EL Rincón de Yanka: IGUALDAD

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viernes, 16 de octubre de 2026

LIBRO "LA ENVIDIA IGUALITARIA": CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD por GONZALO FERNÁNDEZ DE LA MORA

LA    ENVIDIA  
IGUALITARIA

CÓMO EL RECHAZO AL MÉRITO, 
LA EXCELENCIA Y EL LIDERAZGO 
DEBILITA A TODA UNA SOCIEDAD


«LAS SOCIEDADES NO FRACASAN 
CUANDO APARECEN LOS MEJORES, 
SINO CUANDO LA ENVIDIA CONSIGUE APARTARLOS».

Gonzalo Fernández de la Mora fue uno de los pensadores españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pero desgraciadamente su obra yace hoy enterrada bajo el muladar del olvido, entre toneladas de escombros producidos con el ocaso de la cultura, la enseñanza y la educación. Por fortuna, uno de sus clásicos fue recuperado hace poco por Editorial Áltera, para señalar una de las claves de la decadencia española, y más generalmente, estudiar el vicio más feo que brota del corazón humano. La envidia igualitaria sería en mi bachillerato particular un libro imprescindible. Se destaparían con su conocimiento las vergüenzas de muchos maestros y profesores, y se metería de nuevo en vereda a la chiquillería. Pues el mal de nuestro tiempo, o al menos uno muy enquistado en el pensamiento resentido y mediocre imperante es en parte, como acertó a proponer Fernández de la Mora, rechazar el mérito y la excelencia.

En la primera parte del ensayo del escritor español, de la Mora recoge un buen puñado de citas de los pensadores más célebres que han escrito sobre el asunto. Así, crea un recorrido desde los autores griegos hasta los intelectuales actuales, con el propósito de mostrarnos la existencia de la envidia en los corazones humanos y cómo este sentimiento es en sí mismo perverso. La envidia, constata el autor a partir de los textos recogidos, es un sentimiento universal que nace a partir de la desigualdad humana y de la siniestra pretensión de hacer a todos los hombres iguales.

La segunda parte es la más sabrosa del trabajo. Precisamente aquí estudia Fernández de la Mora cuál es el motor de la envidia. Y lo encuentra en el afán igualitario de algunas ideologías, a las que rápidamente se adhiere una mayoría de personas que aspiran a ese falso ideal. El catalán decía con toda razón al final de su estudio que: «El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible. Lo que sí cabe es satisfacer transitoria y localmente la envidia igualitaria al precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. La envidia igualitaria es el sentimiento social reaccionario por excelencia. Y es una irónica falsificación semántica que se autodenominen «progresistas» las corrientes políticas que estimulan tal flaqueza de la especie humana. La deletérea envidia igualitaria dicta las páginas oscuras de la Historia; la jerárquica emulación creadora escribe las de esplendor».

Fernández de la Mora defiende la emulación y la excelencia, frente a los que se sienten desgraciados porque no comparten el talento de otros y no hacen ningún esfuerzo por alcanzar sus logros. El que envidia desea la posición de otro, no sólo sus propiedades; desea estar en su lugar, tener sus capacidades. Y como no las tiene ni se esfuerza por desarrollar las suyas, sufre la alegría del otro y se alegra con su desgracia. Es un sentimiento maligno. Pues cuando el ser humano envidia profundamente, su sentimiento se traduce en una acción determinada: rebajar la situación de sus semejantes. Según esto, quienes de alguna manera merecer crédito y reconocimiento deben ser rebajados para que unos y otros coincidan con los que se saben inferiores. Como vemos, la envidia no sólo es un sentimiento maligno, es una fuerza que disuelve y destruye la sociedad.

Sin embargo, más allá de las coincidencias que guarda esta visión con la realidad española, a la que Fernández de la Mora veía como su cáncer principal (la lepra de España es la envidia), me interesa señalar el error fundacional de este ideal igualitario. Si los hombres son efectivamente iguales, lo son en cuanto seres creados por Dios. Así lo señala también el autor. En la medida que somos a imagen y semejanza de Dios, somos iguales. Nuestra dignidad tiene su aval por tanto en que somos criaturas de Dios. Ahora bien, aparte de esto, los hombres somos desiguales por naturaleza. Quien no vea esto está ciego. Cada uno ha nacido con unos dones individuales, y con ellos hace luego más o menos, cosechando de esta manera resultados dispares. No cabe en cabeza sana pretender hacer iguales a los hombres, cuando siendo desiguales, deben llegar a los mismos resultados.

Frente a los envidia, ya sea propia, o los envidiosos, ya sean amigos, vecinos o familiares, virtud y sentido común. La palabra igualdad es hoy una palabra mágica, y quien no anhela conseguirla, para los que asumen esta visión del mundo, se está discriminando. Y discriminar es tratar de manera diferente a los iguales. Lo que sucede, como he dicho, es que todos nosotros somos en algunas cosas iguales y en otras diversos. Por lo tanto, sólo estaríamos discriminando si tratamos a dos personas de forma diferente en lo que son iguales. En cambio, tratar a dos personas de forma dispar en lo que son diversas, es justicia. Y finalmente, si tratamos de igual forma a las personas en aquellas cosas que son diferentes, es una injusticia.

El afán igualitario es algo común en la gente especialmente envidiosa, que, consciente de su mediocridad, pretende no ser inferior a quienes merecen mayor reconocimiento que ellos, y trata de equilibrar lo que ellos entienden por igualdad rebajando los méritos de los otros. La envidia igualitaria trata todas estas cuestiones. Gonzalo Fernández de la Mora culpaba a este mal de la enfermedad que sufre España. Y si bien yo no le doy el peso que él daba a la envidia como factor destructivo de las capacidades hispanas, su libro es un valioso trabajo para que reconozcamos las señas de la envidia en nuestro entorno, y detectándolas, mantenernos lo más lejos posible de las mismas.

La envidia suele entenderse como un defecto privado, un sentimiento íntimo que afecta únicamente a quien lo padece. Fernández de la Mora plantea una tesis mucho más ambiciosa y provocadora: cuando la envidia se convierte en una actitud colectiva, termina moldeando la cultura, la política, la economía e incluso el destino de una nación.

