EL Rincón de Yanka: LUZ

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miércoles, 12 de agosto de 2026

EL ECLIPSE SOLAR ES COMO EL DIVINO: 🌕🌞 SE OCULTA SU PRESENCIA POR UNOS INSTANTES: ¡DEJA BRILLAR EL SOL EN TU APAGADA VIDA!

 

EL ECLIPSE DE DIOS


Hemos vivido, pacíficamente durante siglos, la relación entre Dios y el hombre como una convivencia que Dios mismo facilitó para que nosotros pudiésemos acceder a su misterio, que era una forma de comprender nuestro propio misterio. No solo los grandes pensadores, los más importantes teólogos de cada época han trazado una línea de comprensión de Dios desde lo que él mismo nos había revelado a través de la historia de salvación, sino la gente sencilla de nuestro pueblo cristiano ha vivido en los gestos cotidianos esa cercanía de Dios que se expresaba en actitudes, en modos de ver las cosas, en maneras de iluminar cada circunstancia humana en la que el Señor estaba presente.

Sin embargo, esa cercanía, verdadera convivencia entre Dios y el hombre, ha sido paulatinamente enajenada, hasta la más hostil extrañeza, por un proceso secularizador que ha introducido una distancia entre Dios y el hombre. La religiosidad popular se ha visto así desplazada hasta su más honda exclusión, como si Dios estuviese molestando, como un intruso, en las cosas que llenaban nuestros días y nuestros afanes.

Hace ya varias décadas, el filósofo judío Martin Buber, uno de los padres del personalismo, escribió un célebre ensayo titulado El eclipse de Dios. Habiendo nacido en Viena en 1878, tenía en su memoria, de modo patente y patético, el holocausto que los judíos sufrieron a causa de la persecución alemana de Adolf Hitler, que a él le sorprendió en plena madurez humana e intelectual cuando tenía 62 años de edad. Tuvo que exiliarse a Palestina para poder salvar su vida. Morirá en Jerusalén en 1965.

Su obra sobre el «eclipse de Dios» tiene ese trasfondo: cuando Dios desaparece del horizonte humano, cuando su luz queda ocultada y censurada, entonces el rostro de los hombres también se difumina. No en vano, él desarrolló desde la filosofía personalista todo lo que permite que las personas aprendan a vivir conviviendo: es la filosofía del encuentro y del diálogo, en la que tanto y tan bellamente insistió Juan Pablo II siguiendo esa misma escuela filosófica del personalismo a través de los pensadores judíos y cristianos.

No es que Dios haya muerto, como cínicamente propugnaba años antes el alemán Friedrich Nietzsche, sino que a Dios lo han tapado, lo han querido eclipsar, lo han expulsado del paraíso humano, dando la vuelta a la escena bíblica de la expulsión de Adán y Eva en el Edén. Y así decía Martin Buber: «Existe un eclipse de Dios de igual forma que existe un eclipse solar, y la hora que nos toca vivir es una hora de tiniebla». Entonces se entiende que cuando hacemos desaparecer a Dios de nuestro mundo más cotidiano, las cosas ya no tienen en él una referencia moral, y entonces se produce un vacío, una relativización, un nihilismo, donde tantos valores pierden su fundamento, y las cosas no encuentran su justa y respetuosa relación.

En su importante obra El drama del humanismo ateo, el teólogo jesuita Henri De Lubac dejó escrito: No es verdad que los hombres sean incapaces de construir un mundo sin Dios: ya lo tienen. Pero cuando se construye un mundo sin Dios, se hace contra el hombre. 
Y, ciertamente, todas las tragedias que han acontecido en la historia de la humanidad, tienen ese marchamo de la expulsión de Dios de nuestras vidas, de su eclipse calculado y sentenciado, que termina por destruirnos de tantos modos.

Pero también en nombre de Dios se han cometido verdaderas locuras que han destruido a los hombres como no pocas veces ha sucedido. No se trataba de un Dios auténtico, sino de una coartada, un pretexto, una extraña complicidad, por la que se le vestía con nuestros uniformes, se le abanderaba con nuestras enseñas, se le pertrechaba con nuestras armas, y se le hacía cómplice de todas nuestras corrupciones. Ese dios, por ser falso, ha contribuido también a la construcción de un mundo contra el hombre.

A pesar de este reto cultural en el que nos encontramos, debemos afirmar que hay un camino siempre abierto de parte de Dios hacia el hombre, que viene a encauzar los mil caminos que el hombre ha querido abrir en su acceso al mundo divino, y que es infinitamente mayor que todos nuestros eclipses, cerrazones y relativismos. Esta es la afirmación humilde y audaz del cristianismo: la mutua apertura de Dios y del hombre se encuentra en lo que llamamos revelación, porque Dios mismo ha venido a revelarnos su entraña que ilumina nuestro propio misterio. No es una palabra sórdida que Dios pronuncia para nadie, ni tampoco un silencio mudo que el hombre quiere desentrañar, sino el encuentro cabal de esa palabra gratuita que viene al encuentro del silencio mendicante de nuestro corazón.

Es aquí donde la religiosidad popular entra con toda su fuerza y contenido: la de devolver a la humanidad, de un modo sencillo, esa certeza que hace al hombre tomar conciencia de que su vida es querida y mirada por Dios bondadosamente y que, fruto de esa bondad de quien nos contempla, estamos ciertos de que no estamos solos, nuestra vida le importa a alguien que nos cuida y nos acompaña. Aunque los eclipses interesados pretendan ocultar esa mirada de Dios hacia el hombre, y la del hombre hacia Dios, el corazón humano se hace rebelde, y el corazón de Dios se hace tenaz para que el encuentro con él, para el que nacimos, sea posible gozosa y serenamente. Esta es la terapia discreta que nos brinda la religiosidad popular.


ECLIPSE DE DIOS
Dice una leyenda judía que cuando los dos primeros seres humanos rechazaron a Dios el día de su creación y fueron expulsados del Edén, vieron ponerse el sol por primera vez. Entonces quedaron horrorizados, porque no podían entender otra cosa sino que por su culpa el mundo volvería a precipitarse en el caos. Sentados uno frente a otro, lloraron toda la noche y se verificó su conversión. Entonces comenzó a amanecer. Adán se levantó, tomó un unicornio y lo ofreció como sacrificio en lugar de sí mismo.
Toda religiosidad genuina —afirma Martin Buber— está centrada en el diálogo entre un Yo y un Tú eterno y omnipresente. Ese enfoque dialógico se contrasta aquí con algunas de las corrientes intelectuales europeas más importantes del siglo XX —la fenomenología de Heidegger, el existencialismo de Sartre o el psicoanálisis de Jung—, que suponían que los encuentros con Dios eran meramente humanos y negaban la existencia de un absoluto trascendente.

Para Buber, el subjetivismo radical del pensamiento moderno ha resultado en la ceguera espiritual ante la presencia de Dios. La idea del “eclipse” alternativa a la idea nietzscheana de la “muerte de Dios” sugiere que en algún momento la obstrucción a la luz divina cesará y de nuevo será posible el contacto con el absoluto. Así, Buber llegó a ser —según Robert M. Seltzer— la versión moderna de un profeta bíblico con la misión de recordar un mensaje: el oyente debe reconocer que Dios se dirige a él para llegar a ser completamente humano. Ahora, a más de seis décadas de la aparición original de estos ensayos, es tarea del lector contemporáneo determinar cuál ha sido el destino de aquel mensaje en la sociedad contemporánea.

