HIJOS DE ESPAÑA
VIDAS Y LEGADOS APASIONANTES DE LOS
GRANDES PERSONAJES DE NUESTRA HISTORIA
LA EPOPEYA HUMANA QUE PONE NOMBRE A QUIENES CONSTRUYERON NUESTRO PAÍS
ANTES DE SER NACIÓN, ESPAÑA FUE LA CUNA DE HOMBRES Y MUJERES EXTRAORDINARIOS
De los cazadores de Atapuerca a los héroes de la Reconquista; de los emperadores hispanos que gobernaron Roma a los exploradores que ensancharon los límites del mundo. Este libro recorre miles de años de historia a través de las vidas de quienes forjaron el carácter, la memoria y el destino de España.Antonio Pérez Henares reúne a personajes célebres y olvidados, admirados y controvertidos, para ofrecernos un apasionante viaje por nuestro pasado. Descubriremos a la hija de los neandertales, al primer hombre que cruzó el Amazonas, a una reina enfrentada a su propio marido o al soldado que, tuerto, manco y cojo, hizo huir a la mayor flota enviada jamás por Inglaterra.Anécdotas sorprendentes, gestas inolvidables y semblanzas llenas de vida componen esta gran epopeya humana que pone nombre y rostro a quienes construyeron nuestro legado.Con su inconfundible pulso narrativo, Pérez Henares convierte la historia en una aventura fascinante y nos invita a comprender mejor quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.«El problema de los españoles es que desprecian la historia porque no la conocen. Si la conociéramos, estaríamos orgullosos de ella».
1
Miguelón
El cráneo más famoso de la prehistoria
El cómo le llamaron los suyos, seguro que no era así, pero cuando Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez Mendizábal dieron con su cráneo unos cuatrocientos mil años después de muerto, en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca, Miguel Induráin ganaba siempre el Tour de Francia. Así que el grupo de paleoantropólogos, que aunque no se lo crean son gente muy ocurrente y divertida, decidió ponerle Miguelón en honor al ciclista navarro, al que también apodaban así cariñosamente. Bautizado quedó, y como Miguelón ha alcanzado la fama y entrado en la historia. En la prehistoria, mejor dicho, en tiempos paleolíticos.
Por aquel entonces, a finales del siglo pasado, creyeron y nos dijeron que este personaje con el que me he decidido a abrir la serie de Hijos de España era el humano más antiguo, del género Homo ya, que había andado por aquí. Hoy nuevos descubrimientos allí mismo han demostrado que antes que él resulta que hubo otros, más viejos aún —Eudald Carbonell y Bermúdez de Castro, sus padrinos, me corregirán si me equivoco—, que sobrepasan el millón de años. Parece que puedan ser descendientes de aquel Homo erectus que salió de África hace unos dos millones de años o algo así. Perdonen que sea tan ambiguo con las cifras, pero en esta disciplina paleoantropológica es lo que hay, y con ello hay que trillar: unas decenas o unas centenas de miles de años es un aceptable margen de error. Ya se irá aquilatando el asunto, pero de ellos ya sabemos alguna cosa más y no sé si apta para espíritus sensibles. Eran caníbales y los restos encontrados son los restos de un festín. Una cosa muy desagradable… Antepasados son, pero podemos argüir que muy muy lejanos, y quizá de otra rama, pero tampoco hay que ponerse estupendos, pues cuando el hambre aprieta y la cosa va de vida o muerte, la «costumbre» de comerse al prójimo vuelve a aparecer, ya sea en nuestra península o en los Andes, pero ahí está.
A Miguelón y a sus compañeros encontrados en la Sima de los Huesos no se los comió ningún congénere y podemos pensar que ellos tampoco se comieron a ningún primo suyo. Saquémosle a la luz y conozcámosle junto con toda su familia, tras pasarse todos tanto tiempo bajo tierra. Miguelón es uno de los más de una treintena de cuerpos de preneandertales que fueron depositados por sus congéneres en la famosa Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca, en uno de sus yacimientos más señeros y renombrados del mundo, y lugar de peregrinaje de los científicos que investigan el origen y la evolución de la especie humana.
Los de aquella «tribu» de Homo heidelbergensis ya nos tocan bastante, aunque se extinguieran, porque sus sucesores, los neandertales, que también acabaron por desaparecer, ya se mezclaron con nosotros, y nos ha quedado un algo suyo como herencia genética. Parentesco, y no tan lejano, tenemos.
