EL Rincón de Yanka: CANCELACIÓN

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jueves, 5 de marzo de 2026

LIBRO "MANUAL DE RESISTENCIA FACHA": PARA ROMPER LA HEGEMONÍA DE LA IZQUIERDA Y EL PENSAMIENTO ÚNICO por ISAAC PAREJO (InfoVlogger)

MANUAL DE 
RESISTENCIA 
FACHA

Para romper con la hegemonía 
de la izquierda y el pensamiento único

InfoVlogger
La nueva derecha ha abandonado la rigidez y los complejos habituales para transformarse en una fuerza disruptiva, incómoda y hasta punki. Este libro responde a la pregunta de cómo nació el movimiento con el que al fin la derecha española está disputando, sin bajar la cabeza, la batalla cultural a la izquierda.
Isaac Parejo, más conocido como InfoVlogger, ha sido testigo y protagonista del huracán que atraviesa estas coordenadas políticas como nunca antes y cuenta su experiencia como insurgente. Ser de derechas no solo es un motivo de orgullo para él y para una nueva generación de españoles, es también una postura de valentía frente al discurso único. Este libro es un manual práctico para defenderse de la izquierda más totalitaria y censora.
El gran experto de la disidencia facha te invita a subirte a la impostura y a rebelarte contra la dictadura de los zurdos.
LA REVOLUCIÓN DE LA DERECHA

Recuerdo que hace ocho años me encontraba en el metro camino a mi antiguo trabajo; eran las 8 de la mañana e iba escuchando una lista de reproducción de YouTube, de esas que buscas entre legaña y legaña cuando estás desayunando mientras maldices el día en que alguien inventó el despertador. No me preguntéis por qué, porque yo sigo sin saberlo, pero después de unos cuantos temazos pachangueros y éxitos de los 2000, que para mí siempre serán eternos, saltó un tema inesperado: la versión merengue del himno del Partido Popular. Cuando me preguntan cuál fue el punto de inflexión en mi vida, el momento en que decidí que la derecha en este país tenía que cambiar y que como mínimo debía intentar ayudar a que lo consiguiera, estoy seguro de que fue ese. En ese interminable trayecto de hora y cuarto hacia la oficina que hacía cada día, diseñé lo que serían siete años de batalla contra el zurderío más abyecto e insoportable que hemos sufrido y continuamos sufriendo. Fue entonces cuando me di cuenta de que teníamos una derecha absolutamente inútil, incapaz de enfrentarse a nada, que agachaba la cabeza en cuanto el contrario aumentaba siquiera un poco el nivel de decibelios y que vivía por completo encorsetada, luciendo con garbo sus náuticos, pero siempre aterrorizada por lo que pudiera decir de ellos una gente que lo único que hacía era esforzarse por que desapareciera. En definitiva, teníamos una derecha que era un auténtico coñazo. Escuchar a un político, a un tertuliano o a un periodista de derechas era como tragarse un maratón de toda la filmografía de Garci, es decir, somnolencia asegurada. Ese fue el instante en que me pregunté por qué no podíamos ser como ellos, por qué la derecha tenía que fingir continuamente un papel de seriedad y rigidez dialéctica mientras la izquierda tenía a su disposición todo el camino cultural para ellos solos. Y no solo el camino cultural: la calle, el humor, el cine, la televisión, Internet, todo estaba impregnado del virus del progresismo y todo lo dominaban ellos. Y en ese mundo vivían con una paz y una tranquilidad inmensas, sabiendo que, en cuanto lo desearan, podían activar todos esos frentes para destruir al derechista que se le ocurriera sacar los pies de esos náuticos de marca, desprenderse de su fachaleco o despeinarse el «filetón». Pero no existía peligro alguno, porque ninguno se planteó hacerlo. Yo, escuchando la versión merengue del partido popular a las 8 de la mañana en la línea 1 del metro de Madrid, sí lo hice. Y ahí empezó esta locura que me llevó a una batalla sin cuartel contra una auténtica gentuza a la que aprendí a perder el miedo, si es que alguna vez se lo tuve. 

Una de las cosas que siempre tuve clara cuando decidí meterme en este lío es que no quería ser un simple comentarista. Yo me había lanzado en plancha para cambiar algo, no sabía exactamente el qué en ese momento, pero no estaba dispuesto a ser un simple cronista de la actualidad política, por una sencilla razón: no había tertulia en televisión que no consiguiera provocarme una espectacular fase REM, el nivel de aburrimiento que me producían solo era comparable al de tragarme una tras otra todas las temporadas de Ana y los 7. No voy a mencionar nombres ni programas, porque creo que todos sabemos de lo que estamos hablando. 

Por aquella época la moderación estaba de moda entre la derecha, era tendencia, y yo sabía que no podía irrumpir como un elefante en una cacharrería, tirando abajo las columnas sobre las que se sustentaban unas ideas que estaban grabadas a cuchillo, de modo que había que ir poco a poco. No me gusta hablar de mí, es más, lo detesto, pero una de las cosas que creo que entró por los ojos a la gente que me veía y que sirvió para que muchas otras personas salieran del armario ideológico fue el aspecto del sujeto que estaban viendo soltar improperios contra la izquierda cochambrosa que tanto tiempo llevamos padeciendo. Un joven, de Vallecas, con camiseta y vaqueros rotos, con pendientes, piercings y tatuajes no era lo más común dentro de la petrificada derecha de «filetón» que teníamos en España. Pero la realidad es que esa derecha de «filetón» (es una forma de hablar, no se me ofendan los Cayetanos, que todos estamos en el mismo barco contra el «sucialismo», peace and love) solo era la cara más visible, la que no tenía ningún miedo a decir abiertamente a quién votaba porque su aspecto coincidía con el que la izquierda esperaba de ellos. Pero lo que han demostrado los años es que esto era un enorme iceberg y que en la parte sumergida era donde se encontraban todos los infovloggers que no se atrevían a salir del armario; porque la izquierda había construido un muro ideológico que un obrero, una mujer, un homosexual, un negro o una persona que viviera en un barrio de renta media eran incapaces de atravesar, lo cual limitaba sus opciones de voto, pues ninguno de ellos podía desviarse a la derecha más allá del PSOE. En realidad, eso no era cierto, lo que pasaba es que no tenían el valor de decir abiertamente lo que pensaban. Y así fue hasta que se produjo la explosión con la que se derribaron todos los tabúes que había impuesto la siniestra a modo de mordaza y que yo, humildemente, creo que ayudé a detonar. 

La revolución había llegado al fin a la derecha y era imparable. 

La derecha como performance 

Mi madre siempre me recuerda que unas de las primeras cosas que le pedí a los Reyes Magos cuando ya tenía uso de la palabra fueron un micrófono y una guitarra eléctrica de juguete. Creo que ahí fue cuando di las primeras señales sobre cómo concebía la vida a mi alrededor: como un inmenso espectáculo en el que absolutamente todo podía ser convertido en una performance
Una performance es un espectáculo visual donde se combinan música, danza, luces, colores y diversas artes para dotar a un determinado evento de majestuosidad y opulencia. No era casualidad que mis películas favoritas fueran musicales o películas de acción trepidante, donde todo se sucedía al ritmo de una música machacona con movimientos de cámara imposibles y explosiones por doquier. Todo lo que he creado a lo largo de mi vida he intentado que llevara esa impronta, que he tenido desde que era un crío más imberbe que el defenestrado Íñigo Errejón. Y cuando llegó el momento de aplicarlo a la política no lo dudé un instante. En mi opinión, la política en general, y la derecha en particular, estaba huérfana de este concepto que ha sido crucial para mí: la performance y el espectáculo como forma de vida. Pero, como decía, este concepto no se podía aplicar de forma repentina y contundente; era necesario hacerlo poco a poco, de la misma forma en que el Gobierno está metiendo la miseria en nuestras vidas: sin que nos demos cuenta. 

La izquierda siempre ha hecho una caricatura de sus rivales ideológicos, pintándolos como una ideología de retroceso y con imágenes en blanco y negro, como aquel spot de la campaña electoral del PSOE de 1996, o la de un montón de señores y ancianos con un puro en la boca y bañándose en una piscina de billetes. Justo eso era lo que le hacía falta a la derecha: tener en la vida una actitud «performática» y no cambiar sus ideas y valores para «modernizarse», sino despojar a la izquierda del concepto de progreso, para poder explicar que progreso es todo lo contrario a lo que representa la gentuza a la que cada día intento hundir. Para ello hacía falta mucha pedagogía, y yo estaba convencido de que el camino no era negar esos valores que la izquierda representaba en blanco y negro, sino pintarlos con los colores más chillones que pudieras encontrar y poner siete focos apuntando a ellos. Y para ello había que convertir a la derecha en un espectáculo, derribando todos los clichés que la rodeaban sin renunciar a uno solo de sus principios. Tranquilos, que os lo voy a explicar mejor. 

Yo tenía claro que el objetivo no era hacerse amigo del zurderío, ni de sus ideas salidas del estercolero, para caerles bien y que así te perdonen la vida, como hace cierta gente de la que más adelante hablaremos en este libro. El objetivo no era adaptarse a ese estado mental donde el progresismo dictaminaba qué es lo correcto y lo incorrecto, sino crear nosotros nuestro propio marco donde reivindicar que nuestros valores y nuestras ideas son las buenas. Es algo que nunca se había hecho, ya que, hasta ahora, la estrategia de la única derecha que había era la de intentar caerle bien a un grupo de personas cuyo deseo era destruirte política y, de haber podido, incluso físicamente. Eso se había acabado para siempre, al menos en mi caso. 

