EL Rincón de Yanka: CASTROCRACIA

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martes, 23 de junio de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "PAÍS PORTÁTIL" 💼💻 por ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN, e IVÁN FEO y ANTONIO LLERANDI, RESPECTIVAMENTE

 

Un País Portátil (1968), Adriano González León retrata a Andrés Barazarte, un joven que carga no solo un arma, sino también la memoria de un país marcado por la violencia y las heridas de su historia. La novela muestra cómo la fractura social y política de Venezuela no empezó ni terminó con un régimen, sino que es una herencia que todos llevamos a cuestas: un “país portátil”.

País Portátil es una película Venezolana dirigida por Iván Feo, Antonio Llerandi que está basada en la novela del mismo nombre, del escritor Adriano González León, cuya temática está inspirada en su personaje central, Andrés Barazarte, que es un estudiante de derecho de la Universidad central de Venezuela en los convulsionados años 70 y que se involucra en las guerrillas urbanas de esos años. Pero Andrés Barazarte es mucho más que eso, él pertenece a una familia con tradición guerrera que comienza con su tatarabuelo el General Doctor Epifanio Barazarte, terrateniente que posee una gran hacienda de café en Trujillo en los andes venezolanos y que a finales del siglo XIX participa en varios alzamientos militares a favor del partido liberal y así mediante la guerra y pactos políticos llega a ser presidente de su estado.

Esta película tiene una característica muy importante que es que se desarrolla interpolando épocas distintas de la historia de Venezuela y la vida de la familia Barazarte en paralelo para mostrar varias épocas de la historia del país y explicar de alguna forma que desde que terminó la guerra de independencia en nuestro país nunca hemos podido disfrutar de una verdadera paz ya que siempre hay facciones o grupos descontentos con el estado de cosas que ocurren políticamente y quieren demostrar cada uno mediante la fuerza que tienen la razón. 
En lo personal considero que más que nunca esta película está vigente y que vale la pena volverla a ver y de ser posible leer la novela.

¿SOMOS UN PAÍS PORTÁTIL?

Isabel Pereira

Acudí a releer al magnífico escritor Adriano González León, quien legó una novela clave para entender a Venezuela "País Portátil". Allí muestra que nunca logramos sembrar instituciones garantes de derechos humanos, y menos el vislumbre de una esperanza en la construcción del futuro. En País Portátil, las verdades amargas no deben ser desechadas, la primera refiere a las grandes decisiones políticas, la reflexión sobre el reparto de poder en los inicios de la democracia. La decisión primera de nuestro naciente liderazgo civil giraba en torno a quién era el sujeto del poder después de la derrota del caudillismo en el siglo XIX y de la “aparente” desaparición del militarismo en el siglo XX. Lejos aún de los descubrimientos de Tocqueville en la democracia americana cuando afirmaba que en ese territorio donde priva el dogma de la soberanía del pueblo, cada individuo constituye una parte igual de esa soberanía y participa igualmente en el gobierno del Estado.

La decisión antes de 1958 era contundente, o nos inclinábamos por una sociedad que fortaleciera las personas, la responsabilidad individual, el Estado de Derecho y la libertad, o decidíamos armar un poderoso guardián que presuntamente podría garantizar que los derechos pautados en la Constitución fuesen respetados. Aquí ocurre el momento de quiebre, la gran decisión, optamos por ceder a una Institución “Estado” el poder de cancerbero y propietario, basado en las amargas experiencias posindependentistas, la guerra incesante de caudillos (más de 93 asonadas en un solo año), la falsa creencia que este era el mejor camino para erradicar las atrocidades de las dictaduras militares o las ambiciones oligárquica de ciertos grupos inescrupulosos. Cómo el ánimo de estos primeros líderes de la democracia era alcanzar el bienestar del pueblo, imponer la justicia para todos y evitar el renacimiento de pretensiones dictatoriales, se depositaron todas las esperanzas en ese Estado, institución que paralelamente a la modernización y urbanización del país encarnaría un camino incesante de concentración de poder político, hijo legítimo del gran propietario de la riqueza nacional.

La concentración de poder en el Estado y más propiamente en el Poder Ejecutivo fue el principio de diseño de la nación Venezuela, totalmente respaldado por las disposiciones jurídicas contenidas en las Constituciones vigentes.

Si el poder del Estado crecía, el poder del ciudadano decrecía. La responsabilidad ciudadana era un reclamo sin fuerzas, no el motor que movía la gestión, la administración y el orden del país. El resto de las instituciones, legislativas y judiciales simplemente se subordinaron a la existencia de un poder central cada vez más fuerte. Allí está la clave del País Portátil, ser sólo aquello que el poder central decide, no hay otra esperanza que acercarse a la centrífuga de esa enorme maquinaria de poder. Las posiciones divergentes se anclaron en utopías, como vivió el personaje Andrés Barazarte, promotor de la lucha de clases, motor de la historia, de la dictadura de un proletariado inexistente porque la economía dependía de los ingresos del petróleo y no del esfuerzo de emprendedores y trabajadores. Crecer, inventar, educarse, emprender, no fueron nunca los grandes desafíos. El tema era poder entrar en la vorágine del reparto nacida desde el corazón de la bestia, el Estado central. Por supuesto, en esta secuencia no es descabellado pensar que alguna vez ese Estado podría ser tomado por aquellos que escondían sus ambiciones tras la consigna de lograr una mayor suma de felicidad para todos. Si todo el poder lo tenía el Estado nada impedía saltar hacia el socialismo, la vieja utopía. Y el País Portátil así lo hizo, su carga institucional era muy débil en favor de la libertad, el mercado y la responsabilidad individual.
Hoy, varias décadas después, entre ruinas, con gente emigrando despavorida, el mayor éxodo del mundo. Cuatro veces superior a los que huyeron de Cuba aterrorizados por Fidel Castro y el Che, quienes eliminaron directamente a más de mil personas, hasta el País Portátil se volvió escombros. Todavía hoy Diaz-Canel sostiene que su principal objetivo en Cuba es luchar contra el capitalismo y la economía de mercado. Creo que le bastaría dar una ojeada a los resultados de su revolución para cambiar los propósitos.
Sin embargo, Dios aprieta, pero no ahoga y renace la oportunidad. El País Portátil no logró construir las instituciones que garantizan la libertad, pero enseñó que la utopía socialista es un camino a la servidumbre apoyado en las armas, antípodas de la libertad humana. Hoy es posible fortalecer el espíritu del ciudadano que decide, ejerce poder y lo vigila, crear instituciones al servicio de sus aspiraciones de un desarrollo humano anhelante de libertad.

