EL Rincón de Yanka: ESENCIA

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta ESENCIA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ESENCIA. Mostrar todas las entradas

sábado, 28 de marzo de 2026

LIBRO "CRISTIANISMO: DE LA ESENCIA DE LA FE A LA EXISTENCIA CRISTIANA": Introducción general a la cosmovisión cristiana por MARCELO BRAVO PEREIRA

CRISTIANISMO: 
DE LA ESENCIA DE LA FE A LA 
EXISTENCIA CRISTIANA

Introducción general a la 
cosmovisión cristiana


La fe cristiana ha forjado la cultura occidental. Nuestro modo de hablar de Dios, del mundo y del ser humano lleva impresa la huella de la experiencia religiosa que se remonta a Jesús de Nazaret. Las ciudades de Europa y de América Latina se han construido en torno a iglesias, santuarios y monasterios. La arquitectura, la pintura, la escultura, la música: todo el universo del arte occidental testimonia cómo el cristianismo ha sabido sintetizar lo mejor de la herencia clásica con el genio artístico y espiritual de los pueblos en los que ha germinado. 
Este libro, del teólogo Marcelo Bravo Pereira, ofrece una introducción clara, rigurosa y profundamente humanista a la cosmovisión cristiana. No se trata de un tratado de apologética, sino de una guía para comprender, más allá de la adhesión personal, qué significa esta propuesta religiosa en sus elementos esenciales: su visión de Dios, del hombre, del mundo y del sentido de la vida. 
Primera edición en lengua española, esta obra recoge la experiencia del autor como docente universitario en Roma y responde a una necesidad urgente: conocer el cristianismo no solo para dialogar con los creyentes, sino para entender nuestras raíces culturales, las personas que nos rodean, nuestras calles y ciudades, incluso nuestras leyes y nuestra economía. Porque, en última instancia, conocer el cristianismo es conocernos más profundamente a nosotros mismos.

VER+:

El P. Marcelo Bravo nos invita a acercarnos al cristianismo no solo como una propuesta confesional, sino también como una propuesta cultural que ha dado forma a nuestra manera de entender al ser humano y el mundo.
Nuestra cultura occidental es heredera de esta visión, y reconocerlo nos ayuda a descubrir que, más allá de la fe personal, muchos elementos del cristianismo siguen vivos en nuestra forma de pensar, valorar y vivir.
Una reflexión para comprender mejor quiénes somos y de dónde venimos.

La fe no nace de una evidencia empírica, sino de la credibilidad de un testigo. Creemos no porque podamos demostrarlo todo, sino porque confiamos en quien nos transmite una verdad.
En este fragmento, el P. Marcelo Bravo profundiza en la esencia misma de la fe: una adhesión libre y razonable que se apoya en la confianza. Cuando el testigo es creíble, puede surgir una fe auténtica capaz de transformar la vida.
Escucha el fragmento y descubre cómo razón y confianza se encuentran en el corazón de la experiencia creyente.


Marcelo Bravo Pereira, LC: Comprender la religión en el siglo XXI


martes, 28 de octubre de 2025

LIBRO "TIERRA NUESTRA" y "LÉXICO y REFRANERO" EN LA OBRA DE SAMUEL DARÍO MALDONADO VIVAS

TIERRA NUESTRA


Samuel Darío Maldonado Vivas tenía 49 años cuando terminó de escribir "Tierra Nuestra", en la población de Tucupita, Venezuela,  en el año 1919, capital del Territorio Delta Amacuro donde fue gobernador durante dos años. El libro, considerado una novela enciclopédica, narra y describe lo que es la selva, la recolección de la sarrapia y la geografía del río Caura. Otros autores consideran que se trata de un texto autobiográfico por su estilo narrativo. Escrito en forma de charla, está poblado de comentarios en torno a diversos temas científicos y humanísticos. Incluye también relatos de experiencias con sus amigos, registros de sus lecturas y cientos de referencias amorosas al territorio, cuyos problemas y necesidades le preocupaban. 
"Tierra nuestra" cuenta con tres ediciones: la primera de 1921 publicada por el autor. La segunda, editada el año 1960 por la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, a propósito del año cuatricentenario de San Cristóbal. Y la última del año 1970, una edición de la Presidencia de la República como parte de la celebración del centenario del nacimiento del autor.


El Reverendo Padre Pedro Pablo Barnola, ilustre y eminente Director de la Academia Venezolana dé la Lengua, correspondiente de la Real Española, escribió en el magnífico prólogo que redactó para la edición de "Tierra Nuestra", de Samuel Darío Maldonado, publicada por la Presidencia de la República, con motivo del centenario del nacimiento de aquel ilustre escritor, las siguientes palabras: 

"Pero una de las cosas que sí parece muy clara es que poseía un conocimiento y una práctica admirables de la lengua castellana. Tal vez sea uno de los aspectos más importantes que deba prestarse a un estudio detenido de las páginas de este libro... Fue generoso en el uso de los términos criollos, tanto de los que él llama provincialismos -voces populares de legítimo uso, aunque entonces no registradas en el Diccionario-, como también de palabras originarias de nuestras diversas lenguas indígenas... 
Y todavía queda otro notable filón de gran interés cultural y lingüístico: 
el concerniente a los refranes, adagios y dichos populares, no pocos de pura extracción criolla, los cuales acuden con increíble facilidad a la pluma de Maldonado, y matizan muy expresivamente muchas de sus páginas. Ojalá que esta reedición de Tierra Nuestra despertara en algún estudioso de estas materias el interés de recoger, catalogar y estudiar esta parte del tesoro de nuestra sabiduría popular, de nuestro refranero, contenido en estas páginas".

Aunque sin méritos en el campo filológico Y lingüístico; me he atrevido a corresponder a la insinuación del Padre Barnola en lo que atañe al material léxico y al de los decires y· refranes de Tierra Nuestra, de Samuel Darío Maldonado. Cuidadosamente he seleccionado ese precioso material lexicográfico con el propósito de analizar cada palabra y buscarle su posible etimología, así como al refranero y a los decires su procedencia histórica.  Aspiro a contribuir con este trabajo al conocimiento y significado de muchas palabras criollas,  especialmente las de uso en los Andes venezolanos, pues como el propio Padre Barnola lo dice en su prólogo: 

"Es posible que algunos de éstos y otros vocablos estén en uso en el habla tachirense, tan rica en voces castellanas poco conocidas en otras regiones. de Venezuela".

