EL Rincón de Yanka: LIBRO "EPIGRAMAS PARA UN MUNDO QUE SE MUERE" 💀 POR BRUNO MORENO RAMOS

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lunes, 8 de junio de 2020

LIBRO "EPIGRAMAS PARA UN MUNDO QUE SE MUERE" 💀 POR BRUNO MORENO RAMOS



EPIGRAMAS
PARA UN MUNDO 
QUE SE MUERE


Ni el pesimismo ni el optimismo son cristianos, porque equivalen a pensar que todo va a ir mal o todo va a ir bien porque sí, sin razón. Lo propio del cristiano es la esperanza, que no defrauda porque está basada en la misericordia y el poder de Dios. Confío en que el libro no transmita pesimismo ni tampoco optimismo, sino una visión esperanzada de este mundo en decadencia en el que Dios ha querido que vivamos.
Vivimos en un mundo que se muere. La civilización occidental cristiana, que durante dos milenios transformó por completo la historia de los hombres, se encuentra hoy en franca decadencia y, salvo milagro, se vislumbra ya su práctica desaparición.Ante este panorama, Bruno Moreno nos ofrece cuatrocientos epigramas, o frases cortas e incisivas en verso, que se dejan de tonterías y van directamente al grano. Cuando las cosas están muy mal no es tiempo de hablar con rodeos y, si un epigrama irrita y duele, es que está cumpliendo su misión. 
Epigramas para un mundo que se muere refleja una visión profundamente cristiana que a la vez lamenta lo perdido, critica sin piedad los males y errores de nuestro tiempo y ofrece una esperanza firme. Gobiernos indignos, filosofías modernas, cristianos acomodados, clérigos desnortados y tantas otras lacras de nuestro tiempo reciben punzantes (y merecidos) dardos, pero sin caer en el pesimismo o la desesperanza ni perder el saludable buen humor. Este libro, además, hará las delicias de los aficionados a Twitter. ¡Citable diez veces al día!



Prólogo prescindible de rigor


Es difícil negar que nuestro mundo occidental está muriendo. Puede haber distintas valoraciones sobre las causas de esa agonía, el tiempo que aún nos queda o lo que convendría hacer al respecto, pero caben pocas dudas sobre el hecho en sí: nuestra civilización lleva tiempo en decadencia y todo parece indicar que se acerca su final.

Basta echar un vistazo alrededor para darse cuenta de ello. El olvido de los principios fundamentales de la moral y de la razón misma, el olvido de la contemplación, la barriobajerización de la clase política, la práctica desaparición del matrimonio para toda la vida, la normalización de las familias rotas o heridas, las burlas contra la fidelidad y la virtud, la caída de la natalidad y el menosprecio de las vidas más desprotegidas son otras tantas señales, entre muchas, que apuntan hacia el derrumbamiento de toda una sociedad. 
"Un reino dividido contra sí mismo no puede subsistir", advirtió Cristo en el Evangelio, y si hay algo evidente hoy es que Occidente está profundamente dividido y enfrentado en cuestiones que afectan a su misma esencia.

Ante situaciones de este cariz, quiero imaginar que un español de otros tiempos habría hecho una de tres cosas: rezar, desenvainar la espada o escribir versos. En este libro, yo me he decantado por lo tercero, aunque sin desdeñar, como verán los lectores, lo primero y lo segundo. Me atrevo, pues, a ofrecerles estos cuatro centenares de epigramas, es decir, versos cortos que no pueden presumir de altos vuelos literarios, pero se esfuerzan por transmitir de forma incisiva y llamativa algunas de esas verdades necesarias que parecen haberse olvidado.

La gracia de un epigrama está en su brevedad. No es un tratado ni un ensayo, sino más bien un relámpago, un fogonazo en la oscuridad que puede iluminar realidades que anteriormente no habíamos visto o habíamos confundido con algo que no eran. No hace falta más. Una vez que el epigrama llama la atención sobre un tema, su misión ya está cumplida y le toca al lector reflexionar sobre la intuición que haya podido despertar en él la lectura.

