EL Rincón de Yanka: NEOLIBERALISMO

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lunes, 13 de julio de 2026

LIBROS "PANFLETOS LIBERALES I, III y IV": REFLEXIONES DE UN ECONOMISTA AUDAZ por CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN


PANFLETOS LIBERALES
REFLEXIONES DE UN ECONOMISTA AUDAZ


«No puede haber un motivo correcto para dañar a nuestro prójimo, no puede haber una incitación a hacer mal a otro que los seres humanos puedan asumir, excepto la justa indignación por el daño que otro nos haya hecho. El perturbar su felicidad sólo porque obstruye el camino hacia la nuestra, el quitarle lo que es realmente útil para él meramente porque puede ser tanto o más útil para nosotros, o dejarse dominar así a expensas de los demás por la preferencia natural que cada persona tiene por su propia felicidad antes que por la de otros, es algo que ningún espectador imparcial podrá admitir». Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales.
«Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón... ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón! ¡Cualquiera es un señor!». Cambalache 
Este libro incluye una editada selección de mis artículos periodísticos, editados y ordenados en una docena de capítulos distintos, pero con un denominador común: cómo ve el mundo, desde la prensa escrita, un liberal. No se trata, por tanto, de un recorrido periodístico sobre la actualidad, y el lector observará que no recojo aquí algunos importantes problemas y acontecimientos de nuestro pasado reciente. He agrupado mis artículos conforme a ingredientes o aspectos del debate ideológico que confío puedan tener un interés más permanente. Es verdad que dentro de cada capítulo suelo seguir un orden cronológico de publicación, pero a veces no lo hago, igual que otras veces he enmendado lo publicado, por ejemplo, para clarificar o centrar los problemas, o evitar reiteraciones. Agradezco los comentarios de amigos como Rafael Termes, Jesús Huerta de Soto, Clara Eugenia Núñez, Gabriel Tortella, Blanca Sánchez Alonso, Leandro Prados de la Escosura, y otros muchos lectores a quienes no conozco, pero que también se comunicaron conmigo para amablemente apoyar o no mis puntos de vista y corregir mis errores. Sólo tengo palabras también de gratitud para los medios que aceptaron publicar mis artículos, en especial ABC y Expansión.

Madrid, marzo de 2005

Entrevista a Carlos Rodríguez Braun, autor de 'Panfletos Liberales III' -19 junio 2013-

jueves, 12 de marzo de 2026

LIBRO "101 ARGUMENTOS CONTRA LA IZQUIERDA" por MARCELO DUCLOS

101 
ARGUMENTOS 
CONTRA LA 
IZQUIERDA

MARCELO DUCLOS

El debate político nunca ha sido tan dinámico como lo es en la actualidad. Parte de este fenómeno tiene que ver con las posibilidades de mayor participación del público; lectores o espectadores, antes pasivos, que son ahora más protagonistas que nunca. La contracara de esto —que es, en sí mismo, algo muy positivo— es que el mundo de las noticias y del debate de ideas puede resultar caótico, demasiado caudaloso y con sobreabundancia de información difícil de jerarquizar; un mundo en el que, a veces, las discusiones se disfrazan de intercambios virulentos de eslóganes y falacias que no conducen a ningún lado.
En este libro, Marcelo Duclos selecciona 101 de sus artículos con el criterio señalado desde su título: dar argumentos para la batalla cultural, sencillos, de lectura ágil pero no por eso menos sustanciosos. En ellos nos encontraremos con un desarrollo analítico profundo de conceptos clave, que contribuirán al sano debate, no solo para el liberalismo y quienes lo suscriben, sino para toda persona interesada en la discusión seria y bienintencionada; porque, cuando se tienen los argumentos, ni los gritos ni las chicanas alcanzan para acallar las ideas.
La invitación a leer estas páginas es un llamado a repensar el mundo que nos rodea y a entender de qué manera, mediante el cambio de paradigma que propone el pensamiento libertario, desde una mirada basada en la ética y el respeto más acérrimo a todos los individuos, se puede aspirar a salir de la destrucción a la que nos llevaron, en Argentina y en el mundo, las ideas colectivistas.

Bienvenidos a su lectura.

PRÓLOGO

Marcelo Duelos escribió La revolución que no vieron venir, junto a Nicolás Márquez, libro que fue traducido al polaco, al inglés, al portugués, al japonés y al hebreo, y del que-a más de un año de su publicación- siguen hablando en todos los medios. En él, hace una síntesis precisa de las ideas de la libertad, contribuyendo a explicar la hoja de ruta del gobierno para cuyo ejercicio los argentinos me han contratado como presidente.
Sin embargo, no fue este su inicio como escritor. Es periodista en un medio que no recibe ni recibió nunca pauta del Estado y escribe desde hace más de una década, ofreciendo artículos de coyuntura tanto como de análisis, difundiendo el ideario de la libertad. Digamos que hace llorar a los zurdos al mismo tiempo que ofrece herramientas conceptuales a los argentinos de bien que, día a día, cada uno desde su lugar, luchan la batalla cultural.

Esta nueva publicación es una selección de columnas a través de las cuales el autor busca contrarrestar al periodismo ensobrado del mainstream. Lo hace con armas humildes, propias de un medio pequeño que no cuenta con los recursos ni el financiamiento de los poderosos, pero donde se encuentran principios y contenidos que los medios pauteros, por más grandes que sean, no tienen. Las redes sociales, libres, equiparan el debate y cada persona elige libremente lo que leer. Aunque digan que el capitalismo beneficia a los más grandes, la evidencia empírica confirma otra cosa: que beneficia a los mejo­res, sean grandes, medianos o pequeños.
Enfocado en escenarios clave de esta batalla cultural-economía, filosofía, educación, cuestiones de género, cultura, arte y espectáculos, entre otros temas-va analizando hechos y personajes a fin de echar luces sobre asuntos de los que no se habla en los grandes medios, desmitificando tanto a las si­tuaciones como a sus protagonistas.

