EL Rincón de Yanka: REVOLUCIÓN

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sábado, 22 de noviembre de 2025

LIBRO "EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN": UNA HISTORIA DEL MUNDO DESDE 1914 💥 por JOSEP FONTANA


EL SIGLO DE LA
REVOLUCIÓN

UNA HISTORIA
DEL MUNDO DESDE 1914

JOSEP FONTANA

El siglo de la revolución nos propone revisar la historia de los cien años que han transcurrido desde la revolución rusa de 1917 para descubrir hasta qué punto el miedo obsesivo a la revolución condicionó mucho de lo que sucedió en el mundo en este tiempo, con respuestas tan diversas como la del fascismo o la del «reformismo del miedo» que, asociado a la gran mentira de la «guerra fría», hizo posible en las décadas que siguieron a la Segunda guerra mundial el desarrollo del estado del bienestar y una larga etapa de paz social. Todo cambió hace unos cuarenta años, cuando la decadencia de la Unión Soviética y la crisis de los partidos comunistas acabaron con los viejos miedos, y comenzó la reconquista del poder por las clases dominantes que ha acabado llevándonos a la situación actual de estancamiento económico y desigualdad social. El siglo de la revolución es un libro que, a través de la historia de los últimos cien años, nos da las claves para entender el mundo en que vivimos.

INTRODUCCIÓN

Las luchas colectivas de las sociedades humanas han sido motivadas ante todo por la esperanza de acceder a dos objetivos estrechamente asociados: la libertad y la igualdad. Esto es, a la capacidad de vivir sin trabas que obstaculicen nuestro pleno desarrollo, y al derecho a participar equitativamente de los bienes naturales y de los frutos de nuestro trabajo. 

«Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad —escribían Karl Marx y Friedrich Engels en 1848— es una historia de luchas de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta». 

La historia de la humanidad está, en efecto, llena de momentos de lucha por la libertad y la igualdad, de revueltas contra los opresores y de intentos de construir sociedades más justas, aplastados por los defensores del orden establecido, que han sostenido siempre, y siguen haciéndolo hoy, que la sujeción y la desigualdad son necesarias para asegurar la prosperidad colectiva, o incluso que forman parte del proyecto divino. 

Uno de esos intentos de transformación social, que se inició en Rusia en 1917, ha marcado la trayectoria de los cien años transcurridos desde entonces. La amenaza de subversión del orden establecido que implicaba el modelo revolucionario bolchevique determinó la evolución política de los demás, empeñados en combatirlo y, sobre todo, en impedir que su ejemplo se extendiera por el mundo. Fascismo y nazismo, por ejemplo, nacieron como respuestas a la amenaza comunista, proponiendo como alternativa modelos de revolución nacionalista que no pasaron de formulaciones retóricas.

Respuestas más positivas a esta misma amenaza fueron los avances conseguidos en muchos países por el movimiento obrero en alianza con la socialdemocracia. La culminación de esta dinámica se produjo después de la Segunda guerra mundial, cuando, tras la derrota del fascismo, los avances sociales del estado de bienestar cumplieron la función de servir como antídoto contra la penetración de las ideas del comunismo en las sociedades del mundo desarrollado. Fue así como se alcanzó aquella situación excepcional de los años que van de 1945 a 1975, cuando en los países desarrollados se registraron las mayores cotas de igualdad hasta entonces conocidas y se reforzó la ilusión de un mundo de progreso continuado en que los grandes objetivos sociales de los revolucionarios podrían alcanzarse pacíficamente por la vía de la negociación. 

A partir de los años setenta del siglo pasado, sin embargo, al tiempo que se hundía el poder soviético y que el comunismo dejaba de ser una amenaza interna para las sociedades «occidentales», esa trayectoria cambió para dar paso a la reconquista del poder por las clases dominantes y a una fase de retroceso social que culminó después de la crisis final del «sistema socialista» en 1989, saludada por los intelectuales al servicio del sistema con augurios de que el triunfo de la democracia liberal y de la economía de mercado iban a significar el inicio de una nueva era de progreso e igualdad. 

No ha sido así, de modo que hoy, a los veinticinco años de la disolución definitiva de la URSS, resulta evidente que no ha habido los avances anunciados, sino que, por el contrario, nos encontramos en una situación de estancamiento económico y ante el panorama de una desigualdad creciente que se traduce en un empobrecimiento general. 

Frente a las explicaciones de quienes sostienen que el estancamiento y las desigualdades actuales son el resultado inevitable de la evolución autónoma de las fuerzas económicas, obviando cualquier referencia a sus causas políticas, que impusieron un rígido marco neoliberal, acorde con sus intereses. me parece conveniente revisar la historia de este «siglo de la revolución» para tratar de entender las causas que nos han llevado a la situación actual. 

La tarea no es fácil, por cuanto los objetivos económicos, las formulaciones políticas y las legitimaciones ideológicas aparecen estrechamente asociados en la realidad. Tratar de mostrarlos por separado implicaría desnaturalizarlos, y traicionaría la complejidad de las motivaciones de sus protagonistas. Como la historia de estas luchas está integrada en el conjunto de la evolución política, económica y cultural, no hay más remedio que seguir su pista en un relato más o menos asociado. Es una tarea difícil, y muy expuesta a errores factuales, en los que no dudo que habré caído en más de una ocasión, pese al esfuerzo que he hecho por verificar los datos y contrastar las interpretaciones. Pero el interés del objetivo compensa este riesgo. 

He escogido como inicio 1914, cuando la Primera guerra mundial, conocida generalmente como la Gran guerra, dinamitó el viejo orden, y lo acabo en la proximidad de 2017, cuando se celebrará el primer centenario de una revolución que, con sus conquistas, sus errores y su fracaso final, sigue siendo un fantasma que atemoriza aún las noches de los poderosos. 

Mi intención ha sido recuperar la política, entendida como la acción colectiva de la «polis», como un factor histórico explicativo, para tratar de entender el mundo en que vivimos, a lo que se agrega la convicción de que tan sólo a partir de la política se puede aspirar a recuperar una dinámica que vuelva a hacer posibles los avances en la conquista de la libertad y la igualdad.


APÉNDICE 

UNA REFLEXIÓN SOBRE PROGRESO, CAMBIO Y DESIGUALDAD 

Mi generación se educó en la convicción de que la historia de la humanidad era el relato de un proceso ininterrumpido de progreso, de un crecimiento económico que iba asociado al avance de la sociedad hacia un mundo más libre y más igualitario. Pensábamos que los hombres habían pasado de una primera existencia como cazadores-recolectores a otra en que la invención de la agricultura les permitió acceder a un estadio superior. Era lo que Gordon Childe denominaba la «revolución neolítica», cuando aparecieron la aglomeración de la población en las ciudades, la diferenciación de las actividades (agricultores, artesanos, comerciantes, funcionarios, sacerdotes...), una concentración efectiva de poder económico y político, el uso de los símbolos convencionales de la escritura para registrar y transmitir la información, y de patrones también convencionales de pesos y medidas, de tiempo y de espacio que condujeron al nacimiento de la ciencia matemática. 

Después vino un largo período de fluctuaciones hasta que en el siglo XVIII la revolución industrial permitió aumentar considerablemente la capacidad productiva y multiplicó los bienes al alcance de los seres humanos. Un ascenso que pensábamos que iba a proseguir indefinidamente. 

