar a una red de afinidades que se fortaleció dentro del PSOE, un partido que durante años fue uno de los principales refugios progresistas de España. Allí, entre líderes jóvenes que llegaban a la política con espíritu transformador y militantes mayores que habían vivido la clan­destinidad, nació un tejido de amistades y lealtades sólidas.

Ese lobby -si se quiere usar el término- no nació de la ambición, sino de la supervivencia. Con el tiempo, sin embargo, adquirió influencia, por­ que quienes antes necesitaban protegerse unos a otros empezaron a ocupar cargos relevantes: concejales, diputados, asesores de ministros, secretarios de organización, portavoces parlamentarios. Muchos de ellos mantenían la discreción que habían aprendido en épocas más duras; otros dieron un paso al frente y reivindicaron públicamente su identidad cuando la sociedad espa­ ñola empezó a cambiar. Pero todos compartían algo: una forma de relación interna basada en la confianza, el apoyo y la protección mutua.

En los años de José Luis Rodríguez Zapatero, esa red encontró un clima favorable. La aprobación del matrimonio igualitario convirtió al PSOE en el partido que abanderó la modernización social de España. El grupo LGTB que llevaba décadas moviéndose en la sombra se vio legitimado, y figuras como Pedro Zerolo lo llevaron del terreno íntimo al institucional. La homosexualidad dejó de ser un asunto privado para convertirse en un elemento visible de la identidad socialista contemporánea.

A partir de ese momento, lo que había sido una red de protección empezó a convertirse también en una red de influencia. No se trataba de un grupo mo­ nolítico ni de una conspiración, sino de un entramado de personas que, por afinidad y por historia compartida, se apoyaban en su ascenso político. Ese poder no nació de la imposición, sino de la cohesión. Un lobby gay dentro del socialismo no significa una estructura organizada, sino un tejido humano que, tras años de marginación social, aprendió que la unión es fuerza.

La influencia actual de esta red no se entiende sin ese origen. No es un poder oscuro, sino la culminación natural de un proceso de integración: quienes estuvieron al margen hoy forman parte del centro de decisión. Quienes se vieron obligados a ocultarse ahora pueden hablar abiertamente. Y quienes solo tenían al partido como refugio hoy ocupan ministerios, portavocías y direcciones generales.

Este libro no pretende ni exagerar ni minimizar esa realidad. Busca enten­derla. Quiere explicar cómo un grupo nacido de la necesidad de protección pudo evolucionar hasta desempeñar un papel significativo en la vida interna del socialismo español. Quiere narrar sus trayectorias, sus alianzas, sus ten­siones y su legado político.

Introducción

La otra historia del PSOE

La política española se ha contado muchas veces desde la superficie: congre­sos, elecciones, discursos, victorias y derrotas. Pero pocas veces se ha narrado desdelos espacios donde de verdad se teje el poder: los vínculos emocionales, las lealtades íntimas, los miedos compartidos, los grupos que no aparecen en los estatutos y las redes que nacen de experiencias comunes más profundas que cualquier ideología. Este libro nace precisamente de esa necesidad: mirar al socialismo español no desde el discurso oficial, sino desde la estructura humana que lo sostiene.

Durante décadas, el PSOE ha sido un partido donde convivieron sensibili­dades muy diferentes:la vieja guardia formada en la clandestinidad y en la Transición, los cuadros institucionales del felipismo, la oleada cultural del zapaterismo y la militancia identitaria del siglo XXI. En medio de estas co­rrientes, hubo un colectivo que, sin hacer ruido, fue adquiriendo cohesión y fuerza: los militantes y dirigentes gays que encontraron en el partido un re­ fugio cuando la sociedad no les ofrecía ninguno.

Su historia no es la de un lobby organizado, sino la de una red que nació del miedo y se consolidó con la confianza. Hombres y mujeres que, durante años, tuvieron que protegerse unos a otros en espacios privados antes de poder hacerlo en espacios públicos. Esa red fue creciendo, y con ella lo hizo su ca­pacidad de influir en las decisiones políticas, en la cultura interna del partido y en su evolución ideológica. Desde la aprobación del matrimonio igualita­rio hasta los nuevos debates identitarios, pasando por las tensiones con la vieja guardia y la irrupción del sanchismo, la presencia LGTB en el PSOE fue mucho más que un detalle: se convirtió en una pieza esencial del engranaje político.

