EL Rincón de Yanka: LA ESTUPIDEZ PERJUDICA GRAVEMENTE LA SALUD

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#GALICIANOARDELAQUEMAN

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jueves, 27 de agosto de 2009

LA ESTUPIDEZ PERJUDICA GRAVEMENTE LA SALUD



"Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda". Martin Luther King

"Lo más peligroso que hay es un estúpido con iniciativa y con poder -sobre todo si nos gobierna-". Yanka
"El sistema imperante patogeniza, "mamoniza",  desculturaliza  y deshumaniza a la sociedad" Yanka
"La Estupidez es una enfermedad extraordinaria: 
No es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás". 
Voltaire


"Si eres superficial, egotista, consumista, materialista, marquista, crédulo, relativista, partidista, consumes mucha televisión y eres como Vicente; entonces, considérate un estúpido, antes de que sea demasiado tarde".    Yanka





El profesor Cipolla, en un conocido libro titulado "Allegro, ma non troppo", expone su teoría de la estupidez. Según ella, todos nosotros, cualquiera de nosotros, subestima el número de estúpidos en circulación (ni siquiera hay que desechar la posibilidad de que uno mismo sea estúpido) y subestima además el dolor potencial que pueden ocasionar las personas estúpidas, las personas más peligrosas del mundo mundial. Hay cuatro tipo de personas en el mundo global: inteligentes, incautos, malvados y estúpidos. De ellos, los estúpidos perjudican a todo el mundo inclusive a sí mismos. Pero el profesor Cipolla debió distinguir entre estúpidos perniciosos, que son los que acabamos de señalar y estúpidos ingenuos, que, sobre todo y especialmente, hacen hincapié preferente en dañarse a sí mismos.



Dice Glucksmann en su libro sobre la estupidez que "la estupidez es ausencia de juicio, pero ausencia activa, conquistadora, preponderante. Procede por persuasión: no hay nada que juzgar... La estupidez no responde ni interroga, instaura el reino de los estereotipos y de los tópicos.


Al igual que su anverso, la inteligencia, la estupidez no es siempre fácil de reconocer ni menos de definir. Sin duda, el estúpido es aquél que causa daño a otros sin obtener de ello provecho alguno, en contraposición al inteligente, que sabe conseguir beneficio para los demás y para sí mismo.

Es intrigante que uno de los fenómenos que mejor explican la historia de la humanidad, la estupidez, haya merecido siempre tan poca atención. A lo largo de los siglos, sobre ella se ha escrito poco, a menudo superficialidades y en tono jocoso. Hasta hace veinte años, la estupidez humana no se ha considerado una cuestión a tomar en serio, ni siquiera desde el punto de vista médico, a pesar de ser indudablemente la primera causa de sufrimiento de nuestra especie.

Al igual que su anverso, la inteligencia, la estupidez no es siempre fácil de reconocer ni menos de definir. Sin duda, el estúpido es aquél que causa daño a otros sin obtener de ello provecho alguno, en contraposición al inteligente, que sabe conseguir beneficio para los demás y para sí mismo. Pero el tema es espinoso. Si los filósofos y científicos no habían entrado en materia, es quizás por considerarla poco merecedora de sesudas cavilaciones, pero en parte también por la intuición de que hablar de la estupidez humana es escribir una parte de la propia bibliografía.

La estupidez es tan ubicua que todos estamos expuestos a ella, hasta los más sabios. El ser humano lleva consigo un germen de estupidez que aflora con mayor o menor resplandor en cada uno, de manera ineludible. Éste es el verdadero pecado original del género humano. Y, como los pecados, se puede ser estúpido de palabra, acción u omisión. Con diferencia, las estupideces de palabra son las más frecuentes, tanto por la incontinencia y/o sandez de lo que se dice como también por la manera como se interpreta. Hablar es peligroso, pero no hacerlo también lo es. Un matiz interesante en el fenómeno de la estupidez es el miedo a cometerla, que paraliza la acción y que impide que decisiones cruciales lleguen a realizarse, causando un perjuicio mayor que el de haber actuado aunque sea de la peor manera. Con lo que las estupideces por omisión son una categoría aparte, enormemente dañina por lo inaparente de su índole, muchas veces provocada por no reaccionar a tiempo ante una situación problemática.


