EL Rincón de Yanka: LAICISMO

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jueves, 4 de diciembre de 2025

LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA: NUEVA FORMAS DE CULTO EN EL SIGLO XXI por FRANCISCO DE BORJA GALLEGO PÉREZ


La religión democrática: 
nuevas formas de culto en el siglo XXI



1. EL DEVENIR HISTÓRICO DE LA RELIGIÓN POLÍTICA

El fenómeno de la religión política no es extraño a la historia de la modernidad europea. Las ideologías utópico-revolucionarias nacidas en torno a la deriva reformista del calvinismo eclosionarían entre los XVIII y XIX, dando el pistoletazo de salida al modo de pensar occidental posmoderno, cuya savia doctrinal, fundada en la revolución como elixir farmacológico-emancipatorio, se extendería hasta bien entrado el siglo XX. La culminación de estos nuevos dogmas de fe decididamente ateos, pero marcadamente religiosos, llegaría como consecuencia del auge y del posterior triunfo de los regímenes totalitarios. Estas nuevas formas de mesianismo político compartían entre ellas no solo las características típicas de todo pensamiento total -siendo la más prominente, quizá, la invasión de la conciencia-, sino también la necesidad de erradicar el mal -trasunto secular del pecado- como condición sine qua non para la victoria definitiva de la ideología en la historia. La materialización del paraíso en la tierra -una idea puritana- no era otra cosa que la construcción de la sociedad perfecta, el prurito revolucionario por antonomasia. La promesa en la bienaventuranza eterna del cristianismo fue, por tanto, sustituida por el discurso prometeico de la bienaventuranza terrestre, conquistada y garantizada por la política. No resulta arriesgado afirmar que el precedente más nítido de religión secular, y futuro material genético totalitario, se halle en el socialismo marxista, aunque se podría legítimamente alegar también que la verdadera embriogénesis se remonte al jacobinismo francés o incluso en los experimentos proto-anarquistas del milenarista Juan de Leiden.

En cualquier caso, el marxismo presentó un sistema filosófico que sentaría la base de los futuros dogmas totalitarios. El principal estandarte fue el materialismo histórico, de cuño hegeliano. En el marxismo supuso la liquidación definitiva del sentido lógico-objetivo, y también natural, de la realidad, a favor de una interpretación mecánica y científica de la historia, sostenida por la dialéctica entre las clases como motor del progreso y del futuro. La violencia, partera de toda revolución según Marx, sería el instrumento de acción necesario para catalizarla. La recompensa final era el paraíso terrenal, liberado de toda desigualdad; una suerte de edén intrahistórico donde una nueva categoría antropológica se declaraba vencedora y redentora de todos los males del mundo. Una hipótesis, con acentuado tono soteriológico, reproducida hasta la saciedad casi un siglo más tarde por todos los grandes movimientos totalitarios del momento.

Así, el pensamiento totalitario abrazó, sin excepción -aunque con ciertas variaciones según cada evangelio ideológico- todos los elementos clásicos del marxismo, empezando por la explicación mecánico-materialista, antirreligiosa, nihilista y secularista de la realidad, la cual incluye una escatología terrestre, así como la hondura hegeliana en la dialéctica existencial entre las estructuras sociales. Posteriormente, los diversos movimientos fueron añadiendo sus características propias: la palingenesia a través de la sociología moral de la nación -un hito romántico-, el utopismo y la perfectibilidad humana mediante la política – que exige el culto a la juventud y el rechazo de lo vetusto-, la hagiografía de los mártires, la extirpación política del mal, la megalomanía estética, el nominalismo subyacente en el uso del lenguaje, el derecho auto percibido y la identidad auto construida, y, en algunos casos, la mitificación de la raza mediante la mística alrededor del bios. En fin, un largo etcétera que constituye los ingredientes de la receta clásica de religión secular y la devoción sistémica hacia la idea del hombre nuevo, hijo predilecto del progreso.

Tras la Segunda Guerra Mundial y la derrota del nazismo, la cuestión de la religión política como sustituta de la espiritual, pareció haber perdido cierta relevancia, y el debate sobre sobre la posibilidad de un culto inmanente o laico en los tiempos de la democracia, ha quedado desplazado o directamente postergado al ámbito de la especulación académica. Sin embargo, creo que el fenómeno ha experimentado una intensificación al asociarse con determinadas expresiones políticas propias y exclusivas del modelo democrático, que particularmente sirve como plataforma de propagación y, a menudo, ocultamiento.

2. LA RELIGIÓN DEMOCRÁTICA Y SUS SUBPRODUCTOS

En nuestro tiempo hodierno, la cuestión religiosa ha quedado limitada al ámbito de lo privado. La aconfesionalidad de los Estados occidentales y el triunfo de las sociedades laicas son testimonio de la culminación final del proceso de secularización inaugurado en la era de Lutero. Lo que comenzó como una maniobra para preservar la fe del poder contaminador de lo mundano, acabó por desplazar lo religioso del espacio público, confinándolo en la esfera individual de la conciencia. De esta manera lo religioso abandonó su papel, antes fundamental como constitutivo del êthos social, para quedar relegado a la intimidad espiritual individual. Este modelo ha logrado perdurar en Europa al encajar operativamente con el espíritu de neutralidad de los sistemas democráticos. Esto no fue óbice sin embargo para la confección de una moral pública y colectiva, desalojada ya de toda sustantividad o trascendencia. Un tipo de moral que habría de servir como remedo de la otrora moral religiosa ante el vacío metafísico que provocó la ausencia de un sentido verdaderamente espiritual en la vida pública del hombre. Así, las sociedades modernas habrían de suplir la falta de fe en la vida ultramundana por una fe en el sistema.

En el contexto de la superación de la etapa de los totalitarismos, el modelo liberal parlamentario -cuya legitimidad internacional había quedado probada tras las guerras mundiales-, gozaría de una presencia -bajo la fórmula de la socialdemocracia- cuasi omnímoda en Europa. Un remedio apotropaico aplicado a todas estructuras políticas posibles, imponiendo no sólo la fórmula representativa y electoral, sino los valores europeos laicos, herederos del humanismo cristiano -libertad, igualdad, dignidad- ahora neutralizados y atravesados por el matiz ideológico del liberalismo occidental. Un sistema fundado en las libertades individuales, los derechos civiles y la igualdad jurídica que, sin embargo, parece a menudo funcionar en contra del pensamiento crítico y la libertad de conciencia, supuestamente objeto de protección jurídica. Oponerse a la democracia constituye un anatema, puesto que esta representa el bien político por excelencia, y cualquier otra alternativa es susceptible de ser expulsada del espacio público. En el crisol pluriideológico de la democracia, dominado por el relativismo y la neutralidad política, cualquier forma de pensar es válida siempre y cuando esté subsumida al valor supremo del sistema. Dicho de otra manera, ningún discurso es moralmente superior a otro porque todos se articulan dentro del mismo código de valores instituidos por la democracia. Se ha generado así, desde mediados del siglo XX, un universalismo moral democrático sobre el que no cabe reproche, pues oponerse a la democracia constituye una felonía política o, cuanto menos, una herejía secular. El concepto del pecado ha transitado desde la prevaricación moral contra el orden divino, hacia la desobediencia -legal o moral- al orden de cosas establecido. El centro metafísico de la mácula religiosa ahora es sustituido por el estigma sociopolítico que supone sospechar de un sistema que aparentemente existe para proteger la libertad. Una libertad en la que no es posible la disidencia.

