EL Rincón de Yanka: ROGER SCRUTON: "LAS SOCIEDADES NO DURAN SI SUS MIEMBROS NO SON CAPACES DE SACRIFICIO" 💡

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viernes, 31 de enero de 2020

ROGER SCRUTON: "LAS SOCIEDADES NO DURAN SI SUS MIEMBROS NO SON CAPACES DE SACRIFICIO" 💡



El conservadurismo 
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio. El sentido de lo sacrificial permea toda la obra de Scruton. Es indisociable del sentido de lo sagrado, y ambos se están perdiendo a toda velocidad en nuestro mundo contractual de maximización de utilidades". "Ningún contrato moverá al soldado a entregar su vida por su país, ni a una madre a sacrificarlo todo por sus hijos", ni a una pareja a vincularse hasta que la muerte la separe".
"El valor de una civilización se mide 
no por lo que sabe crear, 
sino por lo que sabe conservar". 
Eduard Herriot

El verdadero instrumento del progreso radica en el factor moral. El verdadero avance de una sociedad no se mide por su riqueza material o tecnológica, sino por la elevación ética y moral de sus ciudadanos. Giuseppe Mazzini
Para Mazzini, el progreso político y social era indisociable de una revolución espiritual y moral. Sostenía que las instituciones libres y la democracia republicana no podían sostenerse en el tiempo si los individuos no cultivaban virtudes como el sentido del deber, la solidaridad y el amor por la justicia. En su visión, los derechos debían ir siempre de la mano de los deberes hacia la comunidad.
¿No es el conservadurismo evidente por sí mismo? No. La ideología dominante es progresista

A Roger Scruton (1944) le apasionan muchas cosas: el arte, la música, la filosofía, la religión, la política, la universidad, la biología, la neurociencia… Su enorme cultura le permite ser muy crítico con las modas y los tópicos intelectuales, y su brillantez oral y escrita le ha convertido en referencia intelectual obligada.

El domingo 12 de enero de 2020 murió Sir Roger Scruton. Su muerte física fue precedida por la civil —o quema del hereje en el cadalso de la corrección política— a cuenta de las opiniones "supremacistas blancas, homófobas y sexistas" vertidas hace unos meses en una entrevista del New Stateman que dio pie a su expulsión (¡por el gobierno "conservador" británico!) de la comisión "Building Better, Building Beautiful". "Nadie con las ideas de Scruton tiene sitio en una democracia moderna", sentenció el diputado laborista Andrew Gwynne.

Sir Roger afrontó ambas muertes con la entereza elegante de un gentleman victoriano (ese biotipo en extinción, junto a tantas otras fibras de la identidad británica, como lamentó en su libro England: An Elegy, teñido de una melancolía que recuerda a la de la poesía de Philip Larkin). Se le diagnosticó su enfermedad en julio de 2019: "Mi reumatólogo me habla de mi conferencia sobre Parsifal…; alarmado por lo que ha visto en el scan, me pone en manos un oncólogo, que comienza a trabajar conmigo inmediatamente, pues de lo contrario podría estar muerto de cáncer en una semana. Esa semana se ha prolongado por el momento, pero, ¿por cuánto tiempo más? […] Sin embargo, como ocurrió con la entrevista diseñada para destruirme, lo bueno sobrepuja a lo malo. Nunca antes me habían llegado tantas muestras de afecto, y gracias a mi oncológo he sido capaz de seguir trabajando en mi escritorio […]". En A Political Philosophy, Scruton había escrito que el conservador sabe que su lucha contra el caos está condenada a fracasar finalmente frente a la segunda ley de la termodinámica: "La entropía siempre crece, y todo sistema, todo organismo, todo orden espontáneo sucumbirá tarde o temprano al caos. Sin embargo, aunque eso sea cierto, no por ello el conservadurismo es un empeño vano en cuanto práctica política, igual que la medicina no es fútil simplemente porque 'a largo plazo, todos muertos'. Más bien deberíamos reconocer la sabiduría de Lord Salisbury cuando señaló que 'el aplazamiento es vida [delay is life]'".

