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viernes, 2 de octubre de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA CIUDADELA" (THE CITADEL), 1938 🏙

 LA CIUDADELA 
(THE CITADEL)

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NOVELA DE A. J. CRONIN: La conmovedora lucha de un médico contra la corrupción del sistema sanitario en la Europa de entreguerras. El primer trabajo de Andrew Manson, un joven médico idealista, es en un pueblo minero de Gales donde se enfrentará a todo tipo de problemas médicos y humanos. Más tarde, cuando se traslade a Londres, el materialismo hará cambiar, momentáneamente, su visión de la vida, que recuperará gracias a la integridad de su mujer y sus amigos.
La Ciudadela es una novela poderosa y provocadora escrita por A.J. Cronin, publicada por primera vez en 1937. Ambientada en un pequeño pueblo minero galés, la historia sigue la vida y la carrera del Dr. Andrew Manson, un joven y ambicioso médico que sueña con marcar la diferencia en el campo de la medicina. A medida que Manson se enfrenta a los desafíos y dilemas éticos de la práctica médica, se desilusiona cada vez más con el sistema de salud corrupto y movido por el lucro del que forma parte. 

La novela es una crítica mordaz de la profesión médica y de los efectos deshumanizadores del capitalismo en la atención médica. Explora temas como la ambición, la ética, la clase social y la lucha por la integridad en un mundo dominado por la codicia y el poder. A través del viaje de Manson, la novela plantea importantes interrogantes sobre el propósito y la responsabilidad de los profesionales de la salud, el papel de la medicina en la sociedad y las concesiones morales que las personas pueden verse obligadas a hacer en busca del éxito. La Ciudadela es una obra que invita a la reflexión y conmueve profundamente, desafiando a los lectores a meditar sobre los valores y las prioridades que dan forma a sus propias vidas. 

Es una historia atemporal y universal que sigue siendo relevante y conmovedora en el mundo actual, donde el acceso a la atención médica, su asequibilidad y la ética continúan siendo objeto de intensos debates. Con sus personajes ricamente desarrollados, su trama apasionante y su poderoso mensaje, La Ciudadela es una novela clásica que continúa inspirando y provocando a los lectores más de 80 años después de su publicación inicial.

5 lecciones clave de La Ciudadela

1. Los escollos de la profesión médica: La Ciudadela pone de relieve la corrupción y los dilemas éticos presentes en el campo de la medicina. El protagonista, el Dr. Andrew Manson, se enfrenta a desafíos al lidiar con la burocracia y la codicia que imperan en el sistema de salud.
2. La importancia de mantenerse fiel a los propios ideales: A lo largo de la novela, el Dr. Manson lucha por mantener su integridad profesional y su ética en medio de las presiones sociales. La importancia de mantenerse fiel a la propia brújula moral es un tema clave en La Ciudadela.
3. El impacto de la clase social y el estatus: La novela explora el impacto de la clase social y el estatus en las oportunidades y el éxito de una persona. El ascenso del Dr. Manson en el campo de la medicina está influenciado por sus contactos y su capacidad para adaptarse a las normas y expectativas sociales.
4. La búsqueda de la felicidad personal: La Ciudadela profundiza en el tema de la felicidad y la realización personal. La búsqueda del éxito y el reconocimiento profesional del Dr. Manson se contrapone a su lucha por encontrar la verdadera felicidad y satisfacción en su vida personal.
5. El poder de la redención y el autodescubrimiento: La novela enfatiza, en última instancia, el poder de la redención y el autodescubrimiento. El camino del Dr. Manson hacia la autoconciencia y el crecimiento personal transmite un poderoso mensaje sobre la importancia de la introspección y la superación personal.

"EL TRABAJO DE UN MÉDICO NO ES PARA ENRIQUECERSE SINO PARA AYUDAR A LA HUMANIDAD".
"La mayor alegría en la vida es la satisfacción de saber que has marcado una diferencia positiva en la vida de otra persona".
"El ejercicio de la medicina requiere una mente aguda, una mano firme y un corazón compasivo".
"La práctica de la medicina es un trabajo en equipo, y el éxito solo se puede lograr mediante la colaboración y la comunicación entre todos los miembros del equipo de atención médica".
"La vida es un regalo precioso, y es deber del médico hacer todo lo que esté a su alcance para preservarla y protegerla".
"Un médico debe tener la humildad de reconocer sus propias limitaciones y el valor de buscar ayuda y consejo cuando sea necesario".


Andrew Manson, un joven médico que consigue su primer empleo en una población minera de Gales, se entrega al cuidado de trabajadores enfermos y gentes oprimidas. Las circunstancias, sin embargo, acabarán poniendo a prueba sus principios morales.

Excelente película, como excelente es su director King Vidor —poco conocido por esta obra "La ciudadela" y mucho más por otras cuyas historias resultan menos profundas o esenciales, como son el caso de "Duelo al sol" (1946), "El manantial" (1949), "Pasión bajo la niebla" (1952), "La pradera sin Ley" (1955) o "Salomón y la reina de Saba" (1959); sólo supera a "La ciudadela", por la enjundia y contenido, su film más laureado con toda razón "Guerra y paz" (USA 1956)—.
La película es una estupenda exposición crítica de las componendas, sinvergonzonerías e intereses creados que se dan en la profesión médica, válida no ya sólo para la primera mitad del siglo XX (tiempo en que se sitúa la historia), sino también para antes de esas fechas, para nuestros días, e igual y por lo que vemos continuamente para las décadas que aún no han llegado.

King Vidor nos narra fílmicamente, de manera espléndida, contundente y sobrecogedora, la vida de un médico desde que llega a su primer destino en una aldea, después de titularse como facultativo, con los problemas primeros de novato inexperto, con las adversidades que representan la gente ignorante o malintencionada y el medio en que hay que trabajar, con las luchas sostenidas con los propios colegas y sus círculos acotados donde no quieren que nadie les haga sombra ni perder sus cotas de poder, etc.
Es decir, una magnífica película que debían de pasarle en el primer año y de nuevo en el último, a los estudiantes que quieren licenciarse en medicina (al menos para que tengan constancia imantadora y magnífica de lo que son los primeros ideales de la profesión, y que el protagonista encarna de forma magistral, además de las tentaciones de hacer del ideal un negocio para enriquecerse y sobre todo para que observen bien a las claras qué es moral médica, o si lo prefieren, qué es ética médica).

