EL Rincón de Yanka: PENSAMIENTO

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lunes, 8 de junio de 2026

PURGA LITERARIA Y BORRADO DE NUESTRA MEMORIA LITERARIA: LA ÉLITE NO QUIERE QUE LEAS ESTO: ESTÁN DESTRUYENDO TODOS LOS LIBROS DEL MUNDO EN SECRETO 🔥📕📗📘📙📕📗📘📙🔥

 



La élite entendió algo antes que tú: si controlan lo que lees, controlan lo que piensas👁️📚
Ahora entierran libros en algoritmos, los vetan en escuelas y los vuelven invisibles en plataformas
Este carrusel revela cómo empezó la purga del conocimiento y por qué nadie quiere que lo notes 🔥

👇 Pregunta incómoda:
¿Qué libro salvarías si el sistema inicia una purga?:
LA BIBLIA


🔥
"Dónde se queman libros se terminan quemando personas"

O bueno, estaban intentando que fuera un secreto, pero los siguen destruyendo.
Trabajadores y dueños de librerías de segunda mano de España, Italia, Australia, Estados Unidos y otros países están reportando lo mismo: una empresa canadiense llamada Zoom Book está haciendo pedidos de compras de miles de libros pagando hasta tres veces más de su valor.
Las características de los pedidos son siempre las mismas: libros que no sean de ficción, que estén fuera de catálogo, de relatos locales, de batallas disruptivas. Básicamente, libros extraños para la mayoría.
En principio se creía que era una estafa, ¿quién se gasta tanto dinero en libros que nadie lee? Pero una investigación hecha por The Washington Post encontró una demanda hecha en Estados Unidos contra Anthropic por derechos de autor, donde salió a relucir el nombre de Zoom Book.
Lo que se cree que está pasando es que, como sus modelos de IA ya consumieron TODO el conocimiento que hay en internet, deben buscar otra fuente confiable. ¿Cuál es esta fuente? Los libros antiguos.
Lo que hacen, según The Washington Post, es que esta empresa (la cual no tiene humanos, solo equipos automatizados) corta el lomo del libro para separar las páginas y escanearlas en segundos, y después tritura el libro.
Un juez en Estados Unidos determinó que esto era legal ya que la IA no está robando los datos, sino que los transforma, pero esto no ha generado otra cosa más que un enorme debate en redes sociales.
Que unas pocas empresas tecnológicas sean las dueñas de TODA la información podría ser muy peligroso; muchas personas sugieren que estas compañías ya son prácticamente las únicas que manejan cierto conocimiento de la humanidad y que en un futuro podrían cambiarlo a conveniencia.
Obviamente Zoom Book ya emitió un comunicado diciendo que esta acusación es falsa, pero la demanda presentada por The Washington Post está allí.
El plan GLOBALISTA LIBERTICIDA de los dueños de la IA es que quieren que pase lo mismo que con los dvd y vhs, que los libros vayan desapareciendo de a poco... que las bibliotecas dejen de existir... y que como con Netflix, a la larga tengas que pagar una subscripcion mensual para poder acceder a la versión digital y que no seas dueño de nada... después van a empezar a censurar, manipular y borrar la historia... quieren que la gente tenga que pagar para acceder al conocimiento... y que la inteligencia sea un privilegio solo para los adinerados...




domingo, 22 de febrero de 2026

LIBRO "EN FAMILIA": 👪 EL ARTE DE SER PERSONA por RICARDO PIÑERO MORAL

En   familia.
El   arte   de   ser   persona
👪

Ricardo Piñero Moral

Arte y familia son expresión de un modo de vida natural y posibilitan el crecimiento de la persona y el desarrollo de la sociedad. El arte no solo enriquece el patrimonio cultural de una nación o de un grupo, antes bien presta un servicio social cualificado. De la misma manera, la familia no solo contribuye a aumentar cuantitativamente el número de individuos, sino que los forma, los conforma, los educa para que sean ciudadanos libres, inteligentes, generosos, serviciales y comprometidos con el bien común. Si, además, arte y familia acogen una dimensión espiritual, estarán ofreciendo una visión más completa de la persona.
Solo con el título los ha dicho todo. Conlleva un rechazo de ese individualismo egoísta y estéril, que hoy se presenta como un modelo de conducta social. Estás expresando, en cambio, que vivir en familia es el modo de ser persona. Haces referencia a la familia natural, de la que todos procedemos, y que es atacada por quienes defienden modelos de convivencia, que muchas veces son de soledad y que se caracterizan por lo efímero, aunque no lleven impresa la fecha de caducidad como los artículos de consumo. Sin embargo, se observa en ellos la misma mentalidad de nuestra sociedad de consumo. La libertad se ha reducido a la libertad de elegir como en las estanterías del supermercado.

Tu enfoque en el libro sobre la familia va unida a nociones de estética. Sabes relacionar la crisis de la familia y de la persona con la crisis del arte, la belleza y cualquier otra forma de trascendencia. De ahí que en la segunda mitad del libro analices algunas pinturas y esculturas de diversas épocas en las que aparecen distintas familias. Hay cuadros de los primitivos flamencos, de los holandeses del siglo XVII, de Velázquez, de Picasso o del impresionismo francés, sin olvidar esculturas de Botero y Moore, aunque también te remontas a algún mosaico pompeyano en el que se muestra el poder inexorable del paterfamilias romano. Pienso que muchos profesores pueden utilizar estos recursos para transmitir valores en sus clases. Unos recursos que hacen pensar, observar los detalles y ejercer el pensamiento crítico. Me imagino que eso es lo que haces en tus clases, que, según la entrevista de El Mundo, se caracterizan, entre otras cosas, no solo por la gran afluencia de alumnos sino también la de sus novios y novias respectivas.

Tu libro es una afirmación de que los valores de la familia son los valores de la vida humana. La familia es, como bien afirmas, el auténtico modelo de felicidad, verdadera y duradera. Pero el individualismo imperante ha hecho creer a muchos que tener una familia representa una pérdida de autonomía personal y una renuncia a la propia libertad. Añado que también hay personas que están convencidos de la importancia de la familia y que en teoría quieren formar una, aunque siempre buscan excusas para aplazar la puesta en práctica. Pese a todo, a lo largo del libro vas desplegando los rasgos informadores de la familia, acompañados por una serie de obras de arte que sirven de reflexión. Estos son los rasgos en concreto: Seguridad, Alegría, Generosidad, Respeto, Justicia, Responsabilidad, Lealtad, Confianza, Intimidad, Libertad…

Finalmente, en el epílogo del libro nos estás diciendo que no nos quedemos en las obras maestras del arte que han sido descritas. La obra maestra la hemos de hacer cada uno haciendo de nuestra propia familia una obra de arte. Una obra de arte que para los cristianos se transforma en una referencia a un Dios que es familia, el Dios de la Trinidad.


