EL Rincón de Yanka: marzo 2017

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viernes, 31 de marzo de 2017

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE DECIR LO QUE SENTIMOS E IDENTIFICAR LAS EMOCIONES



El Emocionario describe, con sencillez, cuarenta y dos estados emocionales para aprender a identificarlos y, así, poder decir lo que realmente sentimos.

La estación primordial del itinerario «Di lo que sientes» es el diccionario de emociones EMOCIONARIO, que expone de manera didáctica, divertida y cálida el significado de cuarenta y dos emociones. Cada doble página del EMOCIONARIO se centra en una emoción, que se aborda con un texto y una ilustración. 

EL EMOCIONARIO

Las ilustraciones tienen un carácter variado y la perspectiva desde la que se trata cada emoción es, en unas ocasiones, más conceptual y, en otras, más figurativa. Tanto unas como otras combinan la claridad en su expresión con una sutileza que las hace idóneas para plantear nuevas preguntas a partir de la interpretación que los artistas han hecho de las emociones en juego.

Por su parte, el texto explica en qué consiste cada emoción con un lenguaje sencillo y con ejemplos cotidianos para que el niño pueda conectar lo expuesto con su propia vida. Además, en la segunda parte de cada entrada, se ofrecen una serie de herramientas para reconocer la emoción. Por último, el tratamiento de cada emoción termina haciendo un breve apunte sobre la siguiente. Así, se introduce esta al lector, al tiempo que se va trazando un mapa emocional fiel a las vivencias que cualquiera de nosotros puede experimentar en el día a día. 

El diccionario de emociones EMOCIONARIO es, por lo tanto, una herramienta que permitirá a los más pequeños identificar y expresar sus emociones. En Palabras Aladas consideramos que poder dar estos dos pasos es esencial para que un ser humano encauce adecuadamente sus sentimientos y emociones. Una gestión adecuada de las emociones nos hace más libres, puesto que nos permite tomar decisiones más sabias, que estén alineadas con nuestra manera de ser y de sentir y que, a largo plazo, nos permitan construir nuestra propia felicidad a partir de lo que ya sabemos sobre nosotros mismos.

Desde los estudios de Carl Ranson Rogers en los años 1940 y de Daniel Goleman (1996), la noción de «inteligencia emocional» y la idea de que expresar, conocer y encauzar adecuadamente las emociones es necesario y beneficioso están plenamente aceptadas. Según afirma Goleman: 
La investigación científica ha demostrado que la autoconciencia, la confianza en uno mismo, la empatía y la gestión más adecuada de las emociones e impulsos perturbadores no solo mejoran la conducta del niño, sino que también inciden muy positivamente en su rendimiento académico (1996, p. 12). 
De hecho, el aprendizaje social y emocional, según este autor, aumenta la capacidad de aprender de los niños, al tiempo que evita la aparición de problemas como la violencia. Las personas que no conocen sus emociones (o que no son capaces de controlarlas, lo cual puede, fácilmente, ser consecuencia de lo anterior) acaban siendo víctimas de sus propias emociones. ¿En qué sentido? Se dejan llevar por ellas sin saber muy bien a qué comportamientos les pueden conducir. La ira sin control puede desembocar en una acción violenta (incluso en un delito); una tristeza larvada, no identificada a tiempo, puede convertirse en una depresión de gravosa cura; llevados por la euforia, podemos acometer tareas cuyo sentido o cuyos beneficios, días después, observada la situación con sosiego, parecen inexistentes. En otras ocasiones, las personas que desconocen sus emociones o no son capaces de canalizarlas adecuadamente acaban dejándose llevar por las emociones de otras personas, que toman el control. De este modo, al estar guiadas por la brújula de otro, no es difícil que se sientan perdidas o que perciban insatisfacción, falta de acuerdo entre sus deseos y la realidad que ellas mismas fabrican a diario. 

Como vemos, la falta de control sobre nuestras emociones puede acabar generando la sensación de que vivimos sometidos a un «hado», de acuerdo con el cual está escrita nuestra historia (que a menudo se repite), sin que nosotros podamos hacer nada para cambiarlo. Como planteó el neurólogo portugués António R. Damásio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, «las emociones no son un lujo» (2004, p. 154). Este autor sugiere que, en realidad, tanto las emociones como los sentimientos que se derivan de ellas son el sustento necesario para la racionalidad: Emociones y sentimientos, junto con la encubierta maquinaria fisiológica subyacente, nos asisten en la amedrentadora tarea de predecir un futuro incierto y planear consecuentemente nuestros actos (p. 13). 

Pensemos, además, en lo contraproducente que puede resultar no conocer las propias emociones. Ese desconocimiento puede llevarnos a la negación, al arrinconamiento de lo experimentado e, incluso, a su represión. Que lo adormecido acabe aflorando no es más que cuestión de tiempo. Pero ¿el paso del tiempo nos garantiza haber desarrollado una aptitud para afrontarlo? No, si nuestra ignorancia perdura… Afortunadamente, muchas personas se han dedicado a estudiar este campo, y hoy existen multitud de recursos para educar nuestra parte emocional. De hecho, como veremos más adelante, incluso los currículos escolares recogen la necesidad de formar a niños emocionalmente competentes. La infancia es, probablemente, la mejor época de la vida para sembrar la esencia de la educación emocional y para trabajar este aspecto de nuestro ser. Esto ayudará a conseguir que los niños se conviertan en adultos saludables para sí mismos y para el entorno en el que viven.