En definitiva, y como K. Vidor bien hace decir a la mujer del médico protagonista, en un momento en que éste ha perdido todos sus ideales y dignidad humanitaria, habiendo caído en la práctica médica sólo como negocio y modo de enriquecerse: «Tu trabajo no es ganar dinero, sino ayudar a la Humanidad.»
"La ciudadela" es de las mejores y más concienciadoras películas, que pueden hallarse en la historia de la cinematografía, sobre el tema de profesionales médicos y el ejercicio de la medicina ya con moral ya con inmoralidad. Maravillosa película que hace llorar de emoción y que vista una vez les aseguro guardarán como una joya y volverán a ver complacidamente numerosas veces más; o sea una verdadera obra de arte.

El film suma drama, romance, crítica social y medicina. Explora las dificultades con la que se ha de enfrentar un médico recién licenciado a causa de su inexperiencia, la ignorancia de la población a la que asiste, la fuerza de los prejuicios colectivos y las inercias que obstaculizan la aceptación de nuevos remedios y nuevos métodos de diagnóstico. Por lo demás, el idealismo y la intransigencia propios de la juventud pueden suscitar la hostilidad de algunos colegas deseosos de evitar problemas, amparándose en prácticas y corruptelas inconvenientes: prescripción de medicinas que no curan y no perjudican (pero gustan a los enfermos), demora del anuncio de diagnósticos alarmantes (foco de tisis), etc. Otros peligros son la ofuscación que producen la fama y el éxito y las tentaciones que genera la codicia. Las reflexiones sobre las obligaciones del médico y los peligros que le acechan tienen una validez que va más allá de los profesionales de la medicina. Son de aplicación a todas las profesiones y a todo tipo de profesionales.
Para la correcta interpretación del film se ha de tener en cuenta que se refiere a una etapa temporal anterior a la reforma sanitaria que se aplica en el RU tras la IIGM, durante el gobierno laborista de Clement Attlee (1945-51) con la creación, gestionada por el ministro de sanidad Aneurin Bevan, del National Health Service (NHS).

DEONTOLOGÍA Y ALEGATO

“Te conocí con la esperanza en la mirada 
y arrojo en el corazón”

Si hay algo que me haya producido desencanto en la vida, es encontrar a tres excompañeros de la universidad, con los que pregonábamos la justicia social y la transparencia en el ejercicio de nuestra educación, matriculados dos de ellos después, en rancios y corruptos partidos políticos, y el tercero haciendo de médico en uno de esos hospitales donde la honestidad apenas entra por una rendija. Ver a un par de amigos, con los que compartí experiencias alrededor del arte en el que nos movíamos ávidos de despertar conciencias y elevar el nivel cultural de nuestro pueblo, haciendo de pastor, el uno, en una desvergonzada iglesia, y el otro sirviendo a un laboratorio de fármacos donde cuenta vender pero nunca sanar; y mayor desencanto me ha producido, ver a uno de mis exalumnos a quienes tanto insistí sobre el carácter y la dignidad, y sobre el respeto a sí mismos y hacia los demás, trabajando para una de esas empresas donde ganar dinero es lo único que cuenta… y hasta lloré, el día en que descubrí a una preciosa alumna que ahora estaba prostituyéndose.

¿Qué es lo que nos cambia? ¿Qué es lo que nos arranca ese esplendoroso brillo que teníamos en la mirada con el cual podíamos ver amorosamente a cada ser humano? ¿Qué es lo que nos saca de la luz y nos mete en la oscuridad como si en esta hubiera esperanza alguna?

En “LA CIUDADELA” hay algunas respuestas. King Vidor ha hecho un filme directo, objetivo y basado en hechos reales, pues el autor de la novela, el escocés A. J. Cronin (Archibald Joseph Cronin, 1896-1981) fue un médico cirujano graduado con honores y quien ejerció en lugares como los que vemos en la película pues, algo de ficción, pero mucho de autobiográfico resplandece en ella, y el objetivo era mostrar como, una ciencia nacida para servir a la humanidad y no para llenarse de dinero, en adelante ha funcionado completamente a la inversa. De no ser por una tomas con back-projection donde se evidencia demasiado el proceso, creo que “LA CIUDADELA” hubiera sido una película perfecta. Pero, en cualquier caso, es imprescindible.

Se trata aquí de un médico, Andrew Manson (muy bien representado por el estupendo Robert Donat) quien junto a su gran amigo, Philip Denny (magnífico Ralph Richardson), comienza un ejercicio limpio y consecuente de la medicina, pero cansado después de las limitaciones y de la obtusa oposición que encuentra en sus proyectos, se deja seducir por una particular oferta donde, con algo de maña, trabajando en un particular equipo, y sabiendo cobrar a quienes se puede cobrar, es muy fácil llenar una caja de caudales y poder acceder a todos los lujos que nos ofrece el mercado.

Vidor trata a sus personajes con la mayor altura, no hace juicios, no condena a nadie -excepto a un personaje que colma la tasa del atrevimiento- pero la denuncia está ahí, directa y muy precisa. Y cuanto nos duele saber que, ¡77 años después de escrita la novela y 76 de realizada la película “LA CIUDADELA”!, las cosas siguen peor y la medicina es cada vez un negocio más oportunista, excluyente e infame, con un espíritu de servicio elevado a la mínima potencia.

Me llega al alma la frase que, Philip, tiene el valor de decirle a su amigo Andrew en un momento crucial: “El mundo está lleno de miserables, pero cuando tu mejor amigo se une a ellos, eso es lo que duele… y en realidad duele mucho”.


👉LA CIUDADELA, 1938  👈

jueves, 30 de julio de 2026

LIBRO "VIOLENCIA EN LA ESTRUCTURA HOSPITALARIA": 🏥 ¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES? por VINICIO VILLALOBOS


VIOLENCIA EN LA
ESTRUCTURA
HOSPITALARIA

¿COSTUMBRE, NECESIDAD O SILENCIOS CÓMPLICES?

VINICIO VILLALOBOS

Un amigo médico se fue de España por el problema del gran individualismo egotista, y de soberbia, y de ENVIDIA. Por el poco sentido de equipo (mal rollo entre médicos entre sí y entre enfermeras). Falta dirección en la sanidad pública. Y por la incomunicación y descoordinación entre ellos. Poca escucha y poca alteridad. No hay más asesinatos en la sanidad por pura providencia (NOTA DE YANKA).

