EL Rincón de Yanka: KOINONÍA

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viernes, 6 de septiembre de 2024

📝 CARTA ABIERTA A LOS LAICOS COMPROMETIDOS por P. FLAVIANO AMATULLI VALENTE, fmap



Mis queridos (as) hermanos (as) en Cristo:

Antes que nada, permítanme felicitarles por su actitud de compromiso con la misión de la Iglesia. En un mundo, dominado por el egoísmo y el interés personal o de grupo, ustedes representan un testimonio de libertad y valentía, al ver más allá de los estrechos horizontes de la cotidianidad y comprometerse con las grandes causas del Evangelio.

Vino nuevo en odres nuevos

Como católicos metidos totalmente en los asuntos del mundo y al mismo tiempo en la vida de la Iglesia, se habrán dado cuenta de un cierto desequilibrio, que existe en nuestros ambientes con relación al mundo en que vivimos. Mientras en la sociedad se han dado grandes cambios con relación al pasado, en la Iglesia persisten aún instituciones, estructuras y estilos de vida propios de otros tiempos. El mismo lenguaje filosófico- teológico, que se maneja a nivel oficial, hace siempre más difícil la transmisión del mensaje y la comunicación entre los pastores y los feligreses.
Pues bien, en esta situación, ustedes, bien empapados de los valores evangélicos, sensibles a las exigencias de la sociedad contemporánea y manejando oportunamente el lenguaje actual, tendrán la tarea de hacer más accesible el Evangelio al hombre de hoy. Al mismo tiempo, al interior de la Iglesia, mediante su testimonio de sinceridad y espontaneidad, irán creando un nuevo tipo de relaciones entre todos, más respetuoso de la dignidad humana y más acorde al Evangelio.

Carismas diferentes

Como católicos comprometidos, dedíquense por tanto a lo propio y dejen a los demás lo que les corresponde. ¿Qué dijo Jesús? ‘Deja que los muertos sepulten a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios’ (Lc 9, 60). Si Dios los llamó para anunciar el Reino de Dios, ¿por qué van a dedicar su tiempo a otras cosas?
Que los demás se dediquen a las rifas y a la venta de los tamales. Es su manera propia de colaborar en los asuntos de la Iglesia. Pero, si cada uno de ustedes recibió algún carisma, don o capacidad especial para el bien de toda la Iglesia, dedique su tiempo precioso a vivir y actuar según este carisma y no lo desperdicie en asuntos de poca importancia, al margen del don recibido.

Colaboradores, no siervos ni esclavos de nadie

Posiblemente su manera de actuar va a molestar a los que están acostumbrados a tratar a los laicos como si fueran niños. Pues bien, dependerá de ustedes, de su capacidad de enfrentar estas situaciones, si se volverán en agentes de cambio dentro de la Iglesia o contribuirán a reforzar, mediante una actitud sumisa y acrítica, modelos infantiles de relaciones, totalmente al margen de la enseñanza de Cristo y el sentir propio de nuestros tiempos.
Haciendo esto, más que contribuir al progreso de la Iglesia, la van a perjudicar más, perpetuando vicios del pasado y aislándola más del mundo en que vivimos, más sensibles a los valores de la libertad y dignidad.

Obediencia y autonomía

Alguien, al enterarse de esto, podrá escandalizarse, pensando que se está faltando al respeto y la obediencia, que se debe a los pastores de la Iglesia. Será su manera propia de ver las cosas, rezago de épocas feudales. En realidad, el respeto no está reñido con la dignidad de la persona y la obediencia no consiste en decir siempre sí, sin tener en cuenta de qué se trata.
Ahora bien, ustedes, con su manera de actuar, tienen que ayudar a los pastores de la Iglesia a madurar en la manera de ejercer la autoridad, dejando a un lado el estilo autoritario que los caracterizó en el pasado. Todo esto, cuando se trata de asuntos eclesiales.

Cuando, al contrario, se trata de asuntos directamente profanos, tienen que exigir su completa autonomía. En este caso, son ustedes, que, bien empapados del sentir que emana del Evangelio, van a tomar las decisiones pertinentes, sin dejarse manipular por nadie, sea quien sea, no importando el cargo que ostente dentro de la jerarquía eclesiástica.
No se olviden de la advertencia de Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17) o del refrán popular: “Zapatero a tus zapatos”. Solamente así podrán representar una voz genuina al interior de la Iglesia, con una sensibilidad y con una visión original de los problemas.
De otra manera, correrán el peligro de volverse en puros repetidores de conceptos, sin el calor y la fuerza de la experiencia y sin incidencia en la realidad.

Influjo en la sociedad

Un amplio panorama se presenta ante sus ojos para que puedan actuar en la sociedad como verdaderos discípulos de Cristo, comprometidos con el bien común. Las posibilidades son enormes: la política, la comunicación, la educación, la seguridad, la impartición de la justicia, el arte, el campo, la fábrica, el taller, el servicio social a solas o en forma asociativa (las ONG’s), etc.
Que en todo esto tengan el valor de decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no (Mt 5, 37), actuando siempre con independencia de criterio y dejándose guiar solamente por la luz del Evangelio y su conciencia, realmente preocupados por el bien común y el pleno respeto al derecho de cada quien.

Que como laicos comprometidos empiecen a incursionar en los medios de comunicación masiva, como comunicadores y como dueños de los mismos, y también en la educación, contando con colegios y universidades propias. Así podrán contribuir directamente en la formación de sus hijos y las nuevas generaciones de católicos, según el estilo propio que ustedes quieran implantar a la luz de su experiencia, sin una dependencia continua del clero o de otro tipo de instituciones católicas, que a veces de católico tienen solamente el nombre.
Que en todo esto actúen con plena honestidad intelectual, rectitud de intención y fidelidad al Evangelio y el hombre de hoy, rompiendo monopolios y afirmando sin reticencia alguna su identidad católica, más allá de toda retórica aperturista, que en muchos casos lo único que pretende es garantizar mayores ingresos económicos, diluyendo el sentido de la fe y dando cabida a todos y a todo.

Influjo dentro de la Iglesia

Al mismo tiempo, se les presentan grandes oportunidades para poder influir dentro de la Iglesia, llevando el aire fresco de la espontaneidad, la sinceridad y la autenticidad. Que no los atrape la tentación de la rutina y el ritualismo. También en este caso, es mejor “dejar que los muertos sepulten a sus muertos” (Lc 9, 60). En realidad, hay gente que se encarga de eso.
Ustedes, como laicos comprometidos y al mismo tiempo sin ningún interés de orden económico o prestigio, dedíquense a descubrir nuevas formas de captar y vivir el mensaje evangélico, teniendo en cuenta la realidad concreta en que viven. En este sentido pueden aportar mucho en el campo de la catequesis, la liturgia, la administración o la evangelización de los alejados.