El candor (según el Diccionario de la Real Academia Española: «Sinceridad, sencillez, ingenuidad y pureza del ánimo») infantil permite a los niños expresarse sin fingimientos ni artificios, de una manera libre, espontánea, exenta de malicia. Por eso, los niños sienten menos prevención a la hora de expresar sus emociones: lloran, patalean, ríen a mandíbula batiente, buscan una caricia o un regazo…, y lo hacen de manera natural, porque «se lo pide el cuerpo». Cuando hablamos de educar emocionalmente a los niños nos referimos a la necesidad de aprovechar esta ausencia de barreras para conseguir que los niños sepan reconocer las diferentes emociones en sí mismos y en los demás; para ayudarlos a expresar lo que experimentan de modo que puedan ser entendidos; y para darles herramientas con las que encauzar lo sentido y controlarlo. 

Es común que a los niños les embargue literalmente una emoción. (Según la primera acepción del DRAE, embargar significa «dificultar, impedir, detener»; de acuerdo con la segunda: «suspender, paralizar»). Pues bien, precisamente lo que queremos es que los niños no se vean detenidos, dificultados o paralizados por lo que sienten, sino que puedan identificarlo, analizarlo y procesarlo de un modo constructivo y sano. Sin embargo, existe una dificultad manifiesta a la hora de trabajar las emociones con niños: el conocimiento lingüístico, el vocabulario, las palabras. Si el lenguaje nos permite manifestar lo que pensamos o sentimos, entonces desconocer determinadas palabras y su significado limitará en gran medida la gama de lo que podemos manifestar. Incluso es posible que nos limite en nuestra capacidad para comprender lo que pensamos o sentimos. 

Y es que pensar y hablar, por más que no compartan origen, son dos actividades muy vinculadas. Naturalmente, el desconocimiento de ciertas palabras no implica que no sintamos o no pensemos determinadas cosas; no en vano buscamos a veces una palabra —huidiza– para expresar aquello que nos ronda la cabeza. Sin embargo, de no encontrarla, podemos aplicarle otra que le conviene menos o, simplemente, descartar el asunto.

Con el itinerario «Di lo que sientes» pretendemos dar a los niños recursos para identificar lo que sienten, para poder expresarlo de forma que los demás los comprendan y, así, aumentar su horizonte y su conocimiento de sí mismos. Las palabras tienen un componente mágico. Decir: «Me siento desamparado» puede tener un efecto reconfortante instantáneo. Saber qué nos ocurre y saber que lo que nos ocurre es parte del acervo humano aleja la incertidumbre, contribuye al sosiego y sirve de punto de partida para emprender acciones positivas al respecto. ¿Cómo podríamos negarles todo eso a los niños?

Un Emocionario… ¡Qué fantástica idea para que una persona se conozca a sí misma desde su más subjetiva realidad! Este Emocionario le ofrece una oportunidad integradora al ser humano, desde su más tierna infancia, porque le ayuda a conocer sus emociones y a dialogar sobre sus sentimientos. De este modo, podrá encauzarlos adecuadamente y, así, sentir su vida con todo su potencial, sin detrimento de ninguna de sus capacidades. 

El Emocionario es un apoyo pedagógico elemental. Permite desarrollar la inteligen‑ cia emocional del niño, que será la clave de su autoaceptación y de un desarrollo psicoevolutivo sano. Para que seamos capaces de crear nuestra propia felicidad, es necesario que aprendamos a integrar en el desarrollo psicológico el conocimiento de las emociones. Descubrir, identificar y diferenciar las emociones a través de este Emocionario es una forma de educar a los más pequeños para que sientan sin temor, para que se descubran a sí mismos y para que acaben convirtiéndose en adultos autoconscientes con habilidad sensitiva para afrontar los retos de la vida. 

Sentir es un privilegio y aprender a expresar nuestras emociones nos ayudará a acercarnos a quienes amamos. Las emociones son estados afectivos innatos y automáticos que se experimentan a través de cambios fisiológicos, cognitivos y conductuales. Sirven para hacernos más adaptativos al entorno que experimentamos. Los sentimientos son la toma de conciencia de esas emociones etiquetadas. Sirven para expresar, de forma más racional, nuestro estado anímico. 

Compasión 
Hay quienes la llaman ‘conmiseración’ o ‘lástima’. La compasión es la pena que nos provoca la desgracia de los demás. ¿A qué nos motiva la compasión? Nos motiva a ayudar a quien está sufriendo. Puede ser un pariente o un desconocido. Incluso puede tratarse del personaje que habita en un libro, como un zorro que ha perdido a su familia. Eso nos despierta el deseo de abrazarlo para aliviar su tristeza. Si un ser querido la pasa mal y no lo ayudamos, es muy probable que entremos en el territorio del remordimiento .

Remordimiento 
Algunos lo confunden con el arrepentimiento. El arrepentimiento es el malestar que podemos sentir ante cualquier acto, sea malo o no. En cambio, el remordimiento solo se genera al haber realizado una mala acción. Por ejemplo, podrías arrepentirte por haber dicho ‘no’ cuando tu hermano te ofreció unos chocolates… y, seguramente, sentirás remordimiento si le quitas unos cuantos sin que él se dé cuenta. ¿Qué estrategia emplea? Una sencilla, pero efectiva. Se las ingenia para que no puedas dejar de pensar en eso malo que hiciste. Así, despierta en ti un malestar que te invade poco a poco. Ese malestar que te remuerde es la culpa.

