EL Rincón de Yanka: POSVERDAD

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miércoles, 16 de abril de 2025

PRETENDEN DECLARAR A QUIENES TENGAN DISCURSOS CONTRARIOS A LA NARRATIVA OFICIAL GLOBALISTA COMO "ENFERMOS MENTALES": 🙋 EL SÍNDROME DEL TRASTORNO DE LA INFORMACIÓN


🟠PRETENDEN DECLARAR A QUIENES TENGAN DISCURSOS CONTRARIOS A LA NARRATIVA OFICIAL COMO “ENFERMOS MENTALES” mediante una supuesta nueva enfermedad llamada “El Síndrome del Trastorno de la Información”.
🔸Daría risa si no fuera por lo grave que resulta que los verdaderos enfermos, totalitarios y degenerados, dispongan de todo el poder, recursos y herramientas para hacer realidad este disparate, con el único propósito de no tener oposición a implementar sus delirantes ideas con las que someter a un pensamiento único al resto de la población y combatir alternativas sanas a ese mundo distópico que tanto anhelan.

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Leyendo este interesante artículo del Dr. Robert Malone, para Brownstone (que, por cierto, ya está empezando en España su andadura) reconozco que no daba crédito a lo que veían mis ojos. Resulta que ahora existe el concepto del “síndrome del trastorno de la información”, que consiste en haber repetido mil veces, a través de informes políticos, y en diferentes ámbitos, la idea de que “el intercambio o desarrollo de información falsa, con o sin la intención de hacer daño” sea considerado una enfermedad de salud mental. Como lo está usted leyendo. Nos explica Malone que el término “desorden de la información” fue acuñado en 2017 en un documento titulado “Information Disorder Toward, an interdisciplinary framework for research and policymaking” (“Desorden de la información: hacia un marco interdisciplinario para la investigación y la formulación de políticas”) que se redactó para el Consejo de Europa.

El informe en cuestión fue el pistoletazo de salida para que el concepto haya sido repetido como un mantra, sobre todo en esferas internacionales (aunque preparémonos para que en cualquier momento lo lance alguno por estos lares). Han sido Think Tanks, “expertos académicos”, ONG, gobiernos, quienes han repetido el término para conseguir que la gente se crea que está enferma por creerse eso que esos mismos (gobiernos, ONG, think thanks, “expertos”) consideran “desinformación”. Fue en 2020, año glorioso para la inventiva y la creatividad terrorífica de normas y documentos increíbles, cuando se publicó un documento “científico”, revisado por pares, para confirmar que sí, que efectivamente, se acuñaba el término como trastorno de la salud mental. El documento clasifica en tres los grados de gravedad del síndrome, no se lo pierda.

En el uno se señala “la forma más leve en la que el individuo comparte información falsa sin la intención de dañar a los demás”. En el grado dos, se encuentra el grado que describe la forma moderada “en la que el individuo desarrolla y comparte información falsa con la intención de ganar dinero y obtener beneficios políticos, pero no con la intención de dañar a las personas”. En el grado tres, o sea, el tope de la gravedad del síndrome, está aquella forma en la que “el individuo desarrolla y comparte información falsa con la intención de dañar a los demás”.

A continuación vienen las recomendaciones médicas para tratar a estos pacientes. Vamos con ello si todavía no se le han salido los ojos de las órbitas.

Se recomienda gestionar este trastorno con vigilancia hacia los rumores, los mensajes dirigidos y la participación de la comunidad en su conjunto. 
“Los pacientes reincidentes en el nivel de Grado 1, todos los pacientes de los niveles de Grado 2 y 3 necesitan asesoramiento psicosocial y, en ocasiones, requieren de regulaciones y medidas de control estrictas para controlar dicho trastorno de la información”. 
 Y como recomendación médica, se señala textualmente en el documento médico de investigación que: “La intervención más importante es tener en cuenta que no todas las publicaciones en las redes sociales y las noticias son reales y deben interpretarse con cuidado”. 
Repito que esto forma parte de un texto científico para determinar un síndrome de salud mental.
Los “verificadores”, a través de la colaboración con las redes sociales y con medios de comunicación, se afanaron en catalogar al personal de manera indirecta como enfermos mentales, y dependiendo de cómo se comportasen, serían clasificados en grados
Ahora es cuando hago una parada, doy un sorbito al café y me quedo pensando en todo el macabro tinglado que montaron. De esto no me había enterado. Y sigo pensando que, evidentemente, había que establecer las noticias como falsas, o desinformación, etiquetándolas de alguna manera. Y para ello se sirvieron de los “verificadores” que a través de la colaboración con las redes sociales y con medios de comunicación, se afanaron en catalogar al personal de manera indirecta como enfermos mentales, y dependiendo de cómo se comportasen en redes sociales, serían clasificados en grados.

¿Pensaban hacer algún tipo de análisis clínico de los pacientes a través de sus comportamientos en redes y de las noticias que consumen y comparten? ¿Cómo pretendían hacerlo? Sigo pensando... y me imagino ese sistema tan tecnológico, donde todos estamos registrados, y conocen perfectamente nuestra ubicación, nuestro estado vacunal, y nuestras fuentes de información. Decía Sánchez que a él lo importante le parecían los votos, desdeñando los perfiles de redes sociales. Pero me temo que no decía realmente la verdad, sobre todo teniendo en cuenta que su gobierno está apostando por desmontar nuestra agricultura, ganadería y medio ambiente para esos proyectos de datos e inteligencia artificial... Igual apuesta por ello, porque no tiene ni idea de lo que está preparando en realidad, que también es posible. Vivimos en tiempos donde nos preocupa más la inteligencia artificial que la humana, y así nos va.

Doy otro sorbito al café y me río. Porque ahora es cuando me acuerdo de la confesión de Zuckerberg hace unos días, donde reconocía haber estado permitiendo que se censurara información cierta en sus redes, que se etiquetase como falsa o desinformación. Y que decide prescindir de los verificadores, porque estaban absolutamente politizados y no hacían lo que se supone que debían hacer. Después de Zuckerberg apareció Google para darle un corte de mangas a la Unión Europea, plantando cara a las medidas de censura que quería implementar. Vaya, que todo el sistema que tenían montado para ponernos una letra escarlata en la solapa, etiquetarnos como enfermos mentales y un peligro para la salud parece que no les está funcionando. Recuerdo también que, en su momento, se pretendió catalogar como terrorismo a los que no tragaban con el discurso oficial de la pandemia.
Quizás lo haya usted olvidado. Pero entre letra y letra del alfabeto griego, que después pasó a buscar los monstruos más terroríficos para bautizar a las variantes de un virus que cada vez asustaba menos al personal, llamaron terroristas a los que denunciaban lo que hoy ya se ha confirmado como cierto. Además de terroristas, enfermos mentales.
Nos cuenta Malone que la Asociación Estadounidense de Psicología está considerando en estos momentos cómo incluir el “trastorno de la información” o incluso el “síndrome del trastorno de la información” dentro de sus modalidades. Y para ello han elaborado un informe de declaración de consenso sobre la lucha “contra la desinformación sanitaria”. La Asociación ha recibido dos millones de dólares para desarrollar este proyecto, según afirma Malone. Malone se pregunta qué ocurrirá en el futuro cuando quede realmente acuñado este síndrome como enfermedad de salud mental de manera formal, reconocido en el sistema público de salud. Y de qué manera pondrán en marcha mecanismos terapéuticos. No sé si somos del todo conscientes de la magnitud que tiene este asunto.
Le invito hoy a pensar en ello. Pero si no está de acuerdo con algo, mejor no lo diga muy alto, no vaya a ser que alguien quiera ponerle en tratamiento.