La violencia en la estructura hospitalaria. ¿Costumbre, necesidad o silencios cómplices? Este libro surge de la sospecha compartida por muchos profesionales: en el hospital ocurren cosas que causan dolor, pero casi nunca se mencionan. Guardias usadas como castigo, humillaciones disfrazadas de enseñanza, decisiones de gestión que afectan la salud de quienes cuidan y de quienes reciben cuidado. Todos las reconocen; pocos las llaman violencia. Con más de treinta y cinco años de experiencia clínica en Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España, el autor enfrenta una contradicción: 
¿cómo, en un lugar donde se salvan vidas cada día, también se tolera el maltrato, el silencio y la injusticia? 
El libro ofrece un mapa claro y cercano de la violencia que permea la estructura hospitalaria: desde la dirección hacia los profesionales, entre médicos, entre enfermeros, entre médicos y enfermeros, hacia los pacientes, desde los pacientes y entre los propios pacientes. No solo abarca agresiones físicas ni insultos evidentes. 
El énfasis está en la violencia normalizada: protocolos incumplidos, consentimientos poco claros, jerarquías que utilizan el miedo como método y culturas del «aguantar» donde pedir ayuda se percibe como debilidad. También incluye formas más dolorosas y silenciadas: 
la violencia obstétrica, psiquiátrica e institucional contra mujeres, personas con enfermedades psiquiátricas, migrantes y colectivos vulnerables. 
En lugar de limitarse a la denuncia, el libro proporciona algo que falta en muchos debates: un lenguaje para describir lo que sucede, criterios éticos para analizarlo y ejemplos concretos de respuestas existentes y efectivas en algunos lugares, como protocolos de prevención, planes de humanización, liderazgos que protegen sin humillar y alianzas entre profesionales, sindicatos, colegios y pacientes.
La violencia en la estructura hospitalaria abarca el maltrato normalizado, las jerarquías rígidas y el abuso de poder institucionalizado. Se manifiesta en las relaciones entre la dirección y el personal, entre los propios trabajadores de la salud, y hacia los pacientes, afectando tanto el bienestar físico como la salud mental en el entorno clínico.
Manifestaciones Principales

Abuso jerárquico: Guardias usadas como castigo y humillaciones disfrazadas de docencia o disciplina médica.
Violencia horizontal: Conflictos y malos tratos cotidianos entre médicos, personal de enfermería y equipos de gestión.
Violencia institucional hacia el paciente: Incumplimiento de protocolos, trato deshumanizado y decisiones administrativas que priorizan la burocracia frente al cuidado.

Factores de Persistencia

Normalización cultural: Costumbres arraigadas donde el silencio y la injusticia se toleran bajo la premisa de que "el sistema debe funcionar".
Falta de denuncia: Miedo a represalias laborales y complicidad institucional que invisibilizan el problema.

Introducción

Razones para elegir este libro

Hay una pregunta que muchas personas que trabajan en un hospital han pensado alguna vez, aunque no siempre hayan encontrado las palabras para formularla.
¿Cómo es posible que en lugares creados para cuidar, cuya misión principal es aliviar el sufrimiento, ocurran tantas formas de daño que casi nunca se mencionan, se registran muy pocas veces y, por esa razón, casi nunca se corrigen?

Esta pregunta no nace de la desconfianza hacia la medicina ni hacia quienes la ejercen. Nace de la experiencia. De más de treinta y cinco años de práctica clínica en cuatro países -Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecua­torial y España- que poco tienen en común en recursos, organización o cul­tura, pero donde ciertos mecanismos de daño se repiten con una coherencia inquietante, dejando a menudo un nudo en el estómago y una sensación de que se ha cruzado una línea invisible.

Lo que este libro intenta hacer es mirar esa pregunta de frente. No con la comodidad de quien señala desde fuera, sino con la incomodidad más difí­cil: la de alguien que ha formado parte del sistema que analiza, que ha con­ tribuido a sostenerlo y que sabe, por experiencia propia, que la línea entre cuidar y dañar a veces es más fina de lo que sugieren los códigos éticos. Esa incomodidad -mezcla de vergüenza, responsabilidad y deseo de hacer las cosas de otra manera- es el tono desde el que están escritas estas páginas.

Si eliges este libro, no encontrarás un relato neutro ni aséptico. Encontra­rás un intento de pensar con honestidad sobre una contradicción que atra­viesa el corazón mismo del hospital: la posibilidad de que, mientras se cura, también se hiera. Y, al mismo tiempo, una invitación a acompañar el males­tar que muchas personas ya sienten en su práctica diaria, dándole nombre y lugar, para que pueda convertirse en motor de cambio y no solo en motivo de frustración silenciosa.

De qué trata este libro

Este libro habla de violencia en el hospital, pero no solo de la que aparece en los titulares: no se limita al puñetazo en urgencias ni al caso extremo que acaba en la prensa o en los tribunales. Habla también de esa violencia más silenciosa, cotidiana, que rara vez se reconoce como tal y, sin embargo, deja huella.

Habla de la corrección pública, que no busca enseñar sino humillar. Tam­bién menciona la guardia de veinticuatro horas utilizada como castigo, y el consentimiento informado convertido en un trámite que nadie explica ni escucha. Incluye las denuncias que se archivan sin una verdadera investi­gación, los diagnósticos comunicados en un lenguaje incomprensible para el paciente y la cultura del aguante que convierte el maltrato en prueba de vocación.

Habla, por supuesto, de la violencia más evidente: el acoso entre profe­sionales, las agresiones de pacientes y familiares, la violencia obstétrica, la violencia psiquiátrica, las violencias institucionales que afectan de forma desproporcionada a mujeres, personas con trastorno mental, migrantes, per­sonas con discapacidad...
Cada capítulo intenta sostener un equilibrio difícil: suficiente rigor con­ceptual para que no se convierta solo en una colección de anécdotas, sufi­ciente atención a la experiencia clínica para que no se quede en un ejercicio abstracto. Y, hacia el final, el libro se pregunta qué se puede hacer: no con optimismo ingenuo, sino apoyándose en herramientas y prácticas que ya existen, que ya funcionan en algunos contextos y que podrían funcionar en muchos más si se dieran las condiciones adecuadas. El propósito no es conso­lar, sino ofrecer criterios y ejemplos concretos para que el daño evitable deje de parecerlo.

Cómo está organizado

La estructura del libro tiene un flujo intencionado: inicia con conceptos, pasa a detalles concretos y luego vuelve a lo propositivo.
Los primeros capítulos construyen el marco: qué entendemos por violen­cia en el hospital, cómo distinguirla de otras formas de conflicto, qué ti­pologías ayudan a nombrarla con precisión y qué raíces históricas explican por qué las jerarquías, las culturas del daño y el silencio son tan resistentes. También exploran cómo los principios de la ética y la bioética se encuentran -o  se chocan- con la práctica real, y cómo ese choque se traduce en formas de malestar moral que muchos profesionales reconocerán.

Los capítulos centrales siguen el rastro de la violencia en las distintas relaciones que atraviesan el hospital: desde la dirección hacia los profesiona­les, entre médicos, entre enfermeras, entre médicos y enfermeras, hacia los pacientes, desde los pacientes hacia el personal, entre los propios pacientes. A ello se suman capítulos dedicados a violencias institucionales más espe­cíficas, como la obstétrica, la psiquiátrica o la dirigida a colectivos especial­ mente vulnerables.

Los capítulos posteriores abordan las respuestas posibles: el papel de la ética clínica como marco para analizar y exigir; la prevención como conjunto de medidas concretas (protocolos, planes, estrategias de liderazgo, cultura del cuidado); el papel de colegios profesionales y sindicatos; y lo que pode­mos aprender de experiencias ya en marcha.
Finalmente, el libro se cierra con dos planos distintos: unas reflexiones finales que intentan sintetizar sin simplificar y un testimonio personal que no pretende demostrar nada, pero sí mostrar de dónde provienen muchas de las preguntas que han guiado este trabajo y qué se siente al formularlas desde dentro.
El objetivo de esta organización es sencillo: ofrecer primero un mapa, des­ pués recorrer el territorio y, al final, volver al mapa con otra mirada, menos ingenua y más atenta a los signos de violencia y de cuidado.

A quién va dirigido

Este libro no está dirigido a un lector ideal en abstracto, sino a varias perso­nas que se encuentran en el hospital al mismo tiempo.
Para el profesional de primera línea -médico, enfermera, auxiliar, resi­dente- que siente que algo en su servicio le produce malestar, pero no sabe cómo nombrarlo ni qué hacer al respecto.
Para quien dirige un servicio, una unidad o un equipo y necesita criterios para delimitar dónde acaba la exigencia y empieza el maltrato, y herramien­tas para actuar cuando esa línea se cruza.

Para las personas que toman decisiones sobre plantillas, recursos, protoco­los y espacios, y necesitan ver con claridad que cada decisión degestión tiene consecuencias éticas concretas para quienes trabajan y son atendidos en la institución.
Para el estudiante o residente en sus primeras guardias, puede resultar confuso distinguir si lo que experimenta forma parte de su aprendizaje o si simplemente no debería ocurrir en ningún entorno de formación.

Para el paciente o el familiar que ha salido del hospital con una mezcla de gratitud y heridas, que percibe que algo en el trato no fue digno, pero no en­cuentra palabras para explicarlo.
Para quienes investigan, gestionan o diseñan políticas de salud, que nece­sitan entender no solo el funcionamiento teórico del sistema, sino también la experiencia interna cuando la violencia permea sus mecanismos.

Si te reconoces en alguno de estos lugares -o en varios a la vez-, este libro intenta hablar contigo, no sobre ti. Y hacerlo desde un reconocimiento previo: tu malestar no es una rareza individual, sino una señal de que algo en la estructura merece ser examinado con cuidado.

Este no es un tratado académico clásico ni solo un relato personal. Es un ensayo clínico-analítico que se apoya en tres capas de conocimiento que dia­logan entre sí: la experiencia, la evidencia y el marco conceptual.

La primera sección incluye escenas clínicas basadas en más de 35 años de experiencia en hospitales de Venezuela, Arabia Saudita, Guinea Ecuatorial y España. Para garantizar la confidencialidad, los casos están anonimizados y, cuando ha sido necesario, fusionados o alterados en los detalles no esencia­ les. No buscan ser «representativos» en un sentido estadístico, sino reflejar patrones que muchos identificarán y emociones que muchos han sentido sin poder nombrarlas.

La segunda capa comprende datos y definiciones provenientes de infor­mes de organismos internacionales (OMS, OIT), planes de salud, estudios observacionales y revisiones sistemáticas sobre la violencia laboral, la vio­lencia institucional y los riesgos psicosociales. No es una revisión sistemá­tica exhaustiva, sino una revisión narrativa centrada en palabras clave y en fuentes de referencia confiables.

La tercera capa incluye las herramientas conceptuales de la ética, la filo­sofía política y las ciencias sociales: autores como Foucault, Cortina, Beau­champ y Childress, entre otros, que proporcionan vocabulario y categorías útiles para aclarar prácticas concretas. No se busca adaptar la realidad clínica a una teoría, sino emplearla para identificar aquello que, sin ella, sería difuso: ese malestar que se siente en la guardia, en la sesión clínica o en la sala de es­pera y que rara vez aparece en los protocolos.

La interacción entre estas capas presenta límites claros: las escenas no abarcan toda la realidad, los datos dependen de la calidad de los estudios y las teorías son siempre interpretaciones parciales. 
Sin embargo, en conjunto, proporcionan un marco lo suficientemente sólido para lo que busca este libro: brindar un lenguaje, criterios y ejemplos que ayuden a reconocer la violencia en la estructura hospitalaria y a comenzar a cambiarla, empezando por lo que cada cual tiene a su alcance.

Una advertencia necesaria

Este libro no busca acusar. No afirma que los hospitales estén llenos de per­sonas malintencionadas ni que la medicina, en su esencia, sea dañina. 
Más bien, plantea algo más incómodo y, creo, más útil: que el daño puede ocurrir -y a veces de manera especial- incluso en manos de personas decentes, en instituciones con protocolos adecuados y en sistemas con recursos suficien­tes. Sus raíces no solo están en las personas, sino también en las estructuras, jerarquías y culturas que organizan la vida del hospital.

Reconocer esto no constituye pesimismo, sino un paso fundamental para lograr cambios honestos y duraderos. Los hospitales pueden convertirse en espacios donde el cuidado se brinde con dignidad tanto a quienes lo reciben como a quienes lo ofrecen. En ocasiones, ya lo son en parte. 

La diferencia entre el hospital actual y el hospital ideal depende en gran medida de cuán­ tas personas estén dispuestas a identificar el problema, comprender sus cau­sas y actuar en consecuencia, aunque sea en decisiones muy concretas.

Este libro quiere aportar algo a ese esfuerzo. Si al terminarlo sientes que tienes palabras nuevas para nombrar lo que antes te dolía en silencio, o ves con más claridad dónde podrías empezar a cambiar algo -aunque sea muy pequeño- en tu propio ámbito, habrá cumplido su propósito más impor­tante.




El aumento considerable de la violencia es un fenómeno reconocido ampliamente. Según el Consejo Internacional de Enfermería (CIE, 1999), este fenómeno afecta a toda la población, atravesando fronteras de edad, raza, condición socioeconómica, sexo y lugar.

Diversos estudios en la temática de la violencia que afecta a los espacios laborales concluyen que precisamente algunos de estos lugares de trabajo y ocupaciones tienen un mayor riesgo de hechos violentos que otros. Se reconoce en estas investigaciones que la violencia en el lugar de trabajo en el sector salud es universal, la que genera un alto grado de estrés, lo que también puede instar a comportamientos violentos, y en las que se evidencia que las enfermeras y el personal de ambulancias tienen mayor riesgo a ser víctimas de hechos agresivos, el que especialmente corresponde a violencia de tipo psicológico (CIE, 2002; Sánchez, 2002). Para Kingma (1999), la violencia que afecta a las enfermeras tiene una doble consecuencia, ciertamente negativa, porque afecta por un lado la vida de este profesional y, por el otro, puede afectar el tipo de servicios de salud prestados, es decir, la repercusión se pudiera extender a la calidad de los cuidados de salud otorgados a los pacientes. Así, este complejo fenómeno de la violencia es reconocido también en el ambiente hospitalario, enfocado desde la perspectiva de los trabajadores de la atención de salud. Sin embargo, estudios orientados en este tema desde el punto de vista de los pacientes o usuarios de los servicios de salud, principal foco de atención en este contexto, han sido escasamente abordados.

La condición de hospitalización hace al individuo vulnerable a variados estímulos, no sólo provenientes de la enfermedad que le afecta, sino también del medio ambiente y relaciones que se establecen durante la hospitalización, en el que adopta o pasa a ser incluido en el "status de paciente" (Martínez, 1997). Al respecto, Jiménez (2000) señala que este paciente ve alterado su autoestima y se producen cambios emocionales intensos que requieren de reajustes. Estos cambios, para Moro (1999), repercuten en las necesidades de seguridad y pertenencia, en la que un medio extraño, con una serie de normas y a veces falto de privacidad, potencia los sentimientos de inferioridad, aparecen sentimientos de culpa que aumentan con el tratamiento despersonalizado de los procesos diagnósticos, terapéuticos y asistenciales a los que se ve sometido durante la hospitalización.

Entonces el hospital, junto con ofrecer atención sanitaria, se constituye en un sistema social complejo y delicado, en el que la multiplicidad de personas, con diferentes roles, conforman una red interactiva que puede inducir a desarrollar o modificar actitudes (Valenzuela, 1995), las que pueden predisponer a hechos agresivos o violentos

Existen ciertas situaciones que se presentan durante la atención que se brinda al paciente hospitalizado y que tal vez, asociados a la masificación y complejidad creciente de la atención de salud, no sean analizados con la frecuencia y profundidad que merecen, y que pueden ser considerados manifestaciones de agresión o violencia.

Uno de ellos que pareciera ser inherente a la hospitalización, es la falta de intimidad, definida como "toda aquella realidad oculta, relativa a un sujeto o grupo determinado que merece reserva". Ésta se ve de alguna manera vulnerada en el paciente hospitalizado, el que se manifiesta desde la invasión no sólo al espacio territorial, reducido a una cama y un velador (Vacarezza, 2000), sino también al ser examinado en su unidad por innumerables personas a las que generalmente desconoce y respondiendo preguntas relativas a su historia de vida personal, muchas veces sin una explicación previa del porqué son necesarios estos procedimientos y estas respuestas. Pareciera ser más importante el órgano afectado que la persona enferma, olvidando el respeto a la desnudez y el pudor del otro (Rodríguez, 1999). Esto se ha ido presentando en la medida en que la enfermedad monopoliza la atención e inconscientemente se olvida la naturaleza humana de la atención de salud, tornándose ésta fría e impersonal, lo que ha violentado la relación amistosa y de confianza, pasando más bien a un vínculo de tipo despersonalizado (Iceta, 1996; Goic, 2000). Esto estaría asociado a lo que Jiménez y cols. (1990) llaman una relación asimétrica y jerárquica entre los dispensadores de cuidados y los pacientes.

En una relación de poder, por ejemplo, que establecen las enfermeras con los pacientes hospitalizados, provocan una actitud obediente, sumisa y pasiva del usuario frente a las diversas relaciones e interacciones que se presentan. En un estudio realizado por Moris, Riveros y Pucheau (1996), se identificaron los factores significativos en la percepción de la atención que recibían los pacientes hospitalizados en un hospital público, resultando que los pacientes consideraban importante las relaciones que se establecen con el equipo de salud, identificando como un atributo significativo el trato respetuoso del personal que los atendía.

En el contexto hospitalario el foco de atención es el cuidado del paciente hospitalizado y sus necesidades, lo que implica identificar constantemente los factores internos y externos que están influyendo en la salud de los que están a nuestro cargo, es decir, la atención de enfermería está dirigida al individuo en forma integral, contemplando distintos tipos de estímulos y respuestas en este medio, muchas veces desconocido y doloroso para quienes, por distintos motivos, presentan alguna alteración en el estado de salud, de resolución médica o quirúrgica, y que requieren el ingreso a un establecimiento hospitalario.

Los pacientes, receptores de los servicios sanitarios, pueden ser violentados a través de variadas manifestaciones, que vulneran sus derechos y los que muchas veces no son solamente ignorados por los dispensadores de la atención de salud, sino también por los mismos usuarios. En una atención que ha priorizado la tecnificación y conocimientos teóricos que son elementos importantes en la atención en salud, éstos no son suficientes si se vulneran los derechos a una atención basada en el trato humano, lo que permite otorgar ciertamente no sólo una mejor atención, sino que un cuidado más digno.

El CIE (2002) ha adoptado una clara oposición en este referente, condenando toda forma de abuso y de violencia en los contextos hospitalarios, es por esta razón que junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS), Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Internacional de Servicios Públicos (PSI), establecen una campaña para erradicar la violencia en el sector salud, que según reconocen influye en los cuidados brindados a los pacientes.

Las escasas investigaciones en este tema desde la perspectiva de los pacientes y, por otro lado, el interés de los autores de realizar un diagnóstico en dos servicios clínicos hospitalarios sobre la violencia en la atención de salud otorgada a sus usuarios, llevaron a plantear los siguientes objetivos e hipótesis de investigación:

La percepción de violencia identificada en un contexto hospitalario representa un hallazgo considerado importante, puesto que esto significa que no solamente los trabajadores de salud son víctimas de violencia (CIE, 1999; Sánchez, 2002), sino que esta problemática afecta también a los usuarios de los servicios de hospitalización. Este hecho debe llamar a la reflexión sobre la forma en la que se está llevando a cabo la atención a los pacientes, que son nuestro principal sujeto de atención, y cómo se vulneran sus derechos.

Los pacientes identificaron una o más conductas violentas, las que correspondieron en su gran mayoría a manifestaciones de violencia de tipo psicológico. Dentro de las que se destacaban, la "falta de atención" en la satisfacción de necesidades de aseo y/o confort fue ejemplificada recurrentemente por los pacientes en estudio con el tiempo prolongado que demoraba el personal de salud en atender llamados de solicitud y retiro de chatas, y la falta de cooperación en la realización del aseo personal, en especial de aquellos más dependientes. Esto se puede relacionar con la escasez de personal para la atención específica de aseo y confort de los pacientes hospitalizados; el recurso humano disponible es limitado, y no logra atender a tiempo a todos los llamados de los usuarios que requieren atención.

La "frialdad en el trato" del personal de salud es otro aspecto considerado como violentador por el paciente/usuario de los servicios hospitalarios, que se identifican con conductas poco empáticas e impersonales. Los pacientes identifican este trato impersonal, por ejemplo, al ser tuteados por el personal que les atiende, y a la relación indiferente que los funcionarios de salud establecen con ellos. Este trato frío e indiferente también es un factor estresante en los pacientes durante la hospitalización, ya que las personas en esta condición necesitan establecer una relación de confianza con el personal a cargo de su cuidado (Roa, 1995). A este punto se refiere también Rodríguez (1999), cuando dice que la calidez en la atención que otorga el equipo de salud se torna un aspecto importante -el saber escuchar, establecer una dinámica de relación que puede ir desde el contacto visual hasta el abrazo estrecho, sonreír y el consolar sinceramente- que condiciona la relación entre prestadores y usuarios. Las investigadoras comparten ampliamente la necesidad que existe de establecer una comunicación basada en la empatía y respeto con el paciente; sin embargo, esta relación se ve alterada tal vez, por un lado, con la demanda asistencial -que muchas veces limita la comunicación más estrecha con los pacientes- y, por otro, por las conductas de algunos funcionarios que aún consideran al paciente como un mero receptor de cuidados, y no como un integrante activo de la atención en salud.

El que el mayor porcentaje de pacientes no logre diferenciar claramente al estamento de los funcionarios agresores, puede estar relacionado con el hecho de que cuando un paciente es ingresado a un hospital es separado de su ambiente familiar -conocido y estable- y sometido a otro extraño, en el que debe relacionarse con múltiples personas, sufriendo algún grado de confusión, especialmente cuando el personal de salud no se identifica previamente o no porta una identificación clara y/o por lo similar del vestuario. En este punto es necesario destacar que especial confusión se presentaba en los casos en que los pacientes debían diferenciar las enfermeras de los paramédicos, quedando de manifiesto la poca distinción que realiza el usuario del profesional universitario y del técnico, identificándolos a ambos como enfermeras. Por otro lado, esto puede estar asociado además a que los pacientes entrevistados no quieran señalar un estamento determinado, por no comprometerse mayormente en la denuncia de un hecho de violencia identificando al agente agresor.

Los pacientes hospitalizados señalaron en el presente estudio que en el turno de noche es cuando se presenta la mayor cantidad de conductas violentas. El turno de noche corresponde a la jornada de trabajo intrahospitalaria en que existe menor cantidad de funcionarios, comparados con los turnos diurnos. Durante el día son múltiples personas las que encuentran en los servicios clínicos atendiendo y satisfaciendo las necesidades de los pacientes, no solamente se encuentra el personal hospitalario (enfermeras, técnicos paramédicos, médicos, auxiliares de servicio), sino que además se están: alumnos de enfermería, medicina, técnicos paramédicos y los familiares en las horas de visita. Todas estas personas colaboran durante el día con las diversas actividades asistenciales. Sin embargo, durante la noche sólo se encuentran, y en menor número, los funcionarios del hospital, los que, aunque realizan menor cantidad de actividades que en el turno diurno, deben también realizar controles, procedimientos y diversos cuidados a los pacientes hospitalizados. ¿Será que el personal del turno nocturno es insuficiente o que la atención brindada en este horario difiere del resto?

Chapell y Di Martino (1998) reconocen que el estrés es un factor determinante en la presentación de comportamientos violentos en los individuos. Este aspecto ha sido también analizado por el CIE (2001), el que señala que una de las causas de estrés en el personal de salud es el tratar con la muerte y los moribundos, conflictos entre compañeros de trabajo, preparación inadecuada para tratar necesidades emocionales de pacientes y sus familias, y precisamente la sobrecarga o exceso de trabajo, la que a su vez puede llevar a la falta de atención en las actividades y al cambio de comportamientos. Los mismos profesionales de enfermería, según Sánchez (2002), atribuyen a la presión asistencial como el principal factor asociado a la violencia. Este aspecto requiere mayor atención, ya que tanto los dispensadores de los cuidados de salud como los propios pacientes receptores de los cuidados, reconocen al estrés como causal de violencia.

La mayoría de los pacientes que señalan percibir conductas violentas durante la atención recibida en la hospitalización, aceptan estas situaciones sin decir ni hacer nada. El adoptar una actitud pasiva frente a las conductas violentas puede relacionarse con la relación asimétrica y jerárquica que se establece entre el personal de salud y los pacientes en los hospitales públicos (Rocha y cols., 2000), en la que los pacientes en una situación de dependencia en mayor o menor grado toleran las diversas conductas y manifestaciones que surgen durante la hospitalización. Ferreira y Figueiredo (1997), en un estudio basado en las relaciones de poder entre las enfermeras y pacientes adultos hospitalizados, estos últimos adoptaban una actitud sumisa, pasiva y obediente, aceptando la atención de salud desde su rol pasivo, como mero receptor de los cuidados, actitud que se ha tratado de cambiar impulsando la participación activa de los usuarios en la atención en salud, por ejemplo a través de la divulgación de los deberes y derechos del paciente.

