EL Rincón de Yanka: FASCISMO

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miércoles, 21 de enero de 2026

DES-CHAVITIZAR (DES-SOCIALIZAR) VENEZUELA: LIBROS "LA DESNAZIFICACIÓN" y "LAS CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DE LA PAZ" y "LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS" y "NAZI-COMUNISMO"

LA DESNAZIFICACIÓN 
¿Cómo afrontar el pasado nazi tras la caída del Tercer Reich? 
Alemania 1945-1949: una historia de purgas, olvidos y ocultamientos



“No hay verdad que, al pasar por la atención, no mienta"  (Jacques Lacan)


HAY QUE CREAR EL MUSEO 
DEL HORROR CASTROCHAVISTA 
PARA LA MEMORIA COLECTIVA

Al principio, la alianza antihitleriana exigía la verdad. Pero, ¿de qué tipo de verdad se trataba? ¿Cómo podían millones de alemanes que habían pertenecido al partido nazi o a una de sus organizaciones de masas, tras lacatástrofe alemana, decir toda la verdad y nada más que la verdad?

La referencia a Jacques Lacan al inicio del prólogo puede resultar sorprendente, incluso chocante. Por favor, no malinterpreten mis intenciones. No pretendo en absoluto hacer una lectura psicoanalítica de la sociedad alemana post-nazi a través de esta investigación sobre la desnazificación. La ambición de este libro es seguir los pasos de las experiencias de desnazificación y los millones de historias del Tercer Reich que produjeron.

Por otra parte, poner este libro bajo el patrocinio intelectual de Lacan es recordar lo que une la historia y el psicoanálisis, a saber, la atención común prestada a las verdades (co)producidas por individuos ordinarios situados en configuraciones sociopolíticas específicas en un momento dado. ¿Cómo intentaron millones de alemanes enfrentados a la desnazificación, a través de sus representaciones, estrategias retóricas y reconstrucciones necesariamente subjetivas del pasado, dar sentido a sus vidas después de 1945? ¿Cómo construyeron una identidad posnazi en una Alemania dividida en cuatro zonas de ocupación?

Decir la verdad en una comparecencia ante los miembros de una comisión de depuración, tras haber respondido por lo general a un cuestionario y recogido los certificados de buena conducta elaborados por su entorno, era una forma de intentar justificar su compromiso con el Partido Nacionalsocialista (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP) o con alguna de sus organizaciones satélites, y de poner de relieve las restricciones, a veces fuertes, que podían haber limitado sus opciones personales en la época de la dictadura.

Contar la verdad significaba compartir su experiencia personal de doce años de nacionalsocialismo directa o indirectamente con oficiales militares occidentales o soviéticos, y con alemanes de las fuerzas “democráticas” o “antifascistas” que formaban parte de los comités de depuración. Contar la historia de su vida bajo el Tercer Reich era un paso necesario para pasar página lo antes posible y seguir adelante, entre el olvido selectivo y el trabajo cultural sobre el pasado.

Dicho de otro modo, la verdad sobre las experiencias de la desnazificación, tal como se conserva hoy en cientos de miles de archivos, es fundamentalmente incompleta, sesgada o engañosa. El pasado de los años 1933-1945, e incluso el de un compromiso con el NSDAP anterior al 1 de mayo de 1933, ha sido modificado, corregido u omitido en función de los intereses del presente, a saber, el de escapar a las consecuencias de una lógica de purga considerada inicua y discriminatoria.

Estos millones de alemanes de a pie no podían simplemente deshacer su pasado nazi. Era una parte permanente de sus vidas. El régimen nacionalsocialista les había dado marcos para pensar y representar el mundo y, por tanto, formas de (sobre)vivir. A través de la ley y la violencia callejera de las SA, había trazado las fronteras racistas y excluyentes de la “comunidad popular”, que ellos habían aceptado o al menos tolerado. A veces les había ofrecido oportunidades de ascenso social, pero también les había aterrorizado y, en última instancia, les había conducido a la catástrofe moral y material de la guerra total y el exterminio de los judíos de Europa. Los alemanes seguían arrastrando ese pasado.

Después de 1945, lo llevaban consigo, no necesariamente como una carga o un estigma, sino ante todo como una experiencia histórica compleja que les resultaba difícil reducir a conceptos como culpa o responsabilidad. En la práctica, por tanto, fueron capaces de cambiar su significado durante la delicada y difícil fase de purga. Los hechos históricos más objetivos, tanto los más insignificantes como los más criminales, que pueden reconstruirse hoy leyendo los expedientes personales de la desnazificación, son siempre, hasta cierto punto, maleables. Siempre que pudieron, a menudo inicialmente por miedo a ser detenidos e internados o para eludir una prohibición de trabajo, millones de alemanes arreglaron, falsificaron o relativizaron elementos de sus biografías al tiempo que daban sus interpretaciones de la historia inmediata del nazismo. Estas reconstrucciones fueron examinadas y certificadas con mayor o menor exactitud por las comisiones de desnazificación.
(…)
Lo que Lacan nos dice sobre la verdad puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurrió entre el verano de 1945 y el final oficial de la ocupación en 1949, tanto en la esfera privada como en la pública. En la Alemania del “Año Cero”, a pesar de los sonados Juicios de Nuremberg que comenzaron el 20 de noviembre de 1945, la verdad de los hechos sólo se podía, en el mejor de los casos, “decir a medias”, porque para funcionar, la sociedad post-nazi necesitaba más que nunca una buena dosis de secretismo, por utilizar la expresión del sociólogo alemán Georg Simmel. La imposibilidad de decir nada, de admitir nada, de confesar nada, era moralmente reprobable pero socialmente necesaria, aunque sólo fuera a nivel familiar.
(…)
¿Hasta qué punto la desnazificación fue un gran momento colectivo de “relato a medias”? Más allá del caso singular de la Alemania postnazi, esta investigación pretende también aportar elementos históricos sobre la relación entre verdad y secreto en nuestras sociedades contemporáneas, enfrentadas a la exigencia de transparencia, la competencia de las memorias traumáticas, el desafío de las fake news y el régimen mediático-político de la posverdad.

Tal perspectiva, que vincula el pasado y el presente, hace plenamente pertinente un objeto histórico que todavía hoy se entiende esencialmente como un lugar negativo de la memoria, marcado por el sello del fracaso. No se trata de extraer lecciones de la Historia, sino de afinar las representaciones que podamos tener de este periodo.

Interesarse por las experiencias de la desnazificación significa, por tanto, preguntarse cómo la Alemania postnazi fue capaz de construir verdades de facto que contradecían las verdades de la razón, y cómo se creó un consenso en torno a este proceso”.

© Presses Universitaires de France – Humensis / Emmanuel Droit


Los principios de la propaganda formulados por Joseph Goebbels no son reliquias del pasado, sino herramientas de poder que siguen operando, con nuevos formatos, en la política, los medios y las redes sociales.
Analizarlos desde una perspectiva histórica y conceptual permite desarmar los mecanismos mediante los cuales se construye el consenso, se simplifica la realidad y se orientan emociones colectivas.


LAS CONSECUENCIAS 
ECONÓMICAS DE LA PAZ


"Las consecuencias económicas de la paz" (1919) fue escrito por John Maynard Keynes. Keynes asistió a la Conferencia de Versalles como delegado del Tesoro británico y abogó por una paz mucho más generosa. Fue un éxito de ventas en todo el mundo y contribuyó a establecer la opinión generalizada de que el Tratado de Versalles era una "paz cartaginesa". Ayudó a consolidar la opinión pública estadounidense contra el tratado y la participación en la Sociedad de Naciones. La percepción de gran parte de la opinión pública británica de que Alemania había sido tratada injustamente fue también un factor crucial para el apoyo público al apaciguamiento. El éxito del libro consolidó la reputación de Keynes como economista de referencia, especialmente en la izquierda. Cuando Keynes fue uno de los protagonistas de la creación del sistema de Bretton Woods en 1944, recordó las lecciones de Versalles y de la Gran Depresión. El Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial fue un sistema similar al propuesto por Keynes en Las consecuencias económicas de la paz.

INTRODUCCIÓN 

La facultad de adaptación es característica de la Humanidad. Pocos son los que se hacen cargo de la condición desusada, inestable, complicada, falta de unidad y transitoria de la organización económica en que ha vivido la Europa occidental durante el último medio siglo. Tomamos por naturales, permanentes y de inexcusable subordinación algunos de nuestros últimos adelantos más particulares y circunstanciales, y, según ellos, trazamos nuestros planes. Sobre esta cimentación falsa y movediza proyectamos la mejora social; levantamos nuestras plataformas políticas; perseguimos nuestras animosidades y nuestras ambiciones personales, y nos sentimos con medios suficientes para atizar, en vez de calmar, el conflicto civil en la familia europea. Movido por ilusión insana y egoísmo sin aprensión, el pueblo alemán subvirtió los cimientos sobre los que todos vivíamos y edificábamos. Pero los voceros de los pueblos francés e inglés han corrido el riesgo de completar la ruina que Alemania inició, por una paz que, si se lleva a efecto, destrozará para lo sucesivo —pudiendo haberla restaurado— la delicada y complicada organización —ya alterada y rota por la guerra—, única mediante la cual podrían los pueblos europeos servir su destino y vivir. 

El aspecto externo de la vida en Inglaterra no nos deja ver todavía ni apreciar en lo más mínimo que ha terminado una época. Nos afanamos para reanudar los hilos de nuestra vida donde los dejamos; con la única diferencia de que algunos de nosotros parecen bastante más ricos que eran antes. Si antes de la guerra gastábamos millones, ahora hemos aprendido que podemos gastar, sin detrimento aparente, cientos de millones; evidentemente, no habíamos explotado hasta lo último las posibilidades de nuestra vida económica. Aspiramos, desde luego, no sólo a volver a disfrutar del bienestar de 1914, sino a su mayor ampliación e intensificación. Así, trazan sus planes de modo semejante todas las clases: el rico, para gastar más y ahorrar menos, y el pobre, para gastar más y trabajar menos. 

Pero acaso tan sólo en Inglaterra (y en América) es posible ser tan inconsciente. En la Europa continental, la tierra se levanta, pero nadie está atento a sus ruidos. El problema no es de extravagancias o de «turbulencias del trabajo»; es una cuestión de vida o muerte, de agotamiento o de existencia: se trata de las pavorosas convulsiones de una civilización agonizante. 

Para el que estaba pasando en París la mayor parte de los seis meses que sucedieron al Armisticio, una visita ocasional a Londres constituía una extraña experiencia. Inglaterra sigue siempre fuera de Europa. Los quejidos apagados de Europa no llegan a ella. Europa es cosa aparte. Inglaterra no es carne de su carne, ni cuerpo de su cuerpo. Pero Europa forma un todo sólido. Francia, Alemania, Italia, Austria y Holanda, Rusia y Rumanía y Polonia palpitan a una, y su estructura y su civilización son, en esencia, una. Florecieron juntas, se han conmovido juntas en una guerra, en la que nosotros, a pesar de nuestro tributo y nuestros sacrificios enormes (como América en menor grado), quedamos económicamente aparte. Ellas pueden hundirse juntas. De esto arranca la significación destructora de la Paz de París. Si la guerra civil europea ha de acabar en que Francia e Italia abusen de su poder, momentáneamente victorioso, para destruir a Alemania y Austria-Hungría, ahora postradas, provocarán su propia destrucción; tan profunda e inextricable es la compenetración con sus víctimas por los más ocultos lazos psíquicos y económicos. 

