EL Rincón de Yanka: ¿POR QUÉ ES IMPORTANTE DECIR LO QUE SENTIMOS E IDENTIFICAR LAS EMOCIONES

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viernes, 31 de marzo de 2017

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE DECIR LO QUE SENTIMOS E IDENTIFICAR LAS EMOCIONES



El Emocionario describe, con sencillez, cuarenta y dos estados emocionales para aprender a identificarlos y, así, poder decir lo que realmente sentimos.

La estación primordial del itinerario «Di lo que sientes» es el diccionario de emociones EMOCIONARIO, que expone de manera didáctica, divertida y cálida el significado de cuarenta y dos emociones. Cada doble página del EMOCIONARIO se centra en una emoción, que se aborda con un texto y una ilustración. 

EL EMOCIONARIO

Las ilustraciones tienen un carácter variado y la perspectiva desde la que se trata cada emoción es, en unas ocasiones, más conceptual y, en otras, más figurativa. Tanto unas como otras combinan la claridad en su expresión con una sutileza que las hace idóneas para plantear nuevas preguntas a partir de la interpretación que los artistas han hecho de las emociones en juego.

Por su parte, el texto explica en qué consiste cada emoción con un lenguaje sencillo y con ejemplos cotidianos para que el niño pueda conectar lo expuesto con su propia vida. Además, en la segunda parte de cada entrada, se ofrecen una serie de herramientas para reconocer la emoción. Por último, el tratamiento de cada emoción termina haciendo un breve apunte sobre la siguiente. Así, se introduce esta al lector, al tiempo que se va trazando un mapa emocional fiel a las vivencias que cualquiera de nosotros puede experimentar en el día a día. 

El diccionario de emociones EMOCIONARIO es, por lo tanto, una herramienta que permitirá a los más pequeños identificar y expresar sus emociones. En Palabras Aladas consideramos que poder dar estos dos pasos es esencial para que un ser humano encauce adecuadamente sus sentimientos y emociones. Una gestión adecuada de las emociones nos hace más libres, puesto que nos permite tomar decisiones más sabias, que estén alineadas con nuestra manera de ser y de sentir y que, a largo plazo, nos permitan construir nuestra propia felicidad a partir de lo que ya sabemos sobre nosotros mismos.

Desde los estudios de Carl Ranson Rogers en los años 1940 y de Daniel Goleman (1996), la noción de «inteligencia emocional» y la idea de que expresar, conocer y encauzar adecuadamente las emociones es necesario y beneficioso están plenamente aceptadas. Según afirma Goleman: 
La investigación científica ha demostrado que la autoconciencia, la confianza en uno mismo, la empatía y la gestión más adecuada de las emociones e impulsos perturbadores no solo mejoran la conducta del niño, sino que también inciden muy positivamente en su rendimiento académico (1996, p. 12). 
De hecho, el aprendizaje social y emocional, según este autor, aumenta la capacidad de aprender de los niños, al tiempo que evita la aparición de problemas como la violencia. Las personas que no conocen sus emociones (o que no son capaces de controlarlas, lo cual puede, fácilmente, ser consecuencia de lo anterior) acaban siendo víctimas de sus propias emociones. ¿En qué sentido? Se dejan llevar por ellas sin saber muy bien a qué comportamientos les pueden conducir. La ira sin control puede desembocar en una acción violenta (incluso en un delito); una tristeza larvada, no identificada a tiempo, puede convertirse en una depresión de gravosa cura; llevados por la euforia, podemos acometer tareas cuyo sentido o cuyos beneficios, días después, observada la situación con sosiego, parecen inexistentes. En otras ocasiones, las personas que desconocen sus emociones o no son capaces de canalizarlas adecuadamente acaban dejándose llevar por las emociones de otras personas, que toman el control. De este modo, al estar guiadas por la brújula de otro, no es difícil que se sientan perdidas o que perciban insatisfacción, falta de acuerdo entre sus deseos y la realidad que ellas mismas fabrican a diario. 

Como vemos, la falta de control sobre nuestras emociones puede acabar generando la sensación de que vivimos sometidos a un «hado», de acuerdo con el cual está escrita nuestra historia (que a menudo se repite), sin que nosotros podamos hacer nada para cambiarlo. Como planteó el neurólogo portugués António R. Damásio, Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, «las emociones no son un lujo» (2004, p. 154). Este autor sugiere que, en realidad, tanto las emociones como los sentimientos que se derivan de ellas son el sustento necesario para la racionalidad: Emociones y sentimientos, junto con la encubierta maquinaria fisiológica subyacente, nos asisten en la amedrentadora tarea de predecir un futuro incierto y planear consecuentemente nuestros actos (p. 13). 

Pensemos, además, en lo contraproducente que puede resultar no conocer las propias emociones. Ese desconocimiento puede llevarnos a la negación, al arrinconamiento de lo experimentado e, incluso, a su represión. Que lo adormecido acabe aflorando no es más que cuestión de tiempo. Pero ¿el paso del tiempo nos garantiza haber desarrollado una aptitud para afrontarlo? No, si nuestra ignorancia perdura… Afortunadamente, muchas personas se han dedicado a estudiar este campo, y hoy existen multitud de recursos para educar nuestra parte emocional. De hecho, como veremos más adelante, incluso los currículos escolares recogen la necesidad de formar a niños emocionalmente competentes. La infancia es, probablemente, la mejor época de la vida para sembrar la esencia de la educación emocional y para trabajar este aspecto de nuestro ser. Esto ayudará a conseguir que los niños se conviertan en adultos saludables para sí mismos y para el entorno en el que viven.

El candor (según el Diccionario de la Real Academia Española: «Sinceridad, sencillez, ingenuidad y pureza del ánimo») infantil permite a los niños expresarse sin fingimientos ni artificios, de una manera libre, espontánea, exenta de malicia. Por eso, los niños sienten menos prevención a la hora de expresar sus emociones: lloran, patalean, ríen a mandíbula batiente, buscan una caricia o un regazo…, y lo hacen de manera natural, porque «se lo pide el cuerpo». Cuando hablamos de educar emocionalmente a los niños nos referimos a la necesidad de aprovechar esta ausencia de barreras para conseguir que los niños sepan reconocer las diferentes emociones en sí mismos y en los demás; para ayudarlos a expresar lo que experimentan de modo que puedan ser entendidos; y para darles herramientas con las que encauzar lo sentido y controlarlo. 

Es común que a los niños les embargue literalmente una emoción. (Según la primera acepción del DRAE, embargar significa «dificultar, impedir, detener»; de acuerdo con la segunda: «suspender, paralizar»). Pues bien, precisamente lo que queremos es que los niños no se vean detenidos, dificultados o paralizados por lo que sienten, sino que puedan identificarlo, analizarlo y procesarlo de un modo constructivo y sano. Sin embargo, existe una dificultad manifiesta a la hora de trabajar las emociones con niños: el conocimiento lingüístico, el vocabulario, las palabras. Si el lenguaje nos permite manifestar lo que pensamos o sentimos, entonces desconocer determinadas palabras y su significado limitará en gran medida la gama de lo que podemos manifestar. Incluso es posible que nos limite en nuestra capacidad para comprender lo que pensamos o sentimos. 

Y es que pensar y hablar, por más que no compartan origen, son dos actividades muy vinculadas. Naturalmente, el desconocimiento de ciertas palabras no implica que no sintamos o no pensemos determinadas cosas; no en vano buscamos a veces una palabra —huidiza– para expresar aquello que nos ronda la cabeza. Sin embargo, de no encontrarla, podemos aplicarle otra que le conviene menos o, simplemente, descartar el asunto.

Con el itinerario «Di lo que sientes» pretendemos dar a los niños recursos para identificar lo que sienten, para poder expresarlo de forma que los demás los comprendan y, así, aumentar su horizonte y su conocimiento de sí mismos. Las palabras tienen un componente mágico. Decir: «Me siento desamparado» puede tener un efecto reconfortante instantáneo. Saber qué nos ocurre y saber que lo que nos ocurre es parte del acervo humano aleja la incertidumbre, contribuye al sosiego y sirve de punto de partida para emprender acciones positivas al respecto. ¿Cómo podríamos negarles todo eso a los niños?

Un Emocionario… ¡Qué fantástica idea para que una persona se conozca a sí misma desde su más subjetiva realidad! Este Emocionario le ofrece una oportunidad integradora al ser humano, desde su más tierna infancia, porque le ayuda a conocer sus emociones y a dialogar sobre sus sentimientos. De este modo, podrá encauzarlos adecuadamente y, así, sentir su vida con todo su potencial, sin detrimento de ninguna de sus capacidades. 

El Emocionario es un apoyo pedagógico elemental. Permite desarrollar la inteligen‑ cia emocional del niño, que será la clave de su autoaceptación y de un desarrollo psicoevolutivo sano. Para que seamos capaces de crear nuestra propia felicidad, es necesario que aprendamos a integrar en el desarrollo psicológico el conocimiento de las emociones. Descubrir, identificar y diferenciar las emociones a través de este Emocionario es una forma de educar a los más pequeños para que sientan sin temor, para que se descubran a sí mismos y para que acaben convirtiéndose en adultos autoconscientes con habilidad sensitiva para afrontar los retos de la vida. 

Sentir es un privilegio y aprender a expresar nuestras emociones nos ayudará a acercarnos a quienes amamos. Las emociones son estados afectivos innatos y automáticos que se experimentan a través de cambios fisiológicos, cognitivos y conductuales. Sirven para hacernos más adaptativos al entorno que experimentamos. Los sentimientos son la toma de conciencia de esas emociones etiquetadas. Sirven para expresar, de forma más racional, nuestro estado anímico. 

Compasión 
Hay quienes la llaman ‘conmiseración’ o ‘lástima’. La compasión es la pena que nos provoca la desgracia de los demás. ¿A qué nos motiva la compasión? Nos motiva a ayudar a quien está sufriendo. Puede ser un pariente o un desconocido. Incluso puede tratarse del personaje que habita en un libro, como un zorro que ha perdido a su familia. Eso nos despierta el deseo de abrazarlo para aliviar su tristeza. Si un ser querido la pasa mal y no lo ayudamos, es muy probable que entremos en el territorio del remordimiento .

Remordimiento 
Algunos lo confunden con el arrepentimiento. El arrepentimiento es el malestar que podemos sentir ante cualquier acto, sea malo o no. En cambio, el remordimiento solo se genera al haber realizado una mala acción. Por ejemplo, podrías arrepentirte por haber dicho ‘no’ cuando tu hermano te ofreció unos chocolates… y, seguramente, sentirás remordimiento si le quitas unos cuantos sin que él se dé cuenta. ¿Qué estrategia emplea? Una sencilla, pero efectiva. Se las ingenia para que no puedas dejar de pensar en eso malo que hiciste. Así, despierta en ti un malestar que te invade poco a poco. Ese malestar que te remuerde es la culpa.

Placer 
El placer es la satisfacción y la alegría producidas por algo que nos gusta mucho. Puedes hallar placer en actividades muy diferentes: al fantasear con otros mundos, al mirar cosas bonitas, al resolver problemas difíciles, al jugar, al sentirte amado… ¿Cómo apreciar el placer? Para sentir el placer debes concentrarte. Imagina que tienes delante un zumo. Puedes bebértelo rápidamente para apagar tu sed, pero también puedes concentrarte en su sabor y disfrutarlo sin prisas. En definitiva, sentir el placer que te proporciona. Llevar una vida placentera nos hace sentirnos agradecidos .

Gratitud 
La gratitud es el alma de la palabra ‘gracias’. Y se multiplica cada vez que eres capaz de ver, en lo cotidiano, un regalo: en la sonrisa de un amigo, en una canción, en la comida… La gratitud te enseña a disfrutar más de la vida. Es la entrada a la felicidad. Cuando tenía diez años, mi abuela me dio un ‘diario de la gratitud’ y, al oído, me dijo: —Yo tengo uno igual. Cada noche, escribo en él las cosas por las que estoy agradecida. Después, al colocarlo bajo mi almohada, sucede algo maravilloso: El contenido del diario se mete en mis sueños para convertirse en el Palacio Feliz… y su felicidad me acompaña durante todo el día siguiente. ¿Qué hemos anotado hoy? — Gracias a quienes han vertido su magia en este libro. — Gracias a la persona que te lo ha regalado. — Y, especialmente, muchas gracias a ti por  e m o c i o n a r n o s.