No se sientan esclavos de nadie. Si encuentran dificultad para realizarse en un determinado lugar, vayan a otro (Cf. Lc 10, 10). Así podrán realizarse plenamente y dar lo mejor de sí, evitando el peligro de un desgaste constante en situaciones de conflicto, rechazo o imposición.
Conozcan sus derechos como miembros de la Iglesia y háganlos respetar. Que no vaya a pasar que, mientras estén luchando por la afirmación de la dignidad humana en la sociedad, al interior de la Iglesia, por cobardía o un malentendido espíritu de obediencia y fidelidad, permitan cualquier tipo de atropello.
Al contrario, si quieren dar un mejor servicio a la Iglesia, tienen que luchar para que, también dentro de la Iglesia, se respeten los derechos humanos y se pueda llegar a establecer alguna institución específica al respecto.

Grupos Apostólicos y Movimientos Eclesiales

Es donde mayores oportunidades tienen de organizarse autónomamente y planear acciones concretas más conformes a su manera de ver las cosas. Como se dan cuenta, la Iglesia necesita estructuras nuevas, que le permitan actuar con mayor incidencia en el mundo de hoy. Pues bien, ustedes tienen la oportunidad de organizarse de manera tal que todos y cada uno de ustedes tenga la oportunidad de realizarse plenamente y ofrecer al mismo tiempo a la Iglesia un servicio más especializado en las distintas áreas, contando con los recursos de sus mismas instituciones.

Pues bien, para que su presencia dé a la Iglesia los frutos esperados, los invito a ser creativos a lo máximo, ensayando nuevos métodos de apostolado y creando nuevas estructuras de evangelización, que sirvan de estímulo para el actual aparato ministerial de la Iglesia, atrapado muchas veces en moldes de otros tiempos y casi asfixiado.
Que no le tengan miedo a la resistencia que les pueda venir de parte de algunos miembros del clero, celosos de sus prerrogativas y temerosos ante todo lo que sabe a novedad y puede representar un peligro para su seguridad y prestigio. Que se den cuenta de que no se trata de competencia, sino de colaboración en una misión que es tarea de todos los miembros de la Iglesia.
Una de las condiciones esenciales para vivir y actuar con libertad, según el propio carisma, es poder contar con instalaciones propias y medios propios de subsistencia.

Centros de formación

Para que puedan ir formándose cada día mejor con miras a ofrecer un mejor servicio a la Iglesia y a la sociedad, es oportuno que ustedes mismos intervengan en la formulación y aplicación de los programas o cuenten con centros de formación propios. Solamente así será posible garantizar una preparación práctica, no solamente teórica, con análisis precisos de la realidad y entrenamiento para enfrentar y resolver los problemas reales, que nos están afectando como Iglesia y sociedad, fijándose más en los resultados concretos que en las buenas intenciones.

Conclusión

Hay voces recurrentes que hablan de una nueva época en la historia de la Iglesia, en que el papel del laico será determinante. Adelante, pues, con valentía y espíritu de creatividad. A ver qué nos depara el Espíritu.

Siempre unidos en la oración y el común ideal, que es la misión.

Atentamente,

Tuxtepec, Oax., 21 de marzo de 2008.
VIERNES SANTO- INICIO DE LA PRIMAVERA

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miércoles, 19 de junio de 2024

NECESITAMOS VOLVER AL ESPÍRITU DE LA IGLESIA PRIMITIVA 🐟🕀

Necesitamos volver al espíritu de la Iglesia primitiva

VOLVER  A  LA  IGLESIA  PRIMITIVA

Cuando surgen las dificultades, las dudas y las incertidumbres en la fe, debemos volver al origen. Esto es lo que tenemos que hacer cuando nos planteamos los objetivos (misión) de nuestra comunidad cristiana: echar la mirada atrás a las primeras comunidades de la Iglesia primitiva (visión).
El Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los apóstoles, nos da una idea de cómo los primeros cristianos comenzaron a proclamar el Evangelio, lo que hacían y nos muestra numerosos rasgos esenciales de la
Iglesia de Cristo que debemos imitar:

Llenarse de Espíritu Santo

"Se les aparecieron como lenguas de fuego,
que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo
y comenzaron a hablar en lenguas extrañas,
según el Espíritu Santo les movía a expresarse".
(Hechos 2, 3-4 ).


Los cristianos no sólo hablamos de Dios; le experimentamos. Esto es lo que hace que la iglesia sea diferente de cualquier otra organización en el planeta: que tenemos el Espíritu Santo.
Nuestro gobierno no tiene el Espíritu Santo. Las ONGs no tienen al Espíritu Santo. Ninguna otra organización tiene el poder de Dios en ella. Dios prometió su Espíritu para ayudar a su Iglesia. La Iglesia tiene y se llena del poder de Dios.

Cuando se refiere a "hablar en lenguas extrañas" quiere decir hablar en el idioma de quienes nos escuchan. La gente realmente escuchaba a los primeros cristianos hablar en sus propios idiomas, ya fuese en farsi, en swahili, en griego o lo que fuera.

El Plan de Dios es para todos. No es sólo para los judíos. Pero no sólo se refiere a idiomas de sus países de origen sino a hablar en el lenguaje que cada persona entiende.
¿Estamos usando otros "lenguajes" para llegar a la gente?

Utilizar los dones de todos

"Entonces Pedro, en pie con los once,
les dirigió en voz alta estas palabras:
"Judíos y habitantes todos de Jerusalén: percataos
bien de esto y prestad atención a mis palabras. ...
Y haré aparecer señales en el cielo y en la tierra:
sangre, fuego y columnas de humo. ...
Pero el que invoque el nombre del Señor se salvará".
(Hechos 2, 14, 19, 21).

En la iglesia inicial no había espectadores; el 100% de las personas participaban en proclamar el Evangelio de Jesús. Y, aunque igual que entonces, no todos estamos llamados a ser sacerdotes, todos estamos llamados a servir a Dios. Por tanto, debemos esforzarnos para que todos participen. La pasividad no es una opción. Si alguien quiere sentarse y ser servidos por los demás, que busquen otro sitio.

