EL Rincón de Yanka: PÍO-MOA

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lunes, 2 de diciembre de 2019

LOS ORÍGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA por PÍO MOA 💥




"El nuevo libro de Pío Moa trata por encima los acontecimientos de 1936, pero ofrece un análisis claro y conciso de la revolución de 1934 y su importancia en la historia de España. Esta obra recuerda al lector que, tal y como Ortega y Gasset incluyó en las últimas ediciones de La rebelión de las masas, si hay algo que debe comprenderse sobre la Guerra Civil son sus orígenes". STANLEY G. PAYNE
La democracia había sido arrumbada por los dos bandos, pero quienes habían causado todo el estropicio habían sido los "rojos" que, con desvergonzado oportunismo, se titulaban también "republicanos".

Con motivo del décimo aniversario de la publicación de Los orígenes de la guerra civil (cómo pasa el tiempo), va a salir, para la Feria del Libro, una nueva edición del libro, con prólogo de Stanley Payne y un "Epílogo para universitarios" de un servidor. Quiero hacer un par de consideraciones al respecto. A menudo he oído comentar que lo que dicen mis libros "ya lo han dicho otros". Eso en parte es cierto, claro: un historiador no es un novelista y no puede inventarse las historias por puro afán de originalidad, y en este libro y tantos más no sólo hay cientos de notas referidas a fuentes primarias, sino muchas otras referencias a libros de diversos historiadores, unas veces para rebatirlos otras para abundar en ellos.

Pero, en conjunto, mi enfoque se diferencia básicamente de lo escrito antes desde un punto de vista izquierdista o derechista. Mencionaré aquí un solo y crucial aspecto: no solamente he demostrado de manera documental y criticado con argumentación nueva la falsedad radical de la historiografía "progresista", sino también el desenfoque de la de derechas, para la cual no existe el problema de la democracia en relación con la República y la guerra. Para las derechas, en general –dejo aparte al PP, cuyo afán es borrar el pasado, creyendo quizá, como los niños, que tapándose ellos los ojos los demás ya no les ven–, la República es democrática, y por tanto mala, y además ilegítima, y la guerra enfrentó a republicanos y a nacionales.

Mi enfoque, ya lo he dicho, es muy distinto, y lo resumiré en tres puntos. En primer lugar, la República fue perfectamente legítima, porque quien la trajo fue la legitimidad monárquica anterior, que renunció a sí misma y, con mínimas presiones, entregó el poder a los republicanos. Así lo vio muy claro el mismo Franco.

En segundo lugar, la República fue parcialmente democrática, es decir, parcialmente buena, porque trajo numerosas libertades políticas, la limitación, en principio, del poder, y la posibilidad de alternancia en él. Sus defectos fueron el ataque a la Iglesia, a la cultura y tradición españolas, la insuficiente garantía de la separación de poderes y leyes como la de Defensa de la República, que limitaban considerablemente la práctica de esa democracia.

En tercer lugar, quienes arruinaron la democracia y la legalidad republicana en su conjunto no fueron las derechas, sino las izquierdas. Las derechas –excepto los monárquicos y los falangistas– aceptaban dicha legalidad, sin entusiasmo pero la aceptaban, empezando de nuevo por Franco, que mantuvo ese respeto hasta el mismo extremo (a mucha gente de derechas le vendría bien leer con cuidado Franco para antifranquistas).

Así, la insurrección de octubre del 34, planteada por la izquierda textualmente como guerra civil, dejó malherida a la República, aunque ésta pudo haberse recuperado porque la derecha no aprovechó para dar un contragolpe, pero era preciso que las izquierdas guerracivilistas hubieran aprendido la lección de octubre y rectificado. Por el contrario, en febrero de 1936 desvirtuaron las elecciones e inauguraron un proceso revolucionario amparado por sucesivas y gravísimas irregularidades desde el gobierno, que acabaron de liquidar la República y su legalidad. Cuando la guerra civil se reanudó, en julio del 36, no luchaba ningún republicano, o por lo menos republicano-democrático, sino por una parte quienes destruyeron aquella legalidad, y que se solían llamar a sí mismos, orgullosamente, "rojos", y por la parte contraria unas derechas que habían dejado de creer en la República y la democracia, lo poco que habían creído hasta entonces. 

De un lado fue una guerra revolucionaria –con varias tendencias de ese tipo, más secundariamente otras separatistas y las de quienes soñaban con un régimen al estilo del PRI mejicano–; y del otro se luchaba por "Dios y por España", es decir, por la religión y por la integridad nacional. La democracia había sido arrumbada por los dos bandos, pero quienes habían causado todo el estropicio habían sido los "rojos" que, con desvergonzado oportunismo, se titulaban también "republicanos", un título absolutamente impropio que les sigue reconociendo una historiografía poco rigurosa. No sé de nadie que haya expuesto antes este enfoque, al menos de forma sistemática. Y a partir de él he elaborado bastantes otros planteamientos también nuevos o ya conocidos pero matizados que mucha gente, sumida en versiones tópicas, no acaba de entender.

Presentación de Pío Moa 

En el libro Los orígenes de la guerra civil española creo haber probado documentalmente algunos hechos clave para entender la dinámica de la historia de España en los años 30, y que en resumen serían éstos: 

1.- La insurrección socialista y nacionalista catalana de izquierdas, en octubre de 1934, constituyó un intento de guerra civil en toda regla, implícito en el caso de la Esquerra catalana, y explícito en el del PSOE. Por entonces las invocaciones a la guerra civil eran frecuentes en la propaganda socialista, y las instrucciones secretas para la insurrección, publicadas en el libro, insistían que el movimiento debía ser entendido como una guerra civil. 

2.- Es falsa la versión circulada durante muchos años, según la cual la sublevación de octubre trataba de impedir o responder a un «golpe fascista», manifiesto en la entrada de tres ministros de la CEDA principal partido de la derecha, en el gobierno centrista de Lerroux. Dicho partido había sido el más votado en las elecciones de un año antes, y tenía obvio derecho a gobernar. La propaganda ha pintado a la CEDA como un partido fascista o semifascista, pero los hechos revelan que su actitud fue esencialmente legalista y moderada. En realidad, la Esquerra ya tomó una actitud de rebeldía al perder las elecciones de noviembre de 1933, en las que los votos dieron el triunfo al centro derecha. Con igual motivo, Azaña y otros políticos de izquierda propiciaron un golpe de estado que burlase la decisión de las urnas, intento en el que reincidirían en julio de 1934. En cuanto a los socialistas, su rebeldía contra la legalidad democrática provenía de antes de las elecciones citadas. Declaraciones y decisiones tomadas entonces prueban sin lugar a dudas que no sólo no creía el PSOE en la existencia de un peligro fascista -aunque propagandísticamente sostuviera lo contrario, a fin de exaltar a las masas-, sino que confiaba en que, aun si fallara su insurrección, la legalidad vigente seguiría en pie, y a ella podría acogerse el partido para esquivar la represión. 