El inglés que tomó parte en la Conferencia de París y fue durante aquellos meses miembro del Consejo Supremo Económico de las Potencias Aliadas, obligadamente tenía que convertirse (experimento nuevo para él) en un europeo, en sus inquietudes y en su visión. Allí, en el centro nervioso del sistema europeo, tenían que desaparecer, en gran parte, sus preocupaciones británicas, y debía verse acosado por otros y más terroríficos espectros. París era una pesadilla, y todo allí era algo morboso. Se cernía sobre la escena la sensación de una catástrofe inminente: insignificancia y pequeñez del hombre ante los grandes acontecimientos que afrontaba; sentido confuso e irrealidad de las decisiones; ligereza, ceguera, insolencia, gritos confusos de fuera —allí se daban todos los elementos de la antigua tragedia—. Sentado en medio de la teatral decoración de los salones oficiales franceses, se maravillaba uno pensando si los extraordinarios rostros de Wilson y Clemenceau, con su tez inalterable y sus rasgos inmutables, eran realmente caras y no máscaras tragicómicas de algún extraño drama o de una exhibición de muñecos. 

Toda la actuación de París tenía el aire de algo de extraordinaria importancia y de insignificante a la par. Las decisiones parecían preñadas de consecuencias para el porvenir de la sociedad humana, y, no obstante, murmuraba el viento que las palabras no se hacían carne, que eran fútiles, insignificantes, de ningún efecto, disociadas de los acontecimientos; y sentía uno, con el mayor rigor, aquella impresión descrita por Tolstoi en Guerra y Paz, o por Hardy en Los Dinastas, de los acontecimientos marchando hacia un término fatal, extraño e indiferente a las cavilaciones de los estadistas en Consejo: 

El Espíritu de los Tiempos Observa 
que toda visión amplia y dominio de sí mismas 
Han desertado de estas multitudes, ahora dadas a los demonios 
Por el Abandono Inmanente. 
Nada queda Más que venganza aquí, entre los fuertes, 
Y allí, entre los débiles, rabia impotente. 

El Espíritu de la Piedad 
¿Por qué impulsa la Voluntad una acción tan insensata? 

El Espíritu de los Tiempos 
Te he dicho que trabaja inconscientemente, 
Como un poseído, no juzgando.

En París, los que estaban en relación con el Consejo Supremo Económico recibían casi cada hora informes de la miseria, del desorden y de la ruina de la organización de toda la Europa central y oriental, aliada y enemiga, al mismo tiempo que conocían, de labios de los representantes financieros de Alemania y de Austria, las pruebas incontestables del terrible agotamiento de sus países. La visita ocasional a la sala caliente y seca de la residencia del presidente, donde los Cuatro cumplían su misión en intriga árida y vacía, no hacía más que aumentar la sensación de la pesadilla. No obstante, allí, en París, los problemas de Europa se ofrecían terribles y clamorosos, y era de un efecto desconcertante volver la vista hacia la inmensa incomprensión de Londres. Para Londres, estos asuntos eran cuestiones muy lejanas, y allí sólo preocupaban nuestros propios problemas más insignificantes. Londres creía que París estaba causando una gran confusión en sus asuntos; pero continuaba indiferente. Con este espíritu, recibió el pueblo británico el Tratado, sin leerlo. Pero este libro no se ha escrito bajo la influencia de Londres, sino bajo la influencia de París, por alguien que, aun siendo inglés, se siente también europeo, y que por razón de una reciente experiencia, demasiado viva, no puede desinteresarse del ulterior desarrollo del gran drama histórico de estos días que ha de destruir grandes instituciones, pero que también puede crear un nuevo mundo.

LA TIRANÍA DE LOS EXPERTOS

ECONOMISTAS, DICTADORES
Y LOS DERECHOS OLVIDADOS DE LOS POBRES

WILLIAM EASTERLY

En "La tiranía de los expertos", el reconocido economista William Easterly revela nuestros fallidos esfuerzos para combatir la pobreza global. El enfoque verticalista del desarrollo, aprobado por expertos, no solo ha logrado escasos avances duraderos, sino que ha demostrado ser una justificación conveniente para generaciones de violaciones de derechos humanos perpetradas por colonialistas, dictadores poscoloniales y responsables de la política exterior estadounidense. 
Easterly presenta una crítica devastadora del deplorable historial de desarrollo autoritario, demostrando cómo las tácticas tradicionales contra la pobreza han pisoteado la libertad de los pobres del mundo y suprimido un debate vital sobre enfoques alternativos para resolver la pobreza global. Si bien las agencias de ayuda, como el Banco Mundial y la Fundación Gates, aún se consideran bienintencionadas y eficaces, se basan en la creencia errónea de que los tecnócratas sabios de Occidente serán los salvadores de las víctimas indefensas del resto del mundo. Con demasiada frecuencia apoyan a dictadores, con la esperanza de que el desarrollo económico conduzca naturalmente a la democracia.
En esta edición revisada, Easterly presenta nuevas investigaciones que actualizan sus magistrales críticas para el presente. Revela los errores fundamentales inherentes al tan celebrado enfoque vertical y ofrece un nuevo modelo tanto para las agencias de ayuda occidentales como para los países en desarrollo: un modelo que, al basarse en el respeto a los derechos de las personas pobres, tiene el poder de erradicar la pobreza mundial de una vez por todas.


NAZI-COMUNISMO
POR QUÉ MARXISTAS, LENINISTAS 
Y NAZI FASCISTAS SON GEMELOS IDEOLÓGICOS

El comunismo y el nazismo suelen entenderse como ideologías que se ubican en las antípodas, pero ¿están realmente tan lejos? En este provocador ensayo, Axel Kaiser desmonta uno de los grandes mitos del siglo XX a través de un análisis riguroso y apoyado en fuentes históricas, filosóficas y económicas.

Con su ya clásico estilo claro y directo, Kaiser demuestra que ambas ideologías comparten raíces ideológicas similares y una esencia destructiva y totalitaria común, como también denuncia la doble moral que condena con razón los crímenes del nazismo, pero silencia o minimiza los horrores del comunismo. Con numerosas referencias a Hitler, Goebbels, Rosenberg, Lenin, Marx y Engels, entre otros, el autor desnuda al marxismo-leninismo como el gemelo ideológico anticapitalista, antindividualista, antiracionalista, anticristiano y antihumanista del nacional socialismo, alertando al mismo tiempo sobre la amenaza que implican las teorías colectivistas para la subsistencia de la libertad y la civilización.
Axel Kaiser es uno de los ensayistas liberales más influyentes del mundo hispano. Es autor de numerosos libros y artículos académicos sobre política, economía y cultura. Su obra se caracteriza por la defensa del pensamiento crítico y la libertad individual.

Introducción

Karl Marx es, por lejos, el intelectual más citado en el mundo académico, al punto de que solo su obra acumula una cantidad de citas similar a la de los trabajos de Friedrich Hayek, John Maynard Keynes y Milton Friedman juntos1. Su célebre pasquín junto a Engels, El manifiesto comunista, se entrega en cerca de cuatro mil programas universitarios en Estados Unidos, aunque casi todos son en humanidades2. De este modo, la influencia de Marx sobre nuestra cultura sigue siendo gigantesca y más aún si consideramos que todo el movimiento progresista woke deriva fundamentalmente de intelectuales neomarxistas como Michel Foucault y Jacques Derrida. No es una exageración afirmar que el marxismo, especialmente en la versión llamada “posmodernismo” está hoy contribuyendo decisivamente a destruir Occidente3. Mientras eso ocurre, la popularidad del socialismo en Estados Unidos experimenta un auge inédito, al punto de que un 36 % de los adultos declara tener una imagen positiva de esa ideología, cifra que sube a 57 % entre demócratas según encuestas de 2022 de Pew Research4. Cuando se distingue por edades, un 44 % de los jóvenes entre dieciocho y veintinueve años declara tener una buena imagen del socialismo, lo que es imposible no correlacionar con la influencia de la educación superior americana, hoy tomada mayoritariamente por profesores de izquierda e izquierda extrema5. De hecho, los datos muestran que a mayor nivel académico más aprobación tiene el socialismo. Así, entre personas con posgrado esta es de 41 %, mientras entre personas con educación escolar completa o menos es de 35 %. Y si bien podrá discutirse la definición exacta que estos grupos tienen del concepto “socialismo”, la verdad es que todos parecen compartir la intuición de que es un sistema más humano que el capitalista.

Cuando se habla de “comunismo” existe una aceptación cultural que sería imposible concebir para su equivalente totalitario, el nazismo. Y esta tiene que ver, en parte, con el lavado de imagen que la intelectualidad occidental ha hecho del comunismo y con la ignorancia respecto de este en la población. Basta revisar la definición de comunismo de la Enciclopedia británica para niños para entender este trabajo sistemático de hegemonía cultural en favor del comunismo: “El comunismo es un tipo de gobierno, así como un sistema económico (una forma de crear y compartir la riqueza). En un sistema comunista, las personas individuales no poseen tierras, fábricas ni maquinaria. En su lugar, el gobierno o toda la comunidad son los propietarios de estos bienes. Se supone que todos deben compartir la riqueza que crean”, señala y luego agrega:

En el siglo XIX, muchos países siguieron el sistema económico llamado capitalismo. Bajo el capitalismo, las personas individuales, llamadas capitalistas, poseen propiedades y dirigen empresas. Algunos capitalistas se hicieron ricos, pero pagaban muy poco a sus trabajadores. En respuesta, muchos trabajadores comenzaron a apoyar las ideas del socialismo. En un sistema socialista, el gobierno posee las empresas y distribuye la riqueza de manera más justa entre la población. Karl Marx, un pensador alemán del siglo XIX, llevó las ideas socialistas un paso más allá. Las ideas de Marx se convirtieron en la base del comunismo6.

En esta versión idealizada del comunismo no hay mención alguna de las hambrunas masivas, del odio que motivó a los revolucionarios, de la catástrofe económica, de los gulags y los más de cien millones de muertos y asesinados a manos de las dictaduras comunistas. Sin embargo, la misma Enciclopedia Britannica Kids, cuando habla de nazismo, recuerda que “bajo el liderazgo de Adolf Hitler, los nazis iniciaron la Segunda Guerra Mundial. También llevaron a cabo el Holocausto: el asesinato de aproximadamente seis millones de judíos”. Y añade: “Los nazis creían que el pueblo debía obedecer a un líder fuerte. No valoraban la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos ni la paz. Los nazis también enseñaban que los alemanes habían nacido para gobernar sobre lo que llamaban ‘razas inferiores’. Hitler predicaba un odio especial contra los judíos”7. En resumen, de acuerdo a la Enciclopedia Britannica Kids, el comunismo es bueno, una causa noble que busca igualdad frente al abuso y el nazismo es malo, criminal e inhumano.

