MANUAL
DEL ECOLOGISTA
COÑAZO
No me dirá que no le invade la indignación cuando ve cómo se maltrata a los pobres animales, que no tienen culpa de nada. ¿A que está usted preocupado por la suerte de la pava del Maresme (Pava pujolensis ferrusola), la oropéndola de marbella (Oriolus gunila gunilae) o la urraca de Sevilla (Pica pica alphonsus bellum)? ¿Verdad que sí? Claro, hombre, es que no hay derecho. Y todo esto pasa porque no hay conciencia ciudadana, por ignorancia, como si dijéramos. La obra que tiene en sus manos acaba con el problema y le proporciona los más completos datos sobre las especies en trance de extinción:
● El uyuyui (Testiculis inmensis amazoniae), cuyo nombre proviene del alegre grito que lanza al posarse sobre el suelo.
● El jijijí (Falco observatorius cachondis), ave rapaz denominada así por el simpático canto que emite al ver aterrizar sobre las piedras al uyuyui.
● Y muchos otros animalejos que, aunque incordiones, merecen nuestro amor Seguro que la lectura de esta obra cambiará su vida: a partir de hoy su conciencia sólo le permitirá usar desodorantes con bolita, que no contaminan. Y si no, al tiempo.
PROLOGO
El libro que tengo el honor de prologar es una gran obra del ecologismo. Su lectura me ha emocionado vivamente, en particular el capítulo «Especies en trance de extinción» de gran rigor científico. Se podría afirmar que el presente Manual del ecologista coñazo es una llamada al amor por la naturaleza de bellísimo sonido. Me extraña, como catedrático de Agujeros en la Capa de Ozono por la Universidad de Gotemburgo, que un profano en la materia, como el escritor español Alfonso Ussía, haya conseguido tanto con tan breve trabajo. El autor demuestra un espíritu valiente y aventurero que envidio. En el capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» he sentido el gozo del lector que vive el riesgo y la aventura. Un libro, en fin, apasionante y lúcido que he leído de un tirón a pesar de no entender ni una palabra de español.
Hans Vignudsson
Catedrático de Agujeros en la Capa de Ozono
por la Universidad de Gotemburgo
INTRODUCCION
Este Manual del ecologista coñazo, cuya introducción tengo el honor de escribir, es una obra estupenda, rebosante de rigor científico y rica en aventuras. El capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» me ha puesto, literalmente, los pelos de punta y la carne de gallina. También el titulado «Especies en trance de extinción» me ha interesado y preocupado. Es admirable que un profano como el escritor español Alfonso Ussía haya conseguido tanto con una obra tan amena y de fácil lectura. Sus conocimientos sobre el atuendo y equipaje que debe llevar todo ecologista coñazo que se precie me han impresionado en grado sumo. Le felicito y me felicito por tan apasionante trabajo, que espero leer algún día.
Piero Querubini
Sastre ecologista. Milán
PREAMBULO
Supone para mí un honor escribir el presente preámbulo que abre al lector la puerta de los conocimientos ecologistas. Es un trabajo correcto, eficaz, de gran amenidad, muy profundo y, en determinados momentos, hasta escalofriante. Todavía no me he repuesto de la lectura del capítulo «El oso pardo y el fruto de la zarzamora», si bien debo reconocer que no le anda a la zaga el titulado «Especies en trance de extinción». El Manual del ecologista coñazo, de Alfonso Ussía —parece mentira que un escritor profano en la temática ecologista haya llegado tan hondo con tanta facilidad —, se ha convertido en mi libro de cabecera. Estoy seguro de que cuando lo lea, se convertirá también en mi libro preferido. Mi más cordial enhorabuena al autor.
Rudolf de Coburgo-Hesse
Hollenzornen Ludwungring
Príncipe en busca de territorios
PREFACIO
Cuando contemplé con mis propios ojos el agujero en la capa de ozono me puse a temblar. Desde aquel momento sólo he leído libros de ecologistas, pero ninguno me ha tranquilizado. Por eso es para mí un honor escribir el prefacio de este Manual del ecologista coñazo, del insigne profesor español Alfonso Ussía, que con rigor científico, no reñido con un estilo ágil y ameno, nos conduce al fondo de la cuestión. Con independencia del grave problema del agujero de la capa de ozono, he de reconocer que me he sentido cautivado con la lectura de dos capítulos del libro, los titulados «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» y «Especies en trance de extinción». Es admirable lo que ha conseguido este hombre con tan pocas palabras. Estoy seguro del éxito del libro, por cuya publicación felicito al insigne profesor.