Por todo esto, me aventuro a colegir que la democracia ha devenido en la última religión política de nuestro tiempo, aunque esta afirmación exige sin duda matices. El más importante es que la religión democrática se diferencia ampliamente de las religiones seculares “tradicionales”, que todavía se articulaban alrededor de una explicación objetiva de la realidad -mecánica o biológica-, ya que la religión democrática apuesta directamente por la fragmentación del pensamiento y la hipertrofia solipsista de la voluntad. De esta forma, la democracia, más que una religión en sí misma, busca proporcionar una legitimidad al resto de ideologías que ven la luz como subproductos de ella. Se trata por tanto de un medio conductivo para la conformación de nuevas y muy numerosas formas de religión laica. Estas, como digo, solo existen o pueden sobrevivir dentro de la tuición del pluralismo y la pretendida neutralidad democrática, por eso entiendo que son subyacentes al sistema y jamás podrían reproducirse fuera de este.

La agenda ideológica de la religión democrática es muy variada y variopinta. El denominador común es doble: el sustrato nominalista y el sentido materialista e indeterminado del progreso.

3. EL ÓBITO DE LA REALIDAD

Empezando con lo primero, resulta inevitable rescatar la idea de Baudrillard, quien lamentaba que la realidad posmoderna, carente de sentido y desahuciada ontológicamente, parece haber devenido en un simulacro, una ficción representativa o una “performance”. En otras palabras, lo que el filósofo francés denunciaba, en definitiva, es que la posmodernidad es el verdugo de la realidad, y que lo que estamos presenciando, no es otra cosa que su ejecución o asesinato: lento, tortuoso e irreversible. Una suerte de tiempo patibulario en el que el orden objetivo de las cosas, con antaño referencia en lo universal -a lo que el hombre siempre ha podido acceder, desde los tiempos de Aristóteles, por medio de la razón y de la inteligencia- periclita a favor de la vindicación identitaria y emocional del individuo, solo accesible vía deconstrucción del orden mismo del ser y de su propia naturaleza. La sindéresis tomista -aquella que nos hacía partícipes del orden de lo creado mediante la razón- deja paso a la letanía de la auto referencia absoluta del sujeto.

Defenestrado el binomio universal-racional, la religión laica posmoderna reclama un nuevo sintagma fundado en lo personal-identitario o subjetivo-emocional. La naturaleza y la razón, antaño estandartes de la vida política y social, en tanto ordenaban el quehacer humano en torno al bien lo común según una naturaleza -política y antropológica- compartida, son resignificados ahora por la conjura arbitraria de la voluntad privada del agente reflexivo, recipiente último de la voluntad superior del Estado, quien colma vía deus ex machina sus más bizantinos designios. El interés común de la vida pública queda desplazado por el capricho individual, al quedar confundido el deseo con derecho -el gran problema del derecho subjetivo-, haciéndolo mudar desde su sentido ordenador de lo común, hasta su instrumentalización por parte de lo que exigen unos pocos para la asunción de todos.

La nueva teodicea identitaria, marca también de forma definida sus ritos y liturgias seculares, así como la democracia lo hace con el sacramento del voto -que incluye jornada institucional de reflexión-, la perícopa de la religión política posmoderna celebra sus conmemoraciones, cabalgatas y “parades”, reivindicando orgullosamente la libertad, la igualdad y la integración de aquellos que, según su discurso, han sido tradicionalmente desplazados y que ahora, en una suerte de revanchismo histórico, tienen el deber moral de invertir la dinámica superestructural de hegemonía política. En todo este proceso, se configuran símbolos, se enarbolan banderas, se elaboran consignas y, sobre todo, se produce ingente cantidad de nuevo lenguaje. Las palabras constituyen la principal munición en la batalla política por doblegar la realidad y la naturaleza. La plasticidad ínsita del lenguaje se presta para esta peculiar tarea: allí donde no existe una categoría, se inventa, porque solo mediante su invocación nominal es posible determinar su existencia sobre el vacío de una realidad ya sustancialmente debelada. Dicho de otra manera, de lo que se trata es de pujar por un emplazamiento en el espacio político en esta enorme subasta de las ideas y los conceptos que es la posmodernidad.

Un carnaval orgiástico del capricho humano, donde la voluntad es confundida con un deseo sicalíptico auto referencial, y en el que el narcisismo patológico se extiende endémicamente como una enfermedad crónica e histérica, ansiosa por reclamar todo aquello que imagina como suyo. O, al menos, aquello sobre lo que tiene capacidad de poseer puesto que, en el fondo, la lógica oculta a esta dinámica del deseo, capaz de reclamar lo imposible mediante ficciones jurídicas útiles, delata una actitud sumamente mercantilista que persigue capitalizar lo humano -su identidad, su naturaleza, su razón-, como un bien de consumo. Como vemos, el germen nominalista es infranqueable.

Algunas de estas religiones subproducto, tienen un claro fetiche genital-identitario, como otras parecen desplegar micro dogmas alrededor de cuestiones también puramente materiales como la raza o el derecho reproductivo, resultado de una interpretación negativa de la libertad sexual, que reducen la vida a una cuestión emocional-psicosocial. De ahí que se haya dado pábulo sin mucho miramiento a la “cultura de la muerte”, donde se justifica la eutanasia y el aborto por motivos fundamentados en la voluntad individual, despreciando la dignidad de la vida humana. Como la categoría “vida” ha quedado rebajada a una imputación nominal, esta deviene sujeta a la veleidad médica y jurídica pertinente, que puede legislar -y así lo hace- sobre la existencia humana hasta el punto de hacer de ella una situación se excepcionalidad, en el que la volición individual hace las veces de poder soberano, así sea sobre el propio cuerpo o el ajeno. En el caso de este último, al no reconocerse su realidad óntica -tampoco fenomenológica- puede liquidarse sin contemplaciones morales, pues no se trata más de una extensión corpórea, tan desechable como cualquier otro apéndice potencialmente deforme del cuerpo.

La eugenesia sistémica del nonato se ha convertido, no solo en un motivo de reclamo político, sino en la gran tragedia de nuestro tiempo. Lo humano -en su sentido ontológico, integral- ha quedado desplazado a favor de los intereses particularistas del mercado, la conveniencia privada y la dimensión psíquica de la madre, aunque esta ya no puede ser considerada a tal efecto. Porque, en todo esto, el uso del lenguaje por supuesto, que como venía adelantando más arriba, juega un papel crucial. El niño es un zigoto, la madre es una progenitora o, incluso, es referida únicamente como persona gestante, porque admitir su sexo sería algo así como asumir que efectivamente existe un vínculo genético, natural y biológico entre ella y el no nacido. El objeto de toda esta oligofrenia terminológica no es otro que desnaturalizar lo humano, vía politización, haciendo de la noción del hombre algo artificioso. La naturaleza, antes inscrita en el magma antropológico del ser, ahora es impostada, performativa y, por tanto, sujeta a todo desplazamiento político posible. Así se derogan las categorías, o como mínimo se hace de ellas nada más que una representación fugaz e intrascendente que ya nada tiene que decir o imponer sobre la vida de las personas. Se puede ser hombre y menstruar porque el dato de experiencia biológico no es suficiente argumento de peso a la hora de dictaminar la providencial agenda identitaria de este “nuevo hombre nuevo”, que ya difícilmente puede ser hombre, pero que desde luego busca ser incesantemente nuevo en la quimérica obsesión por ser relevante en el escaparate monstruoso de la posmodernidad.

Como vemos, el discurso de la libertad ha quedado retorcido, ya que ahora parece versar exclusivamente en términos de autopercepción. El problema radica en que esa percepción se hace vinculante al resto. No en vano, en todo esto subyace una velada tiranía democrática que, como los viejos totalitarismos, ejecutan sus designios motivados por el sentido indeterminado del progreso.