Para ilustrar mejor lo que intento explicarlos me voy a ayudar de un concepto creado por mi amigo Miguel Ángel Quintana Paz, que resulta muy ilustrativo del tema que ahora nos ocupa: el «PSOE state of mind»

La verdad es que prácticamente la totalidad de mis vídeos giran en torno a este concepto, aunque nunca se le había puesto nombre ni se le había dado una definición tan perfecta como la de Quintana Paz. Siempre se ha dicho que el PSOE es el partido que más se parece a España, algo bastante cierto, pero con algunos matices. Y es que si el PSOE se parece a España es porque antes España se ha parecido al PSOE. Han sido ellos los encargados de que nuestro país compre uno a uno todo el ideario de los socialistas. Y este concepto no tiene nada que ver con que votes al PSOE o a la izquierda. Tal y como dice Miguel Ángel, el «PSOE state of mind» afecta precisamente a todo aquel no vota al PSOE. Es un marco mental que el partido ha conseguido inocular a toda la sociedad para que millones de personas, independientemente de a qué partido voten, compren su pack ideológico. Un pack que incluye una serie de ideas que son las consideradas progresistas, y de las que luego hablaremos. Básicamente, la palabra más martilleada al español medio, que define perfectamente toda la basura inculcada por el «PSOE state of mind», es «ultraderecha». Vamos a ser claros y cristalinos, la ultraderecha no existe. La ultraderecha es, tal y como decía Antonio Escohotado, un invento de la extrema izquierda. «Ultraderecha» o «extrema derecha» es el calificativo que le han puesto a cualquier tipo de idea que se aleje un centímetro de ese «PSOE state of mind». Es la forma de señalar a todo el que se atreva moverse en la foto, como decía Alfonso Guerra; porque si lo haces no sales en ella. Por desgracia, repito, la adopción de la palabreja no es algo exclusivo de la izquierda. «Ultraderecha» te lo compra desde un comunista de hoz y martillo, por supuesto, hasta muchos votantes del Partido Popular y, aunque no lo creas, también algunos de Vox que se encuentran en ese limbo entre el partido de Feijóo y el de Abascal y que de vez en cuando, fruto de la inoculación masiva del pack ideológico del PSOE, ven en el partido verde actitudes «extremistas». 

La revolución en la derecha ha consistido y está consistiendo precisamente en eso: en romper con este estado mental según el cual forzosamente todos teníamos que parecernos al PSOE, además de en hacer una pedagogía constante para acabar con la idea de que «progresismo» es todo lo que digan los del puño y la rosa de los cojones. Y lo mejor es que lo estamos consiguiendo. Ha costado y lo tenemos todo en contra, pero se ha logrado algo que era impensable hace años: que haya gente que se cuestione si realmente los partidos que se llaman a sí mismos «progresistas» son realmente progresistas y si las ideas calificadas generalmente como «avances sociales» lo son realmente o se trata más bien de retrocesos en nuestra sociedad. Y lo más importante: la revolución de la derecha y su nueva actitud performática en la vida está consiguiendo que podamos reivindicar el ser «conservador» como un valor del que sentirse orgulloso o no avergonzarse, como ocurría hace escasamente un lustro. 

Cuatro millones de fascistas 

Cuando en el 2019 Vox consiguió 52 diputados en las elecciones generales se activó de nuevo la alerta antifascista que un año antes ya había sonado en los comicios de Andalucía, cuando el partido de Abascal entró con fuerza en el parlamento autonómico de esa comunidad. Nadie se explicaba cómo un partido sin ningún tipo de implantación territorial había llegado a convertirse en la tercera fuerza política de España, consiguiendo la representación necesaria para presentar recursos de inconstitucionalidad y mociones censura. De todo lo cual han hecho uso, por cierto. 

Y esa irrupción no fue solo fruto del hartazgo de los andaluces tras cuarenta años de socialismo casi ininterrumpido, sino también de un cambio de mentalidad que llevaba gestándose algún tiempo. Es cierto que el golpe de Estado de 2017 en Cataluña fue crucial para el auge de Vox (el cual se apreció un año después), pero esas ideas y esa incorrección política no venían de la nada. Ya había un camino hecho que precisamente habíamos allanado los youtubers, entre los que me encuentro, ya que yo aparecí en la famosa red social de streaming un par de semanas antes del referéndum ilegal de Cataluña. Estoy convencido de que las ideas de Vox nunca habrían calado con esa fuerza si antes algunos no hubiéramos hecho un trabajo de pedagogía en las redes abriendo melones que nadie antes se había atrevido, sin quitarles mérito a ellos, por supuesto. La llegada de Sánchez a la Moncloa fue decisiva para ese cambio de mentalidad y fue el empujón definitivo para que, mezclando en la coctelera todo lo anterior, se obtuviera el combinado perfecto para el surgimiento de una derecha que nunca antes se había visto en España y que, curiosamente, también se estaba gestando en casi todo Occidente. 

Lo más interesante es que los movimientos de la derecha alternativa se estaban dando sin que existiera relación entre unos y otros, es decir, no había ningún acuerdo ni ninguna estrategia para lanzar determinadas campañas en nuestros respectivos países de forma coordinada, nadie sabíamos de la existencia de los demás. Fue una coincidencia inaudita que todos estos movimientos de rebelión contra el sistema globalista se estuvieran dando casi a la vez y prácticamente con la misma forma y discurso; aunque quizá se explica fácilmente si lo entendemos como una reacción ante algo que, eso sí, parecía estar coordinado en todo el planeta: la amenaza del comunismo en su forma más brillibrilli y repintada con una capa de ecorresiliencia y progresismo snob. 

Pero, volviendo al principio, que cuatro millones de personas fueran tachadas por periodistas, políticos y medios de comunicación en general de «fascistas» o calificadas como de «extrema derecha», era síntoma de que no habían entendido una mierda. Quien piense que en España hay cuatro millones de nazis no vive en el mundo real o no es más que un profundo indigente mental, incapaz de hacer un análisis social que lleve algo más de cinco minutos. Está claro que la forma más rápida de intentar atajar el problema que se le venía encima a ciertos poderes era recurrir al clásico truco de asustar viejas, como ya ocurrió en 1981 con el intento de golpe de Estado de Tejero. España estaba despertando y no era una moda como el 15M, no era algo que se fuera a desinflar a los pocos meses, no era un producto de marketing artificial como lo fue Podemos; era un verdadero movimiento patriótico que no había hecho más que comenzar. Y no me refiero a Vox, que fue quien lo canalizó en parte, era algo que trascendía más allá del partido verde, básicamente porque empezó a gestarse antes de su irrupción en el escenario político patrio. 

Cuando nos llaman «reaccionarios», tienen toda la razón, ya que la revolución de la derecha se dio como reacción a una serie de imposiciones morales, éticas y económicas por parte, ya no solo de los políticos, sino de un enorme segmento de la sociedad que quería someter al resto introduciéndolo a la fuerza bajo el falso paraguas de la «libertad, la diversidad y la tolerancia». 

La pandemia como punto de inflexión 

Sobre todo, esa revolución empezó a ponerse en marcha y crecer cuando nos dimos cuenta de que ciertas ideologías se estaban apropiando de conceptos que no les correspondían. Durante muchos años la derecha ha aceptado, aunque fuera de forma interiorizada, que la izquierda representaba «la libertad» y ella «lo restrictivo», es decir, el marco ideológico construido por sus enemigos políticos y convertido en algo asumido por todos. Por supuesto, en nombre de esa supuesta «libertad» estaban capacitados para ejercer la represión más brutal contra todo aquel que no siguiera determinados dogmas definidos por ellos, porque tú no eras sino un «fascista» que quería acabar con todos los derechos. En el momento que entendimos que «libertad» es una palabra que a la izquierda le queda enorme, fue cuando la mentalidad comenzó a cambiar. Y creo que uno de los puntos de inflexión fue la pandemia. En la crisis del coronavirus todo el mundo se quitó la careta y pudimos ver de forma cristalina de qué palo iban algunos. El Gobierno, que llegó con la palabra «libertad» por bandera, lo primero que hizo, escasos dos meses después de la investidura de Sánchez, fue encerrarnos como a perros y mantenernos presos en nuestra propia casa. El Gobierno que había prometido acabar con la represión y el retroceso en las libertades que, supuestamente, representaba el Partido Popular, era el que se encargaba de perseguirte con un helicóptero de la policía si se te ocurría salir a dar un paseo por la playa, el que te multaba si sacabas a tu perro a pasear a más de 500 metros de tu casa y el que te obligaba a ponerte una mascarilla en mitad del campo a kilómetros de cualquier atisbo de civilización. Llegamos a ver cómo un grupo de policías derribaba con un ariete una puerta de una casa donde se había reunido un grupo de amigos... «fiesta ilegal» lo llamaron. Todo esto se hizo en nombre de la libertad. Al igual que el acoso masivo a las personas que libremente decidieron no vacunarse. Eso también se hizo en nombre de la libertad de los vacunados. Es irónico, ¿no creéis?, acosar en nombre de la libertad. 

Bien, pues esos meses de distopía y esperpento fueron también clave para hacer despertar a cierta parte de la derecha que seguía aletargada. De hecho, una de las primeras iniciativas tras el duro confinamiento fue la famosa caravana de la libertad, en la cual cientos de personas salieron a manifestarse dentro de su coche al grito de «libertad». Quizá es uno de los mayores logros de la derecha en los últimos años, habernos apropiado de esa palabra y hacerla nuestra, porque realmente nosotros somos los únicos que la defendemos. 

