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lunes, 15 de diciembre de 2025

LIBROS "UNA GRAMÁTICA DE LA DEMOCRACIA" y LOS ADJETIVOS (ÁRBOL) DE LA DEMOCRACIA" por MICHELANGELO BOVERO

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Conferencia dictada el 08 de noviembre de 2011

Democracia es sencillamente una palabra. Es una de las palabras que más han padecido una situación inflacionaria en el lenguaje común, a tal grado que corre el riesgo de convertirse en una palabra vacía. Corre el riesgo de perder cualquier significado compartido. Es por eso que, en los últimos años, varios estudiosos estamos intentando, desde distintas perspectivas, restaurar el significado de la palabra democracia, es decir, de reconstruir un concepto de ella. Por mi parte, pretendo presentar sintéticamente una propuesta teórica cuyo objetivo inicial es el de redefinir un concepto de democracia aceptable, que sea acorde con los usos prevalecientes de la palabra a lo largo de la historia de la cultura occidental. Para comenzar, procederé a esta tarea por medio de aproximaciones sucesivas muy sencillas. 

La palabra democracia significa, quizás como dirían los lógicos, un mundo social posible. Es decir, una de las configuraciones que puede asumir la organización de la convivencia colectiva. Con mayor precisión, democracia implica, ante todo y esencialmente, una forma de gobierno en el sentido más amplio y tradicional de esta expresión. O un tipo de régimen, como yo prefiero decirlo. Los antiguos habrían dicho que la democracia es una politeia, es decir, una de las constituciones, de acuerdo con el modo más frecuente de traducir la palabra griega politeia. Aristóteles nos enseñó a reconocer la Constitución, la politeia de una polis, de una comunidad, en la arquitectura de los poderes públicos sobre los cuales se atribuye la tarea de tomar las decisiones colectivas. Usando un lenguaje más moderno, pero manteniendo la misma sustancia, diríamos que los tipos de régimen se distinguen entre sí en base a las reglas constitutivas que en cada uno de ellos se establecen. Para utilizar las esclarecedoras fórmulas de Bobbio: el quién y el cómo de las decisiones políticas. 

Quién, es decir, cuáles y cuántos sujetos tienen el derecho o el poder de participar en el proceso de toma de decisiones; y cómo, es decir, mediante cuáles procedimientos debe llevarse a cabo este proceso. Por lo tanto, el régimen democrático se distingue de los otros regímenes por sus reglas específicas, es decir, por una clase determinada de respuestas a las preguntas relativas al quién y al cómo de las decisiones políticas. Podríamos decir también, utilizando una metáfora común, que la democracia es un juego, un sistema de acciones e interacciones típicas regido por un conjunto de reglas fundamentales a las que denominamos precisamente como reglas del juego. 

Si no sabemos cuáles son las reglas, no podemos saber a qué juego estamos jugando. 
Si no establecemos cuáles reglas son democráticas, no podemos juzgar si los regímenes realmente existentes y a los cuales llamamos democracias, merecen de verdad ese nombre. Pero, ¿cómo establecer si una regla del juego político es democrática o no? ¿Cuál es el criterio que debemos seguir? 

Aprendimos de los antiguos a llamar democracia a un régimen en el que las decisiones colectivas, las normas vinculantes para todos, no emanan de lo alto, es decir, de un solo sujeto –el monarca o el tirano–, ni tampoco de unos pocos sujetos –los aristócratas, los oligarcas– que se erigen por encima de la colectividad, sino que las reglas, las normas, son producto de un proceso de decisión que se inicia desde abajo, desde la base, proceso en el que todos, o muchos, tienen el derecho de participar de manera igualitaria y libre. La democracia es sencillamente el régimen de la igualdad política y de la libertad política. 

Las reglas del juego democrático están contenidas implícitamente en los principios de igualdad y libertad políticas, o lo que es lo mismo, son reconocibles como democráticas aquellas reglas constitutivas –constitucionales– que representan una consecuente expresión jurídica de los principios de libertad y de igualdad políticas. Por ello, dichas reglas valen como las condiciones –en el sentido lógico– bajo las cuales un régimen es reconocible como democracia, es decir, como un régimen de igualdad y libertad políticas. El juego político es democrático a condición de que –y hasta que– tales reglas sean respetadas.

Si éstas se alteran o se aplican incorrectamente, de manera no coherente con los principios democráticos, entonces se empieza a jugar otro juego, tal vez incluso sin darnos cuenta de ello. Tanto el renacimiento moderno del ideal democrático, como el proceso gradual de democratización de los sistemas políticos históricamente existentes, tienen algunos siglos de vida muy tormentosos, como lo sabemos en Italia y en Chile; y la reflexión teórica, muy contrastada, aunque solo tardíamente a mediados del siglo XX, logró elaborar una concepción de la democracia exenta de muchos equívocos: la así llamada “concepción procedimental”, que precisamente pone en el centro de la atención a las reglas del juego. 

La teoría de Norberto Bobbio es generalmente considerada como la versión más puntual y madura de la concepción procedimental de la democracia. Como les decía, en los últimos cinco o seis años he vuelto a reflexionar en torno a este núcleo central del pensamiento político bobbiano. 
He buscado reconstruirlo, desarrollarlo, reconducirlo hacia la formulación de una teoría de las condiciones de la democracia, y he intentado aplicar esta teoría, que me gustaría designar como neo-bobbiana, a la realidad de nuestro tiempo, utilizándola como instrumento de análisis y parámetro de juicio de los regímenes contemporáneos que habitualmente llamamos democracias. En esta ocasión intentaré presentar, en extrema síntesis, algunos resultados de mis últimas investigaciones. 

A partir de una redefinición rigurosa del concepto de democracia, mediante la identificación de las condiciones lógicas de la misma, y con base en este concepto, pretendo sostener tres tesis. 

La primera tesis es que en todo el mundo la democracia está en camino a una degeneración autocrática. Segundo, en muchos lugares las tendencias autocráticas sirven para alimentar a –y son sostenidas por– formas de gobierno de los peores, vale decir que favorecen –y son favorecidas por– el deterioro progresivo de la calidad de las clases dirigentes. La tercera tesis dice que la llamada “tercera ola” del proceso de democratización que se expandió durante el último cuarto del siglo XX, produciendo la caída de varios regímenes autoritarios, dictatoriales, totalitarios, en realidad diseminó por el mundo una miríada de democracias aparentes. 
Sugiero tomar en consideración, como punto de partida, el elenco de las reglas del juego democrático que se encuentran en la teoría general de la política de Norberto Bobbio. Las reglas del elenco bobbiano son muy simples. En apariencia y en realidad, cada una de ellas tiene que ver con un complejo abanico de problemas. La primera regla del elenco de Bobbio establece una condición, en el sentido lógico, de igualdad entendida como inclusión. Todos los ciudadanos “pasivos” –en el sentido jurídico– sometidos a la obligación política de obedecer las normas de la colectividad, deben ser también ciudadanos “activos” –otra vez en el sentido jurídico–, es decir, titulares del derecho o el poder de participar, y ante todo, pero no solo con el voto electoral, en el proceso de formación de las decisiones políticas sin ningún tipo de discriminación. 

La segunda regla impone una condición de igualdad, esta vez como equivalencia. Los votos de todos los ciudadanos deben tener un peso igual. Ninguno debe contar más o menos que otro. 

La tercera regla establece una condición de libertad subjetiva. La opinión política de cada uno se debe poder formar libremente y, por lo tanto, debe estar basada en un correcto conocimiento de los hechos y estar protegida frente a interferencias o manipulaciones distorsionadoras, lo cual exige, por lo menos, que esté garantizado el pluralismo de los medios de información y persuasión. 

La cuarta regla plantea una condición de libertad objetiva. Los ciudadanos deben poder escoger entre propuestas y programas políticos efectivamente diferentes entre sí, dentro de una gama de alternativas lo suficientemente amplia para permitir a cada uno el poder identificarse con una orientación precisa, lo que exige que al menos esté asegurado el pluralismo de partidos, asociaciones y movimientos políticos. 

La quinta regla plantea una condición de eficiencia para todo el proceso de decisión política. Las decisiones deben ser tomadas con base en el principio de mayoría, que es sencillamente, para Bobbio y para mí, una regla técnica idónea para superar la heterogeneidad, el contraste o el conflicto de las opiniones particulares. 

La sexta y última regla del elenco de Bobbio tiene un carácter especial. No se refiere ni al quién ni al cómo, es decir, no se refiere a la forma, sino más bien se refiere al qué cosa, al contenido o la sustancia de las decisiones políticas. Estas decisiones no pueden traducirse en normas que estén en contradicción con los principios democráticos de igualdad y libertad. 

En la teoría general de la política, la sexta regla se encuentra expresada con una formulación muy corta, muy reductiva. Para comprender su alcance efectivo, que es muy amplio, es necesario releer un pasaje de Bobbio que dice así: “Estas reglas” –las que he mencionado y reformulado– “establecen cómo se debe llegar a las decisiones políticas y no qué cosa debe decidirse. Desde la perspectiva de qué cosa, el conjunto de las reglas del juego democrático no prescribe nada, salvo la exclusión de decisiones que podrían en algún modo contribuir a tornar vanas y a hacer inútiles una o más reglas del juego”. 

En suma, la sexta regla de Bobbio establece que ninguna decisión asumida por medio de las otras reglas del juego democrático debe desnaturalizar u obstaculizar al juego mismo. Esta formulación general se puede precisar articulando un elenco de cinco imperativos específicos, que en mi teoría corresponden a otras tantas condiciones ya no formales sino sustanciales, de salvaguardia o supervivencia de la democracia. 

En primer lugar, se prohíbe cualquier decisión que esté orientada a alterar o abolir las otras reglas del juego, esto es, las condiciones formales de la democracia, aun cuando una decisión de este tipo haya sido tomada de acuerdo con las mismas. Por ejemplo, se prohíbe que un parlamento, elegido con sufragio universal, introduzca el sufragio restringido. 

En segundo lugar, se prohíbe volver vanas, es decir, vacías o inútiles, las otras reglas del juego, limitando o, peor aún, aboliendo aquellos derechos fundamentales de libertad individual, de libertad personal de opinión, de reunión o de asociación, que constituyen las precondiciones liberales de la democracia. 

En tercer lugar, se impone a los poderes públicos de una democracia la obligación de volver efectivo el goce universal de estas mismas libertades, mediante la garantía de algunos derechos fundamentales ulteriores que representan, en mi lenguaje, las precondiciones sociales de las precondiciones liberales de la democracia. Así como es cierto que las primeras cinco reglas formales del juego democrático serían vanas si no estuviesen garantizados los derechos a la libre manifestación de las ideas, a la libertad de reunión o asociación, también lo es que estos mismos derechos de libertad estarían vacíos, o reducidos de facto, como meros privilegios de algunos, si no estuvieran garantizados para todos, por ejemplo, el derecho social a la educación pública gratuita y el derecho a la subsistencia, es decir, a gozar de condiciones materiales que vuelvan a todos los individuos como tales, capaces de ser libres, y no los empujen a alienar su propia libertad al mejor postor. 

En cuarto lugar, se prohíbe violar las precondiciones constitucionales de la democracia, específicamente los principios de separación y equilibrio de los poderes del Estado. En otras palabras, se impone asegurar las técnicas jurídicas idóneas para prevenir el despotismo, incluso el de la mayoría. 

En quinto lugar, se prohíbe toda forma de concentración de aquellos que Bobbio llama los tres poderes sociales: el poder político, fundado en última instancia en el control de los métodos de coacción; el poder económico, basado en el control de los bienes y los recursos materiales; y el poder que Bobbio llama poder ideológico, que se funda en el control de las ideas, de las conciencias, es decir, los medios de información y de persuasión. 

Estos cinco imperativos, que se pueden considerar implícitos en la sexta regla del juego, con la cual se cierra el elenco de Bobbio, corresponden a otras tantas condiciones de la democracia, ya no de tipo formal como las primeras cinco, sino sustanciales. No son normas que se refieran al quién –normas de competencia–, ni normas que se refieran al cómo –normas de procedimiento–, sino que son normas de conducta política, en la medida que limitan o vinculan con obligaciones positivas o negativas el comportamiento de los sujetos autorizados para tomar las decisiones políticas, y en consecuencia limitan y/o vinculan el contenido –el qué cosa– de sus actos.

De esta manera, se delinea un decálogo de condiciones de la democracia, cinco formales, cinco sustanciales, aunque a continuación veremos que resulta necesario, según pienso yo, asumir una onceava condición a la que llamaré institucional. Antes de ello quisiera hacer una aclaración. No acepto la propuesta de mi querido amigo Luigi Ferrajoli, quien identifica una democracia sustancial al lado de una democracia formal. En mi teoría, la democracia es formal por definición. Es una forma de gobierno, una forma de régimen. Toda forma es formal. 

La palabra democracia implica una forma de gobierno, de régimen, la cual, para poder nacer, para seguir existiendo sin volverse aparente y para no morir, está vinculada al respeto de algunas determinadas condiciones sustanciales. El problema, de acuerdo con Bobbio, es que las reglas del juego resultan muy sencillas de enumerar, pero difíciles de aplicar correctamente. Por ello, en el análisis de los casos concretos de las llamadas democracias reales, Bobbio decía que se debe tomar en cuenta la posible distancia entre la enunciación del contenido de las reglas, y la manera en que estas son aplicadas, y dado que ningún régimen histórico ha observado jamás por completo los dictados de todas estas reglas, es justificado hablar de regímenes más o menos democráticos. Bobbio decía esto en 1984. 

En mi opinión, hoy el problema se presenta en términos mucho más graves, mucho más serios. Considerando la historia reciente de las democracias reales, debemos preguntarnos si estos regímenes, unos más y otros menos, no se han acercado ya peligrosamente a una frontera crítica, y si en algunos casos, incluso, no se ha cruzado ya la línea de demarcación entre la democracia y la no-democracia: la autocracia, de acuerdo con el lenguaje de Hans Kelsen. Es decir, que se haya cruzado la frontera entre un régimen que asegura todavía un grado apreciable de libertad e igualdad política, y un régimen en el cual las decisiones caen, generalmente, desde lo alto. 

El proceso de democratización que ha caracterizado, a veces de manera discontinua, heterogénea e incluso sangrienta, los últimos dos siglos, consistió en el acercamiento de muchos sistemas políticos reales al paradigma de una correcta aplicación de las reglas del juego: ampliación de los derechos de participación política hasta llegar al sufragio universal, mejores garantías de libertad y así sucesivamente. Pero si un análisis desprejuiciado de la realidad contemporánea nos llevara a constatar que los regímenes que hoy comúnmente son llamados democracias han invertido la ruta, alejándose de este paradigma, creo que deberíamos hablar de una degeneración de la democracia y de una decadencia progresiva hacia la autocracia. Los lectores de Bobbio saben que en 1984 este autor expresaba una opinión completamente diferente. 

Él decía que con todo lo que ha ocurrido y no obstante todas las transformaciones que los nobles ideales democráticos han sufrido, no se puede hablar de una degeneración de la democracia. Bobbio decía: “Aun la democracia real más alejada del modelo, de un paradigma de la correcta aplicación de las reglas del juego, no puede ser confundida de ninguna manera con un estado autocrático”. Yo pregunto si esto sigue siendo cierto hoy. 
¿Estamos dispuestos a reconocer todavía como válida esta afirmación, después de un cuarto de siglo? Si mantenemos la perspectiva fundamental de Bobbio, que asumía como término de comparación a los totalitarismos del siglo XX, claro que sí. Pero preguntémonos, después del análisis de Bobbio, ¿cuáles son las transformaciones ulteriores que ha sufrido la democracia? ¿Ha disminuido o se ha incrementado la distancia con el modelo ideal que identifica las condiciones de la democracia con un conjunto de reglas correctamente aplicadas? 


Aquí expongo la siguiente tesis. Al observar en retrospectiva las últimas tres décadas de vida de las democracias reales, o dicho de manera un poco triste, los “treinta poco gloriosos”, es claramente reconocible un proceso de degeneración que, aunque se diferencia fenoménicamente en distintos lugares, es sustancialmente homogéneo y aún está en marcha, y tiende a hacer que la democracia asuma gradualmente características de una forma de gobierno distinta, a la que propongo llamar “autocracia electiva”. Obviamente se trata esto de un oxímoron, de una paradoja. 

El autócrata clásico dispone de sí y de los demás a su propio arbitrio. Se pone a sí mismo como el principio del poder. Se impone, no se propone a los ciudadanos, pero a mi juicio, la propia debilidad política de nuestros tiempos es precisamente, a la vez, un oxímoron y una paradoja. No parece difícil individualizar, en la historia reciente de las democracias reales, un verdadero primer golpe de timón, al menos en la cultura política, y a partir del cual se ha comenzado a prospectar, en los epicentros políticos del mundo, la posibilidad de jugar el juego político de modo no democrático o de modos menos democráticos, aplicando incorrectamente las condiciones de la democracia o alterando algunas de sus reglas del juego, y atacando o erosionando sus presupuestos, o las precondiciones de la democracia. 

Como fecha simbólica de esta inversión de ruta se podría señalar el año 1975, en que se publicó el famoso informe sobre la gobernabilidad de las democracias de Crozier, Huntington y Watanuki. Desde entonces, la retórica de la gobernabilidad se difundió rápidamente en muchos ambientes, no solo entre los académicos, hasta convertirse en una especie de lugar común. Según esa opinión, el diagnóstico era, en el fondo, simple: la democracia funciona mal o poco, en el sentido de que no es eficiente en la función política esencial que es producir decisiones colectivas, y funciona mal porque es un régimen difícil y demasiado exigente. Por lo tanto, la terapia aconsejada era clara: para hacerla funcionar mejor o de una manera más eficiente, debemos disminuir sus exigencias. Entonces: 

1) En caso de necesidad, la democracia debe convertirse en un régimen menos inclusivo, en contraste con la primera regla. Piénsese en el problema de la inmigración, que se ha agudizado en los últimos tiempos sobre todo en Europa, donde masas crecientes de individuos no solamente son excluidos de los derechos de ciudadanía, sino que incluso son reducidos a condiciones semi-serviles o directamente criminalizados. 
2) En la medida en que le es útil al decision-making, se puede alterar el peso de los votos individuales en franca violación a la segunda regla. Me refiero con esto a las más o menos sofisticadas manipulaciones ingenieriles de los sistemas electorales, hechas en nombre de la gobernabilidad. 
3) Debido a que las lógicas “objetivas” del mercado global, ante las que debemos arrodillarnos como si fueran leyes divinas, inducen a grandes concentraciones, e incluso a monopolios de los medios de comunicación, resulta inevitable –sostienen los emperadores de la comunicación– infringir también la tercera regla, que exigiría lo contrario, es decir, el pluralismo informativo como obstáculo, tal vez insuficiente pero indispensable, contra la manipulación de la opinión pública. 

4) No solo razones de eficiencia sino algunas presuntas razones ideales son frecuentemente invocadas para promover una drástica simplificación del pluralismo político, reduciéndolo de hecho a un dualismo. Piénsese en los duelos televisivos. De este modo se provoca, en contra de la letra y el espíritu de la cuarta regla, la desafección de la democracia de todos aquellos que no se reconozcan en ninguna de las alternativas disponibles. 
5) Para asegurar eficazmente la gobernabilidad, se tiende a concebir, a ingeniar y a practicar el juego político como si éste fuese un juego de suma cero, en el cual es atribuido todo el poder al ganador a través de la absolutización indebida o distorsionada de la regla cinco, es decir, del principio de mayoría. 
El exorbitante alcance que ha venido a asumir el principio mayoritario, al grado de llevar a los estudiosos a aislar como una subespecie del régimen democrático a la así llamada “democracia mayoritaria”, acompaña y favorece lo que yo considero como la degeneración última, el paso final hacia el umbral que separa a la democracia de la autocracia. 

La institución de las elecciones es interpretada de manera unilateral, reductiva y distorsionada como un método para la investidura personal de un jefe supremo. La elección en verdad decisiva, o la que es percibida como tal, vale decir, como la que determina el rumbo político de un Estado y que incluso marca el destino de una colectividad, al menos hasta la siguiente consulta popular, consiste o se resuelve en la designación del jefe del ejecutivo, a quien le es conferido de facto el papel de guía del Estado. ¿Saben como se dice guía en latín? Dux… Duce.




















Árbol de la Democracia | 69: Michelangelo Bovero


LA DECADENCIA DEL LENGUAJE

VER+:



Esta publicación quiere abrir un espacio para pensar juntos qué significa vivir en democracia, no como un eslogan sino como una práctica exigente que requiere atención, límites y cuidado. 
A partir de la obra La democracia en nueve lecciones y de sus investigadores, presentamos un recorrido breve por quiénes son y qué aportan al estudio contemporáneo de lo político. 
Michelangelo Bovero es un filósofo político italiano formado en Turín, discípulo de Norberto Bobbio y especializado en teoría democrática y educación cívica. 
Gianfranco Pasquino es politólogo, profesor en Bolonia y experto en partidos, sistemas electorales y análisis comparado. 
Luigi Bobbio fue sociólogo y politólogo, profesor en Turín, dedicado a políticas públicas y participación ciudadana. 
Alfio Mastropaolo es politólogo italiano, investigador del populismo, la representación política y la relación entre ciudadanía y élites. 
Gian Luigi Vaccarino es economista y estudioso de las políticas fiscales, la deuda pública y sus efectos sobre la gobernabilidad democrática. 
Marco Revelli es sociólogo e historiador de las ideas, profesor en Turín, dedicado a estudiar democracia, mercado y transformaciones sociales. 
Luigi Ferrajoli es jurista italiano, uno de los principales teóricos del garantismo, especializado en derechos fundamentales y límites del poder penal. 
Elena Paciotti es jurista y magistrada, dedicada al estudio de la democracia europea, la supranacionalidad y la tutela de los derechos en la Unión Europea. 
Giovanni Sartori fue uno de los politólogos más influyentes del siglo XX, experto en sistemas de partidos, teoría democrática y metodología comparada. 
Valentina Pazé es filósofa política y profesora en Turín, centrada en ciudadanía, participación democrática y educación cívica.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

50 PREGUNTAS PARA FOMENTAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN LA EDUCACIÓN 🙋


El pensamiento crítico es la capacidad de plantear constantemente preguntas, identificar supuestos y evaluar hechos; lo cual permite ampliar la mirada y entender que, detrás de lo que aparece a simple vista, hay muchos más aspectos por cuestionar y reflexionar.

El concepto de pensamiento crítico hace referencia a un tipo particular de pensamiento de orden superior, que es complejo y profundo, y que a su vez involucra habilidades específicas como comprensión, integración, interpretación, categorización, deducción, emisión de juicios y solución de problemas de manera práctica (López Aymes, 2012; Moreno-Pinado y Velázquez Tejeda, 2017).

Hay autores que destacan que pensar críticamente no tiene que ver con generar ideas, sino más bien con comprenderlas y examinarlas para identificar supuestos y argumentos, realizar inferencias en torno a su credibilidad, evaluar evidencias y llegar a conclusiones respecto a un tema o curso de acción. En ese sentido, se dice que una persona con esta habilidad es aquella que puede pensar por sí misma (López Aymes, 2012; Moreno-Pinado y Velázquez Tejeda, 2017).

En la vida cotidiana, una persona que piensa críticamente se preocupa por permanecer bien informada, confía en sus propias habilidades para razonar, mantiene la mente abierta para considerar distintos puntos de vista, comprende las opiniones de otras personas, y hace una valoración justa e imparcial de los razonamientos que encuentra (López Aymes, 2012).

El desarrollo de esta habilidad se relaciona con la misión escolar de generar las condiciones para aprender a aprender. Debido a esto, se plantea que es una habilidad esencial para que las y los estudiantes lleguen a adquirir autonomía intelectual (López Aymes, 2012).

Finalmente, en el nuevo Plan de Estudios, el pensamiento crítico es un eje articulador de carácter transversal, que enaltece la recuperación del otro ante la diversidad, habilidad necesaria para la formación de la ciudadanía con valores democráticos, empatía y justicia.

En este manual enfatizamos la importancia de aplicar el pensamiento crítico al relacionarnos con nuestra propia mente y emociones, con otras personas y con la resolución de conflictos.

Esto incluye aprender a identificar que muchas veces tenemos pensamientos que son sesgados, que exageran la realidad, que omiten ciertos elementos, generalizan o incluso, proyectan o crean historias que no son ciertas. Ejemplos de ello pueden ser pensamientos como: “esa persona nunca me escucha”, “voy a reprobar por culpa del profesor” o “sólo me felicitan porque sienten lástima por mí”. Desarrollar pensamiento crítico implica aprender a observar nuestros propios pensamientos y a no creerlos sólo porque son nuestros. Hay que saber identificar las trampas de pensamiento, cuestionarlas y ampliar nuestra perspectiva (Kahneman, 2012).

Cuando aplicamos estos aspectos del pensamiento crítico a situaciones emocionalmente cargadas o conflictivas, aprendemos a no dejarnos llevar por conclusiones apresuradas o juicios. Por ejemplo: si sentimos enojo porque una persona no se presenta a una cita acordada, podríamos saltar a la conclusión de que se trata de alguien irresponsable, desinteresada o que no merece nuestra consideración. Pero, si aprendemos a evaluar críticamente estos pensamientos y logramos considerar otras opciones -como que tal vez la persona tuvo un contratiempo-, entonces el pensamiento crítico nos permite regular las emociones y tomar decisiones más empáticas y constructivas (Beck, 2015).

¿Cómo trabajamos el pensamiento crítico en este manual?

El propósito de este manual es brindar los conocimientos y las herramientas necesarias para trabajar el pensamiento crítico con estudiantes de secundaria.
Para lograr este objetivo, vamos a trabajar con los siguientes cinco temas principales, los cuales se encuentran plasmados en el temario y en las lecciones de este manual:

1. Características del pensamiento crítico. Primero abordamos qué es el pensamiento crítico y por qué es importante desarrollarlo. Una idea central del manual es que fortalecer esta habilidad nos ayuda a ampliar nuestro punto de vista y a tener una visión más objetiva de la realidad.
2. Observar e inferir. Un aspecto esencial del pensamiento crítico es distinguir la diferencia entre hechos y evaluaciones. En esta sección aprendemos a describir situaciones de la manera más objetiva posible, evitando juicios y calificativos que puedan lastimar a otras personas.
3. Analizar fuentes de información externas. En estas lecciones se practica cómo evaluar diversas fuentes de información para identificar aquellas que ofrecen información verídica y confiable, y aquellas que no lo hacen.
4. Analizar fuentes de información internas. Otro aspecto del pensamiento crítico consiste en identificar la influencia que tienen nuestros pensamientos en nuestra manera de ver la realidad, para darnos cuenta de que no todo es necesariamente como lo pensamos, y que nuestros sesgos pueden generar conflictos y disminuir nuestro bienestar. En ese sentido, identificaremos algunos tipos de pensamientos disfuncionales y sesgos comunes, para así poder observar y analizar nuestro propio pensamiento.
Aunado a lo anterior, emplearemos el pensamiento crítico para analizar pensamientos disfuncionales como una estrategia para regular nuestras emociones.
5. Practicar el pensamiento crítico. Para concluir, la última lección de este manual se enfoca en poner en práctica lo aprendido, utilizando el pensamiento crítico para evaluar la veracidad de información controversial.

Los temas se abordarán explícitamente a través de las 10 lecciones que constituyen este manual, las cuales se han elaborado siguiendo el criterio SAFE (acrónimo de las palabras en inglés: sequential, active, focused and explicit) (Durlak, Weissberg, & Pachan, 2010) (De acuerdo con un metaanálisis realizado por Durlak, Weissberg, & Pachan, M. (2010), los programas de educación socioemocional que siguen el criterio SAFE, son más efectivos que aquellos que no lo siguen):



 

Manual de Pensamiento Crítico by Yanka


"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 


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lunes, 7 de abril de 2025

LIBROS "LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA" y "EL DEBER CRISTIANO DE LA LUCHA" por ANTONIO CAPONNETTO 🔥


LA PERVERSIÓN
DEMOCRÁTICA

ANTONIO CAPONNETTO

La Caridad sin Verdad sería ciega, 
La Verdad sin Caridad sería como, 
“un címbalo que tintinea”. 
San Pablo 1 Cor.13.1

Este es el título de un libro que se ha publicado en Argentina por un autor cuyo catolicismo militante es sin duda molesto para quienes pretenden simultanear su fe católica con su ideología demócrata.
El Dr Antonio Caponnetto, a lo largo de 336 páginas demuestra que ambas doctrinas son incompatibles y concluye con un anexo titulado «La posibilidad de una democracia tradicional».
Este libro sirve para que quienes presumen de ser cristianos y a la vez demócratas comprueben si sus intereses mundanos son o no más fuertes que su pretendida fe religiosa. Ocurre que hoy, cuando quien declara declara abiertamente no creer en la democracia como sistema viable de gobierno es convertido en paria, todos quieren beneficiarse de alguna forma de las ventajas de estar con el «poder»… Incluso nadie se atreve a afirmar que las presuntas democracias son un fraude, una ilusión… Todo el mundo sabe que la última guerra mundial se hizo para imponer la democracia en el mundo… pero pocos llegan a pensar que imponer algo a sangre y fuego no es precisamente democrático…


"En realidad, el hombre no tiene derechos en una democracia.
No los perdió en beneficio de la colectividad nacional ni de la nación, sino de una casta político-financiera de banqueros y agentes electorales. 
La democracia masónica (globalista), a través de una traición sin igual, se disfraza de apóstol de la paz en esta tierra y al mismo tiempo proclama la guerra entre el hombre y Dios.
"Paz (Pacifismo) entre los hombres y guerra contra Dios". Corneliu Zelea Codreanu

REFLEXIONES DOCTRINALES 
SOBRE LA PERVERSIÓN DEMOCRÁTICA


“¡El sufragio universal es la mentira universal!”… “Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión […] y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno”. Se trata, en suma, de una “sucia quisicosa”, cuyo punto de partida es “admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas”. Félix Sardá y Salvany, La mentira universal, mayo, 1874.
… “una democracia que llega al grado de perversidad que consiste en atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo”. San Pío X, Nostre charge apostolique.
… “la vida de las naciones se halla disgregada por el culto ciego al valor numérico”. Pío XII, La organización política mundial, Del 6 de abril de 1951.

“El Estado liberal, jacobino y democrático edificado sobre el hombre egoísta y el sufragio universal, han permitido que la riqueza del poder Soberano de la Nación haya sido reemplazado por el poder de la riqueza sin Dios y sin Patria. La plutocracia internacional a la sombra de la llamada soberanía popular, mediatizada a los poderes público y explota las naciones”. “La soberanía popular comporta una real subversión atea y materialista, por cuanto sustituye a la soberanía divina, y se postula como un principio absoluto e incondicionado”… Jordán Bruno Genta

LA DEMOCRACIA ES UNA RELIGIOSIDAD SUBVERTIDA


Que la democracia es forma impura de gobierno y corrupción de la República, es una afirmación anterior a la doctrina católica. En vano se ha traducido insidiosamente ciertos tratados clásicos helénicos y romanos, a efectos de atemperar o disimular esta certeza teórica- práctica ante el mundo políticamente correcto. En vano- a partir sobre todo del Iluminismo, por la acción directa de Montesquieu y de Rousseau- se han escamoteado la presencia de la democracia entre las formas legítimas de gobierno, como clarísimamente se afirma en LA REPÚBLICA ( 445) y en la POLÍTICA (1279), OBRAS CUMBRES DE LOS VENERABLES FILÓSOSFOS DE LA HËLADE. En vano digo, porque allí están estas páginas en sus idiomas originales para que brote de sus reflexiones la descalificación de una forma de gubernamental signada fatalmente por la tiranía del número, por el desgobierno de la muchedumbre, por el desenfreno de las libertades, por el incremento de los oclótas * y los demagogos. Platón y Aristóteles entonces, figuran entre los maestros encumbrados de este rotundo desaire a las democráticas formas. Pero también poetas como Homero o Hesíodo, historiadores como Hereódoto y Tucídedes , pensadores como Isócrates, cantores como Tirteo o Simónides de Ceos, artistas como Eurípides o Esquilo, u oradores como Demóstenes.

Las largas y fundadas razones por la que estos hombre egregios descalificaron a la democracia, en sus principios y en sus realizaciones prácticas, no sólo no son de llamativa actualidad sino por una significativa hondura. Porque no se trata de una forma impura desechada en mérito de cuestiones accidentales o subalternas- como la elección o la sucesión de los gobernantes- sino de una perversión intrínseca que hace posible la profanación y el sacrilegio, conspirando contra los mismos lazos sagrados en que sostiene la ciudad. Son las leyes divinas las que ceden ante las legislaciones humanas gestadas en las asambleas del pueblo, son los ritos y las ceremonias tradicionales los desplazados, y hasta son lo kakodaimonistai o adoradores del demonio los que ganan en prestigio, según lo reconociera el mismo Lisias. Democracia e impiedad revulsiva se suponen recíprocamente en cada tramo de la historia. Como si la primera potenciara irrefragablemente, por el peso de su inherente miseria, todas las malas inclinaciones que hay en la humana naturaleza.

El Sófocles que en Electra, pone en boca del coro palabras laudatorias para Zeus ultrajado por el demos; o Isócrates que en el Areopagítico elogia la piedad y la clemencia contra los rapaces demagogos que no entienden la obligación de conservar las tradiciones, son apenas dos ejemplos- entre centenares- de un perversión que fue considerada y padecida, ante todo, como un vejamen a la recta religiosidad. Súmese si se quiere el formidable y conocido testimonio de Cicerón, cuando bajo la inspiración platónica escribe su República, y afirma en ella- en el emocionante fragmento de El Sueño de Escipión- que quienes alcanzan la gloria celeste no son los partidócratas que amontonan votos de la plebe, sino los que consagran a la patria en veladas de sabiduría o en epopeyas de gloria. Si acaso se prefiriera el testimonio de los comediantes, reléase el Pluto de Aristófanes, y aquellas palabras magníficas con que la diosa Pobreza descalifica al demócrata Crémilo, que coloca la riqueza por encima de los rectos sentimientos religiosos.