VER+:



La extinción de una organización por este motivo deberá ir precedida de una resolución judicial / La disolución de la Fundación Francisco Franco, cuya tramitación ya puso en marcha el Ministerio de Cultura, está ahora más cerca.
Pretende reformar la ley orgánica reguladora del derecho de asociación para incluir como causa de disolución la apología del franquismo, adaptándolo a la ley de memoria democrática.
Todos los socios parlamentarios del Gobierno han votado a favor de esta iniciativa del PSOE, que pretende reformar la ley orgánica reguladora del derecho de asociación para incluir como causa de disolución la apología del franquismo, adaptando así esta normativa a la ley de memoria democrática.
Esta ley no afectará a la Fundación Francisco Franco, al tratarse de una fundación y no de una asociación, pero el Gobierno tiene previsto pedir este año ante la Justicia su extinción en aplicación de otro punto de la ley de memoria democrática.

Aumenta la persecución: 
El Senado tramita la ley para disolver asociaciones 
que disientan de la «verdad histórica», 
pese a su inconstitucionalidad señalada por los letrados.

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¿Por qué le llaman

PROTECCION,
cuando quieren decir
C O N T R O L ???

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#AfectadosPsiquiatria #Narrativa #SaludMental


martes, 5 de noviembre de 2024

LIBRO "(POS)VERDAD Y DEMOCRACIA" por MANUEL ARIAS MALDONADO 📰📺📻📲

(POS)VERDAD Y DEMOCRACIA

El vínculo entre verdad y política ha ganado un inesperado protagonismo en los últimos años. Se postula una tesis inquietante: en el marco de una conversación pública desordenada en la que surgen nuevas formas de comunicación, los ciudadanos han perdido la capacidad de discernir la verdad de la mentira.
Hablamos así de posverdad para designar un estadio de la cultura donde los hechos no cuentan y la verdad ya no juega su papel tradicional; de ahí fenómenos como las fake news o la polarización grupal. Nada de esto puede entenderse sin el impacto de unas tecnologías digitales que han transformado el espacio público, facilitando el ascenso del populismo y la sentimentalización de la política. A nadie puede extrañar que nuestras democracias sufran una erosión iliberal que amenaza con reducirlas a la condición de autocracias electorales.

Pero conviene no adherirse de manera irreflexiva a este diagnóstico. Porque no está claro que la posverdad sea lo que se dice que es, ni está demostrado que las redes sociales socaven la conversación pública. Verdad y política se relacionan de manera intrincada, hasta el punto de que no sabemos qué lugar debe (o puede) ocupar la primera en una democracia liberal.
Si abrazar una concepción fuerte de la verdad puede dificultar la convivencia y poner en riesgo el pluralismo, conformarnos con el relativismo conduce a la toma de malas decisiones colectivas y abre la puerta al gobierno de los demagogos. ¿Qué hacer? En este libro, Manuel Arias Maldonado arroja una mirada nueva sobre este viejo dilema, empleando categorías originales y rehuyendo los lugares comunes sin incurrir en el alarmismo ni caer en la complacencia.


"En realidad, el hombre no tiene derechos en una democracia.
No los perdió en beneficio de la colectividad nacional ni de la nación, sino de una casta político-financiera de banqueros y agentes electorales. 
La democracia masónica (globalista), a través de una traición sin igual, se disfraza de apóstol de la paz en esta tierra y al mismo tiempo proclama la guerra entre el hombre y Dios.
"Paz (Pacifismo) entre los hombres y guerra contra Dios". Corneliu Zelea Codreanu

INTRODUCCIÓN:

ALARMA EN EL EXPRESO

Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (como propuso Foucault dando la vuelta a Clausewitz) y la verdad es siempre la primera víctima de cualquier guerra (como quizá dijo ya Esquilo), ¿acaso hay que concluir que la verdad es incompatible con la política?1 Así parece creerlo nuestra época, alarmada por el efecto de la digitalización sobre la opinión pública: incremento de la desinformación, credibilidad del fake, éxito del populismo. Desde este punto de vista, la democracia se encontraría hoy en peligro porque los ciudadanos han perdido la capacidad de distinguir la verdad de la mentira y los medios tradicionales han dejado de cumplir su función moderadora. Tanto los líderes autoritarios como los partidos extremistas aprovechan esa novedad para ganarse el favor de un público desorientado. De ahí que haya hecho fortuna la idea de que vivimos en el tiempo inédito de la posverdad: aquel en que dejamos de creer que la verdad exista o pueda llegar a encontrársela. 
La posverdad sería, por decirlo con el filósofo Juan Antonio Nicolás, el lugar al que llegan las comunidades humanas «al final de un proceso histórico de impugnación de los pilares fundamentales de la modernidad ilustrada». 2 A consecuencia de ello, la democracia se convierte en el escenario de una lucha de poder donde la deliberación racional es sustituida por la movilización afectiva y donde la verdad solo es uno de los disfraces de la mentira. 

Se trata de una hipótesis —la posverdad como nuevo paradigma cultural— que trae bajo el brazo un buen número de interrogantes. La desigual literatura sobre el tema ha tratado de explorarlos sin demasiado éxito. 3 
¿Se ha producido la transformación cultural y social que postulan los defensores de esta noción fuerte de posverdad? Y si es el caso, ¿debemos resignarnos a que la política sea aquella esfera de la vida social donde prevalecen la mentira y la simulación? O lo que es igual: ¿puede una democracia prescindir de la verdad y seguir llamándose democracia? 
No se trata solamente de un escrúpulo moral; hay razones para pensar que una democracia que abandonase la verdad como criterio rector para la toma de decisiones (sustituyéndola por el sentimiento político o el dogma ideológico) sería incapaz de proporcionar a los ciudadanos aquellos bienes de orden material que incrementan la legitimidad de tal democracia —del crecimiento económico a la redistribución de la riqueza, pasando por el eficaz funcionamiento de los servicios públicos o el mantenimiento del orden público— y que la hacen preferible a sus alternativas. 

Atención: si concluimos que la democracia debe vincularse estrechamente a la verdad, ¿cómo podríamos hacer tal cosa sin restringir la libertad individual y poner con ello en riesgo la convivencia pacífica entre los diferentes? Si las democracias liberales son la forma ideal de gobierno para las sociedades pluralistas, es porque en ellas no hay manera de evitar —sí de atenuar— el conflicto moral y político que surge cuando entran en contacto quienes tienen formas de ver el mundo inconciliables entre sí. ¿Dónde queda la verdad cuando no hay acuerdo posible? Siempre se puede invocar la fórmula propuesta por el filósofo norteamericano Richard Rorty: cuida la libertad, que la verdad se cuidará sola. 4 
Si creamos las condiciones necesarias para el libre intercambio de opiniones y el desenvolvimiento de distintas formas de vida, en definitiva, la verdad se impondrá por sí misma tarde o temprano. ¿Y qué pasa si no lo hace, o lo hace cuando ya es demasiado tarde para evitar resultados catastróficos?

Verdad y política, mentira y democracia, consenso y pluralismo: he aquí un bonito puzle para teóricos sociales. El inconveniente está en que sus piezas no terminan de encajar; solucionarlo se ha demostrado imposible hasta ahora. De hecho, la experiencia acumulada durante los últimos quince años ha creado la sensación de que estamos más lejos que nunca de lograrlo: al desorden suscitado por la digitalización del espacio público se han sumado el malestar producido por la Gran Recesión y la incertidumbre creada por la sucesión de calamidades —pandemia, invasión rusa del territorio ucraniano, recrudecimiento del conflicto palestino-israelí— que definen este siglo. Para colmo, las propias democracias liberales se encuentran sometidas a la presión generada por fuerzas iliberales de distinto signo —populistas, extremistas, nacionalistas, activistas woke— que operan en su interior y han dejado una huella indeleble en algunas de ellas. 