Pero no solo hemos conseguido apropiarnos de ese concepto (no hay una manifestación donde no se coree), también de los descalificativos que han usado contra nosotros a lo largo de los años. Mientras alguna derechita de la que luego hablaremos intenta continuamente justificarse ante las etiquetas de la izquierda, los que presentamos batalla contra todos los aspectos de la mugre progresista hemos hecho nuestros los calificativos de «facha», «fascista» o «extrema derecha». Lo mejor de todo es que los izquierdosos no han conseguido hacer lo mismo con la palabra «progre». Siguen considerándola ofensiva y despectiva, sobre todo por los complejos que tienen. En la izquierda todo es corrección y no pueden permitirse usar siquiera un ápice de humor, aunque solo sea para defenderse de nosotros. 

La revolución estética y el cambio en Occidente 

Antes he hablado de náuticos y filetones y es que, no menos importante que el cambio de marco mental, ha sido la forma en que ha empezado a presentarse la nueva derecha, alejada de los clichés creados por la izquierda. Yo tenía claro que no estaba dispuesto a cambiar ni mi vestimenta ni mis pendientes para caerle bien a una derecha encorsetada. La misión que yo me había marcado era que esa derecha encorsetada abriera sus mi ras y se diera cuenta de que había sido la izquierda la que se había encargado de acotar el espectro ideológico de su oponente. Mientras en la izquierda podían convivir sin problemas desde perroflautas a indigentes, pasando por actores y actrices multimillonarios, la derecha había sido encajonada dentro de los estrechos márgenes del pijo del barrio Salamanca o del hijo de papá de colegio privado del Opus. Y eso ocurría porque la izquierda había realizado un espectacular trabajo de ingeniería social mediante el cual se había encargado de decidir cómo debía ser la derecha en lo ideológico y lo estético y cómo debería ser la izquierda, de modo que el espectro más amplio en el que moverse se lo habían puesto ellos y habían dejado a los demás un espacio tan pequeño como el currículum de Óscar Puente. Por eso, cada vez les desconcierta más encontrarse con gente con «su» imagen, porque creían que los tatuajes, piercings y decoloraciones capilares eran de su propiedad. De repente, sin comerlo ni beberlo, se han encontrado con un enorme grupo de gente que podría diluirse perfectamente entre ellos sin que se notara, más allá del buen olor que desprendemos «los fachas», las cosas como son. 

De modo que estamos hablando de una revolución en varios planos: ideológico, estético y moral. Y, como dije antes, esto no ha sido algo exclusivo de España, se ha dado prácticamente en todo Occidente. Tampoco ha sido mérito solo de la derecha, que lo tenemos: la propia izquierda ha sido una de las grandes impulsoras de esta salida del armario a gran escala, desde el momento en que perdieron todo contacto con la realidad de la calle y se vendieron a todas las minorías y lobbies todopoderosos habidos y por haber. En el momento en que el obrero dejó de importarles, si es que alguna vez les importó, y pasaron a interesarse más por los 445 géneros en los que uno puede autopercibirse, dejaron libre un testigo que recogimos nosotros y que siempre debió ser nuestro. En EE. UU. Donald Trump arrasó entre la clase media porque apeló a todo aquello a lo que el partido demócrata había renunciado desde que llegó Obama y se dedicó a gobernar para los lobbies identitarios. La sociología que rodeaba a Trump era asombrosa. Más que votantes, tenía auténticos fans y estos iban desde el vaquero de la granja más recóndita de Alabama hasta el urbanita más ejecutivo del centro de Nueva York. Y la razón fue que supo canalizar todo el descontento ante una clase política que había abandonado al trabajador y la clase media. EE. UU. estaba huérfana de un presidente que gobernara para todos y los protegiera contra las amenazas tanto internas como externas. Ese fenómeno se dio en muchos más países, como en Brasil con la victoria de Bolsonaro, en Italia con el triunfo de Giorgia Meloni y, recientemente, con Javier Milei en Argentina. Todos tienen en común el haber sido tachados de pertenecer a la «extrema derecha» o de ser «fascistas» que, recordemos, es el fantasma creado por la izquierda para luchar contra una amenaza que no son capaces de controlar y a la que no pueden enfrentarse y que hace tambalearse todo el paradigma actual, tan cuidadosamente inventado por ellos a lo largo del tiempo. Para apreciar la dimensión de lo que estamos tratando no hay más que retrotraerse a la llegada de Obama a la Casa Blanca, cuando tan solo un año después de su proclamación, recibió nada más y nada menos que el premio Nobel de la Paz. Un señor que todavía no había hecho absolutamente nada. No obstante, la infamia alcanzó su punto álgido cuando al salir del poder se constató su mayor hito: había sido el único presidente de la historia que había pasado todo su mandato con el país en guerra. Efectivamente, le dieron el Nobel de la Paz a un señor que era el rey del belicismo mundial. En cambio, a Trump se le acusaba de querer provocar la tercera guerra mundial antes, incluso, de ganar las elecciones. El resultado fue también inesperado para los agoreros con ínfulas de tarotistas: fue el único presidente de la historia en no iniciar ningún conflicto bélico y uno de los que más acuerdos de paz firmó. Fue artífice, incluso, de aquella foto histórica entre el líder de Corea del Norte y el presidente de EE. UU., potencias enemigas históricas. 

Como vemos, el discurso asustaviejas se repite casi de forma calcada en todas partes. En EE. UU., Trump iba a provocar un conflicto planetario; en Brasil, la gente iba a morir de hambre; en Italia, Meloni iba a resucitar el espíritu del Duce. De hecho, hasta desempolvaron un videoclip humorístico que grabó con diecinueve años donde decía que «Mussolini era un buen político», para avalar los titulares que la tildaban como la reencarnación del fascismo. Santiago Abascal iba acabar con los derechos de las mujeres y los homosexuales y, en Argentina, Javier Milei legalizaría la venta de órganos y de niños. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de Isabel Díaz Ayuso, de la que hablaremos más adelante, que es la política a la que más veces se ha comparado con Donald Trump. 

Todos ellos tienen en común mucho más que ideología: el haber llegado a una parte del electorado que era imposible hasta hace pocos años y, lo más importante, que ese electorado no tenga miedo a decir abiertamente lo que piensa. Esa es la auténtica revolución en la derecha. 

Pero sigamos con la estética. Recuerdo aquel día cuando el diario El País me hizo una entrevista a colación de las elecciones de Madrid de 2021. Yo acababa de entrevistar al defenestrado Teodoro García Egea y a Rocío Monasterio y eso, por lo visto, les llamó la atención a los periodistas mainstream: un youtuber entrevistando a políticos de primera línea. 

El caso es que el artículo en cuestión tenía párrafos como «InfoVlogger es un joven de Vallecas. Sus piercing, vaqueros rotos y camisetas negras no concuerdan con el estereotipo de joven de derechas madrileño». Creo que esto define bastante bien todo lo que he intentado explicar en los párrafos anteriores: la caricatura que la izquierda ha hecho de sus rivales políticos ha sido aceptada por estos con total normalidad y ha conseguido que esa parte de la derecha que no nos sentíamos identificados estéticamente con ese estereotipo fuéramos silenciados, pero yo no estaba dispuesto a ello. Es más, después de la entrevista en la que se habló de mis pantalones rotos, rasgué el resto de mis vaqueros, me compré más camisetas negras y me hice otro tatuaje. Si vamos a romper estereotipos vamos a hacerlo bien. Pero lo cierto es que yo nunca he pretendido ser algo que no soy, nunca fue mi intención usar mi forma de vestir como un acto de rebeldía; sin embargo, como a la vista está que para esta gente sí lo es, tendré que potenciarlo más. 

Cómo acerqué a los políticos a YouTube 

A colación de ese artículo de El País* en el que se hablaba de cómo el exsecretario general del PP, Teodoro García Egea, pasó su noche de aniversario siendo entrevistado por mí, me gustaría resaltar que no fue el único que se sometió a mis preguntas (es que además de showman y performático también soy periodista). Algo de lo que más orgulloso me siento en esta revolución en la derecha es de haber conseguido atraer a políticos de primera línea a un entorno al que no estaban acostumbrados a estar: YouTube. 

Todo comenzó hace más de cuatro años, cuando se acercaban aquellas elecciones generales del 10 de noviembre de 2019 y a mí se me metió en la cabeza traer a mi canal a los candidatos de la derecha, Pablo Casado y Santiago Abascal, a pesar de que no contaba aún ni con cien mil suscriptores en mi canal. Con el primero lo intenté todo, hablé con cada uno de los contactos que tenía dentro del Partido Popular, que en aquella época eran muy pocos, pues apenas llevaba un par de años en YouTube, pero no lo conseguí. Mi gozo cada vez se encontraba en un pozo más profundo mientras intentaba por todas las vías conseguir lo mismo con el líder de Vox. Y cuando ya había perdido la esperanza recibí la llamada de alguien que me dijo algo que jamás olvidaré: «Vente mañana a Sevilla si quieres, que tenemos un hueco para que entrevistes a Santiago». Esto ocurrió apenas tres días antes de los comicios en los que Vox sacó 52 escaños. La entrevista fue todo un éxito, con más de setecientas mil visitas, además de llegar al número 3 de los vídeos más vistos en YouTube. A partir de ahí vinieron Cayetana Álvarez de Toledo, Rocío Monasterio, Rosa Díez, Juan Carlos Girauta, Toni Cantó, Iván Espinosa, José Manuel García-Margallo y algunos más que no tuvieron miedo de alejarse, apenas durante 30 minutos, de los medios tradicionales y visitar un ecosistema nuevo para ellos donde todo podía pasar; porque YouTube tiene unas reglas distintas y yo, como periodista, las aplico, pero a mi estilo.

