EL Rincón de Yanka: MORRIÑA

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sábado, 1 de agosto de 2026

LIBRO "EL VIEJO Y LA TIERRA": UNA MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA 👴👵 por FRANCISCO MARCOS HERRERO

EL VIEJO Y LA TIERRA

Aquí no hay viejos 
Solo, nos llegó la tarde: 
Una tarde cargada de experiencia 
Experiencia para dar consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Viejo es el mar y se agiganta. 
Viejo es el sol y nos calienta. 
Vieja es la luna y nos alumbra. 
Vieja es la tierra y nos da vida. 
Viejo es el amor y nos alienta. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Somos seres llenos de saber. 
Graduados en la escuela. 
De la vida y en el tiempo. 
Que nos dio el postgrado. 
Subimos al árbol de la vida. 
Cortamos de sus frutos lo mejor. 
Son esos frutos nuestros hijos. 
Que cuidamos con paciencia. 
Nos revierte esa paciencia con amor. 
Fueron niños son hombres serán viejos. 
La mañana vendrá y llegará la tarde. 
Y ellos también darán consejos. 
Aquí no hay viejos 
Solo nos llegó la tarde. 
Joven: si en tu caminar encuentras. 
Seres de andar pausado. 
De miradas serenas y cariñosas. 
De piel rugosa, de manos temblorosas. 
No los ignores ayúdalos. 
Protégelos ampáralos. 
Bríndales tu mano amiga. Tu cariño. 
Toma en cuenta que un día. 
También a ti, te llegará la tarde.... 

¿Mario Benedetti?

EL VIEJO Y LA TIERRA

Con manos de corteza y piel de arcilla,
el viejo camina lento por el barbecho,
conoce cada piedra, cada orilla,
y el lenguaje del viento bajo el techo.

Es la tierra su espejo y su memoria,
donde hundió la juventud en cada surco,
testigo silencioso de su historia,
lejos del ruido y del asfalto esturco.

"Vieja es la tierra", murmura en su jornada,
mientras recoge un puñado entre los dedos,
sintiendo la promesa de la siembra amada,
que borra los dolores y los miedos.

Sus pasos son raíces que se extienden,
su espalda es la colina que resiste,
los años pasan, pero ellos se entienden:
el hombre cuida el suelo, el suelo lo subsiste.

Y cuando el sol se oculta en la llanura,
entona una plegaria agradecida,
sabiendo que en el polvo y su estructura
dejará la semilla de su vida.

El viejo y la tierra es el monólogo intenso y a la vez sosegado de un hombre anciano ante su mujer. Un viaje sentimental de triunfos y decadencias, de agobios que le provocan los años y de impotencia frente a la traición desgranan la hechura del narrador.
El desarrollo es contundente y eficaz, escueto y rápido. La vida de los personajes pasa sin ambages. El protagonista muestra la impronta de hombre fuerte, luchador e irónico, tierno y humillado. A la postre el reguero de una vida.
Es una novela densa, de lectura rápida, que dejará en el lector posos de meditación y tal vez el deseo de leerla de nuevo para recuperar los matices subjetivos.

Sus hijos han vendido su casa.

La casa que levantó con sus propias manos. La tierra que le dio de comer. El mundo donde aprendió a amar, a trabajar y a sobrevivir.
Ahora, viejo y solo, Remigio pasa una larga noche hablando con Encarna, su esposa muerta. Mientras a su alrededor vacían habitaciones, arrancan recuerdos y deciden su destino como si él ya no existiera, su voz reconstruye una vida entera: el amor, los hijos, la fe, la dureza del campo, la dignidad, la memoria… y las heridas que nunca terminan de cerrar.
Pero Remigio no solo recuerda: embiste. Su monólogo es tierno y feroz, poético y descarnado, atravesado por una ironía áspera, una lucidez amarga y un humor rural que convierte cada página en una forma de resistencia.

Con una voz narrativa de extraordinaria autenticidad y un lenguaje de deslumbrante riqueza, "El viejo y la tierra" es una novela de altísima intensidad literaria y emocional: una tragedia íntima sobre el desarraigo, la pérdida y la dignidad humana.
Elogiado por Miguel Delibes por su “prosa fuerte pero elástica, de contenido intenso y lenguaje rico”, Francisco Marcos Herrero firma una obra que anticipa algunas de las grandes preocupaciones de la narrativa neorrural contemporánea: 
la desaparición del mundo rural, la ruptura entre generaciones, la memoria de los humildes y la lucha por conservar una forma de estar en el mundo.

Hay novelas que no solo se leen: se escuchan, se habitan y permanecen.

El Viejo y la Tierra está narrado por Remigio, un anciano campesino que, en las últimas horas de su vida, rememora el camino que lo ha llevado hasta ese momento. Sentado en la tranquilidad de su hogar, habla —a veces con ternura, a veces con severidad— a la memoria de su esposa, Encarna.
A través de este monólogo interior, el lector recorre las escenas de su vida: la juventud, el amor, el matrimonio, la guerra, el trabajo, la paternidad y las lentas transformaciones de un mundo rural que comienza a desvanecerse a medida que las generaciones más jóvenes emigran a la ciudad.
La historia de Remigio no es heroica en el sentido convencional. Es simplemente la de un hombre sentado, hablando. Sin embargo, de sus recuerdos surge algo íntimo y universal a la vez: una meditación sobre la vida.


¿Por qué cuanto más urbano se vuelve el mundo, más novelas se escriben sobre el campo?
Tal vez porque la literatura tiene una extraña costumbre: empieza a mirar con atención aquello que dejamos de considerar cotidiano.
El neorruralismo no habla solo de pueblos. Habla de memoria, de tiempo, de arraigo... y de todo lo que una sociedad descubre que ha perdido cuando ya no forma parte de su vida diaria.
Quizá por eso está más vivo que nunca.
¿Crees que el interés por el mundo rural responde a la nostalgia o a la necesidad de entender mejor el presente?

Prólogo
a la primera edición

Todos los viejos miran amorosos y temerosos hacia la tierra, puesto que ella va a ser su morada definitiva en un tiempo más o menos cercano. Pero el protagonista de esta novela no sólo la contempla con esa doble per­cepción, sino que casi se fusiona con ella, tanto por ser hombre del ámbito rural como por ser el relato una re­membranza y un soliloquio con su mujer.

A nuestro viejo le embarga la fatal resignación o la re­ signada fatalidad de los que han vivido mucho y esperan poco. Hay mucho sentido del fatum latino en quienes más que débiles se sienten debilitados por los años. Mucho hay de tragedia griega, aunque sin coturno ni clámide ni máscara, antes bien con descarnada sobriedad, con la­cónica brevedad y con acertado comedimiento en esta novela. 

La solidez y la austeridad del mundo rural se trasvasan a la forma narrativa, a las descripciones y al diálogo o tal vez sean las bien sujetas bridas de la expo­sición y el desarrollo del tema las que imponen el recio y sereno galope. Todo acontece con pasmosa naturali­dad, como resultan naturales el sol o la hierba, con la diferencia de que en estas páginas el sol es el corazón o el motor de los sentimientos y la hierba es el enmarañado matorral de los instintos. Sin embargo, los sentimientos de nuestros personajes no deslumbran ni queman, sino que sus rayos están tamizados por el quehacer y los afa­nes vulgares, así como los matojos van creciendo en si­lencio dentro de la tierra de cada uno. Hasta que un día los cristales que servían de tamiz desaparecen y el sol fulmina a un buen hombre, que es ya un desvalido viejo, y el herbazal se ha espesado tanto que asfixia el metafórico suelo en el que el anciano había edificado sus me­jores recuerdos y sus más nobles sueños, es decir, sus más ínclitas posesiones, pues le arrebatan su tesoro ín­timo y los bienes acumulados en su espíritu.

