EL Rincón de Yanka: APOSTOLADO

inicio














Mostrando entradas con la etiqueta APOSTOLADO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta APOSTOLADO. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de abril de 2026

"JESÚS, EL NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE" y "LENGUA DE DISCÍPULO"

"El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado". Isaías 50,4-7

Lengua de discípulo

Saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Saber mirar su dolor,
y adivinar los resquicios
por donde se abre un mañana.
Saber curar sus heridas
con discreción y paciencia.
Saber aquietar desvelos
mostrando una paz posible.
Saber sembrar, en su tierra,
las semillas de una vida
que se yergue, vencedora.
Saber amar, en silencio,
las flaquezas y desgastes,
las roturas y cansancios.
Saber contar que el Amor
ni se rinde, ni abandona
nuestro barro.

(José María R. Olaizola, s.j)
"Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre". Filipenses (2,6-11)
JESÚS, EL NOMBRE SOBRE TODO NOMBRE

El Nombre Sobre Todo Nombre

jueves, 26 de marzo de 2026

LIBRO Y PELÍCULA "LA FORJA (THE FORGE)" 2024 ⚔

 LA FORJA (THE FORGE) 2024
A medida que el matrimonio de Cynthia Wright se desmorona, se ve obligada a criar sola a su hijo adolescente, Isaiah. La presión de mantenerlos con su salón de belleza es un trabajo de tiempo completo. Cuando Cynthia ve que Isaiah se distancia y se refugia en los videojuegos, la tensión aumenta y siente que sus oraciones no son escuchadas. Enojado y dolido, Isaiah comienza a comportarse como el padre que lo abandonó, y Cynthia le da un ultimátum mientras busca el apoyo de su hermana gemela, Elizabeth Jordan. Elizabeth contacta a un experimentado intercesor que anima a Cynthia a orar con valentía y a creer en Dios para lo imposible.
Isaiah Wright tiene que madurar. Un año después de terminar la secundaria y sin planes para su futuro, su madre soltera y un exitoso hombre de negocios lo animan a trazar un rumbo mejor para su vida. Gracias a las oraciones de su madre y la enseñanza bíblica de su nuevo mentor, Isaiah comienza a descubrir que el propósito de Dios para su vida es mucho mayor de lo que jamás hubiera imaginado. De los hermanos Kendrick, creadores del éxito número uno WAR ROOM, llega THE FORGE, una nueva película llena de fe con viejos amigos y giros inspiradores.
Atrapado en medio de la adversidad, Isaías anhela respeto, pero no ve un camino claro para convertirse en un buen hombre. Desesperado por encontrar trabajo, entra en Moore Fitness, Inc. y conoce al dueño, Joshua Moore, quien le presenta el concepto de trabajar para un entrenador en lugar de un jefe. Necesitado del trabajo, Isaías comienza a regañadientes su programa de mentoría con Joshua. Mientras Cynthia se aferra a la esperanza, nadie ve las tormentas que se avecinan en la empresa y en el corazón de Isaías.
"La Forja" trata sobre el poder de la oración, la transformación que solo Dios puede lograr y la influencia duradera que una persona puede tener sobre los demás.


Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;
y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Amén.



VER+:





domingo, 27 de abril de 2025

"LA MISIÓN DEL CRISTIANO NO ES APUNTALAR EL SISTEMA, SINO CAMBIAR EL MUNDO" por CUSTODIO BALLESTER



“La misión del cristiano 
no es apuntalar el sistema, 
sino cambiar el mundo”

Palabras pronunciadas por Custodio Ballester en la presentación del libro de Douglas Hyde, Compromiso y liderazgo, editado por Hazteoir.org:

En la misma línea que la Antología de Formación de Selectos del P. Ángel Ayala, S.I, Hazteoir ha vuelto a poner al alcance de los lectores un precioso y profético libro que denuncia nuestros complejos y apunta unos caminos no por olvidados menos novedosos, pues están apuntados en el Evangelio. 
“Nunca dudes de que un grupo pequeño de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo. De hecho, es lo único que alguna vez lo ha cambiado” y puede volver a hacerlo. Y es que se trata de eso: de cambiar, de transformar una realidad que tantas veces yace bajo el poder del Maligno (cf. 1Jn 5, 19). “Nosotros, por el contrario, que pertenecemos al día”, no a la noche ni a las tinieblas; “seamos sobrios. Revistámonos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación”. 
“Pero nosotros no somos gente que se arredra para su perdición, sino hombres de fe para salvar el alma (Hb 10,39).

Douglas A. Hyde (1911–1981), autor de "Compromiso y liderazgo", fue un gran periodista inglés, educado como metodista por sus padres, pero que en su juventud perdió la fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los cuales fue director jefe del periódico Daily Worker, el periódico del Partido Comunista en el Reino Unido. Pero, poco a poco, fue desilusionándose del comunismo al ver las grandes incongruencias de los comunistas soviéticos, hasta que llegó a encontrar un nuevo sentido a su vida, convirtiéndose a la fe católica.

Dice el Apocalipsis: “Y el que está sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y añadió: Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas” (Ap 21,5). Tan fieles y verdaderas que están escritas en el corazón de cada hombre y mujer que viene a este mundo. Así lo sentía Douglas Hyde hace más de cincuenta años: “En algunos círculos –también eclesiásticos- está de moda despreciar ese idealismo, este deseo de cambiar el mundo que tachan de sentimentaloide”: No puede transformarse un mundo formado por hombres pecadores. Este cinismo llevó a muchos jóvenes a rechazar abrazar la causa de un comunismo que les ofrecía estar en el lado de los buenos en la lucha del bien contra el mal, y de la verdad contra la mentira (cf. pg 37).

Yo también he oído de boca de altos eclesiásticos parecidas palabras: “Siempre ha existido el aborto y siempre existirá. Que el estado regule el matrimonio gay y la adopción por homosexuales es inevitable ¿qué quieres hacer?”. Detrás de esas afirmaciones subyace la convicción –entre cínica y fatalista- de que todo ello es el inexcusable precio que debemos pagar por vivir en la sociedad del bienestar. Y cuando a alguien se le ocurre denunciar que, si no hay una directa cooperación formal o material en toda esta debacle social, sí que existe -en muchos ámbitos de la comunidad eclesial- una connivencia con el mal que por ser disimulada o silenciosa no nos hace menos cómplices… responden a su vez que la connivencia con el mal es inevitable, porque en caso contrario volveríamos a las cavernas… Palabras cuasi textuales.

Con estos presupuestos no es extraño que los que por nuestra vocación bautismal estamos llamados a “abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas” (Ef 4, 22), nos encontremos ante el mismo muro de miedosa indiferencia con el que se topó el antiguo miembro del Partido Comunista británico: “En los grupos de estudio y en los cursillos de formación pueden discutir tranquilamente y durante todo el tiempo que quieran sobre los principios fundamentales y los derechos inalienables -“principios innegociables”, diríamos ahora-. Sin embargo, cuando hay que trasladarlos a la práctica, empiezan los problemas. 

El clero se pone nervioso ante lo que hay que hacer, y mira con aprensión a los que intentan aplicar su cristianismo a la sociedad pagana en la que viven. Al laico se le deja hablar cuanto quiere -congresos sobre los católicos en la vida pública, conferencias, encuentros-, pero cuando quiere pasar a la acción, se encienden todas las luces rojas” (p.111). Sin embargo, la gente no madura en una vitrina, sino cuando se lanza y aprende de sus errores. Si nunca das testimonio de tu fe, si no haces nada por ella, si no actúas, nunca te equivocarás. Pero no hacer nada, esperar tranquilamente el Juicio Final y a que sea el mismo Dios el nos saque las castañas de fuego, es una equivocación muchísimo más grave. Al decir del P. Ayala: “La oración es lo primero, pero no es lo único ni es suficiente”.

Podemos haber pasado todo un proceso de formación cristiana “sin haber oído nunca una palabra acerca de la misión social de la Iglesia o la responsabilidad de transformar la sociedad con el Evangelio desde nuestro trabajo, sindicato u organización profesional, su actividad política o sus relaciones con los demás” (pg. 54). Aparte de ir a misa los domingos, confesarse de vez en cuando y rezar por las noches, ¿alguien nos dijo alguna vez o alguien puso alguna vez en práctica que formamos parte del grupo de aquellos sobre los que, en su origen, recayó la responsabilidad de cambiar el mundo?