En 2017, el filósofo británico Roger Scruton describía así el encubrimiento que la intelectualidad europea hace de los crímenes comunistas:

Nuestro currículo escolar se detiene constantemente en el Holocausto. Varios Estados han hecho del negacionismo de este hecho un crimen, y existen museos y monumentos dedicados a las víctimas del nazismo y el fascismo en todo el continente. Pero las millones de víctimas del comunismo son apenas recordadas. Una historia estándar de los tiempos modernos, ampliamente utilizada en nuestras escuelas, elogia la Revolución rusa por su objetivo de ‘la completa destrucción de la burguesía rusa y europea’, lo cual era necesario para ‘la victoria del socialismo’. Esta historia (Edad de los extremos, de Eric Hobsbawm) no menciona la abolición de los tribunales, ni la creación de la Cheka (la policía secreta), ni las brutales expropiaciones que destruyeron la economía rusa, ni la hambruna masiva impuesta a los campesinos ucranianos. Es inadmisible que un historiador escriba en términos distintos a los de repulsión sobre la destrucción nazi de los judíos; pero la igualmente cruel ‘destrucción de la burguesía’ puede ser descrita con una aprobación sin reservas8.

En un artículo de 2014, el profesor de Princeton y filósofo Peter Singer se preguntó precisamente por qué se daba una diferencia tan radical de actitudes frente a Adolf Hitler y Josef Stalin si ambos eran criminales igualmente genocidas9. Según Singer, mientras existían múltiples estatuas al líder soviético en diversos países, no había ninguna conocida al Führer. Más aún, Singer relató que había cenado en un restaurante en Nueva York que alababa a la Unión Soviética incluyendo decoración con imágenes de líderes soviéticos entre los que destacaba Stalin e incluía hasta garzones vestidos de oficiales soviéticos. Además, comentó que Nueva York tenía un bar KGB señalado que era imposible pensar en que existiera un bar de las SS o de la Gestapo. En seguida, Singer procedió a reflexionar en torno al genocidio del régimen comunista bajo Stalin comparándolo con el de Hitler en los siguientes términos:

[...] Entre dos y tres millones de personas murieron en los campos de trabajos forzados del gulag y quizás un millón fueron fusiladas durante la Gran Guerra de finales de la década de 1930. Otros cinco millones murieron de hambre en la hambruna de 1930-1933, de los cuales 3,3 millones eran ucranianos que murieron como consecuencia de una política deliberada relacionada con su nacionalidad o su condición de campesinos relativamente prósperos, conocidos como kulaks [...]. El número total de muertes que Snyder atribuye a Stalin es inferior a la cifra comúnmente citada de veinte millones, estimada antes de que los historiadores tuvieran acceso a los archivos soviéticos. No obstante, es una cifra horrenda, similar en magnitud a las matanzas de los nazis10.

Singer añadió un punto fundamental sobre la identidad criminal entre comunismo y nazismo al sostener que los archivos soviéticos demuestran que “no se puede afirmar que los asesinatos nazis fueran peores porque las víctimas fueran seleccionadas por su raza o etnia”, pues Stalin “también seleccionó a algunas de sus víctimas sobre esta base”. Entre ellos, añadió, se encontraban ciudadanos ucranianos y personas pertenecientes a minorías étnicas asociadas con países limítrofes con la Unión Soviética. Más aún, Singer recordó que “las persecuciones de Stalin también se dirigieron a un número desproporcionadamente grande de judíos”.

Singer elaboró una posible respuesta a la razón por la cual existe ese doble estándar moral entre nazismo y comunismo que lleva a considerar a uno como repugnante y a otro aceptable. Dice Singer que la mayor aceptación de Stalin —y de todos los comunistas, podríamos agregar— se debe probablemente al hecho de que “el comunismo conecta con algunos de nuestros impulsos más nobles, como la búsqueda de la igualdad para todos y el fin de la pobreza”. Nada de eso, añadió el profesor de Princeton, puede encontrarse en el nazismo, que de manera honesta declaraba no interesarle el bien común sino el de un grupo racial. Así, en lugar de declararse inspirado por amor, el nazismo se mostraba claramente motivado por el odio11.

Ahora bien, de que el nazismo se encontraba motivado por el odio es algo que nadie osaría discutir. En el caso del comunismo, sin embargo, dada su fraseología de amor al prójimo, esto es menos evidente a primera vista. Pero un examen un poco más detenido da cuenta de que fue el odio y no el amor por la humanidad lo que inspiró a Marx y a sus seguidores. Quien mejor advirtiera esto fue el filósofo inglés Bertrand Russell en su ensayo de 1956 “Por qué no soy comunista”. Russell, un ateo anticonservador, afirmaría que los principios teóricos del comunismo eran “falsos” y que sus máximas prácticas eran tales que producían “un incuantificable incremento de la miseria humana”12. De acuerdo con Russell, el principal referente de esta teoría, Karl Marx, poseía una “mente confusa” y su pensamiento estaba “casi enteramente inspirado por odio”13. Además, sugirió Russell, Marx era un fraude intelectual. Según el pensador británico, el autor de El capital estaba satisfecho con el resultado de sus teorías “no porque este concuerde con los hechos o sea lógicamente coherente, sino porque está diseñado para enfurecer a los asalariados”. Más aún, Russell explica que ideas centrales de Marx, como el materialismo dialéctico, eran “pura mitología” que este difundía porque “su mayor deseo era ver a sus enemigos castigados importándole poco lo que ocurriese a sus amigos en el proceso”14. En otras palabras, a Marx no le interesaba en lo absoluto la verdad y manipulaba sus argumentos para engañar al público de modo de desatar la violencia, aunque esto significara que se masacrara a sus propios partidarios.

Si hubiera que definir entonces la gran diferencia entre nazismo y comunismo esta sería ante todo una de tipo retórica, pues sus motivaciones y fines, a saber, el odio y el poder total, son idénticos. El pensador francés Jean-François Revel, quien fuera comunista y luego abrazaría el liberalismo, explicó este punto señalando que, mientras el comunismo era una utopía genocida indirecta, el nazismo era una utopía genocida directa, pues este último confesaba inmediatamente sus intenciones y motivaciones. Hitler, dijo Revel, hizo lo que prometió y por tanto no había decepcionados del nazismo, pues se sabía de antemano lo que buscaba. El comunismo, en cambio, es un totalitarismo “indirecto” porque disimula sus objetivos mediante la utopía15. Así, concluyó Revel, el comunismo “promete la abundancia y engendra miseria, promete la libertad e impone la servidumbre, promete la igualdad y desemboca en la menos igualitaria de las sociedades con la nomenklatura, clase privilegiada hasta un nivel desconocido incluso en las sociedades feudales”16. Del mismo modo, agregó Revel, “el comunismo promete el respeto a la vida humana y procede a ejecuciones en masa; el acceso de todos a la cultura y engendra el embrutecimiento generalizado; el hombre nuevo y fosiliza al hombre”17.

No es exagerado afirmar que siendo ambas ideologías engendros del lado más oscuro del alma humana, en cierto sentido el comunismo es más perverso que el nazismo. Y es que, al utilizar la utopía inclusiva como mascarada para todos sus crímenes torciendo la retórica y el lenguaje a niveles que ni siquiera conoció el nazismo, confunde a la gente llevándola a creer que todos serán salvados. El nazismo en cambio, si bien es idéntico en el sentido de prometer una utopía, la deja reservada para la raza aria.

Ahora bien, evidentemente, la afirmación de que nazismo y comunismo son esencialmente idénticos requiere de un análisis teórico e histórico más profundo. Esta es una tarea que resulta ineludible especialmente en tiempos en que las ideas marxistas y filomarxistas dominan las esferas intelectuales y políticas y gozan aun hoy de una aceptación popular que, como se ha dicho, resulta una amenaza seria a nuestra civilización. Por ello, lo que interesa para los efectos de este libro es demostrar que el comunismo, nazismo y fascismo son todas formas de socialismo que comparten raíces y fundamentos filosóficos. En este libro hemos analizado cinco de estos elementos centrales de las doctrinas marxistas leninistas y nazi-fascistas, aunque, sin duda, existen otros. Dado el carácter netamente destructivo de ambas ideologías, estos elementos se definen a partir de una negación, es decir, comunismo y nazismo comparten una esencia, si se puede hablar así, que es “anti” un conjunto de bienes humanos fundamentales.

El primer elemento es el antirracionalismo o relativismo epistemológico. Tanto nazis como comunistas negaron la existencia de una verdad objetiva cognoscible por todos independientemente de la raza o clase. Esto les permitió romper la unidad de la razón humana para señalar que la lógica proletaria y la burguesa y la de los arios y judíos, entre otros, eran existencialmente opuestas y que, como consecuencia, solo quedaba el conflicto violento y el exterminio de los opresores como alternativa. Para nazis y marxistas, la única verdad era la que ofrecía su ideología, y esta era irrefutable. 

El segundo elemento es el antiindividualismo o colectivismo. Este se deriva del primero e implica una negación del individuo y sus derechos para anteponer al colectivo —raza y clase— como criterio de acción política y argumentación teórica. El Estado, entonces, ya no vela por los derechos individuales, pues estos conspiran en contra de la clase o raza que representa la fuerza revolucionaria, sino por la tribu sin la cual el individuo es nada. Los derechos humanos individuales, por lo tanto, deben necesariamente desaparecer para concretar el proyecto colectivo. 

El tercer elemento es el anticapitalismo o socialismo. A diferencia de lo que sugiere la argumentación marxista, el nazismo fue una reacción anticapitalista, antiburguesa y antiliberal que, al igual que el comunismo, llevó a un control total de la economía por parte del Estado con desastrosos resultados. 

El cuarto elemento es el anticristianismo o gnosticismo político. Este es tal vez el menos conocido. Tanto nazis como comunistas fueron, ante todo, una reacción gnóstica en contra de la tradición judeocristiana que, junto con Grecia y Roma, sentó las bases de la civilización occidental. En lo sustancial, ambos pretendían poseer un conocimiento místico de la verdad única, que solo a ellos les había sido relevada y que los llevaría, mediante la destrucción del maligno orden cristiano prevaleciente, a crear un paraíso sobre la tierra. Se trata, en ambos casos, por lo mismo, de doctrinas escatológicas y utópicas para las cuales la ética y epistemología cristianas son un obstáculo en su afán por refundar totalmente el orden social.

El quinto y último elemento que comparten comunismo y nazismo y que analizaremos acá es el antihumanismo o luciferismo. Ambas ideologías fueron revolucionarias en el sentido de pretender recrear por completo el orden social y al hombre mismo con el fin de “purificarlo” de toda la corrupción producida por la burguesía y las “razas inferiores”.

Su propósito fue llegar al fin de la historia humana entendida como una etapa en que la utopía racial para los nazis y la de clase para los comunistas se alcanzara para siempre. Ambos vieron su misión como una rebelión contra el orden de Dios para suplantarlo destruyendo la creación, para sobre sus ruinas tomar la posición divina y crear un nuevo orden a imagen y semejanza de los líderes marxistas y nazis. La violencia sistemática y el terror purificador traducidos en genocidios son, así, parte esencial de las ideologías marxista y nacionalsocialista y no desviaciones de la doctrina originaria como se ha querido hacer creer en el caso del marxismo.

