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martes, 10 de marzo de 2026

LIBRO "MASONISMO Y CATOLICISMO": PARALELOS ENTRE LA DOCTRINA DE LAS LOGIAS Y LA DE NUESTRA SANTA IGLESIA por FÉLIX SARDÁ Y SALVANY


Masonismo y Catolicismo: 
Paralelos entre la doctrina de las logias 
y la de nuestra Santa Iglesia


¿Es posible conciliar la fe católica con los principios de la masonería?

En esta obra fundamental, el insigne Don Félix Sardá y Salvany —autor del célebre El liberalismo es pecado— realiza un análisis magistral y profundo sobre la incompatibilidad absoluta entre la Iglesia Católica y la Masonería. Escrito con la precisión de un teólogo y la pasión de un centinela de la fe, este libro no es solo un documento histórico, sino una profecía cumplida que resuena con una fuerza vibrante en nuestros días.
¿Qué descubrirás en este libro? Sardá y Salvany explica que el peligro no reside solo en las logias secretas, sino en el "Masonismo": esa atmósfera intelectual y errores difusos que han penetrado en las leyes, la enseñanza y la sociedad actual.
Un paralelismo detallado entre la verdad revelada por la Iglesia y el naturalismo racionalista que intenta sustituir a Dios por el hombre.
El autor desenmascara cómo la "secta materialmente organizada" busca socavar los cimientos de la civilización cristiana, ofreciendo al lector las herramientas intelectuales para identificar y combatir estos errores.
Incluye referencias a las advertencias de los Romanos Pontífices y un llamado a la caridad intelectual para iluminar a los descarriados.

¿Por qué leerlo hoy?

A pesar de haber sido publicado originalmente en 1885, este texto conserva una actualidad sorprendente. Es una lectura imprescindible para seminaristas, estudiosos de la doctrina social de la Iglesia y cualquier católico que desee comprender las raíces de la crisis de valores en la modernidad.
Recupera la claridad doctrinal y fortalece tu fe con un clásico de la apologética española.

Hemos decidido rescatar esta obra del gran Don Félix Sardá y Salvany porque constituye una «imperiosa necesidad de caridad intelectual». Vivimos en tiempos de una confusión absoluta, y este libro, aunque escrito en 1885, conserva la «fuerza vibrante de una profecía cumplida». Sardá y Salvany no fue solo un sacerdote de pluma afilada, sino un «centinela» que supo identificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras. Republicarlo es ofrecer un bálsamo de claridad en un mundo que agoniza por falta de certezas, donde todo se presenta como opinable, y relativo.
Es un texto que, a pesar de su antigüedad, resulta «sobrecogedor» por su actualidad permanente. Muchos católicos hoy desconocen la profundidad doctrinal de este ataque masónico, y por ello rescatar estas páginas es devolver a la luz una herramienta de combate espiritual que se creía olvidada.

¿Cuál es la diferencia entre Masonería y Masonismo?

Esta es la «distinción magistral» del libro. La Masonería es la secta materialmente organizada, con sus logias y ritos. El Masonismo, en cambio, es la «irradiación difusa de sus errores en la sociedad». Es la atmósfera intelectual, la «Revolución mansa» o el «catolicismo liberal» que busca convivir con el enemigo sin irritarle. Se puede ser «masonizante» sin haber pisado nunca una logia.
Porque el peligro real no está solo en los que conspiran con mandil, sino en el veneno de sus ideas. El Masonismo busca sustituir el orden sobrenatural por el «naturalismo puro». Esta oposición es radical: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora con el reino de las sombras. No hay término medio.
Su vigencia es total porque nos ofrece un «Decálogo antirrevolucionario». Merece la pena leerlo para no ser «espíritus tibios» y aprender a combatir. En estas páginas se juega no solo la salvación de las almas, sino el destino de la civilización occidental.

PRÓLOGO

El Masonismo, 
cáncer de la modernidad y eclipse de la verdad

Constituye una imperiosa necesidad de caridad intelectual, presentar estas páginas del insigne Don Félix Sardá y Salvany. Un texto que, a pesar de haber sido escrito en el siglo XIX, conserva la fuerza vibrante de una profecía cum­plida. Sardá y Salvany no fue solo un valiente y culto sacerdote de pluma afilada, sino un centinela que, desde la torre de la Revista Popular, supo iden­tificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras de las logias y los salones del liberalismo.

El elemento principal que el lector encontrará en este libro es una distin­ción magistral, necesaria hoy más que nunca: la diferencia entre la Maso­nería, esto es, la secta materialmente organizada, y el Masonismo, que es la irradiación difusa de sus errores en la sociedad. Sardá y Salvany nos advierte de que el peligro no reside únicamente en aquellos que, con el mandil de la escuadra y el compás, conspiran en el secreto de una logia. 

El verdadero triunfo de la «secta infernal» -como él la llama acertadamente- es el Ma­sonismo. Es decir, esa atmósfera intelectual que ha envenenado las leyes, la enseñanza, la beneficencia y hasta a la misma jerarquía de la Iglesia. Se trata de la «Revolución mansa» o el «Catolicismo liberal», que es esa parodia de fe que busca convivir pacíficamente con el enemigo sin irritarle, trasmutando un inicial oportunismo en un conclusivo servilismo. De ahí que la actuali­dad permanente de esta obra sea sobrecogedora por tres motivos que paso a señalar:

El naturalismo Imperante. La Masonería no busca solo destruir edifi­cios, sino sustituir el orden sobrenatural por el naturalismo puro. En nues­tros días, esta agenda se manifiesta en el laicismo agresivo que ha expulsado a Dios de la vida pública, como una reliquia de un oscuro pasado ya feliz­ mente superado.

La infiltración en el pensamiento católico: Sardá señala la «Revolución mansa». Hoy buena parte de quienes se autoperciben como católicos, obis­pos y cardenales incluidos, abrazan las máximas masónicas de un huma­nismo sin Cristo, una fraternidad universal sin Padre común y una libertad religiosa que es, en realidad, la indiferencia relativista ante el error.
La organización del Anticristo. El autor describe a la Masonería como el «Anticristo organizado». Si en 1885 las estadísticas de logias ya eran alar­mantes, hoy esa red de influencia ha mutado en organismos globalistas que legislan contra la ley natural, la vida y la familia, cumpliendo paso a paso el diseño satánico.

Como todos los de Sardá, este libro no es para espíritus tibios. Puede considerarse como un «Decálogo antirrevolucionario», que nos recuerda que «nunca es mejor tiempo de combatir que cuando hay enemigos que presen­ ten el combate». 
Siguiendo el ejemplo de León XIII en su encíclica Humanum Genus, Sardá y Salvany nos insta a «desenmascarar» a la secta, a no tener miedo de ser llamados «intransigentes» y «reaccionarios» por defender la Verdad subsistente que es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En un mundo que agoniza por falta de certezas, estas páginas son un bálsamo de claridad. No se puede servir a dos señores: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora, por acción u omisión, con el reino de las sombras. 

Lea el lector con atención, pues aquí se juega no solo la salvación de las almas, sino también el destino de las naciones y, en definitiva de la entera civilización oc­cidental a la que dio a luz la Iglesia durante la Cristiandad medieval.

P. Gabriel Calvo Zarraute

Masonismo y Catolicismo - D. Félix Sardá y Salvany by Yanka


jueves, 4 de diciembre de 2025

LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA: NUEVA FORMAS DE CULTO EN EL SIGLO XXI por FRANCISCO DE BORJA GALLEGO PÉREZ


La religión democrática: 
nuevas formas de culto en el siglo XXI



1. EL DEVENIR HISTÓRICO DE LA RELIGIÓN POLÍTICA

El fenómeno de la religión política no es extraño a la historia de la modernidad europea. Las ideologías utópico-revolucionarias nacidas en torno a la deriva reformista del calvinismo eclosionarían entre los XVIII y XIX, dando el pistoletazo de salida al modo de pensar occidental posmoderno, cuya savia doctrinal, fundada en la revolución como elixir farmacológico-emancipatorio, se extendería hasta bien entrado el siglo XX. La culminación de estos nuevos dogmas de fe decididamente ateos, pero marcadamente religiosos, llegaría como consecuencia del auge y del posterior triunfo de los regímenes totalitarios. Estas nuevas formas de mesianismo político compartían entre ellas no solo las características típicas de todo pensamiento total -siendo la más prominente, quizá, la invasión de la conciencia-, sino también la necesidad de erradicar el mal -trasunto secular del pecado- como condición sine qua non para la victoria definitiva de la ideología en la historia. La materialización del paraíso en la tierra -una idea puritana- no era otra cosa que la construcción de la sociedad perfecta, el prurito revolucionario por antonomasia. La promesa en la bienaventuranza eterna del cristianismo fue, por tanto, sustituida por el discurso prometeico de la bienaventuranza terrestre, conquistada y garantizada por la política. No resulta arriesgado afirmar que el precedente más nítido de religión secular, y futuro material genético totalitario, se halle en el socialismo marxista, aunque se podría legítimamente alegar también que la verdadera embriogénesis se remonte al jacobinismo francés o incluso en los experimentos proto-anarquistas del milenarista Juan de Leiden.

En cualquier caso, el marxismo presentó un sistema filosófico que sentaría la base de los futuros dogmas totalitarios. El principal estandarte fue el materialismo histórico, de cuño hegeliano. En el marxismo supuso la liquidación definitiva del sentido lógico-objetivo, y también natural, de la realidad, a favor de una interpretación mecánica y científica de la historia, sostenida por la dialéctica entre las clases como motor del progreso y del futuro. La violencia, partera de toda revolución según Marx, sería el instrumento de acción necesario para catalizarla. La recompensa final era el paraíso terrenal, liberado de toda desigualdad; una suerte de edén intrahistórico donde una nueva categoría antropológica se declaraba vencedora y redentora de todos los males del mundo. Una hipótesis, con acentuado tono soteriológico, reproducida hasta la saciedad casi un siglo más tarde por todos los grandes movimientos totalitarios del momento.