3.- La documentación es concluyente a la hora de establecer que el PSOE desató su asalto al poder con fines netamente revolucionarios, es decir, para implantar lo que llamaba la dictadura del proletariado, siguiendo el ejemplo soviético. Lo hizo porque consideraba que la situación histórica y la debilidad general que creía percibir en la derecha y en el aparato del estado, debilidad por otra parte bastante real, abrían el camino al objetivo definidor del partido: implantar en España un régimen socialista. La decisión ocasionó fuertes y dramáticas tensiones en el interior del PSOE, pues el sector de Besteiro no aceptaba en modo alguno la destrucción de la legalidad republicana. Pero Besteiro fue desplazado por Largo Caballero, llamado “el Lenin español”, y por Prieto, con lo que quedó abierta la vía de la guerra. 

4.- Y la Esquerra, en los meses previos al golpe de octubre, provocó deliberadamente al gobierno, impidiendo la solución negociada de diversos problemas, con el fin de crear en Cataluña un ambiente insurreccional, en lo que contó con el apoyo de las demás izquierdas republicanas, así como del PSOE y del PNV. Con ello atacaban directamente la legalidad que esos mismos partidos habían establecido en 1931, pero que no admitían pudiera dar el triunfo electoral a las derechas. 

5.- El plan de guerra civil, que era complejo y no mal diseñado técnicamente, fracasó ante todo porque las masas no siguieron los llamamientos de los líderes socialistas y nacionalistas catalanes. Aún no existía, por tanto, el clima social propicio para la contienda. La excepción fue la cuenca minera asturiana, donde sí hubo un seguimiento masivo, que sumió al estado en una crisis extrema. En conjunto, el golpe de octubre del 34 fue el intento revolucionario más grave y sangriento ocurrido en Europa desde la Revolución Rusa de 1917, y fue comparado a la Comuna de París. 

6.- Fracasada la insurrección, se abría un gran interrogante: ¿serviría la experiencia para pacificar los espíritus, u ocurriría lo contrario, haciendo inevitable la prosecución de la lucha? Sabemos que la guerra se reanudó en julio de 1936. Este nuevo libro intenta mostrar, precisamente, los procesos desatados después de octubre del 34, que envenenarían el ambiente social de tal manera que en el 36 sí existía un clima social de guerra civil que arrastraba a grandes masas, y que dio lugar a una contienda de casi tres años, una de las mayores catástrofes de la historia de España

Una breve nota sobre el título. Se me ha hecho observar que académicamente resulta más correcto «derrumbamiento» que «derrumbe», pues esta última palabra se refiere más bien a un despeñadero o corte brusco del terreno. Sin embargo en el lenguaje corriente, derrumbe ha llegado a ser sinónimo de derrumbamiento, y pocas veces se utiliza en otro sentido. Tiene, además, la ventaja de ahorrar un par de sílabas, y en mi opinión deben preferirse las palabras cortas. 



VER+:


Pío Moa - La Guerra Civil sigue siendo la gran asignatura histórico-política



HISTORIA E HISTORIAS (35) Pío Moa sobre La Guerra Civil 
y los problemas de la democracia en España

jueves, 2 de agosto de 2018

O ESPAÑA Y LA DEMOCRACIA CONSTITUYENTE SE LIBRAN DE ESA CHUSMA PARTIDOCRÁTICA, O NOS VAMOS A LA MIERDA





“O España y la democracia se libran 
de esa chusma del Congreso, 
o España y la democracia estarán acabadas”


“En España la derecha, la gente común de derecha, resulta muy “respetuosa. En concreto, sienten enorme respeto por los matones. Y cuando se respeta lo que no es respetable se pierde el respeto a lo que sí lo es. Y este es uno de los grandes males que sufrimos. Con todo, parece imposible que una ley así cuaje. Todo el mundo con quien he hablado coincide en que es una monstruosidad”. Son palabras del historiador y escritor Pío Moa contenidas en la entrevista sobre los perversos efectos que acarrearía la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, que pretende ilegalizar cualquier asociación o fundación que sostenga puntos de vista contrarios a los de ese y otros partidos sobre la historia reciente de España. Y amenaza con penas de cárcel y elevadas multas a quienes sostengan opiniones o estudios favorables a la figura de Franco y a su régimen. Intenta asimismo expropiar, destruir o transformar el patrimonio histórico y artístico?procedente de aquel régimen.

No hay que ser jurista para afirmar la Ley de Memoria Histórica que pretende sacar adelante el PSOE es una monstruosidad desde cualquier punto de vista

–Si ese “todo el mundo” dice que es una monstruosidad, y se queda ahí, es que está dispuesto a aceptar la monstruosidad. En la degradación a que ha llegado esta democracia fallida, que ha embrutecido a la mayoría de la gente, ello es perfectamente posible. Para empezar, la ley de memoria histórica de Zapatero es lo mismo que la que proponen ahora. La única diferencia es que en aquella la amenaza sobre las libertades quedaba pendiente, como una espada de Damocles, y en esta ya se explicita sin lugar a dudas: quien no piense como la pandilla de matones y delincuentes de la izquierda y los separatistas, puede ser encarcelado o arruinado a multas por orden de cualquier mangante de la política; y el espacio público será ocupado exclusivamente por esa caterva de rufianes. Es que la ley anterior era una monstruosidad exactamente como esta. Era una ley totalitaria y de apología de los torturadores, ladrones y asesinos de las chekas. ¡Y fue promulgada y cumplida también por el PP!

Usted no deja títere con cabeza entre los partidos. El PP se opuso a aquella ley

–Vamos a ver: el PP no se opuso ni se opone. Decir que “hay que mirar al futuro” ante un ataque semejante a la libertad de todos y a la verdad de la historia es colaborar de entrada con los matones, haciendo un paripé para seguir embaucando a los votantes más obtusos o más ilusos. Como se demuestra cuando, ya en el poder y con mayoría absoluta, el PP cumple esa ley de la cheka con el mismo celo que el PSOE. Pero déjeme seguir con la monstruosidad. Que una ley así haya sido aceptada para discusión en el Congreso ya revela la gentuza que se ha mentido en el Congreso, unos personajes que no son simplemente corruptos en el sentido económico, sino que lo son mucho más en el sentido político, intelectual y moral. Unos supuestos representantes del pueblo, que han llegado ahí engañando desvergonzadamente a la gente, votan leyes contra las libertades más elementales del pueblo. ¿Cómo es posible? Pues así es. Lo hacen con todo descaro ante nuestras narices. Esos cuatro partidos más los separatistas forman desde el punto de vista ideológico un solo partido, un partido zapaterista. A eso hemos llegado. Esta ley los retrata a todos sin el menor lugar a dudas. O España y la democracia se libran de esa chusma, o España y la democracia estarán acabadas dentro de no mucho tiempo.



Su lenguaje es muy fuerte, muy irrespetuoso, sonará excesivamente radical a mucha gente


–Mire usted, cuando estamos ante un ataque de esta envergadura no caben eufemismos ni respetos. En España la derecha, la gente común de derecha, resulta muy “respetuosa”. En concreto, sienten enorme respeto por los matones. Y cuando se respeta lo que no es respetable se pierde el respeto a lo que sí lo es. Y este es uno de los grandes males que sufrimos. Porque ya el franquismo, aunque excelente en muchos aspectos prácticos, era muy débil intelectualmente, y la derecha posterior lo es más aún. Como es muy inculta e ignora la historia, empieza por considerar “con respeto” el vocerío y la demagogia de izquierda y separatistas, es incapaz de aclarar sus sofismas y enredos intelectuales, y termina por aceptar en gran parte sus ideas.