Los cinco elementos que configuran la identidad de estas doctrinas son tan sustanciales que hacen imposible trazar una distinción relevante entre ellas. En otras palabras, más allá de que el marxismo era internacionalista y contenía algunos elementos liberales en lo cultural, mientras el nazismo era nacionalista y, por tanto, más cercano a cierto conservadurismo de corte monárquico, el socialismo marxista leninista, el nacionalsocialismo y en menor grado el fascismo italiano, son ideologías idénticas en todo lo fundamental. Es precisamente el hecho de que contengan los mismos ingredientes lo que explica que hayan producido idénticos resultados en la práctica. Es por esta razón que se justifica la comparación que formula Singer entre Stalin y Hitler, lista a la que podemos sumar a Vladimir Lenin, Mao Tse-Tung, Pol Pot y tantos otros.

Entender, entonces, que el socialismo marxista es equivalente al nazismo en su carácter criminal, totalitario, colectivista, luciférico, escatológico, gnóstico, anticapitalista y revolucionario, resulta imprescindible para acabar con la imagen positiva de la que goza el comunismo y una de sus doctrinas fundantes, el marxismo. A su vez, esto permitirá desterrar el fantasma comunista de una buena vez y asestar un golpe letal a la credibilidad moral de todos quienes siguen a Marx desde la política, academia y cultura y que se disfrazan de “antifascistas” y antinazis en circunstancias de que el nazismo no es más que comunismo desprovisto del internacionalismo y el engaño utópico inclusivo que hacen del comunismo una ideología más seductora y destructiva.

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1 Paniagua, “Marx culpable”, 113.
2 Ibid.
3 Pluckrose y Lindsay, Cynical Theories, 30.
4 Pew Research Center, “Modest Declines in Positive Views of ‘Socialism’ and ‘Capitalism’ in U.S.”.
5 Abrams, “Professors Moved Left since 1990s, Rest of Country Did Not”.
6 “Communism”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/communism/352989
7 “Nazi Party”, Britannica Kids, kids.britannica.com/kids/article/Nazi-Party/353523
8 Scruton, “As the Left Surges Back, Marxism’s Bloody Legacy Is Covered Up.”.
9 Singer, “A Statue for Stalin?”.
10 Ibid.
11 Ibid.
12 Russell, “Por qué no soy comunista”.
13 Ibid.
14 Ibid.
15 Revel, La gran mascarada, 97.
16 Ibid.
17 Ibid.

¿Cómo Reconstruir Una Sociedad Deshecha? |
 Programa Especial Con Ricardo Baroni Y Osmel Brito

DES-CHAVITIZAR VENEZUELA
DESNAZIFICACIÓN COMO MODELO


miércoles, 8 de octubre de 2025

LIBRO "LAS IDEOLOGÍAS POLÍTICAS CONTEMPORÁNEAS" por ROY C. MACRIDIS y MARK L. HULLIUNG


Las ideologías políticas 
contemporáneas

Roy C. Macridis y Mark L. Hulliung exponen en este libro un lúcido análisis de las ideas que definen las controversias políticas más importantes de nuestra época. Además de examinar el liberalismo, el conservadurismo, el fascismo, el nacionalismo, el marxismo y el anarquismo, presentan una aproximación histórica al multiculturalismo y su impacto en el mundo. Asimismo, tratan los movimientos estudiantiles estadounidenses y europeos de los años sesenta en perspectiva comparada y el resurgir del impulso religioso, desde el fundamentalismo hasta la teología de la liberación.

Bardos olímpicos que cantaban ideas divinas 
[...] que siempre nos encuentran jóvenes 
y nos mantienen así. 
Ralph Waldo Emerson, El poeta.

Seamos conscientes o no de ello, todos tenemos una ideología, incluso los que declaran abiertamente no tenerla. Todos creemos ciertas cosas. Todos valoramos algo: la propiedad, los amigos, la ley, la libertad o la autoridad. Todos tenemos prejuicios, incluso los que declaran estar libres de ellos. Todos vemos el mundo de una u otra forma (tenemos ideas sobre él) e intentamos que lo que allí sucede tenga sentido. Muchos de nosotros nos sentimos descontentos y criticamos lo que observamos alrededor nuestro comparándolo con lo que querríamos ver. Algunos rechazan la sociedad y sus valores y se aíslan enfurruñados en sus torres de marfil, pero están prestos para entrar en acción. 

La gente con las mismas ideas sobre el mundo, nuestra sociedad y sus valores se agrupa. Nos sentimos atraídos por los que tienen valores e ideas similares, disfrutan con las mismas cosas que hacemos nosotros. que tienen prejuicios parecidos a los nuestros y, en general, ven el mundo del mismo modo. Hablamos de gente que tiene la misma «mentalidad», individuos que comparten ciertas creencias y que tienden a reunirse en clubes, iglesias, partidos políticos, movimientos, asociaciones varias, etc. No importa lo independientes que pretendamos ser; todos nosotros estamos influidos por ideas. Somos sensibles a los llamamientos que nos hacen -a nuestro honor, patriotismo, familia, religión, cartera, raza o clase- y a todos se nos puede manipular y estimular. Somos creadores y producto de ideas, de ideologías, y a través de ellas manipulamos a otros y nos mani- . pulan a nosotros.

Las ideologías son parte importante de nuestra vida; no están muertas ni en declive en ningún sitio, como sostienen algunos autores. ¡Ah!, que la aspiración del hombre sobrepase su alcance, ¿para qué es el cielo si no? escribió Browning en 1885. Casi un siglo después, un fuerte resurgir de ·los movimientos ideológicos y utópicos hizo tambalearse a gobiernos poderosos mientras muchos buscaban su propia visión del cielo en la tierra. 

«Seamos realistas, pidamos lo imposible» fue uno de los eslóganes de intelectuales y estudiantes a final de los años sesenta. No es sólo que las ideologías sobreviven, sino que de nuevo se reconoce su importancia fundamental. En la actualidad los neomarxistas están de acuerdo en que una renovación drásticamente revolucionaria de la sociedad, si ha de haber alguna, debería ser sobre todo una revolución moral e intelectual: una revolución de la ideología de la sociedad. Debe crear su propia «contraconciencia», su propia «contracultura», un nuevo conjunto de creencias y valores, y un nuevo estilo de vida que devore, como un gusano, el núcleo interno de la ortodoxia liberal capitalista dominante. Sólo después de que ese núcleo ideológico haya desaparecido se podrá cambiar y reemplazar la vieja sociedad. Pero las ideologías son fuertes; persisten. 

Su núcleo interno es mucho más resistente al cambio de lo que la mayoría de la gente había pensado. Las ideas y valores establecidos no se pueden extirpar sin más. Están profundamente arraigados en el suelo en el que crecen. Y aunque se ha insistido y debatido mucho sobre las ideologías que provocaron un cambio o lo inspiran, apenas se ha prestado atención al conjunto de valores, hábitos y prácticas resistentes al cambio, al fenómeno que podríamos denominar conservadurismo ideológico. La familia, la Iglesia, las relaciones de propiedad y los nacionalismos continuaron desafiando las verdades reveladas e impuestas por los comunistas, como hemos visto recientemente con el derrumbamiento de los regímenes comunistas. 

La formación ideológica ha estado siempre en conflicto con la preservación ideológica. ¿Qué es una ideología? Se ha definido la ideología como «un conjunto de creencias, ideas o incluso actitudes íntimamente relacionadas, características de un grupo o comunidad» l. Del mismo modo, una ideología política es «un conjunto de ideas y creencias» que la gente tiene sobre su régimen político y sus instituciones, y su propia posición y rol dentro de él. De esta forma, la ideología política aparece como sinónimo de «cultura política» o «tradición política».

Los británicos, norteamericanos, franceses o rusos organizan su vida política a partir de distintos conjuntos de ideas, creencias y actitudes interrelacionados. Sin embargo, diversos grupos dentro de la misma comunidad política, en ciertos momentos y en determinadas condiciones, pueden cuestionar -y a menudo lo hacen- la ideología dominante. Intereses, clases y asociaciones religiosas y políticas varias pueden desarrollar una contraideolo-: gía que cuestione el statu quo y pretenda modificarlo. Defienden el cambio en vez del orden, critican o rechazan el régimen político y el orden social y económico existentes, presentan proyectos para la reestructuración y reordenación de la sociedad, y generan movimientos políticos con objeto de obtener suficiente poder para llevar a cabo los cambios que promueven. 

En este sentido, una ideología política empuja a la gente a la acción. La motiva para reivindicar cambios en su modo de vida y modificar las relaciones políticas, sociales y económicas existentes, o la moviliza para preservar lo que valora. Al tratar las ideologías (todas las ideologías) debemos tener siempre en mente estas dos características fundamentales: una determinada ideología política racionaliza el statu quo, mientras que otras ideologías y movimientos rivales lo cuestionan. I .j 

Filosofía, teoría e ideología 

Debe diferenciarse entre filosofía o teoría, por un lado, e ideología, por otro. Filosofía -en sentido literal- significa amor a la sabiduría, a la imparcial y a menudo solitaria contemplación y búsqueda de la verdad. En el significado más estricto de los términos, teoría es la formulación de proposiciones que unen variables causalmente para justificar o explicar un fenómeno, y esas uniones deben ser verificables empíricamente. Naturalmente, esto es cierto en lo referente a los científicos naturales, que operan dentro de un marco normativo claramente definido aceptado por todos ellos. Sin embargo, en las ciencias sociales este marco normativo todavía no existe y es muy difícil conseguir verificaciones empíricas. 

Lo que separa la teoría o la filosofía de la ideología es que, mientras las dos primeras implican reflexión, organización de ideas y, siempre que sea posible, demostración, la ideología forma creencias que incitan a la gente a la acción. Los hombres y mujeres se organizan para imponer ciertas filosofías o teorías y llevarlas a cabo en una determinada sociedad. Por tanto, la ideología implica acción y esfuerzo colectivo. Aun cuando se originan (como ocurre a menudo) en la filosofía o en la teoría, las ideologías son inevitablemente versiones muy simplificadas, e incluso distorsionadas, de las doctrinas originales. Siempre es interesante conocer la filosofía o la teoría en la cual tiene su origen una ideología. Pero es igualmente importante entender la ideología como una entidad distinta y separada que debe estudiarse en términos de su propia lógica más que en los de la teoría de la que se deriva o de hasta qué punto se parece a dicha teoría. 
Es difícil comprender cuándo y en qué circunstancias una teoría o filosofía se transforma en una ideología, es decir, en un movimiento orientado a la acción. Importantes teorías y doctrinas filosóficas pasan inadvertidas y permanecen intactas durante generaciones antes de ser «descubiertas». 

El conocido sociólogo alemán Max Weber lo pone de manifiesto indicando que las teorías y filosofías se «seleccionan» para ser transformadas en ideologías, sin explicar, sin embargo, precisamente cómo, cuándo y por qué. Se puede comparar la historia con un gran frigorífico en el que se conservan ideas y teorías para ser usadas posteriormente. Por ejemplo, diferentes trabajos de Platón han sido en diversos momentos el origen de distintos movimientos ideológicos. De modo parecido, mientras que las principales obras de Karl Marx contribuyeron al desarrollo de un influyente movimiento ideológico, son sus primeros trabajos -el «primer Marx» o el «joven Marx»- los que se han adaptado para adecuarlos a algunos movimientos y gustos contemporáneos. Lo mismo ocurre con los poderosos movimientos religiosos y nacionalistas que seleccionan y escogen diferentes partes de la Biblia o del Corán. Existe una dialéctica entre las ideas, como tales, y las necesidades sociales; ambas son indispensables para tener una ideología. Exigencias profundamente sentidas que surgen del cuerpo social pueden fracasar por ausencia de ideas; y las ideas pueden pasar relativamente inadvertidas durante largo tiempo por no ser relevantes para las necesidades sociales.

