EL Rincón de Yanka: COMUNICACIÓN

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta COMUNICACIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta COMUNICACIÓN. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de agosto de 2025

LA MESA COMO TRINCHERA: 👪 LA COMENSALIDAD O SOBREMESA FAMILIAR, EL ARTE PERDIDO DE COMER EN FAMILIA PARA COMBATIR EL INDIVIDUALISMO EGOTISTA

 

LA MESA COMO TRINCHERA:

EL ARTE PERDIDO DE COMER EN FAMILIA
PARA COMBATIR EL INDIVIDUALISMO EGOTISTA.
Si hay un complot para atomizar la sociedad y dejar inermes a los ciudadanos, entonces ese complot tiene que pasar sí o sí por destruir las comidas en familia y las sobremesas con amigos. Frente al ritmo vertiginoso de la vida actual, la mesa de la cocina o del comedor son trincheras contraculturales que sostienen vínculos, sanan heridas emocionales y reconstruyen el sentido de comunidad desde lo cotidiano. Lo dice la experiencia. Y también la ciencia.

NILO VIEJO 

(Revista "LA ANTORCHA" Nº 8: LA MESA)

No es casual que en el castellano antiguo, hogar y cocina fuesen sinónimos. La mesa -ese altar cotidiano donde se cruzan miradas, se comparten historias y se transmite la vida- ha sido durante siglos el corazón palpitante de la familia. Y España ha dado al mundo un nombre propio para ese espacio en el que la comida se digiere mejor, porque lo nutritivo son los lazos que se construyen en torno a ella: la sobremesa. Un tiempo suspendido, ajeno al reloj, en el que tanto los comentarios como los silencios saben a complicidad, y las palabras tejen pertenencia. Hoy, sin embargo, ese reloj se ha roto en demasiados hogares.
La cultura de la prisa, los horarios fragmentados, la omnipresencia de pantallas y la crisis de sentido han desplazado las comidas familiares al terreno de lo ocasional. Ya no cocinamos juntos ni conversamos con lentitud. Se come de pie, se cena viendo una serie o se pica algo sin mirar a nadie. Y sin darnos cuenta, en ese proceso hemos perdido algo más que un hábito: hemos extraviado un a de las columnas invisibles que sostenía nuestra salud emocional y nuestra vida en común.

La mesa como protección

Puede parecer una exageración, pero las investigaciones más recientes lo confirman: comer juntos no es solo una costumbre entrañable, es una herramienta con la capacidad de prevenir enfermedades mentales -ese gran mal de nuestros días-, proteger la infancia y reconstruir el maltratado tejido familiar.
Un estudio de la Universidad de Oxford demuestra que quienes comen en compañía con frecuencia se sienten más felices, conectados y satisfechos con su vida. El dato, lejos de ser trivial, apunta a una de las raíces del malestar contemporáneo: el aislamiento afectivo y la soledad encubierta, incluso dentro de la familia.
España ha tenido históricamente un antídoto contra ese fenómeno: la sobremesa. A diferencia de otras culturas, aquí la comida no termina cuando se recoge el plato, sino que continúa en la conversación, la risa, el debate o la confidencia. Es un rito que enseña a esperar, a escuchar y a mirar a los ojos. Y ese pequeño milagro diario ha demostrado ser, además, un factor protector frente a trastornos como la ansiedad, la depresión o los comportamientos adictivos.
"Comer en familia es un acto profundamente contracultural. Y, por tanto, profundamente cristiano"
Cómo como, cómo comemos

La antropóloga Margaret Mead decía que uno de los signos más reveladores de una civilización es cómo y con quién se come. Comer en familia es, en este sentido, un acto de civilización: nos humaniza, nos pone en relación, nos recuerda que no somos autosuficientes.
En muchas familias, además, la comida es también un espacio sagrado, iniciado con una oración y vivido como un momento de gratitud y entrega. Así lo vivieron generaciones enteras, donde el pan se partía como se partía el tiempo: para darlo. Ese espíritu de donación está en la raíz de toda mesa cristiana. No en vano, la eucaristía -centro de la vida católica- es, al fin y al cabo, una cena.
La crisis de la mesa es también una crisis espiritual. Cuando los padres comen solos en la cocina, los adolescentes cenan en su cuarto y los niños aprenden a entretenerse con la tableta mientras mastican, se rompe la cadena de transmisión. No solo de la fe, sino del idioma afectivo, de la historia familiar, de la experiencia compartida. Y sin eso, ninguna comunidad resiste.

La ciencia lo confirma: comer juntos protege

Las evidencias empíricas sobre los beneficios de las comidas familiares son abrumadoras. El Family Dinner Project, una iniciativa académica nacida en Harvard, documenta que los niños que cenan con sus padres de forma regular tienen mayor autoestima, mejor rendimiento escolar, menor probabilidad de consumir drogas o alcohol, y una relación más sana con la comida y con su cuerpo.
En España, un estudio realizado en Terrassa (Cataluña) mostró que los adolescentes que cenaban en familia tenían una menor probabilidad de experimentar inseguridad alimentaria y presentar comportamientos peligrosos o dañinos fuera del hogar. Otro estudio publicado en la revista "Nutrients" concluyó que las comidas familiares frecuentes están asociadas con una menor incidencia de trastornos alimentarios entre los adolescentes.

Comer juntos enseña más que hablar

La mesa no es solo un espacio de conversación. Es también un lugar de silencios respetuosos, gestos que hablan y ru1inas que educan. Sentarse en torno a la mesa implica asumir un ritmo común, respetar turnos, aprender a ceder y a comportarse de forma cívica. Son aprendizajes pequ eflos, pero necesarios. Como lo son también las tareas de poner la mesa, servir al otro, recoger juntos. Pequeñas liturgias domésticas que enseñan el arte de vivir en comunidad.
En este sentido, la comida conjunta es una escuela de humanidad en la era de la tecnocracia y la fascinación adolescente de la Inteligencia Artificial.
"La sobremesa es un gesto de abundancia interior: cuando ya no queda comida, queda el tiempo"
Un acto contracultural que reconstruye 

Recuperar las comidas en familia puede no parecer una pequeña revolución. Pero lo es. En un tiempo que glorifica la productividad la velocidad y el rendimiento individual detenerse para cocinar, servir, pone la mesa y comer en común es un acto profundamente contracultura!. Y, por tanto profundamente cristiano.
Porque una cultura sin vínculos estables, sin memoria y sin raíces no puede generar hombres fuertes, capaces de amar, venía a decir Benedicto XVI en Caritas in veritate. Y lo decía de forma expresa en Spe Salvi: 

"Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencia están en profunda comunión entre entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal".


La mesa es precisamente uno de los espacios donde se cultivan las raíces, se genera memoria común y se aprende el arte del amor concreto: servir, escuchar, compartir, esperar.
Las consecuencias sociales son evidentes. Allí donde se pierde la mesa común, se multiplican las patologías del alma. El aumento de los problemas de salud mental en niños y adolescentes no es ajeno a la disolución del vínculo familiar cotidiano. Tampoco lo es el auge de la polarización social, el vacío espiritual o la banalización del sufrimiento.