4. EL PROGRESO ETERNO

La primera ideología progresista de la historia, si se me permite expresarlo con estas palabras, fue el cristianismo. Esto es así al menos si tomamos el concepto de progreso como un proceso de perfeccionamiento que alcanza una plenitud en un determinado momento de la historia. Con el cristianismo, esa plenitud es satisfecha fuera de la historia, y además es conclusiva, es decir, se agota sobre sí misma. No puede existir más progreso humano que la salvación, y el hombre no pude ser más perfecto que en su elevación hacia lo trascendente. Al individuo se le abre la posibilidad de este progreso gracias a la inmolación de Cristo, y comienza a recorrer ese sendero progresivo en el momento en el que abre su corazón y acepta la llamada de Jesús. Cuando el hombre encuentra la muerte, sino indefectible en la vida terrenal, comienza a verdaderamente a vivir, sin máculas, sin imperfecciones. El hombre ha progresado y ese progreso termina ahí y se conserva infinitamente. En adición a esto, la historia del mundo también avanza en un sentido progresivo-escatológico. De ahí el entendimiento, desde la perspectiva de la teología política, que la vida terrenal es un espacio intermedio entre el primer Reino de Dios, aquel que es proclamado con la vida y muerte de Jesús, y el segundo, que es consumado en la Parusía que sigue al tiempo apocalíptico. Como vemos, progreso y salvación guardan una muy estrecha relación, algo que el credo secular asumiría muy bien.

Ya desde los tiempos de las comunidades auto proclamadas santas, se entendió que el progreso absoluto puede darse en el mundo, siempre y cuando el pecado sea exterminado por el camino. El calvinismo, en su deriva angelista, tenía claro que la precipitación del Reino de Dios en la tierra era el camino para la salvación y la única vía posible del progreso. La secularización de esta idea trajo lo que ya se ha mencionado: el pensamiento utópico revolucionario, obsesionado con la perfección. La religión política del siglo XIX y XX actualizaría esta propuesta, como he insistido. En lo que respecta a las religiones subproducto de la democracia, esa suerte de culto emotivo-identitario fundado en la voluntad humana, la idea del progreso no sólo no se ha abandonado, sino que se ha intensificado problemáticamente. Quizá la ideología más representativa de este sentir es el transhumanismo, que puede entenderse también como una tentativa por conquistar lo post humano, situando en los altares religiosos la ciencia, la bio-tecnología, la informática y la robótica. En este sentido, el transhumanismo se constata como una filosofía ecléctica, heredera de esa mentalidad progresista que ha acompañado al espíritu revolucionario desde los tiempos jacobinos, pero suavizada mediante los mimbres de la convivencia democrática, la neutralidad política y la sofisticación deducida de las aparentes bonanzas que genera la transformación tecnología.

La diferencia con aquel modo de pensar anterior, mucho más sanguinario, es que el transhumanismo verdaderamente no reconoce el límite de lo humano, o al menos no lo imputa, como hicieron los anteriores, en el mundo. La revolución transhumanista más bien lo que busca no es tanto un perfeccionamiento de lo humano mediante la política, sino superar esa misma naturaleza, por atávica, caduca e imperfecta. En otras palabras, lo que el transhumanismo propone es la transmigración del individuo desde su naturaleza actual hacia una completamente nueva, mejorada y en constante estado de potencial perfección. Esto, constituye, en el fondo, la culminación de siglos de voluntarismo, de sacralización e hipertrofia de la voluntad individual sobre la realidad existencial del hombre, ahora transmutada y pergeñada en algo superior mediante los sortilegios de la ciencia. El enemigo para batir ya no es por tanto un sistema o una superestructura, sino el propio ser, al que se le niega, como ya he dicho, cualquier fundamento antropológico. El punto de partida, insisto, es el deseo de superar lo humano, puesto que lo humano por sí mismo es insuficiente. Su naturaleza, caduca o marchita, o bien se transforma o bien se evacúa. La transexualidad es, quizá, el mejor ejemplo para ilustrar la convergencia entre el viejo nominalismo -uso del lenguaje para resignificar realidades de suyo abstractas- y el transhumanismo como metodología de superación del ser. La discusión sobre los roles de género -que son un excedente social- es relativamente ajena al debate sobre la entidad del sexo. El transexualismo, alimentado por la agenda transhumanista, anima a despreciar lo natural a favor de lo percibido.

En fin, para el transhumanismo, lo humano no es más que una ideación conjetural, una predicación nominativa, siempre modal, siempre potencial y, por lo tanto, siempre subjetiva y no verdadera. Negada la sustancia y toda dimensión entitativa del ser humano, ya no queda nada y, por lo tanto, es fácilmente susceptible de ser reconstruido y mejorado. Aquel viejo mito del “hombre nuevo” alcanza aquí pues un grado de abstracción sin precedentes que somete la realidad y la naturaleza humana a la mera especulación ideológica. Lo humano quedada desalojado de toda sustancia y queda disuelto en la vorágine implacable del progreso.

Desde el punto de vista filosófico, como vemos, el transhumanismo es un legítimo heredero del voluntarismo, pero también, de forma extensiva, del nihilismo. De esto se deduce la lógica capitalista y mercantilista en su aplicación. De este sumatorio, nace un pensamiento necesariamente antirreligioso, que desvía el culto hacia un tipo de progreso que, aunque definido por la tecnología, es en el fondo indeterminado, ya que carece de todo límite. Las viejas religiones políticas definían con gran nitidez las características y las condiciones de su paraíso intramundano e intrahistórico. Al transhumanismo parece no bastarle el mundo, apuntando incluso a las estrellas.

5. EL NUEVO PURITANISMO LAICO

La articulación de una moral pública bajo la cual dar pábulo a todas estas nuevas formas de culto laico viene acompañada de la necesaria persecución de todo aquello que niegue, comprometa o violente las premisas antes expuestas. El paso a las sociedades de rendimiento, típicas de la cultura capitalista, en el que la agresividad ya no es ejercida al modo disciplinario por el Estado, sino que se realiza desde la interioridad del yo, es vital la conformación de un inconsciente colectivo, ese psicopoder al que se ha referido ya Byung-Chul Han. Solo así es posible aplicar una moral compartida sin necesidad de reprimir violentamente al individuo, puesto que él mismo ya lo hace solo mediante la autocensura y la corrección política. Aunque esto no significa que las estructuras de poder sean ajenas, y que la muerte civil, el ostracismo político y social no hayan sustituido al ius vitae ac necis. De hecho, la lógica patibularia del Estado, que imprime un complejo victimista a los individuos, juega este doble papel: por un lado, figura de autoridad que dirime lo bueno, lo socialmente aceptable, del anatema. Por otro, es brazo ejecutor, muchas veces sin tener que recurrir a los procedimientos legales o punitivos tradicionales. Basta con el señalamiento, el estigma, el oprobio y la desaprobación conjunta para generar el castigo. Pero para ello se ha tenido que desplegar previamente toda una maquinaria moralizante al servicio de este trasunto de dictadura no proclamada de la tolerancia. Esta, por cierto, opera como sucedáneo laico del amor al prójimo cristiano. A continuación, veamos esto, así como los mecanismos de control mediante los cuales la religión democrática y sus subproductos hacen la labor de vigilancia y aseguran el correcto mantenimiento de la moral pública al tiempo que reinventan los códigos antropológicos y sociales de nuestro tiempo.

6. LA MORAL INVERTIDA

Esto engarza directamente con el ya mencionado sustrato nominalista, performativo y representativo del credo laico. Si el viejo puritanismo de cuño protestante demonizaba la naturaleza y todas sus expresiones -especialmente el sexo, lo carnal, esencialmente diabólico por su poder de seducción-, pues lo natural pertenece al orden del mundo y por tanto al pecado, la actual maquinaria de higienización social ha invertido los parámetros. El sentido ideológico del progreso, especialmente desde la revolución de mayo de 1968, ha tendido a sacralizar el cuerpo como un templo de devoción privado, -y a veces colectivo-. Un territorio de satisfacción de la libertad, el gusto y la satisfacción estética y libidinal por lo material. El deseo inmanente por lo corpóreo se deduce del proceso emancipatorio por el cual el hombre se aliena del orden trascendente del ser. Rendida la sexualidad en términos reproductivos y teleológicos, la carne es despojada de todo límite y, una vez más, aparece como un objeto consumible y mercadeable. El cuerpo se fagocita a sí mismo mediante una sexualidad animalizada, como parte de un delirante proceso de auto canibalismo psicológico y moral. El amor erótico, que responde a esa identidad compartida con el otro, la persona amada, con quien se completan los vínculos afectivo-emocionales de ajenidad y otredad que nos permiten ser nosotros mismos y más aún, ser para el otro, queda replegado y depuesto frente al ascenso del amor carnívoro, despiritualizado. Y en los términos de moral colectiva, esta sexualidad hiperbólica pero simplificada constituye un hito social sin precedentes. Nada es más importante hoy que la moral sexual y todas las consecuencias jurídicas y humanas que de ello se derivan en términos de libertad y realización personal.

7. LA VIOLENCIA INTERIOR Y LA CORRECCIÓN POLÍTICA

En consonancia con lo anterior, el aparato moral de la religión democrática favorece el autocontrol del individuo, quien se ve obligado a reprimir sus ideas – y a veces pensamientos- para poder ser integrado en el magmático conjunto social e ideológico al que pertenece o quiere pertenecer. Esta auto agresividad, ya explicada por Han, genera una violencia subjetiva de carácter psicológico, que queda expresada también en las dinámicas típicas de las sociedades de consumo, en las que el hombre busca desesperadamente aliviar el burnout emocional y profesional. El clima moral de la sociedad posmoderna impone al hombre una experiencia de vida famélica, controlada fundamentalmente por un mecanismo tanto externo como interno de represión psicosocial. La culpa y el arrepentimiento, antes inseparables de su significado espiritual, ahora transitan hacia una demoledora dinámica de auto sanción. El individuo que no piensa como el sistema le induce a pensar, es el individuo subversivo, el que se aparta de la lógica falazmente samaritana de la tolerancia civil.

Comenzando con el uso del lenguaje, el aparataje ideológico revisa cada sustantivo para asegurar su conveniencia moral al sistema de valores. A partir de ahí, la terminología es de sobra conocida. La inclusión de las “minorías” se convierte en una agenda de religioso cumplimiento. Las cuotas raciales y de género se tornan vinculantes. Se juridifican los sentimientos y se condena el pensamiento mediante anomalías legales como el muy famoso “delito de odio”. En todo ello, las “víctimas” juegan un papel imprescindible. En la cultura de la cancelación, inherente al eón de la corrección política -que como su propio nombre indica, busca corregir aquello que es de dominio público para la satisfacción exclusiva de unos pocos-, existe una lógica victimaria que replica con inteligencia la legitimidad moral cristiana, como observó René Girad. Es decir, la de la víctima inocente, aquella que sufre la persecución y, como chivo expiatorio, es sacrificado para expirar el mal ajeno. Allende sus matices y diferencias particulares -que además no permiten su jerarquización-, ideologías tales como la de género, el feminismo, el identitarismo, el transexualismo, el homosexualismo -sintetizado en lo queer- el indigenismo, el ecologismo o ambientalismo comparten un claro denominador común, el cual reza que la hegemonía política tradicional ha ejercido una violencia sistémica que se ha sido perpetuada con la connivencia del resto de agentes sociales. En este discurso, la supuesta superestructura, siempre verdugo, se impone agresivamente sobre estos colectivos, los cuales reclaman un nicho de existencia. Esta neurosis colectiva ha generado un sentimiento constante de ofensa e incesante afección que, revestida de concienciación, se jacta de haber “despertado” la lucha por igualdad social, según reza al menos el mantra de lo que actualmente se conoce como woke. En fin, lo cierto es que más allá de esa conciencia de agente reprimido, lo que este ideologismo ha logrado es secuestrar el lenguaje, depauperar el arte, neutralizar la inteligencia y apagar la llama de la libertad.

8. LA DICTADURA DE LA TOLERANCIA

Más arriba adelantaba la idea de que la tolerancia es un remedo del amor al prójimo cristiano. La justificación de esta idea la deduzco de su natural proceso de secularización. Para entender la diferencia, me fundamento en que la propuesta cristiana se ejerce desde la caridad. En la teología cristiana, el pecado no tiene aceptación, al contrario de quien lo padece, que es buscado para ser sanado, y así lo dijo Jesús, quien comparó al pecador con un “enfermo”. Pero en esta analogía no existe desprecio, sino compasión. Jesús no se rodeaba de pecadores porque tolerase el pecado. El pecado, entendía Jesús, debía ser extirpado porque solo así se puede acceder a su Reino. Pero paras ser curado, debe existir voluntad de quien padece el mal. El remedio cristológico no se impone. Es el hombre quien, en el ejercicio de su libertad, decide aceptarlo o no. La hodierna tolerancia exige la aceptación del mal, aunque es un mal relativo. Relativo a quien lo interpreta, no a quien lo padece, pues este, bajo su propia interpretación, no lo sufre. En estos términos no puede darse la caridad, porque el que está en el error no desea ser corregido o no es consciente de ello, y el que lo observa no desea cambiarlo porque parte de la premisa de que ese mal puede ser tal vez un bien para el otro. El relativismo moral, insisto, liquida la posibilidad de la caridad. Y, sin embargo, la farmacología política se aplica con fines claramente apotropaicos. El mal debe ser extinto, pero al no existir una idea sustancial y ontológicamente inmutable del mal, hay que resignificarlo. Al carecer de sustancia, el mal ahora solo puede surgir del gran demonio de nuestro tiempo: la intolerancia, que quizá sea el único elemento en el que parece haber una cierta coincidencia entre las partes ideológicas, las minorías políticas y las religiones subproducto. No tolerar al otro, incluso cuando existe convicción de su error, mal o padecimiento, constituye una falta grave, cuya ofensa puede tener consecuencias civiles y jurídicas.

La articulación horizontal de la libertad negativa, como espacio de acción intersubjetiva, privativa y excluyente -frente a la libertad positiva del Estado, que se ejerce verticalmente para dirimir disputas privilegiando al vulnerado-, se presta muy bien para la consecución de esta lógica pragmática. Además, responde muy bien al concepto de libertad individualista y material de las sociedades posmodernas. De nuevo, lo que es tuyo, es tuyo, y lo que es mío, es mío. Y ese mantra se reza como una plegaria sagrada en la que la libertad humana queda reducida a un dominio privado, lo que incluye, por supuesto, la esfera del pensamiento. Se puede pensar con cierta libertad siempre y cuando ese pensamiento no penetre el espacio vital ajeno, aun si quiera para cuestionarlo. En este peculiar tablero de la existencia humana, los individuos se desplazan con cautela dentro de su pequeña e invisible celda de ideas, con mucho cuidado de no entrar en contacto con la del prójimo. Esto parece describir un escenario de apocalíptica neutralidad, donde no existe la verdadera política al no haber tensión o conflicto en las relaciones humanas. El presagio de Schmitt sobre la era de la neutralización ha resultado ser espeluznantemente cierto.