En 1930, en plena crisis económica mundial, Keynes expresó su fe en el futuro en un escrito sobre Las posibilidades económicas de nuestros nietos, en que decía: «Pienso con ilusión en los días no muy lejanos del mayor cambio que nunca se haya producido en el entorno material de los seres humanos en su conjunto ... El nivel de vida en las naciones progresivas, dentro de un siglo, será entre cuatro y ocho veces más alto que el de hoy», en un mundo en que bastaría con trabajar tres horas al día, en semanas de quince horas, para asegurarse la subsistencia. A lo que añadía una dimensión de progreso ético: «cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales». Poco a poco, al propio tiempo que el presente desmentía nuestras grandes esperanzas, descubríamos que la visión de la historia en que las habíamos fundamentado era falsa. 

Aprendimos, por ejemplo, que el ascenso de la manufactura y del comercio que se inició en Europa en el siglo XVI y que acabó conduciendo a la revolución industrial se había desarrollado bajo el signo de la disminución de los salarios reales de los trabajadores y de la exigencia de una intensificación del trabajo familiar destinado al mercado, en el marco de lo que De Vries definió como la «revolución industriosa», que condujo a la aparente paradoja de que los salarios reales disminuyeran en Europa entre 1500 y 1800, mientras que los inventarios domésticos mostraban un aumento del equipamiento de las familias. 

Los estudios de historia antropométrica, que relacionan la evolución de la estatura con la de los niveles de vida, confirmaron que hubo entre 1500 y 1800 evoluciones negativas, tanto en Inglaterra como en Holanda o en Estados Unidos. Como ha dicho Jan Luiten van Zanden, hubo «una relación inversa entre desarrollo y nivel de vida», que obliga a pensar que amplios sectores de la población de Europa no sacaron mucho provecho del progreso económico que se estaba produciendo. Esta evolución negativa de los niveles de vida se prolongó durante el desarrollo de la industrialización, al menos hasta mediados de siglo XIX, en la mayor parte de la Europa desarrollada. 

La vieja visión de un progreso ininterrumpido en el que el crecimiento habría beneficiado a todos, se transformaba así en la de un proceso que se habría fundamentado en la violencia y en la desigualdad. En 1954 Simon Kuznets trató de explicar esta evolución a partir de una pregunta: 
«¿La desigualdad en la distribución de los ingresos aumenta o disminuye en el curso del crecimiento económico de un país?».

Lo cual planteaba un problema tan fundamental como el de medir los costes sociales del crecimiento económico. Su respuesta, expresada en términos de lo que se llama la «curva de Kuznets», sostenía que la desigualdad había aumentado en una primera fase del crecimiento industrial, pero que empezó a disminuir en un determinado momento, entre el último cuarto del siglo XIX y la Primera guerra mundial, a partir del cual se inició un reparto más equitativo de los ingresos. 

En 1995 Van Zanden aplicó este mismo análisis a la historia económica de Europa desde fines del siglo XV, y la reinterpretó sosteniendo que hubo a lo largo de la Edad Moderna una asociación entre crecimiento y desigualdad, que se interrumpió en el último tercio del siglo XIX, entre 1870 y 1900, momento en que se inició una fase en la que «el crecimiento económico fue habitualmente acompañado de una disminución de la desigualdad. En consecuencia —añadía— se puede argumentar que hubo una supercurva de Kuznets que duró siglos, que se caracterizó por una desigualdad en aumento, hasta que en algún momento del último tercio del siglo XIX se produjo un cambio de tendencia y se inició la disminución de la desigualdad que caracterizaría el siglo XX». 

Posteriormente Lindert, Williamson y Branko Milanović extendieron esta exploración hacia el pasado, llevándola hasta la época del Imperio romano, aunque muchas de las especulaciones sobre la evolución de la desigualdad en el mundo preindustrial se basan en cálculos globales de muy dudosa fiabilidad. El progreso —entendido como la suma del crecimiento económico y de una mejora colectiva de los niveles de vida, como consecuencia de un reparto equitativo de sus beneficios— que habíamos desalojado de su papel de motor de la historia, reaparecía al menos en el siglo XX y nos devolvía la esperanza en el futuro. 

El problema es que este cambio, que se habría iniciado a fines del siglo XIX y que tuvo su etapa más vigorosa en los treinta años que siguieron al fin de la Segunda guerra mundial, terminó repentinamente hacia 1975, y no se ha recuperado en los últimos cuarenta años. Un cambio, éste de los años setenta, que Paul Krugman sostiene — refiriéndose a Estados Unidos, que fue donde se inició, antes de extenderse a todo el mundo desarrollado— que se debió a que «las normas e instituciones de la sociedad norteamericana han cambiado, por lo que o han favorecido o al menos han hecho posible un incremento radical de la desigualdad». 

Tomando como pretexto la necesidad de superar los efectos de la crisis del petróleo, se emprendió entonces la lucha contra los sindicatos, completada por una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron a las empresas deslocalizar la producción a otros países e importar después sus productos, con el fin de debilitar la capacidad de los obreros locales de luchar por mejoras de las condiciones de trabajo y de los salarios. William I. 

Robinson lo interpreta también a partir de la respuesta de los intereses empresariales a la crisis de los años setenta. Una clase capitalista transnacional que emergía en aquellos momentos optó por reconstruir su poder rompiendo con los obstáculos que el estado-nación y las demandas de las clases populares de sus países oponían a la acumulación. 

Crearon entonces lo que se conoce como «el consenso de Washington»: 
un acuerdo para una reestructuración económica mundial como base de un nuevo orden corporativo transnacional, y pasaron a la ofensiva en su guerra contra las clases populares y trabajadoras. 

La crisis de 2007-2008 empeoró aún esta evolución en todos los sentidos. Pero el problema más grave al que nos enfrentamos hoy es el de explicar por qué, una vez pasada la crisis, prosigue cada vez con más fuerza esta dinámica de aumento de la desigualdad que conlleva el empobrecimiento de la mayoría. Una serie de economistas han pretendido reemplazar el relato histórico de este proceso por modelos explicativos que se basan exclusivamente en la evolución de la economía.[1] 

Tal es el caso de Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI, donde niega que haya habido en el siglo XX una dinámica que haya favorecido el aumento de la igualdad. La desigualdad es un rasgo permanente de la historia humana. «En todas las sociedades y en todas las épocas la mitad de la población más pobre en patrimonio no posee casi nada (generalmente en torno a un 5 % del patrimonio total), la décima parte superior de la jerarquía de los patrimonios posee una clara mayoría del total (generalmente más de un 60 % del patrimonio total, y en ocasiones hasta un 90 %), y la población comprendida entre estos dos grupos ... tiene una parte entre el 5 % y el 35 %». 

Este planteamiento, que reduce la ilusión de progreso de los años felices entre 1945 y 1975, cuando parecía que las cosas estaban cambiando, a una simple consecuencia del «caos del período entre las dos guerras» y de «las fuertes tensiones sociales que lo caracterizaron», liquida la historia del progreso y devuelve una cierta estabilidad, o más bien un cierto estancamiento, al curso de la historia. 

Uno de los rasgos que sorprenden más en el libro de Piketty es la ausencia de referencias a la política en su interpretación de lo ocurrido en el siglo XX, hasta el punto de que la palabra «sindicatos» aparece una sola vez, en la página 491 de su libro. 
¿Se puede interpretar la evolución a largo plazo de los salarios y de las condiciones de trabajo prescindiendo de la actuación de los sindicatos?[2] 

James K. Galbraith le replicó que la evidencia sugería, por el contrario, que lo que había sucedido era que «el aumento de la desigualdad es la consecuencia de momentos particulares en la historia del capitalismo financiero, cuando fuertes presiones a nivel continental o global se impusieron a las defensas institucionales que la sociedad procura erigir para proveer protecciones estabilizadoras contra los males de la desigualdad extrema». 

Partiendo de sus estudios sobre la evolución de la desigualdad, Branko Milanović ha utilizado el concepto de «ondas o ciclos de Kuznets» para interpretar la evolución global de la desigualdad a lo largo de la historia, que acaba así reducida a una secuencia de ciclos, reflejados en una sugerente serie de curvas sobre la evolución de la desigualdad en el Imperio romano entre el año 14 y el 700 de la era cristiana o en España entre 1326 y 1842 (basada en la relación entre la renta de la tierra y los salarios), que pueden servir de base para sus teorizaciones, pero que tienen el inconveniente de carecer por completo de valor histórico.[3] 

Así llegamos al presente, interpretado por Milanović como una «segunda onda de Kuznets» en que el crecimiento actual de la desigualdad se explica como resultado de la segunda revolución tecnológica (basada fundamentalmente en la tecnología de la información) y de la globalización, en una interpretación adornada con todos los tópicos del neoliberalismo (la imposibilidad de aumentar los impuestos por la movilidad del capital, etc.). 

Tras lo cual llegamos a las previsiones de futuro, que son de una extrema vaguedad y se limitan a poco más que a afirmar que en los próximos veinte años la desigualdad puede reducirse a lo sumo en una «decimoquinta parte» y que las ganancias de este proceso no se distribuirán uniformemente. La misma gráfica española, de 1350 a 1850, la usa Milanović en un artículo publicado en Nature en septiembre de 2016, que concluye previniendo contra las fuerzas malignas de las políticas populistas-nacionalistas con las que, tanto en el «Occidente rico» como en Rusia, Turquía y China, se intenta aplacar a los descontentos. 

La moral del artículo, y de la obra entera de Milanović, se expresa en el título mismo del artículo, «La desigualdad de los ingresos es cíclica», que se amplía en un subtítulo: «Las alzas y caídas periódicas en la disparidad entre pobres y ricos a lo largo de siglos indican que la desigualdad no crecerá por siempre». Lo cual es, evidentemente, una incitación a la paciencia y a la inacción, mientras millones de niños siguen muriendo en el mundo a causa de una alimentación insuficiente. 

Casi al mismo tiempo en que aparecía el libro de Milanović, Lindert y Williamson, que habían colaborado con él en los estudios sobre la desigualdad en la historia, publicaban un estudio sobre el crecimiento y la desigualdad en Estados Unidos desde 1700 hasta la actualidad, más sólido que el de Milanović en cuanto se refiere a su base estadística, y con una conclusión razonable que sostiene que «los movimientos de la desigualdad no derivan de ninguna ley fundamental del desarrollo capitalista» y que si hay algún punto de apoyo para mover la desigualdad, éste debe ser político. 

Una nueva interpretación, más limitada aún a la economía que las anteriores, la aportó Robert J. Gordon con su libro, The rise and fall of American growth. The U.S. standard of living since the civil war. Gordon había avanzado ya en 2012 interpretaciones en que anunciaba el fin del crecimiento y denunciaba el efecto negativo de los «vientos en contra» (headwinds), que eran entonces seis y han quedado con el tiempo reducidos a cuatro. 

Las conclusiones que los críticos deducían de estos trabajos eran que Gordon sostenía que la era del progreso continuo se había acabado y que no había que esperar nuevas revoluciones industriales. En el libro de 2016 el análisis de Gordon se limita a considerar la evolución de los niveles de vida —un tema al que hay que reconocer que hace interesantes aportaciones— en Estados Unidos de 1870 a 2014. 

El factor esencial del progreso habría sido la tecnología, en el transcurso de tres revoluciones industriales, la tercera de las cuales, la digital, desarrollada entre 1996 y 2004, habría sido de escasos efectos, lo que explicaría que la década de 2004 a 2014 fuese la de más lento crecimiento de la productividad de la historia norteamericana. Todo lo cual le conduce a predecir un futuro de estancamiento en que en los próximos veinticinco años el crecimiento del nivel de vida no va a pasar del 0,3 %.

A todo eso se agrega la consideración de estos «vientos en contra» que obstaculizan el progreso, que son una débil demografía, el aumento de la desigualdad, las deficiencias de la educación y la carga creciente de la deuda del estado. Aunque tampoco se debe tomar esto demasiado en serio, puesto que su última conclusión es que «las fuentes del lento crecimiento de la productividad, el aumento de la desigualdad y la disminución de las horas de trabajo por persona residen en causas fundamentales que serían difíciles de compensar». 

La conclusión es que aplicar todas las medidas que se proponen para contrarrestar los efectos de los «vientos en contra» no serviría para mejorar el ingreso por persona más allá de unas pocas décimas por encima del 0,3 % previsto. Pudiera pensarse que un análisis tan limitado en su alcance reduciría su influencia al campo de los debates en torno a las medidas del crecimiento económico y del nivel de vida. Lejos de ello, una amplia reseña publicada en la New York Review of Books por William D. Nordhaus, profesor de economía de la Universidad de Yale, lleva el título de «Why growth will fall» («Por qué caerá el crecimiento»). 

Se trata, en suma, de una aportación más a la doctrina que sostiene que la combinación de estancamiento y desigualdad en que estamos inmersos la han causado factores económicos inevitables y que no hay forma de oponerse eficazmente a ellos. Como había escrito Martin Wolf en el Financial Times, en una reseña a un trabajo anterior de Gordon: «Acostumbraos a eso. No cambiará».[4]

_______________________________

[1] Aunque puede resultar peor cuando la historia se maneja con la superficialidad con que lo hace Angus Deaton, Premio Nobel de Economía de 2015, en The great escape. Health, wealth, and the origins of inequality, Princeton, Princeton University Press, 2013.
[2] El mismo Piketty reaccionó ante las críticas, aceptando considerar un factor que no aparecía en su libro. En una entrevista de la primavera de 2015 decía: «Pienso que el poder de la negociación es muy importante para determinar las participaciones relativas del capital y del trabajo en el ingreso nacional». Pero las grandes líneas de su interpretación se mantienen sin cambios.
[3] Tal es el caso de la gráfica de la página 60, que pretende mostrar la evolución de la desigualdad en España entre 1326 y 1842, a partir de la relación entre la renta de la tierra y el salario. En la península ibérica del siglo XIV, con reinos cristianos de características económicas muy diversas y una presencia todavía importante del islam en el sur, no hay forma de establecer cifras unitarias de renta de la tierra y de salarios que tengan un valor representativo global. Y algo parecido valdría, en líneas generales, para todo el período hasta 1842. Este caso, como el de Angus Deaton en otra escala, ilustran el problema de la ciencia económica actual, habituada, como señala Peter Radford, a examinar con métodos matemáticos problemas de un ámbito lo suficientemente reducido como para poder operar con las restricciones a que se ve obligada, pero que descarrila cuando ha de enfrentarse a problemas de mayor amplitud, incapaz de tomar en cuenta la complejidad del mundo real.
[4] Krugman fue más cauto en su reseña, dudando del pesimismo de Gordon con un «Quizá el futuro no es lo que acostumbraba a ser».


Fontana, Josep. El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914 (1).pdf by Liz Cuapio


jueves, 30 de octubre de 2025

LIBRO "¡CREER O MORIR!": HISTORIA POLÍTICAMENTE INCORRECTA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA 💥 por CLAUDE QUÉTEL y PELÍCULA SOBRE EMIGRACIÓN VENEZOLANA POR LA NARCOTIRANÍA

¡Creer o morir!
Historia políticamente incorrecta 
de la Revolución francesa



Libertad, Igualdad 
y  Fraternidad… 
o  LA MUERTE
¡Creer o morir! ¡He aquí el anatema pronunciado por espíritus ardientes en nombre de la libertad!
Así expresaba su indignación el periodista Jacques Mallet du Pan en el Mercure de France del 16 de octubre de 1789, al comienzo mismo de la Revolución francesa. Una proclama que desmiente la tesis, hoy casi oficialmente aceptada, de que hubo dos «revoluciones»: una buena, la de los derechos humanos, que se habría corrompido en una mala, la del Terror.
Pero… ¿y si toda la Revolución francesa hubiera sido un desastre enorme y lamentable desde sus inicios? ¿Y si, lo que durante mucho tiempo se ha presentado como el levantamiento de todo un pueblo, no fuera otra cosa que la locura asesina e innecesaria de un puñado de parisinos ebrios de ideología que provocaron una guerra civil cuya memoria aún divide al mundo entero?
Quétel ha osado romper el tabú. Para ello ha revisado las fuentes, retirando las capas de propaganda acumuladas para descifrar los hechos, liberándolos de las distorsiones de la historia políticamente correcta. Ofrece una nueva mirada, directa y sin prejuicios, que pone en cuestión relatos tan asumidos como el de la toma de la Bastilla y nos hace descubrir que antes del Gran Terror vino el Gran Miedo o que la Asamblea vivió sumida en un tumulto perpetuo y aplastando las libertades que proclamaba desde su inicio.
Este relato, detallado y apasionante, está dirigido a todos aquellos que deseen que finalmente se les cuente otra historia de la Revolución francesa. La verdadera historia.
PRÓLOGO

¿Se puede escribir un nuevo libro sobre la Revolución Francesa? ¿Tiene sentido? ¿No está todo dicho? 

Es probable que una gran mayoría responda que no vale la pena. ¿Para qué añadir más páginas a una bibliografía que ya supera lo que se puede leer durante una vida entera? 

Claude Quétel, por el contrario, ha tenido la audacia de responder que no, que no todo estaba dicho. Aún más, se ha atrevido a escribir ese libro que faltaba… ¡y ha salido airoso! Porque, digámoslo ya, esta Historia políticamente incorrecta de la Revolución francesa es un libro magnífico, de esos que hay que leer lápiz en mano, subrayando, y al que hay que volver con regularidad para refrescar esos hallazgos, esos apuntes, esos retratos que aportan una poderosa luz a sucesos que nos han llegado envueltos en brumas. 

¿Cuál es el secreto de Quétel? 

En primer lugar y, ante todo, un conocimiento exhaustivo y profundo del periodo. Saber, y saber mucho, es la primera condición para escribir algo original sobre cualquier tema, y aquí Quétel cumple con nota. Investigador en el CNRS (Centre national de la recherche scientifique), director científico del Mémorial de Caen, comisario del Centro nacional del libro en Francia, un dato nos pone sobre aviso acerca de con quién estamos tratando: sobre la toma de la Bastilla, un momento particular del proceso revolucionario, Quétel ha escrito tres libros en los que está todo, absolutamente todo, analizado y explicado. 

En segundo lugar, una mirada despojada de apriorismos ideológicos. Quétel no solo ha estudiado la Revolución francesa, sino también la historiografía de la misma y es muy consciente de hasta qué punto la toma de partido previa puede distorsionar la lectura que se hace de los hechos, resaltando unos, ocultando otros, retorciendo el relato para que encaje en aquella interpretación que se había decidido de antemano. El anexo final de ¡Creer o morir!, un repaso a las obras que han ido configurando a través del tiempo nuestra visión de la Revolución francesa, es la demostración de que la metáfora del lecho de Procusto es una realidad bien palpable. 

Quétel adopta la actitud contraria. Y empieza confesando su ambición: «hacer el relato, libre y detallado, de la Revolución francesa, fuera de todo academicismo y de toda postura. Un relato sincero». Ni a favor, ni en contra… lo que a veces puede resultar más devastador que aquellos relatos que, cargando en exceso las tintas desde sus primeras líneas, quedan irremisiblemente desacreditados. Algo, por otra parte, muy sencillo de enunciar pero que solo está al alcance de quien ha leído mucho, ha entendido mucho y ha alcanzado esa madurez que te permite ver el bosque sin olvidar cada uno de los árboles. Quétel se sabe al dedillo toda la historiografía, pero precisamente por ello prefiere ir directamente a los hechos, a las fuentes, a los textos contemporáneos. Los resultados son espectaculares, consigue un relato apasionante que se lee casi como una novela (como de costumbre, la realidad supera a la más exuberante ficción), en el que nada está predeterminado por fuerzas ciegas, en el que sus protagonistas no son peleles del destino, pero en el que las causas, por escondidas que estén, provocan invariablemente sus consecuencias. 

Así, con ¡Creer o morir!, Quétel nos muestra una Revolución francesa liberada de todas las capas que se le han ido añadiendo a lo largo de dos siglos. El ejemplo de la «épica» toma de la Bastilla es paradigmático. Los liberadores de la Bastilla, nos explica el autor, a pesar de lo mucho que buscaron y rebuscaron, solamente encontraron a siete presos: cuatro falsificadores en espera de juicio que aprovecharon para escaparse mientras que los tres otros eran paseados por las calles entre aclamaciones. El problema fue que enseguida resultó evidente que dos de esos tres son dementes que hay que encerrar al día siguiente en Charenton. El único prisionero, supuesta víctima de la crueldad absolutista, que se puede mostrar en público está preso por delito de incesto y pronto hay que apartarlo para no desprestigiar la memorable gesta. En definitiva, ni un prisionero presentable. 

¿Qué hacer? ¿Cómo erigir un mito heroico con estos mimbres? Claude Quétel nos explica que esta aparentemente difícil tarea no será un problema para los revolucionarios, los artistas de la propaganda y la manipulación: se inventarán un octavo prisionero, creación de su fantasía: un tal «conde de Lorges», cubierto de cadenas y encerrado desde hacía 32 años, que pasa a ocupar las portadas de las gacetas y panfletos del momento y del que se informa que, cuando expresó desorientado no saber adónde ir, la multitud, con una sola voz, le respondió: «la nación te alimentará». Todo producto de la calenturienta imaginación de los panfletistas revolucionarios, reforzada por cuadros poco escrupulosos encargados por los revolucionarios tras tomar el poder. Como se suele decir, así se escribe la historia. 

Nos preguntábamos al inicio si tenía sentido aún escribir (y leer) sobre la Revolución francesa. 
¿Vale la pena dedicar nuestro tiempo a unos sucesos de hace más de dos siglos? Me atrevo a afirmar que es imposible que, tras la lectura de este libro, alguien tenga la más mínima duda de que sí, y mucho. Y es que, para bien y para mal, la Revolución francesa es el acontecimiento que de forma más evidente inaugura el mundo en que vivimos. En cierto modo, lo que ocurre durante unos años en Francia está tan cargado de sentido que resulta como una condensación de todo lo que va a desplegarse en el ámbito sociopolítico desde entonces. Permítanme la exageración, pero todo lo que ocurre después ya sucedió durante la Revolución francesa. La demagogia parlamentaria, el terror, la manipulación de las masas, el arribismo, la reescritura de la historia, la propaganda política… Todo aquello que consideramos típico de diversos momentos y regímenes está ya presente en esa especie de tragedia griega (con su inexorable destino en forma de mecánica revolucionaria y sus insaciables saturnos devorando a sus hijos) que se desarrolla en Francia durante la última década del siglo XVIII.
Conocerla a fondo es comprender la historia contemporánea: no solo tiene sentido seguir estudiándola, sino que es crucial si queremos orientarnos en el presente. 

Algunos ejemplos servirán, o al menos eso espero, para convencerlos de la que quizás parezca a algunos una atrevida afirmación. Empezando por la constatación de que con la Revolución francesa se inicia el reinado de la opinión pública y, en consecuencia, los esfuerzos para conformarla. Pronto descubrirán los revolucionarios que la influencia de las obras baratas y populares es mucho mayor que la de las obras caras y prestigiosas. Quétel lo ilustra con una carta de Voltaire a d’Alembert en 1756 en la que podemos leer: 
«Querría saber qué daño puede hacer un libro que cuesta cien escudos. Jamás veinte volúmenes in-folio harán una revolución: 
son los libros pequeños de treinta sueldos los que hay que temer. 
Si el Evangelio hubiese costado doscientos sestercios la religión cristiana nunca habría sido establecida». Hoy podríamos decir que un youtuber es capaz de movilizar más que veinte tesis doctorales. 

Otro de los mecanismos que ya aparecen bien a las claras durante las jornadas revolucionarias y que nos resulta por desgracia muy familiar es la descalificación absoluta, radical, del discrepante, de quien se aparta de la doctrina oficial. Quétel nos advierte de que ya en la Revolución francesa el discrepante es declarado enemigo de la humanidad: 
«se convierte ipso facto en cómplice del oscurantismo y enemigo del progreso, es decir, del género humano». 
No es que pueda estar errado, algo siempre posible y en ocasiones incluso probable, es que se convierte en enemigo del pueblo, que es algo muy distinto. Como escribe Taine, «como el jacobino es la Virtud, no se le puede resistir sin cometer un crimen». Hoy son cada vez más quienes equiparan discrepancia con crimen y pretenden convertir en delito (de odio, climático, discriminatorio…) cualquier opinión que se desvíe de la doxa oficial del momento. 

Pero no se confundan, Quétel no es un nostálgico del Antiguo Régimen, dispuesto siempre a cargar las tintas contra los revolucionarios y a exonerar de toda responsabilidad a Luis XVI y los suyos. Lo decíamos antes, la originalidad de su enfoque es esa mirada libre, no predispuesta por ninguna toma de partido. Una mirada que le permite ver cómo el mito de una revolución «buena» y pacífica que va ser traicionada por una revolución «mala» y violenta es una invención que no resiste el más mínimo análisis de los hechos, que gritan a los cuatro vientos que el terror empieza con sus primeros pasos (para convertirse en Terror, con mayúscula, de forma natural, progresiva y consecuente). Sí, la «leyenda rosa» de la Revolución francesa queda herida de muerte tras la lectura de este libro. 

Pero esa misma mirada también muestra sin rodeos ni disimulos todas las deficiencias y errores del rey, sumido en la indecisión y que solo está a la altura de su estirpe y posición en los últimos momentos de su vida. Quétel no nos oculta, al contrario, el desacertado camino tomado por Luis XVI, combinando imprevisión, rigidez e indecisión, como cuando llama a los regimientos suizos a Versalles pero no les ordena actuar, sin comprender que, tal y como escribe Quétel, «la amenaza sin acción es la peor de las soluciones». Algo que, desde padres a gobernantes, deberíamos grabar a fuego en nuestras mentes.

¿Necesitan aún más muestras de que vivimos en el mundo nacido de la Revolución francesa? Fíjense en esta descripción de un conocido y popular político: 
«Sabía que el hombre de genio habla más a los sentidos que al espíritu: 
también su gesto, su mirada, el sonido de su voz, todo, hasta su manera de peinarse, estaba calculado sobre un conocimiento profundo del corazón humano. Su elocuencia ruda, salvaje, pero rápida, animada, repleta de metáforas audaces, de imágenes gigantescas, dominaba las deliberaciones de la Asamblea. Su estilo duro, rocalloso, pero expresivo, abundante, hinchado con palabras sonoras, parecido a un duro martillo en manos de un hábil artista, modelaba a su voluntad a hombres a quienes no se trataba de convencer, sino de aturdir y subyugar». 
Es la descripción que el marqués de Ferrières hace de Mirabeau y que Quétel recoge en este libro, pero encaja a la perfección, al menos parcialmente, en numerosísimos líderes políticos desde entonces, algunos, me atrevo a afirmar, presentes entre nosotros (les dejo a ustedes la tarea de ponerles nombre). Por cierto, Rivarol, refiriéndose al mismo Mirabeau, nos dejó esta perla a medio camino entre el elogio y la crítica mordaz: «Es capaz de todo, incluso de una buena acción». 

Y ya que destacamos las citas que recoge Quétel, no hay duda de que su método de dar voz al juicio, a la opinión, a los comentarios de quienes viven en presente la Revolución francesa es una de las claves que dan valor a este libro y que lo convierten en algo vivo y apasionante, muy alejado del árido tratado abstracto y aleccionador. Como cuando acude a los escritos de Arthur Young, un agrónomo inglés de visita en París, que es testigo de la escasez de trigo en París en 1789. Young se percata enseguida de cuál es la actitud de los revolucionarios y escribe: «Me parece que a los violentos amigos de los comunes no les molesta el alto precio del grano, pues es de gran ayuda para sus posturas y facilita así la apelación a los sentimientos apasionados del pueblo y facilita sus proyectos mucho más que si el precio fuera bajo». Aquello de «cuanto peor, mejor» ya funciona a pleno rendimiento en los albores de la Revolución francesa. 

O también cuando reproduce extractos de la carta del intendente de Alençon el 18 de julio de 1789, en la que explica la situación que se vive en aquella localidad del noroeste francés conocida hoy en día por ser la localidad natal de Santa Teresita de Lisieux: «Las revueltas se multiplican y la impunidad de que se jactan, porque los jueces temen irritar al pueblo con ejemplos de severidad, no hace más que enardecerlos». Observaciones que desde entonces han cruzado los Pirineos y son de aplicación a nuestra actualidad más próxima. 

O por seguir con los paralelos entre la Revolución francesa y la historia de España más reciente, llama la atención las similitudes entre el ambiente posterior a la caída de Robespierre, el «posTerror», y nuestra Transición, marcados ambos por el veloz realineamiento a la nueva situación. En cuestión de días el gorro rojo, «glorioso ayer, de repente se convierte en objeto de oprobio». París, ciudad sans-culotte, ahora es termidoriana: se recupera el hablar de usted, el trato de monsieur reemplaza al de ciudadano y el famoso pintor David, que antaño glorificara entre otros a Marat, diseña ahora el traje de los nuevos cinco directores que gobiernan Francia tras el golpe. Se llega incluso a que lo más chic sea tener un pariente guillotinado, que vendría a ser como el haber corrido delante de los grises. 

Confío en que si alguien lee estas líneas y duda aún si embarcarse o no en la lectura de ¡Creer o morir! deje atrás sus titubeos y se embarque en esta travesía por la sacudida que cambió el mundo. Se sumergirá en una década (1789-1799) inflamada de pasión, peligrosa, tremenda y cargada de enseñanzas, asistirá a sucesos decisivos casi como si de un espectador contemporáneo se tratara (con la ventaja de que no pondrá en riesgo su vida) y comprenderá mucho mejor no solo aquellos hechos, sino el mundo en que vivimos. Una propuesta que, aunque se pueda rechazar, hará bien en aprovechar.
Jorge Soley

INTRODUCCIÓN

Este libro solo tiene una ambición, pero es grande: contar la historia, libre y detallada, de la Revolución francesa, sin ningún tipo de academicismo ni postura. Un relato sincero. 

Pero ¿podemos observar la Revolución desde lo alto de Sirio, con toda serenidad, como lo haríamos desde otro período de la historia de Francia? Obviamente no. «No hay etnología posible en un paisaje tan familiar», escribe François Furet. El historiador de la Revolución francesa añade: 
«debe anunciar sus colores», dando de antemano «su opinión, esa forma de juicio que no se requiere sobre los merovingios, pero que es esencial en 1789 o 1793. Que dé su opinión y estará todo dicho, y tendremos al realista, liberal o jacobino». 

Sin embargo, resulta que el autor de este libro no es realista ni liberal, y mucho menos jacobino. No es, además, un especialista de la Revolución francesa (Furet tampoco), sino «del siglo XVIII». Esto le da una gran libertad frente a los entendidos del tema, los guardianes del templo, porque, de hecho, se trata de un santuario. 

El gran profanador fue Taine a fines del siglo XIX, tan radicalmente contrarrevolucionario que durante mucho tiempo se le impuso la ley del silencio. Un siglo después, el gran «revisionista» fue François Furet, quien dio una terrible patada en el hormiguero de los historiadores marxistas. De hecho, la tesis de una revolución popular confiscada por la burguesía ya había sido refutada por los historiadores anglosajones, pero esta no era una razón, a los ojos de los ortodoxos, para proclamarla en Francia. 

Sin embargo, y mirándolo más de cerca, el propio Furet no criticó radicalmente la Revolución. Con una ilación liberal inaugurada a principios del siglo XIX, salvó lo esencial al distinguir dos revoluciones sucesivas, la segunda resultante del «resbalón» de la primera, la de 1789 y la de 1790, la buena de alguna manera, ya que dio a luz a los derechos del hombre: «El Antiguo Régimen había sido la desigualdad de los hombres y la monarquía absoluta; en la bandera de 1789 aparecieron los derechos del hombre y la soberanía del pueblo. Es esta ruptura la que expresa más profundamente la naturaleza filosófica y política de la Revolución francesa; es lo que le da la dignidad de una idea y el carácter de un comienzo» (Diccionario de la Revolución francesa). 

Pero ¿cuáles son estos derechos humanos de los que seguimos oyendo hablar? ¿Los habría inventado la Revolución francesa? Obviamente no. La idea no era nueva, desde el cristianismo se asignó un valor único y absoluto a cada ser humano (ya que tiene un alma) hasta la filosofía de la Ilustración que puso siempre delante al hombre. La Declaración de Independencia de Estados Unidos los proclamó al universo el 4 de julio de 1776: «Todos los hombres son creados iguales; están dotados por el Creador de unos derechos inalienables: entre estos derechos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Y, de hecho, en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano del 26 de agosto de 1789 se hicieron eco de aquellos, comenzando con su famoso artículo 1: «Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». 

Entonces, si no los había inventado, ¿la Revolución francesa habría instituido los derechos humanos, los habría puesto en práctica? Nadie se aventuraría a decir que fue durante los diez años de su historia convulsa y mortífera. ¿El crédito valdría entonces para sus sucesores? ¿Para nuestras Repúblicas III, IV y V? 

Pero, salvo para traicionarlas constantemente, ¿qué libertad? ¿qué igualdad? ¿qué fraternidad? ¿Cuándo entraron estos nobles principios en la realidad histórica? ¿Desde cuándo la proclamación de los derechos del hombre lleva concretamente al respeto por los seres humanos como personas? ¿No será que, dicho de forma más trivial, la sociedad, como escribió en broma Chamfort en la época de la Revolución, está, incluso hoy, «compuesta de dos grandes clases: los que tienen más cenas que apetito y los que tienen más apetito que cenas»? 

En esta pseudoconquista de los derechos humanos, la Revolución francesa se engañó a sí misma y, paradójicamente, todavía nos sigue engañando a nosotros, en la doxa 1 republicana y, por consiguiente, en los libros de texto, pero también en la historiografía2, incluso reciente. ¡Oh! Por supuesto, ya no se celebra la Revolución como el glorioso episodio fundador de la República. Se le ha echado agua al vino. Se condena el Terror (sin embargo, hay una tendencia actual en la historiografía a relativizarlo e incluso reducirlo a un mito), pero se invocan hasta la saciedad los famosos derechos del hombre. ¿Una conquista semejante no valía una revolución, no importa cuál fuera su precio? Por gracia de la Revolución francesa, Francia se ha convertido en «la patria de los derechos humanos» y da lecciones al respecto, una y otra vez, a todo el mundo. «Desde el tiempo que Francia lleva brillando, escribía Jean-François Revel, me pregunto cómo no se ha muerto el mundo entero por insolación». 

Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Platón ya nos habló del fracaso de su apuesta política: no pudo hacer del tirano Dionisio el Joven un rey filósofo. La realidad del poder apagó la frágil llama de los principios filosóficos que parecía haber aprendido. El rey filósofo (como el rey-filósofo defendido por Fénelon en su Telémaco) es una figura imposible de la historia. Por lo tanto, concluye Platón, «no habrá tregua a los males sufridos por los Estados; no más, creo, que a los del género humano». 

Y ahora, desde los primeros siglos de la historia mundial, la justicia (en el sentido moral), la humanidad, la libertad, la fraternidad quedan relegadas al firmamento de los deseos piadosos, la utopía, la magia. Porque, ¿quién es este «hombre» al que la «razón» de los filósofos reconoce todos esos «derechos naturales», sino un hombre abstracto, libre de toda contingencia histórica, política y social, «fuera del suelo», si se puede decir así? Sin embargo, este es el hombre que blandió la Declaración de 1789. 

Pero no importa, ya que los derechos humanos se alejan de la política para proceder del Evangelio y del culto. Valentine Zuber (Le culte des droits de l’homme) ve en ellos «una religión civil republicana, un conjunto de creencias, símbolos y ritos relacionados con las cosas sagradas llevadas por una sociedad y alejadas del debate». 

Un mantra y, además, venenoso: «No se trata de sentir si un ideal es en sí mismo bueno, verdadero, etc. 
Se vuelve infernal si está más allá de nuestro alcance, cuando queremos tomarlo para hacerlo norma de gobierno de los hombres y de la organización de la sociedad», escribe Augustin Cochin. Toda la historia de la Revolución francesa está ahí. 

Sacralizados de esta forma, los derechos humanos son intocables. «Hoy resulta inconveniente, blasfemo y escandaloso, criticar la ideología de los derechos humanos tal y como antes lo era dudar de la existencia de Dios», según Alain de Benoist (Más allá de los derechos humanos)3. Bajo esta bandera, la Revolución francesa es igual de insospechada. Sigue avanzando, escondiéndose detrás de su mito universalista.

Ha llegado el momento de descubrir la impostura detrás de la postura y finalmente aceptar que la Revolución francesa fue un horrible episodio, de principio a fin, de la historia de Francia. No fue la sublevación magnífica de todo un pueblo, sino una locura asesina e inútil, una guerra civil cuya memoria continúa hoy dividiendo fundamentalmente a los franceses. El resbalón, invocado por François Furet, que se habría producido después de la mágica Declaración, fue en realidad el de toda la Revolución, desde los primeros días de los Estados Generales e incluso desde que se emitió la simpática idea de convocarlos. Luego todo fue de mal en peor, hasta el punto de que, para salvar a Francia de la anarquía, fue necesaria una dictadura militar.
____________________________

1 Opinión. [N.d.T.]
2 Cf. al final del volumen, un ensayo de historiografía crítica, «La Revolución es seguramente un bloque».



CUANDO SOLO QUEDA 
AFERRARSE A LA FE PARA VIVIR

"Creer o Morir" cuenta la historia de David, un niño alegre creyente de 8 años, 
que junto a su abuela Nasha de 85 años, descubrirá un mundo de fe, 
sueños y posibilidades, más allá de los que sus ojos pueden ver.

VER+:



sábado, 5 de julio de 2025

LOS FUSILADOS DEL TIRANO FIDEL CASTRO 👥💥💀


Los primeros fusilados 
del tirano Fidel Castro

La organización Archivo Cuba, con sede en Miami, señala, por ejemplo, que en el más de medio siglo que lleva la Revolución se fusilaron a 3.116 personas y otras 1.166 fueron ejecutadas extrajudicialmente, aunque reconoce que es "muy difícil" saber los números exactos.
Por su parte, el Instituto de Historia de Cuba, a través de su presidente René González, señala que fueron muchos menos casos y todos "en el marco de la ley, con transparencia y con causas probadas".
Similar polémica existe por las detenciones por motivos políticos y las denuncias por desapariciones.

Ni siquiera la ONU tiene un registro específico y Cuba no realiza informes anuales al respecto.
Amnistía Internacional, en cambio, realizó numerosos informes y llamados a una apertura política, la libertad de prensa, el respeto a los derechos humanos y la liberación de algunos detenidos.
Es muy posible que una aproximación certera sólo sucederá, como en otras experiencias en Latinoamérica y el mundo, con la creación de una comisión de la verdad.
Los cientos de fusilamientos durante los primeros años de la Revolución, la ejecución de cuatro militares acusados por narcotráfico en 1989 y el de tres secuestradores de una embarcación en 2003.

Así lo explicó Ernesto "Che" Guevara en 1964, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas:
"Es una verdad conocida y la hemos expresado siempre ante el mundo. Fusilamientos, sí. Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte (...) En esas condiciones nosotros vivimos por la imposición del imperialismo norteamericano. Pero eso sí, asesinatos no cometemos".
Las denuncias

El proyecto "Verdad y Memoria" de la organización Archivo Cuba, donde participan miembros del exilio cubano en EE.UU., busca documentar los casos de víctimas del gobierno de casi seis décadas en el poder.
María Werlau, directora de Archivo Cuba, dijo a BBC Mundo que "es imposible saber cuántas personas han muerto en prisión".
"Creemos que son cientos al año. Tristemente solo podemos imaginarlo".
"Pero sospechamos que pueden ser decenas de miles de personas más, porque en casi seis décadas muchas vidas se han perdido y no hay forma de contarlas".
Hasta el último día de 2015, el grupo tenía documentadas 7.062 muertes y desapariciones "atribuidas al régimen castrista" desde 1959.
Sus registros indican que 3.116 fueron ejecuciones por fusilamiento.
También 1.166 ejecuciones extrajudiciales, 123 desapariciones, 315 muertes por negligencia médica y 146 suicidios por causas políticas.

¿Presos políticos?

"Dame la lista ahora mismo de los presos políticos para soltarlos. Menciónala ahora, dime el nombre o los nombres, y si hay esos presos políticos, antes de que llegue la noche van a estar sueltos".
Fueron las palabras del presidente Raúl Castro, durante la visita de Barack Obama a la isla, en respuesta a un reportero que le preguntó por qué no libera a los presos políticos de la isla.

La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional es otra organización que ha trabajado para nombrar cada mes cuántos presos políticos hay en la isla. No está reconocida por el gobierno cubano.
Elizardo Sánchez, secretario general la Comisión, señala a BBC Mundo que es imposible documentar con exactitud el número de personas que fueron detenidas, encarceladas o sentenciadas por cuestiones políticas durante el gobierno de Castro.
Pero esa ONG con sede en La Habana se ha dado a la tarea de identificar cada caso desde 2010.
El número ha variado entre 8.889 personas en 2014, 8.616 al siguiente año y 8.505 en los primeros diez meses de 2016.
La Revolución Cubana, a través de Fidel Castro, Raúl Castro, sus cancilleres y vicepresidentes, señalaron a través de los años que aquellos que fueron detenidos se encontraban en "afanes conspirativos" relacionados con el secuestro de aeronaves, atentados en el interior de la isla o coludidos por "el imperio".

Otros casos que se han repetido en estos años fueron las muertes de los prisioneros que se declararon en huelga de hambre durante su encierro.
Las organizaciones defensoras de los derechos humanos han denunciado otras muertes de disidentes cubanos en "extrañas circunstancias".
Uno de los casos más recientes fue el del connotado líder opositor Oswaldo Payá, quien falleció en 2012 en un supuesto accidente vial del que algunos sospechan fue provocado.

• Los fusilados por la Revolución Cubana ya tienen rostro. Juan Abreu los está pintando uno por uno en un monumental réquiem pictórico

Los olvidados. Los asesinados. Los que desaparecieron. Los fusilados. Muertos y enterrados por el régimen de Fidel Castro. Hay muchas historias no contadas sobre Cuba. Y una de las más dramáticas es la de los presos fusilados por el gobierno de Castro, una sangrienta lista de nombres imposibles de cuantificar, aunque se habla de hasta 6.000 personas. Desde que la Revolución triunfara en 1959 ha hecho del paredón uno de sus escenarios de terror. Y los rostros de los que anduvieron, solos, hacia su muerte anunciada resucitan en una impactante serie de retratos. 1959 es el réquiem pictórico que el escritor y pintor Juan Abreu compone para las víctimas del castrismo, para recordar esas miles de vidas robadas.

Juan José Catalá

Exiliado de la isla en 1980 junto a su amigo el poeta Reinaldo Arenas, Juan Abreu lleva más de un año pintando las caras de los muertos a partir de viejas fotografías que le hacen llegar los familiares o de la escasa documentación recopilada por ex presos políticos como Luis González Infante, que pasó 16 años desnudo en una celda y al salir escribió el libro Rostros/Faces, o asociaciones como Archivo Cuba, una plataforma dirigida por María Werlau en Washington que denuncia los crímenes del castrismo. «La Historia se ha olvidado de los fusilados. Castro ha tratado deliberadamente de ocultarlo. Han matado a muchos cubanos y no hay nadie que hable de ello. Los pintores de Cuba han renunciado a plasmar esta realidad. Hay vídeos terroríficos de gente que llega al paredón ya muerta... Empecé a informarme sobre el tema, a ver las caras, y a imaginar la situación: la idea de que te van a matar, que te llevan a ti solo ante cinco o diez tipos que sabes que te van a disparar... Se ha convertido casi en una imagen obsesiva», reconoce Juan Abreu, que vive rodeado de ellos.

Nelson Figueras Blanco

Al abrir la puerta de su casa, 30 rostros de vivos colores clavan sus ojos directamente en el visitante. En la escalera, en el pasillo, en las paredes, en el salón... Están por todas partes. Son los cerca de 200 retratos que Abreu ha pintado en la titánica tarea de devolver la identidad a los fusilados (en el reverso del cuadro no sólo estampa su firma de pintor, sino el nombre completo del personaje). «Así, siempre quedarán. Cuando en 50 años ya nadie se acuerde de quién fue Fidel Castro, ellos permanecerán...», señala Abreu que, «de una forma un tanto romántica», concede con una sonrisa, cree en la «fuerza redentora del arte». 

 Edelio López Rodríguez

Fue en un avión. Juan Abreu volvía de Londres. Acababa de ver una exposición de la artista sudafricana Marlene Dumas, que había cubierto las paredes de la sala con dibujos y tintas de los muertos en el conflicto palestino. «Las suyas no eran obras políticas. La de Palestina es una tragedia, no importa el lado del que estés. De Cuba se han ocultado muchas cosas... Ésta es mi manera de poner un poco de belleza en esta etapa tan oscura y siniestra de nuestra historia», admite Abreu, que pronto se lanzó a pintar pequeñas tablas de 27 x 35 centímetros, un tamaño clásico, que por sí mismo remite a la tradición del retrato del Siglo de Oro.

José A. Palomino Coló

«El retrato es un género muy difícil y complicado. Lamentablemente, parece que la pintura moderna lo ha dejado de lado, se ha despreciado mucho por parte del arte conceptual... 1959 también es una aventura estética», apunta el artista, que con esta serie está escribiendo su Gran Novela pictórica. Una novela al óleo, dividida en diferentes capítulos estilísticos. Porque en esta inconmensurable obra, Abreu explora los límites del género, modernizándolo y actualizándolo. De entrada, se perciben dos tipologías claramente diferenciadas. Por un lado, los retratos de fondo blanco, de pinceladas rápidas y sintéticas, con un toque fluido casi de acuarela y un moderno aire de obra inacabada, que sugiere una profundidad psicológica, esencialista. Por otro lado, están los cuadros de texturas densas, matéricas, con empastes de pintura y fondos de colores saturados. «Hay muchos caminos por explorar en el retrato. Éste es un ejercicio de búsqueda estética, de investigación de mi propio oficio...», dice el pintor.

Benjamín Tardío Hernández

 En 1959 hay pinceladas a lo Matisse, otras que rozan el neoexpresionismo, retratos muy pop (con el pelo de un imposible rosa fucsia o azul neón, colores que resaltan la expresión)o gestos fauve. Si los fauvistas franceses se remitían a las fieras y a la naturaleza salvaje en su uso provocativo del color, a Abreu le invade cierta furia cuando habla de Cuba, de las injusticias, de los juicios a lo soviético con sentencias ya decretadas, de los campos de trabajo forzado, de la policía represora, de una dictadura que pone la patria y la ideología por encima de las personas... Y esa furia late en su pintura, en este gran retablo de la muerte que, sin embargo, resulta estética y conmovedoramente bello. Ante todo, 1959 es una obra sobre la vida, sobre esas vidas truncadas y arrebatadas con brutalidad. «No quería ser lóbrego ni hacer una serie triste y oscura. Eso sería otra victoria para el castrismo. De alguna manera, ellos tenían que vencer al final. Intento que sean cuadros muy vitalistas, con mucha energía», reivindica Abreu, que conoce prácticamente todas las historias que hay detrás de los chicos de los retratos. Porque la mayoría eran niños, chavales, universitarios de mirada limpia e idealista. Sorprende la ausencia de mujeres. «El de Cuba es un régimen profundamente machista. No está bien visto fusilar a las mujeres, aunque sí mueren encerradas en las cárceles», explica.

Antonio Chao Flores

Sobre la chimenea, Juan Abreu ha improvisado un pequeño altar cubano, con la máquina de escribir -una Canon Typestar- de su fiel amigo Reinaldo Arenas («a Rei le habría fascinado este proyecto, le habría encantado») y fotografías en las que aparece la mítica narradora y etnóloga Lydia Cabrera («nos ayudó mucho cuando llegamos a Miami») o el artista Carlos Alfonso («murió de Sida, como casi todos mis amigos»). Y sobre esas personalidades de la intelectualidad cubana cuelgan otra decena de fusilados. Los últimos fusilados por el régimen («que se sepa», puntualiza Abreu) datan de 2003. Un grupo de 11 jóvenes secuestró la lancha Baraguá para desviar su rumbo y huir a Estados Unidos pero a tan sólo 30 millas de la costa americana se acabó el combustible y la barca quedó a la deriva. Ningún pasajero sufrió daños.Y las autoridades cubanas los apresaron. Tras un juicio sumarísimo tres de ellos fueron condenados a pena de muerte (Enrique Copello, Bárbaro L. Sevilla y Jorge Luis Martínez fueron fusilados a los pocos días), cinco recibieron cadena perpetua y a las mujeres que los acompañaban les cayeron entre dos y cinco años de prisión. Su crimen: intentar llegar a Florida.

Antonio Chao, el héroe de 19 años que se arrastró al paredón. 

Ni siquiera había cumplido 20 años. La de Antonio Chao Flores es una de esas historias que hacen saltar lágrimas. Lágrimas por la barbarie humana. Lágrimas por la valentía de un niño de rostro angelical. El pequeño Tony, apodado 'El Americanito' por sus ojos verdes y pelo rubio, luchó primero contra el ejército del dictador Batista. Por su juventud y valor, la triunfante Revolución le tomó como imagen: su rostro apareció en la portada de la revista 'Bohemia', con el uniforme verde de guerrillero, el fusil en el hombro y los galones de teniente del Ejército Rebelde. Pero pronto vio el cariz tiránico que tomaba el movimiento de Fidel Castro y la traición a los los ideales que había defendido. 

A principios de 1961 se unió a otros combatientes en el movimiento clandestino anticastrista que se inició en las montañas de El Escambray. Perdió una pierna en las escaramuzas y acabó en la fatídica Fortaleza de La Cabaña, en La Habana, que dirigía el Che. Antes de fusilarlo, los carceleros le quitaron las muletas y le obligaron a arrastrarse hasta el paredón mientras le insultaban y se reían de él. Dicen que Tony permaneció sereno. Y que se irguió él solo, sin una de sus piernas, para mirar de frente a su verdugo. Tres tiros. Todas las crónicas cuentan que recibió tres disparos. 

FUSILADOS POR LOS CASTROS.

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