EL Rincón de Yanka: ESPAÑA ANTE EL ESPEJO: INFRAESTRUCTURAS, IRRESPONSABILIDAD POLÍTICA Y LA CULTURA DEL DETERIODO por RAÚL GONZÁLEZ ZORRILA 🚇💥💀

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martes, 27 de enero de 2026

ESPAÑA ANTE EL ESPEJO: INFRAESTRUCTURAS, IRRESPONSABILIDAD POLÍTICA Y LA CULTURA DEL DETERIODO por RAÚL GONZÁLEZ ZORRILA 🚇💥💀

 





Infraestructuras, 
irresponsabilidad política 
y la cultura del deterioro.
 
España ante el espejo 
de Ayn Rand 


En La rebelión de Atlas, Ayn Rand imaginó un país que se deshace no por un cataclismo externo, sino por algo más corrosivo: la renuncia consciente a la razón, al mérito y a la responsabilidad como principios rectores de la vida pública. Lo que Rand describe no es una explosión revolucionaria, sino una lenta putrefacción funcional. Los trenes descarrilan. La electricidad falla. Los puentes colapsan. El Estado sigue hablando, legislando, prometiendo. Pero ya no sabe hacer. 

Durante años, esta visión fue despachada como exageración ideológica, como distopía interesada. Hoy, sin necesidad de aceptar el objetivismo randiano ni su radicalismo moral, resulta cada vez más difícil no reconocer en la España contemporánea una inquietante acumulación de síntomas compatibles con aquel diagnóstico. No estamos ante una metáfora literaria. Estamos ante una realidad política. 

El colapso no llega: se administra 
España no se hunde de golpe.
España se deteriora por su mala gestión. 
No vivimos un apagón total, sino una sucesión de fallos “puntuales”. 
No asistimos a un colapso ferroviario absoluto, sino a accidentes “aislados”. 
No sufrimos una destrucción generalizada del territorio, sino DANAs “imprevisibles”. 
No vemos el abandono del campo, sino “transiciones inevitables”.
Este lenguaje no es inocente. Es la retórica del colapso administrado. 

Rand lo entendió con precisión quirúrgica: las sociedades no caen cuando fallan, sino cuando aprenden a justificar sus fallos. Cuando el error deja de tener responsables y pasa a ser explicado por el clima, por la historia, por Europa, por el mercado, por cualquiera menos por quien gobierna. 

Las infraestructuras como prueba moral del poder 

Una infraestructura que funciona es una acusación silenciosa contra la incompetencia. 
Una infraestructura que falla es una coartada política. 

En la España domeñada por el tirano socialista Pedro Sánchez, los últimos años han dejado una estela inquietante: 
  • accidentes ferroviarios vinculados a deficiencias estructurales conocidas, 
  • redes eléctricas incapaces de absorber picos previsibles, 
  • presas, cauces y sistemas hidráulicos abandonados durante décadas, 
  • incendios forestales convertidos en rutina estacional, 
  • obras públicas eternizadas entre sobrecostes y propaganda. 
Nada de esto es inevitable. 
Todo esto es (pésima) gestión política. 

Pero el régimen, desde la Monarquía imbécil de Felipe VI al Ejecutivo del PSOE, pasando por la oposición inútil del PP, ha optado por otra vía: normalizar el fallo, convertirlo en paisaje, disolverlo en una narrativa de inevitabilidad técnica y fatalismo climático. Exactamente el mecanismo que Rand denunció: cuando la política deja de aspirar a funcionar y se limita a explicar por qué no funciona, el colapso ya ha empezado. 

La guerra contra el mérito 

Uno de los aspectos más incómodos —y por eso más silenciados— del paralelismo con Ayn Rand es este: el desprestigio sistemático de la competencia. 

En su novela, los trenes no descarrilan por falta de ingenieros, sino porque los ingenieros han sido apartados. Porque la excelencia es sospechosa. Porque el mérito es sustituido por la lealtad. Porque el criterio técnico estorba al relato político. 

España no ha llegado a ese extremo caricaturesco, pero la tendencia es clara: 

politización de los nombramientos clave, 
subordinación del conocimiento experto a la consigna ideológica izquierdista, 
marginación del profesional incómodo, 
promoción del gestor ideologizado y obediente. 

La consecuencia no es ideológica. Es material. 

Las cosas dejan de funcionar. El ciudadano domesticado El verdadero colapso no es técnico. Es cultural.

Rand describió una sociedad que no se rebela ante el deterioro, sino que se adapta a él. Exactamente lo que hoy ocurre: 
  • trenes que no llegan → resignación, 
  • apagones → comprensión, 
  • inundaciones → solidaridad sin exigencia, 
  • incendios → ritual mediático y olvido. 
La protesta se sustituye por el aplauso a la “gestión de la emergencia”. 
La exigencia se disuelve en empatía. 
La responsabilidad política desaparece bajo capas de emoción, relato y victimismo institucional. 
Un poder que fracasa pero sigue siendo legitimado es un poder liberado de la obligación de hacerlo correctamente. 

España no está condenada. Pero sí advertida. 

Conviene ser precisos: España no es el mundo terminal de La rebelión de Atlas. Sigue siendo una democracia, aunque en una profunda y aterradora decadencia. Sigue teniendo un capital humano extraordinario. Sigue siendo corregible.
Precisamente por eso, el paralelismo es tan inquietante: todavía estamos a tiempo. Pero no lo estaremos siempre. Las sociedades no se derrumban cuando cometen errores, sino cuando pierden el reflejo de corregirlos. Cuando sustituyen la autocrítica por el relato, la gestión por la propaganda y la responsabilidad por la excusa estructural. 

La ficción que dejó de ser cómoda 

Ayn Rand escribió una novela extrema. España vive una realidad menos teatral, pero más persistente. 
Allí donde Rand imaginó apagones, aquí hay microapagones constantes. 
Donde ella describió trenes sin control, aquí hay redes degradadas. 
Donde ella denunció burócratas incompetentes, aquí hay gestores blindados por el discurso. 
No es una profecía. Es un aviso político. 
Porque cuando una sociedad acepta que sus infraestructuras fallen, acepta algo más grave: que el poder ya no está obligado a funcionar. 
Y ese es siempre el primer paso —no hacia el colapso espectacular — sino hacia una profunda decadencia administrada.