En este ensayo, el autor analiza cómo el igualitarismo entendido como rechazo al mérito, la excelencia y el liderazgo puede acabar debilitando a toda una sociedad. A través de un recorrido filosófico, histórico y psicológico, sostiene que muchos de los grandes fracasos colectivos no nacen de la falta de talento ni de recursos, sino de una incapacidad para reconocer y aprovechar a los mejores. Cuando el resentimiento sustituye a la admiración y el éxito ajeno se percibe como una amenaza en lugar de un estímulo, la mediocridad acaba ocupando el lugar de la excelencia.

Lejos de reducir la envidia a un simple vicio personal, Gonzalo Fernández de la Mora la convierte en una poderosa herramienta para comprender algunos de los problemas más profundos de la España contemporánea y, por extensión, de cualquier sociedad donde el mérito sea cuestionado y la igualdad se confunda con la uniformidad.

Escrito con un estilo claro, directo y lleno de referencias culturales e históricas, La envidia igualitaria invita al lector a mirar más allá de los discursos políticos y preguntarse qué emociones sostienen realmente una comunidad. Una obra incómoda, pero profundamente actual, que propone sustituir el resentimiento por la emulación, la rivalidad destructiva por la admiración y la nivelación hacia abajo por una cultura capaz de reconocer el talento, fortalecer la cooperación y recuperar la confianza en el esfuerzo como motor del progreso colectivo.

Fernández de la Mora, en esta obra analiza el gran problema de la envidia a través del tiempo, de diversos autores, de las Instituciones y de un sinnúmero de concepciones que parten de la base de una igualdad biológica y jurídica que se remonta a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 en plena Revolución Francesa. Señala que este postulado ha sido repetido por toda la Democracia Constitucional. y que incluso lo expresa la Declaración Universal de 1948 de las Naciones Unidas, al señalar "Todos son iguales ante la ley". 

La idea de la igualdad tiene su origen doctrinario en la obra de Jean Jacques Rousseau, " Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad ( 1734), cuando expresa "La naturaleza ha puesto la igualdad entre los hombres, y ellos han instituido la desigualdad". 

Posteriormente, Rousseau en su obra "El Contrato Social" insiste en esta tesis, cuando al tratar un estado de naturaleza idílico partía de la premisa de que todos los seres humanos eran felices e iguales, pero que la sociedad los fue corrompiendo, al extremo que se requirió de un pacto social para evitar la crisis en esa etapa pre-etática. 

Gonzalo Fernández de la Mora, prueba con argumentos geniales de que ocurre exactamente lo contrario y expresa: "La Naturaleza que es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, y la sociedad que es homogeneizadora trata de asemejarlos y de guillotinar sus peculiaridades individuales. Así, no existe un código genético que asimile todos los individuales y que los hacen nacer iguales, toda vez, que de los mismos padres con los mismos medios, la misma educación y el mismo hábitat, resulta que unos son fuertes y otros son débiles, otros tenaces y otros abúlicos, unos geniales y otros normales. 

Tampoco es efectivo que la sociedad institucionalice las desigualdades. 

Muy por el contrario, cada sociedad realiza un esfuerzo extraordinario para lograr precisamente una igualdad que no existe. Así impone un lenguaje, impone sistema de vida que le suministran al adolescente una idea de la historia, de la Institución, del ser y del deber ser y les va definiendo lo que es bello, bueno. y verdadero. y el que no acepta estos criterios puede llegar a la delincuencia, incluso. 

Al contrario de lo que expresa Rousseau y que ha pretendido el socialismo. aumentando las potenciales igualatorias de la sociedad y del Estado, ella ha traído consigo una actitud cada vez coactiva de la Institución terminal que es el Estado lo que ha despotenciado las características propias de cada individuo, cayendo éstos en la ramplonería, la debilidad y la pérdida de los valores individuales que permiten a ciertos individuos sobresalir sobre otros frente a la mediocridad, la repetición y la monotonía, como ocurre en los países socialistas, e incluso este fenómeno, se da en Occidente, cuando ciertos países tratan de imponer sus modas y costumbres políticas, como ocurre con el "American Way of Life". 

Al contrario, la historia está llena de líderes creadores. de revolucionarios que han cambiado las bases de nuestros desenvolvimiento histórico siendo los protagonistas del progreso de la Humanidad, precisamente porque son diferentes y por ende, superiores. "Al revés de lo que propugnando Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre de ser ella misma, y que el Estado no la obligue hacer un plagio". No se trata que el Estado desproteja a la comunidad, ni menos que no les otorgue a todo las mismas posibilidades ese es su fin. Pero ello no implica que el Estado anquilose las posibilidades de los más capaces y no permita la plena realización de estos últimos, que serán, en definitiva, los grandes realizadores. Es cierto lo que dice el autor de que, la igualdad implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad. Así, en lugar de la tóxica envidia igualitaria, el genial profesor español cree, con acopios de argumentos, en aquello que llama la creadora emulación jerárquica. 

Gonzalo Fernández de la Mora, autor de importantes obras en materia de derecho político, entre las cuales debemos señalar "Ortega y el 98" (1961), el "Crepúsculo de las Ideologías" (1965), "La partitocracia" (1976), el 'Estado de Obras" (1976), y la "Constitución Contemporánea", (1980), en colaboración con otros autores y profesores de derecho chileno. entre los que me cuento, publica ahora ésta última obra "La Envidia Igualitaria" en que destruyendo mitos y en la constante búsqueda de la verdad como un "Quijote del Derecho Político", "va desfaciendo entuertos" y dando paso a la verdad, en su constante búsqueda de la libertad humana.

Con la reciente aparición de La envidia igualitaria, el autor de "El crepúsculo de las ideas" y Académico de Número de la Real de Ciencias Morales y Políticas, Gonzalo Fernández de la Mora, incrementa sus numerosas publicaciones, de entre las que cabe destacar La partitocracia, enjundiosa crítica al gobierno de los partidos. 