“La batalla de nuestra época es en última instancia una batalla para apoderarse de las almas y las mentes de los hombres”, dice Hyde. Pero, mientras los poderes de este mundo vocean su credo desde todas las tribunas, la voz de los cristianos suena baja y atemorizada. Mientras los poderes de este mundo dedican todas las horas del día; mientras ellos dedican todos los medios para apuntalar toda clase de perversiones, los cristianos dedicamos –los que más- algunas horas libres. Los comunistas de Hyde sabían que su objetivo era un mundo comunista. ¿Sabemos nosotros que nuestro objetivo es un mundo, una sociedad, una patria cristiana?

Por ello, Douglas Hyde, desde su experiencia como líder comunista y formador de líderes apunta, cual explorador de tierras no desconocidas, sino olvidadas, un nuevo y a la vez antiguo camino. Decía el profeta: “Paraos en los caminos a mirar, preguntad por la vieja senda: «¿Cuál es el buen camino?»; seguidlo, hallaréis reposo” (Jr. 6,16).

Lo que define a un verdadero líder, -todo comunista era líder y todo cristiano debiera serlo- deseoso de cambiar el mundo es, en primer lugar, la capacidad de sacrificio, que se concreta en capacidad de compromiso. Es decir, esa disposición por la que uno está dispuesto a dedicar tiempo, dinero, arriesgar su carrera y su nivel de vida para que triunfe la causa más justa y verdadera, para que la sangre que derramó Cristo por todos no sea inútil para algunos.

Un verdadero líder exigirá mucho a los suyos. Abandonará la ley de mínimos que busca hacer fácil y confortable la tarea para eludir así la responsabilidad, porque sabe que “si pide poco a la gente, obtendrá poco, pero si le pide mucho, responderán de forma heroica” (pg. 38). 
“Cuanto más materialista y comodona es una sociedad, más sobresale el que se compromete. El hombre que se compromete resulta atractivo justamente por su capacidad de compromiso”.

Friedrich Engels afirmó: “Los filósofos sólo han intentado explicar el mundo. Sin embargo, la misión es cambiarlo”. Cuando el líder consigue que los suyos se den cuenta de que ese cambio es necesario y posible, y que son ellos los que pueden conseguirlo, ha llenado entonces sus vidas de una fuerza dinámica tan poderosa que uno puede conseguir cosas que serían imposibles de otra manera. La vida tiene un fin, y por ello vale la pena vivirla plenamente.

Para un verdadero líder, la palabra y la acción están indisolublemente unidas en su mente y en su experiencia vital. Enviará a los suyos a hacer algo que movilice su valor moral, algo que les coloque en primera línea de fuego y que conduce a cambiar el mundo. No se limitará a pedirles que pasen a la acción. Él mismo está personalmente implicado en ella.

Un verdadero líder sabe que el progreso, el cambio, es fruto del conflicto: Porque “desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia, y los que luchan lo conquistan” (Mt 11,12). “No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine atraer paz, sino espada. Vine a poner al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra la suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su propia casa” (Mt 10, 34).

Un verdadero líder considera su trabajo diario como una excelente oportunidad para luchar por la causa, que no es una especie de hobby al que dedica algunas horas libres. La causa es su vida. Si la nuestra es la mejor causa imaginable –la de Cristo-, eso nos confiere la obligación de difundirla entre los demás. Si a los comunistas no les importaba causar buena impresión, sino difundir su ideología, hemos de abandonar el politiqueo por obsoleto y anunciar la verdad, sin excepción ni compromiso.

Y es que el cristianismo debe crear líderes que se conviertan en “instrumentos voluntarios del proceso del cambio tanto en el mundo como en el trabajo o en la sociedad humana” (pg. 119), en el campo de actividad al que les lleve la vida. Es decir que, allá donde esté el cristiano, asuma el papel de líder. Un líder que se cristianice a sí mismo y luche por una sociedad cada vez más cristiana, un líder que ejerza -con ese objetivo- sobre la opinión pública la máxima presión posible.

Ante una situación nueva, la primera reflexión que se hace la gente es: “Que venga alguien y haga algo”. La reacción espontánea del líder es: “¿qué voy a hacer yo?” La acción y los principios que la sustentan, van siempre unidos en su mente y en su vida. Si cada cristiano adoptase esta actitud mental y actuase de acuerdo con ella, las cosas serían bien diferentes.

Por tanto, nos interesa formar líderes que actúen a favor de la causa de Cristo y de su Iglesia y no a favor de ellos mismos. Personas que entiendan lo que creen, comprometidos con su fe, y que intenten practicarla en todas las facetas de su vida personal y social. Y dispuestas a pagar el precio correspondiente. El mismo que su Maestro: “Per Crucem ad lucem” (POR LA CRUZ A LA LUZ).

Compromiso y liderazgo es un viaje de ida y vuelta, pero Douglas Hyde solo recorrió el primer tramo. Su obra nos cuenta los métodos de los comunistas para convertir su pestilente ideología en un éxito en todo el mundo. Nosotros tenemos sobre el autor la ventaja de conocer el desenlace de esta historia. Y sabemos también que algunos de los procedimientos de proselitismo más característicos de los comunistas fueron los procedimientos de los primeros cristianos y son los procedimientos de los santos, hoy redescubiertos. Los comunistas fracasaron porque sus fines eran espurios. ¿Están tus fines a la altura de tus procedimientos?
Douglas Hyde analiza los métodos comunistas de formación de líderes para aplicarlo al cristianismo en su obra recientemente republicada en castellano en Madrid en 2014, en un tomo de 147 páginas. A pesar de que los comunistas eran una minoría, habían logrado convencer a un gran número de personas para llevar a cabo sus ideales. Hyde llega a afirmar que «desde que se fundó el Partido Comunista, los éxitos de los comunistas han sido mayores que los de los cristianos... La mayoría de los éxitos comunistas son fruto de una forma de acción y de una manera de acercarse a la gente que debería ser utilizada por los cristianos, con mayor razón aún que por los comunistas» (p. 51). Otro aspecto a valorar de los comunistas es que hacen un buen uso de los recursos humanos que tienen y hacen suyo el lema: «cada comunista es un líder, cada fábrica una fortaleza» (p. 46). De hecho, Hyde consideraba que el compromiso era el punto de partida y la base fundamental para el liderazgo. Y se fijaba como objetivo que cada miembro del Partido Comunista debería formarse para convertirse en líder en caso de que fuera necesario y llevar a cabo una transformación de la sociedad y del mundo. Desde esta perspectiva, únicamente las órdenes religiosas podrían considerarse que siguen esta filosofía de vida. 

Los tres métodos más utilizados para el adoctrinamiento de los comunistas eran: una exposición seguida de preguntas, discusión o ambas; una discusión controlada ‒que se presentaba como el método más útil‒, e igualmente así como preguntas y respuestas. Douglas Hyde entendía que «para un comunista, la parte más importante del día transcurre en su trabajo. Considera su trabajo como una excelente oportunidad para luchar por su causa. Por el contrario, el católico activo se entrega a su actividad cuando ha finalizado su trabajo, cuando ha comido y se ha cambiado. Entonces es cuando dispone de un par de horas libres para entregarse a su causa».

Esta obra pretende determinar «los métodos comunistas de formación de líderes que pueden imitar o adaptar los cristianos, así como otros grupos» (p. 31). Entre 1910 y 1960 los comunistas consiguieron implantar su sistema político en un tercio del mundo, aunque en la actualidad la mayor parte ha quedado fuera de su área de influencia. Sin embargo, hoy en día «el número de personas que viven fuera de la esfera comunista es el doble de los que viven bajo su yugo. Así que no hay motivo para el derrotismo» (p. 33). De esta forma, una minoría ha logrado convencer a un gran número de personas en muy poco tiempo. En efecto, «los comunistas han aprendido por experiencia cómo llegar de la mejor manera posible a los demás, incluso cuando tienen que hacerlo por medio de una minoría» (p. 33). Uno de los aspectos más importantes es que el Partido Comunista está constituido por un núcleo reducido de forma deliberada, para que no pierda su naturaleza de élite. Sin embargo, Hyde consideraba cuando escribió su libro que «han logrado influenciar de forma profunda en el pensamiento de la mayoría. 

Las políticas del resto de los partidos serían muy diferentes si los comunistas no hubieran existido» (p. 33). Además, los comunistas hacen un buen uso de los recursos humanos que tienen a su disposición. Por este motivo, su autor considera que el compromiso es el punto de partida y la base fundamental para el liderazgo. Los comunistas funcionan con una utilización efectiva de los recursos humanos y hacen suyo el lema: «cada comunista es un líder, cada fábrica una fortaleza». 
En efecto, este objetivo pretende que cada miembro del Partido Comunista debería formarse para convertirse en líder en caso de que fuera necesario; y cuando en una fábrica haya muchos líderes esa fábrica será una fortaleza del comunismo y prácticamente irreductible (p. 46). D. Hyde llegaba a afirmar que «desde que se fundó el Partido Comunista, los éxitos de los comunistas han sido mayores que los de los cristianos... La mayoría de los éxitos comunistas son fruto de una forma de acción y de una manera de acercarse a la gente que debería ser utilizada por los cristianos, con mayor razón aún que por los comunistas» (p. 51). 