La sobremesa: patrimonio emocional

No existe en inglés una palabra para sobremesa. Ni en francés. Es un invento español -como el tapeo, la siesta o la tertulia- que dice más de nuestra alma que los tratados de sociología o la cocina del CIS. La sobremesa es un gesto de abundancia interior: cuando ya no queda comida, queda el tiempo. Cuando ya no hay platos, hay historias.
En muchas familias, es el espacio donde los hijos escuchan relatos de sus abuelos, donde se comentan las noticias, donde se debaten temas de fe o de actualidad, donde se pregunta al otro cómo está. Donde se construye un "nosotros" que no nace de la sangre, sino del encuentro.
Big Think, una plataforma que difunde investigaciones sobre  desarrollo humano, subraya que la sobremesa representa un sistema de valores: prioriza la conexión personal frente al aislamiento digital, el tiempo compartido frente a la eficiencia técnica, la escucha frente al monólogo.

Claves prácticas para restaurar la mesa familiar

Volver  a  la  mesa  requiere  intención. No ocurre solo porque se desee. Hace falta orden, renuncias, decisiones pequeñas pero firmes. Algunas claves prácticas, señala el Family Dinner Project, pueden ayudar:
  • Establecer una comida diaria común. Aunque sea solo una, que tenga horario fijo y sea prioridad. La cena suele ser la más viable.
  • Involucrar en la preparación. Que los niños ayuden a poner la mesa, que se planifique el menú en familia, que cada uno tenga una responsabilidad.
  • Eliminar distracciones. Sin televisión, sin móviles, sin pantallas. Solo personas.
  • Cultivar el arte de conversar. Hacer preguntas abiertas, evitar discusiones innecesarias, escuchar con atención.
  • Valorar la sobremesa. Aunque sea breve, que no se levante nadi e hasta compartir al menos unos minutos de charla o agradecimiento.
Una mesa que sostiene a las familias 

Porque en última instancia, la mesa no es solo un lugar donde se alimenta el cuerpo. Es, o puede ser, un santuario cotidiano donde se alimenta el alma, se refuerza la identidad y se cultiva la pertenencia. Es uno de los pocos espacios donde  todavía  se  puede  resistir al desarraigo, al individualismo, a la prisa. Donde se puede enseñar a vivir.
Tal vez por eso, como señalaba Chesterton: "el hogar sigue siendo la última fortaleza de la civilización. Y en el centro del hogar, siempre, hay una mesa. •

VER+:



domingo, 20 de julio de 2025

"GROTESCOS DEBATES PROGRES": ESTOS REPORTEROS SON PERSEGUIDOS PORQUE CANTAN LAS VERDADES por JUAN MANUEL DE PRADA

 

GROTESCOS DEBATES PROGRES

Juan Manuel de Prada

Estos reporteros son perseguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea que nos gobierna
Aceptar las premisas del enemigo condu­ce siempre a la derrota; pero, tristemente, es la afición vergonzante de la derecha fel­pudo. Así está ocurriendo ahora con el de­bate intestino que los progres se han montado en torno a una reforma del reglamento del Congreso que impide el acceso al antro de «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Al parecer, un pe­riodista progre pero no desquiciado ha alertado so­bre el peligro latente de que tal reforma ampare en el futuro una deriva autoritaria; y enseguida otros periodistas progres y completamente desquiciados han salido en tromba a demonizarlo.

De inmediato.la derecha felpudo se hasumado al debate. haciendo pandilla con el periodista pro­gre pero no desquiciado.aceptando la premisa de que los reporteros a quienes la reforma de marras pretende silenciar son «seudoperiodistas financiados por la ultraderecha». Pero, aun aceptándola, la derecha felpudo alerta sobre el peligro de que ma­ñana el doctor Sánchez amplíe la prohibición: y de que para entonces no haya nadie que pueda defendernos de los abusos del poder, si ahora no se de­ fiende a los «seudoperiodistas financiados por la ul­traderecha», aunque sea tapándonos las narices.

Ignoro quién financia a esos reporteros que se atreven a hacer las preguntas impertinentes que la prensa lamerona y generosamente untada no hace; pero, viéndolos tan menesterosos y con sus micró­fonos descangallados, debe de ser un financiador muy rácano. En este rincón de papel y tinta somos firmes detractores de la llamada «libertad de expre­sión», como en general de toda libertad a la que no se le añade un «para qué»; pues, desprovista de una finalidad legítima la libertad se convierte en un ins­trumento nihilista: libertad para sembrar el odio y extender la mentira, libertad para envilecer los es­píritus e inclinarlos al mal. Estos reporteros no son perseguidos porque ejerzan la «libertad de expre­sión» que a liberales y progres tanto gusta; son per­seguidos porque cantan las verdades del barquero a la patulea criminal que nos gobierna, porque la asaltan en los pasillos del Congreso para rebozarle por sus morros ahítos lo que la prensa lamerona y rumbosamente untada oculta servilmente: que son puteros, que son ladrones, que son yernos de rufia­nes, que son una chusma vil que merece, además de un castigo severísimo, el escarnio público. Los per­siguen porque son el niño de la fábula que se atreve a decir que el rey va desnudo, mientras la prensa la­merona y rumbosamente untada se dedica a describirnos sus imaginarios ropajes.

A estos reporteros menesterosos los persiguen porque, a su modo cachondo y expeditivo, procla­man las fechorías que la organización criminal go­bernante desea silenciar. Basta ya de hacer el caldo gordo en grotescos debates progres sobre los «límites» de la esa «libertad de expresión» que el progre­sismo siempre ha utilizado para sembrar el odio y extender la mentira, para envilecer los espíritus e inclinarlos al mal.



VER+:



miércoles, 16 de julio de 2025

LIBRO "PERSUASIÓN POLÍTICA": EL ARTE DE INFLUIR EN LA ERA DIGITAL 🎤 por MATHEUS MARTINS SOARES

PERSUASIÓN 
POLÍTICA
El arte de influir en la era digital


¿Conoce esa sensación cuando lee un mensaje que simplemente lo atrapa y le hace querer actuar de inmediato? 
¡Esto es lo que llamamos “el poder de persuasión”! Estás a punto de aprender todas las técnicas y trucos para despertar esa misma reacción en las personas con tus palabras. No creas que esto es algo de otro mundo, no. ¡Nada de eso! Te mostraré cómo usar las palabras correctas, crear oraciones impactantes y estructurar tus mensajes de una manera irresistible. 
Queremos que realmente conectes con tu público objetivo. Esto es lo que marcará la diferencia a la hora de convencerles de actuar.

En el centro de esta estrategia está el poder de las técnicas de persuasión en política.

