EL Rincón de Yanka: INSTITUCIONALISMO

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viernes, 15 de agosto de 2025

LIBRO "LA CONSTRUCCIÓN DE LA AMÉRICA HISPÁNICA" y "La Academia de la Historia tendría que pedir perdón a España por permitir el triunfo de la leyenda negra" por CESÁREO JARABO JORDÁN


LA CONSTRUCCIÓN DE LA
AMÉRICA HISPÁNICA

El legado civilizador de España
en el Nuevo Mundo


Una obra monumental que revela el genio organizativo, jurídico, científico y humano de la España imperial. De la Casa de Contratación al traje espacial, una herencia que transformó el mundo.
Esta obra meticulosa documenta el extraordinario legado institucional, jurídico, científico y cultural que España estableció en los territorios americanos durante su época imperial. El lector descubrirá el funcionamiento de instituciones clave como el Consejo de Indias, la Santa Hermandad o el Juzgado General de Indios, al tiempo que comprenderá la verdadera dimensión de acontecimientos como la Controversia de Valladolid o la Real Expedición de la Vacuna.
La Corona española implantó un sofisticado sistema de gobierno que reconocía derechos fundamentales a los indígenas, creaba figuras como el Protector de Indios y establecía tratados formales con los pueblos originarios. Brillan con luz propia innovaciones jurídicas como el juicio de residencia, junto a avances científicos en campos como la cartografía, la navegación o la medicina.

UN IMPERIO QUE LEGISLÓ A FAVOR DE LOS MÁS DÉBILES,
DEBATIÓ SOBRE LA LEGITIMIDAD DE SUS PROPIAS CONQUISTAS Y
COMPARTIÓ SUS DESCUBRIMIENTOS CON TODA LA HUMANIDAD.

Esta obra invita a redescubrir la verdadera dimensión de la presencia española en América: una potencia que construyó una sociedad nueva donde convergieron mundos, lenguas, razas y credos, adelantándose siglos a su tiempo en el reconocimiento de derechos humanos y en el desarrollo del conocimiento científico.
Este libro es un arma cultural poderosa contra la autocensura, el relativismo y la desmemoria. Una llamada a redescubrir la Hispanidad como modelo histórico alternativo frente a la globalización deshumanizante. Una obra imprescindible para quienes no aceptan que se pida perdón por lo que fue, sencillamente, grandioso.
«España no llevó solamente su espada, llevó su alma. No impuso solamente leyes, sembró civilización». Paul Claudel, poeta y diplomático francés.

PRÓLOGO

El prólogo de un libro se concibe comúnmente como una reflexión, una exposición introductoria o incluso una síntesis —que a todo prologuista honra— con el propósito de hacer una aproximación al lector de la obra y sobre su autor. Este es el propósito que me anima y en ambos casos, obra y autor, debo anticipar que estamos ante dos elementos muy sobresalientes que merecen toda consideración. 

La Historia de una gran comunidad como es la hispanoamericana puede servir de lastre o de revulsivo para las generaciones presentes o futuras. El autor pretende lo segundo y doy fe que lo consigue, haciendo justicia del reconocimiento al ímprobo esfuerzo de generaciones de nuestros antepasados que pusieron por delante el beneficio colectivo al bienestar personal. Los orígenes singulares y magnos fundamentos que engendraron esta ingente labor colectiva no deja dudas pues es constatable que su principal pretensión no fue otro que el progreso, no solo material de la comunidad que se alcanzó con altas cotas a las puertas de las independencias americanas, sino también de excelencia en lo espiritual, lo político y lo cultural. 

La expedición que organizó Colon en 1492 con el apoyo inestimable de la Reina Isabel I de Castilla y el establecimiento de bases sólidas de una civilización que concretaron con el paso de los años los súbditos españoles en América constituyó, no solo un cambio rotundo en el porvenir de los reinos de la península ibérica, un impulso para la cristiandad sino además un cambio trascendental de la Historia de la Humanidad. Si digo bien, de la Humanidad. Los habitantes de la tierra desconocían algo tan asumido en nuestros días como los límites, las características geográficas y hasta la forma de nuestro planeta. Esta asombrosa gesta, esta proeza humana abarcando la comprensión de la misma realidad del globo terráqueo que propició la Corona de Castilla en 1492 no tiene parangón en cuanto al reto humano y tecnológico de la época, del anisa exploradora de los hombres españoles y portugueses en la Historia de la Humanidad, por ello estos capítulos del pasado se merecen cuando menos una atención adecuada, un interés consistente y constante, y un trato riguroso que, en ocasiones o me atrevería a decir incluso con demasiada frecuencia, no se da por razones espurias, ocultación torticera, por conveniencia ideológica, geoestratégica, política o por simple desidia. 

Por esta razón, el simple hecho de atreverse a la apasionante experiencia de investigar, documentar, redactar, revisar, y escribir un libro de esta naturaleza es un motivo de satisfacción, o más bien diría yo de admiración, pero además nos parece una cuestión de necesidad. 
El lector tiene en sus manos un trabajo concienzudo, serio y riguroso como los que nos tiene acostumbrado el autor haciendo justicia a la grandeza de dicha gesta española. La prolífica actividad intelectual de Cesáreo Jarabo en la edición de nuevos trabajos de referencia como el que nos ocupa, así como en la divulgación es incansable asumiendo contra viento y marea, el esfuerzo silencioso, fértil y espartano por divulgar el conocimiento honesto del pasado, la defensa de la verdad histórica y la recuperación de la memoria colectiva hispánica tan maltratada cuando no groseramente vilipendiada. 

Merecen ser expuestas algunas líneas más sobre su autor, que bien conozco y me honro en su amistad, así como esta obra. Cesáreo Jarabo es un extraordinario investigador, un apasionado divulgador de la historia y cultura española. Asume sin desmayo la ardua e incansable labor de estudio y divulgación de hechos históricos por noble espíritu de compromiso. Compromiso con la verdad histórica y la divulgación honesta, sincera del pasado. Sobresale siempre la meticulosidad con la que afronta cada trabajo sin dejar ningún episodio de nuestra singular historia en el olvido o condenado al ostracismo. Podría decirse que este compromiso es muestra de un profundo espíritu de rebeldía contra el mal trato al pasado hispánico y que en los tiempos que corren es tan necesario conocer bien. El mérito de este autor se agranda y es muy significativo porque en estos tiempos hay un vacío de conocimiento, extraño, sospechoso, ofensivo con las omisiones de numerosas universidades y centros académicos. Los mal pensados y otros dirán lo mejor informados pensaran quizás que tan lamentable trato académico tiene una intención «oculta»: conseguir que un pueblo sin pasado o en el mejor de los casos con un pasado bochornosamente distorsionado pierda el aprecio a si mismo y por lo tanto se convierta en un pueblo condenado a desparecer. Sin memoria colectiva, no hay autoestima y quien carece de vocación a defenderse incurre en una forma de inconsciencia que nos lleva a la muerte como diría Ramiro de Maeztu. Y esto el autor lo sabe bien. 