-¿Qué habría que hacer, en su opinión?

–Partamos de la realidad. Esa ley puede ser aprobada lo mismo que la anterior, porque viene impulsada por un partido que sigue siendo muy fuerte y que se está radicalizando en un sentido bolivariano, porque será apoyada por los comunistoides de Podemos, y muy probablemente también por Ciudadanos. Y, por supuesto, por los separatistas. Y el PP no se va a oponer, no ha dicho ni una palabra porque ni la democracia, ni la verdad ni España le importan un pepino, como ha demostrado de sobra. Se harán los locos, como con la ley de Zapatero. Hay además otra cuestión: esa ley explota el antifranquismo cultivado por todos los partidos y por el PP de forma especialmente eficaz, por hipócrita, para atacar la libertad de todos. Ya es significativo que para atacar el franquismo tengan que demoler los principios más elementales de la democracia. Porque no viven en la mentira sino DE la mentira. En otras palabras, el antifranquismo viene siendo el cáncer de la democracia, la coartada o el pretexto para reducir la democracia a una caricatura.

Muy bien, pero ¿qué hay que hacer?

Pues mire usted: la respuesta la tiene con el golpe separatista, que ha movilizado espontáneamente a millones de españoles que parecían totalmente adormecidos por la demagogia de la chusma política. La movilización de la gente puede y debe dar al traste con esta ley, y de paso con los partidos que la defienden. Solo si hay una movilización esos partidos pueden dar marcha atrás, desacreditándose de paso. Y la movilización debe pasar de la pura espontaneidad a la organización. Si hubiera un partido realmente alternativo cogería la oportunidad, como Ciudadanos ha cogido de manera oportunista la oportunidad del golpe separatista. Me gustaría creer que Vox podría cumplir ese papel, pero lo veo con muy pocos ánimos, muy poca capacidad política. Por consiguiente, la movilización debe partir de nosotros mismos, de los ciudadanos de a pie que vemos con claridad lo que pasa. Es preciso ganar la opinión pública y la calle. El descontento está muy extendido en la sociedad, pero es difuso, desorganizado y sin claridad de objetivos. Difundamos el manifiesto masivamente, preparemos acciones en la calle que obliguen a los degenerados medios de masas a mencionarlos. En fin, esto debe ser el comienzo de un movimiento de resistencia que sea también de regeneración con el lema: MÁS ESPAÑA Y MÁS DEMOCRACIA.


Carta abierta 
Pío Moa

La guerra civil y los problemas de la democracia en España

Empecemos por la ideologia LGTBI que ustedes profesan como seña de identidad básica. Uds. afirman que hombres y mujeres son iguales o deben serlo (no está claro: ¿son o deben ser?) y que cualquier forma de sexualidad es equiparable a la que siempre se ha considerado normal entre hombre y mujer porque, en definitiva, el acto sexual no tiene otro objeto que la obtención de placer y este puede conseguirse de muchas formas. En particular exaltan uds la homosexualidad como un motivo de orgullo, atribuyéndole las cualidades de libertad, igualdad y amor. Las formas tradicionales de amor sexual serían simplemente unas más, en realidad inferiores al estar contaminadas de lo que uds. llaman “machismo”. Creen también que el aborto no es la liquidación de vidas humanas, sino una manifestación de libertad y derechos de la mujer, derechos que deben ejercerse lo más ampliamente posible, para ser eficaces.

En cambio yo, y muchos otros, creemos –en realidad constatamos porque es la misma evidencia– que hombres y mujeres son notabemente diferentes y complementarios tanto física como psíquicamente; y que ello determina la sexualidad normal. Digo normal no solo porque es la forma más frecuente con mucho, sino porque es la que asegura la reproducción humana, la permanencia de la especie, mientras que la homosexualidad y otras formas son estériles. La reproducción exige además la familia y el compromiso de ambos cónyuges más allá de las conveniencias o placeres pasajeros. Por eso una sociedad donde esta evidencia se niega o denigra es una sociedad que corre a la desintegración. Constatamos, además, que lo que concibe la mujer en su seno es una vida humana, no una especie de tumor; y que el derecho más elemental del niño y su mejor modo de desarrollarse, en principio, es una familia con un padre y una madre reales, y no la parodia de dos “papás” o dos “mamás”. Creemos que la sociedad debe seguir el camino de apoyar la sexualidad y la familia normales, sin equiparar otras formas de relación sexual, aunque sin perseguirlas salvo en sus formas delictivas. 

Hasta aquí podríamos decir que se trata de una cuestión de opinión. Todo normal: ustedes tienen sus ideas y nosotros las nuestras, la Constitución y en general la democracia amparan por igual la expresión de unas y otras. Parece que no debería haber ningún problema, pero los hay, y muchos.



Ante todo, aunque las libertades democráticas amparan su libertad de opinión y la nuestra, ello no quiere decir que todas las opiniones valgan lo mismo, pues en definitiva se trata de ver cuál se acerca más a la verdad, única forma de progresar. Y hay al menos dos formas de decidirlo. Una es observar los efectos reales de las ideas, por encima de su retórica justificativa. Estos efectos son mucho menos opinables. Así, su feminismo, su abortismo y su homosexismo tienen consecuencias sociales claras: la eliminación masiva de seres humanos (unos cien mil abortos al año, mientras, curiosamente, se ha dado vía libre a una inmigración en gran parte ilegal, cosas ambas llamativas); el también cada vez más masivo fracaso familiar, cuyas víctimas principales son los niños y adolescentes, criados con graves desequilibrios y deficiencias afectivas. Lo cual se refleja en fenómenos juveniles como el aumento de suicidios, la proliferación de las drogas y el alcoholismo, el sexo en grupo, consumo de ansiolíticos, etc, en todo lo cual España está entre los países más “avanzados” de Europa, gracias a ustedes y a partidos como el suyo. Se refleja en la pérdida de respeto del hombre a la mujer y el rechazo del primero a comprometerse, bien visible en la violencia doméstica (de hombres a mujeres y viceversa, aunque menos a en viceversa, y también de padres y madres a hijos y viceversa, una tendencia en fuerte aumento, pero ignorada en los medios manipulados por ustedes); en las denuncias “de género” falsas, de las que se trata de impedir la defensa al acusado, etc. En cuanto al homosexismo, cualquier persona en sus cabales solo tiene que observar los espectáculos grotescos y obscenos del “orgullo gay” para hacerse un concepto del asunto. Ustedes denuncian a menudo los males que ustedes mismos provocan. Y basta ver las consecuencias sociales de sus ideas para entender lo que siempre se ha dicho: al árbol se le conoce por sus frutos. Ustedes son responsables de las consecuencias de sus teorías, y no podrán eludir esa responsabilidad por mucho que manipulen el lenguaje. 