El proceso político que se vive en Argentina y que está empezando a contagiarse a muchos países del mundo necesita de este tipo de lecturas. Se necesita conocer los conceptos que van apareciendo en este libro. Se necesita el compromiso de todos para que pequeños medios, incluso streams y redes sociales, puedan pararse frente a las mentiras de los grandes, que hasta hace poco monopolizaban la comunicación. Se necesita de argumentos sólidos, que puedan soportar las embestidas de las falacias y de la construcción de relatos mentirosos, que son los últimos manotazos de ahogado de los zurdos empobrecedores, que buscan perpetuarse, criminalmente, a costa del sufri­miento de quienes con su trabajo sostienen a la casta.

El autor expone en sus columnas los principales conceptos de la Escuela Austríaca de Economía, en la cual está formado. Esta tradición había sido, hasta hoy, la gran ausente de los planes de estudio y de cualquier mención en medios de comunicación masiva. Las ideas de la libertad -a las que me dediqué durante años como conferencista y visitando cuanto programa en los medios podía para darles visibilidad- necesitan de más defensores. Los argentinos me pusieron en el lugar que hoy ocupo porque prefirieron como presidente a alguien que les decía una verdad incómoda antes que una men­tira confortable. El camino comenzó con dificultades. Nos habían dejado una bomba a punto de estallar. Pero estamos saliendo del infierno porque estamos del lado correcto de las ideas. Ideas que se expresan a través de los artículos que reúne este libro, que se suma a las voces que dan la batalla cul­tural, junto con la mía. Son artículos que ofrecen argumentos, que inspiran, que abren preguntas que incomodan y piden a gritos respuestas.

El lector encontrará en estas páginas una invitación a pensar y a defender las bases que definió muy bien nuestro prócer, Alberto Benegas Lynch (h), que siempre repito y seguiré repitiendo porque son nuestro faro: 
«El libera­lismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo y la cooperación social». 

Léanlo sabiendo que cada uno de ustedes es tan protagonista de la batalla cultural como el propio autor, o como yo mismo, que no soy más que un empleado de ustedes.

¡Viva la libertad, carajo!
Javier Milei
Buenos Aires, junio de 2025


"LA MENTIRA PUEDE MANTENER LA PAZ...
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD". 
DOSTOIEVSKI

PALABRAS PRELIMINARES

Luego de un primer libro de bibliografía extensa y marco teórico nutrido -la segunda parte de Milei: La revolución que no vieron venir, cuyo primer bloque escribió Nicolás Márquez-, quise continuar la aventura literaria li­beral con un texto un poco más ligero, liviano en la forma, pero no en el contenido: con la fundamentación y el análisis que la materia requiere, por supuesto, pero más accesible (característica valorada -a veces en exceso­ en los tiempos que corren, tan condicionados por la inmediatez que impera en las redes sociales de las que todos participamos).
Debo reconocer que siempre fui reacio a las compilaciones y antologías. Probablemente porque, como lector, he notado muchas veces que, con la excusa de publicar una obra, se amontonan escritos sin un sentido que los amalgame de modo consistente.
Creo que este no es el caso. Con más de ocho mil artículos publicados en más de una década como periodista, este es el breve puñado que considero que merece ser rescatado del mar de notas de coyuntura política, que se leen en el día o la semana y luego pierden trascendencia. ¿Por qué? Porque los temas que se abordan aquí son conceptuales, históricos y analíticos; apun­tan a cuestiones de fondo y resultan útiles para dar la batalla cultural contra el estatismo.

En medio de esta batalla, agradezco infinitamente la generosidad del pre­sidente, que se tomó el tiempo de sumar su voz a través del prólogo de esta edición. En este sentido, dada la mala intención que caracteriza a la crí­tica opositora, vale aclarar que las opiniones que se leerán a partir de aquí me pertenecen y no todas tienen, necesariamente, que ser compartidas por ambos. No me llamaría la atención que busquen imputarle mis palabras como si fueran suyas. Si bien coincidimos en lo central, ciertos temas nos encuentran en disonancia, una disonancia que bien entendida enriquece el debate de ideas, filosófico, conceptual. Si uno presta atención a los detalles, puede encontrar diferencias con algunas posiciones del mandatario, y muchas más con algunas políticas públicas de su gobierno -que, más allá de purismos ideológicos, se desarrolla en un marco de restricciones propio de las prerrogativas del Poder Ejecutivo-, un gobierno al que apoyo de manera abierta y rotunda, ya que las coincidencias superan ampliamente las diferen­cias.

Hecha esta aclaración, solo me resta contarles que repasar los miles de ar­tículos publicados en diversos portales fue un trabajo agotador. Sin embargo, cada vez que encontraba alguno de los que podrán leer en este libro, la tarea cobraba sentido. Ninguno forma parte de esta obra por azar. Estoy conven­cido de que cada uno de ellos, desde su lectura rápida y sencilla, aporta algo valioso a la batalla cultural.

Los textos que habitan las siguientes páginas están separados en bloques temáticos y ordenados cronológicamente, de modo tal que resulte evidente el contexto en el que fue escrito cada uno. Aun así, pueden ser leídos en el orden que cada lector prefiera, ya que son columnas independientes entre sí. Incluso puede optarse por abordar algunas y dejar de lado aquellas que se consideren menos relevantes.
Cada palabra de este libro está enmarcada en la tradición liberal. Por eso, su publicación tiene una finalidad humilde, pero encierra, al mismo tiempo, una aspiración un poco más ambiciosa: que los tópicos tratados despierten el interés del lector, que abran puertas para profundizar el estudio de estos asuntos y que brinden argumentos sencillos para tener a mano en la discu­sión política.
Con esas ideas en el horizonte, está dedicado a la nueva generación liberta­ria. 
A los jóvenes - que ya son muchos más que nosotros, los que peinamos canas-, para que muy pronto superen a sus antecesores.

Los argumentos están de este lado de la biblioteca y de la historia. Si de­dicamos algo de tiempo al estudio y a la reflexión, el enemigo colectivista y estatista no tendrá chances en la batalla cultural.
Para que esta lucha continúe desarrollándose de forma exclusiva en el ámbito conceptual del debate público civilizado -garantizando nuestra li­bertad física, nuestra integridad, nuestra propiedad y nuestros derechos individuales-, los argumentos tienen que ser sistemáticos, permanentes, aplastantes y abrumadores.

Vamos por eso.

La realidad, la verdad, la lógica, 
las falacias y los datos

Una cosa es que una proposición sea falsa o verdadera, otra es que su razonamiento sea lógica o ilógico


Comencemos con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David Hackett Fisher quien se refiere a 114 falacias. Aquí nos referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.