Influir o ser influenciado 

La cuestión de querer influir o ser influenciado es una dicotomía que ha permeado las interacciones humanas desde tiempos inmemoriales. En un mundo cada vez más conectado, esta elección se ha vuelto más evidente y relevante que nunca. En una sociedad que valora la individualidad, la autenticidad y la capacidad de moldear el propio destino, la influencia juega un papel central en nuestras vidas, afectando nuestras decisiones, opiniones y comportamientos. 
Quiero mostrarte cómo explorar las complejidades de la influencia y el deseo de ser influenciado, considerando los diferentes aspectos de esta dinámica en el ámbito personal, social y digital. Examinemos las motivaciones detrás de ambas caras de la moneda, los beneficios y desventajas de cada elección, y cómo esto se relaciona con la construcción de identidad y el impacto en la sociedad. 

La búsqueda del poder y el cambio 

Influir, en esencia, implica la capacidad de afectar las opiniones, decisiones y acciones de otras personas. Puede verse como un acto de liderazgo, en el que alguien utiliza su conocimiento, carisma y habilidades de persuasión para guiar a otros hacia ciertas metas o ideales. Quienes quieren influir a menudo anhelan poder y tienen una visión específica del mundo que quieren crear. Las motivaciones para querer influir pueden variar ampliamente. Algunos individuos buscan la influencia como una forma de poder personal, buscando obtener una ventaja sobre los demás o lograr metas ambiciosas. Otros tienen motivaciones más altruistas y desean utilizar su influencia para realizar cambios positivos en la sociedad mediante la promoción de causas sociales o ambientales. 
Poder personal: Para muchos, la influencia es una herramienta para obtener poder personal y lograr sus objetivos. Esto puede incluir influir en personas en posiciones de autoridad, como líderes políticos o ejecutivos de empresas, para que tomen decisiones que beneficien sus intereses. El deseo de influir puede estar motivado por la ambición personal, la codicia o el deseo de control. 
Cambio social: por otro lado, muchos individuos quieren influir para lograr cambios positivos en la sociedad. Esto puede implicar defender causas como la igualdad de género, la justicia racial, la preservación del medio ambiente o la erradicación de la pobreza. Quienes buscan influencia por razones altruistas a menudo quieren ver un mundo mejor y están dispuestos a utilizar su influencia para marcar la diferencia.

Influir positivamente puede traer una serie de beneficios tanto al influencer como a quienes están siendo influenciados. 
Logro de objetivos: la capacidad de influir puede ayudar a las personas a alcanzar sus objetivos personales y profesionales. Puede ser una herramienta valiosa para avanzar en su carrera, garantizar el éxito empresarial u obtener el apoyo necesario para causas sociales importantes. 
Cambio positivo: la influencia también se puede utilizar para lograr cambios positivos en la sociedad. Quienes tienen la capacidad de influir pueden ayudar a crear un mundo más justo, igualitario y sostenible marcando la diferencia en cuestiones críticas.

Autoestima y Reconocimiento: Ser capaz de influir en los demás a menudo conduce a un aumento de la autoestima y el reconocimiento social. Las personas que tienen éxito en la influencia suelen ser admiradas y respetadas por su capacidad de liderazgo. 
Ser influenciado: la búsqueda de identificación y conexión Por otro lado, ser influenciado implica estar dispuesto a escuchar, aprender y dejarse moldear por otras personas, ideas o tendencias. Esto puede verse como una demostración de humildad y apertura al cambio. Quienes eligen ser influenciados a menudo buscan identificación, pertenencia y orientación. 

Motivaciones para ser influenciado 

Las razones para elegir dejarse influenciar pueden ser igualmente diversas. Algunas personas valoran la perspectiva y la sabiduría de los demás y buscan aprender y crecer a través de la influencia de mentores, líderes o figuras inspiradoras. Otros pueden verse influenciados por la presión social o el deseo de encajar en un determinado grupo o cultura. 
Aprendizaje y crecimiento: para muchos, ser influenciado es una forma eficaz de aprender y crecer. Al absorber conocimientos y perspectivas de otras personas, puede ampliar sus horizontes, adquirir nuevas habilidades y mejorar como individuo. 
Identificación y pertenencia: Ser influenciado también puede proporcionar un sentido de identificación y pertenencia. Muchos buscan influencia para sentirse conectados con un grupo, cultura o comunidad específica. Esto puede ser especialmente relevante en un mundo donde la identidad y la aceptación juegan un papel importante.

Elegir dejarse influenciar también puede traer una serie de beneficios a la vida de un individuo.
Aprendizaje Continuo: Al estar abierto a las influencias, podrás seguir aprendiendo a lo largo de tu vida, adquiriendo nuevos conocimientos y habilidades que pueden ser aplicados en diferentes áreas. 
Conexión social: Ser influenciado a menudo conduce a una mayor conexión social. Al alinearse con ideas o grupos influyentes, puede desarrollar relaciones significativas y encontrar un sentido de pertenencia. 
Flexibilidad y adaptabilidad: la capacidad de ser influenciado también demuestra flexibilidad y adaptabilidad, características valiosas en un mundo en constante cambio. Aquellos que están dispuestos a adaptarse a nuevas ideas y perspectivas están mejor preparados para enfrentar desafíos y sobresalir.
En la sociedad moderna, la elección entre influir o ser influenciado no siempre es clara o estática. En muchos casos, las personas cambian entre estas dos posiciones según el contexto y las circunstancias. Además, la línea entre influenciar y ser influenciado a menudo se vuelve borrosa a medida que se entrelazan las interacciones sociales, culturales y digitales. 

Influencia Digital y Redes Sociales 

Uno de los principales impulsores de esta complejidad es el aumento de las redes sociales y la influencia digital. Plataformas como Facebook, Instagram, Twitter y YouTube han brindado a cualquier persona con acceso a Internet la capacidad de influir y ser influenciado a escala global. Los influencers digitales, en particular, se han convertido en figuras destacadas que dan forma a las opiniones y comportamientos de millones de seguidores.

Influencia digital: quienes eligen ser influenciados a menudo lo hacen siguiendo a personas influyentes digitales cuyas vidas y opiniones pueden servir como fuente de inspiración o entretenimiento. Los influencers digitales tienen la capacidad de crear tendencias, promocionar productos e incluso incidir en el cambio social. 
Ser influenciado negativamente: Sin embargo, la influencia digital también puede tener efectos negativos, especialmente entre los más jóvenes. La presión para ajustarse a estándares de belleza poco realistas, la búsqueda de validación en las redes sociales y la exposición al discurso de odio son ejemplos de cuán dañina puede ser la influencia digital. 
Influir en las redes sociales: por otro lado, muchas personas utilizan las plataformas de redes sociales para expresar sus opiniones, promover causas y construir comunidades en línea. Quienes buscan influir pueden aprovechar estas plataformas para llegar a una audiencia más amplia y movilizar apoyo para sus causas.