Hoy como ayer tenemos una gran tarea construir nuestro basamento institucional entendiendo que estas entidades son como las define Douglas North: “Instituciones como reglas del juego (formales o informales) y los medios disponibles para su aplicación”. Esta definición diferencia “instituciones” (reglas y medios para aplicarlas) de “organizaciones”.

En este camino metodológico en el año 2012 Daron Acemoğlu y James Robinson publican, según los comentaristas una obra que ha conmovido a los analistas políticos y sociales, el título: ¿Por qué fracasan los países? A partir de un análisis de las instituciones en diferentes espacios y tiempos, logran determinar las causas del fracaso. Los autores de este texto según los comentaristas defienden una idea muy original “Existe una mayor probabilidad de que los países desarrollen instituciones adecuadas cuando tienen sistemas políticos plurales y abiertos, con competencia entre los candidatos a escoger cargos políticos y un amplio electorado con capacidad de apostar por nuevos líderes políticos. 
Un concepto que enlaza las instituciones políticas y económicas. Afirman que instituciones políticas con voluntad integradora que apoyan instituciones económicas con carácter inclusivo resultan claves para una prosperidad sostenida. Nos quedan grabadas las imágenes del texto de Acemoglu y Robinson. La diferencia entre dos pueblos situados en la misma localización geográfica “las luces en Corea del Sur y la oscuridad en Corea del Norte” o el caso de Nogales en México y Nogales en Estados Unidos, separados sólo por una valla, pero con indicadores económicos totalmente diferenciados, favorables al pedazo de Estados Unidos y negativos para México.

La gran tarea es transformar ese Estado –aún vivo- y esas reglas de juego que niegan la existencia de instituciones integradoras que han presidido nuestra realidad sociopolítica. Que decida el espíritu, la razón y no el poder aniquilador de la fuerza. Si estamos de acuerdo en superar el País Portátil tenemos la oportunidad de decidir por ello.

País Portátil, Film de Iván Feo y Antonio Llerandi (1979)

sábado, 31 de enero de 2026

LA COLONIZACIÓN CUBANA CASTRISTA DE VENEZUELA CHAVISTA por IAN VÁZQUEZ

La colonización cubana de Venezuela
Ian Vásquez afirma que para bien de los cubanos, los venezolanos y el continente, es menester desactivar por completo la inteligencia cubana en Venezuela y la enfermiza relación que esta engendró.
Murieron 32 militares y agentes cubanos cuando las Fuerzas Armadas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro. Tanto el régimen cubano como el venezolano han negado durante años la participación de Cuba en la seguridad venezolana, pero la intervención militar no les dejó otra opción que reconocer las muertes oficialmente, aunque probablemente fueron muchas más.
Que Maduro contara con una guardia pretoriana extranjera dice mucho de la seriedad con que se tomaba su seguridad, así como de la falta de confianza del régimen en sus propias tropas venezolanas, señal inequívoca de la fragilidad del régimen. Pero la hazaña también delató la codependencia entre los dos regímenes y significa un golpe, quizá mortal, para la revolución cubana.
Estas observaciones las comparte María Werlau en un estudio que se publicó la semana pasada por Archivo Cuba, el centro de investigación independiente que ella dirige, y que resume y actualiza su libro La intervención de Cuba en Venezuela (2019). El cuadro que ella pinta es el de un país pequeño y empobrecido que llegó a colonizar y dominar a un país vecino numerosas veces más rico y grande.

Según Werlau, hay por lo menos “20.000 ‘colaboradores’ cubanos incluidos en la defensa, la inteligencia y la seguridad” de Venezuela. Esto no es nada nuevo. Desde el 2002, Cuba ha controlado la seguridad de la presidencia venezolana. Es más, “Cuba estableció una presencia controladora en todas las esferas de la sociedad venezolana, incluidas [...] las Fuerzas Armadas, el aparato de seguridad, los ministerios, el servicio de inmigración y extranjería, la autoridad electoral, las telecomunicaciones, aeropuertos, puertos y cruces fronterizos, las industrias y empresas estatales –incluida PDVSA–, las notarías, el manejo de sistemas informáticos y bases de datos y la vigilancia cibernética”.
Los servicios cubanos militares y de inteligencia se proporcionaron a cambio de petróleo venezolano que, durante la bonanza de materias primas, llegó a representar un flujo de US$10.000 millones por año al régimen castrista. Para el 2012, se estima que había 45.000 cubanos participando en “misiones sociales”.

Esas misiones, dice Werlau, son “instrumentos para la implantación del modelo político-ideológico cubano, fichas del populismo para afianzar la lealtad y la dependencia al gobierno y una justificación oportuna para financiar a Cuba [...]. En las filas de los ‘colaboradores’ civiles cubanos en Venezuela hay oficiales de la contrainteligencia y paramilitares entrenados; asimismo, todos los civiles –médicos, enfermeros, deportistas, maestros– están obligados a colaborar con los servicios de inteligencia, tienen órdenes de luchar por la revolución bolivariana y deben vigilarse entre sí”.
Desde el 2023, las exportaciones de petróleo venezolano a Cuba se redujeron en un 67% en la medida en que la crisis económica venezolana empeoraba. La presencia cubana en Venezuela también disminuyó, pero no antes de consolidar el modelo y control cubano sobre ese país.

Werlau documenta cómo fue que Fidel Castro diseñó la estrategia de largo plazo para dominar Venezuela. Supuestamente fue Maduro quien reclutó a Hugo Chávez cuando estuvo en la cárcel en los noventa. Castro entonces preparó a Chávez. Desde joven, Maduro fue formado por Cuba y, al ser manejable por La Habana, fue seleccionado para suceder a Chávez tras su muerte, a pesar de que el heredero constitucional del puesto le correspondía a otro.
Hoy, Maduro ya no está en el poder, se reporta la huida de algunos cubanos de Venezuela y los flujos de petróleo venezolano a Cuba se han detenido. Cuba está viviendo su peor crisis económica desde 1959. Para bien de los cubanos, los venezolanos y el continente, es menester desactivar por completo la inteligencia cubana en Venezuela y la enfermiza relación que esta engendró.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 20 de enero de 2026.

martes, 25 de noviembre de 2025

"EL ÚLTIMO AMANECER POSIBLE EN VENEZUELA" 😭 por XAVIER PADILLA

EL ÚLTIMO AMANECER POSIBLE

Veinticinco años en un país sin alternancia. La infancia sucede a la luz de una vela. La casa huele a querosén, la nevera se apaga como un animal cansado, los juguetes se alumbran con linternas de pilas que se gastan rápido. El techo suena a gota cuando arrecia la lluvia y no hay planta eléctrica que encienda la casa. La electricidad se convierte en promesa incumplida. El barrio aprende a escuchar el timbre del transformador cuando estalla y el silencio posterior se acepta con resignación. La gente celebra con murmullos el regreso de la luz, aunque sepa que será breve.
El agua sube por las tuberías a horas inhumanas. La familia despierta a las tres de la mañana, los tobos se alinean como soldados, los niños se turnan para sostener botellas bajo el chorro débil. En algunos edificios se organizan silbatos para avisar a los vecinos. Quien se queda dormido amanece sin agua en toda la semana. El sonido del goteo establece la cadencia de la casa. La madre riega una sábila con un vasito medidor y repite que cura. El desvelo se acepta con disciplina y un dejo de resignación.

La vida ocurre en colas. Pan al alba, gasolina que serpentea por kilómetros, gas por cilindros con listas escritas a mano, cajas de alimentos que llegan con retraso. La gente aprende a leer la paciencia en los hombros ajenos. En la estación, un guardia reparte números con solemnidad de sorteo.
La fila se vuelve paisaje. Algunos venden café, otros juegan dominó sobre cajones vacíos, alguien reza, alguien repite que hoy sí.

El «Carnet de la Patria» reposa en la cartera como un salvoconducto obligatorio. Se muestra sin orgullo. La luz del lector da permiso o niega. Un muchacho recibe la bolsa con dos latas y harina, con la mirada clavada en el piso. La bolsa llega con retraso, vigilada por funcionarios que toman fotos de la fila. En la cocina, la mesa se convierte en mesa de inventario. El arroz se cuenta como si fuese oro. La comida huele a trámite.

Las paredes hablan con pintura. Rostros repetidos de Chávez, afiches de Maduro con consignas trazadas a brochazos, vallas que prometen victorias sin fecha. El poste de luz sostiene cables y slogans. Cada pared parece boleta electoral nunca firmada. La propaganda funciona como clima. El espacio público permanece secuestrado por un solo lenguaje.

En el barrio, el rugido de motos negras administra el miedo. Colectivos que giran en doble fila, cascos cerrados, miradas que no necesitan palabras. El sonido vacía una calle en segundos. Una mujer recoge la ropa del tendal sin levantar la vista. Un viejo baja la santamaría con gesto preciso. Las ventanas aprenden a parecer deshabitadas. El silencio se vuelve norma.

La represión tiene rituales nocturnos. Una camioneta sin placas se detiene frente a un edificio, cuatro encapuchados tocan una puerta, dos hombres salen esposados. La escalera queda con olor a caucho caliente. Los vecinos cuentan los peldaños en susurros. La familia inicia una ronda por comisarías y cuarteles. En un mostrador de fórmica reciben respuestas vagas, papeles sin firma. La palabra paradero se vuelve hueco. A veces hay regreso con un cuerpo flaco y mirada metida hacia adentro. A veces hay ausencia que se instala como mueble.

En la ciudad corren historias de casas discretas. Fachadas comunes, cortinas corridas, vecinos que saludan con prudencia. Quien entra allí pasa días sin reloj. Quien sale cuenta la bolsa plástica apretada sobre la cara, la asfixia en oleadas, el perro ladrando a centímetros de la piel, la silla metálica, los insultos repetidos hasta volverse clima, la desnudez como humillación, la amenaza contra la familia como herramienta de quebranto. La memoria guarda esos relatos con respeto áspero.

Las cárceles oficiales reciben con golpes de bienvenida.
Celdas húmedas, olores viejos, pasillos sin ventilación. Hombres amarrados a sillas durante días. Mujeres obligadas a favores sexuales para comer. Adolescentes con morados en las costillas. Paredes con marcas de uñas y sangre. Las noches se interrumpen con gritos. La madrugada trae interrogatorios con la cabeza pesada y un vaso de agua que arde en la garganta. Algunos no sobreviven. Otros salen con cuerpos destruidos que no aguantan mucho.

Las audiencias suceden sin público. Un cuarto cerrado, un funcionario que lee cargos de terrorismo o de odio, un abogado impuesto que asiente con el mentón, un papel que se firma sin posibilidad de corrección. Algunos ven una cámara encendida en un teléfono a medianoche y entienden que la justicia cambió de hora y de forma. Una madre pregunta por qué y recibe una fotocopia con sellos. La fotocopia no contiene respuestas.

Los muertos bajo custodia aparecen en notas breves. «Complicación», «paro», «desvanecimiento». La familia pide el cuerpo y recibe condiciones: nada de prensa, nada de velorio público, nada de discursos. El dolor se administra con reglamento. En la sala de una casa un ataúd se rodea de ocho sillas. Un sacerdote pronuncia «descanso» con un hilo de voz. La palabra justicia se ahoga antes de salir.
Las protestas traen su propia contabilidad. Siete cuerpos tendidos en San Jacinto, testigos que señalan disparos desde instalaciones militares. Más al norte, dos muchachos caen en El Valle frente a una cámara mientras un arma corta asoma detrás de un escudo. Los nombres circulan en chats, acompañados de fotos de carnet. La memoria popular los pronuncia en voz baja, como si aún doliera decirlos en volumen completo.

