EL Rincón de Yanka: LA REALIDAD ECLESIAL ACTUAL

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viernes, 1 de febrero de 2008

LA REALIDAD ECLESIAL ACTUAL

Como cristianos adultos, cristianos activos y comprometidos a la causa de Jesús; como cristianos con vocación de servicio, como Pueblo de Dios; queremos presentar nuestros puntos de vista para la construcción eclesial:

¨ Primeramente, no es fácil sacudirse un clericalismo -por culpa de tod@s nosotr@s- de siglos que ha moldeado y configurado la Iglesia y también nuestras diócesis durante muchos siglos y ahora estamos pagando las consecuencias.

Esto no puede seguir así...

No estamos en una época de cambios, no.

Es un cambio de época, una nueva época. No nos resistamos a la realidad que se percibe desde hace varios años. Es un nuevo paradigma (un nuevo modelo de realidad cultural y social y eclesial).

Sabemos que los límites del lenguaje son los límites del mundo y que los límites de nuestro mundo son los límites de nuestro lenguaje. Así lo enseñó Wittgenstein, filósofo austriaco dedicado al estudio del pensamiento y de la representación lógica de los hechos. Entre sus preocupaciones se encuentra el entender hasta dónde se extiende la realidad que podemos representarnos a través del lenguaje, pues cuanto más amplio -y auténtico- sea el lenguaje que se domina, más extensa y verdadera será la realidad que se proyecte.

Todo nuevo paradigma requiere actualizar y renovar el mismo lenguaje:
darle nuevo –verdadero, auténtico, genuino, legítimo- significado a las palabras o definiciones conceptuales. Por ejemplo: los conceptos IGLESIA, CLERO, LAICO, SEGLAR, SAGRADO, PROFANO, ETC. Tienen que acomodarse o re-convertirse a los nuevos tiempos y, re-significar nuevas realidades...

El mismo concepto de CLERO, que en griego significa “suerte” o porción de herencia, designaba y correspondía a la totalidad de la Iglesia (del Pueblo de Dios), del Pueblo afortunado, el Pueblo cuya suerte es Dios; por eso mismo, son “pueblo sacerdotal” (Apoc. 1,6; 1Pe 2,5)

LAICO no significa “profano” en oposición a una “jerarquía sagrada”, sino simplemente miembro del Pueblo de Dios.

Recordemos que la palabra "fanático", viene del latín "fanum", que significa "templo" o "faro" e incluye a los que están en el templo, a los iluminados que estrujan en sus manos la verdad única y no abrigan ni permiten dudas. Para ellos, todos los que actúan fuera del templo, o de la luz, son "pro fanum", de donde viene "profanos": gente que no respeta lo sagrado. Ellos, en cambio, siempre tratan de fanatizar a los que los apoyan.

Los nuevos paradigmas de concepción del mundo que vamos percibiendo

y emergiendo y, que van cambiando otros paradigmas como en el eclesial, las definiciones de relación diferenciadora y opuestas como clero-laico; sagrado-seglar;

jerarquía-fieles, etc. No tienen sentido opuesto. Tienen relación de pertenecer a la misma unidad, función y complementariedad. O es que, un sacerdote no es miembro del Pueblo de Dios. Esto confunde y no se funda en la realidad.

Como la palabrita SECULARIZACIÓN Y SUS DERIVACIONES:

El término secularización viene de saeculum, SIGLO. Etimológicamente quiere decir que todo lo que pertenece al siglo es secular, que debe ser autopromocionado y respetado como tal. Secularizar significa hacer que el siglo sea lo que es, con todas sus potencias y cualidades. Bueno, históricamente se entendía que la secularización como el polo opuesto de la sacralización; lo secular venía a marcar el mundo opuesto a lo religioso, lo que quedaba fuera de la Iglesia; secularizarse era lo mismo que “pasar de la Iglesia al mundo”. (Esto parece dimensiones de la tercera fase).

La carta pastoral “CLIM” CRISTIANOS LAICOS, CRISTIANOS EN EL MUNDO (1991), de la Conferencia Episcopal Española. Uno se pregunta: los clérigos no son cristianos en el mundo...

Jesús pedía al Padre que no fuéramos del mundo, pero que sí estuviéramos en y por el mundo...

El nuevo título de la carta pastoral sería: Iglesia “por” el mundo “para” Dios.

En el Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia definió su misión en términos de servicio a la persona. Y estimó como deber suyo permanente, para cumplir con fidelidad esa misión: "escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación entre ambas" (Constitución Gaudium et Spes 4).

Sepamos discernir los signos de los tiempos.

Para entender por dónde ha de ir ese discernimiento, es iluminadora la lección que Jesús dio a unos fariseos y saduceos, que trataron de ponerlo a prueba pidiéndole les exhibiese una señal del cielo. (El Señor realizó muchos prodigios por bondad y misericordia; nunca, sin embargo, quiso hacer de mago). Pues bien, a la petición respondió con un reclamo: "Al atardecer ustedes dicen: `Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego', y a la mañana: `Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un rojo sombrío'. ¡Conque saben discernir el aspecto del cielo y no pueden discernir las señales de los tiempos!" (Mt 16, 1-4).

El escrutar tales signos requiere conocer y comprender el mundo concreto en que se vive, sus esperanzas y aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza. Es lo que dicho concilio procuró hacer en un agudo análisis de la humanidad, comenzando por subrayar la aceleración, profundidad y universalidad del cambio histórico-cultural contemporáneo.

El tiempo es creación y don de Dios, como el cosmos. Y cuando en éste aparece el ser humano sujeto consciente y libre, creado "a imagen y semejanza de Dios", como lo refiere el Génesis (capítulos 1 y 2), el tiempo se transforma en historia.

El documento episcopal antes citado afirma, por tanto: la historia que somos y construimos, "no es meramente humana, sino humano-divina". Lo cual plantea al creyente la necesidad de estar atento y "saber leer los signos de los tiempos, es decir, discernir los acontecimientos en una perspectiva de salvación. Esto pide escuchar lo que Dios dice -o reclama- en el acontecer propio y ajeno, pequeño o grande; saber interpretar las líneas gruesas de la historia; percibir al Dios presente o `ausente' (porque lo dejamos a un lado) en los hechos humanos". El mismo documento hace una aplicación muy concreta: el ser humano, por sí solo, no puede conceptuar las tragedias, en términos de simple fatalidad o pura catástrofe.

En efecto, "por la fe -por lo que significa lo que acontece- se convierte en interpelación, examen de conciencia, compromiso solidario e invitación a una esperanza que, en cuanto fundada en Jesucristo, Señor de la Historia, nada ni nadie puede arrebatar" El acontecer no es, en consecuencia, insignificante o mudo; es escritura y locución. Pero hay que saberlo leer y oír. Y su interpretación, para el creyente, requiere un buen discernimiento desde la palabra maestra del evangelio. No es lo mismo ver, que mirar; oír, que escuchar. Ante un hecho denso, no podemos quedarnos en la superficie del dato; hay que ir en profundidad. Dios habla también desde la historia, que es tejido humano en un marco cósmico y con apertura a lo eterno.

A cada generación corresponde desempeñar su propio papel dentro de la Historia de Salvación; una Historia lineal y no cíclica.

¿Qué clase de generación somos?

¿A qué generación nos comparará Nuestro Señor de la Historia?

“Es semejante a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: os tocamos la flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no lamentasteis...” Mt 11, 16-19. Seremos nosotros mismos la generación comparada por Jesús: los pasotas, los aguafiestas, los nihilistas, los muertos en vida, los ciegos y sordos... Los que ni lavan ni prestan la batea...

Porque nosotr@s seremos la generación que estemos dispuestos a ser. Porque somos, probablemente, la última generación; nadie lo sabe; sólo Él.

Como ninguna generación anterior, tenemos el odre adecuado para contener el vino nuevo de Dios. “Porque nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino de derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar, lo uno y lo otro se conservan juntamente” Mt 9,17

De nada sirve tener el odre vacío, como tampoco el vino nuevo en odres viejos. Hemos de tener odres nuevos y vino nuevo para que ambos se conserven juntamente para su buen servicio y disfrute.

Somos, tal vez, la última generación.

Que el Señor nos abra los ojos y los oídos para tomar conciencia de lo que esto significa...

¨ Durante muchos años se ha cultivado una religiosidad muy individualista y egocentrista -no personalizada-, sin ninguna experiencia comunitaria verdaderamente eclesial; abiertos a tod@os, sin exclusiones, sin escalas ni categorías; en igualdad eclesial.

¨ Hay una gran desigualdad entre jerarquía y laicado dentro de la responsabilidad, de la misión y de la participación eclesial.

La Iglesia de la diversidad de miembros singulares, de dones, de ministerios y de obras está dispuesta carismáticamente –según el carisma particular del cristiano- y no con criterios mundanos o de prejuicios humanos. Sino, guiados por el discernimiento carismático de la propia comunidad y por la Institución apostólica.

Que tiene que ver los criterios del mundo con la Iglesia.

Me explico: que tiene que ver los títulos, las magistraturas, las licenciaturas con los carismas de la Iglesia.

Por qué se utilizan los mismos argumentos de poder, de competencia, de "oposiciones"; de ser el mejor... el más listo, el que tiene más títulos... para desempeñar un servicio, ministerio u obra eclesial que es en sí mismo un don de Dios y no una jerarquía categórica de grados académicos.

Sí, como dice San Pablo -en La 1ª de Corintios-, los carismas son dones -de servicio- que se dan de forma particular, ejecutada y repartida por voluntad del Espíritu Santo, para el bien común de la Iglesia... Éste es el meollo de la cuestión. Se está hablando de jerarquía de carismas discernida en COMUNIDAD COMO PUEBLO DE DIOS. Ya que, los mismos carismas no se aprenden; SE CON-VIVEN. SON DONES que ni son propios ni nos pertenecen.

Cuando aceptaremos (como dice Pascal) que el Dios de Jesús -y de su religión-, no es el dios de los filósofos, ni de los teólogos intelectualistas, ni de los más inteligentes, ni de los más graduados; que no es tan complicado como se pretende mostrar, que es más simple:

Que es El Dios de Abraham y de Sara; de Isaac y de Rebeca; de Israel y de Raquel; de Jesús y de María: simples obreros, simples pastores...

No quitando importancia a la formación, al estudio... Es importante pero no principal; es necesario pero no imprescindible. Más bien, necesitaremos empaparnos de MISERICORDIA.

Se habla mucho de formación, adoctrinamiento... Pero, no se habla de inspiración, de moción, de ESPÍRITU...

Más experiencia, más con-vivencia comunitaria

y menos racionalismo fundamentalista dirigente... Necesitamos embriagarnos de Espíritu para construir y edificarnos juntos.

Tenemos que dar un paso decisivo de una Iglesia clerocéntrica a una Iglesia corresponsable y copartícipe (“Iglesia eclesial”).

Participación eclesial, significa tomar parte en la decisión, en la ejecución, en la elección, en la administración y en la evaluación del modelo eclesial que queremos. Porque si no sabemos qué Iglesia queremos, no vamos a saber qué laicos somos, ni qué presbíteros somos, ni qué consagrados somos. No por casualidad el sínodo de 1985 dijo que la Iglesia era ministerio, comunión y misión. El cardenal Pironio, decía siempre: «es el Pentecostés del siglo XX, tenemos que asumirlo y tenemos que vivirlo, la libertad frente al Vaticano II, consiste exclusivamente en asumirlo, no rechazarlo»

Frente a esto, tenemos o los integristas por un lado que están en el concilio lateranense IV, no llegan a Trento siquiera, y tenemos a los progresistas “radicalistas” que ya están en el Vaticano “XXI”.


Situación actual del clero
Pueden ser muchas las razones que inclinen a eludir el estudio de la situación actual del clero, y analógicamente de la vida religiosa tanto masculina como femenina. El Concilio Vaticano II y el posterior Sínodo de los Obispos del año 1971 representaron pasos muy importantes en el nuevo planteamiento de los "ministerios" dentro de la Iglesia y, en especial, del ministerio presbiteral. Pero, la imprevista y persistente involución postconciliar no sólo ha ido eclipsando esos nuevos planteamientos, sino que ha hecho que reaparezcan intentos progresivos de restablecer la figura tradicional del clérigo. Es decir, en todas las cuestiones, pero acaso en ésta de un modo peculiar, se está cuidando de asegurar la restauración. Porque no en vano los sectores más conservadores de la Iglesia siguen sosteniendo que la Iglesia es fundamentalmente el clero y si se desmorona éste se desmorona aquélla. Y una manera de que la Iglesia aparezca sólida, es que se mantenga incuestionable la figura tradicional del clero.

Hace poco un Arzobispo dijo por televisión: “Ahí donde esté UN SACERDOTE, ahí está la comunidad; ahí está la Iglesia”. Bueno, bueno... Esto es o no es CLEROCENTRISMO puro y duro. Verdaderamente es a la viceversa: “Donde esté la comunidad reunida en El Nombre de Jesús, ahí están los ministerios, los dones de servicio como el sacerdocio. Ahí está Jesús.
Para situar un poco objetivamente el problema, creo que debemos partir de las siguientes premisas:

La historia no se puede leer dogmáticamente

Cuando nos acercamos a los textos antiguos, lo hacemos desde los presupuestos, inquietudes e hipótesis actuales. Es fácil entonces hacer decir a esos textos no lo que dicen sino lo que nosotros queramos que digan. Como también podemos mirar al pasado como si fuera un espejo definitivo para sacar de él nuestras conclusiones actuales. Más bien debemos pensar que pasado y presente son un proceso dialéctico. Como escribe el teólogo Schillebeeckx: "El ordenamiento eclesiástico no es una realidad en sí mismo. También él, como el ministerio, está al servicio de la comunidad apostólica y no puede convertirse en fin ni ser absolutizado, tanto menos cuanto que resulta evidente que en todos los momentos históricos aparece en una circunstancia concreta, con sus propios condicionamientos" (E. Schillebeeckx, "El ministerio eclesial", Ed. Cristiandad, Madrid 1983 p. 137).

Evolución en las diversas concepciones del ministerio presbiteral

Sería ilusorio pensar que en los dos milenios de vida del cristianismo la figura de los dirigentes de la comunidad ha sido entendida siempre de la misma manera. Ya es un hecho común admitir que la concepción del ministerio en el primer milenio va acompañada de unas características que difieren notablemente de las que ha obtenido en el segundo milenio. Se puede hablar de diversas imágenes del sacerdote según se hable de él en tiempos de la Patrística, de la Edad Media, del Barroco o de la Edad Moderna. Está claro que el ministerio jerárquico en y para la Iglesia se funda en el ministerio apostólico, pero este ministerio "no se vive a-históricamente", porque el ministerio apostólico es esencialmente función interna de una Iglesia que, a su vez, no es una magnitud a-histórica. El ministerio forma parte intrínseca de una Iglesia de Jesucristo también esencialmente histórica, por eso pasa por diferentes "figuras históricas" (F. URBINA, Pastoral y espiritualidad para el mundo moderno II, Ed. Popular, Madrid 1993 p. 109.) Precisamente por haber olvidado esta dimensión histórica del ministerio jerárquico, se ha podido llegar a fijar su esencia en una magnitud "absoluta o en sí". "Este ha sido, escribe F. Urbina, uno de los defectos más graves a que ha tendido la "gran espiritualidad barroca" del XVI-XVII, defecto incrementado en las repeticiones vacías y tautológicas del XIX-XX: el considerar el sacerdocio como una realidad cuasi-absoluta, de la que se deducía sin más esa exigencia de santidad que se ligaba -contrariamente a su esencia y origen con la noción pagano-levítica de dignidad" (F. URBINA, ídem p.109).

Peligro, en épocas de cambio, de convertir en ideología el ordenamiento vigente

Las leyes que integran el ordenamiento eclesiástico han ido surgiendo en concretas circunstancias históricas. Lo cual quiere decir que ese ordenamiento se presume mudable o limitado tan pronto como surgen nuevas circunstancias históricas. Si es cierto que la Iglesia no ha sabido asumir los grandes cambios de la modernidad, cambios que han afectado profundamente a las relaciones del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con la sociedad y con Dios mismo, no es de extrañar que el creyente moderno experimente la contradicción de esos retrasos y deficiencias y exija espontáneamente un nuevo ordenamiento que esté en conformidad con la finalidad que le es consubstancial: la edificación de una comunidad cristiana. Por otra parte, es un hecho sociológicamente comprobado que, en épocas de cambio, por inercia y para autoconservarse, todos los sistemas establecidos tienden a encerrarse:

"Esto puede aplicarse a cualquier sistema social, pero posiblemente es válido sobre todo referido a la Iglesia institucional, que se considera justamente "comunidad de Dios", pero que tiende, a veces indebidamente, a identificar antiguas tradiciones, a veces muy dignas, con ordenamientos divinos inmutables" (E. Schillebeeckx, ídem, p. 138.)

El clero todavía estamento hegemónico y dominante
No vamos a negar los cambios y avances que, sobre todo a partir del Vaticano II, se han dado sobre la concepción y praxis de la vida ministerial. Pero, los siglos anteriores pesan mucho y pesan sobre todo en la cúpula alta de la Iglesia y es ahí donde más empeño se está dando para reintroducir figuras pasadas del ministerio. La gran revolución del concilio fue eclesiológica, en el sentido de invertir el esquema tradicional y devolviendo al ministerio su sentido y valor esencialmente servicial. Lo primero y fundamental en la Iglesia es ser creyente, creyente en una comunidad, esa es la dignidad primera. El carisma ministerial está subordinado a la comunidad de creyentes, no tiene razón de ser por sí mismo, sino en cuanto se supedita a la edificación de la comunidad. Nada, pues, de una dignidad u honor que otorga superioridad, privilegios o exenciones: "Ya hemos dejado de ser una "clase privilegiada", escribía F. Urbina, hemos perdido radicalmente nuestros "privilegios" como la otra "clase privilegiada" del antiguo régimen:

la Nobleza. Hemos bajado del pedestal y estamos otra vez mezclados con el "tercer estado": con el "pueblo común"... "Este bajar nos ha librado de una situación que oscurecía la pureza del rostro humilde, sencillo, escondido de los ministerios evangélicos. Ahora estamos libres, sumidos en el anonimato del hombre común para descubrir este nuestro rostro más verdadero"( F. URBINA, ídem, p. 123). Sin embargo, una cierta política eclesiástica sigue empeñada en establecer un sólo centro de poder religioso, que tiene como actores principales a los obispos y sacerdotes y como figura central al Papa, afianzando la división entre clero y laicado:

"Hacia los años 75, las fuerzas del aparato eclesiástico vaticano desarticuladas por la mayoría conciliar, comenzaron a reaccionar. ...Se reconoce que la Iglesia es fundamentalmente pueblo de Dios, dinámico, igualitario y fraterno, pero al mismo tiempo se reafirma que la estructura jerárquica se distingue, esencialmente, y no sólo en grado, de los laicos y tiene la misión de conducir a todos en la Iglesia... La crisis actual del cuerpo eclesial se cura solidificando la estructura clerical. La Iglesia tiene, podríamos decir, en el clero su partido político. Y es claro que es el que tiene todo el poder religioso y sacramental de la Iglesia. Los laicos vienen teológicamente rebajados, con una teología que retorna a tiempos de Pío XI.

En este mismo sentido, me parece oportuno recoger estas contundentes palabras de Urbina: "Nos inquieta profundamente que esas minorías neo-integristas hoy vuelvan a la carga y crezca su poder en esos "altos lugares" de la política eclesiástica, pretendiendo imponer de nuevo ese "modelo sacerdotal" que ya en el siglo XIX era una formulación extemporánea y repetitiva... Que se vuelva a hablar de "dignidades" , y que veamos a sacerdotes jóvenes ensotanados, impecables, con cuello blanco y carteras de ejecutivo, encumbrándose por encima del pueblo...

Y que se pretenda por medios de poder imponer un frenazo a sacerdotes y religiosos que, abandonando sus "dignidades" y sus grandes conventos, -espacios cerrados y paralelos- vayan a vivir como Jesús, en medio de las masas inmensas del mundo, en esos pisos sencillos de los barrios periféricos, o en los pueblos rurales más pobres" (F. URBINA, ídem, pp. 114-115.)

Los clérigos, hombres de la Sociedad y de la Iglesia

No es lo mismo para nuestro tiempo una que otra figura del clero. De una manera u otra el clero está presente en la sociedad y en la Iglesia e influye en ellas. Si existe como un cuerpo aislado, elitista y dominante su manera de incidir será distinta de si lo hace como un cuerpo compenetrado, común y servidor de los demás. De ahí que, en países donde la religión católica es mayoritaria, la cuestión de tener un modelo u otro de cura es importante, pues repercute en innumerables aspectos de la vida individual y social, según sea el papel, misión y praxis de su vida. En este sentido, creo que mostrarse indiferente al estudio de este tema es minusvalorar el significado y relevancia que una tal presencia puede tener, y de hecho tiene, en el desarrollo de la convivencia y de la cultura. Choca, al mismo tiempo, que siendo éste un asunto público se lo trate de orillar, de silenciar o, incluso, de mantener absolutamente resuelto, como si, por tratarse de un tema "sagrado", fuera ajeno a la investigación, a la crítica y a la renovación. Por otra parte, no deja de ser cierto que, adentrarse en el estudio de este tema, es adentrarse en uno de los puntos más vivos e importantes de la Iglesia:

"Si hay algún tema que la Iglesia católica debe afrontar con absoluta sinceridad, sin tapujo de ninguna clase y sin la más mínima constricción interna o externa, es precisamente la situación de los clérigos. Desde hace siglos, no hay en la Iglesia un tabú más riguroso que la condición de clérigos" (E. DRFWERMANN, Clérigos, Trotta, Madrid 1995, p. 26. Este entrar a estudiar la vida del clérigo en su raíz, aun cuando sea en sus aspectos más negativos, es entrar "en las estructuras objetivamente establecidas por la Iglesia católica, para "regular" la vida de sus seguidores más fieles e inquebrantables adictos" (E. DREWERMANN, ídem, p. 26).


La nueva figura del sacerdote

Seguir las pautas.
Después de lo dicho hasta aquí, nos toca ahora señalar las pautas y características que debieran configurar el nuevo modelo de sacerdote. Esto no puede hacerse sin remover aspectos importantes de la organización y estructura de la Iglesia, tal como acabamos de indicar desde una perspectiva histórica y teológico. Nada de esto, por supuesto, nos resguarda de la conflictividad, aun cuando venga exigida por requerimientos del Evangelio y de los "signos de los tiempos".

Partir de ciertas claves.

El sacerdote, al encontrarse encajado en la estructura social anterior, es natural que se sintiese con dificultad para acomodarse a la nueva situación. Pasó la Edad Media, pasó el Barroco. Y pasaron los roles que el sacerdote ejercía en ellas... El paso a la nueva situación no puede hacerse sin partir de ciertas claves y presupuestos.

Nada de rangos.

1. Jesús de Nazaret no fija entre sus seguidores ninguna suerte de rango, superioridad o dominio. Todos son hermanos y, en consecuencia, iguales. Sobre esa comunidad se derrama, sin discriminación, el don del Espíritu.

Los carismas brotan del Espíritu.

2. Las comunidades primitivas se configuran según una diversidad de modelos, tratando de salvaguardar su identidad, la evangelización, la vida en común, el seguimiento de Jesús y el servicio de los pobres. Dentro de esa diversidad, cada comunidad y cada creyente tiene sus carismas. Pero ningún creyente puede intentar concentrar en sí todos los carismas. También el carisma de gobierno existe en todas las comunidades, pero es un ministerio más y no valorado por encima de los otros. El Nuevo Testamento rehuye, a este respecto, utilizar todo término que pueda significar posición elevada, cargo público, prestigio, dignidad, mando, etc. Y todos los carismas brotan del Espíritu, que es amor y libertad, para el servicio de la comunidad.

Sin protagonismos

3. Las oposiciones establecidas entre clérigos-laicos, jerarquía-pueblo, se establecen posteriormente. Esta oposición que aparece ya a finales del siglo I, se profundiza gradualmente hasta hacer que una minoría se reserve la misión activa y se desposeyera a la gran mayoría de los ministerios. En el siglo III, la diferenciación entre clérigos y laicos está perfectamente definida, cobrando en los siglos posteriores mayor intensidad. San Juan Crisóstomo llega a escribir: "Por muy grave que sea la diferencia entre las bestias salvajes y los hombres racionales, ésta misma -y no exagero- es la distancia entre el pastor y las ovejas" (Juan Crisóstomo, "Tratado sobre el sacerdocio" II,2). Establecidas así las dos categorías de cristianos, la de los clérigos adquiere un estatuto relevante, con privilegios y exenciones, mientras la asamblea cristiana no hace sino perder progresivamente su protagonismo en la participación y responsabilidad eclesial.

Una sociedad de desiguales

4. Tal estructura jurídica bipolar la mantiene la teología neoescolástica y es confirmada por el magisterio hasta el Vaticano II., Pío X, dentro ya de nuestro siglo, escribe: "La Iglesia resulta por su esencia, una sociedad de desiguales, es decir, una sociedad con dos categorías de personas: los pastores y el rebaño" (Pío X "Vehemente nos", 12.2.1906).

Protagonismo de los fieles.

5. El Vaticano II produjo una revolución eclesiológica, al introducir el planteamiento de la Iglesia como "Pueblo de Dios", del que se derivaba un estatuto básico de igualdad y fraternidad. El concilio recupera la estructura carismática de la Iglesia, el protagonismo de los fieles, el sacerdocio universal, el "sensus fidelium". Todo cristiano, por el hecho de serlo, participa en la triple función de.Cristo: enseñar, santificar y gobernar. No es de extrañar que, tras 30 años de haberse celebrado el concilio, no se haya superado el paradigma clérigos-laicos. Las reacciones de un espíritu clerical han intentado reafirmar más que impulsar el cambio exigido por el Vaticano II. Son muchos los siglos de feudalismo y autoritarismo los que arrastra la Iglesia y acaso esté ahí la raíz más profunda de la resistencia.

Igualdad fraternal.

6. La superación del problema trata de ofrecer hoy una corriente teológica afirmando que la laicidad es algo inherente a la Iglesia entera. En virtud de ella, toda la Iglesia admite la autonomía y secularidad del mundo, una responsabilidad común y unas relaciones fraternales. Sólo desde esa igualdad fraternal se puede superar el binomio de clérigos-laicos, teniendo buena cuenta de no distinguir entre ministerios laicales y clericales, sino asumiéndolos a todos como eclesiales. Sólo así, se podrá entender que los carismas, como fenómenos ordinarios y multiformes, pertenecen a toda la Iglesia y actúan como servicio y no como poder. Y tales servicios, como una mediación histórica para la construcción del Reino, tendrán su lugar preferencial en los pobres.

La nueva figura de sacerdote, liberada de privilegios y de posiciones de superioridad y dominio, pasa a convertirse en hombre entre los hombres, perdido en el pueblo y caminante, misionero del Evangelio. Su papel social puede realizarse como "hombre civil", como ciudadano del mundo, y como misionero, liturgo y pastor. El "ser hombre de Dios" le exige al sacerdote humildad y silencio, caridad y servicio, apertura a los signos de los tiempos, pasión por la justicia y los pobres. Y no puede aparecer ya como un hombre distante, raro, dominante, vestido con un traje extraño, poseedor de poderes míticos, como conservador y amigo de los poderes de este mundo. Como &quo ;hombre de Iglesia", debe estar dedicado a los grupos y comunidades, atendiendo a su gran diversidad. Puede ser investigador, médico, educador, animador, catequista, profeta, teólogo, predicador, "misionero"..., sin olvidar todo lo que, para esa su labor, pueden proporcionarle la psicología moderna, las técnicas de diálogo, etcétera.

EN CRISTO SE HA PRODUCIDO UN CAMBIO DE SACERDOCIO (NUEVO SACERDOCIO)

LA PARADOJA DE JESÚS DE NAZARET: SIENDO LAICO INAUGURA EL NUEVO SACERDOCIO

El punto de gravitación en la eclesiología del Vaticano II es la Comunidad "Pueblo de Dios". El concilio ponía claro que lo primero y básico en la Iglesia, lo más importante, era el Pueblo de Dios. Esa realidad englobante remite a una condición común y básica: el ser creyentes. La jerarquía dejaba de ser una realidad autónoma. Su razón estaba en ser para la comunidad. Una jerarquía sin comunidad o al margen de ella resulta incomprensible.
a) "Comunidad/ministerios" y no "clérigos/laicos".

Pero, al mismo tiempo, la función de la jerarquía iba a ser redefinida volviéndola a su raíz: Jesús de Nazaret, el siervo sufriente y no el pantocrator, señor de este mundo. La autoridad en la Iglesia se remite a la autoridad de un crucificado, derrotado por los poderes de este mundo. Desde ahí, desde ese pedestal, es desde donde se puede fundar y justificar la autoridad de la Iglesia: "Vosotros sabéis cómo gobiernan los reyes de las naciones, vosotros así no. El mayor entre vosotros, sea como el menor, y el que manda como el que sirve.

Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve". (Cfr. Le 22,24-27). La jerarquía es un ministerio (diakonía-servicio) que exige reducirse a la condición de siervo. Ocupar ese lugar, el último (el de la debilidad e impotencia) es lo suyo, lo verdaderamente propio.
Nada, pues, de un "poder" desligado de la comunidad. Desaparece la Iglesia como "sociedad de desiguales". Ningún ministerio puede ser colocado por encima de esta dignidad común. La mayor dignidad está en la igualdad común. La sustancia es la comunidad y, subordinados a ella, como servicios, están los ministerios.

b) Indole sacerdotal de la Iglesia entera

"Todos los bautizados, por la unción y generación del Espíritu Santo, son consagrados como cosa espiritual y sacerdocio santo" (LG, 10). Creo que pocos temas como éste -el del sacerdocio común- puede servir para superar la imagen tradicional de la Iglesia. No sólo los clérigos son sacerdotes. Llamar sacerdotal a todo el pueblo de Dios implica un cambio del concepto mismo de sacerdocio. Los primeros cristianos no tuvieron sacerdotes, cosa que debió chocar mucho con los cultos de otras religiones. Por algo se les llegó a tener, en aquel contexto, como ateos.

c) El sacerdocio de Jesús

La carta a los Hebreos dice lacónicamente: "En Cristo se ha producido un cambio de sacerdocio" (7,12). Si partimos del concepto general de sacerdocio no entenderemos el concepto cristiano de sacerdocio. Ese nos lo ilumina el sacerdocio de Jesús.

El sacerdocio de Jesús tiene su punto culminante en la cruz. Acaso porque Jesús fue a la cruz por rechazo e instigación de los sumos sacerdotes fue por lo que los primeros cristianos evitaron introducir la categoría de "sacerdocio" en la Iglesia. Por otra parte, el Evangelio nunca menciona que Jesús se tuviera a sí mismo como sacerdote, ni que sus discípulos lo tuvieran como tal. No había expectativas de este género bien porque aparecía plenamente como laico, bien porque se enfrentó con los sacerdotes judíos y con el templo. "Jesús fue sacerdote, según la carta a los hebreos, por la fuerza de una vida indestructible" (7,16). "Jesús hizo de su vida una tal ofrenda de sí mismo" (7,27), una entrega tan radical por la liberación del pueblo, que terminó en la cruz; pero la muerte de Jesús no fue su destrucción, sino al revés: la que consumó su vida como realidad indestructible, la que le convirtió en el hombre consumado para siempre, en el resucitado por Dios.

El primer rasgo de Jesús consiste en que "se hace en todo semejante a sus hermanos". Ahí está la constitución de su sacerdocio en que se "asemeja a.sus hermanos, es compasivo, prueba el sufrimiento, ofrece en su vida mortal oraciones a gritos y lágrimas, es decir, se identifica con su pueblo, sin avergonzarse de llamarlos hermanos". Jesús, pues, para ser sacerdote no se retira al ámbito de lo sagrado, de los ritos, sino que accede a él a través del sufrimiento, de una existencia destrozada, precisamente por haber llevado el amor hasta el extremo. Dicho drásticamente:

Jesús no deja de ser un laico, aun constituido como sacerdote. La segunda novedad de este sacerdocio está en que es Dios quien se acerca al hombre y no el hombre a Dios. Y se acerca para salvar al pueblo, puesto que ha oído su clamor. Es un acercamiento hacia lo débil, lo pobre, lo excluido.

Y es misericordioso con los pequeños y es justo con los opresores. Precisamente por acercarse a este mundo, un mundo atravesado de conflictos y pecado, que lucha muchas veces contra lo que es bueno y liberador para el hombre, su cercanía histórica culmina con el rechazo oprobioso de la cruz.

La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal, en el sentido de que se hizo hombre, fue un pobre, luchó por la justicia, fustigó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos, los defendió, entró en conflicto con los que tenían otra imagen de Dios y de la religión y tuvo que aceptar por su fidelidad la persecución y el morir fuera de la ciudad, echado fuera de ella como a un estercolero. Los poderes establecidos, en este caso poderes de la muerte, lo matan (y matarán a todos aquellos que se identifiquen con los marginados y oprimidos).

Este original sacerdocio de Jesús es el que hay que proseguir en la historia.

Y es la base para entender todo otro sacerdocio dentro de la Iglesia y, por supuesto, el sacerdocio común. "Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos (Lc 4,18), para buscar y salvar lo que estaba perdido; así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo" (LG, 8).

Según esto, la Iglesia entera, pueblo de Dios prosigue y ejerce el sacerdocio de Cristo, sin perder la laicidad, en el ámbito de lo profano y de lo inmundo, de los "echados fuera". No se trata, pues, de un sacerdocio centrado en el culto o en las celebraciones litúrgicas sino en el mundo real.
Comulgar con el Crucificado es la clave más honda para entender el sacerdocio del pueblo. Este sacerdocio es lo primero y substancial; el otro, el presbiteral, es un ministerio y no puede entenderse desentendiéndose del común. El sacerdocio común es anterior y superior y el presbiteral, como ordenado al común, es posterior e inferior.
Leyendo la "PO" (Presbyterorum Ordinis), aparece claro que el sacerdote es antes de nada "ministro de la Palabra", que debe comunicar a todos, indicando con ello que el menester primero del "sacerdote" se realiza fuera del templo, superando esa figura del "sacerdote" que lo ciñe casi exclusivamente al altar y a la administración de los sacramentos.

("Situación actual del clero" en punto de mira de "Éxodo" nº 42)

EL SACERDOTE QUE NOSOTROS DESEAMOS.

El sacerdote debe ser un miembro integrado en la comunidad, como uno más, con un ministerio específico en ella. No pretendemos tener un cura sólo para nosotros. También los demás miembros de la comunidad tienen sus oficios y su trabajo. El sacerdote de la comunidad tendrá también sus funciones fuera de ella, pero dentro de la comunidad debe ser un miembro más, elegido por todos, y aceptado en ella, reconocido. Pensamos que el sacerdote debe vivir de su trabajo. Su trabajo puede ser como liberado en una parroquia o en un ministerio dentro de la Iglesia, pero no necesariamente.

¨ Falta el diálogo maduro en el interior de la Iglesia, entre tod@s los miembros -sin exclusiones-. Un diálogo que respete las diferencias, las libertades.

CONDICIONES DEL DIÁLOGO

Para Martín Buber (1993), la relación directa e inmediata yo-tú es característica básica del diálogo, en la que no se interpone ningún concepto, imagen previa o sometimiento del tú al yo. Lo verdaderamente propio de la relación yo- tú es el "conocimiento íntimo", aquél en el que otro me dice algo a mí que exige mi respuesta.

Para J. Lacroix (1968), desde una perspectiva personalista, "la persona es diálogo". Por medio del diálogo la persona se conoce y se realiza en comunicación con los otros y consigo mismo. Dialogar es "comprometerse a pronunciar palabras que tengan un sentido". El contenido del diálogo es la palabra que expresa algo verdadero que apunta hacia el descubrimiento de la verdad. Un diálogo auténtico y verdadero se asienta en la lucidez y la participación.

Dialogar es "comprometerse a pronunciar palabras que tengan un sentido". El contenido del diálogo es la palabra que expresa algo verdadero que apunta hacia el descubrimiento de la verdad. Un diálogo auténtico y verdadero se asienta en la lucidez y la participación.

Ser lúcido es ponerse al servicio de la verdad.

Todo diálogo humano precisa reconocer al otro como un tú, una persona que habla y escucha, un ser de derecho y dignidad. las relaciones de igual a igual y la reivindicación de la palabra sincera son aspectos que posibilitan ciertamente el diálogo. Dialogar, pues, es exponerse a las razones del otro, sentir la obligación de replantearse problemas, ideas, creencias, etc. por el influjo razonable del otro. Quien no ha vivido la posibilidad de esta especie de sacrificio de sí mismo, no es un interlocutor válido en cualquier diálogo humano.

Por último , el diálogo auténtico supone el reconocimiento de lo valores fundamentales de la persona. Sentado en esta referencia, el diálogo no puede desembocar en el triunfo o victoria de uno sobre otro, sino en la progresiva conquista de la verdad y la justicia. Ello implica, a nivel personal, que dialogar es asumir previamente el compromiso de cuestionarse a sí mismo y aceptar la posibilidad de transformar el propio pensamiento o acción. No hay, pues subordinación del yo al tú, ni tampoco debilidad de mi yo, el diálogo es más bien un ejercicio de humildad, de firmeza y de flexibilidad.

Los carismas que nos han sido donados para el servicio desapercibido y verdaderamente humilde: toda vocación, todo ministerio, toda institución, toda jerarquía es para la misión. Como dice Pablo, “ un carisma en la Iglesia es válido siempre y cuando “sirva” para contribuir a la comunión eclesial. Aceptando una LIBERTAD CRÍTICA CONSTRUCTIVA que implica que tod@s en la Iglesia tenemos que someternos a la crítica fraterna de los “otr@s”.
Un obispo, un sacerdote, un laico que no acepta la “crítica” está condenado a equivocarse, por no seguir la voluntad del Señor que no vino a ser servido, sino a servir. Porque, el carisma que más sirve, el carisma más carismático es la humildad verdadera.

Como dice San Columbano: en la Iglesia «la seguridad de una prosperidad ciega es causa de todos los males» (onmium malorum causa est caecae prosperitatis securitas). Por todo lo expuesto, la crítica evangélica no necesariamente destruye la santidad de la Iglesia: sólo el pecado la destruye. Y la crítica, si es evangélica, más bien reconstruye la santidad de la Iglesia, haciendo ver que esa santidad no consiste en que la Iglesia no tenga pecado, sino en que está obligada a aceptar todas las críticas que broten del evangelio. Así lo entendía San Agustín, en una carta a Jerónimo que comienza rechazando la postura de algunos, para quienes «sería mejor decir que el Evangelio miente antes que decir que Pedro negó a Cristo, o decir que la Biblia miente antes que reconocer que David adulteró con Betsabé». ¡Dios nos libre!, comenta S. Agustín. Y al final de la carta da la mejor razón de su postura:

«Pedro recibió, con la piedad de una humildad benigna, lo que Pablo hacía con la libertad provechosa del amor (Ga 2). De este modo, Pedro dio ejemplo a la posteridad, para que todos se dejen corregir aun por los que van detrás, si alguna vez se desvían del camino recto. Y este ejemplo es aún más raro y más santo que el de Pablo, que invitaba a los menores a hacer frente con valentía a los mayores, para defender la verdad evangélica salvando siempre la caridad fraterna... Pues más admirable y laudable es el recibir de buen grado la corrección que el corregir con audacia al que se desvía.» (Epístola 82; Obras, BAC, VIII, 508-510)

Una crítica institucional más que personal

Salta fácilmente a la vista que, en los escritos modernos de crítica a la Iglesia, se insiste normalmente no sobre pecados personales, sino sobre pecados del sistema; no se denuncian conductas particulares, sino procedimientos y, por consiguiente, se lleva a cabo una crítica institucional más que personal. Así aparece, por ejemplo, en este importante pasaje de Yves Congar: «Cierto reclutamiento del personal de la administración central llega en realidad no a reforzar el poder papal, sino sencillamente a aislarlo. Si, en efecto, se escogiera siempre este personal entre hombres de un determinado tipo de cierta tendencia (por ejemplo: dentro de una línea generalmente conservadora y tuciorista,

sin ver en la tradición y en la fidelidad a ella más que el aspecto estático; entre los hombres que, planteando la menor cantidad de problemas, reservan las menores sorpresas y no corren riesgo de ninguna aventura), es evidente que se llegaría a interponer, entre el núcleo central y la periferia, un órgano aislante: algo así como un 'partido'.

Tal organismo respondería sin duda a algunas de las exigencias que se refieren a la seguridad y a la moderación; pero dejaría sin respuesta otras exigencias igualmente sagradas, que pertenecen a un cuerpo en conquista continua, que trata de adaptarse y progresar. Varios de los pensamientos o aspiraciones que bullen en la iglesia y, sobre todo, en sus elementos más dinámicos, jamás podrían ser escuchados en realidad. El problema es lo bastante serio como para que me haya parecido lícito el plantearlo con todo respeto, aunque con toda franqueza, porque me sentía obligado a ello.»

(Verdaderas v falsas reformas en la Iglesia, Madrid, 1953, pp. 222-223).

La corrección fraterna es una obra de misericordia

Y la mayor responsabilidad de la iglesia no es exclusivamente de carácter personal (porque ha recibido más), sino que es, sobre todo, de carácter «social» o servicial: se da porque la Iglesia está llamada a hacer posible la fe del mundo, porque ella, como «Sacramento» de Cristo y de la Salvación, no existe para sí, sino para las dos cosas que debe poner en contacto: para que la salvación de Dios pueda llegar hasta el pecado humano y para que la promesa del hombre pueda llegar hasta su verdad, que está en la Palabra de Dios.

San Agustín dice: 'tened misericordia de vuestro superior, que cuanto más superior sea, en mayor peligro está puesto'. Ahora bien, la corrección fraterna es una obra de misericordia.


Hay que decir siempre la verdad

Y en ese párrafo apasionado, Sto. Tomás Moro no hacía más que poner en práctica los consejos de San Agustín sobre un problema de todos tos tiempos. Muchas veces se arguye con que la verdad es peligrosa, porque quizás hay gente que no está deparada para ella y a quienes les haría daño la verdad. Es entonces tentación de muchos espíritus pensar en el recurso a la mentira para hacer el bien. Y Agustín, en su tratado sobre la perseverancia, plantea ya una pregunta parecida: para que la gente haga más oración, ¿será acaso mejor el decir que Dios no sabe lo que necesitamos? Pues si decimos corno Jesús que Dios ya lo sabe antes de que se lo pidamos, algunos se sentirán movidos a orar menos... El santo reconoce que «hay una manera de decir que puede lograr que lo dicho haga como de leche para los que son infantes, y de alimento sólido para los que son adultos». Pero también sabe que ésta será a veces una solución ideal ¿Qué hacer en los casos más difíciles o más conflictivos?:

«Hay que decir la verdad, sobre todo cuando una dificultad hace más urgente que se diga. Y que la entiendan los que puedan. No sea que, al silenciarla en consideración a los que no podrían entenderla, no sólo se frustre la verdad, sino que se deje en el error a los que podrían captar lo verdadero y, con ello, evitar el error...

Cuando las cosas son de tal manera que, si las decimos como son, se volverá peor el que no puede entenderlas y, si las callamos, se volverá peor el que podría entender, ¿qué hacemos entonces? Más bien hay que decir la verdad (y que entienda el que pueda) en lugar de quedarse callado. Pues con esto segundo no sólo no entenderán ni el capaz ni el incapaz, sino que el más inteligente se volverá peor.

Y en cambio, si el más inteligente escuchara y comprendiera, él podría a su vez enseñar a otros muchos... ¡cuántas veces tememos que si hablamos se ofenda el que no puede entender la verdad y no tememos en cambio que si callamos se quede engañado el que podría entenderla! » (De bono perseverantiae XVI, 40)

La libertad crítica:

1. Nos hace progresar en la construcción; para no quedar retenidos en “nuestras tradiciones”; para poder innovar, hacer cosas nuevas, re-cambiar... Porque lo nuevo exige novedad... Tomando como ejemplo de lo que quiero expresar, el Cardenal Martín dice: La Iglesia tiene que cambiar el catecismo y lo ha hecho, lo único que la Iglesia nunca tendrá que cambiar es EL EVANGELIO. El catecismo no es Palabra de Dios; la Biblia, sí.

2. No prescinde de la Tradición eclesial, porque nos invita a re-leer y des-cubrir lo eterno y siempre verdadero de nuestros principios y de nuestros orígenes: “La originalidad es la vuelta a los orígenes”.

3. Apertura y adaptación a las nuevas culturas. Nosostr@s , ¿enganchamos con la cultura actual? ¿Sabemos apreciar sus valores? ¿Tenemos miedo?

¿Por qué estamos tan llenos de miedos?

Será porque necesitamos purificarnos y vaciarnos de tantos ídolos y prejuicios y falsos apoyos. Necesitamos convertirnos. Reconocernos débiles, y pobres pecadores... Porque tenemos miedo al futuro, no creemos ni convivimos la Esperanza. Jesús ya ha vencido. Él está siempre con nosotros...
Como dice un hermano de Acción Católica Italiana: “ Los pastores tienen miedo de que no seamos prudentes ni responsables (de responder). No terminaremos de crecer suficientemente; nos miran como mocetones que pueden equivocarse en cualquier momento".
¨ LA IGLESIA como FRATERNIDAD CORRESPONSABLE y SERVIDORA Y DIALOGANTE, donde se viva y conviva el amor, la igualdad, la justicia, la acogida, la apertura, la comunión y la salvación liberadora.


SUGERENCIAS

1. Analizar desde cada comunidad eclesial y/o consejo pastoral, la situación actual de la Iglesia; para enviar a nuestros respectivos arquidiócesis y diócesis dentro del Apostolado seglar.
2. Difundir por medio de los programas pastorales diocesanos y por medio de los presbíteros, iniciativas para estimular y despertar las vocaciones y carismas de los laicos que así puedan ellos mismos, descubrir su misión en la comunidad y/o en la sociedad; para poder desarrollar su propia identidad.
3. Crear espacios para el encuentro seglar y eclesial. Para ir rompiendo los círculos cerrados.
4. Trabajar por la unidad en la diversidad.
5. Innovar y actualizar nuestras Eucaristías para Celebrar y festejar verdaderamente en la coparticipación.
6. Crear nuestro propio FORO DE LAICOS DIOCESANO.
7. Difundir documentos específicos de laicos.
8. Recuperar el espíritu de reflexión y de debate, para actualizar y poner en práctica nuestro Vaticano II, para seguir madurando y creciendo.
¡GLORIA POR LA GLORIA DE LA GLORIA DEL SEÑOR!
OLVIDO AL SERVIDOR

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"Pobres de vosotros cuando todos hablen bien de vosotros." Lc 6, 26



“...edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, ... hasta ser morada de Dios en el Espíritu”. Ef 2,20-22

"Debemos acometer con fuerza renovada la cuestón acerca de cual es el modo en que puede anunciarse de nuevo a este mundo el evangelio de manera que llegue a él." Benito XVI, en Luz del Mundo.


¨ LA IGLESIA ES INSTITUCIONAL Y CARISMÁTICA;
APOSTÓLICA Y PROFÉTICA;
TRADICIÓN Y NOVEDAD INNOVADORA

«La tradición pervive por la fe del pueblo» Federico Rico, ABAD

¨ Las claves para una teología y espiritualidad del laicado:
“una condición sacramental de servicio,
una condición carismática de libertad,
un testimonio evangelizador en el mundo,
y una presencia eclesial de corresponsabilidad”. S. Pié y Ninot

¨ "Somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos" Arturo Pérez Reverte

¨ "La Tristeza mira hacia atrás, la Preocupación a su alrededor, La Fe hacia arriba"

¨ "En los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento." Albert Einstein

¨ El peor fracaso es la pérdida del entusiasmo. H. W. Arnold

¨ San Agustín solía decir “no vengo a enseñaros cosas nuevas para que las aprendáis sino cosas antiguas para que las viváis"

¨ No es que no nos atrevamos a hacer lo nuevo porque es difícil, sino que es difícil porque no nos atrevemos a hacerlo.

¨ "El verdadero progreso consiste en renovarse". Alejandro Vinet (1797- 1847)

¨ "Cada flor tiene su perfume" (Dicho africano)

"Dios no llama a personas preparadas. Llama a personas pobres, y después las va preparando". Hna. Mercedes Golán Folgar

¨ "La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo". Isaac Newton (1642-1727)

¨ Afirmas que quieres rendirte a la Voluntad de Dios para que ella se cumpla. Pero, si no eres flexible nunca llegarás a comprender cual es tal voluntad.

¨ Quien no sabe convivir con opiniones diferentes, menos sabrá hacerlo con creencias distintas.

¨ La verdadera libertad es la sumisión consciente y voluntaria a la voluntad de Dios.

¨ Toda la teoría y práctica de la verdadera espiritualidad consisten en amar, servir y adorar: el resto es superfluo o simplemente falso.

¨ Establecéis reglas para los demás y excepciones para vosotros. François de la Rochefoucauld

¨ "La mayor violación que se puede hacer a una persona es quitarle la palabra" Dr. César Navarro

¨ "Con los dogmáticos y fanáticos no cabe ni el diálogo ni el pluralismo ni mucho menos la fraternidad universal. El que piensa de otro modo es para ellos un hereje o un enemigo".

¨ "La persona “religiosa” (la falsa) sólo piensa en sí misma." Nietzche

¨ "¿Qué es más peligroso, el fanatismo o el ateísmo? Sin duda lo es mil veces más el fanatismo, pues el ateísmo no inspira pasiones sanguinarias, mientras que el fanatismo si. El ateísmo no se opone al crimen, pero el fanatismo es causa de que se cometan crímenes." Voltaire

¨ Triste "espiritualidad" es el de aquellos que solo han logrado transportar su dogmatismo fanático, su ambición y su sed de gloria y de poder.

¨ “Aprended a llamar blanco a lo blanco y negro a lo negro; mal al mal, y bien al bien. Aprended a llamar pecado al pecado”. Juan Pablo II.

¨ Todo está bien si parece bien. Baroja

¨ "Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est" (Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo). Santo Tomás de Aquino

¨ La falsedad nunca es tan falsa como cuando es casi verdad." G.K. Chesterton Saint Thomas.

¨ No basta decir solamente la verdad, más conviene Mostar la causa de la falsedad. Aristóteles

¨ La astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda. Thomas Fuller

¨ Todo aprendizaje es un acto de humildad. El soberbio no puede ni aprender, ni perfeccionarse ni rectificarse.

¨ Ser maestro no significa simplemente afirmar que una cosa es así, o recomendar una lectura, etc. No. Ser maestro en un sentido preciso es ser aprendiz. La educación comienza cuando tú, maestro, aprendes del aprendiz, te pones en su lugar de modo que puedas entender lo que él entiende y de la forma en que él lo entiende" S. Kierkegaard

¨ El hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no comprende. Luigi Pirandello

¨ Para ver la tierra, abre los ojos. Para ver el cielo ciérralos.

¨ "Sólo los peces muertos nadan con la corriente." [Malcolm Muggeridge]

¨ "El pesimista se queja del viento, el optimista espera que cambie, el realista ajusta las velas." W.G Ward

“La realidad no es la que es, sino la que puja por ser” Paulo Freire

¨ "La seguridad y la libertad son inversamente proporcionales" – Osvaldo

¨ "En la bandera de la Libertad
bordé el amor más grande de mi vida." Federico García Lorca.

* "Si la Iglesia no se renueva, se va al Museo de Antropología"

¨ "El cristianismo se trasmite por contagio"

¨ « In necessariis unitas, in dubis libertas, in omnibus caritas » (« En lo esencial unidad, en lo dudoso libertad y en todo caridad »). San Agustín

¨ "La verdad es sinfónica" Von Balthasar

“La humildad consiste en decir la Verdad” Sta. Teresa de Jesús

¨ No quiero defender cualquier equivocación que podamos cometer, pero la mayor equivocación sería permanecer en tal estado de miedo a cometer errores que, simplemente, paralicemos la acción. P. Arrupe.

¨ La violencia es miedo de las ideas de los demás y poca fe en las propias. Forges

* NO HAY VERDADERA:
FE SIN RELIGIÓN
RELIGIÓN SIN IGLESIA
IGLESIA SIN ESPÍRITU
ESPIRITUALIDAD SIN JUSTICIA

¨ DEFIENDE LA TOLERANCIA ANTIDOGMÁTICA, LA BÚSQUEDA DEL CONSENSO,
EL DIÁLOGO COMO ESENCIA DEMOCRÁTICA.

¨ Hay tres clases de personas: Los que observan las cosas que suceden;
aquellos que piensan y reflexionan continuamente por que suceden las cosas y, por último, aquellos que hacen que sucedan las cosas.

¨ « Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos; formen todos un solo haz de energía ecuménica». Rubén Darío

¨ “Quien acepta pasivamente el mal es tan responsable como el que lo comete. Quien ve el mal y no protesta, ayuda a hacer el mal” Martin Luther King

¨ "El Señor implica, complica y simplifica" Carlos Clemente

¨ POETA( CLARIVIDENTE, PROFETA) ES AQUEL QUE EN MEDIO DE LAS DIEZ MIS COSAS QUE NOS DISTRAEN, ES CAPAZ DE VER LO ESENCIAL Y LLAMARLO POR SU NOMBRE.

¨ VITAM IMPENDERE VERO ( CONSAGRAR LA VIDA A LA VERDAD)

¨ La verdad es útil a quien la escucha, pero desventajosa a quien la dice, porque lo hace odioso. Blaise Pascal

¨ SÉ fuente, no desagüe. (Rex Hudler)

¨ Prefiero molestar con la verdad que complacer con adulaciones. Lucio Anneo Séneca

¨ Me acusan de agitar las aguas. Es lógico, no quiero que sigan estancadas.

Juan Carlos Vázquez Castro, servidor.

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