Caracas, junio de 1972.
TULIO CHIOSSONE


En Ureña, Táchira, Venezuela, nació el 7 de febrero de 1870 un hombre que marcaría la historia venezolana: Samuel Darío Maldonado Vivas. Médico, escritor, antropólogo y reformador social, su vida fue una constante búsqueda por el conocimiento y el progreso del país. 🩺📚
Graduado como Doctor en Ciencias Médicas en 1893, llevó su talento desde los hospitales del Táchira y Cúcuta hasta los más altos cargos del Estado. Fue Ministro de Instrucción Pública, fundador de la Oficina de Sanidad Nacional, gobernador del Amazonas y Delta Amacuro, y senador de la República. Su visión moderna sentó las bases de la salud pública y la educación venezolana. 🏛️✨
Pero también fue un intelectual brillante y pionero de la antropología, apasionado por el estudio de los pueblos indígenas y autor de obras que dejaron huella, como Tierra Nuestra (1920), donde mezcló poesía, reflexión y ciencia. 🌿✒️
Falleció en Caracas el 6 de octubre de 1925, a los 55 años. Su legado sigue vivo como ejemplo de vocación, sabiduría y servicio a la nación. 💫
🎧 Conoce su historia y descubre por qué Samuel Darío Maldonado fue mucho más que un médico: fue un hombre adelantado a su tiempo.


VER+:











Tierra Nuestra Samuel D Maldonado 1920 by juan.carlos.ramirez


Lexico Refranero Tierra Nuestra by LESTER-RUBIO


jueves, 2 de octubre de 2025

LIBRO "DEFENDER LO QUE SOMOS": LAS RAZONES DE NUESTRA IDENTIDAD por DIEGO FUSARO 🙋 👣


DEFENDER  LO  QUE  SOMOS:
LAS  RAZONES  DE 
 NUESTRA  IDENTIDAD 

DIEGO FUSARO

Ya Pier Paolo Pasolini había calificado el nuevo poder globalista como «el más violento y totalitario de la historia, pues cambia la naturaleza de la gente, entra en lo más hondo de las conciencias». Y no es ninguna casualidad que llegara a hablar, con lúcida clarividencia, de «genocidio cultural». Enmascarada tras una fachada de multiculturalismo, que no es más que la repetición sin fin del mismo modelo políticamente correcto, la civilización global en la que vivimos no acepta, de hecho, las diferencias. Admite solo un perfil: el del consumidor desarraigado, indistinguible de los demás, sin identidad ni espesor cultural. 
En palabras de Diego Fusaro, el globalismo se basa en la inclusividad neutralizante: «en nombre del mercado unificado obra para que cada entidad se transforme en una mercancía que circula libremente, sin fronteras políticas o geopolíticas, morales o éticas, religiosas o jurídicas». En esta visión distorsionada, toda tradición se sacrifica en el altar del falso progreso, que no necesita contar con «pueblos arraigados en su historia y en su tierra, ni subjetividades con identidades fuertes y capaces de oponer resistencia, sino consumidores con un yo mínimo y narcisista, con identidades líquidas, gadgetizadas y efímeras». Compradores indistinguibles a los que se les puede vender la misma ilusión en todas partes. 
¿Cómo podemos oponer resistencia a esta «heterofobia» imperante? Recuperando y defendiendo el valor de nuestra identidad, que se define solo dialogando con las diferencias del otro. En este ensayo agudo y provocativo, la voz crítica de Diego Fusaro nos invita a reivindicar nuestras raíces; a reeducarnos –y a reeducar sobre todo a los más jóvenes, condenados a un futuro precarizado que corren el riesgo de aceptar inadvertidamente–, a exigir un futuro menos indecente que aquel que solo nos ve como una mercancía entre las mercancías.

Diego Fusaro, el pensador italiano, parte de una premisa que recorre todas sus obras. La lógica liberal lleva la destrucción de cualquier comunidad humana al eliminar los vínculos de la persona con su país, su fe y su familia, reduciéndole a individuo aislado al promover su conversión en puro consumidor: una identidad reconstruida sobre el intercambio mercantil. Y en su descripción y denuncia, el autor utiliza términos de forja propio que ya identifican sus textos. Como «turbo capitalismo» para hablar de la última etapa del capitalismo financiero que nada crea y «precariado». Para referirse a la principal de las nuevas cualidades impuestas al nuevo proletariado. Término este del que ha intentado apropiarse la estirpe de los podadores morados que lo abandonan al constatar que Fusaro no vira exclusivamente a la izquierda y no le hace ascos a las colaboraciones con la Casa Pound, anatema woke. Fusaro, al igual que defiende las virtudes perdidas de la izquierda como la solidaridad y la lucha horizontal, también reivindica en sus obras valores de la burguesía como la religión y la familia y eso no se lo perdonan otros hegelianos más encorsetados que abandonaron a Marx atraídos por el materialismo cosmopolita, léase «el dinero». 

En la nueva lucha, la burguesía de izquierda, habiendo traicionado al pueblo trabajador, necesita un conflicto progresista de sustitución que no ponga en peligro al poder del dinero, su nuevo aliado; es una burguesía sumisa al poder del capital sin fronteras con una mentalidad cosmopolita completamente ajena al pueblo.

Fusaro defiende entonces la identidad como factor de resistencia frente a la homogeneización uniformadora del capitalismo. Y critica sus dos principales enemigos. Por un lado, el idealismo particularista de Narciso y el cosmopolitismo abstracto de Eco. Narciso no reconoce lo universal humano, sino solo su propio particular, son los nacionalismos regionales que debilitan la soberanía de las naciones. El segundo, el de Eco, no admite lo particular histórico. Solo reconoce lo universal cosmopolita: el individuo sin fronteras, desprovisto de identidad y portador exclusivamente de derechos civiles, individualizados y funcionales al consumo. 