Con razón ha dicho Stan Popescu haciendo una fundada autopsia de la democracia, primeramente en el mundo antiguo: “El desprecio por la religión se manifestó solamente en los permanentes intentos de demoler los valores religiosos ) la clemencia, la piedad, la compasión, la justicia, el espíritu de sacrificio) sino también en la obsesiva y en la afiebrada voluntad de hacer leyes escritas y votarlas. Con ello se cancelarían para siempre las leyes sagradas, tradicionales, y se terminaría de una vez con las virtudes […]para la conservación de las cuales se requería autoexigencia, autodisciplina y voluntad de autosuperación… Stan Popescu. Autopsia de la democracia. 1984. Euthymia.P.122.

* Gobierno de la plebe.


Si el mejor pensamiento clásico descubrió los males sustantivos de la democracia, y si lo mismo hicieron pensadores de nota, no necesariamente ligados a la Iglesia Católica :si los grande paganos como Platón y Aristóteles señalaron el desquicio de este sistema insano, y otro tanto podría decirse de autores como Gentile, Guénon, Evoca, Maurras,, Henri de Man, Violkoff y los precitados Ortega y Gasset y Tocqueville, va de suyo que el Magisterio de la Iglesia no podía callar ni errar en cuestión de tanta monta. Y es aquí cuando se aprovecha y entiende la comentada antología de textos que me hiciera llegar Enrique Brousain. Muy especialmente los correspondientes al maestro Julio Menvielle* en su obra Concepción católica de la política.-Que sepamos hay cuatro ediciones de esta obra que remitimos efusivamente. La primera publicada en los cursos de Cultura Católica , en 1932. La segunda, bajo el mismo sello editorial, en 1941. La tercera publicada por Teoría, Buenos Aires, 1961, y la cuarta en el volumen III de la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Buenos Aires, Dictio, 1974. cada una de ellas ofrece ampliaciones y correcciones. También puede leerse por internet.

Al repasar aquellos párrafos fundantes en necesaria epítome, varios corolarios pueden extraerse con provecho:

a) que según enseñanzas de Santo Tomás, una institución es la República, que admite “ la participación jerárquica de todos en el gobierno de la cosa pública “ y otra su corrupción, la democracia, “ régimen tiránico del gobierno popular “, que por su esencia igualitaria concluye en la opresión de una clase o de un partido sobre otro ( De Regno, I,I ).

La democracia, pues, tiene un perversión intrínseca. Pervierte la República.

b) que si tergiversando y “ olvidando la profunda sabiduría del lenguaje tomista se quiere usar el vocablo democracia para significar la república o politia, entiéndase que ésta no se ha realizado ni se ha de realizar en ninguna de las repúblicas o democracias modernas […]. Todas las cuales no son sino una mezcla de demagogia con la oligarquía de los bribones, presentan un tipo inestable y sedicioso, porque en ellas jamás se procura el bien común temporal […] y no piensan sino en la procuración de bienes económicos; no el común, porque el bien del individuo-gobernante prima sobre el bien del partido, el del partido sobre el bien de la nación, el de la nación sobre el bien de los derechos internacionales y sobre el bien divino de la Iglesia” ( P. Julio Menvielle *, Concepción Católica de la Política).
La democracia pues, pervierte la noción de bien común y la jerarquía misma de los bienes. Y es de notar, complementariamente, que esta ley enunciada por Menvielle, de futuribles democracias indeseables, no ha dejado de cumplirse desde que la anunció por primera vez, hace ya más de un largo de siglo.

c) que el auge de la democracia ha engendrado “ modernas sociedades, conformadas perversamente en su interior por haber perdido el recto sentido del bien humano […] víctimas de los consorcios financieros internacionales, los cuales, después de haber corrompido las conciencias, acordando prebendas a las personas influyentes de la colectividad, manejan, por medio de éstas, la misma cosa pública, cabiendo derivar en provecho de la proliferación del oro que han acumulado, toda la vida productiva del país. Luego desde el punto de vista católico, que asigna como programa fundamental de toda política la realización del bien común de la ciudad temporal, es inaceptable la forma impura de democracia que revisten las repúblicas modernas “( P. Julio Menvielle, ibidem )
La democracia, pues, pervierte tanto el interior de las conciencias como el interior de las comunidades.

d) que “ lo que hace trágica la conducción de los pueblos en los tiempos modernos es que, de hecho, en la realidad concreta el mito religioso de la democracia ha invadido y contaminado completamente a la democracia política y aun todas las formas actuales de gobierno. “. “ Añadamos que en el vocabulario de Santo Tomás la democracia como forma política legítima no se llama democracia, sino República (politia). Es una forma de régimen mixto, en la cual el principal democrático que, en su estado puro tiende a la dominación del número, está templado por el principio aristocrático ( poder de los que se distinguen en valor y virtud […] En tanto a la palabra democracia, designa Santo Tomás , la forma corrompida de politia, y el principio democrático es su estado puro“” ( P-Julio Menvielle. Ibidem).

La democracia , pues ,pervierte, invade, contamina, vuelve impuro lo que toca.

e) que la historia y en el rumbo de las civilizaciones hay una ley que “ marca cuatro momentos: un primer momento de plenitud, una edad de oro, teológica, por el primado de la verdad sagrada o sacerdotal; un segundo momento, de decadencia, una edad de plata o aristocrática por el primado de la verdad natural o racional, o metafísica; un tercer momento, una edad afectiva o sentimental, o sensible, o animal o económico-burguesa; un cuarto momento, una edad de hierro o democrática, por el primado de la materia, o la cantidad que es su propiedad necesaria, o dé la multitud o de los económico- proletario“ (P. Julio Menvielle, ibidem )

La democracia, pues, pervierte a las civilizaciones y marca el rumbo más bajo de su declive, analogándose y con esa edad de hierro de la que nos hablara Hesíodo.

f) Que el dominio que hoy ejerce “ la multitud proletaria o democrática, nos obliga a estudiar la esencia de la democracia, buscando desentrañar su ley íntima. Nadie ha analizado tan profundamente la democracia como Santo Tomás de Aquino y Aristóteles […].Parte el Santo Doctor de la premisa que la razón de ser y el término del estado popular es la libertad, y por ello el poder o autoridad se distribuye en ese Estado de acuerdo a la dignidad de la libertad ( Comentarios a la Política de Aristóteles, IV,,7 ). En su mente la democracia está ligada a una concepción de la vida en la que se hace de la libertad el supremo bien del hombre y, por lo mismo, el fin de la ciudad ^una ciudad que no es la Ciudad Católica ] .En el estado popular- dice en Política III ,4- sólo se busca la libertad, y sólo ella es lo que en común confieren los ciudadanos. Todas las otras cosas existen por la libertad y para la libertad. Nada valen, por tanto ;las diferencias que separan un hombre de otro, nada las dependencias naturales o históricas, nada de los vínculos familiares o nacionales, nada la diversidad de ingenios, de las aptitudes, de la educación, de la cultura o de los derechos adquiridos. Como a todos y a cada uno dio la naturaleza idéntica libertad, será necesario que todos y cada uno en cualquier parte sean iguales “ ( P. Julio Menvielle, ibidem ).

La democracia, pues pervierte las nociones de libertad y de igualdad, y se convierte en “la dominación de la plebe“.

g) que “la justicia popular o democrática exige que todos participen en los honores y favores públicos de acuerdo a una unidad cuantitativa, y no, en cambio, de acuerdo con la dignidad de la persona o igualdad de proporción [….] Por otra parte,, como ha de haber quien establezca y conserve esta justicia popular… se sigue que el fin y la justicia del estado democrático es la opinión de la multitud […]. La opinión y voluntad de la multitud es ley, entonces, en el régimen democrático. 
¿Cuál es el resultado de un régimen fundado en estas premisas? El resultado dependerá de la condición mortal de la multitud. Sí ésta, en su mayoría, es virtuosa, la ciudad será virtuosa; sí perversa, la ciudad será perversa. Pero el Doctor Angélico saca inmediatamente la conclusión de que tal ciudad, en la que la multitud fija la norma de la justicia, habrá de ser perversa porque allí mandan los viles y desordenados ( Política, VI, 2) […]La conclusión de Santo Tomás esta determinada por el concepto pesimista que tiene la muchedumbre. Se podrían acumular citas y citas en las que se enseña que las muchedumbre, en la mayoría de los casos, se deja llevar por sus malas inclinaciones, violando el orden recto de la razón[…] El pueblo se aparta de la razón la más de las veces, dice el Santo en Politica IV.13 Pupulus enim déficit a ratione, ut in pluribus.
En substancia, que el pueblo, al no reaccionar sino efectivamente está expuesto a equivocarse y extraviarse; necesita que otros- los menos- le indique qué le conviene y se lo hagan querer; si una minoría virtuosa no le confiere la virtud, cualquier otra minoría audaz le impondrá el yugo del dinero o del trabajo colectivo “ ( P Julio Menvielle, ibidem. ).

La democracia, pues, pervierte la noción de participación y de justicia, entroniza la tiranía de la multitud, y es perversa porque ésta suele serlo, mandando en ella los viles y desordenados.

h) que “ el análisis de la esencia de la democracia nos conduce a la conclusión de que ésta, partiendo de la idea de libertad, que es su principal e indispensable presupuesto, termina inexorablemente en la tiranía, o dictadura de la multitud , del número, de la cantidad, y por lo mismo de la sinrazón y del desorden [….] 
El principio fundamental que la mueve [a la democracia] es el igualitarismo universal absoluto. Ahora bien : como los hombres- sin una intervención especial de Dios- no pueden ser igualados o nivelados por lo más encumbrado que hay en ellos, es, a saber, la ciencia y la virtud, no resta sino la posibilidad de intentar la nivelación absoluta universal, por lo más bajo que hay en ellos, es decir, por su condición material. Tal es el intento del comunismo soviético, como enseña PÍO XI en su magistral y actualísima en cíclica Divini Redemptoris (P. Julio Menvielle. Ibidem).

La democracia, pues, es perversión que lleva a otra mayor y de ella derivada y cómplice: el comunismo. Algo que los mismos comunistas testificaron y previeron.
Ahora bien; lo propio del sabio es distinguir y ordenar. Por eso Becar Varela no ha hecho ninguna de estas distinciones y se ha mostrado incapaz de todo ordenamiento conceptual. No ha querido distinguir entre democracia y república, entre formas puras e impuras de gobierno, entre componentes de un régimen mixto legítimo y autonomía ilegítima de esos componentes, entre la posibilidad de un deber ser de bondad condicionada y la trágica realidad de una perversión antigua y presente.. No ha querido distinguir en suma, lo que todos los grandes tratadistas católicos han discriminado con ciencia y cautela. 

Ya no el padre Julio Menvielle, sino estudiosos de enjundia como Louis Billot, Victor Bouillon, Jean Ousset, Marcelo Demongeot, Jean Madiram, Jesús Muñóz, S.J, Héctor Hernández, Bernardino Montejano, Padre Osvaldo Lira, Luis Sánchez Agesta, Fulvio Ramos, Alberto Falcionelli, Juan Antonio Window, y tantísimos otros. Si hubiera distinguido bajo la tutela del magisterio clásico y cristiano, la conclusión no podría haber sido otra que la que sintetizó Charles Maurras: “no es que la democracia está enferma; la enfermedad es la democracia“.

Agrava la cortedad interpretativa de Becar Varela, por un lado, el hecho de que, desde su confusión, se autoerige en tribunal de ortodoxia; más por otro, el hecho igualmente ruinoso, de que su indistinción y desorden mental, no se mantiene sólo en el ámbito de las discusiones académicas, sino que INSTA justificar con ellas determinadas acciones políticas personales, a la par que condena intemperantemente la de quienes no quieren secundarlo. Porque al igual que tantos liberales católicos, le sobreviene a nuestro criticado no una preocupación teorética por el hallazgo de la Verdad, sino una urgencia práctica para encontrar algún retazo de doctrina católica con la que bautizar su heteropaxis.



La Lucha Contra las 
Tentaciones de la Tibieza

Un pacifismo que no es ni cristiano ni justo, una falsa espiritualidad fundada en la reconciliación con el mundo y un lenguaje anodino se ha apoderado del católico medio. No se lo escuchará mentar siquiera la obligación paulina del Buen Combate. Ya no digamos en lo que el término pueda implicar de donación física en una contienda justa, sino en lo que contiene de obligación ascética, purificadora y re­conquistadora de la Verdad.
Un desordenado apego por la propia vida ha logrado dominar­lo, y una candidez suicida -cuando no una complicidad cobarde- lo ha llevado a bajar los brazos frente a los enemigos de la Fe. Se vive bajo el primado del sincretismo y del pluralismo, que ahoga todo celo apostólico, todo fervor misionero, todo gesto de batir­se por la Reyecía de Cristo.

Pero si ha de concluirse en que la tibieza es el gran obs­táculo para emprender el combate, ha de saberse también que la misma no es insalvable. Casi valdría la paradoja de afirmar que contra ella tiene que llevarse a cabo la primera contienda para que todas las demás sean posibles.

Es innegable que las dificultades arrecian. Por un lado, la gran tentación de un cristianismo sin Cruz. Un cristianismo en contravención con la advertencia de Cristo y a través del cual se perderá la vida por intentar salvarla. Las cruces que nos acosan son múltiples, pero ninguna más sutil y terrible que la insinuación de despojarnos de ellas. De comportarnos como si no existie­ran, amparados en la utilidad de la vida cómoda y en las mu­chas ocupaciones laborales. Renunciar a la comodidad no es sólo ni principalmente dejar de lado el confort superfluo. Es algo más difícil aún: estar preparados para la incomodidad de saberse señalado y perseguido, de saber que no podrá contarse con el éxito mundano ni con el reconocimiento de los podero­sos ni con el aplauso de las multitudes. Y en la soledad y la ad­versidad, saberse al fin, fiel a uno mismo y continuar andando.