Francisco Marcos Herrero mantiene en esta novela los notables logros de sus títulos anteriores, aunque ahora da una gran zancada en el aspecto formal de la narración. En las novelas precedentes refulgía el mismo portentoso lenguaje, la sobreabundancia de vida, el vigoroso traza­ do humano de los personajes, la visión plástica de las situaciones y la atmósfera ambiental gravitando con singular peso sobre los moradores de su mundo de ficción. 
La vida desbordante define sustancialmente al verdade­ro novelista, pero tal cualidad comporta también una mayor o menor dosis de caos o descontrol, exactamente co­mo acaece en nuestra existencia. 

En "El viejo y la tierra" la riqueza, sabor y colorido del lenguaje siguen siendo pasmosos, los personajes rezuman verdad humana por los cuatro costados, el ambiente y las situaciones forman y conforman personas y conductas y chorrea igual la vida, si bien este chorro está disciplinadamente encauzado por un formidable ejercicio de contención y así esta so­bria y simple canalización permite deslizarse sin obstá­culos la poderosa agua y potenciar sus efectos.

Estamos, pues, ante una novela modélica, en todos los sentidos y de un modo particular en el de concepción, estructura y despliegue de la novela corta, que de ningu­na manera es una novela con menos páginas de las habituales, como algunos pudieran suponer, sino un género propio y con unas leyes propias. Novela corta es concen­tración argumental y, por ende, carencia de episodios secundarios o divergentes. Novela corta es unidad de tiempo o de lugar o de acción. 
Novela corta es economía de medios expresivos. Novela corta es, con evidente exageración, pero por ahí se anda la cosa, esquematismo o, si se quiere, croquis, en el que está todo, y muy claro, y con sugestivo perfil, un croquis rellenado de vida que acaba siendo la casa entera y completa. 

En El viejo y la tierra todo avanza con sumo talento narrativo y perfecta­ mente delineado a una espléndida sorpresa final, pero la esplendidez literaria y humana arranca ya desde las primeras líneas. Como debe ser.
Francisco Marcos Herrero demuestra ser con esta obra y con su conjunto quehacer novelístico un viejo conoce­dor de los seres humanos y un sabio dominador de la difícil y agreste tierra que toda novela es.

JOSÉ CAROL
(Novelista y crítico literario)

Nostalgias - Sentires de mi Pueblo -Don Argañaraz


VER+:


domingo, 31 de mayo de 2026

¿LOS HOMBROS DE AMÉRICA O NUESTROS PROPIOS HOMBROS?: 💪🎭 DRAMA-COMEDIA SOBRE LA INMIGRACIÓN Y LA EMIGRACIÓN: ESPAÑA Y VENEZUELA

Primer montaje de "Los Hombros de América" 
de Fausto Verdial 
con dirección de Cabrujas. 
Fue en el Teatro Las Palmas. 

🎭

¿Los hombros de América 
o nuestros propios hombros?
"Los Hombros de América" nos ofrece una mirada al pasado, nos conecta con las experiencias de los inmigrantes con los desafíos contemporáneos del desarraigo de los emigrantes. Es una obra de resistencia, como la misma idea del teatro, que busca cuestionar el mundo en el que vivimos (convivimos) y reflexionar sobre los que se fueron y los que todavía luchan por un cambio. Héctor Manrique, en su discurso, expresó su deseo de que la obra sirviera de impulso para transformar la realidad, una esperanza que se mantiene viva a pesar de las adversidades".
LOS HOMBROS DE AMÉRICA es un canto a la memoria y la cultura, por los afectos que se fueron y los que se quedaron. Porque la Patria son todas aquellas personas que forman parte de tu historia.
Los hombros de América es una célebre pieza teatral escrita por el dramaturgo Fausto Verdial. Es una conmovedora comedia costumbrista sobre el exilio, la inmigración y el desarraigo.
La obra retrata la historia de dos familias españolas asentadas en Caracas en las décadas de 1950 y 1970. Su dinámica explora los contrastes entre quienes decidieron echar raíces en el país de acogida y quienes vivían esperando la muerte del dictador Francisco Franco para regresar a España.
En esta obra que narra la visión de dos españoles republicanos exiliados. Javier, un exilado republicano español que en noviembre de 1975 aguarda en Caracas la muerte de Francisco Franco para regresar a la madre patria y Manuel, también republicano exiliado que ha logrado insertarse en Venezuela, entendiendo que ésta es ahora su patria también. Así vemos confrontada estas dos visiones del exilio: aquel que sueña regresar y el que decide adoptar una segunda patria.

Es una comedia sobre costumbres de familias españolas que emigraron a Venezuela entre los años 50 y 60, pero profundamente conmovedora en la actualidad por el tema central y universal que es la inmigración y el desarraigo; sobre la gente que se va de su país y cómo hay unos que asumen como suyo la nación donde llegan y cómo otros viven siempre soñando con regresar de donde vinieron. En la trama, un español se ancla al país y se casa con una venezolana (Manrique) y el otro (Sciamanna) vino casado con una española esperando que Franco muera para regresar a su patria. Cuando eso sucede, tras ver la tragicomedia a la que se somete el personaje que añora regresar a España para poner las cosas en su punto y hacer justicia, a los 6 años se va y consigue un país totalmente distinto donde no se haya, termina siendo un hombre desarraigado en su propio país y, por ende, retorna a Venezuela.

Héctor Manrique señala que esta pieza de Verdial siempre tiene algo que decirle al país en distintos contextos y recalca la vigencia de la misma: “Cuando estrenamos en 1991 lo llamativo era lo pintoresco y picaresco del español de aquel entonces, pero ahora cuando ya un grupo numeroso de venezolanos ha emigrado, además de su contenido irónico y chispeante, la obra empieza a tener una conexión más profunda y conmovedora con el espectador, ya que eso que le sucedía a los españoles, portugueses e italianos, ahora es la tragedia que vivimos los venezolanos, ¿quién no tiene un amigo a familiar que se ha ido? Por eso creo que esta obra que escribió Fausto como un reglo a Venezuela en los 90, ahora tiene mayor vigencia en su contenido, antes era una obra de españoles para españoles, ahora es de un español para los venezolanos y eso la hace muy necesaria actualmente”.

Cabe destacar que se estrenó hace 33 años en el Teatro Las Palmas con Fausto Verdial, Tania Sarabia, Marisela Berti, Orlando Urdaneta, Martha Estrada y Héctor Manrique, con la dirección de José Ignacio Cabrujas y desde ese entonces se ha remontado con varios elencos en distintas etapas de Venezuela y con una entusiasta acogida del público.


Más de una vez he comentado cuánto me impresionó aquel comentario sobre la poca eficacia y compromiso del teatro en Venezuela, realizado por el director teatral Enrique León cuando tuve la oportunidad de estudiar con él.
Su señalamiento se refería a que no entendía por qué los directores en nuestro país se empeñaban en montar a los grandes clásicos u obras de autores que nos mostraban el invierno, las bajas temperaturas de sus países, los vestuarios de pieles y abrigos, las salas con chimeneas, los colores oscuros o los grises.
Con ello se dejaba al margen del escenario el colorido, producto del sol brillante que tenemos, lo cual habla no sólo de esa luz especial, sino de lo particulares que podemos ser.

Creo que aquella clase marcó no solo mi dramaturgia, sino la capacidad de ver nuestro país desde todo aquello que define lo que somos.
Esta reflexión, sobre la que insisto cada vez que tengo oportunidad, me sirve para explicar con certeza por qué la pieza teatral Los hombros de América de Fausto Verdial logra una conexión emocional con el espectador que va más allá de la risa fácil o del aplauso de pie del que suele abusar el público caraqueño.

El valor de esta obra, estrenada por primera vez en 1991 y cuya vigencia se mantiene intacta, es que todo cuanto hay en ella nos pertenece. Todo cuanto expresan estos personajes contiene la luz de nuestro sol, pero por si eso fuera poco, reconoce el encuentro de dos mundos que tanta fuerza tiene en nuestra sociedad. Un encuentro que desde el primer momento construye nuestra riqueza estructural como sociedad. 
¿Qué hubiera sido de nosotros, no sólo sin ese mestizaje originario, sino sin la fuerza migratoria que caracterizó los años 50 y que contribuyó de forma relevante a nuestro desarrollo con perspectivas y reconocimiento al compromiso y al trabajo?

He leído algunas opiniones de espectadores sobre este trabajo que se muestra en el Trasnocho Cultural de la mano de Héctor Manrique, quienes dicen que ver la obra en la actualidad te permite conectar con ella de manera diferente a cuando fue presentada por el nuevo grupo porque hemos pasado por un proceso de emigración. Hay algo de razón en ello, pero creo que en esa conexión existe el reconocimiento a la autenticidad de unos personajes que, en medio de sus sueños, ambiciones y desencuentros, nos hablan de lo que nos caracteriza y de las realidades que preñan el exilio.

Los hombres y mujeres que llegaron a nuestro país para el momento en el que nos ubica la obra tenían conciencia de las bondades del país que los acogía y su compromiso esencial tenía que ver con trabajar para ganar el dinero suficiente que les permitiera ahorrar y para dar a sus hijos la educación que consideraban necesaria. Javier, el personaje interpretado magníficamente por Luigi Sciamanna, nos habla de ello, del acento que te conecta con el lenguaje materno, con la tierra de origen, la inquietud ideológica, las ansias de superación para mejorar las condiciones familiares, pero también te habla de cómo tus angustias, prejuicios, creencias y posiciones radicales viajan con cada uno en su maleta y no importa a dónde vayas si no eres capaz de desprenderte de toda esa carga. Si no lo haces, no podrás iniciar una nueva vida en paz. Ese es un duro mensaje en el trasfondo de este personaje. El que no logra soltar las amarras y se mantiene sujeto al pasado, añorando lo que dejó, terminará por ser un desterrado emocional. Tal es el caso de Javier y su esposa, quienes cuando logran cumplir el sueño de regresar a España, descubren que ese no es el país que han tenido siempre en su pensamiento y deciden regresar a Venezuela.

Por el contrario, el personaje que interpreta Héctor Manrique (Manuel) nos habla de quien se va de su país consciente de la decisión que tomó y del reto que tiene por delante, conformado por el desprendimiento y, por otro lado, por la inserción en la sociedad que te acoge y te hace parte de ella. La tolerancia y el agradecimiento.
Si más allá de la risa que generan las diversas situaciones desmenuzamos el mensaje de la pieza, el mismo es para pensar.
Manuel y su familia esperan a sus viejos amigos con la certeza que les da la seguridad de haber elegido el camino correcto, lo cual abre el camino hacia eso que los seres humanos entendemos como felicidad.
Juntas ambas familias verán como nace una nueva generación que unirá las dos posiciones encontradas para seguir adelante.

Sin duda, este es un trabajo para no dejar de ver. El trabajo de dirección marca un elemento muy importante que es el trabajo de los personajes, tan bien construidos por el propio Manrique, Sciamanna, Nerea Fernández, Marielena González, Claudia Rojas y Pedro Borgo que terminan por ser totalmente creíbles.
La obra, resuelta a través de una puesta en escena bastante natural, nos permite entrar como curiosos a la casa de Manuel y su familia, en la que se desarrolla la mayor parte de la trama. La música de referencia de la época, el vestuario, los accesorios, nos ubican en la típica casa o apartamento de los emigrantes de esa época que poblaron diversas zonas de Caracas, en las que no había lujos, pero sí lo necesario para vivir con comodidad.

Regreso al comienzo de esta reseña: lo visto en el teatro del Trasnocho y la reacción del público no hacen más que confirmar aquella teoría de nuestras particularidades. No se quede al margen de reconocerse en ese escenario o en cualquier otro que apoye la dramaturgia venezolana, porque además nos ha tocado vivir etapas donde buscar las referencias para construir memoria es algo fundamental para alcanzar un futuro cónsono con lo que somos.

Fausto Verdial - Los Hombros De América by Gabriel Sulbarán


martes, 5 de mayo de 2026

LIBRO "VOLVER A CUÁNDO": LA GRAN NOVELA SOBRE LA VENEZUELA DEL POSCHAVISMO Y SUS EMIGRANTES por María Elena Morán

VOLVER A CUÁNDO


Hoy es más grande tu hambre, 
uno menos la comparte. 
ALÍ PRIMERA
Un hombre libre, cuando fracasa, 
no culpa a nadie. 
JOSEPH BRODSKY

PREMIO DE NOVELA CAFÉ GIJÓN 2022

La gran novela sobre la Venezuela del poschavismo y sus emigrantes.
Una nueva voz que vale la pena leer.
«Una novela de enorme envergadura literaria sobre la inmigración venezolana».
Diego Gándara, La Razón

La vida en la revolución fue bonita mientras fue promesa. Luego vinieron los fracasos, los del país y los propios. Cuando Nina pidió el divorcio, Camilo no solo se separó de ella, sino también de su hija Elisa: o eran los tres o no eran. En 2018, mientras Camilo ve pasar la crisis por la ventana, Nina es atropellada por ella. Su padre, el país y la revolución parecen haber muerto al mismo tiempo. Después de que Nina se va para Brasil, dejando a Elisa con la abuela, Camilo reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina es apenas una réplica íntima del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien.

Mediante un excelente dominio de los tiempos, la acción y la estructura del relato por medio de las diversas voces narrativas, la novela se ciñe a la narrativa moderna inaugurada por Flaubert en La educación sentimental, donde por primera vez se integró la Historia en el conflicto personal del protagonista. Con una escritura coloquial de gran musicalidad y hallazgos expresivos muy sugerentes, Volver a cuándo habla, a través del drama de una familia afectada por las consecuencias sociales del poschavismo, de cómo sobreviven —y en qué condiciones— los ideales y las esperanzas de la gente en el campo de minas de la realidad.

Volver a cuándo 

«Enloquecer es privilegio de los que tienen tiempo». 

Los desengaños pueden ser tan grandes como las promesas rotas que los provocan. Eso fue para Nina la revolución libertaria y democrática por la que había luchado tanto tiempo y que había terminado por trasmutar en una colección de falsos eslóganes y podios en los que ya no podía creer. En aquella Venezuela de 2018, los fracasos del país parecían ir parejos a los de Nina… La separación de Camilo, la muerte de Raúl, su padre, la inflación del 130%, la falta de comida… La crisis social, política y personal inunda cada rincón de su vida. El país y la revolución, al igual que su padre, parecen haber muerto. Solo queda salir de allí. 

«Tenía que haber otro Brasil más parecido al Brasil que su padre les había metido en el sueño a ella, a Elisa y a Graciela, que nunca quisieron soñar el sueño norteamericano porque el sur las imantaba a su suelo con una gravedad tan física como histórica; tenía que haber otro Brasil donde cupieran ella, sus mujeres y sus futuros, uno que empezaría en el momento en que ella se atreviera a pedir carona junto con los otros pocos que habían huido para el monte a esconderse mientras pasaba el aspaviento». 

Cuando Nina se divorció lo hizo con todas las consecuencias. Y su hija, Elisa, daba también la impresión de haber firmado aquel divorcio: su padre había sido tajante, «están conmigo o sin mí», una amenaza que, contrariamente a todas sus promesas, sí había cumplido. Sin recursos, Nina decide salir del país, emigrar a Brasil dejando a Elisa bajo los cuidados de la abuela Graciela, una mujer que vive el luto en todas sus implicaciones. Una vez en Porto Alegre, le espera un trabajo voluntario en un hostal a cambio de cama y dos comidas diarias. Siente que puede empezar una nueva vida. 

En una ciudad en la que todos son pobres, la miseria de Graciela es Elisa quien más la sufre… Día tras día, el «sálvese quien pueda» se instala en casi todos los hogares de Maracaibo, una cruel letanía que, a la niña, a sus solo doce años, le arranca la inocencia y le hace sentir desvalida. Mientras, a miles de kilómetros, Nina intenta organizar su precaria existencia para seguir mandando dinero a casa y, algún día, poder llevarse consigo a Elisa y a su madre.

«Desde que su padre murió, a su madre como que se le había olvidado qué era eso de ser madre, qué era ser abuela, como si de pronto nomás supiera ser viuda, y eso Nina lo entendía a la perfección, aun sin decir nada, porque sin su padre ella solo sabía ser huérfana, como huérfana debía estarse sintiendo Elisa, enlutada solita, con una madre mendigando ayudas tan lejos de casa». 