Entre los caídos hay adolescentes. Quince, diecisiete años. La casa de uno guarda la franela con olor a muchacho.
La madre de otro plancha una camisa que nunca se puso. Las abuelas imprimen rostros en camisetas blancas. Las velas convierten las aceras en capillas. En la esquina se reparten botellas de agua con vinagre para los ojos. La juventud aprende que crecer significa atreverse a salir y soportar que la noche no traiga a todos de vuelta.

En los pasillos de los tribunales, los familiares intentan designar abogados de confianza. Un funcionario recomienda aceptar defensa pública. La carpeta pesa como un ladrillo húmedo. Nadie lee todo. Se firman hojas por cansancio. Un defensor promete llamar y no llama. El tiempo de la justicia se escurre hacia la tarde. La tarde huele a café recalentado.

El hostigamiento alcanza a terceros. La puerta de una madre se toca a medianoche. Un hermano queda retenido mientras el buscado cruza una trocha. La trocha se pisa con barro hasta la rodilla. La culata golpea a cualquiera. Algunos regresan con fiebres, otros siguen con la esperanza puesta en un pariente que envía remesas. En la frontera, un funcionario pide un dinero que no aparece en ninguna ley. La palabra vacuna se usa para todo.

La vida cotidiana ocurre sin adjetivos heroicos. En un hospital, una sala de neonatología recibe luz de celulares cuando falla la planta. Una enfermera calienta suero con las manos. Una madre agradece sin solemnidad. En otro piso, un paciente de diálisis mide la oportunidad con los dedos. La máquina arranca tarde y se apaga antes del tiempo. En oncología faltan fármacos. Un señor con gorra camina hacia el ascensor con pasos muy cortos. La enfermedad avanza al ritmo de la burocracia.

En una escuela, la maestra llega con un bolso que pesa menos que un almuerzo. El salario desapareció detrás de tres reconversiones. Los niños llevan cuadernos usados en ambos lados. Un pizarrón con grietas recibe la palabra «historia» y el polvo del borrador la borra con facilidad. La maestra insiste en que la historia importa. La clase lo cree a medias. Afuera un perro duerme bajo una camioneta vieja.

El mercado mezcla dólares, bolívares y silencio. El datáfono está caído. El pago móvil no entra. El billete local se percibe como papel de colores. Un bodegón con luces frías exhibe marcas importadas que no existen en el barrio. Entrar allí genera vértigo. Salir produce vergüenza. Afuera un vendedor ofrece empanadas con pinza oxidada y sonrisa de siempre. El desayuno barato sostiene biografías enteras.

En el banco, una fila de jubilados ocupa la acera. Algunos llevan silla. Otros un frasco de pastillas. La caja paga en efectivo mínimo. Un abuelo guarda los billetes en la media y camina con pasos cortos. Una moto lo sigue. Un muchacho con gorra le susurra que la esquina es peligrosa. El señor apresura el paso. El miedo se pega a la piel como sudor.

Dentro de las casas se comenta la suerte de un extranjero detenido. Nadie conoce detalles. Se escuchan versiones de canjes, semanas de incomunicación. La palabra mercenario se usa como etiqueta. Algunos entienden que la vida puede convertirse en ficha de intercambio.

Quien vuelve de prisión trae el cuerpo distinto. La piel cuelga en otra dirección, los hombros parecen cargar secretos. Cuenta poco, calla mucho, duerme a ratos. Tres conocidos no resistieron el deterioro. La muerte tardía también es efecto de una detención. El duelo se reparte en cuotas. Hay pudor en preguntar y pudor en responder.

En la azotea, una antena casera busca captar una emisora que todavía transmite. La voz llega como si cruzara un río. El periodista habla con frases cortas, mide cada palabra, sabe que al otro lado hay oídos que muerden. Una radio regional dejó de existir la semana pasada. Su número en el dial ahora guarda silencio. Las emisoras se apagan como luciérnagas.

El pasaporte se convierte en objeto mítico. La oficina abre a horas caprichosas. Un guardia gira la muñeca y mira el sol. La cola reparte rumores. La página pide citas que nunca se otorgan. Algunos logran la prórroga gracias a un intermediario que cobra en dólares. La palabra derecho suena lejana.
Un muchacho ríe cuando oye «libre tránsito». La risa dura poco.

En la autopista, una alcabala pide papeles y algo más.
Los bolsillos responden. El viaje se resume en pagos pequeños. A veces el camión con verduras no llega al mercado. La cosecha pierde peso y precio. Un productor mira sus manos y dice que sembrará menos. La tierra acusa la ausencia como un animal al que dejaron de alimentar.

En el sur, la fiebre corre con la velocidad del mercurio que cae al río. Campamentos de minería ilegal rugen con generadores. Disparos se escuchan al atardecer. 
Los mineros viven entre malaria, explotación y miedo. Quienes intentan salir vuelven con piel amarilla y ojos hundidos. La selva guarda secretos que no se nombran.

Las universidades se despueblan. Profesores emigran, pupitres vacíos, pizarras agrietadas. Los estudiantes sobreviven con cuadernos usados en ambos lados. El campus se convierte en ruina lenta. Las bibliotecas cierran salas enteras. La propaganda oficial ocupa el lugar de carteles culturales. 
La juventud estudia entre ruinas.

La diáspora multiplica la orfandad. Hijos en Chile, padres en España, hermanos en Perú, abuelos en Venezuela.
Las videollamadas se cortan justo en la palabra «te extraño».
Los aeropuertos son salas de despedida con abrazos apretados. La migración se convierte en rito de paso.

El país se resume en catálogo de agravios. Cortes de luz, agua racionada, gasolina escasa, gas intermitente, medicinas ausentes, alimentos insuficientes, justicia cooptada, cárceles como centros de tortura, desapariciones sin respuesta, ejecuciones en protestas, velorios vigilados, hostigamiento a familiares, persecución de periodistas, clausura de radios, allanamiento de ONG, universidades desmanteladas, fronteras dominadas por mafias, selvas devastadas por minería ilegal, barrios controlados por colectivos, migración forzada, impunidad absoluta. Todo vivido, todo sabido, todo padecido.