La tesis de este libro es sencilla: la historia del socialismo español no puede entenderse sin la aportación de esas redes gays, sin su discreción y sin su fuerza. No se trata de señalar nombres ni de buscar escándalos, sino de re­ construir un proceso histórico que explica por qué el PSOE se convirtió en la fuerza política que más se identificó con los derechos civiles en España, cómo se gestaron sus batallas internas y por qué ciertos liderazgos emergieron de forma tan sorprendente.

El lector encontrará aquí un relato distinto: no el PSOE que aparece en las ruedas de prensa, sino el que se respira en los despachos, en los pasillos, en los círculos de afinidad, en los silencios y en las complicidades. Un PSOE donde la identidad sexual no fue solo un rasgo personal, sino una experien­cia compartida que, con el tiempo, definió una forma particular de hacer po­lítica y de sostener el poder.
Esta introducción es la puerta de entrada a esa historia. Un recorrido por lo que nunca se ha contado abiertamente, pero siempre estuvo ahí, influyendo, modulando y, en ciertos momentos, determinando el rumbo del partido que ha modelado la España democrática.

Capítulo 1

Operación Caracas, ser gay le abrió la puerta

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa en 2004, el PSOE vivía una recomposición interna profunda. Las viejas familias del partido, las corrientes históricas y los equilibrios territoriales empezaban a tam­ balearse ante un nuevo clima político que situaba en el centro a sectores hasta entonces discretos. Entre ellos, el llamado lobby gay socialista, cuya existencia -susurrada durante décadas-fue reconocida públicamente por la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, confirmando lo que mu­ chos intuían en silencio: ese grupo había adquirido influencia real dentro del partido y ocupaba posiciones estratégicas.

En ese contexto, Zapatero tomó una decisión que sorprendió dentro y fuera del PSOE: rescatar a Raúl Morodo, un veterano de la época del PSP de Tierno Galván, hombre de larga trayectoria intelectual y personalidades ambiguas que siempre habían circulado en torno a él. Su regreso, tras años de discre­ción, no fue casual. Zapatero lo nombró embajador en Venezuela, un destino políticamente cargado en un momento en que el chavismo consolidaba su proyecto ideológico y buscaba interlocutores fiables en Europa.

El nombramiento de Morodo generó desconcierto entre los cuadros clásicos del socialismo. ¿Por qué enviarlo a Caracas ahora, cuando el mapa geopolí­tico latinoamericano estaba en plena ebullición? En los pasillos del partido comenzó a circular una explicación que combinaba la diplomacia con la so­ ciología interna del PSOE. Morodo no solo tenía conexiones históricas con la izquierda cultural; también se movía con soltura en ambientes donde el mundo gay venezolano y cubano tenía peso, y eso lo convertía en una pieza útil para un régimen que -según se comentaba en distintos círculos- man­tenía redes de poder paralelas basadas en afinidades personales más que en protocolos oficiales.

La clave del nombramiento, sin embargo, residía en un actor decisivo: José Bono, ministro del Interior, también procedente políticamente, como Morodo, del PSP de Tierno Galván. Bono nunca se sintió cómodo con el cha­vismo desde el punto de vista ideológico; su educación, su biografía familiar y su sensibilidad política lo acercaban más al socialismo moderado que a cualquier tentación bolivariana. Pero como ministro de Defensa entendía que Venezuela era un actor al que no podía ignorarse. Y necesitaba un canal fiable, discreto, no contaminado por las tensiones ideológicas ni por los fil­tros formales del Ministerio de Exteriores. Ese canal fue Raúl Morodo.

Cuando el embajador aterrizó en Caracas, nadie en el PSOE ignoraba que su misión iba mucho más allá de la diplomacia ordinaria. Su rol, aunque reves­ tido de formalidad, consistía en generar confianza, desactivar suspicacias y abrir puertas que solo se abrían a través de vínculos personales. Chávez, ro­deado de militares, asesores cubanos y una élite cultural caraqueña con sus propias redes íntimas,gais,desconfiaba de los emisarios clásicos de Europa.
Pero Morodo, habituado a ambientes donde se mezclaban cultura, política y vida privada, era recibido en círculos donde otros diplomáticos jamás ha­brían tenido acceso.