Solo cinco años atrás, el padre idealista se había desentendido de la hija. Ahora, aprovechando la ausencia de Nina, reaparece con una propuesta para la niña. Lo que para él es un intento desesperado de recuperar a su familia, para Nina no es más que una réplica a pequeña escala del autoritarismo nacional, ese que él maneja tan bien y que ella ya no está dispuesta a aceptar. Y en medio de aquella crisis de poder (en todos los sentidos) y temores íntimos, Elisa se plantea, pese a su juventud, cuestiones de sentido común: si su madre se había largado, si el abuelo se había muerto de repente y hasta la abuela había desistido de cuidarla, ¿por qué ella no iba a tener derecho a verse con Camilo? 

Mirar atrás no resulta productivo cuando de lo que se trata es de cerrar heridas… El atentado contra el camarada Camilo, que según su mujer no fue tal, pero que dentro del partido se vio como un ejemplo de lucha; las interminables charlas que Graciela tenía con él: lo adoraba, pero no tanto como a su esposo, a quien añora y habla sin proponérselo… Acontecimientos de vida que se intercalan en el tiempo con las penurias que Nina pasa en Brasil (la más extranjera de los extranjeros) o los encuentros que Elisa tiene con un padre al que la fortuna parece haber sonreído. En ese contexto, reconstruir una vida resulta complejo y aún más, si cabe, volver. 

«La tristeza se pega como la gripe. Déjenme quietecita aquí, bien lejos de la cocina. No quería tener que cuidar a una nieta cuando lo único que quería hacer es cuidar mi luto, nutrirlo solo a él, sentirlo hasta el tuétano, dolerme como la perplejidad no me dejó dolerme los primeros días».

Protagonistas principales

NINA es una joven de ideales, contundente, decidida, soberbia, terca, chavista y pobre. Y todo en grandes proporciones. El fracaso de la revolución la condujo al más grande desencanto y el desengaño con Camilo, que era todo lo que ella quería, a la mayor desilusión. Como mujer reservada y escurridiza a la hora de hablar de su intimidad, desconoce que ese carácter, en el fondo, no hace sino provocarle más sufrimiento. Decide que es mejor recomenzar una nueva vida en una ciudad donde los venezolanos todavía no sean una peste… Porto Alegre, en Brasil. Desde allí se percata de que se ha quedado huérfana de padre, de casa y de lealtades. 

CAMILO es el hombre del que se enamoró Nina, un socialista de fuerte voluntad y buenas intenciones, pero inconsistente en sus propósitos. Hacía su revolución con un chaleco salvavidas que no era otro que la fortuna familiar (sus padres trabajan en la Texaco de Houston) y una visa con cifras en dólares. Convertido en héroe por un atentado en el que perdió un ojo, el miedo a la deriva política y social le hizo llevar un comportamiento errático y lo convirtió en un mal padre, del que Nina no dudó separarse. Con todas las consecuencias. 

ELISA es la hija de Nina y Camilo, tiene doce años, buena parte de los cuales los ha pasado alejada de su padre, sin saber nada de él. Despierta e inteligente, disfraza de madurez lo que es mera supervivencia… Está habituada a olvidarse de cualquier timidez o indignidad para seguir viviendo; está habituada a las migajas. Convencida de que la ha traicionado, desde que su madre partió a Brasil no ha hablado con ella, se niega. Silencio que se le hace verdaderamente duro si piensa que Nina, además de madre, es su mayor cómplice y amiga… Siempre han sido las dos contra el mundo.

«Malditas esa hora y todas las horas antes que llevaron a Nina a creer que la gente nace buena y que las intenciones revolucionarias son suficientes para callar la llama egoísta que tenemos dentro y nos conduce por donde le da la gana y se traga nuestras pobres, chiquitas y siempre boconas intenciones revolucionarias». 

GRACIELA es la madre de Nina y la que ahora cuida de Elisa, aunque a veces podría parecer lo contrario. Pobre y escéptica, está dispuesta a irse del país, pero para hacerlo tendría que llevarse consigo su casa, sus muertos y sus fantasmas. Desde que quedó viuda vive colapsada, desganada, hecha polvo, en ese espacio baldío que es la ruina. Está convencida de que, sin su marido para ayudarla a reconstruirse, ser ruina es su destino… No querría haber tenido que cuidar de su nieta, pues, en el fondo, lo único que le apetecía hacer era cuidar de su luto, sentirlo hasta el tuétano.

RAÚL es el gran ausente: el padre, el marido y el abuelo, que falleció antes de que la revolución fracasara, como si su muerte fuese la confirmación del final del movimiento revolucionario. Ejemplar en sus principios, Graciela y Nina apelan a su recuerdo (hablan incluso con él) para poder seguir luchando, para que el pasado más cercano simplemente se haga más llevadero.

Literatura de la supervivencia 

«Los llantos adultos se acaban por cansancio y, 
aunque puedan tener un motivo claro, nunca se conforman con él». 

El jurado del Premio de Novela Café Gijón reivindica su prestigio —en cuanto a dar a conocer a autores y señalar narrativas de alta calidad literaria— al entregar el galardón a una autora cuya obra es sinónimo de buena y profunda literatura. Con honestidad y enorme potencia emocional, Volver a cuándo cuenta una historia de tintes autobiográficos donde los personajes interiorizan su activismo y hacen propia la revolución social vivida en las calles, convirtiéndola en un fenómeno tan cercano y personal como catártico. Porque, en el fondo, todo vínculo o sentimiento tejido por el ser humano está íntimamente ligado a los acontecimientos sociales y políticos que acaparan su vida. 

«Es que tu cuerpo siempre fue más sincero que vos, Camilo. Tu cuerpo se permitía sentir y somatizar lo que vos no lograbas contarte ni siquiera a vos mismo, se engripaba cuando acumulabas funciones y presiones, te hacía vomitar cuando te emocionabas demasiado, enfebrecía cuando tu diplomacia amordazaba tus rabias. Podía contarse la historia de la Revolución bolivariana a través de tus quebrantos y la bala, fuera atentado o no, tal vez haya sido el clímax. El tuyo y el de la revolución». 

Desde la perspectiva de cinco personajes distintos, con sus respectivos puntos de vista, se cuenta la historia de Nina, de su fracaso personal e ideológico. Ya en las primeras páginas, con el trasfondo de la Operación Acogida, el éxodo venezolano causado por el descalabro de la revolución chavista se muestra como un drama que afectó no solo a aquellos que se fueron, sino también a los que se quedaron. Con la rabia y apremio del perdedor, Morán va desglosando vivencias que no parecen pertenecer a los protagonistas… Más bien, se presentan como imágenes colectivas recogidas de la realidad que golpean al ritmo narrativo de una autora que conoce la problemática desde los mismos fueros internos en que se cuece. 

«Elisa se pregunta quién es esa Nina que pasea por el sur de Brasil, que atiende turistas y aprende otro idioma trabajando en un hostal, como si fuera una joven estudiante que descubre el mundo. Las mamás no hacen eso. Menos todavía su mamá. Las mamás pueden ser todo lo aventureras que quieran, pero no pueden dejar a sus hijos atrás y comenzar de cero. O sí pueden, pero entonces los hijos también pueden inventarse otra vida sin pedir permiso. No hay amor a control remoto, mucho menos obediencia». 

Sorprendente y conmovedora, la novela va abriendo puertas por las que los efectos de la crisis política y migratoria se van colando hasta hacerse patentes, tan duros y veraces como descarnados. La dignidad, vestida de arrogancia, que en ocasiones impide hacer autocrítica o solicitar ayuda, se convierte, a ojos de los protagonistas, en diferentes maneras de ver la vida y de narrarla. Se abre así un vasto abanico de problemáticas particulares que, en línea con cada personaje, permite al lector ampliar su visión del conflicto central, hasta el punto de obligarlo a bajar la guardia y hacerlo suyo. Algo realmente apreciable en una narración como esta que, además de exploración íntima y familiar, muestra un profundo calado social. 

El desencanto, el paso del tiempo, la identidad, la ausencia, el vacío, la empatía en toda relación humana o la contradicción son tratados de forma tan realista como compleja, envueltos en una bruma narrativa de gran calidad literaria. En Volver a cuándo los personajes rezuman verosimilitud y credibilidad, transmiten inquietud, miedo, temor, pasión o desilusión en cada escala de este accidentado viaje emocional. María Elena Morán se descubre como una escritora de ideas claras y talante analítico, capaz de retratar con enorme maestría aquellas heridas de largo recorrido que más arraigan en el ser humano, las que nunca terminan de cicatrizar. 

«Para ella, la militancia, en la calle y en la casa, nunca fue algo que se imponía ni se exageraba, sino algo que iba creciendo dentro y que jamás renunciaba a la crítica, que era su derecho y, antes que nada, su deber. Ella actuaba como si no le debiera nada a nadie, ni a vos, ni a la revolución. Y ustedes le habían dado todo lo que ella tenía. Nina era una malagradecida, una egoísta: dos características que no combinan ni con revoluciones ni con matrimonios».

 


SÉ DE DONDE VENGO PERO NO DE DÓNDE SOY


martes, 28 de abril de 2026

LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA: LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

 



LOS ESPAÑOLES DE VENEZUELA
LA HISTORIA QUE TAMBIÉN CONSTRUYÓ EL PAÍS

hasta que entiendes de dónde vienen.

Miles de españoles cruzaron el océano
buscando una oportunidad…
y en ese camino, dejaron algo mucho más grande:
Trabajo, conocimiento, cultura
y una huella que aún sigue viva.

Desde el campo…
hasta la industria,
desde la gastronomía…
hasta las ciudades que crecieron con su esfuerzo.

Cada historia, cada negocio, cada receta
forma parte de lo que hoy conocemos como Venezuela.

Porque este país no se construyó de un solo origen…
sino del encuentro de muchos.

👉 Si tienes raíces españolas, 
este carrusel también es parte de tu historia.

jueves, 9 de abril de 2026

JUDIBANA: EL SUSURRO DE LO QUE FUIMOS por TEO LÓPEZ (EL NUEVO PELÍCANO)


JUDIBANA:
EL SUSURRO DE LO QUE FUIMOS



"Si las palabras no sirven para refrescar 
en los otros el recuerdo y lograr que ahí florezca 
la memoria de Dios, no sirve para nada".
"LA VIDA NO ES LO QUE UNO VIVIÓ SINO LO QUE UNO RECUERDA"

Caminar por nuestras calles en las madrugadas es un ejercicio de memoria. El corazón nos dicta un paisaje distinto al que ven los ojos: recuerdo la avenida Juan Crisóstomo Falcón vestida de gala, con jardines rebosantes y esa grama que parecía una alfombra verde dando la bienvenida a los visitantes. Nunca olvidaré, tampoco, las películas del momento en el Teatro Judibana. 

Añoramos la risa de los niños en la Plaza Bolívar los fines de semana; venían incluso desde Punto Fijo a disfrutar de estos espacios cuando eran todo un jardín, donde la sombra de los árboles era un refugio y no un recuerdo ganado por el polvo. Queremos recuperar ese hogar donde el agua fluía constantemente por las tuberías y el servicio eléctrico no conocía de pausas largas; aquel tiempo donde el personal de aseo barría cada una de nuestras calles. 

No escribo desde el reproche, sino desde el anhelo. Judibana nació bajo el signo del orden y la armonía; ese ADN sigue vivo. Soñar con calles sin baches y jardines florecientes no es pedir un imposible; es, simplemente, querer de vuelta el hogar que construyeron nuestros padres y abuelos con tanto esmero.

"Cuidar nuestro pasado es sembrar nuestro futuro".
Teo López

reafirmo que Judibana no es solo un lugar en el mapa, 
sino un estado del corazón que nos pertenece a todos...


En un mapa del tiempo, en Paraguaná,
nací en un jardín de acero, sudor y dignidad.
Es que nos trajo sueños con adheridas de luz.
Y el cují de Diego, a su viento voraz.
Campo médico, Los Bloques, los mundos en paz.
Un pueblo que escribió su historia sin retroceder.

Judibana es prueba, crónica y verdad.
Y en las páginas de Toro Martínez
se escucha el latido de un pueblo fiel.
70 años, no son cicatrices,
son raíces que crecen hacia el amanecer.

Judibana, 70 huellas en la arena, Judibana.
70 lunas en sus calles, son besos,
tus gentes son bandera,
su ciudad jardín que el tiempo no volará.
Judibana, nadie apagará tu nombre,
que eres Falcón y eternidad.

Buenos abuelos que generan su amor,
en la Plaza Bolívar siembran su voz,
su gente pervive con risas y sal.
Y La Refinería no se parará la voz.
Existen cují, existe valor.

Judibana no muere,
y en sus venas corre el sol,
petróleo o esperanza.
Aquí nace la flor.
Judibana en tu tierra hay futuro y raíz.
Somos hijos del viento, del cují, del tapiz.

70 años son solo el primer capítulo,
en tu leyenda no cabrá ningún olvido.
Judibana en tu nombre hay princesa y crisol;
petróleo y cují; y un pueblo en acción,
mientras tú lleves esta canción.




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miércoles, 4 de febrero de 2026

LIBRO "LA POÉTICA DEL ESPACIO" por GASTÓN BACHELARD


LA POÉTICA DEL ESPACIO



INTRODUCCIÓN

I

GASTÓN BACHELARD: Un filósofo que ha formado todo su pensamiento adhiriéndose a los temas fundamentales de la filosofía de las ciencias, que ha seguido tan claramente como ha podido el eje del racionalismo activo, el eje del racionalismo creciente de la ciencia contemporánea, debe olvidar su saber, romper con todos sus hábitos de investigación filosófica si quiere estudiar los problemas planteados por la imaginación poética. 
Aquí, el culto pasado no cuenta, el largo esfuerzo de los enlaces y las construcciones de pensamientos, el esfuerzo de meses y años resulta ineficaz. Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen: si hay una filosofía de la poesía, esta filosofía debe nacer y renacer con el motivo de un verso dominante, en la adhesión total a una imagen aislada, y precisamente en el éxtasis mismo de la novedad de la imagen. 

La imagen poética es un resaltar súbito del psiquismo, relieve mal estudiado en causalidades psicológicas subalternas. Nada general ni coordinado tampoco puede servir de base a una filosofía de la poesía. La noción de principio, la noción de "base", sería aquí ruinosa. Bloquearía la actualidad esencial, la novedad psíquica esencial del poema. Mientras la reflexión filosófica que se ejercita sobre un pensamiento científico largamente elaborado exige que la nueva idea se integre en un cuerpo de ideas experimentadas, aunque ese cuerpo se someta, a causa de la nueva idea, a una elaboración profunda, como sucede en el caso de todas las revoluciones de la ciencia contemporánea, la filosofía de la poesía debe reconocer que al acto poético no tiene pasado, que no tiene al menos un pasado próximo, remontándose al cual se podría seguir su preparación y su advenimiento. 

Cuando más tarde nos retiramos a la relación entre una imagen poética nueva y un arquetipo dormido en el fondo del inconsciente, tendremos que comprender que dicha relación no es, hablando con propiedad, causal. La imagen poética no está sometida a un impulso. No es el eco de un pasado. Es más bien lo contrario: en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse. En su novedad, en su actividad, la imagen poética tiene un ser propio, un dinamismo propio. Procede de una ontología directa. Y nosotros queremos trabajar en esta ontología. Es, pues, en la inversa de la causalidad, en la repercusión, en la resonancia, tan finamente estudiada por Minkowsky,1 donde creemos encontrar las verdaderas medidas del ser de una imagen poética. 

En esa resonancia, la imagen poética tendrá una sonoridad de ser. El poeta habla en el umbral del ser. Para determinar el ser de una imagen tendremos que experimentar, como en la fenomenología de Minkowsky, su resonancia. Decir que la imagen poética escapa a la causalidad es, sin duda, una declaración grave. Pero las causas alegadas por el psicólogo y el psicoanalista no pueden nunca explicar bien el carácter verdaderamente inesperado de la imagen nueva, ni la adhesión que suscita en un alma extraña al proceso de su creación. 

El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, su imagen arraiga enseguida en mí. La comunicabilidad de una imagen singular es un hecho de gran significado ontológico. Volveremos a esta comunión por actos breves, aislados, activos. Las imágenes arrastran —después de surgir—, pero no son los fenómenos de un arrastre. Claro está que en las investigaciones psicológicas se puede prestar atención a los métodos psicoanalíticos para determinar la personalidad de un poeta, se puede encontrar así una medida de las presiones —sobre todo de la opresión— que el poeta ha debido padecer en el curso de su vida, pero el acto poético, la imagen súbita, la llamarada del ser en la imaginación, escapan a tales encuestas. Para iluminar filosóficamente el problema de la imagen poética es preciso llegar a una fenomenología de la imaginación. Entendamos por esto un estudio del fenómeno de la imagen poética cuando la imagen surge en la conciencia como un producto directo del corazón, del alma, del ser del hombre captado en su actualidad.

II

Se nos preguntará tal vez por qué, modificando nuestro punto de vista anterior, buscamos ahora una determinación fenomenológica de las imágenes. En nuestros trabajos anteriores sobre la imaginación, en efecto, estimamos preferible situarnos lo más objetivamente posible ante las imágenes de los cuatro elementos de la materia, de los cuatro principios de las cosmogonías intuitivas. Fieles a nuestros hábitos de filósofo de las ciencias, habíamos tratado de considerar las imágenes fuera de toda tentativa de interpretación personal. Poco a poco, dicho método, que tiene a su favor la prudencia científica, me ha parecido insuficiente para fundar una metafísica de la imaginación. 

La actitud "prudente", ¿no es acaso por sí sola la negación de obedecer a la dinámica inmediata de la imagen? Por otra parte hemos comprobado cuán difícil resulta despegarse de esta "prudencia". Decir que se abandonan los hábitos intelectuales es una declaración fácil, ¿pero cómo cumplirla? Hay ahí, para un racionalista, un pequeño drama cotidiano, una especie de desdoblamiento del pensamiento que, por parcial que sea su objeto -una simple imagen— no deja de tener una gran resonancia psíquica. Pero este pequeño drama de cultura, este drama al simple nivel de una imagen nueva, contiene la paradoja de una fenomenología de la imaginación: 

¿Cómo una imagen, a veces muy singular puede aparecer como una concentración de todo el psiquismo? ¿Cómo, también, ese acontecimiento singular y efímero que es la aparición de una imagen poética singular, puede ejercer acción -sin preparación alguna- sobre otras almas, en otros corazones, y eso, pese a todas las barreras del sentido común, a todos los prudentes pensamientos, complacidos en su inmovilidad? 

Nos ha parecido entonces que esta transubjetividad de la imagen no podía ser comprendida, en su esencia, únicamente por los hábitos de las referencias objetivas. Sólo la fenomenología —es decir la consideración del surgir de la imagen en una conciencia individual— puede ayudarnos a restituir la subjetividad de las imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentido de la transubjetividad de la imagen. 

Todas esas subjetividades y transubjetividades no pueden determinarse de una vez por todas. En efecto, la imagen poética es esencialmente variable. No es, como el concepto, constitutiva. Sin duda, la tarea de desprender la acción mutadora de la imagen poética en el detalle de las variaciones de las imágenes es dura, aunque monótona. Para un lector de poemas, la referencia a una doctrina que lleva el nombre tan a menudo mal entendido de fenomenología, corre el riesgo de permanecer oscura. Sin embargo, fuera de toda doctrina, esa referencia es clara. Se pide al lector de poemas que no tome una imagen como un objeto, menos aún como un sustituto de objeto, sino que capte su realidad específica. Para eso hay que asociar sistemáticamente el acto de la conciencia donadora con el producto más fugaz de la conciencia: la imagen poética. 

Al nivel de la imagen poética, la dualidad del sujeto y del objeto es irisada, espejeante, continuamente activa en sus inversiones. En ese dominio de la creación de la imagen poética por el poeta, la fenomenología es, si así puede decirse, una fenomenología microscópica. Por esta razón, dicha fenomenología tiene probabilidades de ser estrictamente elemental. En esta unión, por la imagen, de una subjetividad pura pero efímera y de una realidad que no va necesariamente hasta su constitución completa, el fenomenólogo encuentra un campo de innumerables experiencias; aprovecha observaciones que pueden ser precisas porque son simples, porque "no tienen consecuencias", a la inversa de lo que sucede con los pensamientos científicos, que son siempre pensamientos enlazados. La imagen, en su simplicidad, no necesita un saber. Es propiedad de una conciencia ingenua. En su expresión es lenguaje joven. 

El poeta, en la novedad de sus imágenes es siempre origen del lenguaje. Para especificar bien lo que puede ser una fenomenología de la imagen, para aclarar que la imagen es antes que el pensamiento, habría que decir que la poesía es, más que una fenomenología del espíritu, una fenomenología del alma. Se deberían entonces acumular documentos sobre la conciencia soñadora. 

La filosofía en lengua francesa contemporánea, y a fortiori la psicología, no se sirven apenas de la dualidad de las palabras alma y espíritu. Son por este hecho, una y otra, un poco sordas respecto a los temas tan numerosos en la filosofía alemana, en que la distinción entre el espíritu y el alma (der Geist y die Seele) es tan clara. Pero puesto que una filosofía de la poesía debe recibir todos los poderes del vocabulario, no debe simplificar nada ni endurecer nada. Para dicha filosofía, espíritu y alma no son sinónimos. Tomándolos en sinonimia, se nos impide traducir textos preciosos, se deforman los documentos entregados por la arqueología de las imágenes. La palabra alma es una palabra inmortal. En ciertos poemas es imborrable. Es una palabra del aliento.2 

La importancia vocal de una palabra debe retener por sí sola la atención de un fenomenólogo de la poesía. La palabra alma puede ser dicha con tal convicción que comprometa todo un poema. El tono poético que corresponde al alma debe, pues, quedar abierto a nuestras encuestas fenomenológicas. En el terreno de la pintura misma, donde la realización parece traer decisiones que proceden del espíritu, que encuentran obligaciones del mundo de la percepción, la fenomenología del alma puede revelar el primer compromiso de una obra. Rene Huyghe, en el bello prefacio que ha escrito para la exposición de las obras de Georges Rouault en Albi, dice: "Si hubiera que buscar por dónde hace explotar Rouault las definiciones..., tal vez tuviéramos que evocar una palabra un poco caída en desuso, a saber, alma". 

Y René Huyghe muestra que para comprender, para sentir y amar la obra de Rouault "hay que lanzarse al centro, al corazón, a la encrucijada donde todo toma su origen y su sentido: y encontramos de nuevo la palabra olvidada o reprobada, el alma". Y el alma—la pintura de Rouault lo demuestraposee una luz interior, la que una "visión interior" conoce y traduce en el mundo de los colores resplandecientes, en el mundo de la luz del Sol. Así, se exige una verdadera inversión de las perspectivas psicológicas al que quiere comprender, amando, la pintura de Rouault. Tiene que participar en una luz interior que no es el reflejo de una luz del mundo exterior; sin duda las expresiones de visión interior, de luz interior se reivindican con demasiada facilidad. 

Pero el que habla aquí es un pintor, un productor de luces. Sabe de qué foco parte la iluminación. Vive el sentido íntimo de la pasión de lo rojo. En el principio de tal pintura hay un alma que lucha. Semejante pintura es, pues, un fenómeno del alma. La obra debe redimir a un alma apasionada. Las páginas de René Huyghe nos confirman en la idea de que el hablar de una fenomenología del alma no carece de sentido. 

En muchas circunstancias, debe reconocerse que la poesía es un compromiso del alma. La conciencia asociada al alma es más reposada, menos intencionada que la conciencia asociada a los fenómenos del espíritu. En los poemas se manifiestan fuerzas que no pasan por los circuitos de un saber. Las dialécticas de la inspiración y del talento se iluminan si se consideran sus dos polos: el alma y el espíritu. A nuestro juicio, alma y espíritu son indispensables pata estudiar los fenómenos de la imagen poética en sus diversos matices, para seguir sobre todo la evolución de las imágenes poéticas desde el ensueño hasta la ejecución. 

En particular, estudiaremos en otra obra el ensueño poético como fenomenología del alma. El ensueño es por sí solo una instancia psíquica que se contunde demasiado frecuentemente con el sueño. Pero cuando se trata de un ensueño poético, de un ensueño que goza no sólo de sí mismo, sino que prepara para otras almas goces poéticos, se sabe muy bien que no estamos en la pendiente de las somnolencias. 

El espíritu puede conocer un relajamiento, pero en el ensueño poético el alma vela, sin tensión, descansada y activa. Para hacer un poema completo, bien estructurado, será preciso que el espíritu lo prefigure en proyecto. Pero para una simple imagen poética, no hay proyecto, no hace falta más que un movimiento del alma. En una imagen poética el alma dice su presencia. Y así un poeta plantea el problema fenomenológico del alma con toda claridad. Pierre-Jean Jouve escribe:
3 "La poesía es un alma inaugurando una forma". 

El alma inaugura. Es aquí potencia primera. Es dignidad humana. Incluso si la forma fuera conocida, percibida, tallada en los "lugares comunes", era, antes de la luz poética interior, un simple objeto pata el estudio. Pero el alma viene a inaugurar la forma, a habitarla, a complacerse en ella. La frase de Pierre-Jean Jouve puede tomarse como una clara máxima de una fenomenología del alma.

Puesto quo pretende ir tan lejos, descender a tanta profundidad, una encuesta fenomenológica sobre la poesía debe rebasar, por obligación de métodos, las resonancias sentimentales con las que recibimos más o menos ricamente —según que esta riqueza esté en nosotros o en el poema— la obra de arte. Aquí debe sensibilizarse la duplicación fenomenológica de las resonancias y de la repercusión. Las resonancias se dispersan sobre los diferentes planos de nuestra vida en el mundo, la repercusión nos llama a una profundización de nuestra propia existencia. En la resonancia oímos el poema, en la repercusión lo hablamos, es nuestro. 

La repercusión opera un cambio del ser. Parece que el ser del poeta sea nuestro ser. La multiplicidad de las resonancias sale entonces de la unidad de ser de la repercusión. Más simplemente dicho, tocamos aquí una impresión bien conocida de todo lector apasionado de poemas: el poema nos capta enteros. Esta captación del ser por la poesía tiene un signo fenomenológico que no engaña. La exuberancia y la profundidad de un poema son siempre fenómenos de la duplicación resonancia-repercusión. 

Parece que por su exuberancia el poeta reanima en nosotros unas profundidades. Para dar cuenta de la acción psicológica de un poema habrá, pues, que seguir dos ejes de análisis fenomenológicos, hacia las exuberancias del espíritu y hacia la profundidad del alma. Claro que —¿será preciso decirlo?— la repercusión, pese a su nombre derivado, tiene un carácter fenomenológico simple en los dominios de la imaginación poética donde queremos estudiarla. Se trata, en efecto, de determinar, por la repercusión de una sola imagen poética, un verdadero despertar de la creación poética hasta en el alma del lector. Por su novedad, una imagen poética pone en movimiento toda la actividad lingüística. La imagen poética nos sitúa en el origen del ser hablante. 

Por esa repercusión, yendo enseguida más allá de toda psicología o psicoanálisis, sentimos un poder poético que se eleva candorosamente en nosotros mismos. Después de la repercusión podremos experimentar ecos, resonancias sentimentales, recuerdos de nuestro pasado. Pero la imagen ha tocado las profundidades antes de conmover las superficies. Y esto es verdad en una simple experiencia del lector. Esta imagen que la lectura del poema nos ofrece, se hace verdaderamente nuestra. Echa raíces en nosotros mismos. La hemos recibido, pero tenemos la impresión de que hubiéramos podido crearla, que hubiéramos debido crearla. Se convierte en un ser nuevo en nuestra lengua, nos expresa convirtiéndonos en lo que expresa, o dicho de otro modo, es a la vez un devenir de expresión y un devenir de nuestro ser. Aquí, la expresión crea ser.

Esta última observación define el nivel de la ontología en la que trabajamos. En tesis general, pensamos que todo lo que es específicamente humano en el hombre es logos. No alcanzamos a meditar en una región que existiría antes que el lenguaje. Incluso si esta tesis parece rechazar una profundidad ontológica, nos debe ser concedida, por lo menos, como hipótesis de trabajo bien adecuada al tipo de investigaciones que perseguimos sobre la imagen poética. Así, la imagen poética, acontecimiento del logos, nos es personalmente innovadora. Ya no la tomamos como un "objeto". 

Sentimos que la actitud "objetiva" del crítico ahoga la "repercusión", rechaza, por principio, esta profundidad de donde debe partir el fenómeno poético primitivo. En cuanto al psicólogo, está ensordecido por las resonancias, y quiere describir sus sentimientos. Y en cuanto al psicoanalista, pierde la repercusión, ocupado en desenredar la madeja de sus interpretaciones. Por una fatalidad del método, el psicoanalista intelectualiza la imagen. Comprende la imagen más profundamente que el psicólogo. Pero, precisamente, la "comprende". Para el psicoanalista la imagen poética tiene siempre un contexto. Interpretando la imagen, la traduce en otro lenguaje que el del logos poético. Por lo tanto, nunca se puede decir, con más razón: "traduttore, traditore". 

Recibiendo una imagen poética nueva, experimentamos su valor de intersubjetividad. Sabemos que la repetiremos para comunicarnos nuestro entusiasmo. Considerada en la trasmisión de un alma a otra, se ve que una imagen poética elude las investigaciones de causalidad. Las doctrinas tímidamente causales como la psicología, o fuertemente causales como el psicoanálisis, no pueden determinar la ontología de lo poético: nada prepara una imagen poética, sobre todo no la cultura en el modo literario, ni la percepción en el modo psicológico. Por lo tanto, llegamos siempre a la misma conclusión: la novedad esencial de la imagen poética plantea el problema de la creatividad del ser que habla. Por esta creatividad, la conciencia imaginante resulta ser, muy simplemente, pero muy puramente, un origen. Al desprender este valor de origen de diversas imágenes poéticas debe abordarse, en un estudio de la imaginación, la fenomenología de la imaginación poética.

IV

Limitando de esta manera nuestra encuesta a la imagen poética en su origen, a partir de la imaginación pura, dejamos de lado el problema de la composición del poema, como agrupación de imágenes múltiples. En esta composición del poema intervienen elementos psicológicamente complejos, que asocian la cultura más o menos lejana y el ideal literario de un tiempo, y otros componentes que una fenomenología completa debería tener en cuenta. Pero un programa tan vasto podría empañar la pureza de las observaciones fenomenológicas, resueltamente elementales, que queremos presentar. 

El verdadero fenomenólogo tiene la obligación de ser sistemáticamente modesto. Por lo tanto, nos parece que la simple referencia a poderes fenomenológicos de lectura, que convierten al lector en un poeta al nivel de la imagen leída, supone ya un matiz de orgullo. Sería para nosotros inmodesto asumir personalmente una facultad de lectura que volvería a encontrar y resucitaría el poder de creación organizada y completa que integra el conjunto de un poema. Y menos aún podemos esperar llegar a una fenomenología sintética que domine, como creen lograr ciertos psicoanalistas, el conjunto de una obra. Es, pues, al nivel de las imágenes aisladas donde podemos "repercutir" fenomenológicamente. Pero precisamente este punto de orgullo, este orgullo menor, este orgullo de simple lectura que se nutre con la soledad de la lectura, lleva en sí un signo fenomenológico innegable, si se conserva su simplicidad. 

El fenomenólogo no tiene aquí nada que ver con el crítico literario que, como se ha observado con frecuencia, juzga una obra que no podría crear, e incluso según testimonio de las censuras fáciles, una obra que no querría hacer. El crítico literario es un lector necesariamente severo. Volviendo del revés como un guante un complejo que el uso excesivo ha desvalorizado hasta el punto de penetrar en el vocabulario de los estadistas, podría decirse que el crítico literario, que el profesor de retórica, que saben siempre y juzgan siempre, tienen un simplejo de superioridad. 

En cuanto a nosotros, aficionados a la lectura feliz, no leemos ni releemos más que lo que nos gusta, con un pequeño orgullo de lector mezclado con mucho entusiasmo. Mientras el orgullo suele desarrollarse por lo general en un sentimiento avasallador que pesa sobre todo el psiquismo, la punta de orgullo que nace de la adhesión a una dicha de imagen, es siempre discreta, secreta. Está en nosotros, simples lectores, para nosotros, únicamente para nosotros. Es un orgullo de cámara. Nadie sabe que revivimos, leyendo, nuestras tentaciones de ser poetas. 

Todo lector un poco apasionado por la lectura, alienta y reprime, leyendo, un deseo de ser escritor. Cuando la página leída es demasiado bella la modestia reprime ese deseo. Pero el deseo renace. De todas maneras, todo lector que relee una obra que ama, sabe que las páginas amadas le conciernen. Jean-Pierre Richard, en su hermoso libro Poesía y profundidad, escribe entre otros estudios uno sobre Baudelaire y otro sobre Verlaine. Baudelaire es puesto en relieve, precisamente porque, como dice el autor, su obra "nos concierne". 

De un estudio a otro, la diferencia de tono es grande. Verlaine no recibe como Baudelaire la adhesión fenomenológica total. Y así sucede siempre; en ciertas lecturas que nos simpatizan a fondo, somos "parte interesada" en la expresión misma. En su 77- tán Jean-Paul Richter dice de su héroe: 
"leía los elogios de los grandes hombres con tanto placer como si él hubiera sido el objeto de esos panegíricos".4 De todas maneras la simpatía en la lectura es inseparable de la admiración. Se puede admirar más o menos, pero siempre es necesario un impulso sincero, un pequeño impulso de admiración para recibir el provecho fenomenológico de una imagen poética. La menor reflexión crítica detiene este impulso, situando al espíritu en posición secundaria, lo cual destruye la primitividad de la imaginación. 

En esta admiración que rebasa la pasividad de las actitudes contemplativas, parece que el goce de leer sea reflejo del goce de escribir como si el lector fuera el fantasma del escritor. Por lo menos el lector participa en este júbilo de creación que Bergson da como signo de la creación misma.5 Aquí la creación se produce sobre el hilo tenue de la frase, en la vida efímera de una expresión. Pero esta expresión poética, aun no teniendo una necesidad vital, es de todas maneras una tonificación de la vida. El bien decir es un elemento del bien vivir. La imagen poética es una emergencia del lenguaje, está siempre un poco por encima del lenguaje significante. Viviendo los poemas se tiene la experiencia saludable de la emergencia. 

Es sin duda una emergencia de poco alcance. Pero esas emergencias se renuevan; la poesía pone al lenguaje en estado de emergencia. La vida se designa en ellas por su vivacidad. Esos impulsos lingüísticos que salen de la línea ordinaria del lenguaje pragmático, son miniaturas del impulso vital. Un microbergsonismo que abandonara la tesis del lenguaje-instrumento, para adoptar la tesis del lenguaje-realidad, encontraría en la poesía muchos documentos sobre la vida completamente actual del lenguaje. Así, junto a consideraciones sobre la vida de las palabras, tal y como aparece en la evolución de una lengua a través de los siglos, la imagen poética nos presenta, al estilo del matemático, una especie de diferencial de esta evolución. 

Un gran verso puede tener una gran influencia sobre el alma de una lengua. Despierta imágenes borradas. Y al mismo tiempo sanciona lo imprevisible de la palabra. ¿Hacer imprevisible la palabra no es un aprendizaje de la libertad? 
¡Qué hechizo tiene para la imaginación poética el evadirse de las censuras! Antaño, las artes poéticas codificaban las licencias. Pero la poesía contemporánea ha puesto la libertad en el cuerpo mismo del lenguaje. La poesía aparece entonces como un fenómeno de la libertad.
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1 Cf. Eugéne Minkowsky, Vers une cosmologie, cap. IX
2 Charles Nodier, Dictionnaire raisonné des onomatopées françaises, París, 1828, 3 p. 46. "Los diferentes nombres del alma, en casi todos los pueblos, son otras tantas modificaciones del aliento y onomatopeyas de la respiración."
4 Pierre-Jean Jouve, En Miroir, Mercare de France, p. 1 1.
5 Jean-Paul Richter, El Titán. Berlín, 1800-1803. Bergson, Lénergie spirituelle', p. 23.

¿Qué es La poética del espacio de Gaston Bachelard?

Es una obra filosófica y poética en la que Gaston Bachelard explora los espacios íntimos —la casa, la habitación, el rincón, el nido— como escenarios fundamentales de la experiencia humana. Lejos de entender el espacio como una magnitud geométrica, Bachelard lo concibe como un lugar vivido, cargado de memoria, afecto e imaginación. Cada espacio habitado se convierte en una imagen que estructura la subjetividad y revela cómo la intimidad se construye a partir de refugios simbólicos. La poética del espacio propone una fenomenología de la imaginación, donde habitar no es solo ocupar un lugar, sino soñar en él, recordar en él y reconocerse a través de sus formas silenciosas.


Una media de 1.132 al mes.
Un año muy duro para el pequeño comercio, con cifras récord de bajas, según datos de la UPTA (Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos)
Y no dejo de ver noticias así.
Locales de toda la vida que bajan la persiana.
En barrios, en pueblos, en ciudades.
Es algo que tenemos que tener en cuenta, a nivel individual, a nivel colectivo y a nivel Estatal.

Porque cada vez que cierra un comercio no solo desaparece un negocio.


Muere su historia.
Su vida.
Sus recuerdos.
Su legado.

MY FAMILY MY LOVE por Charlie Peacock



























🎨 El mundo contemporáneo atraviesa un evidente proceso de neutralización estética, en el que los tonos vibrantes están siendo sustituidos por el dominio absoluto del gris, el blanco y el negro. Esta transición refleja una búsqueda del minimalismo y la funcionalidad, pero acaba dando lugar a un entorno visualmente homogéneo que carece de la energía y la personalidad de épocas pasadas.
🏢 En la arquitectura urbana, la preferencia por paletas neutras en las fachadas de las viviendas tiene como objetivo facilitar la reventa y transmitir una idea de sofisticación industrial moderna. Esta estandarización, sin embargo, acaba eliminando la identidad cultural única que los colores específicos aportaban a cada barrio, transformando las ciudades en escenarios monocromáticos que parecen desconectados de la vitalidad local.
🚗 El sector automovilístico refleja esta tendencia global de forma acentuada, donde la oferta masiva de coches negros, blancos y plateados domina las calles por cuestiones de practicidad y reventa. La elección de colores sobrios se ha convertido en el estándar seguro de la industria, dejando el diseño creativo en un segundo plano y estandarizando el paisaje urbano de forma casi imperceptible a la vista cotidiana.
👕 En el mundo de la moda y los artículos de consumo, el estilo «limpio» se ha convertido en el sinónimo aspiracional de estatus y organización personal en todas las clases sociales. Esta reducción cromática se vende como una solución para simplificar la vida acelerada, pero el resultado es una uniformidad estética en la que la expresión individual acaba siendo sofocada por la norma vigente.
✨ Valorar el color es recuperar la capacidad de imprimir vitalidad y humanidad en un mundo que parece cada vez más adormecido por el gris técnico. Romper con este patrón monocromático no es sólo una elección estética, sino un acto de resistencia contra la pasteurización del entorno y una invitación a recuperar la emoción que sólo la diversidad cromática puede proporcionar.

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