La esperanza se reduce a una palabra pronunciada en voz baja. Flota. No designa sólo barcos. Designa la posibilidad de que el país recupere su nombre. Cada chisporroteo de radio parece un aviso. Cada rumor en la calle se convierte en posibilidad. El aire mismo vibra con la tensión de lo que puede llegar.

En la azotea de las casas, algunos miran el cielo en busca de un ruido distinto. La respiración se detiene unos segundos, como si el aire mismo aguardara un anuncio. Cada madrugada se vive como ensayo de lo que aún no llega.

El día que se parezca a un desenlace no llegará con trompetas. Llegará con la naturalidad de un cambio de viento. 
La radio encontrará una emisora extranjera que describa movimientos en idioma sobrio. La señal caerá y volverá. La antena casera captará más de lo habitual. El rumor correrá por los edificios como un animal pequeño. Una señora subirá dos sillas a la azotea. Un niño preguntará si hoy hay fiesta. La madre responderá con sonrisa corta.

La calle aprenderá otra vez a juntar gente sin miedo. Un vecino desenrollará una bandera que olía a armario. El color parecerá más vivo que antes. Otro bajará una caja de velas, por si acaso. Un señor afinará una guitarra olvidada. Habrá mezcla de vigilia y de domingo.

Nadie pronunciará la palabra indebida. Se protegerá con silencio aquello que importa. La emoción caminará por pasillos con calcetines. Los teléfonos vibrarán con mensajes cortos. «Atentos». «Escuchen». «Miren hacia el norte». La gente mirará hacia el norte. El norte aún no responderá.

Un brillo aparecerá cerca del horizonte. Podrá ser reflejo o deseo. El deseo se alimentará con disciplina. La radio dejará de chisporrotear por un instante. Una voz entrará limpia, dirá algo que sonará a orden nueva. El barrio, por un segundo, quedará en blanco. El blanco producirá un latido. El latido producirá una lágrima que no se luce ni se niega. La lágrima caerá y secará. La contención mandará.

Si lo que se espera sucede, el país volverá a pronunciar su nombre sin miedo. Las paredes perderán poder. Las colas quedarán como anécdota de resistencia. El carnet de plástico quedará como testigo de un método en desuso. Las casas con cortinas corridas se abrirán a la luz. Las audiencias volverán a tener público. Las vetas de sangre en un muro serán prueba y no costumbre. Las sirenas volverán a significar ambulancia y no amenaza. Las motos volverán a significar transporte y no control.

Si lo esperado se dispersa, décadas de silencio tomarán asiento. Los niños memorizarán consignas como poemas.
Los jóvenes aprenderán a no esperar. Los viejos acomodarán la historia para que duela menos. 
Las libretas con nombres se guardarán en cajas. Las cajas se apilarán en armarios. El armario olerá a naftalina y renuncia.

En esa encrucijada se vive. Con hechos, con inventario, con memoria exacta. Con la respiración entrenada para el anuncio. Con la vista fija en el horizonte porque el horizonte, por fin, podría responder. Con la convicción de que lo que llega, si llega, es el último amanecer posible en Venezuela.

Xavier Padilla

martes, 5 de agosto de 2025

LIBRO "LOS DESAPARECIDOS DEL CASTRISMO": CUBA DESDE 1959 por DANIEL I. PEDREIRA 👥💥💀



LOS  DESAPARECIDOS  
DEL  CASTRISMO:
CUBA  DESDE  1959

“El objetivo es que la verdad no sea enterrada con las víctimas”, afirma el autor, que rinde tributo a los desaparecidos con una investigación que recorre más de sesenta años de represión en Cuba.
Los desaparecidos del castrismo, de Daniel I. Pedreira, documenta con rigor los crímenes extrajudiciales y desapariciones forzadas cometidos por el régimen cubano desde 1959. Desmonta el mito de que las dictaduras ideológicas no recurren a tales prácticas, evidenciando que en Cuba existen numerosos casos de personas detenidas, torturadas y desaparecidas sin dejar rastro. 
Relata el emblemático caso de Andrew de Graux Villafaña, joven guerrillero capturado herido, hospitalizado y desaparecido sin explicación, a pesar de los esfuerzos de su familia por conocer su paradero. Se citan otros casos similares, como los de los hermanos Pedrozo y Becerra, Orlando Collazo, Carlos Ibáñez y Alberto Sigas. Muchos fueron fusilados, otros se presume murieron en combate, pero en todos los casos, los cuerpos nunca fueron entregados ni se informó oficialmente sobre su destino. 
La obra de Pedreira rompe el silencio impuesto por la tiranía castrocrática y promueve futuras investigaciones sobre estos crímenes silenciados.
El castrismo, como todo régimen tiránico y totalitario, ha sido históricamente hábil con el relato, y ha cubierto con un velo de secretismo oficial y falta de prioridad institucional las decenas de desapariciones de personas que han ocurrido en la Isla en los últimos años. Pero, más allá del trasfondo social, síntoma del resquebrajamiento integral de la sociedad cubana, el libro "Los desaparecidos del castrismo: Cuba desde 1959", publicado recientemente por el académico en Ciencias Políticas y autor de DIARIO DE CUBA Daniel Pedreira, analiza el carácter político de más de 600 de estos hechos y cómo las autoridades de La Habana se han servido de las desapariciones para deshacerse de personas incómodas y conservar el poder.

PRÓLOGO
Pedro Corzo Eves

Los desaparecidos del castrismo: Cuba desde 1959, de Daniell. Pedreira, es una obra fundamental para conocer los extremos a los que ha llegado el régimen totalitar io castrista para conquistar el poder y conservarlo.
Se suele creer que las dictaduras ideológicas no incurren en crímenes extrajudiciales y menos aún practican la desaparición de quienes se les oponen, no porque sean más tolerantes que el despotismo uniformado, sino porque al controlar las instituciones del estado tienen la capacidad de legitimar cualquier crimen por horrible que este haya sido.
No obstante, Pedreira demuestra que, en Cuba, aunque hay le­yes que contemplan la pena de muerte, aplicada miles de veces en estos 66 años de tiranía, hay muchos desaparecidos por la vesania de los esbirros del régimen y la maldad de sus dirigentes.