Respecto a lo que se refiere el contenido de esta magnífica obra, el lector va a encontrar un portento de erudición. Esta obra no deja ningún aspecto sustancial de ese pasado hispanoamericano en el olvido por lo que se convierte de facto en una obra de referencia. Se aborda con verbo firme, narración amena e inteligencia todos los aspectos que han determinado el devenir de los tiempos y que dieron forma a la historia de Hispanoamérica tal y como hoy la conocemos. La obra saca a la luz la esencia de nuestro ser. Se afronta con maestría de escribano versado la descripción de las instituciones elementales, las personalidades más notables, la economía, el ordenamiento jurídico de Indias, la ciencia, el legado de desarrollo y progreso. En definitiva, la labor civilizadora de España que se dejó, no solo el continente americano sino en islas del Pacifico como Filipinas o la Guinea Ecuatorial. 
El libro por lo tanto nos da muestra de un trabajo ímprobo de dedicación y esfuerzo que aspira cuando menos al reconocimiento de los ciudadanos intelectualmente más honestos.  
Este libro es un texto de obligado conocimiento para todos y bien harían los centros de enseñanza en darse cuenta de ello retomando un conocimiento sensato de nuestro pasado.

Además, la obra tiene una estructura óptima para alcanzar una correcta exposición de la visión verdadera y de conjunto de lo que ha sido la aportación de España a América —y de América a España— y por lo tanto al mundo. Un análisis cabal y pormenorizado de las singularidades, de las diferentes etapas de desarrollo, de las instituciones, de hitos históricos que definen un espíritu de grandeza de nuestros antepasados que favorecen la comprensión documentada de la realidad histórica y de nuestro ethos hispánico, es decir del conjunto de rasgos que constituyen nuestra comunidad hispánica llamada a los grandes retos de presencia en lo universal. 

Y para ir concluyendo, según escribo estas líneas y en estos mismos momentos me encuentro con la noticia (El Debate. 14/3/2025) que «El Instituto Cervantes abraza la “desconquista” española promovida por la presidenta por México». La noticia no sorprende a nadie en España por la suicida tendencia patria que sin pudor exhiben los poderes públicos cuando de hacer justicia histórica se trata y de romper una lanza en justicia por nuestro pasado. Los organismos oficiales llamados —en teoría— a la divulgación y defensa de la cultura española no se implican para nada en esta labor y, más bien por el contrario, se suman a cuantas campañas e iniciativas se produzcan para la estigmatización de lo hispano. Por esta razón se hacen más necesarias las investigaciones serias y escritores como Cesáreo Jarabo pues lo que no haga la sociedad civil hispanoamericana que es quien ha asumido la verdadera labor de estudio, defensa y difusión de la verdad histórica, no lo va a hacer nadie. 

Solo cabe decir para finalizar esta modesta introducción, que este libro le proporcionará mucho disfrute en su lectura, contribuirá a mejorar conocimientos y a redescubrir un fascinante pasado, pero lo que es más importante contribuirá a la forja de ciudadanos de ambos hemisferios más libres, juiciosos y bien formados. Que así sea.

Madrid, marzo de 2025
JULIO HENCHE 
Abogado y escritor


Cesáreo Jarabo Jordán (Gascueña, Cuenca, 1953) es licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de numerosos trabajos históricos, ha abordado a lo largo de los años temas tan diversos como Los Campamentos del Frente de Juventudes —su tesis de licenciatura—, la figura de Omar Ben Hafsún en la novela histórica El primero de los insurgentes, o la Primera República en El cantonalismo. Hispanista convencido, se ha adentrado en el estudio de los momentos de esplendor del Imperio español, así como en las causas de su decadencia y descomposición. 

Entre sus obras destacan 1898. Un hito en la gran traición y El final del Imperio de España en América, donde analiza el desastre de 1898 y sus implicaciones históricas. También ha publicado El aprendiz de Quijote, un ensayo en torno a la célebre obra cervantina. Su actividad se extiende al ámbito audiovisual, con una prolífica serie de vídeos en YouTube — bajo el título “Pensamiento hispánico”— en los que disecciona los elementos que conforman la génesis y evolución de la Hispanidad. Colaborador habitual en diversas publicaciones digitales, imparte conferencias y participa en debates en canales hispanistas, siempre con el objetivo de profundizar en la historia y el legado cultural del mundo hispano.

En esta entrevista, conversamos con él sobre su más reciente trabajo, La construcción de la América Hispánica, un exhaustivo compendio que analiza con detalle la génesis de la Hispanidad y su proyección humanística en el mundo. 

Usted es una persona bastante conocida y referencial en el elenco de personalidades que se dedican desde hace un lustro a difundir los valores de la hispanidad y su origen, desarrollo civilizatorio y derrumbe, sus causas y procesos. El libro que presentamos hoy ante nuestros lectores contiene una documentación y datos de tal envergadura que a mi parecer es un libro de consulta, con cierto sentido enciclopédico. 
¿Qué le ha inspirado a usted el escribir una obra que implica muchas horas de estudio y recopilación? La composición de este libro, casi casi, podemos decir que ha sido casual. Ha sido como el que encuentra algo que no buscaba.
Pero claro, encontrar algo que no se busca no deja de ser producto del trabajo, de la investigación. Es el caso que estoy en grupo de amigos de las historia que funciona en Internet bajo el nombre de “España en la Historia”. Es ahí donde el coordinador me dijo un día que por qué no escribía algo sobre Diego García de Paredes. Lo hice, y a partir de ahí cada semana aporté un nuevo personaje, siendo que esa labor me llevó a hacer lo mismo con acontecimientos que me parecían curiosos. Las semanas fueron pasando, y los artículos empezaron a contarse por centenares, lo que me llevó a ordenarlos por temas y presentárselo a mi editor, que de entrada rechazó todo lo que hacía referencia a cuestiones militares, y me dijo que agrupase lo que tenía hecho sobre cuestiones de ciencia, derecho y economía.
Eso me costo muy poco, y el resultado está recogido en el libro que recientemente ha sido publicado con el título de La construcción de la América Hispánica. 