Marcus Holland Jr.
Presidente de la Compañía
de Avionetas de Alquiler
Holland Sr. & Holland Jr. Anchorage. USA
NOTA DEL AUTOR
Cuando me decidí al fin a publicar este Manual del ecologista coñazo, propuse al editor una relación de personajes ilustres a los que se les podría encargar la redacción del prólogo. Tras una profunda reflexión se eligieron cuatro cuyas características personales coincidían. Ninguno hablaba ni leía español, los cuatro estaban dispuestos a escribir un prólogo gratis e incluso no se mostraban disconformes con hacerlo sabiamente dirigidos. A los lectores quizá les haya sorprendido que los cuatro prologuistas, el catedrático sueco Vignudsson, el sastre italiano Querubini, el príncipe de CoburgoHesse —pretendiente a varios tronos tras el desmoronamiento del comunismo en los países del Este—, y el magnate de las avionetas charter, el americano Holland, se hayan sentido cautivados por los mismos capítulos, es decir, «El oso pardo y el fruto de la zarzamora» y «Especies en trance de extinción». La respuesta a esta extraña coincidencia tiene su explicación. Sólo se les hizo entrega de esos capítulos, excepto al italiano, que por ser sastre se le añadió en el paquete el referente al «Atuendo y equipaje del ecologista» que menciona en su «Introducción». Lo que comunico a los lectores para que ellos, con entera libertad, adopten las medidas pertinentes.
El autor
VERSOS PROHIBIDOS
LA DÉCADA PERVERSA
Versos prohibidos reúne una selección de los mejores poemas publicados por Alfonso Ussía en la revista Época en los últimos años. A través de estas páginas descubrimos a un gran escritor, que ha mantenido viva la tradición de nuestra poesía jocosa y satírica. Políticos, artistas, personajes de la jet y protagonistas de la vida pública española, nadie se libra del verso irónico y la estrofa mordaz. El humor sano y agudo de Alfonso Ussía, tan necesario en los tiempos que corren, convierte lo que toca en motivo de sonrisa y nos ayuda a quitar un poco de hierro a la actualidad de nuestro país.
Alfonso Ussía o el éxito
La poesía satírica de final de siglo en España, y especialmente la sátira política en verso, se llama Alfonso Ussía. La aparición de Alfonso Ussía en la vieja tradición española de la sátira política versificada se produce como un chaparrón refrescante tras un largo período de sequía. En el primer tercio del siglo XX, reinado de Alfonso XIII, Dictadura de Primo de Rivera, Dictablanda y Segunda República, todavía se editan revistas y periódicos satíricos, últimos vestigios de la enorme floración del periodismo festivo en el siglo diecinueve, «o por mejor decir, decimonono». En el siglo pasado, los periódicos humorísticos de crítica política no gozaban de larga vida.
Duraban casi tan poco como los presidentes de Gobierno, y ya se sabe que
los presidentes en Babilonia
entran y salen tan de repente,
que el que preside por la mañana
ya por la tarde no es presidente.
Aquí, Babilonia equivale a Celtiberia. No duraban mucho, pero en cambio nacían como hongos en el bosque tras las lluvias del estío. Nacía uno antes de que terminara de morir otro. En los furiosos años políticos de la preguerra, la derecha española, y especialmente la derecha católica, que ha sido siempre la más mordaz y cachonda de todas las derechas en la crítica política y social, se atrincheraba en Gracia y Justicia, el semanario de la Editorial Católica, donde le atribuían a don Manuel Azaña las más grandes verrugas de todas las caricaturas, muchísimo verruga, que diría Quevedo, y a don Niceto Alcalá-Zamora, que «fue tonto en Priego, en Alcalá y Zamora» (Rafael Alberti), le calzaba las botas más desmesuradas de la zapatería nacional, mucho más desmesuradas que las botas del Gato con Botas.
