EL Rincón de Yanka: SOCIOLOGÍA

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viernes, 26 de diciembre de 2025

ÉMILE DURKHEIM: EL DERECHO COMO FENÓMENO SOCIAL


El derecho como fenómeno social: 
Émile Durkheim

Para Émile Durkheim, el derecho no es solo un conjunto de normas impuestas, sino una manifestación visible de la moral colectiva que rige una sociedad. 
En su sociología, el derecho refleja la solidaridad social: en las sociedades primitivas, predominan las leyes represivas que castigan la ruptura de la cohesión; en las modernas, el derecho se vuelve restitutivo, orientado a mantener el equilibrio funcional entre individuos y grupos. Así, el derecho actúa como un espejo del tipo de vínculo social que une a las personas, siendo un indicador del grado de evolución moral y estructural de una comunidad.
Para Émile Durkheim, el derecho es el indicador objetivo y visible de la solidaridad social y un hecho social que expresa la conciencia colectiva y las normas morales de una sociedad. No es simplemente un conjunto de reglas impuestas, sino un fenómeno social que refleja y refuerza los lazos que unen a los individuos en una comunidad.

El Derecho como Hecho Social

Durkheim define los hechos sociales como "maneras de obrar, de pensar y de sentir, externas al individuo y dotadas de un poder coercitivo en cuya virtud se impone a él". 

El derecho cumple con estos criterios: 
  • Exterioridad: Las leyes existen fuera del individuo y le son impuestas, independientemente de su voluntad personal.
  • Coerción: El incumplimiento de las normas jurídicas conlleva sanciones formales y externas, garantizando el orden y la armonía social.
  • Generalidad: El derecho es general en una sociedad y tiene una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales.
El Derecho como Reflejo de la Solidaridad Social

En su obra fundamental La división del trabajo social, Durkheim utiliza el derecho como herramienta empírica para estudiar los diferentes tipos de solidaridad que cohesionan a las sociedades en distintas etapas de desarrollo:

Solidaridad Mecánica (sociedades primitivas/tradicionales): 
  • Prevalece en sociedades con poca división del trabajo y una fuerte conciencia colectiva.
  • El derecho predominante es el derecho represivo (penal). Su función es castigar los delitos, que son vistos como ofensas directas a la moral común y, por tanto, a la conciencia colectiva. La severidad de las penas sirve para reforzar la moral compartida y la cohesión social.
Solidaridad Orgánica (sociedades modernas/industriales):

Emerge con la creciente especialización y diferenciación de funciones (división del trabajo).
El tipo de derecho predominante pasa a ser el derecho restitutivo (civil, comercial, administrativo). Este derecho no busca castigar, sino restablecer el equilibrio y regular las interacciones y contratos entre individuos interdependientes. La cohesión se basa en la necesidad mutua de los diferentes roles especializados, más que en una moralidad común y uniforme.

Función Social del Derecho

Para Durkheim, la función esencial del derecho es el control social y la integración. El sistema legal formaliza las normas sociales y ayuda a mantener el orden social y la cohesión. Cuando estos lazos morales y jurídicos se debilitan (por ejemplo, debido a cambios sociales rápidos y la consecuente desregulación), la sociedad puede caer en un estado de anomia (falta de normas), lo que Durkheim consideraba patológico.

En resumen, Durkheim no ve el derecho como una simple herramienta estatal, sino como un elemento vital y observable de la vida social que revela la naturaleza de los lazos que unen a las personas.






jueves, 23 de octubre de 2025

LA ESCLAVITUD POSTMODERNA DE LA AGENDA 2030 GLOBALISTA: EL PODER COMO CONTROL Y SOMETIMIENTO por SUSAN FISKE


LA     ESCLAVITUD      POSTMODERNA 
DE  LA  AGENDA  2030  GLOBALISTA

LAS 5 MOTIVACIONES SOCIALES BÁSICAS SEGÚN SUSAN FISKE
TEORÍA DEL PODER COMO CONTROL

Los seres humanos tienen cinco motivos sociales esenciales para el bienestar psicológico y social:
  1. La necesidad de pertenecer;
  2. La necesidad de entendernos a nosotros mismos, a otras personas y al mundo en el que vivimos;
  3. La necesidad de crecer y cultivar una autoimagen positiva;
  4. La necesidad de confiar (ya sea en otras personas o en la eficacia de las instituciones sociales);
  5. La necesidad de control, autonomía y competencia sobre el curso de nuestra vida.
La mayoría de estas necesidades requieren tener poder personal, ya que el poder no es meramente la habilidad de controlar a otros, sino también la capacidad de moldear nuestra vida según nuestros deseos. Ese poder también es necesario para formar relaciones sanas, dado que todas las relaciones sociales están estructuradas por dinámicas de poder. Una persona sin poder carece de un sentido de dignidad. La sociedad no respeta a un hombre impotente.





UNIVERSIDAD DE GRANADA
MMXVII

Cognición Social

Susan Fiske puede considerarse como una de las impulsoras y delimitadoras de lo que hoy en día se denomina “Cognición Social”, esto es, el estudio de cómo el conocimiento (contenido y estructura) sobre la realidad social y los procesos cognitivos (adquisición del conocimiento, representación y recuperación de la información) son claves para comprender la conducta social. 
La Cognición Social ha mostrado ser una de las áreas más prolíficas de la Psicología Social, y un prometedor campo de intersección con otras disciplinas.
Desde sus inicios investigadores, Fiske contribuyó enormemente al desarrollo de este campo de investigación. 

En primer lugar, realizando algunas de las investigaciones que tuvieron un hondo impacto en la disciplina. Por ejemplo, cuando en 1989 la Revista de Psicología Social me pidió que editara un monográfico incluyendo un artículo impactante en nuestra disciplina y pidiéndole a diferentes colegas que escribieran comentarios y reflexiones sobre dicho trabajo, elegí el trabajo titulado “Bases categoriales y contextúales de la memoria de personas y de la estereotipia”, publicado en 1978 y del que era co-autora la profesora Fiske. Se trataba ya de un trabajo de los que dejan huella en una disciplina. Curiosamente, podríamos decir que esa fecha, hace 28 años, es el comienzo de la colaboración entre Susan Fiske e investigadores de nuestra universidad.

Su “Modelo continuo en la formación de impresiones” (continuum model), desarrollado junto a Steven Neuberg (Fiske & Neuberg, 1990), fue uno de los primeros modelos duales, que tanto proliferaron después, en los que se contrastaba la automaticidad del pensamiento humano con el control y la deliberación. Más concretamente, dicho modelo estableció alguno de los mecanismos de los que dependía que prestáramos atención bien a las características individuales de una persona bien a los estereotipos relativos a tal persona como miembro de un determinado grupo. En su caso, el mecanismo propuesto fue la motivación: si dependemos de los demás, probablemente atenderemos a las características idiosincráticas; si no, a las estereotípicas.

Su aproximación investigadora, que se refleja en el título de su trabajo de 1992 “Thinking is for doing” (Fiske, 1992), nos ha mostrado que las personas somos relativamente buenos perceptores sociales, a pesar de que numerosas investigaciones arrojaban una visión “defectuosa” del pensamiento humano, plagado de errores y sesgos, que dotamos de significado a nuestro mundo (a través de las características percibidas en los demás, estereotipos, e historias) y que nuestras estrategias de pensamiento dependen de nuestras metas.

En segundo lugar, la contribución de Fiske a la Cognición Social, se refleja en la publicación, junto a su mentora y colega Shelley Taylor, de la primera edición del libro "Social Cognition", en 1984. Desde esta edición, hasta la última aparecida el año pasado, este manual se ha convertido en el libro de referencia en este campo, mostrando que es perfectamente posible acercarse a este tema, amplio y difícil, sin perder rigor ni profundidad.

Como he indicado, hoy en día la Cognición Social es uno de los campos de mayor reputación en la Psicología, pero en la década de los ochenta del siglo pasado, adentrarse en este terreno implicaba altas dosis de riesgo y, en consecuencia, valentía y talento de quien decidía adentrarse en él, especialmente cuando, como ocurría en el caso de Fiske, ni siquiera tenía una plaza fija como profesora. Bajo el fuego cruzado de los propios psicólogos sociales (quienes consideraban a la cognición social como poco social) y de los psicólogos cognitivos (quienes la consideraban poco cognitiva), la tarea fue, como mínimo, abrumadora.

Estereotipos y poder

Muy vinculada a su investigación sobre cognición social, está su teoría sobre el “Poder como control" (Fiske, 1993), según la cual las personas sin poder tienden a estereotipar poco a quienes tienen poder sobre ellas, pues dado que sus resultados dependen de estas personas con poder, les interesa formarse una impresión lo más individualizada y exacta posible. En cambio, las personas con poder son más vulnerables a la estereotipia de quienes dependen de ellas, bien porque no necesitan formarse esa impresión individualizada, bien porque no pueden prestar atención a tantas personas, o bien porque no quieren hacerlo. Desarrollos posteriores de la teoría mostraron que las personas con poder pueden (sin darse cuenta) estereotipar y menospreciar a sus subordinados a través de dos procesos diferentes: por “defecto” (default), no prestándole atención a la información inconsistente con los estereotipos; y por “diseño” (design), esto es, intencionadamente y dedicándole esfuerzo y recursos cognitivos, porque centrándose en la información consistente con el estereotipo los “poderosos” pueden sentirse más seguros y legitimados en sus posiciones de poder. En esta línea, la profesora de nuestra universidad, Rosa Rodríguez Bailón, profundizó en la importancia que la “legitimidad” en posiciones de poder y liderazgo puede tener (Rodríguez-Bailón, Moya, & Yzerbyt, 2000): los resultados de su investigación mostraron que -como ocurría en estudios previos-, en comparación con quienes no tenían poder, los líderes prestaban más atención a los atributos estereotípicos negativos. Sin embargo, en un segundo estudio encontró que este proceso solo ocurría cuando el poder era ilegítimo, pero no cuando era legítimo.

Además, en investigaciones posteriores encontró que cuando una persona era elegida líder de una forma arbitraria (e.g., no basada en sus cualidades), y se le pedía que eligiera entre dos ayudantes para que trabajasen con ella (uno con mayores cualificaciones que el otro), tendían a elegir al menos cualificado. En cambio, cuando el líder era “legítimo”, elegía al de mejores cualificaciones. Creo que se pueden obviar, por evidentes, las profundas implicaciones que estos procesos tienen para cualquier organización.

En este tipo de investigaciones aparece con evidente claridad lo que decía al inicio de mi discurso: la interacción entre la psicología y la realidad social. Organizaciones con determinados procedimientos, en este caso en el sistema de selección -esto es, que reclutan para puestos de responsabilidad a personas poco capacitadas-, favorecen determinados procesos psicológicos en dichas personas (como formarse ciertas impresiones y seleccionar como ayudantes a otras personas -poco capaces- que no puedan amenazar su posición), lo que a su vez repercute en la propia organización, legitimándose, en este caso, una estructura social no solo injusta, sino también ineficiente y difícil de cambiar.

El Modelo del Contenido de los Estereotipos

Este modelo (Fiske, Cuddy, Glick, & Xu, 2002) se ha centrado en dos dimensiones que usamos cuando percibimos a los demás, ya sea como individuos o como grupos: la competencia (e.g., inteligencia, capacidad) y la sociabilidad (e.g., simpatía, cordialidad). Estas percepciones dependen de la estructura social, esto es, del poder o estatus que ocupan los grupos y de la relación entre ellos de cooperación o competición. Sus investigaciones han demostrado que dependiendo de la combinación entre competencia (alta o baja) y sociabilidad (alta o baja), los grupos suscitan emociones diferentes: orgullo, desprecio, envidia, y lástima, así como conductas también diferentes. Utilizando tanto métodos de encuesta, como experimentos de laboratorio y la nuevas técnicas de neuro-imagen, el laboratorio de la Dra. Fiske ha demostrado, por ejemplo, como deshumanizamos y despreciamos a quienes percibimos como no competentes y no sociables (e.g., las personas sin techo o drogadictas), nos alegramos de los males de quienes percibimos como competentes pero no sociables y por ello los envidiamos (e.g., las personas ricas y poderosas), y sentimos lástima hacia quien percibimos como poco competentes pero sociables, (e.g., las personas mayores, discapacitadas o las mujeres que desempeñan roles tradicionales).

De nuevo, una teoría propuesta por la Dra. Fiske ilustra cómo las condiciones sociales moldean nuestra psicología y como ésta psicología contribuye a una determinada organización social. Por ejemplo, si minusvaloramos a quienes vemos como afectuosos pero poco competentes, es muy probable que estos grupos sigan en su posición de inferioridad.

La Teoría del Sexismo Ambivalente

Junto al prof. Peter Glick, Fiske elaboró la teoría del Sexismo Ambivalente (Glick y Fiske, 1996), quizás la teoría más influyente en las últimas décadas sobre este tema. Según esta teoría las relaciones entre hombres y mujeres son únicas y diferentes a las existentes entre otros grupos en los que aparece el prejuicio, y lo son porque junto a la dominancia de los hombres sobre las mujeres (prácticamente en todo el mundo los hombres ocupan, en comparación con las mujeres, posiciones de mayor estatus, poder y acceso a los recursos), se da la interdependencia: los hombres mantienen relaciones estrechas con mujeres desde que nacen y las necesitan para satisfacer sus necesidades afectivas. Esta combinación de superioridad y dependencia da lugar a dos formas de sexismo: el hostil, similar a lo que tradicionalmente se ha considerado sexismo, y el benévolo, una visión subjetivamente positiva de las mujeres (e.g., las mujeres son maravillosas”, “los hombres no pueden vivir sin ellas , etc.), que es más fácil de aceptar por las propias mujeres, y que no suele ser visto como sexismo, pero que puede ser incluso mas peligroso que el sexismo hostil. La complementariedad de sexismo hostil y benévolo lleva a castigar a las mujeres que se “salen” de su papel y desafían el poder de los hombres (e.g., profesionales, feministas, lesbianas, “seductoras”) y recompensa a las mujeres siempre y cuando se ajusten a las prescripciones de rol de género tradicionales (e.g., esposas, madres). 
Diversos investigadores de nuestra universidad han colaborado activamente en el desarrollo de esta teoría, mostrando con sus investigaciones algunas de las consecuencias dañinas del sexismo benevolente.

Aun cuando lo importante para quien se dedica a la ciencia son las contribuciones al conocimiento de la realidad, no lo es menos cómo ese conocimiento se divulga y comparte. En este sentido, la contribución de la profa Fiske no es menos abruma­dora: autora de más de 350 libros, capítulos y artículos, sus obras han sido traducidas al húngaro, polaco, chino, italiano, griego, aleman, italiano, coreano, y español. Trabajadora incansable, ha sido co-editora desde el año 2000 del “Annual Review of Psychology”, de la 4a y 5a edición del “Handbook of Social Psychology”, del “Sage Handbook of Social Cognition”, o de “Social Neuroscience”, entre otros trabajos.

Esta activa y rica vida investigadora y académica de la profesora Fiske la ha hecho acreedora de innumerables premios y reconocimientos, dentro del campo de la Psicología. Por ejemplo, la American Psychological Association le otorgó en 1991 el premio a la Contribución de la Psicología al Servicio Público para un investigador joven, y en 2010 a la Contribución Científica Distinguida; la Association for Psychological Science en 2016 el Mentor Award for Lifetime Achievement; o este mismo año 2017 la European Federation of Psychologists’ Associations (EFPA) y la American Psychological Foundation, el premio Wilhelm Wundt-William James”, en reconocimiento a su distinguida contribución a la ciencia y a la profesión de la Psicología y a la promoción de la cooperación efectiva entre Europa y Norte América.

También otras disciplinas y entidades han reconocido el mérito de la profesora Fiske (e.g., pertenece a asociaciones como la American Philosophical Society, National Academy of Sciences, British Academy, o New York Academy of Sciences), habiendo recibido el doctorado Honoris Causa por tres prestigiosas universidades europeas (Lovaina, Leiden y Basilea).

A la par de sus méritos como investigadora, la profesora Fiske se ha caracterizado por un compromiso, desde el inicio de su carrera, con la igualdad y la dignidad humana, empeñada siempre en que el conocimiento psicológico estuviera al servicio del bienestar de las personas. Sirvan como ejemplos, su testimonio en 1989 ante la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso “Hopkins V. Price Waterhouse”, un juicio en el que se argumentaba que una mujer directiva había sido penalizada en su empresa por no adherirse a los roles tradicionales de género, que sentó un precedente en la jurisprudencia sobre discriminación de género; su testimonio experto ante la Comisión para Temas Raciales creada por el Presidente Clinton; o su artículo sobre la tortura publicado en la revista Science en 2009 (Fiske, Harris, & Cuddy, 2004).

No quisiera terminar sin resaltar las cualidades humanas excepcionales de la profesora Fiske. Dentro de su teoría sobre el Contenido de los Estereotipos, algunos investigadores han encontrado una tendencia compensatoria entre las dimensiones de competencia y sociabilidad. Esto es, quien tiende a ser percibido como alto en una dimensión (e.g., muy sociable) tiende a ser visto como bajo en la otra (poco competente), y viceversa (no tiene que extrañarnos pues la tendencia de algunos colegas a mostrarse poco sociables pensando que de esa manera aumentarán la competencia con la que se les percibe). Sin embargo, hay excepciones a esta tendencia compensatoria. La profesora Fiske es el mejor ejemplo de esta excepcionalidad: alguien que habiendo alcanzado las máximas cotas en la competencia científica es a la vez un ejemplo claro de generosidad, sencillez y empatia. Siempre dispuesta a acoger en su universidad y en su casa, literalmente, a quien quiere acercarse a ella; y siempre dispuesta a aceptar una invitación de cualquier lugar del mundo en el que se la requiera, a pesar de la incomodidad de viajes y cambios horarios. Esta disponibilidad suya cobra especial valor cuando quien la requiere no es una gran o prestigiosa universidad, sino universidades o departamentos más modestos, y especialmente quienes inician su carrera académica e investigadora, y que siempre han encontrado en la Dr. Fiske no solo un modelo, sino el apoyo instrumental y emocional que tantas veces necesitamos.

Como conclusión puedo afirmar que la trayectoria académica e investigadora de la profesora Fiske, así como las repercusiones para el avance del conocimiento y la solución de los problemas sociales de sus investigaciones, la hacen merecedora de la distinción que hoy se le otorga. 

En nombre de la Universidad de Granada considero un alto honor contar con la profesora Susan T. Fiske en su claustro de Doctores Honoris Causa.

Muchas gracias por su atención.



Las motivaciones sociales básicas.docx by jyounis3765



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viernes, 11 de julio de 2025

LIBRO "COSAS QUE HE APRENDIDO DE GENTE INTERESANTE": FILOSOFÍA, POLÍTICA Y RELIGIÓN por MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ

COSAS QUE HE APRENDIDO 
DE GENTE INTERESANTE

Filosofía, política y religión

Un arsenal de autores y argumentos para defenderse de las ideas más estúpidas de nuestra época.
¿Es racional sentirse orgulloso de tu país? ¿Es verdad que la izquierda tiene una mayor sensibilidad social que la derecha? ¿Cabe hablar de un ecologismo conservador? ¿Puede un católico criticar al Papa? ¿Son los cristianos mejores personas? Estas son sólo algunas de las preguntas a las que da respuesta el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz, en esta selección de los mejores artículos que ha publicado a lo largo de la última década.
De la mano de un vasto elenco de autores de todas las épocas, Quintana Paz aborda múltiples cuestiones de actualidad que conciernen a la filosofía, la política y la religión, demostrando que la historia del pensamiento puede servir para iluminar los debates contemporáneos, incluso los más pedestres.
Entre los temas recurrentes del autor están la epidemia de moralismo y emotivismo que nos aflige, las falacias discursivas del progresismo, la tibieza política del centroderecha liberal o el empobrecimiento de la educación religiosa.
Con su característico estilo mordaz y provocador, Quintana Paz se atreve a cuestionar nociones tan arraigadas como la empatía, el consenso, el diálogo o los valores éticos. Y todo ello para reivindicar el legado intelectual de la civilización occidental y sacarla del nihilismo que la atenaza. Cosas que he aprendido de gente interesante es un arma teórica fundamental para dar la batalla cultural contra ofendiditos, escandalizaditos y moderaditos de todo pelaje.
Introducción

A mí tía Josefa en casa la llamábamos Pepa y era carmelita descalza. Había dos maneras muy distintas de poder ver a la tía Pepa.