La última frase del último artículo de Scruton es: 
"Cuando te acercas a la muerte, empiezas a comprender lo que significa la vida, y lo que significa es gratitud". 
La gratitud por —y la afirmación de— lo bueno, lo verdadero y lo bello es la esencia del conservadurismo de Scruton. Solía repetir que el conservadurismo trata sobre el amor, y por tanto, la voluntad de preservar todo lo valioso que hemos recibido de los antepasados. El conservador sabe que "las cosas buenas son destruidas fácilmente, pero es mucho más difícil crearlas. Eso es especialmente cierto en lo que se refiere a bienes colectivos como la libertad, la civilidad, el espíritu público, la seguridad de la propiedad y la vida de familia" (How To Be A Conservative).
Cuando te acercas a la muerte, empiezas a comprender lo que significa la vida, y lo que significa es gratitud
¿No es el conservadurismo evidente por sí mismo? No. La ideología dominante es progresista: el pasado fue una larga noche de machismo, homofobia, racismo y dominación de clase; "antiguo" es sinónimo de opresivo y discriminatorio; el "argumento" ¡¿pero no querrás hacernos retroceder X años?! zanja cualquier discusión.

Nacido en 1944 en una familia humilde, con un padre socialista y amante de la naturaleza (una pasión heredada por Scruton, experto caballista, dueño de una granja y autor de una Green Philosophy, que lamenta que el ecologismo haya sido secuestrado por la izquierda, y sostiene que el conservador debe aspirar a la preservación de la belleza paisajística), Scruton, estudiante excepcional, comenzó imbuido del progresismo que ya en los 60 era la cosmovisión por defecto en Oxbridge. Su caída del caballo tuvo lugar en el Mayo del 68 parisino, al que asiste en directo como estudiante de posgrado. "Estaba en el Barrio Latino viendo a los estudiantes volcar coches, romper ventanas y lanzar adoquines, y por primera vez en mi vida sentí una oleada de indignación política. De repente me di cuenta de que estaba en el otro bando. […] Cuando pregunté a mis amigos qué intentaban lograr, todo lo que me contestaron fue un centón de perezosos tópicos marxistas. Me irritó y pensé que debía de haber un camino de regreso a la defensa de la civilización occidental". Los soixante-huitards habían gozado todas las bendiciones de esa civilización: prosperidad (Francia crecía al 5% anual en los 60), acceso a la educación superior (200.000 universitarios en 1958, 500.000 en 1968), libertad, democracia… Su reacción era considerar todo ello un engaño fascista –la libertad es "libertad": las comillas despectivas fueron la gran aportación intelectual del 68— y/o un aburrimiento ("Ya no hay Guernica, ya no hay Auschwitz, ya no hay Hiroshima. ¡Bravo! Pero, ¿y la imposibilidad de vivir, y la mediocridad asfixiante, y la ausencia de pasión?", escribió Raoul Vaneigem, uno de los "situacionistas", tan influyentes en el 68). Como rechazo a la forma de vida de sus padres –la generación que había sufrido la ocupación nazi, la dura reconstrucción, la guerra de Argelia…— decidieron hacerse maoístas (justo en el momento en que la Revolución Cultural arrasaba en China cualquier vestigio de civilización).