Así, el pensamiento totalitario abrazó, sin excepción -aunque con ciertas variaciones según cada evangelio ideológico- todos los elementos clásicos del marxismo, empezando por la explicación mecánico-materialista, antirreligiosa, nihilista y secularista de la realidad, la cual incluye una escatología terrestre, así como la hondura hegeliana en la dialéctica existencial entre las estructuras sociales. Posteriormente, los diversos movimientos fueron añadiendo sus características propias: la palingenesia a través de la sociología moral de la nación -un hito romántico-, el utopismo y la perfectibilidad humana mediante la política – que exige el culto a la juventud y el rechazo de lo vetusto-, la hagiografía de los mártires, la extirpación política del mal, la megalomanía estética, el nominalismo subyacente en el uso del lenguaje, el derecho auto percibido y la identidad auto construida, y, en algunos casos, la mitificación de la raza mediante la mística alrededor del bios. En fin, un largo etcétera que constituye los ingredientes de la receta clásica de religión secular y la devoción sistémica hacia la idea del hombre nuevo, hijo predilecto del progreso.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazismo, la cuestión de la religión política como sustituta de la espiritual, pareció haber perdido cierta relevancia, y el debate sobre sobre la posibilidad de un culto inmanente o laico en los tiempos de la democracia, ha quedado desplazado o directamente postergado al ámbito de la especulación académica. Sin embargo, creo que el fenómeno ha experimentado una intensificación al asociarse con determinadas expresiones políticas propias y exclusivas del modelo democrático, que particularmente sirve como plataforma de propagación y, a menudo, ocultamiento.

2. LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA Y SUS SUBPRODUCTOS

En nuestro tiempo hodierno, la cuestión religiosa ha quedado limitada al ámbito de lo privado. La aconfesionalidad de los Estados occidentales y el triunfo de las sociedades laicas son testimonio de la culminación final del proceso de secularización inaugurado en la era de Lutero. Lo que comenzó como una maniobra para preservar la fe del poder contaminador de lo mundano, acabó por desplazar lo religioso del espacio público, confinándolo en la esfera individual de la conciencia. De esta manera lo religioso abandonó su papel, antes fundamental como constitutivo del êthos social, para quedar relegado a la intimidad espiritual individual. Este modelo ha logrado perdurar en Europa al encajar operativamente con el espíritu de neutralidad de los sistemas democráticos. Esto no fue óbice sin embargo para la confección de una moral pública y colectiva, desalojada ya de toda sustantividad o trascendencia. Un tipo de moral que habría de servir como remedo de la otrora moral religiosa ante el vacío metafísico que provocó la ausencia de un sentido verdaderamente espiritual en la vida pública del hombre. Así, las sociedades modernas habrían de suplir la falta de fe en la vida ultramundana por una fe en el sistema.

En el contexto de la superación de la etapa de los totalitarismos, el modelo liberal parlamentario -cuya legitimidad internacional había quedado probada tras las guerras mundiales-, gozaría de una presencia -bajo la fórmula de la socialdemocracia- cuasi omnímoda en Europa. Un remedio apotropaico aplicado a todas estructuras políticas posibles, imponiendo no sólo la fórmula representativa y electoral, sino los valores europeos laicos, herederos del humanismo cristiano -libertad, igualdad, dignidad- ahora neutralizados y atravesados por el matiz ideológico del liberalismo occidental. Un sistema fundado en las libertades individuales, los derechos civiles y la igualdad jurídica que, sin embargo, parece a menudo funcionar en contra del pensamiento crítico y la libertad de conciencia, supuestamente objeto de protección jurídica. Oponerse a la democracia constituye un anatema, puesto que esta representa el bien político por excelencia, y cualquier otra alternativa es susceptible de ser expulsada del espacio público. En el crisol pluriideológico de la democracia, dominado por el relativismo y la neutralidad política, cualquier forma de pensar es válida siempre y cuando esté subsumida al valor supremo del sistema. Dicho de otra manera, ningún discurso es moralmente superior a otro porque todos se articulan dentro del mismo código de valores instituidos por la democracia. Se ha generado así, desde mediados del siglo XX, un universalismo moral democrático sobre el que no cabe reproche, pues oponerse a la democracia constituye una felonía política o, cuanto menos, una herejía secular. El concepto del pecado ha transitado desde la prevaricación moral contra el orden divino, hacia la desobediencia -legal o moral- al orden de cosas establecido. El centro metafísico de la mácula religiosa ahora es sustituido por el estigma sociopolítico que supone sospechar de un sistema que aparentemente existe para proteger la libertad. Una libertad en la que no es posible la disidencia.

Por todo esto, me aventuro a colegir que la democracia ha devenido en la última religión política de nuestro tiempo, aunque esta afirmación exige sin duda matices. El más importante es que la religión democrática se diferencia ampliamente de las religiones seculares “tradicionales”, que todavía se articulaban alrededor de una explicación objetiva de la realidad -mecánica o biológica-, ya que la religión democrática apuesta directamente por la fragmentación del pensamiento y la hipertrofia solipsista de la voluntad. De esta forma, la democracia, más que una religión en sí misma, busca proporcionar una legitimidad al resto de ideologías que ven la luz como subproductos de ella. Se trata por tanto de un medio conductivo para la conformación de nuevas y muy numerosas formas de religión laica. Estas, como digo, solo existen o pueden sobrevivir dentro de la tuición del pluralismo y la pretendida neutralidad democrática, por eso entiendo que son subyacentes al sistema y jamás podrían reproducirse fuera de este.

La agenda ideológica de la religión democrática es muy variada y variopinta. El denominador común es doble: el sustrato nominalista y el sentido materialista e indeterminado del progreso.

3. EL ÓBITO DE LA REALIDAD

Empezando con lo primero, resulta inevitable rescatar la idea de Baudrillard, quien lamentaba que la realidad posmoderna, carente de sentido y desahuciada ontológicamente, parece haber devenido en un simulacro, una ficción representativa o una “performance”. En otras palabras, lo que el filósofo francés denunciaba, en definitiva, es que la posmodernidad es el verdugo de la realidad, y que lo que estamos presenciando, no es otra cosa que su ejecución o asesinato: lento, tortuoso e irreversible. Una suerte de tiempo patibulario en el que el orden objetivo de las cosas, con antaño referencia en lo universal -a lo que el hombre siempre ha podido acceder, desde los tiempos de Aristóteles, por medio de la razón y de la inteligencia- periclita a favor de la vindicación identitaria y emocional del individuo, solo accesible vía deconstrucción del orden mismo del ser y de su propia naturaleza. La sindéresis tomista -aquella que nos hacía partícipes del orden de lo creado mediante la razón- deja paso a la letanía de la auto referencia absoluta del sujeto.

Defenestrado el binomio universal-racional, la religión laica posmoderna reclama un nuevo sintagma fundado en lo personal-identitario o subjetivo-emocional. La naturaleza y la razón, antaño estandartes de la vida política y social, en tanto ordenaban el quehacer humano en torno al bien lo común según una naturaleza -política y antropológica- compartida, son resignificados ahora por la conjura arbitraria de la voluntad privada del agente reflexivo, recipiente último de la voluntad superior del Estado, quien colma vía deus ex machina sus más bizantinos designios. El interés común de la vida pública queda desplazado por el capricho individual, al quedar confundido el deseo con derecho -el gran problema del derecho subjetivo-, haciéndolo mudar desde su sentido ordenador de lo común, hasta su instrumentalización por parte de lo que exigen unos pocos para la asunción de todos.

La nueva teodicea identitaria, marca también de forma definida sus ritos y liturgias seculares, así como la democracia lo hace con el sacramento del voto -que incluye jornada institucional de reflexión-, la perícopa de la religión política posmoderna celebra sus conmemoraciones, cabalgatas y “parades”, reivindicando orgullosamente la libertad, la igualdad y la integración de aquellos que, según su discurso, han sido tradicionalmente desplazados y que ahora, en una suerte de revanchismo histórico, tienen el deber moral de invertir la dinámica superestructural de hegemonía política. En todo este proceso, se configuran símbolos, se enarbolan banderas, se elaboran consignas y, sobre todo, se produce ingente cantidad de nuevo lenguaje. Las palabras constituyen la principal munición en la batalla política por doblegar la realidad y la naturaleza. La plasticidad ínsita del lenguaje se presta para esta peculiar tarea: allí donde no existe una categoría, se inventa, porque solo mediante su invocación nominal es posible determinar su existencia sobre el vacío de una realidad ya sustancialmente debelada. Dicho de otra manera, de lo que se trata es de pujar por un emplazamiento en el espacio político en esta enorme subasta de las ideas y los conceptos que es la posmodernidad.

Un carnaval orgiástico del capricho humano, donde la voluntad es confundida con un deseo sicalíptico auto referencial, y en el que el narcisismo patológico se extiende endémicamente como una enfermedad crónica e histérica, ansiosa por reclamar todo aquello que imagina como suyo. O, al menos, aquello sobre lo que tiene capacidad de poseer puesto que, en el fondo, la lógica oculta a esta dinámica del deseo, capaz de reclamar lo imposible mediante ficciones jurídicas útiles, delata una actitud sumamente mercantilista que persigue capitalizar lo humano -su identidad, su naturaleza, su razón-, como un bien de consumo. Como vemos, el germen nominalista es infranqueable.

Algunas de estas religiones subproducto, tienen un claro fetiche genital-identitario, como otras parecen desplegar micro dogmas alrededor de cuestiones también puramente materiales como la raza o el derecho reproductivo, resultado de una interpretación negativa de la libertad sexual, que reducen la vida a una cuestión emocional-psicosocial. De ahí que se haya dado pábulo sin mucho miramiento a la “cultura de la muerte”, donde se justifica la eutanasia y el aborto por motivos fundamentados en la voluntad individual, despreciando la dignidad de la vida humana. Como la categoría “vida” ha quedado rebajada a una imputación nominal, esta deviene sujeta a la veleidad médica y jurídica pertinente, que puede legislar -y así lo hace- sobre la existencia humana hasta el punto de hacer de ella una situación se excepcionalidad, en el que la volición individual hace las veces de poder soberano, así sea sobre el propio cuerpo o el ajeno. En el caso de este último, al no reconocerse su realidad óntica -tampoco fenomenológica- puede liquidarse sin contemplaciones morales, pues no se trata más de una extensión corpórea, tan desechable como cualquier otro apéndice potencialmente deforme del cuerpo.

