Durante años, el régimen chavista construyó una narrativa de poder absoluto: revolución eterna, lealtad ideológica y una estructura que supuestamente no podía fracturarse. Pero hoy, frente a la presión internacional y al desgaste interno, vemos algo distinto.
Este “neochavismo” es una etapa donde los mismos actores intentan reescribir su pasado, diluir responsabilidades y presentarse como interlocutores moderados después de décadas de persecución política, represión, corrupción y control social en Venezuela.
Lo más revelador no es solo el discurso. Es el silencio. Es la desaparición de símbolos, la reducción del culto al liderazgo que antes era omnipresente y la forma en que algunos intentan fingir que no fueron parte de la maquinaria que criminalizó la disidencia y destruyó instituciones.
Yo no estoy buscando validar esa narrativa. Más bien busco desmontarlas. Porque entender cómo funciona la manipulación política y la reescritura del pasado es fundamental para que un país pueda reconstruir su memoria, exigir justicia y evitar que la historia vuelva a repetirse…
Si queremos hablar de transición democrática, memoria histórica y responsabilidad política en Venezuela, primero debemos reconocer algo:
NO existe un “nuevo chavismo”. ¡Solo existe una estructura intentando sobrevivir cambiando de máscara!
Durante años escuchamos, vimos y leímos al poder burlarse de sanciones, informes internacionales y denuncias de violaciones de derechos humanos en Venezuela.
Hoy, con la cara más pulida que un granito, algunos de esos mismos voceros hablan de “excesos”, como si décadas de persecución política, represión, presos políticos y crisis humanitaria pudieran reducirse a simples “errores administrativos”.
Las recientes declaraciones de Jorge Rodríguez presentan el nuevo “vibe” del neochavismo, que intenta reformular el pasado para evitar responsabilidades… No se trata de olvidar, sino de entender cómo funcionan las narrativas del poder cuando comienza a sentir presión REAL.
Esta estrategia de “romantizar al secuestrador” no es nueva. Suavizar el lenguaje político y presentar la historia como una cadena de “excesos” aislados es parte de la “compra” de espacio y tiempo. Por eso, la Ley de Amnistía en Venezuela, la memoria histórica, la justicia y el futuro moral del país deben ser vigiladas constantemente.
Porque reconstruir Venezuela no solo implica recuperar la economía o las instituciones, sino también enfrentar la verdad sobre lo ocurrido. El perdón sin justicia no es reconciliación: es propaganda.



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