Pensar para ser Feliz: una Conversación que te Transformará - Ricardo Piñero | Aladetres 162


miércoles, 21 de enero de 2026

DES-CHAVITIZAR (DES-SOCIALIZAR) VENEZUELA: LIBROS "LA DESNAZIFICACIÓN" y "LAS CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA PAZ" y "LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS" y "NAZI-COMUNISMO"

LA DESNAZIFICACIÓN 
¿Cómo afrontar el pasado nazi tras la caída del Tercer Reich? 
Alemania 1945-1949: una historia de purgas, olvidos y ocultamientos



“No hay verdad que, al pasar por la atención, no mienta"  (Jacques Lacan)


HAY QUE CREAR EL MUSEO 
DEL HORROR CASTROCHAVISTA 
PARA LA MEMORIA COLECTIVA

Al principio, la alianza antihitleriana exigía la verdad. Pero, ¿de qué tipo de verdad se trataba? ¿Cómo podían millones de alemanes que habían pertenecido al partido nazi o a una de sus organizaciones de masas, tras lacatástrofe alemana, decir toda la verdad y nada más que la verdad?

La referencia a Jacques Lacan al inicio del prólogo puede resultar sorprendente, incluso chocante. Por favor, no malinterpreten mis intenciones. No pretendo en absoluto hacer una lectura psicoanalítica de la sociedad alemana post-nazi a través de esta investigación sobre la desnazificación. La ambición de este libro es seguir los pasos de las experiencias de desnazificación y los millones de historias del Tercer Reich que produjeron.

Por otra parte, poner este libro bajo el patrocinio intelectual de Lacan es recordar lo que une la historia y el psicoanálisis, a saber, la atención común prestada a las verdades (co)producidas por individuos ordinarios situados en configuraciones sociopolíticas específicas en un momento dado. ¿Cómo intentaron millones de alemanes enfrentados a la desnazificación, a través de sus representaciones, estrategias retóricas y reconstrucciones necesariamente subjetivas del pasado, dar sentido a sus vidas después de 1945? ¿Cómo construyeron una identidad posnazi en una Alemania dividida en cuatro zonas de ocupación?

Decir la verdad en una comparecencia ante los miembros de una comisión de depuración, tras haber respondido por lo general a un cuestionario y recogido los certificados de buena conducta elaborados por su entorno, era una forma de intentar justificar su compromiso con el Partido Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP) o con alguna de sus organizaciones satélites, y de poner de relieve las restricciones, a veces fuertes, que podían haber limitado sus opciones personales en la época de la dictadura.

Contar la verdad significaba compartir su experiencia personal de doce años de nacionalsocialismo directa o indirectamente con oficiales militares occidentales o soviéticos, y con alemanes de las fuerzas “democráticas” o “antifascistas” que formaban parte de los comités de depuración. Contar la historia de su vida bajo el Tercer Reich era un paso necesario para pasar página lo antes posible y seguir adelante, entre el olvido selectivo y el trabajo cultural sobre el pasado.

Dicho de otro modo, la verdad sobre las experiencias de la desnazificación, tal como se conserva hoy en cientos de miles de archivos, es fundamentalmente incompleta, sesgada o engañosa. El pasado de los años 1933-1945, e incluso el de un compromiso con el NSDAP anterior al 1 de mayo de 1933, ha sido modificado, corregido u omitido en función de los intereses del presente, a saber, el de escapar a las consecuencias de una lógica de purga considerada inicua y discriminatoria.

Estos millones de alemanes de a pie no podían simplemente deshacer su pasado nazi. Era una parte permanente de sus vidas. El régimen nacionalsocialista les había dado marcos para pensar y representar el mundo y, por tanto, formas de (sobre)vivir. A través de la ley y la violencia callejera de las SA, había trazado las fronteras racistas y excluyentes de la “comunidad popular”, que ellos habían aceptado o al menos tolerado. A veces les había ofrecido oportunidades de ascenso social, pero también les había aterrorizado y, en última instancia, les había conducido a la catástrofe moral y material de la guerra total y el exterminio de los judíos de Europa. Los alemanes seguían arrastrando ese pasado.

Después de 1945, lo llevaban consigo, no necesariamente como una carga o un estigma, sino ante todo como una experiencia histórica compleja que les resultaba difícil reducir a conceptos como culpa o responsabilidad. En la práctica, por tanto, fueron capaces de cambiar su significado durante la delicada y difícil fase de purga. Los hechos históricos más objetivos, tanto los más insignificantes como los más criminales, que pueden reconstruirse hoy leyendo los expedientes personales de la desnazificación, son siempre, hasta cierto punto, maleables. Siempre que pudieron, a menudo inicialmente por miedo a ser detenidos e internados o para eludir una prohibición de trabajo, millones de alemanes arreglaron, falsificaron o relativizaron elementos de sus biografías al tiempo que daban sus interpretaciones de la historia inmediata del nazismo. Estas reconstrucciones fueron examinadas y certificadas con mayor o menor exactitud por las comisiones de desnazificación.
(…)
Lo que Lacan nos dice sobre la verdad puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurrió entre el verano de 1945 y el final oficial de la ocupación en 1949, tanto en la esfera privada como en la pública. En la Alemania del “Año Cero”, a pesar de los sonados Juicios de Nuremberg que comenzaron el 20 de noviembre de 1945, la verdad de los hechos sólo se podía, en el mejor de los casos, “decir a medias”, porque para funcionar, la sociedad post-nazi necesitaba más que nunca una buena dosis de secretismo, por utilizar la expresión del sociólogo alemán Georg Simmel. La imposibilidad de decir nada, de admitir nada, de confesar nada, era moralmente reprobable pero socialmente necesaria, aunque sólo fuera a nivel familiar.
(…)
¿Hasta qué punto la desnazificación fue un gran momento colectivo de “relato a medias”? Más allá del caso singular de la Alemania postnazi, esta investigación pretende también aportar elementos históricos sobre la relación entre verdad y secreto en nuestras sociedades contemporáneas, enfrentadas a la exigencia de transparencia, la competencia de las memorias traumáticas, el desafío de las fake news y el régimen mediático-político de la posverdad.

Tal perspectiva, que vincula el pasado y el presente, hace plenamente pertinente un objeto histórico que todavía hoy se entiende esencialmente como un lugar negativo de la memoria, marcado por el sello del fracaso. No se trata de extraer lecciones de la Historia, sino de afinar las representaciones que podamos tener de este periodo.

Interesarse por las experiencias de la desnazificación significa, por tanto, preguntarse cómo la Alemania postnazi fue capaz de construir verdades de facto que contradecían las verdades de la razón, y cómo se creó un consenso en torno a este proceso”.

© Presses Universitaires de France – Humensis / Emmanuel Droit


Los principios de la propaganda formulados por Joseph Goebbels no son reliquias del pasado, sino herramientas de poder que siguen operando, con nuevos formatos, en la política, los medios y las redes sociales.
Analizarlos desde una perspectiva histórica y conceptual permite desarmar los mecanismos mediante los cuales se construye el consenso, se simplifica la realidad y se orientan emociones colectivas.


LAS CONSECUENCIAS 
ECONÓMICAS DE LA PAZ


"Las consecuencias económicas de la paz" (1919) fue escrito por John Maynard Keynes. Keynes asistió a la Conferencia de Versalles como delegado del Tesoro británico y abogó por una paz mucho más generosa. Fue un éxito de ventas en todo el mundo y contribuyó a establecer la opinión generalizada de que el Tratado de Versalles era una "paz cartaginesa". Ayudó a consolidar la opinión pública estadounidense contra el tratado y la participación en la Sociedad de Naciones. La percepción de gran parte de la opinión pública británica de que Alemania había sido tratada injustamente fue también un factor crucial para el apoyo público al apaciguamiento. El éxito del libro consolidó la reputación de Keynes como economista de referencia, especialmente en la izquierda. Cuando Keynes fue uno de los protagonistas de la creación del sistema de Bretton Woods en 1944, recordó las lecciones de Versalles y de la Gran Depresión. El Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial fue un sistema similar al propuesto por Keynes en Las consecuencias económicas de la paz.

INTRODUCCIÓN 

La facultad de adaptación es característica de la Humanidad. Pocos son los que se hacen cargo de la condición desusada, inestable, complicada, falta de unidad y transitoria de la organización económica en que ha vivido la Europa occidental durante el último medio siglo. Tomamos por naturales, permanentes y de inexcusable subordinación algunos de nuestros últimos adelantos más particulares y circunstanciales, y, según ellos, trazamos nuestros planes. Sobre esta cimentación falsa y movediza proyectamos la mejora social; levantamos nuestras plataformas políticas; perseguimos nuestras animosidades y nuestras ambiciones personales, y nos sentimos con medios suficientes para atizar, en vez de calmar, el conflicto civil en la familia europea. Movido por ilusión insana y egoísmo sin aprensión, el pueblo alemán subvirtió los cimientos sobre los que todos vivíamos y edificábamos. Pero los voceros de los pueblos francés e inglés han corrido el riesgo de completar la ruina que Alemania inició, por una paz que, si se lleva a efecto, destrozará para lo sucesivo —pudiendo haberla restaurado— la delicada y complicada organización —ya alterada y rota por la guerra—, única mediante la cual podrían los pueblos europeos servir su destino y vivir. 

El aspecto externo de la vida en Inglaterra no nos deja ver todavía ni apreciar en lo más mínimo que ha terminado una época. Nos afanamos para reanudar los hilos de nuestra vida donde los dejamos; con la única diferencia de que algunos de nosotros parecen bastante más ricos que eran antes. Si antes de la guerra gastábamos millones, ahora hemos aprendido que podemos gastar, sin detrimento aparente, cientos de millones; evidentemente, no habíamos explotado hasta lo último las posibilidades de nuestra vida económica. Aspiramos, desde luego, no sólo a volver a disfrutar del bienestar de 1914, sino a su mayor ampliación e intensificación. Así, trazan sus planes de modo semejante todas las clases: el rico, para gastar más y ahorrar menos, y el pobre, para gastar más y trabajar menos. 

Pero acaso tan sólo en Inglaterra (y en América) es posible ser tan inconsciente. En la Europa continental, la tierra se levanta, pero nadie está atento a sus ruidos. El problema no es de extravagancias o de «turbulencias del trabajo»; es una cuestión de vida o muerte, de agotamiento o de existencia: se trata de las pavorosas convulsiones de una civilización agonizante. 

Para el que estaba pasando en París la mayor parte de los seis meses que sucedieron al Armisticio, una visita ocasional a Londres constituía una extraña experiencia. Inglaterra sigue siempre fuera de Europa. Los quejidos apagados de Europa no llegan a ella. Europa es cosa aparte. Inglaterra no es carne de su carne, ni cuerpo de su cuerpo. Pero Europa forma un todo sólido. Francia, Alemania, Italia, Austria y Holanda, Rusia y Rumanía y Polonia palpitan a una, y su estructura y su civilización son, en esencia, una. Florecieron juntas, se han conmovido juntas en una guerra, en la que nosotros, a pesar de nuestro tributo y nuestros sacrificios enormes (como América en menor grado), quedamos económicamente aparte. Ellas pueden hundirse juntas. De esto arranca la significación destructora de la Paz de París. Si la guerra civil europea ha de acabar en que Francia e Italia abusen de su poder, momentáneamente victorioso, para destruir a Alemania y Austria-Hungría, ahora postradas, provocarán su propia destrucción; tan profunda e inextricable es la compenetración con sus víctimas por los más ocultos lazos psíquicos y económicos. 

El inglés que tomó parte en la Conferencia de París y fue durante aquellos meses miembro del Consejo Supremo Económico de las Potencias Aliadas, obligadamente tenía que convertirse (experimento nuevo para él) en un europeo, en sus inquietudes y en su visión. Allí, en el centro nervioso del sistema europeo, tenían que desaparecer, en gran parte, sus preocupaciones británicas, y debía verse acosado por otros y más terroríficos espectros. París era una pesadilla, y todo allí era algo morboso. Se cernía sobre la escena la sensación de una catástrofe inminente: insignificancia y pequeñez del hombre ante los grandes acontecimientos que afrontaba; sentido confuso e irrealidad de las decisiones; ligereza, ceguera, insolencia, gritos confusos de fuera —allí se daban todos los elementos de la antigua tragedia—. Sentado en medio de la teatral decoración de los salones oficiales franceses, se maravillaba uno pensando si los extraordinarios rostros de Wilson y Clemenceau, con su tez inalterable y sus rasgos inmutables, eran realmente caras y no máscaras tragicómicas de algún extraño drama o de una exhibición de muñecos. 

Toda la actuación de París tenía el aire de algo de extraordinaria importancia y de insignificante a la par. Las decisiones parecían preñadas de consecuencias para el porvenir de la sociedad humana, y, no obstante, murmuraba el viento que las palabras no se hacían carne, que eran fútiles, insignificantes, de ningún efecto, disociadas de los acontecimientos; y sentía uno, con el mayor rigor, aquella impresión descrita por Tolstoi en Guerra y Paz, o por Hardy en Los Dinastas, de los acontecimientos marchando hacia un término fatal, extraño e indiferente a las cavilaciones de los estadistas en Consejo: 

El Espíritu de los Tiempos Observa 
que toda visión amplia y dominio de sí mismas 
Han desertado de estas multitudes, ahora dadas a los demonios 
Por el Abandono Inmanente. 
Nada queda Más que venganza aquí, entre los fuertes, 
Y allí, entre los débiles, rabia impotente. 

El Espíritu de la Piedad 
¿Por qué impulsa la Voluntad una acción tan insensata? 

El Espíritu de los Tiempos 
Te he dicho que trabaja inconscientemente, 
Como un poseído, no juzgando.

En París, los que estaban en relación con el Consejo Supremo Económico recibían casi cada hora informes de la miseria, del desorden y de la ruina de la organización de toda la Europa central y oriental, aliada y enemiga, al mismo tiempo que conocían, de labios de los representantes financieros de Alemania y de Austria, las pruebas incontestables del terrible agotamiento de sus países. La visita ocasional a la sala caliente y seca de la residencia del presidente, donde los Cuatro cumplían su misión en intriga árida y vacía, no hacía más que aumentar la sensación de la pesadilla. No obstante, allí, en París, los problemas de Europa se ofrecían terribles y clamorosos, y era de un efecto desconcertante volver la vista hacia la inmensa incomprensión de Londres. Para Londres, estos asuntos eran cuestiones muy lejanas, y allí sólo preocupaban nuestros propios problemas más insignificantes. Londres creía que París estaba causando una gran confusión en sus asuntos; pero continuaba indiferente. Con este espíritu, recibió el pueblo británico el Tratado, sin leerlo. Pero este libro no se ha escrito bajo la influencia de Londres, sino bajo la influencia de París, por alguien que, aun siendo inglés, se siente también europeo, y que por razón de una reciente experiencia, demasiado viva, no puede desinteresarse del ulterior desarrollo del gran drama histórico de estos días que ha de destruir grandes instituciones, pero que también puede crear un nuevo mundo.

LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS

ECONOMISTAS, DICTADORES
Y LOS DERECHOS OLVIDADOS DE LOS POBRES

WILLIAM EASTERLY

En "La tiranía de los expertos", el reconocido economista William Easterly revela nuestros fallidos esfuerzos para combatir la pobreza global. El enfoque verticalista del desarrollo, aprobado por expertos, no solo ha logrado escasos avances duraderos, sino que ha demostrado ser una justificación conveniente para generaciones de violaciones de derechos humanos perpetradas por colonialistas, dictadores poscoloniales y responsables de la política exterior estadounidense. 
Easterly presenta una crítica devastadora del deplorable historial de desarrollo autoritario, demostrando cómo las tácticas tradicionales contra la pobreza han pisoteado la libertad de los pobres del mundo y suprimido un debate vital sobre enfoques alternativos para resolver la pobreza global. Si bien las agencias de ayuda, como el Banco Mundial y la Fundación Gates, aún se consideran bienintencionadas y eficaces, se basan en la creencia errónea de que los tecnócratas sabios de Occidente serán los salvadores de las víctimas indefensas del resto del mundo. Con demasiada frecuencia apoyan a dictadores, con la esperanza de que el desarrollo económico conduzca naturalmente a la democracia.
En esta edición revisada, Easterly presenta nuevas investigaciones que actualizan sus magistrales críticas para el presente. Revela los errores fundamentales inherentes al tan celebrado enfoque vertical y ofrece un nuevo modelo tanto para las agencias de ayuda occidentales como para los países en desarrollo: un modelo que, al basarse en el respeto a los derechos de las personas pobres, tiene el poder de erradicar la pobreza mundial de una vez por todas.


NAZI-COMUNISMO
POR QUÉ MARXISTAS, LENINISTAS 
Y NAZI FASCISTAS SON GEMELOS IDEOLÓGICOS

El comunismo y el nazismo suelen entenderse como ideologías que se ubican en las antípodas, pero ¿están realmente tan lejos? En este provocador ensayo, Axel Kaiser desmonta uno de los grandes mitos del siglo XX a través de un análisis riguroso y apoyado en fuentes históricas, filosóficas y económicas.

Con su ya clásico estilo claro y directo, Kaiser demuestra que ambas ideologías comparten raíces ideológicas similares y una esencia destructiva y totalitaria común, como también denuncia la doble moral que condena con razón los crímenes del nazismo, pero silencia o minimiza los horrores del comunismo. Con numerosas referencias a Hitler, Goebbels, Rosenberg, Lenin, Marx y Engels, entre otros, el autor desnuda al marxismo-leninismo como el gemelo ideológico anticapitalista, antindividualista, antiracionalista, anticristiano y antihumanista del nacional socialismo, alertando al mismo tiempo sobre la amenaza que implican las teorías colectivistas para la subsistencia de la libertad y la civilización.
Axel Kaiser es uno de los ensayistas liberales más influyentes del mundo hispano. Es autor de numerosos libros y artículos académicos sobre política, economía y cultura. Su obra se caracteriza por la defensa del pensamiento crítico y la libertad individual.

Introducción

Karl Marx es, por lejos, el intelectual más citado en el mundo académico, al punto de que solo su obra acumula una cantidad de citas similar a la de los trabajos de Friedrich Hayek, John Maynard Keynes y Milton Friedman juntos1. Su célebre pasquín junto a Engels, El manifiesto comunista, se entrega en cerca de cuatro mil programas universitarios en Estados Unidos, aunque casi todos son en humanidades2. De este modo, la influencia de Marx sobre nuestra cultura sigue siendo gigantesca y más aún si consideramos que todo el movimiento progresista woke deriva fundamentalmente de intelectuales neomarxistas como Michel Foucault y Jacques Derrida. No es una exageración afirmar que el marxismo, especialmente en la versión llamada “posmodernismo” está hoy contribuyendo decisivamente a destruir Occidente3. Mientras eso ocurre, la popularidad del socialismo en Estados Unidos experimenta un auge inédito, al punto de que un 36 % de los adultos declara tener una imagen positiva de esa ideología, cifra que sube a 57 % entre demócratas según encuestas de 2022 de Pew Research4. Cuando se distingue por edades, un 44 % de los jóvenes entre dieciocho y veintinueve años declara tener una buena imagen del socialismo, lo que es imposible no correlacionar con la influencia de la educación superior americana, hoy tomada mayoritariamente por profesores de izquierda e izquierda extrema5. De hecho, los datos muestran que a mayor nivel académico más aprobación tiene el socialismo. Así, entre personas con posgrado esta es de 41 %, mientras entre personas con educación escolar completa o menos es de 35 %. Y si bien podrá discutirse la definición exacta que estos grupos tienen del concepto “socialismo”, la verdad es que todos parecen compartir la intuición de que es un sistema más humano que el capitalista.

Cuando se habla de “comunismo” existe una aceptación cultural que sería imposible concebir para su equivalente totalitario, el nazismo. Y esta tiene que ver, en parte, con el lavado de imagen que la intelectualidad occidental ha hecho del comunismo y con la ignorancia respecto de este en la población. Basta revisar la definición de comunismo de la Enciclopedia británica para niños para entender este trabajo sistemático de hegemonía cultural en favor del comunismo: “El comunismo es un tipo de gobierno, así como un sistema económico (una forma de crear y compartir la riqueza). En un sistema comunista, las personas individuales no poseen tierras, fábricas ni maquinaria. En su lugar, el gobierno o toda la comunidad son los propietarios de estos bienes. Se supone que todos deben compartir la riqueza que crean”, señala y luego agrega:

En el siglo XIX, muchos países siguieron el sistema económico llamado capitalismo. Bajo el capitalismo, las personas individuales, llamadas capitalistas, poseen propiedades y dirigen empresas. Algunos capitalistas se hicieron ricos, pero pagaban muy poco a sus trabajadores. En respuesta, muchos trabajadores comenzaron a apoyar las ideas del socialismo. En un sistema socialista, el gobierno posee las empresas y distribuye la riqueza de manera más justa entre la población. Karl Marx, un pensador alemán del siglo XIX, llevó las ideas socialistas un paso más allá. Las ideas de Marx se convirtieron en la base del comunismo6.

En esta versión idealizada del comunismo no hay mención alguna de las hambrunas masivas, del odio que motivó a los revolucionarios, de la catástrofe económica, de los gulags y los más de cien millones de muertos y asesinados a manos de las dictaduras comunistas. Sin embargo, la misma Enciclopedia Britannica Kids, cuando habla de nazismo, recuerda que “bajo el liderazgo de Adolf Hitler, los nazis iniciaron la Segunda Guerra Mundial. También llevaron a cabo el Holocausto: el asesinato de aproximadamente seis millones de judíos”. Y añade: “Los nazis creían que el pueblo debía obedecer a un líder fuerte. No valoraban la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos ni la paz. Los nazis también enseñaban que los alemanes habían nacido para gobernar sobre lo que llamaban ‘razas inferiores’. Hitler predicaba un odio especial contra los judíos”7. En resumen, de acuerdo a la Enciclopedia Britannica Kids, el comunismo es bueno, una causa noble que busca igualdad frente al abuso y el nazismo es malo, criminal e inhumano.

En 2017, el filósofo británico Roger Scruton describía así el encubrimiento que la intelectualidad europea hace de los crímenes comunistas:

Nuestro currículo escolar se detiene constantemente en el Holocausto. Varios Estados han hecho del negacionismo de este hecho un crimen, y existen museos y monumentos dedicados a las víctimas del nazismo y el fascismo en todo el continente. Pero las millones de víctimas del comunismo son apenas recordadas. Una historia estándar de los tiempos modernos, ampliamente utilizada en nuestras escuelas, elogia la Revolución rusa por su objetivo de ‘la completa destrucción de la burguesía rusa y europea’, lo cual era necesario para ‘la victoria del socialismo’. Esta historia (Edad de los extremos, de Eric Hobsbawm) no menciona la abolición de los tribunales, ni la creación de la Cheka (la policía secreta), ni las brutales expropiaciones que destruyeron la economía rusa, ni la hambruna masiva impuesta a los campesinos ucranianos. Es inadmisible que un historiador escriba en términos distintos a los de repulsión sobre la destrucción nazi de los judíos; pero la igualmente cruel ‘destrucción de la burguesía’ puede ser descrita con una aprobación sin reservas8.

En un artículo de 2014, el profesor de Princeton y filósofo Peter Singer se preguntó precisamente por qué se daba una diferencia tan radical de actitudes frente a Adolf Hitler y Josef Stalin si ambos eran criminales igualmente genocidas9. Según Singer, mientras existían múltiples estatuas al líder soviético en diversos países, no había ninguna conocida al Führer. Más aún, Singer relató que había cenado en un restaurante en Nueva York que alababa a la Unión Soviética incluyendo decoración con imágenes de líderes soviéticos entre los que destacaba Stalin e incluía hasta garzones vestidos de oficiales soviéticos. Además, comentó que Nueva York tenía un bar KGB señalado que era imposible pensar en que existiera un bar de las SS o de la Gestapo. En seguida, Singer procedió a reflexionar en torno al genocidio del régimen comunista bajo Stalin comparándolo con el de Hitler en los siguientes términos:

[...] Entre dos y tres millones de personas murieron en los campos de trabajos forzados del gulag y quizás un millón fueron fusiladas durante la Gran Guerra de finales de la década de 1930. Otros cinco millones murieron de hambre en la hambruna de 1930-1933, de los cuales 3,3 millones eran ucranianos que murieron como consecuencia de una política deliberada relacionada con su nacionalidad o su condición de campesinos relativamente prósperos, conocidos como kulaks [...]. El número total de muertes que Snyder atribuye a Stalin es inferior a la cifra comúnmente citada de veinte millones, estimada antes de que los historiadores tuvieran acceso a los archivos soviéticos. No obstante, es una cifra horrenda, similar en magnitud a las matanzas de los nazis10.

Singer añadió un punto fundamental sobre la identidad criminal entre comunismo y nazismo al sostener que los archivos soviéticos demuestran que “no se puede afirmar que los asesinatos nazis fueran peores porque las víctimas fueran seleccionadas por su raza o etnia”, pues Stalin “también seleccionó a algunas de sus víctimas sobre esta base”. Entre ellos, añadió, se encontraban ciudadanos ucranianos y personas pertenecientes a minorías étnicas asociadas con países limítrofes con la Unión Soviética. Más aún, Singer recordó que “las persecuciones de Stalin también se dirigieron a un número desproporcionadamente grande de judíos”.

Singer elaboró una posible respuesta a la razón por la cual existe ese doble estándar moral entre nazismo y comunismo que lleva a considerar a uno como repugnante y a otro aceptable. Dice Singer que la mayor aceptación de Stalin —y de todos los comunistas, podríamos agregar— se debe probablemente al hecho de que “el comunismo conecta con algunos de nuestros impulsos más nobles, como la búsqueda de la igualdad para todos y el fin de la pobreza”. Nada de eso, añadió el profesor de Princeton, puede encontrarse en el nazismo, que de manera honesta declaraba no interesarle el bien común sino el de un grupo racial. Así, en lugar de declararse inspirado por amor, el nazismo se mostraba claramente motivado por el odio11.

Ahora bien, de que el nazismo se encontraba motivado por el odio es algo que nadie osaría discutir. En el caso del comunismo, sin embargo, dada su fraseología de amor al prójimo, esto es menos evidente a primera vista. Pero un examen un poco más detenido da cuenta de que fue el odio y no el amor por la humanidad lo que inspiró a Marx y a sus seguidores. Quien mejor advirtiera esto fue el filósofo inglés Bertrand Russell en su ensayo de 1956 “Por qué no soy comunista”. Russell, un ateo anticonservador, afirmaría que los principios teóricos del comunismo eran “falsos” y que sus máximas prácticas eran tales que producían “un incuantificable incremento de la miseria humana”12. De acuerdo con Russell, el principal referente de esta teoría, Karl Marx, poseía una “mente confusa” y su pensamiento estaba “casi enteramente inspirado por odio”13. Además, sugirió Russell, Marx era un fraude intelectual. Según el pensador británico, el autor de El capital estaba satisfecho con el resultado de sus teorías “no porque este concuerde con los hechos o sea lógicamente coherente, sino porque está diseñado para enfurecer a los asalariados”. Más aún, Russell explica que ideas centrales de Marx, como el materialismo dialéctico, eran “pura mitología” que este difundía porque “su mayor deseo era ver a sus enemigos castigados importándole poco lo que ocurriese a sus amigos en el proceso”14. En otras palabras, a Marx no le interesaba en lo absoluto la verdad y manipulaba sus argumentos para engañar al público de modo de desatar la violencia, aunque esto significara que se masacrara a sus propios partidarios.

Si hubiera que definir entonces la gran diferencia entre nazismo y comunismo esta sería ante todo una de tipo retórica, pues sus motivaciones y fines, a saber, el odio y el poder total, son idénticos. El pensador francés Jean-François Revel, quien fuera comunista y luego abrazaría el liberalismo, explicó este punto señalando que, mientras el comunismo era una utopía genocida indirecta, el nazismo era una utopía genocida directa, pues este último confesaba inmediatamente sus intenciones y motivaciones. Hitler, dijo Revel, hizo lo que prometió y por tanto no había decepcionados del nazismo, pues se sabía de antemano lo que buscaba. El comunismo, en cambio, es un totalitarismo “indirecto” porque disimula sus objetivos mediante la utopía15. Así, concluyó Revel, el comunismo “promete la abundancia y engendra miseria, promete la libertad e impone la servidumbre, promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades con la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en las sociedades feudales”16. Del mismo modo, agregó Revel, “el comunismo promete el respeto a la vida humana y procede a ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra el embrutecimiento generalizado; el hombre nuevo y fosiliza al hombre”17.

No es exagerado afirmar que siendo ambas ideologías engendros del lado más oscuro del alma humana, en cierto sentido el comunismo es más perverso que el nazismo. Y es que, al utilizar la utopía inclusiva como mascarada para todos sus crímenes torciendo la retórica y el lenguaje a niveles que ni siquiera conoció el nazismo, confunde a la gente llevándola a creer que todos serán salvados. El nazismo en cambio, si bien es idéntico en el sentido de prometer una utopía, la deja reservada para la raza aria.

