"Que tiempos serán los que vivimos,
que es necesario defender lo obvio".
Bertolt Brecht
"Cuando una ley es injusta,
lo correcto
es desobedecer."
“En cuanto alguien comprende
que obedecer leyes injustas es contrario
a su dignidad de hombre,
ninguna tiranía puede dominarle”.
Mahatma Gandhi
"Una persona que viola una ley injusta
que la conciencia le dice que es injusto,
y que acepta de buen grado la pena de prisión
con el fin de despertar la conciencia
de la comunidad sobre su injusticia,
está expresando en realidad
el más alto respeto por la ley".
Martin Luther King Jr
"Vivimos tiempos en que tenemos
que manifestar lo que creemos
y lo que nos parece bien
hasta lo que nos parece normal,
y que antes no teníamos
que expresarlo por ser evidentemente obvio".
Yanka
“Llegará el día que será preciso desenvainar una espada
por afirmar que el pasto es verde”. Chesterton
🔎Defender lo evidente🔍
Juan Manuel de Prada
La ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública.
Tiembla el pulso al escribirlo, pero aquel mundo de pesadilla que se recrea en 1984 ya está entre nosotros, con tan sólo treinta años de retraso: “El Partido –escribe Orwell– os decía que negaseis la evidencia de vuestros ojos y oídos. Ésta era su orden esencial. El corazón de Winston se encogió al pensar en el enorme poder que tenía enfrente. Y, sin embargo, era él, Winston, quien tenía razón. Había que defender lo evidente. (…) La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados”. Ese totalitarismo fiscalizador, que en la novela de Orwell se encarnaba en el Partido, en nuestra época se encarna en la ideología de género denunciada por el Papa Francisco en su exhortación Amoris Laetitia, que impulsa “proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”. Una ideología que pretende –volvemos a citar a Francisco– “imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños”, negando las realidades biológicas más evidentes. Cuando una evidencia biológica y una ideología se contradicen, lo más sensato sería aceptar la evidencia biológica; pues, como decía Chesterton, el hombre debe dudar de sí mismo, antes que de la verdad de las cosas. Pero ya sabemos que en nuestra época sucede exactamente lo contrario.
No siempre, sin embargo. Cuando una chica escuálida, negando una evidencia biológica, afirma que está gorda y se somete a una dieta estragadora, dictaminamos que padece un trastorno mental. No ocurre, misteriosamente, lo mismo cuando un señor con toda la barba, negando una evidencia biológica, afirma que es una señora y se somete a tratamiento hormonal o a mutilaciones en el quirófano. Entonces la ideología reinante nos exige dictaminar que ha asumido su “identidad de género”. En ambos casos nos hallamos ante una percepción subjetiva que niega una evidencia biológica; pero los dictámenes de nuestra época para cada uno de los casos son completamente distintos. ¿No será que, como denunciase Chesterton, vivimos en una época empeñada en considerar las pasiones sexuales más peregrinas como las cosas más inocentes, para que las cosas más inocentes se tiñan de las pasiones sexuales más peregrinas? Enseguida hallamos la respuesta cuando descubrimos que la ideología reinante no se conforma con imponer una percepción subjetiva sobre una evidencia biológica, sino que pretende convertir esa percepción subjetiva en dogma social, moldeando la opinión pública hasta lograr lo que Marcuse denominó “la dimensión única de pensamiento, de tal modo que toda contradicción parezca irracional y toda oposición imposible”. Y pretende, sobre todo, que nuestros hijos –las cosas más inocentes– sean aleccionados de forma obligatoria en esa dimensión única del pensamiento desde la escuela, con leyes como la que ha promovido la alguacialesa Cristina Cifuentes.
“El sentido común se ha convertido en la mayor de las herejías”, afirmaba Orwell, describiendo el mundo totalitario de 1984. Ha llegado el momento en el que, como ocurría en aquella novela, se nos quiere obligar a aceptar que dos y dos son cinco. Ha llegado el momento de defender lo evidente, frente al rebaño que aplaude al rey desnudo. Se nos encoge el corazón, como al personaje de Orwell, al pensar en la magnitud del poder que tenemos enfrente; pero es un poder que quiere corromper a nuestros hijos. Ha llegado la hora de alzar la voz o callar para siempre.
Artículo publicado en ABC el 4 de marzo de 2017
Los obispos han perdido
la razón (práctica)
No se puede despachar pánfilamente una regularización de cientos de miles de inmigrantes como un «acto de justicia social»
Al abandonar el tesoro de la filosofía perenne, la Iglesia católica se ha convertido en una frágil barca a merced de las ideologías. Y las jerarquías eclesiásticas se han puesto a hablar por boca de ganso, incurriendo en buenismos ruborizantes las más de las veces, otras veces repitiendo como loritos consignas sistémicas con un inane rebozo evangélico; y no faltan incluso, las ocasiones en que, con sus delicuescencias bienintencionadas, pueden hacer el caldo gordo a intereses malignos. Ha ocurrido así recientemente, cuando los obispos han celebrado que el doctor Sánchez y sus mariachis anuncien una regularización masiva de inmigrantes, siguiendo los dictados de la plutocracia, confundiéndolo con «un acto de justicia social». Y es que lo primero que uno pierde, al abandonar la filosofía perenne, es el discernimiento.
Acoger al forastero es, desde luego, un precepto que ningún discípulo de Cristo puede saltarse. Pero si nuestros obispos leyeran a santo Tomás sabrían que conviene distinguir entre preceptos afirmativos y negativos; y sabrían que, mientras los preceptos negativos obligan siempre y en cualquier circunstancia, los preceptos afirmativos obligan siempre, pero no en cualquier circunstancia. En efecto, no se puede invocar una situación de necesidad para matar al hijo que crece en nuestras entrañas, ni se puede alegar que estamos muy solos y necesitados de cariño para cortejar a la mujer del prójimo. En cambio, los preceptos positivos, aunque nos obligan siempre, nos exigen que valoremos prudencialmente la circunstancia. Reparemos, por ejemplo, en la obligación de dar limosna a los pobres. Sería perverso, por ejemplo, que un padre de familia descuidase la manutención de sus hijos por dar limosna; tan perverso como si ese mismo padre dejase de dar limosna por atender los caprichos de sus hijos. De lo que se deduce que, para atender ese precepto afirmativo, se debe hacer constantemente un juicio prudencial y responder a una nutrida batería de preguntas: ¿cuánto dinero necesito para atender las necesidades de mi familia?; ¿cuánto dinero puedo destinar a dar limosna?; ¿a quiénes, entre todos los pobres, debo dar limosna antes?; ¿debe ser esa limosna en numerario o en especie?, etcétera. Además, la obligación de dar limosna que pesa sobre un hombre rico no es la misma que pesa sobre un hombre pobre; y, en fin, son numerosísimas las circunstancias que nos exigen ese juicio prudencial.
No basta con dictaminar sumariamente, el estilo de nuestros obispos, que regularizar inmigrantes es «un acto de justicia social». Dios no nos dio una razón práctica para que la empleemos a modo de florero, sino para atender –volvemos a citar al Buey Mudo– «las cuestiones contingentes, que son propias de las acciones humanas: y, en consecuencia, aunque hay necesidad de principios generales, cuanto más descendemos a los detalles, más frecuentemente encontramos defectos» ('Summa Theologiae', I-II, q. 94, a. 4). No se puede despachar pánfilamente una regularización de cientos de miles de inmigrantes urdida por gobernantes probadamente malvados y fementidos como un «acto de justicia social»; hay que hacer un juicio prudencial y atender las circunstancias complejas (no sólo electorales, como hace cierta derecha pauloviana) en que tal regularización ha sido urdida; y hay que sopesar si tal regularización atiende realmente las necesidades de los pobres o las necesidades de un orden capitalista protervo que tiene hecho su 'cálculo de vidas' y promueve movimientos sísmicos en la población mundial para generar mano de obra barata. Tenemos mayor obligación hacia la familia que hacia los extranjeros, pues la virtud de la justicia exige que cumplamos primeramente con las responsabilidades hacia aquellos que dependen directamente de nosotros ('Summa Theologiae', II-II, q. 26, a. 7). El deterioro rampante por saturación de nuestros servicios públicos –sanidad, educación, infraestructuras, etcétera–, ¿de veras hace aconsejables regularizaciones masivas? Y, en un orden espiritual, ¿contribuye al bien común el zurriburri religioso que estas regularizaciones masivas acarrean?
Renunciar al juicio prudencial de la razón práctica, como si fuera un florero, es un grave fallo moral. Pues la prudencia es una virtud cardinal; y prescindir del juicio prudencial nos hace culpables de imprudencia. Por lo demás, no debemos olvidar que, según la teología católica, todas las obras de misericordia deben estar ordenadas a la salvación de las almas, del mismo modo que toda forma caridad debe estar ordenada al amor a Dios. La Iglesia debe recordar que el forastero debe ser acogido; pero a cambio debe comprometerse a llevarle la Buena Nueva. De lo contrario, estaría contribuyendo a que el mundo se invada de «virtudes cristianas que se han vuelto locas», en acertada expresión de Chesterton. ¿Y cómo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando son desgajadas unas de otras. Así, por ejemplo, la caridad cristiana se convierte en una virtud loca cuando se separa de la verdad; o, dicho más gráficamente, cuando las obras de misericordia corporales se anteponen a las obras de misericordia espirituales. Una Iglesia que se conformase con atender las necesidades 'corporales' de los pobres acabaría siendo un instrumento al servicio de gobernantes inicuos que, a la vez que regularizan inmigrantes, envenenan sus almas.
Para entender gráficamente los efectos de esta caridad loca convendría que nuestros obispos viesen 'Viridiana', la película de Luis Buñuel, un «ateo por la gracia de Dios» con mejor teología que muchos obispos. En 'Viridiana', la protagonista renuncia a ser monja de clausura y, en su lugar, decide acoger en su casa a unos cuantos mendigos, a quienes brinda refugio y alimento (obras de misericordia corporales), descuidando la salvación de sus almas (obras de misericordia espirituales). Inevitablemente, los mendigos fingirán farisaicamente que la caridad loca y activista de la mentecata Viridiana los ha hecho buenecitos, pero en cuanto se les ofrece la oportunidad, agreden y roban a su benefactora; y, a la vez que perpetran diversos vandalismos, se burlan sacrílegamente de su fe. Pero yo bien sé que a nuestros queridos obispos no los mueve el mismo activismo desnortado que movía a la mentecata Viridiana; yo bien sé que, después de aplaudir el «acto de justicia social» del doctor Sánchez, se disponen a evangelizar a esos ochocientos mil inmigrantes regularizados con un ejército de curas recién salidos de nuestros abarrotados seminarios, para asegurar la salvación de sus almas.
Hazte Oír viene trabajando desde hace años, defendiendo causas que debieran interesar a cuantos no han perdido el sentido de la realidad y de la moral. Pero una cosa es tratar de hacerse oír y otra conseguirlo, en una sociedad en que los grandes medios de masas son simplemente medios de manipulación y desinformación, que marcan un cerco de muerte civil en torno a los discrepantes, aunque nunca lo consigan del todo. El ambiente sociopolítico del país está marcado por una triple corrupción --intelectual, económica y sexual-- que solo puede causar asco a quien guarde al menos un resto de criterio moral y de respeto por la verdad. Pues bien, con su famoso autobús Hazte Oír ha conseguido remover las aguas del estanque hediondo en que quieren los actuales políticos ahogar a la sociedad. El escándalo de los déspotas y fanáticos ha sido mayúsculo, lo que ha aumentado el eco de su necesaria denuncia.
La iniciativa de Hazte Oír ha puesto en evidencia muchas cosas. Para empezar, la putrefacción de una democracia en la que intenta imponerse un despotismo brutal, no ya sobre las ideas, sino sobre los mismos sentimientos de las personas. Una putrefacción en que los más obsesivos y más matones sembradores de odio se presentan como víctimas e intentan aplastar la más elemental libertad de expresión. Ha puesto en evidencia al gobierno, al PP y a algunos obispos cuya política ante la marea de porquería que nos invade consiste en cederle el terreno cuando no colaborar con ella. Una marea en que se confunden los separatismos, las perversiones sexuales, el abortismo (que no es otra cosa que el fomento del asesinato de vidas humanas), el multiculturalismo (que consiste en el intento de destruir nuestra identidad cultural y nacional construida con enorme esfuerzo por nuestros padres y abuelos a lo largo de siglos), la rapiña de los bienes públicos, etc.
Es preciso llevar a cabo iniciativas semejantes, que rompan el muro de silencio y ocultación con que los elementos más corruptos y tiránicos de la sociedad socavan y destruyen una moral, una cultura y una nación cien veces mejores que ellos. Y es preciso que los buenos no cedan ante los malos. Se trata de una lucha cultural de gran alcance, y es necesario conquistar la universidad y la opinión pública que por dejadez se dejan arrastrar por el fango. Nadie debe ver iniciativas como la de Hazte Oír como un espectáculo curioso, sino apoyarlo activamente.
Un ejemplo práctico en el mismo sentido: este blog es visitado por al menos 20.000 personas en cada sesión. A pesar de ello, su proyección en las redes sociales apenas varía entre unas decenas y unos pocos cientos de reproducciones. Ha habido alguna excepción, como el artículo en que se preguntaba si Cifuentes y Carmena tenían pene: ese artículo superó las 4.000 proyecciones en Facebook y varios centenares en twitter (en realidad fueron bastantes más). Lo cual demuestra que las posibilidades son muchas veces superiores a las efectivamente realizadas. Corregir esta situación solo depende de que nuestros lectores y seguidores se sacudan la modorra y la tendencia a la queja inane. Es muy fácil y cuesta muy poco: solo hay que hacerlo.
"Es necesario repetir la verdad una y otra vez, porque la mentira a nuestro alrededor también es constantemente repetida, no por los individuos. Sino por las masas; en los periódicos y en las enciclopedias; en los colegios y en las universidades. En todos lados la falsedad está en la cima, cómoda y segura de que la conciencia de la mayoría esta de su lado". Wolfang von Goethe
Genial burla a los ideales "Progresistas" que buscan imponerse hoy en el mundo occidental,
y a la dictadura de lo "políticamente correcto".
SOMOS LA VIDA












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