Ideología política: los componentes básicos

La deuda contraída por la mayoría de las ideologías políticas con la especulación política y la filosofía resulta bastante obvia cuando observamos algunos de los principales temas abordados por las ideologías políticas: 

1) el papel y la naturaleza del individuo (la naturaleza humana); 
2) la naturaleza de la verdad y cómo puede descubrirse; 
3) la relación entre el individuo y el grupo, sea éste la tribu, la pequeña ciudad-estado o el Estado contemporáneo tal y como lo conocemos; 
4) las características de la autoridad política, su origen y sus límites, en el caso de que los tenga; 
5) los fines y mecanismos de la organización económica y el muy debatido tema de la relación entre igualdad material y económica y libertad individual. Los juicios normativos sobre cada uno de estos temas y muchos más son el verdadero «material» de las ideologías políticas contemporáneas. 

Algunos han sido objeto de un acalorado debate durante muchos siglos y continuarán siéndolo.
El individuo Las ideologías políticas se dirigen a cada uno de nosotros; todas comienzan con una u otra preconcepción la naturaleza humana. Algunos creen que somos criaturas de la historia y del entorno, que nuestra naturaleza y características se entremezclan con las condiciones de vida materiales y, en último término, las determinan. La naturaleza humana es plástica y siempre cambiante, y con la adecuada «ingeniería social» -otro término para la educación- pueden acomodarse dentro de un modelo. 

Muchas ideologías presuponen que con los cambios apropiados en nuestro entorno y la oportuna inculcación de nuevos valores se pueden crear hombres y mujeres «nuevos». No hay nada sacrosanto, por tanto, en nuestras actuales instituciones y valores; por el contrario, algunos de ellos son absolutamente malos. Por otro lado, muchos conocidos filósofos, especialmente los del período de la Ilustración y el siglo XIX, han ofrecido una noción distinta de naturaleza humana. Tenemos algunas características innatas: rasgos de sociabilidad, bondad y racionalidad. 
También estamos dotados de derechos, como el derecho a la vida, a la libertad y la propiedad. Las instituciones no son más que un reflejo de esos rasgos y derechos, y una organización política debe respetarlos, e incluso proporcionar los mejores medios para protegerlos. Por consiguiente, el Estado que protege esos derechos no puede invadidos, está limitado. 

Por último, otros filósofos políticos han defendido que la naturaleza humana es «envidiosa», «egoísta» y «belicosa», y que es obligación del Estado doblegar nuestros innobles impulsos. El poder político y la coacción son los que hacen posible y segura la vida social. Especialmente interesantes son las teorías psicológicas de la motivación individual, generalmente asociadas al liberalismo económico, que examinaremos en el capítulo 2. Los filósofos y economistas británicos -al rechazar la noción de derechos naturales- consideraron un individuo impulsado por el deseo que sólo busca la gratificación del placer. Todos estamos motivados por la búsqueda del placer y los únicas restricciones son externas: los placeres e impulsos de los demás. La competencia en un mercado libre proporciona esas restricciones. Nociones similares del «hombre político», sediento de poder y de gloria, condujeron a la formulación de teorías sobre el equilibrio de poderes: cada poder controlando al otro para proporcionar un equilibrio que preservara la libertad de todos. Fue la depravación de la naturaleza humana lo que llevó a James Madison -uno de los autores de El federalista y cuarto presidente de Estados Unidos- a considerar el gobierno como algo necesario.
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Platón (427-347 a.C.) 

El fiLósofo griego PLatón fue discípuLo de Sócrates y el fundador del idealismo fiLosófico, según el cual Las ideas existen en sí mismas y por sí mismas, formando un universo perfecto y armonioso. Como filósofo político, Platón escribió La República, trabajo que describe un Estado ideal con una rígida estructura de clases gobernado por filósofos-reyes, que carecían de propiedad y lazos familiares con objeto de gobernar para el bien común.
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La naturaleza de la verdad 

¿Existe una verdad? ¿O la verdad se descubre progresivamente a través de la competencia de diversas ideas y puntos de vista, a la que cada generación va añadiendo algo? La idea de que hay una verdad que sólo le es revelada a algunos y que éstos la perciben de forma autoritaria, exige nuestra sumisión a ella. Debemos ceñimos tanto como sea posible a lo que se nos da y obedecer a aquellos que hablan en su nombre. De este modo, los seres humanos se ven desprovistos de la libertad para buscar la verdad, para experimentar con nuevas ideas, para enfrentarse unos a otros con diferentes puntos de vista y para vivir en un sistema que tolere diferentes formas de vida. 

Por otro lado, están aquellos para quienes los únicos medios para descubrir la verdad son una constante exploración humana del universo y una perseverante investigación sobre los fundamentos y las condiciones de vida. «La naturaleza del entendimiento es tal que no puede ser forzada a creer nada por una fuerza externa», escribió John Locke. Quienes mantienen esta opinión favorecen la competencia de ideas, defienden la tolerancia con todos los puntos de vista y quieren asegurar las condiciones de libertad indispensables para la investigación en curso. Es lo que llamamos pluralismo. Si existiera una verdad absoluta, los pluralistas la rechazarían por miedo a que privara a los seres humanos del desafio de descubrirla. 

El individuo y la sociedad 

Para algunos científicos sociales no existe la entidad «individuo». Los individuos se perciben como parte de una masa o un grupo cuya protección y supervivencia requiere cooperación. Al individuo se le consideraba indefenso fuera del grupo o del Estado, que son los que hacen las normas de conducta y establecen las relaciones entre gobernantes y gobernados. El individuo es un «ser social» y nada más.

El otro punto de vista enfatiza lo contrario, la primacía del individuo, a quien -habiendo vivido originalmente en el estado de naturaleza- considera dotado de razón y derechos naturales. Para protegerse a sí mismo y a los suyos, el individuo logra crear una sociedad política que protege sus vidas y sus propiedades. El sistema político -el Estado-- está compuesto de, por y para los individuos. Es el resultado de un contrato libremente aceptado. 

Como sucede con las teorías sobre la naturaleza humana, nuestra visión de la relación entre el individuo y la sociedad determina a menudo nuestra ideología política. Quienes otorgan primacía al grupo muestran cierta inclinación a enfatizar la naturaleza «orgánica» de la sociedad y del sistema político: es una totalidad, como nuestro cuerpo, y los individuos son como las células de nuestro organismo. Son sólo partes que encajan en el todo; no tienen libertades ni derechos. 

La teoría «orgánica» acentúa la totalidad y la Íntima interdependencia de las partes necesaria para hacerla funcionar. Esta teoría deja poco margen para el cambio, excepto si es muy gradual. El cambio súbito modifica el equilibrio de las relaciones existentes entre las partes y, por tanto, hace peligrar el todo, la sociedad. La teoría «orgánica» es también totalitaria en nombre del objetivo primordial de la sociedad, al que todas las partes e individuos están subordinados. Quienes asumen la primacía del individuo llegan a conclusiones diametralmente opuestas. El individuo es lo más importante. 

Los individuos crean la sociedad política en la que viven y pueden cambiarla. La vida política es un acto de voluntad y la autoridad política está basada en el consentimiento. La sociedad consiste en un laberinto de voluntades y unidades -tanto individuales como grupales- superpuestas, colaboradoras y conflictivas, que participan en el sistema político. 
El cambio, la reforma, la experimentación e incluso la revolución, deben brotar de la voluntad y el consentimiento, y del esfuerzo común y la acción de los individuos. Si, como hizo Thomas Jefferson, se debe afrontar una revolución, ésta debe surgir de la voluntad de la mayoría de la gente. 

La autoridad política 

Las diferencias básicas sobre la naturaleza y organización de la autoridad política derivan de teorías sobre la naturaleza de la verdad y de las relaciones entre el individuo y el grupo. La creencia en una verdad primordial conduce casi siempre a una posición autoritaria. Es elitista; asume que un pequeño grupo «sabe» y es capaz de gobernar sobre la base de ciertas cualidades. Para Platón esas cualidades eran intelectuales: el filósofo-rey; para otros, son preceptivas: basadas en la herencia. Las cualidades consideradas necesarias para gobernar podrían ser también carismáticas: atractivo y personalidad, o la clase -propietarios o trabajadores- que tiene la histórica misión de gobernar o transformar la sociedad.

Por otro lado, quienes dan por supuesto que la autoridad política d~- riva de la voluntad de los individuos son partidarios de limitar la autondad política con objeto de permitir la participación y la deliberación abierta. Defienden la libertad de pensamiento y expresión, el respeto de las libertades individuales, y la libertad para las asociaciones, partidos políticos y demás organizaciones. No se admiten derechos. a gobernar basados en el nacimiento, la herencia, la riqueza, la superioridad intelectual o los títulos preceptivos. A nadie le es concedido el «monopolio de la verdad». 

Igualdad y propiedad 

Muchas de las ideologías políticas más importantes pueden diferenciarse sobre la base de las respuestas que intentan dar a las siguientes preguntas: ¿Quién produce y quién decide lo que se produce? ¿Quién consigue qué y cuánto? 
Las respuestas son complejas, ya que los propios conceptos y cuestiones -para qué hablar de las respuestas- están cargados de emociones y valores, impregnados de ideología. El tema central sigue siendo el de la igualdad. 

Los primeros liberales interpretaban la igualdad de forma restrictiva equiparándola a igualdad ante la ley o igualdad para votar y participar en la elección de los líderes políticos. Sin embargo, a menos que la gente tenga igual acceso a la educación y a medios de vida materiales (aunque sean mínimos), la igualdad ante la leyes una ficción. Como veremos, a lo largo del siglo XX, quienes defendían la igualdad política o legal sobre todas las cosas chocaron con los defensores de la igualdad material. Existe una constante tensión entre la igualdad material y económica, por un lado, y la igualdad formal, legal y política, por otro. 
La propiedad y el derecho a la propiedad individual, como se verá más adelante, han sido objeto de fuertes conflictos ideológicos. Son pocos los teóricos y filósofos que han dado su bendición incondicional a la propiedad individual. Cuando lo han hecho -el caso de Aristóteles y John Locke, entre otros-, la propiedad se concebía en términos físicos: la que los individuos conseguían poner bajo su control directo mediante su trabajo. 

Desde Platón, que no tendría ninguna, pasando por los Padres de la Iglesia, hasta llegar a muchos socialistas utópicos y, por supuesto, marxistas, la propiedad se consideró como algo perturbador para la comunidad y la vida social, especialmente cuando estaba distribuida de forma muy desigual. La propiedad enfrentaba a unos contra otros. No era un derecho natural, sino el resultado de una fuerte explotación: origen y razón de la desigualdad que explica el conflicto social. Las democracias liberales han hecho hincapié en los derechos de propiedad, aun cuando se han visto forzadas a limitarlos en favor de una mayor igualdad. 