Algo que pienso que he hecho muy bien a lo largo de mi carrera, y creo que poca gente puede presumir de lo mismo, es haber encontrado el equilibrio perfecto entre el show, la performance, la seriedad y la reputación. Los políticos venían a mi canal y algunos medios de comunicación querían contar conmigo para analizar la política a pesar de que, de vez en cuando, me ponía una peluca y me enfundaba un disfraz para interpretar una de mis canciones chorras (hablaremos más tarde de esto). Era como si la gente hubiera aprendido a separar las dos almas que había en InfoVlogger: la performática y la periodística. Digo que habían aprendido a separarlas porque yo aún no lo he conseguido. Simplemente hago lo que me sale de los mismísimos cojones, cuando quiero y donde quiero, y no tengo ninguna intención de que deje de ser así. 

Las generaciones en la revolución 

Hay una especie de leyenda urbana que dice que solo los jóvenes consumen YouTube y que los creadores de contenido que nos dedicamos al análisis político nos dirigimos a veinteañeros o millenials. Esto se debe a una profunda ignorancia y desconocimiento sobre cómo funcionan las redes, como casi siempre suele ocurrir. También es resultado de creer que, por el simple hecho de emitirse en la misma plataforma, todos los canales tienen el mismo público. Sin embargo, la realidad es bien distinta, diría que absolutamente la contraria, a la que quieren hacer creer a la gente algunos de nuestros detractores, que ven peligrar su poltrona en algún medio de comunicación. Hablo de mi caso, y también del de algunos compañeros, cuando digo que la edad media de mi audiencia ronda los cuarenta y cinco años, aunque hay picos donde supera los sesenta. Creo que la gente no es consciente de la importancia que tiene poder llegar a este target. El haber conseguido que un público tan acostumbrado a los medios de comunicación tradicionales, a agarrar el mando de la televisión o a abrir un periódico, coja un móvil o un ordenador y te busque para informarse sobre la actualidad política es un verdadero hito del que pienso que los creadores de contenido deberíamos estar orgullosísimos. Y este cambio en una generación que creció sin las nuevas tecnologías ha sido clave para el vuelco que ha dado en los últimos años la derecha; pues se ha pasado de un panorama en el que solo consumías lo que te ofrecían, a otro en el que puedes elegir lo que consumir y comparar la información para evitar lo más peligroso dentro del periodismo: la manipulación. 

Cuando voy por la calle o estoy en algún evento político no dejo de sorprenderme con el tipo de gente que me para con el objeto de felicitarme o hacerse una foto conmigo. En un mismo día he llegado a hacerme selfies con un niño de seis años que no paraba de cantar y bailar mis canciones y con una señora de noventa y tres años que no se perdía ni un solo vídeo ni una sola intervención mía en El Toro TV. Que tu contenido guste por igual a gente que se lleva 87 años de diferencia no es algo de lo que puedan presumir todos los creadores de contenido. Yo, por suerte, sí. Como demuestra esta anécdota, que además ocurrió hace bien poco. No recuerdo muy bien en qué manifestación se me acercó un señor de unos cuarenta y cinco años para darme las gracias, porque a base de enseñarle mis vídeos a sus hijas, estas habían dejado de ser progres para pasarse al lado bueno de la historia: el facherío turbomegarradical.
Anécdotas así tengo muchas, y os puedo decir que solo con haber logrado convencer a una persona para que abandone la ideología más diabólica que ha parido la humanidad junto al nazismo, mi trabajo habrá valido la pena. Porque ya no es solo que nos encontremos en un escenario donde la derecha ha dado un volantazo y ha comenzado a despertar, sino que también la propia gente contra la que en principio va mi contenido consigue cambiar y venirse al bando de los buenos. Una prueba más de que aquel refrán que decía «la letra con sangre entra» es totalmente certero. De hecho, yo usaría incluso técnicas más radicales, como atar a un progre a una silla y obligarlo a un visionado maratoniano de mis vídeos durante días, al estilo de La naranja mecánica. No creo que ningún socialista pudiera resistirse a abandonar el rojerío. 

Bromas aparte, la misión de los creadores de contenido, al menos la mía en particular, debe ser llegar a la audiencia más complicada de alcanzar: los llamados boomers (los nacidos durante la explosión demográfica que siguió a la Segunda Guerra Mundial), que es la mayor parte de la gente que me ve, pero entre los cuales hay un porcentaje elevadísimo que no abren YouTube ni para ver recetas de cocina. Porque se creen a pies juntillas todo lo que salga en la televisión, que en muchos casos está financiada por los propios partidos políticos. Lo bueno que tenemos los youtubers es que no nos debemos más que a nuestro público, por eso pueden estar muy tranquilos de que, aunque coincidamos en valores e ideas con algún partido político, tenemos la total libertad para dejar de apoyarlo en el momento en que queramos o criticar todo lo que nos dé la gana de él; porque nuestro pan no depende de él, como sí ocurre con muchos de los «progretubers». 

Los «progretubers» son nuestra antítesis y con los que mantenemos un arduo enfrentamiento desde hace años, aunque mientras ellos son incapaces de llegar a su público, nosotros sí alcanzamos al nuestro. Los «progretubers» son, como su propio nombre indica, lo contrario a los «fachatubers», es decir, creadores de contenido que se dedican a difundir las ideas progres o el argumentario del Gobierno. En otras palabras, auténticos lamebotas del poder. Ironías de la vida, ¿no creéis? La izquierda, supuestamente revolucionaria y antisistema, vendida por completo al sistema y comprándole todo el relato al poder y a los gobernantes; mientras que la derecha, la cual se supone representa a ese señor gordo con esmoquin, puro y un monóculo, es (somos) ahora la verdadera fuerza antisistema contra el poder establecido. 

Me extenderé en esto más tarde, pero esa es la razón por la que nosotros tenemos éxito y ellos no. Nosotros tenemos un discurso fuera del sistema; ellos tienen en su poder toda la televisión y los medios generalistas, a los que a pesar de que siguen teniendo mucho poder, las redes cada día les están ganando más terreno. A nuestros detractores les duele profundamente que un joven con una cámara y un foco consiga lo mismo que una cadena de televisión gastándose cincuenta mil euros en cada programa que emite. De ahí viene la inquina que nos tienen. 

YouTube ha sido clave en ese cambio de mentalidad. La gente ha podido comprobar de primera mano cómo la izquierda no es lo que promulga, y nunca lo ha sido. La izquierda solo es un compendio interminable de incoherencias que nunca ha sabido dar respuesta a las necesidades de la población, solo a sus propias necesidades y las de sus organizaciones mafiosas. Algo que se ha acrecentado aún más desde que decidieron servir a todas las elites que existen en el planeta. Claro, que ese fue el momento en que mucha gente comenzó a mirar a su derecha, cuando vieron que quien realmente les representaban eran esos seres supuestamente malvados que querían traer el fascismo de vuelta a la actualidad. 

Está claro que no se puede coincidir en todo, pero mi público y yo tenemos un contrato no escrito, aunque sí mental, y ellos lo saben. Contamos con un acuerdo de mínimos donde hay varias cuestiones que son innegociables, aunque luego disintamos de otras tantas; aunque son demasiado buenos conmigo y siempre me dicen que coinciden al cien por cien en todo lo que digo (eso es amor de suscriptor y lo demás, tontería). Esos mínimos incluyen: la unidad de España, la integridad moral y, sobre todo, la libertad. La libertad es innegociable y en el momento en que yo muestre un atisbo, aunque sea mínimo, de dejar de defenderla, estaré acabado en todos los aspectos y me lo mereceré; porque los tiempos convulsos que vivimos hoy en España tienen que ver precisamente con los ataques constantes y brutales a la libertad de todos los españoles. 

Nunca habíamos conocido un periodo en democracia con una falta de libertades tan abrumadora como esta. Y precisamente bajo un gobierno socialista, de esos que «siempre» llevan la libertad por bandera. Por tanto, de esa necesidad de defender las libertades hice virtud. La defensa de la libertad está prácticamente concentrada en las redes sociales y por eso precisamente los gobernantes quieren controlarlas, porque se escapa al golpe de la subvención. Pero no pueden, aunque hemos llegado a un punto en que a veces sería más fácil entendernos mediante jeroglíficos, por la cantidad de eufemismos que llegamos a usar en nuestros vídeos para que no nos los desmoneticen o directamente los eliminen por «discurso de odio». A veces nos sentimos auténticos «mongolos», en serio. Tener que llamar a un delincuente de nacionalidad marroquí «persona que no come jamón» es el colmo de la absurdidad; pero nos encontramos en esa tesitura. A eso nos han arrastrado los que quieren acabar con todo resquicio de libertad y convertir este país en una especie de versión nacional de Demolition man, la famosa película de Sylvester Stallone donde los ciudadanos eran multados en función de un estatuto de moralidad verbal que les impedía usar el vocabulario de forma libre. Esa es la sociedad a la que nos dirigimos. 