Piénsese en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, decidida mediante un referéndum popular que vino precedido de una campaña dominada por la demagogia. Se manejaron en ella argumentos inverosímiles sobre los beneficios que traería consigo para los británicos el abandono de la organización política comunitaria; ahora que la fantasía soberanista ha dejado paso a la realidad, el hecho de que un número significativo de británicos haya cambiado de posición sirve ya de poco: el daño está hecho. 
Y no olvidemos al insoslayable Donald Trump, quien ganó las elecciones presidenciales estadounidenses en 2016 y alentó la toma del Capitolio por parte de sus seguidores tras caer derrotado ante Joe Biden en noviembre de 2020: 
si su primera victoria causó estupor en el mundo entero, provocando un intenso debate acerca de la capacidad de los electorados para seleccionar a sus gobernantes, la sola posibilidad de que regrese al cargo parecería confirmar los peores temores acerca de la trayectoria declinante de la democracia de masas. 

Sobre la base proporcionada por estos dos ejemplos se ha levantado toda una rama de la industria editorial dedicada a anunciar la crisis de la democracia liberal y advertir sobre la posibilidad de su colapso. 5 
Al listado de amenazas se fueron sumando después los partidos y líderes de la extrema derecha: Abascal, Meloni, Marine Le Pen, Bolsonaro, Alternativa por Alemania. Todos estos casos demostrarían que el uso de la mentira política y de la desinformación propicia el ascenso de líderes autoritarios con tendencia al extremismo ideológico. 
Que esta pulsión iliberal no es patrimonio exclusivo de la derecha había quedado ya claro con el ejemplo venezolano, y se vio reafirmado después con los éxitos del Movimiento 5 Estrellas en Italia y de Podemos en España, sin olvidarnos de López Obrador en México. Y qué decir del procés impulsado por el separatismo catalán, sostenido en todo momento por un puñado de mentiras —existe un conflicto centenario entre Cataluña y España, la primera es objeto de expolio fiscal a manos de la segunda, los jueces reprimen a unos separatistas que se limitan a expresar sus opiniones— que el socialismo español parece haber dado por buenas tras forjar una alianza con los nacionalistas catalanes con objeto de recuperar el poder y conservarlo después. 

Hay quienes creen que de este callejón solo se podrá salir restaurando la autoridad pública de la verdad. O sea: afirmando sin ambages su existencia y reforzando las instituciones que están llamadas a protegerla. Dicho de otra manera: las sociedades liberales solo podrán seguir siéndolo si limitan los efectos corrosivos de ese relativismo que viene socavando sus cimientos desde que los filósofos posmodernos denunciasen que la modernidad ilustrada estaba desnuda y apostaran por un descreimiento irónico que se refugia con demasiada facilidad en el cinismo. Nuestra cultura pública, erosionada por la desinformación y la intolerancia, debe recuperar el rigor sin perder el vigor, volviendo a comprometerse con la búsqueda de la verdad y el respeto a los valores democráticos; una tarea a la que están convocados por igual gobiernos, medios de comunicación y ciudadanos. 

De qué manera pueda hacerse tal cosa, sin embargo, no está demasiado claro. Y tampoco conviene dar por bueno este diagnóstico a las primeras de cambio; la situación en la que se encuentran las democracias liberales contemporáneas puede explicarse de distintas maneras, y ni la devaluación de la verdad ni el impacto de la digitalización son necesariamente los factores más determinantes. Sostener que los líderes populistas o autoritarios son resultado de la posverdad supone pasar por alto que ha habido líderes populistas y autoritarios en el pasado. Y supone reducir al mínimo el papel que hayan podido jugar en la deriva iliberal de muchas democracias —no todas sufren este destino— factores como el impacto anímico de la Gran Recesión, la zozobra causada por la globalización o el mismísimo cambio demográfico. No cabe duda de que explicar a Donald Trump o el Brexit como un efecto de la digitalización del espacio público y de la facilidad con que gracias a ella puede mentirse a los ciudadanos resulta sin duda consolador; es también autocomplaciente y superficial. 

Aunque la atención periodística dispensada al fenómeno ha terminado por causar la impresión contraria, los estudiosos de la política no se ponen de acuerdo sobre si existe la posverdad, ni —si concluimos que existe— cuál es la relevancia que haya de dársele a la hora de explicar la disfuncionalidad de nuestras democracias. 
La razón es simple: ni sabemos cómo se relacionan en la práctica verdad y democracia, ni, sobre todo, tenemos una idea compartida sobre cómo deberían relacionarse idealmente. Por lo demás, de nada sirve desear que la verdad reine en democracia si no existen medios que hagan posible la consecución de tan discutible propósito. Para decir posverdad hay que saber primero cuál es la verdad que habría sido superada a golpe de fakes y desplazada con ello del núcleo deliberativo de las democracias liberales. 

¿Nos estamos refiriendo a una verdad «factual» cuya integridad se vería amenazada por la postulación de «hechos alternativos» y demás expresiones de una desinformación potenciada por las tecnologías digitales de la comunicación? ¿O tal vez se alude a un cambio cultural más amplio, según el cual la creencia compartida en la verdad estaría viéndose socavada, hasta el punto de que las condiciones sociales que hacen posible distinguir la verdad de la mentira desaparecen a ojos vista? Si fuera el caso, ¿podrán las democracias mantenerse en pie? ¿Y no podría ser que estuviéramos dejándonos llevar por el pánico, exagerando el significado de un conjunto de transformaciones que tienen tanto consecuencias positivas como evidentes contraindicaciones? ¿No es característico de las democracias liberales considerarse a sí mismas en estado crítico y bajo amenaza de extinción? 

Concédase a los pesimistas que ya no creemos que la democracia liberal sea una forma de gobierno inevitable y llamada a ser adoptada de manera paulatina por las distintas sociedades humanas. Por más que Francis Fukuyama acertase en su momento al sostener que no existe mejor manera de organizar el gobierno de las sociedades pluralistas que por medio de un régimen liberal, lo cierto es que el avance global de la democracia se ha detenido y la calidad de su desempeño allí donde ya existía ha sufrido un deterioro reseñable. Y si bien algunos de los factores que explican esta preocupante trayectoria —que va del fin de la Historia a la sintomatología iliberal— tienen un aire conocido, como pasa con el auge de los extremismos o la tentación del hombre fuerte, otros nos resultan más novedosos. 
Ahí están la disrupción tecnológica de la esfera pública, la difusión del estilo político populista en el interior de sociedades desarrolladas o la fragmentación creciente de una comunidad política que se divide en tribus identitarias que apenas dialogan entre sí. 
Todas estas novedades, que no carecen de precedentes, son en gran medida un efecto de la radicalización de los presupuestos del liberalismo democrático: de un lado, la exaltación de la autonomía personal y de la diversidad social complican la creación de una voluntad colectiva, obstaculizando la deliberación pública; de otro, el populismo se autolegitima invocando el fundamento ideológico de la democracia, con arreglo al cual el pueblo se gobierna a sí mismo en lugar de ser gobernado por unas élites corruptas y distantes.

Igual que el concepto de «modernidad tardía» ha sido empleado por los sociólogos para caracterizar a unas sociedades que se ven enfrentadas a las consecuencias imprevistas de su propio desarrollo, 6 como sucede por ejemplo con el cambio climático, propongo que hablemos de democracia liberal tardía para designar el momento histórico particular en el que se encuentran hoy los regímenes democráticos occidentales. Porque también las democracias liberales se ven enfrentadas a las consecuencias imprevistas de su propio desarrollo, que han quedado a la vista tras el estallido de la Gran Recesión y por efecto de la nueva expresividad de masas posibilitada por las redes sociales. 
A eso hay que añadir todavía otro rasgo capital de nuestro presente tardío, que afecta por igual a la modernidad y a la democracia: el desencanto que padecen quienes han escuchado ya en demasiadas ocasiones las mismas promesas emancipatorias y comprueban que ni las sociedades liberales —por no hablar de las demás— ni las democracias que las gobiernan experimentan la constante mejora que se les suponía. La historia es triste y hemos leído ya todas las constituciones; no hay fórmulas mágicas cuya aplicación pueda dar de golpe la vuelta al desánimo que parece cundir en nuestras sociedades. 