Primero, la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad. 
Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo, que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque pertenece a tal o cual religión. 
Tercero, la falacia de generalización que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.

Cuarto, la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo país o grupo partidario. 
Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas que apoyan la idea del opinante. 
Sexta, la falacia de autoridad que es la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo dicen. 
Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por quedar huérfano.

Octava, la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el hecho de no poder constatar su veracidad. 
Novena, la falacia de causa falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho que un acontecimiento precede a otro. 
Y por último en nuestro inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la premisa.

Respecto al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato. Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.

¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.

Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado «The Facts in Social Sciences» donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.

Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos. Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible».

Por último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que, paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro, situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la afirmación del no-realismo).

Por otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace tiempo.

Por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos, propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

Cuando se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna investigación científica puesto que no habría nada que investigar.

Paul Watzlawick en su libro titulado «¿Es real la realidad?» concluye que “la tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta, sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.

Nos parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.

Lo dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.

Pero esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante para que imponga su visión.

Para poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o totales permiten el avance en el conocimiento.

La duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda, no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos capaces de distinguirlo de la verdad.

El realismo -también crítico- profesa la existencia del mundo exterior al sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de procesos complejos.

Nicholas Rescher en su obra «Objetivity» escribe que “La independencia ontológica de las cosas -su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la mente- constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto, nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de captar fragmentos de lo que existe.

Entonces y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente, pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.

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miércoles, 21 de enero de 2026

DES-CHAVITIZAR (DES-SOCIALIZAR) VENEZUELA: LIBROS "LA DESNAZIFICACIÓN" y "LAS CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA PAZ" y "LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS" y "NAZI-COMUNISMO"

LA DESNAZIFICACIÓN 
¿Cómo afrontar el pasado nazi tras la caída del Tercer Reich? 
Alemania 1945-1949: una historia de purgas, olvidos y ocultamientos



“No hay verdad que, al pasar por la atención, no mienta"  (Jacques Lacan)


HAY QUE CREAR EL MUSEO 
DEL HORROR CASTROCHAVISTA 
PARA LA MEMORIA COLECTIVA

Al principio, la alianza antihitleriana exigía la verdad. Pero, ¿de qué tipo de verdad se trataba? ¿Cómo podían millones de alemanes que habían pertenecido al partido nazi o a una de sus organizaciones de masas, tras lacatástrofe alemana, decir toda la verdad y nada más que la verdad?

La referencia a Jacques Lacan al inicio del prólogo puede resultar sorprendente, incluso chocante. Por favor, no malinterpreten mis intenciones. No pretendo en absoluto hacer una lectura psicoanalítica de la sociedad alemana post-nazi a través de esta investigación sobre la desnazificación. La ambición de este libro es seguir los pasos de las experiencias de desnazificación y los millones de historias del Tercer Reich que produjeron.

Por otra parte, poner este libro bajo el patrocinio intelectual de Lacan es recordar lo que une la historia y el psicoanálisis, a saber, la atención común prestada a las verdades (co)producidas por individuos ordinarios situados en configuraciones sociopolíticas específicas en un momento dado. ¿Cómo intentaron millones de alemanes enfrentados a la desnazificación, a través de sus representaciones, estrategias retóricas y reconstrucciones necesariamente subjetivas del pasado, dar sentido a sus vidas después de 1945? ¿Cómo construyeron una identidad posnazi en una Alemania dividida en cuatro zonas de ocupación?

Decir la verdad en una comparecencia ante los miembros de una comisión de depuración, tras haber respondido por lo general a un cuestionario y recogido los certificados de buena conducta elaborados por su entorno, era una forma de intentar justificar su compromiso con el Partido Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP) o con alguna de sus organizaciones satélites, y de poner de relieve las restricciones, a veces fuertes, que podían haber limitado sus opciones personales en la época de la dictadura.

Contar la verdad significaba compartir su experiencia personal de doce años de nacionalsocialismo directa o indirectamente con oficiales militares occidentales o soviéticos, y con alemanes de las fuerzas “democráticas” o “antifascistas” que formaban parte de los comités de depuración. Contar la historia de su vida bajo el Tercer Reich era un paso necesario para pasar página lo antes posible y seguir adelante, entre el olvido selectivo y el trabajo cultural sobre el pasado.

Dicho de otro modo, la verdad sobre las experiencias de la desnazificación, tal como se conserva hoy en cientos de miles de archivos, es fundamentalmente incompleta, sesgada o engañosa. El pasado de los años 1933-1945, e incluso el de un compromiso con el NSDAP anterior al 1 de mayo de 1933, ha sido modificado, corregido u omitido en función de los intereses del presente, a saber, el de escapar a las consecuencias de una lógica de purga considerada inicua y discriminatoria.

Estos millones de alemanes de a pie no podían simplemente deshacer su pasado nazi. Era una parte permanente de sus vidas. El régimen nacionalsocialista les había dado marcos para pensar y representar el mundo y, por tanto, formas de (sobre)vivir. A través de la ley y la violencia callejera de las SA, había trazado las fronteras racistas y excluyentes de la “comunidad popular”, que ellos habían aceptado o al menos tolerado. A veces les había ofrecido oportunidades de ascenso social, pero también les había aterrorizado y, en última instancia, les había conducido a la catástrofe moral y material de la guerra total y el exterminio de los judíos de Europa. Los alemanes seguían arrastrando ese pasado.