¿Su libro va dirigido a algún grupo de lector específico? 
Mi libro sí va dirigido a un grupo de población específico: la Hispanidad, y mi objetivo es que el pueblo hispánico avente sus complejos y conozca su gloriosa historia. Se trata de un texto divulgativo, accesible, creo, a todos los niveles de formación. El lenguaje utilizado es cordial, fácil de leer, y sus 360 páginas, que para la cultura de mensaje breve a que estamos sometidos pueden parecer interminables, son salvadas por el hecho de que está compuesto por 115 artículos independientes, algunos de ellos relacionados entre sí. 

Usted, como yo mismo, tiene formación académica como pedagogo.
¿Qué pretende con el libro a los efectos de formación de las mentes en un momento como el presente de verdadero desierto cultural? 
Aunque ha resultado sin planteamiento previo, entiendo que la estructura del libro puede ser de alto interés pedagógico para gentes de todas las edades; para los mayores desacostumbrados al estudio y para los alumnos de secundaria. Y en todo caso para cualquier persona cuyo conocimiento de la historia se limite a lo que ha aprendido en la enseñanza reglada y a quienes asumen sin cuidado la producción cinematográfica, tanto extranjera como nacional. 

¿Considera usted que hay avances en el conocimiento de la Historia relacionada con el Imperio español y lo que supuso para la civilización occidental? 
Hay avances, sí, y ya hasta en algún sector del entramado educativo ha hecho mella la actividad cultural que se está produciendo desde el mundo hispanista. Incluso se puede encontrar en red un libro de Historia de España para alumnos de tercero de la ESO. 

Pero la labor es ingente, pues mientras personas en principio alejadas de la enseñanza de la Historia estamos luchando por difundir la verdad histórica, el Ministerio de Educación, sumiso a las instrucciones recibidas, mantiene unos curricula negrolegendarios, y la Academia de la Historia, que podía haberse hecho notar hace ya más de un siglo, parece que empieza a desperezarse, pero dando síntomas de amodorramiento. A pesar de esa actuación de las autoridades, resulta evidente que hay un creciente interés popular por el conocimiento de la Historia, y si bien no en los medios públicos de propaganda, que se mantienen firmes en su campaña negrolegendaria, la gente, y en especial la gente joven, empieza a preguntarse cosas, y eso es muy positivo. 

¿Es posible cambiar la sensibilidad de la masa de la población que ignora, incluso la génesis de la nación que ha alumbrado su ser como persona? ¿Se puede llegar a entusiasmar con una obra como la suya, verdaderamente erudita? 
No podemos caer en el triunfalismo. Sería nuestro primer enemigo, pero ciertamente entiendo que es posible revertir la situación. Por supuesto sería mucho más fácil si contásemos con los medios que en su momento contaron los instauradores de la leyenda negra y con los medios que cuentan hoy sus mantenedores. No tenemos ministerios, no tenemos medios públicos de comunicación, pero contamos con un medio sumamente potente como es Internet. Cierto que ellos, además de ministerios, editoriales y medios de comunicación también cuentan con potentes motores de Internet, pero el caso es que nosotros vamos tejiendo una red que cada día es más extensa y tupida, y con eso, de momento tenemos más que suficiente, ya que el crecimiento de los activistas culturales es exponencial mientras la confianza en los medios del sistema es cada día menor.
Además, la confianza que da conocer que el dato no puede ser vencido por el relato, posibilita que quién toma contacto con la realidad histórica se convierta en ferviente defensor de la misma. 

¿Qué mensaje de fondo quiere transmitir a través de su libro al posible lector? 
Quiero que el lector descubra algo de lo que yo estoy profundamente convencido y que cuando lo expreso llena de estupor a mi interlocutor, que hasta llega a dudar de mi salud mental: Fuimos grandes y fuimos libres, mientras hoy somos pequeños y somos esclavos. No debo adentrarme en hechos sucedidos a lo largo del siglo XVIII y del siglo XIX, atendidos en otro libro editado con anterioridad y titulado “El fin del imperio de España en América”; sin embargo son hechos que hoy pesan como una losa sobre el pueblo español. 

No debo adentrarme, pero lo voy a hacer, porque todo lo positivo que relato en La Construcción de la América Hispánica ha sido condenado al ostracismo por quienes hoy nos esclavizan. Los españoles de ambos lados del Atlántico; los españoles del Pacífico somos esclavos; estamos colonizados por quienes siempre, y hasta el siglo XIX, nos combatieron por todos los medios; por quienes en esos momentos tenían armadas piratas que eran corridas por la marina española. Con el cambio de dinastía cambiaron demasiadas cosas y ninguna para bien. 

Con el cambio de dinastía se olvidó de manera premeditada nuestra historia y se dio pábulo al triunfo de la leyenda negra que ya llevaba dos siglos urdiéndose contra España. Con el triunfo de la Ilustración la cultura popular sufrió un deterioro sideral, cayendo el nivel de alfabetización a límites del absoluto subdesarrollo cuando resulta que en los siglos anteriores se estaban creando latinistas en las selvas amazónicas. Y todo ello conllevó un sometimiento ovejuno primero a afrancesados y posteriormente a Inglaterra, que si mantiene una base militar en Gibraltar no es sino para garantizar la sumisión absoluta de la colonia, que es España. Y ese sometimiento al enemigo histórico hizo que en la insultantemente conocida como Guerra de la Independencia, Arthur Wellington fuese nombrado capitán general de los ejércitos de España… y grande de España. Pero, ¿quién era Arthur Wellington? No otro que el pirata que vino a la Península para combatir a los ejércitos franceses, pero lo hizo con la armada que tenía dispuesta para llevar a cabo el tercer intento de asalto a Buenos Aires.

Y lo hizo para derruir los castillos que rodeaban Gibraltar, y para bombardear los incipientes núcleos industriales españoles… y para robar arte que hoy está expuesto en Londres… y para coordinar los movimientos separatistas de América. Y fue nombrado duque de Ciudad Rodrigo, y hoy, sus descendientes son grandes de España y poseedores de importantes posesiones territoriales, “obsequio” de los súbditos británicos que vienen gobernando España. Este alegato, y la posibilidad cierta de poder revertir los hechos si nos decidimos a ello, es el mensaje claro y contundente que quiero transmitir a los lectores. 