La posverdad forma parte de esa condición tardía o crepuscular y se refiere asimismo a la radicalización de los presupuestos conceptuales e ideológicos de la democracia liberal. Pero la dificultad de conciliar pluralismo y objetividad dista de ser nueva; solo se nos ha hecho más evidente en una coyuntura definida por los rendimientos materiales decrecientes y por la correlativa sensación de que se han incumplido las expectativas heredadas. 
Así que resulta difícil elucidar si nos encontramos ante un fenómeno genuinamente original o solo ante una turbación pasajera que cesará cuando las sociedades democráticas y quienes participan en ella —políticos, medios, ciudadanos, movimientos sociales, periodistas— se adapten al nuevo espacio público. También cabe la posibilidad de que esa adaptación no conduzca de regreso a la vieja estabilidad, sino que transforme de manera duradera los regímenes democráticos. Seguimos a oscuras. 

En cualquier caso, el impacto combinado de populismos y redes sociales ha suscitado una conversación sobre el papel de la verdad en la democracia; una conversación a la que no puede sino darse la bienvenida. Y es que de poco sirve escudriñar la conversación pública en busca de mentiras y bulos si no tenemos claro cuál es la función que la verdad puede cumplir en la política democrática. Solo una vez que hayamos fijado un estándar realista, lo que quiere decir uno que vaya más allá de la expresión de buenos deseos, podremos empezar a hablar de desviaciones de la norma y anomalías democráticas. Y solo entonces podrá plantearse la posibilidad de realizar ajustes institucionales destinados —si tal cosa es posible— a reducir el impacto negativo de la desinformación y la mentira. 

Breve noticia de este libro 

Tales son los asuntos a los que se dedica este trabajo, que los aborda con las herramientas propias de la teoría política y reclama el auxilio de disciplinas como las ciencias de la comunicación, la filosofía, la sociología o la psicología política. A fin de llegar al lector culto de carácter no especializado, he buscado dar a esta obra un tono ensayístico —más que aquel propio de la investigación científica en las ciencias humanas— sin tampoco renunciar al rigor argumentativo ni prescindir de las referencias bibliográficas llamadas a dar solidez a las tesis que aquí se defienden. 

En cuanto a la organización del trabajo, he dedicado los primeros capítulos a plantear los términos del debate sobre la posverdad; tras preguntarme si las democracias liberales están en crisis, presento dos tesis contrapuestas acerca del protagonismo que en el aparente deterioro de estas democracias cabe atribuir a la posverdad: la que sostiene que tal posverdad es causa principal del auge de populismos y extremismos y la que responde que no hemos de confundir la radicalización del pluralismo con la crisis de la democracia. 
A continuación, trato de arrojar luz sobre la relación entre verdad y posverdad, defendiendo la necesidad de distinguir clases diferentes de «verdad» y poniendo esa tipología en relación con aquello que la política democrática pueda o deba hacer con ellas. Presentada la distinción en apariencia crucial entre hechos y opiniones, me ocupo de revisar críticamente las contribuciones de la filósofa Hannah Arendt sobre la verdad y la mentira en la política, tomadas a menudo como referencia en nuestros días para abordar el fenómeno de la posverdad; me ocupo asimismo de la relación entre verdad y lenguaje, dando cuenta de las tesis de los posmodernos y sopesando la llamada a la claridad verbal que hizo en su momento George Orwell y que muchos hoy hacen suya. 

La segunda mitad del libro comienza explorando la potencia epistémica de la democracia, sometiendo a escrutinio la idea de que las democracias liberales gozan de mayor eficacia epistémica que sus alternativas y analizando la relación que esa premisa guarda con el conocimiento (o ignorancia) de los ciudadanos que creen, opinan y votan. Planteado ya el problema de la búsqueda de la verdad en la democracia, vuelvo la mirada a los expertos y me pregunto por su función en el proceso democrático: ¿quién es experto, qué le confiere autoridad, cuán corrompible es? 
El capítulo siguiente aborda la digitalización del espacio público y su impacto sobre la formación de la opinión pública: si la arena democrática es aquella donde buscamos la verdad, su transformación a manos de la tecnología debe ser tenida en cuenta; máxime cuando no faltan quienes advierten contra los efectos perniciosos de Internet sobre la producción, difusión y consumo de información en las sociedades liberales. 
El último capítulo reflexiona sobre la paradójica posición que la verdad ocupa en el liberalismo político, describiendo el fundamento normativo de la democracia pluralista y presentando a esta última como el mejor marco institucional posible para la convivencia pacífica de quienes albergan creencias incompatibles entre sí. 
Finalmente, la conclusión propone una lectura de la posverdad que se funda en la premisa de que la democracia liberal ha entrado —como la modernidad de la que forma parte— en una fase tardía donde el desencanto juega un papel anímico determinante: bajo esa ambigua luz debemos evaluar la melancólica preocupación por el estatuto de la verdad y el futuro de las sociedades liberales. 

Debo el acicate para la elaboración de este trabajo a mi participación en el Proyecto de Investigación de carácter multidisciplinar «Posverdad a debate: reconstrucción social tras la pandemia» (P020_00703), dirigido por el catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada Juan Antonio Nicolás y financiado por la Junta de Andalucía. Quisiera agradecer al profesor Nicolás su generosidad al invitarme a coordinar el grupo dedicado a la Ciencia Política, del que formaron parte mis colegas Elena García Guitián, Rafael Rubio, Daniel Gamper y Carlos Fernández Barbudo; las discusiones que se desarrollaron durante más de tres años entre académicos pertenecientes a disciplinastan variadas como la historia, la psicología, la economía, la filosofía o el derecho resultaron a la vez instructivas y estimulantes. 
He reelaborado aquí trabajos realizados para las reuniones científicas del proyecto, además de alguna publicación posterior derivada del mismo —en particular mi artículo «(Pos)verdad y política en la democracia liberal», publicado en la revista Quaderns de Filosofía, vol. X, número 2, 2023, páginas 69-92—. 
Igualmente, me he servido de algunas entradas aparecidas en mis blogs, primero Torre de Marfil (Revista de Libros) y luego Casa Rorty (Letras Libres), acostumbrado como estoy a usarlos a la manera de un laboratorio ensayístico más o menos apegado a la actualidad social o teórica.