En efecto, quien se hace comunista sabe que debe mostrar el máximo compromiso con el Partido y entregarse al cien por cien para transformar la sociedad y el mundo. Los cristianos deberían aprender de este compromiso adquirido por los comunistas, que no persiguen sólo salvarse a sí mismos sino transformar la sociedad por medio de los valores cristianos. En realidad, únicamente las órdenes religiosas siguen esta filosofía de vida. Pero esa formación que recibe el nuevo afiliado debería estar dirigida a la acción (p. 68). 
El adoctrinamiento de los comunistas tiene su punto más fuerte en los métodos que utilizan o utilizaban en el momento en que Hyde escribió su libro: clases en las que el profesor habla menos de una hora y responde a las preguntas; grupos reducidos de estudio para convertir a líderes que estén preparados para la acción (p. 81). Los tres métodos más utilizados eran: una exposición seguida de preguntas, discusión o ambas; una discusión controlada ‒que se presenta como el método más útil‒; así como preguntas y respuestas. 

El número de asistentes al curso debería oscilar entre 3 y 15, de forma que todos puedan implicarse en la discusión. De todos modos, en los países comunistas se intentan inculcar ideas y adoctrinar de forma sutil. Douglas Hyde entiende que «para un comunista, la parte más importante del día transcurre en su trabajo. Considera su trabajo como una excelente oportunidad para luchar por su causa. Por el contrario, el católico activo se entrega a su actividad cuando ha finalizado su trabajo, cuando ha comido y se ha cambiado. Entonces es cuando dispone de un par de horas libres para entregarse a su causa» (p. 101). En otras palabras, el comunismo quiere que el trabajador sea el mejor en su trabajo y el más efectivo en su puesto de trabajo.

En efecto, los comunistas tenían y siguen teniendo fama de buenos propagandistas, en la medida en que creen que han descubierto lo que el mundo necesita para ser mejor. Pero al mismo tiempo hay que estar en contacto directo con la gente. Además, Hyde considera que «Lenin tenía razón al decir que las ideas sencillas pueden incitar a la acción a gente sencilla y auténtica» (p. 128). La antigua Ley Fundamental de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1977 señalaba en su preámbulo: «El objetivo supremo del Estado soviético es edificar la sociedad comunista sin clases en la que se desarrollará la autogestión social comunista. Las tareas principales del Estado socialista de todo el pueblo son: crear la base material y técnica del comunismo, perfeccionar las relaciones sociales socialistas y transformarlas en comunistas, educar al hombre de la sociedad comunista, elevar el nivel material y cultural de vida de los trabajadores, garantizar la seguridad del país, contribuir al fortalecimiento de la paz y al fomento de la cooperación internacional. 

El pueblo soviético, guiándose por las ideas del comunismo científico y fiel a sus tradiciones revolucionarias, apoyándose en las grandes conquistas socioeconómicas y políticas del socialismo, aspirando al sucesivo desarrollo de la democracia socialista, considerando la posición internacional de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como parte integrante del sistema socialista mundial y consciente de su responsabilidad internacionalista, manteniendo la continuidad de las ideas y de los principios de la primera Constitución soviética, la de 1918, de la Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1924 y de la Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1936, refrenda los fundamentos del régimen social y de la política de la URSS, establece los derechos, libertades y deberes de los ciudadanos, los principios de organización y objetivos del Estado socialista de todo el pueblo y los proclama en la presente Constitución». 

Este libro de Douglas Hyde (1911-1996) recoge el seminario que hizo el autor sobre Formación del Liderazgo, en el Congreso anual del Secretariado de Misiones en Washington, D.C. Su autor ocupó la primera fila en el Partido Comunista británico, aunque ‒como él mismo confiesa‒ abandonó este proyecto en los años cincuenta del pasado siglo XX para acercarse al catolicismo.


Como formar dirigentes


El libro de Douglas Hyde, no es uno de estos títulos tan socorridos hoy en día de «cómo ganar un concurso de pesca en diez días». Ciertamente el Cursillo de Cristiandad despierta una auténtica inquietud por los demás Se le he dicho a quien ordinariamente ha hecho el hallazgo gozoso de un Dios amigo que sus hermanos le esperan. Desea ser dirigente. Desea darse. Falla muchas veces el cómo darse y sobre todo, cómo enseñar a que los demás se den. Misión primordial de las Escuelas de Dirigentes que están afincadas ya en todas las partes del mundo. Este libro quiere ser un buen empujón a quienes se están cansando «con el cansancio de los buenos». A quienes hicieron mucho, quizá trabajaron como diez, pero nunca se les ocurrió que podrían hacer trabajar a diez. Por eso, en la hora diaria del examen de conciencia, el buen dirigente se pregunta: «¿Que he hecho hoy que habría podido hacer realizar a otro?».
 
Douglas Hyde, hace como un viejo y querido sacerdote hacia en mi parroquia. El muy cuco nos explicaba historietas a toda le chiquillería antes del Rosario. La gente era mucho más puntual al templo y sobre todo, al socaire de los peques, recibían el sermón los mayores. «Corno formar dirigentes» es un libro que a primera vista pueda parecer escrito como manual de comunismo. No hay tal. Es el sermón del cura. Para que nosotros aprendamos. Para que en muchos aspectos de nuestra religión sepamos llevar a la práctica una palabra muy apostólica: EFICACIA.
PRESENTACIÓN

Centenares de libros han sido escritos sobre lo que hay de erróneo en el comunismo. Este libro da todo esto por sabido y pretende exponer todo lo que los comunistas pueden enseñarnos. A pesar de todos los errores del comunismo como doctrina, el movimiento comunista ha destacado con éxito en el modo como ha sabido encender a sus seguidores para que se lanzasen «a cambiar el mundo». «COMO FORMAR DIRIGENTES», es un estudio detallado de los métodos que los comunistas usan para despertar en sus seguidores este excepcional grado de entrega. Examina las técnicas para promover y mantener esta dedicación durante años, y describe paso a paso el proceso mediante el cual cualquier insospechada potencialidad para dirigentes es desarrollada y usada con efectividad.

El Editor


PRÓLOGO

Para comprender la intención de este libro es preciso conocer su origen y evolución. Empezó como un intento para responder desde mi propia experiencia a la pregunta que suele formularse tan a menudo. 

«¿Por qué los comunistas son tan entregados y tienen tanto éxito como dirigentes mientras que en los demás movimientos frecuentemente no es así?».
Fui llamado para contestar a esta pregunta en una serie de conferencias pronunciadas a modo de seminarios de instrucción de dirigentes, en la convención anual del Secretariado de Misiones en Washington. Estaban presentes centenares de religiosos y dirigentes en potencia provenientes de casi todas las partes del mundo, especialmente de Asia, África y Latinoamérica. Los organizadores me instaron a que hablase de un modo tan libre como lo deseara, ya que el propósito era examinar porqué los católicos eran débiles y por contraste los comunistas fuertes. Les tomé la palabra y no quise eludir ningún golpe. Esto explica porqué en este libro —escrito en forma vivencial más que como libro de texto— intento acentuar el éxito comunista y la debilidad católica. 

El seminario original fue oportuno adaptarlo a las necesidades de otras organizaciones, Católicas y no-Católicas. Espero que en su forma actual «Formación de dirigentes» pueda ofrecer algo nuevo al hombre interesado en la psicología comunista y en particular a todo el que crea que hay una urgente necesidad de formación de dirigentes en el mundo no-comunista. Por encima de todo este libro pretende ser un desafío a quien diga lo contrario.

DOUGLAS HYDE

¿Le puede enseñar algo un comunista a un católico?

