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lunes, 26 de octubre de 2026

LIBRO "¿QUÉ ES LA HISTORIA DEL CONOCIMIENTO?": Cómo la información dispersa se ha convertido en saber consolidado a lo largo de la historia por Peter Burke

    ¿QUÉ ES LA HISTORIA 
DEL CONOCIMIENTO?

Cómo la información dispersa se ha convertido 
en saber consolidado a lo largo de la historia


En 1545, el naturalista suizo Conrad Gessner publicó la Bibliotheca universalis, la primera gran bibliografía universal desde la invención de la imprenta. Y ya entonces se quejaba de la "nociva y confusa abundancia de libros". La sobrecarga de información no la inventó internet.
En "¿Qué es la historia del conocimiento?", Peter Burke, profesor emérito de Cambridge y referente de este campo, explica cómo la información dispersa se convierte en saber.
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¿Qué es la historia del conocimiento? ¿Un relato capaz de explicar el éxito o la utilidad de teorías y descubrimientos en las disciplinas académicas? Peter Burke, el máximo referente de este campo de estudios, aclara que es algo más variado, complejo e interesante, que interpela a los lectores de hoy al darnos herramientas y perspectiva para entender cómo se llegó a la revolución digital y la sobrecarga de información que conlleva.
¿Qué hacer frente a la acumulación de datos "crudos"? ¿Cómo seleccionarlos, clasificarlos y decidir sobre su validez? ¿Cuándo se convierten en conocimiento sistematizado en la "cocina" de las ciencias? Sostenido en su formidable erudición y en medio siglo de investigaciones y docencia, Burke describe las operaciones necesarias para organizar masas de información. A la vez, explica con gran claridad términos fundamentales y propone una guía para pensar a partir de ellos.

De la Biblioteca de Alejandría al trabajo en línea de nuestros días, traza un mapa de problemas que funcionan como temas de indagación en Oriente y Occidente. Mientras pone la lupa sobre las instituciones (Iglesia, Estado, Universidad) que determinan qué se considera ciencia en un momento dado, contempla los saberes prácticos y las dificultades para encontrar fuentes y registros de ese corpus rico que circula fuera de la academia. Así, cuestiona concepciones simplistas de la división del trabajo intelectual entre centro y periferia, sin dejar de interrogarse por la utilidad de los conocimientos, los modelos de intelectual y el modo en que se difunden o popularizan los desarrollos especializados.

Primer trabajo de carácter introductorio sobre el tema, este libro traza los hitos de una historia larga y analiza las tendencias más dinámicas de la "sociedad del conocimiento".

LOS CONOCIMIENTOS Y SUS HISTORIAS

Si la historia del conocimiento no existiera ya, habría que inventarla, en especial para poner la reciente “revolución digital” en perspectiva, vale decir, la perspectiva de los cambios que se han producido a lo largo del tiempo. Los sistemas de conocimiento de la humanidad sufrieron cambios fundamentales en ciertos momentos del pasado. En primer término, debido a las nuevas tecnologías, como la invención de la escritura en la Mesopotamia, en China y en otros lugares; la invención de la imprenta, en especial la xilografía en Asia del Este y la impresión con tipos móviles en Occidente; y ahora, ya en el período del que tenemos memoria, la aparición de las computadoras (sobre todo las personales), así como de internet Estos cambios tienen consecuencias impredecibles, para mejor y para peor. 

Como estamos a punto de comprobar en el caso de internet, los nuevos medios de comunicación ofrecen tanto amenazas como promesas. Una manera de orientamos en un momento en que nuestros sistemas de conocimiento están en plena reconstrucción, gracias a la globalización y a las nuevas tecnologías, es recurrir a la historia. Por fortuna, la historia del conocimiento sí existe, y el número de aportes que se hacen a esta disciplina crece a gran velocidad. A principios de los años noventa, cuando comencé a trabajar en mi libro Social History of Knowledge [Historia social del conocimiento],* creía que estaba más o menos solo en este campo. Sin embargo, en el mundo académico actual -en que la “república internacional del saber”, que en algún momen­to estuvo conformada por apenas unos miles de ciudadanos, abarca millones-, es casi seguro que si se nos ocurre un tema auspicioso de investigación o un enfoque en apariencia novedoso, no tardaremos en descubrir que en otros lugares otras personas y otros grupos ya han tenido la misma idea, o una parecida. 

En cualquiera de los casos, pronto se volvió evidente que el estudio de la historia del conocimiento formaba parte de una tendencia. Es verdad que hasta épocas muy recientes se consideraba que la historia del conocimiento -a diferencia de la sociología del conocimiento, a la que me referiré más adelante- era un tema exótico o incluso excéntrico. 
“La historia del conocimiento no existe”, declaraba el teórico de la administración y futurólogo Peter Drucker en 1993; según su predicción, se convertiría en un área importante de estudio “en las próximas décadas”. Esta vez, su predicción quedó un poco rezagada, pues el interés en la historia del conocimiento ya empezaba a surgir en aquel momento, e incluía libros con títulos tales como Knowledge is Power [El conocimiento es poder] (1989), Fields of Knowledge [Los campos del conocimiento] (1992) o Colonialism and Its Forms of Knowledge [El colonialismo y sus formas de conocimiento] (1996).

A partir de la década de 1990, la historia del conocimiento dejó atrás la periferia del interés histórico para situarse en el centro, especialmente en Alemania, Francia y el mundo angloparlante. En las últimas décadas aparecieron cada vez más libros sobre el tema -como lo muestra la línea de tiempo al final de este libro-, incluidos estudios como The Organisation of Knowledge in Victorian Britain [La organización del conocimiento en la Gran Bretaña victoriana] (2005).3 El estudio colectivo más impresionante realizado hasta el momento es el que Christian Jacob ha editado en dos grandes volúmenes (con la promesa de dos más en breve), titulado Lieux de savoir [Los lugares del conocimiento], en analogía con la ahora célebre obra de Pierre Nora Les lieux de mémoire [Los lugares de la memoria]. A diferencia de los volúmenes de Nora, que se limitan a Francia, los de Jacob se refieren a una historia global que abarca aproximadamente los últimos dos mil quinientos años.

Si bien originariamente el tema era producto de una serie de iniciativas independientes, en la actualidad se está insertando en el ámbito institucional. Entre los grupos académicos dedicados al estudio de la historia del conocimiento, hay uno en la Universidad de Múnich y otro en Oxford, ambos abocados a los comienzos de la Edad Moderna. Se han creado cátedras, como la de la Universidad de Erfurt (2008), llamada “Culturas del Conocimiento a Comienzos de la Europa Moderna”. Se han fundado centros, como el Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia en Berlín (1994) y el Centro de Historia del Conocimiento en Zúrich (2005). Se dictan cursos sobre el tema, incluido uno en la Universidad de Mánchester titulado “De Gutenberg a Google: Una historia de la administración del conocimiento desde la Edad Media hasta la actualidad”. Hay proyectos colectivos en marcha o ya concluidos; entre ellos, el referido a la historia de “El conocimiento útil y confiable”, financiado por el Consejo Europeo de Investigaciones. 

