EL Rincón de Yanka: SENTIMENTALISMOS

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lunes, 11 de mayo de 2026

CONOZCA, ¿QUIÉN ES EL GRAN ENEMIGO DE VENEZUELA? 💩


¿CUÁL ES EL GRAN ENEMIGO
DE LOS VENEZOLANOS?


«La SOCIEDAD VENEZOLANA es terriblemente ignorante, emocionalista, irresponsable y sin la capacidad de razonar y accionar por sí misma». 
Y es que HISTÓRICAMENTE la SOCIEDAD VENEZOLANA ha sido culpable de su propio fracaso. El mismo Bolívar comenzó a ver con profunda decepción y frustración que enfrentaba a una fuerza mayor y más destructiva que el mismo ejército del Imperio español: 

*«...un PUEBLO IGNORANTE es instrumento ciego de su propia destrucción»* 

Su preocupación central era que, tras lograr la independencia militar de España, el pueblo no supiera gestionar su propia libertad. Argumentaba que un pueblo que no conoce sus derechos ni sus deberes es fácilmente manipulable por tiranos o demagogos. Bolívar temía que ese "vicio" de la obediencia ciega se trasladara a los nuevos gobiernos republicanos, donde la gente podría seguir a líderes autoritarios simplemente por no tener un criterio propio. 

Y HOY, 207 años después de que Bolívar pronunciara esas palabras, no solamente siguen en vigencia, sino que además confirman la RAIZ de nuestros males: 

"SOMOS UN PUEBLO IGNORANTE" 

El mayor enemigo es justamente esa IDIOSINCRASIA, esa "VIVEZA", esa "masa amorfa, sin ideología, principios, sin orden ni consciencia propia" que tiene la capacidad de sufragar: EL PUEBLO. 
Y es que sería A TRAVÉS DEL VOTO que la misma SOCIEDAD VENEZOLANA se pondría una pistola en la frente. Es que si Chávez no hubiera nacido, la SOCIEDAD VENEZOLANA, igual se lo inventa. 

LA MALDICIÓN DEL IGNORANTE 

Y el problema NO es que SOMOS IGNORANTES, el problema es que NO LO QUEREMOS RECONOCER... 
NO solo se trata de que en 1999 LA SOCIEDAD VENEZOLANA votó por Hugo Chávez fuese presidente, sino que se trata también que durante los siguientes 27 años contribuyó a que permaneciera en el poder. Porque no hay nadie más fácil de manipular y engañar que UN IGNORANTE. 
Y en Venezuela los IGNORANTES no solo están en los barrios, no solo es la gente humilde de los estratos bajos. Hay también muchos IGNORANTES de clase alta con Maestrías y Postgrados. 

EL CICLO DE LOS 6 AÑOS 

Dicen que: "El que NO aprende de sus errores ESTÁ CONDENADO A REPETIRLOS". Nosotros cometíamos LOS MISMOS ERRORES cada seis años: 
  • Se levanta un "líder opositor" que promete que, participando en un proceso electoral, se desplazará al Chavismo del poder.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA lo apoya irrestrictamente: Sin críticas, sin cuestionamientos de ningún tipo, de forma masiva y contundente.  
  • Se va a unas ELECCIONES, a pesar de que el Chavismo controla el tablero, pone las fichas, y dicta las normas del juego.  
  • El Resultado es obvio: El Chavismo "gana" las elecciones.  
  • La SOCIEDAD VENEZOLANA sale a las calles a reclamar, se manifiesta, hay revueltas y protestas.  
  • El líder opositor derrotado convence a la SOCIEDAD VENEZOLANA que regrese a sus hogares. Se luchará en otros ámbitos.  
  • La Oposición se sienta a "negociar" con el Régimen.  
  • Se adormece a la SOCIEDAD VENEZOLANA hasta que se necesite para un NUEVO PROCESO ELECTORAL, donde se levantará un nuevo "Líder Opositor" que reiniciará el Ciclo.  
*¿CUÁL ES EL COSTO DE LA IGNORANCIA?* 

Este es el resumen de lo que nos ha dejado CADA CICLO por 27 años: 

*Detenciones*: Más de 18,980 personas detenidas por motivos políticos. La mayoría sufrió torturas y tratos crueles con secuelas físicas y psicológicas permanentes. 
*Asesinados*: Más de 280 fallecidos documentados en el contexto de manifestaciones masivas. 
*Exiliados y migrantes*: 7.9 millones de personas han salido de Venezuela hasta la fecha (cifra oficial de la plataforma R4V) Pero son muchísimos venezolanos más sin registro. 

¿Y SI LO HACEMOS A "LA AMERICANA"? 

Por primera vez en 27 años SE ROMPIÓ EL CICLO: El 03 de Enero una variable inesperada golpeó la mesa y derribó el tablero.  
  • Se sometió al RÉGIMEN.  
  • Se apartó a la FALSA OPOSICIÓN.  
  • Se tutela a la SOCIEDAD VENEZOLANA. 
¿Será que esta vez NO lo arruinaremos?

Somos lo que somos PORQUE FUIMOS lo que fuimos.
Y estamos como estamos, porque somos como somos.
No somos capaces de ver la realidad de nuestra realidad.
Nuestra "VIVEZA" es nuestra "TORPEZA".

27 años Bailando: Daniel Lara Farías



DES-CHAVITIZAR VENEZUELA


ABSOLUTEDU: Fíjense, por años vimos, leímos y escuchamos que la dictadura solo estaba en Miraflores, en los tribunales, en los cuarteles, en los medios tomados y en las instituciones secuestradas…
Pero en los últimos meses (y años) he visto en respuestas a algunos post, en videos de comunicadores, políticos y hasta en portales de noticias, algo que debería llamarnos la atención… hay una parte de la dictadura instalada en los hábitos.

¿Dónde?
En la viveza que se celebra como inteligencia.
En la chapa que es usada como privilegio.
En el contacto que resuelve lo que debería resolver la ley.
En el abuso pequeño que se normaliza porque “así funciona el país”…
En la corrupción y el enchufe disfrazado de necesidad.
En la obediencia maquillada de prudencia… y un largo etcétera de comportamientos que se están justificando.

Yo creo que Venezuela no solo necesita justicia política. Como hemos dicho en otros post, necesitamos una reconstrucción moral, cívica y cultural. Porque no basta con cambiar el poder si seguimos repitiendo los códigos que nos enseñaron a sobrevivir dentro del desastre.
Sí, la tiranía nos condicionó… Sí, la escasez nos empujó a vivir en emergencia. El miedo dejó marcas profundas. Pero entender el daño no puede convertirse en coartada para seguir justificando hábitos que también nos rompieron como sociedad…
Desaprender una dictadura implica recuperar convivencia, confianza, pensamiento crítico, responsabilidad ciudadana y el sentido común!! 🙏🏻
Así que les pregunto, ¿Qué hábito de dictadura crees que debemos desaprender primero?




No es un carrusel para generar división. Es un recordatorio de una historia que millones vivimos en carne propia.

📍1998 – El inicio del chavismo.
🌧️ 1999 – La tragedia de Vargas.
⚖️ 2002–2003 – Golpe de Estado y paro petrolero.
💸 2013–2019 – Hiperinflación.
✊ 2014, 2017 y 2019 – Protestas nacionales.
🛒💊 2016–2021 – Escasez de alimentos y medicinas.
⚫ 2019 – El apagón nacional.
🧳 Más de 7 millones de venezolanos obligados a emigrar.
🗳️ Las elecciones que millones consideran les arrebataron la esperanza de un cambio.
🌎 2026 – Los terremotos que golpearon a Venezuela.

Y aun así… seguimos de pie.

Cada crisis nos cambió. Cada despedida nos hizo más fuertes. Cada obstáculo nos enseñó a reinventarnos.

Ser venezolano es llevar cicatrices que no siempre se ven, pero también una capacidad inmensa para levantarse una y otra vez. 💛💙❤️

A todos los que siguen en Venezuela y a quienes hemos tenido que empezar de cero lejos de casa: este también es nuestro homenaje.

Que nunca olvidemos de dónde venimos y que nunca perdamos la esperanza de volver a ver una Venezuela libre, segura y llena de oportunidades. 🇻🇪❤️

VER+:

📕 LIBRO "NO VALE, YO NO CREO" 
DE AGUSTÍN BLANCO MUÑOZ 
Y EL OPTIMISMO ES EL OPIO DEL PUEBLO 😇











viernes, 24 de octubre de 2025

"EL IDIOTA ILUSTRADO DE IGNORANCIA" 😵 por MIGUEL ALEMANY


El idiota ilustrado de ignorancia

Cita frases que jamás entendió, repite consignas que no le pertenecen y presume de criterio mientras obedece al algoritmo con devoción monástica.
Se autoproclama libre, pero cada palabra que pronuncia fue redactada por su propia servidumbre.
El idiota ilustrado de ignorancia se emociona con causas que desconoce, se indigna según la moda, defiende la justicia del día y olvida la de ayer. Su mente funciona por reflejo condicionado: un titular, una lágrima; un eslogan, una postura moral. Cree que piensa, cuando solo reacciona.

La vieja Alétheia, aquella palabra griega que significaba desvelamiento, yace enterrada bajo toneladas de emoticonos y discursos prefabricados. La verdad se ha convertido en un fósil incómodo, una reliquia arqueológica que ningún moderno osa tocar.