La estupidez es, en parte, esencial, pero también hay en ella un componente importante de aprendizaje. Es sabido que, a fuerza del empeño del entorno social y familiar de cada adulto, se consigue de él una conducta esencialmente estúpida. En ese continuo entre especialidad y aprendizaje hay un amplio muestrario. Algunos ¿estúpidos esencialmente listos? aprenden a no parecerlo demasiado, mientras que algunos ¿listos estúpidos?, convencidos de lo sagaces que son, aprenden, a base de falta de discreción, a parecerlo mucho. Ya los griegos antiguos tenían una palabra para referirse al astuto imbécil: kutoporinos, un ser aparentemente inteligente pero que toma decisiones nefastas. La creatividad en este terreno es casi infinita, como reconocía Einstein, que comparaba la magnitud de la estupidez con la infinitud del universo.

Parece ser, además, que la erudición no sólo no protege ni cura la estupidez, sino que a menudo da coartadas al estúpido para pontificar verdades que a la postre no son más que solemnes tonterías. Y es que la estupidez, como la pereza, está agazapada en nuestro interior esperando emerger en todo su esplendor. Ambas ejercen una intensa acción sobre nosotros, y tal vez por eso están emparentadas. Se requiere mucha energía y disciplina para mantenerlas a raya. Esa disciplina quizás marca el nivel de inteligencia real de cada individuo.

Cuando una persona es capaz de decir, o de decirse, ¡qué estúpido ha sido por no reaccionar a tiempo y por no haber previsto lo que luego se hace evidente!, demuestra esa energía mental y una buena capacidad de autoconocimiento, aunque otra cosa es si esa capacidad le permite evitar más adelante la repetición de nuevas, e incluso iguales, estupideces. Y lo peor que nos puede pasar es que defendamos nuestras estupideces. Las conductas estúpidas se ven en efecto favorecidas por cierto egocentrismo y dificultad para reconocer los errores propios.


Si el ser humano es la cima de la evolución y lo es por su inteligencia superior, ¿cómo así es el único animal que comete una estupidez tras otra? Una primera explicación puede que sea porque una persona inteligente tiene un mayor abanico de acciones a realizar, más objetivos y más variables a controlar. Adolecemos, como especie, de la capacidad de controlar todos los elementos necesarios para hacer proyecciones a futuro. En la estupidez siempre hay un grado de ceguera que nos impide percibir la realidad objetivamente y tomar decisiones coherentes, ya sea por distorsiones de pensamientos -los prejuicios, las supersticiones o los dogmatismos lo son- o por interferencias emocionales o comunicativas.

Si hay estupidez individual, seguro que hay otra de rango superior, la estupidez social. Y resulta lógico que si la suma de inteligencias individuales puede hacer más inteligente a una comunidad, el conjunto de sus estupideces la puede convertir en más estúpida. Sobran los antecedentes históricos que lo refrendan. La pregunta crucial que cabe hacerse en este inicio de milenio es en qué dirección avanzamos. Hay una cierta sensación de que las necesidades espirituales, racionales y emocionales actuales de las personas son saciadas con productos comunicacionales que parecen potenciar a menudo el comportamiento mágico, los prejuicios, el fanatismo y una penosa escala de valores. Naturalmente este asunto tiene implicaciones en la salud percibida de las personas, en su repertorio de recursos para afrontar la vida y en su capacidad para ser más felices.

Alcanzar un grado de integración en nuestro comportamiento implica articular niveles de funcionamiento cerebral que, a menudo, están disociados. Y esto requiere una complicidad colectiva. Conseguir una cierta armonía entre la mente y el cuerpo, lo psíquico y lo somático, la mente y el cerebro, la capacidad intelectual y la emocional, lo cognitivo y lo emotivo, supone un argumento que da sentido y dirección al sujeto individual y a la especie. Quizá no nos impida seguir cometiendo errores y barbaridades, pero sí que puede permitirnos repararlos y aprender de ellos. Por el contrario, los actos estúpidos sólo consiguen nuevas interferencias en el proceso de integración del ser humano. Si pretendemos una sociedad más inteligente y más sana, hay que trabajar mucho para desaprender gran parte de lo que se da por sentado y reaprender el hábito de pensar y aumentar la autoconciencia, que significa también estar atentos a los pensamientos y a las emociones y de algún modo aprender a manejarlos armónicamente. Sólo así lograremos que se insinúe el más fascinante de los trinomios: salud, inteligencia y felicidad.



 Salvador Barros