El Sionismo según Buber

Sionismo espiritual: Buber no concibió el sionismo como un nacionalismo político común, sino como un mandato ético y espiritual de renovación judía en la tierra histórica.
Estado binacional: Desde los años 20, abogó firmemente por la paz y la hermandad con el pueblo árabe, proponiendo una república compartida con libre desarrollo para ambas comunidades.
Rechazo a la dominación: Criticó las posturas chauvinistas o de exclusión, exigiendo que la patria común fuera una sociedad ejemplar basada en el diálogo y la justicia y no en el dominio militar.
ECLIPSE TOTAL: la sustitución del Bien por el bienestar. FORJA 358

Todo se convierte en evento, mercancía, producto y contenido que hay que consumir. Y esta es precisamente una de las formas más características de la paganización moderna. No consiste ya en adorar al sol como una divinidad, sino en expulsar al creador para revestir de una aura casi sagrada a la emoción, a la multitud, a la naturaleza, a la Pachamama y al espectáculo. Allí donde una civilización cristiana podía levantar la mirada al cielo y reconocer el orden de la creación y la pequeñez del hombre, nuestra sociedad contempla el mismo cielo como un gigantesco decorado puesto ahí para proporcionarnos unos minutos o unos segundos de excitación.

Ya no se nos invita a contemplar, sino a consumir, no a interrogarnos por el sentido, sino a dejarnos impresionar, no a elevarnos de lo visible a lo invisible, sino a fabricar una imagen que pueda exhibirse en las redes sociales. El eclipse resume así la lógica de unas sociedades de consumo que han desarrollado innumerables mecanismos destinados a mantener satisfechas y entretenidas a las masas.
Drogas, alcohol, turismo, sexualidad desregulada, espectáculos deportivos, plataformas audiovisuales, viajes o compras aparecen continuamente presentados como caminos hacia la felicidad.

Son formas sofisticadas de adormecimiento colectivo. El nuevo opio del pueblo ya no es religioso, sino comercial, tecnológico, psicológico e ideológico. La felicidad queda así reducida a una sensación pasajera desvinculada de cualquier reflexión sobre la vida buena y el fin último del hombre. 

Si durante siglos nos preguntamos qué es el bien y qué perfecciona objetivamente al ser humano, la modernidad contemporánea solo parece preguntarse sobre qué produce más bienestar. Esta transformación constituye una de las mutaciones antropológicas más profundas de toda la historia. 
Es la sustitución del bien por el bienestar. o dicho, con otras palabras, cambiar o poner los bienes mundanos inferiores en lugar del buen orden del bien. 
Es el intento de eclipsar el bien, el buen orden.

sábado, 11 de julio de 2026

👉 EL PROFESOR ESTÁ MÁS SOLO QUE NUNCA, EN SU TAREA DE INSTRUIR por PABLO PÉREZ

El profesor está más solo que nunca, 
en su tarea de instruir

(Y LOS PADRES ESTAMOS MÁS SOLOS QUE NUNCA EN LA TAREA DE EDUCAR)

En el intrigante conversatorio titulado "Ser profesor hoy", el destacado filósofo y educador, el doctor Pablo Pérez, arrojó luz sobre tres aspectos inquietantes que acechan la noble tarea docente, delineando un panorama en el que el profesor se encuentra más solo que nunca en su compromiso de educar.
Pérez, exdecano de la Facultad de Ciencias de la Educación de UDEP y experto en Filosofía y Psicología, desentrañó la complejidad contemporánea del rol del maestro, destacando que en el pasado la familia y la sociedad colaboraban en la labor educativa. Sin embargo, en la actualidad, el docente se enfrenta a una soledad creciente, ya que la familia no desempeña su papel educativo y la sociedad, en cambio, desorienta.
"Tenemos que enseñar nosotros solos, compitiendo con lo que se dice fuera. Por ello, debemos estudiar mucho más", expresó, evidenciando la carga adicional que recae sobre los hombros de los educadores modernos.
En su análisis, Pérez subrayó dos preocupaciones fundamentales. En primer lugar, destacó la escasez de verdad en el mundo actual y la responsabilidad del maestro de buscarla activamente. "Si no la encontramos, nos quedaremos sin profesión; no tendremos qué enseñar", advirtió. El educador, según Pérez, debe dedicarse a descubrir y enseñar verdades fundamentales que sirvan como brújulas para la vida.
"Tenemos que enseñar nosotros solos, compitiendo con lo que se dice fuera. Por ello, debemos estudiar mucho más".
Pérez comparó la tarea del filósofo, que busca la verdad, con la del educador, que tiene la tarea de enseñarla. Enfatizó que la educación no debe adaptarse a la "sociedad líquida" de modas y tendencias, sino centrarse en la búsqueda y transmisión de la verdad, rechazando la mera adaptación a ideologías efímeras.
El filósofo también señaló la preocupación de que la educación priorice los métodos sobre el conocimiento de la verdad. Enfatizó que el método no revela la verdad, simplemente se ajusta a las demandas cambiantes de la sociedad. 
"Hay que preocuparse de que el maestro conozca la verdad; si la conoce bien, siempre encontrará la forma de enseñarla", apuntó.
Pero el análisis de Pérez no se detuvo en la pedagogía. Hizo hincapié en la importancia de que los maestros sean sabios en la comprensión del ser humano y el mundo, permitiéndoles orientar a los estudiantes en los desafíos cotidianos. Subrayó la necesidad de respetar cada etapa de formación y no verlas simplemente como preparación para la siguiente, advirtiendo que lo que se omite aprender en una etapa puede perderse para siempre.
"Hay que preocuparse de que el maestro conozca la verdad; si la conoce bien, siempre encontrará la forma de enseñarla".

Falta humanidad en el mundo

Finalmente, Pablo Pérez concluyó su reflexión con una llamada a la humanidad. En un mundo carente de humanidad, enfatizó la importancia de que los maestros se conviertan en sabios en esta virtud esencial. Remarcó que el maestro debe ser un portador de verdad y amor, pues no hay mejor manera de formar a las personas que hacerlo con amor.
En resumen, la tarea del profesor, según Pablo Pérez, se enfrenta a desafíos únicos en la sociedad actual, que exige más que nunca una búsqueda constante de la verdad y una conexión profunda con la humanidad. 
En su soledad aparente, el profesor se erige como un faro de conocimiento y amor, guiando a las generaciones futuras en un mundo que necesitan más de ambas virtudes.

lunes, 18 de mayo de 2026

CANCIÓN HECHA MAR Y CIELO: "VI LA ISLA EN SUEÑOS" por JOSÉ LEDESMA BATISTA


Vi la isla en sueños | Una canción que no sé explicar… – José Ledesma Batista

VI LA ISLA EN SUEÑOS
JOSÉ LEDESMA BATISTA 

Vi la isla en sueños. Siempre supe que existía. 
Recuerdo lo que dijeron los viejos: el canto del fuego, 
el origen del mar, la voz de la tierra... 
el primer amanecer en el jardín del mundo. 
Ya lo dijeron: El viaje termina justo donde empieza el deseo. 
Donde el volcán..., por fin..., habló con el mar. 

Seguí las estrellas antiguas, busqué la tierra de la bruma, 
seguí la voz del océano, crucé el camino del sol y el viento... me llevó al jardín. 
Cuánta sombra crucé buscando una orilla, 
tantos cielos cargué sin poder dormir, y entonces, al borde del mundo, 
la tarde me dijo: "Lo que has perdido sigue dentro de ti". 
Bellas islas, allende el mar. Lugar que es maravilloso. 

¡Óyelo!, ¡óyelo! 

