EL Rincón de Yanka: 🏃 "AQUEL QUE ME HONRA SERÁ HONRADO POR MÍ": ERIC LIDDELL: CARROS DE FUEGO

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lunes, 27 de marzo de 2017

🏃 "AQUEL QUE ME HONRA SERÁ HONRADO POR MÍ": ERIC LIDDELL: CARROS DE FUEGO


«Carros de fuego»: 
los dos caminos 
de la gloria olímpica
🏃
Eric Lidell, personificación del talento, frente a Harold Abrahams, símbolo del esfuerzo: la historia de dos medallistas británicos en los Juegos de 1924

En 1808, el poeta William Blake creó uno de los mayores símbolos nacionales de Inglaterra. El poema “And did those feet in ancient time (Y esas pisadas de tiempos remotos)”, musicalizado y convertido en himno un siglo después bajo el nombre de “Jerusalem”. Sus versos más enardecidos rezaban: 


“Bring me my Bow of burning gold; 
Bring me my Arrows of desire: 
Bring me my 
Spear: 
O clouds unfold! 
Bring me my Chariot of fire!".

Jerusalén
William Blake

Y caminaron esos pies en tiempos remotos
sobre el verde de las montañas de Inglaterra
y fue entonces el Sagrado Cordero de Dios
visto en los agradables pastos de Inglaterra

Y brilló pues el Divino Semblante
sobre nuestras colinas nubladas
y fue Jerusalén construida aquí
entre esos molinos oscuros y satánicos

Traedme mi arco de oro ardiente
traedme mis flechas de deseo
traedme mi lanza - abríos, oh, nubes
traedme mi carruaje de fuego

No cesaré de luchar mentalmente
ni se dormirá mi espada en mi mano
hasta que hayamos construido Jerusalén
en la tierra verde y apacible de Inglaterra

¡Ojalá todo el pueblo del Señor 
fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!
Núm 11,29



Música escrita por Sir Hubert Parry en 1916

El carruaje de fuego de la última línea hace referencia a un pasaje bíblico, del Segundo Libro de los Reyes, cuando unos carros tirados por caballos de fuego envuelven al profeta Eliseo y lo suben al cielo en un torbellino.

Blake convirtió la imagen del carro de fuego en un símbolo de la energía divina. Casi dos siglos después, el director Hugh Hudson la tomó como inspiración para contar la historia de dos atletas británicos en las olimpiadas de París de 1924. De ahí surgió “Carros de fuego” (1981), una película inevitablemente ligada a su primera escena con los jóvenes atletas corriendo por la playa mientras suena el archiconocido tema de Vangelis.

Hudson quiso firmar un canto al deporte con trasfondo cristiano y algo de vocación inspiradora para el olimpismo británico. Un filme basado en los dos caminos clásicos del deportista de élite: el talento frente al esfuerzo, una lucha de opuestos que actualmente simbolizan mejor que nadie Federer y Nadal. En el caso que nos ocupa, Eric Lidell frente a Harold Abrahams.

Lidell es el talento. Un corredor que parece conseguir sus proezas sin esfuerzo. El elegido por Dios para darle medallas a su país, según su propia versión de los hechos. El oro que conquistó en los 400 metros da cuenta de su manera de correr: Lidell se exprimió durante la primera mitad, casi igualando los tiempos que solía firmar en 200. Y cuando todo el mundo pensaba que había dilapidado sus reservas e iba a desfondarse, siguió corriendo con el mismo empuje. Los carros de fuego llegaron para arrebatarle sobre esa pista.

Abrahams es el esfuerzo. Un hijo de judío que se siente rechazado por la Inglaterra cristiana. Mientras Lidell es el buen cristiano complaciente y querido por los niños, Abrahams es un personaje con un punto asocial. Un atleta que corre para demostrarse a sí mismo que es mejor que los demás, que se salta el protocolo de Cambridge para contratar al mejor entrenador disponible y se castiga el cuerpo con entrenamientos espartanos. Al contrario que Lidell, que se limita a sacar todas sus energías, gana el oro en los 100 metros porque se ha estudiado, punto por punto, todas las maneras de arañar segundos.

Hudson, además, se empeñó en añadirle al personaje de Lidell un paralelismo con el Tomás Moro de “Un hombre para la eternidad”. Es decir, convertirlo en un héroe de conciencia. Según “Carros de fuego”, Lidell perdió su oportunidad de medalla en los 100 metros lisos porque se negó a competir en domingo, cuando se celebraba la carrera de clasificación. La película sitúa la decisión justo cuando el equipo olímpico británico parte hacia París. En realidad, Lidell lo hizo meses antes, al perderse una carrera de preparación, y el comité tuvo tiempo de sobra para cambiarle a los 400 metros, como narra la película.

Y llegó el día de la carrera de los 400, en los que Liddell no era ni mucho menos el favorito. Al parecer, un masajista estadounidense le entregó al escocés, poco antes de empezar la carrera, una nota con el texto del libro de Samuel: “Aquel que me honra será honrado por mí”. En efecto, Liddell ganó la carrera, llevándose el oro, y batiendo el récord del mundo, con una marca de 47,6 segundos (más de cuatro segundos que el récord actual, que ostenta Michael Johnson). Además, consiguió el bronce en los 200 metros. Liddell llamó la atención del público y los medios por su forma de correr: con la cabeza hacia atrás y con la boca muy abierta.

Gracias a su victoria, y a su récord (que estuvo vigente cuatro años), Eric Liddell se convirtió en un héroe en toda Gran Bretaña y más en Escocia. Se ganó un apelativo: The Flying Scotsman (el Escocés Volador). En la foto, junto a estas líneas, sus compañeros de la Universidad de Edimburgo lo pasean por el campus a su regreso de París.

Pero tras acabar los Juegos, en vez de dedicarse a saborear las mieles del deporte, Liddell decidió seguir los pasos de sus padres y convertirse en misionero. Volvió a su Tianjin natal, donde se convirtió en profesor en un colegio anglo-chino. Además de valores cristianos, Liddell, que seguía corriendo para su propio deleite, también intentaba inculcar a los niños chinos su pasión por el deporte. En 1934 se casó con la canadiense Florence McKenzie, que como él, era hija de misioneros. Con ella tuvo tres hijos.

Pero las cosas se torcieron. En 1941, el Gobierno Británico recomendó a sus súbditos que abandonaran China: había estallado una cruenta guerra civil. Florence decidió irse a Canadá con sus hijos, pero Eric se quedó en China. En concreto, en una misión en una paupérrima comarca en la que ya trabajaba su hermano Rob como médico. El trabajo era ingente y todo se complicó cuando en 1943, la misión fue desmontada y Liddell ingresó en un campo de prisioneros. Allí se convirtió en un líder, ayudando a los mayores, entreteniendo a los jóvenes y leyendo la Biblia para los demás.

El 21 de febrero de 1945 escribió una carta a su mujer, en la que le decía que estaba cerca de sufrir un ataque de nervios. Precisamente, ese mismo día, Liddell murió repentinamente. Al parecer, sufría un tumor cerebral que empeoró por las malas condiciones del campo de prisioneros. Su muerte fue muy llorada en Reino Unido.

Hace poco, con motivo de los Juegos de Pekín en 2008, el Gobierno chino reveló que Eric Liddell tuvo ocasión de salir del campo de prisioneros, merced a un acuerdo entre los chinos comunistas y el gobierno británico. Pero no ocurrió nunca, ya que Liddell renunció a salir para que en su lugar, pudiera ser liberada una mujer que estaba embarazada.

A pesar de su muerte, la leyenda de Eric Liddell permaneció siempre. La Universidad de Edimburgo tiene una placa en su honor, y la iglesia episcopaliana americana lo considera casi como un santo. En 1980, cuando el escocés Alan Wells ganó el oro en los 100 metros lisos de Moscú 80, sus primeras palabras fueron de recuerdo para Eric Liddell.

Pero más allá de licencias poéticas, “Carros de fuego” contagia su entusiasmo. La oda a la sangre, el sudor y las lágrimas que se derraman en los Juegos Olímpicos. Aunque, sobre todo, prevalece su mensaje cristiano. Otorga mucho valor al componente espiritual de las victorias que a su valor para un país. “Dios está por encima de las naciones”, según Lidell.