El caso más notorio de los desaparecidos es el de Andrew de Graux Villafaña, cuya hermana, Mary, lleva décadas reclamando a la dictadura totalitaria cubana información sobre su hermano.
Andy, también ciudadano estadounidense por vla paterna, se unió a las guerrillas del Escambray para luchar contra el castrismo cuando tenía 18 años. El joven guerrillero fue herido en la finca Limones Cantero durante un enfrentamiento con las milicias el 13 de septiembre de 1962, recibió dos balazos, uno de los proyectiles le entró por el hombro y terminó alojándose en la quinta vértebra, dejándolo inmóvil.

Capturado, fue conducido al hospital de Trinidad, su pueblo na­tal, a dos cuadras de la casa de sus padres. Conocía al médico y le pidió que avisara a su madre, pero otro galeno, más represor que curador, Cuco Lara, ordenó que el herido fuera sacado de la sala y recluido en un cuarto aislado, en consecuencia, cuando los padres llegaron al sanatorio, no lo pudieron ver.
No recibió atención médica. Después de ser torturado física y psicológicamente, le trasladaron por orden de la Seguridad del Estado al hospital de Cienfuegos.
Mientras, la madre de Andy, Maria, visitó a la delegación sui­za en La Habana, que representaba a Estados Unidos en Cuba. Se entrevistó con un funcionario, aunque las gestiones resultaron infructuosas.
Recuerda Mary ,en entrevista concedida a Pedreira, que ya en ese momento su hermano había sido operado por el doctor Rodríguez Marcoleta, resultando la cirugía un éxito, aunque la familia desco­nocía por completo lo acaecido y seguía ignorando donde se en­contraba su deudo.

El 18 de septiembre el galeno Rodriguez Marcoleta fue a ver a Andy. No lo encontró. Preguntó por el operado y le respondieron que había muerto. En la morgue pidió ver el cadáver, tampoco es­taba. Días después, la Seguridad del Estado le pidió al médico que firmara el certificado de defunción de Graux Villafaña, a lo que el galeno se negó rotundamente.
Mary Louise de Gramc Villafaña, quien no cesa en la búsque­da de su hermano a pesar de las muchas décadas transcurridas, también manifiesta preocupación por otros jóvenes desaparecidos que se alzaron en armas contra la dictadura.
Los hermanos Pedrozo y los igualmente hermanos Becerra, quienes también habían sido guerrilleros contra el totalitarismo son otros desaparecidos. Estos cuatro jóvenes trinitarios fueron absorbidos por la tierra en la que habían nacido por voluntad de la dictadura.

Otros desaparecidos son Orlando Collazo y Lázaro Fernández. Se supone que murieron en combate. Los restos de Fernández se­gún algunas versiones fueron expuestos en el parque del pueblo de Guao, pero sus familiares nunca vieron su cadáver. Tampoco fueron informados de su muerte.
Hace varios años, la señora Yolanda Ibáñez presentó al Comité Cubanos Pro-Derechos Humanos en La Habana, Cuba, una de­nuncia por la desaparición de su padre, el agricultor Carlos M. lbáñez, quien según las autoridades habla sido arrestado y fusilado sumariamente en 1965. La familia Ibáñez nunca ha visto el cuerpo de su deudo, ni tampoco donde fue sepultado.

Esta es una situación que sufren otros miles de familias cuba­nas. Suponen que sus familiares fueron sepultados o muertos en combate, pero nunca tuvieron la oportunidad de velarlos, ni se­pultarlos, aún peor, ignoran donde están los restos mortales de sus parientes.
Los restos mortales de las más de 70 personas fusiladas y se­ pultadas en una fosa común en la Loma de San Juan, Oriente, el 12 de enero de 1959 por orden de Raúl Castro, ha n desaparecido del lugar donde fueron enterradas, según denuncia el exprisionero político Ramiro Gómez Barruecos.

Según investigaciones de José Luis Fernández Maymó, en la fin­ca San Gabriel, Las Villas, los guerrilleros Juan Antonio Benítez, Gabriel Morales y Onelio Pérez fueron abatidos por la milicia, sin embargo, es un supuesto. No hay quien atestigüe que vio los cadá­veres o diga conocer donde están enterrados.

Alberto Álvarez Bravo ha denunciado públicamente la desapa­rición de Alberto Sigas, avalada con los testimonios de su esposa, Carmen Núñez Armesto y su señora madre, Elia Echevarría.
Alberto Sigas le dijo a su esposa que iría a casa de su madre el 18 de enero del 2010. Nunca llegó. Núñez Armesto hizo la denuncia y horas más tarde le informaron que Sigas estaba arrestado en Villa Marista y que antes de 72 horas estaría en su casa. Han transcurrido quince años y Sigas continúa desaparecido.

Poco se ha escrito sobre los desaparecidos por el totalitarismo cubano y es que hasta en ese aspecto el control de la información instaurado por la dictadura le ha sido útil, control que nuestro autor Daniel Pedreira ha roto para siempre.
Hay mucho que investigar al respecto, por suerte el activista Álvarez Bravo, en Cuba y en Miami, los exprisioneros políticos Fernández Maymó y Gómez Barruecos se han impuesto la tarea de investigar sobre los desaparecidos del castrismo, otra cuenta pendiente con el pueblo cubano de los hermanos Castro, que Pedreira ha demostrado estar dispuesto a que la salden.

(COMPLETO) Conferencia: "Los desaparecidos del castrismo"

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LOS FUSILADOS DEL TIRANO FIDEL CASTRO 
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Cuba socialismo narcotiranía Venezuela

sábado, 5 de julio de 2025

LOS FUSILADOS DEL TIRANO FIDEL CASTRO 👥💥💀


Los primeros fusilados 
del tirano Fidel Castro

La organización Archivo Cuba, con sede en Miami, señala, por ejemplo, que en el más de medio siglo que lleva la Revolución se fusilaron a 3.116 personas y otras 1.166 fueron ejecutadas extrajudicialmente, aunque reconoce que es "muy difícil" saber los números exactos.
Por su parte, el Instituto de Historia de Cuba, a través de su presidente René González, señala que fueron muchos menos casos y todos "en el marco de la ley, con transparencia y con causas probadas".
Similar polémica existe por las detenciones por motivos políticos y las denuncias por desapariciones.

Ni siquiera la ONU tiene un registro específico y Cuba no realiza informes anuales al respecto.
Amnistía Internacional, en cambio, realizó numerosos informes y llamados a una apertura política, la libertad de prensa, el respeto a los derechos humanos y la liberación de algunos detenidos.
Es muy posible que una aproximación certera sólo sucederá, como en otras experiencias en Latinoamérica y el mundo, con la creación de una comisión de la verdad.
Los cientos de fusilamientos durante los primeros años de la Revolución, la ejecución de cuatro militares acusados por narcotráfico en 1989 y el de tres secuestradores de una embarcación en 2003.

Así lo explicó Ernesto "Che" Guevara en 1964, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas:
"Es una verdad conocida y la hemos expresado siempre ante el mundo. Fusilamientos, sí. Hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte (...) En esas condiciones nosotros vivimos por la imposición del imperialismo norteamericano. Pero eso sí, asesinatos no cometemos".
Las denuncias

El proyecto "Verdad y Memoria" de la organización Archivo Cuba, donde participan miembros del exilio cubano en EE.UU., busca documentar los casos de víctimas del gobierno de casi seis décadas en el poder.
María Werlau, directora de Archivo Cuba, dijo a BBC Mundo que "es imposible saber cuántas personas han muerto en prisión".
"Creemos que son cientos al año. Tristemente solo podemos imaginarlo".
"Pero sospechamos que pueden ser decenas de miles de personas más, porque en casi seis décadas muchas vidas se han perdido y no hay forma de contarlas".
Hasta el último día de 2015, el grupo tenía documentadas 7.062 muertes y desapariciones "atribuidas al régimen castrista" desde 1959.
Sus registros indican que 3.116 fueron ejecuciones por fusilamiento.
También 1.166 ejecuciones extrajudiciales, 123 desapariciones, 315 muertes por negligencia médica y 146 suicidios por causas políticas.

¿Presos políticos?

"Dame la lista ahora mismo de los presos políticos para soltarlos. Menciónala ahora, dime el nombre o los nombres, y si hay esos presos políticos, antes de que llegue la noche van a estar sueltos".
Fueron las palabras del presidente Raúl Castro, durante la visita de Barack Obama a la isla, en respuesta a un reportero que le preguntó por qué no libera a los presos políticos de la isla.

La Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional es otra organización que ha trabajado para nombrar cada mes cuántos presos políticos hay en la isla. No está reconocida por el gobierno cubano.
Elizardo Sánchez, secretario general la Comisión, señala a BBC Mundo que es imposible documentar con exactitud el número de personas que fueron detenidas, encarceladas o sentenciadas por cuestiones políticas durante el gobierno de Castro.
Pero esa ONG con sede en La Habana se ha dado a la tarea de identificar cada caso desde 2010.
El número ha variado entre 8.889 personas en 2014, 8.616 al siguiente año y 8.505 en los primeros diez meses de 2016.
La Revolución Cubana, a través de Fidel Castro, Raúl Castro, sus cancilleres y vicepresidentes, señalaron a través de los años que aquellos que fueron detenidos se encontraban en "afanes conspirativos" relacionados con el secuestro de aeronaves, atentados en el interior de la isla o coludidos por "el imperio".

Otros casos que se han repetido en estos años fueron las muertes de los prisioneros que se declararon en huelga de hambre durante su encierro.
Las organizaciones defensoras de los derechos humanos han denunciado otras muertes de disidentes cubanos en "extrañas circunstancias".
Uno de los casos más recientes fue el del connotado líder opositor Oswaldo Payá, quien falleció en 2012 en un supuesto accidente vial del que algunos sospechan fue provocado.

• Los fusilados por la Revolución Cubana ya tienen rostro. Juan Abreu los está pintando uno por uno en un monumental réquiem pictórico

Los olvidados. Los asesinados. Los que desaparecieron. Los fusilados. Muertos y enterrados por el régimen de Fidel Castro. Hay muchas historias no contadas sobre Cuba. Y una de las más dramáticas es la de los presos fusilados por el gobierno de Castro, una sangrienta lista de nombres imposibles de cuantificar, aunque se habla de hasta 6.000 personas. Desde que la Revolución triunfara en 1959 ha hecho del paredón uno de sus escenarios de terror. Y los rostros de los que anduvieron, solos, hacia su muerte anunciada resucitan en una impactante serie de retratos. 1959 es el réquiem pictórico que el escritor y pintor Juan Abreu compone para las víctimas del castrismo, para recordar esas miles de vidas robadas.

Juan José Catalá

Exiliado de la isla en 1980 junto a su amigo el poeta Reinaldo Arenas, Juan Abreu lleva más de un año pintando las caras de los muertos a partir de viejas fotografías que le hacen llegar los familiares o de la escasa documentación recopilada por ex presos políticos como Luis González Infante, que pasó 16 años desnudo en una celda y al salir escribió el libro Rostros/Faces, o asociaciones como Archivo Cuba, una plataforma dirigida por María Werlau en Washington que denuncia los crímenes del castrismo. «La Historia se ha olvidado de los fusilados. Castro ha tratado deliberadamente de ocultarlo. Han matado a muchos cubanos y no hay nadie que hable de ello. Los pintores de Cuba han renunciado a plasmar esta realidad. Hay vídeos terroríficos de gente que llega al paredón ya muerta... Empecé a informarme sobre el tema, a ver las caras, y a imaginar la situación: la idea de que te van a matar, que te llevan a ti solo ante cinco o diez tipos que sabes que te van a disparar... Se ha convertido casi en una imagen obsesiva», reconoce Juan Abreu, que vive rodeado de ellos.

Nelson Figueras Blanco

Al abrir la puerta de su casa, 30 rostros de vivos colores clavan sus ojos directamente en el visitante. En la escalera, en el pasillo, en las paredes, en el salón... Están por todas partes. Son los cerca de 200 retratos que Abreu ha pintado en la titánica tarea de devolver la identidad a los fusilados (en el reverso del cuadro no sólo estampa su firma de pintor, sino el nombre completo del personaje). «Así, siempre quedarán. Cuando en 50 años ya nadie se acuerde de quién fue Fidel Castro, ellos permanecerán...», señala Abreu que, «de una forma un tanto romántica», concede con una sonrisa, cree en la «fuerza redentora del arte». 

