101
ARGUMENTOS
CONTRA LA
IZQUIERDA
El debate político nunca ha sido tan dinámico como lo es en la actualidad. Parte de este fenómeno tiene que ver con las posibilidades de mayor participación del público; lectores o espectadores, antes pasivos, que son ahora más protagonistas que nunca. La contracara de esto —que es, en sí mismo, algo muy positivo— es que el mundo de las noticias y del debate de ideas puede resultar caótico, demasiado caudaloso y con sobreabundancia de información difícil de jerarquizar; un mundo en el que, a veces, las discusiones se disfrazan de intercambios virulentos de eslóganes y falacias que no conducen a ningún lado.En este libro, Marcelo Duclos selecciona 101 de sus artículos con el criterio señalado desde su título: dar argumentos para la batalla cultural, sencillos, de lectura ágil pero no por eso menos sustanciosos. En ellos nos encontraremos con un desarrollo analítico profundo de conceptos clave, que contribuirán al sano debate, no solo para el liberalismo y quienes lo suscriben, sino para toda persona interesada en la discusión seria y bienintencionada; porque, cuando se tienen los argumentos, ni los gritos ni las chicanas alcanzan para acallar las ideas.La invitación a leer estas páginas es un llamado a repensar el mundo que nos rodea y a entender de qué manera, mediante el cambio de paradigma que propone el pensamiento libertario, desde una mirada basada en la ética y el respeto más acérrimo a todos los individuos, se puede aspirar a salir de la destrucción a la que nos llevaron, en Argentina y en el mundo, las ideas colectivistas.Bienvenidos a su lectura.
PRÓLOGO
Marcelo Duelos escribió La revolución que no vieron venir, junto a Nicolás Márquez, libro que fue traducido al polaco, al inglés, al portugués, al japonés y al hebreo, y del que-a más de un año de su publicación- siguen hablando en todos los medios. En él, hace una síntesis precisa de las ideas de la libertad, contribuyendo a explicar la hoja de ruta del gobierno para cuyo ejercicio los argentinos me han contratado como presidente.
Sin embargo, no fue este su inicio como escritor. Es periodista en un medio que no recibe ni recibió nunca pauta del Estado y escribe desde hace más de una década, ofreciendo artículos de coyuntura tanto como de análisis, difundiendo el ideario de la libertad. Digamos que hace llorar a los zurdos al mismo tiempo que ofrece herramientas conceptuales a los argentinos de bien que, día a día, cada uno desde su lugar, luchan la batalla cultural.
Esta nueva publicación es una selección de columnas a través de las cuales el autor busca contrarrestar al periodismo ensobrado del mainstream. Lo hace con armas humildes, propias de un medio pequeño que no cuenta con los recursos ni el financiamiento de los poderosos, pero donde se encuentran principios y contenidos que los medios pauteros, por más grandes que sean, no tienen. Las redes sociales, libres, equiparan el debate y cada persona elige libremente lo que leer. Aunque digan que el capitalismo beneficia a los más grandes, la evidencia empírica confirma otra cosa: que beneficia a los mejores, sean grandes, medianos o pequeños.
Enfocado en escenarios clave de esta batalla cultural-economía, filosofía, educación, cuestiones de género, cultura, arte y espectáculos, entre otros temas-va analizando hechos y personajes a fin de echar luces sobre asuntos de los que no se habla en los grandes medios, desmitificando tanto a las situaciones como a sus protagonistas.
El proceso político que se vive en Argentina y que está empezando a contagiarse a muchos países del mundo necesita de este tipo de lecturas. Se necesita conocer los conceptos que van apareciendo en este libro. Se necesita el compromiso de todos para que pequeños medios, incluso streams y redes sociales, puedan pararse frente a las mentiras de los grandes, que hasta hace poco monopolizaban la comunicación. Se necesita de argumentos sólidos, que puedan soportar las embestidas de las falacias y de la construcción de relatos mentirosos, que son los últimos manotazos de ahogado de los zurdos empobrecedores, que buscan perpetuarse, criminalmente, a costa del sufrimiento de quienes con su trabajo sostienen a la casta.
