¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES?
Un amigo médico se fue de España por el problema del gran individualismo egotista y de soberbia. Por el poco sentido de equipo (mal rollo entre médicos entre sí y entre enfermeras). Falta dirección en la sanidad pública. Y por la incomunicación y descoordinación entre ellos. Poca escucha y poca alteridad. No hay más asesinatos en la sanidad por pura providencia (NOTA DE YANKA).
La violencia en la estructura hospitalaria. ¿Costumbre, necesidad o silencios cómplices? Este libro surge de la sospecha compartida por muchos profesionales: en el hospital ocurren cosas que causan dolor, pero casi nunca se mencionan. Guardias usadas como castigo, humillaciones disfrazadas de enseñanza, decisiones de gestión que afectan la salud de quienes cuidan y de quienes reciben cuidado. Todos las reconocen; pocos las llaman violencia. Con más de treinta y cinco años de experiencia clínica en Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España, el autor enfrenta una contradicción:
¿cómo, en un lugar donde se salvan vidas cada día, también se tolera el maltrato, el silencio y la injusticia?
El libro ofrece un mapa claro y cercano de la violencia que permea la estructura hospitalaria: desde la dirección hacia los profesionales, entre médicos, entre enfermeros, entre médicos y enfermeros, hacia los pacientes, desde los pacientes y entre los propios pacientes. No solo abarca agresiones físicas ni insultos evidentes.
El énfasis está en la violencia normalizada: protocolos incumplidos, consentimientos poco claros, jerarquías que utilizan el miedo como método y culturas del «aguantar» donde pedir ayuda se percibe como debilidad. También incluye formas más dolorosas y silenciadas:
la violencia obstétrica, psiquiátrica e institucional contra mujeres, personas con enfermedades psiquiátricas, migrantes y colectivos vulnerables.
En lugar de limitarse a la denuncia, el libro proporciona algo que falta en muchos debates: un lenguaje para describir lo que sucede, criterios éticos para analizarlo y ejemplos concretos de respuestas existentes y efectivas en algunos lugares, como protocolos de prevención, planes de humanización, liderazgos que protegen sin humillar y alianzas entre profesionales, sindicatos, colegios y pacientes.
La violencia en la estructura hospitalaria abarca el maltrato normalizado, las jerarquías rígidas y el abuso de poder institucionalizado. Se manifiesta en las relaciones entre la dirección y el personal, entre los propios trabajadores de la salud, y hacia los pacientes, afectando tanto el bienestar físico como la salud mental en el entorno clínico.
Manifestaciones Principales
Abuso jerárquico: Guardias usadas como castigo y humillaciones disfrazadas de docencia o disciplina médica.
Violencia horizontal: Conflictos y malos tratos cotidianos entre médicos, personal de enfermería y equipos de gestión.
Violencia institucional hacia el paciente: Incumplimiento de protocolos, trato deshumanizado y decisiones administrativas que priorizan la burocracia frente al cuidado.
Factores de Persistencia
Normalización cultural: Costumbres arraigadas donde el silencio y la injusticia se toleran bajo la premisa de que "el sistema debe funcionar".
Falta de denuncia: Miedo a represalias laborales y complicidad institucional que invisibilizan el problema.
Introducción
Razones para elegir este libro
Hay una pregunta que muchas personas que trabajan en un hospital han pensado alguna vez, aunque no siempre hayan encontrado las palabras para formularla.
¿Cómo es posible que en lugares creados para cuidar, cuya misión principal es aliviar el sufrimiento, ocurran tantas formas de daño que casi nunca se mencionan, se registran muy pocas veces y, por esa razón, casi nunca se corrigen?
Esta pregunta no nace de la desconfianza hacia la medicina ni hacia quienes la ejercen. Nace de la experiencia. De más de treinta y cinco años de práctica clínica en cuatro países -Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España- que poco tienen en común en recursos, organización o cultura, pero donde ciertos mecanismos de daño se repiten con una coherencia inquietante, dejando a menudo un nudo en el estómago y una sensación de que se ha cruzado una línea invisible.
Lo que este libro intenta hacer es mirar esa pregunta de frente. No con la comodidad de quien señala desde fuera, sino con la incomodidad más difícil: la de alguien que ha formado parte del sistema que analiza, que ha con tribuido a sostenerlo y que sabe, por experiencia propia, que la línea entre cuidar y dañar a veces es más fina de lo que sugieren los códigos éticos. Esa incomodidad -mezcla de vergüenza, responsabilidad y deseo de hacer las cosas de otra manera- es el tono desde el que están escritas estas páginas.