La izquierda en España siempre fue librepensadora, pero además, anticlerical e iconoclasta, cuando no incendiaria y matacuras. Los periódicos y los escritores satíricos de la izquierda apaleaban por principio y por sistema a curas, frailes, beatas y comulgantes, y a todos los de ese coro les echaba la izquierda las culpas de que la gente votara a Gil-Robles,
Gil no baila a la asturiana,
que baila a la vaticana
con sotana y con mandil.
¡Ay, qué bien que baila Gil!
Los dos famosos periódicos de la izquierda eran La Traca y Fray Lazo, que venían llenos de feroces curánganos, curas trabucaires, sotanosaurios y tragahóstibus y también de frailes rijosos, frailes de priapismo y satiriasis, o miramelindos y seráficos, amadamados y contemplativos, y de monjas de roponcio alzado y enagua suelta, y se ilustraban con figuras y escenas de procaces relieves de trascoro catedralicio. La verdad es que los frailes gozan entre los celtíberos de ilustre fama de buenos fornicadores y de entrar con buen arma y fieras ganas en batallas de amor, como demuestra esta queja de fraile desterrado en Inglaterra desempolvada por Cela para ponerla al frente de su Izas, rabizas y colipoterras:
… me veo morir agora de penuria
en esta desleal isla maldita,
pues más a punto estoy que Sant Hilario;
tanto, que no se iguala a mi luxuria
ni la de fray Alonso el carmelita
ni aquella de fray Trece el trinitario.
Cuando acabó el conflicto civil, la Ley del 38, que era una ley de guerra, acabó con la sátira política, lo mismo en verso que en prosa.
Bueno, aquella Ley acabó con la sátira política, con la crítica política y hasta con la información política si es que se pretendía independiente y plural. Los efectos devastadores de la Ley del 38 en los hábitos iberos del ejercicio de la sátira, y sobre todo, de la sátira política y contra políticos, se prolongaron hasta la llegada de la democracia y su inseparable libertad de prensa. Las revistas de humor durante los circunspectos «cuarenta años», La Ametralladora, La Codorniz inolvidable, Don José o Hermano Lobo ni siquiera intentaron alguna incursión en el campo de la sátira política, que, por otra parte, habría sido de imposible publicación y habría sucumbido bajo el lápiz rojo de la censura. Estuve muchos años en la creencia de que la publicación de La Codorniz había sido suspendida durante varias semanas por orden de la censura en castigo de haber insertado en el rinconcito de una página el siguiente Parte meteorológico: Reina en España un fresco general procedente de Galicia. Creía recordar igualmente que en el primer número de la revista aparecido tras la suspensión se incluía un breve poemilla:
Bombín es a bombón
como cojín es a equis,
y nos importa dos equis
que nos suspendan o no.
El gran Antonio Mingote me sacó de mi error, y me juró una noche en Jockey, ante una perdiz con uvas, que en La Codorniz jamás se había publicado aquel Parte meteorológico, y que eso debía de ser delicada invención de algún espíritu cachondo atribuida a La Codorniz con idéntica frivolidad con que se atribuyen chascarrillos a Quevedo desde hace tres siglos.
De aquellos años sólo he podido recoger muy pocas muestras, aisladas y por supuesto inéditas, de versos satíricos inspirados en hechos políticos, breves destellos en medio de la oscuridad reinante. Las he reproducido alguna vez, pero no me resisto a repetirlas. En aquellos años, los periódicos daban cuenta de los viajes del Caudillo por medio de una crónica única, dictada por el taquígrafo personal de Franco y crítico taurino José Lozano Sevilla, que debía ser publicada íntegra y sin tocar una coma en todos los diarios del país. En cierta ocasión, el cronista áulico afirmaba que al llegar el Caudillo al pueblo, las campanas «doblaron» en su honor. Un redactor del periódico Madrid llamó por teléfono al departamento de Censura del Ministerio de Información y Turismo e hizo ver el divertido error deslizado en la crónica. «Las campanas no doblan de gozo, sino que doblan a muerto. Resultaría fácil enmendar el yerro. Bastaba con escribir repicar por doblar», informó el redactor. Pues no, señor.
Esa crónica era intocable. Lozano Sevilla ya se había ido del ministerio, no se le encontraba en su casa, y ningún funcionario se atrevería a enmendarle la plana. En la redacción del Madrid el terminante recado de la censura lo recibió José Montero Alonso, dichosamente vivo hoy con noventa y tantos años despejados y laboriosos. Y en aquel instante, Monterito, que así le llamaban sus compañeros, improvisó uno de los escasos epigramas de la política de entonces:
El doblar, que es toque serio,
puede serlo de optimismo
si lo manda el Ministerio
de Información y Turismo.
Alcalde de Madrid lo fue dos veces el conde de Mayalde, de cuya fina amistad y provista mesa disfruté en alguna ocasión. Antes de ser alcalde de la Villa y Corte, Mayalde había sido embajador en Bonn. Estaba casado con la duquesa de Pastrana, nieta del famoso Romanones, y se cuenta que cuando Franco mandó a Mayalde de embajador a Bonn, comentó el malévolo conde: «Muy mal de colaboradores debe de verse Franco cuando tiene que mandar de embajador a Alemania a mi nieto Pepito.» Mayalde era propietario de una ganadería de toros que pasaban por bravos, y que traían fama de huir de las puyas como del demonio, de tal manera que si probaban una, ya no había medio humano de que tomaran la segunda. Mi viejo y querido amigo Matías Prats me contó un epigrama que alguien compuso cuando a Mayalde le nombraron por segunda vez alcalde de Madrid:
¿Mayalde otra vez alcalde?
Cosa rara entre las raras.
Será el único mayalde
que haya tomado dos varas.
Hacia los primeros años de la posguerra, nombraron gobernador civil de Tenerife a un hombre de carácter bronco y autoritario, destemplado y arbitrario, llamado Sergio Orbaneja y Sáenz de Heredia, primo de los Primo de Rivera, que ya había dejado mal recuerdo en mi tierra de Murcia, adonde también había llegado como gobernador civil, y que luego fue protagonista de algunas anécdotas de autoritarismo despótico desde la Jefatura Superior de Policía o la Dirección General de Seguridad, no recuerdo exactamente. Los chicharreros aguantaron poco tiempo la onerosa autoridad del gobernador, y peregrinaron a Madrid para rogarle al ministro de la Gobernación, a la sazón el ilustre jurista canario don Blas Pérez González, que les redimiera de la pena de soportar al personaje. El señor ministro se hizo cargo de la tribulación, les complació (Unamuno y D’Ors habrían escrito complugo), y prometió enviar en breve a Tenerife un nuevo gobernador civil, un tal Saldaña, que en aquellos momentos lo era de Guipúzcoa. Regresaron los tinerfeños de Madrid y de la visita al ministro satisfechos y esperanzados, y la noticia se extendió pronto por la isla. Se iba Orbaneja y venía Saldaña. Alguien cuyo nombre he conocido pero no recuerdo ahora saludó la buena nueva con el siguiente epigrama:
Dicen que se va Orbaneja
y que nos llega Saldaña.
Si es de la misma calaña,
que la Virgen nos proteja.
¡Viva Franco! ¡Arriba España!
Algún cachondeo acerca de Franco circulaba entonces por los corrillos y las tertulias, sobre todo algunos chistes referidos en su mayor parte a la manía de inaugurar pantanos (ojalá hubiera inaugurado algunos más) y al prurito de pescar atunes gigantes (la abundancia en esto no parece tan deseable). Pero yo no creo que se escribieran muchos versos satíricos contra Franco, o al menos yo no conozco ninguno, a no ser una décima que alguien puso en circulación oral y clandestina cuando al primer nieto varón se le impuso el nombre de Francisco y además se le invirtió el orden natural de los apellidos para que se llamara Francisco Franco. Dice así:
Por la alta bondad de Dios,
que en sus favores no es manco,
en vez de un Francisco Franco
nos encontramos con dos.
El uno del otro en pos
nos llegan por nuestro bien,
pero Dios nos libre, amén,
de que doblando la hazaña
salvada por uno España,
la salve el otro también.
¡Flaca y escasa cosecha esta para el corral satírico donde se divertían Quevedo, Lope, Góngora y los burlones del XIX! El siglo nos había traído, es verdad, un grande poeta satírico, Juan Pérez Creus, lengua y pluma tan celebradas como temidas en las tertulias literarias de la bohemia y la poetambre, en el Gijón y en el Varela, y un finísimo poeta, entre afrancesado y valleinclanesco, Manuel Fernández Sanz, más conocido como Manolito el Pollero, hombre de mantel refinadísimo y de paladar caliente, entendido en caldos, capaz de distinguir con los ojos vendados el rioja de una cosecha del de otra. Manolito el Pollero murió joven, estallante de sangre, de bromas y de versos. A Juan Pérez Creus le ha publicado ahora Camilo José Cela un libro quevedesco de sonetos satíricos, y a Fernández Sanz también le publicó Cela otro libro en Los papeles de Son Armadans titulado Silva, grillera y cigarral de Manolito el Pollero.
Con los dos poetas tuve ocasión de coincidir en alguna sesión de Las Alforjas para la Poesía que organizaba Conrado Blanco para que los poetas echaran versos en el teatro Lara después de la misa de doce y haciendo bolos por pueblos y ciudades. Manolo el Pollero recitaba mucho un poema muy breve que siempre levantaba las risas y el aplauso inmediato del público:
Al pasar junto a la charca
el niño me preguntaba:
—¿Qué son las ranas?
—Pues mira, niño, las ranas…
—¿Y por qué nadan?
—Pues mira, niño, las ranas…
—Y ¿por qué saltan?
—Pues mira, niño, las ranas…
—¿Y por qué cantan?
Y no tuve más remedio
que tirar el niño al agua.
Manolo escribía sus versos en las servilletas de papel o en el mármol de las mesas de los cafés, y allí los abandonaba, y luego teníamos que ir los amigos recogiéndolos, o copiándolos, o aprendiéndolos de memoria para que no se perdieran. Iba al café Varela un poeta exaltado y de vehemente inspiración, llamado don Rosendo Ruiz Bazaga, que afirmaba ante todo el que quisiera escucharle que en la poesía española de todos los tiempos el único poeta que le aventajaba a él en perfección de estilo era don Luis de Góngora. Manolito el Pollero escribió un día en la mesa del café:
Dicen que don Rosendo
es poeta. Es un infundio.
Don Rosendo
es gerundio.
Otro día se dejó escrito esto en el mármol de la mesa:
Este poeta tremendo
a Góngora le va en zaga.
¡Cojones con don Rosendo
Ruiz Bazaga!
En uno de los bolos que hacíamos por provincias, vinimos a dar un día en Salamanca a decir versos en honor de Fray Luis desde el famoso púlpito donde es fama que el fraile dejó caer aquello de «Decíamos ayer». Gobernaba entonces en Salamanca un gijonés llamado don Ulpiano González Medina, que presumía de antiunamuniano (¡en Salamanca, válgame Dios!), y así como Voltaire se declaraba enemigo personal de Cristo, él se declaraba enemigo personal de Unamuno, y se empeñó en censurar previamente los poemas que iban a leer los poetas en la ilustre Universidad. Naturalmente, todos pusieron el grito en el cielo, pues unos versos en honor de Fray Luis no iban a ser versos satánicos ni debían resultar sospechosos de panfletismo político, y Gerardo Diego, tan pacífico siempre, se lo tomó muy a pecho y estuvo a punto de capitanear un motín contra el gobernador. Juan Pérez Creus improvisó entonces sobre la marcha la siguiente cuarteta:
Se dice antiunamuniano,
que es como negar ser hombre.
Que le vayan dando a Ulpiano
por donde acaba su nombre.
Estos eran los únicos desahogos satíricos que la situación permitía. Y además, tanto Pérez Creus como Fernández Sanz son poetas de producción corta y apenas publicada, más conocidos de sus cofrades y contertulios que del gran público. Pérez Creus, ochentón y lleno de achaques, plepas y alifafes, ha escrito en estos últimos años versos de sátira política que han ido apareciendo en el semanario Época firmados con los seudónimos de Maese Pérez y El Diablo Cojuelo. Las «obras completas» de los poetas satíricos de los dos últimos tercios del siglo XX caben en un celemín Bien se puede comprender que en este desierto la aparición de Alfonso Ussía fuese recibida como el regalo de una fuente semejante a la del prado en que acaeció Gonzalo de Berceo, «en verano bien fría y en invierno caliente».
Buena parte de la poesía satírica de la segunda mitad del XIX la hizo mi pariente José Selgas, poeta, novelista, académico, pobre, católico, sentimental y conservador, que fundó, dirigió y escribió un semanario satírico con el nombre de El Padre Cobos. De Selgas me hablaba mi bisabuela Laura, doña Laura de Vicente y Selgas, con la que viví hasta su muerte, cuando yo tenía diecisiete años y ella noventa y dos. Mi bisabuela me recitaba de memoria poemas de su tío hasta dos o tres días antes de entregar el alma, pero sólo recitaba los poemas líricos, La modestia, La cuna vacía y todos los que componen La primavera y el estío, pero no me enseñaba los satíricos, quizá porque le parecieran desdeñables, y que sin embargo son los que más cerca están de los míos al través de los genes, como cerca está de Alfonso Ussía, por herencia dichosa, el virtuosismo de Muñoz Seca para el humor en verso, especialmente patente en La venganza de don Mendo, obra todavía inigualada dentro de su género. Y como yo considero a Alfonso Ussía mi sobrino literario, he aquí que la poesía de humor y la sátira política de los dos siglos, el XIX y el XX, es cosa de mi familia, de mi tío tatarabuelo José Selgas y Carrasco y de mi sobrino tataranieto Alfonso Ussía y Muñoz Seca.
Los poemas que aquí se compilan no sólo vapulean a personajes o hechos políticos, sino también a bambolleros sociales, pompones literarios o floripondios artísticos. En el retablo de la España de fin de siglo, Alfonso Ussía no ha dejado títere con cabeza, y al que le deja la cabeza le escachifolla el tocado.
Modere su peinado la Tocino
y ahuyente el artificio de las mechas…
Durante varios años ha venido publicando Alfonso Ussía en la revista Época, esta sátira en verso de la actualidad de cada semana, representada por un personaje o por un hecho. A la riqueza de argumentos corresponde la riqueza de la métrica. Ningún personaje relevante, notable o sonado de la vida española se escapa del ojeo implacable de Ussía, que le deja metido o clavado en un soneto de rara perfección. Aquí están, encarcelados en una hornacina de endecasílabos, desde Adolfo Suárez a Isabel Preysler,
¡Quién, Isabel, pudiera darte alcance
de almacén en «Sección de caballeros».
aun estando alcanzado de alcancía!,
y desde el tontaina de José Federico de Carvajal
Esbelto figurín edulcorado
que hace de presidente del Senado,
hasta Juan Barranco, que
Más que alcalde, parece dependiente
de almacén en «Sección de caballeros».
El soneto es guasa mayor y clásica, pero los argumentos de Ussía se desenvuelven no sólo en sonetos, sino también en sonetillos, coplas, romances, letrillas, cuartetas, redondillas, décimas y lo que se tercie. Ussía domina el muestrario de la preceptiva literaria, la medida de los versos, la rima, el pie quebrado y la musical combinación de las estrofas con una maestría difícil de igualar entre los plumíferos que cultivan hoy el verso humorístico, y aun por los que se tienen como grandes y buenos versificadores. Aquí tiene el lector una historia de la transición, de la democracia y del felipismo, completísima, personal, amena y descacharrante. Burla burlando, Ussía pone a caldo las corruptelas, las horteradas y las mentecateces que adornan nuestro tiempo, que son muchas y que abundan por estos páramos a manta de Dios. Y lo hace con tanta inteligencia, tanta sagacidad, tanta gracia y tanta desvergüenza literaria como yo no he visto, juntas, en ninguno de mis cofrades contemporáneos. Así de sencillo.
Decir que Alfonso Ussía es un raro e infrecuente ingenio de esta Corte, sería quedarse corto. Porque Ussía no es un ingenio, no es un solo ingenio, sino que es varios ingenios dentro de la misma cárcel corporal, escasa tripa y cuello estirado. El ingenio le sale por las orejas, que tal vez por eso tienen que adquirir un tamaño tan cumplido y superlativo. Es un sujeto versátil, de varia silva, de diversas voces, de pluma plural, y lleva dentro de sí casi tantos personajes como llevaba Sacha Guitry cuando dejó este mundo, que eran tan numerosos que aquel duelo se convirtió en una mortandad. Cada uno de esos personajes de Ussía es una prueba de ingenio, de talento y de algo que no me atrevería yo a aplicarlo a nadie que no fuese él: donaire. Alfonso Ussía o el donaire literario y decidme de otro.
Y Alfonso Ussía o el éxito. No siempre la calidad y la disciplina formal van acompañadas del éxito. Es más. Ante un público que en muy buena parte está compuesto por iletrados, lectores perfectamente fatigables cuando no por analfabetos, y que sufre con frecuencia de chabacanería, chocarrería y mal gusto, suelen alcanzar éxito las versificaciones mal medidas, peor rimadas y espolvoreadas de sal gruesa, las canciones de letra estúpida, opaca y plana, los escritos en prosa sin jugo, y que no han visto la gramática ni por el forro. Pero Alfonso Ussía, con buenas maneras literarias, un castellano vivo y lozano, disciplina formal y un desparpajo apabullante, logra el éxito en todo lo que hace, en sus artículos de actualidad, en sus libros (un libro de Alfonso Ussía vende más ejemplares que los ciento cincuenta novelistas oficiales de doña Carmen Romero juntos), en sus poemas satíricos, en sus loas y en sus vituperios, en la catarata de humor de sus personajes radiofónicos y en sus apariciones en la pantalla de televisión. Como diría don Emilio Castelar, que es un republicano soportable, el triunfo le acompaña, el éxito le precede.
Lo único de este libro que no entiendo demasiado bien es el título. ¿Se puede saber a cuento de qué viene eso de Versos prohibidos? Me temo que se ha despabilado la moda de darle a todo el carácter de prohibido. Carlos Luis Álvarez, Cándido, acaba de sacar sus Memorias prohibidas, que tampoco han sido prohibidas por nadie, que yo sepa. Y ahora Alfonso Ussía redunda en lo de «prohibido». Lo único que hay de prohibido en este libro y en estos versos es que no se hubieran podido publicar hace veinte años, pero bien es verdad que tampoco Ussía los hubiera podido escribir. Lo más probable es que tanto Cándido como Ussía quieran socorrerse con la atracción que ejerce lo prohibido sobre la gente, lo mismo un libro, una película, un manjar, un placer o una manzana. Eso es así desde la primera desobediencia de Adán. Más que por otra razón, la irresistible tentación de comerse la manzana fue porque Dios lo había prohibido. ¿Versos prohibidos? Pues, hala, a leerlos en seguida y sin pérdida de tiempo. Si es así, está bien. Y luego, el lector que diga lo que quiera sobre la prohibición. Pega, pero escucha. Ganas me dan de dar también a este prólogo el prestigio de lo prohibido y proclamarlo así desde el principio. Prólogo prohibido. A lo mejor, Ussía ha querido indicar que sus versos son prohibidos porque no han sido autorizados por sus protagonistas, como llaman los ingleses a las biografías complacientes con los biografiados. O sea, que alguno de los retratados aquí puede caer probablemente en la tentación de recordar con toda amabilidad al señor conde de los Gaitanes.
A Baroja le preguntaron una vez que qué le parecía Dostoievski, y don Pío, después de quedarse pensando un rato, dijo: «Dostoievski, joder qué tío.» Desde otras academias, le preguntó un periodista al egregio socialista murciano y primer presidente ágrafo de aquella Comunidad, Andrés Hernández Ros, qué pensaba de Carlos I y Felipe II, y el excelentísimo e ilustrísimo señor presidente respondió: «¿Carlos I y Felipe II? ¡La madre que los parió!» Con estos dos socorros, salgo yo también del compromiso de decir lo que me parece Alfonso Ussía: «¡Joder, qué tío! ¡La madre que lo parió!» O sea, ¡la hija de Muñoz Seca!, que por cierto es una señora inteligente, bondadosa y simpatiquísima.
JAIME CAMPMANY.

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