EL Rincón de Yanka: COLECTIVISMO

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miércoles, 17 de junio de 2026

PILARES DEL COMUNISMO ☭ QUE DESTRUYEN TU LIBERTAD, TU PATRIA Y TU INDIVIDUALIDAD







PILARES  DEL  COMUNISMO
QUE  DESTRUYEN  
TU  LIBERTAD, 
TU  PATRIA  Y  TU  INDIVIDUALIDAD

Antes de hacer un voto con una recta consciencia, antes de intentar debatir, vale la pena entender todo lo qué hay detrás del colectivismo.
No como ideología abstracta, sino como sistema concreto con consecuencias reales sobre la vida, la familia y la comunidad.
En Centesimus Annus, Juan Pablo II identificó con precisión los errores fundamentales que están en la raíz de todo régimen colectivista: la negación de la persona como sujeto autónomo, la anulación de la libertad moral, el desprecio por el mérito, la abolición de la propiedad privada y la subordinación de la verdad al poder político. Estos son los 5 pilares.

jueves, 13 de noviembre de 2025

LIBRO "HOMO POPULUS": EL PUEBLO COMO "SUJETO POLÍTICO" (OPRIMIDO Y REPRIMIDO) Y "YO, EL PUEBLO" DE CIMARRON CITY (TV)


HOMO POPULUS

EL PUEBLO COMO 
SUJETO POLÍTICO


Homo populus: El pueblo como sujeto político. El pueblo contiene la esencia de la sociedad moderna. Sobre este concepto reposa el sentido constitutivo de la comunidad política. Todos se refieren al pueblo como sustancia y propósito del bien común. Sin embargo, ¿en qué momento el pueblo levanta su voz y se hace presente como fuerza vinculante en las decisiones de lo público? Existe una lógica de administración en representación de este concepto. Este trabajo realiza un recorrido por la tradición occidental y revisa, mediante análisis y alegorías, la tensión que existe entre gobierno y pueblo, o lo que se puede traducir como el antagonismo entre hegemonía y subalternidad. También señala caminos y momentos en los que la agenda popular se hizo presente para revelar que existen fórmulas para el ejercicio directo de la democracia popular.
Luis Berrizbeitia

"Homo Populus" es un libro de Luis Berrizbeitia que ofrece una crítica al concepto de "pueblo" como sujeto político, explorando la tensión entre gobierno y pueblo, hegemonía y subalternidad. La obra analiza la historia de Occidente para entender cómo el pueblo se manifiesta como fuerza vinculante en las decisiones públicas y propone caminos para el ejercicio directo de la democracia popular.

Puntos clave de la crítica en "Homo Populus"

El pueblo como sujeto político:
El libro parte de la idea de que el pueblo es la esencia de la sociedad moderna y el propósito del bien común, pero critica la forma en que este concepto ha sido administrado por otros, generando una tensión constante.

Tensión entre gobierno y pueblo:
Se analiza el antagonismo entre quienes administran el poder (gobierno) y el pueblo, y cómo esta relación determina la hegemonía y la subalternidad.

Análisis a través de la cultura:
Berrizbeitia utiliza obras literarias, cinematográficas e incluso publicitarias para sustentar su análisis crítico de eventos políticos occidentales, lo que le otorga un método "muy original", según comentan.

Búsqueda de protagonismo popular:
El libro busca visibilizar la necesidad del pueblo de reclamar identidad, protagonismo y poder, invitando a repensar el papel del pueblo como protagonista de la historia.

Propuestas para la democracia directa:
A pesar de la crítica, la obra también señala caminos y momentos en los que la agenda popular se ha hecho presente, revelando la existencia de fórmulas para el ejercicio directo de la democracia popular.

PRESENTACIÓN

Pueblo. ¡Vaya concepto tan útil, tan utilizado, tan falsamente venerado!; podríamos agregar, con crudeza: ¡vaya concepto tan manoseado! ¿Por quiénes? Por las clases dominantes de turno, desde las monarquías absolutas, hasta las democracias liberales, (SOBRE TODO POR LOS GOBIERNOS PARTIDOCRÁTICOS, SOCIALISTAS Y COMUNISTAS CASTROCHAVISTAS) todas han echado mano a la categoría pueblo para mantener intactos sus privilegios, manipulando a las mayorías. Todas las modalidades de gobierno de los pocos, le temen al pueblo, les aterroriza; como aquel fantasma de 1848, que recorre el mundo, amenazando con abrir las compuertas de la incorporación de los muchos al ejercicio del poder. 

La participación de las mayorías en los asuntos públicos, en la redistribución justa de la riqueza de las naciones y en la toma de decisiones estratégicas es lo último que los grupúsculos gobernantes y los actores de su ecosistema de exclusión inducida admitirían. Todas lo vociferan como el deber ser teórico de las sociedades políticas modernas; pero, en la práctica, se convierte, lo convierten, en el «imposible ser». 

Luis Berrizbeitia nos entrega esta obra poco convencional, a partir de un estilo de escritura tan particular que nos permite ahondar en los más complejos e inevitables litigios políticos por el poder, desde perspectivas comprensibles, frescas, amenas y hasta entretenidas. La filosofía política no es de fácil comprensión para quienes no se han adentrado en ella por interés propio. Sin embargo, el autor va haciendo recorridos inesperados por grandes obras literarias, cinematográficas, y hasta piezas publicitarias, que sustentan su análisis crítico sobre los hechos y procesos políticos más destacados en el mundo occidental y sus hegemonías, desde la Grecia antigua hasta los experimentos de distribución del poder alternativos para las mayorías de principios del siglo XX. 

Leer Homo populus es como entrar en una máquina del tiempo, que nos hace viajar al pasado lejano —a partir de recursos artísticos del pasado cercano, casi del presente— apuntando hacia el futuro. ¿Es el pueblo una suma de individualidades? ¿Puede el individuo desentenderse del colectivo? ¿Es, en realidad, el pueblo el depositario de las soberanías nacionales en la modernidad?: ¿lo fue alguna vez?; ¿lo será? ¿Es el pueblo hoy lo que fue Dios a las monarquías absolutas? 