La presente obra, cuyo núcleo lo constituye la envidia, no se agota en el análisis de ese vicio, sino que en tomo a ella, unida por estrechos lazos, gira la ideología del igualitarismo y, frente a ésta, la desigualdad, muerte y vida, respectivamente, de la sociedad. 

En efecto, la obra se compone de tres partes. La primera consiste en el estudio crítico de la envidia en diversos autores que, a lo largo de los siglos, con mayor o menor extensión, se han ocupado de ella. Abarca este estudio a unos setenta autores que, desde los presocráticos a los contemporáneos, salvo excepciones, han considerado que la envidia es un sentimiento maligno y nefasto para el hombre y para la sociedad (págs. 9-92). 

La segunda parte (págs. 93-160) está constituida por un análisis de la envidia que se extiende a su 1:onceptualización, a su valoración, a la envidia como factor político, a las defensas frente a ella o a su superación y extinción y a la envidia hispana. 

Señala Fernández de la Mora que «la envidia nace del raciocinio y no de un instinto elemental..., no se envidia porque el código genético lo impone; se envidia en función de un razonamiento» (pág. 105). Ese inconfesable vicio lleva al hombre a crearle hábitos mentales que se vuelven contra sí mismo, obnubilándole y haciéndole perder el sentido de la realidad (págs. 107 y 115). El autor liga, acertadamente, la envidia a los ideólogos y a los partidarios del igualitarismo que «se convierten en promotores de un sentimiento de envidia que, desde fines del siglo XVIII, no ha cesado de ganar en extensión e intensidad» (pág. 112). Así, la envidia se a:poya, hoy sobre todo, «en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar d poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores» (pág. 112). 

Gonzalo Fernández de la Mora destaca d carácter antisocial de la envidia y la falsedad de que -frente a la tesis igualitaria- contribuye a que la sociedad sea más justa (pág. 119). Y es de destacar algunas de las observaciones acerca de la envidia como factor político. Así, y tal como d autor indica, en un régimen democrático los gobernados están enfrentados entre sí a causa de que «la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos» (pág. 126) y parte de esta clase recurre al fomento de la envidia colectiva (pág. 127) para lograr la unión de unos frente a otros. El recurrir a la envidia en lugar de a la emulación se debe a que «ésta no acentúa la división» sino que «distribuye las energías a lo largo de todo d grupo y no mueve a la formación de facciones incompatibles» (pág. 127). 

Con toda claridad señala cómo la envidia colectiva es alentada por los partidos de izquierda para conseguir adeptos, a los que se les convence de que sus males resultarán menores si disminuyen los bienes, el goce y la felicidad que proporcionan, de los demás. Y resulta plenamente acertada la unión que el autor advierte entre la izquierda y la envidia colectiva, al ser utilizada políticamente por aquélla, fenómeno exclusivo e inherente a la izquierda para quien el «progreso» ha consistido en el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos la ilusoria pretensión igualitaria. El estímulo es nulo; la. superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, como señala Fernández de la Mora, que le evite acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133 ). 

Como superación y extinción de la envidia, d autor señala la emulación, la satisfacción de la obra bien hecha, la estimación de lo valioso en los demás, la solidaridad y la simpatía. 

«La desigualdad creadora» constituye la tercera parte de la obra (págs. 161-232) y en ella el autor se ocupa de destacar que la desigualdad humana es una realidad incontrovertible, fuente de progreso y condición necesaria de la vida social, frente a un pernicioso y destructor ideal igualitario que, por otra parte, resulta imposible generador de otras desigualdades verdaderamente perniciosas por antinaturales. Como dice su autor, un igualitarismo cuyo «objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo» «es el producto típico de la envidia» y «constituye una corriente social que no ha cesado de crecer desde la aparición del marxismo y cuyo vero perfil no se puede captar sin desenmascararla, porque la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora» (pág. 231 ). 

Al desenmascarar a· la ideología igualitaria y señalar los beneficios y la bondad de «la desigualdad creadora», fuente de armonía social, Fernández de la Mora coincide con quienes, sin fijar su atención tan marcadamente sobre la envidia, y dentro del campo que podríamos llamar tradicional y contrarrevolucionario, advirtieron el mal radical del espíritu democrático, del igualitarismo y de la masificación que resulta de ellos, indicando como una de sus raíces las pasiones incontroladas de los hombres. Es la observación de Donoso Cortés al indicar que «el germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician»; es el «y seréis como los ricos», el «y seréis como los nobles», el «y seréis como los reyes», hasta el «y seréis a manera de dioses». Por eso, Donoso escribió: «la igualdad fue siempre el pretexto de la ambición y, como la hipocresía, de la envidia». Es la advertencia de Enrique Gil y Robles, para quien el igualitarismo radicaba en las ansias del corazón, agitado por torcidas pasiones y tenía su origen en el orgullo y la soberbia. Es la acusación de Maurras cuando indicaba que «la igualdad no puede reinar en parte alguna y, sin embargo, su obsesión, su deseo, establecen un espíritu político directamente contrario a las necesidades vitales de un país; el espíritu democrático, por la envidia se segrega, mata la armonía civil, la cordialidad, la paz entre los particulares». Es la observación de Vallet de Goytisolo al señalar como una de las causas de masificación el moderno «dogma» de la igualdad, que no puede sufrir sin sentirse herido, las diferencias, aniquilando con ello las libertades y haciendo de la sociedad un rebaño. Es, en fin, la reflexión de Eugenio Vegas: «el origen del principio de la igualdad absoluta está en el pecado de la envidia en que cayeron nuestros primeros padres en el Paraíso». 

Se trata, pues, de una obra que merece ser leída en estos tiempos en que el igualitarismo se extiende por doquier con todas sus desastrosas consecuencias. Lejos de aumentar la libertad, las libertades reales decrecen con el igualitarismo, mientras que en la desigualdad encuentran su natural campo de acción, como advierte Fernández de la Mora. 