Por otro lado, la gran tentación de bajar la guardia, de resignarse a un cristianismo en paridad de condiciones con el error y convertido en una religión más. Los católicos corrien­tes ya no creen ni afirman, ni sostienen ni defienden que la suya sea la Religión Verdadera. Tampoco se oye esta esencial de­claración en boca de muchos pastores o autoridades eclesiales destacadas. La Iglesia Católica, dicen en cambio, debe as­pirar a un mero reconocimiento en el mosaico de iglesias y creencias. Y no faltan algunos que, confundiendo las prerro­gativas y los derechos de la Verdad con privilegios o regalías particulares, rechazan incluso cualquier natural prevalencia que pudieran conservar aún el catolicismo en las sociedades que él ayudó como nadie a constituir. Este conformarse cada vez con menos en el orden de los bienes espirituales, es típico del pecado de la tibieza. Nada tiene que ver con la humildad, pe­ro sí, y mucho, con la imperdonable cobardía de permitir que el trigo sea nivelado con la cizaña y acabe asfixiado por ella.

Este igualitarismo fatal, que vuelve innecesaria e inútil la lucha pues no hay Bien que sostener ni Mal que refutar, sino medios bienes y males que componer sin remordimientos, se completa con una tercera tentación casi convertida en moda: la moderación. No la que brota de la templanza y como tal, ha­cedora de la mesura y de la sobriedad en la conducta, sino la que es poquedad y flojera, medianía y suavidad empalagosa, falta de vigor para exaltar la Verdad y proclamar su alabanza a los cuatro rumbos. El moderado es el cristiano módico. Pendiente de los respetos humanos, de la oportunidad, y del decir de los personajes encumbrados. Absolutamente incapaz de la confrontación y la pelea, y por lo mismo, hábil malabarista de opiniones y pensamientos. El gracejo hispano ha acuñado para tales sujetos el irreemplazable mote de pasteleros.

Alguien —casi todo el mundo en rigor— le ha hecho creer al moderado que la civilización se identifica con la capacidad de negociarlo todo, y que la lucha es rémora del pasado y blasón de barbarie. Un cristiano "civilizado", "aggiornado" y "al día", no riñe ni batalla ni polemiza ni se deja sacudir de indigna­ción: concilia, compone, arregla, conversa. A lo sumo tendrá conflictos y ahogos que se le irán con un buen analista, el cual le recomendará la panacea universal de la tolerancia, asumi­da conscientemente a riesgo de convertirse en un fanático.

Pocos como Chesterton han hecho la radiografía exacta del pacifista y de la sociedad enferma de falsa moderación, que considera perturbadores y locos a los que están dispuestos a combatir los únicos combates legítimos: los que se libran por Dios y por la Patria, por los altares y los hogares, por la sagrada tradición y los dogmas incontrovertibles, por los misterios que están más allá de la razón y las realidades celestes que hacen inteligibles y dignas las terrenas. Pero pocos también como este gran gladiador de la Fe, han dejado para la historia de la me­jor literatura cristiana, retratos vivos y aleccionadores del combatiente de Cristo. Cruzados como Mac Ian, hidalgos co­mo Adam Wayne, caballeros como Mr. Herne, u osados reac­cionarios como Dalroy y Pump de La Hostería Volante, figuras todas representativas de la dase de hombres que requiere la catolicidad: listos en todo momento a batirse contra herejes y herejías, a no rehuir las controversias, a provocar y desafiar a los miserables profanadores de la Verdad, a los blasfemos y a los sacrílegos. Listos —con todo el cuerpo y el alma en pugna pidiendo restauración y reconquista— a dar la sangre y el aliento por la custodia del Sagrario. Listos a preservar la tierra carnal y el paisaje nativo donde fuimos bautizados y donde concebimos a nuestros hijos, a la sombra de un Crucifijo. 

Listos a no tolerar profanaciones y agravios y a castigar a los perjuros condignamente. Listos—eternamente listos—a cruzar espadas con cualquiera que osara rozar la grandeza sin mancha de la gloriosa Cristiandad. Hombres que el mundo consideró locos, extravagantes, raros y desaforados. Que nunca fueron comprendidos por los moderados, que se acaloran por las tasas de interés y se matan por las cotizaciones de la bolsa. Hombres que están a la diestra del Padre, de guardia permanente, con sus aceros flamígeros, sus risas francas y alegres, y la obstinada costumbre de no dar ni pedir tregua.

Pero con la gracia de Dios es posible encontrar los antí­dotos para vencer a la tibieza y a sus tentaciones. Los antído­tos son necesariamente las virtudes y los atributos morales que derivados de ellas hacen del hombre un ser combativo y duro de rendir. Es preciso, por supuesto, cultivar todas las vir­tudes, y tal vez, de un modo especial en estos tiempos, la for­taleza y la paciencia, la perseverancia y la magnanimidad. Fortale­za para atacar, pero ante todo para resistir, que —llevado al grado heroico— es la substancia misma del martirio. Paciencia para sobrellevar con entereza los pesares sin poner límites subjeti­vos a las pruebas que se nos envían ni caer tampoco en velei­dades estoicas. La paciencia del Señor que pidió se le aparta­ra el cáliz de amargura, pero por sobre todo, pidió que se cumpliera la voluntad del Padre. Perseverancia para persistir y prolongar la contienda aunque ésta parezca no tener fin ni nos resulte favorable. Saber con ella que uno es el tiempo de la siembra y otro el de la cosecha. Y magnanimidad para ape­tecer lo egregio, lo superior, lo grande, y aborrecer las múlti­ples formas que toma la medianía encandilando nuestros sentidos.

“Es en el Evangelio de San Lucas, voy a leer la cita, digamos, capítulo 4, versículo 5 al 8, cuando el Señor Jesucristo está frente a las tres tentaciones que le propone el maligno y en la peor de todas, el maligno le propone que se arrodille frente a él porque le muestra todos los reinos del mundo, es decir, los Estados, el Estado, y le dice que si se arrodilla frente a él, le dará el poder sobre todos los Estados del mundo porque ese poder le fue dado, es decir, está la compasión propia del maligno que el Estado es la representación del demonio. Por eso cada vez que avanza el Estado, digamos, hay más pobreza, hay más calamidades, hay miseria, por eso es que les digo, despertemos a la fe, despertemos a la fe, porque eso es lo que nos traerá no solo el cielo, sino la prosperidad aquí también en la tierra”. @javiermilei

DEMOCRACIA DEMAGOGA

El estado es la encarnación 
del demonio
Jesús Huerta de Soto




Hoy, pareciera imposible imaginarla. Pero no siempre fue así. Ni en Atenas, ni en los inicios de Estados Unidos, ni en las primeras repúblicas modernas.
En este episodio de Contrarrelato destripo el mito de que “más partidos = más democracia”.
Recorremos el surgimiento de los partidos de notables, los de masas, los partidos atrapa-todo, cartel, electoral-profesionales… y terminamos preguntándonos si no estamos viviendo el colapso del sistema de partidos.

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Perversión democrática, naturaleza diabólica. Parte 1 Dr Antonio Caponnetto

Perversión democrática, naturaleza diabólica. Parte 2 Dr Antonio Caponnetto
 
Antonio Caponnetto - El deber Cristiano de la lucha - 27.06.2020