El mundo prefiere el perfume del engaño antes que el sudor de la lucidez.

El poder sonríe desde su trono digital. No necesita censura: basta con saturar. La multitud se entretiene odiando a su reflejo mientras los amos cuentan los beneficios del espectáculo. Nunca existió una dictadura tan elegante: los esclavos se sienten ilustrados, los ignorantes se declaran expertos y los necios se aplauden entre sí por pensar igual.

El idiota ilustrado de ignorancia es la obra maestra del poder: un sujeto que presume de pensamiento propio mientras actúa como altavoz de lo que otros escriben. Lee titulares y se cree erudito, comparte frases y se siente filósofo, opina de todo y comprende nada. Su mente funciona con la velocidad de una notificación y la profundidad de un eslogan. Defiende la libertad desde su jaula digital, celebra su esclavitud como modernidad y se indigna con la precisión de un perro amaestrado. Cree despertar conciencias, aunque solo despierta el negocio de quienes lo adiestran.

Es la caricatura perfecta de aquel que se creyó lúcido justo en el momento en que dejó de pensar.

El poder lo observa con ternura: es su criatura perfecta. No pregunta, no recuerda, no duda. Solo siente, comparte y obedece. Y así, entre aplausos, la ignorancia se disfraza de cultura, la servidumbre se llama conciencia y el pensamiento se convierte en un lujo reservado para quienes todavía conservan el coraje de callar antes de repetir. Miguel Alemany


LAS TRES RUINAS:
DIARIO DE UN CONQUISTADOR


Miguel Alemany, autor del célebre "Diario de un conquistador en LinkedIn" —leído y comentado por miles de seguidores—, ofrece en estas páginas la historia de una vida marcada por la conquista. Su voz se forja desde la infancia, cuando escucha a sus progenitores recibir un diagnóstico lapidario: 
“El niño no es tonto; es un vago y disléxico”. Desde ese instante comienza una travesía que lo lleva a vender puerta a puerta, hasta convertirse en dueño de empresas en varios países y en escritor de referencia para toda una comunidad de luchadores.

Junto a su amigo Miguel Ángel descubre su identidad más íntima: él era un conquistador. Y desde esa certeza, levanta este libro, escrito para quienes sienten en su interior el llamado de conquistar territorios nuevos, exteriores e interiores.
En "Las tres ruinas en el camino hacia el éxito", Alemany revela cuáles son esas ruinas que todo conquistador debe atravesar: el instinto, la actitud y la visión. Tres umbrales que separan a los valientes de los mediocres, a los que buscan la conquista auténtica de aquellos que se conforman con la crítica y la cobardía. Porque, para el autor, el fracaso no existe: “No fracasan los conquistadores, fracasan las cosas”.

Con historias personales que pocos se atreverían a publicar, Alemany muestra el poder de la intuición y la osadía. Desde la confesión de haber ganado más de un millón de dólares tomando “la decisión equivocada” al vender paraguas, hasta la certeza de que la experiencia no siempre ilumina el porvenir: “El faro de la experiencia solo alumbra el camino recorrido”.
El libro culmina con una declaración de intenciones: el refugio del conquistador. Entre su huerta, sus libros, una chimenea encendida y su familia cercana, Alemany comparte la serenidad de quien ha combatido y aprendido. Su mayor refugio habita en sus pensamientos, donde transmite lo vivido y lo comprendido.

"Las tres ruinas" es un manifiesto, una confesión y una llamada. Está escrito con el corazón de un conquistador que quiere atraer a otros de su especie: autónomos, empresarios, empresarias, emprendedores y luchadores que despiertan cada día con el deseo de conquistar su propia vida.

Porque la conquista jamás fue fácil, ni lo será.

PRÓLOGO

Por conquista se conoce la acción y efecto de conquistar, es decir, ganar mediante una operación bélica determinado territorio o posición. También se llama conquista a la cosa conquistada. La palabra conquista proviene del verbo latino conquisitare, que deriva del sustantivo conquisitum, que signi­ fica ganado.
Colonización es la acción de dominar un país oterritorio por parte de otro. El proceso de colonización puede ser de carácter político, militar, cultural o presentar otras manifestaciones, así como desarrollarse en forma violenta o pacífica.
Cuando Miguel Alemany habla desde el Diario de un conquistador, a pesar de su gran e intimidante corpulencia, no lo hace desde un sentido bélico, ni agresivo sino, metafóricamente, desde el punto de vista empresarial, viven­cia! e incluso espiritual.

En el mundo empresarial, por ejemplo, un conquistador es una persona capaz de ser empática con un cliente, un generador de contactos de primer nivel. Pero suele ser mal colonizador. Y al revés ocurre parecido; el gran co­lonizador es ideal para mantener y gestionar la relación con el cliente, pero no suele ser buen captador de clientes. Esto ocurre en nuestra vida personal. Si hacemos memoria y nos acordamos de aquellos o aquellas que eran unos conquistadores amorosos, solía ocurrir que luego no gestionaban bien sus relaciones. Había excepciones, por supuesto.

El buen conquistador es curioso, inquieto, inconformista, arriesgado, creativo, carismático, líder. También puede ser impaciente, temerario, poco convencional, odiado, desordenado, impulsivo y muy envidiado. El buen co­lonizador es el que hace prosperar y multiplicar lo conquistado. Otra manera de ver al conquistador es como un cazador y al colonizador como un gran­jero. Ambas actividades tienen sus pros y sus contras. La principal diferencia estriba en la aversión al riesgo. En una empresa, e incluso en una persona, es bueno tener ambos rasgos equilibrados para poder ser exitoso.

Las personas aversas al riesgo prefieren, como se dice coloquialmente, "pájaro en mano que ciento volando". Entre dos posibilidades de las que se espere el mismo resultado, la una con certeza y la otra solamente como una mera esperanza, preferirán la opción que les aporte mayor certeza. Por ejemplo, imaginemos que un individuo averso al riesgo tuviese dos opciones. Supongamos que en una pudiese obtener 10 con un 50% de probabilidad, o 30 con otro 50%. Supongamos que otra opción le diese fijo 20. Elegiría la segunda opción, la que le aporta 20 con certeza. 

Para el individuo averso al riesgo, pesaría más la satisfacción que perdería de solamente obtener 10, que la que ganaría de obtener 30. Aunque no existiese ninguna alternativa que le ofreciese certeza en sus resultados, el individuo averso al riesgo pre­feriría siempre, dentro de opciones de las que se espere un mismo resultado, aquella en la que la probabilidad de que el resultado final se separe mucho de lo esperado inicialmente sea menor. 

Las personas propensas al riesgo, los amantes del riesgo, son quienes prefieren entre dos opciones cuyos resulta­ dos en promedio se espera que sean los mismos, aquella que ofrece menor seguridad. En el ejemplo anterior, para los propensos al riesgo pesa, más lo que les supone poder aspirar a obtener 30 que lo que les implicaría obtener solamente 10. Por eso elegirían la opción que les puede dar 30 con un 50% de probabilidad y 10 con otro 50%. Son personas a las que, a medida que van teniendo más conquistas, más satisfacción les supone obtener más. Existen cosas que solamente nos producen satisfacción si antes se poseen otras. Por ejemplo, un calcetín no nos sirve si no tenemos otro que poner en el otro pie; una raqueta de tenis necesita de una pelota para servir de algo.

Hay personas que sienten esa sensación en general en su vida entera. De nada les sirve asegurar lo esperable si no llegan a lo máximo en algún aspecto. No les preocupa perder mucho, o incluso todo, si con ello pueden aspirar a conseguir lo máximo. Y, una vez más, esa actitud es aplicable a la obtención de renta o a cualquier otro aspecto de la vida.

Desde mi amistad sincera y la lectura de este libro, la historia de Miguel Alemany es, en sus orígenes, la de un conquistador nato que con el tiempo y con las enseñanzas de la vida va adquiriendo las habilidades de colonizador y, mezclando ambas, se convierte en emperador de sí mismo y de los demás, capaz de enseñar, atraer y mantener en sus reflexiones a conquistadores y colonizadores, sin necesidad de conquistarlos ni colonizarlos. El que no es ni buen conquistador ni colonizador se suele convertir en un lastre o parásito que vive de los anteriores y que muchas horas de ociosidad las dedica a criti­ car y a envidiar a partes iguales a conquistadores, colonizadores y emperado­res.

Mi tocayo nos cuenta en las páginas que tienes por delante, generosa, amena e irónicamente, sus éxitos y fracasos y nos ayuda a reflexionar en problemas cotidianos desde su perspectiva y su natural e intuitiva sapiencia. Es un libro que, para los que lo conocemos, es una colección de muchas de las pláticas que se pueden mantener con él en cualquier dia, y para los que no lo conocéis, es el mismo sin trampa ni cartón, con sus filias y sus fobias, sus virtudes y sus defectos, atemperados por la experiencia que le van dando los años. Es lo que lees. Nada más y nada menos.

Miguel Ángel Llano Irusta.
Ingeniero Industrial, MBA 
y Doctor en Ciencias de la Administración.
Profesor de Escuelas de Negocio, 
IESE, San Telmo e IPADE.

"Un libro para conquistadores 
que los mediocres nunca deberían leer ".