Hay una gran proliferación de obras relacionadas con el tema hispanista, afortunadamente en este momento. ¿Se haría necesario crear una academia específica sobre la Hispanidad, y sobre el Imperio español y sus fundamentos axiológicos, a imitación de la Real Academia de la Historia? 
Debo dejar manifiesto mi particular desconfianza de la Real Academia de la Historia, que desde su creación en 1738 ha sido colaborador necesario de la leyenda negra, ya que ha sabido ocultar los hechos que hoy están sacando a la luz un cada día más nutrido grupo de amigos de la historia, que no necesariamente historiadores titulados.

Tal vez, digo tal vez, la Academia de la Historia tendría que pedir perdón a España y a la Humanidad por haber permitido el triunfo de la leyenda negra sobre la historia; por haber ocultado hechos como los que ahora relato, o hechos como la gran traición de 1898, por ejemplo. Pero no es sólo la Real Academia. El Instituto Elcano, por cierto dirigido por un británico, Charles Powell, no habla de Hispanoamérica ni de Hispanidad, sino de Latinoamérica, y manifiestamente sirve los intereses británicos sin tener muy en cuenta la verdad histórica. Y todo pagado por España. Con esas dos experiencias, parece manifiestamente necesaria la creación de un instituto que se mantenga al margen del poder político establecido. 

Para terminar, resuma en una frase lo que define su libro y por qué es deseable que se lea en beneficio del futuro de la civilización occidental que se configuró desde la conquista y civilización de aquel espacio que fue la obra de España en el mundo tras el periodo de la Reconquista, en una génesis asombrosa. 
Seremos libres cuando por amor a la verdad seamos fieles a la Historia.



viernes, 18 de octubre de 2024

LIBRO y CRÍTICA "LA DICTADURA DE LA MINORÍA": CÓMO REVERTIR LA DERIVA AUTORITARIA Y FORJAR UNA DEMOCRACIA PARA TODOS por LEVITSKY y ZIBLATT

 
LA DICTADURA
DE LA MINORÍA

CÓMO REVERTIR LA DERIBA AUTORITARIA
Y FORJAR UNA DEMOCRACIA PARA TODOS


Un llamado a reformar las instituciones democráticas tradicionales para frenar los regímenes autoritarios contemporáneos
Estamos atravesando una época convulsa en la que la gobernanza neoliberal, el ascenso generalizado de la extrema derecha, la política de bloques, y otras formas de autocracia se están imponiendo en diferentes latitudes del planeta. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt ofrecen aquí un marco teórico coherente y aportan ejemplos de todo el mundo para comprender el giro autoritario generalizado y explicar cómo los partidos políticos se vuelven contra la democracia. A partir del caso estadounidense y mostrando la evolución de otros países en la consecución de mejoras y reformas para la sociedad y las libertades civiles, los aclamados profesores de Harvard proponen una serie de reformas con las que salir de una espiral de crisis y constituir lo que ellos llaman la única democracia factible. Un libro necesario, legible y convincente.

De alguna manera, hemos resistido, 
testigos de una nación que no está rota, 
pero sí incompleta...

Es bastante habitual referirse a la sociedad como un rebaño de ovejas que es conducido de un lado a otro, incluso al matadero, sin ninguna resistencia. Individualmente, según parece, somos suficientemente inteligentes y astutos para advertir las perversas intenciones de los pastores pero extrañamente, cuando nos sumimos en la masa, nos vemos arrastrados sin remedio por la estupidez ovejuna.
Esta visión, que traslada la responsabilidad a una entidad abstracta y colectiva, cuyo común denominador es la estupidez, ignora precisamente que es la inteligencia de cada cual para el cálculo coste beneficio lo que permite a los políticos manipular a la sociedad y conducirla como a un rebaño. 
Los gobernantes han aprendido que, más allá de proclamas genéricas, que nunca se sustancian en medidas concretas y eficaces, les basta con favorecer los intereses de grupos minoritarios para someter a todos los demás.

La idea de que la política puede ser capturada por grupos minoritarios no es nada nuevo. Ya fue contemplada en 1957 por Anthony Downs en An Economic Theory Of Democracy, donde acuñó el concepto de «coalición de minorías», según el cual un partido podría ganar las elecciones proponiendo medidas que favorecieran a grupos minoritarios. Más tarde Mancur Olson, en The Rise and Decline of Nations (1982), mostró que, debido a que la dinámica de costes y beneficios favorece la creación de pequeños grupos de intereses, estos se impondrían al bien común y acabarían capturando los partidos, los gobiernos y sometiendo a toda la sociedad en beneficio de unas minorías.

En España, esta dinámica se manifiesta a nivel local, regional y nacional, generando situaciones que invitan a la reflexión. Futuros gobiernos precarios sostenidos por exigencias de pequeños grupos que, de alguna manera, tienen el poder de dictar quién debe gobernar. Ejecutivos atados por acuerdos con minorías poco populares, como extremistas, independentistas y nacionalistas. Hemos visto gobiernos eficientes en la gestión, pero pendientes de cuestiones irrelevantes o a un ayuntamientos donde figuras serias debieron lidiar con personajes más propios de una comedia que de la política.

Como conclusión, para Levitsky y Ziblatt «solo hay una cosa clara: las instituciones no salvarán nuestra democracia. Tendremos que ser nosotros mismos quienes lo hagamos».
Comentario crítico: con todos sus aciertos y hechos incontestables cuando describen la situación estadounidense, es fácil ver el sesgo partidista e ideológico quizás inconsciente de un ensayo como "La dictadura de la minoría". 
Propongo este ejercicio. Léase de nuevo el artículo. Cámbiese en la lectura el término EE. UU. por el nombre España. Realícense los pequeños ajustes necesarios para acomodar las frases a nuestra realidad política y social. Enseguida acuden a nuestra imaginación ejemplos y contraejemplos para certificar que la realidad supera y a veces contradice la teoría de Levitsky y Ziblatt.


"En realidad, el hombre no tiene derechos en una democracia.
No los perdió en beneficio de la colectividad nacional ni de la nación, sino de una casta político-financiera de banqueros y agentes electorales. 
La democracia masónica (globalista), a través de una traición sin igual, se disfraza de apóstol de la paz en esta tierra y al mismo tiempo proclama la guerra entre el hombre y Dios.
"Paz (Pacifismo) entre los hombres y guerra contra Dios". Corneliu Zelea Codreanu

INTRODUCCIÓN

Es difícil construir una democracia multiétnica. Apenas unas pocas sociedades lo han logrado. La democracia multirracial. es un sistema político con elecciones regulares, libres y justas en el que los ciudadanos adultos de todos los grupos étnicos tienen derecho al voto y libertades civiles esenciales como son la libertad de expresión, de prensa, reunión y asociación. No basta con que estas garantías existan sobre el papel: por ley,personas de toda procedencia étnica deben gozar de protección equitativa para garantizar sus derechos democráticos y civiles. :... a Civil Ríghts Act (Ley de Derechos Civiles) de 1964 y la Votíng Ríghts Act (Ley de Derecho al Voto) de 1965 sentaron finalmente las bases legales para una democracia multirracial en Estados Unidos. Sin embargo, ni siquiera hoy hemos conseguido convertirla en realidad.