Ahora bien, evidentemente, la afirmación de que nazismo y comunismo son esencialmente idénticos requiere de un análisis teórico e histórico más profundo. Esta es una tarea que resulta ineludible especialmente en tiempos en que las ideas marxistas y filomarxistas dominan las esferas intelectuales y políticas y gozan aun hoy de una aceptación popular que, como se ha dicho, resulta una amenaza seria a nuestra civilización. Por ello, lo que interesa para los efectos de este libro es demostrar que el comunismo, nazismo y fascismo son todas formas de socialismo que comparten raíces y fundamentos filosóficos. En este libro hemos analizado cinco de estos elementos centrales de las doctrinas marxistas leninistas y nazi-fascistas, aunque, sin duda, existen otros. Dado el carácter netamente destructivo de ambas ideologías, estos elementos se definen a partir de una negación, es decir, comunismo y nazismo comparten una esencia, si se puede hablar así, que es “anti” un conjunto de bienes humanos fundamentales.

El primer elemento es el antirracionalismo o relativismo epistemológico. Tanto nazis como comunistas negaron la existencia de una verdad objetiva cognoscible por todos independientemente de la raza o clase. Esto les permitió romper la unidad de la razón humana para señalar que la lógica proletaria y la burguesa y la de los arios y judíos, entre otros, eran existencialmente opuestas y que, como consecuencia, solo quedaba el conflicto violento y el exterminio de los opresores como alternativa. Para nazis y marxistas, la única verdad era la que ofrecía su ideología, y esta era irrefutable. 

El segundo elemento es el antiindividualismo o colectivismo. Este se deriva del primero e implica una negación del individuo y sus derechos para anteponer al colectivo —raza y clase— como criterio de acción política y argumentación teórica. El Estado, entonces, ya no vela por los derechos individuales, pues estos conspiran en contra de la clase o raza que representa la fuerza revolucionaria, sino por la tribu sin la cual el individuo es nada. Los derechos humanos individuales, por lo tanto, deben necesariamente desaparecer para concretar el proyecto colectivo. 

El tercer elemento es el anticapitalismo o socialismo. A diferencia de lo que sugiere la argumentación marxista, el nazismo fue una reacción anticapitalista, antiburguesa y antiliberal que, al igual que el comunismo, llevó a un control total de la economía por parte del Estado con desastrosos resultados. 

El cuarto elemento es el anticristianismo o gnosticismo político. Este es tal vez el menos conocido. Tanto nazis como comunistas fueron, ante todo, una reacción gnóstica en contra de la tradición judeocristiana que, junto con Grecia y Roma, sentó las bases de la civilización occidental. En lo sustancial, ambos pretendían poseer un conocimiento místico de la verdad única, que solo a ellos les había sido relevada y que los llevaría, mediante la destrucción del maligno orden cristiano prevaleciente, a crear un paraíso sobre la tierra. Se trata, en ambos casos, por lo mismo, de doctrinas escatológicas y utópicas para las cuales la ética y epistemología cristianas son un obstáculo en su afán por refundar totalmente el orden social.

El quinto y último elemento que comparten comunismo y nazismo y que analizaremos acá es el antihumanismo o luciferismo. Ambas ideologías fueron revolucionarias en el sentido de pretender recrear por completo el orden social y al hombre mismo con el fin de “purificarlo” de toda la corrupción producida por la burguesía y las “razas inferiores”.

Su propósito fue llegar al fin de la historia humana entendida como una etapa en que la utopía racial para los nazis y la de clase para los comunistas se alcanzara para siempre. Ambos vieron su misión como una rebelión contra el orden de Dios para suplantarlo destruyendo la creación, para sobre sus ruinas tomar la posición divina y crear un nuevo orden a imagen y semejanza de los líderes marxistas y nazis. La violencia sistemática y el terror purificador traducidos en genocidios son, así, parte esencial de las ideologías marxista y nacionalsocialista y no desviaciones de la doctrina originaria como se ha querido hacer creer en el caso del marxismo.

Los cinco elementos que configuran la identidad de estas doctrinas son tan sustanciales que hacen imposible trazar una distinción relevante entre ellas. En otras palabras, más allá de que el marxismo era internacionalista y contenía algunos elementos liberales en lo cultural, mientras el nazismo era nacionalista y, por tanto, más cercano a cierto conservadurismo de corte monárquico, el socialismo marxista leninista, el nacionalsocialismo y en menor grado el fascismo italiano, son ideologías idénticas en todo lo fundamental. Es precisamente el hecho de que contengan los mismos ingredientes lo que explica que hayan producido idénticos resultados en la práctica. Es por esta razón que se justifica la comparación que formula Singer entre Stalin y Hitler, lista a la que podemos sumar a Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung, Pol Pot y tantos otros.

Entender, entonces, que el socialismo marxista es equivalente al nazismo en su carácter criminal, totalitario, colectivista, luciférico, escatológico, gnóstico, anticapitalista y revolucionario, resulta imprescindible para acabar con la imagen positiva de la que goza el comunismo y una de sus doctrinas fundantes, el marxismo. A su vez, esto permitirá desterrar el fantasma comunista de una buena vez y asestar un golpe letal a la credibilidad moral de todos quienes siguen a Marx desde la política, academia y cultura y que se disfrazan de “antifascistas” y antinazis en circunstancias de que el nazismo no es más que comunismo desprovisto del internacionalismo y el engaño utópico inclusivo que hacen del comunismo una ideología más seductora y destructiva.

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1 Paniagua, “Marx culpable”, 113.
2 Ibid.
3 Pluckrose y Lindsay, Cynical Theories, 30.
4 Pew Research Center, “Modest Declines in Positive Views of ‘Socialism’ and ‘Capitalism’ in U.S.”.
5 Abrams, “Professors Moved Left since 1990s, Rest of Country Did Not”.
6 “Communism”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/communism/352989
7 “Nazi Party”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/Nazi-Party/353523
8 Scruton, “As the Left Surges Back, Marxism’s Bloody Legacy Is Covered Up.”.
9 Singer, “A Statue for Stalin?”.
10 Ibid.
11 Ibid.
12 Russell, “Por qué no soy comunista”.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Revel, La gran mascarada, 97.
16 Ibid.
17 Ibid.

¿Cómo Reconstruir Una Sociedad Deshecha? |
 Programa Especial Con Ricardo Baroni Y Osmel Brito

NO SEA VENECO


DES-CHAVITIZAR VENEZUELA
DESNAZIFICACIÓN COMO MODELO


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?

lunes, 29 de diciembre de 2025

LIBRO "EL HOMBRE MODERNO": DESCRIPCIÓN FENOMENOLÓGICA por ALFREDO SÁENZ

 EL HOMBRE MODERNO

DESCRIPCIÓN FENOMENOLÓGICA

ALFREDO SÁENZ


INTRODUCCIÓN

Antes de dar comienzo a nuestra descripción convendrá aclarar los términos elegidos. Decimos que trataremos del “hombre moderno”. Esta expresión es aparentemente insustancial y sin sentido, ya que siempre el hombre es moderno. Lo era ya el hombre de las cavernas y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. Siempre el hombre es de su época. Pero lo que acá queremos significar es otra cosa. Tomamos la palabra “moderno” no en el sentido cronológico del vocablo sino en un sentido axiológico, es decir, valorativo. 