Cada vez son más frecuentes los congresos que encaran diferentes aspectos de este amplio tema. La historia del conocimiento se está convirtiendo en una suerte de semidisciplina que cuenta con sus propias sociedades, publicaciones y demás. Como el conocimiento mismo, su historia ha explotado, en el doble sentido de la rápida expansión y la fragmentación.

LA HISTORIOGRAFÍA

Si bien el surgimiento de una historia organizada del conocimiento es un fenómeno relativamente reciente, cabe recordar que en siglos anteriores algunos académicos ya soñaban con la historia del conocimiento e incluso intentaron escribir una. En su libro The Advancement of Learning [El avance del saber] (1605), y en su versión latina posterior, más extensa, De augmentis sáentiarum, el filósofo, abogado y político Francis Bacon expuso un plan para la reforma del conocimiento, un antecedente de lo que hoy en día denominamos “política científica”, y sostuvo que esa reforma estaría acompañada por una historia de las diferentes ramas del saber en la que se examinaría qué se estudiaba, cuándo y dónde (en qué “sedes y lugares de erudición”); cómo viajaba el conocimiento, “pues las ciencias, al igual que las personas, se desplazan”; y cuáles han sido sus florecimientos y sus decadencias, o qué se perdió; e incluso lo que Bacon llamaba las “diversas administraciones y gestiones del saber”, no sólo en Europa, sino “en todo el mundo”. 

Trescientos cincuenta años antes de Drucker, Bacon lamentaba que aún no se hubiera escrito una historia del conocimiento de esas características. En él se inspiró el joven canónigo Thomas Sprat para escribir la “historia” (o, más exactamente, la descripción) de la entonces reciente Royal Society, que se publicó en 1667, aunque quienes pusieron en práctica por primera vez el plan de Bacon fueron unos investigadores alemanes del siglo XVIII, que escribieron lo que llamaron una historia literaria (en el sentido de una historia del saber más que una historia de la literatura), algunas décadas antes del surgimiento de una tímida historia cultural, producida, una vez más, por investigadores alemanes.8 En Francia, el marqués de Condorcet, una figura prominente del Iluminismo, en su Esquisse d’un tahleau historique des progrés de l ’esprit humain [Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano] (1793-1794), destacó el grado de crecimiento que había experimentado el conocimiento. 

En el siglo XIX, hubo un movimiento que se propuso historizar el conocimiento, es decir, enfatizar su desarrollo o evolución, lo que suele denominarse “progreso”. Para entonces, no sólo el mundo de la naturaleza, sino también el mundo humano eran considerados pasibles de cambios sistemáticos. Este fue el mensaje común tanto de Elements of Geology [Elementos de Geología] (1838) de Charles Lyell, que distinguía diferentes períodos de la historia de la Tierra, como de On the Origin of Species [El origen de las especies] de Charles Darwin (1858), que se organizaba en torno a la idea de la evolución mediante la selección natural. Karl Marx afirmó que lo que las personas saben y piensan es resultado de su posición en la sociedad, de su clase social, mientras que el filósofo y sociólogo Auguste Comte se interesó en la historia así como en la clasificación de las diferentes disciplinas y procuró (aunque sin éxito) persuadir al ministro francés de Educación de que creara una cátedra de Historia de la Ciencia. 

A principios del siglo XX, en algunas universidades, en especial estadounidenses, se introdujo la historia de la ciencia que Comte había propugnado. Académicos de habla alemana establecieron lo que llamaron una “sociología del conocimiento” [Wissensoziologie], que se ocupaba de determinar quién sabe qué, además de los usos de los diferentes tipos de conocimientos en diferentes sociedades, tanto en el pasado como en el presente. La historia de las ciencias naturales se ha tomado como modelo para otras historias: la historia de las ciencias sociales o “humanas”, la historia de las humanidades y por último la historia del conocimiento en general. 

En alemán, es posible hablar del paso de la Wissenschaftsgeschichte, más académica, a la más general Wissensgeschichte. En inglés [y en castellano], podríamos hablar del paso de la historia de las ciencias a la historia del conocimiento. Este movimiento es bastante reciente. ¿A qué se deberá? Los cambios en el presente muchas veces han llevado a los historiadores a mirar el pasado de manera novedosa. Por ejemplo, lo que impulsa el estudio de la historia del ambiente son los debates acerca del futuro del planeta. De manera similar, los debates actuales sobre nuestra “sociedad del conocimiento” o “sociedad de la información” han propiciado un enfoque histórico del tema. 

Los historiadores han hecho un aporte relativamente pequeño a la discusión general, menor que el que podrían o deberían haber hecho, en cuanto una de sus funciones sociales es, sin duda, ayudar a sus conciudadanos a percibir los problemas del presente desde una perspectiva de largo plazo y evitar así la estrechez de miras. La estrechez mental en términos espaciales es bien conocida: una división tajante entre Nosotros, los integrantes de nuestra comunidad, y Ellos, los demás. Pero también hay una estrechez en términos temporales, un contraste simple entre “nuestra” época y todo un pasado indiferenciado. 

Era necesario que procuremos evitar dicha visión limitada y consideremos la revolución digital que estamos experimentando hoy como la última de una serie de revoluciones del conocimiento. Unos pocos historiadores han respondido a este desafío, el de historizar la sociedad del conocimiento. Un investigador, por ejemplo, ha escrito sobre lo que llama los “comienzos de la sociedad de la información” en la París del siglo XVIII, mientras que otros dos han afirmado que “los estadounidenses se han estado preparando para la era de la información durante más de trescientos años”.

Volveremos al problema de la continuidad y la revolución en el capítulo 4. Por ahora es suficiente con señalar que la historia del conocimiento se ha desarrollado a partir de otros tipos de historia, en especial de dos. 
La primera es la historia del libro, que en las últimas décadas pasó deformar parte de una historia económica del comercio de libros a constituirse en Una historia social de la lectura v una historia- cultural de la difusión de información. 
La segunda es la historia de la ciencia, que postula la existencia de tres desafíos que impulsaron el desplazamiento hacia una historia del conocimiento más amplia. 
Uno de esos desafíos deriva de la admisión de que la “ciencia” en el sentido moderno es un concepto del siglo XIX, de modo que utilizar ese término para referirse a actividades relacionadas con la búsqueda de conocimiento en períodos anteriores alienta lo que los historiadores más detestan, el anacronismo. El segundo desafío es consecuencia del interés académico en la cultura popular, incluidos los conocimientos prácticos de los artesanos y curanderos. 
El tercer y más decisivo desafío tiene su origen en el surgimiento de la historia global y en la consiguiente necesidad de evaluar los logros intelectuales de las culturas no occidentales. 
Estos logros pueden no cuadrar con el modelo de la “ciencia” occidental, pero no dejan de ser aportes al conocimiento.

¿QUÉ ES EL CONOCIMIENTO? 