Acusa al libertarismo regresivo porque solo reconoce su propia particularidad concreta y al cosmopolitismo mercantilista porque solo reconoce lo universal abstracto. Los que defienden la mente abierta en realidad quieren decir vacía, en palabras de Fusaro, dispuesta a ser redefinida. El autor defiende que sin fronteras no puede existir la identidad. La diferencia es la base misma de la existencia. Lo que supone siempre la pluralidad de identidades no coincidentes y por tanto, separadas unas de otras. Porque sin identidad tampoco puede existir la relación, que, en esencia, es una relación entre identidades con límites precisos.

En nombre de la libre circulación de mercancías, el discurso cosmopolita tiene como premisa fundamental la demolición de toda frontera y de todo límite. Esto determina la invasión y la pérdida de referentes, es decir, la ocupación integral del mundo y de las conciencias de los pueblos por parte de un mercado planetario. Y del nihilismo de la forma: la mercancía. En ese espacio global en que todo circula sin obstáculos, las fronteras desaparecen, también las demarcaciones. 

¿Qué diferencia las realidades sin ellas? Todo se vuelve indistintamente lo mismo. Lo indistinto cuantitativo, que es reemplazable serialmente. 
Lo universal concretado, al decir de Heidegger, como «la ausencia de patria», el desarraigo. La homologación planetaria. Fusaro concreta su crítica en la Unión Europea a la que acusa de autocracia tecnoburocrática que favorece el desplazamiento de los centros de toma de decisión desde los parlamentos nacionales a los organismos postnacionales privados de Europa como el Banco Central Europeo. ¿Que buscan? Se pregunta y contesta: Identidades amorfas e intercambiables vaciadas de todo contenido nacional, religioso y social.

Sin frontera, remarca Fusaro, no puede existir la identidad. Y llama por ello a la revuelta contra el orden fundado en el auto vitalismo de lo mismo. Un totalitarismo perfeccionado de múltiples partidos rebajados al rango de reproducción en serie del partido único. Defiende el italiano que la identidad es plural. Puesto que las manifestaciones históricas, culturales y lingüísticas de la naturaleza humana son múltiples. Define la identidad como la lealtad a un proyecto, cuyos fundamentos se basan en su origen histórico. Vinculada esa identidad al rol social y a la lengua, a las costumbres y a la religión, a la nación y al territorio. La confrontación con la diferencia, el otro, permite pensar la identidad, lo propio.

Fusaro forma parte por derecho propio de las plumas más interesantes del momento en Europa.


VER+:


jueves, 29 de mayo de 2025

ANTES DE NACER, YA ERAS LUZ... DESDE SIEMPRE... ✨


¿Dios nos da un alma 
aun antes de nacer?
¿Sabía Dios todo acerca de nosotros antes de que naciéramos? ¿Él nos dio nuestras almas en un momento específico? ¿O es parte de nuestro nacimiento natural?
"Y formó el Señor Dios al hombre del polvo de la tierra, 
y sopló en su nariz aliento de vida; 
y fue el hombre un ser viviente". 
Génesis 2:7 

El Espíritu que Él inspiró en nosotros era eterno. Así que nuestra carne es temporal, pero esa parte de nosotros que Él inspiró es eterna. No existíamos como humanos, pero hay una parte de nosotros que sí existía como parte de lo eterno.

Sí, Dios conocía todo acerca de nosotros incluso antes de nuestro nacimiento. De hecho, él nos dio la vida, y estamos aquí porque él nos creó y permitió que viviéramos. La Biblia dice: «Antes de que yo te formara en el vientre, te conocí» (Jeremías 1:5).

Además, es importante recordar que Dios no sólo hizo nuestro cuerpo y nuestra mente (a través de los procesos naturales que él creó), sino que él también nos dio nuestra alma o espíritu, que es la parte de nuestro ser que es capaz de conocer a Dios. No solo somos cuerpos y mentes; si así fuera, seríamos como cualquier otro animal (aunque único debido a nuestras habilidades). Nosotros también fuimos creados a imagen de Dios.

La Biblia ciertamente implica que nuestras almas nos fueron dadas desde el origen. Cuando María, la madre de nuestro Señor, visitó a su prima Isabel, el bebé que estaba creciendo en el vientre de Isabel respondió: «¡Tan pronto como escuché tu saludo, la criatura saltó de alegría en mi vientre!» (Lucas 1: 44).

¿Por qué esto es tan importante? 
Primero, nos dice que toda vida humana —incluidos los que aún están en el vientre de su madre— es sagrada a los ojos de Dios y que no debe ser destruida livianamente. 
Segundo, ¡nos dice que Dios quiere que todos lo conozcamos y tengamos una relación con Él! Dios nos ama y desea venir a nuestras vidas y comenzar a cambiarlas desde dentro hacia fuera. 
¿Está sucediendo esto en tu vida? 
Es posible, cuando abres tu corazón y tu vida al hijo de Dios, Jesucristo.



En primer lugar, diré que esto es una pieza de opinión, simplemente mis pensamientos mientras medito o pienso en las escrituras (la verdad). Efesios dice que Dios nos conoció antes de que naciéramos y Jeremías dice que Dios nos formó en el vientre y ya nos conocía.

Eclesiastés dice que el espíritu del hombre vuelve a Dios sin importar qué. Este es realmente el único buen argumento para algún tipo de universalismo que sea realmente razonable. Creo que todos estábamos en el padre como luz y Él es el padre de las luces y creo que hay una buena posibilidad de que hayamos elegido nacer en la tierra y pasar por esta vida. Creo que nuestras personalidades son solo piezas de la personalidad del padre y Dios nos dio a todos dones dentro de nuestro espíritu para amar y servir a los demás. Son las elecciones que hacemos con nuestras acciones y reacciones en la vida las que dan forma a nuestra alma, que es como nuestros deseos, esperanzas, sueños, emociones, reacciones y acciones. Somos un espíritu, esto es lo que somos y tenemos un alma. Está escrito que Dios nos dio aliento de vida y luego nos convertimos en un alma viviente. Creo que somos creados a imagen de Dios y el alma es el padre, nuestro espíritu es el Espíritu Santo y nuestro cuerpo es Jesús.