Queremos referirnos al hombre que es producto de la llamada "civilización moderna". También esta fórmula requiere explicación ya que, por los motivos anteriormente aducidos, toda civilización es igualmente moderna. Pero la entendemos en el sentido que le ha dado la Iglesia en su Magisterio de los últimos tiempos para calificar a la civilización resultante del largo proceso de apartamiento del orden sobrenatural, e incluso del orden natural, que se inició con el declinar de la Edad Media. 

Civilización moderna significa, pues, en nuestro caso, la civilización creada sobre los escombros de la antigua civilización fundada en el cristianismo. Y entendemos por "hombre moderno" al hombre que es fruto de dicha civilización. Decimos, asimismo, que nuestra descripción será de índole "fenomenológica". Este adjetivo es de origen kantiano. 

Max Scheler lo retomó para significar la consideración del hombre a través de sus valores y actitudes. 
Kant sostenía que en los seres hay un númenon, es decir, la esencia escondida, y un fenómeno, o sea, lo que de ella aparece al exterior. Pues bien, nosotros intentaremos una descripción del hombre de hoy, del que camina por la calle, del que ve televisión, según se nos manifiesta en sus diversas valoraciones y actitudes anímicas o existenciales. 

Suponemos como ya conocidos, aunque fuere a grandes rasgos, los principales jalones del proceso de apostasía que caracteriza a los últimos siglos. Tras la civilización comúnmente llamada medieval, se inició dicho proceso, que pasa por el Renacimiento, la Reforma protestante, el Iluminismo, la Revolución francesa, la Revolución soviética, y ahora el Nuevo Orden Mundial. 

No se trata, por cierto, de bloques compactos. Incluso sería injusto tachar al Renacimiento de antimedieval. Dentro del llamado Renacimiento hay una buena dosis de espíritu medieval, sobre todo en el llamado “primer Renacimiento”, así como en el interior de la Edad Media hubo también pequeños "renacimientos". No son períodos seccionables con regla y escuadra, pero sí marcan diversas tendencias que se concatenan entre sí1

El contenido doctrinal de las grandes etapas de la "revolución anticristiana" ha sido ampliamente dilucidado por autores de valía como Bossuet, Balmes, Donoso Cortés, el cardenal Pie, y entre nosotros Meinvielle y Caturelli. Pero también lo han analizado, si bien con valoraciones no siempre coincidentes con los pensadores anteriormente citados, autores ajenos al pensamiento católico. 
Así, por ejemplo, Augusto Comte, el fundador del positivismo. En su opinión, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII se hizo todo lo posible por destruir lo que él llamaba "el poder teológico", realizándose las grandes "suplencias" o "reemplazos" de un principio "tradicional" por otro "moderno". 

Las “anteriores revoluciones”, como él las llamaba, no fueron, a su juicio, sino "sencillas modificaciones".En cambio aquellos tres siglos instauraron lo que puede ser considerado como "la Gran Revolución". Según se ve, el vocablo "moderno", en labios de Comte, no significa simplemente "nuevo", ni una especie de "moda" que hubiese cundido entre hombres menos apegados a la tradición, sino que designa un cambio copernicano en el curso de la historia. Algo semejante podemos encontrar en Kant, Hegel, Marx y muchos otros. 

Un pensador actual, José Miguel Ibáñez Langlois, nos ofrece una visión panorámica de lo acontecido. Tanto la filosofía griega como la teología medieval, escribe, concebían el universo como un orden jerárquico, donde el hombre ocupaba el vértice del cosmos. Ello se hace patente en la visión del Dante, donde el hombre es el rey de la creación, y la tierra el centro del universo, con sus diez esferas concéntricas, que el peregrino recorre hasta llegar al cielo o al infierno. 
Las imágenes de la Divina Comedia, más allá de la rudimentaria cosmología del Medioevo, encubrían una categórica cosmovisión metafísica y teológica. Dicha manera de ver, que comenzó a deteriorarse a partir del pesimismo luterano, se vería francamente cuestionada por la física de Galileo, pero sobre todo por la revolución de Copérnico y su sistema heliocéntrico. 

En la nueva imagen del cosmos, el hombre pasaba a ocupar una posición minúscula y angustiosa. La tierra dejó de ser el centro del universo, y el hombre se percibió como una partícula insignificante. 
"El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta", exclamaba Pascal, estremecido ante esta nueva evidencia. Más, pronto se dio un paso crucial. El hombre no se resignaba con ser una partícula del cosmos, una "caña pensante", al decir del mismo Pascal. Quería ser protagonista. Y así nació en él una tendencia a revertir el proceso, en orden a reconquistar la primacía perdida, si bien sobre otros presupuestos. Ello se concretaría en el antropocentrismo moderno, el humanismo del Renacimiento y la Ilustración. 

Marginando la soberanía de Dios, el hombre quiso volver a ser el centro de la creación, pero atribuyéndose prerrogativas antes reservadas a la divinidad. De este modo, la edad moderna se propuso neutralizar por todos los medios a su alcance aquel anterior "pesimismo" cosmológico, más aún, convertirlo, por paradójico que ello pueda parecer, en un factor de exaltación humana, en una especie de nueva religión basada en la razón y el progreso científico. Sólo había que identificar la razón de aquella "caña pensante" de Pascal con la "razón universal". Tal sería justamente la gran empresa de la filosofía moderna. 

La infinitud del universo, afirmada ahora por la nueva cosmología, se fue transformando en la infinitud potencial de la propia mente, ahora concebida como una potencia ordenadora e incluso creadora, es decir, idéntica a la Razón divina. "Al cabo de este proceso -escribe Ibáñez Langlois-, el terror de los espacios ilimitados se habrá convertido en la más rotunda autoafirmación del hombre que conozca la historia; la melancolía de la caña pensante será ahora el optimismo romántico-racionalista del espíritu hegeliano. 

Y en este cumplimiento habrán confluido, paradójicamente, todas las aspiraciones iniciales de la modernidad: la ciencia positiva, que engendró el proceso; el ideal renacentista y antropocéntrico del «hombre infinito», ahora satisfecho; el espíritu protestante, que en su modalidad secularista y desacralizadora ve extrañamente cumplido su objetivo; y el gnosticismo moderno que, como religión de la razón, cree alcanzar por fin el secreto del hombre y del universo y la técnica de su redención. A su vez esta empresa, como filosofía de la historia, abre al hombre un horizonte también infinito -el «progreso»- puesto que se estima potencialmente infinita la perfectibilidad racional de la mente humana"2

En el siglo XVIII, y como una especie de culminación de aquel proceso, apareció en Francia, que llevaba la bandera de la Revolución, una figura especial, la de los sedicentes "filósofos". Serían ellos quienes, creyéndose los "hombres nuevos", llamados a establecer en esta tierra la "ciudad de Dios" pero centrada en el hombre, se propusieron disipar totalmente las "tinieblas" de la tradición, por lo que se autodenominaron "iluministas", "ilustrados", enemigos de toda superstición. Se ha señalado la existencia de tres momentos en la implantación de esta ideología. 