Identidad y autenticidad

Otro aspecto importante a considerar a la hora de elegir entre influir y ser influenciado es la construcción de identidad y la búsqueda de autenticidad. En un mundo donde se valora la individualidad, la presión de ser auténtico y al mismo tiempo encajar en las normas sociales y culturales puede ser un desafío. Construcción de Identidad: Muchos individuos optan por dejarse influenciar en la búsqueda de modelos a seguir en la construcción de su identidad. Pueden inspirarse en figuras públicas, líderes espirituales u otros modelos a seguir. 
Desafío de autenticidad: por otro lado, la presión por ser influyente puede crear un desafío a la autenticidad. Algunos pueden verse tentados a moldear sus identidades de acuerdo con las expectativas de los demás en lugar de permanecer fieles a sí mismos.

Responsabilidad moral

La elección entre influir y ser influenciado también está intrínsecamente ligada a la responsabilidad moral. Quienes desean influir tienen la responsabilidad de utilizar su influencia de manera ética y responsable, considerando el impacto de sus acciones en los demás y en la sociedad en su conjunto. 
Responsabilidad de los influencers: los influencers tienen el poder de moldear las opiniones y comportamientos de sus seguidores, y esta influencia debe usarse de manera responsable. Promover información falsa, incitar al odio o explotar las vulnerabilidades de las personas son ejemplos de comportamientos que pueden resultar perjudiciales. 
Elección consciente: Aquellos que eligen ser influenciados también tienen la responsabilidad de tomar decisiones conscientes sobre a quién y qué siguen. Creer ciegamente en información o seguir a personas influyentes dañinas sin cuestionarlas puede tener consecuencias negativas.

La elección entre influir o ser influenciado es una decisión que todo el mundo enfrenta en su vida y, a menudo, esta elección no es definitiva. 
La sociedad moderna presenta una compleja red de influencias, desde interacciones personales hasta el mundo digital en constante evolución. Ambas opciones tienen sus motivaciones, beneficios y desafíos. 
Lo importante es reconocer la complejidad de esta dinámica y tomar decisiones que contribuyan al crecimiento personal, al bienestar social y a la construcción de un mundo más justo e igualitario.

PERSUASIÓN POLÍTICA - El arte de influir en la era digital (1) by clubrecreacionaluchpa


domingo, 15 de diciembre de 2024

LIBRO "ESPIRITUALIDAD Y LITERATURA": UNA RELACIÓN TORMENTOSA por JUAN LISCANO


Espiritualidad y literatura:
una relación tormentosa

La relación entre mito, literatura, espiritualidad y lenguaje es un eje transversal en esta obra ensayística de Juan Liscano, como parte de un intento por identificar cuál es el papel del arte en la época moderna, donde la banalización del capitalismo amenaza con devorar la esencia de lo trascendente. Observa en la literatura, al igual que en el mito, una oportunidad de intermediación entre “un más allá y un más acá”, al crear realizaciones simbólicas, arquetipales, muy cercanas a la experiencia de la espiritualidad, pues avivan el sentido de lo intemporal. A la vez, reconoce en el arte su carácter revolucionario, capaz de desenmascarar, denunciar, para los individuos las trampas de la sociedad.
En este sentido, a Liscano le interesa cómo el artista del siglo XX retoma estas nociones y las expresa en su obra, sus ensayos sobre Gallegos, Rimbaud, Hesse, D. H. Lawrence, entre otros —además de poner en evidencia sus destacadas cualidades como crítico literario—, examinan la búsqueda de estos autores por la realización interior. A través de estas páginas el lector podrá apreciar la profundidad y lucidez de las inquietudes intelectuales de Liscano, así como la claridad de sus conclusiones acerca del acto de escribir.
En el fondo la pintura es como el hombre,
mortal pero viviendo siempre en lucha con la materia.
Si pensara el absoluto, dejaría de esforzarme hasta para vivir.
Carta de Paul Gauguin a Émile Bernard (1889)

¿Morirá la literatura?

Si admitiéramos, con Maurice Blanchot, que «la literatura va hacia sí misma, hacia su esencia, que es la desaparición», tendremos que convenir en que el literato, es decir, el hombre de letras, el escritor, es un muerto en vida1. La literatura constituye excrecencia prodigiosa del lenguaje. Hay, como dice Barthes, la lengua, el estilo y la escritura. La literatura empieza arrancando de la escritura cuyos signos son símbolos que perdieron su sentido mágico, místico y totalizador. El que escribe, el hacedor de literatura, a medida que se desplomaba el orden religioso del mundo, adquirió una expansión cada vez mayor como expresión individual. La literatura, como tal, pretendió recrear la realidad, valorarla, criticarla, caricaturizarla, evadirla, exaltarla. Terminó, en nuestros días, queriendo expulsarse a sí misma, vomitarse. 

Las direcciones de la literatura son múltiples y responden a la multiplicidad del pensamiento humano. Prejuicios ideológicos, políticos o religiosos trataron de fijar sus límites en función de intereses ajenos a su propia especificidad. Los límites de la literatura no son los que pueden fijarle prejuicios ideológicos y propósitos de propaganda y sumisión al Estado, sino los que emanan de ella misma, de su ser. 
El campo de la literatura es el del alma y el pensamiento del hombre, desde los juegos de la imaginación y del onirismo más exacerbado, lo fantástico y lo misterioso, hasta el naturalismo enfático, el trazo grueso y deliberado, la caricatura social. 

No hay literatura evadida de la realidad. Esa acusación procede del materialismo necio. Cada vez que un sectarismo procedente de una voluntad de servicio social pretende delimitar el campo de la creación literaria, en función de una realidad también determinada por esquemas apriorísticos, se desborda esta y todo se vuelve aparentemente metafísico. En el curso de su prodigioso desarrollo, la literatura se convirtió en objeto de sí misma. En el inicio —momento y estado verbales difíciles de evocar a estas alturas—, el lenguaje que pudiera calificarse hoy de literario, es decir, distinto del habla corriente y constituido para una representación y comunicación trascendentes, tuvo carácter sagrado y hermético. 

Era un medio de relacionarse con los dioses en el plano de lo sobrenatural. Se sustentaba sobre la verdad emanada de ese orden extrahumano. Adquirió fortaleza y suficiencia canónicas. Se le suponía revelado y no concebido por el pronunciante. Cumplía una función integradora, unificadora y reveladora del sentido del mundo. La muerte de los dioses o de Dios, el pasaje de la conciencia de una Edad de Fe a una Edad de Duda, de la magia y el mito a la crítica y al análisis racionalistas, libraron al hombre a su propia suerte y el lenguaje obtuvo, junto con su autonomía y diversificación, un valor especulativo y subjetivo. 

La literatura acentuó su parcialidad y se convirtió en reflexión sobre su propio artificio, sobre sus poderes, debilidades e imposibilidades; fue razón de estilo, ejercicio, texto. Se estableció como una realidad intrínseca yuxtapuesta a la realidad misma. La palabra quiso sustituir la cosa olvidando que su papel era solamente designar. El acto de nombrar se erigió como Segunda Creación. 

La operación de escribir adquirió un carácter compensatorio, en el mejor de los casos, de la pérdida de la fe y de los dioses. Era una nostalgia, entonces, del Paraíso perdido. Pero en esa dirección compensatoria, sustitutiva, la literatura se enamoró perdidamente de sí misma. Se sintió suficiente. El creador se llenó hasta reventar de su propia creación. Su alma se hizo palabras, se hizo de palabras y mecanismos de reemplazo. La vida terminó siendo una metáfora creada por la literatura y la literatura le fue dando muerte a la vida, a medida que la nombraba. Porque el acto de nombrar mata la vida ingente y cruda, el misterio de lo enteramente vivo, como lo explica Juan Crisóstomo Payara a Rosángela, en la hermosa novela Cantaclaro de Rómulo Gallegos cuando dice: 
«al nombrar una cosa le vamos dando muerte». Y añade: 
«Para el niño que aún no sabe hablar, el mundo debe ser algo totalmente vivo y. por consiguiente, espantoso, que hay que matar nombrándolo». 

Dostoievski había declarado: «Escribo para matar mis fantasmas». El literato, una vez dueño de la escritura, del lenguaje escrito, se lanzó a la tarea de escribir el mundo y la vida, recreándolos en la dimensión de una suerte de espejo, pero matándolos también. Como Adán, nombró las cosas y los asuntos para que estos fueran en el pensamiento, en la memoria, en la conciencia del lenguaje escrito. 

Cabe preguntarse si entonces los literatos, los lectores apasionados de literatura, al matar la realidad nombrándola (leyéndola), no estarán viviendo una interminable ficción, un sueño de vida reflejada, un espejismo de palabras, con el riesgo de estar, por lo tanto, muertos en vida, ajenos a los hechos de la realidad en sí, de lo que hace ser al mundo. Sabiendo que se vive en el mundo, gracias a la literatura, se olvida uno de la contundente realidad de los hechos para trasladarlos a una dimensión imaginaria y, entonces, imaginarlos, vivir de la imagen de los hechos. 

La literatura, en su exceso y dispersión, en su complejidad creciente que produjo la desintegración del lenguaje, hasta el punto de pretender, por reacción, buscando una salida hacia la vida, crear la antiliteratura, cubre, tapa y puede ahogar la realidad natural. Es un ser sin ser. Mejor dicho, un ente sin ser. Una proyección del ego que interpone, entre sí y la realidad, la pantalla donde esta se va a reflejar. Detrás de su pantalla, protegido del mundo de los hechos ingentes, el literato amansa y domestica la vida, la suplanta con palabras. Se siente un Creador. Sustituye a Dios. Se complace en su creación y la goza, y la sufre. En más de un caso, es la suprema compensación del yo herido, del yo que no puede reinar inmensamente, molestado como esta por los demás, por los otros; limitado en su ansiedad de expansión y dominio. 

La literatura, sin dejar lugar a dudas, arranca del yo, del anhelo de autoafirmación. Ningún literato escribiría si no hubiese público, es decir, un auditorio que conquistar y convencer, y en el cual mirar el propio resplandor, la propia magnificencia del ego manifestado. Egocéntrica, compensatoria, camino hacia el éxito y la nombradía o hacia la satisfacción de denunciar y combatir, de acusar —y conste que no hablo de la burda obra de propaganda política, del manual guerrillero, del panfleto, porque eso no es arte, aunque sea literatura—, la literatura ha descubierto últimamente, con Beckett, por ejemplo, la ausencia de salida, su tremendo destino de no ser sino palabras, carne convertida en palabras, sexo nombrado una y mil veces, amor escrito y reescrito en la nada, monótono flujo de sonidos apresados en signos, murmullo sin sentido como aquellas conversaciones fragmentarias que llenaban los salones barrocos de la película Marienbad de Resnais. 

Los medios de comunicación de masas extienden las obras de la literatura pero, por dentro, esta diluye al literato en sus propias refracciones, lo dispersa y atomiza en la explosión de palabras, lo empuja hacia la nada establecida a partir de la sustitución de la realidad de los hechos. Jamás como hoy el literato ha tenido mayor audiencia, y jamás como hoy ha estado más muerto. De superhombre nietzscheano se convirtió, como el autor de Así hablaba Zaratustra, en enajenado.

Distingo, en esta época de profundas mutaciones, la crisis de la literatura como tal, como excrecencia genial del lenguaje, como sistema de sustitución de la realidad; y la crisis del literato, del hombre de letras, alienado, condicionado por la sociedad que lo recibe y lo ensalza. La literatura va hacia su esencia y su desaparición. Tiende a reabsorberse en sí misma. Si ha de persistir, será con profundos cambios; quizás regresando al lenguaje hablado o volviéndose visual; o bien despersonalizándose hasta la anonimia; o bien descubriendo de nuevo la realidad, callando por un tiempo, para volver a hablar desde el fondo de las cosas, desde un orden espiritual cada vez más necesario. 

Es posible que si la literatura regresa al principio, si se propone no propiamente balbucear, sino volver a hablar desde la raíz o desde el vacío, desde lo sagrado, encuentre una vía de supervivencia. Mientras tanto, como una tempestad, se extiende la antiliteratura, que no es sino una exasperación agónica de la misma literatura, del lenguaje escrito en vía de agostarse, y se multiplica hasta el cansancio y lo exhaustivo, la crítica que el lenguaje hace de sí mismo, en un acto reiterado de narcisismo y desesperación. Mientras más y más libros salen de las máquinas de la industria cultural de consumo y la crítica literaria perfecciona sus métodos de prospectiva, penetración y valoración, hasta el punto de ahogar al creador, de matar su espontaneidad, menos y menos tiene qué decir el literato. Nada puede expresar mejor esta situación como el siguiente diálogo referido por Simone de Beauvoir —mujer de letras arquetípica— en la página 108 de La force des choses, en un encuentro con el escultor Giacometti:

—Qué aspecto tan hosco tiene usted 
—me dijo una vez Giacometti.

—Es que quisiera escribir y no sé qué. —Escriba cualquier cosa.Gran parte de los literatos no tiene nada que decir, pero insiste en escribir por condicionamiento y elección seculares. Entonces las palabras, despojadas de su relación con las cosas que les dieron origen y con el sentido del verbo revelado, empiezan a fluir con la estéril abundancia sin sentido que nos muestra la obra de Beckett. Se habla por hablar, como los personajes de este autor, en quien el drama actual de la literatura adquiere mayor lucidez desesperada y representativa. Esa misma ausencia de razón de escribir, esa carencia de necesidad ontológica, ese mismo no tener qué decir, pues todo parece dicho por acumulación y crecimiento vegetativo, al referir definitivamente la literatura a la escritura, a las palabras, convierte al escritor, al hombre de letras, en un ente hecho tan sólo de palabras, brotadas interminablemente de la memoria, de los sueños, de los ecos de la literatura misma. 

El poeta Alain Bosquet, en su Primer testamento, obra beckettiana, pregunta: 

¿Vivir o escribir, escribir o vivir? Suspiro: En el verbo mi carne encontró sus razones. También afirma: Y el amor no es amor sino leído dos veces. O bien: ¡Palabras! Me desmorono bajo el peso de mis palabras. ¡Palabras! Las palabras tomaron el puesto de mi carne. ¿La vida no está en la sola escritura? No existo verdaderamente sino cuando me destruyo2. Esa lucidez terrible en la aceptación de la enfermedad que es la literatura, lo lleva a comprender que no es el poeta quien escribe el poema, sino el poema el que escribe al poeta. Dirá:

Poesía, mi poema es su propio poeta. Octavio Paz, cuya obra toda es una reflexión reiterada sobre las relaciones entre el creador de escritura y el lenguaje, afirma en Pasado en claro esta ambigüedad: No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. Vivimos entre nombres: lo que no tiene nombre todavía no existe. Adán de lodo, no un muñeco de barro, una metáfora. Paz sueña con un lenguaje encarnado, plural, fundado en la analogía, pues es consciente de la oposición entre los signos y el cuerpo, tomado este como suma de la realidad natural, la que nos fue dada. «La lectura del primitivo es corporal», declara en Conjunciones y disyunciones, tras de haber reflexionado en las culturas llamadas salvajes y haber descubierto la «doble maravilla» que sería «hablar con el cuerpo y convertir el lenguaje en un cuerpo». Nostalgia del verbo. 

Paz no se resigna a la muerte del lenguaje y quiere deletrear corporalmente el mundo o, por lo menos, proponerlo. Por la vía de una proliferación maligna, de una expansión y dispersión indetenibles, la literatura llega a ahogar al literato, al hombre de letras. Lo sumerge en su discurso inagotable, en su fluir espeso y largo. Cesa el yo por destrucción, por desintegración, no por liberación. Se detienen los mecanismos de autoafirmación. Cruzó un punto de vacío. Se expandió hasta diluirse. Ya no es el autor quien habla, sino la existencia cancerosa de las palabras en sí, pero esta vez desposeídas de destino, ajenas a cualquier orden sagrado o trascendental. Ya no nombran. Mataron el mundo. Como un enjambre de insectos monstruosos vuelan sobre las ruinas y los desiertos, donde ya no quedan hombres sino lisiados, pedazos humanos que aún se mueven, trozos de cuerpos semienterrados. 

Los literatos aún nos tomamos en serio. Creemos que formamos parte de una élite pensante. Que representamos una avanzada en el mundo. Que tenemos el deber de fijar posición ante todos los acontecimientos que conmueven nuestra patria y las sociedades. Nos sentimos importantes. Escuchados. Respetados. Se nos busca en las conmemoraciones y efemérides para que pronunciemos discursos de orden. La sociedad no se ha dado cuenta aún de que la literatura está muriendo, de que los literatos somos muertos en vida, de que ella misma, la sociedad, está a punto de agonía. Se vive un juego de sombras chinas. 

La industria cultural, sin embargo, necesita por el momento, literatura. La promueve como nunca esta había sido promovida antes, cuando buscaba comprender el mundo o aspiraba a ser intermediaria entre el hombre y el misterio, o bien implicaba un destino fatal. Los hombres de letras alcanzan a ser oídos en los más diversos países y lenguas, cuando los medios de comunicación de masas se ocupan de ellos, cosa que sucede con frecuencia. Entonces se pronuncian sobre la minifalda, la sexualidad, la guerra de Vietnam, el Poder Negro, el gobierno de Fidel Castro, el Che Guevara, los viajes espaciales, los medios audiovisuales, la pintura, el cinetismo, etc. Formamos parte del sistema. 

Los literatos tenemos un sitio asignado dentro del llamado «establecimiento». La sociedad necesita de nosotros y nosotros de la sociedad. La crisis que vive el mundo, más que la de un sistema determinado, capitalismo o socialismo, cara y cruz de una misma voluntad de expansión tecnológica, tecnocrática y de producción de cosas, es la del hombre en sí, la de su alienación al mito del poder, la de su egocentrismo que deforma y entorpece las relaciones y las comunicaciones con los demás. 

El hombre de letras no escapa a esa crisis. Por lo contrario, la ahonda. De modo que la crisis adquiere sus mejores ejemplos en los hombres de letras, en los artistas. Ellos perfeccionan el desastre. Son los creadores de las sustituciones, de las compensaciones, de las imágenes. Glorifican sin cesar las emociones negativas con las que la imaginación y el afán de identificarse, como lo explicó Ouspensky, desnaturalizan y convierten en veneno de la mente las emociones instintivas3. 

Los literatos somos los alimentadores de la crisis y nuestras obras confusas, demoledoras, contradictorias, sustitutivas, fantasmales, desordenadas, desgarradas, frutos de mentes enfermas, de un ego irritado y ávido, de la fragmentación constante de la vida, de la incapacidad de ser real, constituyen para un hipotético mundo futuro liberado, los mejores documentos del automatismo del hombre, de su miedo constante, de su angustia, de su infierno, de una época que Hesse llamó «folletinesca». Toco aquí un aspecto fundamental de esta exposición. 

El hombre de letras, el artista, yo mismo, no tengo derecho a obrar sobre el mundo sino en la medida en que puedo obrar sobre mí mismo. Pero la literatura debilita el esfuerzo hacia una ascesis personal cuando impera en ella el sentimiento de compensación o bien se erige en impedimento mayor cuando se pliega a los condicionamientos que propician el éxito, o se extravía en el cultivo de tautologías hedonistas.

Las cosas están detrás de las palabras. Son la realidad. En el momento en que las palabras entran a sustituir las cosas, impiden una toma de contacto completa con la realidad. Y se crea la ficción. Disipados los fantasmas de la mitología, fallecidos los dioses, perdidos los sustentos religiosos, ahogada la magia, decaído el verbo, no se puede pretender sustituir aquellas virtudes lustrales del lenguaje literario con la adoración del artificio del texto, con lo puramente escritural, con los signos en rotación. 

La tarea más urgente del literato, desde este punto de vista, sería volver a estar vivo, volver a sentir la realidad como si fuera su piel, aceptar que las cosas que le fueron dadas —los elementos, la naturaleza— no necesitan de él para vivir, más bien es él quien necesita de su entorno. Semejante toma de conciencia implica una gran humildad. Esa humildad se produce cuando acontece dentro del individuo una revolución del alma que lo libere, entre otros aspectos, de la alienación de la literatura misma. Ortega y Gasset decía: 
«El poeta empieza donde el hombre acaba». 

No se trata de una paradoja, sino de la intuición profunda del existir literario, de esa dimensión deformante que es la literatura y para la cual, en primera o en última instancia, sobra la realidad. Los símbolos de la literatura que hemos creado y alimentado nos impiden mirar directamente la cosa, ver el hecho en sí, descubrir lo que es sin necesidad de nosotros. Es menester, en cierto modo, que el lenguaje se reabsorba en la realidad y recobre su funcionalidad primordial de verbo. Esto no puede ser obra de la literatura, sino de la vida, de la tenaz tarea de descondicionarnos, de la acción interior a la que podamos someternos los literatos. 

Guillent Pérez, en un importante ensayo titulado Dios, el ser, el misterio, al establecer la diferencia ontológica entre ser y ente, se refirió a la pura presencia de las cosas, en relación con aquel episodio fundamental de la obra La náusea, de Sartre, en que Antoine Roquenlin se desmorona y siente una revulsión incontenible cuando advierte de pronto, en una plazoleta, que los árboles, las cosas son en ellas mismas, desposeídas de todo sentido humano, que él está de más, que en su rededor la naturaleza chorrea vida propia, incontenible, innominada, cruda, ingente. 

Guillent Pérez escribe entonces: «El hundimiento del mundo humano no tiene por qué acarrear náusea ni angustia, sino, antes bien, el descubrimiento de lo único que puede hacer feliz al mortal» es el descubrimiento del ser, de lo que es, sin necesidad de ser pensado y traducido de inmediato a los mecanismos complejos del yo. Por eso, con audacia, Guillent Pérez concluye: «La esencia fundamental del hombre no es la razón, sino el ser»4. 

La literatura, al igual del personaje de La náusea, empieza a darse cuenta, como escribió Blanchot, pero con otras miras, que «cuando todo ha sido logrado» se queda sin salida «o bien descubre el fracaso absoluto de ese éxito y se disuelve a sí misma en la insignificancia de una carrera académica». La integración al sistema alienante y a la alienación, o bien al descubrimiento de una ausencia de salida, es lo que espera al hacedor de literatura, en un momento en que se plantea como única alternativa creadora la revolución interior, la necesidad para el escritor —y el hombre— de rechazar la sociedad en sí —la capitalista democrática como la socialista soviética china o cubana—, los condicionamientos interminables, el automatismo, los estímulos vitales de poder, los esquemas de la memoria y del pensamiento, la egolatría secular, las sustituciones y las imágenes, con el objeto de ser, de abrirse a la vida real, a la renovación posible, a la liberación. 

Interrogado un día sobre la imaginación y el arte, Krishnamurti, gran pensador de nuestro tiempo que viene formulando desde hace años un mensaje tan simple como revolucionario, contestó que quien está en contacto directo con la naturaleza, con las colinas, las nubes, los ríos, los árboles, los pájaros, quien forma parte del movimiento mismo de la vida real, no necesita ir a los museos, pintar o drogarse. Hago extensiva esa afirmación a la literatura, al literato: más importa vivir que escribir; si el precio de la liberación es el silencio, quizás convenga optar por este, porque en el seno de ese silencio creador está todo el esplendor de la vida y quizás, como semilla, la posibilidad del renacimiento del verbo en comunión con la realidad no pensada, no descrita, no nombrada, sino irradiante en su potencia de ser lo que es. Entonces las palabras estarán con la vida, porque no precederán al hecho, sino lo seguirán. No pretenderán ser la cosa, sino su reflejo; no devorarán la realidad en escrito de escribir, sino tendrán la pureza de lo que nace sin cesar del silencio original. 

Si en algo siento el fracaso de nosotros, los escritores, es en esa incapacidad de sustraernos a la masificación, a la cosificación, a las banderías, a la embriaguez del discurso lineal e interminable. Tarea del escritor debería ser depurar la vida, y no llenarla de proyecciones fantasmales del propio ego, de la imaginación viciosa, de las ambiciones, de los resentimientos. Tratar de ser hombre libre, en esta época de alienación tecnológica, propagandística, política, operacional, es quizás la mayor tentativa a la que puede aspirar e implica, de modo inevitable, una revolución interior dirigida, una mutación, como dijo Krishnamurti, «en la simiente misma del pensamiento, no en las expresiones exteriores de esa simiente...». Entonces, el mito del hombre nuevo se tornaría en realidad.

_________________________

[1]_ Maurice Blanchot, El libro que vendrá, Monte Ávila Editores, Caracas, 1969.
[2]_ Alain Bosquet, Premier testament, Gallimard, París, 1957.
[3]_ P. Demianovich Ouspensky, L ’homme et son évolution possible. Editions Denoël. París, 1961. «Se descubre también, y a veces desde el principio, cuantas consecuencias peligrosas puede tener la expresión de emociones negativas. El término de ‘emociones negativas’ designa todas las emociones de violencia o de depresión: apiadarse de sí mismo, cólera, presunción, miedo, contrariedad, fastidio, desconfianza, celos, etc... Por lo general, se acepta la expresión de emociones negativas como cosa natural y hasta necesaria. Frecuentemente la gente las llama ‘sinceridad’. Por supuesto, eso no tiene nada que ver con la sinceridad; se trata simplemente de debilidad en el hombre, de señal de mal carácter y de impotencia para guardar dentro de sí sus quejas. El hombre llega a comprenderlo cuando se esfuerza en oponerse a sus emociones negativas. Y ello constituye para él una nueva lección. Advierte que no basta observar las manifestaciones mecánicas: se impone resistir a éstas, porque si no se resiste no se las puede observar».
[4]_ J. R. Guillent Pérez, Dios, el ser, el misterio, Ediciones Reunión de Profesores, Caracas. 1966.

JUAN-LISCANO by Jorge Ugueto


domingo, 8 de diciembre de 2024

LIBRO "CLICS CONTRA LA HUMANIDAD": LIBERTAD Y RESISTENCIA EN LA ERA DE LA DISTRACCIÓN TECNOLÓGICA por JAMES WILLIAMS 📱📺💻


Clics contra 
la humanidad: 
Libertad y resistencia 
en la era de la distracción tecnológica


• Premio Nine Dots al pensamiento innovador

"LA LIBERTAD DE ATENCIÓN NO TIENE SENTIDO 
SIN LIBERTAD DE ATENCIÓN". 

“La liberación de la atención humana podría ser la lucha ética y política decisiva de nuestro tiempo”, afirma el filósofo y exestratega de Google James Williams en su ensayo Clics contra la humanidad (Gatopardo), un grito de alarma que nos llama a cambiar nuestra relación con la tecnología antes de que sea demasiado tarde.

“RECUPERAR LA ATENCION ES VITAL PARA QUE SOBREVIVA EL YO TAL Y COMO SE ENTIENDE EN OCCIDENTE”, AFIRMA JAMES WILLIAMS
Vivimos pegados a la pantalla, sometidos a los cantos de sirena de la tecnología digital. En la era del exceso informativo, la atención ha pasado a ser un bien escaso y codiciado por las grandes empresas tecnológicas. ¿Cómo afecta este fenómeno a nuestra autonomía y nuestra libertad? ¿Cómo podemos oponer resistencia a la colonización de nuestra mente? Con un pie en la antigua Grecia y el otro en Silicon Valley, Clics contra la humanidad arroja luz sobre uno de los problemas más urgentes de nuestro tiempo.
James Williams, que fue estratega de Google antes de estudiar filosofía en Oxford, afirma que los sistemas inteligentes de persuasión que condicionan nuestro pensamiento y nuestra conducta constituyen una grave amenaza para la libertad y la democracia. En vez de ayudarnos a alcanzar nuestras verdaderas metas vitales, las tecnologías digitales desvían y explotan nuestra atención, aprovechándose de nuestras vulnerabilidades psicológicas. Hace demasiado tiempo que minimizamos los trastornos resultantes, descartándolos como simples «distracciones» o molestias menores. Sin embargo, son mecanismos que socavan la voluntad humana, cuyos efectos pueden ser irreversibles si no actuamos a tiempo.

CRÍTICA

Antes de llegar a la página 70 ya había eliminado mi cuenta de Instagram. Todavía no es demasiado tarde para detener el secuestro de la atención, el alud de información no procesable y la ‘proliferación de la mezquindad’. Este libro puede cambiar su vida (y el mundo).

Kiko Amat

Nadie ha reflexionado con tanta profundidad sobre la crisis moderna de la atención.

Tim Wu, autor de Comerciantes de atención

Si te importa el futuro de la sociedad, presta atención a este libro.

Wael Ghonim, activista de internet

Apasionado, provocador, personal y divertido. Partiendo de la filosofía, los videojuegos, la literatura clásica y la ciencia contemporánea, nos ayuda a entender cómo está cambiando la experiencia humana y cómo podemos recuperar el control de nuestras vidas.

David Runciman

Prólogo

Para hacer cualquier cosa que valga la pena, hay que ser capaz de prestar atención a las cosas que importan. No es tarea fácil, no lo ha sido nunca, pero de un tiempo a esta parte se ha vuelto aún más complicado, por nuevas e insospechadas razones. 

Mientras mirábamos hacia otra parte, una amenaza de última generación para la libertad del ser humano se ha materializado ante nuestros ojos. No hemos reparado en ella porque ha llegado en distintas formas que nos resultaban familiares. Ha llegado trayendo consigo el regalo de la información, un recurso escaso y valioso hasta la fecha, pero que se nos ha brindado en tal abundancia y a tal velocidad que se ha convertido en una rémora. Y, para acabar de seducirnos, ha llegado con la promesa de que está de nuestra parte, de que ha sido diseñada para ayudarnos a conducir nuestras vidas por los derroteros que nosotros mismos nos hemos marcado. 

Pero, por grande que sea su potencial, estas máquinas maravillosas no están exactamente de nuestra parte. En lugar de secundar nuestras intenciones, se dedican a captar y monopolizar nuestra atención. En su competencia despiadada por «persuadirnos», por determinar nuestros actos e ideas conforme a sus objetivos preestablecidos, estas máquinas se han visto obligadas a recurrir a las astucias más mezquinas y rastreras del manual para apelar a nuestros impulsos más viles, a ese ser inferior que nuestra naturaleza más noble ha tratado siempre de combatir y superar. Para colmo de males, han desplegado los sistemas de computación más inteligentes que se hayan visto jamás con el solo propósito de captar nuestra atención y servirse de ella. 

Durante demasiado tiempo hemos quitado importancia a los peligros de esta forma de persuasión inteligente y nociva, desdeñándola como una mera «distracción» o una molestia de poca monta. A corto plazo, estos obstáculos pueden mermar nuestra capacidad de hacer lo que queremos hacer. A largo plazo, pueden llegar a impedirnos vivir las vidas que queremos vivir y, lo que es peor, minar facultades fundamentales como la reflexión o el autocontrol, dificultándonos aún más la tarea de «querer lo que queremos querer», por emplear la expresión del filósofo Harry Frankfurt. En este sentido, los nuevos adversarios de la atención no solo suponen una amenaza para el triunfo de la voluntad, sino también para su misma integridad esencial, tanto en el plano individual como en el colectivo. 

De entre la variedad de amenazas que pesan sobre la libertad, algunas son reconocibles de inmediato, pero otras necesitan cierto tiempo para revelarse como tales. En lo que respecta a este sistema de persuasión inteligente, cuya influencia perniciosa crece por momentos, el proceso de reconocimiento no ha hecho más que comenzar. Las amenazas, en cambio, ese cúmulo de infraestructuras e incentivos que se esconden tras su funcionamiento, están ya bastante asentadas y consolidadas. Así las cosas, puede que sea demasiado tarde para poner a estos sistemas perniciosos de nuestra parte. Es posible que, a estas alturas, sus mecanismos estén demasiado arraigados en nuestra vida para extirparlos. Personalmente, no creo que sea el caso. No está todo perdido, pero la vía de la salvación es angosta y no tardará en cerrarse. 

Hubo un tiempo en que pensaba que los grandes desafios políticos habían pasado a la historia. Las luchas épicas por la libertad, me decía, habían sido ya libradas por generaciones más ilustres que la nuestra. A nosotros nos quedaba tan solo la tarea de administrar diligentemente su herencia política, el fruto de su esfuerzo. 

No podía estar más equivocado. La liberación de la atención humana podría ser la lucha ética y política decisiva de nuestro tiempo. Su éxito es requisito previo de cualquier otra lucha que quepa imaginar. Nos incumbe a nosotros, pues, la responsabilidad de modificar el cableado de estos sistemas de persuasión inteligente y nociva antes de que ellos modifiquen el nuestro. Para ello es preciso encontrar, entre todos, nuevas formas de hablar y abordar el problema, y reunir luego el coraje necesario para lidiar con él, por más que nuestras acciones resulten intempestivas e impopulares. 

En el poco espacio del que aquí dispongo no aspiro a dibujar un mapa detallado de la problemática, sino a calibrar la brújula que habrá de ayudarnos a navegar por ella. Habrá, pues, más preguntas que respuestas y más exploración que alegato. Debería leerse como un despliegue de intuiciones, como una búsqueda de los términos precisos. Ralph Waldo Emerson dijo que «a veces un grito es mejor que una tesis». Habrá aquí un poco de ambas cosas. 

El corto pero intenso periodo que he pasado escribiendo este libro no habría sido posible sin la extraordinaria generosidad y clarividencia de la Kadas Prize Foundation, la Cambridge University Press y el Centro de Investigaciones para las Artes, las Ciencias Sociales y las Humanidades (CRASSH) de la Universidad de Cambridge, así como el ímprobo esfuerzo del personal y la directiva del Premio Nine Dots. El privilegio es aún mayor, pues se trata de inaugurar lo que sin duda será una larga serie de proyectos similares a este. Solo espero que el mío sea digno de su generosa atención y de la del lector.

VER+:













James Williams. Clics contra la humanidad (Español)