Refundaron la educación.
Construyeron un sistema paralelo de universidades y currículos donde el pensamiento crítico se sustituyó por adoctrinamiento, donde el título profesional se volvió una dádiva del modelo clientelar, no un logro académico.
- A los que salimos nos llaman traidores.
- A los que insisten en volver, “nunca volverán”
- no como profecía, como amenaza.
- Y a los que se quedan y disienten, los exilian, los persiguen, o los desaparecen.
Esto tiene nombre y se llama memoricidio: la destrucción deliberada de la memoria y el registro de un pueblo.
Nació para describir la quema de la biblioteca de Sarajevo. Las Naciones Unidas lo ha llegado a tratar como crimen contra la humanidad. Y así será tratado cuando llegue el momento.
A nosotros no nos incendiaron un edificio.
Nos reescribieron el rostro del Libertador, los textos escolares, el relato de quiénes somos y luego construyeron un imperio simbólico encima, donde solo cabe una versión de Venezuela: la de ellos. Una donde todos nosotros, sus víctimas no existimos, no contamos y por eso tratan vidas humanas con menos importancia que efectivo y “ caletas “ personales.
Hannah Arendt lo advirtió mejor que nadie: los regímenes totalitarios no solo necesitan controlar el presente; necesitan controlar el pasado, porque un pueblo que no recuerda con precisión no puede exigir con precisión.
Borrar la historia no es un daño colateral de estos gobiernos. Es la estrategia.
Por eso este carrusel no es solo información.
Es un acto de resistencia contra el olvido planificado.
Guarda estos datos. Compártelos. Cuéntaselos a quien no los sepa, sobre todo a los más jóvenes, a los que ya solo conocieron la Venezuela reescrita.
Cada vez que uno de nosotros recuerda con exactitud, ellos pierden un poco de ese imperio construido sobre nuestro silencio.
No nos van a borrar.
No mientras sigamos contando.


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