Creo que cuando pasamos, nuestro espíritu regresa al Padre de las luces, de los espíritus y nuestra alma es juzgada por nuestro amor. Aquellos que aman la maldad, el egoísmo de algún tipo y irradian luz oscura van a los infiernos y aquellos que aman la bondad y el amor mismo van a los cielos en algún lugar. Estoy bastante convencido de que todos estábamos en el Padre de las luces como luz antes de venir a la tierra y que elegimos venir aquí. He escuchado testimonios de personas que han sido llevadas al cielo que hay pequeñas luces entrando y saliendo del padre, casi bailando dentro y fuera de Él, diciendo que queremos nacer de nuevo, queremos nacer de nuevo, deseando venir a ser parte de todo esto.

Creo que las escrituras son puramente espirituales, entendidas solo por revelación en el Espíritu Santo, pero estamos tan arraigados en la carne de nuestros cuerpos que todo lo que podemos comprender son las interpretaciones literales físicas de la palabra, que son los niveles más básicos de la palabra. Veo que el miedo es la cosa número uno que nos mantiene alejados de los niveles más altos del significado de la palabra, es decir, que tememos ofender a Dios, por lo que no exploramos de la manera que necesitamos. Muchos no son espirituales en absoluto y temen cualquier cosa demasiado espiritual y la demonizan rápidamente, o muchos son un poco espirituales pensando que son más de lo que realmente son y realmente no tienen la experiencia suficiente para no estar involucrados con espíritus oscuros pensando que son de la luz.

Entonces, básicamente, creo que estábamos en Dios y conocíamos a Dios hasta cierto punto antes de elegir venir aquí a través del nacimiento y necesitamos volver a entrenarnos para dejar de enfocarnos en los sentidos externos e ir hacia adentro a nuestros espíritus y conocerlo.

Antes de nacer, ya eras luz: el origen del alma según la Biblia

Hubo un tiempo en que tú no tenías nombre, no tenías cuerpo, ni historia, ni heridas, ni sombra; solo eras la luz antes de la forma, eras la melodía antes del sonido, eras alma, una chispa danzando en la vastedad del ser, un pensamiento divino, aún sin palabra, un susurro en el corazón del Eterno y, aunque ahora no lo recuerdes, aunque el mundo te haya cubierto de identidades, urgencias y ruido, tu alma aún lo sabe, sabe de dónde viene, sabe lo que es, sabe lo que vino a hacer aquí, aunque tú lo hayas olvidado.

La pregunta no es si tienes un alma, la pregunta es qué eres tú cuando no eres nada de lo que el mundo te ha dicho, porque si el alma no nace con el cuerpo, si no fue tejida en el vientre, sino más allá del tiempo, entonces, nada de lo que crees que eres, es el principio. El principio está antes mucho antes, cuando eras luz, cuando eras uno.

Hoy abriremos el Génesis, pero no como historia del mundo sino, como revelación del alma, iremos al Midrash, a la Cábala, iremos a Job, a Isaías, al salmo que llora desde lo hondo y encontraremos la misma llama que aún arde en ti.  Verás que no estás perdido, solo estás dormido y, que el alma no necesita aprender, solo recordar, porque tú no eres el barro, eres el aliento; no eres el olvido, eres el fuego; no eres este instante, eres la eternidad misma viviéndose a través de una forma. 

Entonces Yahvéh Elohim formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida y, el hombre se convirtió en alma viviente. 
Hay un detalle que suele olvidarse, el texto no dice que Dios creó el alma en ese momento, dice que sopló en él el aliento de vida, el aliento ya existía, venía de Dios, de su propia esencia, ese aliento en hebreo Ruaj o Neshamá es la chispa del infinito, es espíritu, conciencia, fuego sutil. En hebreo Ruaj significa viento pero también espíritu. Ruaj Elohim es el mismo aliento que flotaba sobre las aguas al comienzo de la creación (Gen 1,2). Neshamá, en cambio, se usa para designar la parte más elevada del alma, el soplo que viene directamente del Ein Sof, el infinito incognoscible en la tradición cabalística. Y aquí ocurre algo sagrado, Dios no solo forma, Dios insufla, comparte su propia vida.

La cabalá enseña que el alma humana no es una creación separada sino, una emanación de la luz divina, como una chispa que salta del fuego sin perder su naturaleza ardiente.
El libro de Job lo confirma con una voz aún más íntima "el Espíritu de Dios me hizo y el aliento del todopoderoso me dio vida" (Job 33,4). No dice me creó, dice me dio vida como quien enciende una vela con otra. La llama se transfiere pero la fuente original no se apaga y. aún más profundamente en el libro de la Sabiduría dice "no reconocieron al que los formó, al que insufló en ellos alma activa y puso en ellos espíritu vital" (Sab 15,11). Cuando lo entendemos así, todo cambia, ya no eres solo un ser con alma, eres un alma que habita un ser.

Ya no eres una casualidad biológica, eres un pensamiento eterno encarnado. Y si ese aliento que vive en ti viene de lo divino, entonces tu vida tiene un origen sagrado, entonces tu respiración no es solo física sino también, una liturgia, una oración inconsciente que te recuerda con cada inspiración: "vengo de la luz". Y si comenzaras a vivir sabiendo esto y si cada vez que respiras te recordaras que no eres el barro sino la chispa.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

LIBRO "LABOR VENEZOLANISTA": VENEZUELA, LA CRISIS Y LOS CAMBIOS y "TEXTOS ESCOGIDOS" por ALBERTO ADRIANI, DEFENSOR DEL ALMA VENEZOLANA

VENEZUELA, LA CRISIS Y LOS CAMBIOS
"La tierra que dio a Bolívar, Bello, Miranda, Sucre, y tantos hombres superiores, está llamada a grandes destinos y no equivocará esta vez su camino. 
El pueblo Venezolano demostrará que tiene mejor sentido que estos vendedores de humo y falsos profetas, que habrán perdido el tiempo, que nunca pudieron ni supieron utilizar con provecho".