En ese sentido, los epigramas saben mejor a pequeños sorbos y dejando que respiren. No tiene sentido empacharse leyendo el libro entero de un tirón como si fuera una novela. Por ello y siguiendo una vieja costumbre de este género literario de la que ya dan testimonio Marcial y Juvenal, los epigramas están, como la vida misma, intencionadamente desordenados y además salpicados con bromas, ironías y sarcasmos (que, como efecto secundario, han hecho que escribir el libro resulte mucho más divertido).

Conviene dejar claro que no pretendo ofrecer ideas originales, nuevas o innovadoras. Al contrario, el lector atento probablemente encontrará en estas páginas ecos de multitud de buenos autores, desde Chesterton, Bloy, Tolkien, Dante o Santo Tomás de Aquino hasta Christopher Dawson, Papini, Gómez Dávila, García-Máiquez, Cervantes, John Senior, Balmes, San Agustín, Virgilio o Cervantes, pasando, por supuesto, por los viejos epigramistas romanos o griegos. Sin ellos, entre otros muchos, difícilmente habría tenido algo interesante que decir. La cultura y el saber son, ante todo, tradición y es en parte por olvidar esto que hemos llegado a la situación actual.

Aprovechando el saber y la experiencia que nos han legado los siglos, estos epigramas intentan despertar a los que duermen, aguijonear a los que siguen cómodamente sentados en sus sillones y escandalizar (en el sentido etimológico de la palabra) a los que necesitan ser escandalizados. Nuestro mundo se derrumba y muchos cristianos se tapan los ojos y los oídos para poder convencerse a sí mismos de que no pasa nada. Como le tocó al profeta Jonás, salvando las evidentes distancias, hoy nos toca proclamar que "dentro de cuarenta días Nínive será destruida" o que nuestra civilización se muere, que para el caso es más o menos lo mismo.

También confío, paradójicamente, en que estas páginas sirvan para dar una palabra de esperanza a los que la están perdiendo. Frente a la esterilidad del pesimismo cínico o el optimismo ingenuo como respuesta a los graves problemas de nuestro mundo, sigue resplandeciendo hoy la esperanza cristiana. Es una esperanza "contra toda esperanza", porque no se sustenta en las meras fuerzas humanas, sino que viene de lo alto, como un don. El cristiano, incluso en medio de la derrota más profunda (y sin duda la caída de la civilización cristiana lo es), no se cansa de esperar un milagro, porque ya ha experimentado que los milagros son posibles y Dios puede hacerlo todo.

Con esos nobles propósitos, que dejan bien chico el resultado, publico estos epigramas, confiando en que los lectores los encuentren provechosos y quizá, en ocasiones, provechosamente irritantes. Cada epigrama tiene que ser, como decía Juan de Iriarte, "pequeño, dulce y punzante", especialmente esto último. Si no irritan, al menos de vez en cuando, no han cumplido su labor; si no pinchan, es que no han logrado penetrar bajo la piel. Como decía Bernanos, la sal sobre una herida quema, pero también impide que la carne se pudra. El mundo actual se está pudriendo antes nuestros ojos y necesita desesperadamente la sal del Evangelio y la cultura cristiana, que otrora fue capaz de infundir nueva vida a una civilización romana también agonizante.

La introducción de una colección de breves epigramas, si su autor tiene un mínimo sentido del ridículo, no puede prolongarse mucho, así que termino ya y me retiro discretamente. Antes, sin embargo, quiero tener el gusto de desear al lector que al menos disfrute tanto con la lectura de este libro como yo he disfrutado escribiéndolo.

1. De todo y nada y lo demás también

¿Por qué será, me pregunto
que, cuando esta España nuestra 
era un país de poetas,
nos comíamos el inundo?

Si aquellos que nos gobiernan 
odian a España y su historia, 
¿a qué viene la sorpresa
cuando otra vez nos traicionan?

El secreto tan buscado 
de ser feliz es sencillo:
gloria al Padre, gloria al Hijo, 
gloria al Espíritu Santo.

