EL Rincón de Yanka: KERIGMA: SEMINARIO DE VIDA EN EL ESPÍRITU - 9ª. EFUSIÓN EN EL ESPÍRITU

inicio








miércoles, 13 de septiembre de 2017

KERIGMA: SEMINARIO DE VIDA EN EL ESPÍRITU - 9ª. EFUSIÓN EN EL ESPÍRITU


KERIGMA 
Seminario de Vida en el Espíritu
9ª Semana: EFUSIÓN EN EL ESPÍRITU 

"Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él... Juan 14, 23-26.
Esta mañana voy a hablar un poquito sobre ese personaje que tantas veces hemos mencionado en este Seminario, y que se llama Espíritu Santo.

Y lo hago, por si a alguno de vosotros le ha sucedido lo que me sucedió a mí: que en cierta época de mi vida, si la Iglesia hubiera decidido suprimir la figura del Espíritu Santo, ni me habría enterado. Tan poco importante era para mí, y tan poca actualidad tenía en mi vida. Creer en el Espíritu Santo es un artículo de la fe, pero para mí en la práctica, era poco más que un adorno o una figura de decoración en las iglesias, por ejemplo en la gloria de Bernini, donde hay pintada una gran paloma de la que salen rayos de sol, de luz, y de gracia en todas las direcciones. Pero la verdad es que nunca fui capaz, o nunca tuve la ocasión de experimentar la realidad viva de este personaje.

1.- EL ESPÍRI
TU ES LA CLAVE

Y sin embargo, el Espíritu es la llave, o la clave, no sólo para entender, sino para penetrar en la ancha dimensión del Reino de Dios. Y de lo que se trata es de experimentar toda la fuerza, el poder, y la verdad, en definitiva, toda la grandeza que la Palabra de Dios concede al Espíritu Santo, y que sin esta experiencia nunca entenderemos. Es importante sentir en el corazón la presencia de este don de Dios que es el Espíritu santo, al que la liturgia llama "dulce Huésped del alma".

Ya desde la Edad Media se utiliza una imagen que nos puede ayudar a penetrar en este misterio: el Padre es la casa, el Hijo es la puerta por donde se entra en la casa, y el Espíritu es la llave para abrir esa puerta. Sólo se entra en esta casa por Jesús, pero nadie accede a Jesús si no tiene la clave con la que se puede abrir esta puerta.

Un compañero decía después de recibir la efusión del Espíritu Santo: "Catorce años enseñando Moral, y estaba convencido que lo sabía todo, que tenía en mis manos la solución teórica de todos los problemas que puede presentar la Moral... y sin embargo esta noche he encontrado la clave. La clave que unifica todo, que sintetiza y da sentido a todo. ¡Y pensar que me podía haber muerto sin conocer esto!..."

2.- IMÁGENES DEL ESPÍRITU

Es difícil captar al Espíritu Santo e imposible definirlo. Al Padre, sí. Todos sabemos lo que es ser padre, porque todos hemos tenido un padre. Lo mismo al Hijo, porque todos hemos sido hijos de alguien. Esto nos da un punto de referencia. Pero, ¿y el Espíritu? El espíritu no tiene rostro ni nombre; es el soplo y el aliento, que en este caso por ser el de Dios es Santo. ¿Qué idea natural de nuestra vida podemos utilizar para entender al Espíritu Santo? Apenas tenemos ideas. La misma Palabra de Dios se las ve y se las desea para expresarnos algo de esta realidad inaprensible y sólo a base de imágenes o parábolas podemos atisbar algo de esta energía poderosa, de esta luz, de este amor de Dios.

Imagínate una chica que siempre está de mal humor en casa. No colabora en nada. Si a su hermano se le ocurre decir que le cosa los calcetines, le pone de vuelta y media. De repente un día llega a casa contenta, silbando, y sin que nadie se lo pida se presta ella a fregar los cacharros, e incluso se ofrece a coserle los calcetines a su hermano. Todo el mundo se queda asombrado. ¿Qué le ha pasado? Sencillamente que ha encontrado un amor en la calle, y cuando hay amor, hay una motivación profunda para todo.

La primera imagen que nos expresa la realidad del Espíritu es ésa: el amor. El Espíritu es el amor que une al Padre con el Hijo. Como amor que es, tiene por oficio unir a las personas, suavizarlo todo, motivarlo. "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rom. 5,5). El Espíritu nos une con Dios, nos hace de su familia, y nos da la capacidad de amar y servir a nuestros semejantes.

Otra imagen con la que se simboliza al Espíritu es la paloma. En el bautismo del Señor se hizo presente el Espíritu, como en un susurro de paloma. Un vuelo de paloma que pasa sobre ti. El Señor utiliza la imagen del viento cuando nos dice: "El viento sopla y no sabes ni de dónde viene ni a dónde va; así es todo el que nace del Espíritu" (Jn. 3,8). Es como si una brisa suave, pero poderosa, soplara sobre ti, y entonces te transforma, te cambia, te da otra vida. También el día de Pentecostés hubo ráfagas de un viento impetuoso (Hch. 2.1).

El mismo día de Pentecostés descendieron sobre todos los reunidos en el cenáculo unas como lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos. Sin duda, habéis visto muchas veces cuadros en los que se pintan esas lengüecitas de fuego posadas sobre la cabeza de la Virgen y de los apóstoles. Como contraste al fuego y ardor del Espíritu, también el agua es una de las imágenes más utilizadas: el Agua Viva, el Agua Santa, el Agua del bautismo.

3.- LA SUAVIDAD DEL PICAPORTE

Tengo en mi habitación una puerta que da a una terracilla. Siempre le funciona mal el picaporte. Un día le inyecté un poquito de aceite. Lo probé durante tres o cuatro minutos, y seguía funcionando mal. Me marché desanimado. Al cabo de un par de horas regresé, y ¡qué maravilla! el picaporte estaba suavísimo. El aceite había hecho su labor.

Por eso el Espíritu Santo es también la Unción. Penetra como el aceite, llega a todos los rincones y lo suaviza todo. La Iglesia utiliza el santo Crisma en varios sacramentos. De una forma especial el recién bautizado es ungido con el óleo crismal, como símbolo de que en este neófito se juntan los tres grandes ministerios del Antiguo Testamento: sacerdote, profeta y rey, que eran constituídos por la unción sagrada. Todo cristiano es sacerdote, profeta y rey, porque posee en semilla toda la plenitud del Espíritu, como Jesús, el Mesías.

Además de estas imágenes, hay una verdadera cascada de nombres con los que se denomina al Espíritu Santo, para acercarnos lo más posible a un intento de comprensión de su multiforme acción sobre el hombre. Se le llama Paráclito, Consolador, Abogado, Defensor, Espíritu Creador, Espíritu de Verdad, Virtud del Altísimo, Dedo de Dios, Sello, Unión, Nexo, Vínculo, Beso, Fuente viva, Luz beatísima, etc.

La Iglesia en su liturgia se goza en describir y piropear al Espíritu divino. Basta recitar la secuencia de Pentecostés "Ven Espíritu divino", para darnos cuenta del enorme amor que han derrochado los siglos hacia este personaje divino. Me impresionan ahora de una manera especial aquellas palabras de esta misma secuencia: "mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro". Y es que la humanidad sin el Espíritu, se queda sin luz, sin calor, sin novia, sin amor, sin vida.

4.- DEFENSOR DE NUESTROS HERMANOS

Los hombres tenemos un acusador, el diablo (dia-bolos = calumniador), que nos acusa ante nuestro Dios día y noche, como dice el Apocalipsis. Él es el padre de la gran mentira. Es especialista en inyectar en nosotros la convicción de que después del pecado, Dios no nos quiere. De este modo nos sentimos culpabilizados, desnudos, y tratamos de escondernos y huir del trato con Dios, como Adán y Eva. El diablo de esta forma, nos va apartando de Dios y manteniéndonos en la esclavitud, en el temor y en el miedo.

Otra de las más bellas imágenes del Espíritu Santo es la de Paráclito, o abogado defensor contra estas acusaciones. Si bien el Espíritu nos ilumina y nos convence de pecado, no produce en nosotros la culpabilidad, ni rompe jamás nuestra relación con Dios. Genera compunción, que es un sentimiento de raíz espiritual en el cual va incluído el deseo de arrepentimiento y cambio, pero no fiados en nuestras propias fuerzas, sino en el poder que viene de lo alto. El diablo te sugiere el pecado, al que te arrastra tu propia concupiscencia, y cuando estás hundido, te separa y te enemista con Dios, te aísla y te hace ver que no tienes remedio. Y en ese estado te mueres de soledad y angustia, y como no soportas la muerte, te echas en brazos del pecado que alivia esa situación y te da sensación aparente de vida. De ahí viene el deseo compulsivo de placer, de dinero, de fama, de poder, para escapar de las garras de la muerte.

En el juicio delante de Dios, se ha descubierto la falsedad con que actuaba el calumniador, el acusador, que se revestía con halo de sinceridad pero que trataba de apartarte del amor de Dios. Jesús ha puesto las cosas en su sitio. Después de Jesús ¿de qué te va a acusar: de que estás salvado, de que Dios te ama, de que tienes su gracia? Su Espíritu es tu abogado, el que te certifica estas cosas, el que te defiende, te acompaña, te enseña la verdad, y te revela que Dios no quiere la angustia y la muerte del pecador, sino que se deje amar y viva. "Ahora ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios, día y noche" (Ap. 12,10).

5.- EL AGUA DE MAYO

San Cirilo de Jerusalén habla del Espíritu Santo con una imagen que a mí me llega de una manera especial. Dice que el Espíritu es como la lluvia de la primavera, como agua de mayo. Este agua cae del cielo y despierta las plantas a la primavera, hace crecer la hierba, brotar las flores, le salen las hojas a los árboles, y se llenan de amapolas todos los ribazos. El agua es una, y cae de la misma manera, pero en cada planta hace efectos diferentes, según la naturaleza de cada planta. No hace que un peral dé tomates ni que un espino produzca dátiles.

Por eso, no tienes que preocuparte de los efectos que produzca en ti la efusión del Espíritu. No tengas miedo que el Espíritu Santo te mande a vivir con tu vecina. No, seguirás con tu mujer, y el Espíritu Santo te hará crecer como padre o madre de familia, te afianzará tu vocación de sacerdote, y te hará descubrir más fácilmente tu vocación de dominico. Seguro que no te dice: tú, ahora, de jesuíta. A cada uno le hace crecer según su naturaleza. Al jesuíta como jesuíta, a la enfermera como enfermera, y al estudiante como estudiante. Algunos tienen mucho miedo al Espíritu, y se creen que va a venir pisoteando como los dinosaurios del Parque Jurásico; pues no, el Espíritu no es un dinosaurio, ni te va a machacar, ni te va a cambiar tanto, que no te reconozca ni el suelo que te vio nacer.