Alberto Adriani (1898—1936), no publicó ningún libro. Pero desde su adolescencia comenzó a llenar con sus reflexiones cuadernos escolares primero y después gruesas libretas. Estos apunten permanecen inéditos y, excepción hecha de alguno que otro trabajo concluido, son apenas ideas esbozadas con miras, seguramente, a un futuro desarrollo. Estas anotaciones son vivo reflejo de la esclarecida inteligencia y recia voluntad de este venezolano, hijo de italianos, nacido en un apartado rincón de las montañas merideñas". 
Al igual que Sócrates, este venezolano ejemplar no tuvo necesidad de publicar en libros sus ideas, pero las transmitía de una manera tal, que nunca necesitó de ese tipo de publicaciones para difundirlas. Fueron otros quienes se encargaron de hacerlo". ARMANDO ROJAS

En su conferencia "Progresos democráticos de la América Latina", editada en la revista del Centro de Estudiantes de Derecho, el 14 de junio de 1919, el joven pensador sostiene: 
El mundo ya no espera nada trascendental (...) del futuro de las civilizaciones milenarias de occidente (...) sólo queda (...) la redención que preparan las nuevas combinaciones de civilización que se elaboran en este Nuevo Mundo latino, en esta América providente que acogió en buena hora los más altos principios de democracia, y (...) el definitivo predominio de los principios de la Revolución Francesa. Buscamos en el futuro fórmulas universales de vida (...) seguros de que esa combinación triunfante saldrá de América. Sólo el hombre americano, amasado con la sangre de todas las estirpes, fecundado con la obra de todas las razas y de todas las civilizaciones, puede elaborar la síntesis de esa pan-civilización futura (...) la humanidad verá el asombro de un nuevo mundo espiritual (...) Sin fanatismos tenaces, se puede afirmar que América practicará la democracia virtual, la democracia efectiva y completa.

Alberto Adriani puso todo sus esfuerzo y entusiasmo en impulsar los cambios que necesitaba el país, entendió −a diferencia de algunos de sus contemporáneos−, la urgente necesidad de modernizar la administración, la distribución de la riqueza y la necesidad de aumentar la producción nacional. El propio Arturo Uslar Pietri − compilador junto con Diego Nucete Sardi del conjunto de textos que forman este libro− señala que fue visto con desdén por los burócratas del momento cuando lo nombraron ministro de Hacienda. Pocos notaron la insistencia de este hombre que desde muy joven pareció entender el papel fundamental que jugaría a la muerte de Juan Vicente Gómez. Sus ensayos están escritos con la finalidad de advertir, señalar y prevenir los cambios necesarios que debían realizarse, al tiempo que advierte acerca del costo que se pagaría en caso de no hacerlo. Reunidos en seis capítulos, los ensayos de Adriani reflexionan sobre los procesos de inmigración en Venezuela, la economía cafetalera, la política monetaria y la economía en general. La edición que aquí se presenta, la secta, conserva los prólogos de las anteriores y recoge parte de las cartas y otros documentos con que el libro se ha fue nutriendo a través de los años.
Alberto Adriani. Economista, diplomático, escritor y político nacido en Zea, Mérida, en 1898. Se formó en Venezuela, Estados Unidos y Europa. Fue secretario de la delegación de Venezuela en la Sociedad de las Naciones. Fue ministro de Agricultura y Cría; fundó la revista El Agricultor Venezolano; cofundador del movimiento ORVE; ministro de Hacienda Pública Nacional; colaborador de la revista Cultura Venezolana y del Boletín de la Cámara de Comercio de Caracas. Murió en Caracas en 1936. Labor venezolanista, libro póstumo publicado por primera vez en 1937, recoge sus artículos y ensayos.
Introducción
De la Primera Edición
Arturo Uslar Pietri

Este no es un libro organizado, escrito para libro por un literato. Es mucho más. Es un libro orgánico escrito, casi con su propia vida, por un hombre. Esta es la hoja de temperatura de esa pasión venezolanista que se apoderó del alma de Alberto Adriani desde que asomó su inteligencia al panorama de la tierra, y que tan viva y pertinaz fue que todavía, después de su muerte, vibra y batalla. 

No era la suya la pasión palabrera o el amartelamiento insípido de aquellos para quienes la Patria es solo un motivo de oratoria. Nunca pudo embriagarse de esa gloriola fácil quien tenía los ojos abiertos ante el desastre y buscaba interpretar las oscuras señales del destino colectivo. Su pasión era la de conocer por la identificación y de salvar por el conocimiento. 

Cuando, todavía adolescente, Alberto Adriani comienza a disciplinar su inteligencia, ya tiene el tino profundo de los hombres responsables. El no irá, como otros compañeros, a refugiarse en el cultivo de una literatura pálida, tampoco era de los que se drogan con sueños e ilusiones para olvidar la realidad. Comprendió, con la primera ojeada, que los males de Venezuela arrancaban de más hondo y de más lejos que del personal transitorio que ejercía el Gobierno, que nada se lograría con un cambio de hombres. No se podría hacer una Venezuela distinta, sino con un venezolano distinto. 

La fórmula para obtener esa trasmutación fue el acicate de toda su existencia. A lo largo de estas páginas, escritas en todas las épocas de su vida, resuena el angustioso jadeo de esa búsqueda. Era el hombre que voluntariamente, y en silencio, se había cargado con el destino de un pueblo y se negaba el derecho a descansar. 

De su Mérida nativa, donde lo asfixia el ambiente arcaico, pasa a Caracas en busca de la Universidad. Lo que encuentra es la fábrica de doctores y leguleyos. El buscaba maestros que lo enseñaran a conocer y a comprender a Venezuela y a su tiempo, y encontraba códigos, pandectas, excepciones dilatorias, nociones de derecho quiritario. Cuando se estudiaba la definición romana o francesa de la propiedad, no había quien le dijese cómo poseía el hombre de las llanuras, ni qué estructura social nacía del sistema de los conucos. Oía estupendas lecciones sobre las personas físicas y jurídicas, pero nadie le hablaba de los tremendos problemas de raza, educación y sanidad que condicionan el destino de Venezuela. Por la noche, en su alcoba de estudiante, escribía en su libreto íntimo un programa de Gobierno: “Protección para el que trabaja, queremos levantar de sus ruinas la industria y el comercio; queremos dar un impulso gigantesco a la instrucción; favoreceremos la inmigración que ha de traer a nuestras playas gente robusta de cuerpo y espíritu que levante nuestra raza que decae o se estaciona; tendremos ferrocarriles, construiremos carreteras, impulsaremos nuestras comunicaciones marítimas, para que por mar y tierra transite sin tropiezos la riqueza nacional. Adonde no llegue la iniciativa individual, allí estará la del Gobierno”. Afuera ardía la noche tibia incitando al devaneo, a la pereza y a la facilidad, ignorando aquella vigilia única y tenaz. 