Por otro lado, el socialismo y el comunismo han sido Por otro lado, quienes dan por supuesto que la autoridad política deriva de la voluntad de los individuos son partidarios de limitar la autoridad política con objeto de permitir la participación y la deliberación abierta. Defienden la libertad de pensamiento y expresión, el respeto de las libertades individuales, y la libertad para las asociaciones, partidos políticos y demás organizaciones. No se admiten derec~os. a gobernar basados en el nacimiento, la herencia, la riqueza, la superioridad intelectual o los títulos preceptivos. A nadie le es concedido el «monopolio de la verdad». 

Igualdad y propiedad 

Muchas de las ideologías políticas más importantes pueden diferenciarse sobre la base de las respuestas que intentan dar a las siguientes preguntas: ¿Quién produce y quién decide lo que se produce? ¿Quién consigue qué y cuánto? 
Las respuestas son complejas, ya que los propios conceptos y cuestiones -para qué hablar de las respuestas- están cargados de emociones y valores, impregnados de ideología. 

El tema central sigue siendo el de la igualdad. Los primeros liberales interpretaban la igualdad de forma restrictiva equiparándola a igualdad ante la ley o igualdad para votar y participar en la elección de los líderes políticos. Sin embargo, a menos que la gente tenga igual acceso a la educación y a medios de vida materiales (aunque sean mínimos), la igualdad ante la leyes una ficción. Como veremos, a lo largo del siglo xx, quienes defendían la igualdad política o legal sobre todas las cosas chocaron con los defensores de la igualdad material. 

Existe una constante tensión entre la igualdad material y económica, por un lado, y la igualdad formal, legal y política, por otro. La propiedad y el derecho a la propiedad individual, como se verá más adelante, han sido objeto de fuertes conflictos ideológicos. Son pocos los teóricos y filósofos que han dado su bendición incondicional a la propiedad individual. Cuando lo han hecho -el caso de Aristóteles y John Locke, entre otros-, la propiedad se concebía en términos físicos: la que los individuos conseguían poner bajo su control directo mediante su trabajo. 

Desde Platón, que no tendría ninguna, pasando por los Padres de la Iglesia, hasta llegar a muchos socialistas utópicos y, por supuesto, marxistas, la propiedad se consideró como algo perturbador para la comunidad y la vida social, especialmente cuando estaba distribuida de forma muy desigual. La propiedad enfrentaba a unos contra otros. No era un derecho natural, sino el resultado de una fuerte explotación: origen y razón de la desigualdad que explica el conflicto social. Las democracias liberales han hecho hincapié en los derechos de propiedad, aun cuando se han visto forzadas a limitarlos en favor de una mayor igualdad. Por otro lado, el socialismo y el comunismo han sido partidarios de la socialización de la propiedad. 

A lo largo del siglo XX, prácticamente todos los regímenes e ideologías políticos han aceptado la necesidad de proporcionar mayores oportunidades e igualdad materiales. Incluso cuando se acepta la propiedad individual, su distribución desigual ha sido una fuente de profunda inquietud y una razón para reconsiderar los derechos de propiedad. ¿Cómo puede evitar un sistema político las diferencias y desigualdades excesivas? A través de impuestos -en muchos casos impuestos sobre la renta por tramos progresivos posteriormente redistribuidos entre los pobres y necesitados en forma de servicios y subsidios directos. Ésta es la esencia del Estado de bienestar que, hasta hace muy poco, era la fórmula política de todas las democracias liberales. 

La propiedad ya no sólo se define en términos de la tierra o de los bienes inmobiliarios que uno posee; ni siquiera en términos de riqueza monetaria o salarios altos, aunque todavía todo esto es importante. Para mucha gente -en la mayoría de las sociedades- la «propiedad» se ha vuelto «pública» en el sentido de que consiste en reivindicaciones de servicios y beneficios que los individuos que tienen derecho a ellos reclaman al Estado. Educación, salud, vivienda, transporte, pensiones, seguros de desempleo y programas de asistencia social se han convertido en derechos, y son tan importantes como los derechos de propiedad. Sea cual sea su justificación o conveniencia, han transformado de forma significativa la distribución de beneficios materiales y la naturaleza de la propiedad en la mayoría de las sociedades. 

A mucha gente este tipo de servicios y beneficios les ha proporcionado una seguridad tan importante como la propiedad. Las nociones sobre la naturaleza humana, la verdad, la autoridad política, la libertad, la propiedad e igualdad, y la producción y distribución de bienes y servicios que hemos ido esbozando están presentes en todas las ideologías que estudiaremos en este libro. Son los componentes básicos principales de todas las ideologías y movimientos contemporáneos. 

Los hombres y las mujeres se organizan tras sus respectivas visiones de un mundo justo y mejor, o se atrincheran para defender sus propias ideas de la justicia. La filosofía política nos ofrece a todos una oportunidad de contemplar estas nociones de forma imparcial y objetiva; las ideologías y movimientos políticos a menudo las transforman en un grito de guerra. 

Los usos de una ideología política 

Una ideología es, por tanto, un conjunto de ideas y creencias mantenidas por una serie de personas. Determina lo que tiene valor y lo que no, lo que debe mantenerse y lo que debe cambiarse y, de acuerdo' con ello, moldea las actitudes de los que la comparten. En contraste con la filosofía y la teoría, que se ocupan del conocimiento y de la comprensión, las ideologías se relacionan con el comportamiento y la acción social y política. Incitan a la gente a la acción política y proporcionan el marco básico para ello. Infunden pasión y llaman al sacrificio. 

Legitimación 

Como señalábamos anteriormente, una de las funciones más importantes de una ideología política es otorgar valor a un régimen político y a sus instituciones. Da forma a las ideas operativas que hacen funcionar un régimen político y proporciona las categorías básicas mediante las que la gente conoce el régimen político, cumple las leyes y participa en él. Para desempeñar este papel fundamental, una ideología política debe tener un conjunto coherente de normas y exponerlas tan claramente como sea posible. Aunque una constitución es un documento político que encarna estas normas, no puede funcionar bien a menos que sea valorado por las personas. 

Una ideología política da forma a estos valores y creencias sobre la constitución y permite conocer a la gente su papel, su posición y sus derechos dentro de su propio régimen político. 

Solidaridad y movilización 

Compartir ideas integra a los individuos en la comunidad, en un grupo, en un partido o en un movimiento. Las ideas normalmente asumidas definen lo que es aceptable y las tareas que deben llevarse a cabo, excluyendo todo lo demás. 
Las ideologías desempeñan el mismo papel que los totems y los tabúes cumplen en las tribus primitivas, definiendo lo que es común y lo que es extraño a los miembros. 

La ideología comunista soviética intentó unificar a todos los que a ella se adhirieron tildando de enemigo el mundo del capitalismo exterior. Lo mismo está sucediendo cada vez más con el fundamentalismo islámico. Todas las ideologías cumplen esta función de unir, integrar y proporcionar una sensación de identidad a aquellos que las comparten, pero el nivel de éxito que consiguen es variado. El nacionalismo como ideología, por ejemplo, ha proporcionado la fuerza unificadora e integradora que ha hecho posible que los Estados-nación surgieran y mantuvieran su posición. Cuanto mayor sea la integración que se busque y más fuerte la solidaridad que se ha de mantener, mayor debe ser el énfasis en los símbolos unificadores.

Liderazgo y manipulación 

A pesar de que las ideologías incitan a la gente a actuar, el tipo de acción y su razón de ser dependen mucho del contenido y del fundamento de una ideología. La manipulación de las ideas -un caso especial- implica a menudo la formulación consciente y deliberada de propuestas que incitan a la gente a actuar con fines que sólo los que están en el poder o intentan conseguir poder político perciben claramente. Pueden prometer paz con objeto de hacer la guerra, libertad con objeto de establecer un sistema autoritario, socialismo con objeto de consolidar la posición y privilegios de los propietarios, etc. 

La ideología puede usarse a menudo como un poderoso instrumento de manipulación. Generalmente, en momentos de desorden y ansiedad social, o cuando la sociedad parece dividida en grupos enfrentados y la frustración pervierte la vida cotidiana, propuestas y promesas simples sobre cómo acabar con los males que acosan a la sociedad son recibidas por oídos y mentes receptivas. Las ideologías son grandes simplificadoras. Por ejemplo, «el Islam es la solución» es el eslogan panacea de los fundamentalistas islámicos o  El demagogo, el líder, el autodeclarado salvador está al acecho en algún lugar, en todas las sociedades, para, en momentos como éstos, extender su mensaje y manipular a aquellos que parecen no tener ningún otro lugar al que volverse. 

Comunicación 

Un conjunto de ideas coherente -una ideología- compartida por un número determinado de personas hace que la comunicación entre ellos sea mucho más fácil. Proporciona un lenguaje especial común, muy simplificado, taquigráfico. Las palabras tienen un significado especial: «los rojos», «los liberales defensores de causas perdidas», «la poli», «el establishment», «los potentados», «la elite del poder», «los elegidos» o «la conjura comunista». Son términos que los miembros de un determinado grupo comprenden fácilmente y que ayudan a otros a situarse dentro de una familia ideológica determinada. Pero, por supuesto, son términos muy burdos y las ideologías normalmente proporcionan algunos más sofisticados. 

«La última etapa del capitalismo», «el neocolonialismo», «la vanguardia de la clase trabajadora», «el centralismo democrático», «el pluralismo democrático», «los derechos humanos» y el «cambio gradual» son términos que comprenden los que los usan en sus propios grupos políticos o partidos. Estos términos pueden ayudar al extraño a identificar la familia ideológica a la que pertenece el que habla. Una ideología común simplifica la comunicación y hace que el esfuerzo conjunto sea menor para todos los que la aceptan.

El que gente con una ideología común contemple el mundo externo con las mismas ideas preconcebidas también facilita la comunicación, ya que todos ven las cosas desde la misma óptica. Las personas reciben mensajes del mundo externo y tienen que ordenarlos de determinada manera (conceptual). Los conceptos en cuyos términos se ordenan esos mensajes del mundo externo dependen de una. ideología. Para algunos, la condición de los pobres exige estudio e interés; para otros, es una pesadez (la situación de los pobres se atribuye a su pereza innata). Sin"embargo, éste es un caso extremo. Es más frecuente que se planteen cuestiones de interpretación y evaluación en las que el mismo suceso se ve desde diferentes puntos de vista, con distinta perspectiva ideológica. 

El asesinato de un líder político es aplaudido por unos y lamentado por otros. Durante la Guerra Fría, para algunos, cualquier movimiento soviético en cualquier lugar del mundo revelaba una agresión comunista; para otros, se trataba de una inevitable reacción a la provocación norteamericana. La gente también puede rechazar mensajes a causa de su ideología. Un místico está ciego respecto al mundo exterior; para un científico, el mundo es una fuente continua de maravillas que deben ser estudiadas y explicadas. 

La satisfacción emocional 

Se ha afirmado que la función principal de una ideología es racionalizar y proteger intereses materiales o proporcionar un medio poderoso para su satisfacción. Así, la democracia liberal se ha considerado como la racionalización de los intereses de los ricos y de los relativamente acomodados, mientras que el socialismo sería un instrumento para la satisfacción de las demandas de los no propietarios, de los trabajadores y de los pobres. Pero no es sólo el interés el que genera una ideología. Los impulsos emocionales y los rasgos de la personalidad se expresan por medio de diferentes ideologías. 