La eugenesia sistémica del nonato se ha convertido, no solo en un motivo de reclamo político, sino en la gran tragedia de nuestro tiempo. Lo humano -en su sentido ontológico, integral- ha quedado desplazado a favor de los intereses particularistas del mercado, la conveniencia privada y la dimensión psíquica de la madre, aunque esta ya no puede ser considerada a tal efecto. Porque, en todo esto, el uso del lenguaje por supuesto, que como venía adelantando más arriba, juega un papel crucial. El niño es un zigoto, la madre es una progenitora o, incluso, es referida únicamente como persona gestante, porque admitir su sexo sería algo así como asumir que efectivamente existe un vínculo genético, natural y biológico entre ella y el no nacido. El objeto de toda esta oligofrenia terminológica no es otro que desnaturalizar lo humano, vía politización, haciendo de la noción del hombre algo artificioso. La naturaleza, antes inscrita en el magma antropológico del ser, ahora es impostada, performativa y, por tanto, sujeta a todo desplazamiento político posible. Así se derogan las categorías, o como mínimo se hace de ellas nada más que una representación fugaz e intrascendente que ya nada tiene que decir o imponer sobre la vida de las personas. Se puede ser hombre y menstruar porque el dato de experiencia biológico no es suficiente argumento de peso a la hora de dictaminar la providencial agenda identitaria de este “nuevo hombre nuevo”, que ya difícilmente puede ser hombre, pero que desde luego busca ser incesantemente nuevo en la quimérica obsesión por ser relevante en el escaparate monstruoso de la posmodernidad.

Como vemos, el discurso de la libertad ha quedado retorcido, ya que ahora parece versar exclusivamente en términos de autopercepción. El problema radica en que esa percepción se hace vinculante al resto. No en vano, en todo esto subyace una velada tiranía democrática que, como los viejos totalitarismos, ejecutan sus designios motivados por el sentido indeterminado del progreso.

4. EL PROGRESO ETERNO

La primera ideología progresista de la historia, si se me permite expresarlo con estas palabras, fue el cristianismo. Esto es así al menos si tomamos el concepto de progreso como un proceso de perfeccionamiento que alcanza una plenitud en un determinado momento de la historia. Con el cristianismo, esa plenitud es satisfecha fuera de la historia, y además es conclusiva, es decir, se agota sobre sí misma. No puede existir más progreso humano que la salvación, y el hombre no pude ser más perfecto que en su elevación hacia lo trascendente. Al individuo se le abre la posibilidad de este progreso gracias a la inmolación de Cristo, y comienza a recorrer ese sendero progresivo en el momento en el que abre su corazón y acepta la llamada de Jesús. Cuando el hombre encuentra la muerte, sino indefectible en la vida terrenal, comienza a verdaderamente a vivir, sin máculas, sin imperfecciones. El hombre ha progresado y ese progreso termina ahí y se conserva infinitamente. En adición a esto, la historia del mundo también avanza en un sentido progresivo-escatológico. De ahí el entendimiento, desde la perspectiva de la teología política, que la vida terrenal es un espacio intermedio entre el primer Reino de Dios, aquel que es proclamado con la vida y muerte de Jesús, y el segundo, que es consumado en la Parusía que sigue al tiempo apocalíptico. Como vemos, progreso y salvación guardan una muy estrecha relación, algo que el credo secular asumiría muy bien.

Ya desde los tiempos de las comunidades auto proclamadas santas, se entendió que el progreso absoluto puede darse en el mundo, siempre y cuando el pecado sea exterminado por el camino. El calvinismo, en su deriva angelista, tenía claro que la precipitación del Reino de Dios en la tierra era el camino para la salvación y la única vía posible del progreso. La secularización de esta idea trajo lo que ya se ha mencionado: el pensamiento utópico revolucionario, obsesionado con la perfección. La religión política del siglo XIX y XX actualizaría esta propuesta, como he insistido. En lo que respecta a las religiones subproducto de la democracia, esa suerte de culto emotivo-identitario fundado en la voluntad humana, la idea del progreso no sólo no se ha abandonado, sino que se ha intensificado problemáticamente. Quizá la ideología más representativa de este sentir es el transhumanismo, que puede entenderse también como una tentativa por conquistar lo post humano, situando en los altares religiosos la ciencia, la bio-tecnología, la informática y la robótica. En este sentido, el transhumanismo se constata como una filosofía ecléctica, heredera de esa mentalidad progresista que ha acompañado al espíritu revolucionario desde los tiempos jacobinos, pero suavizada mediante los mimbres de la convivencia democrática, la neutralidad política y la sofisticación deducida de las aparentes bonanzas que genera la transformación tecnología.

La diferencia con aquel modo de pensar anterior, mucho más sanguinario, es que el transhumanismo verdaderamente no reconoce el límite de lo humano, o al menos no lo imputa, como hicieron los anteriores, en el mundo. La revolución transhumanista más bien lo que busca no es tanto un perfeccionamiento de lo humano mediante la política, sino superar esa misma naturaleza, por atávica, caduca e imperfecta. En otras palabras, lo que el transhumanismo propone es la transmigración del individuo desde su naturaleza actual hacia una completamente nueva, mejorada y en constante estado de potencial perfección. Esto, constituye, en el fondo, la culminación de siglos de voluntarismo, de sacralización e hipertrofia de la voluntad individual sobre la realidad existencial del hombre, ahora transmutada y pergeñada en algo superior mediante los sortilegios de la ciencia. El enemigo para batir ya no es por tanto un sistema o una superestructura, sino el propio ser, al que se le niega, como ya he dicho, cualquier fundamento antropológico. El punto de partida, insisto, es el deseo de superar lo humano, puesto que lo humano por sí mismo es insuficiente. Su naturaleza, caduca o marchita, o bien se transforma o bien se evacúa. La transexualidad es, quizá, el mejor ejemplo para ilustrar la convergencia entre el viejo nominalismo -uso del lenguaje para resignificar realidades de suyo abstractas- y el transhumanismo como metodología de superación del ser. La discusión sobre los roles de género -que son un excedente social- es relativamente ajena al debate sobre la entidad del sexo. El transexualismo, alimentado por la agenda transhumanista, anima a despreciar lo natural a favor de lo percibido.

En fin, para el transhumanismo, lo humano no es más que una ideación conjetural, una predicación nominativa, siempre modal, siempre potencial y, por lo tanto, siempre subjetiva y no verdadera. Negada la sustancia y toda dimensión entitativa del ser humano, ya no queda nada y, por lo tanto, es fácilmente susceptible de ser reconstruido y mejorado. Aquel viejo mito del “hombre nuevo” alcanza aquí pues un grado de abstracción sin precedentes que somete la realidad y la naturaleza humana a la mera especulación ideológica. Lo humano quedada desalojado de toda sustancia y queda disuelto en la vorágine implacable del progreso.

Desde el punto de vista filosófico, como vemos, el transhumanismo es un legítimo heredero del voluntarismo, pero también, de forma extensiva, del nihilismo. De esto se deduce la lógica capitalista y mercantilista en su aplicación. De este sumatorio, nace un pensamiento necesariamente antirreligioso, que desvía el culto hacia un tipo de progreso que, aunque definido por la tecnología, es en el fondo indeterminado, ya que carece de todo límite. Las viejas religiones políticas definían con gran nitidez las características y las condiciones de su paraíso intramundano e intrahistórico. Al transhumanismo parece no bastarle el mundo, apuntando incluso a las estrellas.

5. EL NUEVO PURITANISMO LAICO

La articulación de una moral pública bajo la cual dar pábulo a todas estas nuevas formas de culto laico viene acompañada de la necesaria persecución de todo aquello que niegue, comprometa o violente las premisas antes expuestas. El paso a las sociedades de rendimiento, típicas de la cultura capitalista, en el que la agresividad ya no es ejercida al modo disciplinario por el Estado, sino que se realiza desde la interioridad del yo, es vital la conformación de un inconsciente colectivo, ese psicopoder al que se ha referido ya Byung-Chul Han. Solo así es posible aplicar una moral compartida sin necesidad de reprimir violentamente al individuo, puesto que él mismo ya lo hace solo mediante la autocensura y la corrección política. Aunque esto no significa que las estructuras de poder sean ajenas, y que la muerte civil, el ostracismo político y social no hayan sustituido al ius vitae ac necis. De hecho, la lógica patibularia del Estado, que imprime un complejo victimista a los individuos, juega este doble papel: por un lado, figura de autoridad que dirime lo bueno, lo socialmente aceptable, del anatema. Por otro, es brazo ejecutor, muchas veces sin tener que recurrir a los procedimientos legales o punitivos tradicionales. Basta con el señalamiento, el estigma, el oprobio y la desaprobación conjunta para generar el castigo. Pero para ello se ha tenido que desplegar previamente toda una maquinaria moralizante al servicio de este trasunto de dictadura no proclamada de la tolerancia. Esta, por cierto, opera como sucedáneo laico del amor al prójimo cristiano. A continuación, veamos esto, así como los mecanismos de control mediante los cuales la religión democrática y sus subproductos hacen la labor de vigilancia y aseguran el correcto mantenimiento de la moral pública al tiempo que reinventan los códigos antropológicos y sociales de nuestro tiempo.

6. LA MORAL INVERTIDA

Esto engarza directamente con el ya mencionado sustrato nominalista, performativo y representativo del credo laico. Si el viejo puritanismo de cuño protestante demonizaba la naturaleza y todas sus expresiones -especialmente el sexo, lo carnal, esencialmente diabólico por su poder de seducción-, pues lo natural pertenece al orden del mundo y por tanto al pecado, la actual maquinaria de higienización social ha invertido los parámetros. El sentido ideológico del progreso, especialmente desde la revolución de mayo de 1968, ha tendido a sacralizar el cuerpo como un templo de devoción privado, -y a veces colectivo-. Un territorio de satisfacción de la libertad, el gusto y la satisfacción estética y libidinal por lo material. El deseo inmanente por lo corpóreo se deduce del proceso emancipatorio por el cual el hombre se aliena del orden trascendente del ser. Rendida la sexualidad en términos reproductivos y teleológicos, la carne es despojada de todo límite y, una vez más, aparece como un objeto consumible y mercadeable. El cuerpo se fagocita a sí mismo mediante una sexualidad animalizada, como parte de un delirante proceso de auto canibalismo psicológico y moral. El amor erótico, que responde a esa identidad compartida con el otro, la persona amada, con quien se completan los vínculos afectivo-emocionales de ajenidad y otredad que nos permiten ser nosotros mismos y más aún, ser para el otro, queda replegado y depuesto frente al ascenso del amor carnívoro, despiritualizado. Y en los términos de moral colectiva, esta sexualidad hiperbólica pero simplificada constituye un hito social sin precedentes. Nada es más importante hoy que la moral sexual y todas las consecuencias jurídicas y humanas que de ello se derivan en términos de libertad y realización personal.

7. LA VIOLENCIA INTERIOR Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

En consonancia con lo anterior, el aparato moral de la religión democrática favorece el autocontrol del individuo, quien se ve obligado a reprimir sus ideas – y a veces pensamientos- para poder ser integrado en el magmático conjunto social e ideológico al que pertenece o quiere pertenecer. Esta auto agresividad, ya explicada por Han, genera una violencia subjetiva de carácter psicológico, que queda expresada también en las dinámicas típicas de las sociedades de consumo, en las que el hombre busca desesperadamente aliviar el burnout emocional y profesional. El clima moral de la sociedad posmoderna impone al hombre una experiencia de vida famélica, controlada fundamentalmente por un mecanismo tanto externo como interno de represión psicosocial. La culpa y el arrepentimiento, antes inseparables de su significado espiritual, ahora transitan hacia una demoledora dinámica de auto sanción. El individuo que no piensa como el sistema le induce a pensar, es el individuo subversivo, el que se aparta de la lógica falazmente samaritana de la tolerancia civil.

Comenzando con el uso del lenguaje, el aparataje ideológico revisa cada sustantivo para asegurar su conveniencia moral al sistema de valores. A partir de ahí, la terminología es de sobra conocida. La inclusión de las “minorías” se convierte en una agenda de religioso cumplimiento. Las cuotas raciales y de género se tornan vinculantes. Se juridifican los sentimientos y se condena el pensamiento mediante anomalías legales como el muy famoso “delito de odio”. En todo ello, las “víctimas” juegan un papel imprescindible. En la cultura de la cancelación, inherente al eón de la corrección política -que como su propio nombre indica, busca corregir aquello que es de dominio público para la satisfacción exclusiva de unos pocos-, existe una lógica victimaria que replica con inteligencia la legitimidad moral cristiana, como observó René Girad. Es decir, la de la víctima inocente, aquella que sufre la persecución y, como chivo expiatorio, es sacrificado para expirar el mal ajeno. Allende sus matices y diferencias particulares -que además no permiten su jerarquización-, ideologías tales como la de género, el feminismo, el identitarismo, el transexualismo, el homosexualismo -sintetizado en lo queer- el indigenismo, el ecologismo o ambientalismo comparten un claro denominador común, el cual reza que la hegemonía política tradicional ha ejercido una violencia sistémica que se ha sido perpetuada con la connivencia del resto de agentes sociales. En este discurso, la supuesta superestructura, siempre verdugo, se impone agresivamente sobre estos colectivos, los cuales reclaman un nicho de existencia. Esta neurosis colectiva ha generado un sentimiento constante de ofensa e incesante afección que, revestida de concienciación, se jacta de haber “despertado” la lucha por igualdad social, según reza al menos el mantra de lo que actualmente se conoce como woke. En fin, lo cierto es que más allá de esa conciencia de agente reprimido, lo que este ideologismo ha logrado es secuestrar el lenguaje, depauperar el arte, neutralizar la inteligencia y apagar la llama de la libertad.

8. LA DICTADURA DE LA TOLERANCIA

Más arriba adelantaba la idea de que la tolerancia es un remedo del amor al prójimo cristiano. La justificación de esta idea la deduzco de su natural proceso de secularización. Para entender la diferencia, me fundamento en que la propuesta cristiana se ejerce desde la caridad. En la teología cristiana, el pecado no tiene aceptación, al contrario de quien lo padece, que es buscado para ser sanado, y así lo dijo Jesús, quien comparó al pecador con un “enfermo”. Pero en esta analogía no existe desprecio, sino compasión. Jesús no se rodeaba de pecadores porque tolerase el pecado. El pecado, entendía Jesús, debía ser extirpado porque solo así se puede acceder a su Reino. Pero paras ser curado, debe existir voluntad de quien padece el mal. El remedio cristológico no se impone. Es el hombre quien, en el ejercicio de su libertad, decide aceptarlo o no. La hodierna tolerancia exige la aceptación del mal, aunque es un mal relativo. Relativo a quien lo interpreta, no a quien lo padece, pues este, bajo su propia interpretación, no lo sufre. En estos términos no puede darse la caridad, porque el que está en el error no desea ser corregido o no es consciente de ello, y el que lo observa no desea cambiarlo porque parte de la premisa de que ese mal puede ser tal vez un bien para el otro. El relativismo moral, insisto, liquida la posibilidad de la caridad. Y, sin embargo, la farmacología política se aplica con fines claramente apotropaicos. El mal debe ser extinto, pero al no existir una idea sustancial y ontológicamente inmutable del mal, hay que resignificarlo. Al carecer de sustancia, el mal ahora solo puede surgir del gran demonio de nuestro tiempo: la intolerancia, que quizá sea el único elemento en el que parece haber una cierta coincidencia entre las partes ideológicas, las minorías políticas y las religiones subproducto. No tolerar al otro, incluso cuando existe convicción de su error, mal o padecimiento, constituye una falta grave, cuya ofensa puede tener consecuencias civiles y jurídicas.

La articulación horizontal de la libertad negativa, como espacio de acción intersubjetiva, privativa y excluyente -frente a la libertad positiva del Estado, que se ejerce verticalmente para dirimir disputas privilegiando al vulnerado-, se presta muy bien para la consecución de esta lógica pragmática. Además, responde muy bien al concepto de libertad individualista y material de las sociedades posmodernas. De nuevo, lo que es tuyo, es tuyo, y lo que es mío, es mío. Y ese mantra se reza como una plegaria sagrada en la que la libertad humana queda reducida a un dominio privado, lo que incluye, por supuesto, la esfera del pensamiento. Se puede pensar con cierta libertad siempre y cuando ese pensamiento no penetre el espacio vital ajeno, aun si quiera para cuestionarlo. En este peculiar tablero de la existencia humana, los individuos se desplazan con cautela dentro de su pequeña e invisible celda de ideas, con mucho cuidado de no entrar en contacto con la del prójimo. Esto parece describir un escenario de apocalíptica neutralidad, donde no existe la verdadera política al no haber tensión o conflicto en las relaciones humanas. El presagio de Schmitt sobre la era de la neutralización ha resultado ser espeluznantemente cierto.

9. COROLARIO

La religión democrática ha triunfado donde las viejos cultos neopaganos, violentos y represivos no pudieron hacerlo, al carecer de la legitimidad social necesaria para mantenerse en el poder. El poder, que es una categoría política, se ejerce con mayor destreza cuando no hay una verdadera resistencia política. El miedo a la aniquilación solo puede conservarse transitoriamente. El éxito de la democracia radica en su pericia para presentarse ante el mundo en términos salvíficos y ciertamente escatológicos. Esto no supone necesariamente una novedad respecto de las religiones políticas tradicionales, pero el modo difuso en el que lo hace, a través de estos micro dogmas o subproductos religiosos ha logrado una gran difusión social y política. En añadido, el termómetro religioso-espiritual de las sociedades occidentales está en franca decadencia. Y de la derrota de la fe en lo trascendente no puede sino nacer la fe en aquello que está en el mundo, como también he venido explicando. Quizá convendría analizar el papel que juegan otras confesiones no cristianas en Europa, y como pueden invertir la ecuación de la religión democrática -todavía más a costa de la cristiana-, lo que sin duda pondrá en jaque el humanismo laico occidental. Pero eso, sin duda, será motivo de otro ensayo.


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lunes, 7 de julio de 2025

LIBRO "DOCTRINA DEL LIBERTADOR" IDEARIO Y PENSAMIENTO DEL PROPIO SIMÓN BOLÍVAR 💥

SIMÓN BOLÍVAR
DOCTRINA DEL LIBERTADOR

Doctrina del Libertador presenta diversos aspectos del pensamiento de Simón Bolívar (Venezuela, 1783-Colombia, 1830). La selección ha sido realizada con el propósito de no descuidar ninguna faceta importante del ideario bolivariano: los mensajes donde expone sus proyectos constitucionales; su concepto de la independencia y de la democracia; sus iniciativas en pro de la igualdad social; su lucha contra el peculado y la corrupción administrativa; sus ideas sobre el poder moral; su decidida promoción de la educación y la cultura; su visión americanista y universal; su repudio de la esclavitud y de la mita; su defensa de la soberanía nacional; su protección a la agricultura y a la industria, etc. 
El presente volumen reproduce íntegramente y en riguroso orden cronológico cien documentos que obedecen a la necesidad de ofrecer en un solo corpus lo más representativo del pensamiento político, económico y social de Simón Bolívar. 
Esta nueva coedición con el Banco Central de Venezuela, cuenta con una bibliografía selecta.

ESTE VOLUMEN reúne una centena de los documentos fundamentales del pensamiento bolivariano. Por medio del ordenamiento cronológico de sus textos, asistimos al despliegue de las ideas del Padre de la Patria y Libertador suramericano. Su radical antimperialismo, su ética libertaria y la casi infinita gama de escritos donde Bolívar plasma sus posiciones político-filosóficas desfilan en esta selección. Cartas, discursos, decretos, leyes y proclamas son algunas de las formas que asume el pensamiento libertador para dar cuenta de sus propuestas de construcción de la patria grande nuestramericana
El Simón Bolívar presente en estas páginas legisla, sentencia, arenga y reflexiona sobre los más importantes sucesos que su tiempo histórico le brindó y muchos de los cuales lo tuvieron como protagonista principal.

Además del acceso a las fuentes del pensamiento bolivariano presentes en esta selección realizada por Manuel Pérez Vila, este volumen nos brinda un estudio introductorio que le sirve de prólogo, escrito por Augusto Mijaresuno de los más connotados estudiosos de la vida y obra de Simón Bolívar.

PRÓLOGO

BOLÍVAR COMO POLÍTICO 
Y REFORMADOR SOCIAL 

En LA CARTA que ha sido llamada profética, escrita por Simón Bolívar en Jamaica el 6 de septiembre de 1815, expresa el Libertador un juicio sobre la revolución de independencia, que tiene múltiples derivaciones sociológicas e históricas. Para Bolívar aquella contienda era “una guerra civil”, pero no por el hecho anecdótico y circunstancial de que había españoles en las filas republicanas y criollos bajo las banderas realistas, sino porque aquella guerra no era sino un episodio de la lucha mundial entre progresistas y conservadores:

seguramente –escribía Bolívar– la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia.

Aparte del valor universal que estas observaciones del Libertador le daban a la guerra de independencia, ellas llevaban implícita esta otra característica que el Libertador tendría siempre a la vista en su actuación como político: que aquella lucha no debía tener como único objetivo la separación de España; que era una verdadera revolución, un punto de partida para organizar bajo nuevas formas los Estados que debían surgir de aquel enfrentamiento mundial. 

De esa profunda convicción es de la cual nace el carácter de reformador social que asume el Libertador; y por eso su maestro don simón Rodríguez –testigo de aquella actitud, y quizás su lejano inspirador durante la niñez de Bolívar– exclamaba entusiasmado: 
“Hoy se piensa, como nunca se había pensado, se oyen cosas, que nunca se habían oído, se escribe, como nunca se había escrito, y esto va formando opinión en favor de una reforma, que nunca se había intentado, LA DE LA SOCiEDAD”1

Esto lo escribía Rodríguez en 1828, dos años antes de la muerte del Libertador, y precisamente durante aquel ocaso del genio se desarrollaba el último episodio de su lucha contra los políticos egoístas o acerbamente regionalistas, que lograron estancar la revolución dentro de estas menudas pasiones y apetencias. 

Más que nunca incomprendido, Bolívar también necesitaba entonces la voz de su maestro, para que explicara así a la posteridad la clase de ambición que se le enrostraba: “sabe que no puede ser más de lo que es; pero sí que puede hacer más de lo que ha hecho”2

La intención del presente volumen corresponde a esas observaciones que hemos hecho: por una parte, se propone destacar en Bolívar al pensador político y al reformador social; por la otra, espera que el Libertador pueda servirle todavía a la América Hispana, donde muchedumbres de desamparados encuentren quizás que él, si no puede ser más de lo que es, sí puede hacer más de lo que ha hecho.

II

No vacilo en atribuir a un remoto suceso de su infancia el primer impulso de aquella vehemente vocación de reformador social del Libertador.

Fue un episodio que hubiera podido hacer de él un resentido, con todas las funestas características que señala en la psicología de los resentidos Gregorio Marañón en su biografía del emperador tiberio; pero que transformado en fecunda y generosa rebeldía contra la injusticia –como también puede ocurrir en los espíritus superiores, según aquel crítico español– dio en el Libertador admirables frutos, totalmente contrarios a los que podían temerse. 

Ocurrió que el 23 de julio de 1795 –por consiguiente, el día anterior al de cumplir sus doce años– Bolívar, ya huérfano de padre y madre, se fugó de la casa de su tío y tutor don Carlos Palacios, solterón hosco y de limitados alcances con quien jamás logró congeniar el futuro Libertador. La intención del niño era refugiarse en el hogar de su hermana María Antonia, pero don Carlos tenía la ley a su favor, y después de muchos y dolorosos incidentes el pupilo fue llevado a la fuerza al domicilio de su representante legal. Según el expediente levantado por las autoridades, el niño Bolívar manifestó entonces con sorprendente firmeza: “que los tribunales bien podían disponer de sus bienes, y hacer de ellos lo que quisiesen, mas no de su persona; y que si los esclavos tenían libertad para elegir amo a su satisfacción, por lo menos no debía negársele a él la de vivir en la casa que fuese de su agrado”3

Pues bien, considero este suceso como de enorme repercusión en la vida de Bolívar porque casi treinta años después, en 1824, estando el Libertador en la cima de su gloria, escribe en el Perú al prefecto del departamento de trujillo y emplea en favor de los esclavos los mismos conceptos que le inspiró cuando niño su desamparada situación. 

Y lo hace con una pasión que contrasta agudamente con el lenguaje oficial que debía emplear:

Todos los esclavos –ordena– que quieran cambiar de señor, tengan o no tengan razón, y aun cuando sea por capricho, deben ser protegidos y debe obligarse a los amos a que les permitan cambiar de señor concediéndoles el tiempo necesario para que lo soliciten. S.E. previene a V.S. dispense a los pobres esclavos toda la protección imaginable del Gobierno, pues es el colmo de la tiranía privar a estos miserables del triste consuelo de cambiar de dominador. Por esta razón S.E. suspende todas las leyes que los perjudiquen sobre la libertad de escoger amo a su arbitrio y por su sola voluntad. Comunique V.S. esta orden al síndico Procurador General para que esté entendido de ella y dispense toda protección a los esclavos.4

Nada satisfecho quedaba sin embargo el Libertador con aquellas reiteradas órdenes, que sólo aliviaban la situación de los esclavos: la abolición total de la esclavitud había sido su infatigable demanda ante los legisladores de Venezuela y de Colombia. 

Había comenzado, desde luego, por manumitir a sus propios siervos; después, en 1816, “proclamé –dice en carta al general Arismendi– la libertad general de los esclavos”, y en 1819 decía así en su Mensaje al Congreso de Angostura: “yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República”. 

Muy audaz resultaba sin embargo aceptar aquella demanda del Libertador, y basta para juzgarlo así recordar que, más de cuarenta años después, la abolición de la esclavitud en norteamérica provocó una larga y devastadora guerra civil. 

Fácil es imaginar, pues, los numerosos intereses que en la América Hispana presionaban contra aquella medida, y la alarma que ésta debía causar estando ya comprometida la nación en una guerra contra España. tan poderosas eran esas fuerzas reaccionarias que en 1826, comentando Bolívar en carta a santander su proyecto de Constitución para la recién nacida República de Bolivia, decía: “Mi discurso contiene ideas algo fuertes, porque he creído que las circunstancias así lo exigían; que los intolerantes y los amos de esclavos verán mi discurso con horror, mas yo debía hablar así, porque creo que tengo razón y que la política se acuerda en esta parte con la verdad”5

Más radical aún en otro aspecto de aquella lucha social que se desarrollaba paralelamente a la de independencia, Bolívar había llegado a pedir que el mestizaje, mediante la unión de nuestras diferentes razas, fuera intencionalmente aceptado como base de la armonía que la vida republicana debía establecer: “La sangre de nuestros ciudadanos es diferente; mezclémosla para unirla”, reclamaba en el citado Mensaje. 

Y consecuentemente, en el mismo documento justificaba así la igualdad legal que debía imponerse: “La naturaleza hace a los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia (¿facticia?) propiamente llamada política y social”. 

Son muy interesantes estas conclusiones del Libertador, porque en su época el argumento más fuerte contra la libertad ante la ley era la observación de que los hombres nacen desiguales. Bolívar parte de este mismo principio, pero le da un ingenioso vuelco en favor de la igualdad, advirtiendo que ésta debe imponerse, no para obedecer a la naturaleza sino para corregirla en beneficio de la justicia y del orden social. 

De acuerdo con las ideas predominantes en nuestros días, me tocaría exponer ahora cuáles fueron las medidas de orden económico que tomara el Libertador para completar y afianzar aquella igualdad social que preconizaba. 

Pero considero que es irreflexivo anacronismo exigirle demasiado en ese campo a un reformador social de aquellos días. Y sobre todo, en países donde la agricultura y la explotación pecuaria, todavía primitivas, no permitían la pequeña propiedad, o la reducían a aliviar con escasos ingresos la situación del campesino. Y en cuanto a las ciudades, que estaban muy poco desarrolladas y formaban apenas una endeble fachada ante las grandes extensiones rurales que eran el verdadero país, puesto que carecían de industrias y el comercio estaba reducido a una compraventa de carácter local y muy limitado, también en ellas el gobernante más emprendedor sólo podía dedicarse a estimular y diversificar aquella incipiente economía. 

Era posible, eso sí, erradicar o reducir los abusos de los poderosos, y a esa línea de conducta corresponden las numerosas medidas que el Libertador dictó, en todos los países emancipados por él, acerca del trabajo de los indígenas y su remuneración, el trato que debía dárseles en las misiones, el trabajo de los mineros, etc. 

Además, y a lo menos en Venezuela, varias medidas que se habían tomado desde el principio de la revolución –como fueron las que suprimían los mayorazgos y las llamadas “manos muertas”, que mantenían estancadas y en gran parte improductivas vastas propiedades– eran iniciativas de orden económico que contribuían a la redistribución de la riqueza. Y así mismo, la confiscación de los bienes pertenecientes a los realistas y el establecimiento de los Haberes Militares, que permitía pagarles a los servidores de la República a expensas de esos bienes, fue un estímulo de amplio alcance a la nivelación económica de la población.

III

Fue sobre todo a través de la educación popular como los libertadores, y el Libertador con especial empeño, buscaron realizar este doble objetivo económico y social: por una parte, abrirle al pueblo el acceso a una vida más productiva y remuneradora; y por la otra, modificar la estructura de una sociedad que, sin clases medias, exhibía en lo más alto una oligarquía de propietarios, letrados y funcionarios, y no tenía debajo sino un pueblo ignorante, miserable y pasivo. 

El desarrollo de la educación popular encontraba sin embargo dos obstáculos casi insuperables: uno, que era muy difícil formar maestros, tanto por aquella incultura casi general de la población como por los pocos incentivos que la profesión presentaba; el otro, que en medio de la miseria agravada por la guerra, no había dinero para pagar los maestros y menos aún para la instalación y el equipo, siquiera elementales de las escuelas. 

Estos dos problemas perdurarían en Venezuela durante todo el resto del siglo –que también fue de miseria y guerras– y anularon los esfuerzos que a partir de 1830 hicieron los fundadores ideológicos de la segunda República. 

Pero en tiempos del Libertador el analfabetismo y la escasez de maestros eran un problema mundial, y por eso había despertado tanto entusiasmo el método llamado de enseñanza mutua, o de Lancaster, que consistía básicamente en utilizar a los alumnos más adelantados de cada escuela para enseñar a los recién llegados o más remisos. 

Bolívar, que había conocido a Lancaster en Londres, en la casa del Precursor Miranda –interesado también en aquel problema vital para la América Hispana–, concibió desde entonces grandes esperanzas en la aplicación de su sistema. 

Igual le ocurría a uno de sus mejores ministros, el doctor José Rafael Revenga. Hasta el punto de que habiendo ido a Londres en misión oficial, fue encarcelado allá por los acreedores de la Gran Colombia, porque se había comprometido personalmente por las deudas de ésta, pero Revenga contrademandó y obtuvo una indemnización pecuniaria. ¿Y qué se le ocurrió entonces hacer con aquel dinero? Emplearlo en la compra de útiles escolares para fundar en su patria una escuela normal gratuita, bajo el método de Lancaster6

La posición de don simón Rodríguez era diametralmente opuesta, pero es fácil comprenderlo. Es que Miranda, Bolívar y Revenga consideraban sobre todo la urgencia de resolver el problema de la educación popular y las dificultades que se oponían a ello. Pero don simón Rodríguez, como exigente pedagogo, juzgaba antes que nada las deficiencias que para impartir una verdadera educación presentaba el sistema lancasteriano. Lo consideraba semejante –decía con su peculiar humorismo– a las sopas de hospital, que llenan pero no alimentan; y en franca oposición a Bolívar, insistía: “Cuando más, se necesitan cinco años para dar un pueblo a cada República. Pero para conseguirlo, es preciso algo más que fundar escuelas de Lancaster”. 

Colocado en el justo medio, el gran humanista don Andrés Bello opinaba que las ideas de Lancaster eran adaptables en cierta medida a la educación primaria, pero las rechazaba para la educación media y la superior. 

Me he extendido tanto en la exposición de estas opiniones antagónicas porque considero extraordinario que cinco venezolanos eminentes, y de tan diferentes caracteres y actividades, como eran Miranda, Bolívar, Revenga, Rodríguez y Bello, se apasionaran de aquella manera al juzgar un sistema de enseñanza, como si fueran maestros de escuela. 

Eso nos indica el entusiasmo y los cuidados que ponían en el propósito de la educación popular; y ratifica lo que al principio decíamos: que para ellos la independencia no tenía como único objetivo la separación de España; que la veían como una profunda revolución, dirigida a organizar a estos países bajo nuevas formas de igualdad y justicia. 

Tres años después de la victoria decisiva de Carabobo en 1821, el propio Lancaster llegó a Venezuela para ensayar su sistema. Pero la Municipalidad de Caracas, que lo había invitado a venir y lo recibió con la mayor cordialidad, se le mostró después adversa. Bolívar tomó entonces sobre sí la protección del pedagogo; desde Lima le escribió para alentarlo en su empresa; en otra carta se quejó al Ayuntamiento caraqueño por haberlo hostilizado; le ofreció 20.000 duros del millón que el Perú le había autorizado a emplear; y como al fin su letra para saldar esta deuda no pudo ser satisfecha por el gobierno peruano, dispuso que al venderse las minas de Aroa –lo único que le quedaba de su patrimonio familiar– se le pagaran a Lancaster 22.000 duros, a lo cual montaba ya aquella deuda, con sus intereses. 

Pero aquélla no era sino una más de las numerosas ocasiones en que el Libertador demostraría su interés por la educación. 

Muy conocido es el apremiante aforismo que estableció en su discurso ante el Congreso de Angostura: “Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades”.

En aquellos momentos la victoria frente a los realistas estaba más que nunca comprometida, y los ejércitos republicanos carecían de todo –no sólo de armas, sino también de calzado, de ropa y hasta de alimentos–, pero éstas no eran para Bolívar las primeras necesidades, sino la moral y la educación. Siempre sus miradas fijas en el porvenir; en la organización social y política que debía darse a estas Repúblicas después del triunfo. Y porque esa Reforma de la sociedad –como la llamaba don simón Rodríguez– era el verdadero objetivo y la única justificación de la devastadora guerra que se sufría. 

Otra observación que considero de gran valor subjetivo es ésta: que Bolívar ha sido considerado muchas veces como un rousseauniano, y en gran parte lo era; pero que acerca de la educación había meditado tanto por su propia cuenta, que así como no vacila en separarse de su maestro al juzgar el sistema lancasteriano, tampoco teme apartarse de Rousseau al darles a las madres papel primordial en la educación de sus hijos. 

Rousseau, además de su aversión a las mujeres letradas, prefería que el discípulo ideal fuera huérfano. Bolívar consideraba, por el contrario, que era

…absolutamente indispensable la cooperación de las madres para la educación de los niños en sus primeros años, y siendo éstos los más preciosos para infundirles las primeras ideas y los más expuestos por la delicadeza de sus órganos, la Cámara cuidará muy particularmente de publicar y hacer comunes y vulgares en toda la República algunas instrucciones breves y sencillas, acomodadas a la inteligencia de todas las madres de familia sobre uno y otro objeto. Los curas y los agentes departamentales serán los instrumentos de que se valdrá para esparcir estas instrucciones, de modo que no haya una madre que las ignore, debiendo cada una presentar la que haya recibido y manifestar que la sabe el día que se bautice su hijo, o se inscriba en el registro de nacimiento.7

En cuanto a la educación que debían recibir los niños ya más crecidos, puede servirnos de ejemplo la que quiso establecer en el Perú y Bolivia según el testimonio de don simón Rodríguez: 

Expidió un decreto –nos narra éste– para que se recogiesen los niños pobres de ambos sexos… no en Casas de Misericordia a hilar por cuenta del Estado; no en Conventos a rogar a Dios por sus bienhechores; no en Cárceles a purgar la miseria o los vicios de sus padres; no en Hospicios, a pasar sus primeros años aprendiendo a servir, para merecer la preferencia de ser vendidos a los que buscan criados fieles o esposas inocentes. Los niños se habían de recoger en casas cómodas y aseadas, con piezas destinadas a talleres y éstos surtidos de instrumentos y dirigidos por buenos maestros… Las hembras aprendían los oficios propios de su sexo, considerando sus fuerzas; se quitaban por consiguiente, a los hombres, muchos ejercicios que usurpan a las mujeres. Todos debían estar decentemente alojados, vestidos, alimentados, curados y recibir instrucción moral, social y religiosa… se daba ocupación a los padres de los niños recogidos, si tenían fuerzas para trabajar; y si eran inválidos se les socorría por cuenta de sus hijos; con esto se ahorraba la creación de una casa para pobres ociosos, y se daba a los niños una lección práctica sobre uno de sus principales deberes. Tanto los alumnos como sus padres gozaban de libertad –ni los niños eran frailes ni los viejos presidiarios–; el día lo pasaban ocupados y por la noche se retiraban a sus casas, excepto los que querían quedarse. La intención no era (como se pensó) llenar el país de artesanos rivales y miserables, sino instruir, y acostumbrar al trabajo, para hacer hombres útiles, asignarles tierras y auxiliarlos en su establecimiento… era colonizar el país con sus propios habitantes. Se daba instrucción y oficio a las mujeres para que no se prostituyesen por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia.8

Para apreciar debidamente el alcance de este plan en aquellos días, debemos recordar que en la propia Europa no existían entonces, para los hijos del pueblo, sino aquellas Casas de Misericordia, aquellos Conventos, Cárceles y Hospicios, que indignaban a Bolívar y a don simón; y que hasta principios de este siglo las mujeres, sin oficio y esclavizadas por los prejuicios, crecían aterrorizadas por la disyuntiva de prostituirse abiertamente o de aceptar en el matrimonio otra forma de prostitución disimulada. 

Si es notable la independencia de criterio que en materia de educación conserva Bolívar frente a don simón Rodríguez y a Rousseau, más sorprendente aún es ver cómo reacciona contra los prejuicios de su época, según los cuales tener “un borlado” en la familia era el ideal supremo de todas las personas “de calidad”. Bolívar, por el contrario, adelantándose a una revolución que todavía está por hacerse en la América Hispana, escribía acerca de la educación de su sobrino Fernando Bolívar: “siendo muy difícil apreciar dónde termina el arte y principia la ciencia, si su inclinación le decide a aprender algún arte u oficio yo lo celebraría, pues abundan entre nosotros médicos y abogados, pero nos faltan buenos mecánicos y agricultores que son los que el país necesita para adelantar en prosperidad y bienestar”. 

Muchas otras ideas e iniciativas del Libertador sobre la educación quisiera comentar, pero darían extensión abusiva a este prólogo. 

No me privaré sin embargo de tomar dos breves citas del borrador inconcluso, titulado La instrucción pública, que Bolívar dejó entre sus papeles. Sencillas y hermosas, elevadas y tiernas, algunas de sus observaciones sobre la formación de los niños no parecen salir del endurecido guerrero y ajetreado político que era el Libertador. 

Obsérvese, por ejemplo, con cuánto cariño se duele por los chicos que eran víctimas del rigor escolar aceptado entonces en el mundo entero: “Decirle a un niño vamos a la escuela, o a ver al Maestro, era lo mismo que decirle: vamos al presidio, o al enemigo; llevarle, y hacerle vil esclavo del miedo y del tedio, era todo uno”. 

Y el remedio que propone contra ese atroz sistema:

Los premios y castigos morales, deben ser el estímulo de racionales tiernos; el rigor y el azote, el de las bestias. Este sistema produce la elevación del espíritu, nobleza y dignidad en los sentimientos, decencia en las acciones. Contribuye en grande manera a formar la moral del hombre, creando en su interior este tesoro inestimable, por el cual es justo, generoso, humano, dócil, moderado, en una palabra un hombre de bien.9

IV

En cuanto a las ideas políticas del Libertador, no cometeré la simpleza de exponerlas o explicarlas aquí, cuando con tanto brillo y precisión lo hizo él en los documentos que en este libro encontrarán nuestros lectores. 

Pero sí es necesario, para entender algunos de sus aspectos, exponer con alguna extensión una peculiaridad de nuestros revolucionarios de aquella época, que Bolívar consideró siempre extremadamente peligrosa. 

Y fue que, obsesionados los que hicieron nuestra primera Constitución, en 1811, por el temor de que la República sucumbiera bajo el despotismo unipersonal –como había sucedido en Francia con napoleón– o que el gobierno deliberativo cediera ante el prestigio de los caudillos, como ya podía temerse en la América Hispana, se empeñaron en rodear de trabas de toda clase al Poder Ejecutivo. Con el consiguiente debilitamiento de la prontitud y eficacia que debían tener sus decisiones para superar los problemas de los quince años de guerra que nos esperaban, hasta la expugnación de El Callao en 1826. 

No solamente, pues, los fundadores de nuestra primera República se decidieron por el régimen federal, que dispersaba temerariamente la acción del poder central, sino que por la propia organización del Poder Ejecutivo lo maniataron, confiándoselo a un triunvirato cuyos miembros debían turnarse en su ejercicio. 

Y a tanto llegaron las otras precauciones legales en el mismo sentido, que en los primeros días de la guerra se dio el caso de que, debiéndose enviar un batallón fuera de Caracas para auxiliar a unas fuerzas comprometidas frente al enemigo, fue necesario deliberar y decidir previamente si aquel batallón debía considerarse como parte del Ejército de la Confederación, como un cuerpo adscrito a la defensa de la provincia, o como milicias de la capital. Porque en los dos últimos casos no podía salir fuera de la provincia o de la ciudad. 

Tal fue la causa de que aquel primer ensayo republicano cayera vencido ante las fuerzas realistas. Pues aunque aparentemente se le confió al Precursor Miranda la dictadura, fue cuando casi todo el país estaba ya en poder del enemigo. Y todavía –todavía– para que se le concediera la facultad de nombrar a los jefes militares subalternos y ascenderlos durante la campaña, se emprendieron lentas deliberaciones. 

Estos amargos recuerdos perduraron en Bolívar durante toda su vida. Y eran los que le hacían decir en su “Manifiesto de Cartagena” del 15 de diciembre de 1812, al juzgar la caída de la primera República:

De aquí vino la oposición decidida a levantar tropas veteranas, disciplinadas, y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad, con suceso y gloria. Por el contrario: se establecieron innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas, que además de agotar las cajas del erario nacional con los sueldos de la plana mayor, destruyeron la agricultura, alejando a los paisanos de sus hogares e hicieron odioso el Gobierno que obligaba a estos a tomar las armas y a abandonar sus familias.

Y reiteraba: 

El resultado probó severamente a Venezuela el error de su cálculo, pues los milicianos que salieron al encuentro del enemigo, ignorando hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia, fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios esfuerzos que hicieron sus jefes, por llevarlos a la victoria. Lo que causó un desaliento general en soldados y oficiales, porque es una verdad militar que sólo ejércitos aguerridos son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos sucesos de una campaña. El soldado bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna. 

Sobre lo que había sido en Venezuela el régimen federal, escribía:

Cada Provincia se gobernaba independientemente; y a ejemplo de éstas, cada ciudad pretendía iguales facultades (…) Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la federación entre nosotros, porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vio en Venezuela una votación libre y acertada, lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía en todo, y por consiguiente nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron. Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud.

Pero tampoco fueron simples recuerdos para el Libertador aquellos errores y desdichas. Ante él se irguió siempre la misma tendencia anarquizante, que por desgracia arrastraba a muchos republicanos de buena fe y con valiosos servicios. 

Tal fue el caso, en 1817, del llamado Congresillo de Cariaco, que algunos políticos y militares reunieron con la consigna de restablecer “el gobierno en receso”, o sea, el de 1811, bajo el sistema federal y con un Ejecutivo de tres miembros. Era portavoz de estas ideas el canónigo José Cortés de Madariaga, el cual, recién llegado del extranjero, prometía que al restablecerse el gobierno constitucional en aquella forma, obtendría reconocimiento y ayuda de inglaterra. Algunos patriotas civiles de cierta importancia se le sumaron, y entre los militares hasta el almirante Brión, tan adicto al Libertador. Pero fue sobre todo el general santiago Mariño quien le dio más calor al proyecto, hasta el punto de que habiendo reunido en el pueblo de Cariaco a los que se consideraron más llamados a formar la asamblea que debía organizar el gobierno –apenas en número de once– renunció en su nombre y en el de Bolívar la autoridad que se les había conferido en Los Cayos. Y ya dentro de ese desorbitado proceder, el Congresillo nombró para ejercer el Poder Ejecutivo a tres personas: en primer término a Fernando del toro, inválido desde 1811 y refugiado desde entonces en trinidad; en segundo lugar al ciudadano Francisco Xavier Mayz, y como tercer miembro a Bolívar, que para nada había figurado en el asunto. Mariño fue reconocido, naturalmente, comandante en jefe del Ejército; y como se señaló para capital de la República la ciudad de La Asunción, en la isla, y allí debían permanecer los elegidos para el triunvirato Ejecutivo, Bolívar hubiera quedado recluido allí, esperando gobernar un mes de cada tres… 

Para juzgar hasta qué punto era descabellado ese plan, baste decir que en aquellos momentos casi todo el territorio de Venezuela estaba ocupado por los realistas, de tal manera que los patriotas no tuvieron una sola ciudad de cierta importancia donde reunir aquella ostentosa Asamblea Constituyente. 

Pero cuando Bolívar convocó el Congreso de Angostura, y a pesar de que casi simultáneamente iba a obtener, sin interrupción, los triunfos deslumbrantes que le permitieron llevar las banderas republicanas desde el Orinoco hasta el Potosí, no por eso cejó aquella oposición legalista, muy respetable, repito, pero detrás de la cual se movían no pocas veces las asechanzas de los caudillos rivales. 

Obsérvese en primer término que cuando Bolívar presenta ante aquel Congreso su célebre Mensaje y los proyectos constitucionales que había concebido, él mismo considera que está vigente la Constitución de 1811; y por eso habla en presente cuando dice: “nuestro triunvirato carece, por decirlo así, de unidad, de continuación y de responsabilidad individual”. 

Es una particularidad que los historiadores han pasado por alto y que me parece muy significativa. Porque indica que, íntimamente, el Libertador compartía la idea de que, dentro de una estricta juridicidad, él estaba obligado, como simple general victorioso, a reponer “el gobierno en receso” de 1811, según habían pretendido los promotores del Congresillo de Cariaco. Y a su vez este estado de ánimo nos indica cuánto pesaban sobre él las exigencias de los más exaltados constitucionalistas. 

Pero como por otra parte comprendía la temeridad de restaurar aquel orden legal que había arruinado a la República, eso nos explica la vehemencia con que reacciona y las acres observaciones que contiene aquel Mensaje, acerca de la naturaleza humana en general, y en particular sobre los peligros de la anarquía ideológica que se sumaba en Venezuela a los intentos desintegradores del caudillismo. 

Como es bien sabido, el Congreso de Angostura no aceptó ni la Presidencia vitalicia ni el senado hereditario, propuestos por Bolívar como base hipotética de nuestra estabilidad institucional. Las funciones del Presidente fueron reducidas a cuatro años; y aunque por el momento los senadores fueron declarados vitalicios, en 1821 se redujo a ocho años su mandato. 

También fue soslayado el establecimiento del Poder Moral, en el cual ponía tantas esperanzas el Libertador. Y si consideramos que de él formaba parte aquella Cámara de Educación que ya hemos comentado, nos resultan simplistas y brutales las opiniones de algunos de los congresistas, tal como quedaron expresadas en el dictamen final de la Asamblea: “El Poder Moral –decía este documento– estatuido en el proyecto de Constitución presentado por el General Bolívar, como Jefe supremo de la República, en la instalación del Congreso, fue considerado por algunos diputados como la idea más feliz y la más propia a influir en la perfección de las instituciones sociales. Por otros como una inquisición moral, no menos funesta ni menos horrible que la religiosa”10

Obsérvese que la Constitución de Angostura fue firmada después del triunfo del Libertador en Boyacá, y la Constitución de 1821 después de la victoria de Carabobo. De manera que con aquel rechazo de los propósitos bolivarianos parecían ratificar los congresistas que, por muy alto que hubiera subido el prestigio de Bolívar, no los cohibía para juzgarlo a él y a sus proyectos. 

Más graves fueron otros sucesos que ocurrieron en aquel mismo año de 1819, durante la prodigiosa campaña en la cual Bolívar tramontó los Andes para triunfar en Boyacá. Algunos congresistas se lanzaron contra él, a pretexto de que no había consultado al Congreso su expedición sobre la nueva Granada, y aunque esta pretensión era absurda, puesto que del secreto de aquella empresa dependía su éxito, varios militares uniéronse a los políticos intrigantes, obligaron al doctor Zea a renunciar la vicepresidencia, y lo sustituyeron por el general Arismendi… que estaba preso por una sublevación reciente. inmediatamente Arismendi se adjudicó la autoridad y el título de capitán general y, entre otras precipitadas medidas, tomó la de arrebatar a Bermúdez el mando del ejército de Oriente, para confiárselo a Mariño. En resumen, una vez más, completa anarquía militar y política: si se hubieran derrumbado detrás de él aquellas montañas que acababa de escalar, no hubiera sido más desesperada la situación de Bolívar. 