INTRODUCCIÓN

Tendremos en este libro dos personajes genéricos: el conquistador y el co­lonizador medio o mediocre.
Cuando me refiero a los conquistadores, incluyo sin excepción a nues­ tras brillantes conquistadoras. Evito repetir constantemente ambos géneros, porque el castellano, por sí solo, ya honra la grandeza de quien lo habla. No necesita correcciones impuestas desde trincheras de mediocridad.
El conquistador posee una naturaleza definida. No se trata de líderes, aun­ que lideran. Ni de emprendedores, aunque emprenden. Tampoco exclusiva­mente de empresarios, aunque construyen imperios. Son seres cuyo anhelo más profundo es la conquista: de ideas, de espacios, de realidades nuevas. Esta esencia nace con ellos.No se aprende ni seenseña. Se revela.

En el lado opuesto, encontramos al colono medio. Si te descubres identifi­cado con esta figura, haz un acto noble: regala el libro. Quizás a ese cuñado al que sueles ridiculizar por habitar un mundo más dulce, donde Alicia aún conversa con su conejo blanco.
Existen colonos excepcionales que no desean conquistar y que, aun así, crean, piensan y viven con dignidad admirable. No son ellos el foco de estas páginas. Me refiero al colono mediocre, el animal más peligroso que conocí. Su disfraz preferido es el de la sensatez. Su precio, altísimo.

"No te acerques a una cabra por delante, a un caballo por detrás, ni a un tonto por ninguna parte". Proverbio judío.
Este libro es una filosofía de vida para conquistadores. No es dogma, ni receta. Es testimonio, pensamiento, heridas, renacimientos. Verás trozos de mi alma y momentos que solo mis seres más cercanos conocían. Ojalá al ce­ rrar laúltima página sientas que cada palabra tenía sentido, incluso aquellas que arden.
Al inicio de mi viaje, fui arrogante. Creía tener respuestas para todo. Con el tiempo, me sedujo una ignorancia más sabia: la de quien ya no necesita tener razón, porque lo importante es comprender. Conocerme fue la gran conquista. Entenderme, la mayor victoria.
"El camino de la conquista, el fragor de la lucha, la batalla de la vida, necesariamente deberá terminar en el sosiego de la sabiduría".

Un día cualquiera, hace muchos años, un hombre brillante y admirado me dijo:

"Existen dos tipos de personas: los conquistadores y los colonizadores. Tú eres un conquistador".

Él es Miguel Ángel Llano. Lo considero uno de los hombres más prepara­dos y rectos que he tenido cerca. Es formador, consultor, estratega y ejemplo de lo que significa saber de lo que se habla. Le dedico parte de este libro por­ que viví junto a él una de las experiencias más duras que recuerdo.
Por aquel entonces yo dirigía una fábrica de sofás de altísima calidad. Él, consejero delegado de una de las mayores empresas de venta por televisión del país. Le ofrecí un producto: un sofá con núcleo de látex. Aceptó que pre­ sentara la propuesta ante el equipo directivo y el presidente. Viajé a Granada con la muestra, acompañado por el padre de mi amigo Antonio. Esa noche, después de una cena con Miguel Ángel, regresé al hotel. Apenas crucé la puerta, escuché tres golpes secos que todavía me retumban:

¡Policía Nacional! ¡Abra la puerta! ¿Miguel Alemany?
¡Sí!

Tiene que acompañarnos. Orden de busca y captura del juzgado de Navalcarnero.
Me esposaron, tomaron mis huellas y preguntaron si tenía algún alias. Me encerraron con un hombre de dos metros cuya mirada fija atravesaba el si­ lencio. Con el paso de las horas, entendí que se encontraba bajo el efecto de las drogas. La celda apestaba a humedad rancia, a cuerpos vencidos por el encierro. El aire era espeso, casi sólido,cargado de orines y desesperanza. En el centro, un retrete metálico, oxidado y abierto, permitía que cada necesidad se convirtiera en humillación pública. Los que me rodeaban hablaban con soltura de atracos, palizas, detenciones. Uno de ellos, sudoroso y tembloroso, comenzó a gritar entre espasmos: 

"¡La metadona! ¡La metadona!". Cada voz era un eco de vidas desgarradas. Yo, encogido contra una esquina descas­ carillada, intentaba convertirme en sombra. Habían pasado ya más de diez horas. Mi mente viajaba lejos, buscando aire en el recuerdo de mi hijo, en la dulzura de sus dibujos, en su risa de dientes pequeños. Aquella imagen fue mi única defensa contra el derrumbe.

Finalmente, un agente se acercó:
Ya está aquí su abogado.
Al subir, me recibió un hombre desconocido con buena planta:
-He venido para sacarte. Esto es un sinsentido.
Y detrás de él, Miguel Ángel. Al no encontrarme en la presentación, fue al hotel. Le contaron lo ocurrido. Localizó al abogado de la empresa y vino a rescatarme.

El motivo de la detención rozaba lo grotesco: una demanda por un camión de cemento relacionado con una constructora de la que ya me había desvin­culado tiempo atrás. La denuncia, incluso, se interpuso cuando yo ya no for­ maba parte de aquella sociedad. Presté declaración. La jueza, al escuchar los hechos, comprendió de inmediato el sinsentido. Me liberó. Nunca más volví a saber del asunto.

Cuando me reencontré con Miguel Ángel, intenté explicar.No me dejó:

-¿Estás bien? Menudo susto. Vete a casa, descansa.Ya hablaremos.
Durante el trayecto, toda la tensión explotó. Tuve que detenerme varias veces. Lloré. Temblé. Sentí miedo profundo. Al llegar a casa, supe lo que sig­ nifican el abrigo de una ducha caliente, una mirada de tu esposa, un abrazo de tu hijo.
Miguel Ángel jamás volvió a hablar del tema. Nunca preguntó, nunca Juzgo.

"Inocente o culpable, él solo vio un conquistador retenido.
Los motivos eran asunto mío. El juicio lo haría Dios".

Pero esa no es la razón principal por la que hablo de él. Lo que de verdad importa es lo que me dijo tiempo atrás, compartiendo un arroz con boga­vante:
-Alemany, el mundo se divide en conquistadores y colonizadores. Tú eres de los primeros.
Desde entonces, entendí. Confirmé que, en los negocios, como en la vida, todo gira en torno a esas dos fuerzas. Una construye desde el miedo. Otra desde la visión. Una busca seguridad. Otra sueña imposibles.
Yo ya sabía lo que era. Lo había sido siempre. Desde niño.
Y este libro es un legado para aquellos que comparten ese fuego. Los que sienten que nacieron para cruzar desiertos, perder batallas, conquistar tie­ rras invisibles. Los que necesitan escuchar que todo eso que les arde por den­ tro tiene sentido.
Este libro es para ti.
***
"Si eres superficial, egotista, consumista, materialista, marquista, crédulo, relativista, partidista, consumes mucha televisión y redes sociales, y eres como Vicente; entonces, considérate un estúpido, antes de que sea demasiado tarde". Yanka

VER+:









miércoles, 13 de agosto de 2025

LIBRO "EL ARTE DE CUIDAR LA MENTE" por ALEJANDRO VALERO GARCÍA 💪

 EL ARTE DE CUIDAR LA MENTE

Alejandro Valero García


Cuando no basta con «pensar en positivo» – 
«El arte de cuidar la mente»

Vivimos rodeados de mensajes motivacionales, consejos exprés y promesas de felicidad rápida. Pero… ¿realmente estamos cuidando nuestra mente? ¿O simplemente estamos poniendo parches emocionales?
Alejandro Valero, escritor y divulgador con formación en salud y educación, propone en su nuevo libro «El arte de cuidar la mente» algo muy diferente: una mirada crítica, profunda y práctica sobre cómo pensamos, decidimos y, en el fondo, cómo vivimos. Y no, no vas a encontrar frases de autoayuda. Vas a encontrar herramientas reales.

Uno de los conceptos clave del libro es el “pensamiento Alicia”, inspirado en el filósofo Gustavo Bueno. Se refiere a cómo nos presentan el mundo tal y como desean que sea visto en vez de cómo realmente es, conformando esquemas de pensamiento más propios de la ensoñación infantil que de la realidad; esto se infunde sagazmente mediante argumentos diseñados para convencer —que no educar, ni tampoco ilustrar— a las mentes menos exigentes que, según Valero, conforman una mayoría. Explicaciones simplistas, mensajes emocionales, soluciones mágicas… Todo muy bonito, pero poco útil si de verdad queremos entendernos y avanzar. Valero propone justo lo contrario: 
desarrollar el pensamiento crítico. No para volvernos escépticos de todo, sino para saber distinguir entre lo que tiene sentido y lo que simplemente suena bien. En tiempos de “infoxicación” (sí, eso existe), filtrar lo que consumimos mentalmente es tan importante como cuidar lo que comemos.
Este no es un libro solo para académicos, sociólogos o psicólogos. Es para cualquier persona que alguna vez se haya sentido desbordada, confundida o incluso frustrada por no entender sus propias emociones o decisiones. «El arte de cuidar la mente» nos recuerda que no basta con “sentirse bien”; hay que aprender a pensar bien. Alejandro Valero combina ejemplos cotidianos, referencias a la psicología y un tono cercano para explicar por qué muchas veces tomamos decisiones erróneas, y cómo evitarlo. Habla del método científico, del sesgo emocional, de los peligros del “a mí me funciona”, y también de cómo usar nuestras emociones a favor, en vez de dejar que nos controlen.
Uno de los puntos más valientes del libro es su defensa del rigor frente al relativismo. Valero lo dice claro: no todas las opiniones son igual de válidas, y no todo lo que se vende como bienestar es beneficioso. Hay que diferenciar entre ciencia, pseudociencia y puro marketing emocional. En un mundo donde cualquiera puede ser “coach de vida” en redes sociales, este libro es un llamado urgente a la responsabilidad personal. A dejar de buscar soluciones rápidas y empezar a construir una mente más sólida, más crítica, y más libre.

«El arte de cuidar la mente» no es un manual de autoayuda ni una crítica vacía. Es una invitación a conocerse mejor, a dudar mejor y, sobre todo, a vivir con más consciencia. Porque cuidar la mente —de verdad— es todo un arte. Y como todo arte, requiere práctica, honestidad y ganas de aprender.

El arte de cuidar la mente es un libro único que se sitúa en la intersección entre la psicología, la crítica social y la salud. En esta obra, Alejandro Valero ofrece una guía práctica para "entrenar la mente", proporcionando herramientas esenciales para que el lector aprenda a detectar falacias, sesgos y estrategias de manipulación que afectan nuestra capacidad de procesar la información en un mundo saturado de relatos, verdades a medias y opiniones distorsionadas.La obra aborda con claridad y rigor los mecanismos psicológicos que influyen en nuestras decisiones diarias, particularmente en un contexto tan sensible como el de la salud, donde las emociones, las creencias y las presiones sociales a menudo se anteponen a la evidencia científica. A través de un enfoque directo y accesible, Valero invita a los lectores a cuestionar las "verdades universales" que circulan en la sociedad, desentrañar los mantras que definen nuestra interacción social y aprender a filtrar la información que consumimos.A lo largo de esta obra, el autor no solo se limita a la crítica, sino que ofrece herramientas prácticas para fortalecer la mente, ayudando a los lectores a convertirse en guardianes de su propia percepción y a tomar decisiones más informadas en un entorno saturado de influencias externas. Con un estilo directo y sin concesiones, El arte de cuidar la mente es más que un simple manual: es una invitación a cuestionar, aprender y caminar hacia una mente más aguda, capaz de detectar el ruido y encontrar la verdad en medio de la confusión.

A todo aquel en cuyo camino la razón y el conocimiento 
actúan como un faro que les guía en la calma y en la marejada, 
iluminando la oscuridad.

Aequam memento rebus in arduis servare mentem. 
"Recuerda mantener la mente serena 
en momentos difíciles". 
(Horacio a Delio)

El sueño de la razón produce monstruos


Poder alimentarnos del conocimiento de otros es un regalo.

Esta frase, que podemos leer en las primeras páginas de este singular libro de Alejandro Valero (que alimenta, vaya si alimenta), puede ser el compendio de todo lo que sigue, que no es poco.

No sé si debemos hacer caso a Cervantes cuando, en boca de alguno de sus personajes de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, nos dejó dicho que no hay libro, por malo que sea, que no contenga algo útil. En todo caso, tened por cierto que de este se puede extraer enjundia a raudales. Y esto no lo afirmo porque el autor sea amigo mío, que lo es, sino porque es un gran escritor, aunque él no se vea como tal, y porque sus propias experiencias vitales lo han llevado a plantearse en profundidad muchas de las cuestiones que aborda en esta obra.

Porque para ser escritor no basta con hilvanar frases atrayentes, lo más importante es conectar con tus lectores, y en eso Alejandro es un hacha, si se me permite la expresión tan coloquial como acertada. Sus libros captan al lector por su amenidad y por la actualidad de sus postulados desde la primera página, y en ellos el «enseñar deleitando» horaciano se lleva hasta sus últimas consecuencias.

Pero esto no es lo único que nos aporta este libro, ya que también es una herramienta valiosa y un acicate que nos inducirá a la reflexión, una reflexión tan ajena al demencial ajetreo de la vida actual, esta vida de la posmodernidad o de la posverdad donde apenas queda tiempo para pensar y donde la credulidad está más extendida que el espíritu crítico, donde la pseudociencia es mucho más asequible intelectualmente que la ciencia, y por ello mucho más proclive a prender en mentes poco analíticas, como dice con acierto el autor.

Entre las muchas lecturas a las que nos apetecerá acercarnos tras leer El arte de cuidar la mente, nos encontramos con la Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, donde la rosa amonesta a la protagonista con un rotundo: «Tú nunca has pensado en nada», pasaje que sirve al filósofo Gustavo Bueno para definir el «pensamiento Alicia» como ese pensamiento simplista que encubre la realidad en vez de someterla a análisis, y así, con este tipo de anécdotas y un soporte literario y documental tan exhaustivo como adecuado, es como Alejandro Valero nos mantiene absorbidos por las páginas de su obra.

En estos días de Internet, con la saturación de información (infoxicación) o la intoxicación cuantitativa, que no cualitativa, llamada con acierto infodemia, se hace más necesaria que nunca la búsqueda de la verdad, cuyo primer paso lo dieron, cómo no, los griegos, y el presente libro, más de veinticinco siglos después, nos ayudará a no desviarnos de dicho camino.

Otro aspecto importante que debe interesarnos es el de la credulidad vs. el espíritu crítico. En este sentido, el autor no elude el posicionamiento, y no teme tomar partido cuando dice que todo el mundo tiene derecho a dar su opinión, pero que no todas las opiniones son igual de respetables o igual de valiosas: el remedio casero no tiene el mismo valor que la prescripción facultativa. El buenismo sin una criba del tamaño adecuado, que a veces ha de ser muy fina, no es un buen consejero en nuestra búsqueda de la verdad.

Se nota que el autor ha estudiado a fondo la relación entre un buen cuidado del cuerpo y de la mente, y nos orienta en esa búsqueda de la areté que tanto ansiaban los griegos clásicos, esa excelencia que nos hará sentirnos a gusto con nosotros mismos.

Desde esa persecución inmisericorde a los gorriones en China a las desventajas del zumo en oposición al sano mordisco a la fruta, gracias a sus plásticos y acertados ejemplos y admoniciones, tan apropiados como entretenidos, nos allana el camino para entender con facilidad la compleja simbiosis de alimentación y ejercicio que ha de procurarnos un bienestar sereno y saludable, y que puede sintetizarse en una frase: «Cuidarse es todo un arte».

Alejandro nos previene y explica prolijamente por qué no debemos dejarnos embaucar por elixires de cualquier tipo que «solo depuran el bolsillo», como ese aceite de serpiente tan popular en el Far West.

Entre los muchos consejos que menudean en la obra está el de que hay que aceptar nuestra individualidad en lugar de compararnos, y huir de ese tan extendido «a mí me funciona» que abunda en las recomendaciones de vecinos o cuñados, que con ironía no exenta de gracia se ha bautizado en algún momento como «amimefuncionismo».

Por otra parte, hay una pregunta importante en la génesis de este libro: ¿estamos realmente satisfechos con nosotros mismos?, ¿siquiera nos hemos planteado dicha cuestión? Pues sí, estas páginas, con sus acertadas exhortaciones, nos brindarán una magnífica ayuda para resolver tal dilema existencial, evitando esos atajos al fracaso disfrazados de éxitos inmediatos.

Es necesario un desarrollo equilibrado del cuerpo y la mente para alcanzar una felicidad bien entendida; y el autor, como experto en los campos de la nutrición humana y la dietética, y el del ejercicio físico, además de una buena base cultural adquirida por sus numerosas lecturas, es un buen guía para recorrer sin tropiezos el intrincado mundo actual. Como Virgilio llevando de la mano a Dante, así Alejandro Valero nos conduce con amenidad a un desarrollo pleno de nuestras capacidades y puede hacernos mucho más exigentes con la realidad que nos rodea, evitando falsedades que redunden en graves perjuicios. Nos puede ayudar a que, cual marionetas, seamos conscientes de nuestros hilos, lo cual dificultará las intenciones del titiritero que pretenda manejarnos a su antojo.

Y ya para terminar, cuando el autor aborda el tema de que en algunos estamentos no se busca el educar sino el convencer de unas posiciones y unos postulados apriorísticos, estoy seguro de que no se refiere a que yo no trate de CONVENCER al lector de este prólogo de lo bueno que tiene entre las manos, de las virtudes de esta herramienta intelectual que Alejandro nos ha regalado gracias a su esfuerzo y dedicación. Y que conste que esto no es infoxicación, y que no tardarán en apreciarlo desde las primeras páginas de El arte de cuidar la mente.

Manolo Berriatúa
(Filólogo y escritor)

Breve introducción

¿Quién no ha recibido lecciones sobre cómo cuidar su mente? ¿Quién no ha escuchado dispares y edulcorados consejos sobre cómo ser más feliz? 
La palabra «felicidad» es tan grande y tan compleja que a menudo la gente intenta explicártela de manera sencilla y meliflua, consiguiendo así diluir su significado al convertirse en una fórmula simplista que no se adapta a la realidad de cada persona ni al complejo entramado de mecanismos por los que se rige la psique humana.

La felicidad no es algo que pueda resumirse en consejos rápidos o recetas mágicas; se trata de un proceso único, personal y, a veces, largo. Por consiguiente, este libro no trata de encontrar soluciones instantáneas, pero sí supone una invitación a conocer mejor la realidad para sacarle partido, a entenderte mejor y a descubrir cómo la mente puede convertirse en nuestra mayor alidada y no en un obstáculo que te impida avanzar. También vas a encontrar a una persona de quien puedo sentirme orgulloso de considerar amigo, que aúna corazón y conocimiento, todo ello maridado con la sempiterna sensatez de su prosa, inseparable de un perenne y sólido respaldo argumental. Un amigo que, mediante este libro, emula la sensación de la que hablaba Borges al experimentar un sentimiento de orgullo por las páginas que había leído. Te trato de tú, estimado lector, porque mis palabras, aunque medidas por la objetividad, vienen de la mente y del corazón, y quiero compartir contigo lo mismo que le diría a un gran amigo, resaltando este sentimiento tan maravilloso que queda como poso tras leer la obra.

Son muchos los años que han pasado desde que conozco al autor, de los que me gustaría destacar una anécdota que compartiré contigo. Ocurrió durante la pandemia, en la que dedicó su tiempo, como ya venía haciendo por años y continúa al día de hoy, a cuidar de lo más importante para él: su familia. Y pese a sufrir unos años marcados por la trágica pérdida de seres queridos, no quiso dejarse vencer por la adversidad e hizo válida la premisa de Einstein de que existe una oportunidad en cada crisis. De tal manera, a pesar de estar escribiendo dos libros —uno de ellos le tienes delante—, comenzó la escritura de un tercero, de diferente temática y como vehículo de distracción. De este último saco la siguiente analogía, y es que tal como Byron, Polidori y la entonces Mary W Godwin crearon obras que trascienden al tiempo durante su encierro en Villa Diodati en «el año sin verano», no es la primera vez que Alejandro ha combatido la adversidad con praxis, suponiendo este libro también una invitación al lector para no dejarse vencer por la dificultad ni el tedio.

Alex (como yo le llamo) no es solo una persona con una dilatada experiencia académica, también cuenta con una vasta pericia profesional y personal, combinadas con una sempiterna dedicación al aprendizaje que convierte en su principal hobby. Saber esto nos ayuda a comprender la meticulosidad que envuelve su proceder, destacando una pluralidad de aspectos de los que yo, querido amigo, me quedo con su cualidad humana. Porque lo que más me impresiona de él, lo que para mí representa su principal virtud, es el ser buena persona, aspecto que extiende al querer motivar a otros a que también lo sean.

Este libro es una extensión de su generosidad, intentando construir un entorno mejor a través de las páginas que lo conforman, bañadas por su toque personal de hacer accesible lo complejo a través de una narrativa amable, fresca y dinámica. De esta manera, logra combinar el gran esfuerzo documental que hay detrás de su trabajo con una obra que puede ser disfrutada por todo tipo de lectores, cautivando tanto a los amantes de lo sencillo como a quienes optan por lecturas más académicas, a través del espacio que crea en sus líneas (donde la ciencia no es enrevesada ni distante).

Por ello, te invito a leerlo con atención y con amor, porque de esto último rebosa su obra y nos impregna a medida que vamos pasando sus páginas. Un amor por ayudar a entender que la mente no tiene que convertirse en nuestro enemigo, sino nuestro mejor aliado, y así Alex nos enseña cómo funciona el arte de cuidar la mente y cómo podemos utilizarlo a nuestro favor. Esta obra que tienes en tu poder es un regalo del que me atrevo a decir que te ayudará a transformar tu vida.

Cipri Quintas
(Empresario, escritor y conferenciante)

Aprehender a aprender, más allá del tópico

La ciencia es algo más que una mera descripción de los acontecimientos tal como ocurren. Es un intento de descubrir un orden, de mostrar que algunos hechos tienen unas relaciones válidas con otros…

La ciencia es una disposición para aceptar los hechos aun cuando estos se opongan a los deseos. Quizá los hombres prudentes han sabido siempre que estamos predispuestos a ver las cosas tal como queremos verlas en lugar de como son…

Lo opuesto al pensamiento del deseo es la honradez intelectual, cualidad extremadamente importante para el científico eficaz…

La ciencia es, desde luego, algo más que un conjunto de actitudes. Es la búsqueda de un orden, de uniformidad de relaciones válida entre los hechos…

En un estadio posterior, la ciencia avanza de la recopilación de reglas o leyes a más amplias ordenaciones sistemáticas. No solamente hace afirmaciones acerca del mundo, sino que elabora proposiciones de proposiciones. Construye un «modelo» del tema que le interesa, lo cual le ayuda a generar nuevas reglas, así como las propias reglas generan nuevas prácticas al tratar nuevos casos aislados…

El «sistema» científico, al igual que la ley, está ideado para ayudarnos a manipular algo con mayor eficacia. Lo que llamamos concepción científica de una cosa no es conocimiento pasivo. A la ciencia no le interesa la contemplación. Cuando hemos descubierto las leyes que gobiernan una parte del mundo que nos concierne, y cuando las hemos organizado sistemáticamente, estamos preparados para tratar eficazmente esta parte del mundo. Predicando un acontecimiento podemos prepararnos para cuando suceda. Disponiendo las condiciones en la forma especificada por las leyes de un sistema, no solamente predecimos, controlamos: «hacemos» que un hecho ocurra o asuma determinadas características. (Skinner, 1971)

Este libro pertenece a una pequeña colección orientada al cuidado de nuestra salud, tratando sucintamente sus aspectos más relevantes enfocándolo en el ejercicio físico, la alimentación y, por supuesto, el tema de esta primera parte: la sesera. En la medida de lo posible, he intentado que la lectura sea amena, al igual que debe serlo la introducción de estas rutinas en la cotidianidad, puesto que intervendrán activamente en nuestra calidad de vida directa e indirectamente, porque estar sano va más allá de cómo nos sintamos o nos vean. Llegar a un estado de felicidad se torna más complicado cuando no poseemos un estado de salud, sobre todo, e salud mental, lo que hace imprescindible prestar la mayor atención en cuidarnos, porque cuidarse, querido lector, es todo un arte.

La OMS define salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades (WHO, s.f.), por lo que el mental es un campo imprescindible a tener en cuenta y no descuidar cuando se quiere gozar de buena y plena salud. Por destacar algún aspecto al que se le debería dar importancia en la búsqueda de una mayor higiene mental, ese sería la adquisición de conocimiento de calidad, para que nos ayude a gestionar con mayor eficiencia las situaciones que nos acompañarán durante nuestra preciada vida.

El balance cualitativo es importante y debe prevalecer sobre el cuantitativo, puesto que uno necesita plantearse la adquisición de conocimiento de calidad, no simplemente en cantidad. Aunque no es intención ir contra el dicho popular de que «el saber no ocupa lugar», sí se pretende destacar que, aunque el lugar que albergue al saber sea inmenso, la capacidad de almacenaje puede hacer que prevalezcan unos conocimientos sobre otros, se olviden aquellos que no se hayan adquirido de manera sólida o que se anulen unos después del descubrimiento de otros que invaliden los primeros. Por eso, desde aquí se propone un proceso selectivo para aquello que nos va a suponer un saber de calidad, que no suponga una alerta constante, pero sí que se tenga en cuenta y se trabaje —o se «entrene»— para que nos adaptemos a ello.

Para todo esto, trataremos lacónicamente cómo podemos realizar esa hazaña de adquirir conocimiento de calidad y veremos también algunos ejemplos que, espero, le entretengan a la vez que le ilustren. Hay un proceso que es crucial a la hora de iniciarnos en la aventura de conocer, y es el aprendizaje. Y, para ello, es necesario introducirnos en un contexto de aprendizaje, crear situaciones en la que se den tanto procesos de adquisición como de apropiación de conocimiento donde discernamos también su calidad. Para nutrirnos de ese conocimiento, debemos seguir varios pasos que comentaremos de manera breve.

En la teoría ecológica, el autor Urie Bronfenbrenner (1987) plantea la influencia que tiene el ambiente sobre el desarrollo psicológico de las personas desde el comienzo del ciclo vital. De esta manera, el entorno en el que crecemos, nos relacionamos y con el que interactuamos dinámicamente afecta y configura a cada individuo y, a su vez, cada individuo también incidirá en ese ecosistema con sus características personales.

Dado lo importante de la relación entre ambiente y persona, y cómo ambos interaccionan entre sí pudiendo actuar como agente facilitador o inhibidor, debemos convertirnos en un factor promotor del aprendizaje. Para ello, el ambiente sociocultural que nos rodee va a contribuir u obstaculizar el proceso de aprendizaje, y nosotros, como sujeto activo en ese ambiente, también contribuiremos a un entorno social más o menos favorecedor.

Otro autor, Albert Bandura (Barahona, 2017), sostiene en su Teoría Congnitivo Social que los factores ambientales, situacionales, cognitivos, personales, de motivación y de emoción interactúan entre sí a la hora de influenciarnos. Es decir, que más allá de nuestra capacidad innata para procesar información, existen una serie de factores que van a contribuir en nuestro aprendizaje a la hora de adquirir conocimiento, por lo que es necesario destacar la importancia del entorno en este proceso.

BF Skiner afirmaba en su condicionamiento operante que el aprendizaje tiene lugar cuando una respuesta va acompañada de un estímulo que la refuerce, y en función del estímulo recibido podrá actuar reforzando o disminuyendo la conducta (Myers, 1999). Imaginemos que la caja que utilizaba Skiner para estos experimentos es nuestro entorno (el que sea, en el momento que proceda), y nosotros esas ratas o palomas objeto del experimento; pero imaginemos también que no llega el refuerzo o castigo de manera externa, es decir, que intentemos procurar dicho refuerzo positivo nosotros mismos a través de nuestros logros. Me explico a continuación.

Imagínese que usted se propone bajar de peso y para ello toma la sabia opción de acudir a un profesional (ojo, ya veremos que un profesional no es necesariamente quien ejerce una profesión, pero dejemos algo para después) y aprende una serie de hábitos y conductas que le encaminan en su objetivo. Ese refuerzo positivo deberá llegar desde usted y hacia usted, una vez que avance en su proceso y contemple sus cambios, pudiendo convertirse en un castigo o refuerzo negativo si usted se sale de la línea y no obtiene ese resultado que espera.

Skiner también hablaba de estímulos neutros u operantes neutrales, proporcionados por el entorno y que no poseen influencia en nosotros. Pero Ivan P. Paulov, con su condicionamiento clásico, propone que un estímulo neutro originariamente (ni positivo ni negativo) puede tornarse beneficioso o perjudicial, estableciendo una relación entre tal estímulo y otro que provocaría la respuesta deseada (Papalia, & Wendkos, 1987).

Volviendo al ejemplo anterior, si usted modifica su alimentación y hábitos hacia un fin salubre, conocer el objeto de ese camino puede hacerle entender mejor el medio para llegar a ese fin, estableciendo una asociación positiva entre comer un plato saludable más allá de la mera palatabilidad cuando le apetezca otra opción menos salubre, o realizar ejercicio físico cuando realmente su mente le está pidiendo sofá y caja tonta. Sí, también aquí se le pueden buscar los tres pies al gato, porque con esto no se anima a nadie a tornar un proceso saludable en insalubre a base de convertirlo en obsesión. También trataremos todo eso más adelante.

Vamos uniendo aspectos y adaptándolos a nuestro caso, a los que sumamos otro más que es el Principio de Premack (o de probabilidad diferencial). Este nos dice que una conducta que despierte interés puede utilizarse como refuerzo para otra conducta que originariamente no nos parecía interesante (Klatt, & Morris, 2001). Volviendo al propósito de bajar de peso, aumentar el gasto energético adoptando un estilo de vida saludable acompañado de una educación alimentaria, pueden ser aspectos que despierten poco interés debido a que, según en qué individuos, tardarán más o menos en arrojar mejoras visiblemente apreciables (o unos sujetos tienen menos paciencia que otros), pudiendo esto actuar como agente inhibidor haciéndonos plantear tirar la toalla.

Pero si nosotros sabemos que ese proceso, que a veces puede no parecer agradable, va acompañado de resultados que sí agradan, las posibilidades de que no se abandone tal proceso aumentan, por lo que en la vinculación de dos estímulos deberíamos conocer tanto los beneficios de hacerlo como los perjuicios de no hacerlo (alimentación saludable frente a cardiopatía, ejercicio físico frente a enfermedades no transmisibles causadas por sedentarismo, terminar una comida social con un café o infusión en vez de con una copa, etc.). Teniendo esto en cuenta, muy posiblemente una opción se imponga sobre otra y nos ayude a tomar una buena decisión que agradeceremos posteriormente.

Siguiendo el ejemplo, cenar una ración de ensalada campera con un vaso de agua de acompañante puede parecer menos atractivo que unos nachos acompañados por una jarra de cerveza. Pero el que aceptemos la ensalada como cena tiene más probabilidad de ocurrir si lo asociamos a optimizar los biomarcadores de salud y no solo tengamos en cuenta el momento hedónico que nos puede proporcionar esa ingesta, pensando más allá de satisfacer nuestro paladar satisfaciendo también nuestra salud. Caminando hacia un objetivo salubre, también veremos favorecida nuestra estética, pero este proceso no tiene por qué correlacionarse al revés, puesto que la salud no siempre es un efecto secundario de trabajar lo estético (quizá, hasta sea contrario en no pocas ocasiones); no obstante, llevar una rutina orientada a mejorar nuestra salud, sí es causal con las mejoras estéticas que se producen de manera concomitante.

El título habla de aprehender («capturar algo o a alguien», pero también «captar algo por medio del intelecto o los sentidos» –RAE-, que es a lo que nos referimos aquí) a aprender («adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o la experiencia» –RAE-). Y para ello, desearía que usted me acompañara más allá del significado pueril que pueda representar este sintagma, porque para aprender (hasta a aprender) se necesita adquirir conocimiento mecánico, y esa adquisición será mayor cuanto más calidad tengan los recursos intelectuales de los que nos valgamos para asimilar nueva información. El aprendizaje no es solo un proceso lúdico, requiere dedicación y firmeza, o en palabras de Ricardo Moreno Castillo (2006): 
«Un buen investigador ha de dedicar primero muchas y muchas horas de estudio para tener una formación amplia en la ciencia en la cual debe investigar». Por ello, mientras se aprende a aprender, hay que comportarse como sujeto activo y meterse en materia o, como dice el dicho atribuido a Picasso, «que la inspiración te encuentre trabajando».

Piaget (2017) expone que el aprendizaje es un proceso constructivo en el que se relacionan nuevos contenidos dentro de las estructuras que ya se poseen, por lo que el proceso de aprendizaje va a depender no solo del desarrollo cognitivo de la persona y del entorno, como hemos leído, sino también del conocimiento previo que se tenga. Por eso, hasta para aprender a aprender, se necesita conocer, recopilar información y prepararnos para recibir, comprender y asimilar esa información. Debemos integrar y relacionar la información que recibimos con los conocimientos previos que tenemos almacenados en nuestra estructura cognitiva para que se produzca lo que Ausubel definió como aprendizaje significativo, con el objetivo de crear estructuras cognitivas estables (Ausubel, 1976; 2002, citado en Rodríguez, 2011).

El aprendizaje significativo se distingue del memorístico en que, a diferencia de este último que es de tipo mecánico o repetitivo (no se asocian los conocimientos nuevos con los existentes, requiriendo un gasto energético mayor a la hora de almacenar lo aprendido), ocurre al establecer relaciones entre conceptos nuevos y anteriores (o vinculados con la experiencia). De esta manera, al generarse estructuras complementarias a las ya existentes en nuestra psique, el gasto energético es menor y la retención del nuevo material se hace más sencilla al ir relacionado con un esquema cognitivo preexistente (Vega, 2018). En este punto entran las teorías multialmacén, donde se sugiere que el aprendizaje comprende una serie de fases en las que tiene lugar el procesamiento de la información.

Los análisis más profundos conllevan un almacenamiento más perdurable de la información que adquirimos, por lo que cómo impacta en nosotros y el interés que le ponemos son dos aspectos determinantes, si bien no los únicos (pensar sin aprender ni comprender, no conduce a buen derrotero).

La mera repetición podrá ayudarnos con la memoria a corto plazo, pero es su comprensión y dedicación la que almacenará la información en la memoria a largo plazo. Debemos comprender el conocimiento que adquirimos, para lo que tendremos que utilizar las estrategias que promuevan esa adquisición o, por ejemplo, como decía Confucio, «me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí». Tiene relación con el interés pedagógico de John Dewey mediante su aprender haciendo, la «Educación por la acción», en la que promueve la experimentación y la solución de problemas prácticos (Lafuente, 2017). En ocasiones es interesante fomentar el interés por la tarea, no solo por el producto.

Ahora, en nuestros tiempos, tenemos la gran suerte de cabalgar a hombros de gigantes en cuanto al conocimiento, gracias al trabajo que han desarrollado otros a través de la historia, de quienes, con sus luces y, en ocasiones, sus sombras, hemos podido nutrirnos de gran cantidad de información. Poder alimentarnos del conocimiento de otros es un regalo que no deberíamos desperdiciar aprendiendo sin comprender lo aprendido.

Una vez instalados en un contexto favorable donde se dé el aprendizaje, debemos adentrarnos en otro entramado proceso: la búsqueda de información de rigor que nos ayude a construir un conocimiento de calidad. Y para esto necesitamos adherirnos a una metodología que no solo escudriñe aquella información que rrecibimos, sino que también nos ayude a buscar e identificar aquella que es de calidad y desechar la que no lo es. Para ello, existe el método científico, cuyas premisas son extrapolables a innumerables campos y cuyo conocimiento es importante si queremos que se dé ese aprendizaje cualitativo anteriormente mentado. Resumiré esta metodología basándome, principalmente, en el Discurso del método, de René Descartes (2010), y la Lógica de la investigación científica, de Karl Popper (1980).

Una de las definiciones de la RAE para método es procedimiento que se sigue en las ciencias para hallar la verdad y enseñarla, pero el concepto de método viene del griego méthodos o «camino», designando el medio usado para alcanzar un objetivo; ciencia viene del latín scientia, cuyo significado es «conocimiento». Por lo tanto, podríamos decir que el método científico es el «camino al conocimiento», y este está lleno de reglas y metodologías que nos aseguren un grado de evidencia lo más alto posible.

En la segunda parte del libro Discurso del Método, Descartes nos habla de cuatro reglas en las que basa su fundamento metódico para evitar caer en errores, distinguiendo lo veraz de lo falaz y así encontrar nuevos conocimientos cimentados en las verdades ya existentes. Estas reglas, tal como se muestra en el libro, funcionan «para descubrir verdades, no para defender tesis o exponer teorías» (Descartes, 2010). Vamos a leer qué dicen.

En primer lugar, no aceptar como verdadero aquello que carezca de evidencia que así lo acredite. Esta es la premisa principal, en la que propone no aceptar como una verdad algo que no pueda evidenciarse de tal manera que no exista duda. Aquí podemos añadir lo que coloquialmente se conoce como Navaja de Hitchens, o que la carga de la prueba de quien realiza una afirmación reside en el enunciante, no teniendo el receptor del mensaje que demostrar su falsedad para refutar un argumento; quien lo enuncia es el encargado d adjuntar las pruebas de su veracidad. Para entendernos, si yo le comento a usted que en un cráter lunar hay una fotografía de cuando hice la primera comunión, no es usted el que deberá demostrar que eso es falso para desacreditar mi afirmación, debo ser yo el encargado de probar tal esperpento si quiero que sea aceptado como válido. El compendio vendría a decir que aquello que es afirmado sin aportar pruebas de su veracidad, puede ser refutado sin necesitar pruebas de su falsedad.

Vamos con la segunda regla de Descartes, basada en el análisis y consistente en dividir una complejidad tantas veces como se pueda y necesite para hallar así sus formas más simples, de las que depende, pudiendo, mediante este proceso, comprenderlo mejor. De esta manera, encontraremos las raíces de aquello que deseamos comprender para poder entender su evolución hasta el asunto inicial. Al segmentar un asunto concreto, podremos hallar en él aspectos más simples que nos ayuden a intentar comprenderlo, o también a empezar aprendiendo las bases que explican uno u otro fenómeno de mayor complejidad (y que requiere, para su comprensión, la previa adquisición de tales bases).

Y esto nos lleva a la tercera regla:

conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.

Esto complementa la regla anterior, donde una vez reducido lo complejo a simple, vamos avanzando y reconstruyendo desde lo simple hasta alcanzar de nuevo lo complejo con total entendimiento, logrando una síntesis analítica partiendo desde lo simplificado, permitiéndonos así el alcance y comprensión de parcelas más complejas. De esta manera, aumentamos nuestro conocimiento.

El último de sus principios o reglas consiste en el repaso de lo elaborado una y otra vez hasta cerciorarse de no omitir nada. Siguiendo esto, volvemos sobre nuestros pasos para comprobar que no nos dejamos nada y que no se han cometido errores en el proceso anterior. La ciencia no es absoluta ni dogmática, por ello debe revisarse y deben revisarla otros compañeros para replicar con efectividad los resultados obtenidos en un escrupuloso proceso que estará sujeto a revisión, modificación y estudio.

El saber científico trasciende a los hechos, los descarta, produce nuevos hechos y los explica, exprimiendo la realidad para ir más allá de las apariencias, no limitándose a la percepción de lo observado. No hablamos de un conglomerado de informaciones sin conexión, sino de conocimiento sistemático, un sistema de ideas o teorías unidas por una relación implícita caracterizada por la lógica (Bunge, s.f.). Se suele confundir teoría en términos científicos con hipótesis en términos populares, pero no es así.

Una teoría es una explicación sistemática comprendida por un conjunto de formulaciones que parten de un conocimiento sobre la materia, así como de una serie de hechos que aúnan cierta lógica y conceptos respaldados por el empirismo. Cuando hablamos, por ejemplo, de la Teoría de la evolución, no hablamos de una opinión subjetiva, tal y como ahora se pretende dar validez a estas últimas por el mero hecho de serlo, sino de una explicación objetiva sustentada en el conocimiento y comprobada que se fundamenta en la recolección de datos. Por lo tanto, tenemos que el método científico es un elemento muy útil para nuestra psique a la hora de procesar la información que recibimos. Veamos cómo esto se extrapola a muchísimos aspectos cotidianos y no solo a la lectura de papers o a la hora de emitir un juicio sobre algún producto o postulado complejo. Este método o conjunto de tácticas está dividido en una serie de procesos que pretenden garantizar la calidad de lo sometido a análisis y emitir un juicio lo más objetivo y veraz posible sobre aquello que se analiza.

Durante su desarrollo, recorremos varias etapas. Primero, formulamos una pregunta sobre un fenómeno observable o, si ya conocemos un tema, se pone a disposición una hipótesis o afirmación. Después de hacernos esa pregunta, nos ponemos a investigar sobre el tema para poder construir una hipótesis plausible (del griego hipo, «por debajo» y tesis, «conclusión que se mantiene con un razonamiento o argumento») fruto de la recolección de esa información.

Una vez tenemos esto, comienza la fase de experimentación para comprobar la veracidad de la hipótesis propuesta (se confronta la hipótesis con los hechos), la cual es sometida a una batería de pruebas que demuestren o no su veracidad, así como aquellas variables que puedan encontrarse en su entorno. Voy a hablarle de algunas de esas estrategias que resultarán útiles y extrapolables para diferentes dudas y aspectos que puedan surgirnos en nuestra cotidianidad.

Como necesitamos una demostración que valide la hipótesis, aplicamos diferentes metodologías como la refutabilidad de tal proposición, esto quiere decir que se intente buscar el fallo mediante diferentes pruebas. Después, tal afirmación debe atender a los criterios de reproductibilidad, es decir, otros colegas deben ser capaces de llegar a los mismos resultados y conclusiones que propone el estudio inicial, haciendo lo mismo en las mismas condiciones. El siguiente paso es realizar una revisión por pares del resultado con otros profesionales homólogos en la materia y sin conflictos de interés. Estos son pilares fundamentales de la investigación científica.

Entonces el camino se bifurca en dos senderos: el primero corresponde a si todo ha salido como se esperaba, y en caso afirmativo se elabora una tesis, publicándose posteriormente los resultados en los que se detalla un informe con las conclusiones. Si en algún momento la hipótesis es refutada en su totalidad o parcialidad, se vuelve a la casilla de salida sobre los pasos iniciales y toca empezar de nuevo en la construcción de una nueva hipótesis.

Bajo esta metodología, se pretende evitar juicios injustificados sobre aspectos que no conocemos a la vez que se intenta averiguar los porqués de aquello que no entendemos. Cuando los griegos presocráticos empezaron a preguntarse por las causas de los fenómenos que no comprendían, alejándose de los dioses y buscando otras explicaciones, dieron su primer paso hacia la ciencia. El escepticismo se abría camino junto con la preocupación por entender la naturaleza, provocando un divorcio con el pasado que duró siglos y siglos, pero «comprender el mundo posee un valor en sí mismo, conduzca o no a lo útil» (Weinber, 2015).

Los científicos también pueden cometer errores (a Galileo le pasó con las mareas o los cometas, y a Newton, con la refracción). Pero mientras que alguien verdaderamente profesional que sigue y trabaja el método científico advertirá de las limitaciones de su investigación, así como reconocerá su ignorancia en aquello que desconoce, un falso profesional basará su discurso en exaltar lo bueno y omitir (cuando no pueda maquillar) lo malo. De esta manera, al no airear los errores, estos se extienden e incluso se multiplican, gracias a la figura del falso profesional al que se le pueden atribuir distintos sinónimos según demande la ocasión: pseudocientífico, charlatán, estafador (si comercia con el engaño), y un largo et caetera.

Ha aparecido otra palabra clave, el «pseudocientífico» o falso científico, palabra que viene del vocablo pseudociencia (del sufijo griego pseudo, que indica falsedad, imitación o engaño), término para designar a la disciplina que pretende hacerse pasar por ciencia sin serlo y en la que no cabe método científico alguno. Es decir, mediante esta palabra (que no suelen usar quienes la consumen o comercializan), podemos designar un sinfín de mecanismos. Algunos de ellos hasta se visten de ciencia ordinaria e, incluso, incorporan parte de la metodología científica para adornar y/o justificar su producto, adjuntando en su mercadotecnia aspectos del método científico cuidadosamente seleccionados.

La pesudociencia normalmente es más «asequible intelectualmente» que la ciencia, proporcionando enunciados con respuestas fáciles y prometedoras a preguntas que la ciencia contestaría con mayor complejidad. Por ejemplo, la homeopatía tiene su metodología bien explicada y detallada, pero existe el problema de que se cimenta en premisas erróneas y su resultado —si lo hay— no va más allá del efecto placebo (Ernst, 2002), del que hablaremos próximamente en otro capítulo. Aquí entramos en otro punto, el identificar qué es pseudociencia de lo que no lo es, y para ello necesitaremos construir una base de conocimiento funcional que nos ayude con el procesado de la información que recibimos del exterior, reconociendo la calidad de esta, así como de sus fuentes.

Frecuentemente, la desesperación y malas experiencias con malos profesionales (hay que buscar profesionales académica y moralmente competentes) hacen que la gente se arroje a las pseudociencias al calor de ese trato humano que, en ocasiones, la medicina con sus prisas no les proporciona. Resumiendo, «las seudociencias son más populares que las ciencias porque la credulidad está más extendida que el espíritu crítico, el que no se adquiere recopilando y memorizando informaciones, sino repensando lo aprendido y sometiéndolo a prueba» (Bunge, 2012).