Si eliges este libro, no encontrarás un relato neutro ni aséptico. Encontrarás un intento de pensar con honestidad sobre una contradicción que atraviesa el corazón mismo del hospital: la posibilidad de que, mientras se cura, también se hiera. Y, al mismo tiempo, una invitación a acompañar el malestar que muchas personas ya sienten en su práctica diaria, dándole nombre y lugar, para que pueda convertirse en motor de cambio y no solo en motivo de frustración silenciosa.
De qué trata este libro
Este libro habla de violencia en el hospital, pero no solo de la que aparece en los titulares: no se limita al puñetazo en urgencias ni al caso extremo que acaba en la prensa o en los tribunales. Habla también de esa violencia más silenciosa, cotidiana, que rara vez se reconoce como tal y, sin embargo, deja huella.
Habla de la corrección pública, que no busca enseñar sino humillar. También menciona la guardia de veinticuatro horas utilizada como castigo, y el consentimiento informado convertido en un trámite que nadie explica ni escucha. Incluye las denuncias que se archivan sin una verdadera investigación, los diagnósticos comunicados en un lenguaje incomprensible para el paciente y la cultura del aguante que convierte el maltrato en prueba de vocación.
Habla, por supuesto, de la violencia más evidente: el acoso entre profesionales, las agresiones de pacientes y familiares, la violencia obstétrica, la violencia psiquiátrica, las violencias institucionales que afectan de forma desproporcionada a mujeres, personas con trastorno mental, migrantes, personas con discapacidad...
Cada capítulo intenta sostener un equilibrio difícil: suficiente rigor conceptual para que no se convierta solo en una colección de anécdotas, suficiente atención a la experiencia clínica para que no se quede en un ejercicio abstracto. Y, hacia el final, el libro se pregunta qué se puede hacer: no con optimismo ingenuo, sino apoyándose en herramientas y prácticas que ya existen, que ya funcionan en algunos contextos y que podrían funcionar en muchos más si se dieran las condiciones adecuadas. El propósito no es consolar, sino ofrecer criterios y ejemplos concretos para que el daño evitable deje de parecerlo.
Cómo está organizado
La estructura del libro tiene un flujo intencionado: inicia con conceptos, pasa a detalles concretos y luego vuelve a lo propositivo.
Los primeros capítulos construyen el marco: qué entendemos por violencia en el hospital, cómo distinguirla de otras formas de conflicto, qué tipologías ayudan a nombrarla con precisión y qué raíces históricas explican por qué las jerarquías, las culturas del daño y el silencio son tan resistentes. También exploran cómo los principios de la ética y la bioética se encuentran -o se chocan- con la práctica real, y cómo ese choque se traduce en formas de malestar moral que muchos profesionales reconocerán.
Los capítulos centrales siguen el rastro de la violencia en las distintas relaciones que atraviesan el hospital: desde la dirección hacia los profesionales, entre médicos, entre enfermeras, entre médicos y enfermeras, hacia los pacientes, desde los pacientes hacia el personal, entre los propios pacientes. A ello se suman capítulos dedicados a violencias institucionales más específicas, como la obstétrica, la psiquiátrica o la dirigida a colectivos especial mente vulnerables.
Los capítulos posteriores abordan las respuestas posibles: el papel de la ética clínica como marco para analizar y exigir; la prevención como conjunto de medidas concretas (protocolos, planes, estrategias de liderazgo, cultura del cuidado); el papel de colegios profesionales y sindicatos; y lo que podemos aprender de experiencias ya en marcha.
Finalmente, el libro se cierra con dos planos distintos: unas reflexiones finales que intentan sintetizar sin simplificar y un testimonio personal que no pretende demostrar nada, pero sí mostrar de dónde provienen muchas de las preguntas que han guiado este trabajo y qué se siente al formularlas desde dentro.
El objetivo de esta organización es sencillo: ofrecer primero un mapa, des pués recorrer el territorio y, al final, volver al mapa con otra mirada, menos ingenua y más atenta a los signos de violencia y de cuidado.
A quién va dirigido
Este libro no está dirigido a un lector ideal en abstracto, sino a varias personas que se encuentran en el hospital al mismo tiempo.