En estos últimos años, en algunos conventos, sobre todo de religiosas, las que pertenecían a la Renovación carismática han tenido que vivir como en una especie de catacumbas, reuniéndose y orando medio a escondidas. Las superioras no eran capaces de entender que una religiosa, además de su carisma, pudiera vivir de "otra espiritualidad", como solían decir. Y con gran inconsciencia, les prohibían todo contacto con la Renovación. El agua de la primavera a cada planta la hace crecer según su especie. La renovación en el Espíritu, venga de donde venga,no es otra espiritualidad, sino la condición de toda espiritualidad. Si muchos religiosos pueden descubrir en el propio núcleo de su congregación la profundidad de su carisma, sea enhorabuena. Otros lo descubrimos en la Iglesia, en las necesidades del pueblo cristiano, y en los lugares donde hoy sopla de una manera especial el Espíritu de Dios.

6.- ALETEABA SOBRE EL CAOS

El Espíritu de Dios no es indiferente al deterioro de la vida religiosa o de la vida cristiana. Siempre ha aleteado sobre el caos. Se dice en el primer versículo de la Biblia, y será verdad a lo largo de todas las edades. No hay que minimizar la pérdida de fe de hoy en día, la infecundidad de la predicación, la sequía en las vocaciones, la carencia de valores morales, la ausencia total de gratuidad en el amor y el sacrificio, y el materialismo que sofoca hasta las menores briznas de espiritualidad.

Cuenta Jenofonte que, en cierta ocasión, los persas invadieron y conquistaron la ciudad baja de Atenas. El general persa dijo: Es necesario conquistar la ciudadela, llegar a la acrópolis. Allí están los templos de los dioses. Si no la conquistamos este pueblo se rehará inmediatamente.

Tenemos la plena seguridad de que la acrópolis del cristianismo la defiende el Espíritu Santo. Por eso, nunca será presa del caos definitivo. Por otra parte, si Dios es el dueño de la historia, como lo fue desde el primer aliento del cosmos, el caos siempre será un caos teologal, es decir, un caos desde cuya oscuridad podamos de nuevo atisbar el soplo de Dios que renueva la faz de la tierra. Pero es necesario abrir puertas y ventanas, para que el Espíritu pueda hacer su obra.

7.- LA PROMESA DEL PADRE

En el Antiguo Testamento, siempre, aun en las circunstancias más adversas, aun en la contradicción y la rebeldía, se le prometió al pueblo de Israel la venida renovada del Espíritu de Dios. Esto se ha cumplido plenamente en Jesucristo, y nosotros hemos recibido la semilla de ese Espíritu en nuestro bautismo. Pero aquella Palabra sigue siendo una promesa deliciosa para nosotros, una promesa que Jesús definió pocos días antes de Pentecostés, como la promesa del Padre.

Dice Jeremías (31,31 ss), con una belleza inaudita, algo que es propiedad nuestra, porque está destinado a cumplirse en plenitud en nosotros: "He aquí que vienen días, en que yo pactaré con el pueblo de Israel -somos el nuevo Israel- una alianza nueva. Pondré mi Ley -mi Espíritu- en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y ya no tendrán que enseñarse unos a otros, pues todos me roconocerán cuando perdone sus culpas y no me acuerde más de sus pecados". Ezequiel nos dice (36,25 ss): "Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados. Y os daré un corazón nuevo y os infundiré un Espíritu nuevo. Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos".

Yo siento que estas palabras están vivas, y que le llegan a uno al fondo del alma. Por eso, San Pedro el día de Pentecostés citaba con emoción el cumplimiento de la profecía de Joel (3,1-5): "Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. Y todo el que invoque el nombre del Señor se salvará". Nadie puede invocar el nombre del Señor, ni decir Jesús es el Señor, sino en la fuerza y en la sabiduría del Espíritu Santo.

8.- LA LEY NUEVA ES LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO

En cierta ocasión daba yo una charla a más de cien sacerdotes carismáticos, reunidos en el Tibidabo para una semana de profundización. En cierto momento, citando la Suma de Santo Tomás de Aquino I-II, 109, dije: "La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo...". En ese momento, los sacerdotes se arrancaron en un cerrado aplauso. ¿Cómo es posible? Esa frase la habían oído mil veces al estudiar teología. Fue impresionante. Había unción en aquella asamblea. No siempre las cosas se entienden igual, y sin duda en ese momento el Espíritu Santo hizo que esa frase sonara a realidad y vivencia profunda dentro de nosotros mismos.

Y es cierto, el cristiano lleva la Ley metida en su corazón. Para nosotros ya no hay mandamientos, ya no hay preceptos, ya no hay obligaciones, ya no hay ley. O nos salen las cosas de dentro, motivadas por un chorro de amor y de gracia, o apenas valen para nada. Y si obramos sin esta gracia, es que en parte todavía somos del Antiguo Testamento. Por eso Santo Tomás, en este mismo tratado de la gracia, dice que algunos personajes del Antiguo Testamento pertenecieron al Nuevo, mientras que muchas personas del Nuevo, viven en realidad con la gracia aún no colmada del Antiguo Testamento.

9.- Y, ¿ QUÉ ES LA GRACIA?

Vamos a hacer un poco de teología. Hay varios textos en el Nuevo Testamento que son de una profundidad inaudita. Dice San Juan: "Ved qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios, y lo seamos en verdad"(I Jn. 3,1). Y San Pablo: "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios" (Rom. 8,15-17). San Pedro profundiza aún más: "os han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina" (II Pedro 1,4).

Esto es impresionante. ¿De modo que yo soy hijo de Dios, partícipe de su naturaleza divina? ¿Yo? ¿Quién me ha querido así? Sí. Tú eres hijo de Dios, porque en tu espíritu se ha derramado algo que se llama gracia. Y esa gracia es una realidad divina que entra dentro de ti, y te hace hijo de Dios, amigo de Dios, heredero de todos sus bienes. No es que dejes de ser hombre y te trasformes en Dios -esto es una herejía que se llama panteísmo-, es que a ti te pasa lo que al hierro cuando le metes en un horno de fundición, que sin dejar de ser hierro, se pone incandescente y adquiere las propiedades del fuego.

Ahora se entiende que cuando uno experimenta la gracia de Dios muy vivamente, ya no peca más, ya no necesita la ley, está lleno del amor divino, y cuanto toca lo llena de gracia, como la Virgen María, que cuando fue a visitar a Isabel, el niño saltó en su vientre, y la madre se puso a dar voces.

Ésta es la tremenda obra del Espíritu Santo: derramar en nosotros la gracia de Dios, el amor de Dios, el fuego de Dios.

10.- OS ENVIARÉ MI ESPÍRITU

Para nosotros la gracia tiene un nombre propio y es Jesús. Ha aparecido la gracia salvadora de Dios para todos los hombres, nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2,11). Jesús es la gracia de Dios en persona. Entró en nuestra historia, recorrió nuestros caminos. En Él hemos sido queridos, y en Él obtenemos la salvación. Poco antes de morir nos dijo: "Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré" (Jn. 16,7). El Espíritu viene, pues, en lugar de Jesús, y a hacer las veces de Jesús. Este Espíritu, que es enviado por Jesús, continúa su obra de amor y salvación.

Pero, ¿por qué nos conviene más el Espíritu, que Jesús en persona? Porque Jesús con su Espíritu pierde visibilidad, pero gana en presencia. Y esto es lo importante. Si siguiera viviendo en carne mortal, estaría sujeto al espacio y al tiempo, y apenas le podríamos ver. Viviría en algún país, y lo veríamos por televisión, o con ocasión de algún viaje, pero nada más. En cambio, volviendo en forma de espíritu, no se le ve, pero gana en presencia. Está con nosotros, está también con los catecumenales de la sala de al lado, está en el mundo entero, y en cada uno de los corazones. Llena la faz de la tierra.

Cuando vino últimamente el Papa a Madrid, tuvo una eucaristía masiva en la plaza de Colón. Una mujer, a pesar de tener una buena entrada, me dijo después: "qué lejos le he visto. Me entraba como una especie de angustia, porque veía que no me pertenecía, que no podía de ninguna forma llegar a él, no me visibilizaba a Dios". Esa sería nuestra sensación si Jesús viviera siempre en carne mortal. "Prefiero la comunión, continuó diciendo Montse, ahí es mío, y me pertenece, y me llena del todo". En la comunión, en la experiencia del Espíritu, es nuestro, nos pertenece, es el dulce huésped del alma.

11.- NOS HACE RECONOCER A JESÚS

Nadie es cristiano por seguir a Jesús, porque a Jesús se le puede seguir de muchas maneras. Se le puede seguir como a un líder, lo mismo que se hace uno del partido de Fidel Castro o de Felipe González. Es cierto que Cristo fue un hombre muy importante, y a lo mejor se debe tener de él una consideración histórica mayor que la de cualquiera de los grandes jefes, de los grandes inventores o artistas...pero no es eso. A Jesús le confundiríamos siempre con un hortelano, como le sucedió a María, a pesar de que le quería mucho, y le buscaba con toda su ardiente psicología. Sólo el Espíritu de Dios hizo que María reconociera a Jesús en aquel hortelano, y le llamara "Rabbuní", que es un título, que sólo se aplica a Dios. María no sabía que Jesús era Dios. Le tuvo que ser revelado por el Espíritu. Por eso se estuvo quieta cuando Jesús le dijo: "no me toques", que de ahora en adelante será todo distinto.

Para seguir a Jesús se necesita una experiencia de fe, una iluminación de arriba. Con los ojos de la carne, no se reconoce a Jesús, ni uno se arrodilla ante Él. Y la fe es un don sobrenatural. Sólo el Espíritu sondea lo íntimo de Dios, sólo el Espíritu nos hace entrar en la dimensión de este misterio. Por eso, en este Seminario queremos purificar nuestro seguimiento de Jesús. No es un seguimiento cultural, ni por haber nacido en España. Jesús no es un líder occidental. Traspasa todas las fronteras y todos los tiempos. A Jesús lo vemos en la fe, y la fe es obra del Espíritu Santo.

12.- EL MISTERIO DE JESÚS, EL POBRE

Yo creo que en cada siglo se podría pintar a Jesús en una cruz distinta. La cruz de ese siglo. Porque Jesús sigue sufriendo la pasión del mundo. En nuestro siglo se podría pintar a Jesús traspasado por las jeringuillas de la droga, o con el rostro demacrado del sida. Es muy duro el sufrimiento de nuestra gente por esas lacras, y por otras parecidas. El Espíritu nos enseña a reconocer a ese Jesús del siglo XX. Sin el Espíritu juzgaríamos sin piedad a esa gente, y les exigiríamos más precauciones, más esfuerzo de voluntad, menos caprichitos, y pringarse un poco más en el esfuerzo de una contribución social. Nunca llegaríamos a respetar la pobreza radical. Pensaríamos que es lo mismo ser cristiano que tener razón. No negamos la responsabilidad de esa gente en su degradación personal, pero eso es otro asunto. Santo Domingo de Guzmán, todas las noches le reclamaba a Dios a grandes voces, la situación de los que él llamaba pobres pecadores.