Para resumir lo expuesto hasta aquí, en las últimas décadas hemos asistido a lo que, tanto dentro como fuera del ámbito académico, podría describirse como un giro epistemológico. Este giro colectivo, al igual que otros producidos en las huma­nidades y en las ciencias sociales (el giro lingüístico, el giro visual, el giro pragmático y otros), plantea una serie de preguntas incómodas. La más obvia es: ¿qué es el conocimiento? Una pregunta filosófica, pero que los historiadores del conocimiento no pueden abandonar sin más a manos de los filósofos, quienes en cualquier caso no logran ponerse de acuerdo. 

Un filósofo, por ejemplo, considera que el conocimiento es cualquier estado en un organismo que tenga relación con el mundo. Antes de intentar una respuesta a esta pregunta, vale la pena tener en cuenta que algunos historiadores, en especial en los Estados Unidos, prefieren hablar de “información”, según puede apreciarse en los títulos de libros como A Nation Transformed by Information [Una nación transformada por la información] o When Information Carne of Age [Cuando la información alcanzó la mayoría de edad]. Así también, dos sesiones de la conferencia anual de la Asociación Estadounidense de Historia de 2012 se denominaron “Cómo escribir una historia de la información” e “Información secreta de Estado”. 

La elección del término “información” en lugar de “conocimiento” da cuenta de la cultura empirista de los Estados Unidos, que contrasta en particular con el interés de los alemanes por la teoría y la Wissenschaft, término que suele traducirse como “ciencia” pero que, en líneas más generales, se refiere a diferentes formas del conocimiento organizado de modo sistemático. En mi opinión, los dos términos son útiles, sobre todo si hacemos una distinción entre ambos. A veces se afirma que “nos es: tamos ahogando en información”, pero “nos falta conocimiento”. En su poema “EÍ primer coro de la roca”, fragmento de una obra teatral, T. S. Eliot ya se hacía estas preguntas: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?” y “¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”. 

Si se toma prestada una conocida metáfora de Claude Lévi-Strauss, puede ser útil pensar la información como lo crudo y el conocimiento como lo cocido, aunque, desde luego, que la información esté cruda es algo relativo, ya que de ningún modo los llamados “datos” están “dados” de forma objetiva, sino que son percibidos y procesados por mentes humanas repletas de supuestos y prejuicios. Sin embargo, como se verá en el capítulo 5, se procesa una y otra vez esta información, es decir, se la clasifica, critica, verifica, mide, compara y sistematiza. En lo sucesivo, diferenciaremos conocimiento e información siempre que sea necesario, aunque en algunos casos -sobre todo, en los títulos de los capítulos y apartados- usaremos el término “conocimiento” para referimos a ambos. Algunos investigadores han centrado su atención en la historia de las creencias (o, como se diría en francés, histoire des croyances), especialmente en la creencia religiosa. Los creyentes, por su parte, consideran que sus creencias son conocimiento. 

En cuanto a los historiadores, tienen presente la necesidad de ampliar el concepto de conocimiento para incluir todo aquello que los individuos y grupos que son objeto de su estudio consideran tal. Por eso, aquí no indagamos por separado las creencias.

* La traducción del término inglés knowledge al castellano es tanto “conocimiento” como “saber”. Se utilizarán las dos versiones alternativamente, según resulte más adecuado al contexto. [N. de T.]

PERSPECTIVAS

Si ahora nos volvemos hacia el “futuro previsible” -o más bien el futuro cercano, previsible o no-, creo que veremos un creciente énfasis en el lugar del conocimiento en otros tipos de historia. Podemos apreciar un movimiento en esta dirección en historiadores económicos como David Landes, quien en su historia académica del surgimiento de Occidente explicó este surgimiento básicamente como resultado de “los beneficios de aplicar el conocimiento y la ciencia a la tecnología”. Una y otra vez en su narrativa, Landes hizo énfasis en lo que denominó “la acumulación del conocimiento y el saber hacer” y la importancia de aprender de los competidores, como hicieron los japoneses del siglo XIX, no así los franceses.

Nuevamente, en el caso de la historia militar, Peter Paret ha indagado lo que denomina el “desafío cognitivo” de la guerra, y señala cómo Cari von Clausewitz desarrolló su teoría de la guerra en respuesta a la derrota de Prusia por parte de Napoleón en 1806. Por otro lado, hasta ahora los historiadores del pensamiento político han dicho relativamente poco sobre el conocimiento político que respaldaba tanto las generalizaciones como las recomendaciones de los escritores que estudian, aún cuando algunos pensadores políticos, como Aristóteles o Juan Bodino, se encargaron de reunir grandes cantidades de información sobre una variedad de regímenes políticos, en tanto que otros, como Nicolás Maquiavelo, se basaron sobre la experiencia de una vida entera en la política. Dentro de la historia de los conocimientos mismos, creo que tres abordajes se volverán cada vez más importantes en las próximas décadas: un enfoque global, un enfoque social y un interés por el muy largo plazo.

En primer lugar, como en el caso de la historia en general, ya podemos observar un giro global que va más allá de los estudios de determinadas partes del mundo, como la India o China, y se organiza no en torno a la difusión del conocimiento occidental o incluso del colonialismo, muy estudiados en fecha cercana, sino en tomo a los encuentros, las colisiones, las traducciones y las hibridaciones. Algunos estudios recientes se han concentrado en el “conocimiento en acción”, a menudo a lo largo de grandes distancias. 
Como ha sucedido muchas veces en la historia del conocimiento, los historiadores de las ciencias naturales tomaron la iniciativa, aunque los investigadores que trabajan en el ámbito de la historia y la escritura del pensamiento histórico se han movido en la misma dirección. Las comparaciones entre culturas distantes entre sí, como la Grecia antigua y la China antigua, hacen su aporte a esta tendencia. 

En segundo lugar, podemos apreciar un giro social, incluida una historia del conocimiento “desde abajo” que, por ejemplo, versa sobre el empleo de información no sólo por parte de los gobiernos, sino también de los gobernados, ya sea para votar de determinada manera, para organizar las protestas o aun para hacer revoluciones. 

Otro aspecto del enfoque social que, una vez más, es una prolongación de una tendencia incipiente, es el creciente interés por los saberes cotidianos, incluidos los conocimientos tácitos, corporales, mencionados en el capítulo 2, no sólo en el terreno de los oficios, como la metalurgia, sino también en otros tan diversos como la diplomacia, el comercio, la labor de los conocedores, la administración y el deporte. 

En el último caso, estudios ejemplares sobre el boxeo y la capoeira, escritos por antropólogos cuyo trabajo de campo incluyó el entrenamiento en estas artes, merecen inspirar a los historiadores. La tarea del instructor, que consiste en volver explícito el conocimiento tácito, podría constituir un tema iluminador para la investigación futura. 

En tercer lugar, es probable que en un futuro cercano se acentúe el énfasis en el aprendizaje colectivo por parte de la humanidad en el largo plazo, como un intento de responder la gran pregunta formulada por uno de los protagonistas de la Gran Historia, “¿Cómo es posible que reunir y compartir conocimientos genere en el largo plazo cambios que distinguen la historia de los hombres de la de especies muy cercanas?”. 