Después va a Europa. Pasa en Ginebra unos años de extraordinario aprendizaje. Entonces sí ha encontrado maestros que le hablen de las cosas que él siente vivir. Concurre a las facultades de ciencias económicas y sociales y comienza a comprender el proceso de la historia de una manera distinta a la concepción heroica de nuestra historia oficial. Mientras aprende a penetrar las claves decisivas de la economía, curiosea en las vecinas dependencias de la Sociedad de las Naciones y mira a los prohombres de la hora intentar la construcción de un nuevo destino para el mundo. 

El momento es extraordinario y excitante. En todos los pueblos se inician nuevas formas de vida. Walter Rathenau, personifica en Alemania un tipo humano que lo fascina. Asoma en su Italia paterna la totalitaria tentativa del fascismo. Observa, estudia, toma rápidas notas, y entre ratos mira hacia su Venezuela indiferente que parece exhausta, sentada a la orilla del camino por donde pasan los otros pueblos hacia la conquista del poderío y de la felicidad. 

Su tierra atrasada y perezosa lo hostiga y le duele como una angustia física. Ya no tiene sosiego. Envía artículos sobre la actualidad mundial llenos de un detonante entusiasmo por la energía constructiva. Pasan y caen. Anota en su cuaderno: “Será necesario aprender la actividad verdaderamente eficaz, hacer pragmáticas todas nuestras potencias. Será necesario, sobre todo, hacerse una naturaleza realizadora, que haga las cosas, aun cuando las haga mal como aconsejaba Sarmiento”. 

De Ginebra pasa a Londres, de Londres a Washington. En todas partes se le ve en las universidades, en los Congresos, en los archivos, estudiando estadísticas, memorias, libros, cultivos, transportes, monedas, migraciones, buscando la explicación de la grandeza de los pueblos. 

Se prepara y se amerita para desempeñar mejor la gran misión que, en lo secreto de su corazón, le ha confiado Venezuela. Parece querer contar con todas las armas para cuando llegue la hora terrible de encararse con la realidad y vencerla. Sus cuadernos de notas de lectura dan testimonio de su curiosidad inagotable. Copia al azar los títulos de algunos libros que comenta o cita en una temporada: The earth population possibilities and the consequences of the presente rate of increase of the earth’s inhabitants. Memoria del Ministro de Fomento de Chile. Land Policy, por C.L. Alsberg.

La política agraria en Italia, por A. Serpieri. L’Amérique du Sud, por Pierre Denis. Documents furnished by the Bureau of Reclamation Dept. of Interior Washington. Problemas de la Población en el Japón, Historia de la Civilización Ibérica, por Oliveira Martins. Aportación de los colonizadores españoles a la prosperidad de América. Los trabajos geográficos de la Casa de Contratación, por M. de la Puente y Olea. Selección de Leyes de Indias. The coming of the white man, por Herbert Ingram Priestley. The colonization of North America, por H.E. Bolton. The economic development of the British Overseas Empire, por L.C. A. Knowles. The new colonial policy, por H. Key. Spain in America, por E. G. Bourne. The American Indian, por Clark Wissler. Tropical Holland, por H.A. Van Coonen. The United States and the Philippines, por D. R. Williams. Spain Overseas, por Bernard Moses. The partition and colonization of Africa, por Sir Charles Lucas. The Dual Mandate in British Tropical Africa, por Sir F. D. Lugard. The history of colonization, por Henry C. Morris. La traite négrière aux Indes de Castille, por Georges Scelle. L’Argentina, por G. Bevione, etc. 

Estaba, como en el símbolo de los poetas elementales, tocando con desesperado llamamiento a todas las puertas, pidiendo auxilio para su aventura. Todas las formas del conocimiento podían servir para encontrar la clave. Como en el poema de Whitman, él consideraba todas las partes dignas del canto. 

Cuando al fin regresa a Venezuela ya está presto para saltar sobre la presa. Ya tiene sólido el músculo, rápido el pensamiento y dura la voluntad. Conoce todas las formas en que puede presentarse el enemigo y la manera de vencerlo en cada una. Desde su aldea natal mira acercarse la hora decisiva en que va a entrar al escenario de la actuación pública. Tiene conciencia de la víspera que vive. 
“Llevo una vida campesina, dice en una carta, pero no tan salvaje como pudiera suponerse, y disfruto de una tranquilidad que no podría ser mayor en otra parte. Es bueno aquietarse los nervios”.

Son los años en que la crisis mundial se desborda sobre Venezuela amenazando arruinarla. Desde el extranjero él ha visto aparecer los primeros síntomas, y con una trágica insistencia los ha estado anunciando en artículos, que casi nadie lee o que nuestros entendidos miran con cierta despreciativa superioridad. Es el bachillercito ese que desde Ginebra o desde Washington pretende darle consejos a los potentados cafeteros. Que se atreve a hablar de cosas tan absurdas y descabelladas como la racionalización de la producción, la diversificación de los cultivos, el establecimiento de granjas experimentales, la creación de una sociedad de defensa del fruto. En el inmenso buque de la estulticia de nuestros latifundistas, él corre desesperado anunciando la catástrofe que se avecina. Los precios del café van a derrumbarse, la ruina se acerca espantosamente. Él quiere despertar a los que duermen, alertar a los que no comprenden, pero es en vano, nadie puede ni quiere comprenderlo. Su solitaria angustia recuerda una imagen de tragedia clásica. Tiene momentos dolorosos en que su voz llega al grito. “Venezuela, cuya prosperidad depende tanto del café, debe seguir atentamente las iniciativas que se toman en otros países para establecer la industria cafetera sobre bases científicas”. 
“Una industria cafetera brasileña que mantuviera su prosperidad sobre la base de la técnica científica y de precios mínimos de producción, significaría la ruina de la industria cafetera venezolana”. 
“Nuestros hacendados no parecen darse cuenta de los peligros que se preparan”. 
“La necesidad de reorganizar nuestra industria cafetera debería mover a los conductores de nuestro país al análisis de nuestra agricultura toda entera, más todavía, de nuestra entera economía nacional”. 
“Que nuestros productores de café sigan el buen ejemplo que acaban de darles los de Colombia, Guatemala, Costa Rica y otros países. Pueden estar seguros de que en el porvenir la prosperidad no será un presente, sino el resultado de su propio esfuerzo. La política del avestruz, de las manos cruzadas, no podrá sino ser ruinosa. En todo caso merecería que lo fuera”. 
Cita cifras, alega explicaciones, presenta fórmulas impresionantes, todo en vano. Cuanta amargura se siente en la simple frase que escribe después: 
“La crisis ha llegado y ha sido ruinosa para todos”. 