Es importante reconocer a Jesús en un hijo que te nace mongólico, en el pobre que duerme y deambula a la intemperie como un perro callejero, en el anciano que ha perdido todo vigor y decoro. Siento que la caridad en nuestro mundo necesita superar el juicio de lo pobre, la tentación de la eficacia y la belleza, el dispendio de los que por sí mismos se meten en la degradación. ¿Qué le podríamos exigir al Espíritu hoy? Que nos revele al Jesús del siglo XX, y nos dé fuerza para poder perdonarle, y que nuestro juicio no le lleve a ser crucificado de nuevo.

Pero es en la pobreza de la Iglesia y de la comunidad donde más necesitamos reconocer a Jesús. La comunidad es solidaria y sufre en sí misma todas las pobrezas de la época que nos ha tocado vivir. A veces nos escandalizamos de esta pobreza y la juzgamos duramente, como si fuéramos la burguesía de la religión. Le pedimos al Espíritu que nos enseñe a ver la dimensión teologal de la pobreza, la nuestra y la de la Iglesia. Que lo pobre no haga malo nuestro corazón por el juicio. Es una condición para la boda. Jesús es el pobre, que se ha hecho pobre, para poder casarse con la pobre. Llegará un día en que la vista de perlas y brocado, y la enjoye con oro de Ofir.

13.- LA PARÁBOLA DEL PIJAMA

Hace dos años estuve cinco días en la clínica de la Seguridad social en Ávila. Al llegar me vistieron con un viejo pijama, por el que habían pasado varias generaciones de enfermos. Era de un color azul celeste raído. Al día siguiente quise bajar a misa, y me quité el pijama y me puse mis pantalones. Pero las enfermeras, al verme, me obligaron a volver al pijama, y bajar con él a misa.

Me di cuenta de que el pijama era intocable, como parte de un rito sagrado. Como soy poco ritualista, hice de tripas corazón, y me fui acostumbrando a él. Al poco tiempo empecé a valorarlo, y le fui cogiendo cariño, porque noté que era una prenda que formaba comunidad y nos unía un montón a todos. Todos vestidos con el mismo pijama, paseábamos por los pasillos, nos visitábamos en las habitaciones, nos contábamos nuestras penas, y no había diferencia entre nosotros. Cuando uno se vestía de calle porque le daban el alta, apenas te atrevías ya a dirigirle la palabra, pues renacían las diferencias y desigualdades. Con el pijama, sin embargo, todos éramos buenos, sencillos, amigos, veíamos la tele juntos, y éramos solidarios de un mismo destino.

El oficio del Espíritu Santo es unir personas. Y para eso tiene que llevarnos a todos a la verdad. Y la verdad es que todos somos necesitados, enfermos, pecadores. Quiere vestirnos a todos con el mismo pijama, para que nos sintamos unidos. Así podremos ser curados y entraremos todos en el gran misterio de la comunidad, en la que Dios se va a revelar.

14.- TUS PECADOS LE PERTENECEN

La finalidad de todo es construir la comunidad, el Reino de Dios. Para eso, el Señor nos quiere sencillos, vestidos todos del mismo pijama. Juan dice que el Espíritu Santo nos tiene que iluminar y convencer a todos de pecado, de injusticia, y de juicio (Jn. 16,8), para que acojamos la salvación de Jesucristo.

En efecto, es importante que el Espíritu nos ilumine, sobre la obra salvadora de Cristo en nuestra muerte y en nuestro pecado, en la Iglesia y en el mundo. Cristo en la cruz asumió su muerte y la nuestra, y las venció en la resurrección. Desde entonces ha quedado la muerte herida, ya no tiene aguijón, ya no tiene la cara de amargura y oscuridad. Ya podemos enfrentar cara a cara nuestras muertes. No hace falta que las afeitemos, las descafeinemos o las ocultemos. Podemos pasar como señores por la muerte última, y por las otras muertes de la vida. De ahí que cuando oramos al Señor en la tribulación, Él no responde evitándonos la muerte, sino venciéndola, resucitando de la muerte.

Cristo venció también al pecado. Su muerte nos denuncia a todos, pero no es acusadora, sino redentora. Este es un misterio de enorme belleza. Cristo desactivó en su cuerpo de carne (Rom. 8,3; Col. 1,22) el poder del pecado, y clavó en la cruz el acta donde constaban nuestros pecados. De esta forma, dice Pablo, queda destruída nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud del pecado (Rom. 6,17). Por eso, tus pecados le pertenecen a Jesús por derecho de conquista. Pero, sin embargo, tú naces con ellos, te pertenecen por nacimiento, por condición pecadora, porque los has cometido o los vas a cometer. Te puedes quedar con ellos, posesionarte de ellos, hacerlos tuyos y vivir de ellos, como se puede vivir de un odio; pero de esta foma nunca te verás libre. Vivirás el agridulce de "ser tú mismo", pero te verás sometido a su servidumbre. Como dice San Bernardo: el pecador prefiere "misere praeesse, quam feliciter subesse", o sea, prefiere ser infeliz en su soberanía, antes que feliz en la sumisión.

Tampoco podrás librarte de ellos por tu fuerza de voluntad. Ni por tus promesas, ni por tus cautelas. Algo se puede hacer y se debe hacer, pero ningún esfuerzo, ni ninguna ley te podrá justificar. Si fuera así, sería inútil la cruz de Cristo. En esto sólo funciona la gratuidad total, con tal de que tú se los entregues a Cristo. Esto no es sencillo, porque están profundamente arraigados en ti, a veces te son ocultos, otras veces no te has percatado de su malicia, y en ocasiones sólo los entregas a medias. Se necesita un largo proceso de sanación y purificación, para que puedas entregarlos con sinceridad total. Una vez entregados le pertenecen a Él. Y aunque no desapareza la tendencia, e incluso ni siquiera el acto, Jesucristo ya es señor de ellos, tú te liberas de la culpabilidad, y Él te los quitará cuando te sea conveniente.

Además, el pecado, el tuyo o el de los demás, ha dejado en tu vida un rastro de herida. No puedes penetrar en tu pasado sin Jesús, porque te haces daño y no te serviría de nada. A Jesús le pertenece llegar con su Espíritu a los rincones de tu tiempo pasado, que para Él siempre son presentes, para sanártelos, para rectificarlos, para asumirlos y hacerlos entrar en un proceso de liberación y salvación. Dentro de un rato, en la efusión del Espíritu Santo, oiréis hablar de esta sanación interior. Abrid también de par en par vuestro pasado a Jesús, que quiere llegar con su Espíritu a las raíces de vosotros mismos.

15.- TESTIMONIO DE LA COMUNIDAD

Decía Juan XXIII que los viejos se parecen al vino, que con el paso del tiempo unos se avinagran y otros se transforman en la más exquisita crianza y solera. Si el Espíritu Santo no nos lleva a esta entrega de nuestras tendencias ocultas, de nuestros pecados, de nuestras aspiraciones, algo se avinagra dentro de nosotros y se hace difícil formar una comunidad que testimonie a Jesucristo. Nosotros podemos bloquear con facilidad la acción del Espíritu. Porque es cierto que todo es gracia, pero nos podemos cerrar a ella casi sin darnos cuenta.

Jesucristo ansía formar comunidades donde se hagan visibles los dos signos que a Él le hacen creíble ante el mundo: el amor y la unidad. Esto sólo puede realizarse cuando hemos pasado la línea entre la muerte y la vida por la entrega de nuestros pecados. Si seguimos viviendo de nuestra soberbia, de nuestra avaricia, de la exhibición de nuestro yo, de nuestros protagonismos, se hará imposible el testimonio. Seremos semejantes a los demás, y habrá sido inútil la experiencia del Espíritu.

Precisamente el amor y la unidad son signos porque son raros, porque la gente no se los cree, porque llaman la atención. Si en algún sitio existen, la gente se preguntará: ¿cómo es posible?. Y se hará patente la acción del Espíritu. Y será posible la evangelización. Si alguien te pregunta por la calle qué es la oración, podrás decirle: ven a mi comunidad y verás. Si te preguntan qué es el amor, qué es el servicio, qué es la alabanza, les dirás lo mismo: ven y verás. Y finalmente, si te preguntan si conoces al Espíritu Santo, les dirás con un gran amor y una gran ilusión: venid a mi comunidad y veréis al Espíritu Santo.


DONES Y CARISMAS

Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello... Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa. Juan 16,13.

En esta primera charla del retiro de efusión, se suele hablar de los dones y los carismas. Diréis: ¿qué es eso de dones y carismas? Es lo que voy a tratar de explicaros esta tarde. Es importante que nos vayamos familiarizando con el lenguaje de la vida en el Espíritu. De esta forma, entre otras cosas, os daréis cuenta que la Renovación carismática, no os inicia en un mundo esotérico y poco claro, sino en el cogollo de la espiritualidad de la Iglesia. Veréis que empleamos los términos de siempre, los conceptos de siempre, la teología espiritual más clásica y tradicional.

Lo que pasa es que las cosas, cuando no tienen alma, parece que están muertas. Cuando falta el Espíritu, falta la fuerza, el poder, la vida, el atractivo. Para muchos, hablar de teología espiritual les puede sonar a temas medievales, ya superados, sin incidencia ninguna en la vida real de hoy en día. Las tendencias teológicas actuales van por otros caminos, y muchos de estos teólogos no dejarían de esbozar una sonrisa al simple enunciado de estos temas de los que vamos a hablar hoy.

1.- HACIA LA VERDAD COMPLETA

Sin embargo, para nosotros hay poder y fuerza aquí. Estamos en una renovación. Es sorprendente el tesoro de vida escondido al que se accede, cuando dejamos que el Espíritu remueva nuestras apatías y rectifique el eje de nuestros pensamientos y de nuestras experiencias. Y desde aquí, desde lo nuevo o renovado, nos percatamos de lo viejas y cansinas y decrépitas que son las ideas acerca de Dios cuando es poco el Espíritu que las vitaliza.

Digo ideas, porque experiencia sin Espíritu no puede haber ninguna. Es en esta línea en la que yo quiero introducirme en el tema de hoy. La verdad completa. ¿A qué verdad te conduce el Espíritu? A la tuya, a la verdad de tu persona, a la experiencia más profunda de ti mismo. A esa verdad que tú has formulado alguna vez en tu vida cuando te preguntabas: ¿qué soy? ¿para qué vivo? ¿cuál es la verdad de mi ser? ¿qué significo yo y quiénes son los demás hombres, que me acompañan en esta peregrinación de la vida?

Lo que más nos interesa a los hombres en este mundo somos nosotros mismos. Si Dios no fuera nuestro fin último, dice Tomás de Aquino, si Dios no fuera el que realiza y completa nuestro ser, no tendríamos razón alguna para amarlo. Por eso, la verdad completa es algo que tiene que realizarse en mí, experimentarla yo como persona. No me vale lo que otros puedan decirme, necesito verlo yo, vivirlo yo, tocarlo yo. La vida espiritual tiene que dar la más alta respuesta a los interrogantes más hondos de mi persona, de lo contrario sería una superestructura de total alienación. El Espíritu y los dones de los que vamos a hablar vienen a colmar la innata pobreza y vacío del hombre. Fuera de estos contenidos espirituales el hombre no encuentra la verdad y medida de sí mismo. Algunos quieren prescindir de Dios para ser verdaderos hombres, pero lo único que consiguen es ser apenas hombres.

Por eso, no es la dimensión teórica la que vamos a cultivar en este Seminario. No vamos a salir mucho más ilustrados. Queremos salir transformados, revitalizados, renovados. En esa vivencia personal es donde vamos a descubrir la verdad completa. Ahí es donde voy a experimentar lo que significa para mí la muerte y resurrección de Jesucristo. Ahí es donde voy a entender los dones y los carismas como parte de mi propia experiencia, es decir, como vivencias y acontecimientos de mi vida interior. Ahí es donde voy a experimentar todo esto, que es lo que constituye en mí la verdad completa.

2.- CAMINOS DE INTERIORIDAD

La verdad completa se me tiene que dar en un encuentro personal, en un tú a tú con Jesucristo y con los demás. El Espíritu nos llevará hacia la verdad completa que no puede ser otra que un conocimiento amoroso del Verbo, y a través de Él, del Padre y de los hermanos. Este encuentro es el acontecimiento más alto al que puede llegar un ser humano. No se realiza este encuentro por vía intelectual, ni por los caminos del sentimiento, aunque ambos quedarán iluminados y consolados, sino en una caridad y en una fe que, al principio, son oscuras pero que, paso a paso, se irán haciendo más jugosas hasta casi ver y tocar a Dios en ese testimonio interior que, según San Pablo, da el Espíritu a nuestros corazones.

Para ir entendiendo estos temas, que para muchos van a ser experiencia viva, y que por eso es necesario formularlos bien para que disfrutéis más de lo que va a suceder en vuestro interior, es importante hacer una breve reflexión antropológica. Normalmente solemos dividir al ser humano en dos partes: cuerpo y alma. A mí me gusta más, y con ella me entiendo mejor, la distinción que tiene San Pablo al final de la I Carta a los Tesalonicenses: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo es el cuerpo; el alma se expresa en toda la dimensión psicológica: inteligencia, razón, voluntad, imaginación, sentimientos; y el espíritu es la dimensión donde se vive la fe, la esperanza y el encuentro con Dios y con los hermanos en el amor.

El encuentro, por tanto, con Dios se da en nuestro espíritu, que es una parte de nosotros mismos, que a veces no nos enteramos de que la tenemos. Nos bastan para vivir el cuerpo y el alma. Pero si no atendemos al espíritu, nos vamos a perder el encuentro, nos vamos a perder relaciones de autenticidad con Dios, y por ello no acabaremos de encontrarnos a nosotros mismos como hombres. Lo malo es que nuestro espíritu, si no es activado por Dios, apenas nos percatamos de su existencia. Yo puedo pensar cuando quiera, y puedo activar mi imaginación cuando me apetezca; pero en mi espíritu es Dios el que activa el querer y el obrar. Por eso, en él, suceden cosas maravillosas, pero en la dimensión de la gracia. Todas las virtudes, dones, carismas, frutos, bienaventuranzas de las que vamos a hablar suceden en el espíritu, pero como gracias recibidas de arriba. Un encuentro íntimo con Jesucristo te produce muchas de esas cosas, lo mismo que el encuentro con una persona muy amada te llena de alegría, te motiva y da calidad a toda tu vida.

3.-NO ME CAMBIÓ NI UNA SOLA DE MIS IDEAS

Sólo al entrar en la Renovación carismática empecé yo a tener alguna experiencia de esto que os estoy diciendo. Y no fue precisamente en el retiro de efusión cuando me ocurrió, ya que yo era muy soberbio entonces, aunque no sabía que lo era. No había identificado aún ciertas actitudes racionalistas con la soberbia. El Señor tuvo paciencia y misericordia conmigo, y a lo largo de varios años me fue abriendo los ojos. Lo primero que me asombró, por ser nuevo para mí, fue que cuando me vi transformado, me llevé la sorpresa de que no cambió ni una sola de mis ideas, gustos, aficiones etc. Siempre pensé que un cambio profundo de mentalidad, tendría que estar relacionado con un cambio de ideas, pero no fue así. Si el Señor te encuentra socialista, te deja socialista; si te encuentra siendo un pelma, te deja pelma; si te gusta la fabada te seguirá gustando. Entonces, ¿dónde se recibe ese gran cambio, dónde se realiza? ¿No será todo una fantasía? Poco a poco empecé a intuir algo. En mí hay algo más que inteligencia, voluntad, y sentidos , porque estas cosas no han sido tocadas, y sin embargo algo se ha iluminado, algo se ha fortalecido, algo nuevo e importante ha ocurrido en mí. ¿A qué parte de mi ser ha venido Dios?

Tú tienes dentro de ti, no sólo una habitación, sino un apartamento entero, donde tú nunca has entrado. Y el caso es que en esas habitaciones, jamás podrás entrar si no es de la mano del Espíritu Santo. Dios es más profundo en ti que tú mismo; te conoce mejor que tú mismo, y habita y llega más adentro que tú mismo. El centro de ti mismo, o lo posee Dios o permanece inhabitado. Normalmente vivimos a nivel de razón y de sentimientos, pero el Señor para guiarnos a la verdad completa, nos encamina hacia nosotros mismos, hasta el centro de nuestro ser. Tarde te amé, comenta Agustín, oh Hermosura. Te buscaba fuera, y tú estabas dentro.

Esa parte de nosotros, se llama espíritu (con minúscula), y es el lugar que el Espíritu (con mayúscula), ha preparado para la intimidad, para el encuentro, para la boda. Esto no se lo cree nadie hasta que no lo ha experimentado. Incluso para muchos cristianos y sacerdotes, éste es un tema vergonzante, que no se atreven ni a mencionar, como en general todo lo relacionado con la vida mística. Pero gracias a Dios vivimos en una época en que la gente necesita grandes experiencias, y con ello se está abriendo el camino de una nueva mentalidad.

4.- LA FE, ESPERANZA Y CARIDAD

La gracia más grande que derrama en nuestro espíritu el Espíritu Santo son las tres virtudes teologales. En ellas consiste básicamente la vida cristiana. Con ellas todo cobra sentido. Sin ellas todo es vano. Ellas son el baremo por el que se mide la gracia santificante de cada uno, es decir, la unión actual con Dios, el amor con que estamos siendo amados, el grado de gloria al que accederíamos, si muriéramos en este momento. Ellas indican también el grado de santidad en el que estamos viviendo.

A nadie se le llama santo por ser pobre, o por ser casto, o por ser sacrificado. Nadie es santo por ser religioso, o por ser sacerdote, o papa. Nadie es santo por obrar milagros, o ser un gran predicador, o brillar en cualquier otro carisma. La categoría de un cristiano, no se mide por ninguna virtud moral, ni por ningún ministerio, ni por ningún carisma, sino por el nivel de su fe, esperanza y caridad.

Para vivir la fe, esperanza y caridad no se necesitan estudios, ni una preparación humana exquisita, ni hacer o haber hecho grandes cosas. Las puede vivir, tal vez mejor que nadie, un impedido, un parapléjico, un pobre campesino analfabeto. Son los grandes dones del Espíritu. Ellas nos unen directamente a Dios, y todo nuestro afán o quehacer religioso del que hablemos, o del que hemos hablado, tiende a adquirirlas, pues vivirlas es hacerse semejante a Jesucristo, el Hijo amado de Dios. En efecto el seguimiento básico de Cristo es en fe, esperanza y caridad. Cualquier otra forma de seguimiento, nunca será un fin en sí mismo, sino medios para llegar aquí. Por eso todos los estados de vida están llamados a idéntica perfección esencial, y desde todos es alcanzable. Los mismos consejos evangélicos - pobreza, castidad y obediencia- que profesan los religiosos, sólo instrumentalmente contribuyen a la perfección, en cuanto eliminan obstáculos que, sin embargo, no contrarían esencialmente a la caridad. (II-II, 184, 4c). Por eso, la Renovación carismática tiene que ser básicamente una renovación en fe, esperanza y caridad, no en otros aspectos secundarios de la religiosidad. Es cierto que se apellida carismática, pero los carismas o conducen a la caridad o no son nada. Con esta teología, que es la de la Iglesia, se introduce el seglar, con pleno derecho, en las más altas aspiraciones de la santidad.

LA FE. La fe nos guía hacia Dios, nos adhiere a Él, nos da la identidad más profunda. Fe en Cristo Jesús, en quien se manifiesta el Dios Padre. La fe intuye a Jesús, lo desea, sigue sus huellas. La fe es un regalo de Dios que sucede dentro de mí para que yo pueda creer y confiar en Él. La fe va a ser la luz en la que descubráis a Jesús vivo, resucitado, como Alguien que se hace cercano a vosotros.

LA ESPERANZA. Tiene como base el poder de Dios tal como se ha manifestado en Cristo Jesús. Dios te puede sanar, te puede cambiar, te puede salvar. Con la esperanza, se te abre toda la dimensión del futuro. Todo puede suceder, porque Dios ha empezado en ti una gran obra, y Él nunca te fallará.

Cuando el Espíritu Santo actúa en nosotros una esperanza viva, ya no caben rutinas, ya no existe el "qué más da", ya no vale una vida monótona donde no hay progreso, ni interés. La dimensión de la promesa, de la tierra que mana leche y miel, del descanso, de la renovación de todas las cosas, se vive desde la esperanza. Dinamiza el presente, en el que se engendra el futuro.

Alguna doctrina oriental dice que cada hombre lleva en su interior un secreto, y que todo el proyecto de su vida no tiende a otra cosa que a descubrirlo. El Apocalipsis (2,17) dice también que a los vencedores se les dará una piedrecita blanca, y gravado en ella un nombre nuevo que nadie conoce. ¿Yo me llamo Chus? ¡Qué va!, eso es mentira, mi nombre aún no lo conozco. Hacia ese nombre caminamos, ahí nos conduce la esperanza, aún no hemos descubierto la perla.

LA CARIDAD. La fe y la esperanza desaparecerán en su día por haberse consumado su objetivo, pero la caridad siempre va a permanecer. Cuando llegue el fin se hará una enorme pira, en la que el mundo viejo será pasado por el fuego; pero los actos de amor que hayas hecho nunca serán destruidos porque pertenecen ya al mundo nuevo que va a surgir. La caridad se define con dos palabras: unión y comunicación. Une y comunica al Padre con el Hijo en el Espíritu, formando así la Trinidad; y nos une a nosotros desde el Padre y el Hijo en el Espíritu, para formar la comunidad.

En la unidad y en el amor debe haber una manifestación de Dios muy grande. Él nos dice: si os amáis y sois uno, el mundo creerá que he sido enviado por Dios. ¡Qué maravilla! Este es el signo de su verdad. Debe de haber muy poco amor en el mundo, para que el amor sea un asombro, un signo. Amar a Dios es, pues, reconocer sus derechos y cumplir sus mandamientos. Por eso sólo cuando nos amamos entre nosotros, se cumple también la dimensión de respetar a Dios y amarlo sobre todas las cosas.

La experiencia de Dios en nuestro espíritu es la verdadera causa de irradiación del amor entre nosotros. Todo lo demás nos separa: ideas, proyectos, ilusiones personales. Desde el principio me chocó, que en el pueblo de la Renovación, pudieran tan fácilmente convivir hombres y mujeres, chicos y mayores, estudiantes y señoras de sus labores. En aquella época me impresionó mucho la no existencia de conflictos generacionales, cuando aún en los conventos se vivía este problema con extrema agudeza.

El secreto de este tema, lo descubrí en un retiro al que asistí en Valladolid. Yo era nuevo, y nadie me conocía. En un momento dado nos dividieron en grupos de compartir. En mi grupo éramos ocho personas. Cuando empezamos a dar nuestro testimonio, habló una mujer de unos 60 años, cocinera en un colegio de Palencia. Me encantó su experiencia del Señor. Poco más tarde le tocó el turno a un chaval de unos 16 años, alumno del mismo colegio. Al contarnos lo que el Señor había hecho en él, me di cuenta que era lo mismo que había sucedido en la cocinera. Entonces pensé con emoción, pero ¿cómo no se van a entender estos dos, cómo no se van a querer, si comparten la mismísima experiencia? ¡Qué mas da que ella tenga 60 y el chico 16, si los dos pueden alabar con la misma canción, y gozarse con las mismas expresiones! Su unidad y amor no provenían evidentemente, ni del cuerpo, ni de la psicología, sino únicamente de su espíritu actuado por el mismo Señor.

5.- LA PARÁBOLA DEL BARCO

Las tres virtudes teologales nos introducen en la dimensión del Espíritu, en su núcleo, pero en ella existen muchas más riquezas. Para que todo esto nos vaya resultando más claro, imaginad un barco que navega en alta mar, rumbo a una misión arriesgada. Hay tres elementos esenciales en ese barco: el casco, los marineros, y el capitán. Si alguno falla la misión no se realiza. Si falta el barco, no se va a ninguna parte. Si no hay marineros nada funciona. Si no existe el capitán no habrá unidad de acción. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que si no hay capitán, unos marineros dirán a estribor, otros a babor, otros a proa, y otros a popa. Y al fin ese buque será presa del enemigo.

Semejante a ese barco es el hombre. Se compone de tres partes esenciales: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo es necesario, porque así es nuestra forma de existencia. Los marineros son el alma, sin la que nada funciona. Y el espíritu es el capitán. El problema es que desde Adán y Eva el espíritu se ha ausentado, y han tomado las riendas los marineros, es decir, las distintas facultades del alma. Y no hay unidad de acción. La inteligencia dice: "por aquí". La voluntad responde: "no me da la gana". El sentimiento replica: "me gusta más divertirme". Y la imaginación sueña soluciones imposibles.

Queremos devolverle al hombre el espíritu para que ejerza de capitán, para que haya unidad de acción, para que haya armonía en él, y a través de él en la sociedad. Pero al hombre sólo le devolveremos el espíritu si vuelve a encontrar a Dios. El Espíritu de Dios es amigo de nuestro espíritu, y quiere volver a pasear todas las tardes con el hombre, a la hora de la brisa. (Cfr. II-II, 164, 1).

6.- LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO

La vida cristiana se parece a un barco de vela. Cuando no hay viento los marineros utilizan los remos, y avanzan poco y con mucha fatiga. Cuando sopla el viento se viaja a vela desplegada, y se llega lejos y apenas sin fatiga. Cuando hay poco Espíritu el cristiano tiene que trabajar fatigosamente en la adquisición de las virtudes, pero cuando sopla el Espíritu con la fuerza de los dones, se llega muy lejos, y con muy poca fatiga. El puerto al que viajamos es Jesucristo y las virtudes teologales y demás actitudes que nos configuran con Él. Si actuamos guiados sólo por nuestra razón y voluntad, aunque estén motivadas por la fe y la Palabra de Dios, no superamos el nivel de un cristianismo infantil y de poco alcance. Para llegar a las grandes metas necesitamos otro impulso, que es el que hace el Espíritu Santo con los dones.

Tradicionalmente se mencionan siete dones, tal como el profeta Isaías nos refiere en su capítulo 11: sabiduría, inteligencia, ciencia, consejo, fortaleza, piedad, y temor de Dios. El espíritu del hombre los necesita para poder tener un encuentro total con Jesucristo y con los demás, en la caridad. La persona en la que no actúan los dones con fuerza, vive una vida cristiana muy rastrera, sin elevarse nunca por encima de los juicios de la razón, que aun iluminada por la fe, apenas llega a conocer y a encontrarse con Dios. Por eso vemos tantos cristianos que no se arriesgan a nada, ni se comprometen con nada, ni sufren por su fe, ni por lo tanto son fecundos. Todos los domingos van a Misa, pero no son capaces de trasmitir a sus hijos ni una sola vibración espiritual. Lo mismo se puede decir de muchos sacerdotes y religiosos que viven un cristianismo apocado, sin elevarse nunca por encima del juicio teológico covencional y de las normas morales más rancias.

Los dones son necesarios para la santidad del bautizado. Por eso, a diferencia de los carismas, los recibimos todos como semillas en el bautismo. Pertenecen al desarrollo normal de la vida cristiana, aunque en muchos se queden enanitos. Son, como decía antes un chica, siete masters con los que el Espíritu culmina su carrera en nosotros. Vivir a nivel de dones es dejar que el Espíritu sea el que programe el itinerario y velocidad de tu camino. La vida mística es imposible sin los dones. Las genialidades cristianas, los grandes amores, las grandes santidades se dan por la actuación de los dones.*** San Pablo nos da el auténtico sentido de la actuación de los dones en nosotros: "que el Padre de la gloria os conceda espíritu de sabiduría y revelación para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis, cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados por Él, cuál la riqueza de la gloria otorgada por Él en herencia a los santos, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos, y sentándolo a su diestra en los cielos (Ef. 1,17-19)

DON DE SABIDURÍA. ¿Con qué intención infunde el Espíritu Santo el don de sabiduría en nuestro espíritu? Para que conozcamos en plenitud a Jesucristo, en el cual se encierran todos los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios. Para eso tiene que elevar nuestro conocimiento a una dimensión que no es la suya propia. El conocimiento humano dejado a sí mismo tiene como objeto la comprensión de las cosas materiales, y no puede salir de esa dimensión, a no ser mediante complicadas reflexiones. Con el don de sabiduría, que nos da un conocimiento sobrenatural, podemos llegar a Dios en sí mismo, y ver al mundo desde Dios, con los ojos de Dios, con el ritmo y la paciencia de Dios. Conocemos las cosas desde su fuente y razones últimas que están en Dios. Según Tomás de Aquino, el don de sabiduría perfecciona y es inseparable de la caridad, a la que da la modalidad divina (II-II, 45,2). De esta forma podemos amar a las personas y a las cosas como las ama Dios, con su paciencia, con su ritmo. No con nuestras prisas, exigencias y temores.

Con esta visión divina de las cosas, se puede vivir como vivió Cristo, se puede amar a los enemigos, perdonar setenta veces siete, y entregar la propia vida gratuitamente por los demás. No te agobias, no eres pesimista, y entiendes que para todo hay un plan y un amor. Ni el mal de la historia, ni la marcha de la política, ni la situación de la Iglesia te agobia. Aprendes a quererte y aceptarte a ti mismo, que no eres capaz de cambiar y convertirte.

Este don en la Renovación carismática nos da el auténtico sentido que origina la alabanza: por su inmensa gloria, porque Dios existe, porque es bueno en sí mismo, porque es amor. Nos da el gozo de haber sido queridos y redimidos por Jesucristo, de una manera especial al celebrar la eucaristía. Nos hace también ver la comunidad desde Dios, penetrar en su misterio. No nos hemos reunido por nosotros mismos, ni por casualidad. Por lo tanto el misterio de nuestras pobrezas, cobra visión divina. Lo relativiza todo para darnos un sentimiento de eternidad. Da en un momento dado un amor especial por alguna persona, y pone raíz espiritual a una amistad. De él derivan también el don de compasión, de misericordia, el don de lágrimas.

DON DE INTELIGENCIA. El Espíritu da este don para comprender mejor a Cristo y todo lo que se refiere a la fe. Es una visión de fe. Es un flash sobre un tema de fe. Así, el incrédulo Tomás, después de decir que si no metía sus dedos por el agujero de las llagas no creería en la resurrección del Señor, en un impresionante flash del don de inteligencia, no sólo creyó en la resurrección, sino en algo mucho más profundo que es la divinidad de Jesús. Y se arrodilló y exclamó: "Señor mío, y Dios mío". Y lo mismo la Magdalena: "Rabbuní".

Santo Tomás de Aquino, después de ser tal vez el mayor teólogo de la historia, dejó de escribir a sus 48 años, por efecto de otro fortísimo golpe del don de inteligencia, dado en una visión. Ni una línea más. Le preguntaron, y respondió: "Después de lo que he visto, me parece paja todo lo que he escrito".

En la Renovación carismática este don es muy común. Actúa cuando a uno se le revela con unción una frase de la Escritura, una parábola, una imagen o figura, algún simbolismo litúrgico. En las personas contemplativas Dios actúa mucho con este don, perfeccionando su fe de tal forma, que nada ni nadie les puede hacer abdicar de lo que han visto y oído. Te hace de tal modo inteligible la cruz de Cristo, cosa totalmente ajena a la razón, que te la hace suave y hasta apetecible. A veces oyes decir a alguna persona: "mucho me ha costado la perseverancia en la Renovación, pero ahora no lo cambio por nada".

DON DE CIENCIA. Para explicar este don se me ocurre poner un ejemplo asequible a todo el mundo. Un niño muere en accidente. Ante este hecho pueden darse tres posturas:

Un hombre sin fe: Es absurda la muerte de un niño. Me rebelo contra todo.

Un simple creyente: Su razón duda. Acepta, pero no es capaz de evitar la rebeldía. Lucha con Dios.

Con el don de ciencia: "Dejad que los niños se acerquen a mí". Acepta plenamente la voluntad de Dios.

El don de ciencia tiene como objeto los acontecimientos de la vida, los sucesos naturales, las cosas creadas. De ahí el Espíritu santo nos eleva a Dios. En el don de sabiduría se conocen las cosas desde Dios, en el de ciencia a Dios desde las cosas. Es el don que actuó en San Francisco cuando compuso el "Cántico al hermano sol". Este don compuso también el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, y le hacía caer arrobado ante la belleza de una fuentecilla de la montaña. Nos enseña a amar la creación, y nos hace sentir el valor divino de lo humano y natural. Si hubiera un don ecológico por excelencia, este sería ese don.

El don de ciencia tiene en la Renovación carismática algunas manifestaciones muy fuertes. A veces da una luz especial para conocer en la oración de intercesión la situación interior de personas marcadas por sucesos o traumas, a veces ocultos, y que el Espíritu los ilumina en orden a una sanación. Otra cosa típica de este don, es una especie de instinto para conocer dónde hay Palabra de Dios o dónde no la hay. Qué cosas son del Señor y cuáles no lo son, por ejemplo, en un gesto, en el ejercicio de un carisma. Qué oraciones o canciones están ungidas, y cuáles son simple hechura humana.

DON DE CONSEJO. No se refiere a algo que tengo que conocer, sino a algo que tengo que hacer. Es un discernimiento a veces instintivo, sobre qué tengo que hacer, cómo debo comportarme en tal situación, qué camino seguir, qué cosas debo evitar para seguir a Jesucristo. Lo primario de este don no consiste en dar buenos consejos a los demás, sino en estar bien aconsejado. Viene a perfeccionar la virtud de la prudencia, pero no concluye algo por razones humanas, sino por inspiración del Espíritu.

Un día del año 1216, Santo Domingo de Guzmán, que sólo tenía 16 frailes, los repartió por el mundo en grupos de cuatro. Cuatro envió a París y cuatro a Bolonia, por ser grandes sedes universitarias. Cuatro envió a Madrid, cuando Madrid no era nada, y dejó otros cuatro con él en Toulouse. Lo hizo contra la opinión de todos. Al verse tan acosado por las opiniones contrarias, dijo: "Yo sé muy bien lo que me hago". Al poco tiempo los frutos le dieron la razón.

En la Renovación carismática el don de Consejo actúa, entre otras maneras, dando claridad al discernimiento para dirigir un grupo, o para ver con ojos del Espíritu el comportamiento de alguna persona. Da la capacidad de saber conciliar la verdad con la suavidad, la necesidad de guardar un secreto sin faltar a la verdad. En la Renovación es muy importante el tema de las relaciones personales, pues se crea gran intimidad entre las personas. El don de Consejo revela con luces superiores a las de la prudencia, cómo debes comportarte en determinados casos, y cuál debe ser tu actitud básica en este tema. En fin, este don nos ilumina sobre todos los aspectos del sometimiento a Dios y a los hermanos, sobre todo en la comunidad. Nos hace entrar en la práctica de la cruz de Cristo. Nos ayuda a discernir nuestro carisma, ministerio o vocación propia, y la de los demás.


DONES Y CARISMAS II
FRUTOS Y BIENAVENTURANZAS

En esta segunda parte de la charla, seguimos con los dones que nos faltan, que son más bien del orden afectivo o vital, y no del orden cognoscitivo como los anteriores. Según nos los cita Isaías, son todos ellos dones que adornan la personalidad del Mesías, y que han pasado íntegramente a la Iglesia, es decir, a todos los bautizados. No se adquieren ni con la meditación, ni con el estudio o investigación, sino que son infusos.

1- VUELTA A LA GRATUIDAD

Desde el principio de mi entrada en la Renovación, me llamó la atención una serie de fenómenos que tardé en interpretar, y que me parecían extraños dado el tipo de gente que me encontré en los grupos. Fenómenos de tipo místico, que no había visto ni en los conventos de clausura donde había dado ejercicios espirituales, ni en ninguna de las comunidades especializadas, con las que tuve ocasión de compartir. Me explico: la teología espiritual clásica divide el proceso del Espíritu en cada persona, en tres grandes campos: el ascético, el purgativo o iluminativo, y el unitivo, que marca el culmen de la perfección. Nadie puede llegar al último, si no pasa por los dos primeros. Sin embargo en la Renovación, aun en gente primeriza, se dan una serie de fenómenos que pertenecen de lleno al segundo y tercer campo sin haber pasado por el primero. Por ejemplo: una experiencia identificable del Espíritu, la alabanza, la oración en lenguas, la actuación del don de inteligencia en la comprensión de la Biblia, experiencias de sanación interior, largas horas de oración y la necesidad de ellas, el lenguaje profético, etc. Esto suele ser así al inicio de los grandes movimientos de renovación espiritual, y después por una especie de constante fatídica el Espíritu va siendo poco a poco sofocado.

¿Por qué se dan estos fenómenos en la Renovación, que parecen indicar una excepción al proceso ordinario de la vida espiritual? Tal como yo lo he experimentado en la Renovación carismática, esto se debe a que en las renovaciones hay una vuelta a la gratuidad total. El Espíritu deja de un lado estructuras, normas, teologías, en las que se siente incómodo por haber sido domesticado, y vuelve a encontrarse con los pobres, y se rehace el Evangelio. ¿Cómo puedo hacer yo que un drogata practique la vida ascética y la purgativa para llegar a la experiencia del Espíritu? Si el Espíritu no viene a este chico, tal como está, nada es posible; pero si viene, entonces vuelve a suceder el Evangelio.

Por eso en una época como la nuestra, donde parece que se hunden los pilares, anegados por el vacío, la increencia, y el materialismo, hay una parte del pueblo que va entrando en pobrezas inauditas. A esta gente no se le podrá exigir una ascesis previa, ni un comportamiento digno a priori, ni un elenco de fidelidades anteriores. Sólo se le exigirá una honda necesidad de ser salvados, y un corazón sencillo. Es la prostituta que nos precederá en el Reino. Con este pueblo el Espíritu Santo podrá trabajar a gusto, y los últimos serán los primeros. Hoy, una evangelización a fondo, sólo se podrá realizar con el anuncio de una gratuidad total, de una amnistía total, de un año de gracia del Señor para los cojos, los ciegos, y todos los que habitan en los sepulcros. "He aquí que yo abriré vuestras tumbas, y os haré salir de vuestros sepulcros, infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis" (Ez. 37,12).

Por eso es importante dejar que los dones del Espíritu actúen a tumba abierta, y podamos así encontrarnos con un Jesús vivo, no pasado por la razón, ni por la cantidad de preceptos y estructuras humanas que le asfixian. En un mundo como el nuestro, podrido, aunque perfectamente programado y racionalizado, la salvación vendrá de la irracionalidad de la predicación, de la sorpresa de los dones y carismas, y del asombro de que haya gente que se quiera más allá de los intereses mundanos. Es importante esta actuación de los dones, que en definitiva es la actuación del Espíritu. Una comunidad religiosa, un grupo cristiano donde no se pueda detectar la actuación de alguno de los dones, vive una vida lánguida y seguro que no hay profetismo, ni garra evangelizadora en él. A veces no se supera ni el nivel de la simple cultura cristiana.

En esta misma línea hablaba el Papa a miles de jóvenes reunidos con él en Czestochowa en Agosto de 1991: "Vivid según el Espíritu. Dejad que el espíritu de sabiduría e inteligencia, de consejo y fortaleza, de conocimiento, piedad y temor del Señor penetre en vuestros corazones y vuestras vidas y por medio de vosotros transforme la faz de la tierra. Recibid el Espíritu Santo, revestíos de la fuerza que brota de Él, convertíos en constructores de un mundo nuevo, un mundo diferente, fundado en la verdad, la justicia, la solidaridad y el amor".

DON DE PIEDAD.- La virtud de la piedad tiene como objeto el sentir a Dios como padre, tal como se ha revelado en Jesucristo; y a todos los hombres, especialmente a los que participan del mismo Espíritu, como hermanos. Es una virtud de tipo afectivo o vital. Funciona como las demás virtudes, creando con esfuerzo hábitos religiosos, gusto por las cosas de Dios, sentimientos fraternales con los hermanos.

El don es lo mismo, pero en vez del esfuerzo personal, es el soplo del Espíritu el que produce estos sentimientos. Qué distinto es ir a misa por obligación, o ir por una auténtica necesidad interior. De qué forma tan distinta mueve el corazón una palabra aprendida y otra vivida. Qué distinto es el pecado ante la faz de un Dios castigador, y la de un Dios Padre.

En la Renovación carismática este don produce efectos casi "mágicos" a veces. Por ejemplo, el poder hacer largas horas de oración sin cansarse, y con la sensación interior de encontrar vida en ello. "Se me ha hecho cortísimo este rato de oración", se oye decir con frecuencia. Retiros de dos días ocupados en oración, charlas, misas, sin tensión de ninguna clase, sin necesidad de huida, sin necesidad de escaquearse de ningún acto. Largas conversaciones sobre el Señor. Necesidad de juntarse con los hermanos, de compartir, de comer juntos. Un sentimiento de familia, a veces superior al de la familia de sangre. Una entrega de nuestros pesos, y abandono filial en los brazos del Señor. Sensación de que el Espíritu Santo es un amigo, que te sana, y te abraza, y te cuida. Suaviza, por tanto, la rigidez y dureza de las leyes y de los moralismos y liturgismos, dando un tono festivo y desenfadado a las relaciones de unos con otros, e incluso con Dios.

DON DE FORTALEZA.- Viene a potenciar la virtud de la fortaleza con la que el cristiano se capacita para arriesgarse a grandes empresas y para soportar pruebas y sufrimientos duros. El don añade a la virtud una invencible confianza de que serán superadas las dificultades por la fuerza del Espíritu. Sobre el miedo humano de un mártir está la fuerza de Dios. Es el don de los mártires, pero también el de los humildes que no pueden nada por sí mismos, el de los santos anónimos. *** En mi experiencia de la Renovación carismática, he visto que este don, se ejercita de varias maneras. Con frecuencia oímos a alguien el testimonio de que ha perseverado con grandes dificultades en una vocación - religiosa, sacerdotal, matrimonial - gracias a la fuerza recibida en la Renovación. Pero donde yo he visto más la actuación de este don es en las purificaciones, en los desiertos, en las cruces con las que el Señor va haciendo crecer a la gente. No las ordinarias de la vida, sino auténticas purificaciones pasivas del sentido y del espíritu, en la línea de ser aptos para la contemplación, la predicación profética, o el ejercicio de otros carismas. Las pruebas en estos casos son tan duras, que es imposible la resistencia sin una actuación del don de fortaleza, junto con el acompañamiento de alguna persona.

DON DE TEMOR DE DIOS.- El temor de que hablamos no se refiere a ningún castigo que Dios nos pueda infligir. No es un temor servil, sino filial. Va más bien en la línea de perder a Dios. Por eso va unido con la fe. Un no creyente o no practicante puede tener miedo a Dios, pero no como soplo del Espíritu Santo. Este temor santo de Dios, no es de ningún modo duda de la fidelidad de Dios, sino más bien duda de uno mismo, de la incapacidad e impotencia de servir a Dios y al prójimo, de caer en un hábito oculto y pecaminoso que nos aleje de Él, de que la prueba sea superior a nuestras fuerzas. Es muy saludable, porque nos mantiene vigilantes para no perder la sensibilidad de Dios. Si falta el temor de Dios, viene el endurecimiento del corazón.

En una primera impresión, parece que este don apenas actúa en la Renovación carismática, pero no es así. Actúa buscando qué quiere Dios para el grupo, por dónde nos lleva el Señor, cuál será la voluntad de Dios. En un pueblo que tiene una conciencia tan clara de estar en camino, como sucede con el pueblo de la Renovación, no es extraño que funcione el don de temor para que no confundamos nuestros caminos con los caminos del Señor. Sabemos que aquí no hay normas directivas, no hay una tradición, no hay metas prefijadas. Este santo temor saludable, sirve de antídoto y de acicate para acertar con el designio de Dios, de tal modo que el grupo crezca y no se bloquee, para que no hagamos nuestra voluntad, y actuemos por nuestras propias razones. El temor de Dios en los grupos ahuyenta la autonomía en el obrar. A veces cuando ves a esos dirigentes que se perpetúan en los grupos como si fueran tierra de su propiedad, te quedas perplejo. ¿No temerán a Dios, no temerán desviar, aún sin mala intención, la obra de Dios? El don de temor debería llevar a cualquier dirigente, a no superar un determinado plazo de tiempo en el cargo, a no ser que estuviera superclara la voluntad de Dios de que continúe, que en estos casos se manifestará más bien en el disgusto, que en el atractivo de continuar.

2.-LA PERSONA ES EL SUJETO DE LOS DONES

Los dones no son algo suelto que anda por los aires. Actúan y se sintetizan en una persona. El sujeto de los dones es una persona. La persona es un ser vivo que actúa siempre desde su yo, desde su centro, y cuando este yo está redimido, se hace dócil al influjo de un poder superior, que es el Espíritu Santo. Entonces esta persona humana puede obrar maravillas de la gracia. Por eso la actuación de los dones se hace unitaria, se sintetiza y se hace operativa a través de la persona. Es cierto que los dones pertenecen a la santidad del individuo, pero no de una forma estática, sino viva. La buena salud en una persona es parte de su ser, pero también de su actuar.

Con esto quiero decir que los dones no pertenecen a un mundo extraterreno, sino que actúan a través de las personas en nuestras asambleas, en nuestra vida. Por ejemplo, en un equipo de intercesión, o en cada una de las personas que interceden, de una forma o de otra debe darse la actuación de los siete dones: el don de sabiduría, dando un amor especial por aquél sobre quien se va a orar, y a veces dando hasta el don de compasión; el don de inteligencia, revelando una frase de la Escritura, y haciendo que la fe se haga carismática, es decir, la que obra milagros; el don de ciencia, iluminando sobre el inconsciente de esa persona, y revelando traumas o sucesos ocultos; el don de consejo, señalando el camino concreto por el que debe seguir; el don de piedad, haciendo fecunda y jugosa e íntima la oración; el don de fortaleza motivando fuertemente a la perseverancia en la oración a pesar de las dificultades; y, finalmente, el don de temor de Dios, haciendo cualquier cosa para que este hermano no se quede sin el consuelo de Dios. La actuación de estos siete dones hacen enormemente fecundos el carisma de la intercesión, y todos los demás carismas.

3.- LOS CARISMAS

Imaginad unas chicas, como Esther y Loli, que están aquí tocando la guitarra y cantando. Si tocan y cantan bien es estupendo; pero si además están ungidas, entonces no sólo es estupendo, sino que toda la asamblea percibe un algo del Espíritu, y entra en la oración más fácilmente. En ocasiones, la unción hace que una canción se repita veces y veces, sin que canse, porque el Espíritu le da un jugo que alimenta a la gente. Imaginad también un predicador, que al terminar su charla, se le acerca la gente y le dice: "Todo lo que has hablado ha sido para mí. Me parece como si me hubieras hecho una radiografía interior." Tanto en un caso como en otro, este lenguaje es de manifestación del Espíritu, un lenguaje de carismas.

Tengo que confesar que hasta que no entré en la Renovación no sabía que un carisma es una gran posibilidad para un sacerdote, o para la Iglesia en general. Apenas sabía lo que era un carisma. En las últimas páginas de los tratados de espiritualidad, se hablaba someramente de las gracias "gratis datae" - así se llamaban entonces los carismas -. A esas páginas casi nunca se llegaba en clase, por ser las últimas y por el poco interés que suscitaban.

Ni siquiera la palabra era de uso común. Oí a un teólogo que en los grandes volúmenes de preparación para el Vaticano II, la palabra carisma sólo sale cinco veces. En el Concilio no la querían admitir, y sólo gracias a una ardiente defensa del término, por parte del Cardenal Suenens, se admitió. No había entrado tampoco a lo largo de los siglos en la teología de occidente, aunque a veces se mencionaba poéticamente. Hoy, sin embargo, esta palabra se ha hecho tan común en pocos años, que ha salido ya del ámbito religioso, y, así se habla del carisma de un jugador de fútbol, de un personaje político, o de cualquier líder social.

Yo me he preguntado en serio a mí mismo: ¿Por qué no sabía yo lo que era un carisma cuando llevaba ya quince años de sacerdote? ¿Por qué fue una sorpresa para mí oír hablar de estas cosas en la Renovación carismática? Y creo, sencillamente, que es, porque yo no sabía que en la evangelización, o en el apostolado como se decía entonces, el principal agente es el Espíritu Santo. Estas cosas las sabe uno con la cabeza, pero en la realidad de todos los días están aparcadas en una vía muerta. Yo seguía preparando mis predicaciones y planificando todo desde mí. Mi confianza estaba en los estudios, en una buena preparación inmediata, en mis cualidades naturales. Hablaba a la inteligencia de la gente, y sin darme cuenta, les ayudaba a engordar su yo religioso, pero nunca a su corazón, nunca una radiografía interior, nunca algo que convirtiera su vida a Jesucristo. A Jesucristo sólo nos puede llevar el Espíritu Santo.

4.- ¿QUÉ SON, PUES, LOS CARISMAS?

El Espíritu Santo construye la Iglesia, derramando sobre cada bautizado la gracia, que le hace hijo de Dios. Este es el orden de la santidad o de la caridad, que culmina con la actuación plena de los siete dones que nos identifica con Cristo. A Juan Pablo II, una vez le insinuaron que en el Catolicismo la mujer desempeña un papel secundario... él respondió: " En el Catolicismo, la dignidad y categoría de una persona, no viene del ministerio que ejerza, sino de la gracia y santidad que posea". Esta gracia nos llega a través del Bautismo. Los demás sacramentos la sirven recuperándola o aumentándola. Para el servicio de estos sacramentos hay unos ministerios estables, ejercidos por unos ministros como son el Papa, los obispos y sacerdotes, que son los administradores de esta gracia. Estos ministerios también son carismas del Espíritu, pero al hacerse estables, forman ya parte de la constitución y estructura de la Iglesia.

Pero además de estos carismas, hay otras acciones o manifestaciones del Espíritu, necesarias para la construcción de la Iglesia, que forman parte de su vida, pero no la vertebran o estructuran como hacen los ministerios. Entre estos están los carismas que el Espíritu Santo quiere revitalizar en la Iglesia de Dios, y que dan apellido al movimiento de Renovación carismática. Podemos caracterizarles de la siguiente manera: 

1.- No pertenecen a la estructura de la Iglesia, ni se identifican con su principal operación que es la caridad, pero son una parte muy importante de su vida. Sin ellos la comunidad se bloquea y degenera, transformándose en un simple grupo de devoción, y pierde el carácter vivo y profético. Muere también la fecundidad.

2.- Los dones los recibimos todos en el bautismo, porque pertenecen al orden de la santidad o caridad. En cambio los carismas son manifestaciones del Espíritu, para construir la comunidad. No pertenecen teóricamente al orden de la santidad, aunque es muy difícil que Dios dé un carisma a alguien, sin haberle preparado antes con un duro ejercicio de santidad. De lo contrario, sería peligrosísimo tener un carisma.

3.- Los carismas sólo se dan en algunas personas, y no de una manera estable, aunque tal vez, sí de una manera continuada, para distintos servicios en la comunidad, siempre para el provecho común.

4.- Poseen un componente de espontaneidad y de sorpresa. Siempre a la escucha del Espíritu, para que Él, mediante sus acciones y manifestaciones, pueda dirigir la comunidad. Si el carisma fuera una posesión, cerraríamos el camino y apagaríamos el Espíritu.

5.- LOS CARISMAS MANIFIESTAN A JESUCRISTO

Como siempre, el Espíritu nos manifiesta a Jesús. Nos hace conocer su vida, su poder, su salvación en orden a su Cuerpo que es la Iglesia. Construye el Reino de Dios que se identifica con la persona de Cristo. El Espíritu nunca se manifiesta a sí mismo. Es como la luz que nos hace ver las cosas, pero ella no es visible. Por tanto cuando hay una sanación, es Jesús el que sana; cuando hay una predicación o un acto litúrgico ungido, es Jesús el que lo hace. No lo hace tocando con su mano mortal, sino mediante su Unción, su energía resucitada, que es el Espíritu Santo. Dicen que el Espíritu Santo no se ata a la estructura de la Iglesia, sino que a veces actúa libremente más allá de sus fronteras. Puede ser, pero no creo que se pueda decir lo mismo de Jesús. El Espíritu nunca desborda a Jesús, es totalmente cristiano. De todas formas, en un carisma no viene el Espíritu Santo en persona, sino como una manifestación. El don del Espíritu Santo en persona es la gracia santificante. (S.T. I, 43, 3, ad 4).

Esto es importante en la Renovación carismática, para evitar todo espiritualismo y cualquier forma de evasión o gnosis. Los verdaderos carismas no anulan el realismo de la encarnación, ni el lenguaje de la cruz. Jesucristo es el modelo según el cual actúa el Espíritu Santo. Por eso el Espíritu siempre actuará como actuó Jesús, y no se van a contradecir. Si el ejercicio de algún carisma nos llevara a "otro evangelio", o a otro Jesús distinto del que ha sido predicado, sea anatema (Gal.1,8).

6.-EL DISCERNIMIENTO DE LOS CARISMAS

Dicen que en la comunidad primitiva de Corinto hubo muchos problemas en el ejercicio de los carismas, y lo mismo puede suceder y sucede en la Renovación carismática, si no nos atenemos a un discernimiento clarividente, que también es un carisma. El criterio fundamental y último del discernimiento de los carismas es el de que manifiesten el señorío de Jesús (I Co. 12,3), el reconocimiento del misterio del Verbo encarnado. Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiese a Jesucristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiese a Jesús no es de Dios. (I Jn. 4, 2-3).

Lo mismo hay que decir de su Cuerpo, que es la Iglesia. Los carismas no deben salirse de la Iglesia, sino estar sometidos a su autoridad y discernimiento. En un grupo, los carismas deben de ser sometidos a discernimiento, más bien a posteriori que a priori. Y a los que los ejercen, no les viene nada mal ser sometidos a períodos de prueba, de obediencia, y de silencio. Un carisma, aunque sea verdadero, actuando en un sujeto díscolo y desobediente, no debe ser admitido en la comunidad, pues se correría el peligro de atentar contra el orden de la caridad y dividir el Cuerpo de Cristo.

Finalmente, es básico el discernimiento que nos viene de la cruz de Cristo. Aunque para el cristiano, ya no hay una cruz a secas, sino resucitada y gloriosa, sin embargo existe la cruz. Aunque muramos con Cristo, hay que pasar por la muerte. Y la carne se rebela, y desde su propia pasión y muerte, tiene que ser sometida al espíritu. Por eso una mentalidad de carismas, que sistemáticamente elimine, consciente o inconscientemente este proceso, es sospechosa. Fácilmente se cae en lo mágico, en el conjuro, en el curanderismo. Hay una palabra que denuncia estas actitudes: Señor, ¿no obramos milagros en tu nombre? Apartaos de mí (Mt. 7,22).

EL DON DE LENGUAS.- Así suele llamarse este carisma, un poco atípico, pero que siempre se ha incluido en el elenco de los carismas. Dos años y medio tardé yo, después de entrar en la Renovación, en experimentar este don. Paseando un día por el claustro del convento de Alcobendas, mientras oraba, noté que me salía de dentro como una unción, que en la boca se me transformó en una especie de sonidos no articulados. Me sorprendió, pero lo identifiqué en el acto. San Pablo dice que es el carisma más pequeño, pero no es ninguna broma. Desde ese momento en la oración hay un cambio cualitativo, y poco a poco se va imponiendo, al menos en privado, hasta convertirse en la forma de orar más utilizada. Esto es bueno, pues, aparte de ser una oración altamente contemplativa, nos ayuda a orar en un tiempo como el nuestro, en que tanto fatigan el pensamiento y las palabras. "Si oro en lenguas, dice Pablo, no ora mi mente, sino mi espíritu" (I Co. 14,14). Por eso Pablo termina diciendo: "Deseo que oréis todos en lenguas" (I. Co. 14,5).

En la comunidad este don, cuando es cantado, suena como un recitado armónico, pero sin letra inteligible. Es la oración que hace más comunitaria la alabanza, y la transforma en lo que la tradición ha llamado "júbilo" o "jubilatio" (San Agustín, Com. al salmo 33). Ha estado sorprendentemente fuera de la oración oficial de la Iglesia durante siglos. Y es curioso que ni siquiera los místicos le hayan prestado gran atención. A veces este don se transforma en un carisma de comunicación, y entonces se dice algo con sonidos ininteligibles, pero en este caso necesita intérprete (I. Co. 14, 5-27).

LA PROFECÍA.- Al entrar en la Renovación, te quedas sorprendido, cuando en medio de la oración, un hombre o una mujer, se dirigen a todos, generalmente levantando la voz, y lanzan un mensaje que suele empezar con las palabras: "pueblo mío"...y en forma de apóstrofe, exhortan, animan, corrigen, hablando en primera persona como si fueran el mismo Dios. Yo nunca había escuchado una forma tal de hablar. Cuando pregunté, me dijeron: "esos tienen el carisma de profecía". Son los profetas. Me pareció estar en una de las comunidades de San Pablo.

Este carisma tiene una importancia especial en el nuevo Testamento. San Pablo dice que todos deben aspirar a los dones espirituales, especialmente a la profecía (I Co, 14,1). La inspiración profética es una moción espiritual, espontánea primero, pero luego más insistente, que se manifiesta como una palabra o una imagen que hay que transmitir de parte del Señor, y cuyas expresiones son muy variables: habladas, escritas, cantadas. Este carisma presupone una gran docilidad al Señor, familiaridad con la Palabra, una sensibilidad especial para la oración comunitaria, y un gran amor por la comunidad. San Ireneo nos recuerda, que no debemos desechar de la Iglesia la práctica profética, con el pretexto de que hay falsos profetas.

CARISMAS DE SANACIÓN.- Hay algunos carismas que parecen estar más ligados que otros a la evangelización, pues vienen a acreditarla y confirmarla con curaciones y milagros, liberaciones del maligno, etc. A mí la Renovación me abrió los ojos a este ancho campo de la pastoral. Hasta entonces todo el campo de la sanación para mí se reducía a Lourdes y Fátima. Gracias a Dios he tenido múltiples experiencias, tanto de sanación interior como físicas, en mí y en otras personas, y es un tema que lo considero de la más profunda consolación, y en el que se experimenta de una manera tangible la manifestación del Espíritu.

Estos signos generalmente están dentro del ámbito de la Palabra, y atestiguan que "el Evangelio es un poder de Dios para la salvación de todo creyente" (Rom. 1,16). Atestiguan que el Reino ya está presente. "Las características del apóstol se vieron cumplidas entre vosotros: paciencia perfecta en los sufrimientos, y también signos, prodigios y milagros (II Co.12, 12). Una experiencia pastoral de este tipo, que en la Renovación se ejerce de muchas maneras, te da la convicción de que el cristianismo, tanto o más que una doctrina, es un poder. Para la doctrina, en parte, basta la inteligencia, para el poder se necesita mucha fe.

Estos carismas se ejercen correlativamente con otros dones espirituales, en particular, los de discernimiento y fe. Esta última, que debe ser distinguida de la fe teologal, es una moción especial del Espíritu Santo, que da la convicción interior de que tal gracia, tal signo, han sido ya otorgados. Es la fe que hace trasladar montañas (Mt. 17,20).

CARISMAS DE ENSEÑANZA.- Al entrar en la dimensión del Espíritu, yo descubrí algo muy importante para mí como dominico predicador: la distinción entre la predicación y la enseñanza. Descubrí que la predicación es un anuncio, es un kerigma, es un testimonio que va directo al corazón de los hombres. No trata de convencer, sino de convertir; no trata de instruir, sino de arrancar y mover. La enseñanza o catequesis, sin embargo, es una explicación que va a la inteligencia, e ilumina el comportamiento cristiano que se realiza mediante la caridad. Santo Tomás de Aquino, encuentra tan profunda esta distinción, que dice que el que predica en pecado mortal comete sacrilegio, pero no el que da catequesis o clase de teología. Y es que en la predicación hay una presencia de Jesucristo muy distinta de la que hay en la catequesis.

Sin embargo, ambas son carismas del Espíritu, lo mismo que la teología cuando es auténtica, y en resumidas cuentas, toda la actividad trasmisora de la fe. La importancia de estos carismas se echa de ver, al saber que proceden de la esfera de la Palabra. No son fruto sólo del talento, o saber humano, sino que son don del Espíritu: "Hablamos, no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino recibidas del Espíritu, expresando realidades espirituales con términos espirituales" (I Co. 2,13). Siempre hay un peligro de intelectualismo, cuando estos servicios de enseñanza se separan de la comunidad. Todos hemos sufrido en propia carne estos peligros, y hemos experimentado, por ejemplo, la sequedad y vaciedad de una teología que no venga motivada por las necesidades concretas de una comunidad, y de la inspiración de lo alto. Sin embargo, la teología es necesaria para verbalizar, expresar y razonar la experiencia cristiana de una comunidad. De lo contrario, esta experiencia permanece seminconsciente, apenas se puede trasmitir, y puede ser hasta peligrosa. "¿Qué os aprovecharía yo, si mi palabra no os trajere ni revelación, ni ciencia, ni profecía, ni enseñanza?" (I Co. 14, 6).

Además de todos estos carismas hay otros muchos que no podemos citar aquí,por ejemplo, los grandes carismas de acogida, hospitalidad, los de servicio a los enfermos y a los pobres. La dimensión carismática se extiende a toda la vida. Una enfermera cristiana tiene que tener carisma para cuidar a los enfermos, y lo mismo un padre de familia, o un profesor en el colegio. Toda la actividad del cristiano debe estar fecundada por la acción del Espíritu, para hacer que Cristo sea todo en todos. Todas las órdenes religiosas se han fundado para resaltar en una época determinada, alguno de los carismas, especialmente necesario en ese momento para la construcción de la Iglesia.

7.- LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU

En cierta ocasión estuve dando ejercicios espirituales en un convento de dominicas de clausura, cerca de Madrid. En la primera entrevista con las monjas en el locutorio, me fijé en dos viejecitas, de porte muy modesto, silenciosas, con una sonrisa muy cariñosa. Me parecieron dos figuritas de cristal. Más tarde cuando fueron pasando las religiosas una a una por el locutorio, me confirmé en mi opinión; y los comentarios de las demás monjas me lo corroboraron.

Estas dos ancianas habían venido de jovencitas del País vasco. No tenían estudios ni preparación, y sí muchas dificultades con el castellano. A una la dedicaron al gallinero, y allí se pasó la vida, y la otra en la cocina. Me impresionó la obra que había hecho el Espíritu Santo en ellas. Cuando todas las circunstancias parecían augurar unas vidas rotas, resentidas y frustradas, lo que había allí eran unos maravillosos frutos del Espíritu Santo: dos ancianas llenas de amabilidad, de ternura con las más jóvenes, y agradecidas a Dios de que las hubiera escogido para vivir su vida encerradas en el claustro, y en puestos tan humildes. Contra esto se estrella Freud, se estrellan las previsiones humanas, y todo lo que se considera lógico en la sociedad actual. "Contra estas cosas no hay ley" (Gal. 5,22).

Cuando los dones del Espíritu Santo obran poderosamente en una persona, ésta se caracteriza por unas actitudes o formas de actuar, que son como algo sazonado y exquisito, revestidas de gran suavidad y dulzura. Estas actitudes que adornan una tal personalidad, se llaman frutos. Reciben este nombre porque evocan una cosecha. Tienen el carácter de ser algo último, lo mismo que la espiga y la manzana son lo último de un ciclo vegetal.

Estos frutos o actitudes caracterizan la forma de ser, de estar, de presentarse y de comportarse de una personalidad cristiana. Con ellos un cristiano da razón de sí mismo. ¿Y cómo es una personalidad cristiana? Es un ser que ama las cosas y es positivo, es alegre, pacífico, es paciente con todos, bondadoso, indulgente, de corazón grande, nada agresivo, es un hombre lleno de fe y de coraje, no se engríe, es modesto, es tolerante, tiene un gran dominio de sí, es servicial y comprensivo con todo el mundo.

8.- LAS BIENAVENTURANZAS

Yo estoy de párroco en una parroquia que tiene un Corte Inglés, el de la calle de Goya. Cuando murió D.Ramón Areces, fundador de esta cadena de supermercados, tuvimos en la parroquia un funeral por él. Asistieron los 500 empleados del turno de la mañana. Me di cuenta que sólo un 20% contestaba en la misa, y a comulgar no se acercó ni el 5%. Lo comentaba después con una empleada amiga, y me decía: tú no sabes lo que significa ir a comulgar en esos casos...te señalan, te fichan, te toman nota, y te lo echan en cara continuamente. Al más mínimo fallo o debilidad ya te dicen: "pues no sé para qué vas a comulgar, para hacer lo que haces"... y te encuentras impotente ante tales acusaciones. Jesús dice a los cristianos: Bienaventurados cuando digan cosas de vosotros, cuando os fichen, cuando os insulten, cuando perdáis los amigos, cuando perdáis el puesto de trabajo, cuando os cuchicheen...Mucha gente de la Renovación sufre con estas cosas. Si el Espíritu Santo os hace perseverar en el testimonio de Jesucristo, si os mantiene firmes en la fe, dichosos vosotros porque estáis dando no los frutos, sino los superfrutos del Espíritu. Alegrarse de ser pobre, de ser casto, alegrarse de tener una cruz, alegrarse de ser perseguidos por causa de la justicia, ahí es donde la acción del Espíritu Santo produce verdaderamente los frutos más finos y bellos que pueden darse en una personalidad cristiana. Esos frutos son las bienaventuranzas.





ESTE ES EL DÍA QUE HIZO EL SEÑOR