El primero fue el momento de "los pocos", o sea, de ese grupo que se creía iluminado; el segundo, el momento de "los muchos", cuando sus ideas, sobre todo a través de la Enciclopedia, se propagaron en diversas capas de la sociedad; y finalmente el momento de "los todos", cuando la ideología se hizo común. Y así, de las minorías ilustradas, las nuevas ideas se difundieron en las clases intermedias, hasta impregnar el tejido mismo de la sociedad. Pero como quedaban recalcitrantes, los dirigentes entendieron que no siempre la "ilustración" resultaba suficiente, si no se apoyaba en la fuerza. De ahí nació la famosa teoría del "despotismo ilustrado", es decir, del apoyo del brazo secular para la implantación de las nuevas doctrinas. 

La Revolución soviética no hizo sino llevar a su plenitud el ideal “libertario” de la Revolución francesa, su progenitora,"como tan bien lo vio Dostoievski en sus grandes novelas. El hombre moderno, producto de estas dos grandes revoluciones de los últimos tiempos, se ha colocado bajo la égida de Prometeo, el héroe titánico de la mitología griega, que arrebató el fuego de los dioses para entregarlo a los hombres; el hombre por excelencia, con mayúscula, que se animó a desafiar las prohibiciones de Dios para comunicar su poder a sus hermanos, cumpliéndose finalmente la promesa del tentador: "Seréis como dioses", y por tanto "conocedores del bien y del mal". 

El hombre prometeico, con su ciencia emancipada, invadirá la región de los misterios, y cual nuevo demiurgo se abocará a instaurar un mundo que sea creación suya, una nueva creación que no experimente ya la necesidad del Creador3. 

Este gran proyecto del pensamiento moderno podría ser designado con el nombre de "cultura faústica", ya que el hombre que lo ha concebido, entregando su alma al enemigo, recibió a cambio el control creciente del universo, camino al paraíso en la tierra. Con este pantallazo histórico hemos llegado, quizás a la carrera, hasta nuestro tiempo, sólo inteligible a la luz de todos aquellos avatares. El cristianismo, principal adversario del triunfante proyecto prometeico, ha perdido vigencia social. 

Quedan cristianos, pero no ya Cristiandad, es decir, una sociedad impregnada con el espíritu del Evangelio. El gran literato y pensador inglés, C. S. Lewis, sostiene que estamos en una época post-cristiana, fruto de un salto histórico cualitativo: "Hablando a grandes rasgos -escribe- podemos decir que mientras para nuestros ancestros toda la historia se dividía en dos períodos, el pre-cristiano y el cristiano, y solamente en esos dos, para nosotros se dan tres: el pre-cristiano, el cristiano y lo que podríamos razonablemente llamar el post-cristiano . Los cristianos y los paganos tenían mucho más en común unos con otros que lo que tiene cualquiera de ellos con un post-cristiano. La brecha entre aquellos que adoran diferentes dioses no es tan amplia como la que se da entre los que adoran y los que no"4. Entre paganos y cristianos hubo un cúmulo de cosas comunes: la conciencia simbólica, la noción de sacralidad, el mundo del rito, etc. 

"El post-cristiano está cortado del pasado cristiano y por tanto lo está doblemente del pasado pagano"5. Así es la gente que vemos caminar por la calle, el uomo qualunque, fruto de este proceso secular. En las viejas épocas renacentistas el hombre cultivó amorosamente la pasión por el retrato, pero hoy, al contemplarse en el espejo de su narcisismo, ve hasta qué punto su rostro se ha distorsionado, como tan bien lo supo expresar Picasso, uno de los grandes exponentes de la modernidad. Un hombre saturado de promesas y de grandiosas expectativas que, al mostrarse vanas, lo dejan sumido en una desorientación poco menos que existencial. A veces pareciera apuntar una esperanza histórica, como aconteció por ejemplo cuando cayó el muro de Berlín. Pero ello no fue sino una anécdota en medio de un proceso de creciente decadencia. Por eso, como ha dicho hace poco el cardenal Ratzinger: "La decepción ante un marxismo que no mantuvo sus promesas cambió esa esperanza en nihilismo: son las naciones occidentales sobre todo las que han cedido a las tentaciones desesperadas de la droga y del suicidio. Este itinerario que desemboca en la nada habría podido suscitar un llamado hacia la trascendencia. Nada de eso sucedió,." El mal es mucho más profundo. Toca al hombre en sus raíces. La tradición india, que divide a la historia en cuatro ciclos, llama Kali-yuga a la última época, la de la decadencia. En el Vishnu Purána se dice de esa época, que es la actual: "Entonces la sociedad alcanza un estadio en que sólo la propiedad confiere rango, donde sólo la riqueza es considerada virtud, donde sólo la mentira es la fuente del éxito en la vida, donde sólo la sexualidad constituye un medio de gozo, y donde el ritualismo se confunde con la religión verdadera"6. 

Ya en 1909 Péguy había entrevisto todo esto: "La disolución del imperio romano -escribe- no fue nada en comparación con la disolución de la sociedad actual. Tal vez había más crímenes y un número aún mayor de vicios. Pero había, en cambio, recursos infinitamente mayores. Aquella podredumbre estaba llena de gérmenes. No conocía esta suerte de promesa de esterilidad que hoy tenemos". En un libro reciente, Enrique Rojas ha dicho que el hombre contemporáneo se parece mucho a los denominados productos light hoy en boga: comida sin calorías, manteca sin grasa, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, leche descremada.. Un hombre nuevo descafeinado, "cuyo lema es tomarlo todo sin calorías"7; en última instancia, "un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito, al gozo ilimitado y sin restricciones"8. 

Marcel de Corte aplica al hombre de hoy lo que el poeta inglés William Becke decía del de su siglo, señalando las consecuencias y estigmas que se manifiestan hasta en su realidad física, cuando abandona las finalidades naturales: A mark in every face I meet, marks of weakness, marks of woe ("veo un signo en todos los rostros, signos de debilidad, signos de pena")9. 

En estas conferencias intentaremos esbozar una descripción del hombre de nuestro tiempo, o más precisamente, del "hombre moderno". 
Recurriremos para ello a numerosos pensadores actuales como Víctor Frankl, Francis Fukuyama, Michele F. Sciacca, José Ortega y Gasset, Gabriel Marcel, Marcel de Corte, y muchos otros. No es fácil sistematizar algo tan indefinible, así como tampoco evitar algunas reiteraciones, pero creemos que el esfuerzo vale la pena.

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1 Cf. sobre esto José Ferrater Mora, El hombre en la encrucijada, Sudamericana, Buenos Aires 1965, p. 152
2 Introducción a la antropología filosófica, 2a ed., Eunsa, Pamplona 1980, pp.98-99. Para el conjunto del tema ver pp.90-116.
3 Cf. J. Folliet, Adviento de Prometeo, Criterio, Buenos Aires 1954, p.29.
4 De descriptione temporum, incluido en Selected Literary Essays, p.5.
5 Ibid., p. 10
6 IV, 24.
7 El hombre light. Una vida sin valores, Planeta Argentina, Buenos Aires 1994, p.88.
8 Ibid., p. 11
9 Cf. Encarnación del hombre, Labor, Barcelona 1952, p.28.

VER+:




Los Otros: P. Alfredo Sáenz y El hombre moderno. 

Una de las tantas obras del sacerdote jesuíta argentino Alfredo Sáenz, El hombre moderno, una obra que ya en los años 90 nos describía y alertaba sobre la pérdida del sentido trascendente.