Según se conocía discretamente en Madrid, parte de la cúpula chavista man­tenía relaciones fluidas con sectores del mundo gay venezolano y cubano, un entramado social en el que Morodo se movía con una naturalidad que resul­taba útil para el gobierno español. En ese territorio informal, más emocional que institucional, se celebraban cenas, encuentros privados y conversacio­nes sin papeles que jamás aparecerían en un parte diplomático. Allí se tejía el verdadero puente entre Caracas y Madrid.

Mientras la opinión pública discutía en España sobre matrimonio homose­xual, laicismo o reformas sociales, en la sombra se articulaba una operación delicada: colaboradores cercanos a Bono, miembros del llamado lobby gay, viajaban discretamente a Venezuela para mantener reuniones nocturnas, encuentros reservados y contactos a puerta cerrada con figuras del cha­vismo.No había notas oficiales, ni ruedas de prensa, ni comunicados. Solo si­lencios medidos y movimientos invisibles.

Morodo era el anfitrión perfecto para este circuito paralelo. Su agenda incluía a empresarios conectados con la élite caribeña, representantes culturales, personajes cercanos al mundo gay de Caracas y La Habana, y viejos conocidos de la izquierda internacional. Ese entramado informal permitía suavizar ten­siones y desbloquear conversaciones que hubieran fracasado en un entorno institucional.

Al mismo tiempo, dentro del PSOE crecía la sensación de que el lobby gay socialista -hasta entonces visto como un rumor amable- se había con­vertido en un actor real dentro del partido. El nombramiento de Morodo se interpretó como un gesto hacia ese núcleo: una forma de reconocer su peso, proteger a sus figuras y situar a uno de los suyos en un destino estratégico. Para algunos veteranos del socialismo, aquel movimiento simbolizaba una pugna soterrada por el control de la estructura interna, donde las afinidades personales valían tanto como las viejas lealtades territoriales. La operación Caracas fue, en realidad, un ejemplo perfecto de cómo se movía el poder en la primera etapa de Zapatero: diplomacia oficial, por un lado, redes discretas por otro. Un puente doble entre Madrid y Caracas. Uno visible, otro no. Uno ministerial, otro emocional. Uno protocolario, otro íntimo.

El resultado fue una relación fluida con el chavismo en un momento en que España necesitaba mantener presencia en América Latina sin romper sus equilibrios europeos. Pero, sobre todo, fue la confirmación de que el lobby gay socialista no era una invención ni una exageración: era una corriente real, cohesionada, influyente y capaz de orientar decisiones estratégicas del Gobierno.
Y en ese tablero, Raúl Morodo fue su pieza más útil, más visible y simbólica. Un diplomático de la vieja escuela, reconvertido en puente humano entre dos mundos que necesitaban entenderse sin mostrarse demasiado.

Capítulo 2

Raúl Morodo, ascenso y caída de un embajador

La trayectoria de Raúl Morodo es una de las más singulares del socialismo español, marcada por un ascenso discreto, una influencia silenciosa y una caída en desgracia tan inesperada como contundente. Intelectual del PSP de Tierno Galván, figura conocida en los círculos culturales de Madrid y diplo­ mático de larga experiencia, Morodo emergió en la primera etapa del zapate­ rismo como un operador clave enuna de las relaciones exteriores más delica­ das del momento: la relación entre España y la Venezuela de Hugo Chávez.

Cuando Zapatero lo designó embajador en Caracas, pocos imaginaron que aquel nombramiento sería el primer movimiento visible de una operación más profunda. La elección de Morodo sorprendió a quienes consideraban que su tiempo político había quedado en el pasado, pero su perfil encajaba a la perfección en un juego diplomático que requería discreción, sensibilidad política y un amplio conocimiento de los equilibrios internos del socialismo español. Su capacidad para moverse en ambientes complejos le convertía en un puente ideal entre dos gobiernos que querían acercarse sin despertar re­ celos innecesarios.