Ofrecer una verdad que transforma


La iglesia primitiva no ofrecía una nueva psicología, ni un moralismo cómodo, ni una espiritualidad agradable. Ofrecía la verdad del Evangelio que tiene el poder de cambiar vidas. Ningún otro mensaje transforma vidas. Cuando la verdad de Dios entra en nosotros, es cuando nos transformamos.

En Hechos 2, Pedro dio el primer sermón cristiano, citando el libro de Joel del Antiguo Testamento y afirmando que la iglesia primitiva se dedicó a la "enseñanza de los apóstoles".

Crear comunidad

"Eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles,
en la unión fraterna, en partir el pan y en las oraciones".
(Hechos 2, 42). 

 

En la iglesia del primer siglo, los cristianos se amaban y cuidaban unos a otros. La iglesia no es un negocio, ni una ONG ni un club social. La Iglesia es una familia. Para que nosotros experimentemos el poder del Espíritu Santo como en la Iglesia primitiva, tenemos que convertirnos en la familia que ellos eran.

Vivir la Eucaristía

"Todos los días acudían juntos al templo,
partían el pan en las casas,
comían juntos con alegría y sencillez de corazón"
(Hechos 2, 46).

Cuando la Iglesia primitiva se reunía celebraban la Eucaristía, conmemorando la última cena "con alegría y sencillez de corazón". Debemos entender y enseñar que la Eucaristía es una celebración. Es un festival, no un funeral. Es el banquete de Dios. Cuando la Eucaristía es alegre (y litúrgicamente rigurosa), la gente quiere estar allí porque buscan alegría.
¿Crees que si nuestras iglesias estuvieran llenas de corazones alegres, de palabras alegres y de vidas llenas de esperanza, atraeríamos a los alejados?

Compartir según la necesidad

"Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común;
vendían las posesiones y haciendas, y las distribuían entre todos,
según la necesidad de cada uno" (Hechos 2, 44-45).


La Biblia nos enseña a hacer generosos sacrificios por el bien del Evangelio.
Los cristianos durante el Imperio Romano fueron la gente más generosa del imperio y eran famosos por su desprendimiento.
Literalmente lo compartían todo, "según la necesidad de cada uno". Incluso la vida. Muchos murieron por la fe en el Coliseo romano.

Crecer exponencialmente

"Alabando a Dios y gozando del favor de todo el pueblo.
El Señor añadía cada día al grupo a todos
los que entraban por el camino de la salvación"
(Hechos 2,47).

Cuando nuestras iglesias demuestran las primeras seis características de la iglesia primitiva, el crecimiento es automático. La gente veía a los primeros cristianos como extraños, pero les gustaba lo que éstos hacían.
Veían el amor que se tenían los unos por los otros, los milagros que ocurrían delante de ellos y la alegría que irradiaban. Querían lo que los cristianos tenían. Y
la Iglesia crecía exponencialmente

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EL CLERO Y EL LAICADO NO EVANGELIZAN
PORQUE NO ESTÁN EVANGELIZADOS


VOLVER AL COMIENZO: LA NOVEDAD DE JESÚS.
TODOS SOMOS SACERDOTES
Y COEXISTENCIA DE DOS ECLESIOLOGÍAS

domingo, 6 de diciembre de 2020

¿HEMOS PERDIDO NUESTROS SENTIDOS? EN BUSCA DE LA SENSIBILIDAD CREYENTE 👀👂👃✋💋💕

¿Hemos perdido nuestros sentidos? 
En busca de la sensibilidad creyente.

«Despierta, tú que duermes, 
levántate de entre los muertos 
y la luz de Cristo brillará sobre ti». 
Ef 5,1-20

Los sentidos y la sensibilidad son las vías que tenemos a nuestra disposición para percibir la realidad: desde la realidad más simple hasta la realidad misma de Dios. Nos pertenecen para hacer resonar «realidad y Dios» dentro de nosotros y hacernos volver después a la realidad y a Dios con el corazón dilatado.

Debido a la progresiva desaparición de la sensibilidad de nuestro bagaje espiritual, necesitábamos ser llevados de la mano para redescubrir psicológica, filosófica y teológicamente lo que es más peculiarmente humano. Una base rigurosa, a la vez que de agradable lectura, estructura el libro, cuyo autor nos introduce, gracias a un núcleo de definiciones y clarificaciones, en varias tipologías de sensibilidad y nos hace llegar después a la sensibilidad de Dios. La segunda parte del volumen está toda ella orientada a la formación mediante la invitación a cultivar los sentidos, uno por uno, a la luz y al calor de la espiritualidad, y concluye con la propuesta de un sólido itinerario formativo de la sensibilidad.

La tentación del mundo virtual, la cultura de la apariencia, los retos de lo cotidiano... pueden afrontarse con éxito si enraizamos los sentidos y la sensibilidad en la inteligencia y en la afectividad madura; si alabamos a Dios por los sentidos y por la sensibilidad. Él está con quien «siente» en su nombre; con quien dispensa atención y cuidado en su nombre; con quien teje vínculos de solidaridad, comunión y compasión profunda en su nombre. Con quien ama en su nombre.

PREFACIO 

De la raíz griega: "Sensación", "sensibilidad", "percepción mediata de los sentidos" nace el término "estética". Así, la contemplación y la producción de la Belleza tienen su origen en el cultivo de los sentidos y la sensibilidad. Ésta, en síntesis absoluta, es la materia de la que está hecho el libro de Amedeo Cencini, que ha de leerse todo de un una sola vez y luego releerse con calma meditativa. 

El libro nos dice cómo estamos poniendo en peligro de adormecer estos dos dones extraordinarios, cuán indispensable es hoy día orientarlos al Bien, y cuánto debemos enriquecerlos de sentido alimentándolos directamente por el encuentro con Dios. 

Los sentidos y la sensibilidad son los caminos que tenemos a disposición para percibir la realidad: desde la más sencilla hasta Dios. Nos pertenecen para hacer que resuenen la "realidad y Dios" dentro de nosotros y para hacernos regresar luego a la realidad y a Dios con el corazón dilatado. 

Amedeo Cencini nos ha hecho un regalo. Debido a la progresiva desaparición de la sensibilidad de nuestro bagaje espiritual, necesitábamos que se nos tomara de la mano para redescubrir, desde las vertientes psicológica, filosófica y teológica, lo que es mayormente propio del ser humano. Una estructura rigurosa y, al mismo tiempo, de lectura agradable, conforma el libro, cuyo autor utiliza un esprit de géométrie y un esprit de finesse para adentrarnos, gracias a un núcleo de definiciones y clarificaciones, en varias tipologías de sensibilidad y para hacernos luego arribar a la sensibilidad de Dios. La segunda parte de la obra está orientada francamente a la formación mediante la invitación a cultivar los sentidos, uno a uno, a la luz y al calor de la espiritualidad y se concluye con la propuesta de un itinerario sólido y formativo de la sensibilidad.