Mar y cielo, míralos, son los campos elíseos, son... 
Las Afortunadas. Ahí está el Titán, con el cuello de basalto, 
sosteniendo en el azul, en el punto más alto. 
¿Dónde están las tres hermanas? ¿Dónde el oro de la flor? 
Si es mi sangre la de un Drago, ¿por qué siento este dolor? 

No es solo agua, es el llanto de la historia, 
es el precio que se paga de quien busca la gloria. 
Cae la gota, nace el árbol, rojo el drago, blanco el mármol... 
Y de su herida, que el tiempo no cierra, 
brota la savia que abona la tierra. 

Las ventanas gritan ganas de un aroma que perdí, 
del salitre en la mañana y el olor a musgo allí. 
La espuma que se deshace, un sorbo de agua mansa, 
el paraíso es este... donde el alma por fin descansa. 
Bellas islas, allende el mar. Lugar que es maravilloso. 

¡Óyelo!, ¡óyelo! 

Mar y cielo, míralos, son los campos elíseos, son... 
Las Afortunadas. La memoria sigue viva. 
La luz vuelve a mi voz. 
Respirar el Atlántico hasta volverse marea... 
El mar canta... dentro de mí.

domingo, 12 de abril de 2026

EUCATÁSTROFE: EN EL MOMENTO MÁS OSCURO DE LA NOCHE ES CUANDO AMANECE

 


EUCATÁSTROFE: 

EN EL MOMENTO MÁS OSCURO DE LA NOCHE 

ES CUANDO EMPIEZA 

A AMANECER

EUCATÁSTROFE

En el momento más oscuro de la noche...

miércoles, 18 de marzo de 2026

LIBRO "EL CARDENAL PIE": LUCIDEZ Y CORAJE AL SERVICIO DE LA VERDAD por ALFREDO SÁENZ


EL CARDENAL PIE
Lucidez y coraje al servicio de la verdad

"DOS COSAS SON NECESARIAS A LOS HOMBRES: 
LUCIDEZ Y CORAJE. 
LUCIDEZ PARA CONOCER E IDENTIFICAR LA VERDAD. 
Y EL CORAJE PARA SEGUIR LA VERDAD".

"Lo hemos ensayado todo, 
¿Por qué no ensayamos la verdad?" 

El Cardenal Pie, Arzobispo de Poitiers, una de las personalidades más relevarles del siglo XIX, digno heredero de su antecesor San Hilario -el gran contrincante de la herejía arriana en el siglo IV-, vivió una época de intensas controversias doctrinales en la Francia impregnada por la mentalidad de la Revolución francesa. El espíritu de dicha Revolución había penetrado en amplias capas de la Iglesia bajo el nombre de "catolicismo liberal", reeditándose así las viejas pretensiones del arrianismo bajo una óptica diferente. Este libro expone de manera sistemática el pensamiento del Cardenal, centrado en el Señorío de Cristo sobre las personas y las sociedades. Se analiza la naturaleza de la Revolución moderna, los grandes errores doctrinales del siglo pasado: el naturalismo, el racionalismo, el liberalismo, errores que no han desaparecido, ya que siguen permeando nuestra conflictuada época; al tiempo que se con-signan sus ardientes proclamas en pro de una decidida militancia contrarrevolucionaria, emprendida por caracteres recios, absolutamente extraños a aquella cobardía que se enmascara cómodamente bajo el nombre de "moderación" y "equilibrio". Trátase por cierto de un libro de género histórico, pero de acuciante actualidad, merced al cual el Cardenal Pie, obispo de la raza de Hilario y de Atanasio, podrá seguir haciendo escuchar su voz, proclamando verdades de a puño, a modo de clarinadas, que no dejarán de estimular al lector para que ponga por centro de sus luchas a Dios, a Cristo Rey, a la Santísima Virgen. La lectura de esta obra hará "renacer en nosotros el coraje", como gustaba decir el Cardenal.


Prólogo

Para sostener y animar a sus discípulos en medio de las incomprensiones y persecuciones que esperan a todo fiel pregonero de la verdad, San Pablo les exhortaba a buscar la “consolatio scripturarum”. El consuelo de las escrituras no se refiere tan sólo a las enseñanzas de los Libros Sagrados, sino a todo lo que nos ha sido transmitido de la historia y de su pueblo, y lo que la sabiduría y la experiencia de nuestros antepasados pueden enseñarnos para comportarnos rectamente frente a las realidades de nuestro tiempo.

El Cardenal Pie es uno de esos grandes espíritus que tienen mucho que enseñarnos hoy, y es sin duda una obra útil y meritoria hacer conocer su personalidad y su pensamiento. Ha vivido en un período en que se presentaban problemas religiosos, sociales y políticos muy semejantes a los que vivimos ahora. Recuerdo muy bien cómo hace cincuenta años el estudio de las obras de personajes como el Cardenal Pie y el escritor Louis Veuillot nos ayudaba a comprender ciertos fenómenos nuevos para mi patria canadiense pero que Francia había vivido y sufrido varias décadas antes. La perspicacia y el valor de estos grandes pensadores y hombres de acción nos preparaban para reconocer a los enemigos de la verdad y de la religión y para detectar sus maquinaciones, ocultas a menudo detrás de legislaciones o políticas aparentemente dictadas por la piedad o la búsqueda de la paz.

La parte del libro consagrada a la biografía del Cardenal es breve, concisa, pero muy viva y sumamente útil para comprender la substancia y la tonalidad especial de sus discursos y escritos. Muestra la fidelidad del dignatario de la Iglesia a sus ideales de joven ardiente y de sacerdote apostólico, vecino a su grey. Muestra la unidad, la coherencia entre sus convicciones, maduradas en la oración al pie del Santísimo, y sus actividades en favor de la comunidad eclesial y de las instituciones. Muestra también cómo, en todas las etapas de su vida, la docilidad frente al magisterio del Pastor Supremo y una obediencia escrupulosa a su persona, fueron el secreto de la seguridad de Luis Eduardo Pie cuando tuvo que tomar decisiones difíciles y denunciar errores, injusticias y violaciones de los derechos. Fue porque radicaba en una doctrina sólida y profunda que su acción pastoral y social supo ejercerse en las circunstancias más diversas y concretas.

Por otra parte el Cardenal tenía un amor ardiente a Jesús y a su divina Madre, y por eso su amor al prójimo era tal que no podía consentir en que quedara engañado por los sofismas del día o por una noción de libertad que, desconociendo los derechos del Creador, llevara al ser creado a su perdición. El Cardenal, así como la Iglesia misma, no ha pensado nunca que se ama y se presta servicio al hombre dejándolo en la “ignorancia material”.

La parte del libro consagrada al pensamiento de Monseñor Pie ilustra bien la reflexión del autor, a saber, que “Pie no se limita a predicar la verdad sino que la predica bien”. Las amplias citas que lo jalonan nos dan a conocer una persona de cultura excepcional, que a su conocimiento de la Escritura y de la Tradición añade un talento literario y sobre todo un fuego de caridad tales, que le hacen encontrar las palabras más adecuadas para llegar a las mentes y a los corazones.