Después de 1945, lo llevaban consigo, no necesariamente como una carga o un estigma, sino ante todo como una experiencia histórica compleja que les resultaba difícil reducir a conceptos como culpa o responsabilidad. En la práctica, por tanto, fueron capaces de cambiar su significado durante la delicada y difícil fase de purga. Los hechos históricos más objetivos, tanto los más insignificantes como los más criminales, que pueden reconstruirse hoy leyendo los expedientes personales de la desnazificación, son siempre, hasta cierto punto, maleables. Siempre que pudieron, a menudo inicialmente por miedo a ser detenidos e internados o para eludir una prohibición de trabajo, millones de alemanes arreglaron, falsificaron o relativizaron elementos de sus biografías al tiempo que daban sus interpretaciones de la historia inmediata del nazismo. Estas reconstrucciones fueron examinadas y certificadas con mayor o menor exactitud por las comisiones de desnazificación.
(…)
Lo que Lacan nos dice sobre la verdad puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurrió entre el verano de 1945 y el final oficial de la ocupación en 1949, tanto en la esfera privada como en la pública. En la Alemania del “Año Cero”, a pesar de los sonados Juicios de Nuremberg que comenzaron el 20 de noviembre de 1945, la verdad de los hechos sólo se podía, en el mejor de los casos, “decir a medias”, porque para funcionar, la sociedad post-nazi necesitaba más que nunca una buena dosis de secretismo, por utilizar la expresión del sociólogo alemán Georg Simmel. La imposibilidad de decir nada, de admitir nada, de confesar nada, era moralmente reprobable pero socialmente necesaria, aunque sólo fuera a nivel familiar.
(…)
¿Hasta qué punto la desnazificación fue un gran momento colectivo de “relato a medias”? Más allá del caso singular de la Alemania postnazi, esta investigación pretende también aportar elementos históricos sobre la relación entre verdad y secreto en nuestras sociedades contemporáneas, enfrentadas a la exigencia de transparencia, la competencia de las memorias traumáticas, el desafío de las fake news y el régimen mediático-político de la posverdad.

Tal perspectiva, que vincula el pasado y el presente, hace plenamente pertinente un objeto histórico que todavía hoy se entiende esencialmente como un lugar negativo de la memoria, marcado por el sello del fracaso. No se trata de extraer lecciones de la Historia, sino de afinar las representaciones que podamos tener de este periodo.

Interesarse por las experiencias de la desnazificación significa, por tanto, preguntarse cómo la Alemania postnazi fue capaz de construir verdades de facto que contradecían las verdades de la razón, y cómo se creó un consenso en torno a este proceso”.

© Presses Universitaires de France – Humensis / Emmanuel Droit


Los principios de la propaganda formulados por Joseph Goebbels no son reliquias del pasado, sino herramientas de poder que siguen operando, con nuevos formatos, en la política, los medios y las redes sociales.
Analizarlos desde una perspectiva histórica y conceptual permite desarmar los mecanismos mediante los cuales se construye el consenso, se simplifica la realidad y se orientan emociones colectivas.


LAS CONSECUENCIAS 
ECONÓMICAS DE LA PAZ


"Las consecuencias económicas de la paz" (1919) fue escrito por John Maynard Keynes. Keynes asistió a la Conferencia de Versalles como delegado del Tesoro británico y abogó por una paz mucho más generosa. Fue un éxito de ventas en todo el mundo y contribuyó a establecer la opinión generalizada de que el Tratado de Versalles era una "paz cartaginesa". Ayudó a consolidar la opinión pública estadounidense contra el tratado y la participación en la Sociedad de Naciones. La percepción de gran parte de la opinión pública británica de que Alemania había sido tratada injustamente fue también un factor crucial para el apoyo público al apaciguamiento. El éxito del libro consolidó la reputación de Keynes como economista de referencia, especialmente en la izquierda. Cuando Keynes fue uno de los protagonistas de la creación del sistema de Bretton Woods en 1944, recordó las lecciones de Versalles y de la Gran Depresión. El Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial fue un sistema similar al propuesto por Keynes en Las consecuencias económicas de la paz.

INTRODUCCIÓN 

La facultad de adaptación es característica de la Humanidad. Pocos son los que se hacen cargo de la condición desusada, inestable, complicada, falta de unidad y transitoria de la organización económica en que ha vivido la Europa occidental durante el último medio siglo. Tomamos por naturales, permanentes y de inexcusable subordinación algunos de nuestros últimos adelantos más particulares y circunstanciales, y, según ellos, trazamos nuestros planes. Sobre esta cimentación falsa y movediza proyectamos la mejora social; levantamos nuestras plataformas políticas; perseguimos nuestras animosidades y nuestras ambiciones personales, y nos sentimos con medios suficientes para atizar, en vez de calmar, el conflicto civil en la familia europea. Movido por ilusión insana y egoísmo sin aprensión, el pueblo alemán subvirtió los cimientos sobre los que todos vivíamos y edificábamos. Pero los voceros de los pueblos francés e inglés han corrido el riesgo de completar la ruina que Alemania inició, por una paz que, si se lleva a efecto, destrozará para lo sucesivo —pudiendo haberla restaurado— la delicada y complicada organización —ya alterada y rota por la guerra—, única mediante la cual podrían los pueblos europeos servir su destino y vivir. 

El aspecto externo de la vida en Inglaterra no nos deja ver todavía ni apreciar en lo más mínimo que ha terminado una época. Nos afanamos para reanudar los hilos de nuestra vida donde los dejamos; con la única diferencia de que algunos de nosotros parecen bastante más ricos que eran antes. Si antes de la guerra gastábamos millones, ahora hemos aprendido que podemos gastar, sin detrimento aparente, cientos de millones; evidentemente, no habíamos explotado hasta lo último las posibilidades de nuestra vida económica. Aspiramos, desde luego, no sólo a volver a disfrutar del bienestar de 1914, sino a su mayor ampliación e intensificación. Así, trazan sus planes de modo semejante todas las clases: el rico, para gastar más y ahorrar menos, y el pobre, para gastar más y trabajar menos. 

Pero acaso tan sólo en Inglaterra (y en América) es posible ser tan inconsciente. En la Europa continental, la tierra se levanta, pero nadie está atento a sus ruidos. El problema no es de extravagancias o de «turbulencias del trabajo»; es una cuestión de vida o muerte, de agotamiento o de existencia: se trata de las pavorosas convulsiones de una civilización agonizante. 

Para el que estaba pasando en París la mayor parte de los seis meses que sucedieron al Armisticio, una visita ocasional a Londres constituía una extraña experiencia. Inglaterra sigue siempre fuera de Europa. Los quejidos apagados de Europa no llegan a ella. Europa es cosa aparte. Inglaterra no es carne de su carne, ni cuerpo de su cuerpo. Pero Europa forma un todo sólido. Francia, Alemania, Italia, Austria y Holanda, Rusia y Rumanía y Polonia palpitan a una, y su estructura y su civilización son, en esencia, una. Florecieron juntas, se han conmovido juntas en una guerra, en la que nosotros, a pesar de nuestro tributo y nuestros sacrificios enormes (como América en menor grado), quedamos económicamente aparte. Ellas pueden hundirse juntas. De esto arranca la significación destructora de la Paz de París. Si la guerra civil europea ha de acabar en que Francia e Italia abusen de su poder, momentáneamente victorioso, para destruir a Alemania y Austria-Hungría, ahora postradas, provocarán su propia destrucción; tan profunda e inextricable es la compenetración con sus víctimas por los más ocultos lazos psíquicos y económicos. 