Placer 
El placer es la satisfacción y la alegría producidas por algo que nos gusta mucho. Puedes hallar placer en actividades muy diferentes: al fantasear con otros mundos, al mirar cosas bonitas, al resolver problemas difíciles, al jugar, al sentirte amado… ¿Cómo apreciar el placer? Para sentir el placer debes concentrarte. Imagina que tienes delante un zumo. Puedes bebértelo rápidamente para apagar tu sed, pero también puedes concentrarte en su sabor y disfrutarlo sin prisas. En definitiva, sentir el placer que te proporciona. Llevar una vida placentera nos hace sentirnos agradecidos .

Gratitud 
La gratitud es el alma de la palabra ‘gracias’. Y se multiplica cada vez que eres capaz de ver, en lo cotidiano, un regalo: en la sonrisa de un amigo, en una canción, en la comida… La gratitud te enseña a disfrutar más de la vida. Es la entrada a la felicidad. Cuando tenía diez años, mi abuela me dio un ‘diario de la gratitud’ y, al oído, me dijo: —Yo tengo uno igual. Cada noche, escribo en él las cosas por las que estoy agradecida. Después, al colocarlo bajo mi almohada, sucede algo maravilloso: El contenido del diario se mete en mis sueños para convertirse en el Palacio Feliz… y su felicidad me acompaña durante todo el día siguiente. ¿Qué hemos anotado hoy? — Gracias a quienes han vertido su magia en este libro. — Gracias a la persona que te lo ha regalado. — Y, especialmente, muchas gracias a ti por  e m o c i o n a r n o s.





jueves, 30 de marzo de 2017

🐂 LIBRO "DEL TORO DE LA VEGA AL TORO DE LA PEÑA. Y OTROS TEMAS TAURINOS


El Toro de la Vega se acabó. En 2016 nace el Toro de la Peña. A las once de la mañana de este martes arranca el nuevo encierro que ha sustituido al polémico torneo medieval, que se celebraba cada septiembre en Tordesillas (Valladolid) desde hace siglos. 

"Seguro que todo sale bien", ha afirmado el alcalde de la localidad, José Antonio González (PSOE), que ha reivindicado el festejo prohibido por la Junta de Castilla y León: "Nos han dejado huérfanos". 

Pero, ¿en qué se diferencian el Toro de la Vega y el Toro de la Peña?

Sin alanceamiento
La principal diferencia entre ambos festejos es que, este año, no se podrá alancear al morlaco. Hasta 2015, una vez que el animal entraba en la Vega, los caballistas y mozos a pie perseguían al animal hasta darle muerte. Según recogían las normas del antiguo torneo, en el momento en el que uno de los participantes lanceaba al toro, ya ningún otro podía hacerlo —aunque esta premisa no siempre se cumplió— y este primero debía continuar "enfrentándose" al astado para intentar acabar con su vida.

La Junta de Castilla y León aprobó el pasado mayo un decreto que ponía fin a esta "tradición", según la califican sus defensores. La normativa prohíbe dar muerte en público a las reses de lidia en espectáculos taurinos populares y tradicionales, así como infligirles cualquier herida que tenga por objetivo acabar con su vida. 

"Por tanto, tampoco se permite lancear al Toro de la Vega", sentencia el Ejecutivo regional. Así que, "por ley, no se podrá lidiar [al animal]", según insiste el programa publicado este año por el Ayuntamiento. El Partido Animalista (Pacma) ha explicado que la legislación vigente recoge que todas aquellas reses utilizadas en festejos "tienen que ser sacrificadas", ya sea en la plaza o en otro lugar.

El día también es el mismo: el Toro de la Peña se celebra el primer martes después del 8 de septiembre, al igual que el Toro de la Vega. Por tanto, la ausencia de lanzadas será la gran diferencia. Pero los animalistas no se conforman.

CÁNDIDO MORENO ARAGÓN
🐂

Por nuestra libertad, 

¡sí a los toros! 

Por fin se han unido los profesionales del toreo con los aficionados para reclamar un espectáculo tan arraigado en España

Ya era hora! Por fin, se han unido los profesionales del toreo con los aficionados para reclamar que podamos disfrutar libremente de este espectáculo, tan arraigado en la historia de España. Una auténtica marea de banderas españolas, con el toro negro en el centro, ha supuesto la pacífica, emocionante respuesta a tantas provocaciones que sufren los aficionados y a tantos intentos de prohibir la Fiesta, precisamente por ser española: algo que, en el mundo entero, se reconoce como seña de identidad de la cultura hispánica, un arte que España ha ofrecido al mundo.

La emoción auténtica se ha desbordado en varios momentos, en los que, de modo espontáneo, la multitud ha prorrumpido en un clamor: «¡Libertad!» ¿Cómo puede ser necesario reclamar esto en un país democrático? Pero, más allá de la disparidad de gustos, ésta es la auténtica clave: la libertad de ir a los toros el que lo desee. (Éste fue exactamente el lema del acto que organizó ABC, en el Liceo de Barcelona).

En el manifiesto que lee Enrique Ponce se acumulan razones bien conocidas por cualquiera que quiera informarse. La Tauromaquia posee un indiscutible valor ecológico, mantiene las dehesas y es la causa de que exista el toro bravo, una especie única. Su trascendencia económica es indudable: es el segundo espectáculo de masas español, crea puestos de trabajo, da mucho dinero a las arcas públicas y favorece enormemente el turismo. La Fiesta forma parte de la cultura popular española, impregna nuestro lenguaje y ha dado lugar a multitud de obras artísticas. Es un hecho, además, que se trata de un espectáculo legal, reconocido oficialmente como parte de nuestro patrimonio cultural inmaterial. (¿Para cuándo el fallo del Tribunal Constitucional?).

Las conclusiones son evidentes: exigimos el respeto que merecemos. Nos sentimos orgullosos de ser taurinos. Lo ha leído Enrique Ponce: «¿Quién ama al toro más que nosotros? ¡Por nuestra libertad, sí a los toros!» Añado sólo un verso de Miguel Hernández: «Alza, toro de España, levántate, despierta... Sálvate, denso toro de emoción y de España». Ya ha comenzado a alzarse.

No son los toros, 
es la libertad
"Hoy la ofensiva contra los toros no es sólo cosa de los separatistas, también están contra nuestra fiesta más nacional los que son felices cuando prohíben algo a sus semejantes". 
Esperanza Aguirre / ABC
Pero es que, a los que hoy quieren prohibir la fiesta de los toros, no les mueven razones estéticas ni razones humanitarias ni de amor a los animales o a la Naturaleza, les mueve únicamente su sectarismo -hecho a medias de deseos de eliminar cualquier signo o símbolo que pueda identificarse con España y nuestra secular tradición- y, sobre todo, su recelo ante la libertad.

Los que quieren eliminar los toros para así acabar con una seña de identidad de España coinciden casi siempre con los que lo que quieren, simple y llanamente, es acabar con España.

Su discurso es el de los secesionistas y su afán es romper cualquier lazo estético o afectivo que una a los ciudadanos de sus territorios con el resto de los españoles. Los que nos oponemos a sus pretensiones lo hacemos en nombre de nuestra Constitución, que proclama que la soberanía nacional reside en el conjunto de todos los españoles, como ciudadanos libres e iguales que somos, y, además, porque creemos que España es una gran Nación, con una larga y rica historia común.

Pero hoy la ofensiva contra los toros no es sólo cosa de los separatistas, también están contra nuestra fiesta más nacional los que son felices cuando prohiben algo a sus semejantes, los que quieren educar el gusto de los demás, los que quieren dictar cómo tienen que divertirse sus prójimos, los que están seguros de que ellos saben lo que es bueno y lo que es estético, en definitiva, los que están contra la libertad.

Y éstos me parecen tan perniciosos como los secesionistas, porque en ese afán suyo por prohibir -como si asistir a un espectáculo taurino fuera obligatorio- se encuentra el germen del totalitarismo.

Por eso, al ir a los toros a emocionarnos con la bravura de los astados y con el valor y el arte de los toreros, estaremos festejando a San Isidro y, además, estaremos usando de nuestra libertad, ese bien tan preciado, que tanto temen los totalitarios.

EL OJO PÚBLICO
El Toro de la Vega y 
«lo que quiera el pueblo»

Puntualmente, un año más, la salvajada medieval (¡y nunca mejor dicho!) del Toro de la Vega acudió a su cita en Tordesillas. Un grupo de jóvenes locales a caballo hostigan y alancean a un astado hasta matarlo en medio del júbilo de quienes en pleno siglo XXI sienten el mismo placer al ver cómo se maltrata de mala manera a un animal que sentían sus antepasados ¡a comienzos del siglo XVI! La carnicería es ya conocida en toda España y no tardará en serlo en medio mundo, para vergüenza de quienes, pudiendo hacerlo, se niegan a pararla.

Entre ellos, y de forma muy destacada, el alcalde socialista de Tordesillas, quien ha defendido la continuidad de tan depurada muestra de cultura con un argumento que no tiene desperdicio: según el regidor, el Toro de la Vega «se seguirá celebrando siempre que el pueblo de Tordesillas lo quiera y sea legal».

Sobre la cuestión de la legalidad, solo una breve reflexión: justificar la acción de un gobernante en que es legal (gran aportación de María Teresa Fernández de la Vega a la cultura política española) supone una forma pintoresca de concebir la gestión pública: los gobernantes no tienen que elegir entre hacer cosas legales o ilegales (¡estaríamos aviados!), sino entre lo que, dentro de la legalidad, les parece bueno o malo para sus administrados.

En ese sentido, el alcalde de Tordesillas lo tiene tan claro como otros muchos que comparten su visión disparatada de la democracia: a él le parece bien «lo que quiera el pueblo». Ocurre, claro, que el pueblo quiere a veces cosas que nadie en su sano juicio aceptaría: en lo menos importante y en lo que resulta esencial para la paz social y la convivencia democrática.

Por empezar por lo pequeño, el pueblo, sin ir más lejos, suele querer no pagar impuestos ni aquí ni en parte alguna, por más que sepa que sin ellos no podría haber servicios. Pero el pueblo puede querer también, y lo ha querido a lo largo de la historia, cosas sencillamente abominables. Tres ejemplos: millones de norteamericanos estuvieron decididamente a favor, primero de la esclavitud y, una vez abolida, del mantenimiento del régimen indecente de la segregación racial; una parte importante del pueblo alemán aplaudía el odio antisemita de sus dirigentes; muchos pueblos de Europa colaboraron en los pogromos contra los judíos o en los movimientos populares contra los inmigrantes.

De hecho, la evolución de la humanidad ha sido en gran medida una lucha de minorías ilustradas, en el más amplio sentido de esta palabra, contra los prejuicios y la barbarie de sus pueblos que, y es otro ejemplo, no querían aquí que votasen los negros y allí que lo hiciesen las mujeres.

Respetar la voluntad popular es una cosa. Alabar sus bajos instintos, sabiendo que lo son, a cambio de los votos, es otra no solo muy distinta, sino decididamente despreciable.


LLAMO AL TORO DE ESPAÑA
MIGUEL HERNÁNDEZ

Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.

De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.


VER+:




👪 LIBRO "EL NIÑO QUE QUERÍA CONSTRUIR SU MUNDO"

👪El niño que quería 
construir su mundo


Traducción: María del Puerto Barruetabeña Díez 



Alex es un padre de treinta y tantos años. Quiere a su esposa, Jody, pero ha olvidado cómo demostrárselo. Quiere a su hijo, Sam, pero no lo entiende. Su matrimonio va a la deriva.
Jody es una mujer cansada de educar sola su hijo. Recrimina a Alex que solo viva para su trabajo. La ruptura no tiene vuelta atrás.

Sam tiene ocho años. Es maravilloso, sorprendente..., pero para él, el mundo es un rompecabezas que tiene que aprender a montar solo. Sus problemas de comportamiento han provocado muchas tensiones entre sus padres que llegan a separarse. 
La vida de Alex carece de sentido. Busca desesperadamente la manera de reconstruirla y de relacionarse con Sam. Para su sorpresa, descubre la pasión de Sam por el videojuego Minecraft. El juego les va a permitir encontrar a ambos un lugar en el que comunicarse y entenderse, redescubrirse cada uno; un lugar en el que establecer una relación más profunda entre los dos y cada uno consigo mismo.

¿Podrá esta familia fragmentada reconstruirse poco a poco, ladrillo a ladrillo? "El niño que quería construir su mundo" es una novela llena de emociones y muy divertida a la vez, a pesar del tema que aborda. Escrita con el corazón, inspirada en la experiencia personal del autor con su hijo, es una novela que hace reír y llorar al mismo tiempo.

En 2012 a uno de los dos hijos de Keith Stuart le dieron un diagnóstico abrumador: le anunciaron que estaba dentro del espectro autista. 
Las repercusiones que suponía algo así parecían insalvables entonces. Pero, en esa época, Keith empezó a jugar a los videojuegos, sobre todo a Minecraft, con sus dos hijos. Keith llevaba toda la vida jugando y desde 1995 se dedicaba a escribir sobre ellos, primero para revistas especializadas como Edge y Official Playstation Magazine y, durante los últimos diez años, para la sección de videojuegos de The Guardian, en donde asumió las labores de redactor jefe. 

El fructífero intercambio creativo y el inesperado florecimiento de la comunicación que se produjeron en su familia a raíz de los ratos de juego que compartían son el germen de la historia que se cuenta en El niño que quería construir su mundo.






La preciosa canción de Chris de Burgh When Winter Comes que se escucha de fondo en el vídeo resume muy bien la situación que viven las personas con autismo. "Piensa en mí cuando llegue el invierno" reza la canción al final. Pensemos en estos niños que, cuando llega el invierno y el frío, apenas salen a lugares cerrados (cines, teatros, centros comerciales, etc) porque su comportamiento es socialmente incorrecto. Ellos quieren y necesitan disfrutar de la música como los demás. Ayudémosles con conciertos específicos donde puedan interactuar y socializarse, usando la música como catalizador principal.


(El camino de la libertad) 
The Road To Freedom chris de burgh


miércoles, 29 de marzo de 2017

🔊 LA SUBLIME FUERZA DEL SILENCIO CONTRA LA DICTADURA DEL RUIDO


🔊

"Aunque hablara todas las lenguas de los hombres 
y de los ángeles, si me falta el amor 
sería como bronce que resuena 
o campana que retiñe". 
1 Cor 13,1


"Contemplarte en silencio 
es ser abrazado 
por Tu Eternidad". 
Yanka

"SENTIR EL ILUMINADO SILENCIO". 

El último libro del Cardenal Sarah titulado: “La fuerza del silencio”. Un excelente tratado sobre la necesidad de buscar el silencio como remedio contra muchos males físicos y espirituales que provocan la dictadura del ruido.
En este post quiero insistir en este tema tan crucial en nuestro tiempo, afectado por la prisa, la turbulencia provocada por los vientos alocados que provocan la tormenta perfecta y rompen nuestro equilibrio interior y nuestra paz.

Dice el autor: Para definir los contornos de nuestras acciones futuras conviene hacer silencio a diario. La vida contemplativa no es el úni­co estado en el que el hombre tiene que esforzarse para dejar su corazón en silencio.
En la vida diaria, sea profana, civil o religiosa, es necesario el si­lencio exterior. 

Y nos ofrece una larga cita tomada de El signo de Jonás, de Thomas Merton que ofrecemos en su integridad por su gran interés: 

«Su necesidad es especialmente patente en este mundo tan lleno de rui­do y de necias palabras. Hace falta silencio para protestar y reparar la destrucción y los estragos provocados por el pecado del ruido. Es cierto que el silencio no es una virtud, ni el ruido un pecado, ' pero el tumulto, la confusión y el ruido constantes de la sociedad moderna o de ciertas liturgias eucarísticas africanas son la expre­sión de la atmósfera de sus pecados más graves, de su impiedad, de su desesperación. Un mundo de propaganda, de debates intermina­bles, de invectivas, de críticas, o de mero parloteo, es un mundo en que la vida no merece la pena ser vivida. La misa se convierte en un jaleo confuso, las oraciones en un ruido exterior o interior: la repetición apresurada y maquinal del rosario.

»El oficio divino recitado sin recogimiento, sin entusiasmo ni fervor, o de manera irregular y esporádica, entibia el corazón y mata la virginidad de nuestro amor a Dios. Poco a poco nuestro ministerio sacerdotal puede convertirse en el trabajo de un pocero que horada pozos de agua muerta. Viviendo en un mundo de ruido y superficialidad decepcionamos a Dios y no somos capaces de escuchar la tristeza y las quejas de su corazón. Así dice Yahvé: "Me pueblo ha cometido dos males: me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados, que no retienen el agua" (Jr 2,2.13).

»Si bien es cierto que tenemos que saber soportar el ruido y proteger extraordinariamente nuestra vida interior en medio de la agitación -continúa Thomas Merton-, no es menos cierto que no conviene resignarse a vivir en una comunidad constantemente agobiada por la actividad e inundada por el ruido de las máquinas, de la publicidad, de la radio y de la televisión, que no paran de hablar. 

¿Qué hay que hacer? Quienes aman a Dios tienen que procurar preservar y crear una atmósfera en la que poder encontrarle. En los hogares de los cristianos ha de haber sosiego, porque tanto sus cuerpos como sus casas son templos de Dios. Si hace falta, eliminad la televi­sión; no todos, pero sí los que se toman en serio esta clase de cosas (… ). Que quienes quieren silencio se unan a otros que compartan sus gustos y se ayuden entre ellos a hacer reinar el silencio y la paz”.

(La fuerza del silencio, cardenal Robert Sarah, Ed. Palabra, pgs. 34 ss.)


"Cuando conozcas el poder de las palabras, 
descubrirás la bendición del silencio". 
Leandro Taub


martes, 28 de marzo de 2017

💣 LA ‘ #CORRECCIÓNPOLÍTICA ’, UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

💣LA ‘CORRECCIÓN POLÍTICA’, 
UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA💥


Muchos intelectuales e informadores advirtieron del irresistible ascenso de Donald Trump. Pero muy pocos se tomaron la molestia de analizarlo con rigor, de determinar cuáles eran las corrientes de fondo que impulsaban con fuerza al magnate neoyorkino. Y diríase que la dimensión del “fenómeno Trump” era directamente proporcional a la estupidez de no pocos analistas, mucho más dispuestos a escandalizarse, a rasgarse las vestiduras, que a investigar sus verdaderas causas.

Que un personaje como Trump obtuviera el apoyo de decenas de millones de ciudadanos, obligaba a un análisis mucho más profundo y objetivo, libre de aspavientos de cara a la galería. Trump no sólo ganó apoyos en la “América profunda”, sino también en el nordeste, incluso en regiones tan industriales y prósperas como Virginia y Massachusetts. Sus seguidores crecieron en el Norte y en Sur, en el Oeste y en el Este: en todas partes. Así pues, el misterio estaba en el origen de esa potente mar de fondo que no sólo generaba turbulencias en EEUU sino también al otro lado del Atlántico.
Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas
Nada de lo que hoy está sucediendo puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas: su intromisión en la vida privada de los ciudadanos, su insistencia en legislar basándose en lo que llamaron derechos colectivos y, especialmente, su pretensión de imponer a la población una nueva ideología: la corrección política. Todo ello ha acabado comprometiendo la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Durante décadas, los políticos aprovecharon el viento de popa de la prosperidad económica para desviarse de sus obligaciones y dedicarse a “defender al ser humano de sí mismo”, de su codicia y capacidad de destrucción. Utilizaron la seguridad, la salud y el medioambiente como coartadas para perseguir sus propios intereses. Para ello, promulgaron infinidad de leyes y normas que se inmiscuían cada vez más en el ámbito íntimo de las personas e interferían de forma inexorable en sus legítimas aspiraciones. Las consecuencias más evidentes de esta deriva fueron, por ejemplo, los enormes obstáculos administrativos para abrir una empresa, por modesta que fuera, o simplemente encontrar un trabajo decente.

LA TIRANÍA DE LOS GRUPOS MEJOR ORGANIZADOS

Los políticos descubrieron que dividir a la sociedad en rebaños, en constante pugna entre ellos, es la mejor forma de tenerla controlada. Por ello, la política ha primado los derechos colectivos en detrimento de los derechos individuales, unos derechos grupales que implican, por definición, la prevalencia de unos grupos en perjuicio del resto. La consecuencia más grave, sin duda, ha sido la quiebra de la igualdad ante la ley. Pero también el decaimiento del esfuerzo y la eficiencia, dado que lo que cuenta no es el mérito individual sino la pertenencia a un grupo. O la desaparición de la responsabilidad individual: al fin y al cabo, si los sujetos se ven obligados a compartir el fruto de sus aciertos, ¿por qué no habrían de trasladar a los demás los costes de sus errores? El sistema de favores, prebendas y privilegios acaba deformando la mentalidad de muchas personas, genera ciudadanos infantiles, acostumbrados al paternalismo, a reivindicar más que a esforzarse.
El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca, el abuso de unos pocos sobre la mayoría
Así, la adhesión a grupos interesados constituye la vía más directa hacia la ventaja y el privilegio. El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca, el abuso de unos pocos sobre la mayoría, cuando los beneficios se asignan con criterios meramente burocráticos. Al final, muchas personas no encuentran trabajo, simplemente por no conocer a nadie que les enchufe, consiga un certificado de discapacidad, por no haber denunciado a su pareja o por no pertenecer a alguno de los múltiples grupos con ventajas para ser empleados o subvencionados.

SI NO PUEDE DECIRSE… TAMPOCO PUEDE PENSARSE

Lo más grave, con diferencia, es la pretensión de políticos y burócratas de moldear la forma de pensar de las personas para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello. Generaron, para ello, una ideología favorable a los intereses grupales, una religión laica: la corrección política, que arroja a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina qué palabras pueden pronunciarse y cuales son tabú, aplicando el principio orwelliano de que todo aquello que no puede decirse… tampoco puede pensarse. Propugna que la identidad de un individuo está determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva.

En los países con convenciones democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. En países como España, sin embargo, carentes de tradición democrática, con una mayoría que cree que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto progresó a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación a izquierda y derecha en tiempo récord.
Asistimos a una reacción exacerbada contra la imposición de los códigos políticamente correctos
Pero, tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. En ocasiones, porque la crisis lleva a una reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados. Otras, por el hartazgo de muchas personas hartas de tanta trampa y marrullería que les impide ganarse la vida dignamente, o cansadas de que otros les señalen, pisoteen y vivan a su costa. Pero también por una reacción exacerbada, desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas.

El péndulo oscila al extremo contrario, la tortilla se voltea, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones igualmente alejadas de la moderación. Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política, por el hartazgo de muchas personas que, tan cabreadas como desesperadas, se pasan al extremo opuesto. Cierto es que, cuando una campaña es netamente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero, cuidado, millones de personas no caen en el error por obra y gracia del marketing o de consignas falaces, sino por la verdad que en ese error se encierra. Menos aún irán en contra del intimidante statu quo si no existe un caldo de cultivo adecuado, una potente causa de fondo: mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia, durante años.

PREVENIR O LAMENTAR

Para que el sistema volviera a ser justo, eficiente y racional, deberían cambiarse las leyes, simplificarlas, retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas y privilegios, restaurar la igualdad ante la ley. Pero aún haría falta más: habría que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla por convenciones sanas: honradez, inclinación al juego limpio, ética, libertad y responsabilidad individual.
Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones dentro del grupo asignado

Es una muy mala noticia que las élites políticas, y sus grupos aliados, insistan en lo políticamente correcto. Ocurre que en muchos países que no son los Estados Unidos, el control que ejerce el establishment alcanza cotas inaceptables en aquellas latitudes. Y muy pocos medios osan desafiar sus directrices. Pero lo que pudiera parecer un seguro en el corto plazo, generará a la larga tensiones extraordinarias. Solo hace falta levantar la cabeza y mirar a nuestro alrededor para comprobar que cada vez son más las personas hastiadas de tanta discriminación y tanta majadería, personas que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado. Y de seguir así, podría llegar el día en el que el fenómeno Trump, en comparación, nos parezca una broma.

Es urgente plantar cara de forma decidida a lo políticamente correcto. No es tan difícil. Es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los monstruosos guardianes de esta nueva religión obligatoria no son más que achacosos tigres de papel. Se puede romper el tabú si se hace con convicción, explicándolo con argumentos razonables, y ganar el apoyo de un enorme sector de la población hasta ahora silenciado. Recuerden: en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Pero hay que darse prisa: las manecillas del reloj siguen girando.



LOS PERVERSOS MECANISMOS QUE CONDUCEN A LA AUTOCENSURA


Lo políticamente correcto es una de las formas más edulcoradas de la estupidez. Se basa en la negación de la realidad, y por ende inhabilita para su análisis, pues se crea una ficción llena de beaterías y cortinas de humo, que degenera en una colección de tópicos que podría servir para transitar en Alicia en el país de las maravillas". Enrique de Diego "La Peste de lo "Políticamente Correcto" que vino a sustituir a la tan denostada CENSURA y resulta mucho más amordazadora que aquélla. Porque contra la censura estaba bien visto rebelarse, puesto que venía impuesta desde fuera, pero la corrección política no es otra cosa que AUTOCENSURA.
Miedo a decir lo que uno piensa y a no estar en sintonía con la "moral" al uso, cuando a veces esa moral completamente ESTÚPIDA". Carmen Posadas "La corrección política es la incapacidad para pensar con claridad: Lo que no se puede decir no se puede pensar, no es que no se pueda decir lo impensable, es que no se puede pensar lo indecible. Alain Badiou
Quizá en alguna conversación con amigos o conocidos, tras exponer algún argumento haya escuchado la respuesta fatídica, casi como un susurro: “eso es verdad… pero no se puede decir”. ¿Puede existir algo más absurdo y aberrante que no poder decir la verdad? 

Vivimos en una sociedad donde sólo la mentira, la consigna, lo políticamente correcto puede pregonarse públicamente. Pocas veces la cruda verdad. ¿Por qué se difunden con tanta facilidad las ideas más absurdas? ¿Por qué casi todo el mundo acaba pensando de la misma manera, como si de clones se tratase? ¿Que impulsa a intelectuales e informadores, ésos que tienen la obligación moral de actuar como conciencia crítica de la sociedad, a autocensurarse de forma tan vergonzante? 

¿Qué mecanismo mantiene atadas y amordazadas a muchas mentes pensantes? La clave se encuentra en dos términos fundamentales: manipulación y miedo.

El ciudadano común no establece sus criterios sobre cualquier tema buscando toda la información disponible y procesándola exhaustivamente. Casi todo el mundo descarta este método por el elevado coste, esfuerzo y preparación que requiere. Por ello, a la hora de posicionarse ante cualquier asunto la gente suele recurrir a reglas heurísticas, procedimientos prácticos de carácter intuitivo, puros atajos capaces de alcanzar una conclusión con muy poca información. Una de las reglas heurísticas más interesantes es la que los latinos denominaron el Argumentum ad Populum, mientras los anglosajones se dieron el gusto de llamar Bandwagon Effect. Se trata de ese mecanismo que impulsa a muchas personas, gregarias por naturaleza, necesitadas de la aceptación del resto o, simplemente, perezosas para elaborar su propio criterio, a adherirse a lo que piensa la mayoría, a apuntarse al caballo ganador. Si los demás creen algo… alguna razón tendrán.
Las encuestas de opinión poseen una enorme capacidad manipuladora: pueden persuadir a mucha gente de la mayor atrocidad simplemente haciéndoles creer que eso es lo que piensa la mayoría
Por ello, las encuestas de opinión poseen una enorme capacidad manipuladora: pueden persuadir a mucha gente de la mayor atrocidad simplemente haciéndoles creer que eso es lo que piensa la mayoría. Así, cualquier idea, por falsa y perniciosa que sea, la mayor insensatez, la más colosal majadería, se convierten en dogma de general aceptación tras ser repetidas y repetidas por los medios. Por ello, no siempre las encuestas de opinión tienen un propósito inocuo, mucho menos bondadoso. A veces, su objetivo no es ilustrar sobre la sensibilidad social sino modificar los criterios del público, modelar la forma de pensar de la gente. Los medios, especialmente las televisiones, ejercen una influencia superlativa, con múltiples e insondables vías para la manipulación, tanto más eficaces cuanto más carente de principios bien asentado se encuentre la población. Y muy eficaces cuando se aplican a una población carente de principios y criterios asentados.
Elisabeth Noelle-Neumann explicó los mecanismos psicológicos y sociales que fomentan la adhesión a los dogmas. Los sujetos son mayoritariamente cobardes e inseguros, necesitan la aceptación del grupo, un sentido de pertenencia
Pero para lograr una generalizada autocensura, para generar dogmas y tabúes, no basta con fomentar una determinada manera de pensar: es necesario infundir temor. En La Espiral del silencio (1977) Elisabeth Noelle-Neumann explicó los mecanismos psicológicos y sociales que fomentan la adhesión a los dogmas. Los sujetos son mayoritariamente cobardes e inseguros, necesitan la aceptación del grupo, un sentido de pertenencia. Muchos renuncian a su propio juicio, o evitan exponerlo en público, si no coincide con el que perciben mayoritario. Callarán, o abrazarán los planteamientos opuestos, para no sentirse aislados, rechazados por el resto, contemplados como herejes. Algunos, incluso, mantendrán dos criterios contradictorios, una suerte de esquizofrenia: el suyo privado, vergonzante, reservado para su interior, y el mayoritario, ése que garantiza la aceptación de otros. Muchas personas todavía poseen una cierta conciencia de la verdad, pero mucha cobardía para reconocerla públicamente. Así, la espiral conduce a que las creencias percibidas como mayoritarias acaben siéndolo realmente. Por este motivo, los medios de masas, especialmente la televisión, difunden con tanta facilidad argumentos sectarios, absurdos, tergiversados, propagadores del miedo.

ROMPER LA ESPIRAL DE SILENCIO

Todavía peor, en sistemas cerrados, de acceso restringido, en los que no se asciende en la escala social o se encuentra un buen trabajo por el mérito o el esfuerzo sino por los favores o las relaciones personales, el miedo se multiplica. Decir la verdad, hablar abiertamente con honestidad, denunciar las injusticias, puede implicar perder favores, contactos, envidiables puestos o, en el caso de los intelectuales, golosas subvenciones. Allí donde impera la injusticia es peligroso tener razón. También desaparece el incentivo para la excelencia intelectual, para formar y estructurar adecuadamente el cerebro, esa costosa y esforzada labor que lo prepara para ejercer el pensamiento crítico, lógico y racional. Por eso existen demasiados sujetos que creen saberlo todo por repetir las consignas políticamente correctas escuchadas en televisión.
Cuando un puñado de personas supera el miedo, se lanza a decir o a escribir abiertamente lo que piensa, cuando osa romper los tabúes… todo comienza a cambiar
Ahora bien, cuando un puñado de personas supera el miedo, se lanza a decir o a escribir abiertamente lo que piensa, cuando osa romper los tabúes, poner en tela de juicio los mitos… todo comienza a cambiar. Si el desafío a la ortodoxia se realiza con convicción, sin temor, medias tintas, complejos ni disculpas, si se aportan argumentos profundos, coherentes y racionales, las nuevas ideas despiertan a quienes albergaban la verdad latente. Comienza a disiparse el miedo y la nueva corriente va ganando adeptos a medida que muchos se convencen de que será mayoritaria en el futuro. El círculo virtuoso quiebra la espiral de silencio: cada vez más individuos pierden el complejo pues se sienten acompañados. Y un creciente número comienza a mofarse de la absurda corrección política, del oscurantismo imperante, hasta que éste acaba sucumbiendo. El proceso puede ser lento, pero no hay muros suficientes para encarcelar permanentemente a la razón.

Para evitar la degradación social, para prevenir lo que Hannah Arendt llamó la banalización del mal, no permanezca nunca callado por miedo al qué dirán. Muéstrese siempre crítico, desconfíe de las argumentaciones falaces, especialmente si son repetidas incesantemente por la televisión (de lo que vea en la pequeña pantalla, créase la décima parte). Manténgase firme, actúe de forma razonada y pierda el temor a lo que puedan pensar los demás. Y, sobre todo, no desaproveche la oportunidad de exponer sus argumentos con contundencia, de manera estentórea, cuando oiga aquello de: “cierto, pero no se puede decir”.



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