Miguelón no era de los más viejos que fueron a parar al lugar, andaba por los treinta y cinco años, según los cálculos hechos por el desgaste de sus piezas dentales, que ya era bastante. No era el más robusto, había alguna osamenta claramente más poderosa, como la de un tal Agamenón, pero el encontrar su cráneo al completo y encima la colección de sus vértebras cervicales le llevó a la fama, con un factor añadido: el comprobar que un terrible golpe había hecho un gran daño en el lado izquierdo de su cara, que le había producido una infección que afectó a mandíbula y raíz dental, que le produjo la muerte, que debió de ser en extremo dolorosa.
Qué o quién —animal, accidente u otro congénere— le provocó la herida no lo podemos saber aún, aunque están en ello, pero sí conocemos el porte de la familia, con edades comprendidas entre los cinco años y los cerca de cuarenta del más anciano, cómo eran físicamente, de qué se alimentaban y que según parece algún tipo de pensamiento sobre la muerte tenían. En la sima donde acabaron por ser llevados todos, en señal de un indudable respeto y para la protección de sus restos, apareció depositada una hermosa bifaz esmeradamente tallada en cuarcita roja. ¿Una ofrenda? Pues eso parece, dado que las más exigentes investigaciones y análisis demostraron que no había sido usada en ninguna de las tareas para las que el hacha de piedra se empleaba. En otro juego de los suyos, a esta le han puesto Excalibur en honor del rey Arturo.
Aquellos clanes que frecuentaron las grutas de Atapuerca ya tenían variados conocimientos y aptitudes humanas. Tallaban la piedra y buscaban los materiales más adecuados para sus hachas y utensilios de cortar, hendir y raspar; se protegían y vestían, aunque fuera de forma muy tosca, con las pieles de sus presas; conocían el fuego para darse calor y endurecer con él las puntas de sus largas lanzas de pináceas, con las que embestían a los grandes ungulados que eran sus más codiciadas presas.
El clan o la horda, o como llamársele quiera, estaría dotado de ciertas normas y hábitos de relación y conducta, e incluso de una incipiente división de tareas. Los jóvenes y fuertes intentarían obtener las presas más grandes y difíciles, bien por la caza, el carroñeo o disputándosela a otros carnívoros, mientras que mujeres con crías, niños y ancianos se dedicarían más a la caza menuda, la pesca y la recolección de huevos, caracoles, plantas, frutos, bulbos o raíces, que en muchas ocasiones serían el sostén primordial de todos ellos. No todos los días se daba caza a un bisonte, se abatía un megaloceros o se conseguía derribar un gran rinoceronte.
La especie era de buena estatura, se considera que podían sobrepasar con facilidad los 1,70 metros, e incluso 1,80. Eran bastante más anchos de espalda, pecho y caderas que nosotros, siendo los machos más voluminosos y pesados que las hembras, aunque estas tampoco quedaban muy atrás en talla y musculatura. Los varones en la plenitud de sus fuerzas podían alcanzar los cien kilos de peso, en los que no había ni una gota de grasa superflua.
Su dieta era en buena parte carnívora, pero se complementaba con pescado, vegetales y cualquier otro tipo de nutrientes. En resumen, mucho más variada que lo que sería posteriormente en el Neolítico, cuando los humanos se asentaron en lugares fijos, alimentándose casi en exclusiva de lo que obtenían de sus cultivos.
El cerebro de Miguelón ya sobrepasaba los mil cien centímetros cúbicos, y no era el que mayor capacidad tenía dentro de su grupo, pues hay uno que casi alcanza los mil cuatrocientos, que es el equivalente a un sapiens actual.
Su capacidad cognitiva y el hecho de que los cuerpos se depositaran en ese pozo, en la entrada de la cueva, en un lugar al que había que acudir ex profeso, ha llevado a la hipótesis de que había una intencionalidad manifiesta y que quizá aquellos primeros pobladores peninsulares ya se hacían preguntas sobre la vida y la muerte que aún hoy nosotros nos seguimos haciendo.
El cráneo de Miguelón, del que se ha recuperado hasta el más mínimo huesecillo (incluso los del oído medio: martillo, yunque y estribo), nos descubrió una maravillosa capacidad emisora y auditiva. De hecho, podemos afirmar que los sonidos que emitían y con los que se comunicaban no eran como los de los chimpancés, nuestros simios más cercanos, sino más parecidos a los que emitimos y escuchamos nosotros mismos. O sea, que hablaban.
En suma, Miguelón y los suyos ya mostraban una mente simbólica plena y fieramente humana, con sentido de la comunidad y expresiones rituales relacionadas con la muerte.
El Homo sapiens —es decir, nosotros— lleva impresa ese sentido ritual desde el origen mismo de la especie, y sabemos que nuestros primos más cercanos, los neandertales, también.
Ante tales evidencias, ¿vamos a negarles esta faceta de radical humanidad a Miguelón y a los suyos? ¿Vamos a repudiarlos y a negar que forman parte de nuestra familia evolutiva? Desde luego, no seré yo quien lo haga.
2
La niña del Lozoya
La hija de los neandertales
Era una niña neandertal de ojos azules, pelirroja, pecosa y de piel clara, cuyo nacimiento se remonta a unos cuarenta mil años. Sabemos que murió a poco de cumplir los tres años de su corta vida y que su muerte llenó de dolor no solo a su madre, sino a la tribu por entero, que la lloró con desconsuelo. Acompañaron a su pequeño cuerpo inerte con su canto y sus antorchas hasta la sagrada cueva de los ritos.
Allí prendieron sobre su túmulo funerario una hoguera y, una vez consumida, depositaron sobre sus cenizas la mayor de las ofrendas: el gran cuerno de un rinoceronte lanudo que los cazadores lograron capturar con una trampa excavada en su paso hacia el agua del río, rematado con sus lanzones de pino. Cada vez nacían menos niños y el viejo clan moría con cada uno de ellos, y más aún si era hembra.
Sabemos que aquella niña, cuya pérdida tanto afligió a los suyos, nació a orillas del río Lozoya —que es como la han apodado sus descubridores—, en su tramo más alto. El clan se asentaba en un refugio bajo una meseta de piedra desde cuya entrada se domina el círculo de montañas que rodean el valle y se encara la cima de Peñalara. Esta cumbre se yergue como una enorme lanza, con unas nieves que brillan bajo el sol de la misma manera que ellos las verían, y que probablemente les causaban la misma admiración y fascinación que nos producen hoy en día.
El hallazgo de los restos de la niña pelirroja en lo que ahora se denomina el Valle de los Neandertales —en el Alto Lozoya madrileño, dentro del término de Pinilla del Valle— se produjo en 2011 por el equipo que dirigen Juan Luis Arsuaga y Enrique Baquedano. Ambos se sitúan en la élite de la paleoantropología mundial: si el primero es reconocido como una eminencia por sus descubrimientos en Atapuerca, el segundo destaca porque, además de codirigir esta excavación, está al frente de los yacimientos de la garganta de Olduvai en Tanzania, una de las grandes cunas de la humanidad.
Este descubrimiento en la cueva bautizada como la Des-Cubierta, junto con otros abrigos y oquedades vecinos de igual importancia y que conforman todo el yacimiento, se ha convertido en una pieza fundamental que cambia nuestra visión sobre los neandertales. Esta fue la otra especie humana que compartió la Tierra con nosotros, los cromañones, y que terminó por extinguirse, muy posiblemente arrinconada por nuestra propia especie en el sur de la península ibérica, tal como indican los últimos restos neandertales de Zafarraya (Granada) y Gibraltar, de «tan solo» veintiocho mil años de antigüedad.
Lo que los restos, la ofrenda y el sepulcro de la niña del Lozoya —que fue depositada en uno de forma redonda, construido con piedras— rebatieron es la percepción popular que se tuvo sobre los neandertales. Calificar de ser humano incompleto al cromañón que pintó Altamira es tan estúpido como tachar de infrahumanos a los neandertales, quienes eran tan plena y hermosamente humanos como nosotros.
Desarrollaron una importante industria lítica, dominaron el fuego, poseían lenguaje, ocuparon Eurasia entera y establecieron normas de conducta en sus clanes. Asimismo, protegieron a quienes no podían valerse por sí mismos y usaron plantas medicinales —incluyendo el hongo, que es la base de la penicilina—. Además, según las últimas dataciones en cuevas como los Casares (Guadalajara) o El Castillo (Cantabria), algunos grabados que tradicionalmente atribuimos a los cromañones parecen ser anteriores, lo que sugiere que el arte quizá no fue un invento nuestro en exclusiva. En este valle del Alto Lozoya dejaron la prueba, para quien quiera verla, de sus ritos, su espiritualidad y del culto a los muertos, un rasgo propio del único ser en la naturaleza —el ser humano— que ha adquirido la terrible conciencia de que la muerte le espera y le acabará alcanzando.
La Des-Cubierta se abre en el flanco de un afloramiento rocoso, una plataforma pétrea desde la que se divisan el valle y el río. Su entrada está orientada hacia el sur, de cara a la sierra de Hontanares, que cierra el valle por el que fluye transversalmente el Lozoya. Por el otro costado se halla el gran Abrigo de Navalmaíllo, orientado hacia Peñalara, que era donde el clan hacía su vida cotidiana, mantenía encendidas sus hogueras y encontró refugio a lo largo de innumerables generaciones.
La Des-Cubierta albergó un santuario. El santuario de los «primeros hombres». En él no solo se encuentra el enterramiento de la niña, sino otra treintena de fuegos rituales, donde se colocaron como ofrendas cuernos de grandes herbívoros. Nunca trofeos de carnívoros. El porqué de esta decisión desapareció con ellos.
Aquello fue —así se lo he oído contar jocosamente a sus descubridores— «el Shangri-La de los neandertales». El Valle de los Neandertales es, sin duda, un entorno privilegiado. El río corre transversalmente por el pie de las montañas del Sistema Central, con sus laderas bajando desde el Pico del Reventón hasta Navafría, ya en la actual Segovia. Las cadenas montañosas, al norte y al sur, lo protegen contra los peores vientos y celliscas. Los sotos y herbazales junto al río son pródigos en caza y pesca, plantas y raíces. Solo tenían un inconveniente, que para las necesidades del momento no era menor: el sílex escasea en todo el territorio. Pero le pusieron remedio tallando el cuarzo, el cristal de roca, que sí abunda. No puedo dejar de imaginar una fila de cazadores del clan al amanecer, con las puntas de sus lanzas reluciendo al dar en ellas los primeros rayos del sol. Aquellas largas y robustas lanzas neandertales de hasta cuatro metros de longitud con las que cazaban, arremetiendo a los más grandes y poderosos herbívoros: el rinoceronte lanudo, el uro, el bisonte y el gran ciervo megaloceros. Cortaban el frontal de los cráneos de las piezas cobradas —como se sigue haciendo hoy—, y los ponían como trofeos junto a los fuegos rituales de la Des-Cubierta.
Con esas mismas armas se defendieron de los imponentes leones cavernarios, de las manadas de lobos y cuones, y desalojaron a las hienas de sus cubiles para quedarse ellos a vivir allí. Varios yacimientos donde aparecen sus huellas tuvieron ese origen. Aunque desconocemos los motivos, no dejaron restos de estos carnívoros como trofeo en el santuario, si bien parece probable que se colgaran al cuello una garra o un gran diente de león. Porque algo de ellos quedó, y queda, en nosotros.
La niña del Lozoya es historia; aunque no sea escrita. Ella y los suyos han dejado impresa su huella. Así lo hicieron también los neandertales, a quienes durante mucho tiempo hemos despreciado cuando, en realidad, eran mucho más cercanos a nosotros de lo que siempre creímos. Tanto, que son más que primos hermanos. Su impronta quedó en los genes de la población euroasiática actual, un legado que sus descendientes seguimos atesorando hoy en día. Lo ha demostrado el célebre científico suecoestonio Svante Pääbo, visitante asiduo de los yacimientos españoles, premio Nobel de Medicina en 2022, galardonado ya en 2018 con el Premio Princesa de Asturias. Tras secuenciar el ADN neandertal, Pääbo concluyó que, debido a una evidente hibridación, los cromañones euroasiáticos que compartieron territorio con ellos nos transmitieron una herencia genética: hasta un 4 por ciento de ese ADN está presente en nosotros hoy. Y el propio científico sospecha que tal vez sea bastante más.
Nos hibridamos, nos cruzamos y tuvimos hijos comunes, que, según parece, fueron fértiles. Esto nos plantea una duda inevitable: si dos especies diferentes logran tener descendencia —como el burro y la yegua—, el vástago vive pero es infértil, como ocurre con la mula. Sin embargo, los hijos de cromañón y neandertal eran fértiles; entonces, ¿somos en realidad la misma especie, aunque con ligeras variantes? Quizá, más que primos, seamos medio hermanos… o hermanos del todo.
Pinilla del Valle está a tan solo noventa kilómetros de Madrid. La prehistoria se encuentra a un tiro de piedra de la gran urbe del siglo xxi. Visitar su valle me hizo cambiar notablemente —en todo, diría yo— el espíritu de mi novela, obligándome a reescribir La canción del bisonte. Los neandertales que traje de vuelta eran muy diferentes de los que llevaba en mi cabeza antes de conocerlos de la mano de Arsuaga y Baquedano. Los que regresaron conmigo eran mis propios y ancestrales hermanos; cada vez me llevo mejor con ellos y me gustan más. Tanto es así que ya estoy pensando que va siendo hora de darle un hijo a aquella novela.


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