Las ideas no solamente simplifican, sino que también aprovechan las emociones y, a menudo, exaltan los ánimos de la gente. El nacionalismo y el fundamentalismo religioso, islámico o de otro tipo, no son más que dos ejemplos entre muchos. En los últimos años, la lucha a favor y en contra del aborto en Estados Unidos ha alcanzado un nivel emocional que no admite el discurso racional o el compromiso pacífico. 
Puede haber también alguna correlación entre la ideología y los tipos de personalidad. 
Puede existir, por ejemplo, una «personalidad autoritaria» que pueda expresarse y encontrar satisfacción siendo sometida a la jerarquía y a la autoridad. Una ideología puede proporcionar una forma de expresión a gente con similares rasgos de personalidad. Los defensores de los derechos de los animales, los ecologistas, los partidarios y opositores de la Equal Rights Amendment (Enmienda para la igualdad de derechos), así como los demócratas, comunistas y fascistas, pueden dar rienda suelta a sus emociones por medio de una ideología particular que encaja con su personalidad. 

La ideología, por tanto, proporciona satisfacción emocional. La gente que la comparte está fuertemente unida; participan de las mismas ambiciones, intereses .Y metas, y trabajan unidos para conseguirlas. Una persona que tiene una Ideología compartida con un grupo de gente es probable que se, sienta. feliz, segura, y se deleite con la solidaridad de una empresa común. Al identificarse con ella nunca se está solo. 

Crítica, utopía y conservación 

Muchas veces las ideologías encarnan la crítica social. El examen crítico de las creencias sociales y políticas ha desempeñado un importante papel en el desarrollo de nuevas ideologías y en el rechazo de otras. Muchas creencias han sucumbido ante él, siendo reemplazadas por alguna distinta. Instituciones como la esclavitud, la propiedad, la monarquía hereditaria. la centralización burocrática, etc., se han cuestionado de manera crítica y. en consecuencia, abandonado o restringido. 

En algunos casos, la crítica puede llevarse a sus extremos. Algunas ideologías son como un sueño, una búsqueda imposible e irrealizable: 
el gobierno mundial, la igualdad perfecta, la abundancia para todos. la eliminación de la fuerza y la supresión de la guerra. 

Muchas ideologías políticas tienen algo de este rasgo, pero las que lo poseen de forma exagerada son las lIa-" madas utopías, palabra que proviene del término griego «ninguna parte». Si otorgamos este significado particular al término, estamos presuponiendo que un «ideólogo» es o ingenuo o peligroso, o está un poco loco, ignorando el sucinto comentan o de Shakespeare de que los sueños son el material del que la vida está compuesta. Lo opuesto a un individuo que sueña utopías es el que acepta el estado de cosas existente, la conservación del sta tu quo, de los valores e ideas heredadas. 

El destacado sociólogo alemán Karl Mannheim distinguió entre «ideología -conjunto de valores y creencias que compartimos sobre nuestra sociedad- y «utopía» -exposición crítica de ideas nuevas para reestructurarla. Salvo en casos extremos, es difícil saber cuándo estamos ante una «ideología» o ante una «utopía». Aunque continuamente aparecen ideas para criticar los valores y creencias existentes, también hay ideologías dirigidas a la preservación de esos mismos valores. 

Los conservadores y fundamentalistas ensalzan el pasado con pasión y lo idealizan. Sin embargo, al hacerlo, a menudo también ellos rayan en la utopía, ya que el retorno a tradiciones, valores y creencias pasadas se formula en términos de una evaluación crítica y un rechazo de la ideología existente. Casi todas las ideologías, incluso las conservadoras, incluyen elementos de crítica del presente.~ Por otra parte, la mayoría de las utopías comparten elementos de las verdades y valores dominantes, aun cuando se propongan reformularlas. El reino de Dios o del Profeta forma parte de los valores y creencias de muchos, pero pocos se sacrificarían para llevarlo a cabo; la mayoría reconoce la codicia y el egoísmo de la naturaleza humana, pero pocos pedirían una revolución para transformarla.

Ideología y acción política

Por encima de todo, la ideología empuja a la gente a la acción concertada. Algunas veces, a todo un país; otras, es un grupo, una clase o un partido político el que une a las personas bajo ciertos principios para expresar sus intereses, exigencias y creencias. 
En Francia, el socialismo todavía es para muchos la reivindicación de una larga búsqueda de la igualdad material. En Estados Unidos, por otro lado, es el liberalismo político y económico -la libertad para producir, consumir, pensar y rendir culto- lo que parece constituir el principal nexo de unión de muchos movimientos políticos. 

Un ejemplo de organización monotemática motivada por una ideología para emprender la acción política es el grupo ecologista Greenpeace, que tanto en Estados Unidos como en todas partes busca acabar con el expolio del medio ambiente. Esta asociación comparte muchos de los objetivos de las diversas organizaciones antinucleares. Algunos grupos poderosos quieren re introducir la enseñanza religiosa y los rezos en las escuelas, mientras que otros organizan una agresiva campaña contra el aborto. 

Los «liberales defensores del Estado de bienestar» continúan reconciliando la libertad con la intervención del Estado y la legislación social para mitigar la dureza de la lucha económica. El comunismo -sea el adoptado por un país, un movimiento o un partido que cuestiona el orden político existente- es una ideología que proyecta una visión de abundancia, igualdad y paz. 
La mayoría de los movimientos comunistas han considerado a la Unión Soviética como la legítima defensora de un nuevo orden social que reemplazaría al existente. Con el debilitamiento del comunismo, en la actualidad muchos de ellos están buscando un sustituto. 

La dinámica de la política, por tanto, reside en las ideas desarrolladas por la gente. Pero esto es verdad también respecto a las instituciones y movimientos políticos, los grupos sociales y los partidos políticos. Debemos centramos en las ideologías que representan y en las creencias que propagan y legitiman. Lo mismo ocurre con las actitudes políticas. También están revestidas de ideologías políticas. 

Los principales movimientos e ideologías políticos sólo pueden ser identificados y descritos en términos de diferentes constelaciones de actitudes. Los liberales comparten posturas comunes respecto a las relaciones raciales, la política económica, el rezo en las escuelas, las Naciones Unidas, los impuestos, el reclutamiento militar, las armas nucleares, los cupones de comida, la seguridad social, etc. Los conservadores pueden identificarse en términos de un conjunto de actitudes diferentes respecto a alguna de las mismas cuestiones, y lo mismo ocurre con socialistas y comunistas. 

Al estudiar las ideologías políticas estamos estudiando también las dinámicas de los sistemas políticos: el tipo de régimen político, su constitución y sus instituciones; el grado en que el régimen es aceptado; los conflictos existentes dentro de ese régimen; y la manera en que se pueden resolver dichos conflictos. 
La compatibilidad de las perspectivas ideológicas asegura la estabilidad y la aceptación; la incompatibilidad siempre presagia el conflicto, la inestabilidad y, posiblemente, la revolución. 

Los intelectuales 

Son los intelectuales quienes han dado forma a la mayoría de las ideologías: clero, abogados, profesores, escritores, etc. 
En su libro "Los doce que gobernaron", el historiador norteamericano R. R. Palmer analiza el «Comité de Salud Pública» responsable del terror y del uso de la guillotina contra los adversarios durante el último año de la Revolución francesa y descubre que los doce miembros del Comité tenían una cosa en común: eran intelectuales. Provenían de clases diferentes y tenían distintas profesiones, carreras y modos de vida. Los que alimentaron la Revolución bolchevique también eran intelectuales, versados en filosofía, economía e historia, que dominaban de tres a cuatro idiomas. 

La única excepción fue Stalin que sobrevivió a todos después de haberlos liquidado. Un intenso trabajo literario y filosófico preparó el terreno para las revoluciones norteamericana y francesa: los escritos de Benjamin Franklin, Thomas Paine y Thomas Jefferson y, en Francia, el destacado cuerpo literario producido por una nueva escuela de intelectuales, los enciclopedistas. 

¿Quiénes son los intelectuales? ¿Por qué desempeñan un papel tan importante en la creación de ideas asociadas con la formulación de una nueva ideología política? No hay respuestas fáciles. Pero si presuponemos que la mayoría de las ideologías reflejan un interés, una clase o un estatus, y racionalizan posiciones dadas en la sociedad, entonces las ideas están directamente relacionadas con ellas. 

Las ideologías raramente pueden superar esas posiciones o disociarse de los intereses a los que están unidas, sean éstos materiales o espirituales. Sin embargo, los intelectuales representan un grupo de personas que no tienen ni esas posiciones, ni esas uniones o ataduras respecto a intereses. Flotan de alguna manera entre, en y sobre ellos. En este sentido, tienen más libertad que el resto de los que critican y sueñan. Son capaces de usar la palabra, escrita y hablada, la máquina de escribir, la radio, la prensa y la televisión mejor que otros (por eso son intelectuales), y pueden así dirigir nuevos mensajes donde deseen. Por ejemplo, en Gran Bretaña fue un grupo de intelectuales el que introdujo el socialismo a finales del siglo XIX. 

Los intelectuales critican y consiguen dar a sus críticas una nueva altura ideológica que trasciende las formulaciones existentes. Del mismo modo que inventores o administradores con talento son capaces de renovar el estado de cosas en el comercio o en la industria, los intelectuales intentan reformar la sociedad, su vida y sus valores, pero con un impacto mucho mayor. Su influencia es profunda y reestructuran nuestros puntos de vista y percepciones, y una de las razones por las que, salvo en algunos casos extremos, no dominan la sociedad, es porque no forman un grupo coherente con ideas comunes, como un partido. De hecho, están constantemente enfrentados entre sí. 

Otra razón es que sus mensajes encuentran resistencia en aquellos a quienes van dirigidos, pues a la gente no le gusta el cambio. Por ejemplo, en las democracias liberales ha existido una desconfianza recíproca entre los intelectuales de izquierdas y los trabajadores. Estos últimos temían que la ideología de los intelectuales no fuera más que un artilugio para conseguir poder sin proporcionar necesariamente a los trabajadores los beneficios que habían prometido. Los trabajadores sospechaban que los intelectuales marxistas terminarían siendo una «nueva clase». Tampoco ha existido una gran atracción entre los intelectuales socialistas y los sindicatos británicos. De forma similar, durante los levantamientos encabezados por intelectuales yestudiantes contra el establishment en muchas democracias liberales a finales de los sesenta los trabajadores fueron reticentes a participar en las protestas. Cuando lo hicieron, fue para mejorar sus salarios y condiciones de trabajo, no para cambiar la sociedad. Y en lo que respecta a los intelectuales en los regímenes capitalistas liberales que pretenden ser democráticos nunca hicieron las paces con la propiedad y la economía de libre mercado y, más generalmente, con la ética materialista del capitalismo. Para muchos de ellos el marxismo se convirtió en la principal arma para la crítica. Llegó a ser un compromiso pasional para salvamos a todos a través de la creación de una nueva sociedad. Fue, en palabras de otro intelectual, Raymon Aran, un opio intoxicador de intelectuales y narcotizador de gentes. 

