EL Rincón de Yanka: 📘 LIBRO "RAZÓN, FE Y LA LUCHA POR LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL" POR SAMUEL GREGG

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sábado, 27 de junio de 2020

📘 LIBRO "RAZÓN, FE Y LA LUCHA POR LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL" POR SAMUEL GREGG



Occidente es, qué duda cabe, un concepto difícil de definir. En consecuencia, y para abordar la cuestión que este libro plantea, Samuel Gregg comienza proponiendo una serie de criterios que pueden servir para caracterizarlo. Podríamos remarcar las grandes obras que Occidente ha engendrado, señalar sus artistas o mencionar sus personajes relevantes. No obstante, ninguna de esas cosas, aunque occidentales, arrojarían luz sobre qué es en realidad Occidente, sobre cuál es su verdadera esencia. 
Así, tras un exhaustivo análisis, el autor concluye que lo que caracteriza Occidente es la preocupación por la libertad, la búsqueda de la Verdad y la razón. En otras palabras, Occidente no es sino la combinación de la “libertad racional” y las religiones judía y cristiana. Por tanto, la civilización occidental ha enfatizado lo que el teólogo Servais Pinckaers llamaba la libertad por excelencia. La idea más completa de libertad de Occidente es, en consecuencia, lo que Edward Gibbon denominó “libertad racional”: una situación en la que nuestras pasiones están regidas por nuestra razón. Sin embargo, este fuerte apego a la razón no explica por sí mismo del carácter distintivo de Occidente. 
Sin las religiones cristiana y judía, no hay Ambrosio, Benito, Aquino, Maimónides, Hildegarda de Bingen, Isaac Abravanel, Tomás Moro, Isabel de Hungría, Juan Calvino, Ignacio de Loyola, Hugo Grocio, John Witherspoon, William Wilberforce, Sören Kierkegaard, Fiódor Dostoievski, C. S. Lewis, Edith Stein, Elizabeth Anscombe, la Reforma, la Universidad de Oxford, La vocación de san Mateo de Caravaggio, La pasión según san Juan de Bach, La Divina Comedia de Dante, los Pensamientos de Pascal, Hagia Sophia (la antigua catedral de Constantinopla), Mont-Saint-Michel, o la Gran Sinagoga de Roma. 
Sin la visión de Dios articulada primero por el judaísmo y luego infundida en el tuétano de Occidente por el cristianismo, es muy difícil imaginar avances como la deslegitimación de la esclavitud o la desdivinización del Estado y del mundo natural.

La respuesta correcta a la famosa pregunta de Tertuliano —«¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?» — es «todo». 
A partir de la definición de Occidente, Samuel Gregg enuncia un atinado diagnóstico de los males que lo afligen. La proliferación de corrientes filosóficas y teológicas tales como el materialismo, la religión liberal, el prometeísmo, el cientificismo y el relativismo autoritario –frutos putrescentes de una modernidad hastiada de sí– ha quebrado la unión entre razón y fe, que tan fecunda resultó durante siglos y que tan necesaria sigue antojándose hoy. Esta ruptura entre cristianismo y logos está en el origen, además, de algunos de los acontecimientos más atroces de la historia de Occidente. Todos ellos son resultado de la barbarie, que aparece cuando se olvida el sano equilibrio, la necesaria combinación de la razón y de la fe. Tampoco pueden explicarse otros horrores de la historia occidental sin prestar atención a factores específicos, históricamente contingentes. 

¿Hitler habría alcanzado el poder sin las cicatrices que la Primera Guerra Mundial había dejado en Alemania? ¿Habría triunfado la facción bolchevique en Rusia sin el carácter absolutamente implacable de Lenin? ¿Acaso la eugenesia y la ciencia racial habrían logrado una amplísima aceptación en entornos occidentales instruidos sin la aparición de El origen de las especies, de Charles Darwin? No obstante, el continuado resurgimiento de este tipo de corrientes y acontecimientos en las sociedades occidentales sugiere una tensión muy profunda y que durante mucho tiempo ha permeado la cultura occidental, afectando a los fundamentos de la razón y de la fe. 

Las civilizaciones ―así nos lo enseña la Historia― desaparecen cuando reniegan de su razón de ser. Y es esta renuncia la que Occidente lleva tiempo haciendo. Así, frente a lo que suele pensarse, las amenazas no provienen sólo del exterior ―como el yihadismo― sino también, y sobre todo, de sus mismas entrañas. Si la integración única de razón y fe en Occidente es una característica definitoria de su civilización, debemos concluir que esta civilización se encuentra en grave peligro. Pero Occidente es aún salvable, puesto que el proceso de desintegración es reversible. Frente al mundo mecanicista del materialismo, el autor defiende un mundo creado por amor y que por amor puede ser alterado. 

Frente a la realidad caótica y desprovista de sentido que predican los relativistas, reivindica una realidad cargada de logos, de razón. Frente al pesimismo de escépticos y subjetivistas, nos recuerda que el hombre puede descubrir ese sentido que vertebra todo lo real. Y frente a la cacareada incompatibilidad de razón y fe, afirma, en fin, una verdad incontrovertible: que la fe sin razón es superchería y la razón sin fe, simple locura.


"La raíz de la libertad se encuentra en la razón.
No hay libertad sino en la verdad". 
Santo Tomás de Aquino

"LA VERDAD ES LA GARANTÍA DE LA LIBERTAD". 
BENITO XVI

"No tengáis miedo a la verdad, creed en Jesucristo, sentíos orgullosos de pertenecer a su Iglesia. Porque solo Él –Jesús– es el redentor del hombre. Solo Él es la verdad que garantiza vuestra libertad, vuestra prosperidad, vuestra dignidad, vuestros derechos, vuestro presente y vuestro futuro". San Juan Pablo II
PRÓLOGO

PISOTEAR CATEDRALES 

En el peor de los casos, Occidente ha muerto; en el mejor, agoniza. Y entre todas las señales que así lo indican, la más incontestable es el turismo. Basta entrar en cualquier catedral y toparse con el rebaño que en su interior deambula descontando los minutos que le separan del almuerzo. Creen de rigor fijarse en las bóvedas de crucería y así lo hacen mientras se preguntan cuánto más hay que mirar para amortizar los tres euros de la entrada, que, por cierto, les han parecido un abuso. Entre quienes labraron el retablo mayor y los que ahora creen que su función es servir de telón para las fotos, hay una ruptura definitiva. Y quizás nuestra aportación más valiosa a esos apabullantes bosques de piedra sea la rampa para minusválidos; también los letreros, las audioguías y un histérico afán de conservación, resultado de la callada certeza de que hemos perdido la inspiración para volver a construir algo tan bello. 

Occidente se ha convertido en un cadáver perfectamente visitable por cuyos restos, además de un sinnúmero de asiáticos, paseamos nosotros, sus indignos herederos. Por eso las catedrales empiezan a resultarnos inconcebibles: hemos perdido la fe que las levantó. Nada queda de la temerosa reverencia de aquel Occidente pecador hasta las corvas pero redimido por entero. Hemos dado la espalda al Dios que se inclinó y, en un arranque –entiéndanme, entiéndeme– de debilidad, creó una criatura a su imagen y semejanza. Una criatura capaz –y es tal vez el mayor privilegio– de ser traspasada por la belleza; capaz también de leer esa larga epístola que es el mundo. 

Lo escribió san Juan Pablo II en Fides et Ratio: «En Dios está el origen de cada cosa, en Él se encuentra la plenitud del misterio, y ésta es su gloria; al hombre le corresponde la misión de investigar con su razón la verdad, y en esto consiste su grandeza». Así, las catedrales afloraron en el convencimiento de que el mundo había sido creado ordenada e inteligiblemente, de que, como se lee en el Libro de la Sabiduría, todo fue dispuesto según «medida, número y peso». Los hijos del azar harían –hacemos– templos de otro tipo. Y si fueron la fe y la razón quienes edificaron las catedrales, es porque ambas están en los fundamentos de Occidente. Esa es la tesis que sostiene Samuel Gregg, director de investigaciones del Acton Institute; y está tan bien, tan claramente sostenida en este Razón, fe y la lucha por la civilización occidental, que no seré yo quien le lleve la contraria. 

Recuerdo a un profesor de la Facultad que, desolado por el estado de la mente y el alma de sus alumnos, solía fustigarnos: “Los griegos le dieron la razón y los judíos la fe, pero ustedes demuestran carecer de ambas”. Lo segundo bien podía ser cierto; lo primero no del todo. El pueblo judío no era alérgico al pensamiento y había mucha racionalidad en su concepción de un mundo legible o en la importancia que daban al libre albedrío. Como se explica en el segundo capítulo, antes de la llegada de los cristianos había coincidencias fundamentales entre parte de la cultura clásica y la cosmovisión israelita. No estaba lejos Yahvé del Logos platónico. Sin embargo, las semejanzas no limaron puntos irreconciliables. Es ahí donde entra el cristianismo como una pieza intermedia, la parte central de un tríptico que daría lugar a la civilización occidental. 

«En el principio –arranca el Evangelio de san Juan– era el Logos», y en ello habrían estado de acuerdo tanto unos como otros; pero entonces, he aquí la prodigiosa novedad, escándalo para los judíos, locura para los griegos, «el Logos se hizo carne y habitó entre nosotros». Y aunque la Encarnación se produce dentro de un pueblo concreto, tiene un alcance universal: la empresa salvífica se dirige a toda la humanidad, al hombre sin apellidos. Porque existe el hombre, es decir, existe una naturaleza humana querida por Dios. Y quiso que en nuestro corazón estuviera inscrita una ley moral en consonancia con la natural, y que nuestra alma se alimentara de fe, y que nuestra mente alojara una razón capacitada para hallar la verdad y, en libertad, guiarse por ella. Este era el hombre revelado por el cristianismo: imagen de Dios, caído, redimido, libre, sediento de verdad y con un corazón sellado por la ley de Dios. Resulta casi comprensible que levantara catedrales. 

Cabe entonces preguntarse cuándo empezó el declive. Hilaire Belloc sostuvo que con el aislamiento del alma que conllevó la Reforma; para Richard M. Weaver la primera ficha la dejó caer Guillermo de Ockham con su rechazo a los universales, que implicó la negación de la experiencia trascendental, resquebrajó el concepto de Verdad y desembocó, fatalmente, en el relativismo. La propuesta de Samuel Gregg, inspirada en su admirado Benedicto XVI, engloba ambas y se vertebra en las diferentes patologías que han afectado al equilibrio entre razón y fe, los dos puntales de Occidente. 

Así sucedió, por ejemplo, durante el Siglo de las Luces. Aunque Gregg insiste en que buena parte de los ilustrados no veía incompatible su fe con los progresos que anhelaban, surge entonces un punto de vista racionalista que, se quisiera o no en un principio, enclaustraría la verdad dentro de los límites de lo empírico. Ahí se abrió una herida en la metafísica por la que acabaría desangrándose. Y si el hombre deja de ser metafísico, si, como decía Kant, deja de hacerse preguntas a las que no pueda dar respuesta, ¿en qué se convierte? Fácil: en nosotros, en individuos amputados, desmochados, como esos cipreses a los que rebanan la punta; el hombre se convierte en un seto. 

Asimismo, la Ilustración, caja de los truenos en lo que a patologías de la razón se refiere, negará, vía Locke, la existencia de la naturaleza humana. Nada habría de antemano que pudiéramos llamar hombre más que algo elástico y maleable por las sensaciones y el entorno. No cuesta encontrar actualmente ramificaciones de ese pensamiento en sujetos que se rebelan contra su condición de criatura. Seres, paradójicamente, en lucha con lo que son; “cosas” –y puede que sea demasiado preciso– que fluyen, cambian y parpadean en busca de un bien tan indefinido como ellos. Folios en blanco donde se ha borrado la escritura de Dios. 

El problema es que la eliminación de Dios crea un vacío; y atraídos por esa oquedad, pronto acuden otros profetas a plantar sus huevos. En ese menester, ninguno hasta hoy ha aventajado al bueno de Marx, quien, con el pretexto de seguir un método científico, alumbró una visión religiosa a la que no falta un perejil. Y es precisamente en lo que tiene de religión donde reside el motivo de que el comunismo nunca se vaya del todo. Incluso ahora que sus herederos maman con fingida displicencia de las ubres del capitalismo, la fe marxista no se extingue, sino que muta. Lo que fuera el proletariado deviene en colectivos oprimidos por… bueno, depende del colectivo y de la hora del día, pero en general apuntan a la cultura occidental como origen de sus quebrantos. Y no deja de ser curioso que se atrincheren en los departamentos de unas universidades que no habrían surgido en ninguna otra civilización. Lo que se concibió como centros para encontrar la Verdad ya no echan al mundo más que bastardos: la verdad feminista, la verdad con perspectiva de género, la verdad racializada, la posverdad… Ecos de la implosión de Occidente. 

Y si cuando la razón se emancipa de la fe las consecuencias son nefastas, no son mejores cuando pasa en el sentido contrario. Como defendió san Agustín, hace falta «creer para comprender», pero también «comprender para creer». A pesar de que la inteligencia humana no pueda por sí misma alcanzar la Revelación, esta debe resultar razonable. Asegura santo Tomás que «el hombre no podría asentir por la fe a ninguna proposición, si no la entendiese de alguna manera». Y cuando esto se olvida, cuando la fe se desliga completamente de la razón, de su lado objetivo, entramos en el segundo tipo de patologías que amenaza la pervivencia de Occidente. 

Ahí, el principal objetivo de Gregg será la religión liberal. En palabras de san John Henry Newman, la susodicha enseña que «la religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto», materia de opinión sin ninguna base objetiva; con lo que podríamos llegar a la curiosa situación de tener tantas religiones como creyentes. La muerte de la doctrina, tan rígida, tan ajena a las sutilezas contemporáneas y, sobre todo, tan indiferente al apodíctico, sacrosanto sentimiento de cada hijo de vecino. Es, fuera de toda duda, la tentación más grande del catolicismo actual. Una Iglesia incómoda con su doctrina, que pone una boca minúscula para proclamar la verdad, que ansía acomodarse, aguarse, actualizarse, hacer la vista gorda con aquellos pecados de los que la sociedad ha dejado de arrepentirse. En suma, un catolicismo a la hechura de quienes ya no están dispuestos a seguir siendo católicos. 

Así estamos: regular. Con todo, para Samuel Gregg hay esperanza. Como whig católico, su propuesta no implica dejarse llevar por el signo de los tiempos ni, por el contrario, retirarse del mundo para evitar la lluvia de fuego que espera a los sodomitas, sino encontrar una armonía entre las deseables instituciones liberales y la base del cristianismo. Su ejemplo sería la Revolución americana y su oposición con la francesa. Mientras aquella puso una mano en la Ilustración sin levantar la que tenía sobre la Biblia, la europea lo apostó todo a la razón, de manera que no tardó en parecerle razonable cortar alguna que otra cabeza –malpensantes cabezas, por supuesto–. Gregg considera la Revolución americana, en su equilibrio entre fe y razón, en su respeto al derecho natural y a la libertad individual dentro de la democracia constitucional, una inspiración para el reverdecer de Occidente. 

No es, desde luego, una propuesta ilusa. Hay muchas posibilidades de fracasar porque se trata de un proceso ya iniciado que habría que revertir, es decir, iría contra la inercia. Lo vio claramente Nietzsche. A diferencia de otros pensadores de la época, tuvo claro que el cristianismo estaba en la base de Occidente y que, por tanto, si se apagaba la fe en Cristo, caería la confianza en la razón para alcanzar la verdad y, acto seguido, la moralidad que sustenta nuestra civilización. A él eso le parecía estupendo y a nosotros nos toca posicionarnos. Por eso Gregg recoge el siguiente dilema de Ian Markham: 
«No se puede asumir una racionalidad y luego argüir que no hay fundamento para tal racionalidad. O bien Dios y la racionalidad se esfuman, o bien Dios y la racionalidad permanecen. O elegimos Nietzsche, o elegimos Aquino». 
Y elegir al buey mudo no necesariamente implica bebérselo a sorbitos, como acostumbraba Flannery O´- Connor; tampoco, aunque lo recomiendo, abordarlo a través de las paráfrasis de Josef Pieper. Puede ser, sencillamente, una elección basada en gestos individuales que demuestren que, si fuera cierto que Occidente ha muerto, aún quedan, sin embargo, algunos occidentales. 

Es lo que yo hago cada vez que –horror de horrores– me convierto en turista. Naturalmente me acerco a la catedral del sitio, pero no para visitarla, sino para anotar el horario de misas. Cuando llega la hora, allí voy, precedido de mi mujer. Nos paran en la puerta: “está cerrado a visitas”. Explico que venimos a misa y, tras unos segundos de obligada perplejidad, abren el portón. Entonces entramos, no como turistas que se fotografían frente al retablo mayor o miran con tedio las bóvedas, sino como fieles, como católicos que utilizan el templo para lo que fue concebido. Ocupamos un banco, decimos amén y nos santiguamos cuando toca, hasta repetimos la antífona si no es demasiado larga. Llegado el momento, en el culmen de la desfachatez anacrónica, nos ponemos en la fila y comulgamos bajo las bóvedas de crucería, frente al retablo mayor. Y puede que a Occidente esto no le valga de mucho, pero a nuestras almas occidentales, y por tanto hambrientas de Dios, les sienta de maravilla. 
José María Contreras Espuny


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El marxismo cultural como religión 
de Estado y secta destructiva
Los 'social justice warriors' son la juventud más sumisa de la historia: jamás había asumido con tanto entusiasmo la ideología oficial del momento: el marxismo cultural. Tenemos que detener a los profetas de esta religión del victimismo, el resentimiento y el odio, antes de que nos enfrenten aún más.



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