EL Rincón de Yanka: LA SEDUCCIÓN DE LAS PALABRAS. LIBRO DE ÁLEX GRIJELMO

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miércoles, 7 de octubre de 2015

LA SEDUCCIÓN DE LAS PALABRAS. LIBRO DE ÁLEX GRIJELMO

LA SEDUCCIÓN DE LAS PALABRAS. 
LIBRO DE ÁLEX GRIJELMO



Algunas palabras cumplen la función de un olor. Seduce un aroma que relaciona los sentidos con el lugar odorífero más primitivo, el nuevo olor llega así al cerebro sensible y activa la herencia que tiene adherida desde la vida en las cavernas; y le hace identificar esa percepción y su significado más profundo, más antiguo, con aquellos indicios que permitían al ser humano conocer su entorno mediante las sensaciones que hacían sentirse seguro al cazador porque los olores gratos anunciaban la ausencia de peligros; es decir, la inexistencia de olores peligrosos. La seducción de las palabras, su olor, el aroma que logran despertar aquellas percepciones prehistóricas, reside en los afectos, no en las razones. 

Ante determinadas palabras (especialmente si son antiguas), los mecanismos internos del ser humano se ponen en marcha con estímulos físicos que desatan el sentimiento de aprecio o rechazo, independientemente de los teoremas falsos o verdaderos. No repara la seducción en abstracciones, en nebulosas generalizantes, sino en lo concreto: es lo singular frente a lo general. Las palabras denotan porque significan, pero connotan porque se contaminan. La seducción parte de las connotaciones, de los mensajes entre líneas más que de los enunciados que se aprecian a simple vista. La seducción de las palabras no busca el sonido del significante, que llega directo a la mente racional, sino el significante del sonido, que se percibe por los sentidos y termina, por tanto, en los sentimientos. Todo esto nos lleva a saber que en cada contexto existen unas palabras frías y unas palabras calientes. Las palabras frías trasladan precisión, son la base de las ciencias. Las palabras calientes muestran sobre todo la arbitrariedad, y son la base de las artes. Como nos muestra el semiólogo Pierre Giraud, “cuanto más significante es un código, es más restringido, estructurado, socializado; e inversamente. Nuestras ciencias y técnicas dependen de sistemas cada vez más codificados; y nuestras artes, de sistemas cada vez más descodificados”.

La historia del concepto “seducir” da a este vocablo un cierto sentido peyorativo, condenado desde su propio registro oficial. El diccionario de 1739 lo definía sólo con estas frases: “Engañar con arte y maña, persuadir suavemente al mal”. Por tanto, la seducción no se ha entendido históricamente como algo positivo: se ocultaba en la palabra el temor religioso por tantas veces como se habrá retratado la seducción de un hombre a una doncella, la seducción de una doncella a un hombre, la seducción del demonio al hombre y a la doncella… Pero no se reflejaba en el aserto del diccionario la seducción que puede ejercer un paisaje, o la seducción de un vendedor ambulante que proclamaba la eficacia de sus remedios. Y el adverbio “suavemente” de esa definición (que permanece en nuestro concepto actual: el modo se mantiene) ilustra la tesis que aquí traemos: con dulzura; con el sonido de las palabras o la belleza de las imágenes, con recursos que van directos al alma y que vadean los razonamientos. Aquella idea que identificaba engaño y seducción —dos formas de designar el pecado— en el primer léxico de la Academia se matiza en el diccionario actual, que añade una segunda acepción, más conforme con nuestros tiempos: 

“Embargar o cautivar el ánimo”. No hay ya en esta segunda posibilidad ninguna palabra que descalifique moralmente la seducción; pero se acentúa la idea de que el efecto se busca en las zonas más etéreas de la mente: embargar, cautivar, ánimo. La abstracción de los sentimientos. Lo mismo ocurre con un verbo de significado muy cercano: “fascinar”. 

No en su primera acepción (hoy apenas empleada) que define este concepto como “hacer mal de ojo”. Sino como se explica después, en sentido figurado: “engañar, alucinar, ofuscar”. Finalmente, la tercera posibilidad (igualmente en sentido figurado) es la que consideramos aquí: “atraer irresistiblemente”. La seducción y la fascinación (la primera precede a la segunda), pueden servir, pues, tanto para fines positivos como negativos, y así las entendemos ahora. Pero, en cualquier caso, se producen dulcemente, sin fuerza ni obligación, de modo que el receptor no advierta que está siendo convencido o manipulado, para que no oponga resistencia. 

A veces la seducción de las palabras no trasluce una investigación intelectual sobre el léxico —siquiera fuese rudimentaria— a cargo de quien la utiliza, sino una mera intuición del hablante. Es decir, el emisor ejerce su herencia lingüística de una manera tan inadvertida como un novelista de hoy copia sin saberlo las estructuras de algunas frases de Quevedo, o como el niño comprende las reglas de la sintaxis. Sin embargo, siempre habrá en quien intente seducir con las palabras un atisbo de consciencia cuando las emplee para la seducción. Las habrá descubierto intuitivamente, siendo hablado por el idioma, pero las pronunciará con plena responsabilidad. Con la intención de manipular a los incautos.



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