Tiene razón Fernández de la Mora al señalar que «la historia de las dos últimas centurias de Occidente es incomprensible si se prescinde de la utopía igualitaria» y que «igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo» (pág. 166). Pero, poco antes, escribe que lo que trata en ese lugar es de «subrayar la persistencia y el volumen de la pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios» (pág. 166), pues, a su juicio, «la civilización occidental registra, pues, una voluntad igualitaria que primero es religiosa, luego política y, finalmente, económica» (pág. 166). 

Gonzalo Fernández de la Mora encuentra esa voluntad igualitaria religiosa en Pablo de Tarso, «que teoriz6 el igualitarismo religioso: un Dios de todos y para todos» (pág. 162) y, páginas después, afirma que «tanto en Pablo como en Rousseau, Marx y sus epígonos, el problema de la igualdad no se plantea fácticamente, sino normativamente. Se da .como vitanda la desigualdad real, y se afirma como deseable la igualdad» (pág. 166). 

Para el lector poco advertido, puestas así las cosas, pudiera parecer que el igualitarismo, que ciertamente es algo malo y así se presenta en el libro, tiene un origen religioso, cristiano y que nada menos que San Pablo es su teórico, por predicar un solo Dios verdadero. La Iglesia condena esta ideología igualitaria y frente al igualitarismo defiende las desigualdades «que se deriven de la naturaleza misma de las cosas» (Pío XII) y afirma que «la desigualdad del derecho y del poder se derivan del mismo Autor de la naturaleza» (León XIII). 

No hay, pues, una pretensión igualitaria a lo largo de dos milenios, pues tal pretensión no arranca de los escritos de San Pablo, ni se registra, en ese sentido, una voluntad igualitaria que sea religiosa salvo, quizá, en alguna herejía. Y, en el mismo San Pablo se encuentran textos absolutamente contrarios al igualitarismo. Fernández de la Mora, por otra parte, en un epígrafe posterior trata de «la desigualdad terrena» y reconoce que la igualdad de llamamiento a la misma fe no se traduce en una igualdad de resultados ni en la vida mundana ni en la perdurable, e indica que «el igualitarismo cristiano se limita a ofrecer a todos, sin excepción, la condición de hijos de Dios y la oportunidad de salvarse; pero, luego, el libre arbitrio divino en la adjudicación de dones y la aplicación de una justicia proporcional a las conductas desemboca en el desigualitarismo» (pág. 194 ). 

Esta observación no es obstáculo para resaltar los valiosos aportes de esta obra, tanto en su análisis y crítica a un sentimiento absolutamente negativo y corrosivo, como es el pesar por el bien ajeno, como en su defensa de la desigualdad y su rechazo de la ideología igualitaria. El autor señala que una pasi6n tan cerebral ha sobrevivido casi intacta a las admoniciones morales, mientras que comenzarla a tambalearse con la crítica conceptual (pág. 105 ). Mucho nos tememos que pasarán los siglos y no habrá desaparecido una lacra tan universal.

ESTANISLAO CANTERO





viernes, 14 de agosto de 2026

SOCIALISMO Y SOCIAL DEMOCRACIA: CIUDADES GLOBALIZADAS SIN ALMA, SIN VIDA, SIN LIBERTAD 🏢🏢🏭🏭

 

SOCIALISMO: 
CIUDADES  SIN  ALMA

«¿No te has dado cuenta cuando caminabas
por esta ciudad que la mayoría de sus edificios
no te decían nada, exceptuando
alguno que otro, que estaba cantando?»
«El actual habitante de los grandes centros ciudadanos
recae en un estado de salvajismo, es decir, en uno de aislamiento»

Paul Válery


Miliutin, Ginzburg, Le Corbusier: nombres distintos, una misma obsesión. Todo el siglo XX empujó en la misma dirección: borrar la ciudad heredada, desterrar el ornamento y convertir la arquitectura en una línea de producción en serie.
El socialismo no se conformó con construir edificios: construyó doctrina. Viviendas colectivas, ciudades funcionales, prefabricados en masa: todo pensado para moldear a un “hombre nuevo”. 
Lo que no servía a ese proyecto -la tradición, la intimidad, la memoria histórica- se consideraba un lastre a eliminar.

Esta idea se infiltró en el resto del mundo disfrazada de modernismo radical, de neobrutalismo, de sus herederos actuales. Hoy la huella está a la vista: centros históricos mutilados, barrios sin rostro, ciudades enteras donde el hormigón le ganó terreno al carácter.
Por eso Occidente no encuentra su lugar. Dejó que una ideología totalitaria despreciara su propio patrimonio sacrificando siglos de belleza por bloques repetidos, fríos e intercambiables. Cuando una ciudad se parece a cualquier otra, deja de pertenecerle a su pueblo.

Debemos rechazar esta tendencia destructiva. Restaurar el ornato, proteger nuestro patrimonio y recuperar la arquitectura tradicional, no es vivir en el pasado: es defender la memoria, la belleza y el legado de lo que alguna vez fue la civilización cristiana de Occidente.

Michael Wolf dedicó gran parte de su carrera a fotografiar las megaciudades, especialmente Hong Kong. Sus imágenes muestran fachadas interminables, ventanas repetidas y edificios que parecen no tener fin. Pero detrás de esos patrones casi abstractos hay miles de vidas. Cada ventana es una historia, cada apartamento una persona, cada detalle un recordatorio de cómo vivimos en las grandes ciudades. Con series como Architecture of Density o Tokyo Compression, Wolf transformó la arquitectura y el espacio urbano en una reflexión sobre el anonimato, la soledad y la forma en que las ciudades moldean nuestra manera de vivir. Su fotografía demuestra que, a veces, la mejor forma de hablar de las personas es fotografiar los lugares que habitan. ¿Hasta qué punto una ciudad también puede ser un retrato de quienes viven en ella?

La regla 3-30-300 es un estándar urbanístico creado por el experto Cecil Konijnendijk para medir y garantizar el acceso de los ciudadanos a la naturaleza en entornos urbanos. Establece que toda persona debe ver 3 árboles desde su ventana, tener un 30% de cobertura arbórea en su barrio y vivir a menos de 300 metros de un parque o espacio verde.

En qué consiste la regla

3 árboles: Ver al menos tres árboles de buen tamaño desde la ventana de tu casa.
30% de masa verde: Que el porcentaje de copa de árboles en tu barrio alcance el 30% para reducir el calor y mejorar el aire.
300 metros: Tener un parque o zona verde (de al menos una hectárea) a una distancia máxima de 300 metros de la puerta del hogar. 

El reto urbano en La Coruña: Como ocurre en la mayoría de ciudades compactas y densas, los ensanches más modernos o zonas altamente pavimentadas (como Cuatro Caminos o Pescadería) sufren déficit de dosel arbóreo o requieren caminar un poco más para alcanzar superficies verdes de gran tamaño, lo que impulsa peticiones vecinales y municipales para ganar espacio al asfalto y plantar más vegetación.
La Plaza de Pontevedra en La Coruña suspende en la regla 3-30-300, aunque cumple de forma sobresaliente con el último criterio de cercanía a zonas verdes.

Al analizar la plaza bajo este estándar urbanístico, el resultado se divide así:

3 árboles (Suspenso): Los edificios que dan directamente a la plaza o a la calle Juana de Vega sí tienen árboles de gran porte frente a sus ventanas. Sin embargo, las viviendas en las calles adyacentes más estrechas no logran ver vegetación.
30% de masa verde (Suspenso): Toda la zona del Ensanche y los alrededores de la plaza sufren un importante déficit de dosel arbóreo. El asfalto, las aceras y las paradas de autobús dominan el espacio, quedando muy lejos del 30% de cobertura vegetal requerido. Se han ejecutado proyectos del Ayuntamiento de La Coruña para renovar sus jardines y ampliar áreas verdes, pero el porcentaje global sigue siendo bajo. 
300 metros (Excelente cumplimiento): Este es su punto fuerte. A menos de 300 metros a pie (unos 3 minutos andando), los residentes tienen acceso directo a los Jardines de Méndez Núñez, un gran pulmón urbano con árboles centenarios que supera con creces la hectárea de superficie exigida por la regla. Además, la playa de Riazor y su paseo marítimo se encuentran a una distancia similar. 


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sábado, 22 de noviembre de 2025

LIBRO "EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN": UNA HISTORIA DEL MUNDO DESDE 1914 💥 por JOSEP FONTANA


EL SIGLO DE LA
REVOLUCIÓN

UNA HISTORIA
DEL MUNDO DESDE 1914

JOSEP FONTANA

El siglo de la revolución nos propone revisar la historia de los cien años que han transcurrido desde la revolución rusa de 1917 para descubrir hasta qué punto el miedo obsesivo a la revolución condicionó mucho de lo que sucedió en el mundo en este tiempo, con respuestas tan diversas como la del fascismo o la del «reformismo del miedo» que, asociado a la gran mentira de la «guerra fría», hizo posible en las décadas que siguieron a la Segunda guerra mundial el desarrollo del estado del bienestar y una larga etapa de paz social. Todo cambió hace unos cuarenta años, cuando la decadencia de la Unión Soviética y la crisis de los partidos comunistas acabaron con los viejos miedos, y comenzó la reconquista del poder por las clases dominantes que ha acabado llevándonos a la situación actual de estancamiento económico y desigualdad social. El siglo de la revolución es un libro que, a través de la historia de los últimos cien años, nos da las claves para entender el mundo en que vivimos.

INTRODUCCIÓN

Las luchas colectivas de las sociedades humanas han sido motivadas ante todo por la esperanza de acceder a dos objetivos estrechamente asociados: la libertad y la igualdad. Esto es, a la capacidad de vivir sin trabas que obstaculicen nuestro pleno desarrollo, y al derecho a participar equitativamente de los bienes naturales y de los frutos de nuestro trabajo. 

«Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad —escribían Karl Marx y Friedrich Engels en 1848— es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta». 

La historia de la humanidad está, en efecto, llena de momentos de lucha por la libertad y la igualdad, de revueltas contra los opresores y de intentos de construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido, que han sostenido siempre, y siguen haciéndolo hoy, que la sujeción y la desigualdad son necesarias para asegurar la prosperidad colectiva, o incluso que forman parte del proyecto divino. 

Uno de esos intentos de transformación social, que se inició en Rusia en 1917, ha marcado la trayectoria de los cien años transcurridos desde entonces. La amenaza de subversión del orden establecido que implicaba el modelo revolucionario bolchevique determinó la evolución política de los demás, empeñados en combatirlo y, sobre todo, en impedir que su ejemplo se extendiera por el mundo. Fascismo y nazismo, por ejemplo, nacieron como respuestas a la amenaza comunista, proponiendo como alternativa modelos de revolución nacionalista que no pasaron de formulaciones retóricas.

Respuestas más positivas a esta misma amenaza fueron los avances conseguidos en muchos países por el movimiento obrero en alianza con la socialdemocracia. La culminación de esta dinámica se produjo después de la Segunda guerra mundial, cuando, tras la derrota del fascismo, los avances sociales del estado de bienestar cumplieron la función de servir como antídoto contra la penetración de las ideas del comunismo en las sociedades del mundo desarrollado. Fue así como se alcanzó aquella situación excepcional de los años que van de 1945 a 1975, cuando en los países desarrollados se registraron las mayores cotas de igualdad hasta entonces conocidas y se reforzó la ilusión de un mundo de progreso continuado en que los grandes objetivos sociales de los revolucionarios podrían alcanzarse pacíficamente por la vía de la negociación. 

A partir de los años setenta del siglo pasado, sin embargo, al tiempo que se hundía el poder soviético y que el comunismo dejaba de ser una amenaza interna para las sociedades «occidentales», esa trayectoria cambió para dar paso a la reconquista del poder por las clases dominantes y a una fase de retroceso social que culminó después de la crisis final del «sistema socialista» en 1989, saludada por los intelectuales al servicio del sistema con augurios de que el triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado iban a significar el inicio de una nueva era de progreso e igualdad. 

No ha sido así, de modo que hoy, a los veinticinco años de la disolución definitiva de la URSS, resulta evidente que no ha habido los avances anunciados, sino que, por el contrario, nos encontramos en una situación de estancamiento económico y ante el panorama de una desigualdad creciente que se traduce en un empobrecimiento general. 