Para el profesional de primera línea -médico, enfermera, auxiliar, residente- que siente que algo en su servicio le produce malestar, pero no sabe cómo nombrarlo ni qué hacer al respecto.
Para quien dirige un servicio, una unidad o un equipo y necesita criterios para delimitar dónde acaba la exigencia y empieza el maltrato, y herramientas para actuar cuando esa línea se cruza.
Para las personas que toman decisiones sobre plantillas, recursos, protocolos y espacios, y necesitan ver con claridad que cada decisión degestión tiene consecuencias éticas concretas para quienes trabajan y son atendidos en la institución.
Para el estudiante o residente en sus primeras guardias, puede resultar confuso distinguir si lo que experimenta forma parte de su aprendizaje o si simplemente no debería ocurrir en ningún entorno de formación.
Para el paciente o el familiar que ha salido del hospital con una mezcla de gratitud y heridas, que percibe que algo en el trato no fue digno, pero no encuentra palabras para explicarlo.
Para quienes investigan, gestionan o diseñan políticas de salud, que necesitan entender no solo el funcionamiento teórico del sistema, sino también la experiencia interna cuando la violencia permea sus mecanismos.
Si te reconoces en alguno de estos lugares -o en varios a la vez-, este libro intenta hablar contigo, no sobre ti. Y hacerlo desde un reconocimiento previo: tu malestar no es una rareza individual, sino una señal de que algo en la estructura merece ser examinado con cuidado.
Este no es un tratado académico clásico ni solo un relato personal. Es un ensayo clínico-analítico que se apoya en tres capas de conocimiento que dialogan entre sí: la experiencia, la evidencia y el marco conceptual.
La primera sección incluye escenas clínicas basadas en más de 35 años de experiencia en hospitales de Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España. Para garantizar la confidencialidad, los casos están anonimizados y, cuando ha sido necesario, fusionados o alterados en los detalles no esencia les. No buscan ser «representativos» en un sentido estadístico, sino reflejar patrones que muchos identificarán y emociones que muchos han sentido sin poder nombrarlas.
La segunda capa comprende datos y definiciones provenientes de informes de organismos internacionales (OMS, OIT), planes de salud, estudios observacionales y revisiones sistemáticas sobre la violencia laboral, la violencia institucional y los riesgos psicosociales. No es una revisión sistemática exhaustiva, sino una revisión narrativa centrada en palabras clave y en fuentes de referencia confiables.
La tercera capa incluye las herramientas conceptuales de la ética, la filosofía política y las ciencias sociales: autores como Foucault, Cortina, Beauchamp y Childress, entre otros, que proporcionan vocabulario y categorías útiles para aclarar prácticas concretas. No se busca adaptar la realidad clínica a una teoría, sino emplearla para identificar aquello que, sin ella, sería difuso: ese malestar que se siente en la guardia, en la sesión clínica o en la sala de espera y que rara vez aparece en los protocolos.
La interacción entre estas capas presenta límites claros: las escenas no abarcan toda la realidad, los datos dependen de la calidad de los estudios y las teorías son siempre interpretaciones parciales.
Sin embargo, en conjunto, proporcionan un marco lo suficientemente sólido para lo que busca este libro: brindar un lenguaje, criterios y ejemplos que ayuden a reconocer la violencia en la estructura hospitalaria y a comenzar a cambiarla, empezando por lo que cada cual tiene a su alcance.
Una advertencia necesaria
Este libro no busca acusar. No afirma que los hospitales estén llenos de personas malintencionadas ni que la medicina, en su esencia, sea dañina.
Más bien, plantea algo más incómodo y, creo, más útil: que el daño puede ocurrir -y a veces de manera especial- incluso en manos de personas decentes, en instituciones con protocolos adecuados y en sistemas con recursos suficientes. Sus raíces no solo están en las personas, sino también en las estructuras, jerarquías y culturas que organizan la vida del hospital.
Reconocer esto no constituye pesimismo, sino un paso fundamental para lograr cambios honestos y duraderos. Los hospitales pueden convertirse en espacios donde el cuidado se brinde con dignidad tanto a quienes lo reciben como a quienes lo ofrecen. En ocasiones, ya lo son en parte.
La diferencia entre el hospital actual y el hospital ideal depende en gran medida de cuán tas personas estén dispuestas a identificar el problema, comprender sus causas y actuar en consecuencia, aunque sea en decisiones muy concretas.
Este libro quiere aportar algo a ese esfuerzo. Si al terminarlo sientes que tienes palabras nuevas para nombrar lo que antes te dolía en silencio, o ves con más claridad dónde podrías empezar a cambiar algo -aunque sea muy pequeño- en tu propio ámbito, habrá cumplido su propósito más importante.
El aumento considerable de la violencia es un fenómeno reconocido ampliamente. Según el Consejo Internacional de Enfermería (CIE, 1999), este fenómeno afecta a toda la población, atravesando fronteras de edad, raza, condición socioeconómica, sexo y lugar.
Diversos estudios en la temática de la violencia que afecta a los espacios laborales concluyen que precisamente algunos de estos lugares de trabajo y ocupaciones tienen un mayor riesgo de hechos violentos que otros. Se reconoce en estas investigaciones que la violencia en el lugar de trabajo en el sector salud es universal, la que genera un alto grado de estrés, lo que también puede instar a comportamientos violentos, y en las que se evidencia que las enfermeras y el personal de ambulancias tienen mayor riesgo a ser víctimas de hechos agresivos, el que especialmente corresponde a violencia de tipo psicológico (CIE, 2002; Sánchez, 2002). Para Kingma (1999), la violencia que afecta a las enfermeras tiene una doble consecuencia, ciertamente negativa, porque afecta por un lado la vida de este profesional y, por el otro, puede afectar el tipo de servicios de salud prestados, es decir, la repercusión se pudiera extender a la calidad de los cuidados de salud otorgados a los pacientes. Así, este complejo fenómeno de la violencia es reconocido también en el ambiente hospitalario, enfocado desde la perspectiva de los trabajadores de la atención de salud. Sin embargo, estudios orientados en este tema desde el punto de vista de los pacientes o usuarios de los servicios de salud, principal foco de atención en este contexto, han sido escasamente abordados.
La condición de hospitalización hace al individuo vulnerable a variados estímulos, no sólo provenientes de la enfermedad que le afecta, sino también del medio ambiente y relaciones que se establecen durante la hospitalización, en el que adopta o pasa a ser incluido en el "status de paciente" (Martínez, 1997). Al respecto, Jiménez (2000) señala que este paciente ve alterado su autoestima y se producen cambios emocionales intensos que requieren de reajustes. Estos cambios, para Moro (1999), repercuten en las necesidades de seguridad y pertenencia, en la que un medio extraño, con una serie de normas y a veces falto de privacidad, potencia los sentimientos de inferioridad, aparecen sentimientos de culpa que aumentan con el tratamiento despersonalizado de los procesos diagnósticos, terapéuticos y asistenciales a los que se ve sometido durante la hospitalización.
Entonces el hospital, junto con ofrecer atención sanitaria, se constituye en un sistema social complejo y delicado, en el que la multiplicidad de personas, con diferentes roles, conforman una red interactiva que puede inducir a desarrollar o modificar actitudes (Valenzuela, 1995), las que pueden predisponer a hechos agresivos o violentos
Existen ciertas situaciones que se presentan durante la atención que se brinda al paciente hospitalizado y que tal vez, asociados a la masificación y complejidad creciente de la atención de salud, no sean analizados con la frecuencia y profundidad que merecen, y que pueden ser considerados manifestaciones de agresión o violencia.
Uno de ellos que pareciera ser inherente a la hospitalización, es la falta de intimidad, definida como "toda aquella realidad oculta, relativa a un sujeto o grupo determinado que merece reserva". Ésta se ve de alguna manera vulnerada en el paciente hospitalizado, el que se manifiesta desde la invasión no sólo al espacio territorial, reducido a una cama y un velador (Vacarezza, 2000), sino también al ser examinado en su unidad por innumerables personas a las que generalmente desconoce y respondiendo preguntas relativas a su historia de vida personal, muchas veces sin una explicación previa del porqué son necesarios estos procedimientos y estas respuestas. Pareciera ser más importante el órgano afectado que la persona enferma, olvidando el respeto a la desnudez y el pudor del otro (Rodríguez, 1999). Esto se ha ido presentando en la medida en que la enfermedad monopoliza la atención e inconscientemente se olvida la naturaleza humana de la atención de salud, tornándose ésta fría e impersonal, lo que ha violentado la relación amistosa y de confianza, pasando más bien a un vínculo de tipo despersonalizado (Iceta, 1996; Goic, 2000). Esto estaría asociado a lo que Jiménez y cols. (1990) llaman una relación asimétrica y jerárquica entre los dispensadores de cuidados y los pacientes.
En una relación de poder, por ejemplo, que establecen las enfermeras con los pacientes hospitalizados, provocan una actitud obediente, sumisa y pasiva del usuario frente a las diversas relaciones e interacciones que se presentan. En un estudio realizado por Moris, Riveros y Pucheau (1996), se identificaron los factores significativos en la percepción de la atención que recibían los pacientes hospitalizados en un hospital público, resultando que los pacientes consideraban importante las relaciones que se establecen con el equipo de salud, identificando como un atributo significativo el trato respetuoso del personal que los atendía.
En el contexto hospitalario el foco de atención es el cuidado del paciente hospitalizado y sus necesidades, lo que implica identificar constantemente los factores internos y externos que están influyendo en la salud de los que están a nuestro cargo, es decir, la atención de enfermería está dirigida al individuo en forma integral, contemplando distintos tipos de estímulos y respuestas en este medio, muchas veces desconocido y doloroso para quienes, por distintos motivos, presentan alguna alteración en el estado de salud, de resolución médica o quirúrgica, y que requieren el ingreso a un establecimiento hospitalario.
Los pacientes, receptores de los servicios sanitarios, pueden ser violentados a través de variadas manifestaciones, que vulneran sus derechos y los que muchas veces no son solamente ignorados por los dispensadores de la atención de salud, sino también por los mismos usuarios. En una atención que ha priorizado la tecnificación y conocimientos teóricos que son elementos importantes en la atención en salud, éstos no son suficientes si se vulneran los derechos a una atención basada en el trato humano, lo que permite otorgar ciertamente no sólo una mejor atención, sino que un cuidado más digno.
El CIE (2002) ha adoptado una clara oposición en este referente, condenando toda forma de abuso y de violencia en los contextos hospitalarios, es por esta razón que junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS), Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Internacional de Servicios Públicos (PSI), establecen una campaña para erradicar la violencia en el sector salud, que según reconocen influye en los cuidados brindados a los pacientes.
Las escasas investigaciones en este tema desde la perspectiva de los pacientes y, por otro lado, el interés de los autores de realizar un diagnóstico en dos servicios clínicos hospitalarios sobre la violencia en la atención de salud otorgada a sus usuarios, llevaron a plantear los siguientes objetivos e hipótesis de investigación:
La percepción de violencia identificada en un contexto hospitalario representa un hallazgo considerado importante, puesto que esto significa que no solamente los trabajadores de salud son víctimas de violencia (CIE, 1999; Sánchez, 2002), sino que esta problemática afecta también a los usuarios de los servicios de hospitalización. Este hecho debe llamar a la reflexión sobre la forma en la que se está llevando a cabo la atención a los pacientes, que son nuestro principal sujeto de atención, y cómo se vulneran sus derechos.
Los pacientes identificaron una o más conductas violentas, las que correspondieron en su gran mayoría a manifestaciones de violencia de tipo psicológico. Dentro de las que se destacaban, la "falta de atención" en la satisfacción de necesidades de aseo y/o confort fue ejemplificada recurrentemente por los pacientes en estudio con el tiempo prolongado que demoraba el personal de salud en atender llamados de solicitud y retiro de chatas, y la falta de cooperación en la realización del aseo personal, en especial de aquellos más dependientes. Esto se puede relacionar con la escasez de personal para la atención específica de aseo y confort de los pacientes hospitalizados; el recurso humano disponible es limitado, y no logra atender a tiempo a todos los llamados de los usuarios que requieren atención.
La "frialdad en el trato" del personal de salud es otro aspecto considerado como violentador por el paciente/usuario de los servicios hospitalarios, que se identifican con conductas poco empáticas e impersonales. Los pacientes identifican este trato impersonal, por ejemplo, al ser tuteados por el personal que les atiende, y a la relación indiferente que los funcionarios de salud establecen con ellos. Este trato frío e indiferente también es un factor estresante en los pacientes durante la hospitalización, ya que las personas en esta condición necesitan establecer una relación de confianza con el personal a cargo de su cuidado (Roa, 1995). A este punto se refiere también Rodríguez (1999), cuando dice que la calidez en la atención que otorga el equipo de salud se torna un aspecto importante -el saber escuchar, establecer una dinámica de relación que puede ir desde el contacto visual hasta el abrazo estrecho, sonreír y el consolar sinceramente- que condiciona la relación entre prestadores y usuarios. Las investigadoras comparten ampliamente la necesidad que existe de establecer una comunicación basada en la empatía y respeto con el paciente; sin embargo, esta relación se ve alterada tal vez, por un lado, con la demanda asistencial -que muchas veces limita la comunicación más estrecha con los pacientes- y, por otro, por las conductas de algunos funcionarios que aún consideran al paciente como un mero receptor de cuidados, y no como un integrante activo de la atención en salud.
El que el mayor porcentaje de pacientes no logre diferenciar claramente al estamento de los funcionarios agresores, puede estar relacionado con el hecho de que cuando un paciente es ingresado a un hospital es separado de su ambiente familiar -conocido y estable- y sometido a otro extraño, en el que debe relacionarse con múltiples personas, sufriendo algún grado de confusión, especialmente cuando el personal de salud no se identifica previamente o no porta una identificación clara y/o por lo similar del vestuario. En este punto es necesario destacar que especial confusión se presentaba en los casos en que los pacientes debían diferenciar las enfermeras de los paramédicos, quedando de manifiesto la poca distinción que realiza el usuario del profesional universitario y del técnico, identificándolos a ambos como enfermeras. Por otro lado, esto puede estar asociado además a que los pacientes entrevistados no quieran señalar un estamento determinado, por no comprometerse mayormente en la denuncia de un hecho de violencia identificando al agente agresor.
Los pacientes hospitalizados señalaron en el presente estudio que en el turno de noche es cuando se presenta la mayor cantidad de conductas violentas. El turno de noche corresponde a la jornada de trabajo intrahospitalaria en que existe menor cantidad de funcionarios, comparados con los turnos diurnos. Durante el día son múltiples personas las que encuentran en los servicios clínicos atendiendo y satisfaciendo las necesidades de los pacientes, no solamente se encuentra el personal hospitalario (enfermeras, técnicos paramédicos, médicos, auxiliares de servicio), sino que además se están: alumnos de enfermería, medicina, técnicos paramédicos y los familiares en las horas de visita. Todas estas personas colaboran durante el día con las diversas actividades asistenciales. Sin embargo, durante la noche sólo se encuentran, y en menor número, los funcionarios del hospital, los que, aunque realizan menor cantidad de actividades que en el turno diurno, deben también realizar controles, procedimientos y diversos cuidados a los pacientes hospitalizados. ¿Será que el personal del turno nocturno es insuficiente o que la atención brindada en este horario difiere del resto?
Chapell y Di Martino (1998) reconocen que el estrés es un factor determinante en la presentación de comportamientos violentos en los individuos. Este aspecto ha sido también analizado por el CIE (2001), el que señala que una de las causas de estrés en el personal de salud es el tratar con la muerte y los moribundos, conflictos entre compañeros de trabajo, preparación inadecuada para tratar necesidades emocionales de pacientes y sus familias, y precisamente la sobrecarga o exceso de trabajo, la que a su vez puede llevar a la falta de atención en las actividades y al cambio de comportamientos. Los mismos profesionales de enfermería, según Sánchez (2002), atribuyen a la presión asistencial como el principal factor asociado a la violencia. Este aspecto requiere mayor atención, ya que tanto los dispensadores de los cuidados de salud como los propios pacientes receptores de los cuidados, reconocen al estrés como causal de violencia.
La mayoría de los pacientes que señalan percibir conductas violentas durante la atención recibida en la hospitalización, aceptan estas situaciones sin decir ni hacer nada. El adoptar una actitud pasiva frente a las conductas violentas puede relacionarse con la relación asimétrica y jerárquica que se establece entre el personal de salud y los pacientes en los hospitales públicos (Rocha y cols., 2000), en la que los pacientes en una situación de dependencia en mayor o menor grado toleran las diversas conductas y manifestaciones que surgen durante la hospitalización. Ferreira y Figueiredo (1997), en un estudio basado en las relaciones de poder entre las enfermeras y pacientes adultos hospitalizados, estos últimos adoptaban una actitud sumisa, pasiva y obediente, aceptando la atención de salud desde su rol pasivo, como mero receptor de los cuidados, actitud que se ha tratado de cambiar impulsando la participación activa de los usuarios en la atención en salud, por ejemplo a través de la divulgación de los deberes y derechos del paciente.
CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS
- Un alto porcentaje de pacientes durante la hospitalización perciben conductas que catalogan como violentas de parte de los funcionarios que les atienden, siendo este porcentaje en la realidad probablemente mayor, ya que algunos pacientes no quisieron reconocer violencia durante la atención por temor a represalias posteriores.
- La mayoría de los pacientes hospitalizados que percibe violencia durante la atención refiere que ésta fue de una intensidad moderada y corresponden a manifestaciones del tipo de violencia psicológica en la gran mayoría de los casos, dentro de las que se destaca la "falta de atención" y el "trato frío".
- Un alto porcentaje de pacientes reconoce no diferenciar al agente agresor hospitalario.
- Los pacientes identificaron que las conductas violentas se presentaban mayoritariamente cuando solicitaban atención y en el horario de turno de noche.
- El factor predisponente del agresor para efectuar conductas violentas, según la percepción de los pacientes corresponde al estrés por sobrecarga de trabajo.
- El mayor porcentaje de pacientes frente a las conductas violentas adoptaba una actitud pasiva.
- La evaluación de la atención recibida durante la hospitalización, realizada por el mayor porcentaje de pacientes que conformaron la muestra, refirieron haber sido siempre bien atendidos a pesar que percibieron conductas violentas, aceptando éstas durante la hospitalización.
- Mediante el análisis de regresión logística, independiente del servicio clínico de procedencia, los pacientes más jóvenes, con mayor nivel educacional y que tienen una mala evaluación de la atención de salud, son los que mayormente perciben violencia en el contexto intra-hospitalario.
Según los resultados obtenidos, se hace necesario implementar medidas orientadas a la disminución y manejo adecuado del estrés por sobrecarga de trabajo del personal de salud, reconocido como el principal factor predisponente a la violencia, a través del aumento de funcionarios, especialmente durante los turnos nocturnos. Además, de ejecutar programas destinados a promover en los funcionarios los derechos y deberes de los pacientes, enfatizando en la relación de ayuda efectiva que se debe establecer con los usuarios.
Se hace imperativo reconocer la diferencia entre los estamentos funcionarios de salud de parte de los pacientes, promoviendo el uso de una identificación clara y visible, para delimitar responsabilidades cuando así se requiera.
Las futuras investigaciones en esta línea deben cautelar el momento en el que serán recogidos los datos, si bien para esta investigación fue considerado el momento del alta hospitalaria, el hecho de tener que volver a controles posteriores y la posibilidad de un eventual reingreso al servicio clínico, no liberaba totalmente a los pacientes a manifestar sus percepciones sin temor.
Este hallazgo de percepción de violencia, en un medio cuyo objetivo es atender las necesidades de salud de las personas, debe llevar a una profunda reflexión de cómo se están realizando las prestaciones sanitarias, la que ciertamente debe contemplar la forma cómo nos acercamos y presentamos al paciente, los gestos, tono de voz, uso de palabras claras basadas en un diálogo respetuoso y empático, nunca olvidar que el que está al otro lado es un ser humano como cualquier otro, que merece un trato digno.
La violencia dentro de los hospitales existe, pero se esconde detrás de un muro de normalización. Y el mayor problema es que casi nadie se atreve a nombrarla. 🏥🤐
No te equivoques: no siempre se trata de gritos o de conflictos evidentes. A veces se manifiesta de formas mucho más sutiles pero devastadoras:
Un trato cotidiano que humilla en silencio. 💔
Una jerarquía rígida que aplasta el criterio profesional. 📉
Un silencio cómplice que pesa en cada pasillo. 🤫
Y lo más difícil de asimilar es que muchas veces no hay un "malo" de la película. No es una persona en particular; es la propia estructura de poder la que está diseñada de una forma que hace daño. ⚙️💥
Seguir ignorando este diagnóstico solo perpetúa el problema. Nombrar lo que ocurre en el día a día es el primer paso indispensable para poder cambiarlo. De eso trata este libro: de tener la valentía de mirar de frente la cultura sanitaria. 🧠📘
DERECHOS DE LOS PACIENTES
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