Desde su retiro de Zea mira al organismo nacional pereciendo, indefenso ante las repercusiones de la crisis. Hay veces en que no puede contenerse, y saltando por sobre la más elemental prudencia dice las tremendas verdades que ya no caben en su espíritu. La publicación de su ensayo “El dilema de nuestra moneda” fue uno de esos gestos audaces. 

Al fin suena la hora. El Presidente Gómez ha muerto. El hambre y la sed venezolanas hallan vía libre para expresarse. Alberto Adriani corre a Caracas en aquellos días tumultuosos, llenos por igual de incertidumbre y de esperanza. 

A poco, fue nombrado ministro de Agricultura y comenzó la terrible experiencia para la que había estado preparándose por más de veinte años. 

Nunca podré olvidar la atmósfera de energía y de confianza que se respiraba en su presencia. Tenía la voz metálica y apresurada y cierta brusquedad en el tono que contrastaba con su afable naturaleza. Cuando comenzó a trabajar en la administración pública lo hizo como un hambriento. Quería multiplicar las horas y los días para rendir la labor que le había sido negada por tantos años. Corrientemente pasaba diez y ocho horas en su mesa de trabajo. 

Pertenecía a esa extraordinaria raza de hombres tónicos que en su presencia contagian una fiebre creadora. A su alrededor solo se veían gentes entregadas entusiastamente a su labor. 

Pronto pasó al Ministerio de Hacienda. Tal vez desde los días de Santos Michelena, no se había sentado un hombre más capaz en el sillón de aquel Despacho. Quienes venían a hablar con el Ministro se sentían un poco incomodados de encontrar aquel joven, algo tímido, pero al terminar la breve entrevista no les quedaba la menor duda de haber estado en presencia de un representante nato de la autoridad.

Los vientres perezosos engordados en los privilegios, los que se habían hecho una industria de las condiciones del atraso venezolano, veían con desconfianza y rabia aquel joven Ministro que había estudiado tanto y de quien no se conocían debilidades. No osaban ni el soborno, ni el halago. Pero sabían que en el Palacio del Ministerio, estaba encendida hasta altas horas de la noche aquella lámpara, como una luz en el puente de mando, y que de allí saldría una Venezuela donde no encontrarían sitio. 

Comenzó la sorda y solapada reacción. Se alegaba que era demasiado joven o demasiado inexperto. Se llegó a acusarle de comunismo, por gentes que no podían comprender hasta qué punto su arraigada concepción espiritualista tenía que excluir el materialismo histórico. Los que no eran sus enemigos por el temor de sus intereses, lo eran por el daño profundo que le hacían la incomprensión y la estulticia. Él no podía admitir que opinasen quienes no sabían; ni que se agitase sin un fin constructivo inmediato; ni que flaquease el principio de autoridad; y menos aún, que en un momento decisivo se perdiese el tiempo en disputas bizantinas sobre temas ideológicos de política abstracta. 

El conocía la historia de Venezuela y sabía cuántas veces los ideólogos, los imbéciles y los agitadores habían contribuido a perderla mucho más que los puros y simples bárbaros. Veía con temor crecer la amenaza de un retorno de la “vieja plaga” leguleya, palabrera v vacía. Perder el tiempo le resultaba sinónimo de traicionar. 

Por aquellos días convulsivos de manifestaciones y algaradas circuló la peligrosa noticia de que el nuevo Ministro de Hacienda pensaba reducir los sueldos y presentar un presupuesto comprimido draconianamente. En horas creció en torno a su nombre una ola de amarga impopularidad. 

En esa ocasión fui a verlo. Acababa de publicar un comunicado de prensa desmintiendo el rumor. Lo encontré inclinado en su escritorio cubierto de papeles. Afuera la batahola de los pedigüeños y los solicitantes se apretujaban contra la puerta. 

Me recibió con su cordialidad seca y cálida. Hablamos de la infame propaganda que se le hacía. Se encogió de hombros con indiferencia y me dijo mirándome de frente, con extraordinaria firmeza: 
“No estoy aquí por intereses personales, ni por conveniencias egoístas, sino porque creo que puedo ser útil, y mientras crea que puedo ser útil. Cuando están en juego intereses nacionales no me arredran las responsabilidades. No me contendrían murmuraciones, enemistades, ni calumnias. Estoy dispuesto a cumplir íntegramente lo que creo que es mi deber”. 
Tenía una idea romana de la autoridad. De su raza italiana le venía, con el gusto hondo por la política, el culto del Estado fuerte. No concebía que pudiera haber ningún derecho contra el de la colectividad representada en el Estado, pero tampoco concebía el Estado como un instrumento de dominación al servicio de un hombre o de una clase, sino al servicio de la mayoría nacional. 

En veces ante la avalancha de sandeces que le llegaba, reía con risa nerviosa y decía por todo comentario: “amigo mío, ante la imbecilidad hasta los dioses mismos son impotentes”. 

Su pasión venezolanista no conocía regiones ni épocas Lo mismo se trasladaba al problema y a la época de los hombres de la primera patria, como se preocupaba por la situación futura del país; e igualmente proyectaba vastos planes de industrialización en la cordillera como hablaba con fe inquebrantable sobre el provenir maravilloso de las altas mesetas de Guayana. Era de la raza de los fundadores de imperios, de esos hombres que viven para transformar y multiplicar la vida circunstante. 

La formidable perspectiva de todo el trabajo que habría que realizar para llegar a transformar la estructura económica y social de Venezuela en lugar de arredrarlo lo exaltaba. En veces hojeando un expediente se tornaba con llano regocijo hacia los que lo rodeaban y decía: “Mis amigos, aquí tenemos trabajo para cinco, para siete, para diez buenos años”. 