No quiero quitar a los lectores el placer de descubrir poco a poco las riquezas de la enseñanza de Monseñor Pie. Pero quiero congratularme con el autor por el modo orgánico con que la presenta. Nuestra religión, nuestra fe, no es un andamiaje de atrayentes abstracciones. Es la adhesión de todo nuestro ser a un Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, la adhesión al Señor, Dios y hombre. Se le debe aceptar tal como es, y es el Rey de la creación, tanto por derecho de naturaleza como por derecho de conquista: en la Cruz ha adquirido por su muerte redentora, en cuanto hombre, el derecho que tenía ya como Dios sobre nuestras personas y sobre las sociedades que constituimos. La realeza social de Jesús es un hecho del que no podemos prescindir. El reino del Señor no es como los reinos de este mundo. Es por cierto un reino de amor. Pero, como bien dice Teresa de Ávila, no es porque amo a mi Señor que le debo menos respeto y lealtad.

El reconocimiento de la soberanía de Cristo no es meramente cuestión de palabra. Debe comprometer toda la vida. Y por eso en sus sermones le agrada a Monseñor Pie presentarnos personas que han puesto todas sus fuerzas al servicio del Rey: Nuestra Señora, la Virgen María, en primer lugar; luego los santos que han tenido un gran impacto sobre sus respectivas épocas; y los ministros sagrados, llamados a continuar la obra de los santos.

A veces pensamos que somos nosotros quienes hemos descubierto la idea de que la Iglesia tiene que encarnarse en el mundo de su tiempo. Monseñor Pie, a la vez que propone ante nuestros ojos la figura de diversos santos que han cambiado su mundo, nos indica cómo podemos y debemos hacer en la actualidad para que todas las cosas y todos los días se hagan sagrados en nuestras patrias y en el mundo. Y para ser muy práctico nos enseña cómo el Enemigo de Cristo sabe utilizar los medios más variados, violentos o sutiles, para llevar a los ingenuos o desprevenidos por la senda de la secularización, del humanismo pagano, de las revoluciones materialistas y destructivas.

Espero pues que muchos cristianos, preocupados por la crisis actual, se interesarán por este trabajo apasionante. Sé que una vez empezada su lectura encontrarán motivos de confianza en el porvenir y estímulo para un apostolado bien inspirado en favor del Reino de Cristo.

CARDENAL EDOUARD GAGNON 
Presidente del Consejo Pontificio 
para la Familia Ciudad del Vaticano – 
ROMA 10 de junio de 1987


domingo, 21 de diciembre de 2025

LIBRO Y PELÍCULA "EL VALLE DE LA LUZ" (THE VALLEY OF LIGHT) por TERRY KAY

EL VALLE DE LA LUZ 
(THE VALLEY OF LIGHT)

TERRY KAY

"La verdadera tragedia de la vida 
es cuando los hombres le temen a la luz".

El Valle de la Luz es una película interiorista y bellamente filmada sobre la búsqueda de un joven para dar sentido a sus experiencias y encontrar un nuevo significado a la vida. Si bien esta película trata temas importantes como el suicidio del esposo de Eleanor y la prematura muerte de Mathew, el contenido se maneja con reverencia y sensibilidad. 
El Valle de la Luz se siente como un viaje al pasado, como si fuera una película para televisión, aunque no es tan antigua. La historia sencilla, llena de esperanza y melancolía, me recuerda a algo que habría visto en una aburrida tarde de sábado en los noventa, que es la vibra general de cualquier producción del Salón de la Fama de Hallmark. Eso no quiere decir que sea mala; más bien, me pareció un cambio de ritmo bienvenido considerando que he estado viendo maratones de romances del Canal Hallmark durante la mayor parte del año

La película cuenta la historia de un veterano de la Segunda Guerra Mundial que termina en la zona rural de Carolina del Norte. Noah (Chris Klein) regresa a casa y encuentra a sus padres muertos, a su hermano encarcelado y la casa familiar embargada. Sintiéndose perdido, como si el mundo hubiera seguido adelante en su ausencia, vaga por el campo guiado por arroyos y ríos. Un día, se encuentra con un hombre (Robert Prosky) que lo dirige a un pueblo cercano donde podría encontrar gente que pueda ayudarlo.
Noah ve que los residentes son realmente acogedores, sobre todo cuando descubren que tiene talento para la pesca. Enseguida se encariña con Matthew (Zach Mills), un niño mudo que vive con sus abuelos (Jay O. Sanders y Betty Moyer). Ambos son justo el compañero que el otro necesita. Noah encuentra en Matthew a alguien a quien cuidar y cuidar mientras se readapta a la vida en sociedad. Matthew, mientras tanto, prospera junto a su nuevo mejor amigo, quien le permite aprender y crecer a su propio ritmo. Su vínculo se fortalece al acompañarse en trabajos esporádicos y salidas de pesca, y esta relación empieza a aliviar la soledad de ambos.

NOTA DEL AUTOR

Rara vez voy a pescar, aunque tengo recuerdos (y una foto) de pescar en el pequeño ramal que atravesaba nuestra granja en el noreste de Georgia. Atrapar un pez de un dedo era todo un logro. La verdad es que no tengo talento para la pesca. A veces un poco de suerte, pero ningún talento. Nunca he pescado nada con un señuelo artificial, por ejemplo. Pero tengo un hijo, Scott, que tiene un don extraordinario para pescar. Una vez, cuando era muy pequeño y estábamos de vacaciones en una casa junto al lago, lo vi ir al lago, arrodillarse y colocar la palma de la mano sobre la superficie del agua, como en un ritual de una inocente ceremonia religiosa. Empezó a pescar y a atrapar. Me quedé a su lado. Usé el mismo equipo, el mismo cebo. Pesqué a centímetros de donde él estaba lanzando. No recuerdo haber mordido nada. Ese gesto de tocar la superficie del agua me ha acompañado durante años y es el punto clave de esta historia.

Sin embargo, esta no es una historia sobre mi hijo ni sobre pesca, sino sobre el misticismo del don. Es un rasgo que siempre me ha inspirado: esa persona que, por naturaleza, tenía una forma de hacer algo que, a la larga, era inexplicable, pero a la vez reflexiva. El artista. El músico. El jardinero. El mecánico. El ingeniero. El chef. Cualquier cosa. Siempre he tenido la costumbre de imaginar el escenario de una historia, pero he elegido una zona real para esta propuesta: la región alrededor de Hiawassee, Georgia, y Hayesville, Carolina del Norte. Sin embargo, el valle creado para este propósito —el Valle de la Luz— es puramente ficticio, y los personajes residen solo en mi imaginación.

En esa zona, existe una peculiaridad en la distribución del río Hiawassee. En Georgia, es Hiawassee; en Carolina del Norte, es Hiwassee. Para evitar confusiones entre los lectores y evitar que los editores escriban interrogantes en los márgenes de mi manuscrito, he optado por usar Hiawassee. Digamos que es un prejuicio contra la población de mi estado natal. En esta historia, hay una excelente lubina y mucho bagre. Consideren la obsesión por el bagre como otro prejuicio. De joven, cuando pescaba en Beaverdam Creek y el río Broad, era por bagre. Para mí, el bagre es una criatura noble y, bien preparado, un festín memorable, aunque ahora mi sistema digestivo suele reñirme cuando dejo una de esas maravillosas escamas de pescado de "buffet" que definen la cultura del Sur.


El Valle de la Luz. VOSE.

viernes, 14 de noviembre de 2025

LIBRO "LA ESCUELA DE SALAMANCA": 🔥 CUANDO EL PENSAMIENTO ESPAÑOL ILUMINÓ AL MUNDO por JOSÉ CARLOS MARTÍN DE LA HOZ y LEÓN M. GÓMEZ RIVAS

LA ESCUELA DE SALAMANCA 
CUANDO EL PENSAMIENTO ESPAÑOL 
ILUMINÓ AL MUNDO


El legado de Francisco de Vitoria: 
500 años influyendo en la economía, 
los derechos humanos y la filosofía occidental. 