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1. Sobre la afirmación de Foucault, véase su Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975-1976), FCE, México DF, 2000, p. 29.
2. J. A. Nicolás Marín, «Posverdad: cartografía de un fenómeno complejo», Diálogo filosófico, 105, 2019, p. 303.
3. Véanse, entre otros, J. Elkins y A. Norris (eds.), Truth and Democracy, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2012; A. Besussi, Filosofia, verità e politica. Questioni classiche, Carocci, Roma, 2015; M. d‘Ancona, Post-Truth: The New War on Truth and How to Fight Back, Ebury Press, Londres, 2017; S. Fuller, Post-Truth: Knowledge as a Power Game, Anthem Press, Londres, 2018; B. McNair, Fake News: Falsehood, Fabrication and Fantasy in Journalism, Routledge, Londres, 2018; L. McIntyre, Post-truth, The MIT Press, Cambridge (Mass.), 2018; M. Ferraris, Posverdad y otros enigmas, Alianza, Madrid, 2019; J. Farkas y J. Schou, Post-Truth, Fake News and Democracy: Mapping the Politics of Falsehood, Routledge, Nueva York, 2020; M. C. Navin y R. Nunan (eds.), Democracy, Populism, and Truth, Springer, Cham, 2020; S. Giusti y E. Piras (eds.), Democracy and Fake News: Information Manipulation and Post-Truth Politics, Routledge, Londres y Nueva York, 2021.
4. R. Rorty, Take Care of Freedom and Truth Will Take Care of Itself: Interviews with Richard Rorty, Stanford University Press, Stanford, 2005.
5. Véanse S. Levitsky y D. Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Ariel, Barcelona, 2018; W. Merkel y S. Kneip (eds.), Democracy and Crisis. Challenges in Turbulent Times, Springer, Berlín, 2018; T. Snyder, The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America, Tim Duggan Books, Nueva York, 2018; D. Runciman, Así termina la democracia, Paidós, Barcelona, 2019; A. Przeworski, Crises of Democracy, Cambridge University Press, Cambridge y Nueva York, 2019; T. Ginsburg y A. Z. Huq, How to Save a Constitutional Democracy, University of Chicago Press, Chicago, 2020; A. Applebaum, Twilight of Democracy: The Seductive Lure of Authoritarianism, Doubleday, Nueva York, 2020; A. Sajó, Renáta Uitz, Stephen Holmes (eds.), The Routledge Handbook of Illiberalism, Routledge, Nueva York y Londres, 2022.
6. Véanse U. Beck, Risikogesellschaft. Auf dem weg in eine andere Moderne, Suhrkamp, Fráncfort, 1986; A. Giddens, The Consequences of Modernity, Polity, Cambridge, 1991.


DEMOCRACIA DEMAGOGA

jueves, 29 de agosto de 2024

"DIME QUIÉN TE PAGA Y TE DIRÉ QUE ESCRIBES" O CÓMO LOS "PEDODISTAS" HAN SACRIFICADO LA VERDAD por CARMEN GAYTÁN 📰📺📻

“Dime quién te paga y te diré que escribes”, 
o cómo los periodistas han sacrificado la verdad
El palangre o palangrismo es la forma de cobrar o aceptar dinero para favorecer una o varias personas u una o varias instituciones sin importar la verdad del hecho. En lenguaje periodístico, práctica de recibir palangre (pago ilícito).

En pleno siglo XXI (como dirían quienes afirman que entre más reciente y moderno es algo, más bueno es) y con acceso casi ilimitado a información a través de múltiples plataformas digitales, es uno de los momentos en los que la verdad se encuentra más indefensa. Nos enfrentamos a diario con organizaciones, movimientos e ideologías que se han olvidado de lo obvio, de lo lógico y lo razonable.

En pleno siglo XXI, dirían los “iluminados”, parece impensable tener que defender algo tan sagrado como la vida del ser humano, la familia como núcleo de la sociedad, la fe y hasta el patrimonio cultural, pero es lo que una sociedad consumida por el materialismo y lo efímero ha obligado a hacer.

Recuerdo al inicio de mis estudios como periodista que todos recalcaban la importancia de la defensa de la verdad. Escuché durante años que ser un buen periodista es ser la voz de quienes son oprimidos, de quienes no tienen una voz. Un buen periodista cuenta la historia de esa persona que no puede hacerlo para evidenciar la injusticia y la maldad y así, cambiar y salvar vidas. Era algo que en el contexto socieconómico en el que vive la mayoría del país era y sigue siendo necesario e imperativo.

Aunque muchos lo saben por su fe, llevar esa misión de enseñar la verdad a un campo profesional era para lo que mis compañeros de clase y yo nos preparábamos. Al salir al campo de batalla, un periodista se enfrenta con la dura realidad de que muchos colegas, grandes profesionales y personas de gran corazón, parecen haber olvidado su misión, el motor de su misma profesión: la defensa y protección de la verdad.

Atacar la verdad puede ser una cuestión personal, una convicción malvada o puede ser un compromiso que se hace a cambio de dinero, una especie de transacción en donde, por necesidad económica o ambición, el periodista está dispuesto a modificar la forma en que habla, a engañar a sus lectores y a promover todo menos la verdad.
Estos motivos, si no es que todos juntos, son los que han hecho que ahora muchos “medios de comunicación” alcen la bandera de la independencia de información, de la “defensa de la dignidad de los pueblos”, de la “defensa de los tergiversados Derechos Humanos”, de la “defensa de las minorías oprimidas y la intolerancia”, entre otras frases inventadas. Y hablo en comillas porque detrás de estas frases tan populares se esconde un objetivo macabro, utilitarista y hasta sangriento.

Sí, existe la desigualdad, la pobreza extrema, el hambre y la sed, existe la violencia. La mayoría de guatemaltecos no tiene acceso a servicios básicos de salud y educación, el desempleo crece cada vez más y existen realidades terribles como el abuso sexual, las redes de tráfico de personas y cosas que cuesta imaginarse. Negar esta realidad es un extremo tan peligroso como que un periodista utilice el sufrimiento ajeno para un fin perverso que responde a una agenda antiderechos que el financista de un medio de comunicación desea avanzar.

No, no existe la objetividad en el periodismo porque los periodistas son personas y tienen sus convicciones y visiones de una problemática. Y cada vez este sesgo, natural y saludable de la profesión, se convierte en un peligro cuando leemos quién está detrás de una nota periodística, quién financia estos falsos medios de comunicación (desinformación) “tan modernos y progresistas”. Aparecen los mismos nombres de siempre, esos que te hacen reír y decir: “¡Cómo crees esas conspiraciones!”: International Planned Parenthood Foundation (IPPF, la multinacional que ha asesinado a más de 25 millones de personas no nacidas en lo que va del 2020), organizaciones feministas de la Organización de las Naciones Unidas, embajadas europeas (sí, esas de países de “primer mundo”), Bill y Melinda Gates Foundation (que te da cátedras de población y vacunas, ¿no hacían computadoras?), entre otros.

Dime quién te paga y te diré que escribes, porque el que paga los mariachis pide las canciones. El que financia el medio en el que un periodista trabaja es quien le dice qué escribir, cómo hacerlo y con qué objetivo. Así de fácil, miles de periodistas en el mundo se han vendido como esclavos a un patrono que los amarra con jugosos salarios y falsas promesas de éxito en el campo periodístico.
Así de fácil, miles de periodistas en todo el mundo han sacrificado la verdad a cambio de unos billetes más o fama. Nada trascendental, porque “¿quién sigue creyendo en algo trascendente? ¡Eso es para los medievales!”, dirían.
Resulta decepcionante cómo quienes tienen esa gran misión de informar a quien no conoce y formar su opinión ahora hasta hayan decidido que una letra “o” oprime a cierto segmento de la población, que una persona en el vientre materno es un tumor que hay que extraer, que Dios es una idea venida de las cavernas. Han sacrificado el lenguaje, la vida y hasta la religión que les dio la dignidad humana y fundó la sociedad “patriarcal” en la que viven. ¿Qué más están dispuestos a sacrificar con un solo artículo, un solo video o columna de opinión?

“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad”, decía Joseph Göbbels, titular del Ministerio del Tercer Reich para la propaganda. Tal parece que los pseudo periodistas obedecen a este principio. Aterrador y lo es más cuando los vemos doblegarse totalmente ante sus líderes, nublando su vista y sin intención de plantarse en su contra.
Afortunadamente, este siglo “tan moderno y progresista” también ha levantado del silencio y del sueño a muchos periodistas que no están dispuestos a sacrificar la verdad ni sus ideales por unas monedas o por quedar bien con el discurso imperante de las mayorías. Ellos, a quienes Twitter y Facebook censura y quienes no aparecen en las principales páginas de los periódicos, son quienes merecen ser escuchados y leídos.