Además de los efectos sociales, otro modo de acercarse al valor y verdad de las ideas es el debate. Pero ustedes lo vician de antemano diciéndose representantes de la mujer, de los homosexuales etc. Claro está que el feminismo representa a la mujer o el homosexismoa a los homosexuales, lo mismo de que el comunismo a los obreros, los separatistas a los catalanes, etc; es decir, nada. Ustedes usurpan una representación irreal. Ustedes se representan a sí mismos e, insisto, son responsables de sus consecuencias, que tratan de eludir con verborrea fraudulenta.

Y no solo vician de antemano el debate, de hecho lo sustituyen por una imposición brutal en los medios y por la amenaza de aplicar la violencia del poder contra quienes no comulgamos con sus teorías ni aceptamos sus usurpaciones. Ustedes empiezan por no respetar el derecho de quienes pensamos de otro modo, y tratan de acallarnos mediante campañas denigratorias de insultos y amenazas, y promueven manifestaciones de jaurías histéricas, que intentan doblegar la ley al griterío callejero. Hasta se atribuyen la idea del amor, en mil consignas., una nueva usurpación. Ustedes han impuesto sus banderas en el espacio público y en las instituciones, de manera abusiva, han llenado los medios de masas con sus lemas y versiones, promueven una retórica cargada de odio hacia la familia normal, a la que tildan de “patriarcal” y “machista”, típicas palabras-policía totalitarias. Odian a la familia de origen cristiano, porque ustedes odian también al cristianismo, raíz de nuestra civilización. Y todo eso, como el “orgullo gay”, lo hacen con dinero que no es suyo, obligándonos a pagarlo a quienes no estamos de acuerdo, es decir, robando, literalmente, un dinero que no es suyo para aplicarlo ilegalmente a un adoctrinamiento indecente, una corrupción más entre aquellas en que tanto han destacado ustedes a lo largo del tiempo: los “Cien años de honradez”.

Ninguna de sus actuaciones políticas responde a los principios de la libertad de opinión y expresión de la democracia, y por el contrario, los vulneran de un modo típico de los partidos y gobiernos totalitarios. Y en ese camino están llegando demasiado lejos. Ustedes pervierten el lenguaje sistemáticamente, cambiando sus significados. Lo que llaman amor es odio; lo que llaman libertad es imposición desde el poder; lo que llaman pluralismo es ataque al disidente. Y han ido más allá: han elaborado leyes “de género” o “de odio”, para castigar la discrepancia. Con ello, ustedes pretenden algo sin precedentes siquiera en los anteriores totalitarismos: regular los sentimientos. Asombra oír en labios de una ministra semianalfabeta y ayudante de un juez delincuente, la pretensión de cambiar la mente de las personas; o a otra determinar la relación sexual más íntima, o perseguir el amor romántico como machista. Personajes despreciables política y personalmente exhiben una escalada de disparates que darían risa si no fueran peligrosos al imponerse desde la violencia del estado, que por eso mismo deja de ser legítima. Un poder, además, no salido de las urnas. Esto no ha ocurrido siquiera en los regímenes soviéticos. Hay que decir que en esta siniestra empresa no están ustedes solos. Los demás partidos, del PP a Podemos y la ETA, creo que con la excepción de VOX, van por la misma senda de destruir la familia y con ella las libertades más elementales. Ustedes no son demócratas, sino la amenaza más grave que ha tenido hasta ahora la democracia. Uds son auténticos maleantes. Y, por supuesto, es preciso pararles los pies si no queremos vernos sujetos a una tiranía que, como decía Tocqueville, amenaza privar al ser humano de sus atributos más propios.

Podría extenderme interminablemente sobre sus fechorías contra la libertad de todos, pero voy a centrarme después en otra cuestión clave, no menos decisiva y definitoria, la que llaman ustedes “memoria histórica”.


Como uds saben, muchas personas consideramos a Franco un gran estadista, probablemente el de más altura que ha tenido España en varios siglos. De esa opinión se deduce la capital importancia, moral y política, de respetar y mantener su memoria como una inspiración y orientación permanente, pese a que su régimen no pueda volver. Uds, en cambio opinan que fue un tirano sanguinario que acabó con las libertades, un criminal comparable a Hitler, como repiten a menudo, y cuya memoria debería ser denigrada y sus hechos condenados, a cuyo efecto han impuesto una ley llamada “de memoria histórica”.
No les niego a uds el derecho a sus opiniones, como defendemos el nuestro a las nuestras; derecho otorgado por la ley, no por ustedes. Pues, como en el caso de la ideología LGTBI, ustedes están tratando de aniquilar los derechos y la libertad de quienes discrepamos de sus ideas. A ese fin han impuesto una ley radicalmente antidemocrática: en ninguna democracia se impone por el poder una versión de la historia. De acuerdo con ella pretenden uds. eliminar no solo el derecho a otras opiniones, sino también las libertades de expresión, investigación y cátedra. Es decir, están tratando de destruir la democracia, pues las libertades son indivisibles, y al atacar las de unos se atacan las de todos, utilizando el poder tiránicamente. Cosa que no debemos consentir so pena de degenerar en un país de siervos.

Por otra parte, la libertad de expresar opiniones no convierte a ninguna en veraz, pues la veracidad no depende de derechos, sino de hechos. Y nuestra opinión se sustenta en los siguientes: Franco dio paso a la paz interior más larga en varios siglos, que todavía dura, tras la guerra civil. Ganada esta libró a España de las atrocidades de todos los bandos en la guerra mundial y venció al maquis, una peligrosa guerra de guerrillas comunista. Derrotó asimismo un aislamiento criminal (pues intentaba crear en España una gran hambruna), impuesto conjuntamente por regímenes comunistas, dictaduras varias y democracias. Los odios que habían desgarrado la república desaparecieron pronto, y, por abreviar mucho, el franquismo dejó un país próspero como una de las diez mayores potencias industriales del mundo, sin apenas analfabetismo, con tasas de crecimiento nunca alcanzadas antes o después, con una de las esperanzas de vida mayores del mundo, y la mejor salud social de Europa en términos de delincuencia y población penal, suicidios, droga y alcoholismo, prostitución, fracaso familiar y escolar, etc. Y ya que a ustedes les gusta equiparar a Franco con Hitler, el alemán dejó a su país en ruinas, mientras que el español hizo lo contrario, y solo este dato echa por tierra sus comparaciones. 

Permítanme añadir que esto no son opiniones, sino hechos bien constatables y constatados, por mucho que ustedes procuren desfigurarlos u ocultarlos. Dicho de otro modo, Franco dejó un país apto para una democracia no convulsa, muy distinta de la república y del Frente Popular, pues las democracias no funcionan en sociedades míseras y plagadas de odios.

No obstante, para ustedes el hecho mismo de ganar la guerra civil sería la máxima culpa, que borraría cualquier otro mérito, porque habría derrocado a un régimen legítimo, democrático y salido de las urnas. ¿Fue así? ¿Salió de las urnas el Frente Popular? Hoy sabemos sin lugar a dudas que aquellas elecciones de febrero de 1936 fueron fraudulentas, destruyendo la legalidad republicana. En otras palabras: si uds llaman democráticas a aquellas urnas, ya sabemos la clase de “democracia” que uds. defienden. Ahora bien, la destrucción de la legalidad es lo más grave, pues con ello se impide la convivencia en paz y libertad entre las distintas orientaciones e intereses existentes en todas las sociedades. Y uds vuelven a intentarlo hoy al introducir solapadamente leyes totalitarias como la LGTBI o esta de memoria histórica. Por lo demás, el fraude electoral del 36 fue seguido de cinco meses de orgía de incendios y crímenes que el propio Azaña consigna, con 300 muertos y ruina económica, culminados en el asesinato del jefe de la oposición, Calvo Sotelo, culpable de denunciar aquella tiránica e intolerable situación. Estos también son hechos indiscutibles y bien documentados, que uds pretenden ocultar despóticamente.

Y contra la censura que quieren implantar uds. conviene recordar qué fue el Frente Popular derrotado por Franco: una alianza de hecho entre separatistas y totalitarios, en la que participaba su partido, el PSOE. Un régimen que amenazaba gravemente la integridad nacional y empujaba hacia un totalitarismo de tipo soviético, uno de cuyos puntos clave era el exterminio de la cultura cristiana y de la propia Iglesia, un verdadero genocidio. Esto tampoco es opinión, porque los documentos de su partido, que he recopilado en varios libros, lo exponen literalmente. Y ese fue el sentido de la guerra: un conflicto, llevado al extremo por el arrasamiento de la legalidad, entre quienes querían tales cosas y quienes trataban de impedir el comunismo, mantener la unidad nacional y la cultura cristiana.

Tal fue la causa y contenido de la guerra. Pero uds. pretenden difuminarlo con un vocerío incesante, subvencionado con dinero que no es suyo, sobre los crímenes que habrían cometido los nacionales. Hasta hablan de fosas comunes como en Camboya equiparando ahora los supuestos crímenes del franquismo con los del comunismo.

Volvamos de nuevo a los hechos. Toda guerra ocasiones por los dos lados víctimas y crímenes, porque la ruptura de la legalidad rompe a su vez todos los frenos. Uds llevan veinte años gastando dinero de todos en excavaciones y sobre todo en propaganda. En tanto tiempo han sacado unos 2.000 restos, entre los que se encuentran personas fusiladas, caídas en batalla enterrados con premura, y hasta huesos de cabras y perros que han intentado hacer pasar por humanos, como en Órgiva. No han dado un informe fidedigno de tantos años de excavaciones ni han hallado una sola fosa masiva como la que uds produjeron en Paracuellos. En cambio se han inventado cien mil restos por descubrir, lo de Camboya, cunetas, etc., 

Por otra parte, presentan uds sistemáticamente a los fusilados como honrados republicanos asesinados por sus ideas. Sus ideas eran precisamente la disgregación de España y la implantación de uno o varios regímenes totalitarios. Y tampoco fueron fusilados por eso, sino por crímenes concretos como el de Paracuellos y tantos otros cometidos por aquellos honrados idealistas, a menudo con sadismo escalofriante. También olvidan uds que aquellos idealistas tenían tal afición a la guerra civil que la practicaron entre ellos mismos, con numerosos asesinatos y torturas. Hechos.

Y, para concluir, olvidan que los jefes socialistas huyeron al exilio llevándose grandes tesoros expoliados y abandonando a su suerte a sus sicarios. Así, cayeron estos en manos de los vencedores, que los juzgaron, ejecutando a unos doce mil. Sin duda caerían algunos inocentes, dada la emocionalidad de la época, pero lo común fue lo contrario. Y estos son los hechos básicos que importa mucho explicar una y otra vez para poner en su lugar la infame e ilegítima propaganda en curso.

Terminaré con otra acusación muy esgrimida por uds., presentándose como apóstoles de la libertad, que habría sido suprimida por el franquismo. Si libertad era y vemos que sigue siendo, la del totalitarismo, mientras que el franquismo mantuvo la libertad personal. Importa discernir entre libertad personal y libertades políticas. En el franquismo hubo amplia libertad personal, como certifica el alto grado de salud social arriba mencionado. En cambio fueron restringidas las libertades políticas, especialmente para comunistas, terroristas y separatistas, cosa inevitable porque ellos habían hecho imposible la convivencia pacífica entre los españoles. La libertad personal en el franquismo, señalada por Julián Marías, explica también que Franco no tuviera oposición democrática, quitando pequeños amagos e intrigas. La oposición fue comunista y/o terrorista. La “libertad” del PSOE era, y como vemos sigue siendo, la del totalitarismo, que anula tanto la personal como las políticas.

Su partido, el PSOE, señoras y señores del gobierno, tampoco hizo oposición reseñable al franquismo (la hace ahora, claro). Y sin embargo fue durante la república más totalitario y guerracivilista que el PCE. Y fue el que puso al Frente Popular en manos de Stalin al entregarle ilegalmente las reservas financieras del país. Hechos, nuevamente. En la guerra, el PSOE perpetró, como lo demás, innumerables asesinatos y torturas, pero se distinguió especialmente por sus corrupciones en la adquisición de armas y por el expolio sistemático de bienes privados, incluso de las pequeñas alhajas de gente humilde depositadas en los montes de piedad, y sobre todo del patrimonio histórico-artístico español. La disputa entre Prieto y Negrín en el exilio por el tesoro del yate Vitaresume perfectamente esa realidad. Uds ensalzan mucho a Negrín, y por algo será. Y luego no tuvieron el valor de los comunistas para proseguir la lucha contra Franco.

Uds hablan de juzgar políticamente a quien les derrotó y de montar una “Comisión de la Verdad”, que en sus manos solo puede ser un sarcasmo. Verdaderamente, su descaro y osadía no tienen límites, como cuando invocaban sus imaginarios “cien años de honradez”. La verdad, condensada muy brevemente en esta carta no precisa comisión porque está investigada. Sí convendría una Comisión de la Información, porque es una verdad sistemáticamente ocultada por ustedes y sus subvencionados.

La historia se resume así: totalitarios y separatistas destruyeron la legalidad republicana y causaron la guerra civil. El régimen de Franco superó aquellos males y la miseria y los odios, creando condiciones para una democracia real. Y de nuevo ustedes, junto con los separatistas y con apoyo implícito del PP, están arrasando los fundamentos de la democracia, atacando la libertad de todos y creando condiciones para nuevos conflictos.
Y finalmente, ¿qué revelan sus ataques a la libertad y su imposición violenta de la censura? Revelan precisamente la debilidad de sus propias opiniones, incapaces de sostenerse en un debate abierto y civilizado, por lo que solo podrían apoyarse en el silenciamiento del discrepante.



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MANIFIESTO EN DEFENSA DE ESPAÑA



domingo, 1 de abril de 2018

📙 LOS MITOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA POR PÍO MOA

LOS MITOS DE 
LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

DIGRESIONES HISTÓRICAS
Errores en Los mitos de la Guerra Civil

La guerra de España, en palabras del historiador británico Paul Johnson, «ha sido el acontecimiento del siglo xx sobre el que más mentiras se han escrito». Los densos sentimientos todavía persistentes en torno a aquel suceso clave de nuestro pasado echan con frecuencia un velo sobre los hechos, impidiendo verlos y valorarlos con claridad.

En este libro Pío Moa aborda uno tras otro esos mitos, acercándonos a su realidad histórica mediante un examen lógico de los datos y una rigurosa crítica de versiones a menudo muy popularizadas, pero de veracidad dudosa. De paso clarifica el papel de los dirigentes políticos, desde Azaña a Franco, en el camino que llevó a España a la hecatombe.


La fabricación actual de mitos, sobre todo en el orden político e histórico, sufre, por suerte,una corrosión crítica o «desmitificadora» no menos incesante, que trata de iluminar la realidad bajo las fabulas. Pero, ¿se pueden desmontar todos los mitos? ¿Existen mitos consistentes, capaces de resistir la crítica? En mi opinión sí, y no rara vez el afán desmitificador juega con cartas marcadas, o concluye en un banal y estéril escepticismo, o refuerza otros mitos inconsistentes. En este libro, no ya expuesto a la crítica sino acucioso de ella, encontrará también el lector ejemplos al respecto. 

Reflejo de la mitificación de la guerra civil es precisamente la dificultad para calificar a los contendientes. Se han usado los términos «frentepopulistas y nacionalistas», «demócratas y fas-cistas», «franquistas y rojos», «rebeldes y leales», etc. Lo inadecuado de varios de ellos salta a la vista. Los sublevados en julio del 36 sólo fueron rebeldes o facciosos durante unos meses, cuando carecían de estado y parecían abocados a la derrota. Pero desde octubre o noviembre ya constituían un poder beligerante sólido, con cierto reconocimiento internacional, superando el estadio de la mera rebeldía. Tampoco eran fascistas, aunque algunos de sus rasgos superficiales y una de sus fuerzas principales -pero no la principal-, la Falange, pudieran asimilarse al fascismo. Y la palabra «rojos», asumida con orgullo entonces por los así llamados, ha terminado por adquirir un matiz peyorativo, aparte de no identificar a los anarquistas, a los republicanos de izquierda o a los nacionalistas vascos. 

Hoy predominan los términos «republicanos y nacionales» (o «nacionalistas»). Pero, ¿era republicano un bando integrado por varias de las fuerzas más hostiles a la república desde su origen, como la CNT, o los comunistas, o el mismo PSOE a partir de 1934? 
La legalidad republicana, nadie lo discute, rodó por tierra el 19 de julio de 1936, sustituida por una revolución anárquica, y luego, en septiembre, por un gobierno básicamente revolucionario. Titular republicanos a esos poderes carece de rigor. Al caer la república, en julio del 36, quedó también maltrecho el Frente Popular, formado, como sabemos, por revolucionarios marxistas y republicanos de izquierda, éstos en el gobierno; lo reconstituido en septiembre fue dicho frente, no la vieja república, y con un cambio esencial: los republicanos de izquierda pasaron a un tercer plano, y los marxistas al poder. 
El nuevo Frente Popular logró atraerse al PNV, y después a la CNT, anarquista, y cabe hablar, por tanto, de un bando «frentepopulista» o, para abreviar «populista», en sentido diferente del usado en la sociología política. 

Tampoco distingue el nacionalismo al bando de Franco, porque el contrario cultivó un nacionalismo no menor. La expresión «bando nacional», aunque vaga, parece más adecuada, por cuanto uno de sus signos básicos de identidad fue la concepción de España como una nación, cosa menos clara en el campo opuesto. 

Otro modo de identificar a los contendientes sería el más simple de «izquierdistas y derechistas», aunque entre los primeros combatiese también el muy derechista PNV, y en los otros la Falange se proclamase al margen de la derecha. También resulta propio hablar de un bando «franquista», aunque no al principio, pues Franco se hizo pronto el líder indiscutido en su zona,cosa que nunca lograron, aunque sí intentaron, Largo Caballero y Negrín en la opuesta. 

En este libro emplearé, por tanto, los términos «populista», «izquierdista» o «revolucionario» para nombrar a uno de los bandos, y «nacional», «derechista» o «franquista» para el opuesto. Con su inevitable carga de vaguedad, me parecen bastante más ajustados y neutros que los de republicanos, rojos, leales, fascistas, etc. 

Otra advertencia terminológica: empleo a menudo, aunque no exclusivamente, las formas «USA» y «useño» en lugar de Estados Unidos y «norteamericano» o «estadounidense», términos estos últimos incómodos e inadecuados, con resonancias mesiánicas, y usurpadores, por así decir,de su lugar a otros muchos países. Cierto que USA significa exactamente Estados Unidos de América, pero reducido a la expresión Usa, queda como un nombre más de país, en cuyo origen o significado no se piensa, como no se piensa en el de Suecia, Francia o España.


Cada vez estoy más convencido de que Los mitos de la guerra civil es un libro excelente, ya diré luego por qué. Eso no significa que no tenga errores. Los tiene, y a veces lamentables, fruto de la imposibilidad de comprobar hasta el último detalle en temas tan amplios.



Me lo han hecho ver los lectores, a muchos de los cuales no he podido contestar, debido a un exceso de trabajo complicado con algunos problemas particulares. Peor aún, he traspapelado varias cartas, de modo que no sé, a menudo, de quién provienen las observaciones, si éstas venían en otro papel que la carta misma. A todos ellos, mi agradecimiento, con la esperanza de que puedan leerme aquí.

Por ejemplo, Luis Martos me ha escrito: “Al relatar la detención de García Lorca, dice usted que le capturaron en un gasómetro detrás de la casa de Luis Rosales. Pero esto no concuerda con lo que dice Ian Gibson en su documentadísimo libro Granada en 1936 y el asesinato de Federico García Lorca, en base al testimonio de Esperanza Rosales, según el cual se despidió de ella y de su madre en la planta baja de la casa”. Por otra parte “un gasómetro que está detrás de una casa y no dentro de ella, y de donde se saca a alguien, no puede ser sino un aparato de grandes dimensiones, o un edificio que lo contiene”. Probablemente tiene toda la razón mi comunicante. Tomé la cita de Andrés Trapiello, que también ha examinado cuidadosamente el caso, más que nada por la alusión al semblante “lívido” de García Lorca, y por contrastarlo con una alusión de Reig Tapia a Moscardó y su hijo en el episodio del alcázar de Toledo: yo quería transmitir simplemente el ambiente de terror reinante en aquellos días en las dos zonas.

Otro, cuyo nombre he traspapelado lamentablemente, me señala que en el alcázar de Toledo no había “un puñado de cadetes”, sino probablemente ninguno, por estar de vacaciones. Consulto el libro de Bullón y Togores, y, en efecto, no mencionan ningún cadete entre los defensores. En algunos relatos, sobre todo extranjeros, se adjudicó el mérito de la resistencia a los “cadetes”, quizá por darle mayor romanticismo, pero fueron luego corregidos. Queda en la memoria de uno, sin embargo, la impresión de lo leído, y aflora en inexactitudes así.

Alguien ha observado que, contra lo por mí escrito, existen fotografías de las hojas lanzadas por Mola amenazando con arrasar Vizcaya si no se rendía prontamente. Las hojas están en castellano y en vascuence, y eso hace dudar de su autenticidad, siendo innecesario el texto en vascuence, pero las fotografías existen, y ello basta para, mientras no se pruebe otra cosa, corregir lo por mí escrito.

También se me ha hecho notar que mi visión de la actuación de Richthofen en la II Guerra Mundial es demasiado favorable al personaje. La corrección es oportuna. Richthofen, aunque no parece haberse afiliado al partido nazi ni participado en bombardeos de puro terrorismo, mostró un total desprecio por las víctimas civiles al atacar, dentro de operaciones militares, ciudades como Belgrado o Stalingrado, donde causó decenas de miles de muertos. No es lo mismo que el puro bombardeo terrorista sobre la retaguardia con objeto de desmoralizar al enemigo, pero dista de ser una conducta meramente “profesional”.

Creo que estos son los fallos más importantes detectados por mis corresponsales, aunque otros habrá, desde luego, y espero que sigan siendo de detalle. Tales errores son tan enojosos como inevitables, como saben todos los historiadores, y por ello secundarios, a condición de que no se prodiguen.

Decía que el libro me parece muy bueno, en conjunto, por lo siguiente. Se trata de un trabajo enfrentado por completo a la tendencia hoy preponderante en los estudios sobre la guerra civil y la república, tendencia descaminada, a mi juicio. Naturalmente, uno no las tiene todas consigo cuando escribe algo así: ¿y si, además de fallos parciales, como los vistos, se encuentran errores decisivos, que no afectan a tal o cual dato, sino al enfoque mismo del libro? Por mucho que uno se haya esmerado, siempre puede salir algún crítico demostrando que la concepción general del libro falla. Pues bien, eso no ha pasado en todo el año transcurrido desde su salida, y tampoco en los cuatro desde Los orígenes de la guerra civil, estudio clave de los posteriores.

Si uno atiende a las críticas hechas por Juliá, Tusell, Preston, Helen Graham o Reig Tapia, salta a la vista su bajo nivel intelectual. O son punzadas superficiales, como las de Preston, o peticiones de censura, como las de Tusell o Ian Gibson —éste se ha quejado de que Aznar dijera que pensaba leer mi libro—, o desfogues pueriles, como los de Reig, todos ellos plagados de argumentos de autoridad insignificantes. Doña Helen me acusa de rechazar “las reglas básicas de prueba que apartan la historiografía profesional de la desinformación y la fabricación de mitos”; y a continuación muestra qué entiende ella por esas “reglas básicas” cuando desfigura mis tesis, sosteniendo que yo niego el bombardeo de Guernica o la matanza de Badajoz, cuyos rasgos mitológicos ella cree a ciegas, confiando sin asomo de crítica en “las fuentes más reputadas”.

La falsedad de que yo niego la matanza de Badajoz y el bombardeo de Guernica (lo que hago es podarlos de su ramaje propagandístico y reducirlos a sus verdaderas proporciones y circunstancias) la ha mantenido también Jorge Martínez Reverte en ABC, y ha circulado mucho. Una muestra de cómo está el patio la ofrece Muñoz Molina en El Semanal del grupo Vocento. 
“[En el libro] descubro otra vez que Franco se levantó en armas contra la República para salvar a España del comunismo, y que la destrucción de Guernica o la matanza de Badajoz fueron embustes urdidos por la pérfida izquierda”. 
Le contesté en carta a la directora: “Muñoz no puede haber descubierto tales cosas en mi libro, porque no están en él. Si lo hubiera leído realmente, habría advertido por fuerza que expongo, sin caricaturizarlas, las versiones de la propaganda izquierdista y de determinados historiadores, sometiendo esas versiones a un análisis crítico del cual, es verdad, no siempre salen bien paradas. Esto ha escocido a Muñoz y otros, que han replicado con poses de indignación y mohines de desdén, bajo los cuales no hay nada más que eso: poses y mohines. Ni siquiera una lectura algo atenta de lo que atacan por las buenas como panfleto. La carta no me fue publicada, es decir, me fue censurada por la directora, cuyo carácter manipulador no precisa comentario. ¡Vaya periodista!

Otra manía de mis contradictores es sustituir el análisis por la etiqueta, insistiendo en motejar mis tesis de franquistas. Una nueva falsedad. Pero aun si no lo fuera tampoco valdría como argumento. No sería la primera vez en la historia de la ciencia que ideas excluidas por un tiempo son luego reconsideradas. A un historiador científico no le basta decir que las tesis franquistas son deleznables: ha de demostrarlo. Y está claro que unas cuantas de esas tesis soportan la crítica mejor que muchas otras circuladas en estos últimos años, cuyo mérito exclusivo radicaba en su “antifranquismo”.

Debo rendir tributo aquí, como excepción, al profesor Moradiellos, que ha intentado refutarme en el área de su especialidad, la intervención exterior en la guerra. Mantuve con él un debate en la revista digital El Catoblepas, inspirada por Gustavo Bueno, y en la Revista de libros, dirigida por Álvaro Delgado Gal. Creo que Moradiellos puede tener razón en algunas de las críticas que me hace sobre fechas y volumen de la intervención exterior, si bien esos datos siguen sujetos a revisión. Pero, como creo haber demostrado, falla en lo fundamental, es decir, en el carácter cualitativamente distinto de la intervención soviética y de la germano-italiana. Stalin satelizó al Frente Popular, mientras que el apoyo de las potencias fascistas no privó a Franco de su independencia. Este es el punto clave de la intervención exterior, el cual tuvo, entre otras, consecuencias del alcance de la neutralidad española durante la guerra mundial, tan extremadamente beneficiosa para los Aliados. Moradiellos y otros muchos historiadores de estos años han perdido de vista un hecho tan determinante, y orientado sus estudios hacia cuestiones no irrelevantes, pero sí secundarias.

Considerada en conjunto, la reacción a Los mitos de la guerra civil ha sido muy mediocre, a veces francamente ridícula, y algunos supuestos “historiadores profesionales” han quedado más bien como historieteros. Mi libro, por tanto, se mantiene en lo esencial, a la espera de medirse con una crítica de mayor enjundia que hasta ahora. Debate muy conveniente para la salud de nuestra historiografía, y, de forma derivada, de nuestra política.

GUERRA CIVIL


En Los mitos de la guerra civil y otros libros he analizado varias de las muchas leyendas infundadas con que la izquierda y los separatistas han construido su versión de la guerra civil.

¿Por qué han tenido tanto éxito esas mitificaciones propagandísticas? 
Ante todo porque corroboran otro mito más fundamental, generador de todos los demás: que la guerra civil consistió en la lucha entre la democracia y el fascismo, entre el progreso y la reacción, entre la libertad y el oscurantismo. De ahí que los crímenes del Frente Popular tiendan a disculparse o minimizarse como simples excesos ocasionales, mientras que al bando contrario pueden achacársele sin remordimiento todos los crímenes, reales o inventados. Ello tiene como efecto actual la justificación de las tropelías contra la democracia surgida de la transición –es decir, del franquismo–. Y sin embargo es ese mito generador el más endeble de todos.

El bando supuestamente demócrata se componía de comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos de izquierda, nacionalistas catalanes y separatistas vascos. ¿Podemos creerlos defensores de la libertad, etcétera? Pocos sostendrán hoy en serio que el anarquismo o el stalinismo fueran demócratas, pero mucha gente tiene la errónea impresión de que los socialistas y los republicanos de izquierda sí lo eran. En cuanto a los republicanos, advirtamos de entrada que apenas tuvieron peso en el Frente Popular de la guerra: eran partidos pequeños, mal organizados, intrigantes y mal avenidos entre sí, y, como indicó su líder principal, Azaña, la mayoría de sus jefes salió del país en cuanto empezaron los tiros. Por todo ello, no podían dar carácter al Frente Popular. Pero además nunca fueron demócratas ni admitían alternancia en el poder. Una clave de la guerra civil fue que esos republicanos rechazaron la victoria electoral de la derecha moderada en 1933, respondieron a ella con intentos golpistas y terminaron aliados con las izquierdas más extremistas y violentas, y supeditados a ellas.

Mucho peor fue el caso del PSOE. Este partido había colaborado con la dictadura de Primo de Rivera, y por eso había llegado a la república como el partido más numeroso, disciplinado y mejor organizado de la izquierda. Su política desde 1933 era prácticamente bolchevique, y su jefe, Largo Caballero, recibió el mote elogioso de el Lenin Español. Largo y otros líderes, en especial Prieto, marginaron a los socialistas moderados de Besteiro y organizaron la insurrección armada, concibiéndola como guerra civil, para imponer su propia dictadura. Lo intentaron en octubre de 1934, causando 1.400 muertos, y fueron derrotados. No por ello cambiaron de actitud, y en 1936 volvieron a crear un proceso revolucionario. El PSOE fue el núcleo decisivo de las izquierdas españolas hasta que los comunistas lo desplazaron, en el curso de la guerra. Era un partido marxista, no democrático, y el principal causante del hundimiento de la república y de la democracia en España.

Quedan como posibles demócratas los nacionalistas catalanes y los separatistas vascos. De los primeros puede decirse lo mismo que de los socialistas: se declararon en pie de guerra contra el gobierno legítimo salido de las elecciones de 1933, y utilizaron fraudulentamente el estatuto autonómico para organizar la rebelión. En octubre de 1934 participaron en el asalto a la legalidad republicana junto con el PSOE, los comunistas y parte de los anarquistas. En 1936 volvieron al poder e impusieron lo que su dirigente Companys llamaba "democracia expeditiva", que Azaña tradujo como "despotismo demagógico".

Los nacionalistas vascos se inspiraban en un racismo obsesivo, según el cual la raza superior de los vascos estaba oprimida por la inferior española. Consideraban católicos, casi por raza, a los vascos, y acusaban a los demás españoles de no haberlo sido jamás. Los vascos, como los catalanes, se habían sentido tradicionalmente españoles, y por ello los secesionistas habían desplegado una enorme propaganda para convencerlos de lo contrario, sin haberlo logrado con la mayoría. El PNV obtenía un tercio de los votos emitidos en las tres provincias vascongadas, menos aún en relación con el cuerpo electoral. Y muchos lo votaban no por sus doctrinas, sino por ser el partido que mejor había defendido allí a los católicos contra los ataques izquierdistas. Los nacionalistas, vascos o catalanes, aspiraban a usar los estatutos de autonomía para imponerse radicalmente sobre la masa de población ajena a sus ideas.

Además de poco o nada democráticos, estos partidos unidos durante la guerra eran inconciliables entre sí, y ni la presión del enemigo común bastó a impedir los continuos sabotajes entre ellos. Hubo intensos odios entre comunistas, anarquistas y socialistas, mientras los nacionalistas vascos y catalanes intrigaban lo mismo en Roma y Berlín que en Londres y París, para traicionar a sus aliados. Estas querellas producirían detenciones ilegales, torturas o asesinatos, y culminarían en dos pequeñas guerras civiles entre las izquierdas, la de mayo de 1937 en Barcelona y la de marzo de 1939 en Madrid, con la que terminó, de modo plenamente revelador, la guerra civil española.

Para apreciar el carácter de las izquierdas debemos atender a otro rasgo crucial de ellas: su sumisión a Stalin, el gran defensor de la democracia española, si hubiéramos de creer a la propaganda. Quienes equiparan las intervenciones de Hitler y Mussolini con la de Stalin cometen un grueso error de perspectiva, en dos sentidos. Por una parte, el fascismo de Mussolini había sido poco sanguinario, y Hitler no se había revelado todavía como el genocida de la guerra mundial, mientras que nadie podía poner en duda la crueldad exterminadora de Stalin, cuyas víctimas sumaban ya millones.

Por otra parte, Hitler y Mussolini jamás dominaron a Franco ni mermaron la soberanía española, mientras que Stalin fue el auténtico jefe del Frente Popular español. La independencia de Franco quedó de relieve en la crisis de Munich de septiembre de 1938, cuando declaró su intención de permanecer neutral si estallaba la guerra entre las democracias y los fascismos, lo que causó indignación en Roma y en Berlín. Por el contrario, la autoridad de Stalin sobre el Frente Popular se aprecia en hechos como que los jefes izquierdistas españoles, por poderosos que parecieran, fueron barridos en cuanto obstaculizaron las directrices emanadas del Kremlin: así Largo Caballero, llamado hasta hacía poco el Lenin español, los anarquistas, los nacionalistas catalanes y luego Prieto. Sólo siguió en el poder el socialista Negrín, ligado indisolublemente a Stalin por el envío de las reservas de oro españolas a Moscú. Un envío que puso el destino del Frente Popular en manos de los soviéticos, convertidos en amos de los suministros para la España izquierdista. La política del Kremlin se ejercía sobre todo por medio del PCE, un partido directamente agente de Stalin y orgulloso de serlo.

Estas razones destruyen, en mi opinión, las pretensiones de que las izquierdas defendían la democracia. Pretensiones realmente grotescas cuando examinamos de cerca los sucesos. Pero debe reconocerse que la persistencia de esta falsedad durante decenios, su entronización en libros de historia y discursos políticos en medio mundo, constituye uno de los logros propagandísticos más notables del siglo XX. El mérito, si así lo queremos llamar, de ese logro debe acreditarse sobre todo a los comunistas, precisamente la fuerza más antidemocrática de ese siglo.



Realmente, la democracia no fue un valor en juego en aquella guerra, pues las convulsiones republicanas habían hecho perder la fe en ella a casi todo el mundo. Los nacionales tampoco lucharon por la democracia, sino por la idea más básica de la unidad de España y la religión frente a los exterminadores de esta. Fue una contienda entre la tendencia autoritaria y unitaria de los nacionales, y la totalitaria y disgregadora de los que entonces se llamaban a sí mismos "rojos" o –con plena falsedad– "republicanos".



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Mitos y tópicos de la Guerra Civil

"El asunto principal aquí no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Esto no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo con varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española anquilosada desde hace mucho tiempo por angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política dominante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen con Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática".
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CITA CON LA HISTORIA - LA GUERRA CIVIL Y SUS MITOS

LO QUE NOS OCULTARON HD. 
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