El desafío es completar el esquema que propone David Christian, quien, por ejemplo, ha señalado que el aumento de la población de los asentamientos, y por lo tanto el desarrollo de la agricultura, “tuvo el efecto de fomentar el intercambio de ideas”. La respuesta a este desafío podría describirse como “historia cognitiva”. Tal vez parezca que la historia cognitiva es otro nombre para la historia de las mentalidades colectivas, pero se refiere a un período tanto más prolongado que la longue durée de la escuela francesa de los Anuales, dado que abarca milenios, en lugar de siglos. 

Para ir más lejos en esta dirección, los historiadores necesitarán la ayuda de los arqueólogos; en otras palabras, una “arqueología del saber” en un sentido literal más que foucaultiano. Los arqueólogos se han interesado desde hace mucho tiempo por la reconstrucción del conocimiento en tiempos “prehistóricos”, es decir, antes de la invención de los sistemas de escritura, utilizando la evidencia de los vestigios materiales. Centran su atención en los puntos de inflexión en que los hombres comenzaron a utilizar el lenguaje, a hacer pinturas y tallas o a enterrar a sus muertos en tumbas ornamentadas. En sus intentos de reconstruir los mundos del conocimiento y las formas de pensamiento de la prehistoria, los arqueólogos comenzaron por una suerte de sustracción intelectual, el “drenaje” de los conocimientos posteriores. 

Como señalamos en el capítulo 1, recientemente los arqueólogos se han volcado a la antropología, dado que muchos antropólogos han estudiado sociedades a pequeña escala con tecnologías sencillas, mientras que algunos de ellos se han acercado a la ciencia cognitiva, buscando allí una herramienta que los ayude a estudiar lo que llaman “conocimiento encamado”. De manera similar, los arqueólogos han recurrido a los hallazgos de la ciencia cognitiva en busca de la “mentalidad antigua”, para lo cual han aplicado una “arqueología cognitiva” como la que promueven Colin Renfrew y otros. 

Los estudios de períodos posteriores son menos, aunque recientemente se ha hecho un intento de tomar los estudios cognitivos como base para una historia del recuerdo en la Inglaterra de la Edad Moderna, centrada en la religión y la educación. Resulta más difícil responder si los futuros historiadores del conocimiento se basarán sobre la ciencia cognitiva o neurociencia. Para quienes practican la Historia “Grande” o “Profunda”, ocupados por lo que sucedió hace cien mil años o más, la idea de “evolución cognitiva” tiene un sentido obvio. 

La “evolución” en el sentido darwiniano del término -esto es, la expansión del cerebro y el incremento de las habilidades cognitivas por obra de la selección natural- es un hilo conductor en la larga y compleja historia que va desde los simios hasta el Homo habilis (que ya usaba herramientas hace dos millones setecientos mil años), el Homo erectus (que caminaba con el cuerpo erguido) y por último el Homo sapiens. Más problemática es la relevancia de los estudios cognitivos para el estudio de la historia de aproximadamente los últimos cinco mil años, en que la mayoría de los historiadores centran su atención. Sin embargo, aun en estas coordenadas es posible un intercambio intelectual fructífero. 

En el caso de la historia del conocimiento, la reciente convergencia entre las conclusiones de los psicólogos cognitivos y los historiadores orales que estudian la memoria no tiene valor alguno. Luego de que el transbordador espacial Challenger explotara en 1986, por ejemplo, un psicólogo realizó un experimento en que preguntó dos veces al mismo grupo de personas lo que cada una recordaba sobre el incidente (en la primera ocasión, el día posterior al accidente; y una segunda vez tres días más tarde). Buscó discrepancias entre los dos relatos para dejar de manifiesto la poca fiabilidad de la memoria. 

Los historiadores orales también entrevistaron a los mismos testigos más de una vez y comprobaron en qué medida sus recuerdos cambiaban con el tiempo. Cada grupo de investigadores podría aprender algo de los demás. Los psicólogos pueden explicar mejor por qué nuestros recuerdos cambian con el tiempo, mientras que los historiadores pueden explicar mejor cómo cambian, al enfatizar lo que podría denominarse “mitologización” de los recuerdos, es decir, la contaminación de los recuerdos de experiencias personales con las historias que circulan en una cultura dada. Por ejemplo, los recuerdos de los soldados australianos que combatieron en la Primera Guerra Mundial estuvieron influidos por sus recuerdos de películas o series de televisión que mostraban los mismos acontecimientos. 

A los historiadores les gusta señalar que, si hay algo cierto acerca del futuro, es que diferirá de todas las predicciones que se hayan hecho sobre él. Aun así, cualesquiera sean las nuevas tendencias en la historia del conocimiento durante las próximas décadas, es probable que no deje de aumentar el interés en el tema por parte de los miembros de nuestra “sociedad del conocimiento”.

¿Que Es La Historia Del Conocimiento? - Peter Burke by Javier Martinez


lunes, 12 de octubre de 2026

LIBRO Y DOCUMENTAL "CRISTÓBAL COLÓN, JUDEOCONVERSO ESPAÑOL Y VALENCIANO por JUAN GARCÍA SENTANDREU y "ADN. SU VERDADERO ORÍGEN"

 CRISTÓBAL COLÓN

Judeoconverso español y valenciano

Juan García Sentandreu


Introducción

La emisión del documental "Colón ADN, su verdadero origen" en Televisión Española el 12 de octubre de 2024 en el que se dan los resultados de las investigaciones genéticas sobre el adn de Cristóbal Cristóbal y de Hernando Colón, su hijo, ha levantado ampollas en el mundo de la historiografía. Los historiadores repiten desde entonces que el documental no ha contado con el asesoramiento de los historiadores. De las 25.000 biografías existentes de Cristóbal Colón hay más de 200 tesis de historiadores que sostienen diferentes orígenes de Colón. Génova es el origen mayoritario pero ni mucho menos el que defienden todos los historiadores. Pero la irrupción en el análisis de la historia de otras ciencias como son la lingüística, la paleografía, la sociología, incluso la jurídica, y, sobre todo, la genética poblacional, se ha abierto el melón de la hasta hoy paternidad y exclusividad del análisis de la historia por los historiadores. Sin duda, la medicina nos aporta el dato empírico más preciso y exacto para determinar el origen de las personas, incluso el origen local, por cuanto el cromosoma "Y" nos precisa, inmutable y a lo largo de siglos, el arraigo territorial de las personas. Los bancos de datos haplotípi­cos de la genética son ya tan copiosos que con el simple contraste podemos determinar el origen poblacional de las personas. Y esto, aun cuando resulte incomprensible o increíble para muchos, es lo que va a dar la victoria a la medicina genética frente a la historiografía. Los estudios genéticos de Lorente (2003-2024) y Calafell (2012), unidos a los estudios de paleógrafos y lingüistas, van a hacer que muchos historiadores, investigadores y divulga­ dores tengamos que rectificar nuestros libros. Hemos de ser suficientemente humildes como para aceptar que la falta de acuerdo dentro del mundo de la historia va a resolverse, o se ha resuelto ya, con la llegada de la genética, espe­cialmente, además de la paleografía y de la lingüística y otras ciencias.