Uno de los episodios más relevantes y menos conocidos de su etapa en Vene­zuela tuvo que ver con la venta de material militar español al país caribeño. En 2005, el Gobierno de Zapatero impulsó un acuerdo para suministrar a Venezuela varios aviones de transporte militar y patrulleros fabricados en España. El objetivo era reforzar la industria de defensa española y, al mismo tiempo, estrechar la cooperación con Caracas en un periodo en el que Chávez buscaba diversificar sus alianzas internacionales.

Pero la operación se encontró con un obstáculo decisivo: Estados Unidos. Como parte del material destinado a los aviones incluía tecnología esta­ dounidense, Washington vetó la operación alegando razones estratégicas y de seguridad. Con ese veto, el acuerdo quedó bloqueado, generando tensio­nes diplomáticas y cuestionamientos internos en España. El episodio reveló hasta qué punto la política exterior de Zapatero quería emanciparse de las prioridades estadounidenses, y también evidenció la posición incómoda de Morodo, atrapado entre las expectativas del Gobierno español y la presión creciente de un aliado venezolano que consideraba injustificada aquella in­ terferencia.

Ese veto marcó un antes y un después en la misión de Morodo. Su papel dejó de centrarse exclusivamente en la interlocución diplomática para con­ vertirse en una labor más profunda: gestionar un equilibrio político entre un Gobierno venezolano que veía en España un socio estratégico y una España que debía navegar entre sus compromisos europeos, sus intereses latinoa­mericanos y las presiones de Washington. Morodo se movió con la habilidad que le caracterizaba, recurriendo a las redes informales que siempre habían acompañado su carrera: ambientes culturales, círculos intelectuales, empre­sarios influyentes y, según señalaban algunos diplomáticos, ámbitos sociales donde la clave estaba en la cercanía personal más que en el protocolo.

Sin embargo, la historia de Morodo no terminó en los salones diplomáticos. Años después de su etapa en Caracas, su nombre reapareció en los medios de comunicación por un motivo muy distinto. La Audiencia Nacional abrió una investigación sobre supuestos pagos irregulares realizados por la petrolera estatal venezolana PDVSA a sociedades vinculadas a su entorno familiar. Los hechos investigados se referían a presuntos contratos de asesoría firmados en la década posterior a su labor como embajador.

Morodo negó siempre haber cometido irregularidad alguna, pero el procedi­miento judicial lo situó en el centro de una tormenta mediática y política. Su figura, antes asociada a la influencia y la capacidad diplomática,pasó a estar ligada al caso que los medios bautizaron como la trama de los pagos venezo­lanos. Para el socialismo español, aquel episodio fue incómodo: mostraba el lado más vulnerable de una etapa diplomática marcada por la aproximación a Venezuela y ponía en cuestión la discreción con la que se habían gestionado algunas relaciones de aquella época.

El caso -todavía con derivadas abiertas en los tribunales- precipitó la caída definitiva de Morodo del espacio público. Lo que había sido una carrera larga, compleja, llena de matices, terminó empañada por un proceso judicial que puso fin a su influencia dentro del socialismo y dejó un legado marcado por la ambigüedad: diplomático hábil, figura controvertida, operador silencioso y, al final, protagonista de una investigación que ensombreció su trayectoria.

La historia de Raúl Morodo es, en esencia, la historia de una generación del socialismo español que operó entre la discreción y la audacia, entre la fideli­dad al partido y la habilidad para moverse en territorios políticos no siempre ortodoxos. Su ascenso fue discreto, su influencia profunda, su caída abrupta.

Capítulo 3

El ambiguo papel de Bono en la Operación Caracas

El papel de José Bono en la operación que vinculó al Gobierno de Zapatero con el régimen de Hugo Chávez constituye uno de los episodios más enigmáticos de la política exterior española reciente. Hombre de convicciones tradiciona­les, heredero de un socialismo moderado y marcado por una trayectoria per­sonal profundamente ligada a la España interior, Bono se encontró de pronto en el centro de una maniobra diplomática que, en apariencia, contrariaba todo lo que siempre había defendido públicamente.

La paradoja es evidente: Bono, que representaba dentro del PSOE a la co­rriente más alejada del chavismo, terminó siendo una figura decisiva en la construcción de un canal de comunicación discreto entre Madrid y Caracas. Un canal que nunca apareció en documentos oficiales,que jamás se anunció en ruedas de prensa y que fue, sin embargo, fundamental para mantener una relación estable en un contexto geopolítico especialmente volátil.

El origen de esta ambigüedad se encuentra en el equilibrio delicado que el PSOE vivía a comienzos del siglo XXI. Mientras Zapatero impulsaba un giro progresista en la política social y un acercamiento a gobiernos latinoame­ ricanos que compartían sensibilidad ideológica, sectores más clásicos del partido observaban con preocupación el entusiasmo retórico de Chávez y su entorno. Bono, ministro del Interior, pertenecía sin duda a este segundo grupo. Su biografía, su educación y su estilo político estaban muy lejos del Carisma revolucionario del líder venezolano.
Y, sin embargo, fue él quien necesitó un puente confiable hacia Caracas.

La razón no era política, sino operativa. Como ministro de Defensa, Bono debía gestionar asuntos de seguridad, cooperación policial, circulación de información sensible y coordinación entre servicios. Venezuela era, en ese momento, un actor relevante en la región, con conexiones internacionales que afectaban indirectamente a España. Ignorarla hubiera sido irresponsa­ble; apoyarla abiertamente, imposible. De ahí la necesidad de un intermediario que facilitara la relación sin comprometer su posición ideológica. Ese intermediario fue Raúl Morodo.

Bono, que desconfiaba de Chávez pero necesitaba interlocución, se apoyó en ese canal con la habilidad de quien sabe que la política no se hace solo con ideas, sino también con personas. Delegó sin delegar, autorizó sin compro­ meterse públicamente, observó sin exponerse.

La ambigüedad de Bono no era incoherencia;era estrategia. Sabía que, si apa­recía como aliado de Chávez, perdería credibilidad ante su propio electorado y buena parte del partido. Pero también sabía que España no podía permi­tirse un enfrentamiento frontal con un país con el que mantenía intereses económicos, energéticos y culturales de enorme peso. Su posición consistió en no estar,estando. En no apoyar, sin bloquear. En permitir, sin asumir pú­blicamente la responsabilidad.

Esa ambivalencia se agravó cuando entraron en juego factores aún más sensibles. Según se comentaba en círculos diplomáticos, parte de la élite venezolana mantenía vínculos fluidos con ambientes sociales que requerían una mediación especialmente cuidadosa, espacios donde la confianza perso­ nal era indispensable para avanzar. Morodo, habituado a esos entornos, se convirtió en una pieza insustituible. Bono, conocedor de la fragilidad de esos equilibrios, prefirió mantenerse en un segundo plano, supervisando sin in­ tervenir, aprobando sin rubricar, observando desde la distancia.

Fue esta combinación la que dio origen a lo que se conoció en Ferraz como la Operación Caracas:una diplomacia paralela donde Defensa obtenía informa­ ción, Exteriores mantenía el protocolo y Morodo conectaba ambos mundos. Bono nunca explicó públicamente su papel, y quizá por eso su figura quedó envuelta en un aura de misterio. Los suyos lo interpretaban como prudencia; sus críticos, como doble juego.

El tiempo ha demostrado que su postura fue más pragmática que ideológica. Bono no buscaba afinidades con el chavismo, sino estabilidad para España. Y esa estabilidad exigía aceptar un papel para el que nunca se sintió cómodo, pero que ejerció con eficacia: el de guardián silencioso de un canal indispen­sable para evitar malentendidos entre dos gobiernos con sensibilidades muy distintas.

Su ambigüedad fue, paradójicamente, su fortaleza. Supo situarse entre dos mundos sin pertenecer a ninguno. Fue conservador sin dejar de ser opera­tivo. Fue crítico sin romper puentes. Fue vigilante sin desautorizar a quienes, desde el Gobierno, deseaban mantener un acercamiento más cálido con Venezuela.

Capítulo 4

El ascenso de Pepiño Blanco

La figura de José "Pepiño" Blanco representa, como pocas dentro del socia­lismo español, el arquetipo del dirigente que asciende no por carisma, sino por la comprensión absoluta del funcionamiento interno del partido. Desde su juventud política en Galicia hasta su consagración como uno de los pilares del aparato federal, Blanco encarnó durante décadas la lógica más profunda del PSOE: disciplina, lealtad, control territorial y dominio minucioso de los engranajes orgánicos.