El autor expone en sus columnas los principales conceptos de la Escuela Austríaca de Economía, en la cual está formado. Esta tradición había sido, hasta hoy, la gran ausente de los planes de estudio y de cualquier mención en medios de comunicación masiva. Las ideas de la libertad -a las que me dediqué durante años como conferencista y visitando cuanto programa en los medios podía para darles visibilidad- necesitan de más defensores. Los argentinos me pusieron en el lugar que hoy ocupo porque prefirieron como presidente a alguien que les decía una verdad incómoda antes que una mentira confortable. El camino comenzó con dificultades. Nos habían dejado una bomba a punto de estallar. Pero estamos saliendo del infierno porque estamos del lado correcto de las ideas. Ideas que se expresan a través de los artículos que reúne este libro, que se suma a las voces que dan la batalla cultural, junto con la mía. Son artículos que ofrecen argumentos, que inspiran, que abren preguntas que incomodan y piden a gritos respuestas.
El lector encontrará en estas páginas una invitación a pensar y a defender las bases que definió muy bien nuestro prócer, Alberto Benegas Lynch (h), que siempre repito y seguiré repitiendo porque son nuestro faro:
«El liberalismo es el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión, en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad, cuyas instituciones fundamentales son la propiedad privada, los mercados libres de intervención estatal, la libre competencia, la división del trabajo y la cooperación social».
Léanlo sabiendo que cada uno de ustedes es tan protagonista de la batalla cultural como el propio autor, o como yo mismo, que no soy más que un empleado de ustedes.
¡Viva la libertad, carajo!
Javier Milei
Buenos Aires, junio de 2025
PERO LA VERDAD SIEMPRE REVELA LA REALIDAD".
DOSTOIEVSKI
PALABRAS PRELIMINARES
Luego de un primer libro de bibliografía extensa y marco teórico nutrido -la segunda parte de Milei: La revolución que no vieron venir, cuyo primer bloque escribió Nicolás Márquez-, quise continuar la aventura literaria liberal con un texto un poco más ligero, liviano en la forma, pero no en el contenido: con la fundamentación y el análisis que la materia requiere, por supuesto, pero más accesible (característica valorada -a veces en exceso en los tiempos que corren, tan condicionados por la inmediatez que impera en las redes sociales de las que todos participamos).
Debo reconocer que siempre fui reacio a las compilaciones y antologías. Probablemente porque, como lector, he notado muchas veces que, con la excusa de publicar una obra, se amontonan escritos sin un sentido que los amalgame de modo consistente.
Creo que este no es el caso. Con más de ocho mil artículos publicados en más de una década como periodista, este es el breve puñado que considero que merece ser rescatado del mar de notas de coyuntura política, que se leen en el día o la semana y luego pierden trascendencia. ¿Por qué? Porque los temas que se abordan aquí son conceptuales, históricos y analíticos; apuntan a cuestiones de fondo y resultan útiles para dar la batalla cultural contra el estatismo.
En medio de esta batalla, agradezco infinitamente la generosidad del presidente, que se tomó el tiempo de sumar su voz a través del prólogo de esta edición. En este sentido, dada la mala intención que caracteriza a la crítica opositora, vale aclarar que las opiniones que se leerán a partir de aquí me pertenecen y no todas tienen, necesariamente, que ser compartidas por ambos. No me llamaría la atención que busquen imputarle mis palabras como si fueran suyas. Si bien coincidimos en lo central, ciertos temas nos encuentran en disonancia, una disonancia que bien entendida enriquece el debate de ideas, filosófico, conceptual. Si uno presta atención a los detalles, puede encontrar diferencias con algunas posiciones del mandatario, y muchas más con algunas políticas públicas de su gobierno -que, más allá de purismos ideológicos, se desarrolla en un marco de restricciones propio de las prerrogativas del Poder Ejecutivo-, un gobierno al que apoyo de manera abierta y rotunda, ya que las coincidencias superan ampliamente las diferencias.
Hecha esta aclaración, solo me resta contarles que repasar los miles de artículos publicados en diversos portales fue un trabajo agotador. Sin embargo, cada vez que encontraba alguno de los que podrán leer en este libro, la tarea cobraba sentido. Ninguno forma parte de esta obra por azar. Estoy convencido de que cada uno de ellos, desde su lectura rápida y sencilla, aporta algo valioso a la batalla cultural.
Los textos que habitan las siguientes páginas están separados en bloques temáticos y ordenados cronológicamente, de modo tal que resulte evidente el contexto en el que fue escrito cada uno. Aun así, pueden ser leídos en el orden que cada lector prefiera, ya que son columnas independientes entre sí. Incluso puede optarse por abordar algunas y dejar de lado aquellas que se consideren menos relevantes.
Cada palabra de este libro está enmarcada en la tradición liberal. Por eso, su publicación tiene una finalidad humilde, pero encierra, al mismo tiempo, una aspiración un poco más ambiciosa: que los tópicos tratados despierten el interés del lector, que abran puertas para profundizar el estudio de estos asuntos y que brinden argumentos sencillos para tener a mano en la discusión política.
Con esas ideas en el horizonte, está dedicado a la nueva generación libertaria.
A los jóvenes - que ya son muchos más que nosotros, los que peinamos canas-, para que muy pronto superen a sus antecesores.
Los argumentos están de este lado de la biblioteca y de la historia. Si dedicamos algo de tiempo al estudio y a la reflexión, el enemigo colectivista y estatista no tendrá chances en la batalla cultural.
Para que esta lucha continúe desarrollándose de forma exclusiva en el ámbito conceptual del debate público civilizado -garantizando nuestra libertad física, nuestra integridad, nuestra propiedad y nuestros derechos individuales-, los argumentos tienen que ser sistemáticos, permanentes, aplastantes y abrumadores.
Vamos por eso.
La realidad, la verdad, la lógica,
las falacias y los datos
Una cosa es que una proposición sea falsa o verdadera, otra es que su razonamiento sea lógica o ilógico
Comencemos con las falacias, es decir razonamientos con apariencia de verdad pero que son errados. Aristóteles fue el primero en detallar y explicar las falacias y tal vez el listado más abundante fue realizado por David Hackett Fisher quien se refiere a 114 falacias. Aquí nos referimos a diez que son las más comunes en nuestro medio.
Primero, la falacia ad populum, es decir, si lo hacen todos está bien, si no lo hace nadie está mal. Con este criterio no hubiéramos pasado del taparrabos y el garrote pues el primero que empleó el arco y la flecha habría que condenarlo y así con todos los inventos de la humanidad.
Segundo, la falacia ad hominem, esto es, referirse peyorativamente a la persona del contrincante y no a su argumentación. Decir, por ejemplo, que la contraparte está equivocada porque es extranjera o porque pertenece a tal o cual religión.
Tercero, la falacia de generalización que puede aplicarse al caso de un buen deportista que por ser tal se lo consulta sobre la evolución de la economía o la política a lo que responde entusiasmado el candidato sin percatase de la trampa.
Cuarto, la falacia de carácter transitivo: se dice que una persona está equivocada porque está vinculada a otra que sostiene este o aquel principio. Puede ilustrarse esto con la pretendida refutación de un argumento de A porque es amiga de B y C o porque pertenecen al mismo país o grupo partidario.
Quinto, la falacia ad baculum que amenaza con la fuerza no necesariamente física sino referida a cantidad de personas que apoyan la idea del opinante.
Sexta, la falacia de autoridad que es la que circunscribe su pretendida razón porque fulano o mengano lo dicen.
Séptimo, la falacia ad misericordiam, esto es la pretendida razón apelando a la situación de la persona. La ilustración extrema que es la más citada y la más ridícula es la del parricida que clama perdón por quedar huérfano.
Octava, la falacia de ignorancia que pretende un argumento valedero al concluir que por el hecho de no poder demostrar la falsedad de algo resulta verdadero o, por el contrario, por el hecho de no poder demostrar la veracidad de algo resulta falso. Por ejemplo, sostener que hay serpientes en cierto planeta no lo convierte en verdadero por el hecho de no poder demostrar su falsedad o por el contrario el afirmar que no hay esas serpientes en ese planeta no lo convierten en falso por el hecho de no poder constatar su veracidad.
Novena, la falacia de causa falsa, esto es la pretensión de establecer nexo causal por el mero hecho que un acontecimiento precede a otro.
Y por último en nuestro inventario en forma de decálogo, la petición de principio, la cual se presenta reiterando en la conclusión lo mismo que se estableció en la premisa.
Respecto al valor de los datos estadísticos y los gráficos, ponemos en una cápsula lo que hemos desarrollado detenidamente en otra oportunidad en este mismo medio en torno al slogan de aquello que dato mata relato. Ahora solo decimos que si fuera cierto que dato mata relato no habría relato pues hubiera fenecido dado el abarrotamiento de estadísticas que aparecen por doquier, sin embargo observamos que los relatos no sólo no han muerto sino que se multiplican con audiencias cada vez mayores en nuestra época.
¿Por qué ocurre esta llamativa multiplicación? Pues porque el debate de fondo no tiene lugar entre dato y relato sino en un plano anterior y de mucho mayor peso, cual es la confrontación entre interpretaciones contrarias de los nexos causales de la realidad y recién entonces, una vez comprendidos estos nexos, puede agregarse como una demostración de aquella refutación rigurosa la serie estadística en cuestión que ya en esa instancia sirve para reconfirmar el punto.
Esto que dejamos consignado lo ha explicado el premio Nobel en economía Friedrich Hayek en un célebre y notable texto titulado «The Facts in Social Sciences» donde muestra la gran diferencia entre las ciencias naturales y las sociales. Señala que en el primer caso se observan hechos como la mezcla entre un líquido y otro en el laboratorio produce tal o cual resultado, sin embargo en ciencias sociales no hay laboratorio sino que enfrentamos fenómenos complejos que hay que interpretar todos ellos, no hay las reacciones de laboratorio sino que hay acciones humanas que requiere se las entienda. En otras palabras, si por ejemplo el historiador se propone describir la Revolución Francesa aun viviendo en la época no la entenderá con solo mirar los movimientos de los personajes, debe interpretar el sentido y la razón de lo que ocurre (para no decir nada de los que no la vivieron que deben reinterpretar lo que otros interpretaron). Es decir, si alguien sostuviera que ese acontecimiento se produjo porque Luis XVI estornudó no hay forma de refutarlo en los hechos, solo se puede explicar a través del desarrollo de nexos causales.
Lo que venimos comentando desde luego no significa que cada cual tenga su interpretación y todas sean valederas, habrá unas que se acercan más a lo sucedido que otras y las habrá que dan en el clavo. El asunto entonces no es caer en la ingenua posición de sostener que todo se resuelve mostrando una planilla con los suficientes datos pues esos mismos datos serán (y son) interpretados de muy diversas maneras precisamente respecto al otro plano que venimos comentando. Como queda consignado, en ciencias naturales el hecho físico es suficiente pues no hay acción sino reacción, en cambio en ciencias sociales el hecho físico requiere explicación e interpretación de propósitos deliberados. Por eso es que libros y ensayos desde Ragnar Frisch, Jan Tinbergen, Roy G.D. Allen y Enrico Giovanini al actual Thomas Piketty están inundados de series estadísticas (y fórmulas), mientras que obras como las de Murray Rothbard, Israel Kirzner, Anthony de Jasay, James Buchanan, von Mises y Hayek no contienen una sola serie estadística para probar sus puntos. Entonces, para combatir el relato hace falta mucha más argumentación que lamentablemente por el momento está en gran medida ausente. Por eso en esta etapa los liberales en gran medida estamos perdiendo la batalla cultural. Los socialismos disimulan con estadísticas pero otros flancos argumentan a fondo con insistencia bajo el lema del mayo francés: “Seamos realistas, pidamos lo imposible».
Por último, respecto a lo que se discute en torno al realismo, se ha dicho que lo que no es percibido no es real, es decir, la tesis originalmente expuesta por Berkeley. Pero eso habría que extenderlo al mismo sujeto que observa, esto es, que no existiría si no lo percibe otro y así sucesivamente lo cual no termina en la Primera Causa ya que, paradójicamente, no tendría existencia real si no es percibida por otro, situación que conduce a la inexistencia de todo (incluso de la afirmación del no-realismo).
Por otra parte, hay cosas que se estiman percibidas como, por ejemplo, los espejismos, las ilusiones y las estrellas que creemos observar cuyas luces navegan en el espacio pero que pueden haber dejado de existir hace tiempo.
Por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos, propiedades y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.
Cuando se dice que no puede tomarse partido por tal o cual posición debe tenerse en claro que quien eso dice está de hecho tomando partido por no tomar partido, del mismo modo que quien sostiene que no debe juzgarse está abriendo un juicio. Como explicita Konrad Lorenz, si no hubiera tal cosa como proposiciones verdaderas no tendría sentido ninguna investigación científica puesto que no habría nada que investigar.
Paul Watzlawick en su libro titulado «¿Es real la realidad?» concluye que “la tesis básica del libro según la cual no existe una realidad absoluta, sino solo visiones o concepciones subjetivas, y en parte totalmente opuestas [de lo que es] la realidad, de las que se supone ingenuamente que responden a la realidad ´real´, a la ´verdadera´ realidad”.
Nos parece que aquí se confunden planos de análisis. Como queda dicho, el juicio subjetivo en nada cambia la existencia de las cosas, sus propiedades y atributos. Ese juicio podrá desde luego estar más cerca o más lejos de describir al objeto juzgado puesto que la proposición verdadera consiste en la concordancia o correspondencia del juicio con el objeto juzgado. Pero nuevamente decimos que esto no significa que las dificultades de lograr el cometido se hayan disipado: el camino para captar la realidad es siempre uno sinuoso y lleno de obstáculos. Se trata de una peregrinación. Hay en este sentido una permanente navegación pues no hay puerto o destino final en el conocimiento ya que remite a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Nunca el ser humano llegará a una situación en que pueda ufanarse de haber completado su faena de haber abarcado la totalidad de lo real ya que estamos hablando de seres imperfectos, limitados y sumamente ignorantes.
Lo dicho no quita para nada lo certera de la observación de Watzlawick en cuanto a la influencia malsana del grupo en el individuo cuando un sujeto se deja atropellar por lo que dicen o hacen otros.
Pero esto no modifica nuestros comentarios sobre la realidad, solo que demuestra la enorme presión de la multitud sobre quienes opinan distinto, lo cual puede comprobarse a diario con personas que no se atreven a opinar lo que se considera “políticamente incorrecto” y, por ende, dejan de cumplir con su obligación moral de comportarse de acuerdo con la integridad elemental y la honestidad intelectual por cobardía, y así los timoratos dejan cada vez más espacio a la corriente dominante para que imponga su visión.
Para poner el asunto de otra manera, una cosa es afirmar erróneamente que la realidad depende de la opinión y que, por tanto, no hay verdad objetiva y otra bien diferente es reconocer que cada uno tiene el derecho de interpretar, debatir, exponer y mostrar según su criterio cual es la realidad de tal o cual cosa. Precisamente, en esto consiste la posibilidad de progreso y acercamiento a la captación de diferentes realidades. Como se ha apuntado, las sucesivas refutaciones parciales o totales permiten el avance en el conocimiento.
La duda (no de todo puesto que no dudamos que dudamos) y el racionalismo crítico son buenos ejercicios: ubi dubiun ubi libertas (si no hay duda, no hay libertad) puesto que en un mundo de dogmáticos no se requiere libertad ya que todo sería certezas. Pero lo contrario no significa escepticismo en el sentido de desconfianza en nuestra capacidad perceptual, sino que la conciencia del error nos da la pauta que somos capaces de distinguirlo de la verdad.
El realismo -también crítico- profesa la existencia del mundo exterior al sujeto que observa que es, por ende, distinto al sujeto que conoce. La ciencia se refiere a la expansión del conocimiento de ese mundo exterior que presupone para sus estudios y experimentos. La inteligencia, el inter-legum, apunta a expandir el conocimiento que no se refiere solo a lo que puede comprobarse en el laboratorio sino a fenómenos no verificables en la experimentación sensible sino en el razonamiento de procesos complejos.
Nicholas Rescher en su obra «Objetivity» escribe que “La independencia ontológica de las cosas -su objetividad y autonomía de las maquinaciones de la mente- constituye un aspecto crucial del realismo” de lo cual no se sigue que la mente pueda captar toda la realidad del universo, por lo que “coincidimos con el realismo en el énfasis de la independencia del carácter de la realidad, pero sabiendo que la realidad tiene una profundidad y complejidad que sobrepasa el alcance de la mente”. Esto, nuevamente recalcamos, es debido a las limitaciones de los humanos: el esfuerzo por captar la realidad para nada elimina la posibilidad de captar fragmentos de lo que existe.
Entonces y en resumen, una cosa es la proposición falsa o verdadera y otra es la lógica o ilógico del razonamiento para lo cual nada mejor que consultar el formidable estudio sobre lógica de Aristóteles quien también criticó a los sofistas al escribir que “la sofística es una sabiduría aparente, pero no lo es” y que como apunta Julián Marías son relativistas. Morris Cohen ha refutado la manía de sostener que una verdad debe ser demostrada vía la verificación empírica al responder al opinante que su conclusión no es verificable empíricamente y como nos ha enseñado Karl Popper solo hay corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, pero en ningún caso en la ciencia hay verificación.
VER+:




0 comments :
Publicar un comentario