Jamás pronuncie tu boca 
ese "todo es relativo", 
obra del ángel caído,
que hiede a Mordor y a sombras.

El supuesto mal menor, 
manido y recomendado, 
finalmente ha demostrado
que siempre fue el mal mayor.

Necesitamos gobiernos 
que sepan gobernar poco 
y resistan el deseo
de ir devorándolo todo.

Quizá no pueda encontrarse 
otro silencio mayor
que el silencio insoportable 
del que no conoce a Dios.

Nuestra ignorancia ha de ser 
grande como el universo, 
pues ni siquiera entendemos 
lo que significa "ser".

Si perdieran los relojes 
de pronto sus minuteros,
seríamos mas señores
y menos siervos del tiempo.

¿Qué tendrán tantos obispos
que, en cuanto empiezan a hablar, 
uno nota un regustillo
como que les falta sal?

Con dos sueldos, Ana y Bruno, 
tendréis una vida plena,
pues podréis pagar (apenas)
lo que antes pagaba uno.

Si Antonio te cuenta a ti 
cotilleos tan jugosos ,
piensa que, dentro de poco,
otros contará de ti.

Cuando se equivoca un necio, 
decimos que es ignorancia; 
cuando son millón y medio, 
lo llamamos democracia.

Pronto la ciencia hallará 
cómo ser siempre feliz: 
basta con redefinir
lo que es la felicidad.

¿Mide el reloj de pared
el tiempo que ha transcurrido 
o el tiempo que ahora es?
¿Y es lo mismo o no es lo mismo?

- Vota otra vez (y van veinte) 
al horrendo mal menor.
- ¡Calla, lengua de serpiente, 
deja de manchar mi honor!

De entre cien libros modernos, 
apenas hallarás uno
que no tenga por abuelo 
a Maese Perogrullo.

Solo en los libros antiguos 
encontrarás medicina
que sane los desvaríos
del mundo relativista.


No hay en el mundo alegría 
que al hombre pueda saciar, 
cada gozo solo aviva
el ansia de eternidad.

Debajo de cada error 
hay una verdad oculta,
que el equivocado busca, 
a tientas, con su razón.

No es que Dios guarde silencio, 
es que hacemos mucho ruido 
cuando nos habla al oído
no sea que lo escuchemos.

No hay en este mundo 
nada que no nos hable de Dios 
cuando está dispuesta el alma 
y prestamos atención.

¿Quieres agradar a todos?
No digas ni sí ni no, 
cambia lo claro en dudoso
y causaras sensación.

La verdad es cosa recia
que no admite contrincante, 
por eso al que la venera
lo llaman intolerante.

El trabajo es necesario 
desde los tiempos de Adán, 
pero solo un pobre esclavo 
vive para trabajar.

Si contemplas al trasluz 
el alma de una botella, 
verás un ánfora griega
y el Mediterráneo azul.

De esta democracia el mal
no es que voten las personas, 
el problema es que se vota
lo que nunca hay que votar.

La autoridad, como todo, 
es buena en justa medida: 
si hay poca, sirve de poco; 
si es demasiada, te asfixia.

Doce apóstoles bastaron 
para convertir la tierra, 
bastarían otros tantos 
para esta tierra moderna.

Gracias por los resfriados, 
gripes, virus, epidemias, 
cánceres, pestes e infartos
que humillan nuestra soberbia.

Recuerda, como el Tenorio, 
que un punto de contrición 
en el pecado más hondo
da al alma la salvación.

Si la Iglesia lleva ya
veinte siglos de sermones,
¿por qué predican tan mal 
los malos predicadores?

Gracias a don Interné, 
a los siete capitales
tendrán que corresponder 
otros siete virtuales.

La tremenda paradoja 
que plantea nuestra vida 
es que su juicio y corona 
están allende la vida.

Reuniones interminables, 
edificios de cemento
y cadenas de montaje
son mementos del infierno.

Nietzsche y su filosofía 
con rigor han demostrado
que el superhombre termina 
al nivel de los caballos.

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