Una verdad incómoda
Testimonio de una época:
contra el silencio y la mentira
Un apasionado alegato en defensa de los valores tradicionales que han sostenido el entendimiento, la libertad y la identidad de España y que ahora se cuestionan.
Jaime Mayor Oreja es uno de los políticos españoles con más amplia proyección en nuestra historia de los últimos cincuenta años, y "Una verdad incómoda" recoge su testimonio y sus experiencias —algunas de ellas especialmente dolorosas y difíciles— en la política vasca, española y europea, así como su actual participación en la sociedad civil al frente de la Fundación Neos. En la década de los ochenta en el País Vasco, una macabra mentira referida a las víctimas —«algo habrá hecho»— diluyó las conciencias de buena parte de aquella sociedad. Siguió después el desenlace de una transición política en la que el nacionalismo jugó con las cartas marcadas e impuso un falso empate entre ETA y el Estado de derecho, que solo podía concluir con una negociación política.
Ya en los años noventa, la refundación del centro-derecha en el Partido Popular puso en marcha una alternativa de gobierno y una política antiterrorista diferente, asentada en la ley, nada más que en la ley, pero en toda la ley. Sin embargo, la actualidad supera todos los pronósticos negativos y la existencia del nuevo «frente popular» que nos gobierna —esto es, la asociación del crimen del pasado con la mentira del presente— ha construido una segunda leyenda negra desde el interior que exige tomar conciencia de la misma y que se produzca un entendimiento entre las fuerzas políticas de la derecha y del centro-derecha para evitar caer en la profundidad del abismo en el que nos encontramos.
PRÓLOGO
Este no es un libro de memorias, aunque las contenga. No es tampoco un libro sobre política, aunque la política lata en cada una de sus páginas. No es un ensayo sobre el nacionalismo, sobre España o sobre la evolución política del país, aunque el lector se topará con todas esas cuestiones.
Lo que pretendo es algo más complejo y profundo. A estas alturas de la vida he llegado a la conclusión de que debo contar una verdad —la que yo he vivido—, aunque resulte incómoda para muchos. Dar testimonio de lo que he conocido en primera persona para que la verdad de los hechos no sucumba frente a la mentira de los relatos que a día de hoy circulan como moneda corriente.
Las teorías pueden ser importantes, los análisis pueden ser sugestivos, las ideologías pueden ser atractivas, pero el testimonio va mucho más allá. Es una experiencia que pretende reivindicar la verdad de lo ocurrido. Es una vivencia personal que se hace contrastable, que se actualiza y se convierte en mensaje, en evidencia, en una verdad que, tal y como uno la vivió, sale nuevamente a escena. El testimonio es mucho más veraz e importante que cualquier teoría y que cualquier relato.
Me gustaría ofrecer dos imágenes para enmarcar temporalmente esta historia.
Primera imagen: en los años sesenta, yo veraneaba en Villafranca de Oria (hoy Ordizia), en casa de mis abuelos, con el resto de la familia. Guardo la viva imagen de aquella placidez en la memoria. Aquellos veraneos de vida familiar tranquila, de juegos infantiles y contacto con la naturaleza hacían impensable que pocos años después se desataría en ese mismo valle una orgía de odios y crímenes políticos, de persecución y falta de humanidad.
Segunda imagen (que, en realidad, son dos): la bajada al zulo en el que ETA tuvo secuestrado, durante 532 días, al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y, poco después, el asesinato a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco como expresión de la crueldad máxima, de la maldad en estado puro y del odio cerval que atenazaba al pueblo vasco.
Y entre una y otra imagen, un periodo de tiempo —no demasiado largo en términos históricos— trascendental desde el punto de vista político, social y cultural.
¿Qué ocurrió en ese tiempo? ¿Qué nos pasó a los españoles? La respuesta es clara: ETA.
Este libro pretende levantar acta de lo sucedido en aquellos años y explicar en qué consistió el proceso de destrucción de aquel País Vasco y de su sustitución por otro completamente distinto, así como dejar constancia del impacto demoledor que esa sustitución ha tenido sobre la nación española, en trance de nuevo de ser reemplazada y volverse irreconocible.
¿Era aquel País Vasco un lugar idílico? Evidentemente, no. Pero tenía unas características específicas que daban una especial cohesión y personalidad a su sociedad, y que las tres décadas siguientes destruyeron sin piedad. El País Vasco era, por ejemplo, la tierra con más número de vocaciones religiosas de España; las familias numerosas tenían una especial fortaleza y articulaban naturalmente la sociedad. El carácter alegre, emprendedor, y la simpatía natural de aquella gente eran especialmente apreciados por el resto de los españoles. La pluralidad de dialectos, variedades y acentos del vascuence daba personalidad a valles, comarcas… Había una importante diversidad de identidades territoriales, de tal manera que Álava tenía su propia y marcada personalidad y Vizcaya se diferenciaba claramente de Guipúzcoa. A su vez, las ciudades eran muy distintas del mundo rural.
ETA destruyó todo aquello, desfiguró el ser de los vascos y sustituyó la personalidad social de aquella tierra por otra bien distinta, impostada, ideológica. Hoy es el lugar de España con menor número de vocaciones religiosas, con menor número de nacimientos y matrimonios, y con más familias desestructuradas. Se ha perdido una enorme riqueza lingüístico-dialectal, la cultura se ha homogeneizado bajo el paraguas de un pensamiento único, de una identidad monolítica y de un credo político común. Álava se parece más a Vizcaya que nunca, y Vizcaya a Guipúzcoa. El campo ha ganado la batalla cultural a la ciudad; el folclore ha sustituido y desplazado a la cultura, y la diversidad y la pluralidad han sido suplantadas por la homogeneidad incluso en asuntos aparentemente superficiales, como la moda o las costumbres.
Pero ETA no es solo un fenómeno vasco, sino también netamente español, y su persistencia ha destruido la realidad del país. Porque la desfiguración del País Vasco ha sido la del conjunto del Estado.
Desde hace muchos años, mi diagnóstico es el mismo. Muchos me han llamado agorero, cenizo, aguafiestas… Otros se agarraban al clavo ardiendo de los pequeños detalles engañosos, de los espejismos políticos, para justificar su ceguera voluntaria. Pero mi análisis, basado en la experiencia, se ha confirmado: España se encaminaba hacia la formación de un «frente popular» en toda regla, gracias al cual la izquierda abandonaría la democracia constitucional y confluiría con el proyecto político diseñado por la banda terrorista. Hay quienes, por puro prejuicio, no han querido o no se han atrevido a diagnosticar el problema y a llamarlo por su nombre.
¿Cómo ha sido posible ese vuelco histórico? Gracias a un proceso complejo —en distintas etapas— de negociación política hacia la autodeterminación y la toma del poder por parte de ETA. Un proceso que se desarrolla, como explicaré en las siguientes páginas, primero, en el seno del nacionalismo vasco, entre ETA y el Partido Nacionalista Vasco (PNV), y, después, entre ETA y la izquierda española.
Tal análisis ha implicado no pocas dosis de soledad, de dolor, de incomodidad, y ha hecho que algunos me vieran como una antigualla y descalificaran mi posición sin entrar a analizarla. Bien. No importa. Tengo la conciencia tranquila. Me hubiese encantado equivocarme y que todos esos reproches hubieran resultado ciertos. Pero no ha sido así. Desgraciadamente, mi diagnóstico era certero. El testimonio que doy en este libro es la confirmación de ese diagnóstico.
Creo que nunca hay que tener miedo a la verdad, aunque sea dolorosa o nos pueda incomodar. Y creo que ha llegado la hora de que los españoles sean exigentes consigo mismos y miren de frente a la realidad de su patria.
A lo largo de las siguientes páginas, el lector encontrará vivos recuerdos, imágenes, experiencias, conversaciones, hechos a partir de los cuales iré analizando qué pasó, cómo pasó y por qué pasó. Y dónde hemos fallado. Pido perdón de antemano si mi objetivo resulta pretencioso. No deseo imponer mi punto de vista, pero sí ofrecer un testimonio —no un relato—, un eco de la verdad que yo viví. Lo hago con ambición de objetividad, pero sin afán de imposición ni de revancha.
No solo pretendo dejar a las próximas generaciones una descripción fiel de lo ocurrido, sino, además —no he de ocultarlo—, dar un aldabonazo en la conciencia nacional de los españoles sobre lo que estamos viviendo y sus dramáticas consecuencias. Evitar el desastre, tener la determinación nacional y colectiva de cambiar de rumbo y reconstruir nuestro país constituye un imperativo moral de primer orden.
Siempre en la vida he intentado conducirme sin perder de vista mis convicciones y mis principios. Este es el testimonio de alguien que cree en la verdad, en la vida, en la familia, en las tradiciones y en las raíces cristianas. Me declaro —con toda libertad y naturalidad— una persona religiosa. Soy católico y amo a mi país, un país de formidable historia, cultura y riqueza.
Que mi experiencia pueda contrariar a tirios y troyanos ya no me preocupa. Me preocuparía mentir, ocultar hechos, manipular la historia o inducir a error. Si mi testimonio no lograra alcanzar la verdad completa, con derrotar a la mentira ya me sentiré más que satisfecho.
Todo lo que cuento en este libro, los momentos duros y difíciles contra el crimen y la mentira, no los habría podido afrontar sin la compañía y la proximidad de mi mujer, Isabel, y de mis hijos, mis hermanos y, por supuesto, mis padres cuando vivían.



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