EL Rincón de Yanka: CARLOS-ESTEBAN

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miércoles, 21 de octubre de 2020

LA CRISIS DE LA IGLESIA Y EL OLVIDO DE LO SOBRENATURAL POR CARLOS ESTEBAN 🔥

La crisis de la Iglesia 
y el olvido de lo sobrenatural

“Tú que duermes, despiértate,… No anden como tontos, sino como responsables. Sino que aprendan cuál es la voluntad del Señor. Más bien llénense del Espíritu Santo, y sométanse unos a otros por consideración a Cristo”. Ef 5, 14-15
“Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que despunte la aurora de su justicia y su salvación llamee como antorcha” Is 62, 1.
"Sin el Espíritu Santo, Dios queda muy lejano:
Cristo es una figura del pasado,
y el Evangelio no es más que una organización.
la autoridad es cuestión de propaganda,
y el amor cristiano una moral de esclavos.
Pero, con el Espíritu Santo el mundo resucita
y crece con los dolores de parto del Reino.
Cristo resucitado está realmente aquí,
y el Evangelio tiene poder de dar vida.
La Iglesia manifiesta la vida de la Trinidad,
la autoridad es una sabiduría liberadora,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia es a la vez memoria y anticipación
las obras de los hombres son divinas". 
Mons. Ignacio Hazim, 
metropolita ortodoxo de Lattaquié (Siria)

Cuando se dispone de un acervo de doctrina tan espectacular como el de la Iglesia, es perfectamente posible cambiarlo todo sin cambiar nada sustancial: basta con alterar el énfasis. Nada se niega, sencillamente se deja de hablar de ello; nada completamente nuevo se enseña, simplemente se amplían y estiran determinados aspectos de la fe.

La crisis que vive hoy la Iglesia es básicamente el silenciamiento de partes esenciales de su doctrina, su ausencia de la prédica habitual, mayor cuanto más alto se asciende en la jerarquía. No se niegan, e incluso se pueden hacer raras y ocasionales referencias a ellas, pero como de pasada y sin constituir prácticamente nunca el centro del mensaje de los pastores. Nos referimos, específicamente, a la parte sobrenatural de nuestra fe y, más específicamente aún, a lo que se refiere al destino eterno de cada alma. Por hacer un juego de palabras, la novedad es olvidar los Novísimos.

El problema que crea este vacío es doble, y lo tenemos ante nuestros ojos en forma de sangría de fieles e indeferentismo religioso. En primer lugar, esa parte tácitamente negada de nuestra fe es la que más agudamente la distingue de las filosofías y modas ideológicas mundanas. Si las ideologías tienen una obvia desventaja, un fallo fatal en su diseño, es que no cuentan ni dan razón del más universal de los fenómenos humanos: la muerte.

Al tiempo que se presentan como explicaciones multicomprensivas y globales a todos los aspectos de la vivencia humana, al dejar fuera de la ecuación lo más saliente de la experiencia del hombre, el hecho de que todos vamos a morir, dejan a sus adeptos sin respuesta para la pregunta más acuciante: ¿por qué y para qué estoy aquí?

Esa es, incluso en términos meramente humanos, la gran ventaja de la fe, que tiene una respuesta a esa pregunta. Por eso, cuando la institución eclesial pasa por alto ese aspecto esencial, tiende a convertirse en una gigantesca ONG asistencial derivativa, en cuanto a que el contenido no aportado directamente por la fe lo toman en préstamo de las ideas de moda en el siglo, añadiéndoles un leve barniz de retórica cristiana.

Naturalmente, con esto pierden su ‘ventaja comparativa’ en la batalla cultural, de las ideas, y no ganan nada, porque quien pueda sentirse atraído por sus nuevos énfasis -digamos, ecología, pauperismo o inmigracionismo- tenderá a preferir el original a la copia desleída y abrumada por una estructura jerárquica y litúrgica que al espectador se le antoja innecesaria. Es decir, la Iglesia se vuelve irrelevante al repetir el mismo mensaje que llevan décadas predicando las élites intelectuales seculares.

El segundo problema es más grave, y es que el aspecto sobrenatural, el mensaje salvífico y la llamada urgente a considerar que en cada segundo de nuestra vida sobre este mundo nos estamos jugando un eternidad de dicha inefable o un interminable tormento, es tan obviamente esencial que ignorarlo o preterirlo se concibe desde fuera como un haber dejado de creerlo.

En nuestra vida cotidiana, los hombres no solo creermos o dejamos de creer los mensajes ajenos por su ‘valor nominal’, sino por otras muchas señales, como la insistencia. Si un conocido, por hacer una analogía, nos cuenta que ha conocido a la mujer de sus sueños y que es correspondido, acabaremos descreyendo su historia si nunca le oímos hablar de ella; no nos convenceremos de que alguien cree en un peligro terrible e inminente si le vemos ponerse en continua situación de concitarlo.
No se trata, pues, como insisten muchos de los entusiastas de la ‘renovación’, de que quienes advertimos esta crisis seamos partidarios de una ideología política contraria a la que ahora está de moda defender por la jerarquía eclesiástica del momento. Lo que denunciamos es una mundanización del mensaje cristiano que está vaciándolo de sentido sin necesidad de negarlo o alterarlo de manera visible.
"Un evangelio que no apunta a la salvación del hombre, esto es, un fin trascendente, transhistórico y transmundano sino a un fin inmanente, intrahistórico e intramundano consistente en el logro de una paz y una fraternidad meramente humanas ajenas por completo a la paz y a la fraternidad de Cristo. Una Iglesia que abdica de su misión de enseñar y bautizar a todos los hombres y las naciones -mandato explícito e inequívoco del Señor- y en su lugar se identifica y se conforma con el mundo entendido no como un sujeto a evangelizar sino como sujeto evangelizador al que se apresta a escuchar y del que se propone aprender en una actitud demagógica disfrazada de diálogo.
Los mentores de esta nueva Iglesia, con Francisco a la cabeza, olvidan que el presupuesto de todo diálogo es el Logos y que el Logos es Cristo. Una Teología Sagrada que ya no es un discurso acerca de Dios y de las verdades de la Fe, verdades reveladas por Dios en orden a nuestra salvación, sino una propuesta meramente cultural y política reducida a una burda praxis sociológica infeccionada de trasnochado marxismo, de indigenismo a ultranza, de ecologismo radical, de feminismo de pésima factura y de un hegelianismo de tercera mano. Esto es, un auténtico “batido” de todos los errores y aberraciones del mundo de nuestros días". Valentín Echenique


VER+:




"La cosa más hermosa que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de todo verdadero arte y ciencia. Aquél a quien esta emoción le es extraña, que no puede hacer una pausa para meditar y permanecer en un rapto de asombro, está tan bien como muerto: sus ojos están cerrados". 
[Albert Einstein (1879-1955), físico alemán, Premio Nobel de Física 1921]
"La teología es una reflexión sobre la fe y la fe lo que tiene que hacer es movilizar a las personas para cambiar". Gustavo Gutierrez Merino

jueves, 2 de julio de 2020

👉 EL PELIGRO DE UNA IGLESIA UTÓPICA, PLATÓNICA Y ABSTRACTA



El peligro de una Iglesia utópica

LA UTOPÍA ES PLATÓNICA, ABSTRACTA E HIPÓCRITA:
AMA LA HUMANIDAD PERO ODIA AL VECINO

Los cristianos, ¿tenemos “que alimentar en el mundo la esperanza utópica de que un mundo nuevo es posible, que está ya naciendo, lo que pasa es que no lo vemos mucho”, como dice Cristóbal López, arzobispo de Rabat?
No. En absoluto. Para nada. Aún no hemos dejado demasiado atrás el Siglo XX, cuando se experimentó con tanta utopía que tiñó el planeta de sangre, que no por caso ‘utopía’ significa ‘no lugar’, por definirlo imposible. Y el intento de imponer lo imposible es siempre un mar de sangre y un desierto de miseria (Otro mundo es posible que se empeorablemente peor como en Cuba o Venezuela).

La Iglesia solía ser realista. Por ejemplo, los primeros cristianos, como sabemos por los "Hechos de los Apóstoles", vivían en comunidad teniendo todos sus bienes en común, y sin embargo la Iglesia nunca hizo el menor amago de aconsejar al Estado, o incluso de imponer a la generalidad de los cristianos, esta forma de vida que, después de todo, no duró -ni podía durar- mucho.

Siglos más tarde, seguidores fanatizados de la pobreza franciscana, los fraticelli, pretendieron universalizar su forma de vida y fueron condenados por la Iglesia.

El propio Cristo parece dejar claro que establecer el cielo en la tierra no es exactamente la misión de sus discípulos cuando dice que “los pobres estarán siempre entre vosotros”.

El realismo eclesial permitió al clero humanizar y suavizar muchas de las aristas de los peores vicios de la humanidad, como la guerra, que en lugar de condenar, reguló y limitó todo lo que pudo con sus ‘treguas de Dios’ y ‘paces de Dios’, con su doctrina de guerra justa, con su prohibición de atacar a los civiles y su mandato de permitir que los enemigos enterrasen a sus muertos y rescatasen a sus prisioneros. De haberse limitado a prohibir la guerra, la Iglesia sencillamente se hubiera vuelto irrelevante.

Cristo habla abundantemente del ‘Reino’ en contraposición a “este mundo”, en el que vivimos pero al que no pertenecemos; del que debemos ser sal, pero no tratar de convertirlo en el Cielo, porque no es nuestro destino definitivo. Debemos aspirar a las cosas de arriba, aunque eso inevitablemente suponga dejar el mundo de abajo siempre un poco mejor.

Más alejado aún de lo real es lo que dice sobre los políticos: “¿Cómo es esto de que es bueno para España y para los españoles? ¿Somos o no somos una familia? ¿Somos o no somos una humanidad, toda ella hecha entera, de hermanos y hermanas?”. Somos una humanidad, pero la humanidad está formada de naciones. La Iglesia no solo no ha tenido ningún problema con esto, sino que incluye el patriotismo, ese especial amor por la propia nación, en el Cuarto Mandamiento que nos ordena amar y honrar a nuestros padres.

Los políticos, especialmente en una democracia, representan a un pueblo concreto y tienen el deber específico de velar por sus intereses. Nadie contrataría a un administrador para que usara su patrimonio teniendo en cuenta los intereses del vecino tanto como los propios. Ninguna empresa elige a un CEO para que trabaje por el éxito de la competencia con el mismo entusiasmo que la firma que representa. (La realidad política española y de muchos países es que no existe una democracia real, es más bien, una democracia platónica, es una oligarquía partidocrática de corrupción estatal que no representa para nada a la nación, al pueblo español).

No es meramente una razón egoísta lo que dicta esta perogrullada. Es que el político español, si piensa ‘en la humanidad’ manejando el presupuesto, lo hace con un dinero que no es suyo, y para que la generosidad sea una virtud debe ser voluntaria, que es el punto en el que fallan todos esos ‘nuevos mundos’ y esas ‘brillantes utopías’: que hacer a la gente virtuosa a la fuerza es un oxímoron. Si le entrego mi cartera al atracador no estoy siendo desprendido; sencillamente, no quiero que me clave la navaja.

Otra buena razón para que el político se centre humildemente en el bien de los españoles es que no tiene jurisdicción -ni conocimientos- sobre los otros pueblos. Un gobernante es alguien que toma decisiones coercitivas. ¿Cómo imponerlas a otro país, por muy buenas que nos parezcan?

Por supuesto, el gobernante no puede ser injusto con terceros países y debe actuar siempre lealmente con todos, pero en el mismo sentido que debe hacerlo un padre de familia. El padre de familia puede ayudar a los demás, hacer voluntariado, entregarse. Pero si cree que el de fuera es su responsabilidad en idéntico sentido que un hijo suyo, se equivoca. Y si cree tener sobre otro la misma autoridad moral que sobre su hijo, también.

La intención de López es, no lo dudamos, excelente. Pero tampoco se puede negar que le sale gratis. No va a arruinar un país con sus celestiales recetas políticas, y va a quedar bien. Especialmente con el actual pontífice, que también tiende a cierta visión supralapsaria del Mundo, que si no estuviera dañado por el Pecado Original. De ahí que parezca pensar que abrir las fronteras de Europa a todos los que quieran llegar de África no va a tener efectos desastrosos, o que se puede ajustar el termostato del planeta en la temperatura adecuada, perfecta, dejando de usar combustibles fósiles, o que el Islam es una religión de paz, pese a toda una milenaria historia repleta de evidencias en contrario, y que basta firmar un papel con un representante musulmán para que reine la armonía entra ambas visiones de Dios y el mundo, o que jalear y apuntalar la autoridad de la ONU no va a suponer la imposición de un maltusianismo absolutamente incompatible con la fe católica, o que se puede aplicar una ‘nueva economía’ a base de ‘solidaridad’ y ‘crecimiento sostenible’, o que los habitantes del planeta seremos justos y benéficos gracias al pacto educativo que tanto le ocupa.

El editor americano Bill Buckley pergeñó un curioso lema a partir de una idea de Eric Voegelin: “¡No inmanenticéis el esjatón!”, que para muchos suena a chino pero que es políticamente muy sabio. Lo que quiere decir es que las peores desgracias políticas se han producido como consecuencia de intentar traer a la tierra (inmanentizar) lo que corresponde al otro mundo (esjatón o escatón). Bien está mejorarlo, sobre todo en lo que tenemos más cerca, en nuestra propia vida. Pero no olvidemos que nuestro hogar definitivo, el verdadero, no es esta supuesta ‘casa común’.

EL HOMBRE SIN NOMBRE

En mi ciudad hay mil barrios.
En cada barrio hay cien calles.
En cada calle hay diez casas.
En cada casa hay un hombre.
¿Y a este hombre qué le pasa?
Pues le pasa (no te asombres)
que nadie sabe su nombre,
ni le escribe, ni le abraza.
Le pasa que no le conocen
ni en su calle, ni en la plaza.
Le pasa que no tiene patio,
ni ventana, ni terraza.
Le pasa que nada le pasa.
Al hombre que vive enfrente
de la puerta
de tu casa.

PEDRO MAÑAS & SILVINA SOCOLOVSKY, 
Ciudad laberinto, Faktoría de libros
Pontevedra, 2009, pp. 16-17.

sábado, 4 de abril de 2020

NADA VOLVERÁ A SER LO MISMO: EMERGERÁ EL NUEVO PARADIGMA ECLESIAL Y SOCIAL ⛪




Nada volverá a ser lo mismo

“La Iglesia ‘en salida’ ahora se ha atrincherado por miedo”.“No me escandaliza que la Iglesia siga las disposiciones del Gobierno, lo que creo que falta es lo que siempre ha hecho la Iglesia durante las plagas: movilizar sus tropas”. Sobre la paradoja de lo que pretendía ser una “Iglesia que sale a las calles y a las plazas” y en cambio hoy aparece en su totalidad una “Iglesia atrincherada”, asustada, “aunque no falten los testimonios personales”. Vittorio Messori
Quien más, quien menos, casi todos los que asistimos a la pandemia que azota el planeta y a las extraordinarias medidas impuestas para paliarla estamos deseando una vuelta a la normalidad, ansiando que la pesadilla acabe para retomar el ritmo habitual de nuestras vidas. Y, claro, llegará el momento en que la cuarentena termine y la enfermedad desaparezca o, en todo caso, se convierta en una más, tratable y no especialmente mortal. Pero la ‘normalidad’, la vida igual que la hemos conocido antes, es poco probable que vuelva, ni en la vida social ni en la Iglesia.

Uno no puede olvidar fácilmente lo que ha visto en esta crisis, y parte de lo que hemos visto es el fracaso monumental de un modelo de Iglesia mundanizada, casi avergonzada de sus aspectos sacramentales y sobrenaturales, alineada con las modas ideológicas del momento.

Hemos visto cómo conferencia episcopal tras conferencia episcopal se deshacían de la vida sacramental y litúrgica de la fe con una extraña facilidad y aparente frialdad, como si en vez de ser un pilar esencial fuera un fardo superfluo, sino totalmente inútil.

Hemos visto que la Iglesia es irrelevante en su mensaje como mero apósito del mundo secular. Las prédicas sobre la conversión ecológica o la obsesión con los puentes/contra los muros se han silenciado, porque en un momento en que los muros (paredes) nos salvan y los puentes nos traen el virus, suenan huecos, como slogans comerciales de una mercancía que no encuentra ya clientes.

El colmo de lo que no hemos visto pero tampoco quisiéramos oír es el caso de un obispo muy importante, algo más o menos que obispo, que le dice a un sacerdote, que todas las tardes se acerca con el Santísimo Sacramento a bendecir a sus fieles desde el atrio de la Iglesia, que deje de “hacer el ridículo”.

La cercanía del dolor, la enfermedad y el pensamiento de la muerte -es decir, la Cruz- nos ha devuelto a la centralidad de nuestra fe y en su objetivo último, que transciende este mundo, este planeta llamado a la destrucción.

Cuando vuelvan a celebrarse las misas públicas, muchos, nos tememos, no volverán. Pero los que vuelvan lo harán valorándola de otra forma, consciente de su valor como se valora aquello de lo que ha sido privado por un tiempo. Como cualquier crisis, esta ha puesto a cada uno en su sitio, y se han visto sacerdotes celosos y heróicos, como se han visto otros clérigos con un celo más que moderado.


La Iglesia solo puede ser sal, solo puede sobrevivir siendo fiel a su misión sobrenatural de acercar a las almas a Cristo y, en última instancia, ayudándolas a cumplir su destino eterno en el Cielo. Las labores sociales, ecológicas; todo el aspecto ‘político’, con incrustaciones de ideologías externas y pasajeras, siempre lo tendremos con nosotros, como se dice de los pobres en el Evangelio, pero no pueden seguir ocupando el papel central. Cuando uno se queda días y días en su cuarto oyendo noticias de muertos y temiendo la enfermedad es difícil que piense en la Madre Tierra, y sí en nuestro Padre que está en el Cielo.

En su discurso a los jesuitas entonces en crisis, Juan Pablo II les exhortó a “volver a ser lo que eran” como único medio para superar sus graves problemas. Eso es lo que necesitamos de la Iglesia hoy: que vuelva a ser lo que era, lo que es, lo único que puede ser porque se basa en un mensaje que seguirá siendo cierto cuando este cielo y esta tierra hayan pasado para siempre.


VER+:

Todos hemos oído de pastores -especialmente, del clero de a pie- que se están comportando de forma heroica para llevar a los fieles los sacramentos y apoyo espiritual y material. Pero esa especie no abunda entre los obispos, al menos entre los americanos. Otro ‘protegido’ de McCarrick, el arzobispo de Newark, cardenal Joseph Tobin, no solo ha cerrado a cal y canto las puertas de la catedral, sino que se ha ocupado de que haya aparcado a sus puertas un coche patrulla del Condado de Essex, al que pertenece la diócesis. Con pastores así, ¿quién necesita lobos?


“La Iglesia ‘en salida’ ahora se ha atrincherado por miedo”.

“No me escandaliza que la Iglesia siga las disposiciones del Gobierno, lo que creo que falta es lo que siempre ha hecho la Iglesia durante las plagas: movilizar sus tropas”. Vittorio Messori, el escritor católico más conocido en el mundo, el que ha redescubierto la apologética, da su punto de vista sobre el tema de la Iglesia en la época del coronavirus y sobre la paradoja de lo que pretendía ser una “Iglesia que sale a las calles y a las plazas” y en cambio hoy aparece en su totalidad una “Iglesia atrincherada”, asustada, “aunque no falten los testimonios personales”, añade Messori.


No se puede pretender que todos los sacerdotes sean como el fraile de la memoria de Manzoni, pero fray Cristóforo es el emblema de una Iglesia que durante las plagas de todas las épocas siempre se ha comportado de la misma manera. Es decir, ha mandado a sus hombres en medio de las víctimas de la peste para tratar de ayudarlas, asistirlas durante la muerte, para confesarlas por última vez. Por supuesto, se puede decir que los tiempos han cambiado, que ya no es el tiempo de fray Cristóforo, pero el hecho es que en la historia cuando estas epidemias estallaban el clero siempre se movilizaba y muchos de ellos morían. No se trataba de un desafío a Dios, sino de la conciencia de una misión, la Iglesia se distinguió por su testimonio, ponía en marcha a los suyos para tratar de aliviar un poco el sufrimiento de los afectados. Esto no quita que muchos sacerdotes vivan así hoy en día, varias docenas han muerto también aunque no sabemos de qué manera, pero estos actos de heroísmo son más bien iniciativas personales del clero. Por el contrario, se tiene la percepción de una Iglesia asustada, con obispos y sacerdotes seguros en sus casas.

lunes, 23 de marzo de 2020

ANTIEVANGELIZACIÓN Y PAGANISMO EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS: EL CIELO EN LA TIERRA 🔆🕂

Antievangelización 
en los tiempos del coronavirus

“Estad dispuestos a abandonar esta vida mortal y no a las personas asignadas a vuestro cuidado. Caminad entre los que han enfermado debido a la plaga como lo hacéis en la vida, como si fuera un premio; no importa si sólo ganáis un alma para Cristo”. San Carlos Borromeo
La Iglesia en Italia ha ido más lejos que otras instituciones en el seguimiento e interpretación de las medidas adoptadas por el Gobierno, suspendiendo las misas en plena Cuaresma hasta el viernes anterior al Domingo de Ramos, mientras siguen funcionando los transportes públicos y abiertos bares y grandes superficies. El mensaje que transmiten es desolador.
Algo en lo que lleva tiempo insistiendo el Papa Francisco es en la evangelización y, al mismo tiempo, en la necesidad de evitar el proselitismo, algo que confunde a no pocos, que no entienden muy bien cómo puede ser compatible. La respuesta está en vivir la fe en su plenitud, en hacerla vida, de modo que nuestro ejemplo atraiga a los no creyentes, que querrán participar de nuestra alegría.
Lo ha dejado claro en su borrador de reforma de la Curia, Praedicate Evangelium, con la creación de un Dicasterio de Evangelización que tendrá un rango superior al que hasta ahora ha sido el preeminente, Doctrina de la Fe, y ha insistido en ello en el vídeo de la última Oración Mensual dedicado a los fieles de China, a los que ha pedido que sean ejemplo de vida evangélica, pero evitando el proselitismo.

Y he aquí que aparece el coronavirus, con su inevitable cortejo secular de histeria masiva y psicosis, y a la Iglesia se le ofrece una ocasión magnífica para demostrar que realmente cree en lo que dice creer. Y la respuesta no es exactamente esa.

Publica hoy Enrique García-Máiquez en El Diario de Cádiz una columna titulada ‘La Santa Misa’ en la que expresa lo que querría decir, solo que con una prosa de la que me sé incapaz: 
“Es una decisión inédita en dos mil años de cristianismo en los que han llovido pestes, cóleras, lepra, catástrofes, hambrunas, guerras y revoluciones; pero siempre hubo misas para consuelo y esperanza de las gentes”. Y añade: “La Conferencia Episcopal italiana parece tener más prudencia con sus creencias (que son, ay, las mías) que los movimientos feministas con las suyas. Entiendo perfectamente que, desde fuera, se equipare la asistencia a la Santa Misa a cualquier otro evento más o menos multitudinario; pero, desde dentro, ¿olvidamos el valor infinito de Santo Sacrificio?”.
Si hay algo que distinga a la Iglesia Católica, la única fundada por Jesucristo, del resto de denominaciones cristianas, además de la veneración a la Santísima Virgen María, es la centralidad del Santísimo Sacramento y de la Misa. ¿Cómo creen que se ve desde fuera los no católicos está facilidad con la que los prelados prescinden de algo que predican absolutamente central para la vida de la fe, yendo incluso más lejos que las autoridades seculares?
En muchos casos, me temo, la respuesta será que no se lo creen de verdad. Que, a la hora de la verdad, el miedo a la enfermedad y a la muerte -que es nuestro destino común e inevitable- es superior a lo que dicen creer. No digo que sea así; pero sí que la imagen que están dando llevará a muchos a pensarlo.

Nadie quiere contagiarse, estamos debidamente informados y se nos puede seguir informando. La población de riesgo evitará ponerse en peligro y, desde luego, es mucho más fácil y probable contagiarse en el metro o en una manifestación feminista. Por lo demás, los datos de que disponemos no son exactamente para huir a las montañas. En el mundo somos más de 7.500 millones de personas. El número de muertes por coronavirus a nivel mundial desde que estalló la crisis ronda las 4.000 personas; compárese con las muertes por gripe corriente solo en España y solo en 2019: 6.300. Son datos del Centro Nacional de Gripe. Incluso si se desarrolla la enfermedad, sin necesidad siquiera de ir al médico, el paciente se recupera espontáneamente en el 85% de los casos, según informa el doctor Jesús Sánchez Martos, catedrático de Educación para la Salud de la Complutense de Madrid, quien también recuerda que las tasas de mortalidad en niños hasta los 16 años es del 0%. No, no es exactamente la Peste Bubónica.

LA NUEVA (SUB) NORMALIDAD EN LA MISA
ESTO OCURRE EN MÉXICO - ARGENTINA - ESPAÑA ETC, ETC. 


MASCARILLAS, TAPABOCAS, GUANTES, ALCOHOL EN GEL, DISTANCIA SOCIAL  Y LA MISA  NOVUS ORDO (Nuevo Orden de los Siglos) aparece en el reverso del Gran Sello de los Estados Unidos, diseñado por primera vez en 1782 e impreso en la parte de atrás del billete de un dólar estadounidense desde 1935. CADA VEZ PEOR...

¿Coronavirus o paganismo?
“¿Estás listo para morir? ¿Sabes que tu vida acabará un día ya sea por este virus o por otra razón? ¿Sabes que te encontrarás con Dios cara a cara?”
Todo peligro debe ser enfrentado responsablemente, más aún si estamos ante una enfermedad real: un virus que se extiende por el mundo. Poner los medios adecuados será prudente, siempre que no se exagere o se utilice este peligro para intereses personales. El cómo se enfrenta hoy la situación del coronavirus habla mucho de quiénes somos como sociedad: más moderna y preparada, más comunicada y muchas veces más solidaria; también más precavida y con más medios al alcance. Pero a la vez el coronavirus ha mostrado una característica en la sociedad actual: que estamos en una sociedad pagana.

El peligro físico de este virus, que es real, por ahora no es tan extenso, y no sabemos si lo será. Pero el peligro espiritual que ha mostrado si es alto, actual y dramático. La sociedad se preocupa de no contagiarse, de no estar con gente que pueda tener síntomas e incluso de no estar con gente, aislándose, como ha pasado en Italia. Entran en pánico, a veces sin fundamento, y se proveen de agua y otras cosas como si fuese el acabose. Se instalan políticas públicas, comunicados y campamentos médicos; los colegios sacan de sus aulas al niño que presente el menor síntoma de cualquier enfermedad (así no tenga nada que ver con este virus). Algunos medios de comunicación repiten y repiten noticias con no poca exageración teatral, y venden información que la verdad no sé si ayuda o perjudica. Y en el tren de esta actitud entra, lamentablemente, no poca gente de Iglesia que, cual organización gubernamental, dice lo mismo: cuidemos la salud física. Pero ¿Y el alma?

Hay como un horror a pensar en la muerte; hay una ausencia dramática de invitar a la gente a rezarle a Dios para que nos ayude, creyendo que nosotros solos resolveremos el problema. No se invita a tener adoraciones del Santísimo como reparación, o cadenas de confesiones para prepararse ante la muerte, que nos puede llegar a todos de cualquier forma. No se piensa en el juicio final y en tener la vida lista. Se receta mascarillas, jabón y otras cosas, pero no el rosario, el Santísimo y los sacramentos. Y ojo, no se trata de falsas oposiciones: hay que cuidar el cuerpo, pero también el alma. El coronavirus no ha mostrado una sociedad incapaz de cuidarse físicamente, no; lo que ha mostrado es una sociedad pagana, donde Dios no tiene espacio, y que es incapaz de preguntarse por la salvación eterna. Incluso desde la Iglesia. Y esto es lamentable. Y cuestionante.

Esta situación debería hacernos pisar tierra y enseñarnos cuán frágiles somos; mostrarnos que no hay fundamento para la nefasta autosuficiencia que predica a un super hombre que lo puede todo. Debemos aceptarlo: somos débiles y no nos bastamos a nosotros mismos. No somos infalibles ni todopoderosos, y eso necesitamos reflexionarlo. Para ser humildes, y para acudir al auxilio de quien sí puede ayudarnos: Dios. Este virus, que roguemos no se tan nefasto, es una ocasión para volver a Dios. Pero eso no está pasando.

A la vez se muestra cuán acomodados estamos, al punto que nos aterra el sufrimiento; y no lo digo para que tengamos que contagiarnos, sino para salir a buscar al que sufre, tal que está enfermo o padece algo. Buscamos más bien nuestra seguridad a costa de todo. Basta ver el egoísmo que a veces se encuentra uno en los supermercados en gente que «acapara» todos los productos que pueda (sin que haya razón para que los compre) por el presunto miedo de la extinción mundial; claro está, sin pensar en el del costado.
Esperemos este virus pase y se cure, pero en el caso que no ¿Estás listo para morir? ¿Sabes que tu vida acabará un día ya sea por este virus o por otra razón? ¿Sabes que te encontrarás con Dios cara a cara? Pero es lógico, a quien vive sin Dios le aterra la muerte. Y el mundo de hoy que vive sin Dios vive sin la idea de morir. Y sin la urgencia de estar preparados.

Me pregunto ¿No será que ésta es una ocasión «terapéutica» para curarnos del verdadero virus que como sociedad tenemos? San Carlos Borromeo, arzobispo de Milán en el siglo XVI, ante la peste que azotó su ciudad hizo justamente lo opuesto a lo que hoy «se recomienda»: organizó procesiones para clamar al cielo la salud, organizó Misas en las plazas para que todos asistan y promovió el rezo a santos protectores de la salud. Y para que tomasen conciencia los milaneses, les dijo: «Ciudad de Milán, tu grandeza se alzaba hasta los cielos, tus riquezas se extendían hasta los confines del mundo… Repentinamente, viene del Cielo la peste, que es la mano de Dios, y de golpe y porrazo ha sido abatida tu soberbia*» . Y al final de todo sacar una lección para la ciudad: «Él hirió y Él sanó; Él azotó y Él curó; Él empuñó la vara de castigo, y ha ofrecido el báculo de sostén**» .

En cambio en otros lugares se cierran Iglesias, se cancelan misas y otras actividades religiosas; ante ello, en el diario de Cadiz se publicó lo siguiente: «Es una decisión inédita en dos mil años de cristianismo en los que han llovido pestes, cóleras, lepra, catástrofes, hambrunas, guerras y revoluciones; pero siempre hubo misas para consuelo y esperanza de las gentes… Entiendo perfectamente que, desde fuera, se equipare la asistencia a la Santa Misa a cualquier otro evento más o menos multitudinario; pero, desde dentro ¿Olvidamos el valor infinito de Santo Sacrificio?***». 

Llama la atención que sean contadas las voces de algunos pocos obispos que 3 se atreven a sacar procesiones con el Santísimo (como el obispo de Tyler, Texas, Mons. Joseph Strickland), o las del episcopado polaco que pidieron aumentar las misas dominicales para que haya menos aglomeración de personas, pero no deje de haber el Sacramento y así todos puedan ir. Por eso el presidente de la Conferencia Episcopal Polaca, Stanisław Gądecki (arzobispo de Poznan), recomendó asumir este virus de una manera diversa: «Es impensable que no recemos en nuestras iglesias». Sin embargo, pareciera que esta voz «contra corriente» no es común hoy, pues encontramos recomendaciones de gente de Iglesia que más pareciera ser un eco de recomendaciones buenas, necesarias y sensatas, pero propia de los gobiernos, dejando de lado el deber primordial que tenemos como Iglesia: acercar a la gente a Dios. Parecería que hay un pavor a decir algo que no sea policialmente correcto (como hablar de la fragilidad, la muerte y de Dios), y más bien pareciera que hay un afán de querer agradar a la tribuna del momento diciendo lo común que todos dicen y que se quiere escuchar. No sería descabellado poner en práctica lo que San Carlos Borromeo indicó a los miembros de la Iglesia en Milán: 
«Estad dispuestos a abandonar esta vida mostrar y no a las personas asignadas a vuestro cuidado. Caminad entre los que han enfermado debido a la plaga como si fuera un premio; no importa si sólo ganáis un alma para Cristo». La mejor receta para correr del coronavirus y de cualquier mal (sin dejar los adecuados y prudentes cuidados humanos), es correr hacia Cristo.
Estamos ante un virus que hasta ahora ha matado cerca de 4,000 persona; un drama, así fuese un solo fallecido. Sin embargo en un mundo habitado por cerca de 7.500 millones de personas, el porcentaje es ciertamente poco, sabiendo que el 85% de los casos se curan sin siquiera ir al doctor; más aún si vemos que solo en el 2019 en España por gripe murieron 6,300 personas. Hay necesidad entonces de prudencia.
Me pregunto ¿Debo tenerle miedo al coronavirus? Creo que dentro de la prudencia y cuidados razonables que hay que tener, diría que no por ahora. Pero en realidad al virus que sí hay que temerle es al del paganismo, que parece se ha esparcido desde hace tiempo y nos ha contagiado, conduciéndonos a una enfermedad verdaderamente peligrosa: la prescindencia de Dios, que no nos lleva a la muerte física, sino a la muerte eterna. Y para eso hay una sola vacuna: volver a Dios por medio de los sacramentos. Pero hoy el hospital donde se encuentra dicha vacuna, la Iglesia, no pareciera querer tener en todos lados las puertas abiertas. Y eso preocupa.

* San Carlos Borromeo. Memoriale al suo diletto popolo della città e diocesi di Milano. Michele Tini; Roma 1579, pp. 1 28-29. 1
** Idem, p. 81
*** Enrique García-Máiquez. La Santa Misa. Diario de Cadiz.



El cielo en la tierra

Cuando leemos los Evangelios con atención descubrimos que Jesús siempre se resiste a hacer milagros, pues no quiere que lo confundan con uno de aquellos taumaturgos chiflados que embaucaban a la plebe con sus prestidigitaciones. Así que, cuando finalmente accede a las peticiones de lisiados, ciegos o leprosos, rehuye los métodos de los taumaturgos y los toca y ensaliva, los acaricia o cachetea, para que adviertan que no los está curando un espíritu, ni un capataz de espíritus, sino un hombre de carne y hueso como ellos que, sin embargo, tiene a Dios metido en el cuerpo y, al tocarlos, les mete un chute de divinidad en su magullada carne.

Este mismo chute de divinidad, logrado a través del contacto con nuestra carne también magullada por el pecado, introducen los sacramentos en la vida del cristiano. Como los milagros de Jesús, los sacramentos desdeñan las prestidigitaciones de los taumaturgos, para buscar el contacto carnal con quienes los reclaman: una imposición de manos, una unción con aceite, una mojadura o aspersión de agua. Y, cuando Jesús quiere quedarse con sus amigos, trayendo el cielo a la tierra (según la expresión que acaba de utilizar Reig Pla, un obispo a la contra del pancismo episcopal), lo hace también de la forma más carnal posible, buscando no ya el contacto, sino la deglución. Esta «carnalidad» sanadora del cristianismo, que desafiaba el espiritualismo pagano y también el epicureísmo que veía en el cuerpo un mero lugar de delectación, fue la razón principal de su rápida propagación entre gentes hartas de fanfarrias esotéricas. De repente, entre tantas religiones mistéricas, surgía una religión que abrigaba del frío, que enjugaba el llanto, que sanaba las heridas corporales y espirituales mediante la caricia, el abrazo y el beso. Y que, en lugar de expulsar del templo a los leprosos y a los pecadores, llevaba el templo hasta el arrabal o periferia de marginación al que habían sido expulsados. 

Aquella religión contaba con un Dios que se metía en las llagas del pecado y de la lepra; y los hombres que la predicaban no temían acariciar al leproso, abrazar a la adúltera, besar al apestado, como tampoco su Dios temía entrar en sus cuerpos abrasados por la fiebre y en sus almas envenenadas por el pecado. Mientras los emperadores se amurallaban frente al contagio y cerraban sus templos fastuosos, aquellos cristianos locos de amor salían extramuros con Dios metido en un cuenco de barro, para darlo de comida a los enfermos; y les hablaban con pasmosa naturalidad de la muerte que a todos nos aguarda a la vuelta del camino, y también de la vida gloriosa que viene después de la muerte. Y así aquel Dios humildísimo, agazapado en un pan ácimo, barrió del mapa a todos los dioses encumbrados en pedestales de mármol.

Naturalmente, esta locura de amor no debe confundirse con insensatez temeraria propia de taumaturgos chiflados. San Agustín nos enseñó que el cristiano no puede rehuir el martirio, pero tampoco arrojarse imprudentemente a él. Del mismo modo, la Iglesia no puede renunciar a llevar los sacramentos, pero tampoco causar daño a quienes los lleva; pues Dios tiene otras maneras alternativas de salvar las almas (y los cuerpos) de quienes lo aman, aunque sean jornaleros de ultimísima hora. Sin embargo, descartar traer el cielo a la tierra cuando ni siquiera el Estado Leviatán lo ha exigido (Decreto del estado de alarma, en su artículo 11, permite la asistencia a lugares de culto y las ceremonias religiosas), o renunciar a llevar la caricia, el abrazo y el beso de Dios a quienes lo necesitan, recomendándoles a cambio que se conformen con una taumaturgia (la televisión), me parecen actitudes más propias de burócratas indolentes y pancistas que de sucesores de los apóstoles. Y ya sabemos para qué sirve la sal que se vuelve sosa.
Señor, ¡líbranos de las preocupaciones estúpidas e infieles! Danos la salud. Pero, sobre todo, danos fe, una fe que no tema a los meros ataques al cuerpo, y que, con seriedad, nos recuerde que los ataques al alma son mucho más graves de lo que el mundo piensa. Ayúdanos a preocuparnos por lo que es importante para ti. Nuestros cuerpos morirán, pero nuestras almas perdurarán. Por Tu Gracia, haz que tendamos hacia el alma para que nuestros cuerpos puedan, un día, resucitar a la gloria.


El coronavirus evidencia y pone de manifiesto el crericalismo como pecado de omisión: La jerarquía queda paralizada y paraliza la acción eclesial por la herejía del clerocentrismo. NO LAVA NI PRESTA LA BATEA



MASCARILLEIROS
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BERGOGLIO, SACERDOTES Y OBISPOS COVIDIANOS 
DEBEN RESPONDER A DIOS

VACUNARSE VENENO ES UN ACTO CRIMINAL

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Nosotros los católicos lo que esperamos de nuestros pastores es que nos faciliten y defiendan el derecho que como fieles tenemos a practicar el culto y a recibir los sacramentos.

Los Centros de Espiritualidad Ignaciana mantendrán el distanciamiento social y de protección higiénico-sanitaria