Su ascenso comenzó en las Juventudes Socialistas, donde pronto destacó como un organizador eficaz. Su capacidad para tejer redes entre agrupacio­nes locales y federaciones autonómicas llamó la atención de la dirección fe­ deral, que vio en él a un cuadro prometedor. Tras su llegada al Congreso de los Diputados en 1996, su crecimiento fue constante. En 2000, la elección de José Luis Rodríguez Zapatero como secretario general marcó el inicio de la etapa decisiva de Blanco: fue nombrado secretario de Organización del PSOE, el cargo más poderoso del partido después de la Secretaría General.

Desde esa posición, Pepiño Blanco controló el censo interno, los procesos congresuales, la configuración de listas electorales y la relación con los terri­ torios, especialmente con los barones autonómicos. Nada importante en la vida interna del PSOE sucedía sin que él lo conociera, autorizara o condicio­ nara. Su influencia era tal que muchos dirigentes afirmaban que, en aquellos años, "Zapatero era la voz; Blanco, la mano".

El salto a la estructura del Gobierno llegó tras la victoria electoral de 2004, primero como diputado clave y negociador parlamentario, y más tarde, en 2009, como ministro de Fomento y Portavoz del Gobierno. Su entrada en el Consejo de ministros simbolizó la consolidación de su poder: ya no era solo el hombre que dirigía el partido desde Ferraz, sino uno de los rostros del Ejecutivo.

Su ministerio gestionó algunas de las obras públicas más ambiciosas de la época, impulsó pactos con sectores estratégicos y mantuvo una interlocu­ción constante con empresas e instituciones. Su talante negociador, firme pero pragmático, le otorgó una reputación de operador eficaz, capaz de ce­ rrar acuerdos complejos y de mantener cohesionada la acción política del Gobierno.

Al dejar el Gobierno en 2011, Pepiño Blanco no se retiró de la política: man­ tuvo un papel influyente como eurodiputado y como referente interno del socialismo gallego. Pero su influencia real se demostró años después, cuando el PSOE vivió una de las crisis internas más intensas de su historia: la caída de Pedro Sánchez en 2016 y su posterior regreso al liderazgo.

Aunque Blanco ya no ocupaba cargos orgánicos, buena parte de los dirigen­tes que habían crecido bajo su tutela -hombres formados en los años del zapaterismo, moldeados en la cultura de organización interna del partido­- adquirieron un papel determinante en la reconstrucción del poder. Su estilo, basado en la organización, la disciplina interna y las lealtades personales, sobrevivió en figuras que más tarde ocuparían posiciones clave en el san­chismo. En algunos foros internos se comentaba que Blanco había sido visto en alguna de las saunas gais del suegro de Pedro Sánchez, por lo que no des­cartaba que alguien guardara vídeos de sus encuentros íntimos.

Varios de los colaboradores que Pepiño apoyó en su día pasaron a ocupar áreas estratégicas del Gobierno de Sánchez o de Ferraz: responsables de comunicación, operadores territoriales, dirigentes parlamentarios y cargos técnicos cuya formación política se había dado bajo su tutela. Incluso en un PSOE transformado por la irrupción de nuevas sensibilidades y por el li­derazgo personalista de Pedro Sánchez, la impronta de Blanco siguió siendo visible. Su legado continuó a través de la manera de trabajar de quienes ha­ bían aprendido que la política socialista se construye no solo con discursos, sino con estructuras, listados, alianzas discretas y una red de fidelidades que atraviesa generaciones.

Pepiño Blanco representó durante años la arquitectura invisible del poder socialista. No necesitaba una tribuna, ni grandes gestos, ni batallas públicas. Su autoridad se ejercía desde los pasillos, desde los órganos internos y desde la convicción íntima de que el partido debía estar ordenado antes de gobernar. Fue un constructor de mayorías, un negociador incansable y un maestro en el arte de la política interna.

Su influencia en el sanchismo lo confirma: aunque su figura ya no ocupaba los focos,su método permaneció. La lógica con la que se reconfiguró el PSOE tras la victoria interna de Sánchez, la reconstrucción del aparato, el ascenso de perfiles técnicos y la disciplina férrea del grupo parlamentario recuperaron muchas de las herramientas que Blanco había perfeccionado durante su etapa en Ferraz.

El dirigente gallego dejó el primer plano con un perfil más discreto, conver­ tido en figura respetada del socialismo europeo. Pero su huella continuó viva en el partido y en el Gobierno a través de quienes heredaron su forma de entender la política: como una ingeniería de alianzas, una red de lealtades calculadas y una disciplina silenciosa que sostiene al partido incluso en sus momentos más convulsos.

Pepiño Blanco no solo fue un hombre influyente. Fue un estilo. Y ese estilo continúa siendo, para bien o para mal, parte fundamental del ADN del socia­lismo español.

Capítulo 5

Miguel Barroso, el estratega

Durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero hubo una figura que, sin necesidad de ocupar portadas ni exhibir poder formal, se convirtió en uno de los arquitectos intelectuales y culturales de aquella etapa. Miguel Ba­rroso, ensayista, gestor cultural y posteriormente marido de la actriz Caye­tana Guillén Cuervo, fue siempre un hombre situado en las zonas discretas del PSOE, en ese territorio donde se movían los operadores silenciosos que influían en la maquinaria del Estado sin protagonismo público.

Su nombre aparece con frecuencia en conversaciones internas del partido cuando se habla del núcleo de afinidades personales que muchos militantes, periodistas y antiguos cargos denominaron "lobby gay socialista". No por la vida privada de Barroso-tema sobre el que jamás se ha escrito nada pública­ mente-, sino por la red política y afectiva a la que pertenecía, un conjunto de dirigentes que se protegían entre sí, que manejaban códigos comunes y que se movían en espacios culturales, diplomáticos y mediáticos donde las fron­ teras entre la política y la vida privada eran difusas.

Barroso, que falleció en enero del 2004, fue, ante todo, un estratega. Desde la Secretaría de Estado de Comunicación, su influencia fue decisiva para moldear el estilo de Zapatero: el discurso social, el giro cultural, la estética política del "talante", el impulso legislativo relacionado con las libertades ci­ viles y una forma de ejercer el poder basada en la suavidad institucional y la cercanía emocional. Ese sello tenía una marca intelectual muy concreta, y detrás de esa marca estaba él.

Quienes vivieron aquellos años desde dentro recuerdan que Barroso fue uno de los grandes conectores de la etapa. Conectaba a Zapatero con el mundo editorial, con el cine, con ciertos círculos artísticos madrileños, con diplo­ máticos influyentes y con un sector del PSOE formado por cuadros jóvenes que acabaron convirtiéndose en referentes del partido. No ocupaba titulares, pero su despacho era uno de los lugares donde de verdad se decidían cosas importantes.

En los ambientes internos se decía que el círculo que orbitaba alrededor de Barroso funcionaba como una familia política paralela: reuniones en casas privadas, cenas selectas, debates culturales donde se mezclaban ministros con cineastas, activistas sociales con periodistas afines, y donde se tomaban decisiones que no figuraban en agendas oficiales. Ese ambiente, descrito du­ rante años como un reducto de afinidades personales y generacionales, fue asociado al grupo que en el PSOE se conoció de manera extraoficial como el núcleo gay del partido: no por una cuestión de orientación sexual, sino por el estilo de sociabilidad, las redes de confianza y la estética de un poder más emocional que doctrinal.

Barroso fue también un puente con América Latina, especialmente con sectores culturales y diplomáticos de países como México, Argentina o Ve­nezuela. Su capacidad para mover hilos en ámbitos culturales, mediáticos y artísticos fue vital para la proyección internacional de la imagen de Zapatero como un presidente progresista, moderno y abierto a las nuevas sensibilida­ des sociales.

En Ferraz, su nombre era mencionado con respeto y, sobre todo, con cautela. Formaba parte de ese grupo reducido que podía llamar directamente alpre­ sidente sin pasar por intermediarios. Su influencia iba más allá de los cargos: era un intelectual de despacho, un tejedor de redes, un hombre que sabía leer el clima político y anticipar movimientos ajenos. Ese tipo de figura resulta imprescindible para entender cómo funciona un partido cuando gobierna durante años, y Barroso fue exactamente eso para el zapaterismo.

Joaquín Abad PRESENTA LIBRO EL LOBBY GAY SOCIALISTA.¿Quiénes fueron grabados en las SAUNAS DE SABI?


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