Frente a las explicaciones de quienes sostienen que el estancamiento y las desigualdades actuales son el resultado inevitable de la evolución autónoma de las fuerzas económicas, obviando cualquier referencia a sus causas políticas, que impusieron un rígido marco neoliberal, acorde con sus intereses. me parece conveniente revisar la historia de este «siglo de la revolución» para tratar de entender las causas que nos han llevado a la situación actual. 

La tarea no es fácil, por cuanto los objetivos económicos, las formulaciones políticas y las legitimaciones ideológicas aparecen estrechamente asociados en la realidad. Tratar de mostrarlos por separado implicaría desnaturalizarlos, y traicionaría la complejidad de las motivaciones de sus protagonistas. Como la historia de estas luchas está integrada en el conjunto de la evolución política, económica y cultural, no hay más remedio que seguir su pista en un relato más o menos asociado. Es una tarea difícil, y muy expuesta a errores factuales, en los que no dudo que habré caído en más de una ocasión, pese al esfuerzo que he hecho por verificar los datos y contrastar las interpretaciones. Pero el interés del objetivo compensa este riesgo. 

He escogido como inicio 1914, cuando la Primera guerra mundial, conocida generalmente como la Gran guerra, dinamitó el viejo orden, y lo acabo en la proximidad de 2017, cuando se celebrará el primer centenario de una revolución que, con sus conquistas, sus errores y su fracaso final, sigue siendo un fantasma que atemoriza aún las noches de los poderosos. 

Mi intención ha sido recuperar la política, entendida como la acción colectiva de la «polis», como un factor histórico explicativo, para tratar de entender el mundo en que vivimos, a lo que se agrega la convicción de que tan sólo a partir de la política se puede aspirar a recuperar una dinámica que vuelva a hacer posibles los avances en la conquista de la libertad y la igualdad.


APÉNDICE 

UNA REFLEXIÓN SOBRE PROGRESO, CAMBIO Y DESIGUALDAD 

Mi generación se educó en la convicción de que la historia de la humanidad era el relato de un proceso ininterrumpido de progreso, de un crecimiento económico que iba asociado al avance de la sociedad hacia un mundo más libre y más igualitario. Pensábamos que los hombres habían pasado de una primera existencia como cazadores-recolectores a otra en que la invención de la agricultura les permitió acceder a un estadio superior. Era lo que Gordon Childe denominaba la «revolución neolítica», cuando aparecieron la aglomeración de la población en las ciudades, la diferenciación de las actividades (agricultores, artesanos, comerciantes, funcionarios, sacerdotes...), una concentración efectiva de poder económico y político, el uso de los símbolos convencionales de la escritura para registrar y transmitir la información, y de patrones también convencionales de pesos y medidas, de tiempo y de espacio que condujeron al nacimiento de la ciencia matemática. 

Después vino un largo período de fluctuaciones hasta que en el siglo XVIII la revolución industrial permitió aumentar considerablemente la capacidad productiva y multiplicó los bienes al alcance de los seres humanos. Un ascenso que pensábamos que iba a proseguir indefinidamente. 

En 1930, en plena crisis económica mundial, Keynes expresó su fe en el futuro en un escrito sobre Las posibilidades económicas de nuestros nietos, en que decía: «Pienso con ilusión en los días no muy lejanos del mayor cambio que nunca se haya producido en el entorno material de los seres humanos en su conjunto ... El nivel de vida en las naciones progresivas, dentro de un siglo, será entre cuatro y ocho veces más alto que el de hoy», en un mundo en que bastaría con trabajar tres horas al día, en semanas de quince horas, para asegurarse la subsistencia. A lo que añadía una dimensión de progreso ético: «cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales». Poco a poco, al propio tiempo que el presente desmentía nuestras grandes esperanzas, descubríamos que la visión de la historia en que las habíamos fundamentado era falsa. 

Aprendimos, por ejemplo, que el ascenso de la manufactura y del comercio que se inició en Europa en el siglo XVI y que acabó conduciendo a la revolución industrial se había desarrollado bajo el signo de la disminución de los salarios reales de los trabajadores y de la exigencia de una intensificación del trabajo familiar destinado al mercado, en el marco de lo que De Vries definió como la «revolución industriosa», que condujo a la aparente paradoja de que los salarios reales disminuyeran en Europa entre 1500 y 1800, mientras que los inventarios domésticos mostraban un aumento del equipamiento de las familias. 

Los estudios de historia antropométrica, que relacionan la evolución de la estatura con la de los niveles de vida, confirmaron que hubo entre 1500 y 1800 evoluciones negativas, tanto en Inglaterra como en Holanda o en Estados Unidos. Como ha dicho Jan Luiten van Zanden, hubo «una relación inversa entre desarrollo y nivel de vida», que obliga a pensar que amplios sectores de la población de Europa no sacaron mucho provecho del progreso económico que se estaba produciendo. Esta evolución negativa de los niveles de vida se prolongó durante el desarrollo de la industrialización, al menos hasta mediados de siglo XIX, en la mayor parte de la Europa desarrollada. 

La vieja visión de un progreso ininterrumpido en el que el crecimiento habría beneficiado a todos, se transformaba así en la de un proceso que se habría fundamentado en la violencia y en la desigualdad. En 1954 Simon Kuznets trató de explicar esta evolución a partir de una pregunta: 
«¿La desigualdad en la distribución de los ingresos aumenta o disminuye en el curso del crecimiento económico de un país?».

Lo cual planteaba un problema tan fundamental como el de medir los costes sociales del crecimiento económico. Su respuesta, expresada en términos de lo que se llama la «curva de Kuznets», sostenía que la desigualdad había aumentado en una primera fase del crecimiento industrial, pero que empezó a disminuir en un determinado momento, entre el último cuarto del siglo XIX y la Primera guerra mundial, a partir del cual se inició un reparto más equitativo de los ingresos. 