Cuando vemos a un gobierno defendiendo los privilegios de una parte del territorio español por encima de los del resto, se está atacando la libertad; pero resulta que los que vamos en contra de la democracia somos los que queremos una España unida, donde todos los ciudadanos sean iguales ante la ley. Cuando se aprueban leyes que atacan el artículo 14 de la Constitución, que habla precisamente de esa igualdad de todos los españoles ante la ley, se está atacando la libertad de todos los ciudadanos; pero resulta que los peligrosos antidemócratas somos los que defendemos que se respete, por ejemplo, la presunción de inocencia. ¡Qué acto tan dictatorial! 

Antisistema como forma de vida 

En más de una ocasión (muchas realmente) seguidores y amigos me han dicho que, si fuera de izquierdas, progre y socialista, hace mucho tiempo que tendría un programa en Televisión Espantosa (perdón, Española) o en alguna cadena de «rojos y maricones». Y creo que, humildemente, tienen razón. Viendo cómo otros influencers de la siniestra tienen poltrona fija en determinados programas de televisión, con un número de seguidores infinitamente menor al mío y con una capacidad de influencia en las redes absolutamente nula, es lógico pensar que si yo simpatizara con el Gobierno estaría cada tarde sentado en una tertulia haciendo de «opinólogo». La razón está muy clara: no se puede dar un altavoz a la extrema derecha y menos a una tan deslenguada como la que represento yo. Entiendo que es un peligro llevarme a un plató de televisión, porque yo no soy Alan Barroso y es absolutamente incontrolable lo que yo pueda decir. De hecho, la única televisión que se atreve a hacerlo es El Toro TV, donde llevo dos años colaborando y ya es mi casa, y cómo no, mis queridos Iker Jiménez y Carmen Porter, que de vez en cuando me invitan a sentarme en su Horizonte. Pero lo que pretendía hablando de esto no es era atacar a Alan o a la televisión, sino hablar de esa aura de outsider con la que tan a gusto me siento, algo que también ha ayudado a la gente a abrir su mente y a mirar a su derecha sin ver peligrosos fascistas. Lo que a la gente le atrae también, y yo creo que de forma natural, es lo prohibido. Saben que nuestro discurso es peligroso para determinadas personas y es esa sensación la que buscan al coger el móvil y ponerse un vídeo de mi canal, por ejemplo. Es algo que no van a encontrar en ningún otro sitio, no es un discurso mainstream que pueda repetirse en cadenas o en otros medios. La magia de ponerte delante de una cámara precisamente es esa: meterte en las casas de la gente, hacerles compañía y, a la vez, intentar que tu mensaje cale y pueda ser difundido. Y es que, como decía al principio, no es fácil remar a contracorriente, pero no sabéis lo gratificante que es saber que estás tocando los cojones a tanta gente. Cada vez que se me viene a la mente un pensamiento del tipo: «Isaac, igual te has pasado lanzando improperios y exabruptos», me respondo de inmediato: «No, son socialistas, el socialismo se merece algo mucho peor», y entonces se me pasa. 

Ese remar contracorriente es algo que creo también he contagiado a la gente a la que consigo llegar, ya que en el ámbito familiar o de las amistades no es fácil ir a la contra cuando todo tu círculo es de una determinada ideología política. Además, de la ideología «buena», de la incuestionable, de la que quiere el bien para todo el mundo y acabar con la pobreza y el fascismo. Salir del armario ideológico frente a los que te rodean es duro, pero es el primer paso para cambiar las cosas. Como la educación, todo empieza en tu círculo más cercano, y la fase inicial para un cambio de mentalidad comienza en tu propia casa. 

No pocas veces se me ha acercado gente para agradecerme haberles dado fuerzas para decir lo que piensan porque su madre, su padre, su tío, su hermano, toda su familia es de izquierdas. El hecho de no sentirse solo y haber creado una inmensa comunidad ha provocado un efecto contagio donde los unos han ayudado a los otros a darse fuerzas y a no seguir encerrados dentro del armario ideológico construido hace tiempo por la izquierda y del que cada día más gente se está escapando. Pero, como decía, que siempre acabo yéndome por las ramas, ir de outsiders, es decir, en contra del sistema, y rodeados de esa aura de clandestinidad ha sido una de las claves del éxito de los youtubers de política. 

Resulta bastante curioso que los outsiders de hoy sean personas que podrían ser mi padre, mientras que el sistema está formado por un cúmulo de niñatos con alma de persona de ciento ocho años. El «viejovenismo» es un tema que también conviene estudiar, porque cada vez que oigo a mis supuestas némesis, que no superan los veinticinco años, no puedo evitar imaginármelos bebiendo un carajillo y tomando algún anticoagulante. Eso, unido a que se mueven continuamente dentro de los círculos del poder, hace que nadie los vea si no los promociona el político progre de turno. 

Los influencers progres han hecho muchos intentos de emularnos y todos han acabado como una película de Eduardo Casanova: en un rotundo fracaso. Y como no han podido hacernos sombra, lo único que les ha quedado ha sido montar un sindicato de youtubers para exigir cobrar lo mismo que nosotros y después ser enchufados uno a uno en la televisión ruinosa de Pablo Iglesias. Y no será por falta de medios, porque yo he llegado a ver que tenían hasta platós, equipos de sonido y varias cámaras para una espectacular audiencia de cuatro personas. Pero ellos se excusan continuamente en que nadie los ve porque los «algoritmos recomiendan contenidos extremistas». 
No, el algoritmo, recomienda contenido que el espectador quiere ver, y tú no eres uno de esos contenidos, cariño. Porque la gente busca algo que no haya escuchado ya millones de veces en televisión o que haya repetido como un papagayo el periodista más coñazo de las tertulias. La gente va buscando algo rompedor, un discurso que les gustaría decir a ellos, pero aún no se atreven; es una especie de terapia que, como he dicho antes, ha hecho que muchos hayan salido del armario ideológico para no volver a entrar en él jamás. 

Yo no soy ningún valiente, aunque sea lo que más me repiten cuando me paran por la calle. Siempre les digo que lo que yo hago es simplemente ejercer un derecho, que es la libertad de expresión. Pensar que eso es valentía es un error y caer en la trampa socialista de tener que callar todo para no molestar al de al lado. Hasta el día que me metan en la cárcel seguiré diciendo todo aquello que me sale de la entrepierna y solo un juez podrá impedírmelo (aunque creo que ni eso). Por tanto, cada vez que veas un discurso como el mío en las redes sociales o, incluso en este libro, no pienses que es valentía, piensa que tú puedes hacer exactamente lo mismo porque nos amparan las mismas leyes. Por el momento, porque ya sabemos que desde hace un tiempo la ley tiene un nombre y es Pedro Sánchez. 

Valientes son los que se jugaban la vida en el País Vasco para defender la libertad que ahora esta gentuza cochambrosa y sucia está pisoteando, pero, ¿yo? Yo solo soy un medio para infundir fuerza y coraje a una sociedad que creo que llevaba dormida mucho tiempo y que, por suerte, está despertando por fin. 

¿Antisistema y radical? Puede. Bueno, puede no, sí. Si ir a la raíz de los problemas es ser radical, es evidente que lo soy; si luchar contra la basura ideológica que nos imponen las elites a las que están vendidas casi la totalidad de los gobernantes del mundo es ser antisistema, pues también lo soy. 

Pero una cosa os digo: sentíos orgullosos de ser antisistema y radicales, creo que no hay piropo más bonito que te puedan lanzar en los tiempos que corren. La revolución de la derecha es imparable y apenas estamos en sus albores, por eso cada día el nerviosismo aumenta entre las filas del zurderío. La mayor amenaza para esta izquierda mugrosa es cuestionarle todos los pilares sobre los que se asienta su criminal ideología, ya que no estaba acostumbrada a ello y vivía feliz y cómoda con esa derecha correcta y domesticada que no se atrevía ni a toserle. Pues yo sí le voy a toser, y quizás algo un poco más desagradable, pues estaremos de acuerdo en que se merece eso y mucho más.

INFOVLOGGER PRESENTA SU LIBRO "MANUAL DE RESISTENCIA FACHA"

jueves, 26 de febrero de 2026

KEVIN SPACEY Y LA CONDENA SOCIAL: CUANDO ERES VÍCTIMA DE LA CANCELACIÓN MEDIÁTICA GLOBALISTA (DISCURSO EN LA OXFORD UNION SOCIETY)

Kevin Spacey, 
en un discurso en Oxford: 
"La verdad no redime, avergüenza 
a quienes se equivocaron contigo"

Fue un discurso de apertura que el actor pronunció en la Oxford Union Society el pasado 1 de diciembre de 2025 y que se ha vuelto viral ahora en redes sociales


Han pasado casi tres meses desde este discurso de Kevin Spacey en la Oxford Union Society el pasado 1 de diciembre de 2025, pero aún sigue llegando lejos el eco de sus palabras. Unas palabras que eran un ataque frontal contra la cultura de la cancelación, asegurando que, en el clima actual, "los hechos no importan" frente a la voracidad de la opinión pública. Unas palabras que hoy siguen siendo virales y más aún en unas redes sociales donde el tiempo no parece dejar atrás este tipo de discursos.

El actor entonces sostuvo que la sociedad y la industria cinematográfica no buscan la justicia real, sino que simplemente "quieren un villano" para satisfacer una narrativa preestablecida. Según Spacey, su perfil de estrella "excéntrica" que no jugaba bajo las "reglas" de Hollywood lo convirtió en el blanco perfecto para un "linchamiento" mediático diseñado para vender periódicos.