No perdamos nada de lo escrito. La óptica humanista y espiritual al mismo tiempo, típica del autor, nos entusiasma en el descubrimiento -que, en cierta manera, podría llamarse pionero- del cuidado de los sentidos y la sensibilidad. Tenemos ganas de nuevos ojos para contemplar, de nuevos oídos para escuchar y de palabras justas para consolar y orar. Las páginas de este libro ponen, además, en paralelo el ser consagrado con el ser firmemente sensibles: personas con sentidos abiertos de par en
par que viven cada encuentro, cada cosa y vínculo con alegría y devoción concentrada.

La tentación de lo digital, la cultura de la apariencia, los retos de lo cotidiano pueden ser confrontados con éxito si arraigamos los sentidos y la sensibilidad en la inteligencia y la afectividad madura. Si los cultivamos porque queremos afinar la vida de comunidad y de familia. Si nos formamos y formamos a los demás a producir Belleza.

Nunca "apagados", entonces. Y alabado sea Dios por los sentidos y la sensibilidad. Él está con quien "siente" en su nombre; con el que concede atención y cuidado en su nombre. El quien teje vínculos de solidaridad, comunión y compasión comulga en su nombre. Con quien ama en su nombre.
Prólogo 

DEL "HOMO SAPIENS" AL "HOMO INSENSATUS 

No todos se han dado cuenta, por la sencilla razón de que, para comprender que estamos perdiendo los sentidos, sirven... los sentidos; es preciso, por lo tanto, estar muy atentos, despiertos y vigilantes para darse cuenta de que alguien o algo se le está de alguna manera quitando, o que por cualquier motivo estamos desaprendiendo su ejercicio. Para tener semejante tipo de atención es preciso tener sentidos en condición de desarrollar su trabajo, el de garantizar la relación con la realidad. ¿Cómo pueden nuestros sentidos permitirse descubrir que los estamos perdiendo si... en efecto los estamos perdiendo, o si no están ya funcionando como deberían? 

Y, sin embargo, parece ser precisamente así. 

Quizá sea el elemento que de verdad caracteriza a esta nuestra época, clasificable de manera diversa si se la mira desde diferentes ambientes culturales, pero que es semejante en varios contextos de este fenómeno tan globalizante como deshumanizador: la pérdida de los sentidos. Ya lo decía Iván Illich, pero su grito no fue escuchado1. Pareció ser pesimista y excesivo, no lo suficientemente justificado por la realidad. De hecho, la suya fue al menos una anticipación a los tiempos, muy acertada y que se está realizando. Hoy, en efecto, tenemos muchos elementos para confirmar ese diagnóstico o comprobación. Desafortunadamente. 

La gran anestesia 

Hay quien la llama "la gran anestesia de los sentidos humanos"2. Y la describe así, captando ya su contradicción interior: 
Tenemos los ojos llenos de imágenes y cada vez nos volvemos más miopes; estamos completamente arrollados por los sonidos y ya no oímos nada. El perfume de las cosas es un recuerdo vago: asumimos sustancias que hacen que el olfato se vuelva inservible. Lo tocamos todo, y no logramos que seamos "tocados" por nada; la intimidad de la alegría, la intimidad del dolor, nuestro y de los demás, la conocemos solamente como excipiente del spot que nos ha de vender algo. Ya no conocemos sus secretos, sus tiempos, las emociones, los impulsos de verdad que nos llegan al corazón, y los lapsos de larga duración que nos aficionan para siempre3
Hay quien capte de nuevo, como Pisarra, la paradoja íntima de este fenómeno, pero a un nivel aun más radical y lo describe en términos coloridos: 
Perdimos los sentidos. Los perdimos casi sin darnos cuenta, cuando todo a nuestro alrededor parecía indicar su triunfo: culto del cuerpo, exaltación de la sensualidad, en un frenesí de consumo, de viajes y experiencias paroxísticas. Los perdimos. (...) De los sentidos, los verdaderos, quedan solamente máscaras pálidas, sucedáneas, insípidas e indigestas mixturas. Inundados de imágenes, aturdidos por el ruido, embrutecidos por la trivialidad y la vulgaridad, anestesiados por los desodorantes y perfumes, atontados por los tranquilizantes, nos hemos encontrado, de un día para otro, con una serie de prótesis sofisticadas (celulares, cámaras fotográficas microscópicas...) y cada vez más  insensibles: extraños al dolor del mundo y, sin embargo, listos a derramar una lágrima de compasión cuando la muerte se hace espectáculo4
Le hace eco el psiquiatra Risé que explícita un complemento paradójico de este fenómeno, o sea la extraña relación con el cuerpo, al límite del rechazo de él, en contraste con el aparente culto del mismo cuerpo: 
El hombre moderno ha soñado con sustituir los sentidos con instrumentos tecnológicos, con centrales de información precisas, listas a conectarse según su deseo u orden. Se ha realizado así la fantasía de conectar directamente la mente humana al mundo, dejando de lado el cuerpo, fardo siempre embarazoso y, después del abandono de los sentidos, terreno de caza de la cosmética y la cirugía estética5
¿Y qué quiere decir "perder los sentidos"? 

Significa que "de ellos perdemos no sólo el placer, sino también el control, no sólo la fiesta, sino también el apoyo, la sustancia, la solemnidad"6

Significa, de manera más precisa y dramática, que corremos el peligro de volvernos insensibles, de perder otra dimensión o componente típica de nuestra humanidad: la sensibilidad. Casi pasando del homo sapiens al homo insensatus, literalmente "sin sentidos".

"Los indiferentes" 

Volvamos una vez más al análisis eficaz de Sequeri: 

Se oscurecen los sentidos y perdemos el alma. La razón es sencilla. Nuestros sentidos fueron hechos para las cualidades del espíritu: vacíalos metódicamente de esta vitalidad, y los encontrarás tan apagados que te dará lástima. Figúrate el espíritu. Es lo que llamamos, sencillamente, sensibilidad de las personas humanas: teniendo en cuenta la cualidad más alta y preciosa de ser humanos... La sensibilidad humana está bajo fuego. Desubicada y burlada y, apenas sea posible, quirúrgicamente extirpada7

Pisarra lo reconoce y denuncia explícitamente, como ya lo vimos: si nuestros sentidos, los cinco valores fundamentales de nuestro cuerpo, son ayudados por cientos de prótesis, protecciones, provisiones..., por otra parte nosotros nos volvemos cada vez más insensibles: 
Ajenos al dolor del mundo y, sin embargo, listos a derramar una lágrima de compasión cuando la muerte se vuelve espectáculo, cuando -como en un estudio televisivo- se enciende la lucecita por la muerte de Lady D o por la última masacre en Iraq8
El escritor Ferdinando Camón llega a la misma conclusión, pero por otro camino: 
Tenemos tres novelas propias de esta época, tres grandes obras de estos tiempos que presagiaban el "mal moral" que nos envenenaría. Son: Los indiferentes de Moravia, La Náusea de Sartre y El extranjero de Camus. A menudo me he preguntado cuál de las tres obras nos representa mejor. Y respondo: Los indiferentes. La Náusea es un rechazo del mundo (lo vomitamos), el ser ajenos es una separación (somos extraños para el mundo). Con la indiferencia vemos y sentimos, pero no nos perturbamos. El cerebro y los nervios son apáticos. Los demasiados mensajes los han des-sensibilizado. La abulia moral es una práctica corriente9
Oído musical 

Finalmente, otra indicación sumamente interesante al respecto es la que nos viene de Benedicto XVI quien, en la homilía de la Misa de Medianoche de la Navidad del 2009, al confrontar la actitud vigilante y atenta de los pastores con nuestras distracciones y disipaciones, llega a decir que "hay personas que dicen ser 'religiosamente privadas de oído musical'". Expresión un poco singular, probablemente ligada a la personalidad especial del papa Ratzinger o, mejor, a su rica sensibilidad (con su bien conocido amor por la música), pero que quiere presentar un fenómeno real y bien preciso: 
En efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo moderno, la gama de nuestras diferentes experiencias son aptas para reducir la sensibilidad hacia Dios, a hacernos "desprovistos de oído musical para Él", como lo reconoce el mismo Pontífice10
¿Y qué viene a ser el "oído musical", sino esa capacidad peculiar de escuchar y reconocer la buena música, de gozarla, de captar dentro del misterio, lo que no se puede decir sólo con la palabra hablada o escrita, y de permanecer fascinado por la singular sonoridad armoniosa de la belleza y de la verdad? ¿No es acaso el "oído musical" la tentativa, humilde e ingeniosa, de reproducir y "crear" esa buena música con la propia sensibilidad creativa por definición? Y además, ¿no es también el "oído musical" la capacidad de estar entonado, es decir, de entrar en-tono, en sin-tonía, con la música y sus reglas, con la "música de Dios" y sus notas (incluidos los "accidentes", con su divina melodía y armonía, "cantando" al unísono con Él y por Él un canto siempre nuevo, sin desentonación ni desfiguración? Y si nada menos "Dios es música, misteriosa e inefable armonía, acorde perfecto"11, ¿la sensibilidad humana no es quizá nota, pequeña nota de este acorde grande y armonioso? 

En resumen, el cuadro parece bastante bien trazado en sus líneas esenciales o en sus polaridades: por un lado, existe esta situación de oscurecimiento de los sentidos, ligado probablemente a una sobreexposición e hiperestimulación de ellos, y también a un extraño rechazo del cuerpo, más allá de las apariencias, pero que de manera inevitable ha llevado a la trivialidad de los unos y del otro, y a la pérdida de su función. Por otro lado, consecuencia aún más grave -si es posible- de esta pérdida de los sentidos, otra pérdida, la de la sensibilidad. 

En este libro quisiéramos entender el significado de este fenómeno, por lo que quiere decir a nivel psicológico y existencial, pero también religioso y creyente. La fe, en efecto, no es ciertamente insensibilidad, por el contrario, ella está hecha (también) de sensibilidad, o es una manera precisa de vivir la propia sensibilidad. 

Por una parte, en realidad, en cuanto creyentes, tenemos el sentir ("el pensar") de Cristo (cf. ICo 2,16), por otra, estamos llamados a tener en nosotros los mismos sentimientos del Hijo (cf. Flp 2, 5). Es decir, existe una gracia de conformación a Cristo difundida en nuestros corazones, pero al mismo tiempo tendremos que llegar a convertir también nuestra sensibilidad, "la cualidad más alta y preciosa del ser humano"12, para poseer la del Hijo y ser hombres como Él. 

1 ILLICH, I. La perte des sens. París, 2004. 
2 SEQUERI, P. "La bellezza di Dio e i suoi segni ci conservano il mondo". En: Avvenire, 18/11/2009, p. 2. 
3 Ibtd. 
4 PISARRA, P. II giardino delle delizie. Roma, 2009, p. 15. 
5 RISÉ, C. Guarda tocca viví. Riscoprire i sensi per essere felici. Milán, 2011. 
6 TOSCANI, C. "Pisarra e l'ineffabili 'sesto senso' del vero cristiano". En: Avvenire, 27/04/2010, p. 29. Es también el temor del cantante Jovanotti en su canción Fango: "El único peligro que siento verdaderamente es el de no lograr ya sentir nada". 
7 SEQUERI, P. "La belleza". Op. cit., p. 2. 
8 PISARRA, P. Op. cit., p. 15 . 
9 CAMÓN, F. "Ribelliamoci all'indiferenza, male che insidia e che non turba". En: Avvenire, 24/03/2010, p. 2
10 BENEDICTO XVI. Homilía pronunciada en la Basílica Vaticana durante la Misa de Medianoche de la Navidad del Señor del año 2009 (cf. L'Osservatore Romano, 26/12/2009). 
11 PISARRA, P. Op. cit., p. 34
12 SEQUERI, P. "La belleza". Op. cit.



martes, 7 de julio de 2020

PARA UNA NUEVA PASTORAL SACRAMENTAL EN LA IGLESIA 🙏♻⛪


Para una nueva pastoral sacramental 
en la Iglesia 

El P. Carlos Granados entrevista a dos obispos y dos teólogos que dan respuesta a la importancia de los sacramentos.