El inglés que tomó parte en la Conferencia de París y fue durante aquellos meses miembro del Consejo Supremo Económico de las Potencias Aliadas, obligadamente tenía que convertirse (experimento nuevo para él) en un europeo, en sus inquietudes y en su visión. Allí, en el centro nervioso del sistema europeo, tenían que desaparecer, en gran parte, sus preocupaciones británicas, y debía verse acosado por otros y más terroríficos espectros. París era una pesadilla, y todo allí era algo morboso. Se cernía sobre la escena la sensación de una catástrofe inminente: insignificancia y pequeñez del hombre ante los grandes acontecimientos que afrontaba; sentido confuso e irrealidad de las decisiones; ligereza, ceguera, insolencia, gritos confusos de fuera —allí se daban todos los elementos de la antigua tragedia—. Sentado en medio de la teatral decoración de los salones oficiales franceses, se maravillaba uno pensando si los extraordinarios rostros de Wilson y Clemenceau, con su tez inalterable y sus rasgos inmutables, eran realmente caras y no máscaras tragicómicas de algún extraño drama o de una exhibición de muñecos. 

Toda la actuación de París tenía el aire de algo de extraordinaria importancia y de insignificante a la par. Las decisiones parecían preñadas de consecuencias para el porvenir de la sociedad humana, y, no obstante, murmuraba el viento que las palabras no se hacían carne, que eran fútiles, insignificantes, de ningún efecto, disociadas de los acontecimientos; y sentía uno, con el mayor rigor, aquella impresión descrita por Tolstoi en Guerra y Paz, o por Hardy en Los Dinastas, de los acontecimientos marchando hacia un término fatal, extraño e indiferente a las cavilaciones de los estadistas en Consejo: 

El Espíritu de los Tiempos Observa 
que toda visión amplia y dominio de sí mismas 
Han desertado de estas multitudes, ahora dadas a los demonios 
Por el Abandono Inmanente. 
Nada queda Más que venganza aquí, entre los fuertes, 
Y allí, entre los débiles, rabia impotente. 

El Espíritu de la Piedad 
¿Por qué impulsa la Voluntad una acción tan insensata? 

El Espíritu de los Tiempos 
Te he dicho que trabaja inconscientemente, 
Como un poseído, no juzgando.

En París, los que estaban en relación con el Consejo Supremo Económico recibían casi cada hora informes de la miseria, del desorden y de la ruina de la organización de toda la Europa central y oriental, aliada y enemiga, al mismo tiempo que conocían, de labios de los representantes financieros de Alemania y de Austria, las pruebas incontestables del terrible agotamiento de sus países. La visita ocasional a la sala caliente y seca de la residencia del presidente, donde los Cuatro cumplían su misión en intriga árida y vacía, no hacía más que aumentar la sensación de la pesadilla. No obstante, allí, en París, los problemas de Europa se ofrecían terribles y clamorosos, y era de un efecto desconcertante volver la vista hacia la inmensa incomprensión de Londres. Para Londres, estos asuntos eran cuestiones muy lejanas, y allí sólo preocupaban nuestros propios problemas más insignificantes. Londres creía que París estaba causando una gran confusión en sus asuntos; pero continuaba indiferente. Con este espíritu, recibió el pueblo británico el Tratado, sin leerlo. Pero este libro no se ha escrito bajo la influencia de Londres, sino bajo la influencia de París, por alguien que, aun siendo inglés, se siente también europeo, y que por razón de una reciente experiencia, demasiado viva, no puede desinteresarse del ulterior desarrollo del gran drama histórico de estos días que ha de destruir grandes instituciones, pero que también puede crear un nuevo mundo.

LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS

ECONOMISTAS, DICTADORES
Y LOS DERECHOS OLVIDADOS DE LOS POBRES

WILLIAM EASTERLY

En "La tiranía de los expertos", el reconocido economista William Easterly revela nuestros fallidos esfuerzos para combatir la pobreza global. El enfoque verticalista del desarrollo, aprobado por expertos, no solo ha logrado escasos avances duraderos, sino que ha demostrado ser una justificación conveniente para generaciones de violaciones de derechos humanos perpetradas por colonialistas, dictadores poscoloniales y responsables de la política exterior estadounidense. 
Easterly presenta una crítica devastadora del deplorable historial de desarrollo autoritario, demostrando cómo las tácticas tradicionales contra la pobreza han pisoteado la libertad de los pobres del mundo y suprimido un debate vital sobre enfoques alternativos para resolver la pobreza global. Si bien las agencias de ayuda, como el Banco Mundial y la Fundación Gates, aún se consideran bienintencionadas y eficaces, se basan en la creencia errónea de que los tecnócratas sabios de Occidente serán los salvadores de las víctimas indefensas del resto del mundo. Con demasiada frecuencia apoyan a dictadores, con la esperanza de que el desarrollo económico conduzca naturalmente a la democracia.
En esta edición revisada, Easterly presenta nuevas investigaciones que actualizan sus magistrales críticas para el presente. Revela los errores fundamentales inherentes al tan celebrado enfoque vertical y ofrece un nuevo modelo tanto para las agencias de ayuda occidentales como para los países en desarrollo: un modelo que, al basarse en el respeto a los derechos de las personas pobres, tiene el poder de erradicar la pobreza mundial de una vez por todas.


NAZI-COMUNISMO
POR QUÉ MARXISTAS, LENINISTAS 
Y NAZI FASCISTAS SON GEMELOS IDEOLÓGICOS

El comunismo y el nazismo suelen entenderse como ideologías que se ubican en las antípodas, pero ¿están realmente tan lejos? En este provocador ensayo, Axel Kaiser desmonta uno de los grandes mitos del siglo XX a través de un análisis riguroso y apoyado en fuentes históricas, filosóficas y económicas.