Ya sea porque dispensan drogas salvadoras o píldoras opiáceas, la función de los intelectuales es estimular nuestro pensamiento y nuestras ideas sobre el mundo. Son una espina clavada en todo orden establecido y toda ideología dominante. Sócrates fue el primero de muchos que pagó el precio con su vida. 
Rasquemos un poco en todos los intelectuales y encontraremos un ideólogo. Pero, en general, permanecen divididos y, por tanto, son inofensivos. Sólo aquellos que comienzan a desarrollar un conjunto común de creencias engranado en una meta común y que están buscando un nuevo orden pueden desempeñar un papel importante. Se convierten en intelectuales «orgánicos», que ordenan y sintetizan las creencias existentes, estableciendo compromisos entre muchas de ellas, rechazando otras y sugiriendo algunas nuevas hasta formar «un bloque».
En general, los intelectuales desempeñan un papel crítico e innovador que todas las sociedades necesitan. Critican lo viejo y abren sin cesar nuevos horizontes de pensamiento y esfuerzo social. En tanto existan, florecerá la formación de ideologías. 

Tipos de ideologías políticas 

Las ideologías políticas se refieren a valores: calidad de vida, distribución de bienes y servicios, libertad e igualdad. Si hubiera acuerdo sobre cada uno de ellos, existiría una sola ideología compartida por todos. Pero no lo hay dentro de una sociedad y, ni que decir tiene, entre las diversas sociedades políticas del mundo. La gente mantiene diferentes opiniones; los países proyectan distintos valores y creencias. Es precisamente aquí donde vemos el papel de las ideologías políticas: movilizan a hombres y mujeres para actuar a favor de un punto de vista u otro, o de un movimiento o partido u otro. Su objetivo es, invariablemente, la preservación de un punto de vista dado o la revisión del estado de cosas existente, incluido el propio sistema político. Los hacendados británicos que defendieron sus privilegios y su propiedad; los trabajadores que crearon sindicatos o partidos para proteger sus intereses; los conservadores americanos; todos ellos tienen en común un conjunto de ideas que los une en una postura colectiva. Lo mismo ocurre con las pequeñas bandas terroristas que secuestran aviones. Quieren destruir lo que más odian: la complacencia de una sociedad ordenada interesada en la satisfacción material. 

Podemos dividir las ideologías políticas en tres grandes categorías: 

1. Las que defienden y racionalizan el orden económico, social y político existente en un momento y en una sociedad dados, a las que denominamos ideologías del statu qua. 
2. Ideologías que apoyan cambios de largo alcance en el orden económico, social y político existente, a las que llamamos ideologías radicales o revolucionarias. 
3. En medio existe, naturalmente, una amplia área gris que favorece el cambio. Podemos denominarlas ideologías reformistas. 

Una manera de establecer la diferencia entre las ideologías del statu qua, las reformistas y las revolucionarias es pensar en los mapas y en la cartografía. Alguien que diligentemente aprende a leer un mapa y a viajar siguiendo rutas y señales dadas podría considerarse un representante de la mentalidad o de la ideología del statu qua: simplemente sigue las reglas y señales y se deja guiar por ellas. Por otro lado, una persona que intenta trazar su propia ruta y cambiar las señales, pero no el destino, es una reformista. 
Hay un acuerdo en que son los medios, y no el fin, los que deben modificarse. Pero un revolucionario varía tanto el mapa como el destino. Esta clasificación es meramente formal, porque las ideologías cambian, no sólo en contenido, sino en las funciones y papeles particulares que desempeñan. 

Una ideología revolucionaria, por ejemplo, podría llegar a transformarse en una de statu qua cuando tiene éxito al imponer sus propios valores y creencias. Igualmente la misma ideología podría ser defensora del statu qua, protectora del orden de cosas existente, en un lugar y momento dados, y revolucionaria en un lugar y momento diferentes. El comunismo en la antigua Unión Soviética era una ideología política de statu qua, mientras que en otros países era considerada revolucionaria. Mientras que los trabajadores en el siglo XIX protestaban en nombre del socialismo contra el liberalismo europeo occidental, que se había vuelto una ideología política de statu quo, en Europa Central y Rusia el liberalismo era, para muchos, una ideología revolucionaria. 

Las ideologías de statu quo, reformista, y revolucionaria pueden distinguirse por las tácticas utilizadas para conseguir objetivos e incluyen la persuasión, la organización y la fuerza. Pocas ideologías, si es que hubiera alguna, descansan exclusivamente en una de ellas prescindiendo de las demás. La mayoría utilizan, en diferente grado, todas estas tácticas. Cuanto más fundamentales y globales son las metas, y más cuestiona una ideología el statu quo, mayores son las oportunidades de que se traduzca en un movimiento político que recurra a la fuerza organizada sin, naturalmente, rechazar la organización y la persuasión. 
Por otro lado, una ideología política que tiene metas limitadas y escalonadas, como es el caso de las ideologías reformistas, es más probable que recurra a la organización y a la persuasión política. 

En general, hay más probabilidades de que las ideologías y movimientos políticos que cuestionan el statu qua usen la fuerza en el momento en que se enfrenten a él. Éste fue el caso del liberalismo antes de que derrocara a los regímenes aristocráticos y monárquicos en el siglo XVIII e incluso después, y de los comunistas y otros movimientos revolucionarios, primero en Rusia y después en otros países. Sin embargo, cuando ideologías políticas de este tipo tienen éxito --cuando se han transformado en regímenes políticos y han llevado a cabo sus objetivos principales y consolidado su posiciones probable que la persuasión y la organización ocupen el lugar de la fuerza. 

Hay una reserva respecto a estas generalizaciones. De acuerdo con algunos analistas, hay algunas ideologías políticas para las que la fuerza es una característica necesaria y permanente. Y hay otras para las que la persuasión y la organización política, más que la fuerza, son rasgos inherentes. Algunos sistemas autoritarios, incluidos los regímenes comunistas, institucionalizan el uso de la fuerza con objeto de lograr y mantener la conformidad. Por otro lado, los regímenes liberales y democráticos, comprometidos con la lucha política y el pluralismo, evitan el uso de la fuerza. Si debe usarse, únicamente será como un último recurso.

Principales ideologías políticas 

Criterios de elección 

Si examinamos la extensión de los movimientos políticos ideológicos contemporáneos tenemos un abundante surtido de temas: liberalismo, capitalismo, Socialismo democrático, socialismo, comunismo, comunismo nacional consociacionalismo, corporativismo, eurocomunismo, anarquismo, gaullismo, estalinismo y postestalinismo, comunalismo, autodeterminación en la industria, titoismo, maoísmo, «defensa del Estado de bienestar», por no hablar de las variaciones provenientes del Tercer Mundo bajo distintas etiquetas. 

¿Sobre cuáles hablamos y por qué? Obviamente, necesitamos algún criterio que nos onente, y yo propongo cuatro: 
coherencia, dominio, extensión e intensidad. 

Coherencia 

Por coherencia entiendo el alcance total de una ideología, junto con su lógica y estructura internas. ¿Es completa? ¿Especifica claramente un conjunto de objetivos y los medios para llevarlos a cabo? ¿Son contradictorias sus diferentes propuestas sobre la vida social, económica y política? ¿Existe alguna organización, movimiento o partido, que promueva los medios para la acción prevista? 

Presencia 

La presencia se refiere a la extensión temporal que una ideología ha sido «operativa». Algunas ideologías pueden estar en declive durante algún tiempo, pero para reaparecer posteriormente. Otras han sido operativas; lo largo de un amplio periodo de tiempo, a pesar de sus variaciones y capacidades. Sea cual sea el caso, la prueba básica es el tiempo durante el cual las personas han compartido una ideología que ha afectado a sus vidas y ha determinado sus actitudes y acciones. 

Extensión 

El criterio de extensión hace referencia sencillamente a un rudimentario test numérico. ¿Cuánta gente comparte una ideología dada? Cabe dibujar un tosco «mapa ideológico» que muestre el número de personas que comparten ideologías políticas comunes. Cuanto más amplio sea el «espacio de población» de una ideología dada, mayor su extensión. 
¿Sobre cuánta gente influye hoy el comunismo? ¿Y el liberalismo? ¿Y el socialismo? ¿Y el anarquismo? ¿Y el fundamentalismo religioso? Una estimación de su número responderá a la cuestión de la extensión. 

Intensidad 

Finalmente, por intensidad me refiero al grado y a la fuerza del atractivo de una ideología, independientemente de si satisface alguno de los otros tres criterios. ¿Evoca un espíritu de lealtad y de acción total? «El interés es aletargador», escribió John Stuart MilI. Las ideas no. Son como armas que, hasta en manos de una pequeña minoría, pueden tener un impacto mucho mayor en la sociedad que intereses comúnmente compartidos. La intensidad implica compromiso emocional, lealtad total y determinación inequívoca para actuar incluso arriesgando la propia vida. Es este tipo de intensidad el que Lenin consiguió impartir a sus bolcheviques y al Partido Comunista. 

Idealmente, deberíamos escoger entre las diversas ideologías sólo aquellas que satisfacen todos los criterios aquí establecidos: coherencia, presencia, extensión e intensidad. Sin embargo, ello no haría justicia a algunas ideologías que han desempeñado o están desempeñando un papel importante en nuestra vida política, aun cuando sólo puedan satisfacer uno o dos de estos criterios, por lo que intento tener en cuenta algunos de esos movimientos. 

(Véase en la tabla 1.1 una muestra de ideologías y de su relación con estos cuatro criterios.) 


Al analizar cada ideología, comenzamos examinando las formulaciones teóricas básicas con las que tiene contraída una deuda mayor y describimos su transformación en movimiento político y, en algunos casos, en régimen político. 
No deberíamos nunca perder de vista el hecho de que estamos tratando con ideas que llegaron a ser movimientos políticos y condujeron a la gente a la acción política, y el hecho de que su influencia puede ser valorada en términos de la fuerza de los movimientos y partidos a través de los que las ideas pasan a estar preparadas y armadas para una lucha por la supremacía. 
Las ideologías no son entidades incorpóreas; no son abstracciones. Existen porque hombres y mujeres las comparten y adoptan como parte de sus propias vidas. 
Las ideologías se convierten en armas cuando los hombres y mujeres así lo quieren, pero también son refugios que proporcionan compañerismo, cooperación y plenitud. 

Juicio de valor 

Hay una última observación fundamental. Si existen tantas ideologías y si todos nosotros compartimos diferentes ideologías que nos ayudan a «conocen> el mundo exterior y nos incitan a actuar de uno u otro modo, ¿cuál de ellas es la «correcta»? Si todas las ideologías nos proporcionan diferentes puntos de vista y percepciones del mundo, ¿cómo sabemos qué es realmente el mundo? ¿Cómo podemos describir el paisaje si lo vemos desde una óptica distinta? 
Esta es la persistente cuestión que está presente a lo largo del libro, la cuestión de la validez de una ideología dada. 
Cuando se aplica a las ideologías políticas, no existe realmente test perentorio que proporcione una prueba de validez definitiva. No podemos más que presentar las diversas ideologías políticas en términos de su lógica interna, su coherencia...

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“Los hombres libres tienen ideas; 
los sumisos tienen ideologías”.
¿?Teócrito¿?

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