Durante lo más duro de la epidemia vivimos un ayuno de sacramentos. Un momento crítico para reflexionar qué papel juegan los sacramentos en nuestra vida, y en particular la eucaristía. Para la experiencia del fiel cristiano confinado, ¿es posible una Iglesia sin sacramentos? ¿De qué Iglesia estamos hablando entonces? ¿Qué papel juegan los sacramentos en la vida cristiana?
Hay que dejar claro dos aspectos de este libro. Primero, que se diseñó, y se escribió, antes de la epidemia. Por lo tanto, el motivo de su aparición no está provocado por esa experiencia. Sin embargo da la impresión de que se ha acabado convirtiendo en un libro profético, clave.


SACRAMENTOS, 
NUEVO ORIGEN 

Samuel Aquila 
Juan Antonio Reig Plà 
Karl-Heinz Menke 
José Granados 
en diálogo con Carlos Granados


“La Iglesia del futuro se convertirá en una ‘minoría creativa’. Será una ‘minoría’ abierta al pensamiento sacramental, a la predicación del evangelio, a la lógica de la misión; pero, precisamente por esto mismo, será también un cristianismo de convencimiento, es decir, de personas con hondas y reflexionadas convicciones, capaces precisamente de forjar estas minorías” . (Karl-Heinz Menke)

“Hoy día, el matrimonio se ha convertido en un medio de autorrealización personal que dura solo mientras las dos partes están contentas... En medio de estos retos, el esplendor de la enseñanza de Cristo sigue brillando en el mundo... Los cristianos debemos estar firmes y dar alegre testimonio ante estos nuevos retos, sabiendo que solo el amor y la verdad de Cristo pueden responder adecuadamente”. (Samuel aquila) 
“Hoy, como he dicho en varias ocasiones, los sacerdotes no pueden dedicarse a gestionar la decadencia. Sin dejar de apoyar a las distintas manifestaciones religiosas —no hay que apagar el pábilo vacilante— es necesario volver a crear pequeñas comunidades creativas donde se visibilice la fe, donde la vida sacramental y la liturgia sean también expresivas de la fe y donde se viva el amor concreto a los hermanos generando juntos una cultura cristiana”. (Juan Antonio Reig Plá) 
“El sacramento es un generador de tiempo, a partir de la plenitud del tiempo que es Jesús. Por eso no tiene sentido decir ‘no voy a misa porque no tengo tiempo’. Pues en la misa se nos entrega el sentido del tiempo, y así se genera tiempo, se gana tiempo. Los sacramentos nos comunican, sobre todo, el tiempo del futuro, que es el tiempo de Jesús resucitado. Celebrarlos es entrar, por eso, en la esperanza”. (José Granados)


Presentación 

En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, reunirse para celebrar la Eucaristía. En Abitinia fueron sorprendidos 49 cristianos en plena celebración. Fueron detenidos, sometidos a interrogatorio y finalmente murieron mártires de la fe. Pero durante el interrogatorio cuando el procónsul le preguntó a uno de ellos, Emérito, por qué habían procedido así, dijo una frase que se ha hecho ya célebre: “Sin el domingo, no podemos vivir”; sin la celebración del día del Señor, aquellos cristianos no podían vivir. 
Ellos entendían que incluso en medio de la persecución más cruel, cuando celebrar los sacramentos era ponerse en peligro de muerte, no podían dejar de hacerlo. ¿Cómo están las cosas en nuestro cristianismo presente, asediado por el espíritu de la posmodernidad? La pandemia (más bien la epidemia) del coronavirus, que venimos de padecer, nos ha hecho sin duda reflexionar también sobre esto. El “ayuno” de sacramentos que hemos vivido, ¿qué significa?, ¿cómo hemos de interpretarlo? Sin duda que es justificado, en un caso así, poner medios razonables para evitar los contagios. Pero, ¿hemos experimentado a la vez ese desgarrón de los primeros cristianos: “sin los sacramentos no podemos vivir”? 

El presente libro se planeó antes de la crisis del coronavirus, hace ya bastantes meses, cuando éramos incapaces de imaginar esta nueva situación; se gestó, como tantas cosas buenas de la vida, en el seno de muchas conversaciones y en el marco de la “amistad intelectual” que vivimos en los Discípulos de los Corazones de Jesús y María. El tema de los sacramentos aparece como uno de los ejes centrales del cristianismo de todos los tiempos. Pero quizás se ha hecho más urgente en nuestra sociedad líquida, que tiende a disolver lo real y a apartarnos de la lógica de los sacramentos, anclada sólidamente en signos visibles. 

El formato libro-entrevista es siempre un modo ágil y dinámico de poder plantear grandes temas haciendo el contenido más accesible. Es el formato elegido aquí. En cuanto a los entrevistados, me permitiré a continuación decir brévemente algo sobre cómo se planteó la entrevista. 

En primer lugar, está la entrevista a monseñor Aquila, arzobispo de Denver. Sin duda, se trata de una de las figuras descollantes en Estados Unidos en cuanto al modo de enfocar una pastoral basada en los sacramentos, sobre todo en la iniciación cristiana, como fuente de renovación eclesial. A principios de marzo de 2019 me recibió amablemente en Denver, donde pudimos conversar. La entrevista se realizó en inglés y ha sido luego transcrita, revisada personal y muy atentamente por el propio monseñor Aquila y, finalmente, traducida. A las 14:00, una hora extraña para un español, pero habitual en Estados Unidos, nos encontramos en su despacho. Con su voz grave y clara, Mons. Aquila es un hombre de palabra cordial y certera. Se percibe enseguida su alma de pastor, atenta a las cuestiones que realmente importan para la salud espiritual de las personas a la luz de Dios. Le gusta entrar en las preguntas y desarrollarlas en todas su implicaciones, por ello la entrevista se alargó más de lo previsto y algunas preguntas se tuvieron que completar después. Nacía, al terminar esta conversación, una gran gratitud hacia Mons. Aquila que, en medio de una agenda muy cargada, dedicó no solo este tiempo, sino más aun después para las revisiones, a este libro. 