En 1526, Francisco de Vitoria llegaba a la Universidad de Salamanca. Lo que comenzó como una renovación de la teología terminaría transformando el pensamiento occidental. Sus reflexiones sobre la dignidad humana, la justicia y la economía sentaron las bases del derecho internacional, la ética económica moderna y los derechos fundamentales.

DE SALAMANCA AL MUNDO: CUANDO EL PENSAMIENTO ESPAÑOL REVOLUCIONÓ LA ÉTICA, EL DERECHO Y LA ECONOMÍA

Un recorrido intelectual por la Escuela de Salamanca que revela cómo sus ideas sobre el valor de los bienes, los límites del poder o la legitimidad de la guerra continúan vigentes cinco siglos después. Sus teólogos y juristas desarrollaron principios revolucionarios sobre el comercio justo, la propiedad privada y las relaciones entre estados que configurarían el mundo moderno. A través de un análisis riguroso y accesible, los autores demuestran por qué la Escuela de Salamanca merece ser reconocida como uno de los momentos cumbre del pensamiento español y universal.

LEGITIMIDAD DEL PODER POLÍTICO Y JUSTIPRECIO

Desde su gestación en el contexto de la reforma católica hasta su influencia en el desarrollo del derecho y la economía modernos, los autores analizan figuras clave como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Martín de Azpilcueta, mostrando cómo sus ideas sobre justicia, comercio y derechos humanos se adelantaron a su tiempo y continúan inspirando debates contemporáneos.
La legitimidad del poder político, la teoría del precio justo, los derechos de los pueblos indígenas y las bases del derecho internacional son algunos de los temas fundamentales que se examinan, demostrando la sorprendente actualidad del pensamiento salmantino en un mundo que sigue buscando el equilibrio entre ética y economía.

PRÓLOGO

Madrid, a 28 de febrero de 2025

Con ocasión del quinto centenario, que se cumplirá el año próximo (2026), de la obtención de la Cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca por parte del insigne burgalés Francisco de Vitoria (1483-1546), los profesores José Carlos Martín de la Hoz y León Gómez Rivas nos brindan una obra sobre la Escuela de Salamanca y este prolijo autor, probablemente el iniciador de la misma. En el Centro Diego de Covarrubias no hemos querido dejar de contribuir, material y espiritualmente, a este trabajo tan entroncado en el fondo con la figura de quien tomamos nuestro nombre: Diego de Covarrubias (1512-1577). 

Máxime porque no podemos hablar de vidas paralelas, aunque se desarrollaran en muchos aspectos en el mismo espacio y, en ocasiones, coetáneas, pero sí de vidas consecutivas enlazadas con el testigo que el primero, en cierto modo, pasa al segundo, tal y como pasa en las carreras de relevos. Diego de Covarrubias se formó en Salamanca, donde ingresó para tal fin en 1527, un año después del acceso a su cátedra por parte de Francisco de Vitoria. 
En 1540, el toledano obtendría su Cátedra de Prima en la misma universidad. Así que, durante casi veinte años, apenas unos metros, los necesarios para pasar el testigo del conocimiento, ambos autores corrieron juntos en el estadio, tal y como pasa en las competiciones apuntadas. Y esta competición no se desarrolló ni en un estadio menor, la Universidad de Salamanca, ni en el marco de unos juegos menores. 

Porque la Reforma Protestante, iniciada con la publicación de sus noventa y cinco tesis en 1517, así obligó tras las discusiones que siguieron en los años siguientes al sprint final del Concilio de Trento (1545-1563) por parte del equipo católico, del que formó parte en sus últimos metros (1562-1563) Diego de Covarrubias. 
No cabe duda de que fueron dos buenos relevistas, Vitoria y Covarrubias, que no se desviaron de su calle, la de la razón, y alcanzaron, por tanto, la meta de la Verdad, en una concurrencia de contendientes que resultó más que olímpica. Nos interesan, en el Centro Diego de Covarrubias, todos los fotogramas de tan larga carrera en lo humano y tan corta en la historia. 

Especialmente aquello que nos define como institución y a lo que estos autores prestaron especial atención: la dignidad del hombre, la defensa de la economía de mercado y la de la propiedad privada. Ya en 1517, mientras estuvo en la Sorbona, Vitoria hubo de plantearse, a instancias de comerciantes de Amberes, la moralidad de la actividad mercantil, tan denostada erróneamente en algunos ambientes sociales y eclesiásticos, y de sus consecuencias: el enriquecimiento personal que se manifiesta en la propiedad privada adquirida como consecuencia de su ejercicio. Propiedad que solo puede ser legítima si se adquiere conforme a pautas morales, pues, de otro modo, no deja de ser algún tipo de latrocinio. 
Covarrubias defendió que el derecho de propiedad no solo se extendía al propio bien adquirido, sino a los frutos o rendimientos del mismo, pues de otro modo no tienen sentido los esfuerzos dedicados a su consecución.

El ejercicio de la acción humana como modo, único, de resolver sus problemas materiales está en el mandato del Génesis: 
«Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y no es un mandato colectivo, sino individual, a cada uno de nosotros, como todos los que vienen del Altísimo. 
El Creador nos dio los medios, pero no los resultados; a lo más, un pequeño capital circulante en forma de frutos silvestres con el que se iniciaron los recolectores. A partir de ahí, todo es esfuerzo, ingenio y contención. 

El esfuerzo y el ingenio, que Dios puso en el hombre, aplicados sobre los medios naturales mejoraron, no cabe duda de la situación de éste. Pero hizo falta algo más: 
la contención, fruto de la templanza, para llegar al modo de producción capitalista que tanto ha hecho crecer material y espiritualmente a la humanidad y que ahora los apóstoles del decrecimiento, con sus políticas de la pereza y del consumo inmediato, o gula, pretenden socavar. 

Solo este pequeño catálogo de las virtudes que adornan a una u otra postura nos indican quién está detrás de las mismas. Es por eso que, para nosotros, en el Centro Diego de Covarrubias, es una satisfacción asistir a esta obra de los profesores Martín de la Hoz y Gómez Rivas, sobre el estadio, la Escuela de Salamanca, en el que Francisco de Vitoria inició una carrera exitosa, cuyo testigo fue recogido por Diego de Covarrubias hasta la meta final. Necesitamos ahora, tal vez no nuevos corredores, pero sí aedos que, como en la Grecia clásica, nos relaten las grandes gestas de los antiguos héroes. No cabe duda de que los dos autores lo han sido.

RUBÉN MANSO OLIVAR
Presidente del Centro Diego de Covarrubias

PREFACIO

En el año 2026 se celebrará el quinto centenario del comienzo del magisterio del dominico Francisco de Vitoria (1492-1546) como catedrático de la Facultad de Teología de la Universidad de Salamanca y, por tanto, del inicio de lo que se ha denominado Escuela de Salamanca o también —más recientemente— Escuela Ibérica. En estas páginas vamos a ofrecer una visión algo diferente sobre el pensamiento y los autores de aquella segunda escolástica salmantina: más allá de un descriptor histórico al uso, hemos preferido sugerir otras cuestiones más fundamentales en torno a la filosofía y teología católicas que impregnaron la España y Europa de nuestro Siglo de Oro. 

Agradecemos a la editorial Sekotia que nos haya brindado la oportunidad de publicar una síntesis apretada de la personalidad y de la sabiduría del maestro salmantino, así como una caracterización de las aportaciones de la Escuela de Salamanca a la historia del pensamiento. 
Tal y como está planteado, este libro puede ayudar a estudiantes universitarios o a estudiosos del mundo del derecho, de la historia o la economía, a descubrir a Vitoria y comprobar que sus ideas continúan influyendo en muchos campos del pensamiento, especialmente en la teología, el derecho internacional, la economía o la filosofía política.

Hemos procurado redactar este trabajo siguiendo el estilo de la editorial Sekotia, y en concreto de su colección Biblioteca de Historia: es decir, textos de buen nivel intelectual pero escritos con agilidad, breves, sin notas a pie de página, ni extensas citas o bibliografías exhaustivas. Precisamente, por haber comenzado la Escuela de Salamanca con el magisterio y las clases de Francisco de Vitoria, deberemos referirnos en la introducción al ambiente humanista y renacentista que iluminaba las aulas de la universidad más importante de España en el siglo XVI. 

Asimismo, deberemos recordar el clima de reforma espiritual que se respiraba en España promovido por los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, quienes se habían propuesto sacar a la Iglesia católica de la postración en que se encontraba mediante la reforma de las órdenes y congregaciones religiosas, del clero secular, las hermandades y cofradías o del pueblo cristiano en sí. Como repetiremos, la Escuela de Salamanca tuvo un gran aprecio por la dignidad de la persona humana, sin distinción entre hombre o mujer (pues ambos son igualmente hijos de Dios). 

Además, podríamos añadir que en la reforma de las órdenes religiosas —que sería el primer paso para la tan necesaria renovación de la Iglesia—, Cisneros se encargó de las congregaciones masculinas; mientras que de las femeninas lo haría directamente la reina Isabel, junto a otras mujeres de talla universal como fue santa Teresa de Jesús. En ese clima de renovación y reforma aparecen Francisco de Vitoria y sus discípulos Domingo de Soto, Melchor Cano, Domingo Báñez y tantos más, quienes llevaron la teología y el derecho canónico a su esplendor. Fruto de esa teología fuerte vendría la mística del Siglo de Oro de las letras españolas, muy valorada en el mundo entero. Y todo ello cuajará en la reforma católica que se vertebrará en el Concilio de Trento y cuyo eco ha continuado hasta el Vaticano II como tendremos ocasión de estudiar.

A su vez, las ideas de Vitoria y sus discípulos respondieron a los problemas cruciales de su tiempo: el descubrimiento de América, la ruptura de la unidad de la Iglesia en varias confesiones, la reforma de la Iglesia, el Concilio de Trento, la primera globalización de la economía o las hambrunas en las grandes ciudades de Europa.

Madrid 1 de noviembre de 2024
José Carlos Martín de la Hoz
León Gómez Rivas

INTRODUCCIÓN

La necesidad de la reforma de la Iglesia es un tema recurrente desde los comienzos del cristianismo, tal y como puede observarse en las epístolas de san Pablo o en los Hechos de los apóstoles. Enseguida, ese concepto de la Iglesia siempre necesitada de volver a los orígenes, al cristianismo primigenio, pasará a la primitiva literatura cristiana, como se puede colegir de la lectura del Pastor de Hermas o en la carta del santo padre Clemente a la comunidad de Corinto a finales del siglo I. Igualmente, ese concepto de reforma ha quedado especialmente unido a la etapa en la que la Iglesia obtuvo la libertad, durante el reinado del emperador Constantino en el primer tercio del siglo IV, cuando la situación cambió radicalmente al pasar los cristianos de ser periódicamente perseguidos a poseer carta de naturaleza y libertad de movimientos. 

La entrada masiva en la Iglesia de miles de personas de toda clase y condición en muy poco tiempo, sin apenas preparación bautismal y sin la debida atención personal, produjo una caída en la calidad espiritual: de la Iglesia doméstica se pasó la Iglesia masificada, con muchos analfabetos y pocos libros.

La historia de la Iglesia es la historia de las sucesivas conversiones de los cristianos, y de la búsqueda para construir juntos una sociedad humana y cristiana que lleve a sus súbditos a la salvación, como dice la primera ley del libro de las Partidas vigente en España desde el siglo XIII, tras su promulgación por el rey Alfonso X el Sabio. Precisamente tras el Concilio de Constanza en 1413, se hablaba en todo el orbe católico de la inaplazable reforma de la Iglesia, in caput et membris, en la cabeza y en los miembros. Es decir, que la reforma de la Iglesia en el papado, los obispos, el clero secular, órdenes y congregaciones religiosas y pueblo cristiano era improrrogable. 

Era necesaria una coherencia entre la fe y la vida para que el mensaje fuera creíble y, así, el humanismo y el renacimiento que estaba llegando a las universidades y a las cortes reales de todos los países de Europa, estaba poniendo en el centro de la sociedad la imagen de un cristianismo sincero y humano. A la vez, había muchos síntomas de una fe debilitada por las miserias humanas especialmente en la «Corte Romana», donde en algunos pontificados estuvo llena de mundanidad y de arte refinado, con excesivas fiestas. Había desgraciadamente abundantes sedes episcopales abandonadas en manos de los cabildos, con órdenes y congregaciones religiosas en las que la regla correspondiente se vivía de modo muy relajado; asimismo había abundante clero concubinario, sobre todo en zonas rurales y, finalmente, una cristiandad en la que abundaba «una fe fuerte y una vida rota». 

Se propusieron tres soluciones a la improrrogable reforma de la Iglesia: 
la de inspiración luterana, la humanista y una mal llamada «contrarreforma». Sabemos que ninguna de las tres llegó a triunfar, sino que fue la posterior reforma católica, que se inició en España y que desembocó en la Escuela de Salamanca, la que llevaría al Concilio de Trento las verdaderas respuestas, como se desarrolla en el capítulo correspondiente de este trabajo.

Recordemos entonces las tres respuestas que se produjeron en Europa durante esa época, pues nos proporcionarán el marco histórico más adecuado para poder entender el origen de la Escuela de Salamanca, que es la materia central del libro que deseamos entregar como preparación del V Centenario del magisterio de Francisco de Vitoria en aquella universidad. 
Lutero (1483-1546) La primera fue la propuesta luterana, que comenzó queriendo reformar la Iglesia de su tiempo, y terminaría por reformar la fe cristiana y transformarla en un montón de confesiones en Alemania y gran parte de Europa. 

Como afirmaba el superior general de los agustinos en 2017, en el aniversario de las llamadas «Noventa y cinco tesis de Wittenberg», Martín Lutero habría roto la unidad de la Iglesia y habría dejado sin la fuerza y el consuelo de los sacramentos a millones de cristianos con el paso de los siglos. Indudablemente, los informes que llegaron entonces a la Santa Sede mostraban una honda preocupación, pues Lutero exageraba tanto la fe fiducial que exigía al creyente para salvarse, que eliminaba el magisterio de la Iglesia, la tradición apostólica, los sacramentos, la lucha ascética, las devociones a la Virgen o a los santos y terminaba por dejar solo al hombre con Dios y con la Sagrada Escritura. 

Martín Lutero y, sobre todo, Felipe Melanchton (1497-1560) — quien redacto la Confesión luterana de Augsburgo—, rompieron todas las mediaciones señaladas: magisterio, tradición o sacramentos. 

Lutero dejó al cristiano sin la teología, la liturgia y una ascética de la virtud; es decir, con la sola Scriptura y la confianza en la predestinación. Justamente, el seguimiento de las propias ideas, como si fueran una inspiración del Espíritu Santo a cada uno de los cristianos, terminaría por provocar una división constante en diversos grupos, casi una atomización de la confesión luterana. Años después, llegaría Baruc Spinoza (1632-1677) con su Tractatus teologico-politicus quien, al negar valor a los milagros, terminaría por negar la veracidad de las Escrituras y, por tanto, abandonaría al hombre a su suerte. 

Finalmente, recordemos que, como ha fundamentado el profesor Thomas Kaufmann (el último editor de las obras completas de Lutero en alemán), en realidad Lutero estaba convencido de que el fin del mundo llegaría a mediados del siglo XVI y, por tanto, profetizaba y actuaba contundentemente contra el anticristo, representado por el papa de Roma, tal y como había colegido del Apocalipsis. 

Erasmo de Róterdam (1466-1536) y el Humanismo La propuesta erasmiana era una solución culta al problema de la reforma de la Iglesia, como si todo se resolviera elevando el bajo nivel de formación de las órdenes y congregaciones religiosas, del clero y del pueblo cristiano. Efectivamente, promovía un cristianismo esencialista, interior, que provocara una piedad honda y verdadera y, a la vez, que fuera alimentado por la Sagrada Escritura y los comentarios de los santos padres; pero solo mediante la herramienta de un latín culto, o nuevas ediciones y traducciones cuidadas, acordes con los textos originales. 

Evidentemente, el trabajo era ingente; pero lo abordaron con entusiasmo un buen grupo de humanistas que, con la ayuda de la imprenta, esperaban en pocos años superar la crisis por elevación (aunque en ese camino, los últimos beneficiados serían el pueblo sencillo, en su mayoría analfabeto, al que despreciaban). Pensaron que ese clima humanista del Renacimiento afectaría pronto a las cortes europeas, a sus nobles y gobernantes, a los príncipes de la Iglesia o alto clero, y vendría precedido por nuevas y cuidadas ediciones de los clásicos y con una formación esmerada en los clérigos regulares y seculares. Asimismo, propusieron eliminar en gran parte la teología escolástica y reducirla a la teología bíblica. 

Esta iniciativa tenía mayor solidez que la de Lutero; y además era católica, pues todavía conservaba gran parte de la tradición y del magisterio de la Iglesia. 
Erasmo de Róterdam en su Enchiridium o manual del caballero cristiano, que había sido traducido al castellano por el arcediano del Alcor (eso sí, edulcorando muchos pasajes y suprimiendo muchas de las duras críticas al clero por su falta de disciplina y su profunda ignorancia), produjo revuelos de admiración en España. Para la mayoría sería un cristianismo interior al que, lógicamente, solo accederían algunos privilegiados que podían entender la Sagrada Escritura y los padres porque tenían un nivel intelectual y una cultivada formación humanística y ascética. 

Pero, en el fondo, coincidían con los luteranos en su desconfianza hacia los pastores de la Iglesia o las órdenes y congregaciones religiosas, criticando también la poca preparación del clero secular. Todo lo fiaban a que el refinamiento del humanismo levantaría el nivel cultural de las clases altas, para acceder a un cristianismo interior que llenaría la sed de Dios de las almas cultivadas, dejando al pueblo fuera del camino de la salvación. 

Desgraciadamente, algunos derivaron hacía posturas falsas, como la de eliminar el ejercicio de las virtudes y de la lucha ascética, intentando llegar a la mística sin la ascética, y a la meditación sin la oración y la práctica sacramental intensa. Aquí radica el origen de los alumbrados que llenaron Castilla de falsos místicos y milagreros (estudiados y documentados por Melquiades Andrés) como por ejemplo Isabel de la Cruz, los hermanos Cazalla, Juan de Valdés, Ruiz de Alcaraz y tantos más. Todo eso conllevó la condena del inquisidor general, Alonso de Manrique, de algunas proposiciones de Erasmo en 1525. Es muy interesante el cambio hacia un ambiente antierasmiano que se creó en España, incrementado por los procesos de herejía que tuvieron lugar. 

Finalmente, por parte del inquisidor general el 28 de marzo de 1527 se convocó una junta de teólogos en Valladolid —entre los que estaba Francisco de Vitoria— para juzgar las obras de Erasmo. Pero esa junta quedó en nada. Posteriormente fueron convocados nuevos teólogos, entre los que también estaba Vitoria, para estudiar las proposiciones concretas condenadas en 1525 y algunas más. Se conserva el dictamen de Vitoria, que consiste en recordarle a Erasmo que debería confrontar la teología bíblica, de la que se habían extraído sus proposiciones, con la doctrina de los santos padres a los que ambos conocían bien, para pulir tales afirmaciones y mostrar en ellas la pureza de una fe completa. 

La primera respuesta católica 

Ya hemos comentado que los protagonistas iniciales de la contrarreforma fueron los grandes teólogos que se enfrentaron a Lutero en las diversas Dietas convocadas por el emperador Carlos V, incluso algunas desarrolladas en su presencia, para logar reducirle y que volviera al seno de la Iglesia; lo que rechazaba abruptamente. Los informes de Johannes Eck, de Tomas de Vio Cayetano, cardenal de san Sixto, y tantos más que intervinieron en las diversas Dietas, que eran enviados a la Curia Romana, mostraban una honda preocupación. El nombre de contrarreforma procede de esos esfuerzos católicos por contrarrestar las teorías luteranas que corrían por toda Europa en forma de pasquines, hojas volanderas, escritos e incluso canciones con las que se presentaba un nuevo camino de salvación y una nueva Iglesia entregada a la autoridad civil. 

Lógicamente, la limitación impuesta por Lutero de solo utilizar textos de la Sagrada Escritura fue pronto solventada, pero siempre actuaron a remolque de las propuestas luteranas y apenas consiguieron frenar la expansión del luteranismo en Centroeuropa. Enseguida, los príncipes alemanes se posicionaron según el principio luterano de cuius regio, eius religio, es decir que cada uno de los príncipes y autoridades legítimas de Alemania decidía de qué lado estaban. Así, los que abandonaron el catolicismo, desacralizaban templos, desamortizaban conventos y abadías y desarbolaban una Iglesia milenaria, que convertían en una religión sin liturgia, ni sacramentos, ni mediaciones, ni devociones. Quedando todos igual de huérfanos delante de Dios. 

Además, Lutero entregó el sostenimiento de los nuevos pastores de su nueva Iglesia en manos de los príncipes, de modo que desaparecieron también las obras de caridad que llevaban a cabo las órdenes y congregaciones religiosas en favor de los necesitados. Pronto tomarían la pluma John Fisher, el Roffensis, Thomas Netter, el Waldensis, Pedro de Sotomayor, Pedro de Soto y tantos más, que publicaron abundantes trabajos llamados de controversia, con los que contradecían las teorías luteranas y procuraban devolver a los cristianos a la Iglesia católica. 

La Escuela de Salamanca, a través de los dos teólogos imperiales Domingo de Soto y Bartolomé de Carranza, estuvo presente en el Concilio de Trento, poniendo las bases de la verdadera reforma de la Iglesia tanto en el orden dogmático como disciplinar. 

La Escuela de Salamanca 

Como es bien sabido, la tentación de la decadencia que predicaron los padres se cernió sobre la Iglesia, y la búsqueda de la santidad en medio del mundo casi desapareció hasta volver a ser recordada por el Concilio Vaticano II, especialmente en la Constitución Lumen Gentium (1964); o con la llamada de Juan Pablo II a convertir la pastoral de la santidad en el programa de la Iglesia del tercer milenio. 

Es importante anotar aquí, al comienzo de este libro sobre la renovación teológica, filosófica, económica y jurídica que llevó a cabo la llamada Escuela de Salamanca en el siglo XVI, que es una obra que hicieron personas concretas y, posteriormente, la historia ha encontrado en ellos un espíritu común, una misma metodología y una apertura de mente semejante. Lo que hicieron Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Diego de Covarrubias, Juan de Medina, Domingo Báñez, y un sinfín de autores que desfilarán por estas páginas, fue leer directamente a santo Tomás, actualizar su enseñanza y aplicarla a los problemas doctrinales de su tiempo. Para ello, como el Aquinate, buscaron un equilibrio entre fe y razón. Y, sobre todo, estudiando la tradición viva de la Iglesia, es decir, las fuentes de la revelación cristiana: 
la Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, a la luz de los padres de la Iglesia oriental y occidental, siempre en continuidad con el magisterio de la Iglesia. 

La revolución teológica y jurídica de la dignidad de la persona humana que brota de esa vuelta a las fuentes fue sencillamente espectacular, pues la antropología cristiana renovada terminó por incidir en todos los ámbitos de la vida civil y eclesiástica. Como veremos, la Escuela de Salamanca, Escuela Ibérica, o Escolástica humanista del XVI en España y América, se caracterizará por ser una verdadera filosofía de la vida, un método teológico, una visión práctica y sólidamente asentada de la revelación cristiana, en el momento de humanismo y del renacimiento. Especialmente, destacaremos la clara conciencia de la dignidad de la persona humana, la sincera piedad, la honradez y el rigor jurídico. 

Desarrollaremos las características de la Escuela de Salamanca a través de la explicación de algunos de los grandes acontecimientos que acaecieron desde el siglo XVI al XVIII, como vienen señalados en el índice de este libro: a partir de ellos extraeremos las características de la Escuela de Salamanca. Estamos en el siglo de los descubrimientos, la primera globalización económica, la pérdida de millones de cristianos por la ruptura luterana; pero también de la adquisición de un tercio más de territorio para misionar en Asia y América y una estrecha unidad del poder temporal y eclesiástico orientados ambos —desde los Reyes Católicos— a la salvación de hombre y alcanzar la vida eterna.

Para el estudio de la teología escolástica desde el siglo XIII a nuestros días, remitimos al lector al reciente trabajo de Rafael Ramis; y acerca del estudio exhaustivo de los autores de la Escuela de Salamanca al inmenso trabajo de Juan Belda Plans, ambos señalados en la bibliografía (por lo demás, tan extensa e importante que nos hemos limitado a recoger la que nosotros hemos usado para elaborar esta síntesis. 

Esperamos que sea interesante para los colegas y de utilidad para los lectores). Acercarnos a esos hechos históricos, enmarcarlos y extraer de ellos las características de la Escuela de Salamanca nos servirá para ampliar el marco de nuestras ideas y aprender para nuestro tiempo. 

Estamos necesitados de una reforma tanto de la Iglesia como del Estado para sacar al mundo del impasse en el que se encuentra tras haber asistido a los ciclos del liberalismo del siglo XIX y de la sociedad del bienestar que están actualmente agonizantes, para dar paso a una nueva cultura y civilización. 

Como veremos enseguida, al estudiar detenidamente las aportaciones de la Escuela de Salamanca a la civilización occidental, tendremos que apoyarnos en hechos concretos y en las doctrinas de Vitoria y también de sus discípulos directos. Porque del maestro dominico solo conservamos algunos de los guiones elaborados para impartir sus famosas relecciones teológicas pronunciadas ante el claustro y los estudiantes salmantinos; o también algunos de sus comentarios a la Suma teológica de santo Tomás de Aquino, libro de texto de sus lecciones universitarias, que nos han llegado por la tradición manuscrita de los reportata (apuntes de clase que tomaban sus alumnos). En definitiva, el contenido de sus aportaciones teológicas, jurídicas o de filosofía económica tendremos que rastrearlo en las obras de sus discípulos. 

Especialmente Domingo de Soto, contemporáneo suyo como catedrático de Vísperas de la Facultad de Teología de Salamanca, que trabajó en sintonía con Vitoria. En este documento, que desea ser una síntesis del pensamiento de Francisco de Vitoria y su escuela, seguiremos el siguiente esquema. En primer lugar, abordaremos cuestiones biográficas y cronológicas del maestro Vitoria y nos referiremos a las circunstancias ambientales: el origen del Renacimiento y del humanismo cristiano, la indudable decadencia de la teología de su tiempo y, por supuesto, el clima de reforma que se vivía en España y Europa en aquel tiempo. Enseguida, entraremos de lleno en las características de la Escuela de Salamanca y las principales aportaciones que realizaron: una reforma de la teología que influiría en la reforma de la Universidad y el nacimiento del Siglo de Oro de la mística castellana. 

Posteriormente, trataremos de la aplicación directa de la Escuela de Salamanca en el Concilio de Trento, tanto en el orden dogmático como pastoral, para terminar abordando cuestiones sobre economía y filosofía política. Lógicamente, puesto que se trata de una síntesis de la Escuela, hablaremos de la aplicación de sus principios teológicos y jurídicos en el descubrimiento, colonización y evangelización de América, donde tendremos que hablar de Matías de Paz y de Bartolomé de las Casas. El primero como precursor y el segundo influido por la Escuela de Salamanca. 

Los principios jurídicos y teológicos de Francisco de Vitoria y sus discípulos también afectaron a la organización política: tanto del Consejo de Indias y las correspondientes leyes de Indias, como del Consejo de Castilla donde fue presidente Diego de Covarrubias, discípulo de primera hora, en la aplicación de las leyes de las Partidas y otras leyes del reino. 

Es más, el propio modo de redactar los tratados De iustitia et iure de aquella época muestran cómo Vitoria abrió un camino en la configuración del orden internacional y las relaciones jurídicas entre las diversas naciones, lo que se considera como el nacimiento del derecho de gentes. Tampoco podemos olvidar lo que Francisco de Vitoria aportó a la teología moral económica, como muestran los manuales de confesores para mercaderes o las lecciones escolares de Juan de Medina, Martín de Azpilcueta o Luis Saravia. 

Es interesante caer en la cuenta de que los barcos que llegaban de América cargados de plata impulsaron una nueva economía globalizada, pues regresaban allí con todos los enseres necesarios para que los españoles embarcados en la aventura americana pudieran vivir como lo habían hecho hasta ese momento. Pero, a la vez, construyendo otra nueva cultura que sería la hispanoamericana, con sus acentos distintivos. Añadiremos algunas precisiones acerca del nuevo método de las ciencias experimentales y de su separación del método teológico. 

También comentaremos los textos sobre física de Domingo de Soto, quien se adelantó al célebre Newton en el descubrimiento de la ley de gravitación universal; asunto al que muchos científicos no le han dado apenas importancia. 

Finalmente, dedicaremos unas páginas a conocer el influjo del espíritu de Francisco de Vitoria en la llamada segunda Escuela de Salamanca donde hablaremos de personas y de ideas tan importantes como Luis de Molina, Francisco Suarez o Hugo Grocio.

Las aportaciones de la Escuela de Salamanca - León Gómez Rivas

La Escuela de Salamanca: Claves Económicas y Liberalismo - León Gómez Rivas

   

La Escuela de Salamanca, Angel Poncela-Gonzalez (Ed) by Anonymous bb2Xaf


La Escuela de Salamanca: Lecturas Sobre Teoría Monetaria Española - Grice-Hutchinson Marjorie by Acracia Ancap