«No temas, porque yo estoy contigo, 
no te inquietes, porque yo soy tu Dios; 
yo te fortalezco y te ayudo,
yo te sostengo con mi mano victoriosa»
Isaías 41,10

El paso de la Iglesia a la militancia comunista fue un hecho bastante extendido en nuestro país hace algunos años en determinados ambientes, pero no abundan los testimonios al respecto y todavía falta la obra de referencia que permita entender los mecanismos a través de los cuales la Iglesia perdió fieles que pasaron a engrosar las filas de las más variadas formaciones de extrema izquierda.
Son más frecuentes las narraciones en sentido contrario: la conversión del comunista. Douglas Hyde, líder del Partido Comunista británico (CPGB), abandonó la severa militancia marxista (nada que ver con la tradicionalmente ociosa de los socialistas) y dedicó algunos años al servicio de la Iglesia explicando por qué los comunistas eran tan eficaces propagando su tóxica ideología y qué enseñanzas se podían deducir de ello para aplicarlas a la evangelización.

Hyde nació en el Reino Unido, en 1911, poco antes de la revolución que daría el poder a los comunistas en Rusia, y murió en 1996, cuando la Unión Soviética era ya algo más que un cadáver enterrado en el cementerio de los horrores de la Historia. Educado en un hogar metodista,estuvo casado, tuvo cuatro hijos y ejerció el periodismo.
Douglas Hyde, «Douggie», militó en el Partido Comunista británico durante 20 años y alcanzó puestos importantes en su estructura. La labor más importante que desarrolló fue la dirección del periódico oficial del partido, el Daily Worker, tarea en la que destacó, convirtiendo aquel panfleto en un diario de gran difusión, que llegó a los 120.000 ejemplares cada día.
En 1948, con Stalin todavía en el poder, Hyde abandonó el PC, se convirtió al catolicismo y dedicó los años siguientes a servir a la Iglesia explicando su propia experiencia y extrayendo de ella conclusiones prácticas aplicables a la propagación de la fe. También siguió ejerciendo el periodismo en las páginas del semanario Catholic Herald.

En su autobiografía, Hyde cuenta de esta manera su conversión:

«Yo creía que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran inmorales, que los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía conservando mis prejuicios comunistas.
En el partido sosteníamos que la población católica representaba la parte más atrasada, inculta y políticamente moribunda del pueblo y que los católicos estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza de liberación, por los curas.
Un día, al salir de la oficina, entré en una iglesia católica. Permanecí una hora sentado en la oscuridad, iluminada sólo por la vacilante llama de las velas del altar. A la mañana siguiente volví teniendo cuidado de que no me viera nadie.
Cuanto más veía aquella iglesia, más me gustaba. Pero seguía sin poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse, un signo de sumisión, de rendimiento,de humildad.
Era como hablar con alguien que no estaba presente, que ni siquiera existía. Pero yo seguí yendo día tras día, noche tras noche.
Una mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa Etheldreda, en el último banco, como de costumbre, cuando entró una joven de unos dieciocho años, pobrement e vestida y no muy agraciada.

Me pareció que sería una criada irlandesa. Al pasar por mi lado vi la expresión de su rostro:estaba preocupada.
Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con paso decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar, después giró hacia la izquierda, encaminándose aun reclinatorio en el que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de haber encendido una vela y echado unas monedas en la alcancía.
A la luz de la llama de la vela pude ver cómo sus manos pasaban unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de vez en cuando. Aquella era una práctica católica que yo desconocía. Aquel era el mundo de la fe. Aquel era el mundo que yo buscaba.

¿Era una superstición? ¿Era el mundo propio de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando salía, miré el rostro de la joven. Fuera cual fuera, su preocupación había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo hacía meses y años que llevaba a cuestas el peso de la mía.
Cuando estuve seguro de que nadie me veía, me encaminé casi como un perro por el centro de la iglesia como ella había hecho. Al llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en la alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio e intenté rezar a Nuestra Señora.
Si iba a ser supersticioso y empezaba a rezar a alguien que no estaba allí, bien podría dar un paso más en mi superstición y rezar a una imagen.

¿Pero cómo se rezaba a Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella o por medio de Ella, como si fuese una intermediaria? ¿Se contemplaba la imagen para ver la realidad que había tras ella o había que dirigir las palabras solamente a la imagen? Tampoco lo sabía.
Intenté recordar alguna oración dedicada a Ella de la literatura medieval o algo de los poemas de Chesterton o Belloc. Pero fue inútil...

Fuera de la iglesia traté de recordar las palabras que había pronunciado y casi me eché a reír. Eran la letra de una música de baile del año veinte, de un disco de gramófono que había comprado en mi adolescencia: "Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh Señora, sed buena conmigo".

A las ocho y media de la noche del 17 de enero de 1948 telefoneé al colegio de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a nuestros dos hijos y nuestra instrucción comenzó bajo la dirección del Padre Joseph Corr, un santo y culto anciano jesuita del norte de Irlanda, que comenzó su tarea sin hacernos más preguntas. Tardó semanas en saber quién era yo».

El libro que tienes en las manos resulta particularmente útil en dos sentidos concretos. Por un lado traza un panorama muy preciso y exacto, casi se diría que naturalista, de los códigos de comportamiento de los militantes comunistas desde el final de la segunda guerra mundial hasta los años 60, y aporta un análisis que mantiene su validez hasta las postrimerías del régimen soviético y la caída del Muro. Si quieres entender hoy a la izquierda, lo que significa ser de izquierdas y los valores y principios que empapan esa ideología, esta obra es de una grandísima utilidad. A pesar de que, en nuestros días, la izquierda de la que habla Hyde se haya perdido, sustituida por un deshecho de mediocridad, vulgaridad y estupidez, al que sus seguidores, a falta de propuestas ideológicas específicas, denominan «progresismo».

Pero además Compromiso y liderazgo permite extraer jugosas conclusiones acerca del activismo, en especial sobre cómo hacer más eficaz la movilización y la implicación ciudadana en la vida pública, conclusiones que se pueden trasladar con gran provecho al quehacer de las organizaciones sociales de nuestros días. Los métodos de trabajo, las técnicas de propaganda, los resortes que mueven a las personas ala acción y ala entrega a una causa,son perfectamente válidos, se trate de un partido comunista o de una asociación de defensa de las libertades. En este sentido, este libro es una suerte de útil «catecismo» para el activismo cívico.

Y antes de entrar en asuntos más morbosos, una aclaración y una cita episcopal.
La aclaración: prepárate unos litros de tila si eres de los que, sin conocer en profundidad el marxismo, notas cómo la cabeza empieza a dar vueltas alrededor de tu cuello cada vez que oyes la palabra «comunismo». Si padeces ese síntoma quiero avisarte de antemano: en lo que vas a leer a continuación y en el texto que sigue de Douglas Hyde no vas a encontrar una apología anticomunista en la que refocilarte. Este no es un libro anticomunista, ni una apología de los males endémicos de la izquierda.

En estas páginas encontrarás primero un modesto análisis de las razones por las cuales quien escribe,junto a muchos otros, cambiamos la fe católica por la militancia comunista y estuvimos convencidos de que hacíamos lo correcto. Y sobre todo hallarás una profunda disección de los métodos de actuación que los comunistas utilizaron cuando sus partidos eran las organizaciones sociales más activas e influyentes del mundo.

Así pues esta obra tiene como fin ayudarte a ser más eficaz a la hora de movilizar en favor de tu causa. Y ahora la cita episcopal. Pertenece Monseñor Cortés Soriano, vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y universidades de la Conferencia Episcopal Española y presidente de la Subcomisión de universidades de la CEE. Dice así:
«La doctrina marxista ofrecía tantos puntos en común con el compromiso cristiano sobre el mundo, que muchos cristianos la asumieron como instrumento de transformación social».

¿El comunismo tiene mejores técnicas que el cristianismo? (Tertulia HO)

HUMANOS – Un himno para cambiar el mundo

viernes, 4 de abril de 2025

DOCUMENTAL "MONSEÑOR JOSÉ GUERRA CAMPOS, EL PASTOR BUENO Y GRAN APÓSTOL" y LIBRO "UN FARO EN LA TEMPESTAD" ⛯🔥


El 13 de septiembre de 1920 nació en Seaires de Abaixo (La Coruña) el que sería célebre obispo de Cuenca, José Guerra Campos, fallecido en 1997 tras una trayectoria episcopal tan brillante como controvertida. Con motivo de su centenario, EUK Mamie ha producido un documental titulado "Monseñor Guerra Campos, el pastor bueno". Se estrenará el 25 de abril, precisamente el Domingo del Buen Pastor.
En palabras del cardenal Marcelo González Martín (1918-2004), arzobispo de Toledo esa bondad característica del prelado gallego está en la causa de muchos de los problemas que sufrió: "Era tan profundo como un pozo sin fin, y tan agudo como un cuchillo cortante, y tan sencillo como el canto de un niño. Como era tan bueno, Guerra Campos, sin pretenderlo, dejó traslucir lo que era".