9. COROLARIO

La religión democrática ha triunfado donde las viejos cultos neopaganos, violentos y represivos no pudieron hacerlo, al carecer de la legitimidad social necesaria para mantenerse en el poder. El poder, que es una categoría política, se ejerce con mayor destreza cuando no hay una verdadera resistencia política. El miedo a la aniquilación solo puede conservarse transitoriamente. El éxito de la democracia radica en su pericia para presentarse ante el mundo en términos salvíficos y ciertamente escatológicos. Esto no supone necesariamente una novedad respecto de las religiones políticas tradicionales, pero el modo difuso en el que lo hace, a través de estos micro dogmas o subproductos religiosos ha logrado una gran difusión social y política. En añadido, el termómetro religioso-espiritual de las sociedades occidentales está en franca decadencia. Y de la derrota de la fe en lo trascendente no puede sino nacer la fe en aquello que está en el mundo, como también he venido explicando. Quizá convendría analizar el papel que juegan otras confesiones no cristianas en Europa, y como pueden invertir la ecuación de la religión democrática -todavía más a costa de la cristiana-, lo que sin duda pondrá en jaque el humanismo laico occidental. Pero eso, sin duda, será motivo de otro ensayo.

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domingo, 1 de diciembre de 2024

"NON SERVIAM": ¡NO QUEREMOS QUE ÉSTE REINE SOBRE NOSOTROS! por P. JAVIER OLIVERA RAVASI, SE 👥👿💥


“No queremos que éste reine 
sobre nosotros (Non Serviam)

Un resumen de la historia de la Iglesia a partir de las persecuciones

Conferencia dictada el 19/6/2019
Tucumán, Argentina
El título de esta conferencia nos remite al Evangelio de San Lucas, más puntualmente, al capítulo 19 en el cual se nos narra la parábola que, Nuestro Señor, predicó muy probablemente en casa de Zaqueo, el pequeño publicano que había querido ver al Rey de reyes. Se trata de la “parábola de las minas” en la cual se hace referencia no a la primera venida del Rey-Mesías, sino a la de su segundo y final advenimiento.
Un rey deja en administración varias minas y regresa a su reino para, al volver, pedir cuenta de la administración.
Y llamó a diez servidores entregándoles una mina a cada cual para explotarla, pero al retirarse, enviaron ellos mismos una embajada para decirle:

“No queremos que ése reine sobre nosotros”.

Sin embargo, dicen los Evangelios, algunos negociaron con las minas y, al regreso del rey, uno entregó el doble de lo que se le había dado, otro lo mismo más la mitad y, otro, sólo lo mismo.

De los siete restantes nada se nos dice.

Y termina: “En cuanto a mis enemigos, los que no han querido que yo reinase sobre ellos, traedlos aquí y degolladlos en mi presencia”.

Así de drástico era el Príncipe de la Paz…

1. El primer grito: “no queremos que éste reine”

Sin embargo, el rechazo del Hijo de Dios no se da sólo en la historia terrena; según varios de los Santos Padres y conforme a la Tradición de la Iglesia, el grito de non serviam, “no serviré”, resonó por primera vez en los orígenes de la metahistoria cuando Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia y en atención a la redención, al pecado original, comunicó a los ángeles el modo en que iba a redimir al género humano a partir de la Virgen Santísima.

Conocemos la cita:
“Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas, la cual, hallándose encinta, gritaba con dolores de parto y en las angustias del alumbramiento. Y vióse otra señal en el cielo y he aquí un gran dragón de color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. Su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a la tierra. El dragón se colocó frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo luego que ella hubiese alumbrado. Y ella dio a luz a un hijo varón, el que apacentará todas las naciones con cetro de hierro; y el hijo fue arrebatado para Dios y para el trono suyo” (Ap 12,1-5).
He aquí entonces donde se halla implícita la negación angélica de servir a Dios.

Dos gritos entonces; dos gritos que se funden en uno solo tanto al principio como al final de la historia. En el prólogo de la salvación y en su conclusión: “no serviré”, “no queremos que éste reine sobre nosotros”.
Son estos dos gritos los que, eligiendo dos amores, crearán dos ciudades distintas al decir de San Agustín en la Ciudad de Dios: el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la Jerusalén celeste; el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la Babilonia terrena.
Y estos dos amores que van mezclados en dos ciudades se han dado también mística y realmente a lo largo de la historia humana. Se han dado desde el principio de los tiempos en el pueblo judío antes de venida del Mesías de Yahvé y se seguirán dando hasta el fin de los tiempos, cuando el Rey venga a pedir cuenta de la administración.

2. El segundo grito: las traiciones de Israel

Para quien se pasee alguna vez por las iglesias europeas, podrá ver que, normalmente, Israel es representada como una mujer, una mujer coronada pero, a la vez, vendada. Es la imagen alegórica de la Sinagoga que, voluntariamente, quiso quedar ciega ante las promesas de Dios.
Porque mucho antes de ese “no queremos que este reine sobre nosotros”, es decir, mucho antes de la Pasión de Nuestro Señor, Israel había decidido, no servir al rey y preferir al César.
Fue Israel quien adoró el becerro de oro; fue Israel quien mató a los profetas; fue Israel quien fornicó con los reyes de la tierra y, una vez ciego gritó “¡Crucifícalo!¡crucifícalo” (Jn 19).

“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado” (Hech 7, 51-52).

Dijo San Esteban con enorme parresía.

Es que este mismo pueblo que, a lo largo de toda la historia de Israel, buscaba hacer “una de cal y otra de arena”, como denunciaba el profeta Elías diciéndole a sus hermanos:

“¿Hasta cuándo van a andar rengueando de las dos piernas? Si el Señor es Dios, síganlo; si es Baal, síganlo a él” (1 Reyes 18,21).

3. El tercer grito: Grecia y Roma

Pero terminado el tiempo de Israel, vendrá el tiempo de las naciones, es decir, el tiempo de los gentiles, porque luego de la venida del Rey, la antigua alianza queda perimida siendo mortua et mortífera, según Santo Tomás.
Y Dios Nuestro Señor, aprovechando los verdaderos semina Verbi esparcidos por Su prodigalidad en la cultura greco-romana, los aprovechará para hacer que de estos pueblos praeordenati para la vida eterna (tetagmenoi, dice el texto griego, completamente ordenados, acabadamente ordenados), alaben a verdadero Rey de los cielos que los volvería a colocar en la anhelada Edad de oro, como narró Virgilio en su profética Égloga

“Ya del canto de Cumas llega la edad postrera
Ya de nuevo nace un gran orden de siglos
Ya vuelve también la virgen, vuelven los reinos de Saturno
Ya una nueva progenie es enviada desde lo alto del cielo”.

Fue Roma, la Roma eterna, con todo su orden latino y su legado griego la que, gracias al legado lingüístico y a la cultura griega, a sus caminos y a la omnipresencia imperial permitió que, como un reguero de pólvora se diseminase la Buena Nueva por todo el orbe conocido.
Pero también fue Roma la que, apenas visto que el Rey de reyes no quería disputar su tronos con “los señores y dioses de la tierra” (Ps. 15), comenzó a perseguir a los primeros cristianos por adorar al único Dios que debe ser adorado; tanto era así que, los proto-mártires romanos eran acusados de ateísmo por no poner al mismo nivel al Dios verdadero y los falsos dioses.
Ricos y pobres, ancianos y niños, hombres y mujeres llegaron a ofrendar sus vidas al grito de non possumus, “no podemos”; es que no podían servir a otro rey que no fuese el Rey. Y así iban al martirio, es decir, al supremo testimonio, como narra Eusebio de Cesarea:

“En Arabia mataban a hachazos. En Capadocia, colgaron a algunos de los pies, cabeza abajo, y encendieron debajo de ellos una hoguera para que el humo les ahogase. Algunas veces les cortaban la nariz, las orejas y la lengua. En el Ponto hundían bajo las uñas cañas afiladas o vertían plomo fundido en las partes más sensibles”[1].
De allí vendrán los primeros mártires, en un tiempo en que no había ni el sexo más débil hacía menguar la ferocidad. Todos, hombres y mujeres sufrirían tormentos indecibles: Lino, Cleto, Clemente, Sixto… Agueda, Lucía, Inés, Cecilia…
Y así, según la famosa sentencia de Tertuliano, la sangre de mártires se convertirá en semilla de nuevos cristianos.
Pero Roma, la Roma eterna, pasados los siglos de persecución, aceptará la Fe cristiana con Constantito y la oficializará con Teodosio el grande, tanto que, al decir de San León Magno: «La que era maestra del error se hizo discípula de la verdad…”.
Y vendrá un tiempo en que con sus más y con sus menos, los emperadores acepten a Rey de reyes como su capitán.

4. El cuarto grito: el arrianismo

Fue entre las persecuciones y los consuelos de Dios, al decir de San Agustín, que cuando aún el cristianismo comenzaba a ser tolerado, resonó el grito impío de un Cristo edulcorado, un Cristo que, a pesar de sus proezas, no pasaba de ser una creatura. Fue ésta la herejía de Arrio, la tremenda herejía que, diseminada por todo el orbe cristiano, le hizo exclamar a San Jerónimo que “de pronto el mundo se despertó arriano”.

Era una nueva batalla contra el Rey, como narra San Basilio:

“Cuando el Demonio vio que, a pesar de la persecución, que partió de los paganos, la Iglesia iba creciendo y floreciendo aún más, modificó su plan y ya no luchó abiertamente, sino que preparó la persecución secreta, escondiendo su traición bajo el nombre que lleváis (el nombre de cristianos), de manera que sufrimos lo mismo que, en sus días, sufrieron nuestros padres, pero eso no parece ser por Cristo, puesto que también los perseguidores llevan el nombre de cristianos”[2].
El cuadro parecía imposible: la mayor parte de los obispos adhería a la herejía arriana; el mismo Papa había firmado un credo semi-arriano y apenas un par de obispos fieles se mantenían con la Fe verdadera junto con el pueblo, lo que, al gran San Atanasio le hacía decir: “Ellos tienen los templos, nosotros tenemos la Fe”.
Fue, según narra el beato cardenal Newman, el pueblo fiel, el sensus fidei fidelium, el sentido de la Fe de los fieles lo que hizo perdurar la sana doctrina a pesar incluso de los obispos, como bien señala Newman: “el pueblo católico, a lo largo y a lo ancho de la Cristiandad, fue obstinado campeón de la verdad católica; los obispos no lo fueron”[3].
Y así, lo que parecía una batalla perdida y un nuevo intento de destronar a Nuestro Señor Jesucristo, fue milagrosamente vencida por un grupo de apóstoles invencibles que, contra viento y marea permanecieron en la Nave de Pedro a pesar de que ella parecía ocupada.

5. El quinto grito: los bárbaros

El quinto grito es el de los bárbaros; esos pueblos indómitos que, desde mediados del siglo V comenzaron a asolar el Imperio, como lo narra San Jerónimo:

“La mente tiembla cuando se piensa en la ruina de nuestros días. Por más de veinte años la sangre humana ha corrido incesantemente sobre una vasta extensión… los godos, los hunos y los vándalos sembraron la desolación y la muerte […]. ¡Cuántos nobles romanos han constituido su presa! ¡Cuántas doncellas y cuántas matronas han caído víctimas de sus lúbricos instintos! Los obispos viven en prisión. Los sacerdotes y clérigos son pasados a cuchillo. Las iglesias son profanadas y desvalijadas. Los altares de Cristo son convertidos en establos. Los restos de los mártires son arrojados de sus tumbas. Por doquier pena, lamentación por doquier; en todas partes la imagen de la muerte. (…). Mi voz se ahoga y los sollozos me interrumpen (…). Ha sido conquistada la ciudad que conquistó el universo… al caer esa ciudad el Imperio se ha derrumbado”.

Todo parecía derrumbarse; todo lo que, durante un tiempo los emperadores cristianos habían favorecido, parecía caerse a pedazos a partir de esta horrenda irrupción. Si casi parecía que Dios no diera respiro o que no quisiese reinar sin que sus súbditos peleen por defenderlo.
Los bárbaros, venidos de todas partes del planeta, se encontrarán sin embargo no sólo con Roma, la Roma imperial, sino con la misma Iglesia que, poco a poco y con un esfuerzo ciclópeo, logrará catequizarlos y civilizarlos al mismo tiempo.
Y allí vendrán los francos, los hijos de Clodoveo, el primer reino de occidente convertido al cristianismo por obra y gracia del Espíritu Santo.
Y la barbarie comenzará a trocar en cristiana humanidad gracias a la aparición de los monjes, capaces de trasformar marismas en manantiales y las piedras en vergeles. El bárbaro vikingo vestirá cogulla monacal y usará su espada sólo para defender su Fe, su religión o su dama. Y surgirá así la Caballería, la fuerza armada al servicio de la verdad desarmada, como la llamaba el recordado Padre Sáenz.

Y nuevamente se vivará a Cristo, Rey de reyes y señor de señores.

6. El sexto grito: Mahoma y las Cruzadas

Y vendrá esa herejía judeo-cristiana, mezcla de Antiguo Testamento y herejía nestoriana que es el Islam con su guerra “santa” y su dominación a sangre y fuego de tal magnitud que no quedará casi recuerdo del cristianismo en el norte africano, otrora patria del mismo San Agustín.
Una vez más, el príncipe de este mundo se las arreglará para que el Rey de reyes sea degradado al rango de un profeta más y la Virgen Santísima al rango de madre del profeta Jesús hasta que, llegando a fines del siglo XI, todo cambiará con la toma de Jerusalén por parte de los hijos de la Medialuna.

“De Jerusalén y de Constantinopla llegan tristes noticias… Una raza maldita, salida del reino de los persas, un pueblo bárbaro, alejado de Dios, ha invadido las tierras cristianas y las ha devastado (…). Los invasores ensucian los altares, circuncidan a los cristianos y derraman la sangre de la circuncisión sobre los altares o las pilas bautismales (…). Si queréis salvar vuestras almas tenéis que cambiar de proceder. Marchad a la defensa de Cristo. Vosotros que estáis en la lucha constante, haced la guerra a los infieles. Vosotros que sois ladrones, convertíos en soldados. Guerread por una causa justa. Trabajad por una compensación eterna”.
Y así comenzarán las Cruzadas, las Cruzadas que no fueron sino una guerra defensiva contra el islam invasor. Y los soldados de Cristo rey vencerán algún tiempo, vencerán y liberarán a los cautivos; y habrá órdenes militares, órdenes hospitalarias y la violencia estará tan justificada que hasta el mismísimo San Francisco de Asís o el mismísimo San Luis Rey de Francia participarán de las mismas. Y habrá un rey en Jerusalén, un Godofredo de Bouillon, el que prefirió no ceñir corona de oro donde Jesús ciñó la de espinas.