La primera pasaba por visitarla en su convento de clausura, sito en Peñaranda de Bracamonte. Lo pienso hoy día y me resulta curioso: esas visitas, algún que otro domingo, constituyeron una de las actividades extraordinarias de mi infancia. Íbamos al convento y charlábamos junto al brasero de una sala encalada, entreviendo el tocado de la tía Pepa a través de un doble enrejado, rodeados de cuadros religiosos con pátina de siglos, tomando los dulces y el mosto que poco antes nos habían entregado por el torno. (Todo tenía un aire como de novela de Gabriel Miró.) Lo pienso hoy día y me resulta curioso; hoy, que las actividades de nuestros niños tienen más que ver con videojuegos los sábados por la mañana o parques de bolas los domingos por la tarde; hoy, que palabras como brasero y torno les parecen provenir de una terra ignota.

La otra vía para llegar a estar con la tía Pepa era mucho más esporádica. En tales ocasiones, era ella quien venía a visitarnos a Salamanca. Aprovechaba para ello alguna cita médica en el hospital de al lado de casa. Décadas más tarde, revisando armarios y papeles, descubrí que las complicaciones de su salud (algo no iba del todo bien en su corazón) habían estado lejos de ser pequeñas o infrecuentes. Sus visitas al médico, con todo, habían sido escasas.

Uno de mis recuerdos más antiguos (¿tendría yo tres años?) se remonta a una de esas visitas de la tía Pepa. Con el paso del tiempo mi memoria resulta, claro, un tanto fragmentaria. Sólo sé que aquel día hacía sol, que la tía Pepa me regaló un caramelo alargado de fresa, que me cogió de la mano y que me llevó, por primera vez en mi vida, a la guardería parroquial. Ni ella ni yo lo sabíamos, pero durante los cincuenta años restantes yo ya no saldría de allí: había empezado mi relación con nuestro sistema educativo.

Durante estos años he atravesado mil vicisitudes, pero nunca he sentido que mi tía Pepa me estafara al regalarme un caramelo alargado de fresa como prólogo a todo lo que vendría más tarde. En la guardería aprendí algunas de las cosas más importantes de la vida: a leer, a contar y a rezar. Más tarde, en el colegio, en la universidad y ahora en el Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP), he seguido aprendiendo y, en lo posible, devolviendo algo de lo aprendido: es a eso a lo que llamamos ser profesor. He conseguido, incluso, que me remuneren por todo ello. Quizá podríamos aseverar, por tanto, que en cierto sentido humilde de la expresión soy un hombre feliz. 
¿Cómo no estarle agradecido, pues, a mi tía Pepa —y a todos los que vendrían más tarde—?

El último capítulo (por el momento) de esta historia de enseñanzas que vengo narrando lo encierra este libro que ahora tiene usted, amigo lector, entre manos. He querido recopilar aquí también (y anunciarlo ya desde el título) unas cuantas cosas que he venido aprendiendo en los últimos años de gente interesante: 
desde filósofos hasta santos, desde literatos hasta caudillos, incluyendo también algún progre y algún papa (nota: no me refiero a la misma persona con estos dos términos). Aquí hallará usted reflexiones diversas en torno a los tres asuntos que más me obsesionan: la filosofía, la política y la religión. De ahí que figuren en el subtítulo. Pero detrás de todas esas reflexiones espero que encuentre usted un mismo hálito: el de alguien que ha disfrutado, aprendiendo, de conversaciones a través de los libros con los muertos y con los vivos. Y que sólo quiere invitarle a usted a compartir un ratillo tales charlas.

La mayoría de los capítulos que le presento aquí se publicaron con anterioridad, en versión de artículo, en el periódico digital The Objective; apenas un puñado de ellos vio la luz en otros diarios españoles, como El Mundo, El Español, Economía Digital o Vozpópuli; también hay alguno editado por la Fundación Disenso. 
He de agradecerles a todos ellos la oportunidad que me otorgaron en su día de contrastar mis ideas con el gran público. Pues estos diálogos con gente interesante que aquí reúno me gusta pensar que no sólo implicarán a los lectores de hoy y mañana, como ya he apuntado, sino que también incluyeron en su momento a los lectores de entonces, que con sus ánimos y sugerencias me dieron el sustento moral para arribar hasta este libro. 
Entre tales lectores me gustaría destacar a una: Paula Quinteros, el alma detrás del diario The Objective, que durante casi diez años ha sabido ser ese puntal discreto donde te reconforta pensar que siempre podrías apoyarte.

Algunos de los conceptos que se me ocurrió idear (¿no somos eso, en el fondo, los filósofos: diseñadores de conceptos?) para los textos aquí reunidos han alcanzado a lo largo de estos últimos años, por así decirlo, vida propia; y ya corretean por ahí sin necesidad de apoyarse en su progenitor, al que en muchos casos se desconoce (y eso es un orgullo para todo padre). Así ocurrió pronto, por ejemplo, con el término ofendiditos. Lo utilicé por vez primera allá por mayo de 2017, en un artículo aquí recogido como capítulo inicial. Lo cierto es que por aquel entonces, deseoso yo como buen académico de trazar una mínima etimología del término, investigué si había sido ya empleado en el mismo sentido con que me disponía a dotarlo. El resultado de tales pesquisas fue negativo. Ahora bien, tras publicar mi textito, enseguida esa expresión y ese sentido irían cuajando en todo tipo de personas y personajes. Así, al año siguiente, ya lo manejarían el dúo cómico Pantomima Full o aparecería en el anuncio publicitario con el que la empresa Campofrío suele felicitar las Navidades. En 2019, la periodista Lucía Lijtmaer escribiría un libro de título homónimo; si bien, en su caso, para reivindicar el derecho a sentirse ofendidísimos por todo tipo de cosas. Hoy constituye una palabra de uso común en España.

Asimismo, hay nociones como «capitalismo moralista» o «PSOE state of mind» que han cuajado más allá de los textos donde hablé por primera vez de ellas —en 2019 y 2021, respectivamente—, textos que también aquí se recogen. Ambas expresiones, por cierto, han llegado a ser pronunciadas desde la tribuna del Congreso de los Diputados por parlamentarios a los que agradecí en su momento (y agradezco ahora) que me citaran. Esa misma cortesía me gustaría tenerla hacia los obispos españoles que incluyeron una reflexión sobre el capitalismo moralista en su documento de orientaciones pastorales para el período 2021-2025, titulado Fieles al envío misionero.

En ocasiones he observado que las ideas (que el lector podrá encontrar desarrolladas aquí) de un liberalismo «de niños burbuja» o de que vivimos bajo un «imperio del emotivismo» han sido empleadas con bastante tino aquí, allá o acullá.

Pero si hablamos de las repercusiones que ya se han dado de los textos aquí reunidos, quizá lo más notable resida en otra parte. La publicación en la primavera de 2025 de estas Cosas que he aprendido de gente interesante coincide con otro libro titulado, precisamente, como uno de nuestros capítulos primeros: Moderaditos. De forma análoga a Lucía Lijtmaer, en esta otra obra, cuyo autor es Diego Sánchez Garrocho, se trata de encomiar las virtudes de ser moderado, muy moderado o muy moderadito; algo sobre lo cual un servidor en el capítulo citado tiene una visión muy diferente (y nada moderadita). Cuando las personas afines a ti empiezan a usar tus conceptos te sientes, ciertamente, reconfortado; pero cuando son incluso quienes denuestan tus ideas los que recurren a las palabras que tú has popularizado, la complacencia alcanza zonas de tus sinapsis muy especiales. Agradezco, pues, a Diego Sánchez Garrocho la ocasión de tal deleite.

Con todo y con eso, a quien querría dedicar aquí mi agradecimiento más cordial es a Roger Domingo, director editorial de Deusto, con quien hablé por primera vez sobre la posibilidad de este libro allá por el año 2018. Desde entonces ha tenido la paciencia de esperar su advenimiento final. Podría, como tantos otros, echarle la culpa de este retraso a la pandemia de 2020, o podría también recurrir a la circunstancia de que en 2021 mi vida cambió sobremanera (dejé la universidad, me trasladé a Madrid, empecé a trabajar en ISSEP). Pero todo eso no serían sino falaces excusas para disimular mis yerros, por fortuna saldados gracias a la enorme generosidad de Roger.

Termino. Hay cierto pasaje donde Nietzsche compara la historia de la humanidad con un armario de disfraces que conviene conocer para así ser capaz, en cada momento, de ponerse el traje que mejor le venga a uno: vestir de pensador griego cuando proceda, de noble romano cuando sea lo preferible, de caballero medieval cuando resulte más oportuno. 

Me gustaría pensar en este libro de un modo similar a ese armario nietzscheano. No encontrará aquí el lector un «sistema» de filosofía, aunque hablaremos de filosofía; no hallará el desarrollo de una ideología política, aunque hablaremos de política; no se topará, ¡válgame el cielo!, con una teología determinada, aunque hablaremos de religión. Lo que aquí se guarda son más bien trajes distintos, herramientas diversas, conversaciones diferentes que podrán cuadrarle en alguna ocasión más que otra. 

Los capítulos a menudo están muy relacionados con el autor citado en su título; en otras ocasiones, la ligazón con el mismo resulta tenue, apenas una excusa para pensar. También hay capítulos (como los dedicados a los ofendiditos, a los escandalizaditos o al capitalismo moralista) que, por referirse a conceptos que ya han cobrado cierta vida propia —como comentábamos antes—, no contienen referencia a ningún autor en su título: no la precisan.

Aunque he intentado organizar todos estos textos según cierto orden, como en las estanterías de una biblioteca, lo cierto es que el lector es libre de picotear un capítulo aquí y otro más allá, como por entre las estanterías de una biblioteca. Al fin y al cabo, ¿no surge a veces el orden de nuestros vagabundeos más disipados? Los anglosajones han inventado una palabra, que en español decimos serendipia, para esos hallazgos casuales. Yo prefiero recordar el armario de Nietzsche, donde puedes toparte con una corona de laurel al lado de unas gafas de sabio, con un papiro antiguo al lado de un ordenador.

O también me gusta recordar, de vez en cuando, una de mis lecciones primeras. Ya la conoce el lector. En ocasiones, las cosas puede que empiecen con que te regalan un simple caramelo de fresa, alargado. Para que luego, al cabo de decenios, acabes encontrándote con que has aprendido una abigarrada multitud de cosas. Quizá no recuerdes exactamente en qué año o en qué mes comenzó todo. No importa en exceso. Pues de lo que sí estarás seguro es de que aquel fue un día soleado.

Solía contar el filósofo Gustavo Bueno el siguiente chiste. Cierto vasco, hombre de pocas palabras, asiste a un sermón dominical en que el sacerdote se prolonga perorando durante más de una hora. Al volver a su casa, su esposa le inquiere acerca de cuál fue el contenido de un sermón tan prolijo. 
«Habló sobre el pecado», contesta nuestro vasco. «Y ¿qué dijo el señor cura?», le repregunta su mujer. «Que no es partidario». 
Las universidades occidentales resulta que tampoco son partidarias del pecado y últimamente se afanan en dejárnoslo claro. Hace un tiempo, la Universidad de Oxford difundió entre sus miembros un pormenorizado «listado de microagresiones». Consisten tales listados en recopilaciones de mandamientos morales que habrás de obedecer si no quieres ser tachado de racista, machista, especista, homófobo, tránsfobo, animalófobo y demás pecados hodiernos. 

Las nuevas tablas de mandamientos de la Universidad de Oxford incluían, entre las formas de «racismo sutil, cotidiano» que denunciaban, el no mirar directamente a los ojos de la persona con que estés hablando. Ahora bien, inmediatamente se alzaron voces protestando porque este precepto ofendía a los autistas: muchos de ellos encuentran difícil mirar a los ojos de su interlocutor, pero ello no implica que sean reos de racismo. Intentando evitar las ofensas a las personas con otro color de piel, la Universidad de Oxford las había ofendido. De modo que ésta hubo de pedir perdón a los autistas. 

La moraleja es que en este tipo de asuntos uno camina siempre por terreno resbaladizo: si te esfuerzas por no ofender nunca a la gente de Guatemala, a veces acabas ofendiendo a la de Guatepeor. 

(Nota aclaratoria: en mi párrafo anterior no pretendo identificar a los autistas como algo «peor» que los guatemaltecos, sino que sólo hago un juego de palabras bastante tópico. Aprovecho, por cierto, el paréntesis para aclarar asimismo que en el párrafo primero de este texto ni don Gustavo Bueno ni un servidor pretendíamos ofender a los vascos poco locuaces). Permítaseme narrar ahora una anécdota más personal. Hace unos años yo mismo asistí a unas jornadas universitarias sobre transexualidad, bien sustanciosas. 

En un momento determinado me pareció oportuno preguntar a un conferenciante si había algún modo de diagnosticar la transexualidad a edades tempranas. El ponente, en primer lugar, me reprochó que utilizara el verbo diagnosticar para algo como la transexualidad, pues le parecía ofensivo. Dijo que «la patologizaba». 
En segundo lugar, me preguntó que cómo sabía yo mismo que yo era un varón y no una mujer. Cuando le fui a responder, el hombre me interrumpió para reconocerme que se había dado cuenta de que acababa de cometer un grave error. Y me pidió encarecidamente perdón por haber dado por supuesto que yo era un varón, fundándose sólo en cosas tan superficiales como mi aspecto físico o mi tono de voz, cuando en realidad yo podría poseer una rica interioridad de mujer que era a la postre, según él, lo único importante. 
Al final no tuve muy claro si era él o era yo quien más cosas supuestamente ofensivas había dicho en tan breve diálogo. Mas sí capté nítido que mi pregunta originaria había quedado sin contestar, sepultada bajo un grueso follaje de posibles ofensas mutuas. 

Estos ejemplos que ofrezco seguramente hayan traído a la mente del lector un variopinto elenco de casos similares. Vivimos, caben escasas dudas, en una época en que abunda la gente que se siente ofendida por cosas. Hay quien piensa que toda esa gente tiene siempre la razón, que si se ofenden es porque alguien habrá cometido la fechoría de ofenderlos y debe ser castigado.

Otros pensamos, sin embargo, que la actitud filosófica correcta reside en ponerse a distinguir entre ofensas reales y ofensas meramente imaginarias, dado que, al menos desde Platón, lo sensato es diferenciar siempre entre la verdad y lo engañoso. Pero también cabe otra pregunta filosófica acerca de todo esto: 
¿por qué vivimos en una época en que tanta gente se siente cada vez más ofendida por cada vez más cosas? Antes nunca ocurrió así. Se ha dado una respuesta de tipo, digamos, «psicológico» a tal interrogante. Vivimos en un mundo en que los adultos de hoy empiezan a ser cada vez más los antiguos críos de familias en que los padres pasaban poco tiempo con ellos. 
A veces por motivos laborales, a veces por divorcio, a veces porque los niños estaban sobrecargados de tareas extraescolares. Como consecuencia, esos padres han tratado a tales niños, en el escaso tiempo que podían pasar con ellos, con excesiva laxitud. 

Meredith Haaf, en su libro Dejad de lloriquear, explica que cada vez más padres ven como un deber dar siempre la razón a sus hijos, preservarlos de todo problema y contarles continuamente cuánto les gusta todo lo que hacen. 
Por consiguiente, esos niños, que hoy van siendo ya jóvenes adultos o simplemente adultos, no han aprendido cómo reaccionar ante gente que piensa o actúa de modo diferente al que ellos querrían. Y se ofenden. Existe también una respuesta política a nuestra pregunta. 

Ya en 1983, el sociólogo Alain Touraine explicó que nos adentrábamos en una época que él denominó «postsocialismo». Durante tal postsocialismo la izquierda dejaría de defender sólo a los trabajadores o a las partes más depauperadas de la sociedad y trataría de mostrarse como la principal defensora de cualquier minoría social (mujeres, gais, jóvenes, grupos étnicos o nacionales minoritarios ...). 

Dado que esos grupos a menudo pueden sentirse ofendidos por lo que la mayoría de la sociedad dice con respecto a ellos (las mayorías son así, no conocen todo lo que les molesta a las minorías), la nueva misión de la izquierda, según el análisis de Touraine, bien puede ser la de fomentar esos sentimientos de ofensa para, inmediatamente después, erigirse como el único paladín que librará a los ofendiditos de las garras de los pérfidos ofensores. Y cuantos más sean tales ofendidos, más votos irán al regazo de esa izquierda postsocialista que los quiere acurrucar. Alguien estaría sacando prósperos beneficios, pues, del actual incremento del número de ofendidos. Con todo y con eso, creo que ni la respuesta psicológica ni la respuesta política son capaces de explicar completamente por qué nos vamos sumergiendo en un mundo repleto de ofendidos. 

Y voy a proponer, para terminar, el esbozo de una respuesta más bien histórico-filosófica a todo este asunto. Occidente, que es la sociedad donde están sucediendo estas cosas, es desde hace unos 1.700 años una civilización marcada por el cristianismo. Y el cristianismo se caracteriza por dar una respuesta muy peculiar al problema del sufrimiento humano. En vez de echarle la culpa a la persona que sufre, como hacen algunas morales, o a las vidas anteriores que tuvo esa persona que sufre, como hacen otras religiones, el cristianismo aquí hace una afirmación atrevidísima: Dios mismo sufrió. Fue crucificado. Y, por tanto, el sufrimiento, por intolerable que parezca a veces, tiene siempre un sentido (divino). 

El Dios cristiano acompaña al que sufre, pero no como un cireneo que echa la mano por el hombro al sufriente, sino padeciendo Dios mismo también. Cualquier persona que sufre, pues, debería merecer de un cristiano su atención: Dios mismo está en ella. Mientras que, en otras culturas, podría merecer más fácilmente condenas, desprecio o indiferencia. Ahora bien, hoy nuestra sociedad ha olvidado estas nociones cristianas sobre lo divino del sufrimiento, pero parece haber conservado el empeño cristiano por fijarse en los que sufren. Así, no sabemos muy bien cómo tratar a todo el que dice que sufre, aunque tampoco aceptemos volver a la mentalidad romana o helénica, que invitaba a ignorarlos sin más. Ya no creemos en un Dios que acompañe a todo el que padezca algún daño, de modo que intentamos sustituirle y ser nosotros los que prestemos atención a cualquiera que diga sufrirlo; sin fijarnos mucho en si, a menudo, la causa de su dolor puede ser sólo una ofensa nimia. 

Entramos así en un mercadeo en que, si queremos recibir la atención de los demás, lo más fácil es mostrarnos como víctimas (el cristianismo apostaba por la víctima), pero sin tener ya muy claro cuál es el criterio para ser una verdadera víctima (hemos perdido al Dios cristiano, que sí lo tenía). Pensando habernos librado de un Dios crucificado y sus mandamientos, nos vemos ahora rodeados de cientos de diosecillos que exhiben sus cruces y nos reclaman miles de nuevos preceptos para no hacérselas más pesadas. Resulta poco sorprendente, pues, que ante todo esto Nietzsche pensara que nuestra sociedad es la sociedad de «los últimos hombres». Donde, naturalmente, ni la palabra hombres pretende ofender a las mujeres (Nietzsche no las excluía de tal decadencia), ni la palabra últimos pretende hacer daño a quienes preferimos no llegar los primeros a algunas metas. Como, pongamos por caso, en una carrera hacia la estupidez.


"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 

VER+:


«Qué lecciones profundas (sobre la Verdad, la Nación o el Mal) no hemos sabido aprender, o aprendimos mal, durante nada menos que 80 años tras el Holocausto»


«Toda la charlatanería sobre ‘valores éticos’ puede abocar, en unos casos, a relativistas morales; en otros, a meros moralistas y en otros, a fanáticos»


«Estamos exhaustos más en el alma que en el cuerpo. Solo vemos alrededor seres empeñados en subir una piedra por una pendiente que siempre les traiciona»


«Si queremos vencer al progresismo desatado de nuestros días, hay al menos un requisito que no podemos pasar por alto: hay que dejar de ser imbéciles»


«El Gobierno más radical de nuestra historia ha aprobado leyes que no solo van contra la fe cristiana, sino contra las bases mismas de nuestra civilización»


Cada día se intenta etiquetar más y más cosas como “delitos de odio”, para castigar así a todo el que ose expresarse de forma que alguien considere “ofensiva”


Estas ansias de controlar verdades no ciñen sus tentáculos a nuestro presente. Para controlar el futuro, tanto o más necesario es fiscalizar el pasado: lo han sabido bien todos los enemigos de la libertad.

MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ: 
"CLARO QUE HAY QUE PROVOCAR, PROVOCAR INCOMODIDAD A VECES ESTÁ BIEN..."


miércoles, 11 de septiembre de 2024

LIBRO "VERDADES PENÚLTIMAS" por JAVIER GOMÁ y PEDRO VALLÍN

Verdades 
penúltimas 
Si la democracia liberal es el mejor momento de la Historia, 
¿por qué la gente está tan enfadada? Un debate ilustrado

Una conversación extraordinaria entre dos amigos liberales —augusto y polichinela del debate público español— que reflexionan juntos sobre el estado del mundo hoy.
La inevitable imperfección del mundo, el malestar generalizado, la indignación, la crisis de la democracia, la teoría de la conspiración y la teoría de la chapuza, la importancia de la dignidad del individuo, la difícil gestión del fastidio de existir... Javier Gomá y Pedro Vallín, dos personas de tan diferentes formación y ocupación, que se desempeñan en dos ámbitos de la escritura tan distantes y que manejan estilos de comunicación pública tan dispares, decidieron un día mantener una serie de charlas sobre las aristas del presente.
Verdades penúltimas es la literaturización de sus encuentros reales, la comedia ligera de una conversación escrita a cuatro manos en la terraza de un bar, desayunando en un Café o tomando unas cervezas en un elegante salón. Las cinco partes de este breve volumen resumen su mirada, proyectada desde ámbitos muy distintos de la experiencia del mundo, pero convergente, sobre un tiempo y un estado de las cosas claramente percibidos como peores de lo que son.
«Solo las personas superficiales desconocen 
la importancia de las apariencias». 
OSCAR WILDE

INTRODUCCIÓN

Javier Gomá y yo nos conocimos hace una década de la forma más prosaica y apropiada, dadas nuestras ocupaciones respectivas, la filosofía y el periodismo: en una entrevista. Él publicaba Necesario pero imposible, libro cuarto de la Tetralogía de la Ejemplaridad, y yo oficiaba de periodista cultural en Madrid para La Vanguardia. Por aquel entonces había tomado por costumbre no preparar las entrevistas, rara vez llevaba apuntes o preguntas en el cuaderno porque era muy común que el aviso para hacerlas me llegara con apenas uno o dos días de margen, de modo que dedicaba a leer todas las horas previas al encuentro. Solía sentarme ante el escritor con la letra fresca y mil ideas bullendo en la cabeza y a poco que el libro tuviera el mínimo interés, las preguntas salían solas. Dispongo de una inhabitual capacidad para el entusiasmo y, llegado el caso de un proyecto fallido, también de una notable magnanimidad para hacer las preguntas sobre lo que el libro debió haber sido y quiso ser, y no sobre lo que resultó ser. Necesario pero imposible —yo entonces no había leído Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo ni Ejemplaridad pública, sus predecesores—, estaba muy lejos de ser un proyecto fallido, de hecho, era un libro impresionante e insólito, un regreso de una filosofía de las grandes cuestiones pero sin la solemnidad, la fatuidad y el hermetismo académicos que lastra las mejores mentes. Era un volumen lleno de hallazgos de una inteligencia deslumbrante dispuestos sobre las páginas con un estilo tan preciso como hermoso. Como lector, la inteligencia me embriaga pero la belleza me rinde. 

El tipo que me encontré en su despacho de la Fundación Juan March, responsable de aquellas páginas asombrosas, resultó ajustarse físicamente a la condición de gentleman británico —un atributo no infrecuente en los naturales de Bilbao— pero más jovial que flemático. Tan inteligente y locuaz como sus líneas, lo cual tampoco es norma. Javier Gomá es un extraordinario conversador, espléndido incluso ante las preguntas más peregrinas. A menudo, ante los grandes libros o las grandes películas, los periodistas descubrimos que quien está detrás ha dado lo mejor de sí en la empresa y su conversación no puede rendir a tal altura. Me he topado pocas excepciones, por eso siempre me asalta el recuerdo de los cineastas españoles Paula Ortiz y Nacho Vigalondo, porque hay inteligencias que producen vértigo, y esa ingravidez que empuja el estómago contra los pulmones haciendo flotar el intestino no se olvida fácilmente.

Aquella primera entrevista con Gomá fue así y, fruto de mi enardecimiento, se convirtió en una charla donde el interés periodístico quedó desplazado por la curiosidad mundana. De ahí que se alargara más de lo aconsejable si, como es el caso, luego tienes que transcribir la grabación y no eres un mecanógrafo especialmente raudo. 
La fluidez en la conversación y la mutua simpatía se consolidaron en posteriores entrevistas y mi filiación gomista no hizo sino afianzarse con cada artículo que Javier publicaba y con cada uno de nuestros encuentros alrededor de sus libros, que acabaron convirtiéndose en una costumbre con la que sancionar los semestres. Los periodistas sabemos que no es fácil ni aconsejable frecuentar la amistad de tus ídolos porque descansa sobre un cimiento asimétrico y a menudo esa jerarquía que construye la devoción sincera se convierte, como toda desigualdad, en un lastre difícil de gestionar. 
Descubrir que había una cierta reciprocidad en el mutuo interés no solo fue un hallazgo venturoso sino un orgullo para el que suscribe, poco dado a las cortesías de falsa modestia, que uno siempre ha considerado —cuando no es natural sino educada — como el vicio pasivo-agresivo de quienes necesitan negociar tablas con el mundo alrededor. 

Parte de los pronunciamientos de Javier se convirtió en recurso habitual en mis propios textos y, como nos ocurre ante la verdadera clarividencia, citar a Gomá —junto a un pequeño grupo de habituales como Richard Ford, Dioni López, Manuel Portela, David Remartínez y Jaime Miquel— se volvió para mí una estación de paso obligada para construir discurso sobre los asuntos más variopintos. 

Cuando abordé con Álvaro y Joaquín Palau, editores de este volumen, la posibilidad de que Gomá, sin abandonar su longeva lealtad a sus editores habituales, nos iluminara con un breve tratado sobre el momento de la democracia, sobre la escasa ejemplaridad de los nuevos iconos políticos, sobre su ufana maldad y su incompetencia presuntuosa —pensaba y pienso en Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nigel Farage, Isabel Díaz Ayuso o, de forma más reciente, Javier Milei—, el interpelado propuso hacer el libro conmigo. 
Entendí que, dada la naturalidad y prodigalidad con la que han discurrido siempre nuestras entrevistas, repetirlas con paso largo era el mecanismo más sencillo y eficiente para iluminar con las ideas del mejor filósofo de su generación el momento político que atraviesa un Occidente abismado al mausoleo de anteriores ruinas. Pero para mi rubor y júbilo, Javier no quería que lo entrevistara sino que mantuviésemos una charla, un tête à tête como los que tejemos cuando es la holganza y no el interés lo que nos convoca y nos robamos la palabra en el frenesí de las ideas. 
Uno, que se quiere bien, suele recibir los ascensos y galones con patente contento y sin dejar que el síndrome del impostor amargue la fiesta. Bien pensado, había algo profundamente divertido y estimulante en la idea de que dos personas de tan diferentes formación y ocupación, que se desempeñan en dos ámbitos de la escritura tan distantes y que manejan estilos de comunicación pública tan dispares, discutieran sobre las aristas del presente. 
La coartada para frecuentarnos más y alargar nuestra conversación sobre el mundo, que ha ido desplegándose taciturna durante la última década, era un obsequio añadido. 

El asunto lo merece. En el fondo era mi propia curiosidad sobre el parecer de Javier lo que pretendía satisfacer a lo largo de la charla. El fenómeno que me causa confusión es cómo se han torcido hasta tal punto las percepciones sobre la virtud pública y la ejemplaridad para que comportamientos que hace muy pocos años a buen seguro le costarían la carrera política a su autor hoy fueran factor de apoyo popular. Señalar que el fascismo es el lado bueno de la historia, admitir que se ha mentido a la población, amenazar con disparar contra la ciudadanía o que trasciendan comportamientos indecorosos, cuando no de violencia sexual, no solo no son conductas hoy merecedoras de reproche social en la competición electoral sino que, bien al contrario, han sido celebradas por buena parte de los votantes. Con los particularismos obvios, el fenómeno es de alcance global, así que necesariamente ha de haber corrientes de fondo comunes que expliquen esta vertiginosa ola en mar abierto que amenaza la flotabilidad de las democracias de medio mundo. 

El resultado de nuestra charla debería medir las causas, profundidad y consecuencias del malestar de la democracia, y así se habría titulado este volumen de no ser por que ya había un libro anterior con ese título (paradójicamente, de un momento en que ese mal cuerpo aún no había dado señales de alarma tan patentes como las que hoy vemos por doquier) y porque en los últimos meses se habían llenado las mesas de novedades de las librerías de una colección de malestares que amenazaban con arruinar la digestión de los eventuales compradores. 
Vivarachos bien informados como somos ambos, la conversación resultante, informal y sin pretensiones de exhaustividad o cátedra, pretendía no orillar ninguno de los síntomas de ansiedad del presente, pero no con el propósito de ganar el prestigio y el oropel de tantos pájaros de mal agüero sino, bien al contrario, tratando de explicar y explicarnos por qué ninguno de nosotros dos, en nuestra militante zalamería intelectual —hace tiempo que atribuyo nuestro mutuo aprecio a que ambos cultivamos una sana y muy poco habitual combinación de vanidad y distancia irónica sobre nosotros mismos—, ninguno, digo, hemos perdido el buen ánimo en un periodo a priori tan desconcertante y lleno de zozobra. Apenas superada la pandemia, dos guerras se desencadenaron a las puertas de nuestro civilizado rincón del mundo mientras compartíamos los vermús, cañas y pitanzas que animan este libro, a pesar de lo cual nos propusimos llegar al final sin entregar un rebaño de lamentos. En parte, también porque en esa dialéctica entre lo que ocurría y lo que hacíamos, entre la guerra y la cháchara, se contiene un provisorio lenitivo para la desazón humana que evita el tentador atajo del cinismo. Si en términos estrictos una nación solo es un cuento —una narración ejemplar—, un país es una conversación infinita. 

Las cinco partes de este breve volumen resumen nuestra mirada, proyectada desde ámbitos muy distintos de la experiencia del mundo, pero convergente, sobre un tiempo y un estado de las cosas claramente percibidos como peores de lo que son. No por error del común sino por motivos profundos, que esbozamos, relacionados precisamente con los muchos progresos humanos, un contrasentido que no debe alarmar al lector, porque es la paradoja —a la que hemos consagrado el título de este entremés— el bastidor sobre el que se asientan la mayoría de los asuntos humanos, tan inclinados a la anfibología y tan elusivos de las conclusiones categóricas. 

La última prevención que cabe hacer al lector animoso es la militancia literaria que alienta estas páginas: a diferencia de la metodología común de los libros de dos autores, consistente en grabar y transcribir a los participantes mientras discuten, ambos estábamos convencidos de que la literatura —y el ensayo político ha de serlo tanto como el periodismo o la filosofía— no se declama, se escribe. De modo que lo que sigue es una literaturización de nuestros encuentros reales, la comedia ligera de una conversación escrita a cuatro manos que pretende ser amena y en la que nuestro propósito era aventurar algunas certezas provisionales, cuales son las que incorpora la democracia, verdades penúltimas que sostienen nuestra confianza para volver a reunirnos y celebrar el presente.

PEDRO VALLÍN (enero, 2024)

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JAVIER GOMÁ y PEDRO VALLÍN. 
Democracia, progreso, libertad, malestar, Constitución | Arpa Talks #52

Clase magistral de Javier Gomá La causa de nuestro actual descontento