Una disconformidad expresada con franqueza

Y ¿qué era? Un obispo que "entendió el Concilio desde la hermenéutica de la continuidad con la Tradición", denunció "el incumplimiento de la letra del propio Concilio", alertó de "una crisis de la Iglesia posconciliar que fue la continuación de la crisis modernista nunca del todo sofocada" y lamentó "la llegada de un Estado liberal, relativista y absolutista" y "la colaboración de buena parte de la jerarquía eclesiástica española en la destrucción de uno de los últimos Estados cristianos del mundo para alumbrar un Estado ateo".
Así le describe Francisco J. Carballo, uno de los mejores conocedores de la vida y obra de monseñor Guerra Campos (a cuya "teología política" consagró su tesis doctoral), en un artículo publicado en la revista Razón Española (224, enero-febrero) de 2021), precisamente con motivo de su centenario.

Ordenado sacerdote en 1944, teólogo formado en la Universidad Gregoriana de Roma, monseñor Guerra Campos fue nombrado obispo auxiliar de Madrid en 1964, lo que le permitió participar en la tercera sesión del Concilio Vaticano II.
Su intervención "respecto al ateísmo marxista" en el debate sobre la constitución Gaudium et Spes "se reputó como la más destacada de la jerarquía hispana en la citada asamblea, elogiándose primordialmente en los medios más avanzados de España e Italia", afirma el historiador José Manuel Cuenca Toribio. Incluso desde el Partido Comunista se destacó la fidelidad con la que el prelado había expuesto sus principios, aunque fuera para refutarlos.
Fue el primer secretario general de la recién nacida conferencia episcopal española, y Pablo VI le nombró en 1972 obispo de Cuenca. Lo sería durante veintidós años en esa pequeña diócesis del centro de España, hasta su renuncia en 1996.

"Automarginado y aislado en su sede, haría de ella", afirma Cuenca Toribio, "un notable vivero de vocaciones sacerdotales y un poderoso foco espiritual, conservando hasta el término de sus días una dedicación intelectual fruto de la cual surgiría una de las principales obras científicas de la jerarquía española contemporánea".
¿Por qué "automarginado y aislado"? A partir de un cierto momento, Guerra Campos dejó de asistir a las reuniones de la conferencia episcopal por su desacuerdo con el rumbo de la Iglesia española.
Había participado de forma activa en tres momentos dramáticos del postconcilio en España, explica Carballo: la bautizada como Operación Moisés con la que elementos progresistas quisieron tomar el mando en 1966, un intento que él mismo frustró infiltrando sacerdotes para recabar información; la crisis y conflicto de Acción Católica entre 1966 y 1968; y la Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes de 1971. Constatada su derrota y a la vista del respaldo de la secretaría de Estado a las decisiones eclesiales y políticas de buena parte del episcopado, Guerra Campos optó por entregarse en cuerpo y alma a su diócesis.

La conocía como la palma de su mano, en particular a sus sacerdotes, haciendo realidad pastoral las exigencias canónicas de la presencia y permanencia del obispo entre sus ovejas.
Eso no le impidió escribir obras muy notables sobre las excavaciones del sepulcro del Apóstol Santiago, uno de sus temas de estudio preferidos, y principalmente sobre cuestiones doctrinales y pastorales de actualidad, en particular sobre la confesionalidad del Estado, su gran caballo de batalla.

Una legislación inspirada en la ley de Dios

Carballo destaca que Guerra Campos no defendía una formulación jurídica especial de dicha confesionalidad (ni siquiera la que había durante el régimen de Francisco Franco), sino "su alma: una legislación civil inspirada en la Ley de Dios".
De hecho, "no se opuso a la Transición política de manera visceral y gruesa, sino que se preguntó si entre tantas demandas de cambios, no sería posible conservar el depósito sagrado de la Tradición, una invariante moral que estuviese por encima de la voluntad de los grupos y partidos. Se trataría de mantener como principio inspirador del Estado una cosmovisión históricamente española, mayoritaria en España desde el punto de vista sociológico, y necesaria para un orden social de acuerdo con el bien común".

El propio Guerra Campos expresó en 1988, ya bien consolidado el nuevo régimen político, la que consideraba labor de la Iglesia en toda circunstancia: "En el campo de la moral aplicada a la vida pública, la Iglesia necesita, no sólo que se cumpla lo que enseña sino volver a enseñar lo que se ha de cumplir. Y esto incluye: reafirmar su doctrina, rescatarla de las exposiciones falseadas, y quizá reajustarla, integrando los fragmentos con unidad orgánica; evitando en todo caso que su mensaje quede rebajado a ser una expresión más del lenguaje político y cultural del mundo".


Manuel Acosta: 

"Todo católico debería leer este libro 
sobre las enseñanzas de 

¿Por qué decidió trabajar en un libro sobre las enseñanzas de Mons. Guerra Campos?
Por tres motivos fundamentales: por mi condición de historiador, por haber tenido la inmensa fortuna de ser el catalogador de su archivo personal y, obviamente, por mi calidad de hijo de la Iglesia. Intentaré explicarme un poco más.
En primer lugar, además de doctor en Filología, soy licenciado en Geografía e Historia, motivo por el cual soy un enamorado de la historia. Porque, ¿qué más subyugante que la Historia? 
La “Historia es verdaderamente testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera de la Antigüedad” (Cicerón, De oratore, II, IX, 36). O, si se prefiere, podemos definirla de esta otra manera: “… habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.” (Don Quijote de la Mancha, Primera parte, Capítulo IX).

Además, para un católico la Historia es una realidad fundamental porque la forma como Dios se ha revelado a los hombres es en la historia. Por lo tanto, la historia es el lugar de la revelación y, asimismo, la historia es el lugar de la salvación. La salvación no es algo que se dé en una esfera alejada de la realidad, en un ámbito de vida del espíritu que no guarda ninguna relación con el mundo material, con el mundo de la vida y del acontecer humano. Todo lo contrario, Dios se ha mezclado con el mundo del acontecer humano en la Encarnación y lo ha vencido en la cruz. Así pues, con toda humildad, pero también con toda seguridad creo que como historiador tengo aún más motivos para ser católico.

En segundo lugar, la Fundación obispo José Guerra Campos confió en mí la tarea de catalogación de su archivo personal. Durante el tiempo que tuve el honor de organizar y catalogar he podido descubrir un tesoro incalculable que aporta claves fundamentales para entender los avatares socio políticos y religiosos de la historia de España de la II República, la Guerra Civil, la etapa de Franco, la Transición y la evolución del actual sistema parlamentario basado en la democracia inorgánica, puesto que Monseñor Guerra Campos fue un testigo y protagonista de excepción en todos esos períodos de nuestra historia.

En tercer lugar, es una verdad de Perogrullo que nadie ama lo que no conoce. Así pues, como cualquier católico, estamos llamados a profundizar, estudiar y conocer mejor los fundamentos de la fe de la Iglesia para reafirmarnos en ella, en definitiva, para amar a la Iglesia, para amar más a Dios. Por este motivo, al estudiar sus enseñanzas como padre y obispo de la Iglesia, me he dado cuenta de cómo, especialmente tras el Concilio Vaticano II, se tergiversan cuestiones de liturgia, canónicas, doctrinales. Esta tergiversación ha arrasado la fe de muchos fieles y ha provocado esterilidad en la Iglesia, hasta nuestra época actual, marcada por la irreligiosidad y el más egoísta hedonismo. 
En definitiva, necesitamos un faro como las enseñanzas de D. José Guerra Campos que nos instruya en nuestra fe y nos advierta de los errores que la corrompen.

¿Qué aportó a la Iglesia este prelado y cuál fue su mayor legado?
A lo largo de toda su vida, especialmente a raíz del descubrimiento de su vocación sacerdotal y durante el desempeño de su intenso y prolijo ministerio presbiteral y episcopal, a D. José Guerra Campos solo le movió este afán de comunicar la salvación de Cristo a todos los hombres. Por ello, se dedicó en cuerpo y alma a dar a conocer que «… ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (I Cor. 2, 9).

Monseñor Guerra Campos fue un hombre santo y sabio. De él se ha llegado a decir que desde 1940, fecha en la que falleció el cardenal Gomá, primado de España, el intelectual más excelso del episcopado, con diferencia, fue José Guerra Campos. Y utilizó sus extraordinarios talentos para ejercer de verdadero obispo, pastor solícito, para anunciar el Evangelio y transmitir la fe con nitidez y conforme al magisterio de la Iglesia, especialmente en aquellos momentos tempestuosos que le tocó vivir: la persecución religiosa durante la II República española y la Guerra Civil, la restauración de la sociedad tras la guerra, el Concilio Vaticano II, la proliferación de la heterodoxia en el seno de la Iglesia y la instauración de un nuevo régimen político en España, de espaldas a las verdades absolutas, basado en el relativismo.