Entender al pueblo como sujeto político, como fuerza originaria y determinante del devenir de la historia, ¿se compadece con el utilitarismo con que las clases dominantes han utilizado retóricamente esta categoría, tan pura y humana, para mantener sus prebendas y espacios incontrovertibles de dominación perpetua? Berrizbeitia va asomando respuestas a interrogantes como los anteriores, manteniendo siempre un respeto profundo, una admiración sustantiva, al pueblo como fuerza protagónica que insurge para desafiar al poder hegemónico, cuando las condiciones y circunstancias lo hacen inevitable. Pero ¿en qué momento este pueblo disruptivo se asume a sí mismo como pueblo y, a su vez, aquellos grupúsculos gobernantes lo identifican como tal? ¿Cuándo ceden ante el sujeto histórico subyacente que viene por sus fueros, aquellos que ellos le han negado sistemáticamente, para partir la historia, una y otra vez? 

Las reflexiones y los paisajes históricos que nos va dibujando el autor fluyen inevitablemente hacia la necesidad de crear los canales para que el pueblo sea sujeto protagónico y transmute de la subalternidad, a la que siempre termina siendo condenado, para ejercer el poder real, el que libera, el que iguala, el que puede; el que construye y purifica al ser humano como homo populus, hombre y mujer pueblo, cuyo único privilegio será concebirse únicamente desde y como pueblo. Quizás la brújula que nos permite navegar esta obra, con rumbo inalterado, parte del análisis que hace Berrizbeitia sobre la conexión que establece Walter Benjamin entre todos los instantes transformativos que el pueblo ha empujado y protagonizado a lo largo de la historia: El instante de peligro benjaminiano abarca todos los momentos de disrupción del relato dominante en la historia. 

Es la ladera nevada que lleva consigo, más allá de la impronta de la tradición como continuidad de los intereses de clase hegemónicos, todos los momentos en que estos han sido vulnerados por la subalternidad. Dentro de la historia de las ideas dominantes, subsiste la resistencia sistemática y la voluntad de un contingente político subalterno que busca irrumpir con su cualidad beligerante dentro del debate social. Llevarnos a entender que no se trata de acontecimientos inconexos, que la resistencia hegemónica a estos no es azarosa, que toda esa serie de momentos relampagueantes se concatenan y retroalimentan entre sí, sin reparar en distancias espaciales y temporales, es tal vez uno de los más poderosos aportes de esta obra. 

¿Por qué la fiereza de las clases dominantes para contener la justeza de los cambios forjados desde las bases y los sufrires populares? Apelando a las tesis de Jacques Rancière, que nos presenta el autor, se puede establecer qué clases dominantes se empeñan en garantizar que la mayoría esté predestinada a mantenerse como «la parte, que no tiene parte» y cómo, una y otra vez, esa parte reclamará su parte; y, una y otra vez, se desatarán los consecuentes procesos de litigio y confrontación. La lucha de clases que todo lo determina, dirían Marx y Engels: la dialéctica que todo lo explica.

Luis Berrizbeitia nos lleva por los caminos tortuosos de la acumulación originaria del capital, en los que la sociedad moderna ya no solo dejó a las mayorías sin parte alguna, sino que se dedicó a dejarlas sin vida alguna. La explotación en su modalidad más inhumana, la esclavitud, el dolor y la sangre que moldearon esa modernidad colonial impresentable. La institución religiosa como validadora de masacres y coronas ficticias, aunque de su seno también surgieran las críticas más punzantes a los excesos inhumanos y antidivinos de sus ejecutores. Entenderemos también cómo se imponen la repetición de patrones y valores hegemónicos en los nuevos actores que irrumpen y terminan abonando el mismo suelo de la dominación perenne, en nombre de las mayorías. 

Luis nos lleva también a través de la concepción y los conflictos de clase durante el Romanticismo, aquella Revolución francesa frustrada por sus herederos restauradores. Las mediaciones y moderaciones de un Jean Valjean, leal con los principios de su clase, pero atado a los avatares dislocados de la burguesía. Los intentos de restauración monárquica, interrumpidos por los intentos de instauración de repúblicas liberales, que marginaron, por igual, a las mayorías, al pueblo, hasta que estalló el más noble proyecto popular en tiempos de la modernidad, en el seno mismo de Occidente: la Comuna de París. 

Dos meses en los que las partes excluidas se hicieron de la parte que siempre les correspondió: la gran parte se apoderó de su parte, con el visto bueno de sus miembros. Precisamente, por ello, aquel experimento, aquel injerto de igualdad, democracia y justicia, fue aplastado y liquidado a sangre y fuego —sin piedad—, por monárquicos, republicanos y extranjeros, coaligados para evitar que semejante suceso se repitiera en sus dominios. Porque, así como todos los momentos insurgentes y transformativos se conectan y alimentan entre sí, también lo hacen las fuerzas que se resisten a que ocurran o, si ocurren, a que triunfen. Todas las clases dominantes en la historia occidental han dialogado entre ellas, han aprendido entre ellas, se han perfeccionado entre ellas —incluso si entre ellas mediaran guerras y agresiones—. 

Los que sí tienen parte en todas las sociedades estudiadas por el autor, tienen, a su vez, la conciencia de clase suficiente para frenar a quienes buscan obtener, en justicia, su parte, encuéntrense donde se encuentren. Las aproximaciones de Hegel a aquellas transformaciones inconscientes e indoloras chocan con las explicaciones de Carlos Marx y Federico Engels. La confrontación entre los incluidos y los excluidos va delineando inexorablemente los caminos de la historia. Solo anulando la opresión podrán los pueblos optar por la libertad y la igualdad, preservando y expandiendo, incluso, su parte, en colectivo. 

Fue Simón Bolívar, antes de hacerse gigante en los campos de batalla, quien nos llamaba a resolver el problema del hombre en libertad, la misteriosa incógnita que habría de despejarse en el Nuevo Mundo. Un nuevo mundo que terminó no dependiendo de la geografía, sino de la capacidad de los pueblos para insurgir y darse nuevas formas de gobierno. La facultad de los pueblos de entenderse como pueblos y ejercer el poder, su poder, desde la única legitimidad posible, la del propio PUEBLO. La Comuna de París, los soviets en la URSS y tantos otros experimentos pasados y presentes que procuran redistribuir el poder con equidad y cerrarle el paso a la dominación de las minorías para siempre, son parte también de esta aleccionadora lectura que nos regala Luis Berrizbeitia. 

¿Dejará el pueblo de ser la categoría y el concepto que se usa como pretexto? ¿Dejará de ser muletilla en los discursos preconcebidos de los gobernantes? ¿Logrará el pueblo, como nos dice Paulo Freire, liberar incluso a sus opresores en el proceso de liberación? ¿Es posible extinguir el litigio subyacente que ha estructurado y determinado el mundo entre las clases dominantes que se alternan el poder, entre sus propios miembros (generando conflictos controlables), y las clases subalternas, a las que se les niega el acceso al poder que les corresponde y que solamente se alternan en sus roles de oprimidos y explotados (pero que, al reclamar su espacio, mueven los cimientos de los sistemas de dominación imperantes)? 

El caraqueño CHAVISTA Luis Berrizbeitia asoma este como el primero de tres tomos, cuyo texto habrá de ser sucedido por el análisis de las disputas por el poder y la igualdad en nuestra América, desde nuestra perspectiva originaria y original, enfrentando la visión colonial, para culminar en las experiencias y alternativas del gobierno comunal en la Venezuela del siglo XXI, en la que el momento transformativo se ha asumido desde las bases populares y desde el propio Estado, con el fin de aportar en la fórmula definitiva hacia la liberación (¿?) (REPRESIÓN Y AL LIBERTICIDIO). La democracia real está aún por comprobarse y se hará. Apelando, como lo hace el autor, a la cultura cinematográfica, esta zaga, necesaria, continuará.


PRÓLOGO 

La categoría pueblo, el propio nombre, la propia palabra «pueblo» tiene en la historia de las ideas políticas que llega hasta nosotros un lugar de particular relevancia. No hay política, en ningún sentido, en que la palabra adquiera un valor propio o contundente sin una referencia al pueblo: a su identidad; a sus intereses; a su bienestar; al modo en que todo el tiempo se modifica y se trastoca; a las formas en las que, en medio de sus conflictos y de sus diferencias, va construyendo colectivamente una voz común; a las maneras en que se las arregla para volverse un fundamento de la legitimidad de los poderes que se ejercen en su nombre y también a los modos en los que, con mucha frecuencia, esos poderes se las arreglan para mantener a raya la efectiva intervención de este en los asuntos públicos. 

Los antiguos griegos lo llamaban demos, y derivaba de esa auspiciosa palabra otra que seguimos usando en nuestros días, tan distintos y distantes: la palabra democracia, que a los filósofos de aquella antigua Grecia —cuyos textos llegan hasta nosotros— no les gustaba nada, porque nombraba un tipo de gobierno que, so pretexto de ser el de la totalidad de los ciudadanos, corría el riesgo de ser, en la práctica, el gobierno de los pobres, los cuales, por todas partes, eran la mayoría y contaban, por lo tanto, con mayor cantidad de votos en las asambleas; además, porque el principio mismo de la soberanía popular exigía que no existiera ningún poder (ni el de la Constitución ni el de las leyes ni el de las costumbres) superior a él o que pudiera limitarlo, lo que volvía a la democracia —como han mostrado los notables trabajos de Julián Gallego— un sinónimo (o cuanto menos una segura antesala) de la anarquía. 

Es claro que, a diferencia de los antiguos griegos, a nosotros la palabra democracia sí nos gusta: se ha vuelto una palabra «buena», e incluso casi obligatoria en nuestro lenguaje político contemporáneo, pero eso solo ha sido posible sobre la base de la introducción, en ese mismo lenguaje, de la noción típicamente moderna de representación. Los ciudadanos no deliberan ni gobiernan —escribieron y argumentaron Hamilton, Madison y Jay— sino por medio de sus representantes. 

Esa noción tan sencilla y —si apenas se piensa un poco en ella— tan anti-democrática permitió que el pueblo siguiera funcionando en nuestros sistemas políticos actuales como fundamento último de la legitimidad de los poderes instituidos, al mismo tiempo que todo un conjunto de dispositivos asociados a esa idea de la representación lo mantienen alejado de cualquier forma efectiva de participación en ellos. Por supuesto, esta idea de democracia no puede satisfacernos y no nos satisface. Es por eso que, a lo largo del tiempo, le hemos ido añadiendo —a lo que estamos dispuestos a nombrar con esa palabra, por encima de este «piso mínimo» de reconocimiento de la soberanía popular y de funcionamiento de las instituciones representativas— una serie de otras exigencias, o la exigencia de la garantía de otras posibilidades (de otras libertades, de otros derechos) para ese pueblo en el que, a lo largo de todos estos siglos de historia de las ideas y de las instituciones políticas, no hemos dejado de pensar. 

Pero también es cierto —como es inevitable reconocer a esta altura de nuestro argumento— que no sabemos bien cómo definirla, toda vez que una de las virtudes de la palabra, pero también de sus problemas, es lo esquivo o lo incierto de su significado. No está claro, en efecto, lo que «pueblo» significa, porque lo que esa palabra entraña varía mucho según el modo en el que la usemos. 

Es en este punto que se inscribe y que adquiere todo su interés la ambiciosa investigación cuyos resultados nos entrega acá Luis Berrizbeitia, quien sabe suficientemente claro que no es fácil postular para la palabra pueblo un referente exterior que hubiera estado a lo largo del tiempo a la espera de esa etiqueta para poder reconocerse en ella una «sustancia» —como suele decirse hoy, en general, para condenar al que tuviera la ocurrencia de pensar que algo como eso pueda tener algún lugar en una discusión ilustrada, «posmetafísica», libre de mitos, supersticiones y fundamentalismos sobre la política— que esa prestigiosa palabra hubiera llegado apenas para designar. Todos hemos leído —y Berrizbeitia también— el argumento del buen Edmund Morgan sobre el modo en que esa palabra —y los discursos en los que, a partir del siglo XVII, vino a articularse en las naciones europeas— construye —incluso, inventa— mucho más que lo que designa a ese sujeto colectivo de cuya historia aquí se trata. 

Un concepto que, en determinado momento de la vida política de esas naciones europeas, habría venido a reemplazar al mismo Dios —tal como la interesante hipótesis de Morgan—como fuente de legitimidad de unos representantes que debían empezar a pensarse a sí mismos y a ser pensados como interpretando la voluntad de alguna cosa más tangible y menos problemática que la f igura cuya representación venían usufructuando desde hacía ya unos cuantos siglos. Se ven bien, entonces, dos cosas fundamentales. 

Una: que la representación no es una función derivada, sino, por el contrario, el principio mismo de la configuración de aquello que solo a través de ella aparece como el fundamento de la legitimidad de un cierto orden y del poder de quienes lo rigen. 
Y la otra: que, en las narrativas políticas dominantes en la modernidad filosófico-política, sí «permanece» —para usar el verbo que en su momento empleó Claude Lefort al hablar sobre la Historia de la Revolución francesa de Michelet— un fondo «teológico-político» por debajo de su declarado laicismo de superficie. Hace muy bien Berrizbeitia en no olvidarlo. 

Por cierto, no deja de oírse un eco de ese «invencionismo» en los escritos sobre la cuestión del populismo de Ernesto Laclau, quien incorporaba a este esquema que acabamos de recordar la idea, de matriz estructuralista y específicamente althusseriana, de una «interpelación» de los sujetos —que solo se convierten en tales sujetos cuando se reconocen en esa interpelación— por el discurso o por los discursos que los nombran y que, nombrándolos y obteniendo de ellos ese reconocimiento, los constituyen colectivamente como pueblo. Por supuesto, como esos discursos son muchos, diferentes y, a veces incluso, contrapuestos, la idea de pueblo no hace más que vacilar y desplazarse, no pudiendo nunca descansar sobre una base sociológica verdadera y cierta, porque, como nos muestra aquí Berrizbeitia, cuando hablamos de pueblo no estamos hablando (solamente) de sociología, sino (también) de otra cosa: de política, que en los últimos y, sobre todo, en el último libro de Laclau se con-funde casi con la retórica. 

Por supuesto, no se trata de extremar este argumento hasta el punto de hacerle perder a ese sujeto, en nombre del reconocimiento de la fuerza de los discursos y de las interpelaciones, toda historicidad. Si ese sujeto es sujeto es porque está, claro, sujetado a un discurso o a una serie de discursos que de más de un modo lo «inventan» y lo constituyen, pero también porque es sub-jectum: porque es el fondo que subyace a las diversas expresiones, lingüísticas, culturales y políticas, en las que lo reconocemos y en las que él mismo también se reconoce (pueblo en sí y para sí, dice Berrizbeitia) y que le permiten a él mismo, entonces, reconocerse también en aquellos discursos que lo nombran, «desde fuera» —digamos— de sí mismo, como pueblo. 

Me tienta escribir aquí la palabra sedimentación, que nos permite nombrar eso que va quedando de la acumulación de una cantidad de prácticas y también de interpelaciones que, a lo largo del tiempo, han ido estructurando al sujeto colectivo al que llamamos pueblo. Entre esas diversas interpelaciones ocupan un lugar fundamental en nuestras teorías sobre el pueblo, y también, desde luego, en el recorrido que propone aquí Berrizbeitia, las que despliega ese personaje fundamental en la discusión contemporánea sobre el populismo o sobre los populismos (de izquierda y de derecha, democráticos y autoritarios, republicanos y antirrepublicanos: sobre todo esto hay también mucho conversado y para conversar), que es el líder. Se abre aquí un gran tema, sobre el que Berrizbeitia nos deja unas cuantas pinceladas del más alto interés. 

El líder es o puede o suele ser un factor clave en la configuración de un pueblo, y es mucho todavía, sobre todo en nuestra región —tan rica en experiencias de repúblicas democráticas populares con liderazgos fuertes—, lo que tenemos que pensar acerca de esto. De los tipos de líderes del pueblo y de los tipos de relación entre esos líderes y ese pueblo. 

Se abre aquí un rico campo de investigaciones. Ellas deberían incluir la distinción entre los líderes que sostienen su liderazgo sobre el subrayado de una excepcionalidad que los distingue y los separa de un pueblo que generalmente (pero esto no tiene por qué ser una buena noticia desde una perspectiva republicana y democrática) los adora, y aquellos que lo hacen sobre la base de su capacidad para configurar ámbitos amplios de participación popular (deliberativa y activa, como le gusta decir a Carole Pateman) en los asuntos públicos: para dialogar con un pueblo de iguales (y de iguales, en primer lugar, a él mismo o a ella misma), en lugar de mantenerlo a una distancia necesariamente muy odiosa; entre los que entienden la democracia como un gobierno para el pueblo y los que la piensan como un gobierno de ese pueblo que, en determinado momento, puede contar con ellos para librar algunas de sus batallas. Pero no es este el lugar para avanzar en esta discusión ni en ninguna de las otras que quedan apenas apuntadas. 

Estas palabras preliminares deben terminar, acá, destacando la importancia del libro que el lector o la lectora tiene entre sus manos y la necesidad de profundizar en los debates que Luis Berrizbeitia, con erudición y sensibilidad, deja aquí planteados: el de la relación entre «pueblo» y «clase», o «clases»; el de la necesaria articulación entre las teorías que mejor han pensado al uno y a las otras. 

El autor de este trabajo deberá convocar en su auxilio, en ulteriores pasos del gran camino investigativo que ha iniciado, lo mucho y muy bueno que sobre esos asuntos se ha producido a lo largo del tiempo en nuestra región, a cuyo pensamiento político este libro provee hoy un aporte especialmente relevante. 

Eduardo Rinesi, 2025



1/11
🚨 ¿Sabías que el populismo tiene un manual destructivo?

Aquí las 10 metas que George Orwell identificó.
Míralo con atención.
Esto no es ficción: es lo que estamos viviendo.

2/11
DESTRUIR LA LIBERTAD.
El primer paso del populismo: acabar con las libertades individuales bajo promesas de “justicia”.
¿Te suena familiar?

3/11
2. EMPOBRECER AL PUEBLO.
Mantener al pueblo dependiente y pobre es la mejor forma de controlarlo.
Mientras ellos viven en la opulencia, el pueblo sufre.

4/11
3. DEFORMAR LA LENGUA.
Cambiar el significado de las palabras para confundir y manipular.
“Pueblo”, “democracia”, “progreso”… ya sabemos cómo lo usan.

5/11
4. ABOLIR LA VERDAD.
La verdad objetiva es el enemigo. Solo importa la “verdad oficial” del régimen.

6/11
5. SUPRIMIR LA HISTORIA.
Borrar o reescribir el pasado para que las nuevas generaciones no conozcan la realidad.

7/11
6. NEGAR LA NATURALEZA.
Atacar la familia, la biología y el orden natural.
Guerra contra todo lo que Dios estableció.

8/11
7. PROPAGAR EL ODIO.
Dividir a la sociedad: ricos vs pobres, campo vs ciudad, unos contra otros.
El odio es su combustible.

9/11
8. ASPIRAR AL IMPERIO.
No buscan gobernar, buscan un poder total, casi imperial, sin límites ni oposición.

10/11
9. DEFORMAR LA EDUCACIÓN.
Convertir las escuelas en fábricas de ideología en vez de formar personas libres y críticas.

11/11
10. FOMENTAR LA IGNORANCIA.
Un pueblo ignorante es más fácil de manipular.
La ignorancia es la madre de su poder.

Despierta Iberoamérica.

Comparte este hilo si estás del lado correcto de la historia.

¡Socialismo Nunca Más! 
🙏

VER+:


Homo Populus Luis Berrizbeitia WEB by Jeffrey Pino


CIMARRON CITY SERIE TV 1958

Temporada 01: Episodio 01: "Yo, el Pueblo". Tras atribuirse un mérito desproporcionado por derrotar a un grupo de atracadores, Laird Garner rápidamente consigue apoyo para su banco y gana las elecciones para alcalde de Ciudad Cimarrón. Garner tiene planes aún más ambiciosos y, con la ayuda de un sheriff corrupto y un grupo de comisarios malvados, rápidamente se hace con el control financiero y social de la floreciente ciudad.

viernes, 7 de noviembre de 2025

PELÍCULA "EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA" (OUR DAYLY BREAD, 1934), OBRA CUMBRE DE VIDOR "Y SI TODOS NOS VAMOS DEL SISTEMA GLOBALISTA Y ESCLAVISTA"

‘El pan nuestro de cada día’ 
(Our Daily Bread) 1934,
obra cumbre de King Vidor

¿QUÉ NO HACEMOS PARA GANAR 
NUESTRO PAN DE CADA DÍA?

¡NOSOTROS VIVIMOS!
¡NOSOTROS AMAMOS!
¡NOSOTROS ORAMOS!
¡NOSOTROS NOS INDIGNAMOS!
¡NOSOTROS NOS OPONEMOS!
¡NOSOTROS LUCHAMOS!

En los años de la Gran Depresión, un matrimonio abandona las penurias económicas de la ciudad y se establece en una granja abandonada en medio del campo, para acabar formando una cooperativa agrícola regida por una comunidad solidaria.
La idea de Vidor era hacer una especie de secuela de su magnífica "Y el Mundo Marcha" (1928), retomando a sus dos protagonistas que encarnaban al americano medio y situándolos en el contexto de la Gran Depresión que azotaba al país por entonces. De hecho, para enfatizar esa idea, los protagonistas de El Pan Nuestro Cada Día se llaman igual que los de Y El Mundo Marcha, e incluso Vidor quiso que el protagonista fuera el mismo que el de la película muda, James Murray – por desgracia no pudo ser debido a que Murray estaba en plena fase de autodestrucción alcohólica.

Por otro lado, un film producido en Hollywood en que una joven pareja en paro crea una cooperativa agrícola es de entrada una idea totalmente descabellada, pero no para el emprendedor King Vidor. Una vez que todos los estudios se negaron a participar en un proyecto tan arriesgado y después de que los bancos le negaran crédito para el film, Vidor decidió producirla él mismo a su cuenta y riesgo. No fue un film muy exitoso pero el esfuerzo valió la pena artísticamente, se trata de una de las películas más interesantes de su carrera y uno de los primeros precedentes de cine social realizado en la glamourosa Meca del Cine.

El que sea una producción independiente es algo que se nota en cada plano de la película y que se agradece. Nada de grandes estrellas de moda, el reparto son en su mayoría actores desconocidos que dan más credibilidad a este relato que trata sobre los Juan Nadie, la América real, no la de las películas. Nada de decorados de cartón piedra, el film se rodó en el campo. Y nada de una gran producción lujosa, la escasez de medios se nota pero concuerda con el tipo de film que es y con la sinceridad de su mensaje. La suma de todos estos factores junto a lo atrevido de su mensaje, hacen de "El Pan Nuestro Cada Día" una película única en su contexto, que estéticamente parece más un film de otro país que una producción de Hollywood. De hecho la comparación con cierto cine soviético no es tan desacertada, ya que tienen en común detalles como ese cuidado retrato de la vida en el campo, el ennoblecer las tareas del humilde agricultor y el mensaje implícito de que la unión entre hermanos (ya sea hermanos proletarios o hermanos estadounidenses) hace la fuerza.

A partir de aquí el film se construye con una serie de estereotipos que, por manidos que sean, funcionan para el mensaje que desea transmitir Vidor: todos esos humildes hombres en paro con buenos corazones, el criminal redimido, la joven de ciudad que seduce a John y hace de elemento disruptivo dentro de ese pequeño universo idílico, etc. Porque "El Pan Nuestro Cada Día" no es solo un canto a la esperanza y a la lucha por la supervivencia a través de la unión, sino también a la América más humilde, a esos trabajadores honestos, inocentes y llenos de buenas intenciones, es la forma que tiene Vidor de transmitir la idea de «juntos lograremos levantar este país», una versión más seria del cine populista que Frank Capra practicaba en la misma época.

En definitiva, una película única y muy especial que cobra sentido precisamente en ese contexto tan particular en que fue gestada (Y TAMBIÉN SOBRE ESTOS TIEMPOS OPRESORES). Toda una rareza dentro del acartonado Hollywood clásico, un film que destila una autenticidad, pureza y honestidad raras en el cine americano de la época.
Pero esta bellísima historia, en la que resurgían los John y Mary de “La Multitud”, todavía trasegando por la difícil sobrevivencia en la irónicamente llamada “tierra de las oportunidades”, donde en realidad el Estado es invisible para la mayoría, sería muy bien acogida por la crítica internacional, y ahora es un clásico incuestionable por su profundo humanismo, su preciso sentido de la solidaridad y de la lucha mancomunada, y por la magnífica plástica de muchas de sus imágenes, donde hay momentos que son arte excelso, como la escena en que se subasta la finca; la actitud final de Loui Fuente (magníficamente representado por Addison Richards); o la maravillosa secuencia de la canalización del agua, con la que Vidor rinde su más sentido homenaje a la labor del hombre de campo, y en la que, él mismo, quiso sentirse parte de aquel encomiable grupo, apareciendo en un par de planos muy significativos.

Se necesita pleno conocimiento de lo que se habla, un gran sentido humano en lo que se escribe, y una cuidada estética en lo que se hace, para que un filme alcance la trascendencia. King Vidor sabía bastante de todo esto.

CONVENIO DE COOPERATIVA

- Cuando el capitán John Smith y su grupo llegaron a este continente, ¿qué hicieron? ¿Sentarse a quejarse del paro o quizá del valor del dólar? No. Se pusieron a trabajar para ganarse la vida. Construyeron sus casas y obtuvieron su propia comida. 
En el Mayflower había un granjero, un impresor, un médico, un soldado, un contable y demás. Y eso es lo que tenemos aquí. Si ellos salieron adelante sin terratenientes y cuentas de supermercado, nosotros también. Lo que tenemos que hacer es ayudarnos a nosotros mismos ayudando a otros. Tenemos la tierra y tenemos la fuerza.
Y aquí no existen indios que vengan a cortarnos la cabellera. 
No tenéis que quedaros. Podéis iros cuando queráis, pero si os quedáis, disponeos a trabajar y hagamos esto funcionar. 
- Muchachos, tengo dos sacos de patatas en el maletero de mi Ford Flivver. Propongo que pongamos todo lo que tenemos junto en un montón comunal. Dinero, comida, todo. 
- Sí. Yo pongo mis tres gallinas y el gallo.
- Yo una moneda de oro de 20 $. 
- Yo dos sacos de harina. 
- Yo pongo mi cabra. 
- Yo 5,16 $.
- Yo 1, 80 $.
- Estupendo. Estupendo. Muy bien. Tú, el hombre de las patatas, ¿cómo te llamas?
- Aníbal. George Washington Aníbal. 
- De acuerdo, Aníbal. Te encargarás de los suministros.
- Será un placer, señor. 
- Bien. ¿Quién tenía esa moneda de oro?
- Aquí está. Tú estarás a cargo de la pasta. Las finanzas si las hay. 
- De acuerdo.
- Señor presidente y amigos, ¿qué tipo de gobierno vamos a tener?
- Bueno, pues se hará lo que decida la mayoría. 
- Yo sugiero, amigos míos, que nos comprometamos en un convenio sagrado y establezcamos una democracia inmortal.
- Fue ese tipo de palabrería la que nos ha traído a esta situación.  
- Tiene razón, señor.
- No, debemos tener una forma de gobierno socialista. El gobierno tiene que controlarlo todo, incluso las ganancias. 
- Bah... Esperad un momento, dejadme hablar. Yo ni siquiera sé qué palabras ha usado ese tipo socialista. Todo lo que sé es que aquí tenemos un gran trabajo y necesitamos un gran jefe. Y John Sims es nuestro hombre. Sims al poder. Hip hip... hurra...
- Bueno, muchachos, depende de nosotros. Empezaremos aquí mismo. Vamos allá..."



(Ejemplo de como SI se puede llegar a la soberanía alimentaria)

El sistema no nos quiere libres pero hay una revolución de gente que está persiguiendo la autosuficiencia a todos los niveles.
Papá Estado no te cuida.
No te quiere saludable, consciente ni libre.
Que no te engañen: el Estado te quiere enfermo, dormido y esclavo.
Puedes empezar por montar un huerto en cualquier espacio, aunque sea pequeño, incluso en un balcón.
Ser un hortelano novato puede ser el comienzo de algo grande.

Pero cada nueva norma, cada impuesto, cada límite…
solo empobrece más al que trabaja.
Mientras ellos aplauden sus “avances”,
nosotros contamos pérdidas.
Esto no es progreso.
Es saqueo con traje y corbata.
Porque el silencio solo beneficia a 
quienes nos quieren obedientes.

El Pan Nuestro de Cada Día (1934) | Película Completa | Western

sábado, 24 de mayo de 2025

LIBRO "PARÁSITOS MENTALES": SIETE IDEAS PROGRESISTAS QUE INFECTAN NUESTRO PENSAMIENTO Y SOCIEDAD

 
PARÁSITOS
MENTALES
Siete ideas progresistas
que infectan nuestro 
pensamiento y sociedad

Derechos Sociales 
Neoliberalismo 
Estado Benefactor
Responsabilidad Social Corporativa
Diversidad, Equidad e Inclusión 
El Buen Indígena.

AXEL KAISER


Introducción

No son pocas las ocasiones en que el cine transmite, de manera más efectiva que cualquier otro formato, descubrimientos de enorme importancia filosófica y social. La película Inception, protagonizada por Leonardo DiCaprio, ofrece por lejos la mejor introducción al tema que trata este breve libro y bien podría considerarse el marco teórico perfecto para la tesis aquí presentada. Al inicio, el personaje principal, Dominick Cobb (DiCaprio), formula la siguiente reflexión: “¿Cuál es el parásito más resistente? ¿Bacterias? ¿Un virus? ¿Un gusano intestinal? Una idea. Resiliente..., altamente contagiosa. Una vez que una idea se ha apoderado del cerebro, es casi imposible erradicarla”. 

Esta afirmación del filme dirigido por Christopher Nolan tiene mucho más de realidad que de ciencia ficción. En su libro The Parasitic Mind, el biólogo Gad Saad, que ha aplicado las lecciones de la psicología evolutiva al marketing, explicó que Occidente está sufriendo una pandemia que impide a quienes se encuentran afectados pensar racionalmente. Este no es el resultado de la propagación de una bacteria o virus, sino de “ideas patógenas” difundidas por universidades, políticos, medios de comunicación, el arte y la cultura, lo que trae consecuencias devastadoras1. 

Estos patógenos, añade Saad, vienen fundamentalmente de los círculos académicos de izquierda. La descripción de estas ideas que se enquistan en la mente humana coincide a la perfección con la conclusión del personaje de DiCaprio. Saad compara su poder infeccioso con el parásito de la malaria presente en los mosquitos. Los parásitos de la mente, dice, están compuestos por “patrones de pensamiento, sistemas de creencias y actitudes que impiden pensar con claridad y precisión”2. 

Una vez que estos toman control de nuestros circuitos neuronales, las personas perdemos la capacidad de razonar. Porque los “neuroparásitos” determinan la conducta del huésped de diferentes maneras. Por supuesto que también existen parásitos naturales que se alojan en el cerebro con resultados horribles: hay una especie de avispa que ensarta a arañas más grandes para convertirlas en zombis y luego pone sus huevos dentro de ellas para que, cuando estos eclosionen, las crías se coman a las arañas. Si bien las ideas no generan ese efecto orgánico inmediato, ciertamente pueden llevar a serios problemas de salud mental, a desquiciamiento, suicidio e incluso el colapso de civilizaciones completas, como muestran claramente los casos del comunismo y del nazismo. Pero no es necesario llegar a ese extremo para ver los efectos perversos de los neuroparásitos. 

Un artículo publicado en The Economist en abril de 2024 reportaba que la gente de izquierda (liberals) era “más triste que los conservadores”. Y añadía: “Este es un síntoma global de diferencia política, pero es particularmente fuerte en Estados Unidos. Independientemente del grupo de edad o del sexo, los progresistas también tienen muchas más probabilidades que los conservadores de informar haber sido diagnosticados con una enfermedad mental”3. La razón, explicaba el semanario británico, es posiblemente el hecho de que las ideas de izquierda progresista generan enfermedades mentales. Mientras la gente de izquierda tiende a cargarse con ideas negativas del mundo, que llevan a odiar a su propio país o a sí mismos, como ocurre en Estados Unidos con la obsesión de la izquierda por denunciar racismo sistémico, según The Economist “los conservadores tienden a ser más sanos, más patrióticos y más religiosos, y afirman haber encontrado mayores niveles de significado en sus vidas. 

Estas características se correlacionan con la felicidad”. No puede sorprendernos que una ideología que promueve el odio, la culpa, la destrucción de la familia, el determinismo sociológico, la demolición de las tradiciones, el irracionalismo científico y que desprecia toda forma de espiritualidad, especialmente de origen religiosa, introduzca parásitos mentales que depriman a sus portadores. Pero el problema es mayor, porque este tipo de parásitos, como hemos dicho a propósito de Inception, es altamente contagioso y tiene la capacidad de destruir por completo el orden social. 
El biólogo Richard Dawkins explicó esto en su libro The Selfish Gene, al introducir el concepto de “meme”. Según Dawkins, “así como los genes se propagan de un cuerpo a otro a través de espermatozoides u óvulos, los memes se propagan en el acervo de memes saltando de un cerebro a otro mediante un proceso que, en sentido amplio, puede denominarse imitación”4. El mismo autor explicó que las ideas tienen ese efecto infeccioso y describió a la perfección el proceso mediante el cual terminan convirtiéndose en el motor de cambio cultural: 

Si un científico escucha o lee sobre una buena idea, la transmite a sus colegas y estudiantes. La menciona en sus artículos y conferencias. Si la idea tiene éxito, se puede decir que se propaga de cerebro en cerebro [...]. Los memes deben considerarse estructuras vivas no solo metafóricamente, sino también técnicamente. Cuando plantas un meme fértil en mi mente, literalmente parasitas mi cerebro, convirtiéndolo en un vehículo para la propagación del meme, del mismo modo que un virus puede parasitar el mecanismo genético de una célula huésped. Y esta no es solo una forma de hablar: el meme de, digamos, “creencia en la vida después de la muerte” en realidad se concreta físicamente, millones de veces, como una estructura en los sistemas nerviosos de individuos en todo el mundo5. 

El proceso que describe Dawkins es, en su esencia, de carácter biológico, pues las ideas terminan instalándose en nuestros sistemas nerviosos y, por tanto, se convierten en parte de nuestro sistema operativo como seres humanos. Y el proceso de infección con ideas parasíticas comienza usualmente, como sugiere el biólogo, entre académicos e intelectuales; luego se esparcen en efecto cascada por toda la sociedad hasta transformar la cultura. El mejor ejemplo de esto fue el socialismo. 

En su artículo de 1949, titulado precisamente “Los intelectuales y el socialismo”, el Nobel de Economía Friedrich Hayek argumentó que esta ideología jamás había sido desarrollada ni por las masas ni por los proletarios, y que de ninguna manera resultaba obvio que ofreciera una solución a los problemas de los trabajadores. Hayek explicó que el socialismo fue “una construcción de teóricos derivados de ciertas tendencias del pensamiento abstracto con las que durante mucho tiempo solo los intelectuales estaban familiarizados, y requirió largos esfuerzos por parte de los intelectuales antes de que se pudiera persuadir a las clases trabajadoras para que lo adoptaran como su programa”6. 

El caso del socialismo —en el que Hayek incluyó el nazismo— demostraba, en su opinión, que era solo cuestión de tiempo hasta que las ideas de los intelectuales se convirtieran en la fuerza que determina las decisiones políticas. Tal como argumentaría Dawkins décadas después, Hayek explicó que eran los “distribuidores de segunda mano” de las ideas quienes cambiaban una sociedad al inocularlas en la población. Son los profesores, artistas, comunicadores, académicos, sacerdotes y una larga lista de profesiones y oficios quienes terminan popularizando las ideas de los teóricos. 

Es importante resaltar acá que muchas veces estas son pura charlatanería seudocientífica y que adquieren prestigio debido a la validación que de ellas se hace en las universidades por parte de académicos activistas en sus revistas especializadas, clases y libros. Luego, con esa falsa aura de superioridad intelectual, impactan en el debate público, consiguiendo aceptación de crecientes grupos de distribuidores de segunda mano hasta convertirse en cultura general. Esto ocurre con parásitos mentales progresistas, pero prácticamente nunca con ideas conservadoras o libertarias. 

Hayek observó que, ya en su época, cada profesor podía seguramente nombrar varios ejemplos en su área de hombres que habían alcanzado “inmerecidamente una reputación popular como grandes científicos” únicamente porque sostenían lo que los intelectuales consideraban “puntos de vista políticos progresistas”. Al mismo tiempo afirmó: “Todavía tengo que encontrarme con un solo caso en el que tal pseudorreputación científica haya sido otorgada por razones políticas a un estudioso de inclinaciones más conservadoras”7. 

No existe en la historia un caso más emblemático de contagio de parásitos progresistas desde académicos y políticos que el de Karl Marx. Marx es por lejos el intelectual más citado en el mundo académico, al punto de que solo su obra acumula una cantidad de citas similar a la de los trabajos de Friedrich Hayek, John Maynard Keynes y Milton Friedman juntos8. Su célebre pasquín escrito junto a Engels, el Manifiesto comunista, se entrega en cerca de cuatro mil programas universitarios en Estados Unidos, aunque casi todos son en humanidades9. De este modo, la influencia de Marx sobre nuestra cultura sigue siendo gigantesca, a pesar de que toda su teoría no pasó de ser una pseudorreligión plagada de errores y engaños con el fin de destruir el orden cristiano occidental y abrir las puertas a una supuesta utopía cuya consecución debía fundarse en la violencia. 

No podemos detenernos en todas las ideas propagadas por Marx que son disfrazadas de verdades históricas, sociológicas e incluso científicas, y que no pasan de ser una verborrea rabiosa disfrazada de profundidad intelectual. Quien mejor denunciara el fraude intelectual que constituye la empresa marxista fue el filósofo británico Bertrand Russell, en su texto de 1956, “Por qué no soy comunista”. Según Russell, Marx poseía una “mente confusa” y su pensamiento estaba “casi enteramente inspirado por odio”10. Pero, además, Russell señaló que Marx fue un fraude intelectual, pues aun cuando los hechos que él mismo observaba en su época refutaban su teoría, e incluso cuando esta era evidentemente incoherente, ajustaba tanto la teoría como los hechos para que cuadraran con las conclusiones a las que él quería llegar de antemano. Según el filósofo inglés, Marx estaba “satisfecho con el resultado no porque este concuerde con los hechos o sea lógicamente coherente, sino porque está diseñado para enfurecer a los asalariados”11. Más aún, para Russell, ideas centrales de Marx, como el materialismo dialéctico, son “pura mitología” que difundía porque “su mayor deseo era ver a sus enemigos castigados importándole poco lo que ocurriese a sus amigos en el proceso”. 

El resultado de los parásitos mentales cultivados por Marx y difundidos por los distribuidores de segunda mano a los que se refería Hayek es conocido: genocidios, dictaduras, miseria y los regímenes más criminales que haya registrado la historia humana, estimándose en más de cien millones los muertos por los seguidores de la religión marxista12. 
¿Cómo es posible que un fraude intelectual como Marx llegara a tener tanto impacto en el mundo? 

La respuesta la dio un estudio de Phillip Magness y Michael Makovi, quienes revisaron la presencia académica de Marx desde su época hasta nuestros días y concluyeron que, en su tiempo, Marx era un pensador marginal y sin relevancia académica o pública, y que fue la propaganda soviética, luego de la Revolución rusa de 1917, la que lo elevaría al estatus de la mayor celebridad intelectual del último siglo13. El hecho de que la figura de Marx continúe ejerciendo tanta influencia incluso cuando se ha demostrado que sus teorías son fraudulentas o, en el mejor de los casos, falsas, y que no existan dudas sobre su total fracaso y carácter totalitario, demuestra, una vez más, lo difícil que resulta eliminar los parásitos mentales. 

Es cierto que su relevancia política ha decrecido desde el colapso de la Unión Soviética, al menos en su sentido clásico, pero ha recobrado fuerza inusitada en las izquierdas occidentales mediante las llamadas “identity politics” (políticas de identidad) o movimiento woke, cuyo origen intelectual se encuentra en pensadores neomarxistas que se han tomado las mejores universidades del mundo. De algunas de las ideas parasíticas woke hablaremos también en este libro. Por ahora, digamos que no es necesario abrazar la ideología de la izquierda radical para ser infectado por parásitos mentales que dañan severamente nuestra capacidad de pensar con claridad. 

En este libro trataremos varios casos de parásitos que parece compartir casi todo el mundo, de izquierda a derecha, y que, sin embargo, gradualmente van enfermando nuestra política e instituciones hasta degradarnos totalmente. Varios de ellos han sido objeto de crítica en escritos anteriores de mi autoría, por lo que en este texto he tomado algunos argumentos formulados previamente en distintas partes, complementándolos con nuevos análisis que harán más fácil para el lector la comprensión del problema. Entre los parásitos mentales que tratamos en este texto se encuentran varios de índole económico-cultural, de nefastas consecuencias para la libertad y la prosperidad. Se trata de las ideas de justicia social, derechos sociales, Estado benefactor, neoliberalismo, responsabilidad social empresarial, diversidad, equidad e inclusión, y el buen indígena. Cada uno de estos siete parásitos capitales será analizado en las páginas siguientes. En ellas ofreceremos un diagnóstico sobre su toxicidad esperando contribuir así también a su tratamiento.
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1. Saad, The Parasitic Mind, xi.
2. Ibid., 17.
4. Dawkins, The Selfish Gene,143.
5. Ibid.
6. Hayek, “The Intellectuals and Socialism”, 417.
7. Ibid., 419.
8. Paniagua, “Marx culpable”, 113.
9. Ibid.
10. Russell, “Por qué no soy comunista”, 12.
11. Ibid.
12. Ver: Courtois et al., The Black Book of Communism.
13. Ver: Magness & Makovi, “The Mainstreaming of Marx”.



Lanzamiento nuevo libro Axel Kaiser: «Parásitos mentales»


El engaño colectivista socialista

Postulados de Progre