En el siglo xx surgió el concepto de posmodernidad con autores como Jean François Lyotard, Gilles Lipovetsky, Vattimo Luhmann y otros, algo que continúa aún en nuestro siglo gozando de bastante popularidad en muchas esferas. Es en este periodo donde nace un concepto para aludir al hecho de incorporar una falsa verdad que, mediante el uso del simplismo y el sentimentalismo, se pretende (y se consigue, en muchos casos) hacer pasar como verdadera (Lafuente, 2017). Esto desencadena una serie de consecuencias de las que enumeraremos algunas de ellas.

Gracias a esta estrategia de anteponer lo emocional a lo racional, el punto de referencia se desplaza del logos y se sitúa en un relativismo marcado fuertemente por los sentimientos, desarrollando un pensamiento débil que es más propenso a la manipulación y menos resolutivo para la gestión (utilizando el pathos como línea generatriz de la realidad). En varias ramas de la ciencia también se empiezan a «retorcer» las conclusiones y aumenta su dependencia de los contextos sociales, al igual que ocurre con científicos y expertos que actúan movidos por motivaciones externas a la búsqueda de la verdad. Estas cosas ocurren cuando la vinculación con una ideología es más fuerte que la ética o la profesionalidad (también se da porque, como decía el poema de Quevedo, «poderoso caballero es don Dinero»), y aquí cabe recordar que al conversar sobre ciencia con un científico que posea dichas motivaciones, hablamos con el científico; pero como intervenga la ideología en la conversación o en la motivación, hablaremos con el mílite.

Con la posverdad nos alejamos de las reglas fijas que buscaba Descartes para descubrir verdades y nos acercamos a las posturas orientadas a defender tesis o exponer teorías. Mario Bunge (s.f.), en La ciencia. Su método y su filosofía, dice que «…Mientras los animales inferiores solo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo»; pero cuando el hombre colabora con el relato y abandona la razón objetiva, los hechos pierden valor y la razón se transforma en lo que cada cual considere según su criterio (o el de los demás), ganando presencia el emotivismo.

Para retorcer la verdad hasta que se asemeje al relato, construyen una visión alternativa que, o bien selecciona aquel dato susceptible de ser interpretado como argumento favorable, o lo oscurecen si no interesa, alineando el mensaje a una suerte de intereses coincidentes con los emisores o creadores de tal mensaje. Un masivo bombardeo de información propagandística cuidadosamente elaborada, eclipsará aquella información que contradiga la «oficial», puesto que no se busca educar sino convencer. Los errores perjudican a quienes los pagan, y estos no necesariamente son siempre quienes los cometen.

En este contexto aparecen conceptos como la infoxicación, o saturación de información que dificulta y confunde su procesamiento; la infodemia, o aumento masivo de información cuantitativa (pero no cualitativa) sobre un tema que puede resultar contradictorio; y el astroturfing, o estrategia mediante la cual se pretende convencer a otros a base de testimonios y acciones orientadas con fines propagandísticos, sin importar que la información que se vierta sea falsa o compuesta por medias verdades. Y todo porque:

En la era de la posverdad, las reglas del juego no incluyen la determinación de lo verídico a través de un proceso de evaluación racional, elevación y conclusión final. La posverdad asume que existen tantas verdades como individuos y cada uno elige la suya propia, como si de un buffet se tratara. (Aparici, & García, 2019)

Como corolario para este primer capítulo, podríamos concluir que el conocimiento nos da las herramientas para combatir y rechazar aquello que nos perjudica o nos perjudicará, y para llegar a esto debemos diferenciar la dimensión objetiva del conocimiento (la que contempla la realidad) de la subjetiva (relativa a lo que para cada uno supone esa realidad). La primera es la que nos permite reconocer qué es conocimiento y qué esbroza o pseudoconocimiento. En cuanto a la dimensión subjetiva del conocimiento, es la que cada uno de nosotros moldea en función del humus que se haya formado en nuestro cerebro con base en lo aprendido y que puede verse regulado por nuestro estado emocional, llegando a condicionar nuestra percepción.

Piaget e Inhelder (2015) señalan la existencia de un periodo preoperacional en el niño, en el cual no es capaz de utilizar su pensamiento lógico para transformar, separar o combinar ideas con eficiencia, lo que disminuye su percepción de la realidad al no ser capaz de manipular la información de manera eficiente. De esta manera, mediante la precausalidad, un sujeto cree comprender los mecanismos exteriores y objetivos de la realidad cuando lo que se produce es un aprendizaje basado en otros mecanismos de origen subjetivo.

El desorden del pensamiento conduce al desorden en la acción. Ante esto nos queda aprender, aprender y aprehender a aprender, porque pensar sin haber aprendido no ayuda en la comprensión de lo pensado y, de esta manera, difícilmente lograremos acomodar nuestra inteligencia para adaptarse y progresar en el entorno sin someterse a él. Y para diferenciar la realidad de la idealidad, está el conocimiento, y para llegar a él, volvemos al título de este capítulo, adjuntando una frase utilizada por muchos, pero atribuida al escritor y cómico Robert Orben: «si la educación te parece cara, prueba con la ignorancia».

Cuando aquí se habla de salud y de los cuidados que a ella conducen, se da por sentado el hecho de que tales atenciones supongan una rutina dentro de un estilo de vida que se pueda asumir con responsabilidad, criterio y gusto. Pero nunca con obsesión, porque el miedo a la enfermedad supone en sí un trastorno cuando la necesidad de salud crea una enfermedad. El temor a sufrir conlleva sufrimiento, y esa sensación de miedo por el sufrimiento futuro produce un exceso de tensión e incertidumbre que se traducen en un aumento del sufrimiento actual. No se puede dar lugar a la falta de cuidado de nuestra mente. Existe lo que se denomina trastorno de ansiedad por enfermedad, para describir a la sintomatología de quien interpreta unos síntomas físicos como una patología grave, desarrollando un miedo irreal al padecimiento que les mantiene en una continua atención exacerbada sobre su salud física.

El conocimiento no solo es útil en posesión, sino también en divulgación. La inteligencia es una cualidad que beneficia al que la posee y también al que tiene la suerte de encontrarse y conversar con alguien que la posea. Aprender de quien tiene algo que aportarnos es una suerte, si tiene a su lado alguien inteligente compartiendo su conocimiento de manera altruista, considérese afortunado.

Yo utilizo la expresión odisea del náufrago para aludir al más o menos tedioso proceso que empieza desde que se decide recorrer un camino complejo hasta finalizarlo. Imagine que es un náufrago cuyo barco en el que navegaba sufrió un accidente y ahora conforma un pecio en el lecho marino. Usted, flotando en el agua, tiene dos opciones: quedarse quieto y esperar, puesto que todo camino parece igual y no se divisa tierra alguna, o elegir una dirección para nadar y ponerse en marcha. Inicialmente puede parecer que, por más que nade, el resultado es el mismo que si se hubiera quedado sin hacer nada: agua y más agua… y fatiga. Pero no es así. Usted, aunque no lo perciba, está avanzando, y la única manera de llegar a tierra firme es moviéndose y encaminando acciones que conduzcan a ese fin (como conocer hacia dónde debe nadar, aspecto importante), no adoptando una posición derrotista. Ha de entenderse el símil, para no hacer la nota más larga especificando que el barco no emitió señal de socorro alguna y no compensa quedarse a esperar, que la temperatura y condiciones del agua propiciaban la marcha, etc.

Hay autores de los que se puede aprovechar prácticamente todo y otros de los que apenas nos queda algo interesante, pero esto es la maravilla del legado que nos han dejado y van dejando, el poder sacar algo provechoso hasta de quienes en su día metieron la pata con alguna que otra cuestión.

Últimamente es trendy decir que cada uno tiene una opinión y que hay que respetar todas ellas por igual. Hay que diferir aquí, puesto que el ser una opinión más o menos respetable no es implícito al derecho que se tenga a expresarla, sino al carácter de esta. Por ejemplo, el canibalismo formó parte de varias culturas como las mesoamericanas, algunas africanas e indonesias, pero no por el hecho de que se opinara desde ellas aspectos reivindicantes de tal práctica, debemos respetarlo. Por supuesto, todas las opiniones tampoco deben ser del mismo valor; una opinión debería contar más o menos en función de su respaldo argumental, como seguro le pasaría a cualquiera que acude a consulta de dermatología para que evalúen una mancha sospechosa que le ha salido en la piel a quien probablemente, le valdrá más lo que opine el dermatólogo al respecto que la opinión del que está sentado a su lado en la sala de espera.

Además, las ramas pseudocientíficas han sabido llegar mejor al vasto público, acompañadas también de grandes campañas de márquetin en las que se aprovechan hábilmente las limitaciones fácticas del conocimiento racional para hacer pasar especulaciones desenfrenadas, y datos no controlados, por resultados de la investigación científica. Como la ciencia genuina es difícil, exige mucho esfuerzo, paciencia y la generalización masiva de una alta educación cultural que, dada la estructura actual de los sistemas productivos, solo está al alcance de una pequeña minoría; la pseudociencia prospera en las sociedades industrializadas con más facilidad que el conocimiento desinteresado y que el escepticismo organizado (Bueno et al., 1991). Podemos encontrar grandes empresas, figuras famosas y reclamos publicitarios muy bien trabajados que enfatizan el quién en vez del qué.