En 1995 Van Zanden aplicó este mismo análisis a la historia económica de Europa desde fines del siglo XV, y la reinterpretó sosteniendo que hubo a lo largo de la Edad Moderna una asociación entre crecimiento y desigualdad, que se interrumpió en el último tercio del siglo XIX, entre 1870 y 1900, momento en que se inició una fase en la que «el crecimiento económico fue habitualmente acompañado de una disminución de la desigualdad. En consecuencia —añadía— se puede argumentar que hubo una supercurva de Kuznets que duró siglos, que se caracterizó por una desigualdad en aumento, hasta que en algún momento del último tercio del siglo XIX se produjo un cambio de tendencia y se inició la disminución de la desigualdad que caracterizaría el siglo XX». 

Posteriormente Lindert, Williamson y Branko Milanović extendieron esta exploración hacia el pasado, llevándola hasta la época del Imperio romano, aunque muchas de las especulaciones sobre la evolución de la desigualdad en el mundo preindustrial se basan en cálculos globales de muy dudosa fiabilidad. El progreso —entendido como la suma del crecimiento económico y de una mejora colectiva de los niveles de vida, como consecuencia de un reparto equitativo de sus beneficios— que habíamos desalojado de su papel de motor de la historia, reaparecía al menos en el siglo XX y nos devolvía la esperanza en el futuro. 

El problema es que este cambio, que se habría iniciado a fines del siglo XIX y que tuvo su etapa más vigorosa en los treinta años que siguieron al fin de la Segunda guerra mundial, terminó repentinamente hacia 1975, y no se ha recuperado en los últimos cuarenta años. Un cambio, éste de los años setenta, que Paul Krugman sostiene — refiriéndose a Estados Unidos, que fue donde se inició, antes de extenderse a todo el mundo desarrollado— que se debió a que «las normas e instituciones de la sociedad norteamericana han cambiado, por lo que o han favorecido o al menos han hecho posible un incremento radical de la desigualdad». 

Tomando como pretexto la necesidad de superar los efectos de la crisis del petróleo, se emprendió entonces la lucha contra los sindicatos, completada por una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron a las empresas deslocalizar la producción a otros países e importar después sus productos, con el fin de debilitar la capacidad de los obreros locales de luchar por mejoras de las condiciones de trabajo y de los salarios. William I. 

Robinson lo interpreta también a partir de la respuesta de los intereses empresariales a la crisis de los años setenta. Una clase capitalista transnacional que emergía en aquellos momentos optó por reconstruir su poder rompiendo con los obstáculos que el estado-nación y las demandas de las clases populares de sus países oponían a la acumulación. 

Crearon entonces lo que se conoce como «el consenso de Washington»: 
un acuerdo para una reestructuración económica mundial como base de un nuevo orden corporativo transnacional, y pasaron a la ofensiva en su guerra contra las clases populares y trabajadoras. 

La crisis de 2007-2008 empeoró aún esta evolución en todos los sentidos. Pero el problema más grave al que nos enfrentamos hoy es el de explicar por qué, una vez pasada la crisis, prosigue cada vez con más fuerza esta dinámica de aumento de la desigualdad que conlleva el empobrecimiento de la mayoría. Una serie de economistas han pretendido reemplazar el relato histórico de este proceso por modelos explicativos que se basan exclusivamente en la evolución de la economía.[1] 

Tal es el caso de Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI, donde niega que haya habido en el siglo XX una dinámica que haya favorecido el aumento de la igualdad. La desigualdad es un rasgo permanente de la historia humana. «En todas las sociedades y en todas las épocas la mitad de la población más pobre en patrimonio no posee casi nada (generalmente en torno a un 5 % del patrimonio total), la décima parte superior de la jerarquía de los patrimonios posee una clara mayoría del total (generalmente más de un 60 % del patrimonio total, y en ocasiones hasta un 90 %), y la población comprendida entre estos dos grupos ... tiene una parte entre el 5 % y el 35 %». 

Este planteamiento, que reduce la ilusión de progreso de los años felices entre 1945 y 1975, cuando parecía que las cosas estaban cambiando, a una simple consecuencia del «caos del período entre las dos guerras» y de «las fuertes tensiones sociales que lo caracterizaron», liquida la historia del progreso y devuelve una cierta estabilidad, o más bien un cierto estancamiento, al curso de la historia. 

Uno de los rasgos que sorprenden más en el libro de Piketty es la ausencia de referencias a la política en su interpretación de lo ocurrido en el siglo XX, hasta el punto de que la palabra «sindicatos» aparece una sola vez, en la página 491 de su libro. 
¿Se puede interpretar la evolución a largo plazo de los salarios y de las condiciones de trabajo prescindiendo de la actuación de los sindicatos?[2] 

James K. Galbraith le replicó que la evidencia sugería, por el contrario, que lo que había sucedido era que «el aumento de la desigualdad es la consecuencia de momentos particulares en la historia del capitalismo financiero, cuando fuertes presiones a nivel continental o global se impusieron a las defensas institucionales que la sociedad procura erigir para proveer protecciones estabilizadoras contra los males de la desigualdad extrema». 

Partiendo de sus estudios sobre la evolución de la desigualdad, Branko Milanović ha utilizado el concepto de «ondas o ciclos de Kuznets» para interpretar la evolución global de la desigualdad a lo largo de la historia, que acaba así reducida a una secuencia de ciclos, reflejados en una sugerente serie de curvas sobre la evolución de la desigualdad en el Imperio romano entre el año 14 y el 700 de la era cristiana o en España entre 1326 y 1842 (basada en la relación entre la renta de la tierra y los salarios), que pueden servir de base para sus teorizaciones, pero que tienen el inconveniente de carecer por completo de valor histórico.[3] 

Así llegamos al presente, interpretado por Milanović como una «segunda onda de Kuznets» en que el crecimiento actual de la desigualdad se explica como resultado de la segunda revolución tecnológica (basada fundamentalmente en la tecnología de la información) y de la globalización, en una interpretación adornada con todos los tópicos del neoliberalismo (la imposibilidad de aumentar los impuestos por la movilidad del capital, etc.). 

Tras lo cual llegamos a las previsiones de futuro, que son de una extrema vaguedad y se limitan a poco más que a afirmar que en los próximos veinte años la desigualdad puede reducirse a lo sumo en una «decimoquinta parte» y que las ganancias de este proceso no se distribuirán uniformemente. La misma gráfica española, de 1350 a 1850, la usa Milanović en un artículo publicado en Nature en septiembre de 2016, que concluye previniendo contra las fuerzas malignas de las políticas populistas-nacionalistas con las que, tanto en el «Occidente rico» como en Rusia, Turquía y China, se intenta aplacar a los descontentos. 

La moral del artículo, y de la obra entera de Milanović, se expresa en el título mismo del artículo, «La desigualdad de los ingresos es cíclica», que se amplía en un subtítulo: «Las alzas y caídas periódicas en la disparidad entre pobres y ricos a lo largo de siglos indican que la desigualdad no crecerá por siempre». Lo cual es, evidentemente, una incitación a la paciencia y a la inacción, mientras millones de niños siguen muriendo en el mundo a causa de una alimentación insuficiente. 

Casi al mismo tiempo en que aparecía el libro de Milanović, Lindert y Williamson, que habían colaborado con él en los estudios sobre la desigualdad en la historia, publicaban un estudio sobre el crecimiento y la desigualdad en Estados Unidos desde 1700 hasta la actualidad, más sólido que el de Milanović en cuanto se refiere a su base estadística, y con una conclusión razonable que sostiene que «los movimientos de la desigualdad no derivan de ninguna ley fundamental del desarrollo capitalista» y que si hay algún punto de apoyo para mover la desigualdad, éste debe ser político. 

Una nueva interpretación, más limitada aún a la economía que las anteriores, la aportó Robert J. Gordon con su libro, The rise and fall of American growth. The U.S. standard of living since the civil war. Gordon había avanzado ya en 2012 interpretaciones en que anunciaba el fin del crecimiento y denunciaba el efecto negativo de los «vientos en contra» (headwinds), que eran entonces seis y han quedado con el tiempo reducidos a cuatro. 

Las conclusiones que los críticos deducían de estos trabajos eran que Gordon sostenía que la era del progreso continuo se había acabado y que no había que esperar nuevas revoluciones industriales. En el libro de 2016 el análisis de Gordon se limita a considerar la evolución de los niveles de vida —un tema al que hay que reconocer que hace interesantes aportaciones— en Estados Unidos de 1870 a 2014. 

El factor esencial del progreso habría sido la tecnología, en el transcurso de tres revoluciones industriales, la tercera de las cuales, la digital, desarrollada entre 1996 y 2004, habría sido de escasos efectos, lo que explicaría que la década de 2004 a 2014 fuese la de más lento crecimiento de la productividad de la historia norteamericana. Todo lo cual le conduce a predecir un futuro de estancamiento en que en los próximos veinticinco años el crecimiento del nivel de vida no va a pasar del 0,3 %.

A todo eso se agrega la consideración de estos «vientos en contra» que obstaculizan el progreso, que son una débil demografía, el aumento de la desigualdad, las deficiencias de la educación y la carga creciente de la deuda del estado. Aunque tampoco se debe tomar esto demasiado en serio, puesto que su última conclusión es que «las fuentes del lento crecimiento de la productividad, el aumento de la desigualdad y la disminución de las horas de trabajo por persona residen en causas fundamentales que serían difíciles de compensar». 

La conclusión es que aplicar todas las medidas que se proponen para contrarrestar los efectos de los «vientos en contra» no serviría para mejorar el ingreso por persona más allá de unas pocas décimas por encima del 0,3 % previsto. Pudiera pensarse que un análisis tan limitado en su alcance reduciría su influencia al campo de los debates en torno a las medidas del crecimiento económico y del nivel de vida. Lejos de ello, una amplia reseña publicada en la New York Review of Books por William D. Nordhaus, profesor de economía de la Universidad de Yale, lleva el título de «Why growth will fall» («Por qué caerá el crecimiento»). 

Se trata, en suma, de una aportación más a la doctrina que sostiene que la combinación de estancamiento y desigualdad en que estamos inmersos la han causado factores económicos inevitables y que no hay forma de oponerse eficazmente a ellos. Como había escrito Martin Wolf en el Financial Times, en una reseña a un trabajo anterior de Gordon: «Acostumbraos a eso. No cambiará».[4]

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[1] Aunque puede resultar peor cuando la historia se maneja con la superficialidad con que lo hace Angus Deaton, Premio Nobel de Economía de 2015, en The great escape. Health, wealth, and the origins of inequality, Princeton, Princeton University Press, 2013.
[2] El mismo Piketty reaccionó ante las críticas, aceptando considerar un factor que no aparecía en su libro. En una entrevista de la primavera de 2015 decía: «Pienso que el poder de la negociación es muy importante para determinar las participaciones relativas del capital y del trabajo en el ingreso nacional». Pero las grandes líneas de su interpretación se mantienen sin cambios.
[3] Tal es el caso de la gráfica de la página 60, que pretende mostrar la evolución de la desigualdad en España entre 1326 y 1842, a partir de la relación entre la renta de la tierra y el salario. En la península ibérica del siglo XIV, con reinos cristianos de características económicas muy diversas y una presencia todavía importante del islam en el sur, no hay forma de establecer cifras unitarias de renta de la tierra y de salarios que tengan un valor representativo global. Y algo parecido valdría, en líneas generales, para todo el período hasta 1842. Este caso, como el de Angus Deaton en otra escala, ilustran el problema de la ciencia económica actual, habituada, como señala Peter Radford, a examinar con métodos matemáticos problemas de un ámbito lo suficientemente reducido como para poder operar con las restricciones a que se ve obligada, pero que descarrila cuando ha de enfrentarse a problemas de mayor amplitud, incapaz de tomar en cuenta la complejidad del mundo real.
[4] Krugman fue más cauto en su reseña, dudando del pesimismo de Gordon con un «Quizá el futuro no es lo que acostumbraba a ser».


Fontana, Josep. El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914 (1).pdf by Liz Cuapio