Hoy más que nunca, el lector y consumidor de información en redes sociales deben tener más abiertos los ojos y leer las letras pequeñas al borde del documento; preguntarse: ¿quién financia este medio? ¿Qué es lo que ese financista quiere que yo crea? Con estas dos preguntas podremos diferenciar la verdadera información de la propaganda, la verdad de la mentira.

«Llegará el día en que será preciso desenvainar una espada para afirmar que el pasto es verde”, decía el gran periodista inglés G. K. Chesterton. 
¡Qué sería del periodismo si más personas lo imitaran! Pues ese día llegó para todos, pero especialmente para el buen periodista, ese que por quien no puede hacerlo para evidenciar la injusticia y la maldad y así, cambiar su realidad. El día llegó para el comunicador que con el mundo entero en su contra, entre las balas de una cultura antivida, antifamilia y anticristiana, no tiene miedo a pararse firme y nadar contra la corriente en defensa y propagación de la verdad.
Aunque le tiemble la voz, aunque le tiemble la pluma, aunque le gane el sentimiento, ese deseo trascendental de ayudar al prójimo, de bondad y de belleza le hará el más grande de todos.


“El gran problema de la prensa española 
es la verdad”

“Los hechos se retuercen para que se adecúen a los prejuicios ideológicos de cada medio”, dice. 
“Así, los medios han contribuido a difundir la idea de que no hay hechos incontestables sino visiones parciales de la realidad. Como consecuencia ha acabado echando raíces la especie de que, al igual que los políticos, todos mienten, o todos cuentan una parte interesada de la verdad”. 
Un número creciente de españoles están sedientos de noticias políticas pero no confían en que los periodistas les informen de forma honesta. 
El periodismo es la segunda profesión menos respetada en España, justo detrás de la de los políticos y de los jueces. Y según el último informe de Reuters Digital News, los medios de comunicación españoles tienen la credibilidad más baja de Europa.
De hecho, los españoles desconfían de sus periodistas casi tanto como de sus políticos. 

A primera vista, el panorama de los medios de comunicación españoles es amplio y diverso. Los 47 millones de habitantes pueden elegir entre unos 85 periódicos. Dejando de lado los diarios deportivos, el mayor de los seis principales diarios nacionales es El País, con una tirada de 360.000 y unos 1,9 millones de lectores por día, seguido de cerca por el diario gratuito 20 Minutos (1,7 millones) y El Mundo (1.2 millones). El País, de izquierda y estrechamente ligado y subvencionado al Partido Socialista, fue considerado durante mucho tiempo el diario de referencia en España, pero ha sufrido una pérdida de lectores, recursos y reputación. 
El Mundo, la voz principal de la derecha liberal (en contraposición a la derecha tradicionalista y católica) también ha pasado por dificultades. 
La oferta televisiva es igualmente amplia. Una ancha franja de redes comerciales existe al lado de canales de financiación pública, tanto nacionales como regionales; aquéllos copan alrededor del 80% del mercado.

Pero esta aparente variedad de opciones es engañosa. La gran mayoría del mercado está en manos de unos diez conglomerados mediáticos. 
El grupo PRISA, que publica El País y sus ediciones globales en español, inglés y portugués, es propietario de un grupo de revistas, cadenas de televisión y radio, productoras y, hasta el año pasado, un brazo editorial masivo que llegaba hasta las Américas. 
El grupo Vocento posee 14 diarios, incluido el diario nacional ABC. El grupo Planeta, la mayor editorial en lengua española del mundo, tiene una participación importante en televisión y es dueño del periódico conservador La Razón. Aunque muchos de los conglomerados comenzaron como empresas familiares, ahora están controlados por empresas transnacionales o un puñado de poderosas instituciones financieras.
Durante la última década y media, el declive de los ingresos por publicidad ha puesto a estas corporaciones contra las cuerdas. La Gran Recesión hizo que se dispararan las deudas.
Durante la última década y media, el declive de los ingresos por publicidad ha puesto a estas corporaciones contra las cuerdas. La Gran Recesión hizo que se dispararan las deudas. Hubo despidos masivos para satisfacer el deseo de los accionistas de beneficios a corto plazo, sin que se tocaran los astronómicos paquetes de compensación de los ejecutivos. En 2013, El País despidió a 129 empleados y recortó los salarios de la plantilla en un 8 por ciento, mientras ese mismo año el ejecutivo de PRISA, Juan Luis Cebrián, se embolsó más de 2 millones de euros. Como ha señalado el periodista Gregorio Morán, la mayor parte de los dirigentes actuales de los medios proviene de la misma élite burguesa que medró bajo el régimen de Franco.

Lo que queda de las redacciones desmanteladas subsiste con un ejército de autónomos y becarios mal pagados. 

“La diferencia entre el que más cobra y el que menos en los periódicos tradicionales es escandalosa”, dice la joven periodista Berta del Río. En los principales periódicos digitales hoy, dice, los autónomos cobran entre 30 y 40 euros por reportaje, fotografía incluida. 
“Algunos no pagan nada. Y si pagan, es a 90 días” Por otra parte, dice, se espera que los periodistas produzcan seis o siete temas por semana, a la vez que se mantienen al día con las redes sociales. Esto deja poco tiempo para la investigación o la comprobación de la información.

La deuda de los conglomerados ha impactado de forma directa en la libertad de prensa, afirma Guillem Martínez, periodista veterano que escribe para El País en Cataluña. 
“Desde la crisis de 2008, los bancos han cambiado su deuda en los principales medios por acciones”, dice. 
“Son propietarios y ejercen esa propiedad como en el siglo XIX”. 
A veces esto lleva a la supresión de noticias. El 8 de enero de este año -recuerda Martínez- el Banco Santander suspendió la cotización en la bolsa americana. 
“Esa noticia no apareció en la prensa española”, afirma. 
Otras veces, los bancos han ejercido su poder en la misma sala de redacción. Martínez recuerda un caso en 2013, cuando un ejecutivo bancario llamó a un editor y le dijo que despidiera a un periodista que estaba tuiteando críticamente sobre el banco. 
“He trabajado en medios donde me han dicho que no dijera nada malo de una determinada empresa o sobre tal o cual político”, dice Mar Cabra, que ahora trabaja en Madrid para el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). 
“Se consideraba normal. Algunas empresas o algunos partidos políticos eran tabú debido a la afinidad del medio con ellos o porque eran grandes anunciantes”.
Cuando los indignados tomaron las calles en mayo de 2011 denunciaban también la insuficiencia de los medios para responsabilizar a las élites políticas y económicas ante los intereses de los ciudadanos
Cuando los indignados tomaron las calles en mayo de 2011 no sólo denunciaban la falta de democracia en España, sino también la insuficiencia de los medios para responsabilizar a las élites políticas y económicas ante los intereses de los ciudadanos. 
“Los medios de comunicación en España se parecen al sistema en el que han medrado desde la muerte del dictador Franco: una democracia con resabios autoritarios, en la que la participación ciudadana se ha reducido a su mínima expresión”, dice la periodista Trinidad Deiros. 
“La política y el periodismo en España han sido dos torres elitistas e inexpugnables, comunicadas entre ellas, en las que el español de a pie ha sido un convidado de piedra.”

En ninguna parte queda más clara esta conexión que en los medios públicos. Al contrario que en otros países europeos, muchos ciudadanos españoles ven la televisión pública, la radio y los servicios de noticias como meros portavoces de los gobiernos nacionales y autonómicos. Y la interferencia política no se limita a los canales públicos; también los medios privados reciben fondos de los gobiernos. 
“Existen motivos claros para sospechar favoritismo en el uso que dan los distintos gobiernos –tanto el nacional como los autonómicos– a la publicidad institucional, o a la concesión de licencias y subvenciones”, afirma David Cabo, de CIVIO, una organización sin ánimo de lucro que lucha por la transparencia y el libre acceso a los datos públicos por parte de los ciudadanos.