El segundo entrevistado es monseñor Reig Plà. Ha sido una de las figuras señeras en el ámbito de la pastoral matrimonial en España, pero también en lo que respecta a la iniciación cristiana y al vínculo entre pastoral y sacramentos. No había necesidad de viajar mucho, en esta ocasión, porque la entrevista tuvo lugar en Alcalá, cerca de Madrid. Monseñor Reig Plà, en realidad, había escrito de su puño y letra todas las respuestas a las preguntas previamente enviadas. De suerte que cuando nos vimos, hubiera bastado con darme aquel manuscrito de 20 folios. Pero no fue así. Fuimos leyendo y releyendo cada una de las preguntas y las respuestas. Con su habitual cordialidad, Monseñor Reig Plà no quería solo entregarme un fajo de respuestas, quería comentarlas, dialogarlas. Con su letra de buen escribano, Don Juan Antonio había cubierto los folios a lápiz, en líneas bien derechas, todo con mucho esmero; y sobre todo con una gran profundidad y claridad de pensamiento. La entrevista fue luego revisada y corregida nuevamente. Pero ya allí en su despacho, con goma en ristre, monseñor Reig Plà iba leyendo, corrigiendo, preguntando, comentando… 

Para el tercer entrevistado tuve que viajar a Bonn. Allí vive el profesor, ya emérito, Karl-Heinz Menke. En realidad, él había sido, en parte, responsable de la elección del tema, pues su libro Sacramentalidad. Esencia y llaga del catolicismo, había sido una lectura importante para comprender la centralidad de este asunto. Me acompañó un amigo sacerdote, don Raúl Orozco, en este viaje a la ciudad de Beethoven. Le agradezco, no solo el haberme puesto en contacto con el profesor Menke, sino también su participación fecunda en la conversación, que dio luces y contenidos nuevos. El profesor Menke nos recibió en su casa. La entrevista se alargó y tuvimos que hacer una pausa para la que había preparado té y un bizcocho alemán muy sabroso. Fueron unas horas deliciosas, en las que, hablamos de muchas más cosas de las que recoge la entrevista. Finalmente, el profesor nos invitó a cenar en un restaurante cercano, y acabamos ya tarde, contentos de aquel tiempo compartido. El profesor Menke no es un frío intelectual, encerrado en su biblioteca. Quien le conoce, percibe enseguida la profunda humanidad que generan el sano pensamiento y la doctrina cristiana. La buena teología se demuestra siempre vehículo de una humanidad cabal. Y esto puede testimoniarlo también el encuentro personal con el profesor Menke. 

El cuarto entrevistado es el profesor José Granados. Ha sido autor de numerosas publicaciones sobre el tema de los sacramentos, es catedrático de Teología del Sacramentos del Matrimonio en el Pontificio Instituto Teológico san Juan Pablo II para las ciencias del Matrimonio y la Familia (Roma), y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En este caso, no hicieron falta largos desplazamientos, porque el entrevistado era, al mismo tiempo, hermano. La objetividad de los hechos y la importancia de la luz que en numerosas publicaciones e intervenciones ha dado el profesor Granados, justificaban ámpliamente la elección. El texto y la entrevista no defraudaron. Con un estilo profundo, pero a la vez enormemente didáctico, el profesor Granados nos desvela el plan del Creador, que ha querido introducirnos desde el origen en una lógica sacramental, en un mundo en que los sacramentos sacan a la luz el destino último de lo creado. 

No querría acabar estas palabras sin agradecer también al padre José Noriega su interés en este libro y su contribución a él. Con su visión siempre provocadora ha ayudado decisívamente a que el texto final tenga sabor. También, por supuesto, agradecer su tiempo y su dedicación a los cuatro entrevistados, autores de este texto. 

Dicen que en cierta ocasión los jasidim (judíos ortodoxos) le pidieron al Rabbi de Kozk que escribiera un libro. Él calló un momento. Luego dijo: “Pongamos que yo haya escrito un libro; ¿quién lo comprará? Lo comprarán los nuestros. Y, ¿cuándo encontrarán tiempo para leer un libro los nuestros, que durante toda la semana están hundidos por la fatiga de ganarse el pan de cada día? Encontrarán tiempo el sábado. Y, ¿cuándo encontrarán tiempo el sábado? Antes de nada tendrán que ir al baño, luego estudiar, rezar, y luego vendrá la comida del sábado. Después de la comida del sábado encontrarán tiempo para leer un libro. Se sentarán en su sillón, tomarán en sus manos el libro y lo abrirán. Y, como están llenos y adormilados, se dormirán, y el libro caerá al suelo. Y ahora decidme, ¿por qué debería escribir un libro?”. 

Ciertamente, escribir un libro es arriesgarse a este triste destino que apunta el Rabbi de Kozk. Pero creo, también, que un buen libro es capaz de abrir espacios nuevos de lectura, de generar tiempo nuevo para leerlo. En todo caso, yo concibo un libro, más como una compañía que como una carga. Y estoy seguro de que el lector va a encontrar en este libro muy buenos compañeros de conversación, cuatro grandes personalidades para profundizar sobre un tema del que pende toda nuestra fe. 




El libro «Sacramentos, nuevo origen» consta de 4 entrevistas a monseñor Aquila, arzobispo de Denver, a monseñor Reig Plà, obispo de Alcalá de Henares, Madrid, al profesor, ya emérito, Karl-Heinz Menke y al profesor José Granados catedrático de Teología del Sacramentos del Matrimonio y consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

domingo, 31 de mayo de 2020

🔥 PENTECOSTÉS 🔥: SUGERENCIAS DEL ESPÍRITU PARA LOS CRISTIANOS DE HOY

Pentecostés:

sugerencias del Espíritu para los cristianos de hoy
Las palabras del Papa Francisco sobre el Espíritu Santo, "el desconocido de nuestra fe" que obra todo de forma oculta: dona la alegría, la paz, el amor, nos hace vivir como resucitados, como hijos de Dios. Gracias a Él podemos considerarnos hermanos.

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El Espíritu Santo lo hace todo, pero no se le ve. Se pueden ver sus efectos, pero se necesita un corazón abierto. Es humilde, Amor oculto, es Dios. Habla todos los días, en silencio, en medio de nuestro ruido. Necesitamos hacer silencio para escucharlo. ¿Pero quién es y qué nos dice el Espíritu?

Sin el Espíritu Santo no somos cristianos

Es "el desconocido de nuestra fe" dice el Papa Francisco (Homilía en Santa Marta, 13 de mayo de 2013): sin embargo, sin Él no somos cristianos, no existe la Iglesia ni su misión. Sin Él vivimos una doble vida: cristianos en palabras, "mundanos" en hechos.

El Espíritu nos hace vivir como resucitados

El Espíritu "no es una cosa abstracta", es una Persona que nos cambia la vida: como les sucedió a los apóstoles, todavía temerosos y encerrados en el Cenáculo, a pesar de haber visto a Jesús resucitado, y después de Pentecostés "impacientes por llegar a límites desconocidos" para anunciar el Evangelio, sin miedo a dar la vida. "Su historia nos dice que incluso ver al Resucitado no es suficiente si no lo acogemos en nuestros corazones. No sirve saber que el Resucitado está vivo si no se vive como un resucitado. Y es el Espíritu que hace que Jesús viva y reviva en nosotros, que nos resucita" (Homilía de Pentecostés, 9 de junio de 2019).

Nos convertimos en hijos de Dios y hermanos entre nosotros gracias al Espíritu

La nueva vida, la verdadera vida de resucitados, es "restablecer nuestra relación con el Padre, arruinada por el pecado". Esta es la misión de Jesús: "sacarnos de la condición de huérfanos y devolvernos a la de hijos" amados por Dios. "La paternidad de Dios se reactiva en nosotros gracias a la obra redentora de Cristo y al don del Espíritu Santo". Es gracias a esta relación con el Padre y con el Hijo que "el Espíritu Santo nos hace entrar en una nueva dinámica de fraternidad. A través del Hermano universal, que es Jesús, podemos relacionarnos con los demás de una manera nueva, ya no como huérfanos, sino como hijos del mismo Padre bueno y misericordioso. ¡Y esto cambia todo! Podemos vernos como hermanos". (Homilía de Pentecostés, 15 de mayo de 2016).

El hombre espiritual trae armonía donde hay conflicto

Nosotros debemos siempre disminuir, Jesús siempre debe crecer en nosotros. El riesgo es usar a Cristo más que servirle. El camino es salir de nosotros mismos, lejos de nuestro egocentrismo. Esto es posible gracias a la oración que el Espíritu Santo suscita en nosotros. "Cuando rompemos el cerco de nuestro egoísmo, salimos de nosotros mismos y nos acercamos a los demás para encontrarlos, escucharlos, ayudarlos, es el Espíritu de Dios que nos ha impulsado. Cuando descubrimos en nosotros una extraña capacidad de perdonar, de amar a quien no nos quiere, es el Espíritu el que nos ha impregnado" (Homilía en Estambul, 29 de noviembre de 2014). El que vive según el Espíritu " lleva paz donde hay discordia, concordia donde hay conflicto. Los hombres espirituales devuelven bien por mal, responden a la arrogancia con mansedumbre, a la malicia con bondad, al ruido con el silencio, a las murmuraciones con la oración, al derrotismo con la sonrisa". "Para ser espirituales" hay que poner la mirada del Espíritu "antes que la nuestra" (Homilía de Pentecostés, 9 de junio de 2019).

El Espíritu crea unidad en la diversidad

La división entre los cristianos es uno de los grandes escándalos que nos aleja de la fe. El diablo divide, mientras que "el Espíritu hace que los discípulos sean un pueblo nuevo", porque "crea un corazón nuevo". “A cada uno da un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad", " la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia". Es necesario resistir "dos tentaciones frecuentes". La primera es buscar la diversidad sin unidad. Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes… quizás considerándonos mejores… nos convertimos en unos «seguidores» partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu; cristianos de «derechas o de izquierdas» antes que de Jesús; guardianes inflexibles del pasado o vanguardistas del futuro antes que hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Así se produce una diversidad sin unidad. En cambio, la tentación contraria es la de buscar la unidad sin diversidad" y todo se convierte en “uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera”. En cambio, el Espíritu "crea la diversidad" y luego "realiza la unidad: conecta, reúne, recompone la armonía" (Homilía de Pentecostés, 4 de junio de 2017).

El Espíritu del perdón es el pegamento que nos mantiene unidos

La unidad es posible en el perdón. "Jesús no los condena, a pesar de que lo habían abandonado y negado durante la Pasión, sino que les da el Espíritu de perdón. El Espíritu es el primer don del Resucitado y se da en primer lugar para perdonar los pecados. Este es el comienzo de la Iglesia, este es el aglutinante que nos mantiene unidos, el cemento que une los ladrillos de la casa: el perdón. Porque el perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que mantiene unidos a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece. El perdón libera el corazón y le permite recomenzar: el perdón da esperanza, sin perdón no se construye la Iglesia. El Espíritu de perdón, que conduce todo a la armonía, nos empuja a rechazar otras vías: esas precipitadas de quien juzga, las que no tienen salida propia del que cierra todas las puertas, las de sentido único de quien critica a los demás. El Espíritu en cambio nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y del perdón recibido" (Homilía de Pentecostés, 4 de junio de 2017).

Dios nos habla todavía hoy

El Espíritu de verdad nunca deja de hablar, nos hace entrar cada vez más plenamente en el significado de las palabras de Jesús. Es la novedad del Evangelio, de una Palabra siempre viva, porque el cristianismo, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, no es una "religión del Libro", "una palabra escrita y muda", sino de la Palabra de Dios, es decir, el Verbo encarnado y vivo. "La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos. Y esto nos sucede también con Dios. Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos. Pero, en toda la historia de la salvación, cuando Dios se revela, aparece su novedad… trasforma y pide confianza total en Él" (Homilía de Pentecostés, 19 de mayo de 2013).

Las resistencias al Espíritu Santo: la tentación de domesticarlo

"Pues siempre tenemos la tentación de poner resistencia al Espíritu Santo, porque trastorna, porque remueve, hace caminar, impulsa a la Iglesia a seguir adelante. Y siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles. En realidad, la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo ni domesticarlo. Y también la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo cuando deja de lado la tentación de mirarse a sí misma. Y nosotros, los cristianos, nos convertimos en auténticos discípulos misioneros, capaces de interpelar las conciencias, si abandonamos un estilo defensivo para dejarnos conducir por el Espíritu. Él es frescura, fantasía… que no llena tanto la mente de ideas, sino que hace arder el corazón… y nos lleva a un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender" (Homilía en Estambul, 29 de noviembre de 2014).

La misión es llevar al mundo la alegría del Espíritu

Sin el Espíritu Santo no hay misión. De hecho, la misión no es nuestro trabajo, es un don. La Iglesia tiene necesidad de evangelizadores que se abran "sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresia), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente" (Evangelii gaudium, 259). Se trata de evangelizadores conscientes de que "la misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo" (EG 268). Jesús quiere que "toquemos la carne sufriente de los demás" (EG 270). "En nuestra relación con el mundo estamos invitados a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan con el dedo y condenan" (EG 271). "Sólo pueden ser misioneros los que se sienten bien buscando el bien de los demás, los que desean la felicidad de los demás" (EG 272): "si puedo ayudar a una persona a vivir mejor, esto ya basta para justificar el don de mi vida" (EG 274). La alegría, la paz, el amor, son frutos del Espíritu.



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