Ni los caciques surgidos de una raza contemporánea del Padre Orinoco, ni los hombres que a puro heroísmo ganaron la Independencia, ni los descendientes de los más antiguos colonos, han sido venezolanos, de modo más funcional y sustantivo, que este hijo de italianos. 

El destino acababa de poner en sus manos la palanca con la que podría alterar el ritmo fatal de nuestra historia. La hacienda pública, cuya estructura arcaica contraría y comprime la economía venezolana, iba a recibir la formidable renovación que haría de ella el instrumento de una vasta y decisiva transformación nacional. 

Nuestros ministros de Finanzas habían llegado a la gestión pública obsesionados por un simple criterio fiscal de aumentar los ingresos, constituir reservas y presentar cuentas excedentes. Poca o escasa noción tuvieron de las mil maneras como el sistema tributario canaliza y dirige la actividad económica de los pueblos. 

Para Alberto Adriani, por el contrario, lo esencial era la economía del país y solo concebía la estructura fiscal como un modo de dirigirla y servirla. Pensaba en un sistema de impuestos directos que libertase de las cargas a las clases menesterosas, imaginaba un sistema nacional de crédito, pensaba en una moneda al servicio de las grandes necesidades del país, y no en el país al servicio de los caprichos de la moneda. 

Iba a crear un nuevo concepto de la política presupuestaria y hacer que el erario actuase como la sangre que nutre y fortifica metódicamente las partes vitales del organismo nacional. 

Había comenzado febrilmente por levantar el inventario estadístico de la situación venezolana. Primero era necesario conocer a fondo la realidad antes de emprender la enérgica acción salvadora.

Después vendrían los grandes planes de inmigración y colonización. Millares de hombres blancos y agresivos que vendrían a establecer su salud, su energía, su capacidad de producir riqueza, su ideología y su moral en una patria libre y feliz. 

Llevaba cuatro meses apenas de plenaria actividad al servicio de Venezuela, de comenzar a revelar su formidable capacidad creadora, de tener en las manos el instrumento adecuado para comenzar la obra que por tanto tiempo había meditado. 

Salió del Ministerio en la tarde de un sábado cualquiera. Había estado trabajando y proyectando como todos los días. Al lunes siguiente fue encontrado muerto en su lecho. 

La brutal violencia de su desaparición añadió amargura a la infinita amargura de los que sabíamos todo lo que quedaba negado para Venezuela por aquella boca muda y aquellos ojos cerrados. 

Fue un oficio de duelo y renunciación para las grandes y altas esperanzas que habíamos tendido como velas sobre el presente venezolano. 

Los hombres rudos que luchaban en aquella hora contra las condiciones adversas de una tradición antieconómica, los labriegos de las montañas, los pastores a caballo en las soledades de la llanura, los navegantes de los ríos, los hombres modestos de la clase media, ignoraban la gran promesa que quedaba fallida con aquella muerte. 

Del hotel trasladaron el cadáver a la sala de autopsias del Hospital Vargas, en cuya capilla quedó expuesto todo ese día. 

Para llegar a la capilla hay que atravesar todas las vastas galerías del Hospital, repletas de dolor venezolano, de terribles ejemplos de pobreza y miseria de una raza que languidece. 

Allí vi hombres y mujeres, más pálidos entre las blancas ropas del Hospital, subir las gradas del catafalco y contemplar a través del cristal aquella fría sonrisa que conservaba en la muerte. En sus rostros de gente pueblerina se reflejaba la compasión natural de quien mira malogrado un hombre joven que había alcanzado una envidiable eminencia. Aquella piedad inconsciente venía a ser como el homenaje que rendía la Venezuela maltrecha, enferma y abandonada el hijo insigne que se extinguió luchando por salvarla. 

Aquella fue la verdadera ceremonia nacional de sus funerales, mucho más que la solemne parada en el Capitolio con mil cirios, flores, el Ejecutivo, las altas jerarquías, las erguidas bayonetas de los honores militares y la bandera tendida sobre el ataúd 

No era posible que quienes conocimos a Alberto Adriani y estuvimos junto a él en las más hermosas horas de su esperanzada angustia, nos resignásemos a dejarlo quieto y silencioso bajo su lápida blanca, y a permitir que el murmullo de los filisteos fuese echando paletadas de olvido sobre tan formidable fuerza de vocación venezolanista. 

Venezuela está en una hora decisiva de su vida, casi en esa hora crucial en que los pueblos como los hombres han de responder a la pregunta de la esfinge, a la pregunta del destino con la respuesta de vida o muerte. Es hora de mirar señales y de oír voces dispensadoras de fe. En la plenitud de ese momento la fatalidad selló la voz de Alberto Adriani. 

Quienes no nos resignamos a perderlo, lo hemos ido a buscar en estos escritos dispersos y distintos donde ha quedado un eco de su terrible lucha en busca de la verdad y del camino. El libro que ha resultado carece de coordinación y de método libresco, pero es una obra orgánica, terriblemente viva y suscitadora, capaz de llegar hasta el fondo de las almas venezolanas para hacerlas dignas del tiempo que las aguarda. 

No se ha apagado en estas páginas la viva fiebre en que ardía la mano que las escribió, ni duerme al fin la perpetua vigilia de aquel pensamiento, ni ha encontrado reposo aquella pugna sin tregua por hallarle un sentido venezolano a la vida venezolana. La semilla de esa angustia y de ese combate está latente en este libro, suscitando nuevos soldados para esa admirable aventura que consiste en trocar la propia vida por la faena trágica del destino de un pueblo. 

Este puñado de páginas, que de las manos yertas de Alberto Adriani hemos arrancado sus amigos, sus hermanos, esta obra verdaderamente agónica, en el sentido unamuniano y batallador, la lanzamos como un mensaje a los hombres en quienes, a cada minuto, está naciendo y muriendo Venezuela.

Arturo Uslar Pietri 
Caracas, 1937

alberto adriani textos esco... by Olmos Jenni

TEXTOS ESCOGIDOS

VER+:








LIVE - ¿Qué pasó con nuestros valores? 
LA PALABRA COMPARTIDA