Fue profesor de teología, filosofía e historia en centros eclesiásticos y de deontología en la Universidad de Santiago de Compostela, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española, procurador en las Cortes Españolas, presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE, perito consultor de los obispos españoles en el Concilio Vaticano II, padre conciliar al ser preconizado obispo, secretario general del Episcopado Español, representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma y obispo titular de la diócesis de Cuenca.

Para muestra, un botón. Don José intervino públicamente durante la tercera sesión del Concilio Vaticano II el 26 de octubre de 1964 durante el debate sobre la Constitución Gaudium et Spes, en torno al esquema 13 sobre la presencia de la Iglesia en el mundo, con un discurso sobre el ateísmo marxista. Su intervención suscitó admiración y numerosos comentarios en medios informativos de toda Europa, incluso comunistas. En definitiva, entendía que «…a la escatología marxista había que oponer el verdadero finalismo cristiano; a la alienación, la trascendencia; a las ideologías, la presentación de la fe como una realidad que supera las ideologías».
Sin lugar a dudas, el mayor legado de Monseñor Guerra Campos es su ejemplo de sabiduría, valentía y claridad en la defensa de las verdades de la fe, contra viento y marea.

¿Cuál ha sido el criterio que ha empleado para ordenar sus escritos?
El archivo personal de Don José Guerra Campos es de un valor incalculable, ya que gracias a su fondo documental se puede reconstruir buena parte de la más reciente historia religiosa, social y política de España, así como de la historia de la Iglesia universal.
Así pues, he ido clasificando el archivo atendiendo, en primer lugar, al tipo de fuente. Configuran el archivo personal de Guerra Campos fuentes primarias (en las que él fue protagonista) de diversa tipología (manuscritos, guiones, fotografías, opúsculos, libros, correspondencia, actas de las sesiones de las asambleas de la Conferencia Episcopal Española, actas de las Cortes Españolas, artículos periodísticos, audios en diverso formato, revistas…) y fuentes secundarias (aquellas que se refieren a él o a acontecimientos que vivió pero confeccionadas con posterioridad por terceras personas), también de diversa tipología. Además, otro criterio empleado en la catalogación ha sido el de ordenar el material según su temática (filosófica, teológica, apologética, catequética, divulgativa, política…)

¿Cómo le ha ayudado espiritualmente revisar esos textos?
Sin duda, me ha ayudado a fortalecer la fe. Porque leer y releer los escritos de Guerra Campos, especialmente los de temática religiosa como sermones, homilías, escritos catequéticos y de profundización sobre las verdades de la fe, con intención de proceder a la más adecuada catalogación, ha dejado una huella imborrable en mí. Me he dado cuenta de la necesidad de seguir ahondando en el conocimiento del Credo católico, a través del estudio, de la formación, para defender a la Iglesia y para estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza…” (1Pe 3, 15)

¿Por qué lo titula Un faro en la tempestad?
Porque realmente se produjo una verdadera tempestad, un violento tsunami, en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II. Empezaron a proliferar, impulsadas por personalidades del ámbito eclesiástico y aventadas por ciertos medios de comunicación y grupos de opinión, interpretaciones que deformaban buena parte de las conclusiones conciliares y, por ende, la doctrina de la Iglesia y su magisterio. En resumen, estas interpretaciones heterodoxas reducían la misión de la Iglesia en el mundo a la mera animación por mejorar, exclusivamente, las condiciones temporales de las personas, llegando a suscribir las premisas del marxismo. Abogaban también por la minusvaloración, e incluso ridiculización, de los sacramentos, de la oración y de la devoción a María y a los santos. Ponían en tela de juicio el celibato eclesiástico, la confesionalidad, la castidad, las normas litúrgicas…

Y en medio de ese mar tempestuoso, proceloso, provocado por la difusión de ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia como si fueran ortodoxas, sin una desautorización eficaz de la jerarquía española, se erigió Monseñor Guerra Campos en faro luminoso para salvar del naufragio a tantos buenos fieles católicos que sufrían el zarandeo de la doctrina cristiana que siempre ha propuesto y comunicado la Iglesia. Por este motivo se sintió vivamente interpelado por el Papa a defender a los fieles católicos de esas falsas doctrinas usando las poderosas armas que Dios le había encomendado: erudición teológica, filosófica, canónica y doctrinal, así como la concisión y el pragmatismo en el hablar y escribir.

Esta fue la razón de ser de la creación del programa televisivo en TVE «El octavo día». Todos los lunes, desde el 17 de abril de 1972 hasta el 25 de junio de 1973, D. José Guerra Campos se dirigía a los oyentes del primer canal de TVE, por espacio de quince minutos, exponiendo de forma sencilla, nítida y amena las verdades de la fe católica mediante sesenta y tres sesiones. Hablaba como obispo, presentando la enseñanza de la Iglesia universal, no sus opiniones como pensador o teólogo. Atinadamente, eligió las antenas de televisión, medio masivo de comunicación, para realizar el encargo de Cristo a sus apóstoles: «Lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados» (Mt. 10, 27).
Pero no debemos ser ingenuos y pensar que la tempestad ya pasó, que ha escampado el temporal, ya que aquellas aguas procelosas nos siguen acosando y atemorizando en nuestros días, persiste en la Iglesia actual la confusión. Por consiguiente, la figura y la obra, sus enseñanzas, son para el católico de hoy día de rabiosa actualidad, nos interpela como si fuera hoy.

¿Hasta qué punto el difícil de evitar la infiltración modernista en la Iglesia?
Don José Guerra Campos fue un profeta del siglo XX. Como los profetas del Antiguo Testamente, él anunció la verdad sin venderse a nada ni a nadie, sin acomodarse a conveniencias de grupos de opinión o de presiones gubernamentales o de la jerarquía eclesiástica.

¿Es difícil evitar la infiltración modernista en la Iglesia? ¿Cómo conseguirlo? 
Sí, es muy difícil porque esta muy arraigada, ya que se injertó hace muchos años y hoy es como un quiste consolidado. Pero lo primero que hay que hacer es definir el término. El modernismo es el intento de reinterpretar la historia de la revelación, de la Sagrada Escritura y, por ende, de la filosofía, la teología y la liturgia católicas mediante el tamiz del racionalismo, no a la luz de la fe, del magisterio de la Iglesia, de los dogmas de fe. La justificación de este revisionismo se resume en la necesidad de hacer más atractiva la fe. Pero, qué curioso, el modernismo ha rechazado toda la tradición intelectual católica y la ha substituido por las premisas de pensadores como Kant, Hegel o Nietzsche, filósofos que quieren sustituir la religión por algo nuevo. Es decir, el modernismo, quiere reinterpretar el catolicismo con un sistema moderno que rechaza el cristianismo. Esto es un oxímoron, una contradicción en toda regla.
Por consiguiente, para extirpar el virus del modernismo es necesario aplicar el antídoto que el mismo Monseñor Guerra Campos nos sugiere en una de sus sesiones televisivas del “Octavo día”, cuya transcripción pueden encontrar los lectores en el libro que nos ha dado pie a realizar esta entrevista:
“Si hay quien siembra el desconcierto, si los mismos pastores inmediatos dejan de orientar, cada uno debe defender su fe. Para ello lo fundamental es conocer los documentos que hacen fe. Y no es imprescindible estudiar todos los textos de los concilios o de los Sumos Pontífices. Para tomar un rumbo suficiente bastaría acudir a los viejos catecismos familiares, como el Astete o el Ripalda. Y es importante subrayar que, aunque son resúmenes escuetos que admiten desarrollo en varios puntos, ni una sola línea de estos catecismos ha sido cambiada por el Concilio. ¡He aquí una pista para comenzar a abrirse camino en la maleza de la confusión! Una pista con dos indicadores”.
Pero el veneno de sus frutos salta a la luz… ¿Cómo se puede detectar?
Ciertamente, aplicando la sentencia evangélica “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7, 15-20), advertimos las nefastas consecuencias que ha provocado el modernismo tras inyectar su ponzoña en la Iglesia, con más virulencia que nunca, tras el Concilio Vaticano II: vaciado de las iglesias y de los seminarios y secularizaciones masivas de sacerdotes y religiosos.

¿Cómo nos pueden ayudar las enseñanzas de este obispo a combatir el modernismo hoy?
Esencialmente, entendiendo cuál es el verdadero y único papel de la Iglesia en el mundo. Es decir, la Iglesia no es una mera animadora social que se preocupa, exclusivamente, por mejorar las condiciones temporales de las personas llegando, incluso, a suscribir el marxismo para tal propósito (aunque se haya demostrado una ideología ineficaz para alcanzar el bienestar de los hombres). La Iglesia no es un factor más de los que concurren a la construcción de este mundo, aunque aporte tanto a esa construcción, ya que Jesucristo nos ha recordado que los Mandamientos -las reglas que tenemos que amar y cumplir los fieles para amar a Dios y, así, salvar nuestra alma- se resumen en dos: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.
La Iglesia tiene como misión fomentar la comunicación con Dios, por Cristo resucitado, y alimentar una esperanza viva y trascendente.

¿Por qué merece la pena leer el libro?
Por todos los motivos que hasta ahora hemos ido comentando y porque, como escribió el autor latino Vegecio en el siglo IV d.C., si vis pacem para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra).
Don José Guerra Campos nos advirtió en 1976 de los males que, en la actualidad, están arrasando al hombre y a la sociedad española. Él profetizó al inicio de la Transición que, si la Constitución que se estaba confeccionando basaba sus cimientos en el más puro relativismo, desechando como fundamento de esa constitución las verdades absolutas (Dios, la patria, la vida, la familia) como principios innegociables, sobrevendrían sobre España la ley del divorcio, de la despenalización del aborto, la destrucción de la familia, la desvertebración de la patria y el enconamiento del terrorismo de ETA.
Por si fuera poco, advirtió de la llegada de la ley de la eutanasia (promulgada hace escasamente dos años) y la ley de memoria democrática, cuyos efectos nocivos estamos padeciéndolos ya estos días con el anuncio del Gobierno de la desacralización del Valle de los Caídos.

Don José Guerra Campos enseñó con claridad y maestría la doctrina cristiana y nunca se vendió a nada ni a nadie. No vendió al mejor postor las verdades de la fe y los principios de la moral declarados por el magisterio de la Iglesia. No se vendió a los aires de cambio del modernismo en el seno de la Iglesia, no se vendió a un nuevo régimen político que rechazó las verdades absolutas, no se vendió por una cruz en la declaración de la renta.
Por eso, porque su enseñanza permanece, es atemporal, nos sigue interpelando a los católicos españoles de hoy, es tan necesaria la lectura de Un faro en la tempestad.

¿Por qué el libro puede valer tanto para seglares como para sacerdotes?
Nos encontramos, en la actualidad, en un contexto de tergiversación de la historia, de imposición estatal de una verdad oficial, de pensamiento único bajo pena de multa. Esta triste realidad, que más pudiera parecer propia de una novela distópica, ha sido impuesta por el gobierno socialista de Zapatero con la posterior connivencia del gobierno del PP de Rajoy, culminando en la reciente Ley de Memoria democrática de Pedro Sánchez.
Esta verdad oficial, impuesta por socialistas con el seguidismo de los populares, tiene como objetivo también exterminar los fundamentos religiosos de España, tradicionalmente católica, multiplicando los efectos de la incertidumbre y desorientación en temas de fe entre los españoles para conducirles al abandono ya abominación de su tradición cristiana.

Así pues, el libro se erige como una guía esencial. A través de la valiente y sabia perspectiva del obispo Guerra Campos, quien fuera padre conciliar en el Concilio Vaticano II, procurador en las Cortes Españolas, Consiliario de Acción Católica, miembro del Consejo asesor de RTVE, secretario de la Conferencia episcopal española y obispo de Cuenca, el autor nos invita a redescubrir y profundizar en la libertad de las personas y en la esencia del credo de la Iglesia Católica. La obra expone, explica y desarrolla este credo a la luz de la tradición y del magisterio perenne, proporcionando a los lectores herramientas para mantener una fe sólida y auténtica.
Un faro en la tempestad está dirigido al público católico que percibe las dificultades actuales en el ámbito doctrinal, así como a todos aquellos que deseen profundizar en el conocimiento de nuestro pasado histórico más reciente y tan arteramente manipulado. Es una obra imprescindible para mentes críticas, patriotas, fieles, catequistas y líderes que buscan respuestas claras y tradicionales en momentos de cambio.


Valiente. 

A) Valiente en la guerra. A sus 18 años se fue al frente a luchar por su Dios, su Iglesia y su Patria. Más de una vez nos dijo, el frío y el hambre que pasó en los campos de batalla y en los traslados de un lugar a otro. En Valencia le oí decir, que cuando el ejército nacional liberó a la ciudad del Turia del azote comunista, el capitán no les dejó ni que cogiesen una sola naranja de aquellos campos cuajados de jugosos frutos.
B) Valiente en la paz de Franco. Nos lo contaba con sencillez encantadora pocos días antes de morir. Ocurrió que en un año compostelano o en una fiesta tradicional importante por los años cincuenta la policía desalojó la catedral por motivos de seguridad. Franco participaba en la procesión. Los maquis podían matarlo escondidos entre las columnas. Tal atropello irritó mucho al pueblo sencillo y a los señores canónicos, quienes presentaron su enérgica protesta ante las autoridades civiles.

Al siguiente año, el cabildo catedralicio delegó en el canónico José Guerra Campos la organización de los actos. Tres veces viajó a Madrid para advertir a las autoridades civiles que las puertas de la catedral tenían que estar abiertas al público. Y él nos decía que se daba cuenta que le daban largas al asunto, que querían tomarle el pelo.

Llegó la víspera de la gran fiesta y el canónigo Guerra Campos se encerró en la sacristía para preparar todos los detalles, cubierto con un guardapolvo. Sin darse cuenta, pasó la noche y vio cómo la luz del sol penetraba tímidamente. Salió para abrir las puertas de la catedral y se encontró que junto a cada una de ellas había un policía. Se dirigió a la puerta principal y le dijo al guardia que la abriera. Se negó, alegando órdenes de sus superiores. Tres veces pidió que abriera las puertas y tres veces se negó. Entonces el canónigo cogió al policía por el brazo y le hizo rodar hacia el centro de la catedral. Abrió las puertas y entraron los fieles.
Dos policías cogieron de los brazos al canónigo y le dijeron que quedaba detenido. Él les pidió que le dejaran dejar el guardapolvo en la sacristía. Accedieron, y cuando lo vieron salir revestido de canónigo los policías desaparecieron.

La historia terminó con una carta del Generalísimo felicitando al canónigo por haber defendido los derechos de la Iglesia y de otra carta del canónigo al policía pidiéndole perdón por las molestias causadas.
C) Valiente en la democracia atea. Sólo mi obispo, como San Juan Bautista, les ha dicho a los grandes de la tierra que, con la legalización del aborto, se han convertido en pecadores públicos.

Ante el proyecto de ley de la autorización civil del aborto, mi obispo afirmó, el 28 de enero de 1983, fiesta de San Julián, patrón de Cuenca que: 
“Es enorme la responsabilidad de los propagandistas y sembradores de confusión. Pero la responsabilidad se concentra en los autores de la ley, a saber:
A) El Presidente del Gobierno y su Consejo de Ministros.
B) Los parlamentarios de las Cortes.
C) El Jefe del Estado que la sancione. 
Realmente la decisión gubernamental coloca en una situación límite al Rey, que no puede moralmente participar en esa agresión a los inocentes".
Y mi obispo se quedó solo. Ningún hermano en el episcopado se solidarizó con su denuncia profética. Para ello se necesitaba ser valiente como D. José Guerra Campos.
No sé por qué estoy aplicando unas misas gregorianas por el eterno descanso de su alma, pues estoy convencido de que está en el Cielo.



INMEMORIAM
JOSÉ GUERRA CAMPOS, OBISPO

¡Qué diferencia con otros empeñados en enseñar las doctrinas del siglo como si fueran las de la Iglesia! Las soi-disant «memorias» del cardenal Tarancón, por ejemplo, insisten 'en presentar a un Guerra Campos «político», terco responsable de enfeudar a la Iglesia con el franquismo. Sin embargo, la impresión que producen es muy otra, pues —al margen de la propia trayectoria del acusador— es propiamente el lenguaje de éste el que evidencia un politicismo que lo sacrifica todo, no a la doctrina de la Iglesia, sino a la causa de la democracia. Y ese sí que es un feudalismo disolvente y operante en nuestros días. 

Las páginas de don José, por el contrario, siempre exhiben el agudo discernimiento, el juicio ponderado, el sentido eclesial, incluso cuando —y en mí desde luego es excepcional— no convencen algunas de sus razones o de sus conclusiones. En una coyuntura signada por el confusionismo, en buena medida un confusionismo episcopal, don José Guerra Campos quizá haya sido el único obispo español que mantuvo clara la visión y netos los criterios. Y de modo coherente. 

Porque habló con claridad, e incluso formuló algún juicio altamente polémico, sobre el significado de la ley de despenalización del aborto. Y antes sobre la que introdujo el divorcio vincular, de la que llegó a culpar a sus propios hermanos en el episcopado. Pero previamente había sabido ver en la Constitución la fuente de que habían de manar inexorablemente tales males. Así como había advertido de a dónde llevaba una «reforma» política bajo la que se adivinaba sin apenas disimulo una intención rupturista de la tradición católica del pueblo español. Pero es que, anteriormente, también había brotado de ahí su juicio sobre el régimen de las Leyes Fundamentales, hallando explicación igualmente su admonición —¡en 1976!— sobre la monarquía católica. En algunas de esas tomas de posición contó con adhesiones. 

Sin embargo, se fue quedando solo progresivamente, a causa bien de las dimisiones —ya por edad, ya por salud— de algunos de los obispos que le habían acompañado, bien del «moderantismo» de otros, y llamativamente de quienes por dignidad e influencia tenían también mayores responsabilidades. Así, por ejemplo, cuando el XIV centenario del III Concilio de Toledo, en 1989, tras reproducir en el Boletín Oficial del Obispado de Cuenca (núms. 8-10, agosto-octubre de 1988) la Instrucción dictada a tal efecto por la Comisión Permanente del Episcopado Español, añadía, como ya en alguna ocasión anterior había hecho, un extenso trabajo suyo que concluía por resultar contrapunto del primero. Escribía: 

«La instrucción (...) antes reproducida, recuerda y exalta los frutos que ha producido en la historia la Unidad Católica de España, celebrada en el III Concilio de Toledo. El documento parece dar por clausurado el período histórico de esa Unidad. Y ante las nuevas circunstancias, que a su parecer la excluyen, el documento urge la unión de los católicos en el campo de una nueva evangelización. La evangelización renovada es ciertamente tarea primordial de la Iglesia. Mas queda en la sombra lo que acaso es el punto saliente del concilio toledano en su proyección sobre cualquier tiempo futuro. Con aplauso y alegría de los obispos, el rey, que fue el convocador del Concilio, destaca en todas sus intervenciones (...) que es misión principal del gobernante, además de lo que atañe a la paz y la prosperidad terrenales, la solicitud por el bien espiritual y religioso, en la comunión de la Iglesia y en conformidad con su enseñanza. El Concilio proclamó que el rey había cumplido su 'deber apostólico'. 
El Concilio Vaticano II ha reafirmado que la solicitud positiva en favor de la vida religiosa y moral de los pueblos es tarea de todo poder público, en el marco de la libertad civil y religiosa. La cuestión es de qué modo, en las nuevas circunstancias, pueden y deben realizar esa tarea los católicos en su función de ciudadanos que participan en el gobierno de la comunidad civil. Orientar sobre esto es también parte de la Evangelización, según la tradición de la Iglesia, tan intensamente pregonada desde el último Concilio».

Para concluir explicando: «En unas páginas escritas un mes antes del documento de la Comisión Permanente, el que suscribe trató de llenar el vacío y la desorientación que se están padeciendo en ese campo y que afectan al quehacer presente y futuro de los católicos. La gravedad de la situación se refleja en el título. Las páginas fueron escritas para corresponder a un ruego de don Miguel Ayuso, profesor de Comillas, quien preparaba, para Ediciones Iglesia-Mundo, una colección de comentarios en torno al III Concilio de Toledo, redactados por distintos autores. Con licencia del profesor Ayuso, damos el texto en este Boletín». 

El texto, en efecto, vio de nuevo la luz posteriormente con el resto de las contribuciones en el número 384 de la segunda quincena de abril de 1989, de la revista Iglesia-Mundo, monográfico sobre la cuestión, y que yo coordiné. Puestos a reproducir ahora, en homenaje a la memoria del prelado que nos ha dejado, uno de sus escritos, entre los más adecuados para nuestra Verbo —y había varios, desde la «Confesionalidad católica del Estado» (1973) a «La invariante moral del orden político» (1982)— surge nuevamente ese del año 1989. Por la importancia de la ocasión histórica a que se contrae. Por el carácter inconformista que lo distingue. Y porque plantea ayuntadas las dos corrientes cruciales: la de la moral del orden político —que conduce a la confesionalidad— y la de la predicación de la Iglesia.

Pero, antes, permítaseme, para concluir, una nota personal. Porque don José Guerra Campos se cuenta entre las personas que el Señor, en su gran bondad, ha puesto en el camino de mi vocación para hacerme fructificar y perseverar en ella. Es verdad que, a lo largo de veinte años, no han sido demasiadas las ocasiones en que he podido tratarle: apenas una docena de veces, a solas o con distintos amigos, pero siempre de varias horas. Como también es cierto que no he dispuesto de una intensa correspondencia escrita: don José rara vez contestaba las cartas, pese a lo cual conservo algunas enviadas, además, cuidadosamente de su puño y letra. El teléfono, por contra, sí que lo utilizaba intensamente. Cuando llamaba, lo hacía siempre personalmente, sin mediación de secretario alguno. Igual que cuando contestaba también era frecuente que lo hiciera así, con lá correspondiente sorpresa del interlocutor. Las conversaciones, además, se dilataban notablemente y no recuerdo haber mantenido comunicación alguna con él que bajara de media hora.

Muchas veces he pensado en la soledad de un hombre que podía no encontrar «con quién hablar». Con quién hablar de las cosas que le preocupaban y con la sensibilidad que él tenía. Por eso, se aferraba a las visitas, incluso a las incorporales, como las telefónicas. En una ocasión, cuando acompañé a Cuenca a mi inolvidable amigo el profesor de Dallas Federico Wilhelmsen, también fallecido, y que tenía gran interés en conocerle, entramos poco después de las diez y no salimos hasta pasadas las tres. Don José apenas nos dio ocasión de hablar, y Federico, al despedirse, le dijo que se encontraba muy impresionado tras haberle conocido, pero que lo único que sentía es que no le había dado opción para que a su vez le conociera a él. Era verdad, pero era una sensación con la que yo nunca salí después de verle en aquellas maratonianas audiencias, en el austerísimo palacio —es casi una broma llamarlo así— episcopal de Cuenca o en la igualmente severa casa madrileña de la calle Arrieta. Yo, por el contrario, percibía que, pese a haber hablado poco y escuchado mucho, don José sí que me había conocido, y que por eso me decía exactamente lo que me había dicho. Y es que la apariencia pública lejana y hasta un poco afectada, se tornaba en privado en una delicadeza y una sencillez extremas. Por lo mismo, también he pensado muchas veces en cuántos —obispos incluidos— no le han conocido.

Recuerdo también otra emocionante conversación de varias horas, esta vez en Madrid, con Estanislao Cantero y Luis María Sandoval. Tras hablar largamente sobre temas de política eclesial y tras haber hecho afirmaciones severísimas sobre la situación de la Iglesia en España y en el mundo, se transfiguró abriéndonos su corazón. Recuerdo sus palabras: «El fracaso aparente —vino a decir— no nos debe desilusionar. Cristo fue el gran fracasado y ese su gran fracaso le valió el gran triunfo. Dios saca bien del mal. Además, el Señor nos ha prometido que nos enviará el consolador, que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo y que haremos por su nombre sus mismas obras y aun mayores». ¡El «político» Guerra Campos! ¡Qué falta de visión la de quienes así le motejaban! En lo que a mí toca, no me cabe la menor duda: hemos perdido a la mejor cabeza, pero también al corazón más grande de la Iglesia en España. Desde el pensamiento tradicional la orfandad es, si cabe, mayor, pues era el último obispo con ideas claras en muchos terrenos, a comenzar por el político. Se ha dicho, así, con pérfida intención, que con él se va el último obispo del «antiguo régimen». Pero la cosa es mucho más grave. No es el antiguo régimen lo que está en juego. Si fuera eso... Es el entendimiento de la oposición del mundo moderno al orden sobrenatural, no en el simple sentido de un orden natural desconocedor de la gracia, sino en el más radical de opuesto tanto a la naturaleza como a la gracia.

MIGUEL AYUSO


Entrevista Manuel Acosta | LA IGLESIA ESPAÑOLA QUE PUDO SER | 31/03/25
 
Mons. José Guerra Campos. El Pastor bueno