CONCLUSIONES Y SUGERENCIAS

- Un alto porcentaje de pacientes durante la hospitalización perciben conductas que catalogan como violentas de parte de los funcionarios que les atienden, siendo este porcentaje en la realidad probablemente mayor, ya que algunos pacientes no quisieron reconocer violencia durante la atención por temor a represalias posteriores.
- La mayoría de los pacientes hospitalizados que percibe violencia durante la atención refiere que ésta fue de una intensidad moderada y corresponden a manifestaciones del tipo de violencia psicológica en la gran mayoría de los casos, dentro de las que se destaca la "falta de atención" y el "trato frío".
- Un alto porcentaje de pacientes reconoce no diferenciar al agente agresor hospitalario.
- Los pacientes identificaron que las conductas violentas se presentaban mayoritariamente cuando solicitaban atención y en el horario de turno de noche.
- El factor predisponente del agresor para efectuar conductas violentas, según la percepción de los pacientes corresponde al estrés por sobrecarga de trabajo.
- El mayor porcentaje de pacientes frente a las conductas violentas adoptaba una actitud pasiva.
- La evaluación de la atención recibida durante la hospitalización, realizada por el mayor porcentaje de pacientes que conformaron la muestra, refirieron haber sido siempre bien atendidos a pesar que percibieron conductas violentas, aceptando éstas durante la hospitalización.
- Mediante el análisis de regresión logística, independiente del servicio clínico de procedencia, los pacientes más jóvenes, con mayor nivel educacional y que tienen una mala evaluación de la atención de salud, son los que mayormente perciben violencia en el contexto intra-hospitalario.

Según los resultados obtenidos, se hace necesario implementar medidas orientadas a la disminución y manejo adecuado del estrés por sobrecarga de trabajo del personal de salud, reconocido como el principal factor predisponente a la violencia, a través del aumento de funcionarios, especialmente durante los turnos nocturnos. Además, de ejecutar programas destinados a promover en los funcionarios los derechos y deberes de los pacientes, enfatizando en la relación de ayuda efectiva que se debe establecer con los usuarios.

Se hace imperativo reconocer la diferencia entre los estamentos funcionarios de salud de parte de los pacientes, promoviendo el uso de una identificación clara y visible, para delimitar responsabilidades cuando así se requiera.

Las futuras investigaciones en esta línea deben cautelar el momento en el que serán recogidos los datos, si bien para esta investigación fue considerado el momento del alta hospitalaria, el hecho de tener que volver a controles posteriores y la posibilidad de un eventual reingreso al servicio clínico, no liberaba totalmente a los pacientes a manifestar sus percepciones sin temor.

Este hallazgo de percepción de violencia, en un medio cuyo objetivo es atender las necesidades de salud de las personas, debe llevar a una profunda reflexión de cómo se están realizando las prestaciones sanitarias, la que ciertamente debe contemplar la forma cómo nos acercamos y presentamos al paciente, los gestos, tono de voz, uso de palabras claras basadas en un diálogo respetuoso y empático, nunca olvidar que el que está al otro lado es un ser humano como cualquier otro, que merece un trato digno.


La violencia dentro de los hospitales existe, pero se esconde detrás de un muro de normalización. Y el mayor problema es que casi nadie se atreve a nombrarla. 🏥🤐
No te equivoques: no siempre se trata de gritos o de conflictos evidentes. A veces se manifiesta de formas mucho más sutiles pero devastadoras:
Un trato cotidiano que humilla en silencio. 💔
Una jerarquía rígida que aplasta el criterio profesional. 📉
Un silencio cómplice que pesa en cada pasillo. 🤫
Y lo más difícil de asimilar es que muchas veces no hay un "malo" de la película. No es una persona en particular; es la propia estructura de poder la que está diseñada de una forma que hace daño. ⚙️💥
Seguir ignorando este diagnóstico solo perpetúa el problema. Nombrar lo que ocurre en el día a día es el primer paso indispensable para poder cambiarlo. De eso trata este libro: de tener la valentía de mirar de frente la cultura sanitaria. 🧠📘

DERECHOS DE LOS PACIENTES

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viernes, 6 de septiembre de 2024

📝 CARTA ABIERTA A LOS LAICOS COMPROMETIDOS por P. FLAVIANO AMATULLI VALENTE, fmap



Mis queridos (as) hermanos (as) en Cristo:

Antes que nada, permítanme felicitarles por su actitud de compromiso con la misión de la Iglesia. En un mundo, dominado por el egoísmo y el interés personal o de grupo, ustedes representan un testimonio de libertad y valentía, al ver más allá de los estrechos horizontes de la cotidianidad y comprometerse con las grandes causas del Evangelio.

Vino nuevo en odres nuevos

Como católicos metidos totalmente en los asuntos del mundo y al mismo tiempo en la vida de la Iglesia, se habrán dado cuenta de un cierto desequilibrio, que existe en nuestros ambientes con relación al mundo en que vivimos. Mientras en la sociedad se han dado grandes cambios con relación al pasado, en la Iglesia persisten aún instituciones, estructuras y estilos de vida propios de otros tiempos. El mismo lenguaje filosófico- teológico, que se maneja a nivel oficial, hace siempre más difícil la transmisión del mensaje y la comunicación entre los pastores y los feligreses.
Pues bien, en esta situación, ustedes, bien empapados de los valores evangélicos, sensibles a las exigencias de la sociedad contemporánea y manejando oportunamente el lenguaje actual, tendrán la tarea de hacer más accesible el Evangelio al hombre de hoy. Al mismo tiempo, al interior de la Iglesia, mediante su testimonio de sinceridad y espontaneidad, irán creando un nuevo tipo de relaciones entre todos, más respetuoso de la dignidad humana y más acorde al Evangelio.

Carismas diferentes

Como católicos comprometidos, dedíquense por tanto a lo propio y dejen a los demás lo que les corresponde. ¿Qué dijo Jesús? ‘Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios’ (Lc 9, 60). Si Dios los llamó para anunciar el Reino de Dios, ¿por qué van a dedicar su tiempo a otras cosas?
Que los demás se dediquen a las rifas y a la venta de los tamales. Es su manera propia de colaborar en los asuntos de la Iglesia. Pero, si cada uno de ustedes recibió algún carisma, don o capacidad especial para el bien de toda la Iglesia, dedique su tiempo precioso a vivir y actuar según este carisma y no lo desperdicie en asuntos de poca importancia, al margen del don recibido.

Colaboradores, no siervos ni esclavos de nadie

Posiblemente su manera de actuar va a molestar a los que están acostumbrados a tratar a los laicos como si fueran niños. Pues bien, dependerá de ustedes, de su capacidad de enfrentar estas situaciones, si se volverán en agentes de cambio dentro de la Iglesia o contribuirán a reforzar, mediante una actitud sumisa y acrítica, modelos infantiles de relaciones, totalmente al margen de la enseñanza de Cristo y el sentir propio de nuestros tiempos.
Haciendo esto, más que contribuir al progreso de la Iglesia, la van a perjudicar más, perpetuando vicios del pasado y aislándola más del mundo en que vivimos, más sensibles a los valores de la libertad y dignidad.

Obediencia y autonomía

Alguien, al enterarse de esto, podrá escandalizarse, pensando que se está faltando al respeto y la obediencia, que se debe a los pastores de la Iglesia. Será su manera propia de ver las cosas, rezago de épocas feudales. En realidad, el respeto no está reñido con la dignidad de la persona y la obediencia no consiste en decir siempre sí, sin tener en cuenta de qué se trata.
Ahora bien, ustedes, con su manera de actuar, tienen que ayudar a los pastores de la Iglesia a madurar en la manera de ejercer la autoridad, dejando a un lado el estilo autoritario que los caracterizó en el pasado. Todo esto, cuando se trata de asuntos eclesiales.

Cuando, al contrario, se trata de asuntos directamente profanos, tienen que exigir su completa autonomía. En este caso, son ustedes, que, bien empapados del sentir que emana del Evangelio, van a tomar las decisiones pertinentes, sin dejarse manipular por nadie, sea quien sea, no importando el cargo que ostente dentro de la jerarquía eclesiástica.
No se olviden de la advertencia de Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17) o del refrán popular: “Zapatero a tus zapatos”. Solamente así podrán representar una voz genuina al interior de la Iglesia, con una sensibilidad y con una visión original de los problemas.
De otra manera, correrán el peligro de volverse en puros repetidores de conceptos, sin el calor y la fuerza de la experiencia y sin incidencia en la realidad.

Influjo en la sociedad

Un amplio panorama se presenta ante sus ojos para que puedan actuar en la sociedad como verdaderos discípulos de Cristo, comprometidos con el bien común. Las posibilidades son enormes: la política, la comunicación, la educación, la seguridad, la impartición de la justicia, el arte, el campo, la fábrica, el taller, el servicio social a solas o en forma asociativa (las ONG’s), etc.
Que en todo esto tengan el valor de decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no (Mt 5, 37), actuando siempre con independencia de criterio y dejándose guiar solamente por la luz del Evangelio y su conciencia, realmente preocupados por el bien común y el pleno respeto al derecho de cada quien.

Que como laicos comprometidos empiecen a incursionar en los medios de comunicación masiva, como comunicadores y como dueños de los mismos, y también en la educación, contando con colegios y universidades propias. Así podrán contribuir directamente en la formación de sus hijos y las nuevas generaciones de católicos, según el estilo propio que ustedes quieran implantar a la luz de su experiencia, sin una dependencia continua del clero o de otro tipo de instituciones católicas, que a veces de católico tienen solamente el nombre.
Que en todo esto actúen con plena honestidad intelectual, rectitud de intención y fidelidad al Evangelio y el hombre de hoy, rompiendo monopolios y afirmando sin reticencia alguna su identidad católica, más allá de toda retórica aperturista, que en muchos casos lo único que pretende es garantizar mayores ingresos económicos, diluyendo el sentido de la fe y dando cabida a todos y a todo.

Influjo dentro de la Iglesia

Al mismo tiempo, se les presentan grandes oportunidades para poder influir dentro de la Iglesia, llevando el aire fresco de la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad. Que no los atrape la tentación de la rutina y el ritualismo. También en este caso, es mejor “dejar que los muertos sepulten a sus muertos” (Lc 9, 60). En realidad, hay gente que se encarga de eso.
Ustedes, como laicos comprometidos y al mismo tiempo sin ningún interés de orden económico o prestigio, dedíquense a descubrir nuevas formas de captar y vivir el mensaje evangélico, teniendo en cuenta la realidad concreta en que viven. En este sentido pueden aportar mucho en el campo de la catequesis, la liturgia, la administración o la evangelización de los alejados.

No se sientan esclavos de nadie. Si encuentran dificultad para realizarse en un determinado lugar, vayan a otro (Cf. Lc 10, 10). Así podrán realizarse plenamente y dar lo mejor de sí, evitando el peligro de un desgaste constante en situaciones de conflicto, rechazo o imposición.
Conozcan sus derechos como miembros de la Iglesia y háganlos respetar. Que no vaya a pasar que, mientras estén luchando por la afirmación de la dignidad humana en la sociedad, al interior de la Iglesia, por cobardía o un malentendido espíritu de obediencia y fidelidad, permitan cualquier tipo de atropello.
Al contrario, si quieren dar un mejor servicio a la Iglesia, tienen que luchar para que, también dentro de la Iglesia, se respeten los derechos humanos y se pueda llegar a establecer alguna institución específica al respecto.

Grupos Apostólicos y Movimientos Eclesiales

Es donde mayores oportunidades tienen de organizarse autónomamente y planear acciones concretas más conformes a su manera de ver las cosas. Como se dan cuenta, la Iglesia necesita estructuras nuevas, que le permitan actuar con mayor incidencia en el mundo de hoy. Pues bien, ustedes tienen la oportunidad de organizarse de manera tal que todos y cada uno de ustedes tenga la oportunidad de realizarse plenamente y ofrecer al mismo tiempo a la Iglesia un servicio más especializado en las distintas áreas, contando con los recursos de sus mismas instituciones.

Pues bien, para que su presencia dé a la Iglesia los frutos esperados, los invito a ser creativos a lo máximo, ensayando nuevos métodos de apostolado y creando nuevas estructuras de evangelización, que sirvan de estímulo para el actual aparato ministerial de la Iglesia, atrapado muchas veces en moldes de otros tiempos y casi asfixiado.
Que no le tengan miedo a la resistencia que les pueda venir de parte de algunos miembros del clero, celosos de sus prerrogativas y temerosos ante todo lo que sabe a novedad y puede representar un peligro para su seguridad y prestigio. Que se den cuenta de que no se trata de competencia, sino de colaboración en una misión que es tarea de todos los miembros de la Iglesia.
Una de las condiciones esenciales para vivir y actuar con libertad, según el propio carisma, es poder contar con instalaciones propias y medios propios de subsistencia.

Centros de formación

Para que puedan ir formándose cada día mejor con miras a ofrecer un mejor servicio a la Iglesia y a la sociedad, es oportuno que ustedes mismos intervengan en la formulación y aplicación de los programas o cuenten con centros de formación propios. Solamente así será posible garantizar una preparación práctica, no solamente teórica, con análisis precisos de la realidad y entrenamiento para enfrentar y resolver los problemas reales, que nos están afectando como Iglesia y sociedad, fijándose más en los resultados concretos que en las buenas intenciones.

Conclusión

Hay voces recurrentes que hablan de una nueva época en la historia de la Iglesia, en que el papel del laico será determinante. Adelante, pues, con valentía y espíritu de creatividad. A ver qué nos depara el Espíritu.

Siempre unidos en la oración y el común ideal, que es la misión.

Atentamente,

Tuxtepec, Oax., 21 de marzo de 2008.
VIERNES SANTO- INICIO DE LA PRIMAVERA

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