Es verdad que la localización del origen de Colón en Valencia ha despertado el interés del nacionalismo que intenta atraer el protagonismo del conquistador de América a sus reivindicaciones políticas. Pero esto será un dato anecdótico en el tiempo, no sólo por su carácter residual sino, también, por su obviedad ahistórica.

Si Colón era valenciano, ciudadano del reino de Valencia y de la Corona de Aragón, significa que era español. Y que el origen del proyecto colombino fue, desde su origen, netamente español y en él se afanaron tanto el monarca aragonés como la reina de Castilla, con la rúbrica legal de la Bula del Papa valenciano, Alejandro Sexto. Y si Colón tenía antecedentes judeoconversos es algo que apoya, precisamente, la tesis del Colón valenciano y cristiano nuevo.


La investigación que analizo sostiene que su origen estaría en Valencia y aporta argumentos genéticos, lingüísticos y paleográficos para defenderlo.
Pero el 12 de octubre es mucho más que el origen de Colón.
1492 fue una empresa impulsada por Isabel la Católica y el comienzo de un encuentro entre dos mundos que habían permanecido separados durante milenios.
Ese día cambió la historia para siempre.


Cristóbal Colon fue judío y, 
español, de Valencia.


Se reescribe la historia, adiós a la teoría de que Cristóbal Colón era genovés.
Ocho tesis son desmontadas, una a una... hasta que se encuentra la coincidencia genética.

500 años se ha tardado en descifrar la cuna de Cristóbal Colón. Y por fin sabemos de dónde viene el hombre que descubrió América. Colón ADN, su verdadero origen es el documental de RTVE que ha reescrito la historia. El largometraje muestra los 22 años de investigación liderada por el forense y catedrático de la Universidad de Granada, José Antonio Lorente. Después de examinar cientos de huesos y de documentos, se puede afirmar que Cristóbal Colón era judío.

¿Cómo se ha sabido que Cristóbal Colón fue judío?

La primera parte del estudio estuvo destinada a encontrar los restos mortales de Colón. ¿Estaban en Sevilla o en República Dominicana? La ciencia ha confirmado que la sepultura de la catedral hispalense, efectivamente ,contiene los restos del almirante. El análisis de los huesos de su hijo Hernando Colón, bien conservados en el mismo templo, ha sido determinante en todo el estudio. 
Primero porque se pudo comprobar el parentesco padre-hijo y se resolvía una polémica que duraba ya 150 años entre España y el país caribeño.
Segundo, porque el ADN de Hernando ha resuelto el misterio: "Tanto en el cromosoma, 'Y' como en el mitocondrial de Hernando, hay rasgos compatibles con origen judío".

El ADN demostraría que Colón no era genovés

Teniendo en cuenta que los genes acotan el origen al oeste del Mediterráneo, Regis Francisco, director del documental, tira de historia para justificar la hipótesis: "El origen de los judíos sefardíes es Sefarad. Y Sefarad es el nombre en hebreo que designa a la península Ibérica en lo que hoy es España. Vivían alrededor de 200.000 judíos en la época de Colón. En la península itálica, se estima que vivían tan solo entre diez y quince mil. Donde sí había una población judía mucho mayor era en Sicilia, donde vivían alrededor de 40.000. Pero recordemos que Sicilia, en la época de Colón, pertenecía a la Corona de Aragón."

El investigador catalán está convencido que los resultados de ADN descartan ya por completo la historia de que Colón era italiano, de Génova: "Todos los historiadores importantísimos de Italia, todos, han escrito negro sobre blanco que es imposible que este, nuestro Colombo, fuese judío. O sea, hay una incompatibilidad total. Toda la teoría de Colón genovés entra en crisis si se acepta que Colón es judío." ¿Y por qué? Según explica Albardaner Génova había expulsado a los judíos en el siglo XII, "no había ni personas, ni comunidad, ni sinagoga, ni nada de nada. Los judíos sólo podían ir a permanecer en Génova tres días para hacer negocios y luego se tenían que marchar".
Además, como señalan incluso los defensores de otras teorías españolas, todas las cartas que se conservan de Colón, y son muchas, están escritas en castellano y nunca se aprecia ni una sola influencia o palabra italiana. Es más, se escribía con el banco de Génova en castellano.

Colón escondía su origen y mintió, el ADN lo demuestra

No es el único enigma que trata el largometraje. El ADN ha demostrado que Colón mintió. Diego, su hermano, no era tal. Según los cromosomas eran parientes, pero de quinto de grado, algo así como un primo segundo.
Lo que está claro y comparten todos los estudiosos es que Colón jamás hizo constar nada de su pasado. Según Bartolomé de las Casas, quien mejor estudió su figura por ser cronista de la época, Colón nunca hizo referencia a su procedencia.

A Colón lo tenemos por buen cristiano, según los libros de Historia, pero Albardaner, apoyado por la genética ve respaldada su teoría: "¿Por qué Cristóbal Colón tuvo que ocultar su identidad? Pues por un motivo mucho más fuerte que el hecho de que fuera de clase humilde. Los judíos estaban viviendo la persecución más grande desde que se habían asentado en la Península Ibérica. Muchos se vieron obligados a convertirse al catolicismo. Otros se vieron obligados a emigrar a ciudades como Lisboa, que fue precisamente donde vivió durante varios años Cristóbal Colón. Y en el año 1492 se da un ultimátum. Todos los judíos que no se conviertan al cristianismo deben abandonar los dominios de los Reyes Católicos."
El investigador se aventura aún más: "Cristóbal Colón, toda su vida, tuvo que aparentar que era cristiano, católico, apostólico y romano. Si hubiese cometido un error, este hombre hubiese acabado en la pira, en un auto de fe, pero estaba protegido por los reyes. Entonces la Inquisición lo respetaba".

Los judíos apoyaron a Colón es su viaje hacia Las Indias

El siguiente enigma que queda por esclarecer es cómo Colón consiguió llegar hasta Juan II de Portugal o hasta los Reyes Católicos para plantearles una aventura carísima y arriesgada. "La respuesta es clara - asegura el catalán - porque hubo muchos judíos y judíos conversos que le ayudaron, entre ellos el duque de Medinaceli, con el que convivió varios años. Y por supuesto, Luis de Santángel, que era algo así como el ministro de Finanzas del rey Fernando el Católico, y que financió personalmente la expedición a América, dando un grandísimo aval a Cristóbal Colón." También lo apoyó Andrés Cabrera, consejero muy afín y encargado de las cuentas de Isabel La Católica. "Eran todos de un grupo que se protegían".