 Edelio López Rodríguez

Fue en un avión. Juan Abreu volvía de Londres. Acababa de ver una exposición de la artista sudafricana Marlene Dumas, que había cubierto las paredes de la sala con dibujos y tintas de los muertos en el conflicto palestino. «Las suyas no eran obras políticas. La de Palestina es una tragedia, no importa el lado del que estés. De Cuba se han ocultado muchas cosas... Ésta es mi manera de poner un poco de belleza en esta etapa tan oscura y siniestra de nuestra historia», admite Abreu, que pronto se lanzó a pintar pequeñas tablas de 27 x 35 centímetros, un tamaño clásico, que por sí mismo remite a la tradición del retrato del Siglo de Oro.

José A. Palomino Coló

«El retrato es un género muy difícil y complicado. Lamentablemente, parece que la pintura moderna lo ha dejado de lado, se ha despreciado mucho por parte del arte conceptual... 1959 también es una aventura estética», apunta el artista, que con esta serie está escribiendo su Gran Novela pictórica. Una novela al óleo, dividida en diferentes capítulos estilísticos. Porque en esta inconmensurable obra, Abreu explora los límites del género, modernizándolo y actualizándolo. De entrada, se perciben dos tipologías claramente diferenciadas. Por un lado, los retratos de fondo blanco, de pinceladas rápidas y sintéticas, con un toque fluido casi de acuarela y un moderno aire de obra inacabada, que sugiere una profundidad psicológica, esencialista. Por otro lado, están los cuadros de texturas densas, matéricas, con empastes de pintura y fondos de colores saturados. «Hay muchos caminos por explorar en el retrato. Éste es un ejercicio de búsqueda estética, de investigación de mi propio oficio...», dice el pintor.

Benjamín Tardío Hernández

 En 1959 hay pinceladas a lo Matisse, otras que rozan el neoexpresionismo, retratos muy pop (con el pelo de un imposible rosa fucsia o azul neón, colores que resaltan la expresión)o gestos fauve. Si los fauvistas franceses se remitían a las fieras y a la naturaleza salvaje en su uso provocativo del color, a Abreu le invade cierta furia cuando habla de Cuba, de las injusticias, de los juicios a lo soviético con sentencias ya decretadas, de los campos de trabajo forzado, de la policía represora, de una dictadura que pone la patria y la ideología por encima de las personas... Y esa furia late en su pintura, en este gran retablo de la muerte que, sin embargo, resulta estética y conmovedoramente bello. Ante todo, 1959 es una obra sobre la vida, sobre esas vidas truncadas y arrebatadas con brutalidad. «No quería ser lóbrego ni hacer una serie triste y oscura. Eso sería otra victoria para el castrismo. De alguna manera, ellos tenían que vencer al final. Intento que sean cuadros muy vitalistas, con mucha energía», reivindica Abreu, que conoce prácticamente todas las historias que hay detrás de los chicos de los retratos. Porque la mayoría eran niños, chavales, universitarios de mirada limpia e idealista. Sorprende la ausencia de mujeres. «El de Cuba es un régimen profundamente machista. No está bien visto fusilar a las mujeres, aunque sí mueren encerradas en las cárceles», explica.

Antonio Chao Flores

Sobre la chimenea, Juan Abreu ha improvisado un pequeño altar cubano, con la máquina de escribir -una Canon Typestar- de su fiel amigo Reinaldo Arenas («a Rei le habría fascinado este proyecto, le habría encantado») y fotografías en las que aparece la mítica narradora y etnóloga Lydia Cabrera («nos ayudó mucho cuando llegamos a Miami») o el artista Carlos Alfonso («murió de Sida, como casi todos mis amigos»). Y sobre esas personalidades de la intelectualidad cubana cuelgan otra decena de fusilados. Los últimos fusilados por el régimen («que se sepa», puntualiza Abreu) datan de 2003. Un grupo de 11 jóvenes secuestró la lancha Baraguá para desviar su rumbo y huir a Estados Unidos pero a tan sólo 30 millas de la costa americana se acabó el combustible y la barca quedó a la deriva. Ningún pasajero sufrió daños.Y las autoridades cubanas los apresaron. Tras un juicio sumarísimo tres de ellos fueron condenados a pena de muerte (Enrique Copello, Bárbaro L. Sevilla y Jorge Luis Martínez fueron fusilados a los pocos días), cinco recibieron cadena perpetua y a las mujeres que los acompañaban les cayeron entre dos y cinco años de prisión. Su crimen: intentar llegar a Florida.

Antonio Chao, el héroe de 19 años que se arrastró al paredón. 

Ni siquiera había cumplido 20 años. La de Antonio Chao Flores es una de esas historias que hacen saltar lágrimas. Lágrimas por la barbarie humana. Lágrimas por la valentía de un niño de rostro angelical. El pequeño Tony, apodado 'El Americanito' por sus ojos verdes y pelo rubio, luchó primero contra el ejército del dictador Batista. Por su juventud y valor, la triunfante Revolución le tomó como imagen: su rostro apareció en la portada de la revista 'Bohemia', con el uniforme verde de guerrillero, el fusil en el hombro y los galones de teniente del Ejército Rebelde. Pero pronto vio el cariz tiránico que tomaba el movimiento de Fidel Castro y la traición a los los ideales que había defendido. 

A principios de 1961 se unió a otros combatientes en el movimiento clandestino anticastrista que se inició en las montañas de El Escambray. Perdió una pierna en las escaramuzas y acabó en la fatídica Fortaleza de La Cabaña, en La Habana, que dirigía el Che. Antes de fusilarlo, los carceleros le quitaron las muletas y le obligaron a arrastrarse hasta el paredón mientras le insultaban y se reían de él. Dicen que Tony permaneció sereno. Y que se irguió él solo, sin una de sus piernas, para mirar de frente a su verdugo. Tres tiros. Todas las crónicas cuentan que recibió tres disparos. 

FUSILADOS POR LOS CASTROS.

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