Por ejemplo, el acceso a las urnas sigue siendo desigual. Según un estudio llevado a cabo en 2018 por el Public Religion Re­ search Institute (Instituto Público de Investigación sobre la Religión) (PRRI, por sus siglas en inglés), resultaba tres veces más pro­ bable para los ciudadanos afroamericanos y latinos que para los blancos que se les dijera que no disponían de la documentación correcta para votar. También tienen dos veces más posibilidades de que, por error, sus nombres no consten en elpadrón. 

Las le­yes que prohíben el voto a los convictos afectan a los afroamericanos de manera desproporcionada, y los ciudadanos no blancos siguen sin estar sujetos a la misma protección jurídica. Es dos veces más probable que en algún momento la policía mate a un hombre negro que a uno blanco (aunque, a su vez, las víctimas mortales negras de la policía son la mitad de propensas a ir ar­ madas); los negros tienen más números de ser parados y cacheados por la policía que los blancos; asimismo es más probable que los arresten y los condenen -con sentencias más largas-por delitos similares. Si persiste alguna duda sobre si los ciudadanos negros no gozan de los mismos derechos legales que los blancos, el caso de Kyle Rittenhouse puede servir como prueba: ¿podría acaso un joven negro atravesar tres estados con un rifle semiautomático, dirigirse a una manifestación sin que lo parara la poli­ cía, disparar contra la muchedumbre,matar a dos personas y salir impune?

Pero, aunque Estados Unidos todavía no sea una democracia multirracial de verdad, está en camino de convertirse en una. Durante el medio siglo transcurrido entre la aprobación de la Voting Right´s Act y el ascenso a la presidencia de Donald Trump, las bases fundamentales de la sociedad han cambiado. Una enorme oleada migratoria ha transformado la que había sido una socie­ dad predominantemente blanca y cristiana en diversa y multiétnica. 
A la vez, el creciente poder político, económico, jurídico y cultural de los estadounidenses no blancos puso en duda -y empezó a desmantelar- unas jerarquías raciales muy arraigadas. Las encuestas muestran que, por primera vez en la historia de Estados Unidos, la mayoría de la población acepta hoy la heterogeneidad étnica y la igualdad racial: los dos pilares fundamentales de una democracia multirracial.  En 20 16, Esta­ dos Unidos se estaba acercando a una auténtica democracia multirracial;una que tal vez pudiera ser un modelo para sociedades diversas del mundo entero.

Sin embargo, justo cuando este nuevo experimento democrático se empezaba a afianzar, el país sufrió una reacción autorita­ ria tan feroz que sacudió los cimientos de la República y llegó a suscitar preocupación entre los aliados internacionales sobre el porvenir democrático de Estados Unidos. Cuando hay pasos significativos hacia la inclusión democrática a menudo se producen reacciones intensas;autoritarias, incluso. Pero el asalto a la democracia estadounidense fue peor que cualquier escenario que hu­biéramos podido anticipar en 2017, cuando escribíamos nuestro primer libro, "Cómo mueren las democracias".  Hemos estudiado insurrecciones violentas e intentos de anular comicios en multitud de países, desde Francia y España a Ucrania y Rusia, pasando por Filipinas, Perú y Venezuela, pero aquí nunca imaginamos algo parecido. Como tampoco habríamos supuesto que uno de los dos grandes partidos estadounidenses renegaría de la democracia en el siglo XXI.

El retroceso democrático en Estados Unidos era de una magnitud sobrecogedora. Algunas de las organizaciones que toman el pulso a las democracias de todo el mundo lo traduje ron en un dato. Cada año, la organización no gubernamental Freedom House otorga a los países una puntuación que va de 0 a 100 en su Global Freedom Index (Índice de Libertad Global), donde 100 es indi­ cativo de una mayor democracia. En 20 15, Estados Unidos recibió una puntuación de 90, a la par con países como Canadá, Italia, Francia, Alemania, Japón, España o el Reino Unido. Sin embargo, con el paso del tiempo fue disminuyendo de modo constante, hasta llegar a un 83 en 2021. No era solamente una puntuación menor a la otorgada a cualquier democracia consolidada de Eu­ropa occidental, sino también a algunas con historia turbulenta como Argentina, Chequia, Lituania o Taiwán.

Se trataba de un vuelco insólito en los acontecimientos. Según casi todas las consideraciones en el campo de las ciencias so­ ciales sobre qué es lo que hace prosperar a las democracias, Estados Unidos debería ser inmune a dicha erosión. Los investigado­ res han descubierto dos patrones que prácticamente constituyen una ley: nunca mueren las democracias ricas, como nunca mue­ren las democracias veteranas. En un conocido estudio,  los politólogos Adam Przeworski y Fernando Limongi constataron que ningún sistema democrático con más riqueza que el de la Argentina de 1976 -su PIB per cápita era de unos 16.000 dólares actua­les- había colapsado jamás. Años más tarde, la democracia de Hungría, cuyo PIB per cápita es de unos 18.000 dólares al cambio actual, ha sufrido un proceso de erosión. El PIB per cápita estadounidense era de unos 63.000 dólares en 2020, casi cuatro veces mayor que el país más rico que en su día sufrió una ruptura democrática.

Del mismo modo, tampoco ha muerto ninguna democracia con más de cincuenta años de historia. Incluso situando la demo­ cratización de Estados Unidos en la aprobación de la Voting Rights Act de 1965 (es decir, cuando el país adoptó el sufragio pleno para los adultos), nuestra democracia ya tenía cincuenta años cuando Trump alcanzó la presidencia. De modo que tanto la misma historia como las décadas de investigación en ciencias sociales nos dicen que la democracia estadounidense debería haber estado a salvo. Sin embargo, no fue así.
Por supuesto, Estados Unidos no es el único país donde se está produciendo un incremento de la diversidad. Como tampoco el único en vivir una reacción extremista de derechas a dicho cambio demográfico. El número de residentes nacidos fuera del país ha ido en aumento en la mayor parte de los regímenes democráticos más antiguos del mundo, en particular en Europa occidental. Los inmigrantes y sus hijos constituyen una parte creciente de la población, incluso en países que habían sido históricamente homogéneos como Noruega, Suecia o Alemania. 

Ciudades como Ámsterdam, Berlín, París o Zúrich presentan una población casi tan diversa como la de las grandes urbes de Estados Unidos. También la crisis de los refugiados de 2015 llevó a millones de recién llegados del norte de África y Oriente Medio a Europa, lo que produjo que la inmigración y la diversidad étnica se convirtieran en cuestiones de gran relevancia política.  Junto con las repercusiones de la crisis financiera de 2008, estos cambios desembocaron en una reacción radical. Casi en todos los países de Europa occidental, entre el 10 y el 30 por ciento del electorado -con una gran mayoría de los votantes blancos, con menor nivel educativo y que habitan regiones en declive o alejadas de los centros urba­ nos-se siente apelado por mensajes xenófobos. En todas partes, desde el Reino Unido, a Francia e Italia, Alemania o Suecia, estos votantes han impulsado la riqueza electoralde los partidos y movimientos de ultraderecha.

Aun así, Estados Unidos destaca en dos sentidos. En primer lugar, la reacción a su creciente diversidad ha sido insólitamente autoritaria. Rara vez el auge de los partidos xenófobos y antisistema en Europa occidental se ha presentado de una manera tan antidemocrática como la que hemos visto en Estados Unidos. Muchas características de los partidos de ultraderecha de Europa occidental son motivo de preocupación, incluyendo su racismo, xenofobia y desprecio por los derechos de las minorías, además de, en ciertos casos, simpatía por el presidente de Rusia, Vladímir Putin. No obstante, hasta el momento, casi todos ellos han se­ guido las normas de la democracia, aceptando los resultados electorales y rechazando la violencia política. Estados Unidos tam­bién difiere en otro aspecto: se llegó a ascender al poder nacional fuerzas extremistas, mientras que, en Europa, han sido relega­das en su mayoría a la oposición o,en unos pocos casos, a Gobiernos de coalición.

De modo que debemos afrontar una realidad incómoda: tanto la diversidad social, como la reacción cultural,así como los par­ tidos de extrema derecha son omnipresentes en las democracias consolidadas de Occidente. 
¿Por qué de entre todas las democra­cias ricas y consolidadas solo Estados Unidos se asomó al borde del abismo? Esta fue la pregunta que nos persigue a raíz de lo acontecido los días 5 y 6 de enero.
Resulta tentador considerar que hemos pasado la página de la era Trump. Al fin y al cabo, no ganó la campaña para su reelec­ción (FRAUDE ELECTORAL) (¿?), y su empeño por declarar nulos los resultados de los comicios fracasó. En 2022, durante las votaciones de mitad de man­ dato para el Congreso, en los estados pendulares también perdieron los negacionistas de los resultados más peligrosos. Parecía que habíamos logrado esquivar la bala y que, al fin y al cabo, el sistema funcionaba. Ahora que se disputa el control de Trump so­bre el Partido Republicano, tal vez podamos dejar de preocuparnos tanto acerca del destino de nuestra democracia. De hecho, po­ dría ser que esta no se esté muriend o.

Pensar así es comprensible. Para aquellos de nosotros que acabamos agotados de las crisis que durante la era Trump parecían no tener fin, la «teoría de la bala única» (y esquivada) puede suponer un consuelo. Por desgracia, es infundada. La amenaza a la que se enfrenta la democracia estadounidense nunca fue solo la de un hombre fuerte seguido por una secta de fieles. Los proble­ mas son más bien endémicos. Se encuentran,de hecho, en las raíces más profundas de nuestra política. Hasta que no abordemos los problemas subyacentes, el sistema seguirá siendo vulnerable.
Para revertir del todo el retroceso democrático de Estados Unidos-y, lo más crucial, impedir que se vuelva a producir-debe­ mos comprender sus causas. 
¿Qué motiva a un partido a descarriarse de la democracia? No es algo que suceda con frecuencia, pero cuando lo hace, es capaz de destrozar incluso un sistema político consolidado. Podemos extraer enseñanzas de lo vivido en otros países, pero también de episodios de nuestra historia, que incluye la reacción autoritaria del Partido Demócrata, en el Sur, a la Reconstrucción que siguió a la Guerra Civil.

Asimismo, tenemos que entender por qué Estados Unidos ha demostrado ser tan proclive a esta erosión democrática. Exige que estudiemos atentamente las instituciones que forman el núcleo de nuestro sistema político. Los votantes reaccionarios son minoría en Estados Unidos, como lo son en Europa. Este aspecto es importante, y a menudo se desatiende. El Partido Republi­cano, dirigido por Trump, así como los movimientos de la derecha radical en los países europeos,siempre ha representado a una minoría política. Pero a diferencia de los partidos de ultraderecha en Europa, pudo alcanzar la administración del país.
Esto nos conduce a otra inquietante realidad. Parte del problema que hoy afrontamos tiene que ver con un objeto de venera­ ción para muchos: la Constitución. Estados Unidos posee la carta magna escrita más antigua del mundo. Como el brillante ejem­plo de destreza política que es, sentó las bases para la estabilidad y la prosperidad, y durante más de dos siglos ha logrado poner freno al poder de presidentes ambiciosos y que se extralimitaron. Sin embargo, los defectos de la Constitución ponen ahora en pe­ ligro nuestra democracia.

Concebida en una época predemocrática, la carta magna estadounidense permite que las minorías dentro de los partidos boi­ coteen a la mayoría de forma frecuente, y que a veces los gobiernen. Las instituciones que dan alas a esas minorías pueden con­ vertirse en instrun:entos para el gobierno de unos pocos. Y son especialmente peligrosas cuando se encuentran en manos de las facciones extremistas o antidemocráticas de una organización política.
A destacados pensadores de los siglos XVIII y XIX,desde Edmund Burke a John Adams, pasando por John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville, les inquietaba el riesgo que entrañaba la democracia si se convertía en una «tiranía de la mayoría, el peligro de que un sistema de este tipo permitiera que la voluntad de muchos pisoteara los derechos de unos pocos. Puede convertirse en un pro­blema real: las mayorías de Gobierno han socavado la democracia en la Venezuela y la Hungría del siglo XXI, y amenazan con ha­cer lo mismo en Israel.

Sin embargo, el sistema político estadounidense, siempre y sin falta, ha impuesto límites al poder de las mayorías. Hoy en día lo que aflige a la democracia de nuestro país se acerca más al problema contrario: las mayorías electorales a menudo son incapa­ ces de llegar al poder, y en caso de lograrlo, a menudo no pueden gobernar. Así pues, la amenaza más inminente ahora mismo es el Gobierno de una minoría. Al alejar con tanto ímpetu a la República de las fauces de la Escila de una tiranía de la mayoría, los fundadores de Estados Unidos la dejaron a la merced de la Caribdis de un Gobierno minoritario.
¿Por qué las amenazas contra la democracia estadounidense se manifiestan en este comienzo del siglo xxl? Al fin y al cabo, la Constitución tiene cientos de años. Entender cómo hemos llegado a este punto es el principal cometido de este libro. Más apre­miante resulta, sin embargo, preguntarnos cómo saldremos de esta. Solo hay una cosa clara: las instituciones no salvarán nuestra democracia. Tendremos que ser nosotros mismos quienes lo hagamos.


Hoy, pareciera imposible imaginarla. Pero no siempre fue así. Ni en Atenas, ni en los inicios de Estados Unidos, ni en las primeras repúblicas modernas.
En este episodio de Contrarrelato destripo el mito de que “más partidos = más democracia”.
Recorremos el surgimiento de los partidos de notables, los de masas, los partidos atrapa-todo, cartel, electoral-profesionales… y terminamos preguntándonos si no estamos viviendo el colapso del sistema de partidos.


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sábado, 31 de agosto de 2024

LIBRO " EL ALMA EN LA PIEDRA" por JOSÉ VICENTE PASCUAL ⛬ 🐻


EL ALMA EN LA PIEDRA

Altamira, 13.000 a.C.
El clan Tiznado lucha por 
sobrevivir en un entorno hostil.

Altamira, 13000 a. C. El clan Tiznado se reúne en torno a la hoguera, frente a la gran cueva que los protege del mundo. Ibo Huesos de Liebre, hábil rastreador, también experto en representar imágenes en los techos y paredes del sagrado refugio, trae noticias sobre la próxima cacería: ha localizado el cubículo donde se guarecen una osa y sus dos oseznos. La joven Ojos Grises escucha encandilada el relato del cazador. Abajo, en el valle, tribus de ancestrales adversarios del clan Tiznado esperan la menor oportunidad para acabar con sus enemigos. El destino de lucha y supervivencia está marcado, aunque Ibo Huesos de Liebre intuye que para los suyos no hay futuro sin conocimiento, sin saber quiénes son y por qué habitan en este lado de la existencia, el territorio de los Aún Vivos. El drama de la vida, la esperanza y la muerte, aguardan como siempre a unos y otros.
«La gente entiende fácilmente que los “primitivos” 
cimenten su orden social mediante creencias 
en fantasmas y espíritus, y que se reúnan 
cada luna llena para bailar 
juntos alrededor de una hoguera. 
Lo que no conseguimos apreciar 
es que nuestras instituciones modernas 
funcionan exactamente sobre la misma base». 
Yuval Noah Harari, Sapiens

«Me gustaría saber qué es lo cierto. 
No me gusta no saber». 
Carl Sagan, Cosmos

Nota del autor

Todos los períodos históricos han tenido épocas de esplendor. El Paleolítico superior es una «edad dorada», previa a la escisión entre el ser humano y la naturaleza que supuso el inevitable avance neolítico. 

La Biblia, en el mito de Caín y Abel (por citar un texto clásico, de todos conocido), da buena cuenta de este paso traumático y decisivo en la evolución de nuestra especie. Existe un continuo cultural en la historia que pone de manifiesto la intervención de la conciencia como necesario agente de progreso y, al mismo tiempo, elemento de reflexión sobre sí misma. 

Al homo sapiens paleolítico le inquietaban las mismas preguntas trascendentes que a nosotros: el porqué del mundo, de los fenómenos y las cosas; y, sobre todo, el porqué de ellos mismos, su razón de ser y su motivo de estar: su causa y su propósito. 
Desde su origen como disciplinas científicas, hasta hace poco, la historiografía y la descriptiva estudiaban el arte prehistórico como expresión de inquietudes mágico-religiosas y, en todo caso, ornamentarias. Sin embargo, las últimas aportaciones de la arqueología y la antropología dirigen su atención hacia un aspecto inédito: el arte rupestre expresivo del interrogante humano, la mirada introspectiva y la posibilidad cognitiva; una representación de conocimientos avanzados por medio de las utilidades tecnológicas al alcance de la humanidad en aquel tiempo. 

Dichas propuestas de investigación trabajan sobre la hipótesis de que el arte parietal, así como algunas muestras de artesanía objetuaria, intentaron representar y reproducir el movimiento por medio de desarrollos gráficos combinados con efectos de luz y sonido. 

El arqueólogo y divulgador Marc Azéma, tras años de investigación sobre numerosos escenarios minuciosamente observados, ofrece una conjetura plausible al tiempo que novedosa acerca de esta cuestión: «Desde el principio, el hombre hizo su cine», escribe en su libro Origines paléolithiques de la narration graphique. Según esta teoría, desarrollada en varias publicaciones y documentales, muchos siglos antes de Edison y los hermanos Lumière, las paredes de las cuevas y los objetos decorados por artistas paleolíticos dieron testimonio de la creación de procesos gráficos, técnicas y narrativas que caracterizan una verdadera «prehistoria de la tecnología descriptiva». 

El trabajo de campo en «museos» prehistóricos como Altamira, la cueva del Castillo y los yacimientos del valle de Vézêre, entre otros lugares, e igualmente el examen minucioso del «figurativo analítico» rupestre con ayuda de potentes medios científicos, confirman la hipótesis de que en las paredes y techos de aquellos ancestrales refugios están ciertamente representadas (pintadas) las inquietudes cotidianas del homo sapiens en torno a la actividad cinegética y la supervivencia; pero también están escritos los primeros libros de filosofía y ciencia de la humanidad. 

El alma en la piedra es una obra de ficción que aborda desde esta exclusiva vertiente —la pura ficción— unos momentos trascendentales de la historia: cuando, florecida la conciencia en caudalosa curiosidad sobre su hábitat y sentido último, se empeña el ser humano, como siempre ha hecho, en comprender el mundo y entenderse a sí mismo. Por simple motivo de cercanía cultural, y porque la de Altamira es la única cueva donde se alberga arte prehistórico que he tenido oportunidad de visitar (hace de eso muchísimos años), he ambientado la acción de la novela en este entorno, o muy parecido. Si bien, los hechos narrados en El alma en la piedra podrían haberse desarrollado en cualquier lugar del sur de Europa y en cualquier momento entre 14000 y 10000 a. C. 

Sobre el uso del lenguaje en esta novela, tanto por la voz narradora como por los personajes integrados en el argumento, creo conveniente anticipar la siguiente explicación: He reflexionado mucho en el tono de la historia —lo que sin duda acrecienta mis posibilidades de equivocarme—: cómo debía expresarse el narrador y cómo debían hacerlo los personajes. Tal como señala Yuval Noah Harari en su estimulante ensayo Sapiens, el lenguaje es simultáneamente un elemento generador fundamental en la revolución cognitiva humana y el resultado más eficiente de esta, en razón de las necesidades y anhelos que aunaban la actividad común de nuestros primitivos antepasados. 

Señala Harari, creo que con acierto: «Nuestro lenguaje evolucionó como un medio de compartir información sobre el mundo. Pero la información más importante que era necesaria transmitir era acerca de los humanos, no acerca de los leones y los bisontes. Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. El homo sapiens es ante todo un animal social. La cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tribu odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo». 

Evidentemente, no sabemos ni por lo remoto cómo hablaban los seres humanos 15000-10000 años a. C, aunque tenemos sobrada constancia de que se comunicaban entre ellos por medio de signos complejos, tanto fónicos y gestuales como gráficos, además de recurrir a abundante objetuario simbólico. Si aceptamos el principio elemental de que cuanto más desarrollada tecnológicamente es una sociedad más sofisticado es el idioma en que sus miembros interactúan, no resulta difícil imaginar que los habitantes del Paleolítico superior disponían de un acervo lingüístico nada despreciable. 

Sabemos que desarrollaron técnicas ornamentales y fabriles avanzadas, que bastantes miembros del mismo grupo humano debían ponerse de acuerdo para organizar cacerías masivas, que sanaban heridas y trataban enfermedades con métodos rudimentarios aunque en ocasiones muy eficaces; y también sabemos que habían ingeniado todo un mundo de referencias sagradas, de carácter mágico-religioso, por medio del cual intentaban no solo conjurar los peligros e inconvenientes que pudieran surgirles en su entorno cotidiano, sino también dotar de sentido y trascendencia la vida de los individuos. 

La religión en ese período (única filosofía posible) era sin duda animista, y la representación del mundo que ejecutaban y que observamos en las pinturas y demás vestigios rupestres así lo confirma. Todo ello requería la utilización de un lenguaje hablado que favoreciera la operatividad de elementos abstractos y la exposición de conceptos no tangibles aunque con capacidad para aglutinar idearios colectivos, así como de coordinar a la perfección acciones llevadas a cabo por grupos significativos de individuos en pos de una meta colectiva. Todo ello confirma mi convicción de que el lenguaje paleolítico integraba niveles superiores de la percepción y el conocimiento humanos, necesarios a la gran revolución cognitiva que facilitaría el advenimiento de la era neolítica. Ahora bien, en lo que concierne a la vida cotidiana y afanes espirituales de los pobladores paleolíticos, sabemos muy poco. 

«Suponemos que eran animistas, pero este dato no es muy informativo. No sabemos a qué espíritus rezaban, qué festividades celebraban o qué tabúes observaban. Y, lo más importante, no sabemos qué relatos contaban. Esto constituye una de las mayores lagunas en nuestra comprensión de la historia humana». (Y. N. Harari). Cualquier conjetura descriptiva sobre los detalles de la espiritualidad arcaica es un ejercicio meramente especulativo, pues las muestras e indicios son muy escasos, y los pocos que tenemos —un número muy pequeño de objetos, ajuares funerarios y pinturas rupestres— pueden ser analizados y explicados de muchas y distintas maneras. Las teorías de los científicos y sabios en la materia que afirman conocer qué anhelaban y sentían los cazadores-recolectores nos hablan más de las ideas preconcebidas de estos estudiosos que sobre las religiones en la Edad de Piedra. 

En vez de construir numerosas teorías sobre hallazgos esporádicos de restos y tumbas, pinturas rupestres y estatuillas de hueso, es mejor ser honesto y sincero y admitir que solo alcanzamos a tener ideas muy vagas y escasa certeza sobre las religiones, ritos, costumbres y lenguaje de los antiguos cazadores del Paleolítico. Es por todo lo anterior que determiné «hacer hablar» a los personajes de El alma en la piedra con la soltura y espontánea naturalidad de seres racionales contemporáneos —no olvidemos que entre los orígenes de nuestra cabal contemporaneidad neolítica y aquella humanidad prehistórica median tres milenios, a lo sumo—; si bien, en aras de la verosimilitud ficcionaria, he intentado mantener un estilo expresivo sencillo, simplificado, abundante en aliteraciones que, espero, no caigan en la reiteración. 

También he evitado en lo posible la utilización de conceptos que solo han alcanzado sentido pleno en el transcurso de la modernidad. No estoy muy seguro, pero creo que ninguno de ellos se ha colado por alguna rendija de la novela. Aparte de la elegida, tenía dos opciones más para solventar esta cuestión. 

La primera, hacer que mis personajes se expresasen a la manera de los indios en las películas del Oeste, lo que me parecía en exceso ridículo porque las tribus aborígenes americanas poseían idiomas bastante más perfeccionados que ese rejuntado de infinitivos, del todo absurdo, por el que los productores de Hollywood se han empeñado en hacerles hablar desde que se inventó el cine sonoro. 

La segunda: sobredimensionar la descripción subjetiva en la narración e inventar un idioma para momentos especiales —diálogos— en el cual se expresarían los personajes excepcionalmente, lo cual quedó de inmediato fuera de toda consideración porque mi propósito al escribir "El alma en la piedra" no era formular una rigurosa reconstrucción antropológica de una época y una civilización, sino adentrarme justamente en los terrenos más privados de los individuos: 
el florecer la conciencia y la interpretación del mundo conforme a la capacidad sapiencial de cada uno de ellos. 

De tal forma, los personajes de El alma en la piedra hablarán entre sí y para el lector como los de cualquier otra novela, en la espera por mi parte de que su llaneza y claridad lexical no quiebre lo verosímil de su trazado; también acogiéndome, en última instancia, a la benevolencia del lector, ya prevenido de que se encuentra ante una obra de ficción histórica, no ante un compendio científico… Sobre el cual, por cierto, ya me gustaría estar en condiciones y tener conocimientos de escribir.

Vale.