El relato continuó detallando la angustia de enfrentarse a "tres juicios" para finalmente obtener un veredicto que, aunque favorable, resultó estéril ante la implacable maquinaria del prestigio social. Explicó que, a pesar de recibir una "absolución total" y una "disculpa pública" por parte de quienes juzgaron las pruebas con rigor, el castigo definitivo llegó de la mano de los despachos corporativos. Fue entonces cuando se vio "oficialmente puesto en la lista negra", una medida que, según denunció, demuestra que la "verdad no te redime", sino que se vuelve un estorbo para aquellos que ya habían dictado sentencia de muerte profesional.

Kevin Spacey atiza a Hollywood: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable"

Sin embargo, el giro más potente del discurso se produjo cuando Spacey reveló que no estaba hablando de su propia experiencia contemporánea, sino de
"Roscoe 'Fatty' Arbuckle". Al rescatar esta figura del cine mudo, señaló que Arbuckle fue víctima de una "narrativa" que lo destruyó tras ser acusado de un crimen que no cometió, a pesar de ser "totalmente inocente". 
El actor subrayó la amarga ironía de que la industria lo desechara solo cuando el sistema judicial demostró su inocencia, simplemente por ser "inconveniente" para la imagen pública de los estudios de la época.
Para cerrar su argumentación, leyó la carta de exoneración de 1922, donde el jurado afirmaba que se le había hecho una "gran injusticia" y destacaba que Arbuckle "contó una historia directa" que todos creyeron tras escuchar la evidencia. Spacey concluyó advirtiendo que, cuando la verdad "avergüenza a las personas que estaban equivocadas", estas prefieren enterrar al afectado "aún más profundo" para proteger su propio relato.
Con una audiencia en absoluto silencio, el actor finalizó preguntando retóricamente qué ha aprendido el mundo en los últimos "ciento tres años", sugiriendo que las modernas ejecuciones mediáticas son solo un eco perfeccionado de las purgas de hace un siglo. 

Spacey dejó claro que el estigma de la "lista negra" sigue siendo la herramienta preferida de una industria que sacrifica la verdad en el altar de la conveniencia corporativa. Al equiparar su caso con el de Arbuckle, el ganador del Oscar no solo reclamó su inocencia, sino que acusó a Hollywood de ser un sistema cíclico de injusticia: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable".

Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society.

Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society

jueves, 6 de noviembre de 2025

SE INVENTARON UN NUEVO INSULTO PARA SILENCIARTE: "DERECHA WOKE"

 

ESTEBAN RAFAEL: Se inventaron un nuevo insulto para silenciarte: “derecha woke”. Un término sin definición, sin autor real, y sin base conceptual. Solo sirve para callar a cualquiera que piense diferente dentro de la derecha. "Su Derecha".

El término lo lanzó James Lindsay en su libro "TEORÍAS CÍNICAS" en EE.UU. para describir a ciertos grupos que copian los vicios del progresismo “woke”: victimismo, censura y tribalismo. Pero hoy lo usan otros para descalificar a cualquiera que no adore ciegamente al bloque occidental o al Estado de Israel.

No significa “una derecha que actúa como la izquierda”, sino: “Cualquiera que piense por cuenta propia y no siga el guion del liberalismo de Twitter.” Una etiqueta vacía para cancelar a quien no repite el catecismo ideológico de turno.

Así opera la nueva guerra semántica: No refutan tus ideas, te etiquetan. No discuten tus argumentos, te clasifican. Y así, la discusión pública se convierte en un campo de obediencia tribal, no de pensamiento libre.
Paradójicamente, los que gritan “¡derecha woke!” repiten los mismos vicios del progresismo que dicen combatir:

•Dogmatismo ideológico
•Pureza moral falsa
•Cancelación de disidentes
•Fe ciega en figuras mediáticas

La derecha necesita pensamiento crítico, no papas tuiteros. Nadie tiene autoridad moral por acumular likes o repetir slogans de “Occidente”. La verdad no depende de bandos, depende de la coherencia entre razón y realidad.

Si te llaman “derecha woke” por cuestionar algo, pide esto: Defínelo. Cítame su origen. Explícame en qué parte de mi argumento soy eso. Ahí se acaba el juego. Porque detrás de la etiqueta, casi nunca hay sustancia.

El pensamiento libre es incómodo. Por eso intentan reducirte a caricatura: conspiranoico, negacionista, globalista, antisemita, católico, estatista, “derecha woke”… cualquier cosa menos un hombre libre.

No necesitamos nuevas inquisiciones digitales disfrazadas de “anticancel culture”. 
La verdadera batalla cultural no se gana con memes, sino con criterio, coherencia y verdad.

La libertad de expresión incluye el derecho a pensar fuera del molde, incluso dentro de tu propio bando. Y eso —aunque les duela a muchos— no es ser “woke”, es ser libre.

PD: Cabe destacar que en la conferencia de prensa donde el genocida de Netanyahu ofreció 7000$ por publicaciones a favor del Estado de Israel mencionó que van en contra de la “Derecha Woke” en las redes sociales ¿Casualidad?


"QUIEN CONTROLA EL LENGUAJE CONTROLA EL PENSAMIENTO". GEORGE ORWELL

“Los límites de mi lenguaje 
son los límites de mi mundo”. 
Wittgenstein

El lenguaje no solo sirve para comunicar lo que pensamos, sino que también configura lo que podemos llegar a pensar. Inquietante y cierto. Así que cuando se limita el vocabulario, se manipulan los términos o se vacían de contenido, se empobrece el pensamiento. Orwell entendió que el poder no necesita la fuerza bruta cuando logra colonizar la mente. En su novela “1984”, el “Ministerio de la Verdad” se encarga de reescribir el pasado e imponer una nueva lengua que elimina las palabras incómodas para el poder. Así, conceptos como libertad o justicia se diluyen hasta desaparecer y desaparece también la posibilidad de pensarlos. Este es el gran peligro que seguimos viviendo hoy, porque la manipulación del lenguaje político, mediático y educativo sustituye el pensamiento crítico por eslóganes o etiquetas. Como ya advirtió Wittgenstein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. 

Hoy en día los medios de comunicación, las redes sociales y los algoritmos se han convertido en el nuevo “Ministerio de la Verdad” que nos dice lo que se puede decir sin ser cancelado, lo que “toca” opinar para estar en el bando correcto y las frases cortas que caben en un meme. El pensamiento complejo se vuelve incómodo y quien intenta matizar o reflexionar es acusado de tibio o sospechoso. 

La educación, que debería ser el antídoto contra esta deriva, a veces se ve arrastrada por este fenómeno. Se cambian los nombres de las cosas (competencias, metodologías activas, aprendizaje significativo…) sin detenerse a pensar qué significan realmente. Educar debería consistir, ante todo, en enseñar a nombrar el mundo con precisión, porque solo así los alumnos podrán pensarlo con libertad. 

Así que el lenguaje no es neutro, es la herramienta más poderosa para ser libres o esclavos. Por esto, enseñar a cuidar las palabras es enseñar a cuidar el pensamiento. Hay que aprender a desconfiar de los discursos fáciles, buscar el significado detrás de cada término y resistir la manipulación de los que quieren imponer su versión del mundo. Solo así, en medio del ruido y la confusión, podremos seguir siendo dueños de nuestro propio pensamiento.

DESENMASCARAMOS LA AUTENTICA DERECHA WOKE

VER+:




miércoles, 22 de octubre de 2025

LIBRO "LA DICTADURA DEL LENGUAJE": EL CABALLO DE TROYA DE OCCIDENTE: LA LENGUA COMO ARMA DE GUERRA por ANTONIO PEÑALVER MARTÍNEZ


LA DICTADURA
DEL LENGUAJE

El caballo de Troya de Occidente: 
la lengua como arma de guerra


El progresismo, el wokismo y el globalismo han convertido el lenguaje en su arma más poderosa. 

Cuando las palabras pierden su significado, las personas pierden su libertad.

«El mayor triunfo de una tiranía no es controlar las acciones, 
sino lograr que las víctimas amen su servidumbre». 
Aldous Huxley

Hoy, el sometimiento comienza por la lengua.
La resistencia, también.

En las democracias occidentales del siglo XXI se libra una batalla silenciosa por el control del pensamiento. Bajo conceptos aparentemente nobles como «inclusión», «sostenibilidad» o «justicia social» se esconde un sofisticado sistema de manipulación que redefine la realidad, reescribe la historia y condiciona la conciencia colectiva.

La dictadura del lenguaje es un análisis riguroso de cómo el progresismo, la cultura woke, la Agenda 2030, el globalismo y la cultura de la cancelación utilizan el lenguaje como caballo de Troya para erosionar los fundamentos de Occidente: la libertad individual, la identidad cultural, los valores trascendentes y el pensamiento crítico.
A través de eufemismos calculados, neologismos estratégicos y distorsiones semánticas, estas corrientes transforman el debate público en un campo minado donde disentir se vuelve peligroso y pensar libremente, subversivo. Corrección política, lenguaje inclusivo, microagresiones, privilegio, sostenibilidad, cancelación... cada término es una pieza en un engranaje más amplio de ingeniería social que opera desde la política, la educación, los medios y las redes sociales, imponiendo una nueva ortodoxia moral y silenciando voces discordantes.
Con rigor documental y más de 150 referencias, Antonio Peñalver expone esta estrategia global analizando 168 términos clave que funcionan como instrumentos de dominio simbólico. Pero esta obra va más allá del diagnóstico: es un acto de resistencia intelectual y una invitación urgente a recuperar el sentido auténtico de las palabras.

«El lenguaje exterioriza el alma de una persona o de un colectivo. 
La verbalización y sus inflexiones crean realidad, no son inocuos». 
(Lenguaje, la perversión progresista 
por Javier Fernández Aguado. 
Executive Excellence.  Enero, 2023).

Introducción 

Durante este primer cuarto del siglo XXI han emergido nuevas corrientes políticas e ideológicas como el progresismo, el pensamiento woke, la Agenda 2030, el globalismo y la cultura de la cancelación. Aunque diversas en apariencia, comparten un sustrato ideológico común: la promoción de una sociedad global carente de principios y valores trascendentes, donde el control y lo material se erigen como pilares fundamentales. 

A través de retóricas lingüísticas cuidadosamente diseñadas, estas corrientes buscan moldear la percepción pública y orientar el pensamiento de los ciudadanos de Occidente hacia un paradigma que prioriza lo inmediato, lo material y lo global, relegando lo espiritual y lo cultural. El lenguaje, más allá de ser una herramienta de comunicación, es un fenómeno biológico y psíquico esencial para el desarrollo humano, capaz de transmitir pensamientos, emociones e ideas mediante símbolos sonoros o gestuales. Su poder transciende la simple expresión: puede moldear la realidad, infl uir en la conciencia y transformar tanto nuestro entorno como la percepción que tenemos de él. Sin embargo, este poder, cuando es manipulado con fines políticos, puede convertirse en un arma peligrosa. Mariano Sigman, autor de «El poder de las palabras», señala que «nuestra mente es mucho más maleable de lo que pensamos». (El poder de las palabras: cómo cambiar tu cerebro (y tu vida) conversando por Mariano Sigman.  Penguin Random House, 2024. La manipulación del lenguaje: introducción al diccionario progresista, pág. 1, por Priscila Guinovart. PanAm Post, 3 de marzo, 2018).

El sesgo con el que interpretamos el lenguaje —que no siempre es tan neutro como aparenta— puede ser un arma de doble filo. En menos de un segundo procesamos palabras, emitimos juicios y adaptamos nuestros mapas mentales, lo cual puede conducirnos al crecimiento o al estancamiento, según la calidad de los juicios que interiorizamos. Por ello, el lenguaje representa tanto una oportunidad como un riesgo. Cuando se tergiversan palabras con fines políticos, se distorsionan conceptos fundamentales, se altera la comunicación y se modifica nuestra percepción de la realidad. En consecuencia, se condicionan actitudes y comportamientos, convirtiéndose en una herramienta clave para la difusión ideológica y el ejercicio de poder y control en la sociedad. Resulta fundamental, por tanto, analizarlo de forma crítica frente a los discursos que pretenden moldear nuestra visión del mundo. 

La escritora uruguaya Priscila Guinovart advierte que «cuando las palabras son tergiversadas, conceptos enteros se derrumban, la comunicación pierde su sano curso y, en el mejor de los casos, la comunicación se entorpece». (La manipulación del lenguaje: introducción al diccionario progresista, pág. 1, por Priscila Guinovart. PanAm Post, 3 de marzo, 2018).
Esta reflexión cobra especial importancia en un contexto donde las palabras son empleadas como herramientas de poder para imponer narrativas ideológicas que alteran los fundamentos de la civilización occidental. En este marco, el relato —entendido como construcción discursiva de la realidad— adquiere un papel determinante. La historia y la identidad de los pueblos no solo se componen de hechos, sino también de relatos que configuran de manera mágica y hegemónica su memoria colectiva. Quien controla el lenguaje, controla el relato; y quien controla el relato, define el sentido de la historia y el rumbo de la sociedad. 

El lenguaje ha tenido un impacto profundo en la configuración de la sociedad occidental, actuando como vehículo de transmisión de valores, tradiciones y sistemas políticos. Occidente se ha forjado sobre la base de un legado histórico que incluye la infl uencia del mundo grecorromano, el cristianismo, el humanismo renacentista y la Ilustración. Estas corrientes han dado lugar a una cosmovisión que integra principios como la democracia liberal, el capitalismo de mercado y los derechos individuales. Frente a este legado, las nuevas corrientes políticas e ideológicas surgidas en este siglo —el progresismo, el pensamiento woke, la Agenda 2030, el globalismo y la cultura de la cancelación— han avanzado con fuerza ante la tibia respuesta del liberalismo y el conservadurismo. 

Estas ideologías, y su lenguaje como su principal instrumento de difusión, transformar el signifi cado profundo de Occidente mediante la revisión de su historia, cultura y valores morales. Su énfasis en la inmediatez, la globalización, el materialismo y nuevas formas de regulación social contrasta con la visión humanista tradicional. El discurso de estas nuevas corrientes se asienta en lo que podría definirse como la «fi losofía del egoísmo» y en la pérdida de libertad que advertía el papa Joseph Ratzinger, quien afirmaba que «el otro es siempre, en última instancia, un antagonista que nos priva de una parte de nuestra vida, una amenaza para nuestro yo y para nuestro libre desarrollo». (Cristianismo y resistencia al nihilismo, pág. 1, por Diego Fusaro. Revista digital POSMODERNIA, 30 de mayo de 2024.

Asdrúbal Aguiar, exministro venezolano, sostiene que «el falseamiento del significado de las palabras, como ocurre con quienes, mediante un trabajo de zapa, desnudan de categorías a la cultura occidental y se las apropian asignándoles contenidos diversos, trasvasa a la vieja y perversa cuestión de la mentira política». Según él, esta manipulación del lenguaje busca destruir los fundamentos de la civilización occidental judeocristiana y grecolatina mediante la descontextualización semántica. (La perturbación «progresista» del lenguaje. las izquierdas socialistas, ayer comunistas, rebautizadas como progresistas, pág. 1, por Asdrúbal Aguiar. Diario Las Américas, 10 de abril, 2021. Sin respeto del enemigo por Hermann Tertsch. El Debate, 31 de agosto, 2024).

Cuando interiorizamos inconscientemente nuevos conceptos que cuestionan o deconstruyen valores ya arraigados, colaboramos involuntariamente en la difusión de ideas contrarias a nuestra visión del mundo y modo de vida. En este sentido, el periodista, escritor y europarlamentario Hermann Tertsch advierte que «la civilización occidental comienza a agonizar debido a una falta de respeto hacia sí misma, lo que ya se ha traducido en el desprecio general por parte de sus peores enemigos». (Sin respeto del enemigo por Hermann Tertsch. El Debate, 31 de agosto, 2024).

Recupera también la frase de Ramiro de Maeztu: «ser es defenderse», que sintetiza la necesidad de preservar la identidad cultural frente a las adversidades. A lo largo de este libro, analizaré de manera secuencial estas nuevas formas de activismo, cuyas bases ideológicas convergen en el globalismo, el autoritarismo y el materialismo. Examinaré cómo el lenguaje ha sido transformado en su arma más poderosa para reinterpretar la realidad e impulsar un modelo de sociedad en el que se diluyen los principios y los valores. Estas corrientes encuentran respaldo tanto en la indignación de ciertos colectivos ante injusticias reales como en la desinformación de una mayoría que ha perdido la capacidad de pensar críticamente. Veamos:– El «progresismo socialista» ha revivido antiguos ideales marxistas bajo el pretexto de corregir desigualdades, promover los derechos civiles y proteger el medio ambiente. 

Ha tergiversado el lenguaje occidental mediante eufemismos y redefi niciones conceptuales que justifican un pensamiento único. Por ejemplo, como veremos, términos como «inclusividad», «justicia social» y «derechos humanos» han sido reconfi gurados para adaptarse a su agenda ideológica, despojándolos de su contexto original. Esta manipulación semántica no solo altera su significado tradicional, sino que también sirve para deslegitimar cualquier postura crítica.

– El «movimiento woke» surgió en el contexto del Great Awokening de la América progresista como una respuesta al racismo, aunque se ha expandido hacia temas de género, orientación sexual y revolución sexual, estableciendo una nueva ortodoxia discursiva. Su vocabulario ha ganado protagonismo en la opinión pública, con términos como «afroamericanos», —que señala problemáticas raciales reales—, «microagresiones», «privilegio blanco» o «apropiación cultural», buscando describir y desafiar dinámicas de poder. Esta transformación del lenguaje no solo denuncia desigualdades, sino que también impone categorías rígidas y excluyentes en el debate social.

– La «Agenda 2030», bajo una apariencia benévola de sus objetivos de desarrollo sostenible, encierra un cambio civilizatorio profundo disfrazado con un lenguaje cuidadosamente diseñado. Este agendismo recurre a una pirotecnia lingüística que acuña y redefine términos como «economía circular», «justicia climática» o «igualdad de género», utilizados como eufemismos estratégicamente diseñados para legitimar una visión materialista y estatalista. Como señala el historiador José Antonio Bielsa Arbiol en la Agenda 2030 «reina en el eufemismo represor con una retahíla buenista de hermosas intenciones envenenadas». (Introducción a la Agenda 2023: las trampas de la nueva normalidad, pág. 4, por José Antonio Bilesa Arbiol. Adágora, Letras Inquietantes, 22 de marzo, 2021).

– El «globalismo» es otra ideología que ha cobrado fuerza en este siglo, impulsando un sistema de interdependencia económica, política y cultural en el que las barreras nacionales se diluyen progresivamente, con el objetivo final de establecer un «Estado global» que gestione los problemas mundiales de manera unifi cada. En gran medida, comparte el vocabulario del agendismo 2030 y del progresismo, utilizando términos como «cooperación internacional», «conectividad», «mercado global» o «multilateralismo», al tiempo que desnaturaliza conceptos fundamentales como «pueblo», «nación» o «patria», vaciándolos de su significado histórico y cultural.

– Dentro del marco del globalismo, abordaré, por un lado, el identitarismo, que surge como reacción a este fenómeno y promueve en España nacionalismos localistas como el catalán y el vasco. Por otro lado, profundizaré en el desafío que representa la «Hispanidad», frente al cual ha emergido una narrativa crítica que reinterpreta negativamente la historia de España, conocida como «hispanofobia».

– Por último, también analizaré la «cultura de la cancelación», un fenómeno social que cobró fuerza desde 2015 (El discurso de la cancelación comenzó a tomar carta de naturaleza en 2015 cuando en el programa de televisión el Show de VH1, en el reality de Love and Hip-Hop de New York, Cisco Rosado grita a Diamond Strawberry «estás cancelada» mientras estaban discutiendo. A partir de ese momento ese término que deriva en una acción de bloqueo se generalizó y llegó a establecerse como una opción para los usuarios de la red X (antigua Twitter) y que el resto de redes sociales han copiado) y que se refiere a la práctica de «bloquear» o «desconectar» en redes sociales a individuos u organizaciones por expresiones consideradas ofensivas en temas como racismo, identidad de género o sexualidad. Este fenómeno utiliza el lenguaje para imponer una moral única, resignificando palabras como «racismo», «fobia» o «privilegio» para controlar el discurso público y privado. 

La frase «el lenguaje crea realidades» resume su esencia: transformar el significado de las palabras para delimitar lo aceptable. Estas corrientes ideológicas usan el lenguaje para socavar el modelo occidental, cuyos valores fundamentales, según Samuel P. Huntington, incluyen su herencia clásica, la tradición cristiana, la existencia de múltiples centros de poder, el Estado de derecho, los derechos individuales, la separación entre lo espiritual y lo temporal, la democracia representativa y la economía de mercado. (El choque de civilizaciones y la reconfi guración del orden mundial, capitulo 3, de Samuel P. Huntington. Paidós, 1997).

Parte de la fuerza transformadora de Occidente reside en su capacidad para integrar razón y fe. ((Razón, Fe y la lucha por la civilización occidental de Samuel Gregg. Homo Legens, 2019).
Como advierte el filósofo Rais Busom, Occidente no está preparado para tratar con civilizaciones que no desean debatir ni con nuevas ideologías que hacen tambalear sus fundamentos. (Posglobalismo, pág. 29, de Rais Busmon, SEKOTIA, 2025). Pero es legítimo que defienda activamente sus principios fundamentales y la sociedad que ha construido, la cual ha aportado innumerables benefi cios a sus ciudadanos, siendo, por tanto, un «indudable avance a la humanidad». (La guerra contra Occidente: Cómo resistir en la era de la sinrazón de Douglas Murray. Ediciones Península, 2022). Esto cobra especial relevancia en el contexto de la llamada «batalla cultural» frente a los movimientos progresistas, el wokismo y el globalismo. En este libro, respaldado por 153 referencias analizo estas formas de activismo ideológico que utilizan el lenguaje como arma para reinterpretar la realidad e imponer su visión del mundo. 

Estudio 168 términos lingüísticos clave para entender cómo estas corrientes emplean el lenguaje con el fin de influir en el pensamiento e imponer su ideología; y explico cómo se apoyan en medios de comunicación, redes sociales, legislación, educación, entretenimiento y políticas corporativas para reconfi gurar la percepción pública y la memoria histórica. 

Este libro pretende proporcionar un marco para reflexionar críticamente sobre cómo el lenguaje está siendo utilizado para transformar nuestra percepción de la realidad. El objetivo principal es invitar al lector a cuestionar estas narrativas, defender la diversidad de pensamiento y preservar los valores fundamentales de la civilización occidental. Bienvenidos a La dictadura del lenguaje, el caballo de Troya de Occidente.

El lenguaje, 
ese gran caballo de batalla 

Desde tiempos inmemoriales, el lenguaje ha sido el vehículo a través del cual los seres humanos han articulado sus pensamientos, emociones y aspiraciones y, consecuentemente, sus comportamientos. Sin embargo, este poderoso instrumento de comunicación también ha sido un campo de batalla en el que se han librado innumerables guerras ideológicas, políticas y sociales. El lenguaje ha sido manipulado, controlado y disputado a lo largo de la historia, convirtiéndose en una herramienta tanto de opresión como de liberación. 

Desde la antigüedad, los políticos y gobernantes han comprendido el poder del lenguaje. Los faraones egipcios, por ejemplo, utilizaban jeroglíficos para narrar sus hazañas y perpetuar su legado, moldeando así la percepción de la historia a su favor. 

En la antigua Roma, los oradores como Cicerón y Catón empleaban la retórica para infl uir en la opinión pública y consolidar su poder. Estos ejemplos tempranos muestran cómo el lenguaje se ha utilizado para controlar narrativas y ejercer dominio. También, en la Edad Media, la Iglesia católica monopolizó el acceso al conocimiento mediante el uso exclusivo del latín, limitando así la difusión de ideas que pudieran desafiar su autoridad. Y en el siglo XX, los regímenes totalitarios perfeccionaron el arte de la propaganda, utilizando el lenguaje para moldear la realidad y manipular las masas. 

El lenguaje ha sido crucial en la historia de la humanidad y también ha jugado un papel fundamental en la evolución de las personas dentro de las sociedades. A través del lenguaje, se transmiten conocimientos, valores y tradiciones que moldean la identidad cultural y social de los individuos. La capacidad de comunicarse efectivamente ha permitido a las sociedades desarrollarse y prosperar, destacando la importancia de la palabra como un pilar esencial de la civilización. 

La palabra, como herramienta del lenguaje, posee un poder inmenso para inspirar, persuadir y movilizar. A través de discursos, libros y medios de comunicación, las palabras han infl uido en el curso de la historia, desencadenando revoluciones y movimientos sociales. La habilidad para usarlas de forma efectiva ha sido una característica distintiva de líderes y figuras influyentes a lo largo del tiempo. 

Las figuras retóricas, en las que profundizaré más adelante, son técnicas utilizadas por oradores y escritores para persuadir y emocionar a su audiencia. Metáforas, símiles, hipérboles y antítesis son solo algunas de las herramientas que enriquecen el lenguaje, haciéndolo más persuasivo y poderoso. Estas técnicas no solo embellecen el discurso, sino que también pueden ser empleadas para manipular y controlar la percepción de la realidad. 

En la actualidad, el lenguaje sigue siendo una herramienta de poder y control, adaptada —como es lógico— a la era digital en la que vivimos. Las redes sociales y los medios de comunicación ejercen una influencia sin precedentes sobre la opinión pública, moldeando narrativas y construyendo realidades. 
Las campañas de desinformación y las llamadas fake news son ejemplos contemporáneos de cómo el lenguaje puede utilizarse para confundir, polarizar y manipular a las masas.

Existen diversas teorías que exploran la relación entre el lenguaje y el poder. Foucault, por ejemplo, argumenta que el lenguaje es una forma de poder que puede ser utilizado para controlar y disciplinar a la sociedad. Según esta perspectiva, quien controla el lenguaje, controla la realidad y, por ende, el poder. Hoy el lenguaje se ha convertido en un campo de batalla ideológico. Las narrativas se disputan constantemente en un entorno saturado de información y desinformación. Los debates sobre el lenguaje inclusivo, la corrección política y la manipulación mediática refl ejan cómo el control del lenguaje sigue siendo una cuestión profundamente divisiva y políticamente cargada. 

El lenguaje políticamente correcto —tema que desarrollaré más adelante— constituye otro frente en las guerras culturales modernas. Mientras algunos lo ven como una forma de reconocimiento y respeto hacia todas las identidades, para muchos otros representa una imposición que restringe la libertad de expresión. Este debate pone de manifiesto las tensiones entre el deseo de inclusión y el temor a la censura. 

En un mundo donde la verdad y la mentira a veces se confunden, la importancia del lenguaje se vuelve aún más crítica. La capacidad de discernir la verdad y resistir la manipulación lingüística es esencial para mantener una sociedad libre y justa. La lucha por la verdad y la integridad del lenguaje es, en última instancia, una lucha por la justicia y la libertad. 

El lenguaje, ese caballo de batalla, ha sido y sigue siendo un terreno donde se enfrentan poder, control y liberación. A lo largo de la historia, ha servido tanto para oprimir como para emancipar, para manipular como para inspirar nuevas ideas. Dentro de este apartado denominado «el lenguaje, ese gran caballo de batalla», profundizaré, capítulo a capítulo, en cada uno de estos aspectos, revelando las complejas dinámicas de la dictadura del lenguaje:

– «La importancia del lenguaje en la historia de la humanidad», deteniéndome en cómo la necesidad de comunicarnos ha acompañado al ser humano desde sus orígenes y cómo el lenguaje ha sido clave en el desarrollo social. Dentro este tema dedicaré un subcapítulo titulado «El lenguaje y la evolución de las personas en las sociedades».
– «La importancia de las palabras», adentrándome en como utilizamos las palabras como medio de comunicación y como base de la organización de nuestra existencia.
– «El lenguaje y el relato», profundizando en como construcción narrativa da sentido a hechos, ideas o identidades.
– «Figuras retoricas», describiendo aquellas más comunes y cómo se usan para manipular el lenguaje en contextos políticos.  

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