En realidad, los sesentayochistas no tenían ningún recambio realista al prosaico bienestar y la "falsa libertad" de sus padres: lo suyo era la negación por la negación, el "gran rechazo" que había cantado Marcuse en El hombre unidimensional. Pero tampoco Marx o Lenin disponían de una alternativa viable –como testimoniaba el fracaso del socialismo, suficientemente patente en 1968 para quien quisiera saber— al orden liberal-conservador-capitalista laboriosamente generado mediante ensayo y error a través de milenios de historia occidental. Si la esencia del conservadurismo es la afirmación, la conservación y el amor –pues "lo bueno sobrepuja a lo malo"— la de la izquierda es la negación, la destrucción y el odio. Scruton dedicó a mediados de los 80 una obra (Fools, Frauds, and Firebrands: Thinkers of the New Left) a la refutación de los mâitres-à-penser del 68, los Sartre, Foucault, Althusser, Lacan, Deleuze… En el capítulo de conclusiones de ese libro –que desencadenó una tormenta de críticas y terminó precipitando su salida de la Universidad— viene a decir que, vista la pasión con la que la izquierda rechaza a la derecha ("una vez identificado como de derechas […], tus opiniones son irrelevantes, tu reputación está ensuciada, tu presencia en el mundo es un error: ya no eres un oponente al que se deba contraargumentar, sino una enfermedad que debe ser curada"), uno tendería a pensar que la izquierda posee un modelo de recambio infinitamente mejor. Sin embargo, "abarcando con la vista el paisaje desolado que he recorrido en este libro, encuentro solo negaciones". La izquierda es como el Mefistófeles de Fausto: "el espíritu que siempre niega", "un grito que condena lo vigente en nombre de lo incognoscible [a cry against the actual on behalf of the unknowable]". La izquierda "representa como 'estructuras de dominación' todo lo que los demás consideran simplemente instrumentos del orden civil": familia, empresa, mercado, moral sexual, propiedad, religión, nación, escuela (al menos, la escuela "tradicional", dedicada a la transmisión del conocimiento), asociaciones voluntarias (los little platoons de Burke, que Scruton tenía siempre en los labios).
Una vez identificado como de derechas […], tus opiniones son irrelevantes, tu reputación está ensuciada, tu presencia en el mundo es un error
Antes de abandonar una Universidad ya convertida en feudo neomarxista, Scruton tuvo tiempo de asistir a la victoria de Margaret Thatcher (1979). Su relación con el thatcherismo fue ambigua: de un lado, saludaba la aparición de una derecha intelectualmente asertiva y la apuesta por el mercado, las privatizaciones y el aligeramiento del Estado. Sin embargo, Scruton lamentaba la estrechez de una visión economicista, que pretendía ganarle la batalla intelectual a la izquierda solo a base de "soluciones de mercado", "economía del lado de la oferta" y "soberanía del consumidor". "Creo que la libertad no es una respuesta suficiente a la pregunta sobre aquello en lo que creen los conservadores" (How To Be a Conservative). Y no porque la libertad no sea un valor, sino porque es un valor penúltimo: "Como Matthew Arnold, yo creía que la libertad es un excelente caballo para cabalgar, pero para cabalgar a algún sitio". La libertad es valiosa de manera instrumental, si sirve para alcanzar fines valiosos. El liberalismo, para tener sentido, presupone una jerarquía objetiva de valores: o sea, el liberalismo necesita al conservadurismo.

Scruton rechazaba la famosa afirmación de Thatcher "no existe la sociedad". En el fondo, piensa Scruton, Thatcher sabía que la economía de mercado solo podía funcionar en un marco político-cultural muy específico, integrado por elementos que están más allá de la economía. Uno de ellos es, por ejemplo, el Estado-nación: "sus discursos más importantes, y también sus políticas, derivaban de una conciencia de lealtad nacional". Pero Thatcher, que era una patriota, no sabía expresar su patriotismo en lenguaje thatcheriano: "La lástima era que no tenía una filosofía con la que articular ese ideal". El neoliberalismo se le quedaba corto.

Y sí, otro de los aspectos del conservadurismo de Scruton –compatible con el liberalismo económico, aunque no con el fundamentalismo libertario— es el nacionalismo. Es una faceta de su pensamiento que se reforzó después de su estrecha colaboración con disidentes anticomunistas en la Europa central de los 80: "Sentí una inmediata afinidad con aquella gente. Y comprobé que nada era más importante para ellos que la supervivencia de su cultura nacional". Ardiente defensor del Brexit, Scruton piensa que la mano invisible de Adam Smith requiere un marco de corresponsabilidad basado en cierta identidad común: "Un mercado puede conseguir una asignación racional de los bienes y servicios solo allí donde hay una confianza previa entre los participantes" (How To Be A Conservative). Y la confianza previa se da entre los compatriotas, los que comparten un sentido del "nosotros" nacional (que se extiende, no solo a la generación actual, sino, como quería Burke, "a los muertos, los vivos y los que han de nacer"): "la sociedad [nacional] es una herencia compartida en aras de la cual estamos dispuestos a hacer sacrificios, que nos permite sentirnos parte de una cadena de transmisión y recepción, y reconocer que no tenemos derecho a estropear las cosas buenas que heredamos". El Estado-nación es también el ámbito natural para el ejercicio de las libertades democráticas: "Es porque somos capaces de definir nuestra ciudadanía en términos territoriales que, en los países occidentales, disfrutamos de las libertades elementales" (Scruton contrapone la territorialidad liberal de las naciones occidentales a la universalidad teocrática de la umma islámica, que no reconoce fronteras). "La democracia necesita fronteras, y esas fronteras son las del Estado-nación" (How To Be A Conservative).