Con su ya clásico estilo claro y directo, Kaiser demuestra que ambas ideologías comparten raíces ideológicas similares y una esencia destructiva y totalitaria común, como también denuncia la doble moral que condena con razón los crímenes del nazismo, pero silencia o minimiza los horrores del comunismo. Con numerosas referencias a Hitler, Goebbels, Rosenberg, Lenin, Marx y Engels, entre otros, el autor desnuda al marxismo-leninismo como el gemelo ideológico anticapitalista, antindividualista, antiracionalista, anticristiano y antihumanista del nacional socialismo, alertando al mismo tiempo sobre la amenaza que implican las teorías colectivistas para la subsistencia de la libertad y la civilización.
Axel Kaiser es uno de los ensayistas liberales más influyentes del mundo hispano. Es autor de numerosos libros y artículos académicos sobre política, economía y cultura. Su obra se caracteriza por la defensa del pensamiento crítico y la libertad individual.

Introducción

Karl Marx es, por lejos, el intelectual más citado en el mundo académico, al punto de que solo su obra acumula una cantidad de citas similar a la de los trabajos de Friedrich Hayek, John Maynard Keynes y Milton Friedman juntos1. Su célebre pasquín junto a Engels, El manifiesto comunista, se entrega en cerca de cuatro mil programas universitarios en Estados Unidos, aunque casi todos son en humanidades2. De este modo, la influencia de Marx sobre nuestra cultura sigue siendo gigantesca y más aún si consideramos que todo el movimiento progresista woke deriva fundamentalmente de intelectuales neomarxistas como Michel Foucault y Jacques Derrida. No es una exageración afirmar que el marxismo, especialmente en la versión llamada “posmodernismo” está hoy contribuyendo decisivamente a destruir Occidente3. Mientras eso ocurre, la popularidad del socialismo en Estados Unidos experimenta un auge inédito, al punto de que un 36 % de los adultos declara tener una imagen positiva de esa ideología, cifra que sube a 57 % entre demócratas según encuestas de 2022 de Pew Research4. Cuando se distingue por edades, un 44 % de los jóvenes entre dieciocho y veintinueve años declara tener una buena imagen del socialismo, lo que es imposible no correlacionar con la influencia de la educación superior americana, hoy tomada mayoritariamente por profesores de izquierda e izquierda extrema5. De hecho, los datos muestran que a mayor nivel académico más aprobación tiene el socialismo. Así, entre personas con posgrado esta es de 41 %, mientras entre personas con educación escolar completa o menos es de 35 %. Y si bien podrá discutirse la definición exacta que estos grupos tienen del concepto “socialismo”, la verdad es que todos parecen compartir la intuición de que es un sistema más humano que el capitalista.

Cuando se habla de “comunismo” existe una aceptación cultural que sería imposible concebir para su equivalente totalitario, el nazismo. Y esta tiene que ver, en parte, con el lavado de imagen que la intelectualidad occidental ha hecho del comunismo y con la ignorancia respecto de este en la población. Basta revisar la definición de comunismo de la Enciclopedia británica para niños para entender este trabajo sistemático de hegemonía cultural en favor del comunismo: “El comunismo es un tipo de gobierno, así como un sistema económico (una forma de crear y compartir la riqueza). En un sistema comunista, las personas individuales no poseen tierras, fábricas ni maquinaria. En su lugar, el gobierno o toda la comunidad son los propietarios de estos bienes. Se supone que todos deben compartir la riqueza que crean”, señala y luego agrega:

En el siglo XIX, muchos países siguieron el sistema económico llamado capitalismo. Bajo el capitalismo, las personas individuales, llamadas capitalistas, poseen propiedades y dirigen empresas. Algunos capitalistas se hicieron ricos, pero pagaban muy poco a sus trabajadores. En respuesta, muchos trabajadores comenzaron a apoyar las ideas del socialismo. En un sistema socialista, el gobierno posee las empresas y distribuye la riqueza de manera más justa entre la población. Karl Marx, un pensador alemán del siglo XIX, llevó las ideas socialistas un paso más allá. Las ideas de Marx se convirtieron en la base del comunismo6.

En esta versión idealizada del comunismo no hay mención alguna de las hambrunas masivas, del odio que motivó a los revolucionarios, de la catástrofe económica, de los gulags y los más de cien millones de muertos y asesinados a manos de las dictaduras comunistas. Sin embargo, la misma Enciclopedia Britannica Kids, cuando habla de nazismo, recuerda que “bajo el liderazgo de Adolf Hitler, los nazis iniciaron la Segunda Guerra Mundial. También llevaron a cabo el Holocausto: el asesinato de aproximadamente seis millones de judíos”. Y añade: “Los nazis creían que el pueblo debía obedecer a un líder fuerte. No valoraban la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos ni la paz. Los nazis también enseñaban que los alemanes habían nacido para gobernar sobre lo que llamaban ‘razas inferiores’. Hitler predicaba un odio especial contra los judíos”7. En resumen, de acuerdo a la Enciclopedia Britannica Kids, el comunismo es bueno, una causa noble que busca igualdad frente al abuso y el nazismo es malo, criminal e inhumano.

En 2017, el filósofo británico Roger Scruton describía así el encubrimiento que la intelectualidad europea hace de los crímenes comunistas:

Nuestro currículo escolar se detiene constantemente en el Holocausto. Varios Estados han hecho del negacionismo de este hecho un crimen, y existen museos y monumentos dedicados a las víctimas del nazismo y el fascismo en todo el continente. Pero las millones de víctimas del comunismo son apenas recordadas. Una historia estándar de los tiempos modernos, ampliamente utilizada en nuestras escuelas, elogia la Revolución rusa por su objetivo de ‘la completa destrucción de la burguesía rusa y europea’, lo cual era necesario para ‘la victoria del socialismo’. Esta historia (Edad de los extremos, de Eric Hobsbawm) no menciona la abolición de los tribunales, ni la creación de la Cheka (la policía secreta), ni las brutales expropiaciones que destruyeron la economía rusa, ni la hambruna masiva impuesta a los campesinos ucranianos. Es inadmisible que un historiador escriba en términos distintos a los de repulsión sobre la destrucción nazi de los judíos; pero la igualmente cruel ‘destrucción de la burguesía’ puede ser descrita con una aprobación sin reservas8.

En un artículo de 2014, el profesor de Princeton y filósofo Peter Singer se preguntó precisamente por qué se daba una diferencia tan radical de actitudes frente a Adolf Hitler y Josef Stalin si ambos eran criminales igualmente genocidas9. Según Singer, mientras existían múltiples estatuas al líder soviético en diversos países, no había ninguna conocida al Führer. Más aún, Singer relató que había cenado en un restaurante en Nueva York que alababa a la Unión Soviética incluyendo decoración con imágenes de líderes soviéticos entre los que destacaba Stalin e incluía hasta garzones vestidos de oficiales soviéticos. Además, comentó que Nueva York tenía un bar KGB señalado que era imposible pensar en que existiera un bar de las SS o de la Gestapo. En seguida, Singer procedió a reflexionar en torno al genocidio del régimen comunista bajo Stalin comparándolo con el de Hitler en los siguientes términos:

[...] Entre dos y tres millones de personas murieron en los campos de trabajos forzados del gulag y quizás un millón fueron fusiladas durante la Gran Guerra de finales de la década de 1930. Otros cinco millones murieron de hambre en la hambruna de 1930-1933, de los cuales 3,3 millones eran ucranianos que murieron como consecuencia de una política deliberada relacionada con su nacionalidad o su condición de campesinos relativamente prósperos, conocidos como kulaks [...]. El número total de muertes que Snyder atribuye a Stalin es inferior a la cifra comúnmente citada de veinte millones, estimada antes de que los historiadores tuvieran acceso a los archivos soviéticos. No obstante, es una cifra horrenda, similar en magnitud a las matanzas de los nazis10.

Singer añadió un punto fundamental sobre la identidad criminal entre comunismo y nazismo al sostener que los archivos soviéticos demuestran que “no se puede afirmar que los asesinatos nazis fueran peores porque las víctimas fueran seleccionadas por su raza o etnia”, pues Stalin “también seleccionó a algunas de sus víctimas sobre esta base”. Entre ellos, añadió, se encontraban ciudadanos ucranianos y personas pertenecientes a minorías étnicas asociadas con países limítrofes con la Unión Soviética. Más aún, Singer recordó que “las persecuciones de Stalin también se dirigieron a un número desproporcionadamente grande de judíos”.

Singer elaboró una posible respuesta a la razón por la cual existe ese doble estándar moral entre nazismo y comunismo que lleva a considerar a uno como repugnante y a otro aceptable. Dice Singer que la mayor aceptación de Stalin —y de todos los comunistas, podríamos agregar— se debe probablemente al hecho de que “el comunismo conecta con algunos de nuestros impulsos más nobles, como la búsqueda de la igualdad para todos y el fin de la pobreza”. Nada de eso, añadió el profesor de Princeton, puede encontrarse en el nazismo, que de manera honesta declaraba no interesarle el bien común sino el de un grupo racial. Así, en lugar de declararse inspirado por amor, el nazismo se mostraba claramente motivado por el odio11.

Ahora bien, de que el nazismo se encontraba motivado por el odio es algo que nadie osaría discutir. En el caso del comunismo, sin embargo, dada su fraseología de amor al prójimo, esto es menos evidente a primera vista. Pero un examen un poco más detenido da cuenta de que fue el odio y no el amor por la humanidad lo que inspiró a Marx y a sus seguidores. Quien mejor advirtiera esto fue el filósofo inglés Bertrand Russell en su ensayo de 1956 “Por qué no soy comunista”. Russell, un ateo anticonservador, afirmaría que los principios teóricos del comunismo eran “falsos” y que sus máximas prácticas eran tales que producían “un incuantificable incremento de la miseria humana”12. De acuerdo con Russell, el principal referente de esta teoría, Karl Marx, poseía una “mente confusa” y su pensamiento estaba “casi enteramente inspirado por odio”13. Además, sugirió Russell, Marx era un fraude intelectual. Según el pensador británico, el autor de El capital estaba satisfecho con el resultado de sus teorías “no porque este concuerde con los hechos o sea lógicamente coherente, sino porque está diseñado para enfurecer a los asalariados”. Más aún, Russell explica que ideas centrales de Marx, como el materialismo dialéctico, eran “pura mitología” que este difundía porque “su mayor deseo era ver a sus enemigos castigados importándole poco lo que ocurriese a sus amigos en el proceso”14. En otras palabras, a Marx no le interesaba en lo absoluto la verdad y manipulaba sus argumentos para engañar al público de modo de desatar la violencia, aunque esto significara que se masacrara a sus propios partidarios.

Si hubiera que definir entonces la gran diferencia entre nazismo y comunismo esta sería ante todo una de tipo retórica, pues sus motivaciones y fines, a saber, el odio y el poder total, son idénticos. El pensador francés Jean-François Revel, quien fuera comunista y luego abrazaría el liberalismo, explicó este punto señalando que, mientras el comunismo era una utopía genocida indirecta, el nazismo era una utopía genocida directa, pues este último confesaba inmediatamente sus intenciones y motivaciones. Hitler, dijo Revel, hizo lo que prometió y por tanto no había decepcionados del nazismo, pues se sabía de antemano lo que buscaba. El comunismo, en cambio, es un totalitarismo “indirecto” porque disimula sus objetivos mediante la utopía15. Así, concluyó Revel, el comunismo “promete la abundancia y engendra miseria, promete la libertad e impone la servidumbre, promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades con la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en las sociedades feudales”16. Del mismo modo, agregó Revel, “el comunismo promete el respeto a la vida humana y procede a ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra el embrutecimiento generalizado; el hombre nuevo y fosiliza al hombre”17.

No es exagerado afirmar que siendo ambas ideologías engendros del lado más oscuro del alma humana, en cierto sentido el comunismo es más perverso que el nazismo. Y es que, al utilizar la utopía inclusiva como mascarada para todos sus crímenes torciendo la retórica y el lenguaje a niveles que ni siquiera conoció el nazismo, confunde a la gente llevándola a creer que todos serán salvados. El nazismo en cambio, si bien es idéntico en el sentido de prometer una utopía, la deja reservada para la raza aria.

Ahora bien, evidentemente, la afirmación de que nazismo y comunismo son esencialmente idénticos requiere de un análisis teórico e histórico más profundo. Esta es una tarea que resulta ineludible especialmente en tiempos en que las ideas marxistas y filomarxistas dominan las esferas intelectuales y políticas y gozan aun hoy de una aceptación popular que, como se ha dicho, resulta una amenaza seria a nuestra civilización. Por ello, lo que interesa para los efectos de este libro es demostrar que el comunismo, nazismo y fascismo son todas formas de socialismo que comparten raíces y fundamentos filosóficos. En este libro hemos analizado cinco de estos elementos centrales de las doctrinas marxistas leninistas y nazi-fascistas, aunque, sin duda, existen otros. Dado el carácter netamente destructivo de ambas ideologías, estos elementos se definen a partir de una negación, es decir, comunismo y nazismo comparten una esencia, si se puede hablar así, que es “anti” un conjunto de bienes humanos fundamentales.

El primer elemento es el antirracionalismo o relativismo epistemológico. Tanto nazis como comunistas negaron la existencia de una verdad objetiva cognoscible por todos independientemente de la raza o clase. Esto les permitió romper la unidad de la razón humana para señalar que la lógica proletaria y la burguesa y la de los arios y judíos, entre otros, eran existencialmente opuestas y que, como consecuencia, solo quedaba el conflicto violento y el exterminio de los opresores como alternativa. Para nazis y marxistas, la única verdad era la que ofrecía su ideología, y esta era irrefutable. 

El segundo elemento es el antiindividualismo o colectivismo. Este se deriva del primero e implica una negación del individuo y sus derechos para anteponer al colectivo —raza y clase— como criterio de acción política y argumentación teórica. El Estado, entonces, ya no vela por los derechos individuales, pues estos conspiran en contra de la clase o raza que representa la fuerza revolucionaria, sino por la tribu sin la cual el individuo es nada. Los derechos humanos individuales, por lo tanto, deben necesariamente desaparecer para concretar el proyecto colectivo. 

El tercer elemento es el anticapitalismo o socialismo. A diferencia de lo que sugiere la argumentación marxista, el nazismo fue una reacción anticapitalista, antiburguesa y antiliberal que, al igual que el comunismo, llevó a un control total de la economía por parte del Estado con desastrosos resultados. 

El cuarto elemento es el anticristianismo o gnosticismo político. Este es tal vez el menos conocido. Tanto nazis como comunistas fueron, ante todo, una reacción gnóstica en contra de la tradición judeocristiana que, junto con Grecia y Roma, sentó las bases de la civilización occidental. En lo sustancial, ambos pretendían poseer un conocimiento místico de la verdad única, que solo a ellos les había sido relevada y que los llevaría, mediante la destrucción del maligno orden cristiano prevaleciente, a crear un paraíso sobre la tierra. Se trata, en ambos casos, por lo mismo, de doctrinas escatológicas y utópicas para las cuales la ética y epistemología cristianas son un obstáculo en su afán por refundar totalmente el orden social.

El quinto y último elemento que comparten comunismo y nazismo y que analizaremos acá es el antihumanismo o luciferismo. Ambas ideologías fueron revolucionarias en el sentido de pretender recrear por completo el orden social y al hombre mismo con el fin de “purificarlo” de toda la corrupción producida por la burguesía y las “razas inferiores”.

Su propósito fue llegar al fin de la historia humana entendida como una etapa en que la utopía racial para los nazis y la de clase para los comunistas se alcanzara para siempre. Ambos vieron su misión como una rebelión contra el orden de Dios para suplantarlo destruyendo la creación, para sobre sus ruinas tomar la posición divina y crear un nuevo orden a imagen y semejanza de los líderes marxistas y nazis. La violencia sistemática y el terror purificador traducidos en genocidios son, así, parte esencial de las ideologías marxista y nacionalsocialista y no desviaciones de la doctrina originaria como se ha querido hacer creer en el caso del marxismo.

Los cinco elementos que configuran la identidad de estas doctrinas son tan sustanciales que hacen imposible trazar una distinción relevante entre ellas. En otras palabras, más allá de que el marxismo era internacionalista y contenía algunos elementos liberales en lo cultural, mientras el nazismo era nacionalista y, por tanto, más cercano a cierto conservadurismo de corte monárquico, el socialismo marxista leninista, el nacionalsocialismo y en menor grado el fascismo italiano, son ideologías idénticas en todo lo fundamental. Es precisamente el hecho de que contengan los mismos ingredientes lo que explica que hayan producido idénticos resultados en la práctica. Es por esta razón que se justifica la comparación que formula Singer entre Stalin y Hitler, lista a la que podemos sumar a Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung, Pol Pot y tantos otros.

Entender, entonces, que el socialismo marxista es equivalente al nazismo en su carácter criminal, totalitario, colectivista, luciférico, escatológico, gnóstico, anticapitalista y revolucionario, resulta imprescindible para acabar con la imagen positiva de la que goza el comunismo y una de sus doctrinas fundantes, el marxismo. A su vez, esto permitirá desterrar el fantasma comunista de una buena vez y asestar un golpe letal a la credibilidad moral de todos quienes siguen a Marx desde la política, academia y cultura y que se disfrazan de “antifascistas” y antinazis en circunstancias de que el nazismo no es más que comunismo desprovisto del internacionalismo y el engaño utópico inclusivo que hacen del comunismo una ideología más seductora y destructiva.

_______________________________

1 Paniagua, “Marx culpable”, 113.
2 Ibid.
3 Pluckrose y Lindsay, Cynical Theories, 30.
4 Pew Research Center, “Modest Declines in Positive Views of ‘Socialism’ and ‘Capitalism’ in U.S.”.
5 Abrams, “Professors Moved Left since 1990s, Rest of Country Did Not”.
6 “Communism”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/communism/352989
7 “Nazi Party”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/Nazi-Party/353523
8 Scruton, “As the Left Surges Back, Marxism’s Bloody Legacy Is Covered Up.”.
9 Singer, “A Statue for Stalin?”.
10 Ibid.
11 Ibid.
12 Russell, “Por qué no soy comunista”.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Revel, La gran mascarada, 97.
16 Ibid.
17 Ibid.

¿Cómo Reconstruir Una Sociedad Deshecha? |
 Programa Especial Con Ricardo Baroni Y Osmel Brito

NO SEA VENECO


DES-CHAVITIZAR VENEZUELA
DESNAZIFICACIÓN COMO MODELO


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?