Descartadas todas las teorías, gallegas, portuguesas, mallorquina, vasco-navarra y castellana, José Antonio Lorente se atreve a elegir la teoría judía mediterránea: "El ADN indica que Cristóbal Colón tuvo un origen mediterráneo en el Mediterráneo occidental. Claro, ¿qué ocurre?. Que si en Génova no había judíos en el siglo XV, las probabilidades de que sea de ahí son mínimas. Tampoco había una gran presencia judía en el resto de la península itálica, con lo cual lo dejaríamos muy tenue. No existen teorías sólidas ni indicios claros de que Cristóbal Colón pudiera ser francés. ¿Qué nos quedaría?, el arco mediterráneo español. Las Islas Baleares y Sicilia. Pero Sicilia también sería extraño, porque si no Cristóbal Colón habría escrito con algunos rasgos italianos o del idioma siciliano, con lo cual lo más probable es que su origen esté en el arco mediterráneo español o en las Islas Baleares, que en aquella época pertenecían a la Corona de Aragón".

 
Colón ADN. Su verdadero origen

 
Colón era español, estudio genético lo confirma. Juan García Sentandreu

martes, 9 de junio de 2026

LIBRO "VIEJOS Y NUEVOS MUNDOS": 🌍🌎 AMÉRICA Y SU DUALIDAD por MARIANO PICÓN SALAS

 

El escritor merideño Mariano Picón Salas, analizó el devenir del continente americano y la dualidad identitaria que ha llenado las páginas de nuestra historia. Entendió como pocos, que el estudio del pasado es vital para avanzar como sociedad, viendo más allá de las acostumbradas tergiversaciones ideológicas de indigenistas e hispanistas radicales, cuya dicotomía genera un debate estéril que en nada contribuye a la construcción de una identidad firme y coherente.

Mariano Picón Salas: 
Historia útil para tiempos de coyuntura


MARIANO PICÓN SALES, fundador de la Revista Nacional de Cultura y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela, Mariano Picón Salas es uno de esos escritores nacionales que todo venezolano y latinoamericano debería leer.


Guillermo Sucre, en el prólogo a una edición recopilatoria de Biblioteca Ayacucho (esa joya del pensamiento latinoamericano que fue posible gracias a la iniciativa de Carlos Andrés Pérez), titulada "Viejos y Nuevos Mundos", ya señalaba algunas de las implicaciones en la manera de escribir e historiar de Picón Salas. Con respecto a su decisión de suprimir los textos publicados antes de 1938 en una edición de sus Obras selectas en 1958, justificada en la observación de un abuso del “yo” en estos, Sucre desarrolla la opinión de que lo que le ocurre escritural y vitalmente a Picón Salas es un alejamiento de ese “yoísmo” inicial para dar paso a la persona. No se trata solamente, aclara, de un recurso estilístico (el uso del “nosotros” en lugar de “yo”), sino del nacimiento de un “sujeto imaginario” que para Sucre se encuentra en las “creaciones auténticas”, “en las que se borran los límites entre realidad e invención”. El viaje de la vida se torna también la aventura del descubrimiento y desciframiento de América. Su obra es la vida en su Mérida natal, la remota Caracas de comienzos de siglo XX, su exilio en Chile y Chile mismo, Perú, Brasil, Estados Unidos, México, Checoslovaquia, países desde los que observaba o participaba en el devenir político de su patria mientras los descubre y se descubre en ellos. En esa aventura de doble descubrimiento, el de los rostros que pululan por las ciudades y el de sí mismo como latinoamericano, y más aún como venezolano merideño, hay una correspondencia directa con su acercamiento a la Historia.

Para Salas, había que “ver, más allá de la Historia externa y de las fórmulas frecuentemente convencionales y mentirosas, lo que Don Miguel de Unamuno llamaba la intrahistoria, el oculto y replegado meollo de los hechos”, lo cual es, según él, “la tarea sutilísima del historiador”. Es decir, la Historia es también la vida de todos los días y no sólo (e)vocación libresca; una necesidad humana primordial, algo útil, esencial:

“Tanto como una fuente escrita son testimonios históricos para explicar contactos o formas peculiares de cultura, los instrumentos musicales del pueblo, el ritmo de sus canciones, los materiales de su casa o decoración, el estilo de su cocina. Que la historia nos sirva más; que concurra con sus datos para aclararnos problemas e interrogantes de cada día; que no sea tan sólo el tema del discurso heroico sino la propia vida y el repertorio de formas de la comunidad”. De este modo recomienda “completar siempre la Venezuela ya escrita en los Archivos y papeles viejos, con la que el emocionado caminador, el auténtico baquiano de la patria, descubre en un diálogo campesino, en una canción popular, en una de esas casas de provincia donde parece haberse detenido el tiempo”.

Es de este modo que en una de las bellas páginas de Comprensión de Venezuela Salas atrapa un fragmento del alma caraqueña. Teniendo en mente los momentos compartidos con su amigo Pedro Emilio Coll, escribe:
“Dentro de lo que puede llamarse nuestra tradición literaria, la auténtica nota caraqueña ─pensemos en Bolívar, en Pedro Emilio Coll, en Teresa de la Parra─ no es de ningún modo el tropicalismo estrepitoso, sino un arte más íntimo de sugestión, de prontitud metafórica y hasta de amable ironía que suaviza todo estruendo como las nieblas del monte Ávila templan desde el mediodía, la abierta y regocijada luz de este valle. El alma frecuentemente extrovertida del hombre costero y la seria intraversión de nuestro hombre serrano, parecen armonizarse en este clima medio, en la espontaneidad no exenta de discreta reserva, del caraqueño. Aunque la inmigración Antillana y el descuido de la escuela en corregir los defectos fonéticos, cada vez más frecuentes, están estropeando demasiado la lengua común, el caraqueño habla con gracia; una metáfora inesperada le sirve para reemplazar el más tranquilo proceso del pensamiento lógico. Y estos hallazgos del habla vernácula; casi lo que llamaríamos el surrealismo popular hecho de asociaciones y símbolos sorpresivos; ese arte de evitarse todo un discurso de Sociología con una anécdota reveladora, constituía, en gran parte, el encanto de charlar con Pedro Emilio Coll”.
La Historia no se puede comprender en su totalidad a través de los libros. Una enorme cantidad se escapa al historiador en la tradición oral, en el compartir con las personas que van tejiendo esas intrahistorias que la componen. Lo mismo nos mostraba José Rafael Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia: una historia siempre presente y viva en su extraordinaria experiencia.
Ahora bien, ¿para quién escribió la Historia Picón Salas? Directamente a nosotros, lectores del siglo XXI. En un momento tan desalentador como este, me parece más que oportuno citar y divulgar largamente estas palabras:

“Quizás los estallidos que frente a la voluntad de orden democrático siempre se produjeron en el país, sea también un sutil y complicado problema de cultura colectiva. En 150 años de vida independiente no hemos podido aprender todavía el buen juego de la política como se puede practicar en Inglaterra o en los países escandinavos. Hay que continuar civilizando la política como todas las actividades humanas, como el deporte, el amor o la cortesía. Hay que enfriar a los fanáticos que aprendieron una sola consigna, se cristalizaron en un solo ‘slogan’ y no se afanarán en comprender y discutir lo distinto para que no se les quebrante su único y desesperado esquema. Hay que sacar a muchas gentes de las pobres fórmulas abstractas que mascullan con odio y sin análisis, para que por un proceso fenomenológico (tan característico del pensamiento contemporáneo) definan el hecho y la circunstancia concreta. Hay que acercar nuestra Cultura no sólo al siglo XX ─que ya está bastante canoso─ sino al siglo próximo que emerge en la inmediata lejanía, con sus promontorios y cordilleras de problemas. Contra la idea de una catástrofe y una retaliación universal donde la sangre del hombre sería el combustible revolucionario, brota también de nuestra época una más humana esperanza. La Ciencia, La Técnica y sobre todo el fortalecimiento de la conciencia moral, puede ayudarnos a ganar las nuevas batallas y aventuras del hombre sin necesidad de ‘paredones’ y guillotinas. 

En un país como el nuestro, ya no sólo 8 millones de venezolanos que debemos ser en el momento, sino los muchos que seremos en el año 2000, podrían vivir en concordia, seguridad y justicia si nos dedicamos a la seria tarea de valorizar nuestro territorio; si trabajamos y estudiamos de veras, si aquel igualitarismo social que proclamó hace ya cien años la guerra federal se realiza en la educación para todos, en la equilibrada redistribución de la renta pública; en salvar por medio de la renta y de la seguridad social los tremendos desniveles de fortuna. Y sentir lo venezolano no sólo en la Historia remota y el justo respeto por los próceres que duermen en el panteón, sino como vivo sentimiento de comunidad, como la empresa que nos hermana a todos. El venezolanismo de nuestros hombres ejemplares ─de Bolívar, de Miranda, de Bello, de Simón Rodríguez, de Fermín Toro─ tampoco se quedó enclavado a la sombra del campanario, sino salió a buscar en los libros, las instituciones y caminos del mundo, cómo enriquecerse y aprender de la humanidad entera.

El país es hermoso y promisorio, y vale la pena que los venezolanos lo atendamos más, que asociemos a su nombre y a su esperanza nuestra inmediata utopía de concordia y felicidad”.

Este mensaje de vida y esperanza, como hubiese dicho Rubén Darío, nos sirve también para reconocer a aquellos que con sus antítesis históricas nos han llevado a la retaliación (nunca mejor dicho) en la que estamos. Ya señalaba Salas: 

“El engrandecimiento y tecnificación del país debe hacerse aun por encima de las guerras políticas y colisiones de credos e ideologías que tornaron tan áspera la Historia Universal de los últimos años”. Y el chavismo no se ha cansado de enrojecer al Estado venezolano, rechazando así a una inmensa cantidad de gente apta y con un gran amor por el país (a contracorriente de la supuesta verdad que ellos se inventan). Además, como veremos de inmediato, ha hecho tediosa y exactamente lo contrario a lo que Salas aconsejaba: 
“Conocer sin que el conocimiento se convierta, precisamente, en consigna política”.

Ociel Alí López, en su libro "Dale más gasolina" (publicado en 2015 por la Casa Bello) ha comparado las “hordas” chavistas con esa masa de desposeídos que, como señala Orlando Araujo, se mantuvieron en su condición después de la Guerra de Independencia y más tarde se sublevaron durante la Guerra Federal con el mismo resultado (pero esta vez dejando al país arruinado, como ahora). López también retoma otros antecedentes de odio similares, como este de Boves:

“El éxodo a oriente de 1814, es una de las máximas representaciones del terror. Pero más recientemente, el petróleo terminó de impulsar al pueblo en retaguardia a tomar las ciudades que permanecían en manos blancas y urbanizadas.

Lo que presentamos a continuación es un intento de construir otro enfoque para entender nuestra historia. La guerra interminable seguirá, pero ahora en los espacios que los europeos creían ‘pacificados’. Justo allí sale un zambo, vengador anónimo, que roba, secuestra y mata a decir de Humboltd. Caracas y las ciudades de calma terminan siendo ‘ciudades de despedida’”.

De ese espíritu de igualitarismo del que hablaba Salas al mencionar este surgimiento militar en los llanos venezolanos, López hace la fuente de un devastador resentimiento, con el cual justifica la violencia social que anualmente arrasa con la vida de miles de venezolanos de todas las clases sociales. Si esta es la escritura chavista, entonces el chavismo es toda esa abstracción que Salas advertía. Basándose en sus lecturas de Gramsci, de Baudrillard, etc., López quiere justificar hechos injustificables; en pocas palabras, celebrar el crimen y la violencia. Y lo hace destrozando ese pacto social que Salas llamaba “la conciencia de nuestro mestizaje conciliador”. Es la antítesis histórica de la cual debe surgir una tesis de país futuro y convivial.

Contra el pesimismo y la celebración de la anomia, Salas dejaba unas palabras desde las cuales valdría la pena pensar este hilo histórico en su relación al chavismo, la coyuntura actual y, por lo tanto, con su propia manera de entender la apropiación del pasado:

“La Historia no puede interpretarse sólo como antítesis, como alternancia de gloria y miseria, de premio o de castigo. El hecho histórico tiene una vibración infinitamente más amplia que la que le impone nuestro subjetivismo romántico. Y ver, por ejemplo, en Venezuela una época grandiosa y dorada a la que se opone en claroscuro una época negra, es una forma de ilusión, una metáfora. La turbulencia y la ilegalidad violenta de todo un período de nuestra historia no significa para nosotros, ninguna inferioridad específica en relación con cualquier pueblo americano o europeo, sino una explicable etapa de nuestro proceso social. Y aún podemos preguntarnos si esas revueltas que retardaron nuestro avance material no contribuyeron, desde cierto punto de vista, a solucionar o cuando menos a precipitar, la solución de otros problemas que sin ellas gravarían o complicarían más la vida venezolana”.

VER+:



Viejos y Nuevos mundos - MarianoPiconSalas.pdf by Deiller Leandro


martes, 10 de marzo de 2026

LIBRO "MASONISMO Y CATOLICISMO": PARALELOS ENTRE LA DOCTRINA DE LAS LOGIAS Y LA DE NUESTRA SANTA IGLESIA por FÉLIX SARDÁ Y SALVANY


Masonismo y Catolicismo: 
Paralelos entre la doctrina de las logias 
y la de nuestra Santa Iglesia


¿Es posible conciliar la fe católica con los principios de la masonería?

En esta obra fundamental, el insigne Don Félix Sardá y Salvany —autor del célebre El liberalismo es pecado— realiza un análisis magistral y profundo sobre la incompatibilidad absoluta entre la Iglesia Católica y la Masonería. Escrito con la precisión de un teólogo y la pasión de un centinela de la fe, este libro no es solo un documento histórico, sino una profecía cumplida que resuena con una fuerza vibrante en nuestros días.
¿Qué descubrirás en este libro? Sardá y Salvany explica que el peligro no reside solo en las logias secretas, sino en el "Masonismo": esa atmósfera intelectual y errores difusos que han penetrado en las leyes, la enseñanza y la sociedad actual.
Un paralelismo detallado entre la verdad revelada por la Iglesia y el naturalismo racionalista que intenta sustituir a Dios por el hombre.
El autor desenmascara cómo la "secta materialmente organizada" busca socavar los cimientos de la civilización cristiana, ofreciendo al lector las herramientas intelectuales para identificar y combatir estos errores.
Incluye referencias a las advertencias de los Romanos Pontífices y un llamado a la caridad intelectual para iluminar a los descarriados.

¿Por qué leerlo hoy?

A pesar de haber sido publicado originalmente en 1885, este texto conserva una actualidad sorprendente. Es una lectura imprescindible para seminaristas, estudiosos de la doctrina social de la Iglesia y cualquier católico que desee comprender las raíces de la crisis de valores en la modernidad.
Recupera la claridad doctrinal y fortalece tu fe con un clásico de la apologética española.

Hemos decidido rescatar esta obra del gran Don Félix Sardá y Salvany porque constituye una «imperiosa necesidad de caridad intelectual». Vivimos en tiempos de una confusión absoluta, y este libro, aunque escrito en 1885, conserva la «fuerza vibrante de una profecía cumplida». Sardá y Salvany no fue solo un sacerdote de pluma afilada, sino un «centinela» que supo identificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras. Republicarlo es ofrecer un bálsamo de claridad en un mundo que agoniza por falta de certezas, donde todo se presenta como opinable, y relativo.
Es un texto que, a pesar de su antigüedad, resulta «sobrecogedor» por su actualidad permanente. Muchos católicos hoy desconocen la profundidad doctrinal de este ataque masónico, y por ello rescatar estas páginas es devolver a la luz una herramienta de combate espiritual que se creía olvidada.

¿Cuál es la diferencia entre Masonería y Masonismo?

Esta es la «distinción magistral» del libro. La Masonería es la secta materialmente organizada, con sus logias y ritos. El Masonismo, en cambio, es la «irradiación difusa de sus errores en la sociedad». Es la atmósfera intelectual, la «Revolución mansa» o el «catolicismo liberal» que busca convivir con el enemigo sin irritarle. Se puede ser «masonizante» sin haber pisado nunca una logia.
Porque el peligro real no está solo en los que conspiran con mandil, sino en el veneno de sus ideas. El Masonismo busca sustituir el orden sobrenatural por el «naturalismo puro». Esta oposición es radical: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora con el reino de las sombras. No hay término medio.
Su vigencia es total porque nos ofrece un «Decálogo antirrevolucionario». Merece la pena leerlo para no ser «espíritus tibios» y aprender a combatir. En estas páginas se juega no solo la salvación de las almas, sino el destino de la civilización occidental.

PRÓLOGO

El Masonismo, 
cáncer de la modernidad y eclipse de la verdad

Constituye una imperiosa necesidad de caridad intelectual, presentar estas páginas del insigne Don Félix Sardá y Salvany. Un texto que, a pesar de haber sido escrito en el siglo XIX, conserva la fuerza vibrante de una profecía cum­plida. Sardá y Salvany no fue solo un valiente y culto sacerdote de pluma afilada, sino un centinela que, desde la torre de la Revista Popular, supo iden­tificar al enemigo cuando este aún se movía entre las sombras de las logias y los salones del liberalismo.

El elemento principal que el lector encontrará en este libro es una distin­ción magistral, necesaria hoy más que nunca: la diferencia entre la Maso­nería, esto es, la secta materialmente organizada, y el Masonismo, que es la irradiación difusa de sus errores en la sociedad. Sardá y Salvany nos advierte de que el peligro no reside únicamente en aquellos que, con el mandil de la escuadra y el compás, conspiran en el secreto de una logia. 

El verdadero triunfo de la «secta infernal» -como él la llama acertadamente- es el Ma­sonismo. Es decir, esa atmósfera intelectual que ha envenenado las leyes, la enseñanza, la beneficencia y hasta a la misma jerarquía de la Iglesia. Se trata de la «Revolución mansa» o el «Catolicismo liberal», que es esa parodia de fe que busca convivir pacíficamente con el enemigo sin irritarle, trasmutando un inicial oportunismo en un conclusivo servilismo. De ahí que la actuali­dad permanente de esta obra sea sobrecogedora por tres motivos que paso a señalar:

El naturalismo Imperante. La Masonería no busca solo destruir edifi­cios, sino sustituir el orden sobrenatural por el naturalismo puro. En nues­tros días, esta agenda se manifiesta en el laicismo agresivo que ha expulsado a Dios de la vida pública, como una reliquia de un oscuro pasado ya feliz­ mente superado.

La infiltración en el pensamiento católico: Sardá señala la «Revolución mansa». Hoy buena parte de quienes se autoperciben como católicos, obis­pos y cardenales incluidos, abrazan las máximas masónicas de un huma­nismo sin Cristo, una fraternidad universal sin Padre común y una libertad religiosa que es, en realidad, la indiferencia relativista ante el error.
La organización del Anticristo. El autor describe a la Masonería como el «Anticristo organizado». Si en 1885 las estadísticas de logias ya eran alar­mantes, hoy esa red de influencia ha mutado en organismos globalistas que legislan contra la ley natural, la vida y la familia, cumpliendo paso a paso el diseño satánico.

Como todos los de Sardá, este libro no es para espíritus tibios. Puede considerarse como un «Decálogo antirrevolucionario», que nos recuerda que «nunca es mejor tiempo de combatir que cuando hay enemigos que presen­ ten el combate». 
Siguiendo el ejemplo de León XIII en su encíclica Humanum Genus, Sardá y Salvany nos insta a «desenmascarar» a la secta, a no tener miedo de ser llamados «intransigentes» y «reaccionarios» por defender la Verdad subsistente que es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En un mundo que agoniza por falta de certezas, estas páginas son un bálsamo de claridad. No se puede servir a dos señores: o se está con el reinado social de Cristo Rey o se colabora, por acción u omisión, con el reino de las sombras. 

Lea el lector con atención, pues aquí se juega no solo la salvación de las almas, sino también el destino de las naciones y, en definitiva de la entera civilización oc­cidental a la que dio a luz la Iglesia durante la Cristiandad medieval.

P. Gabriel Calvo Zarraute

VER+:


La encíclica Humanum genus es la carta con la que el Papa León XIII, el 20 de abril de 1884, desenmascaró a la secta masónica ante el mundo entero. En Tekton la hemos leído en la versión castellana que recoge el tomo I de las Obras de Miguel Antonio Caro, y aquí te la explicamos por partes: las dos ciudades, las doctrinas del naturalismo, sus consecuencias y los remedios que manda el Papa.

Masonismo y Catolicismo - D. Félix Sardá y Salvany by Yanka