El liberalismo economicista de los thatcherianos se quedaba corto también en otro aspecto: no tenía conciencia de la irremplazabilidad de instituciones como la familia; o bien, daba su conservación por supuesta, sin comprender su rápido deterioro, fruto a su vez de esa liberación de las costumbres que fue el verdadero legado de los nihilistas de 1968.

El fundamentalismo libertario saluda la disolución de los vínculos familiares (ataduras insufribles de la libertad individual), o bien concibe el matrimonio como un contrato que debe ser fácilmente rescindible. Scruton escribió páginas muy profundas sobre la diferencia entre "contrato" y "voto" [vow], y lamentó la contractualización libertaria de los votos. Un contrato contempla obligaciones definidas, y tiene una duración limitada. Un voto, en cambio, implica "una mutación existencial": "Los votos son compromisos indefinidos […], vinculan a las partes en un destino compartido". "Un voto es una entrega definitiva de sí mismo, en la cual se invita al otro a confiar. El paradigma de esto es el matrimonio, tal como fue concebido hasta hace poco". "Las sociedades que ya no insisten en ese compromiso, o que permiten la erosión del matrimonio, primero mediante su redefinición como un simple contrato, y después como una opción que los padres pueden o no elegir, son sociedades que ya no ofrecen seguridad a los hijos" (The Soul of the World). "En toda sociedad sostenible, el orden de los acuerdos voluntarios está enmarcado por otro orden en el que las obligaciones son trascendentes, los vínculos sagrados".
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio"
"Las sociedades no duran si sus miembros no son capaces de sacrificio". El sentido de lo sacrificial permea toda la obra de Scruton. Es indisociable del sentido de lo sagrado, y ambos se están perdiendo a toda velocidad en nuestro mundo contractual de maximización de utilidades. "Ningún contrato moverá al soldado a entregar su vida por su país, ni a una madre a sacrificarlo todo por sus hijos", ni a una pareja a vincularse hasta que la muerte la separe.

Una sociedad necesita, pues, un sentido de lo sagrado. Los compromisos familiares definitivos (de los cónyuges a la manera tradicional, y de los padres con sus hijos) apuntan a lo sobrenatural. También lo hace la experiencia estética, a la que Scruton dedicó varios libros: "la música nos transporta más allá de los límites de la realidad natural", y la belleza parece no ser de este mundo (tuvo el valor de denunciar la impostura del arte posterior a las vanguardias de los años 20, y la inhumanidad de la arquitectura racionalista post-Bauhaus. Y nuestra aspiración al conocimiento, que va más allá de las necesidades prácticas de supervivencia: "podríamos haber evolucionado como especie sin necesidad de entender el reino de las verdades matemáticas […], nuestra curiosidad se extiende infinitamente más allá de los problemas que necesitamos resolver" (The Soul of the World).

Con todo, que necesitemos o presintamos lo sobrenatural no implica de suyo que lo sobrenatural exista. Scruton, que tocaba el órgano en la iglesia anglicana local (pero el anglicanismo es ya solo estética, no teología), era ambiguo sobre la cuestión de la existencia de un Dios personal. "No puedo responder la pregunta de cómo un ser que existe fuera del espacio y el tiempo pueda manifestarse dentro de ellos. Pero tampoco puedo responder la pregunta de cómo un ente puede ser un organismo [sujeto al determinismo físico-químico] y al mismo tiempo un sujeto libre que está llamado a dar cuenta de sus actos con razones". O sea, que Dios es un misterio, como lo es la libertad humana (según terminó reconociendo Kant, que concibió a ambos como "postulados de la razón práctica" incomprensibles por la razón teórica). "La fe nos pide que aprendamos a convivir con misterios, que no los borremos, pues al borrarlos estaríamos borrando también el rostro del mundo" (The Soul of the World).

Dios es un misterio, como lo es la libertad humana

Espero que Scruton haya entendido ya que su combate por la verdad, la belleza y la justicia era algo más que un aplazamiento salisburyano de la victoria final de la nada.


PERLAS DEL PENSAMIENTO SCRUTONIANO
  • La búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, amplía nuestras alegrías y consuela nuestras penas.
  • El relativismo es el primer refugio de los canallas.
  • Un filósofo que diga “no hay verdades, solo opiniones”, se arriesga a que le pregunten: “¿Eso es una verdad o una opinión?”
  • Una sociedad libre es una comunidad de seres responsables, unidos por la benevolencia y las obligaciones del amor familiar.
  • El matrimonio no existe para beneficio de la presente generación, sino de la siguiente.
  • El vino no solo es un objeto de placer, sino de conocimiento.
  • La belleza está amenazada por el culto a la fealdad en el arte, y por el culto a lo útil en la vida ordinaria.
  • Para ser original, un artista también debe pertenecer a la tradición de la que parte.
  • Ser impopular nunca es fácil, aunque serlo por una buena causa es una garantía frente a la desesperación.
  • La música es el ejemplo perfecto de algo que está en este mundo pero que no es de este mundo.
  • Cuando los políticos fallan, sus esfuerzos no se dirigen a cambiar, sino a cambiar la creencia de la gente de que ellos han fallado.
  • En ausencia de una religión organizada, el único vehículo de redención es el arte.
  • El feísmo convirtió el arte en una broma que hace ya tiempo dejó de tener gracia.
  • Los grandes artistas del pasado sabían que la vida está llena de sufrimiento, pero tenían un remedio: la belleza.
  • La obra de arte bella trae consuelo en la tristeza, afirmación en la alegría, y muestra que la vida vale la pena.
  • Nuestras instituciones docentes han dejado de salvaguardar la cultura, al tiempo que la vida pública se ha imbecilizado de forma deliberada.
  • La oración y la penitencia se han interrumpido, pero no olvidado. Así que la vida ética sigue siendo posible para quienes deseen recuperarla en las catacumbas de la alta cultura.
  • Confucio no ofrecía una filosofía, pero nos animaba a vivir como si nuestros actos tuvieran consecuencias eternas.
CONFESIONES 
DE UN HEREJE


En esta selección, que abarca desde el arte y la arquitectura hasta la política y la conservación de la naturaleza, Scruton desafía la opinión popular sobre aspectos clave de nuestra cultura: 
¿Qué podemos hacer para proteger los valores occidentales contra el extremismo islamista? ¿Cómo podemos fomentar una verdadera amistad a través de las redes sociales? ¿Por qué vale la pena preservar el Estado-nación? ¿Cómo debemos lograr una muerte oportuna frente a los avances de la medicina moderna?
Más que una postura de nostalgia, su defensa de la tradición y la cultura occidental es un intento de recordar que la modernidad no puede construirse negando sus fundamentos. Al mismo tiempo, es una invitación a examinar el mundo que habitamos y las ideas con las que convivimos, en vistas a vivir una vida profunda y valiosa.

La obra de Roger Scruton es un llamado a la reflexión en «tiempos volátiles», y Confesiones de un hereje no es una excepción. El libro no es solo una recopilación de ensayos, sino también un testimonio intelectual, son el resultado de una carrera intelectual «fuera de las instituciones» y llena de «pedradas ideológicas malintencionadas» al desafiar los lugares comunes de la modernidad. Scruton adopta el término «hereje» para el título de este libro porque su pensamiento conservador lo situó en una posición incómoda tanto para la izquierda como para la derecha, como señala Douglas Murray en la introducción. «A lo largo de toda su carrera, hasta el final, sufrió extraordinarios ataques de personas que creían comprenderle, pero que no se habían molestado en rascar su superficie», algo incide no solo en sus posibilidades en la academia, sino también como intelectual en la vida pública.

Scruton sostiene en el ámbito político que las naciones cumplen una función similar: ofrecer a los ciudadanos un sentido de pertenencia y continuidad, arraigo cultural y político. En Gobernar correctamente y Por qué son necesarias las naciones, Scruton explora las consecuencias de la búsqueda del hogar al nivel político y social. En el primero, el autor reflexiona sobre la crisis de la democracia liberal, la creciente desconfianza en las instituciones y el auge de ideologías que, en su opinión, buscan socavar la idea de una sociedad basada en la libertad y la responsabilidad individual. Su propuesta añade una defensa del pensamiento conservador como aquel que puede «delimitar el verdadero ámbito del gobierno y establecer los límites más allá de los cuales la acción del gobierno constituye una violación de la libertad del ciudadano». Destaca la importancia de encontrar un equilibrio entre el cambio y la conservación, entre el espíritu liberal y el espíritu público y reconoce con espíritu crítico que los conservadores no siempre «han sido capaces de ofrecer al electorado un proyecto creíble para ello».

En continuidad con estas ideas, en Por qué son necesarias las naciones, se articula una defensa de la nación y la pertenencia como elementos clave para esta tarea. Frente al cosmopolitismo abstracto, reivindica la comunidad nacional como el espacio donde la libertad personal encuentra un marco de referencia concreto en la historia y la identidad común de la sociedad. En su visión, «las naciones no son meras construcciones políticas; son comunidades de pertenencia, forjadas por la historia, la cultura y la lealtad compartida». De ahí que critique el proyecto europeo y su multiculturalismo desdibujado. Señala que no favorece a la lealtad nacional ordinaria, un sentimiento que «no solo es natural, sino esencialmente legitimador», permite a la «comunidad resolver sus disputas y lograr el equilibrio en las cambiantes circunstancias de la vida». Esta defensa está lejos de los nacionalismos ideológicos y, de hecho, el apoyo de Scruton al Brexit tiene más que ver con estas ideas que con el rechazo a Europa y su cultura.

En este sentido, en Defender Occidente, Scruton advierte contra el progresismo que busca desmantelar la noción de identidad nacional, promoviendo en su lugar una sociedad sin raíces ni lealtades. A su juicio, esta actitud no solo es ingenua, sino peligrosa, ya que debilita los lazos sociales y erosiona el sentido de pertenencia. En este ensayo expone su inquietud por el declive de los valores occidentales y la amenaza que representa su relativización en el debate contemporáneo frente a la visión islámica tradicional de la sociedad. 

Scruton quiere demostrar que la defensa de la civilización occidental no es un acto de exclusión o supremacía, sino un reconocimiento de los logros culturales, políticos y filosóficos que han dado forma al mundo moderno. Por ello expone algunos de los rasgos de la herencia occidental y sugiere que la manera de preservar Occidente supone, en la esfera pública, «proponernos proteger las cosas buenas que hemos heredado. Y eso significa no hacer concesiones a quienes quieren que cambiemos la ciudadanía por el sometimiento, la nacionalidad por la conformidad religiosa, la ley laica por la Sharía, la herencia judeocristiana por el islam, la ironía por la solemnidad, la autocrítica por el dogmatismo, la representación por la sumisión y la alegre bebida por la abstinencia censora». Además, en la esfera privada también hay mecanismos para conservar Occidente, que para Scruton se traducen en «mirar con sobriedad y espíritu de perdón las heridas que recibimos, y mostrar, con nuestro ejemplo, que esas heridas no consiguen nada, salvo desacreditar a quien las inflige».

Invitación a ser «hereje»

Lejos de ser una obra complaciente, Confesiones de un hereje interpela al lector y lo invita a cuestionar muchas de las certezas asumidas en el pensamiento contemporáneo. Con este libro, el autor deja un testamento intelectual que, lejos de agotarse en la polémica, nos invita a una reflexión profunda sobre la belleza, la pertenencia y la responsabilidad moral en el mundo moderno. Scruton no busca la aprobación del lector, sino su implicación en un debate que trasciende la coyuntura inmediata y apunta a las raíces mismas de nuestra cultura. Más que una postura de nostalgia, su defensa de la tradición y la cultura occidental es un intento de recordar que la modernidad no puede construirse negando sus fundamentos. Al mismo tiempo, es una invitación a examinar el mundo que habitamos y las ideas con las que convivimos, en vistas a vivir una vida profunda y valiosa.

 
¿Qué es ser conservador?
 PEDRO LUIS PEDROSA.

El pensador y político irlandés del siglo XVIII, Edmund Burke, es ampliamente conocido por sus reflexiones sobre la sociedad y la política, especialmente en el contexto de su feroz crítica a la Revolución Francesa.
Edmund Burke veía la sociedad no como una simple colección de individuos, sino como una entidad orgánica y compleja, profundamente arraigada en la tradición, la moral y la religión. Pero, ¿cuáles son los aspectos clave en su visión de la sociedad?

La sociedad es un contrato

Para Burke, la sociedad representa el bien común, un acuerdo sobre costumbres, normas y valores que rige la vida en comunidad. No obstante, su concepto de sociedad no se limitaba a las personas vivas en un momento dado, sino que incluía también a las generaciones pasadas y futuras. Burke veía la constitución política como parte de un «gran contrato primigenio de la sociedad eterna», donde incluso Dios desempeñaba el papel de garante supremo.
Burke describía la sociedad como una especie de contrato social, pero no en el sentido en que lo entendían pensadores como Rousseau o Hobbes. 
Para Burke, el contrato social era un pacto no solo entre los vivos, sino también con los muertos y los que aún no han nacido; lo cual implica una continuidad histórica y, lo que es más importante, una responsabilidad hacia las generaciones futuras.

La importancia de la tradición

En este sentido, Burke sostenía que las tradiciones y costumbres acumuladas a lo largo del tiempo tienen un valor intrínseco porque representan la sabiduría colectiva de generaciones pasadas. Creía que cambiar radicalmente estas tradiciones podría ser desastroso, ya que estas prácticas habían evolucionado para satisfacer las necesidades humanas de manera efectiva y estable.
Para Burke, la sociedad no era solo una agrupación de individuos con intereses económicos, sino una comunidad intergeneracional unida por valores y tradiciones compartidas. 
La tradición, según Burke, es el legado de la sabiduría acumulada a lo largo de generaciones, y debe ser respetada y preservada. Para él, esta tradición ofrece un marco moral y ético que guía tanto el comportamiento individual como el colectivo.

Además, Burke advertía contra los cambios políticos radicales que pudieran desarraigar estas tradiciones. Creía que la organización política debía evolucionar de manera natural y gradual, permitiendo que la sociedad se adaptara y creciera sin perder sus fundamentos. Esta perspectiva conservadora valoraba la estabilidad y la continuidad, viendo en las instituciones tradicionales una fuente de fortaleza y cohesión social.

El papel de la religión

Al mismo tiempo, para Burke, la religión jugaba un papel central en la sociedad, proporcionando un fundamento moral y un sentido de comunidad. Consideraba que la religión contribuía a mantener el orden social y la cohesión, y veía la secularización radical como una amenaza al tejido moral de la sociedad.
En este sentido, un pilar central en la filosofía de Burke es la doctrina del pecado original, que sostiene que los seres humanos nacen con una predisposición al pecado. Esta visión explica su falta de simpatía por quienes culpan a la sociedad de sus propios comportamientos.

Burke también rechazaba la idea de John Locke de que la educación podía transformar esencialmente a las personas, sugiriendo en cambio que la tradición y la moralidad heredada eran necesarias para guiar el comportamiento humano. Para Burke, la tradición proporcionaba los cimientos morales indispensables, en consonancia con la idea de David Hume de que el hábito es el gran guía de la vida humana.
La jerarquía y la desigualdad
Burke no veía la desigualdad social como un problema a ser corregido por medio de la revolución o la reforma radical. Argumentaba que las jerarquías naturales eran una parte integral de la sociedad y que cada clase social tenía un papel y una función que contribuía al bienestar general. La movilidad social debía ser gradual y basada en el mérito y el respeto a la tradición.

Aunque Burke era crítico del materialismo de la sociedad moderna, defendía fervientemente la propiedad privada. Consideraba que la propiedad privada no solo era un derecho económico, sino también un componente crucial para la libertad y la estabilidad social.
Además, miraba con optimismo el mercado libre, viendo en él una fuente de prosperidad y libertad económica. Esta visión ha llevado a que Burke sea considerado el padre del conservadurismo moderno, una filosofía que valora tanto la libertad económica como la tradición.
Burke era un crítico feroz de los cambios radicales y las revoluciones. En su obra más famosa, 'Reflexiones sobre la Revolución en Francia' (1790), argumentó que las revoluciones tienden a destruir el orden social y a llevar al caos y la tiranía. Creía que las reformas debían ser lentas y respetuosas de las instituciones existentes.

La sociedad como un organismo vivo

Burke veía la sociedad como un organismo vivo, en el que cada parte tiene un papel y está conectada con las demás. Este enfoque orgánico implicaba que los cambios en una parte de la sociedad afectarían inevitablemente a todo el conjunto, por lo que cualquier reforma debía ser considerada y cuidadosa.
Burke veía la sociedad como una estructura orgánica profundamente arraigada en la historia. Creía que la organización política de la sociedad debía evolucionar de manera natural a lo largo del tiempo, sin cambios abruptos que pudieran desestabilizar el orden social. Esta perspectiva lo llevó a oponerse firmemente a la Revolución Francesa de 1789, advirtiendo sobre sus peligros mucho antes de los eventos más violentos de la revolución, como la ejecución del rey y el Reinado del Terror.

Referencias: