EL Rincón de Yanka: MADUREZ

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martes, 31 de diciembre de 2024

LIBRO "TODO LO QUE TIENES QUE SABER SOBRE LA VIDA": 10 CONSEJOS PARA SER FELIZ por ENRIQUE ROJAS 😀

Todo lo que tienes que 
saber sobre la vida

Una guía para conocerte a ti mismo 
y definir tu propio camino hacia la felicidad.
En una sociedad en la que se ha ido abandonando poco a poco la educación sentimental para convertir en auténticos valores el dinero, la competitividad o la urgencia por vivir deprisa, tratar lo que es y lo que significa la madurez afectiva es más esencial que nunca, pues es el mayor impedimento en el camino hacia la felicidad.
En Todo lo que tienes que saber sobre la vida, Enrique Rojas trata en profundidad la importancia de alcanzar la madurez psicológica para conseguir un desarrollo personal pleno, y cómo afecta a los diferentes aspectos de la vida, tanto a la hora de relacionarse con las personas que tenemos a nuestro alrededor, como para enfrentarse a las adversidades o superar los traumas.
La claridad de las explicaciones del autor, su profundo conocimiento del tema, su larga experiencia y su tono divulgativo y práctico se ponen al servicio del lector para ayudarle en su proceso de autoconocimiento, pues no hay madurez psicológica sin conocimiento propio. Y no hay conocimiento propio sin reflexión.
PRÓLOGO

La madurez es un tema poliédrico. Tiene muchas laderas y modos de aproximación. La mencionamos con mucha frecuencia de forma rápida, fugaz, como comentario ante ciertas personas, pero la verdad es que pocas veces nos detenemos para apresar su contenido y fijar las principales claves que la definen. Los psicólogos y los psiquiatras nos dedicamos a la ingeniería de la conducta. Bajamos al sótano de la personalidad para descubrir los principales mecanismos del comportamiento y buscar leyes que nos acerquen a este concepto tan complejo, rico, variado, repleto de matices, donde las ideas estallan en el escenario psicológico y uno se ve perdido en la espesa selva de todos los registros que se arremolinan aquí. El lector podrá encontrar en este libro mucho material para bucear en lo que es y significa la madurez. El libro consta de cuatro índices: el general, al principio del texto y luego, al final, de tres más: bibliográfico, de autores y de materias. Este último lo he cuidado mucho para que se pueda explorar mejor su contenido y sacarle un mayor partido. No hay madurez psicológica sin conocimiento propio. Y no hay conocimiento propio sin reflexión.

Enrique Rojas 
22 de diciembre de 2019

INTRODUCCIÓN: 
¿QUIÉN ES EL SER HUMANO?

Gran pregunta. El ser humano es una realidad compuesta de cuerpo, alma y psicología. Y es fundamental conseguir una buena articulación entre estos tres principios que se hospedan en su interior. Para Platón, la relación entre el alma y el cuerpo es como el marino respecto a la nave. Los clásicos repetían una expresión latina, sema soma, «el cuerpo como cárcel del alma». Descartes, partiendo del cogito ergo sum, viene a decir que el hombre es un ser pensante. Los griegos lo nombraban como zoon logikón: «animal racional». Definir es limitar. Es expresar la esencia de una realidad. El ser humano comparte un cuerpo como el animal, pero tiene cuatro notas en su interior que son claves: inteligencia, afectividad, voluntad y espiritualidad. Estas le diferencian claramente del resto del mundo animal. Voy a dar una pincelada de cada una de ellas. Inteligencia es la capacidad para captar la realidad en su complejidad y en sus conexiones. Inteligencia es capacidad de síntesis. Es saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Es el arte de reducir lo complejo a sencillo. Es claridad de pensamiento. La sencillez es una virtud intelectual; es la virtud de la infancia. Hoy sabemos que existen muchas variedades y por eso debemos hablar de inteligencias en plural[1]. 

Aun así, debo subrayar que a la razón le corresponde la búsqueda de la verdad. La verdad es la conformidad entre la realidad y el pensamiento. Hay una verdad teórica y otra práctica. La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva diferentes de lo que es el puro conocimiento, que suelen ser difíciles de verbalizar y que provocan un cambio interior. La vía regia de la afectividad son los sentimientos: el modo habitual de vivir el mundo emocional[2]. Todos los sentimientos tienen dos caras contrapuestas: alegría-tristeza, paz-ansiedad, amor-desamor, felicidad-infortunio, etc. 

A la afectividad le corresponde la búsqueda de la belleza, o dicho de otro modo, del equilibrio, de la armonía subjetiva. La voluntad es la tendencia para alcanzar un objetivo que descubrimos como valioso. Es un apetito racional que nos impulsa hacia una meta. Es un propósito que se va haciendo realidad gracias al trabajo esforzado. La iniciativa para lograr algo valioso, que cuesta. Voluntad es querer y querer es determinación[3]. A la voluntad le corresponde la búsqueda del bien. Voy a tratar de delimitar esto. ¿Qué es el bien? El bien es lo que todos apetecen. O dicho de otra manera: aquello que es capaz de saciar la más profunda sed del hombre. 

Expresado de otro modo: el bien es la inclinación a la propia plenitud, que significa autorrealización. De este modo aparecen tres ideas claves: la inteligencia busca la verdad; la afectividad, la belleza; y la voluntad, el bien. Son los trascendentales de los clásicos: verdad, belleza y bien. La cuarta característica que he apuntado al principio es la espiritualidad, que significa pasar de la inmanencia a la trascendencia, de lo natural a lo sobrenatural, descubrir algo que va más allá de lo que vemos y tocamos. Vamos, de la visión horizontal a la vertical: es captar el sentido profundo de la vida[4]. 

Toda filosofía nace a orillas de la muerte. Como diría Ortega: «Dios a la vista». Tener un sentido espiritual de la vida es haber encontrado las respuestas esenciales de la misma: de dónde venimos, a dónde vamos, qué significa la muerte. Para los cristianos lo definitivo no es una doctrina, ni un libro (el Evangelio), sino conocer a una persona, que es Cristo. Encuentro, diálogo y confianza. Y la ley natural o naturaleza, que no es una esclavitud, sino expresión de lo que somos, de nuestro ser en profundidad; es la gramática profunda de lo que somos… Negarlo es un error grave. 

Soy un gran aficionado a la música clásica. Beethoven, Mozart, Brahms, Tchaikovsky, Falla, Granados… Cuando veo en directo un buen concierto me impresiona ver a los profesores tocando cada uno un instrumento concreto y asoman el piano, el violín, el violonchelo, la trompa, los platillos, el clarinete… Extrapolando esto al terreno de la personalidad, estos instrumentos son la percepción, la memoria, el pensamiento, la inteligencia, la conciencia, etc. Y el director de la orquesta es la persona que consigue aunar todo eso para dar lugar a la conducta. Los psiquiatras somos perforadores de superficies psicológicas. Bajamos al sótano de la personalidad a poner orden y concierto. 

Es más, hoy somos capaces de hablar de los trastornos de la personalidad, que son desajustes en su funcionamiento y que dan lugar a llevarse uno mal consigo mismo y a choques frecuentes con los demás. Generalmente estos pasan desapercibidos en las relaciones superficiales y, por el contrario, se observan con bastante nitidez en las relaciones profundas (en la familia especialmente y en las amistades íntimas). La Psicología es la ciencia que tiene a la conducta como objeto, a la observación como medio y a la felicidad como destino. La cuestión de la felicidad es la vida buena y eso es sabiduría. Muchas veces mis pacientes me dicen que debería existir la pastilla de la felicidad y tomarnos una por la mañana para sentir que todo marcha, que las cosas de uno van bien… 

¿Qué nos falta para ser felices cuando uno lo tiene casi todo y no lo es? Lo que nos falta es saber vivir. Y eso es arte y oficio. Aprendizaje para manejar con artesanía estas cuatro dimensiones que he mencionado: inteligencia, afectividad, voluntad y espiritualidad. La puerta de entrada al castillo de la felicidad consiste en tener una personalidad madura, que no es otra cosa que una mezcla de conocimiento de uno mismo, equilibrio, buena armonía entre corazón y cabeza, saber gestionar bien los grandes asuntos de la vida, superación de las heridas y traumas del pasado, etc. Vuelve aquí el tema de la felicidad. En definitiva, una vida lograda, que no es otra cosa que una felicidad razonable. No pedirle a la vida lo que no nos puede dar. 

Mi fórmula es: logros partido por expectativas. Moderar las ambiciones. Italia fue la cuna del Renacimiento; España, del Barroco; Francia, de la Ilustración; Alemania, del Romanticismo. Inglaterra aportó la Revolución Británica (1642-1689). Estados Unidos nos trajo una Constitución que ha sido un referente. Fue en Francia cuando por primera vez se habló de la felicidad en un sentido más preciso, en el siglo XVIII, con la Enciclopedia. Aunque ya en Grecia y en Roma se habló de ella de un modo más genérico. Pero ha sido en el siglo XX cuando la felicidad ha sido la meta, el punto de mira, la estación de llegada. 

Hoy la medimos: existen escalas de evaluación de conducta diseñadas por psicólogos y psiquiatras que, mediante un cuestionario bien elaborado y validado, pesan y cuantifican el grado de felicidad que alguien tiene según la concepción de su autor. La felicidad consiste en conseguir la mejor realización de nuestro proyecto personal y la coherencia de vida, que es el puente levadizo que nos conduce finalmente al castillo de la felicidad. Porque la vida es arte y oficio, corazón y cabeza, afectividad e inteligencia. Sabio es el conocedor de la vida. 

A lo largo de estas páginas voy a ir buceando en qué es y en qué consiste la madurez psicológica, que no es otra cosa que una cierta plenitud del desarrollo personal. Esto requiere que seamos capaces de sistematizar la construcción de lo que es la madurez, variables individuales y otras del contexto de esa persona. Espero que dentro de la dificultad del tema podamos adentrarnos en la selva espesa de este concepto.

lección 12.ª
Diez consejos para ser feliz [89]

En el capítulo anterior he ido dando una serie de pinceladas sobre la felicidad[90] pues son muchos los matices y recovecos que se dan en ella. A la felicidad se la puede nombrar de muchas maneras pues tiene que ver con muchas cosas. Es una realidad difícil de aprehender, vaporosa, etérea, desdibujada, de perfiles borrosos. Ahora, en este capítulo, quiero resumirlo haciendo un decálogo (a los que soy tan aficionado) con el fin de que el lector pueda ver una lista concreta con la que conecte o critique, o él mismo la cambie y la mejore. Voy con ella. 

1. La felicidad consiste en ser capaz de cerrar las heridas del pasado. Necesitamos reconciliarnos con nuestro pasado. Superar traumas, impactos negativos, reveses, fracasos y un largo etcétera en esa misma dirección. El catálogo de hechos que pueden sucedernos en malo es un pozo sin fondo y es importante que sepamos saltar por encima de ellos. Hay una ecuación temporal de la persona equilibrada que podría resumirse de este modo: haber sido capaz de cerrar las heridas del pasado con todo lo que eso significa, aceptando la complejidad y las dificultades de cualquier existencia; vivir instalado en el presente sabiendo sacarle el máximo partido, es el célebre carpe diem de los clásicos: aprovecha el momento, vive el instante… a pesar de su fugacidad; y, sobre todo, vive empapado de futuro, que es la dimensión más prometedora, lo que está por llegar, el porvenir… 

Siempre esperamos lo mejor, a pesar de los pesares. Lo he dicho de otro modo: la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Los psicólogos y los psiquiatras sabemos lo importante que es ayudar a nuestros pacientes a hacer la cirugía estética del pasado, cerrando heridas de forma definitiva y sabiendo encajarlas de forma adecuada en el organigrama de nuestra biografía. Cuando esto no sucede porque esa persona es incapaz de olvidarse de verdad de esa colección de hechos nefastos, corre el riesgo de convertirse en una persona agria, amargada, dolida, resentida[91] y echada a perder. 

En términos psiquiátricos, se convierte en neurótica por esa rampa deslizante y se va viendo invadida de conflictos no resueltos que, antes o después, asoman y la dañan y la vuelven tóxica. El rencor deteriora por dentro. Y el que alienta traiciones, las hace. 
La felicidad es el sufrimiento superado, así de claro[92]. Son muchos los ejemplos que vienen a mi cabeza de personajes por los que siento mucha estima: desde Tomás Moro a Aleksandr Solzhenitsyn, pasando por Nelson Mandela o Vaclav Havel; o casos menos conocidos como Walter Ciszek o Van Thuan[93]. En muchos de ellos todo ha sucedido de forma terrible y brutal. Amar es afirmar al otro y amar es perdonar y luchar por olvidar los agravios recibidos, y eso requiere generosidad y esfuerzo. 

2. Aprender a tener una visión positiva de la vida. Esto hay que aprenderlo, como casi todo en esta vida. De uno mismo y de nuestro entorno. El optimismo es una forma positiva de captar la realidad. Y eso requiere una educación de la mirada para ser capaces de, además de ver lo negativo, poder captar el ángulo positivo que muchas veces permanece escondido o camuflado y que es necesario ir detrás de él. Es sorprendente cómo hay personas inmunes al desánimo y que se crecen ante las dificultades… Y, al mismo tiempo, otras son demasiado débiles y se derrumban ante contratiempos relativamente pequeños del día a día u otros de mediana intensidad y se vienen abajo. 

¿Se nace optimista? ¿Puede un pesimista dejar de serlo? La clave está en el esfuerzo psicológico, un trabajo de artesanía personal mediante el cual vamos siendo capaces de descubrir la dimensión más positiva de la realidad, ese segmento que se esconde en el fondo de los hechos y que tiene unas notas positivas que es bueno descubrir porque nos pueden enseñar lecciones muy sabias. Traigo aquí el caso de Boris Cyrulnik, judío sefardita francés, que vio morir en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz a sus padres y a dos hermanos. Logró escapar por debajo de una verja, siendo él un manojo de huesos, y estuvo deambulando por las cercanías del campo. Quería tres cosas: que una familia lo acogiera, estudiar la carrera de Medicina y ser psiquiatra. Y consiguió las tres. 

Es uno de los padres del movimiento psicológico llamado resiliencia, definido como una corriente psicológica que enseña a soportar situaciones adversas de modo que esa persona se dobla como los metales pero sin romperse. Así uno se hace sólido, resistente, fuerte, tenaz, robusto, poderoso, casi invencible. La resiliencia habla de la capacidad para sacar fuerzas de una experiencia traumática y darle la vuelta y de ese modo ser capaz de ser inexpugnable, pétreo, inalterable, blindado… con un vigor propio de una persona superior. La resiliencia es todo arte y significa adquirir una fortaleza extraordinaria para lograr la superación. 

Quiero contar el caso de Joshua Bishop, que, con pocos estudios y escasa cultura, dio una lección sonada: Cuando tenía diecinueve años, él y un compañero de fechorías llamado Max Braxley, de treinta y seis años, mataron brutalmente a un hombre con el que habían estado bebiendo hasta la madrugada en el condado de Baldwing (Georgia, Estados Unidos). Querían robarle el coche mientras él dormía la borrachera, pero el hombre, llamado Leverrett Morrison (de cuarenta y cuatro años), se despertó y se produjo una pelea. Joshua lo mató con una barra de madera golpeándole en la cabeza; luego metieron el cadáver en el maletero de un coche, le prendieron fuego, abandonándolo después en un terreno perdido y procurando borrar todas las huellas del crimen. 

El cuerpo fue hallado horas más tarde y los dos autores fueron detenidos. Joshua confesó el asesinato y lo condenaron a muerte mientras que a su cómplice lo sentenciaron a cadena perpetua. Pasó veinte años en el corredor de la muerte y fue ejecutado a los cuarenta y cuatro años de edad. El caso habría pasado desapercibido de no ser por un largo artículo que apareció en el diario The Telegraph de Macon y que más tarde fue recogido por The Guardian en marzo del 2016. En él se cuenta la dura infancia de Joshua y la profunda transformación positiva que experimentó en sus dos décadas de estancia en la cárcel. Su infancia fue digna de una historia de Dickens, pues la pasó viviendo bajo los puentes, en residencias para niños abandonados o en casas de acogida, siempre asustado, hambriento y solo, vagabundeando de aquí para allá. Su abogada fue Sarah Gerwig-Moore, que escribió su nota necrológica y nos dejó escrito lo siguiente: 

«Sus últimas palabras fueron de arrepentimiento y amor… Describía sin amargura su infancia y los días de su pubertad y adolescencia, cuando pescaba o iba a recoger basura para comer o freía tomates verdes que recogía de las sobras… Era un muchacho dulce, siempre dispuesto a ayudar a los demás y que adoraba a su madre, una prostituta de buen corazón que nunca supo decirle quién era su padre. Las drogas y el alcohol las consumió desde pequeño (de hecho, cometió el crimen bajo los efectos de la cocaína) y le hicieron llevar una vida errática». 

«En el sombrío corredor de la muerte —sigue diciendo su abogada— descubrió que podía ser amado por los demás y por Dios y entonces floreció como artista y como hombre». En los años de cárcel se consagró a la pintura y conoció a una familia, los Shetenlieb, que empezaron a visitarle y se hicieron amigos suyos; procuraron ayudarle, transmitiéndole que nadie está fuera del perdón si de verdad se arrepiente y que la voluntad lo puede todo si uno se propone realmente cambiar. 

Conectó con el capellán de la prisión, se bautizó y se convirtió al catolicismo. Tras su conversión multiplicó su actividad en la cárcel hablándole a la gente de Dios y, además de pintar, se aficionó a la lectura (él nunca había leído nada). 
Su libro de cabecera fue El diario de Anna Frank, que le ayudó a cambiar y a fortalecer su voluntad. También empezó a conocer gente de fuera de la cárcel que venía a verle y a hablar con él. Eso le ayudó a implicarse en obras sociales y de solidaridad. En los últimos años de su vida trabajó en la escuela jurídica Mercer University enseñando lecciones sobre la justicia. 

Su abogada contó «que había pedido perdón con humildad a los familiares de sus víctimas y quedó confortado con la gracia de haberlo conseguido. Una religiosa que trabajaba ayudando a los presos, la hermana Morrison, pidió su indulto por el buen comportamiento que había tenido en esos años dentro de la prisión, pidió que le conmutaran la pena de muerte por cadena perpetua». 

En sus últimas horas, cuenta su abogada, «confortó a sus amigos, rezó por ellos, pidió perdón a todo el mundo y dijo que cuidáramos mucho a los presos, pues muchos de ellos venían de un mundo de grandes carencias y privaciones. Cantó el célebre Amazing Grace, diciendo que él moría porque lo había merecido». 

Su abogada, Sarah Gerwing-Moore, llegó a ser su amiga y confesó que escribió la historia de Joshua llorando, con momentos de mucha tristeza: 

«Fue mi amigo y me enseñó tanto que con él cambio mi vida… le debo mucho. Él me dio permiso para contar su historia de forma que resultase positiva y pudiera ayudar a otros chicos con problemas como el suyo. Murió besando el rosario que le regaló el capellán de la cárcel». Su misa de funeral se celebró en la iglesia de San Pío X en Conyers (Georgia, Estados Unidos) y fue multitudinaria. 

Está claro que hablamos de un caso excepcional. Es una historia ejemplar. Pero, insisto, la capacidad para descubrir el ángulo positivo de la realidad cambia la perspectiva de ti mismo y de tu entorno. Aquí se mezclan muchas cosas a la vez: por una parte, superar las heridas antiguas y, por otra, la capacidad para descubrir lo positivo que en toda vida se encierra. También se mezclan elementos a los que me voy a referir enseguida: una voluntad rocosa que ha sido labrada poco a poco y que ha llegado a convertirse en parte esencial de esa persona. 

3. Tener una voluntad de hierro. Fuerte, compacta, recia, robusta, resistente al desaliento, como las raíces de un olivo centenario[94]. Y esta necesita ser educada desde los primeros años de la vida. Es una pieza clave en la psicología que, si es sólida, consigue que nuestros objetivos y metas lleguen a buen puerto. Toda educación empieza y termina por la voluntad. Sirve nada más y nada menos que para conseguir el adecuado desarrollo del proyecto personal. Tener una voluntad firme es uno de los más claros indicadores de madurez de la personalidad. La voluntad es la joya de la conducta. Con ella somos enanos a hombros de gigantes. 

4. Tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza. Los dos grandes componentes de nuestra psicología son el mundo de la afectividad y el de la inteligencia. No digo que las otras herramientas que hay dentro de ellas sean menos importantes; lo que quiero significar es que estas dos deciden el comportamiento. No ser ni demasiado sensibles, rozando la susceptibilidad, ni demasiado fríos y racionales. La clave está en buscar una buena armonía entre ellas. Decía Pascal: 

«El corazón tiene razones que la razón desconoce». No perdamos de vista que nuestro primer contacto con la realidad es emocional: me gustó esa persona, me cae bien, me agradó mucho aquella gente… Amor e inteligencia forman un bloque bien armado. Tener una afectividad sana significa mover bien los hilos de las relaciones con los demás cargándolas de sentimientos verdaderos, auténticos, sin doblez, descubriendo que lo afectivo es lo efectivo. Y a la vez saber utilizar bien los instrumentos de la razón: la lógica, el análisis, la síntesis, el discernimiento. Ser capaces de respirar por estos dos pulmones a la vez. Los padres y los educadores tienen aquí un papel central. 

5. Para ser feliz es necesario tener un proyecto de vida coherente y realista. Lo he mencionado en diversos momentos en las páginas este libro. Y este debe albergar en su seno cuatro grandes argumentos: amor, trabajo, cultura y amistad. Hay dos notas que se cuelan en sus entresijos: debe ser coherente, lo que significa tener en su interior el menor número de contradicciones posibles… Buena relación entre la teoría y la práctica, acorde entre sus partes, congruente. La otra nota es que debe ser realista: tener los pies en la tierra, ajustarse a los hechos de la vida personal y del entorno… aunque con ilusión. Cada uno de ellos se abre, en abanico. 

No hay felicidad sin amor. Este debe ser uno de los argumentos principales. Pero no solo eso, sino que debe ser trabajado con esmero, con dedicación… Hay muchas formas de amor[95] y debemos conocerlas. También para ser feliz es fundamental tener un trabajo que agrade y que saque lo mejor de uno mismo. Amor y trabajo son dos goznes clave de la felicidad razonable. Uno y otro se retroalimentan. 

La cultura es libertad: te da alas, plenitud, abundancia de conocimiento… Un sendero abonado que lleva a la felicidad. Una persona culta tiene criterio, sabe a qué atenerse, tiene respuestas a las grandes preguntas de la existencia y por eso es difícil de manipular… 
La cultura es una de las puertas de entrada al castillo de la felicidad. Y, finalmente, la amistad: afinidad, donación y confidencia; la necesitamos como parte de la vida misma, como compañía y ayuda en las variadas circunstancias de la vida. 

6. Poner los medios adecuados para hacer felices a otras personas. Cuando uno está intentando hacer esto se olvida de sí mismo, olvida sus problemas y dificultades y eso le lleva a cambiar la dirección de sus acciones. Preguntarse uno con cierta frecuencia: 

«¿Qué puedo hacer para dar unas gotas de felicidad a los que me rodean?». Y esto descansa en un principio que está recogido en muchos autores que han trabajado sobre este tema: hay más alegría en dar que en recibir. Son muchos los que han hablado de esto, de una u otra forma[96]. 

Los psicólogos y los psiquiatras sabemos bien esto. Cambiar el foco de atención y volcarnos con los demás intentando darles alegría es de una gran eficacia. Un psicólogo americano ha sido uno de los padres de este pensamiento, la llamada Psicología positiva, Martín Seligman, que ha desarrollado un amplio campo de trabajo centrado en esto[97], lo que conduce a un modo de aprendizaje que requiere una cierta maestría para no quedarse atrapado en la negatividad. 

Tengo la experiencia de muchos pacientes a los que nuestro equipo les recomendó actividades de solidaridad y eso les cambió. Cuesta a veces que sigan esta indicación, de entrada, pero, si lo logramos, la efectividad suele ser muy positiva.

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[1]. Está claro que no es igual la inteligencia de un arquitecto que la de un corredor de motos profesional, la de un psiquiatra, la de un obrero de la construcción o la de un decorador de interiores. Enumero una cascada de inteligencias solo de pasada: teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, matemática, musical, emocional, auxiliar… o inteligencia para la vida. En cada una de ellas laten en su fondo unas notas muy particulares que la diferencian de las otras.
[2]. Son cuatro los principales modos de vivir la afectividad: sentimientos, emociones, pasiones y motivaciones. Cada una tiene su nota distintiva, pero el modo común de percibir la afectividad son los sentimientos, que voy a definir de la siguiente manera: son estados de ánimo positivos o negativos que nos acercan o nos alejan de aquella persona o hecho que aparece delante de nosotros. No hay sentimientos neutros en sentido estricto; pensemos en el aburrimiento, que está más próximo de la tristeza y del desencanto que de una banda media afectiva.
[3]. Hoy en día, en la Psicología moderna, se considera que la voluntad es más importante que la inteligencia. Es superior porque actúa de palanca para alcanzar objetivos concretos
[4]. La espiritualidad puede ser definida como la dimensión trascendente de la vida, que no se queda en lo puramente material, lo que se toca y se ve, sino que va más allá. En nuestra cultura europea son tres las más destacadas: la judía, la cristiana y la musulmana. Cada una de ellas tiene un libro que la define: la Torah, el Evangelio y el Corán. Pero el cristianismo no es una doctrina que viene en un libro sino que se basa en una persona, Cristo: Él es el referente, el sentido, la esencia de este modo de entender la existencia.
[89] Conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI de Madrid el 13 de abril de 2017.
[90] Tema interminable. La bibliografía es un mar sin orillas, es fácil naufragar ante tanta información y tan diversa. Ha sido para mí una tarea de síntesis difícil, tratando de espigar lo que era esencial desde mi óptica personal.
[91]. La palabra resentimiento significa literalmente sentirse dolido y no olvidar. En esa travesía asoma el rencor, que es una reacción de los débiles y que vuelve esclavo al que ahí se instala. Nietzsche, en su libro Genealogía de la moral, dice que «es la rebelión de los esclavos». Es mejor el perdón y, si se puede, la misericordia, que tiene un mayor grado de superioridad.
[92]. Lo que pierde a una persona es el desaliento.
[93]. Conozco la vida y milagros de cada uno de ellos y me parece digna de ser imitada. Al final del libro, en la bibliografía, los mencionaré para los lectores más ávidos de conocimiento.
[94]. Véase la 10.ª lección: La educación de la voluntad (pág. y ss.)
[95]. Lo he explicado de cierto detalle en la 2.ª lección. La exploración de los sentimientos, y en la 3.ª lección: La madurez de los sentimientos. Donde el amor se ve más nítido es en el amor de la pareja, un auténtico mar sin orillas. Allí nos sumergimos en una oceanografía en donde hay que poner nombre a cada afecto y saberlo delimitar y precisarlo. No quiero dejar de decir que el relativismo se ha convertido en una auténtica religión del hombre contemporáneo.
[96]. Lo dice el texto clásico: beatius est magis dare quam accipere (Hech 20, 35). Esto lo saben las madres de familia y aquellas personas que han dedicado su vida a hacer el bien a los demás. Pero quiero hacer algunas consideraciones sobre la felicidad que me parecen interesantes llegados a este punto. Desde el ya clásico de Fernando Savater, El contenido de la felicidad, Ediciones El País, Madrid, 1986, en donde menciona la felicidad como anhelo y como ideal arrogante. O el libro de Eduardo Punset, El viaje a la felicidad, Destino, Barcelona, 2005, que mezcla los flujos hormonales, la bioquímica y el mundo de los sentimientos. Pasando por Emilio Lledó, Elogio de la infelicidad, Cuatro Ediciones, Madrid, 2005, en donde el autor ve la felicidad como una aspiración medio perdida en el horizonte de los sueños, deseos, utopías y amenazas porque el ser humano está siempre insatisfecho. O el trabajo de Victoria Camps, La búsqueda de la felicidad, Arpa & Alfil Editores, Madrid, 2019, en donde la autora se plantea la felicidad como una búsqueda a lo largo de la vida y que no es otra cosa que el anhelo de una vida plena. He participado en la Universidad de Harvard en los cursos sobre felicidad dirigidos por el psicólogo Tal BenShahar, que desde hace algunos años imparte una serie de clases dedicadas exclusivamente a este tema interminable. En ellas este autor se centra en la reconciliación con uno mismo y en saber gestionar las emociones de forma positiva. Su libro es Happier, McGraw-Hill, Nueva York, 2017. Me ha sorprendido la participación de tantos estudiantes con preguntas incisivas que nos ayudan a pensar a los que hemos trabajado en estos temas. Insisto en lo que he dicho al comienzo de este capítulo: la bibliografía es tal que es fácil ahogarse en tantos y tan diversos textos. Comento alguno más que me ha parecido interesante. Cynthia Leppaniemi, Tu felicidad depende de tu actitud, Planeta Mexicana, México, 2012; Helena Béjar, Felicidad: la salvación moderna, Tecnos, Madrid, 2018; Carmen Serrat y Alexia Diéguez: Tú puedes aprender a ser feliz, Aguilar, Madrid, 2010. Una mención final al Reporte Mundial sobre la felicidad, McGraw-Hill, Nueva York, 2017, de John Helliwell, Richard Layard y Jeffrey Sachs: buscan un equilibrio entre factores personales, económicos, ambientales y sociales, rastreando indicadores objetivos de felicidad… Al final, bienestar, nivel de vida y seguridad. La lista queda aquí, por ahora.
[97]. M. Seligman, Authentic happiness, Free Press, Nueva York, 2018, habla de la importancia de aprender de la situaciones de desamparo y darles la vuelta y descubrir las vertientes positivas que están escondidas.

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"Todo lo que tienes que saber sobre la Vida" con D.Enrique Rojas

martes, 27 de febrero de 2024

"GAUDEAMUS IGITUR" 🙋🎓




De modo que «dice Google» que le bastan 6 meses, 300 $ y recursos en línea para entregarte «un certificado que equivale a una carrera», y el personal se pone de los nervios. La cosa, por supuesto, proviene de la enésima banalización periodística de una nota del gigante tecnológico que se refiere a puestos de «analista de datos», «diseñador UX» y otros así, esto es, proletariado informático (y a mucha honra) con sueldos que aquí suenan estratosféricos, pero en California dan para lo que dan. Valga, en cualquier caso, el enésimo sobresalto en el corazón de la educación superior para recordarnos sus complejos y su mala conciencia.
La moral de la tropa universitaria está por los suelos. No ayuda que quien ostenta la cartera del asunto no haya dicho esta boca es mía en meses; ni que, cuando, bronceado y broncíneo, lo ha hecho, haya afirmado que no hay plan B para la pandemia (plan A tampoco había). Con tanta pata en tanto charco no es mal momento para limpiarse las gafas de cieno y recordar para qué sirve la universidad.
Recuperar esta misión emancipadora de nuestras universidades no solo no colisiona con la empleabilidad, sino que la mejora. La innovación, con la que tanto se nos llena la boca, requiere personalidades ricas, diletantes en el mejor sentido del término, personas con los suficientes recursos intelectuales, sentimentales y morales.
Por lo visto, no es «educación», la universidad. Cuando la educación sale a la palestra, en los medios de comunicación, en las redes sociales o en las cenas familiares, se alude exclusivamente a la primaria y la secundaria. Si la terciaria asoma en un periódico o en Twitter es para lamentar que las universidades nacionales salgan hundidas en esos rankings internacionales con los que de vez en cuando nos asustan. Y en nueve de cada diez discusiones sobre la universitas solo se emplea el vocabulario de la empleabilidad. Hemos terminado por creernos que educar, lo que se dice educar, es algo que nos compete hasta la mayoría de edad (hasta los dieciséis para los que no llegan al bachillerato), y que a partir de ese punto lo que no sea aprender un oficio es perder el tiempo. No cabe duda de que ganarse la vida, además de una necesidad, es una contribución civil imprescindible. Pero no es menos cierto que la profesión no agota la ciudadanía de uno, y mucho menos supone el todo de lo que significa vivir.

Condorcet, que fue el pensador ilustrado más brillante en la arena educativa, concibió que la misión de la universidad era doble, técnica y moral. John Henry Newman dijo que una educación liberal consistía, además de en la capacitación profesional, en el ejercicio libre y reflexivo de la razón. En Misión de la universidad, Ortega escribía: «Se entenderá por universidad stricto sensu la institución en que se enseña al estudiante medio a ser un hombre culto y un buen profesional». A causa de cierto pragmatismo miope —una moral de esclavo, que diría Nietzsche—, estas afirmaciones suenan cada vez más a bravatas lisérgicas estilo Woodstock o a nostálgicas lamentaciones de humanistas trasnochados.

Solo una visión extraordinariamente pobre de la vida, de la educación o de ambas cosas justifica que obviemos que la educación terciaria, como sostenía Giner de los Ríos, forma una «continuidad indivisa», con la primaria y la secundaria. La universidad no es una mera agencia de capacitación profesional; es también el lugar donde se cultiva la libertad. En su vertiente individual, eso implica preparar el terreno para la autónoma búsqueda de nuestro camino en la vida. En términos civiles, conlleva conseguir que proliferen los ciudadanos libres. Basta atender a lo que ocurre en nuestras sociedades crispadas, emotivistas y a pique de repetir grandes errores del pasado para que nos demos cuenta de que la convivencia democrática nos va en ello.
Un ciudadano libre posee un espíritu crítico. Esto es algo que no se aprende en casa (de suyo); y es algo que resulta especialmente perentorio en una sociedad en la que el engaño está a la orden del día y cuenta con mecanismos más masivos y efectivos que nunca. De ahí la importancia democrática de conseguir que la gente sepa desmontar embustes, para lo cual se ha de disponer de cierta cultura política. Estar políticamente cultivado es lo opuesto a estar politizado, que es lo que abunda en nuestras actuales universidades. El fenómeno es global: las encuestas nos dicen que cada vez hay más jóvenes que reniegan de nuestras conquistas democráticas; y qué les voy a contar de los escraches WOKE y la cultura de la cancelación que se extiende como una mancha de aceite. De algún modo hemos creído que la política es más sencilla que la arquitectura o la física; no obstante, entenderla requiere cierta madurez en el educando, y por eso el lugar natural para aprender cómo se convive en las sociedades complejas es la formación profesional y universitaria.
La soberanía de un pueblo empieza y termina en la capacidad de sus miembros para pensar libremente. La libertad, sin andamiaje intelectual, es de pega. No nos ponen de rodillas Soros ni el club Bilderberg, sino nuestra ignorancia. Y es tarea de la universidad explicar que esto es ser joven y rebelde: 
tener juicio propio y ejercerlo, en vez de asentir a los politicastros o mercachifles de turno. 
Promulgar leyes contra la corrupción y castigar a los corruptos es un ejercicio necesario y sano. Pero, como escribe Condorcet en sus Cinco memorias, «difundiendo las luces es como, al reducir la corrupción a una vergonzosa impotencia, haréis nacer esas virtudes públicas que son las únicas que pueden dar firmeza y honrar el reino eterno de una apacible libertad».

Tenemos un problema de nivel, y es general. Nos gusta consolarnos pensando que quienes hacen el ridículo en el Congreso, en los mítines y en las tertulias no nos representan; pero no es cierto. «Ellos» son «nosotros», por definición estadística. Y la calidad de las sociedades suele estar en su medio. También lo había visto Ortega, quien en «La elección del amor» escribía: «Nótese que lo decisivo en la historia de un pueblo es el hombre medio […] Y lo que hace magníficos a los pueblos no es primariamente sus grandes hombres, sino la altura de los innumerables mediocres». Este enanismo intelectual y ético es el que nos está conduciendo dócilmente al despeñadero.

Si queremos un espacio de convivencia a resguardo de impresentables, ladrones y autoritarios, la universidad tiene que forjar caracteres sobrios, valientes y críticos. Para ello hace falta cierto bagaje estético, porque se aprende tanto o más en la literatura, la música o en la pintura que en las ciencias sociales. Además, todo ciudadano merece ser instruido en la fragilidad del ser humano, en sus limitaciones y en sus fallas. ¿Cómo puede un economista no hacer el ridículo si no sabe nada de antropología? ¿Y cuánto daño hace que haya tantos dirigentes a los que las Humanidades les suenen a chino? El conocimiento del ser humano por parte de quienes dirigen a otros seres humanos es, por lo común, paupérrimo. Y la gente que no sabe cómo piensan, actúan y padecen sus semejantes está siempre causando problemas.

«Un pueblo ignorante» —escribe Condorcet— se convierte necesariamente en víctima de los bribones que, ya sea que los adulen, ya sea que los opriman, lo hacen instrumento de sus proyectos y víctima de sus intereses personales». Así las cosas, cabe plantearse si no convendría fusionar los ministerios de Educación, Universidades y Defensa, siendo como es la educación la principal arma con la que un pueblo cuenta para defenderse de los que tratan de expoliarlo. Mataríamos tres pájaros de un tiro: también ahorraríamos fondos (que falta hace), y las carteras ministeriales de Castells y Celaá revertirían en Margarita Robles.

Recuperar esta misión emancipadora de nuestras universidades no solo no colisiona con la empleabilidad, sino que la mejora. La innovación, con la que tanto se nos llena la boca, requiere personalidades ricas, diletantes en el mejor sentido del término, personas con los suficientes recursos intelectuales, sentimentales y morales. Y otro tanto cabe decir de la dirección de equipos y organizaciones. El mercado, que no es idiota, lo sabe, lo valora y busca esta riqueza desesperadamente. Les reto a que se hagan uno de esos cursillos de Google y traten de alcanzar un puesto de responsabilidad en el gigante de Mountain View, California; uno de esos que multiplica por diez (o por cien) lo que gana un «analista de datos».

No toda la libertad es civil, ni mucho menos. También se va a la universidad, como dice Allan Bloom, «a tener una aventura con uno mismo». Recuerden que los 18 años de ahora son, siendo benévolos, como los 15 de antes. Un campus es un lugar donde se desarrollan intereses, proyectos y relaciones que con suerte nutrirán el resto de nuestras vidas. En la universidad, puesto que hay educación, también se aprende a vivir. Es igualmente un lugar idóneo para sacudirse prejuicios y falsas seguridades. El proceso no es fácil, ni cómodo. Como le decía al escritor Lewis Lapham uno de sus profesores más queridos, «una educación es como una herida que uno se inflige a sí mismo». No estoy seguro de que eso apetezca a todos, dada la histérica aversión a lo difícil y a lo doloroso que estamos desarrollando. Pero el anhelo persiste. Como escribe William Deresiewicz en El rebaño excelente:
Mis viajes de los últimos años me han enseñado que hay un hambre intensa entre los estudiantes de hoy de lo que la universidad tendría que estar haciendo, pero no hace: ayudarles a encontrar un sentido mayor, un propósito y un rumbo; proporcionarles una experiencia que les hable como seres humanos, no de amasijos de aptitudes; ofrecerles una guía para que afronten las cuestiones importantes de la vida; u otorgarles el simple permiso para pensar sobre esas cosas y el vocabulario con el que hacerlo.
Doy fe, en primera línea de fuego, de lo que Deresiewicz describe: sigue habiendo hambre de encontrar un camino entre tanto ruido y tanto vendedor de crecepelo. Lo de ser un esclavo también deja de tener gracia en cuanto te das cuenta. Y hasta en los peores momentos, saber y entender dignifica y da sabor a la vida. Nos gusta despreciar a los jóvenes (a nosotros, los viejos), pero son todavía muchos los que sueñan, al matricularse, con adentrarse en el mundo para vivir una genuina aventura. Gaudeamus igitur

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viernes, 3 de noviembre de 2023

"CONSPIRACIÓN DE SILENCIO" por JORDI NAVA

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO
«Estoy de pie aquí, la frente coronada de mil arrugas, estoy aquí de pie, como un viejo San Bernardo, y yo miro a la lejanía, muy lejos, hasta el confín de mi infancia...». 
Esta frase de Bohumil Hrabal está grabada junto a la figura del escritor checo que domina un mural callejero. En ella, en esa lejanía que llega hasta el confín de la infancia, habitan las mil anécdotas y experiencias que pueblan el universo literario de uno de los más universales autores de la antigua Checosolovaquia.
Bohumil Hrabal jamás habría desarrollado su personalísima voz si su frente no hubiera estado coronada por esas “mil arrugas” cuando comenzó a escribir en 1963. La intensidad lírica, el humanismo espontáneo y la magistral reivindicación de lo cotidiano que se conjugan en novelas como Trenes rigurosamente vigilados o Una soledad demasiado ruidosa son el fruto de los más de 50 años de intensa vida que Hrabal llevaba a cuestas cuando decidió dejar la fábrica metalúrgica en la que trabajaba como obrero y dedicarse a la literatura.

La fertilidad y el tardío despertar creativo de otros ilustres seniors, como el cineasta portugués Manoel de Oliveira, quien dirigió su primera película con casi 50 años y que sigue cámara al hombro a punto de cumplir los cien, avalan el valor de la experiencia y el conocimiento como fuente de inspiración.
La regla sirve también para el periodismo. Ahí está el caso de Seymour Hersh, el periodista que provocó un vuelco en las conciencias cuando en 1969 contó al mundo los horrores de Vietnam y de la masacre de My Lai. El mismo periodista que en 2004, con 67 años, tuvo el pulso firme para dar a conocer las torturas de la prisión de Abu Grahib. Con ello reveló el verdadero objetivo que se escondía detrás del empacho de barras y estrellas con que obsequiaba a los estadounidenses Fox News. Aquella oda patriotera liderada por Tony Snow, quien más tarde se convertiría en jefe de prensa de la Casa Blanca, no era más que la tapadera de una brutal operación de esterilización de un pueblo y una cultura al servicio de las fuerzas invasoras de Irak, como dejaban en claro las brutales fotos de las torturas denunciadas por Hersh.

Sin embargo, Seymour Hersh jamás renegará de su condición de estadounidense. Como periodista no le conviene, ya que por más que la Generalitat de Cataluña le honrara hace unas semanas concediéndole el premio Vázquez Montalbán, ejercer la profesión en España a su edad no es cosa fácil. Porque aquí, en esta piel de toro que los medios de comunicación estiran constantemente para que no se le vea arruga alguna, a los periodistas veteranos los mandamos a criar malvas en cuanto cumplen los 50.
Los expedientes de regulación de empleo que se han venido registrando en los últimos años en el ámbito de las grandes corporaciones de medios ocultan una lógica mercantil que raya la anticonstitucionalidad, al discriminar por razón de edad. También apuntan a la supresión de la condición de valor del periodismo senior, basada en el conocimiento y la experiencia.

Ocultos tras las pantallas

El síndrome de Peter Pan en el que viven instalados los cuarentones con alma de niño que rigen nuestra televisión se deja sentir en una parrilla donde las personas mayores brillan por su ausencia o encuentran triste acomodo en el papel de abuelo cebolleta.
El ocultamiento es la única expresión que encuentran los 7.332.267 mayores de 65 años que existen actualmente en España a la hora de verse reflejados en los medios de comunicación.
Las personas mayores representan en la actualidad el 16,6 por ciento de la población, pero en 2050 este porcentaje se habrá elevado hasta superar el 30 por ciento y constituirá el segmento de mercado más compacto y poderoso económicamente, en opinión de los sociólogos.
De poco sirve este dato. Tampoco aquél que nos revela que la cuarta parte de los lectores de prensa diaria en España tiene más de 55 años. Para los medios de comunicación, la imagen que corresponde a este importante segmento de su público es la del viejecito dando de comer a las palomas.

El lifting de nuestras pantallas no tiene límites. Juventud, lozanía y tersura acaparan con tiranía el prime time. La experiencia, la generosidad, el conocimiento, la honestidad, el valor del tiempo o la cercanía quedan orillados del espacio de la representación y como modelos sociales en beneficio del éxito inmediato y la aceleración.
En este universo orwelliano, la labor social de determinados colectivos en defensa del derecho de las personas mayores a estar debidamente representadas no tiene precio. Y es clave el apoyo que estas iniciativas puedan obtener para desplegar adecuadamente su actividad e intentar dotarla del mayor alcance posible.
En ello está la Universidad Permanente de la Universidad de Alicante a través de su “Observatorio de mayores y medios de comunicación” y la Asociación de Jubilados de la CAM, cuyos foros, en alguno de los cuales he tenido el honor de participar, han hecho suya esta causa.

Y es que por mucho que les pese a los eternos adolescentes del escenario catódico, hay que vivir para saber y más aún para entender. Está escrito en las páginas inolvidables de Bohumil Hrabal, en los reportajes de Seymour Hersh y en las películas de Oliveira. Por más que se empeñen olvidar y en querer hacernos olvidar.

NECESITO NUEVAS TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN 
PORQUE TODAS LAS QUE TENÍA YA SE HAN HECHO REALIDAD


martes, 26 de enero de 2021

NO FUIMOS NOSOTROS... 👴👵




NO FUIMOS NOSOTROS

Constantemente se critica a las personas más viejas porque no se adaptan al mundo moderno.

No obstante, después de una serena meditación, me gustaría señalar que, a pesar de habernos tomado lo bueno del mundo...  el romance en las relaciones amorosas,  el compromiso de la pareja, la responsabilidad de la paternidad, la unión de la familia,  el aprendizaje y el gusto por la cultura,  el sentimiento de patriotismo.
No acabamos con el respeto por los otros: especialmente por las mujeres y los ancianos, y tampoco fuimos nosotros los que eliminamos la paciencia y la tolerancia de nuestras relaciones personales, ni de nuestras interacciones con los demás.
De hecho, ¡ya soy una persona más vieja! pero aún puedo animar una fiesta, aunque sólo resista medio día...
Entretanto, puedo abrir frascos con tapas a prueba de niños, aunque tenga que usar un martillo.
Mas no pienses que me he vuelto un cascarrabias o intransigente. .Simplemente, creo que tengo edad para decir que hay cosas que ya no me agradan... 

Sin duda, nosotros nos responsabilizamos por todo lo que hicimos y no culpamos a nadie por eso.

No fuimos nosotros los que eliminamos:

La melodía de la música, el talento y creatividad de las obras artísticas, la buena voz a la hora de cantar, el orgullo por nuestra apariencia exterior, la cortesía al hablar, el romance en las relaciones amorosas, el compromiso de la pareja, la responsabilidad de la paternidad, la unión de la familia, el aprendizaje y el gusto por la cultura, el sentimiento de patriotismo, el bailar pegados.

No fuimos nosotros los que abolimos:

La urbanidad en la escuela y ciudades, el buen comportamiento intelectual, el refinamiento del lenguaje, el gusto por la buena literatura, la prudencia a la hora de gastar, la ambición de querer ser alguien en la vida.

No fue nuestra generación la que impuso:

La falta de respeto por los compañeros, la vulgaridad y la grosería, la falta de solidaridad con la gente en la calle, en las escuelas en los hospitales.

No acabamos con el respeto por los otros:

Especialmente por las mujeres y los ancianos, y tampoco fuimos nosotros los que eliminamos la paciencia y la tolerancia de nuestras relaciones personales, ni de nuestras interacciones con los demás.
Duermo como un bebe durante la noche, aunque al otro día el cuerpo demore en permitir que me levante. Aunque puedo reírme de las criticas, a pesar de que muchas veces me cueste oír bien, lo que dicen de mí.

Mas no pienses que me he vuelto un cascarrabias o intransigente. Simplemente, creo que tengo edad para decir que hay cosas que ya no me agradan.

Ya no me gustan los embotellamientos del tránsito, ni las multitudes, ni la música alta, ni los niños gritones y mal educados, ni los perros que laten incesantemente, ni sus mierdas en medio la calle, ni las filas eternas ni tantas otras cosas… que ahora no me acuerdo.

Pero tengo intención de seguir disfrutando de mi vida, la vida que Dios me dio, respetando a los otros y deseando que los otros me respeten, y no dejando de amar y sintiéndome amado.



miércoles, 24 de octubre de 2018

👤 MADUREZ: VIVIR Y SABOREAR MOMENTOS DE SOLEDAD

VIVIR Y SABOREAR MOMENTOS DE SOLEDAD
  • Una persona que no sabe estar sola, difícilmente podrá en esencia estar con alguien más.
  • Sólo el que es capaz de amar su soledad es capaz de amar a otros desde el desapego, desde el deseo y la preferencia, en la lugar de la dependencia y la necesidad.
  • Estar solos es el estado que nos permite realmente conocernos, sin fachadas, sin trajes, sin roles, sin tener que agradar, sin pretender cubrir expectativas ajenas…
  • Desnudarnos ante nosotros mismos, descubrirnos frente a un espejo, amarnos y procurarnos lo mejor, sólo lo conseguiremos desde la más absoluta soledad. Sólo allí apreciamos lo que somos, sólo desde allí podremos entender el propósito de nuestra vida.
  • El estar solos es una liberación que nos permite quitarnos de encima todo aquello que no nos permite ser nosotros mismos, para conocernos realmente y desde allí poder mostrarnos sin pretensiones, sin complejos, sin ego ante otros.


APRENDE A ESTAR SÓLO

Reflexiones de cumplir 65 años

sábado, 15 de septiembre de 2018

💪 LA VOLUNTAD ES MÁS IMPORTANTE QUE LA INTELIGENCIA



La voluntad es la clave para conseguir lo que uno se ha propuesto. Es la joya de la corona de la conducta. El que tiene educada la voluntad verá que sus sueños se irán convirtiendo en realidad.

La voluntad y la inteligencia forman un dúo decisivo en la geografía de la persona. A ellas se une otra pieza decisiva de nuestra psicología: la afectividad. Afectividad, inteligencia y voluntad constituyen un tríptico esencial que nos dirige hacia lo mejor.

¿Qué es la voluntad, en que consiste, cuales son los principales ingredientes que se hospedan en su interior? La voluntad es la capacidad para ponerse uno objetivos concretos y luchar hasta irlos alcanzando. Está claro que no es algo genético, sino adquirido. La psicología conductista la define así: capacidad para aplazar la recompensa. Es decir, para ir trabajando y fortaleciendo la voluntad es muy importante no buscar resultados inmediatos sino mediatos, sacrificar lo cercano por lo lejano. En esa travesía se encierra un principio que me parece muy importante: saber esperar y saber continuar.

Etimológicamente la palabra voluntad procede del latín voluntas, -tatis, que significa querer. Hay una distinción muy interesante si nos vamos a los matices. Desear es pretender algo de forma pasajera, momentánea, esporádica, sin continuidad, es algo que asoma en ele escenario de los intereses y luego se difumina. Por el contrario, querer es determinación, propósito firme, decisión sólida, es haber tomado la resolución de conseguir algo y entregarse a esa tarea. El inmaduro va detrás de los deseos según van apareciendo y luego los va desechando. El que tiene madurez quiere algo con fundamento y precisión, lo califica, lo precisa, delimita su campo y se lanza con todas sus fuerzas en esa dirección evitando la dispersión, poniendo a la voluntad por delante, para que tire en ese sentido. El deseo es más emocional, el querer pertenece al patrimonio de la voluntad. Dicho de forma más rotunda: voluntad es determinación.

Toda educación empieza y termina por la voluntad.

Los padres somos los primeros educadores. Un buen padre vale más que cien maestros. Educar es seducir por encantamiento y ejemplaridad; seducir con los valores; entusiasmar con las cosas que no siguen siendo valiosas con el paso del tiempo. Educar es convertir a alguien en persona; ayudarle a que se desarrolle de la mejor manera posible, en los diversos aspectos que tiene la naturaleza humana.

La voluntadmo es firmeza en los propósitos, solidez en lo planes a llevar hacia delante, ánimo ante las dificultades. Todo lo grande es hijo del esfuerzo y la renuncia. Quien tiene educada la voluntad es más libre y puede llevar su vida hacia donde quiera. Cuando la voluntad se ha ido formando a base de ejercicios continuos, está siempre dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar lo mejor. No eres más libre cuando haces lo que te apetece, sino cuando eliges aquello que te hace más persona. Aspirar a lo mejor y tener visión de futuro.

Quiero diseñar un decálogo sobre como fomentar la voluntad. Es una manera de atornillar tu tema tan rico, complejo e importante como este.

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence y lucha y cae y se levanta y vuelve a empezar. Esto tiene un nombre: hábito. Es necesario ir adquiriendo hábitos positivos de voluntad, la frecuencia y regularidad de un comportamiento positivo,

2. Para tener voluntad hay que empezar negarse y/o vencerse en estímulos e inclinaciones inmediatas. Esto es realmente difícil en los comienzos. Toda educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, esforzado, costoso.

3. Cualquier avance en la voluntad se hace más fácil si hay motivación. Estar motivado es tener el arco tenso para apuntar al mejor blanco. El ejercicio de tiro con arco en nuestros objetivos, se estira más gracias a los contenidos que lo motivan. ¡Lo que estudia una persona que prepara oposiciones para llegar a sacarlas. A lo que es capaz de renunciar en cuanto al placer de comer, una persona que está motivada para adelgazar! El que sabe lo que quiere tiene la voluntad preparada para la lucha.

4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados, medibles y además estables. Cuando esto es así y se pone el esfuerzo por ir hacia delante, los resultados positivos estarán a la vuelta de la esquina. La cabeza no tolera la dispersión de aquello que pretendemos conseguir. Ni tampoco querer abarcar más de lo que uno realmente puede. Aprender a renunciar es sabiduría y paz interior.

5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo austero, sobrio y costoso especialmente cuando se está comenzando. Los ríos desbordados y caudalosos de la juventud deben ser conducidos por un cauce que disciplina los impulsos y agavilla su volumen. Ahí tienen su puesto los padres por un lado y los educadores, por otro. Las grandes ambiciones, las mejores aventuras brotan de un pequeño riachuelo que crece poco a poco descendiendo la montaña y que se hace ancho y crecido en el valle.

6. A medida que uno tiene más voluntad se gobierna mejor y no se deja llevar por el estímulo inmediato. Tener voluntad es patrocinar la alegría. El dominio de uno mismo, es uno de los retos más nobles y que nos elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino más blando, sino que se dirige hacia lo excelente. Es la aristocracia de la conducta.
7. Una persona con voluntad se da cuenta de lo importante que es el orden. El orden empieza en la cabeza: el que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Orden en nuestra habitación, despacho o lugar donde funcionamos. Orden en los horarios. Orden en no querer ser salsa de muchos guisos, ni estar desparramado en demasiados asuntos. No olvidar esto: ordenar es tirar lo que sobra y no sirve; en la duda, tirar.
8. Una persona con voluntad alcanza lo que se ha propuesto si es constante. Esto significa tenacidad, insistencia, perseverar, no darse por vencido cuando las cosas empiezan a costar, empeño, tesón férreo. Es la política de los pequeños vencimientos. De ese modo podemos decir que somos enanos a hombros de los gigantes.
9. Una buena y adecuada educación de la voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza a la ingeniería de la conducta. Una persona con voluntad llega en la vida más lejos que una persona inteligente. Y al revés, una persona sin voluntad es siempre a merced de sus caprichos, traído y llevado y tiranizado por la filosofía del me apetece.
10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el ser humano es siempre una sinfonía inacabada. Cuando el tiempo se pose amarrillo sobre nuestras fotografías, que podamos decir: confieso que he intentado sacar lo mejor de mi mismo, a pesar de los pesares. Intentar hacer de la vida personal una pequeña obra de arte, cada uno según sus capacidades y exigencias. Trabajo de artesanía psicológica
Termino. Nihil difficile volenti, leí en una casa italiana en el frontispicio de su entrada: nada es difícil si hay voluntad. Buena parte del éxito o del fracaso en la vida personal dependen de la educación de la voluntad. El gran escándalo de este siglo XXI es: la perfección de los medios y la confusión de los fines. 
Enrique Rojas
Catedrático de Psiquiatría y autor del reciente "libro No te rindas" (Ed. Temas de Hoy)

La motivación es siempre la representación 
anticipada de la meta, lo cual conduce a la acción.
VOLUNTAD Y OBJETIVOS CONCRETOS.

Solo la voluntad nos determina. Todo comienza por el deseo, pero para pasar a buen término es necesario que éste se transforme en algo que se quiere. Desear y querer , dos pretensiones, una que navega pilotada por los sentimientos, mientras que la segunda es guiada por la voluntad. Desear es querer algo que se ve, aquí entraría como ejemplo clarificador todo el tema de los instintos o experiencias básicas; el hambre, la sexualidad, la sed, como el verse motivado a hacer algo poniendo la voluntad por delante, pues sabemos que eso nos plenifica, nos mejora, eleva la conducta hacia planos superiores. Toda la conducta motivada apunta hacia la elección. Voluntad es elegir y elegir es renunciar. Comportamiento mas lejano, que necesita sacrificar lo cercano y apostar por aquello que ilusiona, pero que está aun en la lejanía. Esto complica las cosas porque requiere ya un cierto grado de madurez. La respuesta se mantiene por el apoyo de una voluntad templada en una lucha firme y duradera.

Es el viejo dilema de medios y fines. Lo que mueve es algo bueno, que aparece en la razón como algo por lo que merece la pena esforzarse. La meta es un estímulo para la acción, sobre todo en los momentos difíciles. Es punto de referencia por donde la voluntad se desliza, poniendo de su parte una y otra vez, venciendo los posibles desfallecimientos que asomen de fuera y de dentro.

En la práctica, el desear y el querer aparecen mezclado, pero en la teoría es bueno separarlos, para saber en que terreno estamos. Cuando queremos lo que hacemos es preferir lo mejor. Y si la meta tiene grandeza, nos lleva poco a poco a una posición desde la cual vamos a ir siendo mas dueños de nosotros mismos: pasamos de lo pasajero y temporal a lo imperecedero e intemporal. Pero ¿qué es lo que arrastra?, ¿que hace que apuntemos hacia esa dirección? El sentirnos motivados por aquello que nos interesa.

La motivación es siempre la representación anticipada de la meta, lo cual conduce a la acción. A través de ella nos vemos llevados a realizar ese algo valioso que hemos elegido. A la larga debe ser alcanzar algo que nos llene realmente o también, pretender el mejor desarrollo personal.

Educar es convertir a alguien en persona. Introducir en la relidadad con amor y conocimiento. La educación es la base para edificar una trayectoria personal adecuada. Etimológicamente significa acompañar y extraer. Educar es cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con los valores, seducir con lo excelente. Eso significa comunicar conocimientos y promover actitudes, en una palabra, información y formación. Educar no es enseñarle a alguien matemáticas, literatura, arte o contabilidad, sino prepararlo para que viva su biografía de la mejor manera posible. Regala de urbanidad y convivencia, hábitos positivos para no ser sujeto masa, anónimo e impersonal.

La educación es la estructura del edificio personal, la cultura es la decoración. La primera enseña a nadar para no verse arrastrado por las mareas de todo tipo que amenazan al ser humano. La segunda enseña a vivir. La cultura es la estética de la inteligencia. Hablamos ya de un nivel superior, que empuja a caminar hacia unos objetivos verdaderamente dignos. Por eso la cultura es libertad. Espesor del conocimiento vivido, lo que queda después de olvidar lo aprendido.

El gran dilema estriba en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentar la voluntad cuando siendo la meta buena, positiva, la vemos como algo costoso y duro de entrada? Ya lo he dicho antes, para mi la respuesta la sintetizo así: sabiendo hacer atractiva la exigencia y mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del porvenir. ¿Cómo? Poniendo la inteligencia, sublimando los esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal, poniendo algunos toques espirituales que nos elevan por encima de las circunstancias. Los esfuerzos y las renuncias de ahora tendrán su recompensa. Solo el que sabe esperar es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La mejor de las metas es una ecuación entre felicidad y proyecto personal.

Esa conquista abre las puertas para la conquista de uno mismo, o lo que es igual, llegar a un autodominio a través del cual uno no se desvía de la meta, entregándose con ardor. Y a la hora de llevar a cabo algo desagradable, costoso, vienen a la mente los beneficios que se obtendrán y eso realimenta la lucha.

Hay que ponerse metas concretas, menudas, pequeñas y a por ellas. Dejar las grandes gestas para otros. Ir al heroísmo de hacer bien lo diario con alma, corazón y vida. El que tiene voluntad consigue que sus sueños se hagan realidad.


Catedrático de Psiquiatría

ORDEN Y CONSTANCIA
El orden y la constancia son dos joyas de la conducta. Cuando yo empezaba mis estudios en la Facultad de Medicina, gracias al influjo de mis padres y en especial de mi hermano Luis, me di cuenta de la enorme importancia que tenían ambas. Voy a desmenuzar su contenido.
El orden es un valor humano que se refiere a la buena disposición de las cosas entre sí y a saber poner cada una de ellas en el lugar que le corresponde. Pero el orden tiene muchos significados, se abre en abanico y nos ofrece un muestrario de posibilidades amplio y diverso. Aquí voy a referirme a la vida ordinaria, al día a día:

1. Orden en el horario: esta es la base. Levantarse a la hora adecuada y tener una regularidad de las actividades programadas. Cuando uno tiene orden, el tiempo se dilata y se llega a más cosas. Una hora fija aproximada de acostarse y de levantarse. La disciplina nos hace metódicos, dueños de nosotros mismos.
2. Orden en la habitación: entrar a la habitación de alguien es hacer un retrato psicológico del que la habita. Puede parecer de entrada una cosa sin importancia, pero el buen observador verá cómo están las cosas que esa persona tiene y maneja a diario. Cuando hay orden, aquello desprende paz, serenidad e invita a quedarse allí. Una habitación que es una leonera, donde el desorden campa por sus respetos y todo es caótico, refleja bien a las claras la persona que vive en ella. Que cada cosa esté en su sitio y después de utilizarla, devolverla a su lugar. Según la compañía de consultores Priority Management de Pittsbusrgh, una persona media gasta un año de su vida buscando cosas perdidas. Cajones, carpetas, libretas y tener en el ordenador todo bien clasificado. Este orden simplifica la vida y produce una tranquilidad casi inmediata. El orden aporta a la vida comodidad, eficacia, simplificación de la vida, calma.

3. Orden esa prender a tirar lo que ya no sirve. Es impresionante lo que uno puede llegar a guardar si no anda con cuidado. Ordenar es saber desprenderse de lo que estorba. Y en la duda: lo mejor es tirar. Qué paz produce sacar un cajón de su sitio, ponerlo encima de una mesa y empezar a mandar cosas inútiles a la papelera. Esto parece una anécdota pequeña, pero no lo es.
4. Orden en la cabeza. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Y para eso: aprender a ser concretos, no querer tocar demasiadas teclas ni ser salsa de muchos guisos. Aprender a renunciar es sabiduría. Y al mismo tiempo es esencial tener una jerarquía de valores bien establecida: lo que es decisivo, lo importante, lo ordinario, lo marginal. El orden mental es placer de la razón y sedante de la afectividad. Tener las ideas claras produce una alegría interior que no tiene precio. Orden en la forma de vivir, de trabajar, de pensar, de superar las adversidades. Orden ético, afectivo, en las prioridades… hay un orden oculto por debajo incluso de las apariencias, que toca a cada uno descubrir.
5. Ser organizado. A esta modalidad le llamaría yo orden dinámico, que no es otra cosa que prever, adelantarse, evitar la improvisación. Frente a los puntos anteriores que estarían dentro del espectro de orden estático.
6. Orden y, a la vez, saber ser flexible. Esto quiere decir saber aceptar los cambios e imprevistos que surgen y que forman parte de la vida misma y que rompen el orden que uno tenía establecido. Entre el desordenado de campeonato y el perfeccionista y maniático del orden, hay una gama rica y multiforme. El rígido perfeccionista sufre y se altera porque las cosas no siguen la secuencia por él establecida. La persona ordenada lleva bien estos hechos y no pierde la calma. El orden da armonía y equilibrio a la vida. Es más, me atrevería a decir que no hay verdadero equilibrio psicológico sin orden.
Constancia es tenacidad sin desaliento. Firmeza y perseverancia en los objetivos que uno se ha puesto. Es uno de los grandes pilares de la personalidad madura. Habiendo tomado una determinación concreta, constancia es no darse por vencido, crecerse ante las dificultades que surjan. Así se edifica un ser humano fuerte, firme, consistente, rocoso, de una pieza.
Todo hábito es continuidad en el esfuerzo: saber esperar y saber continuar. Es una forma de valentía contra la fatiga y la renuncia. Dice Unamuno en su Diario íntimo: «No darse por vencido, ni aún vencido». La persona constante se ha ido haciendo así a base de pequeñas renuncias, ganando batallas menudas hasta llegar a ser hercúleo, de piedra, difícil de derribar. Acabo de terminar en estos días el libro La vida oculta de Fidel Castro, escrita por Juan Reinaldo Sánchez, que fue durante 17 años su guardaespaldas y que en un momento determinado se dio cuenta del tráfico de drogas gestionado por Castro y su gente… Quiso dimitir de su cargo y fue a la cárcel, en donde tuvo el trato habitual de las cárceles cubanas, dos años de prisión y necesitó reunir el dinero para escapar de la isla doce años después para pagar a la red de pasadores los diez mil dólares que precisaba: su lucha fue titánica, sin desmayo, contra toda esperanza…
El que es constante va consiguiendo ser estable y no se detiene en el cortoplacismo, sino que mira en la lejanía, por sobreelevación, acostumbrado de vencerse aquí y allí.
El orden y la constancia tienen como fruto inmediato el conseguir objetivos concretos, medibles, bien delimitados. El fruto mediato es la alegría, que es estar contento con uno mismo intentando sacar lo mejor que llevamos dentro, venciendo presiones y resistiendo infortunios. De ese modo, irá ganando en fortaleza y será cada vez más libre.
La vida diaria sigue siendo la gran cuestión. El secreto del éxito de muchas vidas descansa en haber trabajado bien estos dos pilares: bravura intrépida escondida en el remanso de muchos días sencillos y normales, la grandeza de hacer bien lo ordinario y aguantar los momentos malos. Así todo se desliza hacia una vida lograda, que no es otra cosa que autorrealización.

Catedrático de Psiquiatría

COMO ALCANZAR LO QUE TE HAS PROPUESTO.
La voluntad es más importante que la inteligencia

La voluntad es más importante que la inteligencia. La vida con sus exámenes, va dando cuenta de si hemos sabido educarla, para sacar de nosotros lo mejor que llevamos dentro, la voluntad es un facultad psicológica que nos mueve a hacer algo. En un lenguaje más operativo diríamos: disposición interior para llevar algo a cabo anticipando consecuencias. El estudiante que en febrero es capaz de tener un plan de estudio, porque está ya pensando en los exámenes de junio.
La voluntad es lo más propio del hombre, tanto como la razón. Cada uno de nosotros es una promesa. Una intención de llegar a ser lo mejor que podamos. Para un niño o un adolescente o un joven, educar la voluntad significa de entrada la negación del instante inmediato y el esfuerzo por no satisfacer lo que está ahí, sino apuntar hacia el futuro. Lo inmediato es superado y rebasado por lo mediato, por lo lejano. El ser humano está siempre en marcha, su vector persigue el realizarse uno a sí mismo. Hay una distinción que se encuentra en el pensamiento clásico, entre desear y querer. Desear significa pretender algo, pero desde el punto de vista afectivo, sentimental: es como una ráfaga que se enciende en nuestros escenarios mentales y que pasa casi sin dejar rastro. Desearía ser más estudioso, mas ordenado, aprovechar mejor el tiempo o ser más culto o mejorar mi carácter... pero en muchas ocasiones eso es solo un pensamiento pasajero, que no se traduce en nada. Querer es buscar algo y poner toda la voluntad en ese empeño, es determinación, empeño, esfuerzo concreto que no se dispersa, de modo que se va alcanzando dejándose uno la piel en la empresa.

De ahí que se pueda concluir que desea la persona poco madura y quiere la que está más hecha y tiene más educada la voluntad. La alquimia de los deseos nos hace perder de vista el horizonte y apuntamos a demasiadas metas de forma transitoria, sin concretar.


Voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las metas, sin desanimarse ante las dificultades, sabiendo que todo lo grande es hijo de la renuncia. El que tiene voluntad es mas libre y lleva su vida hacia donde quiere. Su aspiración final es la independencia y la consecución de los objetivos concretos que se ha propuesto. El hombre es perfectible y defectible; puede ir hacia lo mejor de si mismo y también abandonarse y dar una versión pobre, desinflada, sin aspiraciones, que va tirando de su existencia como se arrastra un peso muerto.


En el ser humano el aprendizaje es mucho más importante que el instinto. La inteligencia ejecutiva es una facultad superior, distinguida y aristocrática que encarga el mando sobre el resto de las funciones psicológicas. La escasez de inteligencia ejecutiva no se cura con pastillas, sino con psicoterapia. Esa educación se realiza mediante la adquisición de hábitos positivos que conducen a huir de la filosofía del me apetece a aquella otra de hago lo que es mejor para mí.

Hay tres etapas importantes a la hora de poner la voluntad por delante en algo que queramos hacer:

1) Saber qué objetivo pretendemos y cuales son los medios con los que contamos; estar en la realidad personal, pero con ilusión. Dice Julián Marías que “la ilusión es un deseo con argumento, asociado a la vida biográfica”.
2) Viene después la determinación rotunda de que esa pretensión no sea algo fugaz, sin consistencia; de ahí que la voluntad podamos entenderla como energía, disposición decidida, tesón, tenacidad, insistencia que no se doblega ante las dificultades e imprevistos, que es capaz de crecerse en las dificultades... Un hombre capaz de obrar así es como una fortaleza amurallada. No habrá empresa que se le resista y antes o después irán llegando los frutos. El esfuerzo perseverante será capaz de sortear el cansancio y los avatares de tantas circunstancias como antes o después le sobrevendrán.
3) Por último está el mise au point, la puesta a punto. Solo la voluntad nos determina. Todo progreso personal tiene que contar con este esfuerzo de aprendizaje que la voluntad propone.
Este está tejido e hilvanado de hábitos, de ejercicios repetidos, de un acostumbrarse a hacer siempre lo más conveniente, aunque de entrada cueste.

El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. Y para mí esto es así porque lleva por delante cuatro herramientas claves: orden, constancia, motivación e la ilusión de llegar algún día a esas metas, alcanzando su cima cueste lo que cueste. De este modo la voluntad se convierte en una segunda naturaleza, en un ingrediente recio y compacto que se adhiere a la conducta y obra casi espontáneamente, merced a ese aprendizaje. Hay un entrenamiento que se repite otra vez.
La voluntad tiene mucho que ver con la motivación. Estar motivado es querer algo de veras, elegirlo y que merezca la pena la lucha por alcanzarlo. Ahí se produce una secuencia psicológica muy importante. Skinner, uno de los padres de la moderna psicología positivista, decía que toda conducta puede ser cambiada y organizada a través del refuerzo. Por eso algunos le han llamado “constructor de voluntades”, merced a las investigaciones llevadas a cabo en Harvard. El comportamiento es una verdadera ingeniería de estímulos y respuestas, basadas en premios y castigos. Gracias al aprendizaje se va produciendo esto. Los aprendizajes complejos se engarzan sobre otros más sencillos, a través de superposiciones y crecimientos. Así emerge el autocontrol: ese ser capaz de gobernarse a si mismo, siendo uno cada vez mas dueño de su persona y de sus planes.

El que tiene voluntad dispone de si mismo. Sabe vencerse, es capaz de renunciar a la satisfacción de lo inmediato y tiene visión de futuro. Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro, sino después de años de dejadez y abandono o de empuje, desvelos y obstinaciones repetidas en positivo. Aprender a vivir es ser capaz de superar las frustraciones que la vida impone con su devenir, alentados y espoleados por la meta: llegar a encontrarse uno con lo mejor de si, braceando contra el oleaje que, de frente, impide avanzar. Así se desliza todo hacia la madurez, mezcla de coherencia, espíritu de lucha en ese irse venciendo día a día en lo pequeño. Labor de orfebrería con uno mismo.
Sócrates le decía a su amigo Hipócrates lo siguiente: “sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma”. Por eso es tan importante la figura del educador. Se educa mas por lo que se es que por lo que se dice. Esto remite a aquel aserto castellano: “El ejemplo es el mejor predicador”. Y esto se observa con enorme claridad en la tarea de los padres hacia los hijos. Los padres no pueden pretender que los hijos vivan cosas que ellos no practican.
Hoy existe un nuevo educador: la televisión: influencia suele ser dañina, ya que fabrica jóvenes pasivos, incapaces de criticar lo que ven y que se entregan en brazos de la imagen, por una especial atracción difícil de combatir. Surge así lo que yo he llamado la “filosofía del me apetece”; “es que no tengo ganas, es que no me apetece, eso me cuesta, aquello otro no me gusta...” Por este derrotero se llega a una persona con voluntad débil: caprichosa, blanda, apática, veleta que gira según el viento del momento, inconstante, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos: en una palabra, una persona sin educar, a merced del primer estímulo que le llega desde fuera y que le hace abandonar lo que estaba haciendo. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce al que lo observa. Al no tener educada la voluntad se convierte en un muñeco de las circunstancias, traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante le pide el cuerpo. Esto le lleva de acá para allá sin rumbo, a la deriva. Alguien así está echado a perder, consentido, mal educado para cualquier tarea, estropeado.

Esto se manifestará más tarde en las cuatro notas primordiales de nuestro proyecto existencial: amor, trabajo, cultura y la propia personalidad. En el amor conyugal no llegará muy lejos, pues no sabe lo que es ceder, ni anteponer las preferencias propias a las de la otra persona, ni valorar la importancia del sacrificio gustoso y escondido. En la vida profesional, si no se enmienda, no doblará el cabo de sus auténticas posibilidades, instalándose en la mediocridad. Si la cultura es libertad, irá viviendo de espaldas a cualquier curiosidad intelectual, ya que esto comporta empuje y vencer la vía fácil y muelle de la televisión. Y envolviéndolo todo estará ese acompañante permanente que es la personalidad que irá estando mal diseñada, con poca armonía y escaso equilibrio.
¿Cómo educar la voluntad? Lo mejor es hacer ejercicios pequeños y repetidos en donde uno se vence. Ahora hago esto sin gana porque es mi obligación; luego me aplico a aquella otra tarea, que se que me cuesta, porque es mi deber; mas tarde, llevo a cabo aquello otro, aunque no me apetece, porque se que es bueno para mi... Así se sube uno en el jumbo de los objetivos concretos y los va alcanzando poco a poco. Las determinaciones serán férreas y los propósitos, rocosos. Porque el hombre que lucha está siempre contento.

El que tiene una voluntad fuerte la ha conseguido después de una brega pertinaz consigo mismo.

El resultado es un hombre recio, sólido, firme, consistente, que no se desalienta fácilmente. Una persona así consigue lo que se propone. En su fondo aletea la alegría. Pero no aquella del que no le duele nada, la del animal sano, sino del que es feliz por estar haciendo algo en la vida que merezca realmente la pena.
Entre la voluntad débil y la fuerte, caben distintas posibilidades graduales. Cada una refleja una trayectoria. Cada segmento de nuestra biografía va rindiendo cuenta de cómo ha trabajado la voluntad. El que tiene voluntad puede conseguir que sus sueños se hagan realidad, si persevera.
De los temas más ausentes de la psicología actual, la voluntad es uno de ellos. La voluntad es una joya que tiene buena venta en cualquier mercado y el que la tiene posee un tesoro. Aquí trato de sistematizar diez pautas de conducta positiva para ir avanzando en ello.

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence y lucha y cae y vuelve a empezar. A esto se llama en psicología hábito. Dicho en otros términos; es necesario adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas de forma deportiva y alegre que van inclinando la balanza hacia comportamientos mejores, más maduros y que a la larga se agradecerán, pero que de entrada cuestan enorme trabajo en una primera etapa, en donde la voluntad esta virgen, sin dominar.
2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos y estímulos e inclinaciones inmediatas. Y esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que llevar la voluntad que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y poniéndolas en práctica. Esto puede ser expresado en otros términos: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo austero, sobre todo cuando se empieza. La labor de los padres es decisiva; saber hacer atractiva la exigencia. La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que nos pide el cuerpo. Sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La supresión de obligaciones y de constricciones exteriores, el abandono de los grandes ideales y retos, el dejarse llevar por los estímulos del momento. La liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, para ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad.
3. Cualquier aprendizaje se adquiere más fácilmente a medida que la motivación es mayor. Estar motivado es tener el arco tenso para apuntar hacia el mejor blanco. El ejercicio del tiro con arco sobre nuestros objetivos, se estira más gracias a la fuerza de los contenidos que lo que mueven. Lo expresare de otra forma: el que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, es difícil que tenga la voluntad pronta y dispuesta para la lucha.
4. Es fundamental tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es así y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina. La cabeza no tolera la dispersión de objetivos. Ni tampoco querer abarcar más de lo que uno puede. Por eso produce mucha paz aplicarse a esos propósitos siendo capaz de dejar de lado todo aquello que aleja de esas metas. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distrae y desvía de los planes dibujados.
5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, sobre todo en sus comienzos. Los ríos desbordados de la garra juvenil hay que saber conducirlos hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí tiene su puesto la tarea del educador por un lado y la de los padres por otro. Hay una observación complementaria que quiero hacer, una vez llegados a este punto: las grandes ambiciones, las mejores aventuras brotan de un pequeño riachuelo que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.
En el alpinismo –tarea que se parece mucho al fortalecimiento de la voluntad- lo importante es dar pequeños pasos hacia arriba, se va ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas, sino merced a pequeños avances. Al principio, costosos, y después, ya mas fáciles, una vez que se vislumbra el paisaje desde la cima.
6. A medida que se tiene más voluntad uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar del estímulo inmediato. El dominio de uno mismo se va alcanzando mediante pequeños vencimientos diarios. El desprecio sistemático de las cosas pequeñas es la ruina de la voluntad.
Y por el contrario, la costumbre de vencerse en lo menudo nos va transformando en personas superiores, nos elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una clara aproximación a la felicidad.
Uno no hace lo que le apetece, ni lo más fácil, ni escoge el camino mas blando, sino que se dirige hacia lo que es mejor. Cuando la voluntad es mas compacta, ya esa persona ni se plantea si está cansado o aquello le cuesta, sino lo que sabe que será mas positivo para ella de cara a los planes diseñados.
7. Una persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto, si es constante. He comentado en las líneas que preceden que es menester poner en juego las piezas instrumentales de ella; el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría que no desfallece y la mirada puesta en lo alto del camino. Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador que deja en la estacada, groggy, a muchos perdedores en el ring social.
8. Es importante llegar a una buena proporción entre objetivos e instrumentos. Buscar la armonía entre fines y medios. Intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones. Pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo, poniendo en juego la motivación entrelazada de ilusiones.
9. La voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico. Una persona madura y con un cierto equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia. Por ese camino se llega la vida lograda. A la felicidad como resultado: estar contento con uno mismo y con los demás. Por eso la felicidad es una estación a medio camino entre lo demasiado y lo poco. Dicho de una forma más ampliada: la felicidad es un estado de ánimo positivo, al que se llega a través de la mejor realización posible de uno mismo.
10. La educación de la voluntad no se termina nunca. Lo que quiere decir que el hombre es una sinfonía siempre inacabada. Y que además el haber alcanzado un buen nivel, no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar el tejido del proyecto personal. También hay que citar la desorientación de la sociedad actual; tan permisiva y con pocos valores de referencia, lo que impide ver ejemplos positivos a su alrededor que puedan ser servidos como modelos de identidad.
Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. La vida es un resultado. Suma y compendio de lo que hemos ido haciendo con ella de acuerdo con un programa previo. El hombre debe convencerse de que la persona que tiene la voluntad consigue lo que quiere. Así de claro.El que tiene educada la voluntad sabe lo que es la alegría. Sabe que se aprende más bien poco de las victorias y mucho de las derrotas.
La alegría es un puente que está por encima del placer y por debajo de la felicidad. Las tres: placer, alegría y felicidad, forman un tríptico esencial. Y como telón de fondo, el esfuerzo por sacar lo mejor que tenemos dentro. Dicho de otro modo: La felicidad tiene en la voluntad un puente levadizo que nos abre una puerta importante para alcanzar la mejor realización personal.



No te rindas ante nada.
Saber mirar es saber amar.

Quiero empezar esta colaboración en el periódico de mi tierra, el Ideal, que yo leía de pequeño en mi casa junto al ABC de Madrid, y que de alguna manera ha marcado un segmento de la cultura que tengo.

Qué fácil es rendirse ante las dificultades de la vida, cuántas cosas nos pueden suceder y que vayan tirando de nosotros hacia la parte negativa. Decía Séneca que vivir es guerrear. Ángel Ganivet, ese granadino universal hablaba de la tendencia a hacer balances negativos en nuestra vida. Frente a los avatares de la vida podemos optar por el lamento e inculpación a terceros o bien tomar las riendas y decidir a dónde nos dirigimos. Algo muy importante para no rendirse es tener una visión larga de la jugada significa la inmediatez, la cercanía y en ella todos somos deficitarios, es decir, cualquier análisis de la vida personal en la inmediatez presenta demasiadas carencias. Y esto sucede en nuestras actividades diarias, en las relaciones personales, en la familia, en el trabajo… porque siempre hay flecos por resolver. Aceptarlos, crecer con ello e intentar superar es digno de madurez y buena salud mental. La visión larga nos lleva a pasar por encima de las cosas negativas. El hombre inteligente eleva su mirada que apunta hacia el porvenir.
La felicidad consiste en tener un proyecto de vida coherente y atractivo, con cuatro grandes notas en su seno: amor, trabajo, cultura y amistad. Programa de ingredientes diversos pero que están unidos por una línea esencial: la ilusión. La felicidad consiste en ilusión. La ilusión no es el argumento de la felicidad sino su envoltorio. Cuando recibimos un regalo, casi la mitad del regalo es el envoltorio, y el lazo que lo acompaña y ese minuto que dura el abrirlo que está repleto de expectación.

En mi libro No te rindas trato de sumergirme en los diversos territorios y provincias donde uno puede perderse y arrojar la toalla y en consecuencia uno se desencanta con facilidad y se cuela por un pasadizo pesimista que invita a perder la verdadera trayectoria que nos habíamos trazado.
Invito a mis lectores a crecerse ante la adversidad. A ser capaz de mirar hacia delante y hacia arriba. Dice Unamuno en su diario íntimo, que es un texto de retazos de escritos suyos cogidos por alumnos suyos de la Universidad de Salamanca: no darse por vencido ni aun vencido; no darse por esclavo ni aun esclavo. En ese sentido la felicidad es el sufrimiento superado: el pequeño, el cercano, el habitual y también el mediano y el grande.
Vivimos en tres eras psicológicas que se entrecruzan en el mundo actual: era de la depresión y era del estrés, a las que se ha unido en los últimos años una nueva etapa malévola y terrible que ha ido asomando como un iceberg hasta colocarse en el mismísimo centro: la era del desamor. Las tres forman un tríptico real que refleja muchas cosas de lo que está sucediendo en nuestra cultura.
La depresión es el embotamiento del estado de ánimo. Mientras que la tristeza es la lucidez del perdedor. En el primer caso hablamos de enfermedad, en el segundo de una melancolía que da nitidez al que la siente. El estrés es el ritmo trepidante de vida sin tiempo para casi nada. El desamor consiste en no haber sabido o podido gestionar de forma adecuada el parque jurásico de los sentimientos.
Las batallas las ganan los militares; las guerras, los maestros. Debemos desarrollar una maestría singular para dirigir nuestros pasos hacia lo mejor. La vida es la gran maestra, enseña más que muchos libros. Vivir es arriesgarse , adelantarse, programar, saltar por encima de las dificultades y volver a empezar. Dice Virgilio en su libro Las Geórgicas: félix qui potuit rerun cognoscere causas, “feliz el que puede saber la razón de las cosas.”

Amo pobre no necesita criado. Ser rico significa que ese programa de vida personal al que he aludido al principio de este artículo será a la vez sugerente y realista, atractivo e instalado con los pies en la tierra.
La felicidad es una conquista. No es un a priori, sino un a posteriori. La felicidad consiste en un estado de ánimo donde uno va superando las derrotas personales y ese titanic termina haciendo que te sientas en un cierto estado de plenitud, en donde los que pierden ganan, en donde los sufridores se levantan.
Leí hace poco en un viaje mío a Roma en una casa con mucha tradición cultural la siguiente leyenda: nihil diffícile volenti, nada es difícil si hay voluntad. En este paisaje que he dibujado, en esta pincelada psicológica se alza la voz propia la voluntad, la joya de la corona de la conducta. Debemos meterla en nuestro mapa del mundo personal y que se cuele por los entresijos de su geografía. La personalidad es la arquitectura del edificio de uno mismo y nuestra fachada.

Termino. Todos tenemos tres caras: lo que yo pienso que soy (autoconcepto); lo que otros piensan de mi( imagen); y lo que realmente soy(la verdad sobre mi mismo).
Saber mirar es saber amar.

Enrique Rojas
Catedrático de Psiquiatría Madrid
Autor de No te rindas, (Editorial Planeta 2012).





VER+:







LA CONQUISTA DE LA VOLUNTAD


LA MADUREZ DE LA PERSONALIDAD


ENRIQUE ROJAS MONTES "NO TE RINDAS"

¿La voluntad es innata o podemos desarrollarla?¿Por qué a veces podemos dominar nuestros actos? Estas y otras preguntas nos la aclara el profesor José Carlos Aranda