En 1824, hallándose el Libertador en el Perú, tuvo que sufrir nuevos embates de aquel espíritu divisionista que a veces no vacilaba en arriesgar la propia suerte de la patria. 

Estaba entonces en su mayor esplendor la Gran Colombia, creada mediante la unión de Venezuela, nueva Granada y la actual República del Ecuador. 

Pero algunos políticos de la capital –que era entonces Bogotá– no habían visto con buenos ojos la expedición de Bolívar para libertar al Perú, y alegaban dos razones que no dejaban de ser valiosas: una, que Colombia había quedado despoblada y en extrema miseria, por lo cual no podían exigírsele nuevos sacrificios en hombres y en dinero; y la otra, que ella misma estaba amenazada por el triunfo de la santa Alianza y del absolutismo en Europa y, además, porque en la propia Venezuela habían persistido hasta fines de 1823 considerables fuerzas realistas que intentaban la reconquista. 

Bolívar, sin embargo, había logrado que predominase su criterio, según el cual era un deber de toda la América acudir en auxilio de sus hermanos peruanos. Y que, por otra parte, más de temer que los contingentes realistas de Venezuela y que la amenaza de la santa Alianza, era el poderoso ejército que España mantenía en el Perú. Y que envalentonado porque jamás había sido vencido, podía atacar a voluntad sobre el norte o el sur del continente. 

En todo caso, puesto que el Congreso de Bogotá había autorizado la expedición, era desleal y temerario comprometerla ahora con regateos sobre los auxilios que necesitaba, o con intrigas de otro género. Pero eso fue, sin embargo, lo que ocurrió. 

Bolívar había llevado consigo un ejército, es verdad; y durante los primeros meses de la campaña los departamentos de Quito y Guayaquil lo ayudaron a costa de sacrificios increíbles. Pero los españoles contaban con fuerzas que ascendían a 22.000 hombres y tenían de su parte todas las ventajas que largos años de paz y de autoridad sin discusión ofrecen a los vencedores.

En enero de 1824 la situación había llegado a ser desesperante, y el Libertador le escribe al general Salom, que gobernaba el Departamento de Quito: “… el Perú no tiene en el día ramos de hacienda de que disponer. Si ud. no se esfuerza en mandarme los reclutas pedidos, los vestuarios, fornituras, morriones, capotes, quinientas sillas, ponchos o frazadas ordinarias y todos mis demás pedidos para el ejército, nada haremos de provecho; el Perú se perderá irremediablemente…”11

Y tratando de estimular a santander, vicepresidente de la Gran Colombia encargado de la Presidencia, le promete: “Mande ud. esos 4.000 hombres que ha ido a buscar ibarra y el día que ud. sepa que han llegado al Perú, haga ud. de profeta y exclame: ¡Colombianos, ya no hay españoles en América!”12

Pero la respuesta de Santander fue que “si el Congreso me da auxilios pecuniarios, o de Europa los consigo, tendrá ud. el auxilio, y si no, no”. Agregaba que solicitaría del Congreso “una ley para poder auxiliar, porque hasta ahora no la tengo”; y ante nuevas exhortaciones de Bolívar le contesta al fin, tajantemente: 

Yo soy gobernante de Colombia y no del Perú; las leyes que me han dado para regirme y gobernar la República nada tienen que ver con el Perú y su naturaleza no ha cambiado, porque el Presidente de Colombia esté mandando un ejército en ajeno territorio. Demasiado he hecho enviando algunas tropas al sur; yo no tenía ley que me lo previniese así, ni ley que me pusiese a órdenes de ud., ni ley que me prescribiese enviar al Perú cuanto ud. necesitase y pidiese.13 

Poco después al mismo santander se le ocurrió otra cosa. Que fue consultar al Congreso “si los grados y empleos concedidos por el Libertador en el ejército de Colombia tendrían validez en ésta”. 

Se refería, desde luego, al ejército colombiano que combatía en el Perú, y Bolívar se alarmó por el efecto desmoralizador que en esas tropas podía causar tan extraña duda. Recomendó, pues, a sucre la mayor prudencia frente a la reacción que podía temerse; pero el propio sucre encabezó una representación de los oficiales así agredidos, en la cual calificaban como “atroz injuria del Poder Ejecutivo en consultar al Congreso si los empleos que V.E. había dado al ejército serían reconocidos en Colombia, como si nosotros hubiéramos renunciado a nuestra patria”. 

Y después vino lo peor. La Cámara de Representantes de Bogotá había llegado hasta discutir si el Libertador “había dejado de ser Presidente (de Colombia) por admitir la Dictadura (en el Perú) sin permiso del Congreso”. Y apoyado después en la misma presunta incompatibilidad de funciones, optó por destituir a Bolívar del mando del ejército colombiano que combatía en el Perú. 

Lo cual hubiera acarreado la pérdida total de aquella empresa, si Bolívar no hubiera tenido a sucre para continuarla. 

Por otra parte, si el lector ha puesto atención a las fechas que hemos venido citando, se habrá dado cuenta de que fue incesante, y se manifestó bajo las más variadas formas, aquel “espíritu de partido” que Bolívar señalaba en 1812 como causa de la destrucción de la República. Y podrá imaginar cuánto tino, cuánta paciencia y cuánto valor moral necesitó el Libertador para enfrentar o soslayar aquella presión constante. Que además –y era lo más conflictivo– el mismo Bolívar consideraba respetable, como necesario contrapeso de la opinión pública a la voluntad absorbente del gobernante. 

Con sin igual nobleza lo expresa así en 1828, frente a los últimos y más despiadados ataques que sufría al final de su vida; y el análisis que hace tiene una extraordinaria lucidez, objetiva y subjetiva a la vez. Es en carta a urdaneta, el 7 de mayo de aquel año, y decía así:

… debo irme o romper con el mal. Lo último sería tiranía y lo primero no se puede llamar debilidad, pues que no la tengo. Estoy convencido de que si combato triunfo y salvo el país y ud. sabe que yo no aborrezco los combates. ¿Mas por qué he de combatir contra la voluntad de los buenos que se llaman libres y moderados? Me responderán a esto que no consulté a estos mismos buenos y libres para destruir a los españoles y que desprecié para esto la opinión de los pueblos; pero los españoles se llamaban tiranos, serviles, esclavos y los que ahora tengo al frente se titulan con los pomposos nombres de republicanos, liberales, ciudadanos. He aquí lo que me detiene y me hace dudar.14

Sí: solamente aquellos escrúpulos morales podían detener al infatigable batallador. Y haberlos conservado intactos hasta el término de su vida, a través de tantas perfidias y desilusiones, es uno de los rasgos más hermosos de su carácter. 

En cuanto al objetivo mismo de sus proyectos constitucionales, es también muy significativo observar que, lejos de ceder a la tentación de regularizar en ellos la autoridad expeditiva y caudillesca que las circunstancias ponían en sus manos, el Libertador se empeñó también en rodear de trabas y contrapesos al Poder Ejecutivo. 

De tal manera que si por algo peca la amplísima y original estructura legislativa que proponía, es por su extrema complejidad. Dijérase que angustiado en exceso, porque no creía que la sociedad de su tiempo podía darle una base estable para la reorganización del Estado, quiso invertir audazmente los términos y forjar un Estado que fuera la base de una nueva sociedad. Es lo que expresa cuando, siempre fiel al racionalismo revolucionario, sugiere al Congreso de Angostura que su misión será “echar los fundamentos a un pueblo naciente”. Y puntualiza: “se podría decir la creación de una sociedad entera”.
Augusto Mijares
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1. Simón Rodríguez, Sociedades americanas, Caracas, edición facsimilar, 1950, p. 81. El subrayado [aquí en cursivas] y las mayúsculas son del propio don Simón.
2. Simón Rodríguez, Defensa de Bolívar (El Libertador del mediodía de América y sus compañeros de armas defendido por un amigo de la causa social), Caracas, imprenta Bolívar, 1916, p. 78. El subrayado [aquí en cursivas] es de don Simón.
3. Expediente ante la Real Audiencia de Caracas sobre domicilio tutelar del menor don Simón Bolívar. Boletín de la Academia Nacional de la Historia, Caracas, no 149, enero-marzo, 1955, 64 p.
4. Simón Bolívar, Decretos del Libertador, Caracas, sociedad Bolivariana de Venezuela, 1961, tomo i, p. 289.
5. Simón Bolívar, Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales, Vicente Lecuna; comp., Caracas, Litografía y tipografía Comercio, 1929, v. 5, p. 32.
6. Es dato que tomo de la valiosa obra del Dr. Armando Rojas, Ideas educativas de Simón Bolívar, Madrid, [Afrodisio Aguado], 1958, p. 65.
7. La Cámara a la cual se refiere Bolívar es a la Cámara de Educación, que formaba parte del Poder Moral propuesta por él en Angostura. Por lo general, cuando las citas que hago corresponden a documentos incluidos en este volumen, me parece innecesario señalar la fuente.
8. Simón Rodríguez, El Libertador del mediodía de América y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social, Arequipa, [imprenta Pública], 1830. La cita de Rodríguez se refiere en concreto a lo decretado en Bolivia; pero los planes eran iguales para el Perú y Colombia. En ésta –en Bogotá– Rodríguez acaba de fundar una “Casa de industria Pública”, según el mismo modelo.
9. Vicente Lecuna, Papeles de Bolívar, Caracas, [Litografía del Comercio], 1917, pp. 303 y 304, respectivamente.
10. Augusto Mijares, El Libertador, 5a edición, Caracas, [Ministerio de Obras Públicas], 1969, p. 347.
11. Simón Bolívar, Cartas del Libertador, op. cit., v. 4, pp. 23-24.
12. Ibidem, tomo iV, p. 150.
13. Francisco de Paula santander, Cartas de Santander, Caracas, [edición del Gobierno de Venezuela], 1942, pp. 275 y 290, respectivamente.
14. Simón Bolívar, Cartas del Libertador, op. cit., v. 7, p. 260


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