Esfuerzos como el de CIVIO se enfrentan a una clase política que no está dispuesta a ceder el control. En un intento de cortarles las alas de los medios, el gobierno del PP se ha valido de su mayoría absoluta en las Cortes para aprobar la polémica nueva Ley de Seguridad Ciudadana, conocida como la ley mordaza. 
La ley, que entró en vigor el 1 de julio, no sólo limita el derecho de los ciudadanos a protestar en persona o por escrito, en forma impresa o digital, sino que también frena la capacidad de los medios de comunicación para cubrir esas protestas. 

Miguel Mora, ex periodista de El País, escribió en la revista italiana Internazionale que la ley “contiene 44 artículos que conceden al Gobierno la potestad de multar a los ciudadanos con sanciones económicas que oscilan entre los 100 euros y los 600.000 por faltas administrativas agrupadas en tres categorías.” 
El propósito de la ley, añadió, es eludir el sistema judicial. 
“En efecto nos devuelve a los tiempos de la dictadura franquista y nos mete de lleno en un estado policial”. 
La ley mordaza ha provocado protestas por parte de entidades tan diversas como las Naciones Unidas, el Instituto Internacional de Prensa, y The New York Times.

A diferencia de Estados Unidos o Gran Bretaña, los políticos españoles nunca aceptarían “que un periodista le haga cuarenta veces la misma pregunta si considera que no ha respondido”. 
“Esta actitud también es responsabilidad nuestra, de los periodistas españoles, siempre demasiado dóciles”. “Lo que en parte se explica por nuestras pésimas condiciones laborales que, obviamente, no incitan a rebelarse”.

martes, 29 de noviembre de 2022

LIBRO "LA MÁSCARA MORAL" por EDU GALÁN 👺

LA MÁSCARA MORAL

Así ha titulado Edu Galán su más reciente obra, publicada por la editorial Debate, en la que disecciona un fenómeno que amenaza con esterilizar por completo a las sociedades contemporáneas. El derrumbe de la moral compartida que antaño vertebraba y cohesionaba a las sociedades propició un individualismo euforizante, un espejismo de autosuficiencia personal que las llamadas ‘nuevas tecnologías’ no han hecho sino agigantar. Y, en volandas de estas ‘nuevas tecnologías’, potenciada por las redes sociales, se ha impuesto una nueva forma de impostura o ‘postureo’ moral que desborda y deja chiquita la hipocresía de antaño (que no era más que el homenaje que el vicio rendía a la virtud), que se traduce en un exhibicionismo furioso de presuntas cualidades personales que implican la crítica de otros comportamientos que no se adaptan a ellas. De este modo, las redes sociales se convierten en herramientas para el control moral de las personas, a quienes se celebra cuando su conducta se adapta a los ‘valores’ impuestos desde Silicon Valley y se execra cuando osan apartarse de ellos.

Pero el embrujo tecnológico hace creer a estas personas alienadas que son ‘protagonistas’ de su vida, que sus automatismos morales son valiosas elecciones personales, cuando en realidad no hacen sino reproducir estereotipos y códigos gregarios de conducta impuestos globalmente. Así, el mundo se convierte –en palabras de Galán– en un «teatro con miles de máscaras donde todos los personajes quieren ser los protagonistas»; y para obtener el aplauso del público, todo estará permitido, desde airear nuestras intimidades hasta señalar al réprobo, en un remolino de ansiedad emotivista que, a la vez que nos hace sentir ‘buenos’, nos obliga a mimetizarnos con la impostura moral reinante, en una pantomima agotadora: pues por un lado nos empuja al autoritarismo y la simplificación, nos instala en el prejuicio y la superioridad moral; pero por otro lado nos llena de miedos y vergüenzas (puesto que íntimamente sabemos que estamos representando una mascarada) que acaban estallando, tarde o temprano. Puesto que nunca estamos a la altura del papel que representamos, acabamos quebrándonos interiormente, o recurriendo a las autojustificaciones más peregrinas para no ser señalados, como antes hemos hecho nosotros con otros cuya debilidad no hemos perdonado.

"Me molesta mucho que se castre la libertad de los humoristas"

Edu Galán nos propone diversos ejemplos de esta impostura moral que han adquirido carta de naturaleza. Así, por ejemplo, el amor desmedido a las mascotas, que en España ha alcanzado proporciones por completo desquiciadas (hasta un cuarenta por ciento de los españoles consideran que los animales merecen la máxima consideración moral, que ellos mismos son sujetos morales) y en algunos activistas se adentra en los «mágicos vericuetos del animismo», considerando incluso que en los animales existe sociedad política, biografía, personalidad o razonamiento complejo. También la consideración de la obra artística como un artefacto didáctico que reivindique causas en boga (el transgenerismo, la religión climática, etcétera), de tal modo que, al adherirnos a sus reivindicaciones, lleguemos a sentirnos coautores o coproductores del bodrio en cuestión. Huelga decir que en esta impostura moral el humor –y no digamos la sátira– resulta por completo inconcebible. Y, puesto que la vida se ha convertido en una competición individual por exhibir moralidad, se exige la deshumanización de quienes no comparten mis valores, que ipso facto se convierten en diana de las más crueles persecuciones. Así surge la moda de la ‘cancelación’, que condena al ostracismo a aquellas personas que se atreven a contravenir el postureo moral: no se trata de una crítica legítima, sino de destruir la carrera profesional y la vida personal del ‘cancelado’, a quien se etiqueta y demoniza, para que las personas que hasta entonces han trabajado con él sientan vergüenza de contratarlo, sientan como una obligación expulsarlo a un arrabal de descrédito y humillación del que le resulte por completo imposible salir.

En su ameno y clarividente ensayo, Edu Galán se centra en el análisis sociológico; aunque aquí y allá se apuntan algunas reflexiones filosóficas y se desliza la genealogía de este mal que está esterilizando por completo a nuestras sociedades. Un mal que tiene un cuño inequívocamente protestante, ligado en sus orígenes al ‘libre examen’, que proclama la suficiencia absoluta de la voluntad humana para erigirse en árbitro de su vida moral. Y ese árbitro acaba siempre desligándose de un orden moral objetivo, para ligarse emotivamente a principios que cree salidos de su caletre y que en realidad están dictados desde Silicon Valley.


La máscara moral

Por qué la impostura 
se ha convertido en un 
valor de mercado

La impostura moral define nuestra época. No pasa un segundo sin que veamos en nuestras pantallas a alguien (un político, un periodista, un influencer, un ser anónimo) exhibiendo sus cualidades personales o criticando las de otros. Y para ello vale cualquier artimaña: su propio cuerpo, su alimentación, sus causas benéficas, sus mascotas, sus hijos o sus mayores.
La máscara moral. Por qué la impostura se ha convertido en un valor de mercado trata de explicar cómo el neoliberalismo y la masificación de las nuevas tecnologías han redefinido nuestra forma de relacionarnos basándose en el control moral del otro, han esterilizado nuestra cultura y han trastocado la función evolutiva de la moral: desde la cohesión grupal hasta la actual exhibición individualista e hipócrita en un teatro con miles de máscaras donde todos los personajes quieren ser el protagonista.