7. El séptimo grito: el humanismo renacentista

En pleno tiempo de las Cruzadas, con sus aciertos y errores, la Iglesia vio un tiempo de gloria, un tiempo en el que, al decir de León XIII “la filosofía del Evangelio gobernaba los estados” (Immortale Dei). No; no es que en este tiempo la santidad floreciese espontáneamente; se pecaba y se pecaba fuerte, pero se tenía conciencia de estar pecando.
Fue éste el tiempo en que Dios fue el primer servido, le premier servi como decía Santa Juana de Arco. Eran tiempos en aún se creía que sólo Dios era el ser per se (Ex 3,14) y el resto por participación. Un tiempo en el cual floreció la sabiduría del más santo entre los sabios y el más sabio entre los santos: Tomás de Aquino.

Pero fue también después de este tiempo en que, el centro comenzó a perderse y, por uno escepticismo sumado a ambiciones políticas de los reyezuelos de turno, el hombre comenzó a perder su centro para centrarse en sí mismo; es el grito de Prometeo que busca desencadenarse.
Así, desde la pintura a la música, desde la literatura a la filosofía, pasando por la espiritualidad y el derecho, todo comienza poco a poco a centrarse ya no en Dios, el rey supremo, sino en el hombre, el rey de esta tierra para lo cual, al decir de Pico della Mirandola, “nada de lo humano le es ajeno”, siguiendo a Terencio.

“No queremos que éste reine sobre nosotros”, dirá tímidamente el hombre del renacimiento que quiere reinar en su lugar. Y así el hombre moderno poco a poco se irá desvinculando de la misma realidad, natural y sobrenatural, para adentrarse puramente en su propia interioridad, en su propia naturaleza.
Todo es puesto en duda y, la realidad, comenzará a ser conforme a propia voluntad individual, según el cogito cartesiano: cogito ergo sum, que, más literariamente, podría ser traducido, “quiero, luego soy”, según la enseñanza de Cornelio Fabro.

Y vendrá así, de la mano, un nuevo grito: el aullido protestante.

8. Octavo grito: la revolución protestante

La revolución humanista con su centro en la persona, le dará el paso a un personaje que, aprovechado por los gobernantes de turno, quebrará en dos a la Cristiandad: nos referimos a Martín Lutero, el apóstata fraile alemán quien con sus escritos y homilías hará que cada cual, con el tiempo, termine –como decía irónicamente Voltaire- siendo un Papa para sí mismo.
“Cristo” -en el mundo protestante- “claramente es el centro; el rey” –se nos dirá. Y es cierto. Pero es un rey que previamente ha pasado por el tamiz de la subjetividad y de la libre interpretación. Un rey que gobernará conforme a las leyes de cada cual y que, por ende, no reinará más que en una realidad virtual.
El hombre, según Lutero, estaba tan corrompido que hasta su misma inteligencia debía ser desechada.

“La razón se opone directamente a la fe; deberían dejarla que se vaya; en los creyentes hay que matarla y enterrarla[4] (…). Es imposible poner de acuerdo a la fe con la razón[5] (…). Has de abandonar tu razón, ignorarla, aniquilarla por completo, de lo contrario no entrarás en el Cielo (…)[6]. La razón es la prostituta del diablo”[7].

Y así, separados del tronco de la Iglesia, las ramas se irán secando poco a poco, diseminándose en diversas sectas que, aun manteniendo ciertas verdades fundamentales, se han separado de la gracia que viene por medio de los sacramentos diciendo: “Cristo sí, la Iglesia no”.
Algo análogo a, lo que en nuestros tiempos, algunos de nuestra Iglesia Católica quieren hacer llamando al mismo Lutero “testigo del Evangelio” y queriendo armar una Iglesia a la carta, como ha sucedido hace algunas semanas con la amenaza de varios obispos alemanes con hacer un cisma si “la Iglesia no cambia” su postura respecto de los sodomitas, divorciados, etc.

9. Noveno grito: el laicismo liberal de la Revolución Francesa

Caldeados los ánimos por el subjetivismo imperante, el catolicismo partido y la decadencia del clero y del poder político, los “filósofos” del “Siglo de las luces” serán quienes, como si hubiesen visto claramente el acontecer futuro, planeen la gran revolución liberal que culminará con la sangrienta Revolución Francesa, una revolución donde ni hubo fraternidad, ni igualdad ni libertad.
Fue la ideología liberal la que ensalzando la libertad, hará de ésta el fin último del hombre al punto proclamándolo autosuficiente tanto de la Revelación como de la recta razón.

“Dios sí, Cristo no”, dirán, donde, al final de cuentas, el Dios ensalzado será el Dios de los deístas, el Dios de los masones, un Dios que no reina puesto que, parafraseando al agnóstico Borges, el mundo “le queda lejos”.
Será la tremenda Revolución Francesa, madre de todas las revoluciones modernas, la que arrasará pueblos enteros, masacrando a quienes se opongan al “progreso” liberal como la región de la Vendée, región católica, monárquica y contra-revolucionaria que al grito de “Cristo, el Rey” decía con uno de sus jefes: “si avanzo, seguidme, si retrocedo, matadme, si muero, vengadme” (Henri de La Rochejaquelein).

Fue la Vendée esa historia silenciada a pesar de la masacre sufrida:

“Ya no hay Vendée. Ella ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus hijos. Acabo de enterrarla en los pantanos (…). He aplastado a los niños bajo las patas de los caballos y masacrado a las mujeres (…). No tengo un prisionero que reprocharme (…). Nosotros no hacemos prisioneros (…). La piedad no es revolucionaria…”[8].

Esa misma revolución liberal intentará terminar con Cristo rey no sólo en Europa, sino también en América, en nuestra América católica. E intentará hacerlo primero, adueñándose de una legítima autonomía frente a una monarquía española imbuida por el liberalismo en sus reyes borbones, dominada por Napoleón y subyugada a las ideas afrancesadas y borbónicas de la época.
Serán esos movimientos liberales los mismos que atacarán a quienes, por estas tierras, busquen la soberanía de Dios por sobre la soberanía popular, como el mártir de la masonería, Don Gabriel García Moreno, presidente del Ecuador que, al salir de la catedral de Quito fue inicuamente asesinado por un sicario de la secta para, antes de morir, susurrar: “Dios no muere, Dios no muere…”.

10. Décimo grito: el marxismo ateo

Decía el gran Dostoievski en una novela memorable titulada “Demonios” que, de padres liberales salían hijos comunistas. Y ello no a raíz de una posible “dialéctica” o contraposición entre padres e hijos, sino a partir de que es la misma la raíz que engendra a uno y al otro. El liberalismo es padre del marxismo porque ambos poseen la misma matriz, el mismo epicentro: es el hombre caído, el hombre “nuevo”, el hombre separado de su tradición primordial que desoye la realidad misma haciéndose un dios para sí mismo y entronizándose en un pedestal.
De allí que se postule la invención de Dios, como dice Feuerbach o “la muerte de Dios”, como plantea Nietzsche. Y –de nuevo Dostoievski- si Dios no existe, todo está permitido (como planteaba Iván Karamazov); ¡y vaya si lo estuvo!

En el siglo XX, apenas en el alborear, quienes vivaban a Cristo Rey en el México cristero, eran masacrados y abandonados por el odio de los deicidas, como fue el caso de beato Anacleto González Flores, padre de familia, abogado y docente:
Vosotros me mataréis, pero sabed que conmigo no morirá la causa. Muchos están detrás de mí dispuestos a defenderla hasta el martirio. Me voy, pero con la seguridad de que veré pronto, desde el Cielo, el triunfo de la Religión y de mi Patria… Por segunda vez oigan las Américas este santo grito: ¡Yo muero, pero Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!”[9].

Y pasará también en España, en la España profunda que, durante la década del treinta fue el pueblo elegido para instaurar el marxismo a capa y espada por medio de marxismo soviético. También allí hubo mártires y héroes; porque España se levantó en una verdadera Cruzada que detuvo el accionar del comunismo enarbolando la Reyecía de Cristo.
¡Y para qué hablar de nuestros mártires argentinos! Sacheri, Genta, por nombrar sólo a dos devotos de Cristo Rey, como sus propios verdugos afirmaron luego de ultimarlos cobardemente:

“Enterados de la ferviente devoción que los extintos profesaban a Cristo Rey, de quien se decían infatigables soldados, nuestra comunidad ha esperado las festividades de Cristo Rey según el antiguo y nuevo “ordo missae” y ha permitido que los nombrados comulgaran del dulce Cuerpo de su Salvador para que pudieran reunirse con Él en la gloria”.

Así, para resumir esta última parte, lo decía ese gran pontífice que fuera Pío XII:

“En estos últimos siglos…quisieron la naturaleza sin la gracia: ‘Cristo sí y la Iglesia no’ (Revolución protestante)… Después Dios sí y Cristo no (Revolución liberal)… Al fin, el grito impío: Dios ha muerto (Revolución comunista)” (Pío XII, 12/10/1952):

11. El último grito: no queremos a Cristo en la Iglesia

Como es de público conocimiento Cristo ya no reina en los estados, ni en las universidades, ni en las escuelas…; apenas si reina en algunas familias.
Pero hasta podríamos preguntarnos: ¿Cristo reina realmente en la Iglesia?
Dice el padre Castellani que, la Iglesia, por ser la Nueva Israel, la nueva depositaria de las promesas, al final de los tiempos padecerá la misma agonía que padeció la Sinagoga antes de la primera venida de Nuestro Señor; es decir, así como antes la Sinagoga se había vuelto un sinsentido porque habían transformado la religión del Padre “en tradiciones de hombres” (Mc 7,7), así pasará con la Iglesia.

El padre Meinvielle, otra luminaria de nuestra Iglesia, en el último párrafo de su último libro (De la Cábala al Progresismo) decía también[10]:

“Sabemos que el mysterium iniquitatis ya está obrando (II Tes, II, 7) ; pero no sabemos los límites de su poder. Sin embargo, no hay dificultad en admitir que la Iglesia de la publicidad pueda ser ganada por el enemigo y, convertirse de Iglesia Católica en Iglesia gnóstica. Puede haber dos Iglesias, la una la de la publicidad, Iglesia magnificada en la propaganda, con obispos, sacerdotes y teólogos publicitados, y aun con un Pontífice de actitudes ambiguas ; y otra, Iglesia del silencio, con un Papa fiel a Jesucristo en su enseñanza y con algunos sacerdotes, obispos, fieles que le sean adictos, esparcidos como “pusillus grex” por toda la tierra. Esta segunda sería la Iglesia de las promesas, y no aquella primera, que pudiera defeccionar. Un mismo Papa presidirá ambas Iglesias, que aparente y, exteriormente no sería sino una. El papa, con sus actitudes ambiguas, daría pie para mantener el equívoco. Porque, por una parte, profesando una doctrina intachable sería cabeza de la Iglesia de las Promesas. Por otra parte, produciendo hechos equívocos y aún reprobables, aparecería como alentando la subversión y manteniendo la Iglesia gnóstica de la Publicidad”.

Y algo similar se nos dice San Pablo: “vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos” (2 Tim 4,3). Estos tiempos, que parecen ser los que estamos viviendo incluso dentro de la misma Iglesia, parecen estar incluso indicados por el mismo Catecismo de la Iglesia Católica que nos dice:
“Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad”[11].

Es, al parecer, ante este nuevo grito, similar al de la primera Semana Santa de la historia, que hoy pulula una buena parte del mundo católico, incluso en buena parte de su jerarquía.
Cardenales contra cardenales, obispos contra obispos, sodomía en el clero, mártires falsos y acomodo con el mundo… Si casi pareciera que una parte de la Iglesia dijese con el pueblo de Israel aquella frase fatídica del primer Viernes Santo de la historia:

“No queremos que este reine sobre nosotros”… “no tenemos más rey que el César”.

* * *
Ante esta aparente desolación en la que podemos vernos sumidos, ¿qué hacer? ¿cómo responder?
En primer lugar, saber que, como dice San Pablo, “es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (1 Cor 15,25), por lo que, si somos verdaderos siervos del Señor, debemos sentirnos escogidos por él, como dice San Ignacio, (EE.EE. nro. 145) para ir como “apóstoles, discípulos, etc.”, enviados “por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas”, haciendo no una revolución contraria, sino lo contrario a la Revolución anticristiana para restaurar la Cristiandad.
En segundo lugar, saber que la victoria ya es nuestra, porque es de Cristo que ya ha vencido al mundo pero quiere, para que esa victoria se aplique, contar con nuestra cooperación, de allí que –de nuevo Castellani– no cuenten tanto las batallas ganadas en pos de Cristo Rey, sino la calidad de las cicatrices sufridas en Su Nombre.
Y, por último, saber que, si la que nos toca librar hoy es la batalla de las batallas, dichosos lucharemos espalda con espalda, por más que seamos un puñado de hombres, levantando nuestras cabezas, pues está pronta nuestra liberación (cfr. Lc 21,28).

¡Y que viva Cristo Rey!

P. Javier Olivera Ravasi, SE
19/6/2019

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[1] Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica, VIII, 11.
[2] Escritos escogidos del Santo doctor de la Iglesia Basilio el Grande, en Biblioteca de los Padres de la Iglesia (Kosrl Pustet, München 1925) I vol., 162.
[3] Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades, Gladius, Buenos Aires 2002, T. I., 248.
[4] Weim., XLVII, 328, 23–25 (1537–1540).
[5] Weim., XLVII, 329, 29–30. “Ratio est omnium maximum impedimentum ad fidem”. Tischredem, Weim., III, 62, 28, Nº 2904 a.
[6] Weim., XLVII, 329, 6–7.
[7] Weim., XVIII, 164, 24–27 (1524–1525).
[8] Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades. La Epopeya de la Vendée, Gladius, Buenos Aires 2009, 168.
[9] Joaquín Blanco Gil, El clamor de la sangre, Rex-Mex, México 1947, 138. Este oír por “segunda vez” el grito de “Dios no muere”, hacía referencia al martirio y a las postreras palabras que, cincuenta años antes había proferido el presidente católico Gabriel García Moreno, antes de ser martirizado por la masonería, en 1875.
[10] Estas palabras, durante todo mi seminario, las conservé yo (P. Javier Olivera Ravasi) en mi breviario para, cuando me encontraba desolado, leerlas y darme fuerzas.
[11] CEC, n. 675.

"No queremos que este reine sobre nosotros". P. Javier Olivera Ravasi, SE - QNTLC


Es en el Evangelio de San Lucas, voy a leer la cita, digamos, capítulo 4, versículo 5 al 8, cuando el Señor Jesucristo está frente a las tres tentaciones que le propone el maligno y en la peor de todas, el maligno le propone que se arrodille frente a él porque le muestra todos los reinos del mundo, es decir, los Estados, el Estado, y le dice que si se arrodilla frente a él, le dará el poder sobre todos los Estados del mundo porque ese poder le fue dado, es decir, está la compasión propia del maligno que el Estado es la representación del demonio. Por eso cada vez que avanza el Estado, digamos, hay más pobreza, hay más calamidades, hay miseria, por eso es que les digo, despertemos a la fe, despertemos a la fe, porque eso es lo que nos traerá no solo el cielo, sino la prosperidad aquí también en la tierra”. @javiermilei

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