La crítica ha dicho:

«Nos propone un ensayo serio y sociológico sobre el uso de la palabra "moral" y la prostitución de su actual empleo mercantil. Podría decirse que es éste un manual de auto ayuda para distinguir y protegerse de los ataques morales, ya que son insidiosos, traidores e hipócritas». Félix de Azúa, The Objective
Sobre El síndrome Woody Allen se dijo:
«Un libro de extraordinaria profundidad, inteligencia y valentía». Arturo Pérez-Reverte
«Un ensayo demoledor que tumba en el diván a una cultura desquiciada de sentimentalismo y victimismo». Sergio del Molino
«Una historia impresionante y un ensayo completísimo e incómodo que se lee sin respiro. Crónica y reflexión. De todos los Edu Galán que conozco, este es el mejor». Manuel Jabois
«Agudo y provocador. De cómo, queriendo ser buenas personas, nos hemos convertido en cazadores de brujas en Twitter». Santiago Roncagliolo
«Lucidísimo análisis del momento que nos ha tocado vivir. Imprescindible, no importa si te interesa el caso o no. Encima es divertido y absorbente. La única pega que le puedo encontrar es que el autor sea Edu Galán, pero es por buscarle un ángulo malo». Berto Romero
«Un ensayo demoledor». Raúl del Pozo, El Mundo

Prólogo

El comercio de la moral

Me recuerdo en 2012, plena resaca del 15M, de paseo por el barrio de Lavapiés de Madrid. Se sabe que en casi toda la memoria que uno puede tener de Madrid brilla el sol. Brillaba el sol, obligado, aunque fuese de noche. Pienso en aquel Lavapiés mezclándolo con el de ahora: un barrio de migrantes, con paredes permanentemente empapeladas, calles estrechas y edificios del siglo XX, la iglesia patólica de Leo Bassi, el Barbieri, el Teatro del Barrio, un supermercado abierto veinticuatro horas, la calle Argumosa —abrumada de terrazas—, la sala Mirador, las tiendas de los paquistaníes, el teatro Valle-Inclán, el restaurante indio donde José Luis Cuerda pidió «algo que no picase», el bar Portomarín, y eso. Entre miles de estímulos, entre toda la ebullición de entonces, estaba eso. Eso, quizá lo único importante que me ocurrió ese día, era una fotocopia de color rosa, en A4, pegada en una farola y con la parte inferior recortada como si fuese un bigote de morsa. En los pelos celulósicos de ese mostacho, un número de teléfono —sí, igual que en los miles de anuncios callejeros de «Clases de inglés», «Me ofrezco para trabajar» o «Veo el futuro y tú no»—. Destacado, en su zona superior, leí «APRENDE A BAILAR TANGO ANTIFASCISTA». Tipografía: una letra algo parecida a la Comic Sans. Debajo, un pequeño «Si te apetece, llama al XXXXXX893». Y en la última línea, a modo de certificación académica, «Rosa XXXXX, titulada en tango por la escuela XXX de Buenos Aires».

Quedé noqueado por la conjunción de términos y por la audacia de la tal Rosa al solo presentarse como experta en tango, ya que aún no se expiden certificados de experto en antifascismo. Sobre todo me sorprendió el modelo de venta de unas clases de danza a través de una moral determinada. Como si la motivación de la transacción radicase no en aprender tango, una habilidad que puedes adquirir en cualquier cuartucho de Rosario, sino en aprender a moverte de un modo antifascista, reservado a unos pocos. No entendí qué tenía que ver el tango —un tipo de baile prefascista, nacido en el siglo XIX— con la lucha antifascista, salvo para descansar de la segunda mediante el primero.

Rememorada una década después, tantas cosas atrás, hoy aquella fotocopia no me hubiese llamado la atención.

En el momento que escribo estas líneas la venta de uno mismo o de su mercancía apoyado en su moral se ha convertido en algo habitual. Hace unos días, el (entonces) ministro de Consumo del (entonces) Gobierno de izquierda, Alberto Garzón, hizo una crítica a las macrogranjas en un digital inglés, The Guardian. Una de las respuestas más celebradas por las dos Españas —una para criticarla, otra para llamar «progres catetos» a la anterior— se condensó en un vídeo colgado por un tuitero con el siguiente texto: «Esto se lo dedico con mucho cariño al ministro Garzón». Al inicio de la grabación —con un millón de reproducciones— un niño de unos seis años —disculpadme, solo sé adivinar la edad de los niños si los corto por la mitad, como los árboles— entraba en plano por nuestra derecha y, como un simiecito controlado por sus padres, izaba una bandera de España con un complejísimo mecanismo: una cuerda y un mástil. Al elevarse, situado estratégicamente debajo de esa enorme enseña, aparecía... ¡un jamón! Y en ese instante llegaban los fotogramas más escalofriantes: la cámara se deslizaba hacia aún mayor derecha, y allí estaban. Allí estaban otros miembros de la familia del imberbe, colocados en posición de saludo militar, niños delante —vestidos de internado suizo— y adultos detrás —vestidos de supervivientes de internado suizo—, firmes como vara de maestro mientras sonaba a todo trapo —perdonad la reiteración— el himno de España.

¿Cuándo los valores morales de estas personas —y su grupo social— se asociaron tan fuertemente a la bandera? ¿Cuándo se facilitó su exhibición hasta niveles impúdicos? Y, lo más importante, ¿cuándo lo anterior se asoció al consumo de jamón? ¿Qué proceso hemos vivido para que la pata de un cerdo se convierta en el reflejo de una moral ante la cual infantes y mayores deben cuadrarse con tal de oponerse a otra moral que baila tango antifascista?

Para comenzar he escogido, pensaréis, dos ejemplos extremos, pero es objetivo de este libro (de)mostrar cómo y por qué el comercio de la moral —es decir, su manufactura, su exhibición y el posterior refuerzo social o dinerario— va mucho más allá de estas anécdotas y emponzoña nuestras relaciones personales. A lo largo de un recorrido por diversos campos, este ensayo tratará de evidenciar que vivimos bombardeados por la ostentación moral —unas veces, lluvia fina, y otras, chuzos de punta— y que el influencer —junto con el emprendedor, la figura que resume nuestro tiempo, aspiración laboral de millones y millones de personas en nuestro mundo— vive instalado en su comercio. Como advertía el cómico político Bill Maher a las generaciones más jóvenes —esas que le llaman «señoro» o «boomer» por haber nacido en los cincuenta— en un segmento titulado con acierto «Ok, zoomer», sus principales referentes no mejoran en lo moral a los que idolatraba su quinta durante el descoque pop y reaganista de los ochenta norteamericanos. Razonaba Maher: a finales de 2021 los catorce millones de seguidores de Greta Thunberg en Instagram son una nimiedad al lado de los doscientos setenta y siete millones de la influencer Kim Kardashian. No bastan para sentirse superiores.

Residimos en una época que traslada cualquier detalle al plano moral. El agua mineral ya no sirve para beber: no solo te hidrata, sino que su ingesta se puede correlacionar con una buena conducta si viene embotellada en cartón en lugar de plástico. Los maratones y las carreras por el cáncer se han multiplicado: tu esfuerzo individual no solo te vale a ti, ayuda a los enfermos a través de la visibilización y la donación. Gracias a un anuncio protagonizado —sorpresa— por la influencer Kendall Jenner —y que posteriormente la compañía retiró ante las protestas—, atiborrarte de Pepsi se puede asociar al movimiento #BlackLivesMatter. En el vídeo la susodicha famosa emerge de una protesta con una lata de Pepsi en la mano hacia una fila de policías muy serios y muy blancos. Una mujer con velo le toma fotos. Parsimoniosa, Jenner entrega la bebida a un agente y, de pronto, este cambia su gesto adusto. Bebe del refresco: es decir, el madero sorbe de la moral de Jenner y de Pepsi, ya parásito del #BlackLivesMatter, mientras los actores manifestantes lo celebran con gran —y mal pagada, pues son extras— alegría. En uno de los últimos planos el policía vuelve la cabeza, sonríe cómplice a un compañero y vocaliza: «Wow». Wow. Entona «Wow», una expresión muy estadounidense y de aires perrunos, uno no sabe si por chupar Pepsi o por chupar algo —aunque solo sea la moral— de Jenner.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO